martes, 4 de agosto de 2026

4. El sueño a lo largo de la vida

Entrada anterior: 3. Las etapas del sueño

Dormimos toda la vida, pero nunca dormimos igual

Hasta ahora hemos estudiado el sueño como si fuera un fenómeno relativamente estable. Sin embargo, basta observar a un recién nacido, a un adolescente y a un adulto mayor para advertir que sus formas de dormir son profundamente diferentes.

El sueño cambia desde el nacimiento hasta la vejez. Se modifican su duración, su organización interna, los horarios en que aparece, la facilidad para conciliarlo, la cantidad de despertares y hasta la proporción entre sus distintas etapas.

Estos cambios forman parte del desarrollo normal del organismo y no deben confundirse con un trastorno del sueño.

Para el clínico, conocer estas diferencias es fundamental. Una conducta completamente esperable a una determinada edad puede resultar patológica en otra. Del mismo modo, interpretar como "insomnio" un patrón de sueño propio del envejecimiento puede conducir a tratamientos innecesarios.

El sueño en los recién nacidos
Los recién nacidos son, probablemente, los seres humanos que más duermen.

Durante las primeras semanas de vida pueden dormir entre 14 y 17 horas diarias, aunque algunos superan incluso esa cantidad.

Sin embargo, este sueño difiere enormemente del sueño adulto.

En primer lugar, todavía no existe un ritmo circadiano plenamente desarrollado. El recién nacido no distingue con claridad el día de la noche y alterna períodos de sueño y vigilia distribuidos a lo largo de las veinticuatro horas.

Esta organización responde principalmente a necesidades fisiológicas inmediatas, como la alimentación.

En segundo lugar, una proporción mucho mayor del sueño corresponde al llamado sueño activo, equivalente al sueño REM del adulto. Aproximadamente la mitad del tiempo de sueño transcurre en esta etapa.

Se cree que esta elevada cantidad de sueño REM desempeña un papel esencial en la maduración del sistema nervioso, favoreciendo el desarrollo de conexiones neuronales durante una etapa de extraordinaria plasticidad cerebral.

Recién hacia los tres o cuatro meses comienza a consolidarse progresivamente el ritmo día-noche.
El sueño durante la niñez
A medida que el niño crece, la duración total del sueño disminuye lentamente y su organización se vuelve cada vez más parecida a la del adulto.

Durante la primera infancia suelen persistir las siestas diurnas, que desaparecen gradualmente en la mayoría de los niños entre los tres y los cinco años.

Es también la etapa en la que aparecen con mayor frecuencia diversas parasomnias fisiológicas, entre ellas:
  • sonambulismo;

  • terrores nocturnos;

  • hablar dormido;

  • despertares confusionales.

Estos fenómenos suelen preocupar intensamente a las familias, aunque en la mayoría de los casos forman parte del desarrollo normal y desaparecen espontáneamente con el crecimiento.

Desde una perspectiva psicológica, la infancia también constituye el período en el que el dormir adquiere un profundo significado vincular.

Dormir implica separarse temporalmente de las figuras de cuidado, tolerar la ausencia y confiar en que el mundo permanecerá relativamente estable hasta el despertar.

Por esta razón, muchos problemas de sueño infantiles no pueden comprenderse únicamente desde la fisiología, sino también considerando la dinámica familiar, las ansiedades de separación y el proceso de adquisición de autonomía.
El sueño en la adolescencia

La adolescencia representa uno de los momentos de mayor transformación del sueño.

Contrariamente a una creencia muy difundida, muchos adolescentes no se acuestan tarde simplemente porque quieran hacerlo.

Durante la pubertad ocurre un retraso fisiológico del ritmo circadiano.

La secreción de melatonina comienza más tarde durante la noche y, en consecuencia, también se retrasa naturalmente la aparición del sueño.

Este cambio biológico explica por qué numerosos adolescentes sienten sueño cerca de la medianoche, pero tienen enormes dificultades para despertarse temprano al día siguiente.

Cuando los horarios escolares obligan a levantarse muy temprano, se produce una privación crónica de sueño que puede afectar:

  • el rendimiento académico;

  • la regulación emocional;

  • la atención;

  • la memoria;

  • el estado de ánimo.

A estos cambios fisiológicos se suman factores propios de la vida contemporánea: uso nocturno de pantallas, redes sociales, videojuegos y una creciente autonomía para organizar los horarios de descanso.

El resultado suele ser una combinación de predisposición biológica y hábitos poco saludables.
El sueño en el adulto

Durante la adultez, el sueño alcanza su forma más estable.

La mayoría de los adultos necesita entre siete y nueve horas de sueño por noche, aunque existen diferencias individuales determinadas en parte por factores genéticos.

En esta etapa predominan los trastornos relacionados con:

  • el estrés;

  • las responsabilidades laborales;

  • la crianza de los hijos;

  • los cambios vitales;

  • el consumo de sustancias;

  • enfermedades médicas o psiquiátricas.

El insomnio se convierte en el problema más frecuente.

Desde una perspectiva psicológica, la adultez suele enfrentar al sujeto con múltiples demandas simultáneas. Trabajo, vínculos, proyectos, preocupaciones económicas y conflictos familiares pueden generar un estado persistente de activación que dificulta el inicio o el mantenimiento del sueño.

Resulta interesante observar que muchas personas describen el momento de acostarse como el único espacio del día en que cesan las exigencias externas. Paradójicamente, ese silencio facilita la aparición de pensamientos, preocupaciones y emociones que habían permanecido relegados durante la actividad cotidiana.

No es casual que el insomnio aparezca con frecuencia precisamente en ese momento.

El sueño en el adulto mayor
Uno de los mitos más difundidos sostiene que las personas mayores necesitan dormir mucho menos.

En realidad, las necesidades de sueño disminuyen sólo ligeramente.

Lo que cambia de manera más marcada es la calidad y la organización del sueño.

Con el envejecimiento suelen observarse:
  • mayor dificultad para iniciar el sueño;

  • despertares más frecuentes;

  • reducción del sueño profundo;

  • sueño más fragmentado;

  • tendencia a acostarse y despertarse más temprano.

También aumentan la frecuencia de las siestas diurnas y la presencia de enfermedades médicas que pueden interferir con el descanso.

Es importante destacar que estas modificaciones normales del envejecimiento no deben confundirse con trastornos del sueño que requieren tratamiento.

Además, en esta etapa cobran especial importancia enfermedades como la apnea obstructiva del sueño, el síndrome de piernas inquietas y algunos trastornos neurodegenerativos que alteran la arquitectura normal del sueño.

Desde el punto de vista psicológico, la jubilación, las pérdidas afectivas, el duelo, la disminución de la actividad social o la aparición de enfermedades crónicas también pueden modificar profundamente la experiencia subjetiva del dormir.
Dormir también refleja el momento vital

Aunque los mecanismos fisiológicos del sueño son compartidos por todos los seres humanos, la manera de dormir siempre se encuentra atravesada por la etapa de la vida que cada persona está transitando.

El sueño del recién nacido acompaña el desarrollo del cerebro.

El del niño participa de los procesos de crecimiento y de la construcción de los primeros vínculos.

El adolescente reorganiza su reloj biológico al mismo tiempo que reorganiza su identidad.

El adulto intenta sostener el descanso en medio de múltiples responsabilidades.

El adulto mayor adapta progresivamente su sueño a las transformaciones del organismo y a los cambios propios del envejecimiento.

Esta perspectiva permite comprender que el sueño nunca es únicamente un fenómeno biológico. También expresa una forma particular de habitar cada momento de la existencia.
Una mirada clínica
Conocer las características normales del sueño según la edad constituye uno de los primeros pasos de toda evaluación.

Antes de preguntarse por qué una persona duerme de determinada manera, el clínico debe preguntarse si ese patrón resulta esperable para su etapa del desarrollo.

Muchas consultas se explican por expectativas poco realistas: padres preocupados porque un lactante se despierta durante la noche, adolescentes considerados "perezosos" cuando en realidad presentan un retraso fisiológico del ritmo circadiano, o adultos mayores medicados innecesariamente por cambios normales asociados al envejecimiento.

Una buena evaluación siempre comienza diferenciando aquello que pertenece al desarrollo normal de aquello que constituye un verdadero trastorno.
Ideas principales
  • El sueño cambia significativamente desde el nacimiento hasta la vejez.
  • Los recién nacidos duermen muchas horas y aún no poseen un ritmo circadiano completamente desarrollado.
  • Durante la infancia son frecuentes diversas parasomnias que, en la mayoría de los casos, forman parte del desarrollo normal.
  • La adolescencia se caracteriza por un retraso fisiológico del ritmo circadiano que favorece horarios más tardíos para dormir y despertar.
  • En la adultez predominan los trastornos del sueño relacionados con el estrés, los hábitos, las enfermedades médicas y los problemas de salud mental.
  • En el adulto mayor el sueño suele volverse más liviano y fragmentado, aunque las necesidades totales de descanso disminuyen mucho menos de lo que suele creerse.
  • La evaluación clínica debe considerar siempre la etapa del desarrollo antes de interpretar un determinado patrón de sueño como patológico.

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