Si hay una característica particularmente destacable de la identificación, es su opacidad. Freud ya la sitúa como un rasgo propio del concepto antes incluso de La interpretación de los sueños, y esta condición se vuelve especialmente evidente cuando se aborda la identificación primaria.
Dicha opacidad se hace patente en la práctica misma del psicoanálisis. Su abordaje se articula en torno a aquello que permanece “no resuelto”, noción que podemos poner en serie con expresiones como “lo aún no existente” o “lo que se escabulle”: algo huidizo, que se sustrae a toda tentativa de captura, que no termina de dejarse asir.
Es significativo que, en este contexto, Lacan se pregunte qué es aquello que impide calificar al psicoanálisis como ciencia. Quizás la respuesta se encuentre precisamente en ese no resuelto. La ciencia admite lo imposible, pero lo hace bajo la forma de lo contingente: su horizonte es, justamente, hacer de lo imposible algo eventualmente posible. El psicoanálisis, en cambio, encuentra en lo imposible un punto axial de su experiencia.
Hay, entonces, algo propio de la práctica que se sustrae y que continúa escabulléndose incluso a partir de —y más allá de— su abordaje lógico. Es allí donde la topología adquiere su relevancia: eventualmente permite asir aquello que la lógica no consigue capturar. Podríamos decir que el problema se despliega en la articulación entre lo idéntico, aquello que escapa a toda sustitución posible, y el espacio.
En este punto vuelve a resultar fundamental la diferencia entre una lógica de clases y una lógica de conjuntos. La primera, al estar sostenida en un atributo, deja intacto el problema de la enunciación y, con él, el problema de lo idéntico. Hay allí una insuficiencia lógica: aquello que hace que algo sea idéntico a sí mismo no queda resuelto por su inclusión en una clase definida por un atributo.
El problema se desplaza entonces hacia el concepto mismo de espacio del que se trata. La esquematización de la clase implica una relación de concentricidad y, desde el punto de vista epistémico, su topología responde a la lógica de la esfera. Pero ¿cómo hacer aparecer lo idéntico en la medida en que ex-siste? Esta pregunta vuelve necesaria la introducción de otras superficies capaces, en principio, de quebrar la linealidad que sostiene la separación entre interior y exterior.
Así, la topología no aparece simplemente como una herramienta para representar espacialmente un concepto ya constituido. Se vuelve necesaria allí donde la lógica encuentra su límite: cuando aquello que se busca formalizar no puede ser localizado ni como un elemento interior ni como un exterior, sino únicamente a partir de la manera en que una superficie organiza su relación con el espacio.
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