martes, 4 de agosto de 2026

2. ¿Qué ocurre en el cerebro cuando dormimos?

 Entrada anterior: 1. ¿Qué es dormir?

Dormirse no es "apagar" el cerebro

Cuando una persona dice "me apagué", utiliza una metáfora que resulta comprensible, pero incorrecta desde el punto de vista neurobiológico.

Dormirse no consiste en desconectar el cerebro, sino en cambiar profundamente su modo de funcionamiento. Millones de neuronas modifican su actividad de manera coordinada, algunos sistemas disminuyen su funcionamiento mientras otros se activan, cambia la comunicación entre distintas regiones cerebrales y aparecen patrones eléctricos completamente diferentes a los observados durante la vigilia.

El sueño no es producido por un único "centro del sueño". Es el resultado del equilibrio dinámico entre sistemas que promueven la vigilia y sistemas que favorecen el dormir. A lo largo del día ambos permanecen en tensión, hasta que determinadas condiciones biológicas inclinan la balanza hacia el sueño.

Comprender estos mecanismos resulta fundamental para entender por qué aparecen muchos trastornos del sueño y cómo actúan tanto las intervenciones psicológicas como los tratamientos farmacológicos.

Los sistemas que inducen el sueño

Nuestro cerebro posee redes neuronales especializadas tanto en mantenernos despiertos como en favorecer el sueño.

Durante la vigilia predominan diversos sistemas activadores distribuidos en el tronco encefálico, el hipotálamo y otras estructuras profundas del cerebro. Estos sistemas utilizan neurotransmisores como la noradrenalina, la serotonina, la dopamina, la histamina y la acetilcolina para sostener el estado de alerta, la atención y la conciencia.

Al acercarse la hora habitual de dormir, comienza a aumentar la actividad de un pequeño grupo de neuronas ubicado en el hipotálamo anterior, conocido como núcleo preóptico ventrolateral (VLPO).

Estas neuronas liberan principalmente ácido gamma-aminobutírico (GABA) y galanina, sustancias inhibitorias que disminuyen la actividad de los sistemas responsables de mantener la vigilia.

Puede imaginarse este proceso como un "interruptor biológico". Mientras predominan los sistemas activadores permanecemos despiertos; cuando el VLPO inhibe suficientemente esos sistemas, el cerebro entra en sueño.

Este mecanismo explica por qué algunos medicamentos hipnóticos actúan potenciando la acción del GABA: no generan un sueño artificial completamente distinto, sino que facilitan uno de los mecanismos naturales que inducen el dormir.

La melatonina: la hormona de la oscuridad

Probablemente ninguna sustancia esté tan asociada al sueño como la melatonina. Sin embargo, existe una idea equivocada muy difundida: la melatonina no produce directamente el sueño.

La melatonina es una hormona sintetizada por la glándula pineal cuya secreción aumenta cuando disminuye la luz ambiental, especialmente la luz azul proveniente del Sol o de las pantallas electrónicas.

Su principal función consiste en informar al organismo que ha llegado la noche.

Más que "hacer dormir", la melatonina sincroniza el reloj biológico interno con el ciclo natural de luz y oscuridad.

Por este motivo resulta especialmente útil en trastornos relacionados con el ritmo circadiano, como el jet lag o algunos cuadros derivados del trabajo nocturno, mientras que su eficacia suele ser más limitada en otras formas de insomnio.

Desde el punto de vista clínico, es importante recordar que una persona puede tener niveles normales de melatonina y, aun así, padecer un insomnio grave si existen otros factores que mantienen un elevado estado de activación física o psicológica.

La adenosina: la presión por dormir

Mientras la melatonina informa qué hora del día es, otra sustancia refleja cuánto tiempo llevamos despiertos.

Se trata de la adenosina, un producto del metabolismo energético de las neuronas.

A medida que transcurren las horas de vigilia, la actividad cerebral consume grandes cantidades de energía. Como consecuencia, la concentración de adenosina aumenta progresivamente en distintas regiones del cerebro.

Cuanta más adenosina se acumula, mayor es la sensación subjetiva de sueño.

Durante el descanso nocturno estos niveles disminuyen nuevamente, permitiendo que despertemos con una menor presión para dormir.

Este mecanismo explica un hábito cotidiano muy extendido: tomar café.

La cafeína no elimina la adenosina ni aporta energía adicional. Lo que hace es bloquear temporalmente sus receptores, impidiendo que el cerebro perciba la señal de cansancio.

Por eso una persona puede sentirse momentáneamente despierta gracias al café, aunque la necesidad biológica de dormir continúe aumentando.

Los ritmos circadianos

Nuestro organismo no funciona igual a cualquier hora del día.

La temperatura corporal, la secreción hormonal, la presión arterial, el metabolismo, la digestión, la atención, el estado de ánimo e incluso el rendimiento intelectual siguen oscilaciones relativamente predecibles que se repiten aproximadamente cada veinticuatro horas.

Estos ciclos reciben el nombre de ritmos circadianos (del latín circa diem, "alrededor de un día").

Aunque solemos pensar que el sueño depende únicamente del cansancio acumulado, en realidad también existe un momento biológicamente más favorable para dormir.

Por eso una persona puede sentirse agotada después de permanecer despierta toda la noche, pero recuperar parcialmente el estado de alerta al amanecer. Del mismo modo, puede experimentar una intensa somnolencia durante la tarde aun cuando haya dormido bien la noche anterior.

Nuestro reloj biológico no sólo determina cuándo tenemos sueño, sino también cuándo resulta más difícil dormir.

El núcleo supraquiasmático: el reloj maestro

¿Quién coordina todos estos ritmos?

En el hipotálamo existe un pequeño conjunto de aproximadamente veinte mil neuronas denominado núcleo supraquiasmático (NSQ).

A pesar de su reducido tamaño, suele considerarse el principal reloj biológico del organismo.

El NSQ recibe información directa desde la retina acerca de la cantidad de luz ambiental. Gracias a esta conexión puede ajustar diariamente el funcionamiento interno del cuerpo al ciclo de día y noche.

Cuando la luz alcanza la retina durante la mañana, el núcleo supraquiasmático envía señales que favorecen la vigilia e inhiben la producción de melatonina.

Al disminuir la luz durante la tarde y la noche ocurre el proceso inverso: aumenta progresivamente la secreción de melatonina y comienzan a activarse los mecanismos que favorecen el sueño.

Esta sincronización explica por qué la exposición nocturna a pantallas muy luminosas puede retrasar el inicio del sueño y alterar el reloj biológico, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes.

La homeostasis del sueño: un equilibrio permanente

Hasta ahora hemos visto dos procesos diferentes.

Por un lado, existe un reloj biológico que indica cuándo es el momento apropiado para dormir.

Por otro, se acumula progresivamente una necesidad biológica de sueño cuanto más tiempo permanecemos despiertos.

Estos dos mecanismos fueron integrados por Alexander Borbély en uno de los modelos más influyentes de la medicina del sueño: el modelo de los dos procesos.

El Proceso C (circadiano) regula el momento del día en que el organismo favorece el sueño o la vigilia.

El Proceso S (homeostático) representa la presión para dormir que aumenta durante la vigilia y disminuye mientras dormimos.

Dormimos mejor cuando ambos procesos coinciden: el reloj biológico indica que es de noche y, al mismo tiempo, se ha acumulado suficiente presión homeostática para conciliar el sueño.

Muchas alteraciones del sueño aparecen precisamente cuando estos dos procesos dejan de sincronizarse, como ocurre en el trabajo por turnos, el jet lag o algunos trastornos del ritmo circadiano.

¿Qué ocurre cuando estos sistemas se alteran?

Los trastornos del sueño rara vez obedecen a una única causa.

Una persona puede presentar un reloj biológico desajustado por hábitos irregulares, una presión homeostática insuficiente porque duerme largas siestas durante el día y, simultáneamente, un elevado nivel de activación emocional debido a preocupaciones, ansiedad o acontecimientos vitales recientes.

Por ello, comprender la fisiología del sueño no implica abandonar la perspectiva psicológica. Al contrario: permite distinguir qué aspectos del problema dependen de mecanismos biológicos y cuáles se relacionan con la historia, los hábitos o el modo particular en que cada sujeto enfrenta el descanso.

La evaluación clínica consistirá, precisamente, en reconocer cómo interactúan estos distintos niveles en cada paciente.

Ideas principales

  • El sueño surge del equilibrio entre sistemas cerebrales que promueven la vigilia y otros que favorecen el dormir.

  • El núcleo preóptico ventrolateral inhibe los sistemas de alerta y facilita el inicio del sueño.

  • La melatonina sincroniza el reloj biológico con el ciclo de luz y oscuridad, pero no induce el sueño por sí sola.

  • La adenosina se acumula durante la vigilia y aumenta progresivamente la necesidad biológica de dormir; la cafeína bloquea temporalmente sus receptores.

  • El núcleo supraquiasmático actúa como el principal reloj biológico del organismo y coordina los ritmos circadianos.

  • El sueño depende de la interacción entre dos procesos: el ritmo circadiano y la presión homeostática acumulada durante la vigilia.

  • Comprender estos mecanismos es indispensable para evaluar los trastornos del sueño sin perder de vista que los factores psicológicos y ambientales también participan en su aparición y mantenimiento.

Próxima entrada: 3. Las etapas del sueño

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