No existe una técnica capaz de garantizar el comienzo de un análisis. Sí existen, en cambio, condiciones que pueden hacer posible que un paciente deje de buscar respuestas y comience a ocupar la posición de analizante.
Para interrogar este problema conviene partir de un hecho clínico fundamental: más allá de que Freud emplee el término, el psicoanálisis carece de una técnica en el sentido de un procedimiento estandarizado. No existe un protocolo aplicable a todos los casos ni una secuencia de operaciones cuya correcta ejecución permita asegurar el inicio de un análisis.
De allí que sólo podamos ocuparnos de las condiciones que hacen posible un análisis singular. Esto, sin embargo, no significa que el psicoanálisis carezca de reglas para llevar adelante su práctica. La ausencia de una técnica universal no implica la ausencia de condiciones que regulen el dispositivo.
Las primeras entrevistas constituyen, precisamente, un tiempo privilegiado para que el analista pueda escuchar cuáles son las condiciones que, contingentemente, podrían permitir que en ese sujeto que consulta se produzca el pasaje de la posición de paciente a la de analizante. Con ello comienza a ponerse en forma el dispositivo analítico. Pero esta puesta en forma implica dos dimensiones: por un lado, las condiciones que conciernen al sujeto que consulta; por otro, la posición desde la cual el analista sostiene el dispositivo.
Estas condiciones no se reducen a los honorarios. También conciernen a la temporalidad del tratamiento, a la frecuencia de las sesiones y, más ampliamente, al modo en que se establece el encuadre. No se trata de reglas destinadas a garantizar el análisis, sino de condiciones que pueden permitir que algo del orden propiamente analítico llegue a producirse.
Si el comienzo de un análisis implica el pasaje del paciente al analizante, entonces resulta necesaria una torsión que conduzca de la respuesta a la pregunta. Es en esa torsión donde el sujeto puede comenzar a advenir en el trabajo transferencial. Pero para que esto sea posible, el analista deberá poder escuchar a qué Otro se dirige el sujeto y de quién espera una respuesta.
La intervención analítica podrá entonces apuntar a producir un efecto de sorpresa. El analista escucha desde el lugar del Otro, pero no responde desde el lugar en el que el sujeto espera encontrar la respuesta. Es precisamente esta dislocación la que puede abrir el espacio de la pregunta allí donde hasta entonces sólo había una demanda de respuesta.
El comienzo de un análisis no estaría dado, entonces, por la aplicación de una técnica, sino por la contingencia de una operación: que allí donde el sujeto venía a encontrar una respuesta, pueda comenzar a encontrarse con una pregunta que lo implique.
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