jueves, 4 de marzo de 2021

Sacrificio

Refiriéndose al nazismo, Lacan decía en 1964 que “son muy pocos los sujetos que pueden no sucumbir, en una captura monstruosa, ante la ofrenda de un objeto de sacrificio a los dioses oscuros”, y agregaba: “la ignorancia, la indiferencia y la mirada que se desvía, explican tras qué velo sigue todavía oculto este misterio”[1].

Más de setenta años después del final de la segunda guerra, y teniendo en cuenta las vicisitudes de la historia hasta la actualidad, la extensión contemporánea de la ignorancia, la indiferencia y la mirada que se desvía abarca mucho más que lo referido por la palabra “nazismo”.

El desconocimiento, la insensibilidad y el desentenderse del aspecto sacrificial de nuestra civilización están en todas partes bajo un sinnúmero de nombres, pero no es el sacrificio de la mascota hecho por el veterinario ni el del jugador de polo que dice que para mantener sus caballos hace el sacrificio de vivir en un departamento de dos ambientes. Tampoco es el sacrificio de la misa, que es el de Jesús muriendo en la cruz con el propósito de salvar a muchos, sino el de muchos que mueren para que algunos supongan que así es mejor para todos.

Los gobernantes, que no suelen leer poesía, gustan enunciar como máxima una sentencia del poeta ucraniano Pavlo Tytchina que decía que una gran idea siempre necesita sacrificios. Es al revés: es el sacrificio el que necesita apoyarse en una gran idea.

Auschwitz y la serie de campos de inmolaciones que hoy abundan en las más diversas formas, modalidades y estilos, enseñan sacrificios que no son por odio o falta de amor sino por puro deseo.

Lacan decía: “el sacrificio significa que, en el objeto de nuestros deseos, intentamos encontrar el testimonio de la presencia del deseo de ese Otro que llamo aquí el Dios oscuro”[2]. Así se expresaba y advertía que hay una sola manera de resistirse a la fascinación que ejerce el sacrificio, es estar animado por una fe, muy difícil de mantener, del tipo de la formulada por Spinoza como Amor intellectualis Dei. En ella el dominio de Dios es el universo de significantes, condición para lograr “un desasimiento sereno, excepcional, en lo tocante al deseo”[3]. Es que el deseo no sólo lleva al amor, también hace su límite, por eso señalaba que “el amor (...) sólo puede postularse en ese más allá donde, para empezar, renuncia a su objeto”[4].

El deseo del que es preciso desasirse para no caer en la fascinación del sacrificio es el deseo “en estado puro”, reconocido por Lacan en la ley moral pensada por Kant[5], erigida en principio rector de la buena conducta en el Occidente moderno. Eso desemboca “no sólo en el rechazo del objeto patológico, sino también en su sacrificio y su asesinato”[6]. El deseo puro es deseo al extremo, por eso es deseo de muerte sin concesiones.

El horror que despertaban en 1945 las fotografías de los campos hoy es historia. Los miles de ahogados en el Mediterráneo, las matanzas de muchos más en África con armas del primer mundo, las devastaciones en Siria, los millones de niños abandonados al hambre durante el gobierno de Macri en la Argentina y los todavía innumerables muertos por la pandemia del Covid 19 que podrían haberse salvado son sólo algunas de las ilustraciones de un orden que para muchos es natural, siendo en verdad el producto de leyes económicas que se quieren puras, asépticas y acéfalas, desinfectadas de ética. Todo se ve pero nadie mira.

La transparencia no es virtud y ésta suena a arcaísmo. El deseo de un cofre infinitamente grande es el mismo que el de cartelizarse para desplumar mejor, el de jugar en la bolsa de valores no es la apuesta entre la bolsa y la vida sino el de ir sobre seguro. El deseo es inconsciente, pero sin él no hay accionar humano.

Esta época que quiere la límpida transparencia es oscura porque las coerciones son demasiado puras: la pureza de la economía liberal, la pureza del Islam, la pureza del cristianismo, la pureza del deseo, la pureza...
El Superyó mira en la oscuridad.

Notas:
[1] Lacan, J. (1964). El Seminario. Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Ed. Paidós, 1987, p.282.
[2] Idem, p.283.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Cf. Lacan, “Kant con Sade”.
[6] Lacan, S11, p. 283.


Fuente: Courel, Raul (2021) "Sacrificial"

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