Mostrando las entradas con la etiqueta separación. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta separación. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de junio de 2026

Indignidad melancólica: ¿Cómo ponerle un lìmite?

por Mg. Lucas Vazquez Topssian

Un problema clìnico en el abordaje de la melancolía es que el sujeto no logra constituir una pérdida simbolizable respecto del Otro. El objeto no está perdido como en la neurosis corriente; sino que el sujeto queda identificado a aquello que falta en el Otro. Por eso Freud dice en Duelo y melancolía que "la sombra del objeto cayó sobre el yo". La separación simbólica fracasa y la pérdida se vuelve una pérdida del propio ser, con consecuencias harto conocidas, como el suicidio.

En Lacan esto se complejiza. En el Seminario 10 y en diversos textos sobre la melancolía aparece la idea de que el melancólico está confrontado de una manera particular con el objeto a, sin el velo fantasmático que normalmente media la relación con el deseo del Otro. El sujeto, en la melancolìa, no puede tomar distancia respecto de ese lugar.

Dato clìnico: En la melancolía, cuando la operación de separación simbólica respecto del Otro fracasa, ciertas intervenciones pueden apoyarse en una separación imaginaria. Se trata de promover una representación de la ausencia del sujeto en el campo del Otro (Ej. "¿qué ocurriría si usted no estuviera?"), permitiendo que aparezca una distancia allí donde el sujeto se encuentra identificado al objeto perdido o rechazado.

Cuando al melancòlico con ideaciòn suicida se le pregunta, por ejemplo "¿qué pasaría con tu familia si vos faltaras?", eso obliga al paciente a construir una imagen de su desaparición desde el punto de vista de los otros. En lugar de ser el objeto descartado o indigno, pasa momentáneamente a ocupar un lugar en una escena donde los otros lo pierden.

Como no se puede producir una separación simbólica por vía de la significación, esta intervenciòn introduce una escena imaginaria donde el sujeto pueda representarse como ausente.

Ahora bien, no recuerdo qué autor formuló esta idea (la estudié de manera indirecta en mi maestría y la leí en otro artículo), pero me parece una construcción muy plausible a partir de varios desarrollos.

Por ejemplo, existen algunas observaciones de Karl Abraham, quien describía cómo el melancólico puede permanecer capturado en una relación narcisista con el objeto perdido, y también con desarrollos posteriores de Pierre Fédida sobre la función de la representación de la ausencia.

Fédida habló en varios momentos de algo que podría llamarse un "trabajo de la ausencia". Así como Freud describió el trabajo del duelo, Fédida intentò mostrar que la vida psíquica requiere una elaboración permanente de las ausencias. El sujeto necesita poder transformar, por ejemplo, la desaparición en recuerdo, la distancia en representación y la falta en pensamiento. Cuando esto no ocurre, aparecen formas de congelamiento subjetivo que pueden acercarse a la depresión grave o a ciertos estados melancólicos.

Pensado desde Fpedida, la intervención que venimos viendo apunta a restablecer la capacidad representacional de la ausencia. Al invitar al sujeto a imaginar los efectos de su desaparición sobre los otros, se construye una figuración psíquica de la falta allí donde la melancolía tiende a abolir toda distancia entre el sujeto y el objeto perdido.

También me hace pensar en Marcel Czermak, quien insistiò mucho en que el suicidio melancólico no es una agresión dirigida al Otro sino una consecuencia lógica de cierta posición subjetiva. En varios pasajes señala que es necesario reinstalar la dimensión del semejante y de los efectos que la existencia del sujeto tiene para los otros.


Czermak partiò de una lectura muy radical de la melancolía. Para él, el problema no era una tristeza intensa ni una depresión grave, sino una modificación de la posición subjetiva respecto del lenguaje, el cuerpo y el Otro.

Uno de sus argumentos más importantes de Czermak es que el melancólico no está dividido respecto de su juicio de indignidad. Mientras el neurótico puede decir "me siento una basura" y al mismo tiempo dudar de ello, el melancólico sabe que es una basura. En este punto, estamos en el campo de la creteza, no de la creencia, asì que las intervenciones que intentan convencerlo de lo contrario suelen fracasar: "No sos una mala persona, tenès muchas cosas valiosas.", "Tu familia te quiere.", entre otras chàcharas motivacionales.

Al melancólico lo habita una certeza subjetiva que no funciona como una opinión corregible. En varios seminarios y textos clínicos, Czermak señalò que el melancólico suele ubicarse como residuo, desecho o desperdicio para el Otro. La experiencia que tienen es la de ser algo que sobra en el mundo, màs que creer que el Otro no lo ama..

Czermak continúa ubicando que si el sujeto se ubica como puro desecho, el suicidio puede presentarse como una conclusión lógica (y no como agresiòn o llamado): Si soy un desperdicio para todos, eliminarme mejora las cosas. Por eso Czermak advirtiò que el clínico debe interrogar cuidadosamente la lógica que sostiene esa conclusión.

Ahora bien, en estos tèrminos el analista no puede discutir la idea moralmente, tampoco puede tranquilizar al paciente (lo que harìa todo su entorno), no puede oponerse frontalmente... ¿Què le queda entonces? Introducir algún elemento que rompa la consistencia de esa certeza.

Ahí es donde encuentro una proximidad entre Czermak con el ejemplo que estamos viendo.

Si el paciente dice: "Mi familia estaría mejor sin mí" y el analista pregunta:"¿Cómo se imagina que sería eso?", ocurre algo interesante, porque no se està discutiendo la certeza, sino que obligamos al sujeto a producir una representación, lo cual implica cierto desdoblamiento. El melancòlico tiene que imaginar, por ejemplo, una esposa sufriendo, a sus hijos reaccionando, un funeral, una casa vacía, entre otras consecuencias.

Este tipo de intervenciones obligan al sujeto a abandonar por un momento la posición de objeto puro para contemplar una escena donde los otros existen y reaccionan, lo que tiene afinidad con algo que Czermak trabaja en referencia a la restitución de la dimensión del semejante. para èl, en la melancolía grave el semejante suele desaparecer como sujeto deseante y quedar reducido a una instancia abstracta de juicio o condena. Los otros dejan de ser personas y se transforman en una especie de tribunal absoluto.

La apuesta de la intervenciòn es que ese "tribunal superyoico"(esto lo digo yo) reaparezca como otros concretos que pueden sufrir, perder, enojarse o extrañar, de manera algo de la lógica melancólica puede aflojarse, porque entonces -uno no se lo dice al paciente- el mundo no va a estar mejor sin vos.

Otro punto importante en Czermak es su lectura del pasaje al acto suicida. Él sigue a Lacan, de manera que considera que el suicidio melancólico es un pasaje al acto ó salida de la escena.

Por eso resulta especialmente interesante este tipo de intervención, porque el analista le pide al paciente justamente que construya una escena y que imagine lo que ocurriría en el mundo después de su desaparición. Es como si se lo invitara a volver a entrar en una representación cuando la tendencia subjetiva es salirse de toda representación.

Reitero, no es que Czermak escriba exactamente esto, pero sí me parece una lectura coherente con su clínica de la melancolía.

El pasaje al acto supone una caída fuera de la escena, así que la pregunta sobre las consecuencias de la propia ausencia obliga a reconstruir una escena. Esa reconstrucción es predominantemente imaginaria, pero al reconstruir una escena, reaparece la alteridad concreta de los semejantes. La identificación absoluta al objeto de desecho puede entonces fisurarse.

De hecho, creo que Czermak fue uno de los que más trabajó la lógica subjetiva del suicidio melancólico y la necesidad de intervenir sobre esa lógica antes que sobre los afectos manifiestos.

Dato clínico: Esta invervenciòn no "cura la melancolía". 

Debemos considerar que esta intervención se apoya en una separación de carácter imaginario, promoviendo una escenificación de la propia ausencia en el campo del Otro. Sin embargo, al no tratarse de una operación simbólica propiamente dicha, sus efectos pueden ser frágiles e inestables. Por ello, resulta frecuente la necesidad de reiterar, sostener y reelaborar estas construcciones a lo largo del tratamiento, procurando que la distancia imaginariamente instaurada no sea inmediatamente anulada por la identificación melancólica al objeto de desecho. La intervención no apunta a resolver la posición subjetiva, sino a introducir una mediación allí donde la lógica melancólica tiende a precipitar una conclusión sin mediaciones.

martes, 5 de mayo de 2026

La lectura analítica como vía de retorno del sujeto

En la clase 17 del Seminario 11, Lacan introduce una afirmación especialmente sugerente: toda lectura implica un encuentro. Se trata de una definición potente de la escucha analítica, en tanto no se reduce a descifrar sentidos, sino que opera como un recorte que habilita al sujeto a confrontarse con aquello que permanece velado, tanto por las formaciones especulares como por el propio efecto de sentido.

Esta formulación se inscribe en un contexto preciso: la interrogación acerca del valor de la separación, tanto en la constitución del sujeto como en los efectos del análisis. En otras palabras, está en juego la cuestión de la eficacia clínica del psicoanálisis.

Si el sujeto se inscribe en el Otro al precio de una cierta petrificación, Lacan se pregunta entonces por las condiciones de su retorno. Se trata de una pregunta deliberadamente equívoca. No será abordada aquí desde la repetición, sino desde la indagación por las vías posibles de ese retorno: ¿cómo puede el sujeto sustraerse al efecto afanísico implicado en su institución en el Otro, mediada por la fijación a un significante?

Pensar este retorno implica distinguirlo del extravío: no se trata simplemente de no perderse, sino de encontrar un camino. Ya en “Subversión del sujeto…”, Lacan anticipa esta problemática al interrogar el margen y las condiciones bajo las cuales el niño puede conmover su posición de objeto para el deseo materno.

La noción de separación aparece entonces como un recurso clave para abordar este punto, en la medida en que introduce lo que Lacan denomina un “punto débil”. Este punto puede pensarse como una carencia —no equivalente a la falta—, vinculada a un vacío en el deseo, solidario del intervalo significante, que abre un lugar para el advenimiento del sujeto.

La falta en el Otro viene a superponerse con la falta inaugural —la falta de sujeto—, y es en esa superposición, de carácter topológico, donde se produce una apertura. Allí se configura un margen que resuena con una dimensión de libertad, aunque siempre bajo la condición de una pérdida que estructura la causación del sujeto.

jueves, 16 de octubre de 2025

La separación: del corte a la pregunta por el deseo del Otro

La separación, como segunda operación lógica en la causación del sujeto, no sólo implica su advenimiento sino también la puesta en juego de la causa del deseo.
Esta operación puede escribirse en términos de intersección, o de producto entre los campos del sujeto y del Otro, lo cual nos lleva a interrogar aquello que les es común.

Como operación, la separación evoca el corte y lo que de allí se desprende o precipita.
Se trata de una superposición de faltas: a la primera, vinculada al significante que otorga al sujeto su ser, se suma una segunda, ligada al deseo del Otro.

El sujeto se separa en la medida en que, al dirigirse al Otro en busca de respuesta —como quien consulta un oráculo—, se encuentra con una pregunta: la que indica precisamente la falta en que consiste el deseo del Otro.
No sólo “¿qué desea?”, sino también “Che vuoi?”, esto es, “¿de qué modo quedo yo concernido allí, como objeto?”.

El niño capta rápidamente esta dimensión a partir de las vacilaciones del discurso del Otro: en sus tropiezos, en los lugares donde el saber se interrumpe o el sentido se desarma.
Allí se instala el enigma, que da consistencia al lazo entre el sujeto y la pregunta.

La separación es entonces correlativa de la constitución de un enigma, el del deseo del Otro, que superpone su falta a la del sujeto.
Y es retroactivamente que esta falta primera se vuelve operativa, a partir del valor que la pregunta le confiere: una pregunta que aloja, que introduce la posibilidad misma de la pérdida.

Ese pasaje —de la falta a la pérdida— abre el campo del deseo y se cifra en una interrogación fundamental:

“¿Puedes perderme?”

Con esta pregunta se inaugura el espacio donde el sujeto puede alojarse como tal, entre la falta que lo funda y la pérdida que lo separa.

domingo, 1 de junio de 2025

El valor del deseo del psicoanalista

 En esta entrada vimos la cuestión del Sujeto Supuesto al Saber como condición del acto analítico, lo que es lo mismo que señalar una senda que va de lo ficcional del significante a lo real como lo que precipita a partir de su falla. O sea que estamos en una temporalidad de la cura por la cual en un principio se soporta la función ficcional de la transferencia para, posteriormente, producir (resalto este término) el pasaje del analista a la posición de semblante del objeto a.

El vocablo producir viene a indicar la incidencia de lo real, porque esta producción indica tanto una precipitación como una demostración, la de la aporía inherente al saber, que lo vuelve inconsistente dando entonces lugar a ese “resto de la cosa sabida” del cual el analista hace semblante.

Este pasaje/producción sólo se torna viable por la incidencia del deseo del psicoanalista, aquel operador transferencial que separa el “manejo” de la transferencia de cualquier orientación que prescriba u oriente el trabajo hacia la identificación al analista como modalidad del fin de análisis.

¿Cuál es el valor del deseo del psicoanalista? Poner en forma una separación para, entonces, habilitar un lugar vacío.

En principio, del lado de la separación, instala la máxima diferencia posible entre el lugar del Ideal, significante de las identificaciones especulares del moi, significante de la demanda como demanda de amor, y el objeto a, punto donde se juega la causación del deseo, una de las posiciones que asume el niño respecto del deseo del Otro.

Esta discrepancia que se hace jugar entre la demanda y el deseo, de cuyas vueltas precipita el objeto a, pone en juego esa fijeza que implica la posición del a en el fantasma. Entonces ese alojamiento es la condición de una posibilidad, la del corte que lleva a la radicalidad del inconsciente. Es el paso del a como tapón en el fantasma, a la causa del deseo.

martes, 6 de mayo de 2025

El nombre del padre y la constitución del fantasma

Si tuviéramos que sintetizar el valor fundante del Nombre del Padre en los primeros desarrollos de Lacan, podríamos decir que funciona como un punto de capitón para el deseo inconsciente. Es decir, establece un nudo estructural que ancla la relación del sujeto con el deseo del Otro.

Esta función es esencial porque permite liberar al niño de la posición de súbdito, en la que inicialmente queda atrapado en la primera simbolización. Sin embargo, la operación del Nombre del Padre no implica una desaparición total del goce, sino que deja un resto. Lacan alude a esto en La lógica del fantasma, cuando señala que en la relación con el cuerpo del Otro, el niño “se lleva” algo.

Este planteo articula la operación del Nombre del Padre con la constitución del fantasma, a través del mecanismo de la separación. En este proceso, el Nombre del Padre une deseo y ley, estableciéndolos como dos caras de una misma moneda. Al mismo tiempo, la separación se vuelve efectiva porque el niño no se aparta simplemente del Otro, sino que se lleva consigo un objeto. Se aliena al significante, pero al mismo tiempo, se separa con el objeto.

Este punto es crucial: el niño se separa, pero no del todo. Aquí emerge la incidencia del objeto a, que no está incluido en la metáfora paterna, ya que esta opera mediante una sustitución significante, mientras que el objeto a no es un significante.

Esta evolución en el pensamiento de Lacan responde a un límite clínico: el falo no es suficiente para explicar las relaciones de deseo, demanda y goce entre el niño y el Otro. Esto plantea un interrogante central: ¿cómo se articula esta problemática con la pluralización del Nombre del Padre?

sábado, 18 de enero de 2025

El corte en el psicoanálisis: Significante, pérdida y radicalidad en la enseñanza de Lacan

En la enseñanza de Lacan, el concepto de corte adquiere un lugar central al estar indisolublemente ligado a la operación del significante. Esta relación permite abordar distintos estatutos del corte.

Por ejemplo, a nivel sincrónico, el lenguaje opera un corte sobre el sujeto, desnaturalizándolo y configurando su subjetividad. La barra del algoritmo saussuriano, que separa el significante del significado, representa gráficamente este corte, una idea que Lacan profundiza en su texto “Radiofonía”.

El Nombre del Padre también implica un corte fundamental, ya que, al operar como significante, subjetiviza al niño y lo desplaza de la posición de objeto fálico para la madre.

En la práctica analítica, Lacan incorpora la dimensión del corte en la estructura de la interpretación. Aquí, el corte no se limita al efecto del significante, sino que abarca también el cuerpo, lo libidinal y lo pulsional, territorios propios del objeto a.

Asimismo, en el abordaje nodal de la cadena borromea, los cortes, empalmes y suturas permiten modificar el vínculo entre lo real, lo simbólico y lo imaginario, configurando así el entramado subjetivo particular de cada individuo.

El concepto de corte, en resumen, implica separación y, más radicalmente, pérdida. Lacan introduce con este término una diferencia crucial respecto a la falta: mientras que la falta admite permutación y suplencia, la pérdida implica un desasimiento absoluto que confronta al sujeto con una radicalidad irreductible.

viernes, 13 de septiembre de 2024

¿Qué habilita un margen de libertad?

 En la clase 17 del seminario 11 encontramos una afirmación convocante en más de un sentido, Lacan habla de una lectura que conlleva un encuentro. Algo que es toda una definición de la escucha analítica. Una lectura que recorta y hace posible que el sujeto se encuentre con algo que está oculto detrás de los velos, tanto especulares como del efecto de sentido.

El contexto donde esta afirmación toma lugar es el de la interrogación del valor de la separación, tanto en la causación del sujeto como en el efecto del análisis, o sea que se trata de una interrogación respecto de la eficacia clínica del psicoanálisis.

Dado que el sujeto se inscribe en el Otro a costa de una petrificación, la pregunta de Lacan es, ¿cómo retorna? Lo cual constituye una pregunta sumamente equívoca.

Podemos no tomarla por el lado de la repetición, sino interrogar el camino de retorno, o sea, de qué manera puede liberarse el sujeto del efecto afanisíaco que se pone en juego en tanto se instituye en el Otro vía la petrificación a un significante.

Sería un encontrar el camino de retorno para no extraviarse, que no es lo mismo que perderse. Ya, en “Subversión del sujeto…” le daba forma a esta pregunta cuando interroga el margen y el modo en que al niño se le hace posible conmover la posición de objeto para la madre.

La separación va a ser el recurso con el cual puede interrogar este punto, pero en la medida en que ella implica lo que llama un punto débil.

Ese punto débil es eso que podemos asociar a una carencia, algo que no es lo mismo que una falta. Esa carencia que se vincula con ese vacío del deseo, solidario del intervalo y que le habilita el sujeto un lugar para advenir.

La falta que encuentra en el Otro se superpone a la falta de partida, que es esa falta de sujeto. Y por la superposición (topológica) de ambas faltas se abre un margen, uno que es consonante con algo de libertad, a condición de una pérdida que delinea la causación en el sujeto.

¿De qué depende el margen de libertad de un sujeto?

El corte que nomina funda lo propio del inconsciente en la medida de su inaccesibilidad para el sujeto, y lo situamos en la cadena que Lacan denominó enunciación. En la estructura del grafo del deseo, ésta implica la relación entre la pulsión y ese matema subversivo que el psicoanálisis introduce: Significante de una falta en el Otro:

Respecto de la pulsión, encontramos en Lacan una articulación ineludible: la pulsión es inseparable del efecto del significante. También se trata de significancia, pero no de significación. La pulsión es un efecto del significante en el cuerpo, pero desprendido de cualquier efecto de sentido. Será entonces definida como tesoro del significante, porque el Otro del piso inferior (A) no alcanza la completud esperada por el sujeto. Allí donde el significante vacila en el Otro, la pulsión deviene el tesoro significante.

El efecto de esto se lee en el matema con el que la fórmula de la pulsión comparte el piso de la enunciación. Éste viene a hacer patente el hecho de que la completud del Otro es imposible, en la medida en que el sujeto se constituye allí descontándose de la cadena, por faltar el significante que podría darle identidad.

La falta significante que lo afecta en su estructura, la falta de garantía que pone en entredicho a la verdad. Al quedar cuestionada la verdad, de ahí su rasgo de no fe, el sujeto se sitúa de una manera mucho más comprometida frente a la contingencia. La barradura del Otro pone en interrogación su buena fe, efectivamente puede engañar, con lo cual esto pone en cuestión el concepto de determinismo.

Hay de lo que escapa a la determinación significante y pareciera que éste es uno de los planteos más novedosos y fecundos por cuanto habilita en el sujeto un margen para salir de la determinación por el deseo del Otro.

miércoles, 1 de marzo de 2023

Derrapando en el puerperio

Por Melina Bronfman

Se me ocurrió este título luego de ver muchas personas públicamente expuestas, atravesar su materpaternidad. Se veian ultrafelices. Mostraban la habitación del bebé. Y los regalos del baby shower.

Pero algunos meses después del nacimiento, toda esa idealización que mostraban durante la gestación, se había hecho trizas ante un puerperio implacable y devastador.😣
Ruptura escandalosa de la pareja. Demandas. Juicios. Mucho enojo y una guerra desatada.

👉🏻¿Por qué sucede eso?
Porque el puerperio es el momento de la VERDAD. De toda la verdad. Y de algunas confusiones también.
👉🏻Mi experiencia: maternando a mi bebé, descubrí que antes habia estado maternando a mi compañero.
Por lo que, durante el puerperio, necesitaba un par, y no tener 2 bebés, uno grande y otro real.
Mi compañero se vio expulsado del paraíso de cuidados que yo solía prodigarle, y hubo reclamos, muchos.
Frustración y enojo de su parte por mi ausencia sin aviso. Y lo mismo, de la mía, necesitaba un par, relevo, y cuidados de su parte para poder cuidar.
Fuimos civilizados y logramos una crianza en paz, aunque la pareja no regresó… porque en realidad ya no estaba desde antes.
El puerperio es un golpe de realidad, sin anestesia y sin dosificar.
Mucha información a procesar, no siempre fácil de digerir.
A veces trae dolor. Memorias de carencias. El amor duele, cuando no lo tuvimos.
Pero también es una oportunidad de reconstruirse, si tenemos la valentía de mirar la herida, reconocerla y trabajar en pos de la reparación.
Pero el derrape inicial, es casi inevitable.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Relaciones conflictivas de pareja: herramientas clínicas

Por Lucas Vazquez Topssian

Los conflictos en una pareja son un motivo frecuente de consulta psicológica, ya sea que consulte la pareja o una sola persona. Normalmente, al abordar el tema puntual de las separaciones desde la tepría, se suele hablar del duelo, ese trabajo que el sujeto debe realizar para desinvestir al objeto perdido y posteriormente investir otro. Esto efectivamente puede ser así, pero cualquier psicólogo puede dar cuenta que existen muchas separaciones sumamente complicadas, que dista de ser un movimiento lineal de separación. ¿Cómo intervenir en estos casos? ¿Qué lugar toma el analista?

En la formación de grado, todos estudiamos el famoso ciclo de la violencia, que implica 3 instancias. Lo que siempre me soprendió es que se lo enseñara como si fueran las estaciones del año sin ninguna aplicación clínica concreta más que la descriptiva, cuando lo que en realidad ocurre es un complejo juego de cercanía y alejamiento entre ambos que también atañe al psicólogo y otros intervinientes.


Episodio agudo: Sobrevienen los episodios violencia más fuerte. Pueden ser golpes, encierros u otras formas de violencia. Acá podríamos ubicar "el perigeo" de la órbita, teniendo en cuenta en que son formas de violencia que tienen un máximo nivel de acercamiento (ej. golpes, violaciones). En el acercamientos de un cuerpo que orbita otro, existe un fenómeno físico útil para pensar la gravedad: más allá de lo que se conoce como límite del Roche, la fuerza gravitatoria de un objeto masivo destruye al objeto que orbita por efecto de las fuerzas de marea. Es un buen punto para marcar lo peligroso y mortífero de estos acercamientos.

Fase luna de miel: La víctima del episodio al mundo toma distancia. En algún punto, el victimario se arrepiente, pide disculpas y promete cambiar. En el punto más lejano con su agresor, que con este modelo nosotros ubicamos en el apogeo de la separación, la víctima vuelve sobre sus pasos. Si la víctima hizo una denuncia, ella la retira porque cree que él va a cambiar. Comienza un lento pero sostenido proceso de acercamiento.

Fase de acumulación y tensión: Se genera, progresivamente, un clima de tensión y hostilidad. El agresor vuelve a avanzar sobre su víctima, se irrita, comienza a estar cada vez más tenso. Cualquier hecho lo puede tensionar. En el modelo de órbita que vimos, es ese punto de acercamiento progresivo, que genera una incomodidad progresiva en la víctima. Finalmente la olla a presión estalla y volvemos a la primera fase.

La pregunta que podemos hacer es: Muy bien, ¿Pero de qué sirve todo esto en un tratamiento?

Lo primero que debemos aclarar es que una relación conflictiva muchas veces se parece más a un movimiento orbital elíptico que a una separación lineal y progresiva, que el paciente trae como motivo de consulta: "Vengo porque quiero separarme de...". Lo esperable en las separaciones conflictivas de pareja es que haya idas y vueltas, acercamientos y alejamientos casi calcados. Es decir, la "separación" resulta sumamente dinámica. Hagamos pie en un modelo de la astronomía, con el debido perdón de los físicos, que nosotros usaremos de manera ingenua, para ilustrar esta dinámica.

La órbita elíptica es cuando un cuerpo gira alrededor de otro en forma de elipse. Por ejemplo, la Luna orbita elípticamente alrededor de la Tierra. Todos podemos comprobar que hay noches en que la Luna se la ve más grande; otras, más pequeña.


En la trayectoria, periapsis es el punto más cercano de los dos cuerpos y apoapsis es el punto más lejano. En el caso particular de la Tierra y la Luna, respectivamente, hablamos de perigeo (más cerca) y apogeo (más lejos).

En los conflictos de las parejas (sea cual sea el nivel de gravedad), vemos efectivamente movimientos de cercanía y de distancia que recuerdan al esquema planteado y esto es algo que el profesional debe estar advertido: en el "apogeo" de la separación del paciente con la pareja que lo hace sufrir, de repente, puede comenzar una etapa de reencuentro, aún sabiendo el paciente que ya ha pasado por allí muchas veces. Este movimiento, en los contextos de violencia, puede generar contratransferencialmente la idea de la "mala víctima", la víctima agente de su propio destino, que busca sufrir, que "no aprende" de su experiencia. De hecho, hasta se hizo un meme ilustrando esta situación:

Es interesante llevar a nuestro análisis personal qué nos pasa a los prfesionales con nuestra propia impotencia al ver que un paciente se dirige nuevamente hacia un lugar donde sabe que va a sufrir y supervisar cada fracaso, porque así es como se aprende. Uno se pregunta ¿Por qué suceden estas idas y vueltas? Por el fenómeno que los psicoanalistas conocemos como repetición (inconsciente, no voluntaria) y su relación con el goce: una satisfacción en el displacer, en donde algo de la diferencia se inscribe cada vez. 

Más allá del acuerdo o desacuerdo que genere la aplicación tonta de un modelo astrofísico (sumamente complejo y matemático) al campo de las relaciones humanas, el punto que en definitiva importa es que en las relaciones conflictivas hay momentos de acercamiento y alejamiento. Además de los casos de violencia doméstica, también encontraremos este patrón en aquellos casos que repiten una y otra vez una modalidad de sufrimiento. 

Las intervenciones del analista ante la separación conflictiva.
¿Por qué hablamos de órbitas y ciclos de la violencia? ¿De qué nos sirve todo eso para la clínca? Si el analista no conoce cuál es "la órbita" que ese paciente realiza junto a su pareja y no se adapta al lugar que se le da en la transferencia, seguramente la separación ocurra... pero dentro del consultorio. Hay un chiste que que lo ilustra muy bien:
Mi psicoanalista me advirtió que con él volvería a salir lastimada, pero teníamos tan buen sexo que cambié de psicoanalista.

Este chiste representa muy bien varios fracasos terapéuticos (de colegas y propios) al no tener en cuenta los tiempos del paciente, que sencillamente a veces están en tiempo de escuchar algo que para todo el mundo es obvio. 

Si dijimos que las separaciones conflictivas tenían movimiento (órbita elíptica) y fases (como en el ciclo de la violencia), nos toca orientar las intervenciones del analista según los momentos que vimos. La pregunta es si estas fases encajan en el nudo borromeo, que en definitiva es lo que orienta las intervenciones del analista.

Episodio agudo.
En el nudo vemos que lo real inmicciona en el registro imaginario. Se trata del goce del Otro (JȺ) sobre el sujeto, el cual responde con el afecto de la angustia que le señala el corte con el otro. En el episodio agudo lo vemos: el paciente angustiado por en avance del Otro, que puede tomar diversas modalidades. 

Intervenciones: El analista debe ser contenedor, estar presente, ser cálido, alojar al paciente que viene con angustia, ayudarle a pensar. La interpretación está desaconsejada, más bien de lo que se trata con un paciente angustiado es de prestarle palabras (que en la angustia faltan).

Luna de miel.
Lo imaginario inmicciona sobre lo simbólico. Recordemos que el registro simbólico se caracteriza por la sustitución significante, mientras que el registro imaginario es cerrado y más bien estático. El avance de lo imaginario sobre lo simbólico causa este detenimiento de la metáfora. Vamos a encontrar un predominio de la idealización de la pareja, enamoramiento, ilusión en las promesas. No suele ser un tiempo de preguntas.

Intervenciones: Este es el punto donde los tratamientos fracasan, porque el paciente cree que su pareja realmente cambió. El analista debe callar lo obvio: será su entorno quien le diga que está equivocado, que le sucederá lo mismo... Si el análisis continúa, seguramente la cuestión se desplazará hacia estas personas que intentan advertir lo que el paciente no es capaz de ver. Algo importante de hacer en esta etapa "aliarse con el paciente" y desde esa posición investigar los aspectos que el paciente valora en su pareja, "lo bueno que tiene", cosa que no suele aparecer en el discurso de las demás etapas: ¿Por qué vuelve con él, qué busca/encuentra en esa persona? ¿En qué lugar se coloca? ¿Qué pulsiones son las que están en juego?

Fase de acumulación de tensión.
Si seguimos la propuesta del nudo, vemos que lo simbólico avanza sobre lo imaginario, generando el chillido de lo real, que es el goce del síntoma. Concretamente, lo que veremos en la clínica es que pasada la luna de miel el paciente empezará con un malestar progresivo: se queja de que su pareja le hizo esto ó aquello.

Intervenciones: El analista no debe caer en la trampa de ir por el lado de la comprensión, menos que menos aconsejar que lo abandone (ser abstinente), o que esto ya le pasó, pues como vimos estas posiciones pueden entorpecer el análisis en el período de la luna de miel. El analista debe apostar al síntoma. Concretamente, trasmutar la queja en síntoma mediante la pregunta. Sabemos que en el síntoma, el paciente se coloca inconscientemente como objeto de satisfacción del Otro y es esa satisfacción la que lo hace sufrir (goce). El analista debe usar ese sufrimiento como motor del análisis, apelando a la historización de esa posición inconsciente y apuntando al fantasma. Aquí sí se puede utilizar la interpretación.