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jueves, 8 de octubre de 2026

Ludopatìa en jóvenes: herramientas para una clìnica actual

¿En qué momento el juego comienza a adquirir las características de una adicción?

No es sencillo establecer el momento preciso en que el juego deja de ser un juego para convertirse en aquello que solemos llamar una adicción. La dificultad aumenta si se intenta determinarlo únicamente a partir de criterios cuantitativos: cuánto dinero se apuesta, con qué frecuencia se juega, cuánto tiempo se permanece frente a una pantalla o cuántas pérdidas económicas se han producido.

La pregunta entonces será: ¿qué lugar comienza a ocupar el juego en la economía psíquica del sujeto?

No todo aquel que juega juega del mismo modo ni por la misma razón.

Puede haber juego como entretenimiento, como competencia, como búsqueda de excitación, como encuentro con otros, como curiosidad ante el azar. Incluso puede existir una relación intensa con el juego sin que necesariamente podamos hablar de una posición adictiva.

El problema aparece cuando el juego comienza a constituirse como una respuesta privilegiada (y progresivamente casi exclusiva) frente a determinados estados subjetivos. El sujeto ya no juega solamente porque quiere jugar: comienza a necesitar jugar para producir algo en sí mismo.

Puede tratarse de calmar una angustia, escapar momentáneamente de una situación, suspender un pensamiento, producir excitación, salir del aburrimiento, recuperar algo perdido o, paradójicamente, volver a perder. En este sentido, la pregunta clínica no debería ser solamente «¿por qué juega?», sino también «¿qué sucede cuando no juega?»

Es allí donde puede comenzar a vislumbrarse una diferencia fundamental.

El juego deja de ser una actividad entre otras cuando empieza a funcionar como una solución subjetiva de la que el sujeto encuentra cada vez más difícil prescindir. Y esta solución puede adquirir una característica particularmente paradójica: aquello mismo que inicialmente parecía ofrecer una salida comienza a producir aquello de lo que pretendía escapar.

Se juega para aliviar la angustia y la angustia conduce nuevamente al juego. Se juega para recuperar dinero y la pérdida exige volver a jugar. Se juega para sentirse excepcionalmente vivo y, después del juego, aparece el vacío que vuelve a demandar excitación.

La cuestión, entonces, no es simplemente que el sujeto juegue «demasiado». Es que el juego comienza a organizar una modalidad de relación con el deseo, con la pérdida y con el goce.

Desde esta perspectiva, podríamos incluso decir que la adicción no comienza necesariamente cuando aparece una determinada cantidad de juego, sino cuando el juego empieza a adquirir para el sujeto una función de la que no consigue desprenderse.

Y esto obliga a introducir una pregunta que será decisiva para el abordaje psicoanalítico: ¿qué es aquello que el sujeto busca —o encuentra— en el juego que no logra localizar en otra parte?

Consumo, abuso, dependencia y adicción

Antes de avanzar en el abordaje psicoanalítico de la ludopatía, resulta necesario detenernos en algunos términos que suelen utilizarse indistintamente: consumo, abuso, dependencia y adicción.

Aunque en el lenguaje cotidiano pueden parecer sinónimos, distinguir estas modalidades resulta fundamental para la clínica. Identificar y diferenciar estas modalidades define la dirección de nuestra intervención clínica.

Otra clave es no considerar consumo, abuso, dependencia y adicción como una simple escala de gravedad. Para la orientación clínica que querés darle, es más interesante mostrar que son modalidades diferentes de relación con el objeto de consumo/juego, y que identificarlas modifica qué escuchamos y qué intervención podemos proponer.

Podemos hablar de consumo cuando el encuentro con un objeto —una sustancia, una actividad o, en nuestro caso, el juego— se encuentra integrado dentro de la vida del sujeto sin que necesariamente adquiera un carácter problemático. El juego puede ocupar un lugar importante, producir placer o excitación, y aun así no constituir una dificultad clínica.

Hablamos de abuso cuando comienza a producirse un uso que excede aquello que el propio sujeto puede sostener sin consecuencias significativas. El juego comienza a generar pérdidas económicas, conflictos, dificultades laborales, familiares o personales. Sin embargo, esto no implica necesariamente que el sujeto se encuentre estructuralmente sometido al juego. Puede existir un uso abusivo sin que haya una dependencia.

La dependencia, por su parte, introduce una dimensión diferente: el sujeto comienza a experimentar dificultades para regular o interrumpir su relación con aquello de lo que depende. El objeto adquiere una función cada vez más necesaria en su economía cotidiana. Ya no se trata solamente de que el sujeto quiera jugar, sino de que comienza a experimentar que no puede dejar de hacerlo.

Pero incluso aquí conviene detenernos.

Porque decir que alguien «no puede dejar de jugar» todavía no nos dice demasiado acerca de qué lugar ocupa el juego para ese sujeto. La descripción de una conducta no alcanza para establecer su función subjetiva.

Es precisamente en este punto donde el concepto de adicción puede adquirir, para el psicoanálisis, una dimensión clínica particular.

La adicción no debería reducirse simplemente a la repetición excesiva de una conducta ni a la pérdida del control sobre ella. Lo que interesa interrogar es el tipo de relación que se establece entre el sujeto y aquello que se ha convertido en objeto de su satisfacción.

En la adicción encontramos una modalidad de satisfacción que tiende a imponerse por fuera de la regulación que el sujeto pretende ejercer sobre ella. El sujeto puede reconocer las consecuencias perjudiciales de su conducta, formular propósitos de interrupción e incluso desear sinceramente dejar de hacerlo y, sin embargo, retornar una y otra vez al mismo circuito.

Por eso, desde una perspectiva psicoanalítica, la contradicción entre lo que el sujeto dice querer y aquello que efectivamente repite no constituye un dato secundario: constituye un dato clínico central.

No alcanza entonces con preguntar cuánto juega, cuánto pierde o cuántas veces intentó dejarlo.

Será necesario preguntar qué satisfacción encuentra allí, qué lugar ocupa esa satisfacción en su economía psíquica y qué relación mantiene con aquello que el juego viene a evitar, producir, sustituir o reencontrar.

En otras palabras, no se trata solamente de quitarle el juego al sujeto. Se trata de poder localizar qué función cumple ese juego y qué hace posible que el sujeto pueda comenzar a prescindir de él.

Es en este punto donde la distinción entre consumo, abuso, dependencia y adicción deja de ser una clasificación meramente descriptiva y comienza a adquirir verdadero valor clínico.

La ludopatía en la era digital

A las particularidades propias del juego se suman hoy las transformaciones introducidas por las tecnologías digitales. La expansión de las apuestas online ha modificado sustancialmente las condiciones de acceso, frecuencia y continuidad del juego.

La pantalla está disponible prácticamente en todo momento. Ya no es necesario trasladarse hasta un casino, una agencia o un lugar específico para apostar: el juego puede encontrarse en el teléfono que el sujeto lleva consigo durante todo el día.

A esto se suma la inmediatez. Entre el impulso de apostar y la posibilidad efectiva de hacerlo puede no existir prácticamente ningún intervalo. Apostar, perder, volver a apostar y obtener un nuevo resultado pueden sucederse en cuestión de segundos.

Pero existe además otra característica particularmente relevante: el juego digital no tiene un final necesario. Una apuesta puede conducir inmediatamente a otra; una pérdida puede generar el intento de recuperación; una ganancia puede impulsar a continuar. La secuencia puede prolongarse indefinidamente.

La lógica algorítmica contribuye a esta continuidad. Las plataformas están diseñadas para mantener la interacción, ofreciendo permanentemente nuevas posibilidades de apuesta, nuevos eventos y nuevos estímulos. De este modo, el sujeto no necesita siquiera producir activamente la ocasión para jugar: la ocasión se presenta una y otra vez ante él.

Esta disponibilidad permanente modifica las condiciones de la inhibición y de la espera. Allí donde anteriormente podía existir un intervalo —el tiempo necesario para trasladarse, esperar la apertura de un establecimiento o finalizar una jornada—, hoy puede no haberlo.

Y ese intervalo no es clínicamente indiferente.

Desde una perspectiva psicoanalítica, sabemos que los intervalos, las demoras y las interrupciones pueden introducir una distancia entre el impulso y su realización. La apuesta online tiende, por el contrario, a reducir esa distancia al mínimo.

Por eso, la ludopatía online no debería ser pensada simplemente como la ludopatía tradicional trasladada a una pantalla. Las condiciones digitales modifican el modo en que el sujeto se encuentra con el objeto, la velocidad del circuito y las posibilidades mismas de interrupción.

Esto no significa que toda persona que apuesta online desarrolle una relación adictiva con el juego, ni que la tecnología constituya por sí misma la causa de la ludopatía. Significa que las nuevas tecnologías introducen condiciones específicas que pueden favorecer la continuidad del circuito y que, por lo tanto, deben ser consideradas en la escucha clínica.

La ludopatía online presenta, así, particularidades que requieren un abordaje clínico específico: no solamente será necesario escuchar qué lleva al sujeto a apostar, sino también cómo se articula su relación con el dispositivo, con la disponibilidad permanente, con la inmediatez y con la imposibilidad de encontrar un punto espontáneo de detención.

En este contexto, una pregunta clínica adquiere especial relevancia: ¿dónde puede producirse una pausa cuando el dispositivo está diseñado para que siempre haya una apuesta más?

¿Qué relación existe entre ludopatía, impulsión y compulsión?

La ludopatía suele describirse en términos de una conducta repetitiva que el sujeto no consigue controlar. Desde una perspectiva psicoanalítica, sin embargo, conviene detenerse en esa formulación: ¿se trata de una compulsión, de una impulsión o de otra modalidad de satisfacción que puede servirse de ambas?

La distinción no es meramente terminológica.

Podemos pensar la impulsión como aquello que empuja al acto con una marcada reducción del tiempo de elaboración. El sujeto se encuentra llevado a realizar una acción antes de que pueda producirse una mediación suficiente por la palabra. En determinadas formas de juego, esto puede observarse con claridad: aparece el impulso a apostar y la apuesta se realiza casi inmediatamente. La acción parece adelantarse al pensamiento.

La compulsión, en cambio, introduce una dimensión diferente. Aquí encontramos una repetición que puede estar acompañada por el conflicto, la duda, la prohibición, la culpa o incluso el intento consciente de no realizar aquello que, finalmente, vuelve a repetirse. El sujeto puede decir «sé que no debería hacerlo», «esta vez no voy a jugar» y, sin embargo, encontrarse nuevamente en el mismo circuito.

Esto permite advertir que impulsión y compulsión no necesariamente se excluyen.

En la ludopatía pueden presentarse momentos impulsivos —la urgencia de apostar, la decisión súbita, la imposibilidad de esperar— dentro de un circuito esencialmente repetitivo. El sujeto puede apostar impulsivamente y, al mismo tiempo, encontrarse capturado por una repetición compulsiva.

Pero la cuestión clínica fundamental no consiste en decidir a priori si estamos frente a una impulsión o una compulsión. Consiste en localizar qué función cumple el acto de apostar en la economía subjetiva.

Porque dos sujetos pueden realizar exactamente la misma conducta —apostar compulsivamente durante horas— y encontrarse, sin embargo, en posiciones subjetivas muy diferentes.

En un caso, la apuesta puede funcionar como una descarga frente a un estado de tensión que el sujeto no logra tramitar de otro modo. En otro, puede constituir un intento reiterado de reparar una pérdida. En otro, puede estar articulada con una búsqueda de excitación que permita escapar de un sentimiento de vacío o de una vivencia de apagamiento. En otro, incluso, aquello que se encuentra en juego puede ser precisamente la pérdida.

Por eso, la repetición del acto no explica por sí misma la lógica de la repetición.

Este punto resulta especialmente importante en la ludopatía: el sujeto muchas veces no juega simplemente para ganar. Puede continuar jugando después de ganar, volver a jugar después de perder e incluso incrementar la apuesta precisamente cuando la pérdida debería indicar que es momento de detenerse.

La pregunta clínica será entonces qué sostiene esa repetición.

¿Qué empuja al sujeto hacia la apuesta? ¿Qué sucede inmediatamente antes del acto? ¿Qué experimenta después? ¿Qué espera obtener? ¿Qué ocurre cuando gana? ¿Qué ocurre cuando pierde? ¿Y qué hace que, aun habiendo decidido detenerse, vuelva a apostar?

Estas preguntas permiten desplazar el foco desde la conducta observable hacia la posición del sujeto respecto del acto y de la satisfacción que allí encuentra.

En este sentido, podríamos decir que la impulsión permite localizar la dimensión del empuje hacia el acto, mientras que la compulsión permite localizar la dimensión de la repetición. Pero ninguna de las dos, por sí sola, alcanza para explicar la ludopatía.

Será necesario entonces avanzar un paso más: ¿qué tipo de satisfacción sostiene una repetición que puede persistir incluso cuando el sujeto ya sabe que aquello que hace le resulta perjudicial?

¿Qué lugar ocupan el azar y la necesidad de controlar el futuro en una época marcada por la incertidumbre y la desesperanza?

Hay algo particularmente significativo en el auge contemporáneo de las apuestas: aparecen en un momento histórico en el que la incertidumbre parece haberse convertido en una condición permanente de la existencia.

La estabilidad laboral, económica y vincular ya no puede darse por supuesta. El futuro se presenta cada vez menos como una continuidad previsible del presente. Y allí donde aumenta la incertidumbre, puede crecer también la necesidad de producir alguna forma de control.

El juego introduce una paradoja.

Por un lado, el azar representa aquello que escapa radicalmente al control del sujeto. El resultado de una apuesta no puede ser garantizado. Hay algo del acontecimiento que permanece imprevisible.

Pero, al mismo tiempo, el juego ofrece la posibilidad de establecer una relación aparentemente activa con ese futuro incierto: elegir un número, un equipo, una combinación, una cuota, una estrategia. El sujeto ya no se encuentra simplemente esperando aquello que habrá de ocurrir; puede hacer algo frente a lo que todavía no ocurrió.

Esta dimensión resulta especialmente importante para pensar la apuesta.

Porque apostar implica anticipar. Es decir: hacer una afirmación sobre un futuro que todavía no existe como acontecimiento. El sujeto pone algo de sí —dinero, expectativa, deseo— en aquello que está por venir.

En este sentido, la apuesta puede funcionar como una suerte de pequeña ficción de dominio sobre el futuro: «si elijo bien, si calculo correctamente, si leo las señales, puedo anticiparme a lo que va a suceder».

No se trata necesariamente de una creencia consciente en el control absoluto del azar. El jugador puede saber perfectamente que el resultado es incierto. Sin embargo, ese saber no impide que construya estrategias, rituales, cálculos, sistemas o interpretaciones destinados a reducir subjetivamente esa incertidumbre.

Y aquí aparece una cuestión clínica interesante: ¿qué relación mantiene el sujeto con aquello que no puede controlar?

Porque el problema no sería simplemente que el jugador intente controlar el futuro. Todos necesitamos anticipar, planificar y producir alguna representación de lo que vendrá. La cuestión aparece cuando la imposibilidad de saber se vuelve insoportable y el sujeto necesita producir, una y otra vez, algún dispositivo que le permita creer que puede dominarla.

El azar puede ofrecer entonces una solución paradójica: poner el futuro en manos del azar para sentir que se tiene alguna participación en él.

Esta paradoja se vuelve todavía más significativa en contextos de desesperanza. Cuando el futuro aparece cerrado, incierto o desprovisto de posibilidades, la apuesta introduce de manera inmediata un acontecimiento potencial: algo puede cambiar.

No hace falta que la ganancia sea probable. Basta con que sea posible.

Y quizás allí encontremos una de las dimensiones subjetivas más interesantes de la apuesta: frente a un futuro vivido como cerrado, el azar introduce una posibilidad súbita de transformación.

La apuesta promete que en el próximo resultado podría ocurrir algo capaz de modificar radicalmente la situación presente.

Pero esa promesa contiene también su propia trampa. Porque si el futuro no puede ser controlado, cada resultado obliga a una nueva apuesta. La incertidumbre que se pretendía dominar retorna inmediatamente y exige una nueva intervención.

Se configura así un circuito particularmente poderoso:

La apuesta, lejos de eliminar la incertidumbre, la mantiene viva.

Y esto nos permite formular una pregunta clínica: ¿el sujeto apuesta para obtener aquello que desea o apuesta para mantener abierta la posibilidad de que algo pueda suceder?

La diferencia no es menor, porque quizás, en algunos casos, aquello que sostiene el juego no sea tanto la expectativa de ganar como la imposibilidad de renunciar a un futuro que todavía podría ser diferente.

¿Cómo intervenir con los adolescentes, los jóvenes y sus familias?

La intervención con adolescentes y jóvenes presenta una dificultad particular. Muchas veces el juego comienza siendo presentado como una actividad social más: una apuesta entre amigos, una forma de entretenimiento, una manera de seguir un partido o simplemente algo que «todos hacen».

Por eso, una primera tarea clínica será no patologizar de entrada la conducta, pero tampoco naturalizarla por el hecho de que se encuentre extendida entre los pares.

Será necesario escuchar qué lugar comienza a ocupar el juego para ese adolescente o joven.

¿Qué significa para él apostar? ¿Es una actividad compartida con otros? ¿Una forma de pertenecer? ¿Una manera de obtener dinero? ¿Una búsqueda de excitación? ¿Una forma de escapar del aburrimiento? ¿Una respuesta frente a la angustia? ¿Una manera de sentirse competente o reconocido?

En estas edades resulta particularmente importante no reducir la intervención a la prohibición. Decir simplemente «no juegues» puede ser necesario en determinadas situaciones, pero difícilmente alcance para producir un movimiento subjetivo si no podemos interrogar qué función cumplía aquello que se intenta quitar.

Esto adquiere todavía mayor importancia cuando el juego ya se encuentra instalado como una modalidad privilegiada de satisfacción. Si retiramos el objeto sin escuchar qué venía a resolver, podemos dejar intacta la necesidad que sostenía el circuito.

Con los adolescentes, además, será necesario considerar que la relación con los adultos se encuentra atravesada por la cuestión de la autonomía. Una intervención excesivamente moralizante o persecutoria puede transformar rápidamente el problema del juego en un conflicto entre generaciones: el adulto intenta controlar y el joven intenta sustraerse de ese control.

Esto no significa que los límites sean innecesarios. Por el contrario, en determinadas situaciones será indispensable establecer límites concretos, especialmente cuando existen pérdidas económicas, endeudamiento o exposición a plataformas de apuestas.

Pero poner un límite no equivale a producir un límite subjetivo.

El trabajo clínico consiste también en que el joven pueda comenzar a localizar aquello que lo lleva a apostar y construir otras posibilidades frente a eso.

¿Y qué lugar ocupa la familia?

La familia suele llegar a la consulta cuando el problema ya adquirió cierta magnitud. Puede aparecer entonces una combinación de angustia, enojo, culpa y necesidad de controlar.

«¿Cómo hacemos para que no juegue?» suele ser una de las primeras preguntas.

Sin embargo, será necesario desplazarla progresivamente hacia otras:

¿Qué está ocurriendo con este joven? ¿Qué lugar ocupa el juego en su vida? ¿Qué se pone en juego cuando apuesta? ¿Qué sucede en la familia alrededor de esto?

La familia no debería convertirse en una extensión del dispositivo de vigilancia. Controlar el teléfono, revisar las cuentas, impedir el acceso al dinero o monitorear permanentemente la conducta pueden constituir medidas necesarias en determinados momentos, pero no sustituyen el trabajo clínico.

Del mismo modo, tampoco resulta conveniente responsabilizar a los padres por la conducta del joven. Buscar una explicación familiar totalizante puede producir culpa allí donde necesitamos construir condiciones para que pueda desplegarse una pregunta subjetiva.

La intervención con las familias deberá, entonces, sostener una doble orientación: proteger al joven de las consecuencias concretas de la conducta y, simultáneamente, evitar que toda la respuesta quede reducida al control de esa conducta.

Esto es particularmente importante frente a la ludopatía online, donde el acceso permanente al juego hace que las estrategias familiares de regulación deban contemplar las condiciones materiales del entorno digital.

Pero incluso cuando sea necesario bloquear aplicaciones, limitar medios de pago o establecer controles externos, habrá que recordar que estas medidas constituyen condiciones de tratamiento, no el tratamiento en sí mismo.

El objetivo no será simplemente conseguir que el adolescente deje de apostar. Será posible avanzar clínicamente cuando pueda comenzar a preguntarse qué encontraba allí, qué intentaba resolver mediante el juego y qué satisfacción estaba obteniendo de esa repetición.

En este sentido, intervenir tempranamente no significa solamente detectar antes una conducta problemática. Significa también poder intervenir antes de que el juego quede consolidado como una respuesta privilegiada frente a la angustia, el vacío, el aburrimiento, la incertidumbre o las dificultades propias de la construcción de un proyecto.

Quizás la pregunta final para el clínico no sea entonces «¿cómo conseguimos que deje de jugar?», sino otra:

¿qué podemos ofrecer para que el sujeto pueda comenzar a construir una relación diferente con aquello que, hasta ahora, encontraba exclusivamente en el juego?

jueves, 17 de septiembre de 2026

Entre el deseo y el goce: la posición del sujeto frente al Otro

La constitución del sujeto (su advenimiento a la existencia) supone necesariamente un alojamiento en el campo del Otro. El Otro no constituye únicamente el lugar en el que se articula la cadena significante, sino también el lugar en el que el sujeto se confronta con un deseo que lo precede y que, de algún modo, lo convoca.

La entrada en el campo del Otro puede producirse a través del S1, del significante amo, pero también por la vía del objeto a. Ambos términos ponen en juego la dimensión de la insignia. En este punto, resulta fundamental considerar que, en su constitución, el sujeto se encuentra inicialmente en una posición de objeto respecto del deseo del Otro: ocupa ese lugar en la medida en que puede llegar a funcionar como aquello que causa dicho deseo.

A partir de esta distinción, cabe interrogar qué diferencias introduce en la posición subjetiva el hecho de que, en el advenimiento del sujeto, haya tenido una incidencia predominante la dimensión del deseo o, por el contrario, la del goce.

La clínica analítica se encuentra con determinadas presentaciones en las que el sujeto parece mostrar una particular resistencia a dejarse afectar por la palabra. Se trata de posiciones en las que el anclaje subjetivo parece encontrarse fuertemente ligado a una modalidad de satisfacción, a un modo de goce de considerable intensidad, cuya consistencia puede volver particularmente difícil su conmoción mediante la intervención significante.

Esto introduce una dificultad específica para la clínica, ya que el trabajo analítico puede quedar rápidamente empantanado o, incluso, encontrar obstáculos para constituirse como tal. Es una coyuntura que puede observarse con particular claridad en sujetos capturados por alguna forma de adicción. Y, más allá de las diferencias que existen entre las distintas modalidades de adicción, la cuestión no parece reducirse exclusivamente a la relación con una sustancia: también puede pensarse en términos de la incidencia del plus de gozar en la economía fantasmática.

Volvamos entonces a la posición del objeto a en el fantasma. Si el objeto a puede ocupar el lugar de causa del deseo, pero también condensar una modalidad de satisfacción y funcionar como plus de gozar, cabe preguntarse si aquello que encontramos como refractario a la palabra no constituye precisamente un efecto de la incidencia que esta dimensión del a adquirió en el vínculo del sujeto con el Otro.

La cuestión clínica sería, entonces, discernir qué ha predominado en esa constitución: la dimensión del objeto en tanto causa del deseo o aquella en la que el objeto queda capturado como modalidad de goce. No se trataría de establecer una oposición simple entre deseo y goce, sino de interrogar qué posición ocupa el sujeto respecto de cada uno de ellos y, fundamentalmente, qué lugar conserva allí la palabra como posibilidad de producir una transformación en esa relación.

miércoles, 3 de junio de 2026

Freud, la adicción y los límites de la teoría pulsional

 La relación de Freud con las adicciones constituye un punto de interés tanto biográfico como teórico. Lejos de la imagen de un observador distante de los fenómenos que estudiaba, Freud mantuvo durante décadas una dependencia severa del tabaco y, en sus primeros años como médico, sostuvo una posición entusiasta respecto de la cocaína.

En 1884 publicó su célebre trabajo sobre la cocaína, donde describía en términos elogiosos sus efectos y promovía su utilización tanto entre colegas como pacientes. Según diversos historiadores, Freud llegó a distribuir muestras de la sustancia y contribuyó a la difusión inicial de su uso terapéutico. Sin embargo, las consecuencias negativas observadas en personas cercanas y las crecientes críticas científicas a la droga lo llevaron progresivamente a abandonar ese entusiasmo. Aunque utilizó cocaína durante varios años, no desarrolló una dependencia comparable a la que posteriormente mantendría con el tabaco.

La adicción de Freud a los puros fue, en cambio, persistente y devastadora. A los 38 años, sus médicos ya le advertían que las arritmias cardíacas que padecía estaban relacionadas con el hábito de fumar. Freud intentó abandonar el tabaco en múltiples oportunidades, pero siempre recaía. Fumaba alrededor de veinte puros por día y, durante la Primera Guerra Mundial, cuando sus marcas preferidas escaseaban, llegó a realizar esfuerzos extraordinarios para conseguirlos. Él mismo reconocía su incapacidad para moderar el consumo, afirmando que nunca había sido capaz de conformarse con unos pocos cigarrillos.

A los 67 años aparecieron las primeras lesiones cancerosas en su boca. A pesar de conocer perfectamente la relación entre el tabaquismo y su enfermedad, continuó fumando. Entre 1923 y 1939 fue sometido a unas treinta y tres intervenciones quirúrgicas por el cáncer de boca, garganta y paladar. La enfermedad avanzó hasta requerir la extirpación de gran parte de la mandíbula, reemplazada por una prótesis que Freud llamaba "el monstruo". Sufrió dolores permanentes, dificultades para hablar, comer y tragar, así como reiteradas complicaciones cardíacas. Sin embargo, siguió fumando hasta el final de su vida.

Desde una perspectiva contemporánea, podría decirse que Freud realizó una suerte de "reducción de daño" respecto de su erotismo oral, sustituyendo otras posibilidades de satisfacción por el consumo persistente de puros. En el contexto cultural de la época, además, el tabaquismo estaba ampliamente normalizado; no sólo Freud fumaba en el consultorio, sino que el hábito era frecuente entre médicos, intelectuales y posteriormente entre numerosos psicoanalistas.

Este recorrido biográfico invita a reflexionar sobre un aspecto central de la teoría pulsional. La pulsión no siempre aparece ligada a objetos contingentes o fácilmente sustituibles; en muchos casos puede fijarse de manera rígida durante décadas alrededor de un objeto específico, como ocurre en las adicciones compulsivas. La historia de Freud muestra que incluso quien elaboró la teoría psicoanalítica de la pulsión no estuvo exento de quedar capturado por una modalidad de satisfacción que persistió a pesar del sufrimiento, la enfermedad y la proximidad de la muerte.

Algunos autores han señalado que ciertas formulaciones presentes en tradiciones psicoanalíticas posteriores pueden dificultar la elaboración clínica de los consumos problemáticos. La apelación a consignas como "no ceder sobre el deseo", la crítica a determinadas concepciones de la salud mental o la reivindicación del goce como dimensión irreductible de la experiencia subjetiva pueden, si son interpretadas de manera simplificada, correr el riesgo de transformarse en racionalizaciones que obstaculicen el trabajo sobre la dependencia. Sin embargo, también es cierto que gran parte de la clínica psicoanalítica contemporánea distingue entre deseo y compulsión, y considera que la adicción no constituye una expresión de libertad subjetiva sino una modalidad de sometimiento a una satisfacción que reduce las posibilidades del sujeto.

La propia biografía de Freud ilustra esta tensión: un hombre que comprendía intelectualmente los riesgos de su conducta, que conocía la relación entre el tabaco y su enfermedad, que padeció durante años dolores extremos y múltiples operaciones, pero que aun así no logró abandonar el objeto al que permanecía ligado. Su caso sigue siendo uno de los ejemplos más notorios de cómo una fijación pulsional puede mantenerse activa durante décadas, incluso frente a consecuencias potencialmente mortales.

jueves, 20 de junio de 2024

Adicciones y confiabilidad en el Otro

 Para el psicoanálisis la adicción no es una categoría nosográfica, incluso sería discutible que pueda ser pensada como una categoría clínica. Lo consideramos así por cuanto en el adicto se cortocircuita la relación con la palabra y, por ende, se desconecta del Otro.

La adicción podría ser considerada como algo más ligado a la posición del sujeto, algo más referido a la posición en el fantasma y no tanto asociada a la dimensión del síntoma en lo que éste pudiera vehiculizar respecto del deseo.

En este sentido, entonces podríamos plantear que hay adicciones en el sujeto solidarias del fantasma en la medida en que éste es el lugar de la fijación pulsional. Con lo cual asociamos las adicciones del sujeto a la posición de objeto que se emplaza en el fantasma, la cual no es más que una de las posiciones del sujeto mismo.

Podríamos por ende decir que en este sentido todo sujeto hablante está, en mayor o menor medida, afectado por una adicción.

Sin embargo, la magnitud, la intensidad y la manera en que el sujeto queda a merced o no de esa adicción depende del modo en que se haya constituido el fantasma. El fantasma como sostén del deseo conlleva, por ende, la dimensión de la demanda y no serán los mismos efectos sobre el sujeto, si el fantasma se constituye en una apoyatura mayor ligada al deseo o si se construye en una apoyatura mucho más asociada a la demanda. La mayor preponderancia del Quantum pulsional entonces se debe al hecho de que, a este nivel, no se trata de la demanda de amor, sino de la demanda pulsional en lo que tiene de reversible.

Lo refractario (a la palabra) de las adicciones

Sabemos la dificultad que conlleva en la práctica del psicoanálisis una consulta de un sujeto afectado por alguna forma de adicción. Corominas sitúa, en la entrada del vocablo adicto, una raíz etimológica que proviene del latín “Dicere”: decir. O sea que la dificultad se emplaza en la palabra misma.

Por ello se trata de presentaciones clínicas en las cuales nos encontramos con que la palabra está, de distintas maneras, cortocircuitada. Y en esto juega un factor temporal, en el sentido de que le proponemos al sujeto un tiempo para su palabra, el cual implica a los rodeos, las vueltas y los sin sentidos que la lógica de la palabra conlleva. A esto se contrapone lo que podemos denominar la inmediatez del tóxico, sea el que fuese.

De alguna manera, entonces, en las adicciones, nos la vemos con unas presentaciones subjetivas que cabalgan entre la precipitación y la petrificación, porque lo que domina la posición del sujeto es una satisfacción, la cual no coincide con el placer.

Estamos hablando de una satisfacción, en su inmediatez, que soporta una posición del sujeto que hace de obstáculo a la palabra, punto fundamental porque entonces el obstáculo no es “externo”, si cabe el término, sino que se entrama en la posición misma del sujeto, lo que en muchas oportunidades es el índice de la dificultad clínica.

Resalto esta dimensión de la temporalidad. Un análisis implica, conlleva un tiempo que se especifica por lo incalculable. Es el que consiste en el tiempo de comprender, que no es mensurable de antemano y, además, imposible apurar.

Si la palabra se instituye en la relación con el Otro, en las adicciones la traba en ella debe ser rastreada hasta allí, pero ello requiere tiempo. Una hipótesis clínica puede ser que la palabra quedó allí estorbada por la intromisión de algo de otro orden, algo solidario de la no confiabilidad del Otro.

La confiabilidad en el Otro

En el seminario 6, se desarrollan de forma muy interesante los vínculos entre el deseo, el fantasma, el duelo y el corte. Existe un punto fundamental en cuanto a las consecuencias que tiene para el sujeto neurótico, en el armado de su vida, lo que se llama la confiabilidad del Otro.

Del hecho de que el Otro sea o no confiable se desprenden consecuencias duraderas en el sujeto. Ahora, ¿que significa que el Otro sea confiable? El Otro aparece para el niño caracterizado de entrada como un ser hablante, o sea alguien de quien recibe el significante, alguien que habla y respecto del cual el niño se pregunta “Sí es cierto, dice eso, pero ¿qué quiere?”.

Allí donde el Otro se presenta como hablante, el niño se interroga acerca de lo que desea, no acerca de lo que dice, o también, se pregunta por el más allá de lo que dice..

La confiabilidad del Otro se desprenderá directamente de la relación que tiene con la palabra. Por supuesto, esto no significa esperar la incondicionalidad del Otro ni que nunca pueda cambiar de opinión o eventualmente contradecirse. Sino que el Otro deviene confiable en la medida en que no introduzca allí , en la relación de palabra con el sujeto, ningún goce que exceda la relación con el niño.

O sea, el Otro devendrá confiable en tanto no tome al niño como objeto de su goce. Afirmación esta que está repleta de problemas, porque la suposición de un agente a nivel del goce resulta en un atolladero. Quizás entonces podría interrogarse este problema a nivel de la posición de objeto del niño: ¿causa o instrumento?

La Constitución del sujeto, o sea su advenimiento a la existencia se produce a partir del alojamiento en el Otro como lugar. No solo como el sitio donde el significante se articula, sino también el lugar donde el sujeto se encuentra con el deseo.

La entrada al campo del Otro se efectiviza a través del S1, o sea del significante amo; o puede entrar por el sesgo del objeto a. Estos dos términos ponen en juego el concepto de insignia, más allá de que esencialmente un sujeto entra en relación con el deseo del Otro desde una posición de objeto en la aspiración, si cabe el término, de causar dicho deseo.

Habiendo marcado esto creo que sería importante interrogar, qué diferencias conllevan en la posición del sujeto el hecho de que, en su constitución, su advenimiento a la existencia tenga más incidencia el deseo o el goce.

La clínica analítica se encuentra con determinadas particularidades, presentaciones clínicas del sujeto en las cuales encontramos cierta dimensión refractaria a la palabra.

Entiendo que se trata de posiciones en las cuales el anclaje del sujeto está más asociado a una satisfacción, a un modo de goce, de una intensidad significativa y que resulta, entonces, complejo de conmover por la función de la palabra.

Esto significa una dificultad clínica, por cuanto el trabajo tiende a empantanarse o se dificulta su comienzo. Suele ser una coyuntura habitual en la clínica con sujetos que está atenazados a algún tipo de adicción. Y entendemos que, más allá de las innegables diferencias, este planteo sería válido tanto para los adictos a una sustancia cualquiera, como a la incidencia del plus de gozar en el fantasma.

Volviendo entonces a la posición del objeto a en el fantasma, parece que lo refractario es la consecuencia de la incidencia que pudo haber tenido, en el vínculo con el Otro, la función del a como causa de deseo o plus de gozar.

lunes, 3 de julio de 2023

Las Adicciones. El Tóxico: ¿Por qué es una anestesia al dolor de existir?

S. Freud se ocupó del sufrimiento humano desde el comienzo hasta el final de su obra.

En el “Proyecto de Psicología para Neurólogos” (1895) nos dice que el ser humano nace en un estado de plena indefensión.

El Otro de los primeros cuidados será el “auxilio ajeno” que necesita el sujeto para sobrevivir. En principio y fundamentalmente -a través de su libido amorosa, vehiculizada por el lenguaje- le brindará al infante una barrera de protección frente a su total inermidad y desamparo.

El Otro de los primeros cuidados interpretará, a partir de sus propias significaciones, aquello que supone que el bebé necesita.

Tanto el campo de la necesidad biológica como la inundación de estímulos del exterior -frente a los cuales el bebé está falto de recursos- se convertirán en marcas, huellas, que están en la base del dolor psíquico en los seres humanos.

Clave Clínica para entender las adicciones

Esta huella del dolor psíquico se borrará -con mayor o menor intensidad- dependiendo de cómo se ha configurado la estructura psíquica de cada sujeto en particular.

El sujeto estructurado en el campo de la neurosis, posee un aparato psíquico que cuenta con mecanismos defensivos para hacer frente a la irrupción de sus propias pulsiones, del Superyó (campo del Ello) y de aquello que le llega de la realidad exterior.

Los mecanismos defensivos le permiten hacer frente al mundo interior y exterior, a través de sus creaciones: desde el síntoma a la sublimación.

Para muchos sujetos neuróticos, el recurso al síntoma y/o a la sublimación como vía de realización de deseo, no resulta viable. ¿Por qué? Porque cada sujeto se estructuró de manera diferente, de acuerdo a los múltiples avatares que comienzan desde el encuentro con el Otro de los primeros cuidados.

Existen sujetos en donde el dolor psíquico, ocasionado por el desamparo y la indefensión de los orígenes, no pudo ser borrado lo suficiente.

Esto se convierte en la causa principal que impide que los mecanismos defensivos -que se construyen a posteriori- tengan la adecuada solidez para defenderlo del mundo exterior e interior.

Sigmund Freud tiene la agudeza de definir a tantos sujetos, cuya estructura psíquica neurótica ya está configurada, como siendo portadores de una subjetividad con “mayor sensibilidad”.

El desamparo originario, ese “estar en falta” estructural, no pudo ser borrado lo suficiente. El dolor psíquico queda a “flor de piel” y los mecanismos defensivos posteriores terminan siendo débiles para defenderlos del peso de la realidad interior y exterior.

El tóxico como anestesia al “dolor de existir”:

Dichos sujetos, que han quedado con “mayor sensibilidad” frente al desamparo originario, -nos dice Freud- necesitan un “quita penas” para taponar esa carencia primaria, a modo de suplemento que les permita tolerar el peso de la realidad exterior y el embate de sus pulsiones y del Superyó.

Las adicciones tóxicas: “Recuperar al sujeto”

El abordaje psicoanalítico en el vasto campo de las adicciones tóxicas se dirige al sujeto en su singularidad y no al objeto de consumo.

El psicoanálisis, así nos lo enseña Freud, anula la pretensión de ser un universal que borra otras disciplinas y/o recursos terapéuticos que puedan contribuir al tratamiento del sufrimiento humano.

¿Qué significa dirigirse al sujeto?

Dirigirse al sujeto significa, en principio, tener en cuenta que es un ser único y que su problemática clínica está atravesada por el sufrimiento psíquico, el cual se expresa con diferentes modalidades.

La práctica clínica constata que, en el caso de las adicciones tóxicas, resulta frecuente encontrarse con un sujeto que posee insuficientes recursos simbólicos para arreglárselas con el empuje constante (Drang) de nuestras pulsiones.

¿Qué consecuencias trae poseer pocos recursos simbólicos para defenderse del Drang -empuje pulsional-?
 
Partimos de la premisa de que el Ello pulsional exige una satisfacción directa sobre el psiquismo y el cuerpo. Si el sujeto cuenta con insuficientes recursos simbólicos -como lo es el déficit del mecanismo de la represión- se sentirá desbordado, apremiado y, lo que es más aún, obligado a satisfacer de inmediato y brutal-mente sus pulsiones y los mandatos despiadados y sádicos del Superyó.

Registro de lo Real vs. Registro de lo Simbólico

El Ello pulsional y el Superyó Registro de lo Real, pretende una total satisfacción de las pulsiones, de manera “cash” -directa-, exige así que se pase por alto el “no todo se puede”: la castración, la falta, la Ley. Registro de lo Simbólico.

¡¡Importante!! El tóxico se hará un lugar en la vida del sujeto cuando el Registro de lo Real pulsional triunfa sobre el Registro Simbólico del inconsciente.

El círculo mortífero del tóxico

Por un lado, el tóxico actúa como una barrera real que intenta aliviar el doloroso impacto del torrente pulsional sin límite. Mientras que, por otro lado, su acción anestésica es limitada, de corto plazo, a consecuencia de lo cual esclaviza al sujeto a un consumo que, por volverse autodestructivo para la psiquis y el cuerpo, es vivido con un enorme malestar y sufrimiento.

Etimología de la palabra “adicto”: el vocablo latino “addictus”, designó en tiempos antiguos a un hombre “entregado a otros” en calidad de esclavo temporal o permanente, como pago por enormes deudas.

Intervenciones Clínicas

El psicoanálisis apunta al sujeto que sufre -por estar esclavo del tóxico-, sin juzgar ni pretender educar, menos que menos re-educar.

El tóxico cumple la función de suplir el déficit de recursos simbólicos del sujeto. Nuestra apuesta y orientación terapéutica será que dicho sujeto encuentre, en la transferencia analítica, eslabones simbólicos para ligar el campo de sus pulsiones y del Superyó en su vertiente cruel y aniquilante del sujeto.

El psicoanalista, advertido de que hay sujetos cuya estructura psíquica y corporal es más porosa, más “sensible” a los afectos desestructurantes vinculados al desamparo originario, intentará:

✅ Construir una lectura de los avatares y vicisitudes de la historia libidinal del sujeto.

✅ Hacer de esta lectura del campo libidinal un cifrado en palabras del dolor psíquico a flor de piel, que operen como su cicatriz.

✅ Será el analista mismo -desde su posición, y en transferencia- el que se situará fuera del campo de los mandatos crueles del Superyó, disfrazados de una moral que señala -desde afuera- el “Bien” para el sujeto, sin que él pueda participar con su deseo (Registro de lo Simbólico).

✅ El analista, desde su posición de escucha activa, intentará ayudar al paciente a poder hablar, a confiar en la palabra y en el sentido que se halla cifrado en su compulsión.

✅El analista -vía su presencia y su palabra- conectará al sujeto adicto al tóxico con la dimensión de la espera, esa pausa que se hace posible y tolerable si el Otro ofrece su presencia y su cuerpo.

Apuntar al sujeto, al armado de sus propios recursos simbólicos que tengan la capacidad de ligar sus pulsiones en estado puro, es la apuesta de un psicoanalista, que puede y debe -si es necesario- actuar en inter-disciplina para ayudar al sujeto que sufre.

“La castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado, para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley del Deseo” - J. Lacan.*

*Texto: “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”

La apuesta es comenzar una elaboración psíquica del dolor del desamparo, que permita hacer lugar a los recursos del sujeto para vivir una felicidad “limitada pero posible”, del lado de la vida; tal como nos lo plantea Freud en “El malestar en la cultura”.

jueves, 22 de septiembre de 2022

Las intervenciones del analista ante los desbordes pulsionales en la clínica

Freud descubrió que el ser humano no sólo está hecho de palabras, sino también de pulsiones: fuerzas que pulsan en el psiquismo y que siempre buscan la satisfacción.
Existen pulsiones que quedan en el Ello en su estado puro, sin conexión con el inconsciente y que buscan la satisfacción sin límite. Atacan en forma directa al Yo y se transforman en pura acción desintegradora.

¿Cuáles son las presentaciones clínicas que muestran desbordes pulsionales?

. El acting out
. El ataque de pánico
. Los pasajes al acto
. Las adicciones
. Las autolesiones
. Las compulsiones
. La anorexia mental

¡Importante!

¿Cuál es el estado emocional que atraviesa a estas presentaciones clínicas?

La angustia masiva, que barre las funciones de defensa del Yo y provoca una intensa desorientación y una imposibilidad de pensar aquello que se está vivenciando.

¿Qué intervenciones clínicas son apropiadas?

Aquellas que intentan operar como barrera de protección frente al Yo, en tanto fue dañado por el empuje sin freno de la pulsión.

Fernando Ulloa nos aconseja construir una “estructura de demora”, es decir, trazar coordenadas simbólicas de:

- Tiempo: esto quiere decir, tratar de lograr una mínima historización de lo que allí ocurre

- Espacio: esto alude a intentar ubicar en el sujeto una pequeña manifestación de su deseo

- Situación: refiere a construir una visión general del entorno, de seres queridos y recursos a los que puede recurrir

Otras intervenciones apropiadas a estas problemáticas son:

- Otorgar paciencia y cuidado, estos son hechos que demostrarán que son posibles la espera y la pausa

- Brindarle, como analista, palabras para ayudar al paciente a describir lo que le pasa

- Hacerle notar al paciente que estamos para acompañarlo, más allá de las sesiones

- Involucrarnos activamente, por ej. mediante un consejo y/o indicación.

jueves, 11 de agosto de 2022

Cuando el pedido no es una demanda: intervenciones clínicas

El pedido es una demanda en el sentido genérico, pero no es una demanda en el sentido analítico. Un paciente va a un servicio por una demanda espontánea, en la mayoría de los casos, y se encuentra con una terapéutica orientada desde el psicoanálisis, generando una tensión en el campo sintomático. El paciente pide una terapéutica al Hospital, pero que muchas veces no está orientada en el análisis.

¿Cómo pensar estos pedidos sin demanda y cómo se cruzan con nuestras concepciones teóricas? ¿Cómo intervenir?

Pensemos en una neurosis o psicosis funcionales. Por ejemplo, hay neurosis obsesivas que nunca llegan a la consultan porque trasladan todo su bagaje de funcionalidad al carácter o a la forma de ser. Entonces, dicen "Siempre fui así, soy así, las cosas son así", son personas que quizá pidan algo, pero nunca una demanda de conmover a ese ser. En las psicosis funcionales, vamos a encontrar que muchos fenómenos adosables a un trastorno mental son justamente lo que les permite funcionar. 

Luego tenemos "los mandados sin demanda" En tanto funcionan, no demandan. Pero, empujados por el discurso de la ciencia, nosotros tenemos que producir alguna maniobra preliminar para ver si es posible un tratamiento. ¿Es posible intervenir sobre el pedido e incidir sobre la no demanda?

El encuentro de dos discursos. Por un lado está el que el analista sostiene y es en el que se formó. Y por otro lado está el discurso del patjhos, de aquel que padece y que consulta, por el motivo que sea, pero no piden ni un análisis ni una psicoterapia orientada desde esa perspectiva. Cada vez aparecen más cuestionamientos a la formación psicoanalítica, sumado a los profesionales que se interesan cada vez más por la orientación cognitivo conductual. Esto, lejos de ser un problema, abre al juego y a la oferta. La hegemonía de la psiquiatría dio paso a la hegemonía del psicoanálisis de orientación lacaniana, que tampoco fue la felicidad de los prados: como en toda hegemonía, genera exclusiones y segregaciones, además de otros problemas éticos. Actualmente estamos ante una tercera etapa, que es la caída de la hegemonía del discurso analítico y la aparición de dispositivos integrados, que enriquece el intercambio.

Pensemos en los vectores de la demanda terapéutica y la demanda analítica:

La S central se refiere al síntoma. El analista que trabaja en una institución se ve interpelado entre la demanda terapéutica y la analítica. 

La dimensión analítica apunta al síntoma, ordenando los trastornos, los malestares y el pathos en tanto pueda darle forma a un síntoma. El síntoma no solo porta una solución de compromiso, sino que también porta una demanda de carácter inconsciente. 

La dimensión terapéutica se centra en ser una respuestas al pathos. No solo a la patología, sino al pathos de los goces, intentando dar una respuesta terapéutica a eso. Quien sostiene esta idea, apunta a curar o normalizar el pathos. 

Nosotros sabemos que los goces, en tanto no son goces del cuerpo como imaginario, solo permiten hacer operaciones sobre el cuerpo real o el simbólico, pero no agota a lo real, que sigue estando allí. Lo que si se puede es cambiar la posición del sujeto a lo largo de un tratamiento frente a lo real y por ende, a algunos goces que se pueden acotar. Acotamiento no es agotamiento, sin embargo. El discurso psiquiátrico sostiene que los goces se pueden agotar; el psicoanálisis va por el lado del acotamiento. Por ejemplo, para la psiquiatría el delirio, en tanto pathos, puede ser agotado, aunque ningún médico sostiene en la práctica que una psicosis pueda ser "curada". No hay posibilidad de estado anterior al pathos. 

La dimensión analítica encuentra al agente tensionado por esos dos vectores no simétricos. La dimensión analítica es un vector ético que tracciona e interpela a la dimensión terapéutica a su eje ético: la ética del bien decir, una ética sostenida en el deseo y en un trabajo o acotamiento de los goces, orientado desde el síntoma. Toda intervención, toda relación con el pathos ó el paciente (transferencia), toda economía que acontezca en el cuerpo (RSI), debe estar al servicio de una política: el síntoma.

Táctica, estrategia y economía están al servicio de ser orientados desde la política del síntoma. Si uno decide mantener la política del psicoanálisis en una institución, el analista también hace síntoma, porque la dimensión terapéutica, que para el psicoanálisis llega por añadidura de la dimensión analítica, en este campo de la salud pública, la dimensión terapéutica es el sentido de esa fundación, además que el paciente lo pide. raramente un paciente viene a analizarse, sino que demanda una terapéutica. De manera que el analista no solo debe saber hacer con su síntoma, sino también con su ética.

De lo que se trata es de sostener una terapéutica, pero como subraya Lacan en Variantes de la cura tipo, una terapéutica que no es como las demás. 

En este esquema superior vemos la TÁCTICA, que son las intervenciones, al servicio de una ESTRATEGIA (que es la transferencia), con un vector ÉTICO  que regula los dispositivos, que es la ECONOMÍA. Por último, la función del analista se ordena bajo una política.

Podemos pensar en un campo de pedidos sin demanda. Siguiendo a Lacan en Saber y verdad, penúltimo de los Escritos 2, hay una permanente tensión entre saber y verdad, dos campos heterogéneos que por eso separamos:

La división entre saber y verdad nos sirve para saber de qué tipo de pedidos se trata: hay pedidos que vienen del campo del saber, como el discurso médico, el psicológico y el discurso tóxico. El discurso tóxico es un saber que tiene el consumidor, que rivaliza con el saber del médico y psicológico y definitivamente rechaza el saber analítico. El consumidor adicto es un desconfiado del inconsciente. El adicto rechaza cualquier planteo diferente al de la palabra, un rechazo casi forclusivo de querer saber. Esto genera agotamiento en quienes intentan mantener una terapéutica centrada en el psicoanálisis en los pacientes con patologías de consumo.

Otras demandas que vienen como pedido de tratamiento que vienen del campo del saber son las demandas sociales, escolares. Las demandas médico-psicológica son las demandas del orden de la interconsulta, como los médicos clínicos con pacientes que no le responden a la terapéutica, el psiquiatra que deriva porque no le funciona la medicación. 

Los pedidos del campo de la verdad son el pathos del paciente. También las demandas familiares, el pathos de la familia, de la pareja, de los hijos, sea cual sea el pedido. 

Para pasar del campo del pedido a la demanda es necesaria una operación preliminar, que podemos llamar, siguiendo a Badiou, una operación de forzamiento. Badiou, en Lógica del acontecimiento, habla del forzamiento, que no es obligar, sino forzar el carácter de la neutralidad. El analista tiene dos principios: neutralidad y abstinencia. Cuando no hay pedido, hay una paradoja. Debe poner en suspenso la neutralidad: no todo es lo mismo. Muchas veces el analista debe recortar, señalar, denotar que ahí hay algo. Cuando el sujeto ve que su discurso de saber, su discurso tóxico o su hábito no le funcionan del todo, cuando el sujeto viene a quejarse que quiere sacarse de encima una pareja, un síntoma, un hábito... hay algo de decepción en relación al estado anterior. El analista debe subrayar que hay algo del no-todo del saber: algo tiene que fallar en el orden del saber y en la verdad.

Si logramos este forzamiento como maniobra preliminar, pasamos de un pedido terapéutico a quizás algo del orden de la demanda. Cuando el sujeto toca el agujero del "no todo" (centro de la imagen), se da cuenta que el no todo del discurso tóxico o el no-todo del discurso de la familia continúa siendo funcional, abriendo un horizonte de dos salidas posibles.

En general, los pedidos del campo del saber van hacia el campo de la verdad, al estilo consciente. Por ejemplo, un médico que hizo todos los protocolos y su paciente sigue teniendo úlcera. El saber pide verdad y la verdad ¡Pide saber! ¿Cómo romper ese circuito cerrado? Con la operación de forzamiento que vimos, suspendiendo la neutralidad, pero sin suspender la abstinencia. Esto es, no mostrar el deseo personal de "yo quiero que te trates". Solo debería subrayar algo así como "Esto que me decís, que siempre hiciste X cosa y ahora no te funciona, es clave".

Si el sujeto logra meterse en el agujero del no-todo, puede abrir a la dimensión de la demanda. En el campo de la demanda se invierte la ecuación, aparece el campo de "OTRA VERDAD", que es la verdad del pathos y no la verdad de la forma de ser. estamos en el territorio del campo pulsional. El saber del discurso de la ciencia, el saber de la psicología, deviene "OTRO SABER", un saber no-todo que es parte del campo de lo inconsciente. 

En la demanda no hay saber/verdad, sino un saber no-todo y una verdad no-toda. Si eso acontece, hay espacio para el trabajo analítico... creo. No es una hipótesis científica ni una creencia religiosa, sino una conjetura de trabajo. Hacemos existir al inconsciente en tanto somos lectores, pero esa es una operación de forzamiento. Muchas veces esta operación no podrá realizarse, como vimos en Psicoanálisis y Medicina. Muchas veces la demanda consciente del sujeto no coincide con la demanda inconsciente. A veces, quien pide una terapéutica, lo que pide es que lo confirmemos en su condición de enfermo. A veces piden que le quitemos el pathos y otra veces ni siquiera eso: quiere que le confirmemos que no está enfermo, que no es pathos. La diferencia entre demanda consciente e inconsciente quedará para otra entrada.

sábado, 30 de julio de 2022

Detección precoz del abuso y/o la adicción

Desde un punto de vista descriptivo, la detección precoz del abuso y/o la adicción puede hacerse a partir de:


a- Manifestaciones del sujeto con relación a la familia 


- Apartamiento del grupo familiar y de las actividades en conjunto.

- Carencia de dialogo

- Evitación de la propia vivienda. Apelación a diversos pretextos para salir.

- Equipos de música y/o televisión en funcionamiento continuo.

- Propensión a los accidentes domésticos.

- Conductas de desafío y confrontación 

- Escapadas en horas nocturnas.

- Mentiras diversas, entre ellas: donde, cuando y con quien se encuentra.

- Fugas del hogar, a veces, durante varios días.

- Variaciones del estado de animo (entre la euforia y la depresión).

- Transgresiones de las normas de transito.

- Dificultades para programar actividades con varios días de anticipación.


b- Manifestaciones del sujeto con relación a los amigos.


- Vínculos frágiles y cambiantes.

- Amistades habitualmente desconocidas para los padres.

- Extrañas llamadas telefónicas.

- Evitación de las personas que no pertenecen al circulo personal.

- Pasan las noches con amigos.

- Actividades solitarias.

- Los amigos no suelen ser llevados a la casa. Los lugares de encuentro son las plazas, videos, o bares.

- Los amigos, la mayoría de las veces, se llevan mal con los padres, a los cuales se les  atribuye la culpa de las dificultades de relación.


c- Manifestaciones del sujeto con relación a los estudios.


- Transgresiones y expresiones agresivas

- Disminución del rendimiento en la escuela   

- Inasistencias habituales.

- Llegadas tardes. 

- Se  suelen mostrar adormecidos

- Habitualmente faltan a las clases de educación física.

- Suelen enfermarse y retirarse de la actividad

- En los recreos, con frecuencia, se aíslan en baños o en lugares cerrados

- Procuran dar lastima para evitar criticas.


d- Manifestaciones del sujeto con relación a la religión


- Ausencia de creencias

- Aparentan cierta religiosidad


e- Manifestaciones del sujeto con relación al trabajo


- Propensión a los accidentes laborales.

- No trabajan, o sus actividades son sumamente inestables.

- Aunque no trabajan, siempre tienen algún dinero, obtenido en changas o trueque.

- Cuando consiguen trabajo, no lo mantienen.

- Cotidianamente faltan al trabajo, con el pretexto de encontrarse enfermos.

- Con frecuencia olvidan lo dicho o hecho tiempo antes.

- Recurren a un lenguaje particular, donde abundan términos como: “flash”, “merca”,  “porro”, entre otros.

- Habitualmente y luego del trabajo aparece una hora de euforia.

- Legalidad supletoria: se trata de un conjunto de excusas con las que pretenden justificar sus actos.


f- Manifestaciones del sujeto con relación a sí mismo


- Baja autoestima y profunda desvalorización.

- Dieta inadecuada.

- Poca tolerancia a la frustración.

- Presentan un estado de cansancio, letargo y sopor.

- En otros momentos se muestran hiperactivos.

- Dificultades para hablar.

- Problemas para conciliar el sueño.

- Deterioro de la salud en general.

- Descuido de la higiene personal.

- Falta de ganas e interés.

- Carencia de proyectos y perspectivas de futuro.

(Fuentes consultadas: Centros preventivos escolares, Pcía. de Bs.As.; DSM IV; Moreira, 1995).