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martes, 22 de septiembre de 2026

El cuerpo, el Otro trauma y las neurosis narcisistas (Héctor Yankelevich)

 En el libro El cuerpo. El Otro trauma. Las neurosis narcisistas, Héctor Yankelevich aborda una cuestión de gran interés para la clínica psicoanalítica: ¿qué ocurre cuando la constitución del sujeto, la relación con el cuerpo y la posibilidad de establecer un lazo con el Otro presentan dificultades que no se dejan explicar adecuadamente por el modelo clásico de la neurosis?

Yankelevich intenta ampliar la clínica psicoanalítica hacia sujetos cuyo sufrimiento no se organiza de modo evidente alrededor de una formación sintomática interpretable. Su hipótesis es que ciertas fallas tempranas en el don de amor pueden dejar marcas en la constitución narcisista, el cuerpo y la relación con el goce, y que esas marcas exigen una modalidad particular de escucha e intervención.

El eje de su propuesta puede pensarse alrededor de tres términos: cuerpo, trauma y narcisismo. Pero conviene no tratarlos como tres temas independientes: la apuesta es articularlos para pensar determinadas formas de sufrimiento psíquico y sus condiciones de constitución.

El «Otro trauma»: una falla en el don de amor

La tesis más distintiva de Yankelevich es que existe un trauma infantil que no se reduce a la violencia sexual ni a un acontecimiento brutal y puntual. Se trata de lo que llama el Otro trauma: las fallas en los cuidados, la incuria parental, el rechazo o la carencia de amor en momentos en que el niño depende del Otro para constituirse como sujeto deseante.

Esto no significa simplemente que los padres no hayan sido suficientemente cariñosos. La cuestión es más estructural: el amor del Otro es una condición para que el niño pueda constituir una relación con su propio deseo. Cuando ese don falla, pueden quedar comprometidos el narcisismo, la relación con el cuerpo y la posibilidad de tramitar las exigencias pulsionales.

Una formulación que resume su planteo es: ¿Qué es el yo, finalmente, sino el modo en que fuimos amados?

La frase no debe entenderse como una explicación psicológica lineal del yo, sino como una indicación de cuánto participa el modo en que fuimos investidos por el Otro en la constitución narcisista.

El cuerpo no es el organismo

Desde una lectura lacaniana, Yankelevich trabaja el cuerpo como algo que se constituye en la relación con el Otro y con el lenguaje. El cuerpo excede a la realidad biológica y a la imagen especular: es también un cuerpo libidinal, marcado por las investiduras, los significantes y los modos en que el sujeto queda situado frente al deseo y al goce.

El problema clínico aparece cuando algo de esa constitución no logra organizarse de manera suficiente. En ese contexto, pueden surgir fenómenos corporales, dificultades en la relación con la imagen, alteraciones del sentimiento de sí o modos de satisfacción que no se dejan ordenar fácilmente mediante el sentido.

Es importante una precisión: no propone que toda enfermedad orgánica sea causada por un trauma afectivo. Su interés es el cuerpo en la constitución subjetiva y en la clínica psicoanalítica.

¿Qué entiende por neurosis narcisistas?

Yankelevich retoma la categoría freudiana de neurosis narcisistas y la trabaja desde una perspectiva lacaniana. Se interesa por sujetos que no encajan fácilmente en las neurosis de transferencia clásicas, pero que tampoco deben ser ubicados automáticamente en el campo de las psicosis.

En la descripción de esta clínica aparecen, entre otros fenómenos:

  • Alteraciones persistentes del yo y del sentimiento de identidad.

  • Una relación problemática con el cuerpo.

  • Fenómenos de sensitividad, interpretatividad o tonalidad melancólica.

  • Manifestaciones corporales funcionales que no encuentran una explicación médica suficiente.

  • Dificultades para que el sufrimiento se articule en formaciones del inconsciente y pueda ser trabajado por las vías habituales de la interpretación.

La cuestión central no es construir una nueva etiqueta diagnóstica, sino pensar qué tipo de funcionamiento subjetivo y qué condiciones de analizabilidad están en juego.

La Ableugnung: una defensa distinta de la represión

Uno de los conceptos que Yankelevich destaca es la Ableugnung, término freudiano que suele traducirse como desmentida o renegación, según el contexto.

La diferencia que le interesa subrayar es que no todo desconocimiento de una realidad psíquica funciona como represión. En la represión, un contenido queda apartado y puede retornar bajo la forma de una formación del inconsciente. En la desmentida, en cambio, se produce una modalidad distinta de desconocimiento que puede comprometer la división del yo.

En la clínica que describe, el sujeto puede no disponer de un conflicto inconsciente claramente formulable que permita interpretar de la manera clásica. El malestar puede aparecer más bien en los fracasos, los desencuentros, los vínculos, el cuerpo o situaciones inesperadas.

Esto abre una pregunta clínica muy interesante: ¿cómo intervenir cuando no hay un síntoma organizado como formación del inconsciente, pero sí hay sufrimiento y repetición?

La relación entre el ideal y el goce

Yankelevich señala que, cuando las exigencias del adulto superan las posibilidades del niño, pueden producirse dos modalidades extremas:

Entrega al goce inmediato. Una respuesta en la que la satisfacción pulsional inmediata puede predominar sobre la mediación del deseo y la elaboración.

Sumisión completa al ideal. Una respuesta en la que el sujeto queda sometido a las exigencias ideales del Otro, con dificultades para sostener un deseo propio.

Esta formulación aparece en la presentación del libro y en materiales de enseñanza vinculados a su propuesta.

No se trata de dos diagnósticos ni de una clasificación exhaustiva, sino de dos modos de respuesta frente a una falla en el amor y a exigencias que el niño no puede tramitar.

Consecuencias para la dirección de la cura?

La consecuencia clínica que se desprende de esta propuesta es que no siempre se puede comenzar por interpretar el sentido oculto de un síntoma. En algunos casos, el trabajo analítico requiere primero construir condiciones para que aquello que se presenta como goce, malestar corporal, repetición o desorganización narcisista pueda adquirir un borde y articularse con el significante.

Esto implica una posición del analista atenta a:

  • Las modalidades de transferencia y de demanda.

  • La relación del sujeto con su cuerpo y su imagen.

  • Las formas de satisfacción que no están suficientemente ligadas a la palabra.

  • La posibilidad de producir una articulación simbólica allí donde predomina un goce sin borde.

La idea de trazar un borde es especialmente relevante: no se trataría de imponer un sentido desde afuera, sino de favorecer una transformación en la relación del sujeto con aquello que lo invade o lo deja fijado.

Una lectura clínica posible

Creo que el aporte más fecundo de Yankelevich es que permite distinguir dos problemas que a veces se confunden:

Clínica de la neurosis de transferencia

Clínica de las neurosis narcisistas según esta orientación

El conflicto puede organizarse en síntomas y formaciones del inconsciente.

El sufrimiento puede presentarse más directamente en el yo, el cuerpo o el lazo con el Otro.

La interpretación puede apuntar al sentido reprimido.

Puede ser necesario construir primero condiciones de articulación y un borde para el goce.

El deseo y la defensa se abordan a través de la lógica del conflicto.

Se interroga cómo se constituyó el narcisismo y qué fallas en el amor incidieron en esa constitución.

Esta tabla es una síntesis interpretativa de los ejes que presenta el autor, no una clasificación textual completa de su libro.


jueves, 3 de septiembre de 2026

La imagen y el lugar de la causa

Está fuera de toda duda la importancia que lo imaginario reviste en el devenir del sujeto. No solamente en lo que concierne a las vestiduras fálicas, esas marcas que permiten al niño engalanarse y sostenerse, de algún modo, como aquello que puede causar el deseo del Otro. También la dimensión imaginaria de la imagen resulta fundamental, en principio, para la consistencia del cuerpo. Para el ser hablante, el cuerpo no constituye un dato de partida: requiere de una operación que permita otorgarle cierta unidad y consistencia, y en ella la imagen desempeña un papel decisivo.

Sin embargo, rápidamente se vuelve evidente que, para Lacan, la imagen por sí sola no alcanza para dar cuenta de aquello que sostiene la consistencia del cuerpo. Esto puede situarse en el matema i(a), tal como aparece en el grafo del deseo. Allí, la imagen no aparece simplemente como una representación del objeto, sino que cumple una función libidinal precisa: se sostiene a partir de la posición del objeto a, indicado por los paréntesis que lo enmarcan. La i vela, recubre y engalana una determinada posición del sujeto respecto del objeto; posición que es, precisamente, la del fantasma, mediante la cual el sujeto responde al enigma del deseo del Otro.

La articulación entre estos dos elementos —la imagen y la posición del objeto— permite interrogar distintas coyunturas clínicas. 

¿Qué ocurre cuando se produce una falla en las vestiduras que recubren esa posición? ¿Qué efectos puede tener sobre el sujeto la caída de aquello que lo engalanaba? 

Pero también cabe formular la pregunta en sentido inverso: ¿qué sucede cuando aquello que encontramos entre los paréntesis está vacío? Es decir, cuando la imagen no logra sostenerse de una posición de objeto. Si la imagen no encuentra allí su punto de anclaje, ¿de dónde obtiene entonces su consistencia?

La dimensión imaginaria de la imagen es solidaria de una cierta idealización. En tanto tiende a velar la falta, puede funcionar como un tapón frente a la vacilación del sujeto. Pero no resulta indiferente aquello que sostiene ese taponamiento. No es lo mismo que la imagen se encuentre sostenida por la posición desde la cual el sujeto puede ofrecerse como causa del deseo del Otro, que cuando ese lugar de la causa queda vacante.

En este último caso, la idealización inherente a la imagen puede adquirir una dimensión particularmente problemática. Al quedar desanudada de la posición del objeto, la imagen corre el riesgo de constituirse como un soporte que pretende bastarse a sí mismo, desligado de aquello que podría introducir una falta y, con ella, una apertura al deseo. Es allí donde puede pensarse su dimensión mortífera: al modo de Narciso, la imagen deja de ser un velo que recubre una falta para convertirse en aquello que captura al sujeto.

Esto permite interrogar una cuestión particularmente actual: ¿en qué medida la contemporaneidad promueve una forma de idealización de la imagen que pretende prescindir del Otro? ¿Qué sucede cuando la imagen ya no parece requerir de un otro que la mire, la confirme o la invista, sino que se presenta como una imagen que busca sostenerse por sí misma?

Podríamos entonces preguntarnos si ciertas formas contemporáneas de relación con la imagen no llevan a un desplazamiento decisivo: de una imagen sostenida por una posición subjetiva respecto del deseo del Otro, hacia una imagen que pretende constituirse como autosuficiente. Y, en ese pasaje, habrá que interrogar qué ocurre con el lugar del objeto a, es decir, con aquello que debería quedar velado pero que, al mismo tiempo, constituye el punto desde el cual la imagen puede adquirir consistencia libidinal.

miércoles, 12 de agosto de 2026

¿Qué cuerpo no cabe en el espejo?

La topología le ofrece a Lacan una vía para formalizar aquello que la intuición no consigue representar. En particular, le permite interrogar una concepción del cuerpo que no se reduce a la imagen especular ni al espacio mensurable, sino que se encuentra directamente concernida por la economía del goce.

Si bien el toro adquiere un valor fundamental por las particularidades de su estructura, hay un período en el que Lacan se interesa especialmente por las superficies uniláteras. Este interés lo lleva a trabajar con superficies abiertas, como la banda de Möbius, y con superficies cerradas, como la botella de Klein; asimismo, distingue aquellas que poseen bordes de las que carecen de ellos.

Uno de los problemas centrales que se desprenden de este trabajo consiste en formalizar la distancia entre la estructura de una superficie y las posibilidades de su inmersión en el espacio. Las superficies uniláteras presentan, precisamente por su estructura —por tener una sola cara—, una imposibilidad de ser sumergidas en el espacio euclidiano tridimensional sin introducir algún artificio que permita su representación.

De allí la necesidad de recurrir a construcciones que hagan posible, aunque sea de manera forzada, esa presentación en el espacio. La banda de Möbius puede construirse, por ejemplo, a partir de una hoja de papel; algo semejante ocurre con el cross-cap utilizado para formalizar el plano proyectivo. El artificio no elimina la imposibilidad estructural de la superficie, sino que permite ponerla en escena.

Es justamente esta tensión entre estructura e imposibilidad de representación lo que vuelve especialmente fecundo el recurso topológico en Lacan. Las superficies uniláteras permiten dar forma a aquello que resulta antiintuitivo y, en cierto sentido, imposible de representar directamente. Pero, fundamentalmente, su imposibilidad de ser sumergidas en el espacio euclidiano le proporciona un recurso para interrogar la naturaleza del cuerpo concernido en la economía política del goce.

Se trata, entonces, de un cuerpo que no posee una imagen especular acabada, que no puede reducirse a sus coordenadas tridimensionales y que escapa a la captura por el espejo. El cuerpo que está en juego aquí no es simplemente aquel que puede ser localizado, medido y representado geométricamente, sino uno que, en su relación con el goce, introduce una dimensión que excede las coordenadas del espacio intuitivo.

viernes, 29 de mayo de 2026

No hay cuerpo sin corte

 El corte es un concepto que bascula entre la lógica y la topología. Se trata de una operación que funda y que en su dimensión topológica establece la superficie corporal.

La necesariedad de esta operación fundante toma, respecto de la topología, la forma de un corte primero que delimita el borde de la superficie del cuerpo, elaboración que es, a la vez, consistente con ese estatuto topológico del lenguaje que Lacan propone a partir de “La identificación”.

Con esas coordenadas, es posible abordar al cuerpo sin reducirlo a la imagen en el espejo. Además conlleva el paso de las referencias métricas (que son propias del espacio euclidiano, del espejo) a una consideración del espacio de otro orden, lo que abre la posibilidad de operar sobre los agujeros, delimitados por los bordes.

Esta separación entre lo euclidiano y lo topológico posibilita ese sesgo a-esférico del cuerpo. Este término destaca en primer lugar que no hay cuerpo sin corte y a este corte lo podemos situar en la separación que indica el guión, en la palabra misma.

Es una operación que conlleva la caída de ese resto, el objeto a, producto de la entrada del sujeto al campo del Otro, de resultas de lo cual el cuerpo del hablante no podrá tomar la forma de la estructura de la esfera -una superficie cerrada y sin bordes.

Por otro lado, el cuerpo del sujeto está organizado a partir de una serie de bordes, efectos del corte topológico que lo establece y, por ende, el cuerpo, sexuado, no permite separar tajantemente interior de exterior, sino que se asemeja más a una superficie del tipo de la banda de Möebius o a la botella de Klein. Una superficie que conlleva la continuidad entre el interior y el exterior. Sin embargo, puesto a elegir entre ambas superficies, me parece que la banda de Möebius presenta con mayor rigurosidad lo que está en juego, debido a que no es una superficie cerrada y a que el borde es esencial a su estructura.

lunes, 6 de abril de 2026

Fallas en la constitución del cuerpo como soporte narcisista: ¿Cómo intervenir?

En la clínica contemporánea es frecuente encontrarse con pacientes en los que el cuerpo no funciona como un soporte estable de la identidad, sino como un territorio inestable, fuente de angustia, rechazo o extrañeza. Pensemos en muchos adolescentes, pero también en adultos. En estos casos, no se trata simplemente de una insatisfacción con la imagen corporal, sino de fallas en la constitución del cuerpo como soporte narcisista.

Desde una perspectiva psicoanalítica, el cuerpo no es un dato biológico inmediato, sino una construcción. A partir de desarrollos como los de Sigmund Freud y, de manera más sistemática, Jacques Lacan, se puede afirmar que el cuerpo se constituye en la intersección de tres registros:

  • el organismo (lo biológico),
  • la imagen (lo especular),
  • y la inscripción simbólica (el lugar que ese cuerpo tiene en el deseo del Otro).

El narcisismo, en este marco, implica que el sujeto pueda reconocerse en una imagen unificada de sí mismo, investida libidinalmente, que le otorgue consistencia y valor. Sin embargo, este proceso depende de condiciones estructurales: fundamentalmente, de que el Otro (figuras parentales) haya ofrecido una mirada que unifique, nombre y valore ese cuerpo.

Cuando esto falla —ya sea por miradas descalificantes, exigencias de perfección, inconsistencias afectivas o intrusiones— el cuerpo puede no llegar a constituirse como una superficie integrada y habitable. En lugar de ser soporte del yo, deviene un lugar de conflicto. 

Fenómenos clínicos característicos

Las fallas en este nivel se manifiestan en una serie de fenómenos que, aunque pueden parecer heterogéneos, comparten una misma lógica estructural:

1. Extrañeza o rechazo corporal. El sujeto puede experimentar su cuerpo como ajeno, defectuoso o incluso monstruoso. No se trata de una simple distorsión cognitiva, sino de una certeza vivida, muchas veces impermeable a la argumentación. 

2. Fragilidad narcisista extrema. La autoestima no se sostiene de manera autónoma, sino que depende fuertemente de la mirada del Otro. La falta de reconocimiento, el desinterés o la distancia afectiva pueden desencadenar verdaderas caídas subjetivas. 

3. Oscilaciones entre idealización y desvalorización. El cuerpo puede ser objeto de intentos de idealización (cirugías, dietas extremas, control estético), seguidos de vivencias de fracaso absoluto. No hay mediación posible: o perfección o desecho. 

4. Conductas de regulación del cuerpo. Aparecen prácticas como vómitos, consumo de sustancias, evitación del espejo, descuido extremo o, por el contrario, hipercontrol. Estas conductas no deben leerse solo como síntomas conductuales, sino como intentos de tratar un malestar estructural con el cuerpo. 

5. Dependencia del Otro para la consistencia subjetiva. El cuerpo y el valor propio quedan subordinados a un Otro significativo (pareja, familia). Cuando ese Otro falla, el sujeto pierde consistencia, lo que puede llevar a angustia intensa, acting outs o retraimiento.

¿A qué se deben estas fallas?

Estas manifestaciones no son contingentes, sino que remiten a condiciones específicas en la constitución subjetiva. 

Cuando el niño no es mirado como valioso, o es mirado bajo una lógica de exigencia, crítica o descalificación, la imagen corporal no se consolida como fuente de unidad y valor.

Ambientes donde el error no es tolerado tienden a producir sujetos que no pueden investir libidinalmente sus producciones ni su cuerpo, ya que todo lo que no alcanza un ideal es vivido como fallido.

Situaciones donde el Otro es excesivamente invasivo o, por el contrario, ausente o impredecible, dificultan la estabilización de una imagen corporal coherente.

Cuando ciertas experiencias no logran ser ligadas simbólicamente, el cuerpo queda como lugar de inscripción directa de la angustia.

En estos cuadros, el problema no radica en “cómo el sujeto se ve”, sino en que no hay un cuerpo suficientemente constituido como soporte del yo. Por eso, las intervenciones clínicas no pueden limitarse a cuestionar creencias o interpretar significados ocultos, sino que apuntan, en primer lugar, a construir condiciones de habitabilidad del cuerpo y de sostén narcisista.

Un caso

 Particimos de un caso: mujer de 48 años, cuyo eje central del caso es una subjetividad organizada por la mirada y el valor. Hay un hilo que atraviesa todo: “Soy horrible”, “Soy inútil”, “No soy nada”, “Soy un gasto”, “Soy un cero a la izquierda”. Esto no es solo autoestima baja, sino una posición subjetiva de desecho, fuertemente ligada a la mirada del Otro y al valor en relación al deseo del Otro. La paciente no tiene consistencia propia si no está sostenida por el deseo de su pareja.

En su historia encontramos una escena donde su madre tira su dibujo “porque no es perfecto”. Habitualmente, esta madre corregía las tareas ya corregidas por el docente. Refiere varias escenas de humillación y exigencias de perfección por parte de esta madre. La lógica resultante es “Si no es perfecto, no vale, es desecho”.

La paciente no terminó el secundario, no trabaja formalmente (es ama de cjasa). El tratamiento logra llegar a ciertos puntos de estabilización con algunas actividades que la paciente va realizando,donde hay algo en común: aparece un hacer propio, separado de Fernando. El problema es que eso nunca se sostiene, porque rápidamente vuelve la lógica de “No me va a salir”, “Soy una inútil” Y se cae.

En cierto momento ocurre un fuerte movimiento de descompensación fuerte, casi bordeando lo psicótico en relación al cuerpo (aunque no necesariamente estructura psicótica). El analista, quien reconoció haber estado agotado (Nota: el agotamiento del analista es un buen punto a desarrollar), no logró sostener la transferencia y alojarla en un momento crítico, aunque muchas de sus intervenciones a lo largo de tres años lograron alojarla. No obstante, si el Otro falla, ella se cae; Y cuando se cae, se retira.

En en el trabajo de SUPERVISIÓN que se elabora esta pregunta: ¿Cómo operar cuando con sujeto con un cuerpo no simbolizado? Porque más allá de la dependencia extrema al Otro, estos casos muchas veces tienen riesgo autodestructivo (alcohol, vómitos, ideación).

Quehacer del analista

Como hemos hecho muchas veces, veamos primero qué evitar especialmente:

❌ Interpretaciones sobre el deseo inconsciente en momentos de crisis.
❌ Cuestionar directamente su percepción corporal
❌ Intervenciones que la dejen sola frente a decisiones (ej: separación)
❌ Exceso de derivación médica sin sostén transferencial
❌ Confrontaciones del tipo “eso no es así”

La regla de oro es bajar el nivel de interpretación clásica del tipo “¿quién la ve así?”, “eso viene del Otro”, tampoco confrontar al paciente con “eso no es así en la realidad”. Esto suele producir rechazo, cierre o vivencia de intrusión. ¿Por qué? Porque el problema no es un sentido reprimido, sino una falla en la constitución.

Entonces: menos desciframiento y más construcción.

Cuando el cuerpo no está simbolizado, el trabajo no es interpretarlo, sino bordearlo. Estamos en el terreno de las "intervenciones de borde".

Ejemplo clínico con la paciente del caso. Ella dice “Soy deforme”. En lugar de cuestionar eso, se podría intervenir así: “Eso aparece sobre todo cuando estás mal con tu pareja”, “Ahí tu cuerpo se vuelve imposible de habitar”

Con este tipo de intervenciones, no se discute la certeza, pero introduce condiciones de aparición para que el paciente empiece a recortar el fenómeno.

En estos casos, es muy importante localizar desencadenantes (más que causas). No ir a “por qué sos así”, sino a cuándo aparece. En el caso que vimos era clarísimo que la distancia con la pareja le ocasionaba una caída narcisista y la vivencia del cuerpo monstruoso. Intervenciones posibles serían: “Cuando él se aleja, esto se intensifica”, “Ahí es donde más te cuesta estar en tu cuerpo”. Esto va armando un pequeño orden donde antes había caos.

Otro aspecto central es la construcción de apoyos narcisistas. Estos pacientes no tienen sostén interno suficiente, entonces hay que ayudar a construirlo. Pero ojo: no desde lo motivacional (“vos podés”), sino desde lo clínico. Ejemplo: cuando aparecen actividades que ayudan a la paciente, en vez de dejarlo pasar o solo celebrarlo, se puede intervenir “Ahí hay algo tuyo que funciona”, “Eso no depende de tu pareja” ó “Ahí no sos un desastre”. Esto inscribe una excepción a su lógica de inutilidad.

En los casos donde el Otro aparece de manera muy determinante, se pueden realizar intervenciones que "separan sin romper". Apuntamos a una separación simbólica, no conviene ir a “tenés que separarte” ó “es una relación tóxica”, porque eso puede desorganizar más. No obstante, el analista puede marcar la función que cumplen los otros del paciente. Ejemplos: “Cuando él no está, todo se te cae”, “Es como si él sostuviera algo en vos”, “Pero al mismo tiempo eso te hace depender demasiado”. Esto introduce una lectura sin exigirle que renuncie.

El trabajo con el cuerpo en estos casos no es con su imagen, sino habitabilidad. El objetivo no es que la paciente “se vea linda”, la brújula apunta hacia algo mucho más básico: que pueda habitar el cuerpo sin angustia extrema. Buscamos pequeñas consistencias, microarmados, no grandes cambios, sino cosas como sostener una actividad, ir a un lugar o mantener un hábito. Todo eso, al ser marcado, construye el yo.

En estas presentaciones, la regulación de los acting outs no van por el lado de la moralización, sino por su lectura funcional. ¿Cuándo aparecen?

¿Qué podemos decir sobre la transferencia? En estos casos, el analista no es solo intérprete, es también un punto de apoyo narcisista. El punto, sin embargo, es que el analista no se vuelva un salvador o garante total. El analista debe organizar, cuando no simplemente alojar. Si pudiéramos dar una fórmula clínica, en esta ocasión sería: menos verdad, más sostén; menos interpretación, más localización; menos profundidad, más consistencia.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El cuerpo como efecto del significante

 En la medida en que el sujeto no es un dato de partida sino algo que debe constituirse, puede pensarse en términos equivalentes la cuestión del cuerpo. El cuerpo tampoco es un dato inicial ni algo simplemente dado desde el comienzo.

Tal como plantea Jacques Lacan en La lógica del fantasma, el sujeto no se confunde con su cuerpo: no es el cuerpo, pero tiene uno. Y ese cuerpo, lejos de ser un mero soporte biológico, funciona en gran medida como sostén del sujeto.

Que el cuerpo deba constituirse implica que no responde directamente a la naturaleza ni a la pura materialidad biológica. Si así fuera, estaría dado desde el inicio. Por el contrario, se trata de un cuerpo que se constituye en el campo de la simbolización. En este sentido, puede retomarse la distinción introducida por Sigmund Freud a fines del siglo XIX entre las parálisis orgánicas y las histéricas: el cuerpo del que se trata en psicoanálisis es un cuerpo simbolizado, es decir, erogeneizado, atravesado por la libido y la pulsión.

El cuerpo, entonces, debe ser “tallado” por la incidencia del significante. Es a partir de ese trabajo que se delimita, se bordea, y deviene una caja de resonancia de la pulsión. Lacan afirma que la pulsión es el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir. Ese decir originario produce una inscripción —una letra— que funciona como litoral, estableciendo un borde. Este bordeamiento no solo delimita, sino que también organiza.

Desde esta perspectiva, que deja en segundo plano la dimensión especular del cuerpo, su consistencia no está dada de antemano, sino que depende de las resonancias pulsionales en tanto se apoyan en ese trabajo del significante. Esta apoyatura supone una literalización que, al trazar un litoral, recorta una superficie: una superficie topológica —no euclidiana— que habilita la inserción del cuerpo en una economía política del goce.

De este modo, si no hay cuerpo sin consistencia, la pregunta se impone:
¿qué es, entonces, lo que le da consistencia a un cuerpo?

miércoles, 4 de febrero de 2026

La topología de la angustia

¿Por qué en el Seminario 10 Lacan despliega con tanta fuerza la topología, en particular la de las superficies no orientables y uniláteras —aquellas que, precisamente, no pueden sumergirse en el espacio euclidiano ni, por lo tanto, representarse? La apuesta es clara: la topología ofrece un recurso para pensar aquello de la angustia que se sustrae a la representación.

En la experiencia de la angustia, el sujeto no duda de lo que le ocurre —sabe que está angustiado—, pero ignora su causa. Ese no saber, más allá de las respuestas siempre contingentes que pueda ensayar, no es un déficit accidental sino una dimensión constitutiva del fenómeno mismo. La topología permite dar cuenta de esta paradoja: una certeza afectiva sin saber articulable.

El campo de la angustia se organiza entonces de modo orográfico: relieves, bordes y litorales que inscriben la función de corte del significante. Ese campo no es otro que el del cuerpo. La angustia, en tanto afecto corporal, se produce como efecto del significante sobre el cuerpo, pero no se reduce a un efecto de sentido ni de significación.

En esta articulación resulta decisivo el matema i(a) del grafo del deseo. Allí se condensa el modo imaginario del fantasma: por un lado, la i de la imagen especular —los brillos fálicos, los agalmáta—; por otro, el objeto a como núcleo opaco, irreductible a la imagen. La conjunción de ambas dimensiones señala un punto de tensión estructural.

La angustia testimonia justamente ese borde: el límite entre lo que puede ser representado, espejado y dotado de significación, y aquello que no accede a esa operación. Marca la distancia entre lo investido libidinalmente y lo que permanece fuera de la vestidura libidinal. Lo unheimlich, lo siniestro, constituye aquí un ejemplo privilegiado: indica el modo en que irrumpe en el sujeto aquello que no ha sido capturado por el velo libidinal y, por eso mismo, inquieta.

Desde esta perspectiva se desprende un problema clínico central. Una cosa es que el sujeto pueda dar testimonio de la angustia señal —aquella que, en tanto señal en el yo de algo externo, se inscribe en el campo y permite cierta elaboración—; otra muy distinta es cuando irrumpe un quantum de angustia que lo deja sin palabras y lo confronta con el riesgo del pasaje al acto. En estos casos, se vuelven necesarias intervenciones y operaciones específicas orientadas a modular esa angustia invasiva que desborda los límites del marco. Sin esa modulación, la conmoción es tal que el sujeto queda impedido de tomar la palabra.

martes, 20 de enero de 2026

Identificación primaria, marca y escritura: del cero lógico al cuerpo del sujeto

Lacan eleva la identificación primaria al estatuto de una marca inaugural, una inscripción primera que instituye un antecedente a partir del cual puede fundarse una serie. Es en este sentido que la sitúa al nivel del cero, tal como la lógica fregeana lo establece como condición de posibilidad de la serie de los números naturales. La función del cero no es la de una unidad originaria, sino la de introducir la condición misma del uno, en tanto delimita que no todo puede quedar subsumido bajo la unidad.

En el nivel de este cero queda inscripta una falta, un hueco estructural necesario para el advenimiento del sujeto. Esta localización resulta congruente con la función nominante en juego en la identificación primaria: no hay posibilidad de lazo sin agujereamiento. Al retomar el razonamiento fregeano, Lacan puede así situar que la serie de los unos, posibilitada por la operación del cero, no hace sino remitir a ese cero que, al inscribir la falta, funciona como antecedente lógico.

Si el corte introducido por esta función funda la superficie —permitiendo abordar la estructura desde una perspectiva topológica—, la identificación se localiza entonces como un punto, un punto focal, tal como lo señala Lacan. Este punto hace consistir en el sujeto la marca del Otro y opera como lugar de apoyo, precisamente allí donde en el Otro falta el significante capaz de nombrarlo.

El texto inaugural de Lacan, La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, anuda la localización de la materialidad del significante en el inconsciente con una concepción de la razón entendida bajo la égida del determinismo. Esta orientación, afín a la lógica de las Luces, resulta consonante con el momento de su enseñanza marcado por el retorno a Freud y la primacía de lo simbólico, así como por cierta ilusión respecto del alcance de la palabra.

Sin embargo, más adelante, a la altura del Seminario 18, Lacan introduce la noción de “la sombra de las luces”, señalando aquello que la instancia de la letra no logra iluminar: una opacidad inherente al campo del goce. Esta opacidad lo conduce a abordar ese registro por la vía de la escritura, en la medida en que la palabra resulta insuficiente. Es en este contexto que se abre la interrogación sobre la estructura misma del discurso, preguntándose si sería posible un discurso que no fuera del semblante, o bien —como lo formula en el Seminario 16— si la esencia del discurso analítico no es la de un discurso sin palabras.

Dicha interrogación se sostiene en la articulación entre discurso y función, entendida esta última en términos fregeanos. Esta asociación, de vastas consecuencias teóricas y clínicas, constituye el plano a partir del cual Lacan comienza a distinguir entre aquello del goce que se escribe por la vía de la función fálica, en tanto Bedeutung, y aquello del goce que no queda entramado en dicha operación.

Se trata de una elaboración de gran alcance clínico, en tanto permite trascender ciertos atolladeros del falo imaginario, desplazando el problema desde el registro de la atribución hacia el de la predicación. Este desplazamiento vuelve necesaria la introducción tanto de la dimensión cuantificacional como de la modalidad.

La operación del deseo resulta central en este movimiento, aunque no se efectúa sin la mediación de la demanda. De allí el recurso lacaniano, en La identificación, a la figura de los dos toros anudados, con la que ejemplifica el surgimiento del deseo a partir de las vueltas de la demanda. Se trata de una demanda caracterizada por su reversión, lo que permite tomar distancia de la demanda de amor definida por la reciprocidad.

La demanda en cuestión es la demanda pulsional, localizable en el nivel de la enunciación en el grafo del deseo. Esta perspectiva pone de relieve que la identificación primaria concierne al cuerpo del sujeto, en tanto es sobre esa superficie donde se aloja y se distribuye el goce, según una lógica que Lacan no duda en pensar en términos de una verdadera economía política del goce.

miércoles, 7 de enero de 2026

De la medida a la posición: la geometría proyectiva como punto de inflexión

Desde una lectura genealógica, es posible ubicar a la geometría proyectiva como un eslabón decisivo en el pasaje del espacio pensado en términos métricos hacia la topología. Esta última, concebida inicialmente como Analysis Situs —análisis de la posición—, introduce ya una orientación que anticipa la delimitación de aquello que no se deja reducir a la medida. El acento se desplaza así desde lo mensurable hacia la posición y la relación entre los puntos, lo que define un abordaje cualitativo, y no cuantitativo, del espacio.

La geometría proyectiva puede entenderse entonces como un verdadero cambio en la estructura del pensamiento. Supone la puesta en juego de nociones específicas: la perspectiva, no en su acepción empírica sino como forma simbólica; el punto de fuga; y, de manera central, el punto impropio. Estos conceptos no agregan simplemente nuevos objetos al saber geométrico, sino que reconfiguran su lógica.

En tanto punto de inflexión, la geometría proyectiva inaugura la emergencia de un S1, en la medida en que modifica la relación del sujeto con la extensión. Este viraje habilita una nueva forma de pensar el vínculo del sujeto con su cuerpo, no sólo en términos de la imagen especular, sino también en relación con el cuerpo pulsional. Se produce así una ruptura con la intuición inmediata del espacio: la perspectiva, insistimos en su estatuto simbólico, se sostiene en una combinatoria de puntos, planos y líneas, y no en la evidencia sensible.

De este modo, se abre la posibilidad de trascender lo métrico del more geometrico, basado en la regla, el compás y la medición, para dar lugar a un trabajo con superficies donde lo decisivo ya no es lo que se mide, sino lo que se traza. Es en esta dirección que puede leerse el recorrido de Lacan, particularmente entre La angustia y Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, donde se esfuerza por introducir una disyunción entre el espejo y el cuadro.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Interpretación, resonancia y cuerpo en la experiencia analítica

La interpretación analítica no se define ni por la explicación ni por la producción de sentido. No apunta a suscitar un insight ni una toma de conciencia, sino que se trata de una operación simbólica orientada a hacer posible una pregunta. Es una apuesta a producir un movimiento, a generar una conmoción que abra la interrogación en torno a aquellos puntos de anudamiento que sostienen al sujeto en su relación con el deseo del Otro.

Años después de iniciada su enseñanza pública, Lacan la caracterizará como una operación situada entre la cita y el enigma. La interpretación se dirige a una satisfacción desconocida para el sujeto, aunque íntimamente concerniente a él. Frente a esa satisfacción, no se trata de traducirla ni de volverla inteligible, sino de hacerla resonar. Lo incalculable de esta operación radica en si ese eco será escuchado o no, y en qué momento.

La resonancia adquiere su valor sobre el fondo de lo inefable que el orden simbólico comporta para el psicoanálisis. Si no todo puede ser simbolizado, la resistencia deja de pensarse en términos diacrónicos —como la oposición de alguien— para situarse en un nivel sincrónico: hay algo que resiste, estructuralmente, su inscripción en lo simbólico.

Esta dimensión conduce a revalorizar la función y el lugar del cuerpo en la praxis analítica. No se trata del cuerpo biológico, sino de un cuerpo erogeneizado, marcado por la latencia que lo simbólico imprime al “elevarlo”. Aquello inefable que hace resonar al cuerpo libidinal y pulsional, en su articulación con el deseo y la demanda, se manifiesta en ciertos intervalos o vacilaciones del sentido.

La interpretación apoyada en la cita introduce un recorte en el discurso, llevado así a la dimensión de un pentagrama, tal como lo propone la definición topológica de la cadena significante en “La instancia de la letra…”. En esos huecos —que son también desgarros— se filtra lo real, en tanto impasse de lo simbólico.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Superficie y agujero: el cuerpo en la topología lacaniana

La topología, en sus distintas superficies y figuras, fue para Lacan un recurso privilegiado. No porque funcione como metáfora, sino porque permite caracterizar la superficie mínima en la que la escritura puede tener lugar: el cuerpo. Un cuerpo entendido como superficie donde se inscribe la economía del goce, donde se traza lo político del lenguaje, donde se depositan marcas y cortes.

En este marco, la topología borromea adquiere un valor singular. Gracias a ella se vuelve posible pensar una operación sobre un cuerpo definido por el agujero. Ya no sólo el cuerpo de zonas erógenas del que habla Freud, sino también ese cuerpo que, para Lacan, aloja lo imposible de saber, aquello que constituye otra forma de agujero: el punto donde la estructura desfallece, donde la sexualidad humana se topa con su real.

El uso de la topología abre entonces una vía para hacer algo con lo que no puede saberse. Por eso Lacan pregunta a qué “género” de real nos da acceso esta práctica. Se trata del real que surge de la falla constitutiva de la sexualidad, un real que sólo puede cercarse o recortarse contingencialmente. De allí que ningún anudamiento ofrezca garantías: su consistencia es siempre efecto de una contingencia, no de una necesidad absoluta.

Este carácter contingente resulta decisivo al abordar la forma en que lo imaginario, lo simbólico y lo real permanecen anudados. Si bien lo necesario participa del enlace, es la contingencia en la disposición entre los tres registros lo que abre un margen para la modificación. Ese margen es la condición misma de la práctica analítica: que algo pueda moverse, que un nudo pueda aflojarse, que un lazo pueda rehacerse de otro modo.

En suma, toda escritura requiere una superficie donde producirse. Y esa superficie —sea un toro, una banda, una cuerda o un nudo— es inseparable de las “dichomansiones”, como jugaba Lacan, de lo imaginario, lo simbólico y lo real. La topología no sólo permite representarlas; permite, sobre todo, operar con ellas.

Las categorías como fundamento de la equivalencia entre los registros en RSI

Uno de los puntos cardinales del Seminario RSI es que Lacan afirma la equivalencia entre lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. Para articular esta equivalencia, introduce la noción de categoría, retomada de la tradición filosófica, donde su función es proporcionar un criterio común que permita enlazar lo que, de otro modo, quedaría disperso.

Aunque el término aparece a lo largo de la historia —desde la transmisión de Boecio, pasando por la lógica aristotélica, hasta la reelaboración kantiana como categorías puras del entendimiento—, es la formulación de Aristóteles la que parece orientar más directamente a Lacan. En las Categorías, Aristóteles vincula la categoría con aquello que puede o no articularse en un enunciado; en ese punto, la categoría opera como un modo de decir.

Esta referencia es clave para Lacan, porque pensar los tres registros como tres modos de decir permite establecer entre ellos una equivalencia que no contradice su heterogeneidad. Sin ese recurso categorial, la pregunta sería inmediata: ¿cómo podrían anudarse Real, Simbólico e Imaginario si no compartieran ninguna medida común?

Presentarlos como “categorías” vuelve posible esa equivalencia, no por homogeneizarlos, sino por situar en cada uno un tipo de decir que encuentra en los otros una correspondencia. Desde aquí pueden enunciarse las tres modalidades que Lacan sitúa como correlativas: ex-sistencia, insistencia y consistencia.

Esta última —la consistencia— pone en primer plano el valor del Imaginario en la lógica nodal. No se trata ya del Imaginario especular del estadio del espejo, sino del Imaginario como cualidad de la cuerda que permite sostener y leer un nudo. Así, lo nodal introduce un enfoque del cuerpo que no se reduce al cuerpo-imagen: un cuerpo hecho de agujeros, cuya existencia depende de una consistencia que no se confunde con lo visible.

Por eso, preguntar “¿qué impide que un cuerpo se disuelva?” o “¿cómo se lo hace existir?” encuentra en la teoría de los nudos un modo renovado de abordaje. Dirigirse a lo nodal es, en última instancia, una manera de acceder a lo real del cuerpo y a la estructura misma del lazo que hace posible su existencia.

martes, 4 de noviembre de 2025

La escritura y el acontecimiento: del síntoma a la torsión del sujeto

Plantear que la escritura cumple una función lógica implica redefinir tanto el estatuto como la función del síntoma.
A través de la función fálica en tanto predicación, el sujeto se sexúa —no como efecto de dominio o propiedad—, sino remedando la imposibilidad estructural de una relación sexual complementaria, imposibilidad que es efecto del lenguaje mismo.

Este punto marca un viraje decisivo en la concepción de la sexuación.
Ya no se trata de una atribución (“ser hombre” o “ser mujer”), sino de una predicación no atributiva, que libera la sexuación de las imaginaciones del atributo sin renegar de lo imaginario. Este registro, en lugar de suprimirse, se transforma, y es allí donde Lacan introduce la noción de semblante, dando lugar a una nueva forma de pensar el cuerpo: no ya como organismo o imagen, sino como superficie donde el semblante y la escritura se entrelazan.

La escritura, en este sentido, permite también reconsiderar el problema del inicio, ligado a aquella definición según la cual el sujeto es “a advenir”. Ese advenimiento no es instantáneo: requiere una temporalidad, un proceso que instituye las condiciones de acceso a la existencia. De allí la pregunta por el comienzo, que Lacan comparte con pensadores como Alain Badiou, quien también interroga el estatuto del acontecimiento.

Lacan lo formula con claridad al hablar, en el Seminario 16, del “acontecimiento Freud”. El psicoanálisis surge como un acontecimiento que no sólo funda un campo, sino que lo torsiona, alterando su causalidad y su lógica interna.
El acontecimiento, así entendido, no se define por su mera irrupción, sino por sus efectos estructurantes: forja, ilumina y conmueve.
En este sentido, la aparición del inconsciente como concepto no es sólo un descubrimiento, sino una torsión de la estructura misma del saber, que vuelve impensable su existencia antes de Freud.

El acontecimiento, entonces, hace borde en lo real y marca un antes y un después en la lógica del campo; no sólo introduce algo nuevo, sino que transforma retroactivamente las condiciones de posibilidad de su aparición.

martes, 28 de octubre de 2025

El cero, la marca y la topología del cuerpo

La exigencia de la inscripción del cero porta la impronta de una falta estructural: el hueco necesario para el advenimiento del sujeto. Esa falta no se agota en el intervalo entre S₁ y S₂, sino que, como innumerable, se sitúa entre 0 y 1: allí donde la serie simbólica aún no ha comenzado y, sin embargo, algo insiste en su posibilidad.

Desde la perspectiva topológica, la identificación implica la instalación de un punto focal —una marca sobre la superficie, punto de reversión en la demanda que se aloja en el nivel de la enunciación. No se trata de una relación recíproca, sino reversible: la marca del Otro sobre el cuerpo del sujeto, pero también el lugar donde éste puede hacer pie.

Este punto, análogo a una cicatriz o una costura, funciona como un anudamiento que remeda al significante faltante. No separa un adentro de un afuera, y justamente por eso inscribe una imposibilidad. Desde allí, Lacan abre un abordaje inédito del cuerpo: el cuerpo como superficie cortada, delimitada por un borde. Cada corte modifica la superficie, y para pensar esta mutación se sirve de figuras como la banda de Möbius, el toro o la botella de Klein.

Se trata de situar coordenadas que permitan incidir clínicamente sobre un cuerpo que excede el marco especular. Un cuerpo de bordes, empalmes y suturas; un cuerpo pulsional donde el goce se distribuye según una economía política regulada por el discurso.

Desde esta perspectiva, la significancia cambia de registro: ya no remite al sentido, sino a la marca. La incidencia del Otro sobre el niño no puede reducirse a la significación del llanto: comporta una impronta corporal, una inscripción que antecede a toda palabra.

lunes, 20 de octubre de 2025

Topología del lenguaje y cuerpo pulsional: la interpretación como corte

 Que la interpretación no esté abierta a todos los sentidos, incluso que su dirección apunte a reducir a los significantes a su sin sentido, la sitúa como la herramienta clínica que pone a jugar en la cura lo que hace obstáculo al entendimiento, incluso lo que es reacio a lo intuitivo del razonamiento.

Se puede suponer una perspectiva topológica a la creencia de que se entiende/comprende lo que se dice o piensa, es la de la esfera, con la ilusión de una completud supuesta, soportada en la función de un centro; pero también esa relación entre lo envolvente y lo envuelto que ilusiona con una separación tajante entre el exterior y el interior. El cuerpo de la pulsión rompe con ello.

Entonces, ¿Qué topología del lenguaje contrapone el psicoanálisis? Porque queda exigida una que sea acorde al cuerpo pulsional.

Resulta interesante que Lacan aborde este problema poniendo en relación lo corporal con el campo del lenguaje, y ello en la medida en que el lenguaje, para el psicoanálisis, nunca coincide con lo verbalizable.

Lo pulsional, en la medida en que es un efecto del lenguaje, acarrea una topología de este que es solidaria de cierto uso de la palabra, incluso de las palabras. Entonces, el cuerpo pulsional, ¿está adentro o afuera? Cuerpo extraño lo llama a veces, o también lo extraño al cuerpo… al del espejo.

Para que lo extraño estuviera “afuera”, el sujeto debiera coincidir con el lugar del que piensa. A causa de la subversión, en cambio, por quedar separado de la claridad de la conciencia de si, hay una correlación entre el sujeto subvertido y el estatuto del objeto. Y entiendo que ello es lo que Lacan se propone explorar al revisar la estructura de la interpretación y el campo de la transferencia.

sábado, 11 de octubre de 2025

La laminilla y lo irrealizado de la libido

Retomando aquella reformulación del concepto de libido que Lacan desarrolla en la década del sesenta, puede notarse que su reflexión se apoya, no de manera azarosa, en la topología. Para abordar a la libido desde su dimensión real, Lacan introduce la figura de la laminilla —ese resto inmortal, anterior a la individuación, que sobrevive a la pérdida del cuerpo orgánico.

El término mismo resuena con lámina, y por tanto con lo plano. Desde allí se abre una interrogación: ¿esta lámina participa de un plano con espesor, o de lo que Lacan llamó en ocasiones “lo ultraplano”, es decir, una superficie sin espesor, imposible de situar en el espacio euclidiano? Si así fuera, ¿qué tipo de cuerpo está implicado en ese registro? Claramente, no un cuerpo biológico, sino un cuerpo topológico, un cuerpo definido por bordes, cortes y superficies más que por volúmenes.

En este punto, una oposición fecunda emerge entre lo real y lo irreal. Lacan había señalado que tanto el deseo como el sujeto se “realizan” en la palabra; sin embargo, esa realización implica al mismo tiempo un resto: lo no realizado, que no se confunde con lo irreal. Existe, en efecto, un irrealizado de la posición sexuada, aquello que no se completa, que sólo puede sostenerse a través del semblante, de la impostura o la mascarada.

En este campo del semblante, que participa del carácter irreal del significante, cabe preguntarse:
¿la libido expresa aquello que se sacrifica en virtud de la división sexual?

Responder afirmativamente implicaría suponer que en aquello que la libido plasma se inscribe algo real, algo que requiere tramitación o escritura por la vía del significante. Porque, en última instancia, sólo hay imposible lógico: la libido como órgano o superficie real representa el punto donde ese imposible encuentra su soporte material.

Desde estas consideraciones se abre un interrogante crucial para la experiencia clínica del psicoanálisis:
¿cómo se instala lo erótico a partir de esta distancia entre el amor y la pulsión?
Tal pregunta remite directamente a la eficacia del análisis, en tanto allí donde el amor bordea la falta, la pulsión insiste, marcando el lugar donde el cuerpo —ese cuerpo sin espesor— se escribe como resto libidinal.

Deseo, verdad y borde: la articulación del sujeto en el campo del Otro

El sujeto sólo se constituye en relación con el Otro, aunque no del todo en él, a partir de la falta significante que lo instaura como falta en ser. Es desde esa carencia estructural que el sujeto puede contarse como tal, al precio de la metonimización del deseo: su empuje constante hacia algo que nunca se colma. En este sentido, el deseo no sólo se escabulle; a veces incluso se pulveriza, se dispersa en los desfiladeros del lenguaje.

Lacan sitúa este campo del deseo en relación con la verdad, en tanto ambos —deseo y verdad— se constituyen por lo que pasa por el Otro. No se trata de homologarlos, sino de reconocer que, por efecto del lenguaje, tanto el sujeto como el Otro quedan atravesados por la división que implica el deseo. Así, el deseo queda cifrado en el campo de la verdad, retornando bajo la forma del síntoma.

Cuando Lacan se pregunta qué hay detrás de la verdad, no apunta a un “detrás” en el sentido euclidiano o en el registro de lo oculto a develar, sino a aquello que el fantasma vela. En efecto, el fantasma conjuga dos valores: uno imaginario, que sostiene la consistencia del yo, y otro de verdad, que marca el punto de falla donde se anuda el deseo.

Desde esta perspectiva, lo que hay detrás de la verdad es lo que ancla: un soporte que se articula a un cuerpo —no el cuerpo anatómico, sino uno topológicamente concebido—. De allí las referencias lacanianas al órgano o a la vejiga, superficies o bordes donde la libido se inscribe como traza y como límite.

Siguiendo a Freud, Lacan separa la pulsión del amor para luego reunirlos desde la dimensión del borde. Ese borde erógeno delimita y a la vez enlaza, apareciendo en sus esquemas y fórmulas como el lugar donde el campo del Otro se recorta frente a una hiancia —un agujero, una vejiga, una superficie tensada—.

La estructura, en consecuencia, se bifurca:

  • del lado del amor, se sostiene una pasión que tiende a la totalización, a la ilusión de un Otro pleno que posibilitaría la conjunción de lo pulsional con lo genital por la vía imaginaria;

  • del lado de la pulsión, en cambio, se despliegan diversos niveles y recorridos, signo de un campo no homogéneo, marcado por la repetición y la imposibilidad de cierre.

martes, 16 de septiembre de 2025

La síncopa del objeto a: cuerpo, repetición y falta del Otro

La síncopa correlativa del objeto a como causa del deseo plantea un interrogante central: ¿qué registro de la significancia está en juego? Se trata de algo aislado, sin sentido, un recorte que no puede situarse en el nivel del efecto de sentido.

Esta cuestión se reformula a través de otra: ¿cuál es el vínculo topológico entre el objeto a y el cuerpo del sujeto? Considerarlo desde la topología permite salir de la oposición entre interior y exterior, y situar al menos dos vías:

  • Desde la ficción significante, el objeto se enlaza al cuerpo en la función de nudo propia de la castración, operación que conlleva el efecto del significante.

  • Desde otra perspectiva, este alojamiento del objeto otorga cuerpo al sujeto: el objeto como signo de un pacto, marca corporal de una procedencia.

Vemos entonces cómo el trabajo sobre los anclajes del sujeto parte de la incidencia significante, pero se dirige necesariamente hacia la operación del objeto a, en ese punto donde el significante fracasa en dar respuesta.

Esto exige un giro en la consideración de la repetición. Por un lado, está el automaton: los significantes, la serie, la cadena. Pero por otro, el registro de la tyché: ese encuentro fallido que introduce lo real en la repetición. Sin esta dimensión, el psicoanálisis quedaría reducido a un oscurantismo del puro sentido.

Sólo desde esta lógica puede apreciarse la relevancia de la pregunta que el niño dirige al Otro. Porque más allá de su contenido, la interrogación apunta al lugar donde el Otro no responde, allí donde se patentiza su falta significante.

viernes, 12 de septiembre de 2025

El menos phi y la función del vacío en "La angustia"

En el Seminario La angustia, Lacan desarrolla un detallado trabajo sobre el lugar y la función de la significación fálica, valiéndose de una serie de esquemas que la sitúan en relación con el agujero, como respuesta a él. Para ello recurre a figuras como jarrones y objetos semejantes, articulados con sus imágenes producidas en juegos de espejos.

A partir de esta operación, Lacan aborda el cuerpo en su doble vertiente: la imagen que lo sostiene y lo excedente respecto de esa imagen. El agujero de la boca del jarrón, lugar donde se inscribe el menos phi (-φ), indica la función estructurante de ese vacío en la posición del sujeto. El menos phi aparece así con un valor instrumental: sin su operación, el sujeto no podría sostenerse en la escena fantasmática.

Este seminario resulta gráfico en cuanto a lo que el menos phi habilita en el devenir subjetivo. El sujeto, definido como evanescente, supuesto y dividido, se constituye a partir de esa barradura, que implica siempre una relación a la muerte como límite. Y este límite, lejos de ser pura negatividad, conlleva una tramitación simbólica.

El concepto de límite —matemático— se enlaza con el de campo, mediante el cual Lacan ubica la estructura de la angustia. El límite es índice de una simbolización: lo imposible de escribir de la muerte, lo indecible, encuentra una vía de formalización mediante una función que litoraliza.

Hablar de vacío supone siempre hablar de lo simbólico, puesto que es el significante el que delimita, en las vacilaciones del sentido, la consistencia de ese vacío. Esta operación se localiza en el cuerpo: la imagen especular. El matema que, en el grafo, escribe esa localización es i(a): el paréntesis señala el corte significante, mientras que la a en su interior designa la delimitación simbólica de un agujero real. Es ese agujero lo que queda habitado por el fantasma, ya en el nivel de una gramática.

El nudo como escritura de lo real y soporte del sujeto

Lacan introduce un movimiento decisivo cuando distingue entre el sujeto como supuesto —solidario de la existencia— y otra dimensión en la cual el cuerpo, como superficie de inscripción del goce, adquiere un lugar central. Es allí donde se le hace posible situar lo real de la división subjetiva, a partir de la concepción de lo real como ex-sistente.

De este modo, el nudo se convierte en el soporte del sujeto: Lacan avanza necesariamente hacia un abordaje nodal porque únicamente mediante la lógica de la escritura topológica se hace posible dar cuenta de lo real enlazado con lo simbólico y lo imaginario. Esta es la ventaja de la escritura nodal frente a las elaboraciones previas: logra inscribir la ex-sistencia.

El punto complejo sobre el que Lacan insiste es que el nudo mismo es real. Como estructura lo es, en tanto su enlace depende de la particularidad de que cada uno de los registros ex-siste a los otros dos. En consonancia, lo real es lo que ex-siste respecto de lo simbólico y de lo imaginario.

De aquí se desprende una disposición:

  • Del lado de lo real, queda lo que acomete, lo que mantiene su carácter de irrupción.

  • Del lado del vínculo entre lo simbólico y lo imaginario, lo que delimita, aquello que opera como freno.

Así, lo real puede definirse como ex-sistente en la medida en que está limitado: no anulado, sino enlazado de manera tal que su irrupción se modula. El nudo permite entonces demostrar lo real no solo como lo imposible de simbolizar, sino como aquello que persiste enlazado a los otros dos registros, resistiendo y a la vez sostenido por ellos.