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miércoles, 23 de septiembre de 2026

¿Cómo se disciplina un cuerpo? La experiencia del servicio militar obligatorio.

En esta ocasión vamos a hacer un recorrido por el servicio militar obligatorio argentino, para situar como la primera enseñanza militar no era tanto intelectual como corporal. 

Situemos primeramente algunas coordenadas para los nacidos en democracia. En términos generales, la conscripción era una obligación legal por la cual, siendo varón, alguien podía ser convocado para pasar un período dentro del Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea. La Ley 17.531 establecía que los varones eran convocados alrededor de los 20 años y que el servicio podía durar entre uno y dos años; en la práctica, especialmente en las últimas décadas, tendió a ser de alrededor de un año.

La colimba (correr, limpiar, barrer) no empezaba realmente cuando se aprendía a disparar o algún quehacer militar, sino cuando el muchacho descubría que durante los próximos meses su tiempo ya no le pertenecía completamente. ¿Pero cómo se desorganizaba la vida civil anterior para producir un sujeto capaz de habitar el cuartel?

En este punto, Erving Goffman resulta bastante pertinente para pensar este fenómeno. En Internados, al estudiar las instituciones totales, describe precisamente espacios donde un conjunto de personas desarrolla una parte importante de su vida bajo una misma autoridad, en un mismo lugar y siguiendo una rutina reglamentada.

El cuartel no era idéntico a una institución total en todos sus aspectos, porque el conscripto tenía permisos, francos, podía salir y eventualmente volver a su casa, pero durante los períodos de permanencia prolongada compartía varios de esos mecanismos de desprivatización.

1) El cuerpo registrado y numerado

Hay que aclarar a las nuevas generaciones que no todos los varones de una camada necesariamente entraran al servicio militar. Había un sistema de selección que combinaba examen médico, excepciones y cupos, y el sorteo determinaba fundamentalmente el destino entre las fuerzas y, en el sistema regulado por la Ley 17.531, el orden de incorporación. 

Simplificando bastante, el recorrido comenzaba con todos los jóvenes de la clase siendo registrados y sorteados. La ley establecía un sorteo público anual de la clase correspondiente. El número obtenido era importante: los números más altos se asociaban a la Armada y, en orden decreciente, a Fuerza Aérea y Ejército.

Acá viene algo tan obvio como notable: no sacaban directamente el nombre de cada muchacho. Se utilizaban los últimos tres números del documento como número de orden. Por ejemplo, si el DNI terminaba en 427, la persona esperaba que en la transmisión llegaran al orden 427. De esta manera, se iban recorriendo los números de documento del 000 al 999 y para cada uno se anunciaba el número de sorteo que le correspondía.

Ubicamos que en el número ya encontramos una cierta desubjetivación, aunque transitoria, en tanto el número no significa nada, en contraposición con un nombre, que es un significante.

El número de tu DNI del joven podía tener consecuencias prácticas sobre su destino, porque el sistema utilizaba el número obtenido en el sorteo para ordenar la incorporación. La documentación histórica describe el uso de los últimos números del documento en el mecanismo de sorteo.

El número en aquel sorteo no era simplemente una especie de "entrar/quedar fuera"; servía para ordenar la incorporación y asignar la fuerza. El asunto es que aunque estadísticamente no fuera seguro que al joven le tocara, socialmente vivía con la incertidumbre de que podía tocarle.

El sorteo incluso tenía una dimensión pública y bastante dramática. Hay testimonios de jóvenes y documentación de la época que muestran a familias y muchachos siguiendo por radio los números que iban saliendo. La experiencia tenía suficiente carga emotiva como para que mucha gente se acordara de su número durante décadas.

Debemos entender que el sorteo funcionaba casi como un pequeño acontecimiento ritual colectivo. Excedía de un trámite administrativo: miles de familias escuchaban la radio simultáneamente y esperaban que aparecieran tres cifras que podían alterar el año siguiente de la vida de un chico.

2)  El cuerpo desnudado, evaluado... y clasificado

El reconocimiento médico posterior a salir sorteado determinaba quién estaba en condiciones de ser incorporado. Había personas exceptuadas por razones médicas y también otras causales previstas legalmente. La incorporación dependía también de las exclusiones, excepciones y de cuántos conscriptos necesitaban realmente las Fuerzas Armadas. 

La ley establecía que, después del sorteo, se hacía un reconocimiento médico general y que una junta médica determinaba si el joven era apto. Una enfermedad o defecto físico que lo hiciera "inepto en forma absoluta y definitiva" era causal de excepción.

En términos generales, el muchacho recibía una citación con día, hora y lugar y se presentaba en una dependencia militar o sanitaria. Hay testimonios de revisaciones realizadas en batallones y distritos militares. Por ejemplo, un exconscripto de la clase 1962 relata que en 1981 fue citado a un batallón de Ciudadela para la revisación. 

La revisión buscaba determinar la aptitud psicofísica para el servicio, por lo que incluía distintas dimensiones, examen clínico general, peso y talla, evaluación de la visión y audición, revisión odontológica, etc. 

La parte que más llama la atención hoy es que había que desnudarse. En testimonios de exconscriptos aparecen revisaciones colectivas o semicolectivas en las que los jóvenes quedaban desnudos frente al personal médico, precisamente para observar corporalmente posibles anomalías, lesiones, deformidades, etc. 

No podríamos considerarlo un mero chequeo médico: era una evaluación estatal obligatoria que podía decidir si un joven de veinte años iba a perder aproximadamente un año de su vida civil y entrar en una institución militar. Y el modo en que se realizaba —incluyendo desnudez, examen corporal y la autoridad jerárquica del médico militar— hacía que para muchos fuera una experiencia bastante intimidante.

El testimonio de un conscripto revisado en 1981 describe que les ordenaron desnudarse, ponerse de espaldas y realizar determinadas posiciones para ser examinados. También relata una revisión anal particularmente invasiva aplicada a otro muchacho.

Claramente, había una distancia entre lo que estaba reglamentariamente previsto y las prácticas concretas que se realizaban.

Eetre los jóvenes de auqella época existiera toda una cultura alrededor de "zafar": se hablaba de problemas de vista, pies planos, escoliosis, soplos cardíacos, lesiones, etc. Algunas cosas eran verdaderos motivos de exclusión; otras eran exageraciones o mitos que circulaban entre los muchachos.

La ley, además, contemplaba expresamente que no presentarse injustificadamente al reconocimiento médico podía generar sanciones y hasta un recargo de servicio... Un servicio que todavía ni empezó.

3) El cuerpo separado de sus otros primordiales.

Si reconstruimos el primer día de un conscripto en el Ejército, sobre todo para las décadas en que la conscripción estaba plenamente instalada, la escena era bastante más brusca de lo que hoy imaginamos. Hay que tener presente que variaba según fuerza, unidad, época y destino. La documentación histórica sobre Campo de Mayo describe un “período de instrucción” inicial de unos treinta días, intensivo, durante el cual todos los ingresantes hacían básicamente lo mismo antes de ser destinados a funciones específicas.

Supongamos que seguimos la experiencia de Juan, un caso ficticio. El muchacho ya sabía desde hacía días que tenía que presentarse. Había preparado un bolso o valija con algunas cosas personales y probablemente llevaba puesta todavía su ropa de civil.

La escena familiar debía tener algo particular: no era exactamente una despedida porque iba a volver, pero tampoco era un día cualquiera. Para muchos significaba que durante varios meses la vida cotidiana iba a quedar suspendida.

El padre, la madre, hermanos, novia o amigos de Juan podían acompañarlo hasta el lugar de presentación. Después de ahí, la familia dejaba de tener control sobre lo que ocurría.

Y esto es importante psicológicamente: hasta esa mañana el muchacho era estudiante, empleado, hijo, novio, amigo. A partir de ese momento pasaba a ser un conscripto dentro de una estructura militar.

Juan llegaría a esta organización junto con decenas de otros jóvenes. Probablemente muchos no se conocían entre sí. Venían de barrios, escuelas y familias diferentes. En unidades grandes podían encontrarse incluso muchachos provenientes de lugares muy distintos del país.

Los recibían militares y comenzaban los trámites de incorporación. Nombre. Documento. Clase. Destino. Se verificaban los datos y se los distribuía. Y entonces empezaba la transformación de Juan.

4) El cuerpo dentro de una jerarquía.

Una de las primeras cosas que a Juan probablemente lo habría impresionado hubiera sido la forma en que se dirigían a ellos. En la vida civil, un chico de veinte años podía estar acostumbrado a hablar con profesores, padres, jefes o empleados prácticamente de igual a igual.

En el cuartel aparecía inmediatamente otra lógica:"¡Formación!", "¡Firmes!", "¡A formar!", "¡Rápido!"

La documentación histórica describe precisamente que la primera instrucción incluía orden cerrado, saludos, símbolos, marchas y aprendizaje de la organización militar. Todo esto sin que fuera necesario que todavía supieran hacer nada militar. El período inicial estaba pensado justamente para producir esa transformación.

5) El cuerpo uniformado

En algún momento de ese proceso, Juan recibiría los elementos militares que iba a necesitar y comenzaría a utilizar el uniforme. Eso tiene una importancia simbólica particular, porque es el punto donde la ropa civil comienza a desaparecer. 

Hasta unos minutos antes, era Juan Pérez, estudiante. Ahora: Soldado conscripto Pérez.

El uniforme eliminaba muchas diferencias visibles entre ellos. La propia documentación histórica señala que durante ese período inicial todos los soldados de una unidad estaban, por primera vez, en condiciones relativamente iguales: vivían de la misma manera y realizaban las mismas tareas.

El uniforme brinda dos operaciones simultáneas. Por un lado, individualizaban menos al sujeto, ya que todos tenían prácticamente la misma ropa, las mismas camas, la misma comida, los mismos horarios. Pero por otro, hacían más visible cualquier diferencia corporal o subjetiva. Si todos están vestidos igual y viven igual, las diferencias que quedan, como altura, fuerza, habilidad, timidez, sexualidad percibida, carácter, etc. pueden hacerse incluso más visibles.

No es casual que el uniforme tenga tanta importancia simbólica dentro de la institución militar: representa identidad, pertenencia, jerarquía y disciplina. 

¿Le cortarían el pelo a Juan? La famosa escena cinematográfica de "entrás, te agarran y te pelan al ras" no necesariamente ocurrió exactamente así en todos los cuarteles y épocas. Pero ciertamente, el cabello corto y la adecuación de la apariencia formaban parte de la transformación del civil en soldado.

Es fácil imaginar lo que podía producir en un muchacho. Si Juan se miraba al espejo, ya no veía exactamente al mismo tipo que había salido de su casa esa mañana.

6) Un cuerpo desprovisto de intimidad

La pérdida de intimidad era una de las características estructurales de la vida de cuartel, aunque nuevamente variaba mucho según unidad, época y condiciones materiales. Y probablemente sea difícil imaginarla desde la vida actual porque estamos acostumbrados a que incluso los espacios colectivos tengan algún grado de privacidad.

En un cuartel, el principio era bastante diferente: el cuerpo y el tiempo del conscripto estaban mucho más expuestos a la mirada de los demás.

A Juan le asignan un lugar para dormir. Le dan una cama, un armario o espacio para sus pertenencias, un dormitorio compartido con muchos otros. Y entonces comienza una de las experiencias más extrañas: dormir con treinta, cuarenta o más tipos que unas horas antes eran desconocidos.

La habitación donde está Juan ahora era colectiva, quizá Juan aún no lo haya notado por estar frente a varias preocupaciones nuevas más inmediatas: ¿Dónde pongo mis cosas? ¿Cómo hago la cama? ¿Cuándo puedo ir al baño? ¿A qué hora puedo llamar a casa? ¿Cuándo vuelvo? Todo eso tiene que aprenderse.

Lo cierto es que ahora, Juan tiene que acostarrse y levantarse rodeado de otros, cambiarse de ropa delante de otros. Sus pertenencias están prácticamente a la vista y sus ronquidos, pesadillas, conversaciones y estados de ánimo podían ser escuchados por los demás. Incluso algo tan sencillo como estar triste, llorar o querer estar solo desde ahora resultará difícil.

Los baños militares tradicionalmente estaban diseñados para ser colectivos y funcionales, no para proporcionar intimidad. Había baterías de duchas y sanitarios. Dependiendo de la época y de la unidad podía haber separaciones, cortinas, divisiones o simplemente espacios abiertos. No podemos decir que todos los cuarteles eran iguales, pero sí existía algo fundamental: la corporalidad dejaba de ser completamente privada. El cuerpo está ahí y los demás pueden verlo. Y además estaba la dimensión de la mirada de los otros varones.

Ducharse después de hacer ejercicio, cambiarse, ir al baño, lavarse, afeitarse... eran actividades que podían realizarse en presencia de otros. Y para un chico de 18-20 años eso podía ser especialmente significativo, porque estamos hablando justamente de una etapa en la que el cuerpo, la sexualidad, la vergüenza y la comparación con otros tienen una enorme importancia.

Con el tiempo, Juan detectará una auténtica fijación de los militares por hacer la cama de una determinada manera, que de no ser cumplida podía ser motivo de un castigo. Esta pequeña operación pedagógica para indicar que el espacio privado tampoco le pertenece realmente.

7) Un cuerpo con horarios

La investigación histórica sobre la conscripción en Campo de Mayo lo expresa bastante claramente: el objetivo de esos primeros treinta días era "aclimatar" de manera brusca a los jóvenes a la vida del cuartel, mediante actividad física, disciplina y subordinación. 

Juan ahora come en el comedor de la unidad. También esto estaba reglamentado: horarios, lugares, forma de comportarse, movimientos. Notemos que todavía nadie habló de aprender a combatir, más bien se trata de aprender cómo vivir dentro del cuartel.

Había una secuencia temporal minuciosamente organizada: levantarse, higienizarse, tender la cama, formar, desayunar,  una instrucción, almorzar, otra instrucción, más tareas, descanso. No importa tanto la actividad, sino en acostumbrar al cuerpo a responder al horario institucional.

8) La pedagogía del cuerpo militar

Después de las cuestiones administrativas empezaba lo que podríamos llamar la pedagogía del cuerpo militar. El orden cerrado tenía precisamente esa función: que el cuerpo aprendiera a responder automáticamente a determinadas órdenes y que el individuo pudiera moverse como parte de una unidad.

Formación, marcha, giros, saludo. Posición de firmes. Carrera. Ejercicio físico. Órdenes. Repetición. Otra vez y otra.

"Firmes" es un ejemplo perfecto: el cuerpo parado espontáneamente cambia de posición, se rasca, se mueve, mira alrededor. "Firmes" prescribe cómo estar parado, se trata de un cuerpo controlado.

Juan deberá aprender a detenerse cuando se dé una orden, comenzar cuando se dé otra, desplazarse con otros, mantener una posición, esperar y siempre obedecer. El cansancio y la incomodidad deberán ser tolerados y Juan aprenderá a subordinar su iniciativa individual a la formación.

Se disciplinaba la manera de hablar. Había que responder cuando correspondía y permanecer callado cuando correspondía. Y existía un vocabulario jerárquico: "Sí, mi...", según el grado del superior y la tradición de cada fuerza/unidad.

La mirada también estaba disciplinada. En determinadas situaciones había que mirar hacia adelante, mantener la cabeza en determinada posición y evitar distraerse. Incluso el saludo militar regula la mirada, el movimiento de la mano y la postura. Es decir, hasta algo aparentemente tan privado como dónde dirigís los ojos podía estar normativizado.

La investigación histórica sobre los primeros días en Campo de Mayo señala justamente que para muchos jóvenes provenientes de sectores medios urbanos esa ruptura con su rutina anterior era especialmente fuerte, y recoge testimonios que hablan de esos primeros días como una experiencia violenta con el estilo de vida anterior.

La documentación confirma que esa primera etapa podía prolongarse durante aproximadamente un mes y que después los conscriptos eran distribuidos en funciones diferentes: algunos terminaban como cocineros, mecánicos, administrativos, choferes, operadores, etc., mientras otros continuaban en tareas más directamente militares. 

La colimba es un caso bastante claro de lo que Foucault llamaría una tecnología disciplinaria: no se trataba solamente de enseñar a usar un arma, sino de producir un cuerpo previsible, obediente, coordinado y disponible para la institución.

Ese aspecto de la conscripción argentina es particularmente interesante porque se superponía con algo que excedía ampliamente a las Fuerzas Armadas: durante décadas, la sociedad argentina esperaba que la colimba "hiciera hombres". Es decir, había una concepción cultural de que soportar disciplina, esfuerzo, obediencia y convivencia forzada formaba parte de la transición de muchacho a adulto.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Del teatro de la mirada a la intimidad de la palabra: el contexto de surgimiento del psicoanálisis

El psicoanálisis no surge en cualquier lugar ni en cualquier momento. Nace en la Viena de fines del siglo XIX y comienzos del XX, capital del Imperio austrohúngaro y uno de los grandes centros culturales de Europa. Allí convergían corrientes artísticas, literarias y científicas que interrogaban los fundamentos de la modernidad y abrían un espacio para nuevas formas de pensar la subjetividad.

Sin embargo, el contexto de surgimiento del psicoanálisis excede el marco vienés. El paso de Freud por París para estudiar con Jean-Martin Charcot en la Salpêtrière resulta decisivo. Es en ese escenario donde Freud entra en contacto con la clínica de la histeria y con un modo particular de abordaje del síntoma.

La clínica de Charcot estaba inscripta en el espacio de lo público: las pacientes histéricas eran presentadas ante un auditorio de médicos y estudiantes, y sus síntomas eran observados, descritos y clasificados bajo la primacía de la mirada. El saber se producía en ese dispositivo escénico donde el cuerpo del paciente quedaba expuesto.

El movimiento freudiano introduce una torsión fundamental: traslada la escena clínica al ámbito privado del consultorio. El psicoanálisis no admite la presencia de un tercero encarnado sin que ello produzca un efecto obsceno; el único tercero posible es la palabra misma. En lugar de la mirada que exhibe, la palabra que se dirige al Otro.

Este desplazamiento inaugura un nuevo estatuto de la intimidad. La posibilidad de hablar sin espectadores abre un espacio confesional en el que el sujeto puede implicarse en su propio síntoma. Ya no se trata de un fenómeno a describir desde afuera —sea en clave orgánica o incluso en una etiología psíquica que no compromete al sujeto—, sino de una formación que porta una verdad cifrada.

Con Freud, el síntoma deja de ser mero objeto de observación para convertirse en un mensaje enigmático que concierne al sujeto mismo. En él se halla inscripto, de manera deformada, el deseo sexual reprimido. El síntoma ya no es simplemente algo que el sujeto padece; es algo que lo involucra íntimamente.

Así, el tránsito entre lo público y lo privado marca el pasaje de una práctica sostenida en la función de la mirada a una praxis fundada en la función de la palabra. Ese desplazamiento no es solo técnico, sino epistemológico y ético: inaugura un nuevo modo de concebir la verdad, el síntoma y la responsabilidad subjetiva.

martes, 11 de noviembre de 2025

La intimidad bajo la mirada del Otro

¿Qué forma puede asumir la intimidad cuando un sujeto vive perseguido por una mirada que regula su hacer cotidiano?

Lacan, hacia mediados de los años sesenta, introduce un concepto decisivo: la inmixión de Otredad. Con él nombra la imposibilidad de separar al sujeto de la operación del Otro, ya que el sujeto es un efecto del significante en el campo del Otro. Dicho campo no es abstracto: debe ser encarnado, alojado en alguien que ejerce esa función.

El ingreso del niño en el deseo del Otro constituye una operación estructurante. En un primer momento, el Otro lo mira, lo nombra, lo significa; en un segundo momento, el niño puede alojarse en ese deseo y comenzar a subjetivarse. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el Otro nunca se ausenta, cuando su mirada está siempre presente, invadiendo toda posibilidad de intervalo?

La alternancia entre presencia y ausencia del Otro es condición de la simbolización, ya que el significante sólo opera en ese hiato, en el espacio entre una y otra. Si el Otro no falta, no se produce la distancia necesaria para que surja la pregunta por su deseo —ese “¿qué quiere de mí?” que inaugura el movimiento del sujeto. La mirada constante del Otro aplasta el intervalo, sofoca la posibilidad de interrogar lo que está más allá.

En tales condiciones, el niño queda fijado como objeto de interés permanente, objeto del goce del Otro. La intimidad, entonces, no puede constituirse: todo queda expuesto, iluminado por una luz que no cesa.

Esta operación tiene consecuencias directas en el armado del fantasma, ya que éste implica siempre una mirada velada: el fantasma da a ver para ocultar el lugar desde donde el sujeto es mirado. Cuando esa función del velo falla, la mirada del Otro se vuelve intrusiva, real, y el sujeto queda sin refugio.

El resultado clínico suele ser una economía psíquica dominada por lo somático o lo económico, en el sentido freudiano: irrupciones del cuerpo, descargas, pasajes al acto, o inhibiciones que impiden la deriva por la palabra. Allí donde el Otro no falta, el sujeto no puede hablar; sólo resta el cuerpo, su gasto, su queja o su silencio.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Resistencia a la terapia on-line

Por la pandemia de COVID-19 y las dificultades que ésta trajo para el encuentro presencial, la sesión on-line o telefónica fue la única manera de conservar los espacios terapéuticos. 

Ahora, la implementación de tecnologías no fue sin una nueva modalidad de resistencia on-line y rápidamente aparecieron aquellos pacientes con dificultades con esta nueva forma de tratamiento. Dicen que les resulta demasiado original y complicada porque el límite de su casa no les permiten hablar con tranquilidad. Para ellos, la cuarentena es también la de no hablar, porque hablar sería justamente hablar lo que están viviendo dentro de su casa. Una suerte de infidelidad recorre la espalda de muchos pacientes: se sienten escuchados dentro de su casa, alegan con razón que no tienen suficiente intimidad. El analista pregunta si no hay baño, si no se puede salir al palier, los modos creativos de hablar para no ser escuchado y sobre todo para que no suponga la posibilidad de ser escuchado.


Hay que escuchar muy bien cuando alguien dice "no tengo lugar", más allá de la cuestión imaginaria del tema habitacional. Si el analista tolera los tiempos del paciente pacientemente y puede introducir la pregunta, probablemente descubra que el paciente no tiene un lugar... por fuera del lugar desde el que habla como pareja, madre, padre, trabajador, etc.

El deseo no se pone en cuarentena
El joven H., que había suspendido sus sesiones de terapia desde el comienzos de la cuarentena, solicita dos meses después reanudar el tratamiento con su analista, angustiado a partir de un episodio. H. relata lo sucedido: él estaba en su casa preparando un almuerzo junto a su familia -esposa e hijo pequeño- para unos tíos y primos que irían a visitarlo. Ante la falta de bebidas, H. sale a comprar y en el pasillo del edificio, esperando el ascensor, una vecina "que está loca" lo saluda. Tras unas pocas palabras, ella le mira la entrepierna y tras hacerle un comentario sexual, le agarra el pene por encima del pantalón de jogging. H. se queda paralizado, no dice nada pero responde con una erección y ella lo sigue tocando hasta que llega el ascensor. H. se mete solo, baja y sale del edificio. Hace las compras, vuelve a su casa y la escena familiar prosigue normalmente.

A partir de lo ocurrido con la vecina, H. empieza a cuestionar la falta relaciones sexuales con su esposa durante la cuarentena, pregunta que antes de la escena del pasillo estaba ausente. Sobre eso, H. cuenta que ambos están muy cansados por el trabajo, los hijos, la limpieza de la casa y que el día pasaba sin un momento de intimidad para la pareja. H. hace un chiste: "En cuarentena, la cama es para dormir y el pito es para mear". Lo que la vecina loca le vino a recordar a H. es justamente otra cosa: hay un espacio por fuera de la casa y fuera de ese espacio, el pito funciona. ¿Cómo volver a introducir al deseo, para que no quede en el pasillo?

Finalmente, queda preguntarnos por qué intervenciones son posibles ante la falta de lugar. No hay recetas universales, es la creatividad del analista tomando cada caso en particular. En un caso supervisado, el analista propuso la posibilidad de tener sesiones por e-mail para un paciente que vivía en ambiente con su pareja. El paciente aceptó y le redactaba e-mails a su analista, que nos recuerdan a la correspondencia de Freud con Fliess. En el trabajo con las cartas de ese paciente, particularmente, se notaba un mayor cumplimiento de la asociación libre, de la que David Nassio cataloga más bien como hablar de aquello de lo cual que uno preferiría no hablar.

lunes, 23 de diciembre de 2019

El chisme en psicoanálisis: “No sé si debería decírtelo...”

No todos los actos humanos pueden ingresar en el discurso chismoso: nadie toma el teléfono para difundir la sospecha de que Fulanita es una chica muy virtuosa”, observa la autora, y propone bases para una teoría que distingue entre la infidencia, la murmuración incierta y el chisme propiamente dicho, ese que enuncia “lo que se silencia para evitar el sufrimiento o la degradación social.

  Por Laura Palacios

El chisme, hijo de la ligereza y del invento, es pariente plebeyo del Secreto. El Secreto exhibe dignidad, prestigio. Se lo ubica en una mansión de escaleras alfombradas. Cerrojos, puertas y ventanas a prueba de lo indiscreto. Conoce íntimamente a la Circunspección. Se codea con la Sobriedad y la Historia. Está ligado por línea directa al Silencio y a la Etica. Se dice heredero de la Verdad y cena en casa del Poder.

Y no sólo Herr Rotschild tiene un pariente plebeyo al que tratar con famillonaria cortesía; al que convidar si no hay más remedio, pidiéndole que entre por la puerta de servicio. Porque el Secreto no es zonzo. Presiente que, en las sombras y librado a su capricho primordial, el pariente plebeyo goza. Y el goce del chisme es corroer la dignidad del Secreto. Hablar a sus espaldas, deshonrarlo, revisarle los archivos, leer en su papelería íntima. Fabricar llaves ganzúa para violar su secretaire. Y sobre todas las cosas, divulgar, divulgar y divulgar. Propalar el tesoro.

Injurioso o trivial, más falso que verdadero, el cotilleo está inscripto en los avatares de la vida cotidiana. Es cercano al chiste, ya que ambos fenómenos aderezan y dan consistencia al lazo social. Por eso son imposibles de erradicar. Se cuelan en la fiesta del lenguaje y en los pasillos de nuestras instituciones. Y no sólo aceitan las bisagras del funcionamiento social, sino que nos recuerdan que estamos divididos. Que somos de luz y sombra. Que hay pelusa debajo de las alfombras.

El chisme comparte con el chiste otra condición: depender de la presencia de un otro para seguir existiendo. En este caso particular, de la complicidad del otro. Porque el chisme es gregario, necesita testigos. Y sobre todas las cosas, necesita a un tercero ausente y perjudicado. Al respecto, la Real Academia Española es implacable: no cree en su inocencia. El máximo diccionario de nuestra lengua adjudica al chisme la malévola intención de “indisponer a unas personas contra otras”. El chisme, y su sinónimo la murmuración, son “conversaciones en perjuicio de un ausente”.

Si bien es cierto que el chisme salpimenta la vida de los humanos, las malas lenguas no dejan de insinuar que esto se refiere a la rama femenina de la especie. Así lo dice La Fontaine: “Nada pesa tanto como un secreto; cargar con él es difícil para las damas”.

En un artículo sobre la “Actividad rumoradora”, publicado en 1989 en la revista de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis, Rafael Mejía Montoya considera que –de acuerdo con los principios de la teoría de la comunicación– esta práctica, que es la del chisme, exige dos participantes: el Rumorador Emisor y el Receptor Transmisor. Usaré estas denominaciones sólo en sentido funcional, ya que ambos participantes están ligados a un pacto, un pacto doble y especular que les permite regocijarse, o sea: tramitar una dimensión de goce. Entiendo que todos los difusores del chisme no dejan de ser piezas de un superior engranaje al servicio del goce del Otro: Otro que se encarna en el amigo/confidente, en un grupo social y hasta en el público televidente.

En rigor, la circulación del chisme comienza con un acuerdo, con una pequeña mascarada que pone en juego la intención de inmovilizar su carrera: “Jurame. Jurame que no va a salir de tu boca”. Que parezca un secreto. Un segundo pacto, más tácito y subterráneo, entra en la gama de lo no dicho. Esta es la cláusula motriz, que garantiza la supervivencia del chisme: la que da por sentado que el receptor hará lo necesario para mantenerlo con vida. Se sabe: más temprano que tarde, ese Receptor Transmisor arderá en ganas de descoser la boca y dejarlo escapar... pero siempre bajo la condición de conservar su naturaleza furtiva. Porque el chisme, como ciertas vegetaciones exóticas, sólo guarda su lozanía si es mantenido en la penumbra. Expuesto a la luz, se marchita y muere.

Seamos justos. No es correcto adjudicar al emisor-receptor la responsabilidad en esta fuga; no todo depende de su infidencia. A causa de que el cotilleo es un relato creador de significados, “te cuento algo de alguien” se comporta como una entidad de puro movimiento. Edgardo Cosarinsky, en “Museo del chisme”, destaca que el chisme respira en el ámbito precario del tránsito. Su razón de ser es el devenir, el flujo (no nos bañamos dos veces en el mismo chisme). Eslabón de una cadena que se va modificando en el “boca a boca”, el chisme se arropa con lo que halla a su paso. Ahí gana y pierde, se recorta y muta. Adquiere su touch particular, su nota trágica, solemne, irónica, erótica, surreal. En Los secretos de Harry, Woody Allen filosofa: “Nuestra vida depende de cómo la vamos distorsionando”. Igual que la vida, el chisme, que es pura distorsión, se va alterando con las señas particulares de los sujetos que lo transmiten. Arrastra claves de la subjetividad. En él, la marca constitutiva y no declarada del autor torna imposible su clonación.

Entonces: 1) Cada hecho del acontecer de los otros devenido en chisme no se repetirá de manera idéntica; 2) el chisme es un decir que sólo menta asuntos relativos al comportamiento humano; no se murmura acerca del estado del tiempo; 3) no todos los actos humanos están calificados para ingresar en el discurso chismoso. Nadie toma el teléfono a altas horas de la noche para difundir la sospecha de que Fulanita es una chica muy virtuosa.

Pero al punto más intenso, al acmé del chisme, no se llega de cualquier manera. Este deberá referirse a ciertos hechos que opacarían la parte más regia de la novela familiar: me refiero a toda clase de actos delictivos o que fallan a la ética. El ridículo, las desgracias, las debilidades, el pasado difícil. Los orígenes humildes o sórdidos. Todo lo que se silencia para evitar el sufrimiento o la degradación social. Los secretos de familia, el adulterio, la existencia de padres indignos, de hijos ilegítimos, las relaciones incestuosas, los familiares estafadores o dementes, los cónyuges homosexuales, las esposas de cascos livianos. Todo aquello que circula sotto voce, y de lo que suele decirse que huele mal.

En cuanto al contenido de la actividad rumoradora y a su modo de exponerse, situaré algunas diferencias. Por un lado, tenemos la infidencia. La infidencia es solapada y perniciosa, porque divulga un contenido más o menos verdadero. Este subtipo incluye un ingrediente lleno de espinas: la traición. ¿Hubo filtraciones en el recipiente del secreto? ¿Se ha violado un pacto confidencial? Sí, lo que antes estuvo guardado ahora es un secreto a voces.

En un grado diferente se ubica la murmuración incierta, encargada de divulgar hechos que no tienen demostración. Se trata, digamos, de un producto tercerizado, que nadie enunció en nombre propio. Sucesos que ninguno parece haber presenciado, quedando elidida la marca del autor: “Se dice por ahí...”, “Escuché que...”, “No sé si tendría que decírtelo, pero se comenta...” Recordemos el inicio de “Las ruinas circulares”, de Borges: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur...”. Ese “nadie” es “todos”.

Por último, está el chisme propiamente dicho, que disemina una invención irreal. El emisor sabe que miente, su intención es francamente maliciosa; en forma abierta o solapada, su mensaje transporta un deseo hostil. Entiendo que el comadreo social, nuestro chusmear de todos los días, es un híbrido de todas estas intenciones.

Pero, ¿qué le sucede a la víctima del acto chismoso? ¿Por qué, algunas veces, el estilete se clava tan profundo que llega a rasguñar la membrana narcisista?

Propongo lo siguiente. Verdaderos o falsos, puestos a rodar, estos dichos ponen en boca de otros algo que afecta al producto de la división subjetiva. El accionar del chisme pispea –y a veces pone reflectores– sobre el íntimo, oscuro extranjero que nos habita y da sustento. Inquieta a ese fundamento que, a causa de la inicial división, permanece y deberá permanecer al margen, no revelado. Se trata, en palabras de Lacan, de “aquel elemento que resulta aislado en el origen por el sujeto, en su experiencia del complejo del semejante, como siéndonos por naturaleza extranjero” (El Seminario, Libro 7, “La ética del psicoanálisis”).

Sin duda que la intimidad del otro puede adquirir un sesgo ominoso e inquietante, como un pozo infinito, cuya cercanía produce vértigo. La destrucción de la intimidad no es un progreso, sino una peligrosa involución. Tal vez actualmente se está perdiendo ese miedo reverencial, ese horror casi sagrado que provoca la reserva del otro. Y no habrá nada que festejar si nos volvemos traslúcidos, si por alguna razón se desmantela esa pequeña caverna que íntimamente nos acoge.

* Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Textos extractados del trabajo El secreto y el chisme.

Fuente: Palacios, Laura (2012) "No sé si debería decírtelo...”, Página 12.