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martes, 9 de diciembre de 2025

La palabra como tésera: verdad, marca y lazo con el Otro primordial

En la medida en que la palabra se dirige al Otro —al convocar a un oyente y, con ello, a una posible respuesta— abre y sostiene el campo de la verdad en el sujeto. Desde esta perspectiva, la verdad se despega de cualquier concepción que la reduzca a una adecuación o adaptación a lo dado. La verdad queda así atravesada por una tonalidad inevitablemente subjetiva.

En tanto estructura de ficción, la verdad se funda en el lazo primario del niño con la madre como Otro primordial. Esto no excluye la incidencia paterna, pero la sitúa en el registro del Nombre del Padre como significante, no en el del progenitor. En este orden lógico, la función materna es primera, y la paterna se introduce en un segundo tiempo.

Tanto Freud como Lacan sostuvieron sin modificaciones esta primacía de la madre. En cuanto ocupa el lugar del Otro, ella realiza la acción específica al intervenir desde el significante: acoge la demanda, traduce el llanto, lo reconoce como llamado. Ese acto —que es un acto de palabra— deja una marca en el niño. Por ello, su operación no se reduce ni a la gratificación ni a la simple producción de sentido.

Esa marca da testimonio del desamparo fundamental del cachorro humano, tal como lo formuló Freud, desamparo ligado a la heteronomía que estructura al sujeto desde el inicio. Se trata de una impronta clínica: el niño necesita de un sostén humano, ubicado no tanto en un origen natural como en un comienzo de orden simbólico.

Lacan radicaliza esta operatoria al llevarla al terreno de la estructura y de la palabra. La palabra adquiere allí valor de tésera: signo, prenda, garantía de un pacto. Es el índice de ese lazo inaugural por el cual un niño sólo puede acceder a una posición de sujeto a condición de alojarse, primero, en el lugar del Otro.

martes, 18 de febrero de 2025

Diferencia entre lo materno y lo femenino

Existe una tendencia, que podríamos calificar de religiosa, a confundir o incluso equiparar lo materno con lo femenino, llegando al extremo de considerar la maternidad como la máxima realización de la feminidad.

El psicoanálisis, sin embargo, introduce una serie de distinciones y controversias entre estos dos términos. Desde Freud, esta diferencia se vuelve problemática. Un ejemplo claro de ello es el caso Dora, donde Freud inicialmente malinterpreta el horizonte de su paciente: no era el señor K quien captaba su deseo, sino su esposa. Dora se encontraba confrontada con el enigma de lo femenino, que aquella mujer representaba y a la vez respondía. Freud, en su epílogo al caso, reconoce esta dificultad retrospectivamente, lo que evidencia la tensión entre lo materno y lo femenino, aunque sin una delimitación clara en ese momento.

Será Lacan quien radicalice esta diferencia, llevándola a una distancia exponencial. Dos conceptos fundamentales permiten esclarecer esta distinción: el deseo y el goce.

En cuanto al deseo, lo materno se encuentra estructuralmente vinculado a la metáfora paterna y, por lo tanto, a una referencia fálica. En este sentido, el niño ocupa la posición de falo para el deseo materno. En contraste, el deseo en lo femenino no puede reducirse completamente a la lógica fálica, tal como lo desarrolla Lacan en Aún.

A nivel del goce, esta distinción se vuelve aún más evidente. Mientras que en lo materno el goce del cuerpo del niño como falo está prohibido, la lógica del goce femenino se caracteriza por su indecidibilidad. Esto último se articula con la noción de no-todo, lo que implica que el goce femenino no puede ser completamente capturado dentro del orden fálico y responde a una lógica distinta, que escapa a cualquier totalización.

viernes, 8 de enero de 2021

La familia en la estructuración subjetiva

Uno de los primeros textos de Lacan fue el ensayo La familia, donde se puede situar el lugar de la familia como institución de la cultura que acompaña la estructuración subjetiva y nos permite pensar la clínica. 

Seis años antes de publicar el texto "La familia" (1938), Lacan se había recibido de psiquiatra. De ese tiempo contamos con la tesis Paranoia de autopunición: el caso Aimée. Además, dos años antes había presentado su trabajo El estadío del espejo como formador de la función del yo

En el texto que hoy nos convoca, vamos a ir recorriendo el lugar de la familia como institución de la cultura que acompaña la estructuración subjetiva y nos permite pensar la clínica.

¿Qué lugar le damos a la familia desde el psicoanálisis? 

La familia humana es una institución, y tiene un papel fundamental en la transmisión de la cultura. 

Dice Lacan que la familia 
“instaura una continuidad psíquica entre las generaciones cuya causalidad es de orden mental. […] Los modos de organización de esa autoridad familiar, las leyes de su transmisión, los conceptos de descendencia y de parentesco que comportan, las leyes de la herencia y de la sucesión que se combinan con ellos y, por último, sus relaciones íntimas con las leyes del matrimonio, enmarañan y oscurecen las relaciones psicológicas”.
  
Lacan nos plantea en principio que la función materna y el sentimiento de paternidad exceden lo natural, la familia biológica, a tal punto que pueden ser reemplazados, como en el caso de la adopción. 

Por lo tanto, los complejos, imagos, sentimientos y creencias serán abordados en relación a la familia. 

El complejo del destete 
Este complejo, que da lugar a los sentimientos más arcaicos y más estables que unen al individuo con la familia, nos dice Lacan que se integrará a todos los complejos posteriores. 

Representa la forma primordial de la imago materna y se encuentra determinado por factores culturales, por lo que de ninguna manera responde al instinto. 

El destete comienza con la introducción de alimentos. Constituye un trauma psíquico que tiene efectos, tal como lo corroboran síntomas como las anorexias, las toxicomanías o las neurosis gástricas. 

El destete deja su huella permanente y se acompaña con una crisis psíquica: la aceptación o el rechazo del alimento. 

Lacan nos plantea que el rechazo del destete instaura lo positivo del complejo, la imago de la relación nutricia que tiende a restablecer. 

“El contenido de esta imago está dado por las sensaciones características de la primera edad, pero su forma no existe hasta el momento en que ellas se organizan mentalmente.” 

Este es un momento anterior al objeto, un momento primordial, que sirve como modelo de las experiencias psíquicas posteriores y deja sus huellas. Pero estos contenidos no pueden representarse en la conciencia, son totalmente inconscientes y sólo se reproducen en las estructuras mentales de las experiencias psíquicas posteriores. 

Por otro lado, como hecho estructural, el niño desde los primeros días reacciona frente a la presencia del rostro humano. 

El complejo del destete con la entrada de los alimentos tiene su expresión psíquica en la imago más oscura de un destete anterior, más difícil, el de la separación del nacimiento, separación prematura en la que comienza un malestar que ningún cuidado materno puede compensar. 

Del lado de la madre, en el amamantamiento, en el abrazo y la contemplación del niño, ella “recibe y satisface el más primitivo de todos los deseos”. La relación con la madre tiene conexión con lo más primordial del psiquismo, por eso su sublimación es dificultosa. 

El psicoanálisis nos muestra que la tendencia a la muerte es vivida por el hombre como objeto de un apetito. El apetito de muerte podemos pensarlo en los suicidios bajo el modo de huelga de hambre o en los envenenamientos por toxicomanías. 

Aunque se sublime la imago del seno materno, esta continúa teniendo un lugar psíquico importante. 

El complejo de la intrusión 
Este complejo representa la experiencia para un sujeto, en sus tiempos de constitución, de enfrentarse a que tiene uno o varios hermanos. Según su lugar en el orden de los nacimientos, puede ocupar el lugar del heredero o del usurpador. 

Lacan toma los celos infantiles y nos dice que en su base no representan una rivalidad, sino una identificación mental. 

Hace la experiencia con parejas de niños de seis meses a dos años, donde se puede comprobar un reconocimiento del rival: reacciones de provocación y respuesta; reacciones de alarde, seducción y despotismo, todas de valor imaginario. 

Lacan va perfilando aquí la introducción de estadío del espejo, como correspondiente a la declinación del destete (cuando el niño comienza a tomar otros alimentos que la leche). 

Hemos visto, entonces, el comienzo de lo que Lacan nos plantea en un texto que, a pesar de ser una de sus primeras elaboraciones, ha dejado huellas en toda la obra. 
Plantea la familia como institución simbólica más allá de los cambios sociales al colocar el peso en la función materna y lo que llama aquí sentimiento de paternidad como lo que excede el orden de lo natural. No hay nada de natural en el hombre, ya que está atravesado por lo simbólico. Nos presenta el complejo del destete, que dando lugar a los sentimientos más arcaicos se integra y deja su huella en todos los complejos posteriores. 

A la entrada del alimento le da el estatuto de trauma psíquico y de huella permanente con la posibilidad de aceptación o rechazo del alimento. Nos da ejes para la clínica en relación a los síntomas en la alimentación. 
Hemos pasado también por el complejo de intrusión con la experiencia subjetiva de la presencia de un hermano. El rival, el compañero, el intruso. 

Lacan nos brinda un punto para interrogar la clínica al decirnos que los celos infantiles en su base no representan rivalidad, sino identificación. Allí nos muestra toda la vertiente imaginaria. 

Continuaremos con este texto en el próximo artículo, en el que veremos cómo Lacan toma el estadío del espejo, el drama de los celos, las condiciones y los efectos de la fraternidad.

lunes, 24 de agosto de 2020

La función materna en psicoanálisis: indicaciones para la clínica

La madre es un concepto que se suele dar por sabido. Pensamos en la madre, en la función materna, en la posición femenina, y damos por sentado que todos estamos hablando de lo mismo. Incluso, cuando se habla de la función paterna, todos estamos de acuerdo en qué se trata -la función de separación entre el niño y la madre- ¿Pero cuál es esa función materna?

Una indicación importante para la clínica es hacer caer el prejuicio el de "Madre hay una sola", que es la biológica y que es necesariamente una mujer cisgénero. La dirección a la cura varía si el analista está prefijado en ubicar que la madre es la madre biológica. Esto provoca en el paciente cierta dificultad para elaborar el duelo de esa madre que no ha funcionado como tal. Hay que poder elaborar el duelo con la persona que corresponde. Esto es especialmente importante en el caso de pacientes que han sido adoptados. Muchos analistas dan por sentado que la relación entre el hijo y su madre biológica es la relación de la que hablamos cuando hablamos de función materna. El niño, para que la progenitora funcione como madre, necesita elegir y adoptar a ese niño.

El analista debe ubicar quién ha ocupado la función materna en la historia del sujeto. Una madre biológica puede no hacer función materna con su hijo, aunque la sociedad la señale como madre. La función materna implica incluir al sujeto en su deseo y que lo invita libidinalmente. En la clínica, debemos preguntarnos quién se preocupaba por nuestro paciente durante su vida, Esa persona es la que hace la función materna. 

En familias con padres o madres del mismo sexo, las funciones están claramente diferenciadas. Lo que importa en la constitución del aparato psíquico es que haya dos operaciones: 

- Función materna, aquel que toma al niño en su deseo.

- Función paterna, que ubica un punto de expulsión a la exogamia. 

El interjuego entre estas dos funciones va a producir, en relación a la ley como terceridad, la constitución subjetiva como tal- El sujeto necesita de la función materna y no todo depende de una única experiencia. Hay una madre que funciona como tal, ya sea un hombre o una mujer, pero esa función debe ser duelada por el sujeto.

También suele haber confusiones relacionadas con la mujer y la posición femenina. Freud, siendo del siglo XIX, va poniendo el punto en la pasividad o la actividad. Cuando Freud dice que el sujeto queda ubicado activa o pasivamente frente aotro de manera ambivalente en lo afectivo, hay que ubicar que la posición femenina no es propia exclusivamente de mujeres. 

En el nudo borromeo, hay un aspecto simbólico y otro real: este último permite ubicar posición femenina. Pasar de la cuestión edípica a la mujer en lo real. Lacan dice que La Mujer no existe, sino que hay mujeres. Los hombres, aunque estén ordenados al goce fálico, tampoco están bajo un mismo modelo. 

En lo imaginario del nudo, la madre pasa por la cuestión ilusoria, del estadío del espejo, de "his majesty the baby". Implica al niño como prolongación de la madre, que puede verse en cuestiones de amor y también polarizarse hacia la agresividad.

En lo simbólico, Lacan dice que el papel de la madre es su deseo. Aquí encontramos al Edipo, la sujeción al deseo de la madre, la ecuacón que produce la significación fálica, donde el niño pasa de ser el falo a querer tenerlo. 

Si la madre está sujeta a la ley de su padre y no a una ley caprichosa y sinte que su hijo es una prolongación fálica de si misma, puede ocurrir que la madre qiera taponar su falta con el hijo o también puede desinvestir a su hijo por querer investir otros aspectos de la vida. Alquí estamos hablando solamente de lo simbólico.

¿Qué pasa en lo real? El nudo borromeo de la madre se conecta con el registro simbólico del hijo. De esta manera, va a leer lo real de ella como marca simbolica en el hijo. Este es el encadenamiento generacional. Si en lo real de una mujer u hombre en la posición femenina ubicamos que esa nada inicial (que después en lo simbóĺico se torna un agujero de la castración) que no estaba inscripta, allí se produce los que Peirce llama el potencial.En la posición femenina, en lo real, hablamos de una nada a la fundación: a fundar un potencial que es imposible de decir por una lado; por el otro, algo que no cesa de no inscribirse pero que no toma al niño (eso es simbólico). En lo real, el goce femenino se basta a si mismo, es un punto en el cual la madre se satisface en la producción misma de su agujero.

Eso que es imposible de decir es tomado por el registro simbólico del hijo, que lee en su madre y decodifica desde si. Lo real está perdido y no cesa de no inscribirse. 

domingo, 2 de agosto de 2020

El deseo de la madre

El primer objeto simbolizado del niño es la madre, y su presencia o ausencia se convertirá en el signo del deseo al que el Sujeto aferrará su propio deseo. También es el que hará de él un niño deseado o no deseado. El término niño deseado corresponde a la constitución de la madre en cuanto sede del deseo, símbolo del niño deseado.

El niño no se encuentra solo delante de la madre, sino que delante de la madre está el significante de su deseo: el falo. De ahí resultan todos los accidentes, los tropiezos, que vamos a encontrar en la evolución del niño.

Alrededor de la sexualidad femenina podemos ubicar que la cuestión de la satisfacción se presenta compleja. La mujer puede obtener satisfacción completa sin que intervenga la satisfacción genital.

La satisfacción femenina puede realizarse por completo en la relación maternal: en todas las etapas de la función de la reproducción, en la gestación, en el amamantamiento y en el mantenimiento de la posición materna.

Entre la madre y la mujer hay una separación. El hijo fálico, o sea aquel niño que es todo para la madre, puede a veces taponar, hacer callar la exigencia femenina, en relación al hombre. Así se ve en los casos en que la maternidad modifica la posición erótica de la madre.

Por lo tanto, la satisfacción vinculada al acto genital, el orgasmo, es algo totalmente distinto, y está vinculado con la dialéctica de la privación fálica.

La satisfacción que se encuentra más allá de la relación genital es de otro orden.

Hay siempre en esta relación madre-hijo algo que está más acá y más allá de la equivalencia fálica (algo no tomado por lo simbólico, el goce).

Lo que está más acá, es decir, del lado de la perversión, en la relación madre-hijo, es la posición de resto que el niño tiene más acá de su equivalencia fálica.

En el discurso analítico se trata de ubicar en la relación hijo-madre la enorme dificultad que es para una mujer un niño. También lo que hay en esto de rasgo de locura.

Lo que anuda a la madre con el hijo no está solamente del lado del bien. Esto nos da una pista sobre el deseo criminal, el deseo de muerte de un hijo. Que toda madre quiera a su hijo es un ideal del amor materno.

¿Cuál es el valor del amor de una madre para la humanización de su hijo? La humanización del pequeño hombre pasará por un deseo que no sea anónimo. ¿Qué quiere decir esto? Para el niño, la dedicación materna vale más cuando la madre no es toda de él y es necesario que su amor de mujer sea referible a un nombre. Solamente bajo esta condición el niño podrá ser inscripto en un deseo particularizado, un deseo anudado al deseo entre ellos.

El deseo de la madre como función realiza anticipadamente el sostén narcisístico.

El deseo del padre será promotor de una operación nominante que hace efectivo el enlace con lo real. Nominando enlaza ese real que un hijo representa.

“Deseo de los padres” es una operación que tendrá por condición que los padres, transmisores como tales de la ley del deseo entre ellos y por el hijo, al mismo tiempo pongan a resguardo sus goces.

Deseo de los padres entre ellos y deseo de los padres por un hijo guardan entre sí una lógica balanceada entre el deseo, el amor y el goce.

Es frecuente que después del nacimiento de un hijo los padres digan que ha disminuido el deseo entre ellos. ¿Qué consecuencias trae esto para el niño? Si consideramos la sexualidad femenina, vemos que hay un desplazamiento de la mujer a la madre y lo vemos en la clínica, en la que escuchamos un discurso que va de la sexualidad a hablar del niño, a quejarse del trabajo que da, a quedar solo en ese tema como si no existiera nada más.

Como nos dice Freud, la niña es la que toma al padre como objeto y espera un hijo de él. Ese objeto tiene carácter de imposible por la privación. Sólo es posible por las equivalencias simbólicas.

La equivalencia simbólica se puede lograr, pero lleva una marca para la niña, fue pedida al padre y le fue privada. Hay una dimensión más allá de la equivalencia que se pueda lograr, esto interroga el lugar del hijo para esa mujer. Por eso siempre es una cuestión clínica importante cuál ha sido el lugar de su propio padre.

Un padre merece respeto cuando hace de una mujer objeto a, causa de deseo. Su condición de hacer de una mujer objeto de su deseo lo muestra, en tanto deseante, como trasmisor en acto de un goce que le falta y desea encontrar en el cuerpo de una mujer. Es esperable que esa mujer causa acepte hacerle hijos y que él, lo quiera o no, asuma el cuidado paterno de ellos.

La clínica muestra que optar por una mujer que lo acepte, en el doble sentido de la palabra, no está al alcance de todo hombre. Un padre no es cualquiera, es un modelo de la función paterna. Ser padre es asunto de deseo, y hacer de la mujer una madre podría complicar en algunos casos la relación con la mujer; para el hombre está siempre presente la tentación de hacerse hijo de su mujer.

Esta configuración hombre-niño es distinta de la posición paterna, y la obstaculiza, al poner a ese hombre en posición de rivalidad fraterna con sus propios hijos.

Aceptarse como padre implica un efecto de separación que permite a un hombre dejar un poco su mujer a otros, al menos a esos otros que son los hijos. El cuidado del padre no es redoblar los cuidados maternos, ni compartir los cuidados. Es un cuidado simbólico, función separadora de su presencia afirmada ante la madre.

viernes, 12 de junio de 2020

Las funciones nominante y nombrante del padre.

Algunos conceptos que, dentro del dispositivo analítico, nos permitan ubicar la relación al lugar del Padre tal como se jugó esta función en cada subjetividad.

En la clínica nos encontramos con los efectos de las funciones del padre tal como se pusieron en juego para cada sujeto.

A lo largo de un análisis se puede construir:
  • Si se jugó o no el Nombre del Padre en lo simbólico, como bien se evidencia en posibilidad del uso de la metáfora.
  • Si el padre pudo intervenir como privador de la madre, o si en cambio el niño quedó atrapado por ella.
  • Si al sujeto lo precede una relación de deseo entre los padres o no.
  • Si la familia conyugal posibilita una constitución subjetiva que implique, por parte del padre, un deseo de dar nombre y apellido a su hijo.
  • En este artículo veremos los conceptos de función nominante y función nombrante del padre, que nos servirán para escuchar estas claves de articulación del análisis.

Las funciones nominante y nombrante
Desde el tercer año de su Seminario, Lacan coloca la función del padre simbólico, es decir el Nombre del Padre, del significante Nombre del Padre.

El padre simbólico está marcado por una ausencia que no tiene que ver con el padre real, ese personaje de carne y hueso que tiene que encarnar la función. Todo padre, para ser padre, necesita del Nombre del Padre. Un padre real necesita del registro simbólico para transformarse en padre.

En el registro simbólico está la transmisión de generación en generación.

Lacan va a colocar la diferencia entre copular y procrear. La copulación no define al padre. Lo que lo define es una marca simbólica que tiene que ver con el deseo de darle un nombre a ese hijo y decir “ese es mi hijo”.  

El padre, en tanto significante, es el padre muerto. El Nombre del Padre funda la ley y el orden, la normativización, y en tanto sostén de la función simbólica será la figura de la ley.

En psicoanálisis, el concepto de padre encontró un sitio relevante a partir de la enseñanza de Lacan, quien dio otro estatuto al complejo de Edipo. En el Seminario Las formaciones del inconsciente, hizo un pasaje del mito a la lógica, hasta llegar a la función nominante del padre.

La función nominante
reafirma no solo el lugar nombrante del padre, es decir, el dar un nombre a su hijo, sino también el nombre que hace de él mismo padre, esto es, el nombre que le es dado al padre. Un sujeto es padre por ser nombrado como tal. Su lugar se hace dependiente del nombre. Al decir “tú eres mi hijo” no solo nombra hijo al niño que ha tenido con su mujer, sino que también hace que su deseo pierda anonimato.


En el texto de  “Dos notas sobre el niño”, Lacan toma este punto cuando se refiere a la familia como función. La familia es irreductible como transmisión de la función de Padre y la función de Madre.

La familia conyugal es presentada cumpliendo una función de residuo que sostiene y mantiene la posibilidad de una constitución subjetiva a partir de “un deseo que no sea anónimo”.

Para que las funciones materna y paterna tengan esa categoría de función, no deben ser anónimos. Esto quiere decir que hace falta que el deseo, tenga nombre y apellido, que no sea sin nombre, que quede unido a un linaje.

La función materna debe evocar una falta, como forma de dar cuenta de la castración; la función paterna, debe ejecutar una mediación entre el Ideal del yo y el deseo materno, vectorializando con su nombre la “encarnación de la Ley en el deseo”.

Cuando hablamos de funciones materna y paterna, debemos pensarlas al menos en tres generaciones.

  • El padre como interdictor, el padre real
  • El padre existe incluso sin estar, porque de lo que se trata es del padre como función y de su lugar en la familia. No hay que confundir, nos dice Lacan, el padre en cuanto normativo y el padre en cuanto normal.
Un padre que interviene en distintos planos. ¿Qué es lo que prohíbe el padre? Prohíbe la madre, que en cuanto objeto es suyo y no del niño. Es el principio del complejo de Edipo, y es aquí donde el padre está vinculado con la ley primordial de la interdicción del incesto. El padre es el encargado de representar esta interdicción.

Nos dice Lacan que es mediante toda su presencia, por sus efectos en el inconsciente, como lleva a cabo la interdicción de la madre. Como sabemos, la relación del niño con su madre es, en el mejor de los casos, muy estrecha, y el niño se convierte en objeto de satisfacción para esa madre. La interdicción del padre (“Basta con ese niño, acá estoy yo, volvé conmigo”, con todas sus connotaciones) prohíbe, coloca un límite al goce materno.

Por lo tanto, en esta etapa, tanto en el niño como en la niña, se establece aquella rivalidad con el padre que por sí misma engendra una agresión.

El padre simbólico: la metáfora
El padre es el padre simbólico, o sea la posibilidad de producir metáfora. Una metáfora es un significante que viene en lugar de otro significante.  Se trata de lo que se ha constituido como primordial de una simbolización entre el niño y su madre: el padre colocado como símbolo en lugar de la madre es el padre en el complejo de Edipo.

La posición del Nombre del Padre, la calificación del padre como procreador, es un asunto en el nivel simbólico.

El deseo de la madre, este deseo del Otro, tiene un más allá. Para alcanzar este más allá se necesita una mediación, y esta mediación la da precisamente la posición del padre en el orden simbólico.

La relación del niño con el falo, significante de la falta, a nivel imaginario se establece porque el falo es el objeto del deseo de la madre.

El padre, en la medida en que priva a la madre del objeto de su deseo, desempeña un papel esencial. Es en plano de la privación de la madre donde en un momento dado de la evolución del Edipo se plantea para el sujeto niño la cuestión de aceptar, de registrar o rechazar esa privación materna.

Cuando el padre entra en función como privador de la madre, lo que es castrado no es el Sujeto, sino la madre.

Si el niño no franquea ese punto nodal, no acepta la privación del falo en la madre operada por el padre, mantiene una determinada forma de identificación con el objeto de la madre (el falo). En este nivel se plantea ser o no ser el falo para ella.

La etapa siguiente del complejo de castración será pasar a tener o no tener.

Lo importante no son las relaciones personales entre el padre y la madre, sino las relaciones de la madre con la palabra del padre, que la madre fundamente al padre como mediador de lo que está más allá de su ley, la de ella y de su capricho, es decir la ley del padre propiamente dicha. Se trata del Padre en cuanto Nombre del Padre, vinculado con la enunciación de la ley. Es en ese nivel que es aceptado o no es aceptado por el niño como aquel que priva a la madre del objeto de su deseo. El vínculo de la castración con la ley es fundamental.

El objeto privilegiado del niño es la madre y le está prohibida, le genera una agresividad que dirige al padre. La amenaza de castración es la intervención real del padre con respecto a una amenaza imaginaria. El padre prohíbe no solo al niño, sino también a la madre.  

Los tres tiempos del Edipo
Conviene para continuar que repasemos los tres tiempos del Edipo según los plantea Lacan:

PRIMER TIEMPO
Lo que el niño busca en cuanto deseo de deseo es poder satisfacer el deseo de su madre, es decir ser o no ser el objeto de deseo ella. El sujeto se identifica en espejo con el objeto de deseo de la madre. Es la etapa fálica primitiva. Al estar la primacía del falo, el niño capta que para gustarle a la madre basta y es suficiente con ser el falo. El no poder constituirse en objeto de deseo para ella tiene como efecto la problemática de las psicosis. Si se da la psicosis en el hijo podemos pensar cómo estuvo el Nombre del Padre y la inscripción fálica para esa madre.

SEGUNDO TIEMPO
El padre interviene en calidad de mensaje para la madre. “No”: el mensaje de interdicción. Si esto se produce, la entrada del padre como interdictor, a pesar de una función siempre fallida, da lugar a la neurosis. De lo contrario nos encontramos con la perversión.

El padre está como metáfora si, y sólo si, la madre lo convierte en aquel cuya sola presencia sanciona la existencia del lugar de la Ley.

TERCER TIEMPO
De esta etapa depende la salida del Edipo. El padre ha demostrado que da el falo sólo en la medida en que es portador de la Ley. Puede dar o negar porque tiene el falo.  

El padre interviene en este tercer tiempo como el que tiene el falo y no como el que lo es, y por eso reinstaura la instancia del falo como objeto deseado por la madre. El padre puede darle a la madre lo que ella desea porque lo tiene. Interviene entonces el plano de la potencia. Por eso la relación de la madre con el padre vuelve al plano real, o sea de lo genital, en un más allá del niño. El niño es desalojado de aquella posición ideal donde él y su madre podían satisfacerse.

Esta etapa supone para el niño una identificación con el padre que le permita a sí mismo, más adelante, ser hombre.

El complejo de Edipo, desde el primer tiempo hasta el final, implica la relación al lugar del padre y es fundamental para ubicar la neurosis, la perversión y la psicosis.

El Padre como significante
Retomando el padre simbólico, Lacan nos enseña que es un nombre, un significante, y que ese nombre es instaurado por la madre, ya que es la madre la que dice “este es tu padre”.  

Vuelvo al punto donde un padre real necesita del registro simbólico para transformarse en padre. Lo que define al padre es una marca simbólica: darle un nombre a ese hijo.

En la única clase que llega a dar del Seminario “Introducción a los Nombres del Padre” Lacan hace un recorrido de lo trabajado en los seminarios en relación a la función del Nombre del Padre y se refiere al nombre propio en los seminarios “La identificación” y “Problemas cruciales…”. El nombre propio es definido por la relación nominante con algo que es del orden de la letra. Se trata de un trazo, una marca que tiene relación con el escrito, la letra.

Lacan nos dice: “La fundación del trazo no está tomada en ninguna parte más que en su unicidad, por lo que no se puede decir otra cosa de él sino que es lo que tiene en común todo significante de ser ante todo constituido como un trazo, de tener ese trazo como soporte. […] Nombre propio, vale por la función distintiva de su material sonoro, rasgo distintivo, el uso de una función sujeto del lenguaje: la de nombrar por su nombre propio. […] Lo que distingue un nombre propio […] es que de una lengua a otra eso se conserva en su estructura, su estructura sonora. […] Lacan es Lacan”.

El nombre propio no se traduce de una lengua a otra (pues no tiene significación), se transfiere y esa es su característica.

Como veremos más adelante, Lacan trabaja la relación entre el nombre propio, el rasgo unario y la constitución del sujeto en relación al significante.

Por lo pronto, hemos recorrido algunos conceptos como función paterna, Padre simbólico, función materna, función del padre como interdictor, la función de la familia conyugal, función nominante y función nombrante, que dentro del dispositivo analítico nos permiten ubicar la relación al lugar del Padre y como se jugó esta función en cada subjetividad.

viernes, 19 de julio de 2019

Posiciones perversas en la madre.



En el tramo final libro Posiciones perversas en la infancia1 conjeturamos que no hay posición perversa en el niño sin una madre que haga de ese niño su fetiche, entendido éste como un objeto de goce que desplaza al partenaire sexual. Dejamos así abierta una nueva línea de trabajo: la de las posiciones perversas en la madre. Este trabajo tiene por objetivo dar los primeros pasos en tal sentido. Dar los primeros pasos en un trabajo de investigación equivale a: situar qué se ha dicho al respecto y proponer alguna hipótesis que apunte a producir distinciones en un campo donde la caracterización de las presentaciones clínicas es difusa.

El tabú sobre la maternidad. La maternidad asoma como uno de los pocos campos respecto de los cuales se preserva un prudente silencio respecto de sus ligazones con la sexualidad. Tal como afirma Eric Laurent: “Se olvida, con la fascinación por la relación madre-hijo, que el hijo ocupa el lugar de un condensador de goce. (…) Que el maternaje, el ocuparse de los niños, es una actividad sexual y no educativa o sublimada”.2 
Confluyendo en esta línea, La Dra. Estela V. Welldon en el libro conocido en nuestro medio como Madre, virgen, puta.Las perversiones femeninas, pero cuyo título original se traduciría mejor como La idealización y denigración de la maternidad, sostiene que “el fracaso a la hora de diagnosticar a estas mujeres [como perversas] es en parte el resultado de la glorificación social de la maternidad y el rechazo incluso a considerar que ésta pueda tener un lado oscuro”3.
Como dato ilustrativo, cabe recordar que en nuestro país permanece sin estrenarse desde 1989 la película Kindergarten, de Jorge Polaco, donde se roza el tema del incesto. Se trata de la única película argentina censurada desde el retorno de la democracia.
Laurent señala que el discurso analítico debe responder aquí destacando “el tormento que es, para una mujer, un niño y que a pesar de siglos de exaltación mística materna o de la mística femenina, es muy difícil ser madre, porque es un tormento efectivo”4. Tal tormento contempla entre sus salidas la perversión del maternaje.

viernes, 22 de diciembre de 2017

La Función Materna.

O. ¿De dónde viene la necesidad del concepto 'función materna'? Seguramente del hecho de que todo concepto, al menos en psicoanálisis, deja escapar, como de una red, algo de real, en el mismo acto de aprehenderlo.

1. ¿Por qué nombrar una nueva función? ¿Acaso no basta con una para sostener el edificio analítico y la estructura subjetiva? Osaremos adelantar pues: aún cuando la mujer esté referida al Nombre-del-Padre, puede ocurrirle no ser su pasadora para uno de sus hijos, aunque lo haya sido para otros.

1.1. Plantear la existencia de una función materna implica forzosamente, por el hecho mismo de hacerlo, reconocer que la afirmación del Nombre-del-Padre no asegura por sí sola el modo por el cual la estructura se reproduce. La definición de esta función prescribe que una mujer, al desear a un niño fálicamente marcado, lo reconoce como un producto que es en su carne, nombre. La reproducción sexuada es pues, no sólo de monto metafórico, sino materialmente, producción de nombres.

1.2. Podemos afirmar por lo tanto, que una madre, por más estructurada que esté en el discurso, no puede asegurar por sí sola, en tanto sujeto, que su simple función pueda cumplirse más o menos felizmente.

2. En el origen de las psicosis que vienen del lado materno —porque también pueden venir del lado del padre o de ambos— existe un desconocimiento radical de que el falo es un Nombre-del Padre.

2.1. Cada uno, falo y Nombre-del-Padre, son uno y binarios a la vez. El tercero, el objeto, es un producto, pero excede, a la vez, toda identidad con los otros dos y consigo mismo.

2.2. En el hecho de que el falo pueda no ser un Nombre-del-Padre, yace un goce que merece un estudio profundo. La no identidad entre uno y otro, que no es simplemente lo contrario a su identidad —pudiendo sostenerse la negación de manera distinta— es, aquí, el resultado de un rehusamiento específico —sentido exacto de la Versagung [frustración] freudiana.

3. Por otra parte, esta Versagung, este rehusamiento, reside en tanto tal en la estructura y se declina de manera distinta en hombres y mujeres. Cuando resulta ser eficaz en una madre, le permite pensarse única creadora y decirle a su hijo: "eres carne de mi carne".

4. Curiosamente, cuando esta diferencia ocurre en la 'vida sexual' de una mujer, no existe motivo alguno para que se encuentre nuevamente en el goce específicamente materno. Y viceversa.

5. Que el falo pueda permanecer en lo real, parcialmente innominado, es un efecto de la estructura en el Otro. Sin embargo, no da igual que haya o no una incidencia subjetiva producida por la madre en tanto tal, que ensanche o inclusive, cristalice, esta brecha.

5.1. Brecha que se dice de distintas maneras:
- goce femenino de un falo sin nombre —lo cual puede ser un borde demasiado subrayado en la histeria y que Lacan llamaba su "sin fe" (sans foi);
- goce materno de un falo que goza solo, y de sí mismo, como la idea hegeliana —en la Pequeña Lógica—, siendo entonces su único destino el ser rechazado. Ambas operaciones —que producen presentaciones distintas de este significante— son diferentes y asimétricas y encuentran su apoyo gramatical en la ruptura de los sentidos objetivo y subjetivo del genitivo.

6. Igualmente, en general, la entrada de una mujer en el discurso se realiza deseando el falo como nombre. Sin esta condición que hace a la estructura de la feminidad —y a su forclusión inherente—, la función nominante del Nombre-del-Padre se vería comprometida.

6.1. Pensamos que esto es válido como regla en la historia que conocemos; las excepciones —Mesalina, Catalina de Rusia, etc.— no hacen serie.

6.2. Resulta esto válido hasta aquí, porque actualmente el discurso de la ciencia ejerce su eficacia clivando profundamente el binario fálico e introduciendo con esta operación condiciones históricamente nuevas de producción de locura. Asimismo, psicoanálisis y discurso de la ciencia —en particular aquel que se desprende del estado actual de la genética— se han vuelto profundamente antinómicos, cuando no lo eran en la época de Freud, y el primero es quien debe tomar, sin garantía alguna y profundamente solitario, la posición de guardián de la cultura, ya que ésta siempre existió en una relación sustancial con la función nominante.

7. En las "psicosis infantiles" el niño es recibido como puro objeto: la marca fálica es ciertamente inscriptible, pero difícilmente'. Mientras que en el autismo llamado primario, al aparecer como falo radiante, no puede radicalmente, y con razón, ser marcado por ésta. Fracasa el Nombre-del-Padre en su carácter doble o bifaz: aquí es puro goce.'

8. La madre del niño autista no logra pensar, inclusive inconscientemente, que el niño que lleva —en su vientre o en sus brazos— es un ser hablante desde siempre, que es hablante en su ser, aunque no lo haga efectivamente al nacer o unos meses después. El hecho de hablarle es para ella totalmente incongruente.

8.1 Esto me ha sido dicho, tanto por madres que consultaban por un niño llamado autista, como por ciertas pacientes en análisis que se encontraron ante un niño, nacido durante la cura, del cual no hablaban, al cual no le dirigían la palabra en la casa, y que aún no hablaban a la edad en que otro niños ya lo hacían.

9. Este carácter incongruente de la palabra con un ser que no habla podría decirse en tres tiempos simultáneos:

1°) El goce de este niño es inconmensurable, ya que
2°) No hay unidad de medida, y además
3°) No hay ningún goce.

9.1. No obstante, las consecuencias de esta no-congruencia —vivida como tal— de la relación entre el Uno (el 1) —instrumento de medida por excelencia— y el objeto, entre la palabra y el niño no tardarán demasiado en hacerse notar, porque para poder incorporar la voz es necesario que ésta sea la alteridad de aquello que se dice (Lacan). No es sólo sustancia, sino pura diferencia. La voz como objeto presenta, única entre los demás, un isomorfismo con el gran Otro.

10. Así es como se le habla al niño con el mismo tono que se habla en la calle, en la oficina, al padre, o a la familia en general. La persona que me comunicaba esto —que pasaba su vida en silencio, tanto en la oficina frente a la pantalla de la computadora, como en su casa ante su caballete de pintora, o bien leyendo un libro— me decía, luego de demorar mucho, mucho tiempo para encontrar las palabras, que emplear un tono de voz diferente para dirigirse al bebe le hubiese parecido.. .una payasada. Y —podríamos agregar—, una actitud contraria a su ética, ya que para ella el pan no era más que pan, y el vino sólo vino. Por otra parte, nunca comenzaba a hablar primero con nadie—excepto con Usted..., pero aquí es distinto...— y pensar en dirigirse a su hijo la sometía a una extraña sensación de sin-sentido.

Rápidamente derivado por mí a un análisis, el niño habló, probablemente, no sólo porque la analista elegida fuera excelente, ni tampoco por haber podido la madre considerar nuevamente su ética con relación al pan y al vino, sino, principalmente y en nuestra opinión porque, siendo portadora de un nombre de origen eslavo, esta mujer había elegido para su hijo un nombre poco y nada usado en Francia, igualmente eslavo, aunque el padre tuviera un nombre perfectamente francés y su hijo, reconocido, llevara su nombre patronímico.

11. La madre de Fabian tampoco hablaba. O raras veces. Fue su marido quien me contaba, semana tras semana qué hacía o deshacía su hijo en la casa, los pequeños gestos de la vida cotidiana. Nacida en una familia pobre y numerosa, ella había sido enviada a una escuela de monjas y había vuelto al hogar años después, sólo para encargarse de los hermanitos. El padre, alcohólico, le pegaba a su mujer, y una noche, antes de que comenzaran los golpes, un hermano mayor, cansado de esta escena que no acababa nunca, clavó un cuchillo en la espalda del padre. Ella fue, de toda la casa, quien se inclinó para retirárselo de la herida.

El filo se había deslizado hacia el omóplato, cuando oyó al médico que acudía decir en voz alta que con su gesto hubiera podido acabarlo, comprendió que su culpa no tenía remisión. Muchos años después, habiéndose separado los padres, lo volvió a ver en una de esas ceremonias que permiten, en una suerte de solemne confirmación, celebrar el reencuentro de toda la familia. Pero éste no la reconoció y pasó a su lado sin siquiera reparar en ella. En ese momento pensó: "No tengo padre; nunca lo tuve".

Fabian nació un fin de semana en que no lo esperaban, ya que el embarazo sólo llegaba a término dos semanas después. Contando con ese —largo— tiempo, el padre había viajado por dos días para ser testigo de la boda de su hermano en otra cuidad.

Cuando la madre lo tomó en sus brazos, tuvo —me dirá años más tarde— dos pensamientos: "Cuanto más rápido muera, mejor para él"; "Sabe todo, todo de mí". Al percatarse de lo que había pensado, la certeza de su profunda indignidad le volvió abruptamente, más clara que nunca. Años más tarde, cuando el mundo médico comenzaba a preocuparse por la mudez de su hijo, otro pensamiento se apoderó de ella y, al darme aquel día esos pensamientos se desprendía repentinamente, como justificándose, de un peso enorme. De tal forma que nunca más volvió a hablar de eso. "Se calla porque no quiere que sepan cómo está hecho por dentro. Como yo".

La noche del nacimiento de Fabián, estando su marido ausente, coincidía con el aniversario de la muerte (por un ataque de epilepsia) del hermano mayor que había clavado el cuchillo en la espalda del padre.

Durante este largo relato en que la madre unía trozo a trozo los fragmentos esenciales de su vida, Fabian estaba en la sala de espera junto a su padre y no había oído nada. A la semana, este niño que a los cinco años jamás había emitido ningún sonido articulado. comenzaba a pronunciar palabras, luego oraciones, sin dudar siquiera sobre la articulación de algún fonema.

12. Si lo propio de la función materna es crear la alteridad de lo que se dice, es porque una madre no ocupa el lugar del Otro por el sólo hecho de ser madre. A contrario imperio, la creación de la alteridad es la que permite, estando en el lugar del Otro, separarse del objeto. Tanto del niño para dárselo al padre, corno del pecho para dárselo al niño, o de su voz para estar en condiciones de escuchar los movimientos corporales del bebe como mensaje propiamente lingüístico.

Cuando no ocurre esta creación del Otro, no le queda sino el lugar de objeto, sometida a la angustia que ello supone: sentirse succionada por cualquier demanda, así como amenazada constantemente por la pérdida, no del objeto, sino de su propio cuerpo.

13. Por su parte, el niño autista pareciera haberlo "comprendido", porque realiza, con relación a su madre, una tarea que llevará a ésta a serle eternamente deudora: él no le pide nada, verbalmente. Aunque, gracias al análisis, logre unir palabras con palabras y oraciones con oraciones.

14. Por otra parte, la función materna, tanto como el falo y el Nombre del-Padre, es bifaz. Y existe, por excelencia, en una apuesta: que el objeto portado por la madre será sujeto. Porque recién al apostarlo el sujeto existe, es producido, al mismo tiempo yen la misma jugada que el lugar del Otro. Esta doble creación es la propiedad específica y definitoria de la función. Creando el lugar del Otro en su propio cuerpo, la madre permite y otorga al niño las condiciones para que, al mismo tiempo, el cuerpo del niño se vuelva también lugar del Otro.

15. Feminidad y función materna echan raíces en un solo y mismo lugar, pero sus relaciones no necesariamente son pacíficas, porque cada cual destina el falo a un lugar diferente.

15.1 Este lugar, que hace que la función sea posible y deseada, pero, a su vez, falible y hasta evanescente, es escrita por Lacan
Lugar de escritura por él llamado, al menos una vez, de la Virgen', que hace que cada hombre de su vida y cada uno de sus hijos, sean para una mujer, únicos. Sin embargo, si ella permanece allí como tal, este lugar se vuelve, además, la sede de una angustia difícilmente bordeable. Por otra parte, es en este lugar y negativizándolo, que una mujer produce, por su decir y en un decir, la función del Urvater de la cual está separada
y puede, entonces, articular 𝚽 con a, que es el efecto por excelencia de la función. Al ser pasadora se vuelve pasante, y en este mismo acto ocurre el pasaje.

16. Esta correlación entre a y 𝚽 es lo que permite, en el cuerpo real del niño, la aparición y el anudamiento de las pulsiones, como 'su' respuesta al decir del Otro.

16.1. Tal vez esto fuera lo que Winnicott llamaba, según las circunstancias, solicitud materna primaria y locura funcional de la madre.

16.2. La escritura lógica permite articular que la función materna, pasante del Nombre-del-Padre, posibilita no sólo crear el lugar del Otro —que es la condición apenas necesaria para dar cuenta del nacimiento de la pulsión— sino también creer que se es el Otro. Por lo menos un tiempo suficiente.

Fuente: Yankelevich Héctor, "Lógica del goce", capítulo III