Mostrando las entradas con la etiqueta aparato psíquico. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta aparato psíquico. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de octubre de 2026

De la exigencia pulsional al acto: recorrido metapsicológico desde el ello hasta el polo motor

¿Cómo una exigencia pulsional, que tiene su fuente en el cuerpo, adquiere una organización psíquica y termina produciendo una acción motriz?

Lamentablemente, no es tan fácil como suponer que existe una línea directa entre el ello y el sistema motor. La acción no es simplemente la descarga de una cantidad de excitación que viaja desde una instancia hasta un músculo. Para responder, conviene reconstruir el proceso desde Freud, porque entre la exigencia pulsional y la acción intervienen representaciones, investiduras, procesos de pensamiento, defensas, afectos y operaciones del yo.

Además, hay que distinguir dos problemas:

  1. El problema económico: cómo se moviliza y tramita la excitación pulsional.
  2. El problema tópico y dinámico: cómo esa exigencia se representa, se transforma, encuentra vías de satisfacción y llega —o no— a traducirse en una acción.

Vayamos primero el modelo freudiano y después relacionémoslo con la cuestión lacaniana de la demanda y el circuito pulsional.

El punto de partida: la pulsión no nace en el polo motor

En Pulsiones y destinos de pulsión (1915), Freud define la pulsión mediante cuatro componentes:

  • Fuente (Quelle): el proceso somático del que parte la exigencia.
  • Presión (Drang): el factor motor de la pulsión, entendido como la suma de fuerza que representa su exigencia de trabajo para lo psíquico.
  • Meta (Ziel): la satisfacción, alcanzable mediante la cancelación o modificación del estado de estimulación en la fuente.
  • Objeto (Objekt): aquello por medio de lo cual la pulsión puede alcanzar su meta.

Esta distinción es fundamental porque evita confundir la presión pulsional con la acción motriz.

La presión es el factor motor de la pulsión, pero no es todavía un movimiento corporal. Es una exigencia de trabajo impuesta a lo psíquico.

Por ejemplo, una persona puede experimentar una exigencia intensa de buscar a alguien, llamarlo o escribirle. Esa urgencia puede sentirse como si el cuerpo ya estuviera empujando hacia la acción.

Sin embargo, entre la exigencia y la ejecución existe una organización psíquica. La persona puede fantasear con el encuentro, recordar una conversación, anticipar una respuesta, inhibir el movimiento, sustituir la acción por otra o ejecutar el acto.

La misma exigencia puede encontrar destinos diferentes. La presión pulsional no determina por sí sola cuál será la acción que la satisfaga.

Esta es nuestra primera premisa.

El modelo del aparato psíquico: de la percepción a la motilidad

Para reconstruir el trayecto, tomaría dos modelos freudianos que conviene mantener diferenciados: el aparato neuronal de Proyecto de psicología (1895) y el aparato psíquico de La interpretación de los sueños (1900).

No son modelos idénticos, pero ambos permiten pensar cómo circula la excitación, cómo se inscribe una huella y cómo el aparato puede producir una respuesta motriz.

A. El modelo de 1895: la tendencia a la descarga y la acción específica

En el Proyecto de psicología, Freud intenta explicar el funcionamiento psíquico mediante un modelo neuronal y económico.

Su punto de partida es un principio de inercia neuronal: las neuronas tienden a evacuar la cantidad de excitación que reciben. Sin embargo, los estímulos endógenos plantean un problema particular.

A diferencia de un estímulo externo, del que el organismo puede apartarse, las exigencias procedentes del interior del cuerpo persisten. Por eso, el aparato no puede resolverlas mediante una simple descarga refleja.

Freud introduce entonces la noción de acción específica (spezifische Aktion).

La acción específica es aquella intervención capaz de producir las condiciones para cancelar la fuente de la excitación. En el ejemplo de la alimentación, no basta con realizar cualquier movimiento: hace falta una acción adecuada que permita obtener alimento y satisfacer la necesidad.

Para que esa acción sea posible, el aparato necesita algo más que descargar excitación. Necesita organizar una respuesta eficaz en el mundo exterior.

En el desarrollo freudiano, el auxilio ajeno adquiere un papel fundamental: el organismo inicialmente incapaz de realizar por sí mismo determinadas acciones depende de otra persona para resolver la situación.

Esta experiencia participa en la constitución de las primeras organizaciones psíquicas.

Aquí aparece una primera diferencia decisiva entre la descarga y la acción:

  • La descarga disminuye una cantidad de excitación.
  • La acción específica modifica las condiciones que producen la excitación.

No toda descarga resuelve la exigencia que la originó. Y no toda acción motriz constituye una acción específica en el sentido freudiano.

Esta distinción nos servirá para pensar las impulsiones: una conducta puede descargar una tensión sin resolver aquello que la mantiene activa.

B. El modelo de 1900: el polo perceptivo y el polo motor

En el capítulo VII de La interpretación de los sueños, Freud presenta un esquema del aparato psíquico con dos extremos.

En un extremo se encuentra el sistema perceptivo, que recibe las excitaciones. En el otro, el sistema motor, por el cual el aparato puede producir una descarga o una acción sobre el mundo exterior.

Entre ambos extremos se sitúan los sistemas de memoria y los procesos de elaboración psíquica.

Freud representa el aparato como un dispositivo en el que la excitación sigue una dirección general desde la percepción hacia la motilidad (progrediente), aunque los procesos del sueño muestran que también puede producirse un movimiento regresivo hacia los sistemas perceptivos.

La representación esquemática simplificada sería:

Percepción --> Memoria y elaboración --> Motilidad

Pero hay una precaución importante: este esquema no significa que toda pulsión entre por el polo perceptivo y recorra después una secuencia fija hasta el polo motor.

La pulsión tiene una fuente interna. No necesita ingresar desde el exterior a través del sistema perceptivo para ejercer su presión.

El esquema de 1900 permite comprender la organización general del aparato y sus vías de circulación, pero no constituye por sí solo un modelo completo de la transformación de la pulsión en acción.

Para eso necesitamos incorporar la representación pulsional, los procesos inconscientes, la función del yo y las condiciones de acceso a la motilidad.

3. Primer momento: la exigencia pulsional encuentra representantes psíquicos

Volvamos a la pulsión.

En sentido estricto, no debemos imaginar una energía que parte del ello y se desplaza por una serie de compartimentos hasta alcanzar el sistema motor.

Freud distingue la pulsión de sus representantes psíquicos. En Lo inconsciente (1915), plantea que una pulsión no puede convertirse directamente en objeto de la conciencia: lo que puede hacerse consciente es la representación que la representa y el factor afectivo ligado a ella.

Por eso, para reconstruir el trayecto hacia la acción, tenemos que introducir el problema de la representación.

¿Qué ocurre cuando una exigencia pulsional adquiere una representación?

La exigencia pulsional impone un trabajo a lo psíquico. En el aparato, esa exigencia puede quedar asociada con representaciones, huellas mnémicas, fantasías y vías de satisfacción previamente constituidas.

Estas asociaciones no son necesariamente conscientes. Supongamos que un sujeto experimenta una exigencia de contacto con otra persona.

La exigencia no determina por sí misma que deba enviar un mensaje. La posibilidad de escribirle adquiere sentido dentro de una red de representaciones:

  • La representación de esa persona.
  • El recuerdo de encuentros anteriores.
  • La expectativa de recibir una respuesta.
  • La fantasía de que esa respuesta modificará su estado.
  • La representación de lo que podría suceder si no obtiene respuesta.

Estas representaciones pueden adquirir diferentes intensidades y organizarse de diversas maneras.

La exigencia pulsional queda así articulada con un conjunto de vías asociativas que hacen posible determinada modalidad de satisfacción. Ahora bien, no todo acto tiene que ser precedido por una representación consciente de este tipo. 

En muchas ocasiones, el sujeto actúa sin poder reconstruir de antemano la secuencia que lo condujo a la acción.

Lo importante es que la acción no se deduce directamente de la fuente somática, como decíamos al principio, sino que requiere una organización psíquica que permita seleccionar y poner en funcionamiento determinada vía de satisfacción.

La representación no es todavía la acción

Que una representación se encuentre intensamente investida no significa que vaya a traducirse necesariamente en una conducta.

El sujeto puede pensar reiteradamente en una persona sin llamarla. Puede fantasear con una acción que nunca realiza. Puede experimentar un impulso y detenerse.

La representación puede permanecer en el pensamiento, desplazarse hacia otra representación, integrarse en una formación de compromiso o ser objeto de una defensa.

Por eso debemos distinguir:

  1. La exigencia pulsional.
  2. La representación que la representa.
  3. La investidura de esa representación.
  4. Los procesos que permiten o impiden que esa investidura se traduzca en acción.

Esta distinción será decisiva cuando lleguemos al yo.

Segundo momento: el proceso primario moviliza las representaciones

Una vez que introducimos la representación, tenemos que preguntarnos cómo se organiza su investidura.

En La interpretación de los sueños y Lo inconsciente, Freud distingue el proceso primario del proceso secundario.

En el proceso primario, las investiduras pueden desplazarse entre representaciones y concentrarse en ellas. El desplazamiento y la condensación son mecanismos centrales de esta modalidad de funcionamiento.

Para nuestro problema, importa particularmente el desplazamiento de la intensidad psíquica.

Una representación puede adquirir una intensidad que no se explica por su importancia objetiva. A la inversa, algo que parece central para el sujeto puede quedar relativamente desinvestido cuando entra en juego un conflicto inconsciente.

Pensemos en un sujeto que ha recibido un mensaje ambiguo de su pareja.

La situación desencadena una serie de asociaciones. Una palabra adquiere una intensidad particular; aparece el recuerdo de una discusión anterior; el sujeto anticipa un abandono y comienza a sentir una urgencia por obtener una respuesta.

La intensidad de la exigencia de escribirle no depende exclusivamente del mensaje actual. Puede estar sobredeterminada por otras representaciones y por las vías de satisfacción que se han constituido en la historia del sujeto.

El proceso primario permite comprender que la intensidad psíquica puede organizarse de maneras que no coinciden con la importancia consciente de los acontecimientos.

Pero aquí tenemos que introducir una precisión: el proceso primario, por sí solo, tampoco explica la ejecución motriz de una acción.

Explica modalidades de circulación y organización de las investiduras. Para comprender cómo una representación llega a producir una acción, tenemos que examinar la relación entre el proceso primario, el proceso secundario y el yo.

Tercer momento: el yo interviene en la organización de la acción

Este es uno de los puntos centrales de esta entrada. Si el ello es el polo pulsional, ¿por qué una exigencia que emerge de él no se descarga automáticamente en una acción?

Porque el aparato psíquico no es una conexión directa entre una fuerza y un efector motor. Hay procesos que pueden modificar la trayectoria de la excitación, inhibir determinadas vías y favorecer otras.

En El yo y el ello (1923), Freud describe al yo como una organización que se desarrolla a partir del ello bajo la influencia del mundo exterior.

El yo no es independiente de las exigencias pulsionales: está constituido en relación con ellas y depende de sus investiduras. Sin embargo, adquiere funciones que permiten organizar la relación del organismo con la realidad.

Entre ellas se encuentran la consideración de las condiciones externas, la inhibición de ciertos procesos, la organización del pensamiento y la participación en la ejecución de acciones.

A. La inhibición de la descarga

Freud ya había introducido en el Proyecto de psicología la importancia de la inhibición.

En aquel modelo, la inhibición permite que el aparato no descargue de manera inmediata toda la cantidad de excitación que ha alcanzado una determinada organización. Esa posibilidad resulta fundamental para que se desarrollen procesos psíquicos más complejos.

En términos generales, la inhibición permite que el aparato conserve condiciones para realizar un trabajo ulterior, en lugar de descargar inmediatamente la excitación.

En la segunda tópica, la función del yo puede comprenderse en relación con esta capacidad de organización e inhibición.

Imaginemos que un sujeto siente el impulso de golpear a alguien durante una discusión.

La intensidad del afecto y la exigencia de actuar pueden ser muy elevadas. Sin embargo, el sujeto puede detenerse, considerar las consecuencias, recordar una situación anterior o encontrar otra forma de responder.

La exigencia no desaparece necesariamente. Lo que se modifica es su relación con la acción.

El yo puede intervenir para impedir que una vía motriz se active de manera inmediata, dando lugar a otros procesos. Esto no significa que el yo tenga siempre éxito ni que la inhibición dependa exclusivamente de una decisión consciente.

Las defensas, los conflictos inconscientes, las condiciones afectivas y la organización psíquica del sujeto intervienen en las posibilidades de inhibición.

B. El pensamiento como acción de prueba

La función del pensamiento adquiere aquí una importancia particular.

En Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911), Freud vincula el desarrollo del pensamiento con la necesidad de tolerar el aplazamiento de la satisfacción.

En lugar de descargar inmediatamente la excitación, el aparato puede conservar la investidura y producir recorridos de pensamiento que permitan considerar las condiciones de una acción.

El pensamiento permite ensayar posibilidades sin ejecutarlas efectivamente.

Por ejemplo, el sujeto puede imaginar qué ocurriría si llamara, anticipar la respuesta de la otra persona y evaluar las consecuencias antes de decidir si realiza la llamada.

En este sentido, el pensamiento introduce una distancia entre la exigencia y la ejecución.

No obstante, no debemos confundir el proceso secundario con una instancia racional siempre eficaz. El pensamiento puede quedar subordinado a la exigencia pulsional y funcionar como una elaboración destinada a justificar una acción ya impulsada.

Un sujeto puede pasar horas construyendo argumentos para escribirle a alguien y utilizar el pensamiento no para inhibir la acción, sino para encontrar una vía que permita ejecutarla.

Por eso, la existencia de pensamiento no garantiza que el yo esté regulando eficazmente la exigencia pulsional.

C. La prueba de realidad

La prueba de realidad permite distinguir, en términos generales, entre una representación y la existencia efectiva de aquello que representa.

Su desarrollo está ligado a la capacidad del aparato para diferir la satisfacción y buscar en el mundo exterior las condiciones necesarias para alcanzarla.

En la organización de una acción, esto significa que el sujeto puede considerar si el objeto está disponible, qué respuesta cabe esperar y qué consecuencias tendrá su conducta.

Pero la prueba de realidad no elimina el conflicto inconsciente.

El sujeto puede saber perfectamente que una persona no quiere verlo y, aun así, continuar intentando contactarla. El conocimiento de la realidad no garantiza que las investiduras inconscientes se modifiquen en consecuencia.

En esos casos, tenemos que investigar por qué la representación de la realidad no logra modificar suficientemente la organización de la conducta.

La respuesta no puede deducirse de la sola existencia de una impulsión. Puede haber distintas configuraciones clínicas y distintos grados de capacidad para inhibir, elaborar o reorganizar la exigencia.

6. Cuarto momento: la elección de una vía de satisfacción

Hasta aquí hemos hablado de la exigencia pulsional, las representaciones, las investiduras y la inhibición.

Ahora tenemos que incorporar otro elemento: el objeto.

Freud sostiene que el objeto de la pulsión es aquello por medio de lo cual esta puede alcanzar su meta. No es necesariamente un objeto fijo ni está determinado de antemano por la fuente pulsional.

Esto significa que una exigencia puede encontrar diferentes vías de satisfacción.

Por ejemplo, ante una situación de rechazo, una persona podría:

  • Insistir en obtener una respuesta.
  • Retirarse de la relación.
  • Buscar a otra persona.
  • Fantasear con una reparación futura.
  • Desplazar su actividad hacia otra tarea.
  • Transformar la exigencia en una queja dirigida a un tercero.

Estas posibilidades no son equivalentes y tampoco debemos suponer que todas estarán disponibles para un sujeto determinado.

Lo importante es que la exigencia pulsional no contiene un programa motor único.

La acción que finalmente se ejecuta depende de la organización de las vías de satisfacción disponibles para el sujeto, de las investiduras que las sostienen y de los procesos que permiten o impiden su realización.

Aquí aparece una cuestión clínica: ¿por qué, entre varias acciones posibles, un sujeto termina ejecutando siempre una en particular?

La respuesta exige reconstruir la historia de esa vía de satisfacción, las representaciones que la sostienen, sus relaciones con el fantasma y las condiciones transferenciales en las que se reproduce.

La repetición de una conducta puede indicar que determinada vía se encuentra privilegiada, pero no explica por sí sola por qué lo está.

7. Quinto momento: la acción alcanza el polo motor

Llegamos al extremo que nos interesa: la producción de la acción.

En el esquema del aparato psíquico, el polo motor representa el extremo por el cual el aparato puede producir una respuesta sobre el mundo exterior.

Sin embargo, conviene distinguir tres niveles:

NivelQué sucede
PsíquicoSe organiza una exigencia, se invisten representaciones y se configura una determinada vía de satisfacción.
EjecutivoLa organización del yo y los procesos motores permiten que una acción sea seleccionada y puesta en marcha.
FisiológicoLos sistemas nerviosos y musculares ejecutan los movimientos correspondientes.

Esta distinción es esquemática. No implica que sean tres etapas anatómicas perfectamente separadas ni que la actividad motora espere pasivamente una orden final del aparato psíquico.

El sistema nervioso organiza la acción mediante procesos complejos. Freud, en sus primeros modelos, intentó representar esas relaciones mediante cantidades de excitación y conexiones neuronales; sus modelos posteriores se centraron más en las relaciones funcionales entre los sistemas psíquicos.

Para la metapsicología, lo decisivo es que el acceso a la motilidad no se encuentra determinado exclusivamente por la presión pulsional.

La acción efectiva requiere que una determinada organización alcance las condiciones necesarias para ejecutarse.

Esto permite distinguir entre tres situaciones que pueden parecer semejantes, pero que son diferentes:

1. La acción impulsada y ejecutada.
La exigencia pulsional se organiza de manera que una determinada vía motriz termina activándose.

2. La acción inhibida.
La exigencia permanece activa, pero la ejecución queda detenida o modificada.

3. La exigencia tramitada por otra vía.
La acción inicialmente anticipada no se ejecuta, pero la exigencia encuentra otra modalidad de elaboración o satisfacción.

No debemos entender estas situaciones como etapas obligatorias de un proceso. Son posibilidades diferentes de la relación entre exigencia, organización psíquica y motilidad.

Tampoco toda acción motriz tiene que ser resultado de una impulsión pulsional en el sentido clínico del término. Muchas acciones habituales y voluntarias no presentan la urgencia ni el conflicto característicos de las impulsiones.

8. Reconstrucción del recorrido completo

Podemos reunir ahora los elementos en un esquema metapsicológico. Lo presento como una reconstrucción funcional, no como una secuencia lineal que Freud haya formulado literalmente en estos términos.


Esquema general

1. Fuente somática de la pulsión

Se produce un proceso somático que constituye la fuente de una exigencia pulsional.

↓

2. Presión pulsional

La pulsión impone a lo psíquico una exigencia de trabajo. La presión no determina por sí sola una conducta específica.

↓

3. Articulación con representantes psíquicos

La exigencia pulsional se encuentra representada en el psiquismo y puede enlazarse con huellas mnémicas, representaciones, fantasías y objetos.

↓

4. Movilización de las investiduras

Las representaciones adquieren intensidad y se organizan mediante procesos inconscientes, entre ellos el desplazamiento y la condensación.

↓

5. Organización de una vía de satisfacción
Dentro de las posibilidades constituidas en la historia del sujeto, una determinada vía puede adquirir predominio. El conflicto psíquico puede favorecerla, modificarla o impedirla.

↓

6. Intervención del yo
La organización del yo puede participar en la inhibición, la evaluación de las condiciones externas, la elaboración mediante el pensamiento y la regulación de la acción.

↓

7. Acceso a la motilidad
Si se establecen las condiciones necesarias para la ejecución, la organización psíquica puede traducirse en una acción motriz.

↓

8. Consecuencias de la acción

La acción modifica las condiciones externas, produce efectos sobre el sujeto y puede proporcionar satisfacción, displacer, alivio o nuevas fuentes de excitación. Esos efectos pueden reforzar, modificar o complicar la vía de satisfacción.

Hay dos advertencias importantes sobre este esquema.

Primero, no todas las acciones recorren conscientemente estos momentos. Una acción puede ejecutarse de manera automática, sin que el sujeto pueda reconstruir la secuencia que la produjo.

Segundo, el proceso no termina necesariamente cuando se alcanza el polo motor. Las consecuencias de la acción vuelven a ingresar en el aparato como nuevas percepciones y pueden modificar las investiduras y las expectativas futuras.

Así, la repetición de una conducta no depende únicamente de la exigencia inicial, sino también de los efectos que la acción produce y del lugar que esos efectos adquieren en la economía psíquica.

9. ¿Dónde entra la demanda en este recorrido?

El esquema freudiano permite investigar cómo se organiza una exigencia pulsional hasta producir una acción. Pero no explica por sí solo cómo esa acción queda articulada en el campo del lenguaje y de la relación con el Otro.

En Lacan, la demanda introduce precisamente esa dimensión.

Pensemos en una secuencia clínica: Una persona experimenta una urgencia de contacto. Se representa al otro, anticipa su respuesta, toma el teléfono y envía un mensaje. Desde el punto de vista descriptivo, podemos reconstruir la acción.

Pero el análisis necesita ir más allá: ¿qué significa para ese sujeto obtener una respuesta? ¿Qué ocurre si el otro no responde? ¿Qué lugar ocupa la demanda en la organización de su satisfacción?

El mensaje es una acción motriz y, al mismo tiempo, un acto inscrito en una relación significante.

No se trata de que primero exista una pulsión biológica completamente formada y luego el lenguaje se limite a expresarla. En el sujeto hablante, la pulsión se articula en una organización psíquica atravesada por el significante.

La demanda puede orientar la elección del objeto, organizar las expectativas y conferir un sentido particular a la acción. Sin embargo, no agota la satisfacción pulsional.

Por eso, dos personas pueden realizar exactamente la misma acción —por ejemplo, llamar reiteradamente a alguien— y encontrarse comprometidas en circuitos subjetivos muy diferentes.

La descripción motriz es idéntica; la lógica de la satisfacción puede no serlo.

Una precisión sobre el circuito pulsional

En el Seminario 11, Lacan presenta la pulsión como un circuito que parte de una zona erógena, contornea el objeto a y retorna a su fuente. Esto introduce una diferencia respecto de la idea de que la pulsión es una fuerza que se descarga al alcanzar un objeto exterior.

La satisfacción pulsional no se reduce a conseguir el objeto. Está comprometida en el recorrido mismo.

Por eso, si un sujeto insiste en llamar a alguien, no podemos concluir que la pulsión se satisfará únicamente cuando el otro responda. La respuesta puede ser importante, pero el circuito puede continuar aun después de obtenerla.

Desde esta perspectiva, el acto motor no representa necesariamente el final del proceso pulsional. Puede ser un momento dentro de un circuito que vuelve a ponerse en marcha.

10. La pregunta clínica que se desprende de todo esto

Me parece que ahora podemos formular con mayor precisión el problema de las impulsiones.

¿En qué momento de la organización psíquica se vuelve predominante una vía de acción, y qué hace que el sujeto no consiga inhibirla o sustituirla por otra?

Esta pregunta permite distinguir diferentes problemas clínicos.

  • Si predomina una representación, habrá que investigar su relación con las asociaciones y las investiduras inconscientes.
  • Si la acción aparece como respuesta a una urgencia, habrá que examinar qué función cumple esa acción en la tramitación de la tensión.
  • Si el sujeto intenta detenerse, pero no lo consigue, habrá que investigar las condiciones de la inhibición y la función de la repetición.
  • Si la acción se dirige insistentemente al Otro, habrá que estudiar la demanda, la transferencia y la satisfacción que se juega en esa relación.
  • Si la acción se repite aun cuando ya no obtiene el resultado esperado, habrá que examinar si la satisfacción está comprometida en el propio circuito y no solamente en el resultado exterior.

Estas posibilidades no son mutuamente excluyentes. En un mismo caso pueden encontrarse varias de ellas.

No conviene concluir que el análisis debe intervenir necesariamente en el momento inmediatamente anterior a la descarga motriz.

La acción puede ser la culminación de una organización psíquica que se ha constituido mucho antes de que aparezca la urgencia consciente. En esos casos, intentar detener el último eslabón puede resultar insuficiente si no se modifica la lógica que organiza la secuencia.

La intervención analítica puede operar sobre las asociaciones, las representaciones, las demandas y las modalidades de satisfacción que sostienen esa organización.

Pero no se trata de que el paciente tenga que conocer conscientemente todos los momentos del proceso para poder modificar su relación con él.

El trabajo analítico puede producir efectos sobre una organización inconsciente sin convertirla en una secuencia enteramente consciente.

Mi conclusión sería que la pulsión no se transforma directamente en movimiento: su exigencia se articula en el aparato psíquico, moviliza investiduras y participa en la organización de una vía de satisfacción cuya ejecución depende de múltiples procesos. El polo motor es el extremo ejecutivo de esa organización, no una salida automática del ello.

Y dejaría planteada una cuestión para el próximo paso de nuestra indagación: ¿qué diferencia metapsicológica existe entre una acción que el yo organiza para alcanzar una satisfacción y una acción en la que el yo parece quedar avasallado por una exigencia pulsional?

Ahí podríamos examinar con mayor detalle la inhibición, la angustia señal, la compulsión de repetición y el problema económico de la descarga, sin confundirlos entre sí.

martes, 23 de junio de 2026

Lo traumático, la repetición y el problema de la pulsión

 Para Freud, la función primordial del aparato psíquico consiste en ligar las excitaciones con el fin de tramitar las cantidades de energía que lo atraviesan y, de ese modo, evitar el efecto traumático. La ligadura aparece así como una operación fundamental destinada a transformar aquello que, de permanecer desligado, irrumpiría bajo la forma de un exceso imposible de elaborar.

Sin embargo, la hipótesis freudiana acerca del carácter traumático de ciertas cantidades de energía plantea inmediatamente un problema decisivo: la distinción entre interior y exterior. Gran parte de la elaboración posterior de Lacan puede leerse como un esfuerzo por responder a esta dificultad, que atraviesa desde el comienzo la teoría freudiana.

En el contexto epistemológico en el que Freud desarrolla su obra, esta cuestión llega a constituir un verdadero impasse. No obstante, una parte del problema encuentra una solución relativamente temprana. Cuando el peligro proviene del exterior, la huida puede operar como un mecanismo eficaz de protección. La dificultad aparece allí donde la huida resulta imposible, es decir, cuando aquello que amenaza al sujeto no puede ser dejado atrás ni evitado.

Es precisamente en este punto donde Freud formula una de las preguntas más decisivas de toda su obra: ¿de qué modo se articula la pulsión con la compulsión de repetición? Este interrogante delimita el núcleo mismo del problema, pues señala un ámbito en el que el sujeto se encuentra confrontado con algo que insiste más allá de cualquier estrategia defensiva basada en el alejamiento o la evitación.

La articulación entre pulsión y compulsión de repetición tiene consecuencias teóricas de gran alcance. Por un lado, conduce a pensar la repetición más allá del automatismo simbólico, más allá del simple retorno regulado por la cadena significante. Por otro, desplaza la concepción de lo traumático fuera del terreno de la mera contingencia biográfica. El trauma deja de ser entendido exclusivamente como el efecto de un acontecimiento excepcional para pasar a inscribirse en una dimensión estructural.

Precisamente, una de las derivas del psicoanálisis posfreudiano consistió en considerar el desarreglo psíquico como el resultado de contingencias de la historia individual. Esta orientación llevó a ciertos desarrollos de la tradición de la IPA a privilegiar una práctica centrada en las identificaciones y en las vicisitudes imaginarias del yo. Frente a ello, Lacan insistirá en que el núcleo traumático no puede reducirse a los accidentes de la existencia.

Desde esta perspectiva, la sexualidad humana es traumática por definición. No lo es únicamente en función de los acontecimientos particulares que hayan marcado la historia de cada sujeto, sino por razones estructurales. La participación de la pulsión introduce en la sexualidad una dimensión de exceso, de desajuste y de imposibilidad que impide cualquier armonización completa. Lo traumático no aparece entonces como una excepción dentro de la experiencia sexual, sino como una condición inherente a ella. La sexualidad traumatiza porque se encuentra atravesada por la pulsión, y la pulsión introduce una alteridad interna frente a la cual no existe posibilidad de huida.

jueves, 28 de mayo de 2026

Aparato psíquico: ¿Cuáles son sus niveles de transcripción?

 En Freud, especialmente a partir de la famosa Carta 52 a Fliess (1896), aparece la idea de que el aparato psíquico no registra la experiencia una sola vez, sino mediante distintos niveles de inscripción o transcripción. La memoria se reorganiza sucesivamente, traduciendo los contenidos de un sistema a otro.

Freud propone allí varios estratos:

  1. Percepción (Wahrnehmung)
    Es el nivel más inmediato. La percepción pura no deja huella consciente duradera. El sistema perceptivo recibe estímulos pero, paradójicamente, no conserva memoria.
  2. Signos de percepción (Wahrnehmungszeichen)
    Primera inscripción mnémica. Son huellas asociativas primitivas, organizadas por simultaneidad o contigüidad. No son todavía representaciones conscientes ni lenguaje.
  3. Inconsciente (Ubw)
    Segunda transcripción. Aquí las huellas se reorganizan según otras leyes asociativas. Es el dominio del proceso primario: condensación, desplazamiento, atemporalidad, ausencia de contradicción.
    Freud piensa este sistema como inaccesible directamente a la conciencia.
  4. Preconsciente (Vbw)
    Tercera transcripción. Las representaciones quedan ligadas a palabras y pueden devenir conscientes. Se organiza según el proceso secundario, lógica, temporalidad y prueba de realidad.
  5. Conciencia (Bew)
    No es propiamente un depósito de huellas, sino el fenómeno consciente actual que emerge cuando ciertos contenidos acceden a este sistema.

Podría esquematizarse así:

Percepción → Signos perceptivos → Inconsciente → Preconsciente → Conciencia

Lo importante en esta teoría es que:

  • cada nivel retraduce el material anterior;
  • puede haber fallas en la traducción (Freud relaciona esto con la represión);
  • la memoria no es un archivo fijo sino una serie de reorganizaciones;
  • un mismo acontecimiento adquiere sentidos distintos según la transcripción posterior (idea cercana a la “posterioridad” o Nachträglichkeit).

Esta concepción anticipa muchas cosas del Freud posterior:

  • la diferencia entre representación-cosa y representación-palabra;
  • la primera tópica (Inconsciente/Preconsciente/Consciente);
  • e incluso la idea lacaniana de que el inconsciente implica distintos registros de inscripción significante.

La referencia central es la Cartas a Wilhelm Fliess, particularmente la llamada “Carta 52”. También se conecta con La interpretación de los sueños y el Proyecto de psicología para neurólogos.

martes, 10 de febrero de 2026

Metapsicología freudiana y eficacia de la palabra: entre ligadura y resto

La metapsicología freudiana se organiza a partir de tres perspectivas fundamentales: la dinámica, la tópica y la económica. Estas no constituyen registros aislados, sino dimensiones articuladas desde las cuales Freud intenta dar cuenta del funcionamiento del aparato psíquico.

En los primeros desarrollos freudianos, la perspectiva tópica adquiere un relieve particular, destacándose por sobre las otras. Sin embargo, progresivamente Freud realiza un desplazamiento que lleva a situar en primer plano la dimensión económica, movimiento que se articula estrechamente con la segunda tópica, en la cual el ello comienza a adquirir un valor preponderante.

Este viraje teórico conduce, a su vez, a una modificación del principio que rige el funcionamiento del aparato psíquico: del principio de placer al más allá del principio de placer. En este segundo tiempo, lo económico se presenta como un montante energético que circula de manera libre, no ligada, fuera de las coordenadas de regulación del placer.

Desde luego, ya en escritos tempranos Freud había vinculado lo económico con lo traumático. No obstante, es a partir de Más allá del principio de placer que esta articulación adquiere un estatuto mucho más sistemático y estructural.

A partir de aquí se vuelve posible interrogar la eficacia de la palabra en psicoanálisis. ¿Por qué la palabra cura? Porque constituye el medio que permite tramitar lo económico en la medida en que lo hace accesible a la ligadura. La palabra introduce un trabajo de enlace allí donde la energía circula sin amarre.

Es en este punto donde se articulan, por un lado, el planteo freudiano de Recordar, repetir y reelaborar y, por otro, la elaboración lacaniana de Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, a través del concepto de rememoración. La rememoración no se reduce al recuerdo de hechos pasados, sino que designa un trabajo simbólico que la palabra hace posible.

Por su lógica y su materialidad, la palabra permite al sujeto no solo tamizar lo traumático de lo económico, sino también resignificar los acontecimientos relevantes de su historia. Es a esto a lo que Lacan se refiere cuando habla de “la asunción por parte del sujeto de su historia”.

En este sentido, la palabra cura porque liga, porque tramita. Sin embargo, no todo es susceptible de ser simbolizado. Existe un resto que es estructuralmente refractario a la palabra, y que obliga a repensar los instrumentos clínicos para operar allí donde la palabra no alcanza. Es en ese límite donde el psicoanálisis se confronta, una vez más, con lo real.

sábado, 27 de diciembre de 2025

De la economía psíquica a la represión primaria: el giro freudiano hacia la articulación entre inconsciente y pulsión

El progresivo predominio del punto de vista económico en la obra freudiana no implica el abandono de las perspectivas dinámica y descriptiva del inconsciente; más bien marca un desplazamiento necesario para poder articular —de manera más rigurosa— el inconsciente con la pulsión. Freud advirtió claramente que la clásica oposición entre inconsciente y conciencia no sirve para pensar lo pulsional. Ese límite teórico abrió el camino hacia la noción de represión primaria, operación inaugural sin la cual no habría aparato psíquico.

Desde los primeros textos, la noción de defensa ocupa un lugar central. Vista desde lo económico, la defensa se vuelve un mecanismo indispensable: el aparato se constituye para resguardarse frente a una energía móvil, irrup­tiva, que amenaza con desarticularlo. Si nada obstaculizara esa presión, la red representacional —ese tejido articulado que compone el aparato psíquico— correría el riesgo de deshacerse ante lo que no admite forma ni enlace. La defensa, por lo tanto, se organiza frente a la tensión entre lo articulado y lo que puede romper toda articulación.

Con el desarrollo de su trabajo, Freud afina el concepto de defensa y diferencia diversos modos de su funcionamiento. Entre ellos, la represión adquiere un valor decisivo, hasta el punto de ser elevada a un estatuto estructural. Freud lo afirma sin ambigüedades: “La doctrina de la represión es ahora el pilar fundamental del psicoanálisis, su pieza más esencial”.

En su formulación de 1915, entre La represión y Lo inconsciente, define la represión secundaria como la operación mediante la cual una representación es privada de su investidura preconsciente, quedando así impedida de acceder a la conciencia. Esta precisión implica algo decisivo: si la distinción entre consciente e inconsciente no está previamente establecida, la represión no puede operar.

De allí que Freud deba postular una operación primera: la represión primaria, que no reprime un contenido específico, sino que funda la propia partición del aparato psíquico en sistemas diferenciados. Es la instauración del inconsciente como tal y, con ello, la posibilidad misma de que algo pueda ser reprimido en un segundo momento.

viernes, 21 de noviembre de 2025

¿Qué intervenciones son posibles en la depresión?

La depresión en Freud es descriptiva. Lo más parecido al término que hay en psicoanálisis es la melancolía, que es distinta al duelo, como vemos en Duelo y melancolía (1915).

En un duelo, producto de un objeto amado, encontramos una detención de la cadena significante, de las asociaciones. 

Aunque Freud pone de relieve la sugestión del yo a su determinación inconsciente, no todo en el aparato psíquico es inconsciente. En 1923, con "El yo y el ello", aparece toda la reformulación del aparato psíquico, donde yo y ello están, de alguna forma, equiparados.

El aparato psíquico, en la primera tópica del esquema del peine, tiene un polo perceptivo y un poco motor. La energía circula desde el primero al segundo. Ahora, del lado del polo perceptivo hay toda una zona donde no hay marcas, ni significantes, ni representaciones. Se trata del ello. El inconsciente, en cambio, tiene sus huellas mnémicas y allí se inscriben las escenas, las palabras, etc. Podemos agregar el preconsciente y consciente:


El yo tiene partes inconscientes. Si vemos cómo quedó el gráfico, entendemos porqué es "El yo y el ello".

Volviendo al duelo, son momentos donde la energía del aparato psíquico está baja y Freud dice que no se le puede pedir asociaciones ni trabajo psíquico, pues el paciente está en trabajo de duelo. Al analista le queda acompañar y hacer intervenciones a nivel del yo, como cuando hablábamos del trabajo con las fotografías.

En la melancolía, la particularidad es que tiene a nivel de la transferencia es un paciente que rechaza las intervenciones "No, no es así...", ya sean preguntas, sugerencias.  Esto es porque en la melancolía está implicado un objeto que no solamente fue amado, sino al cual cargaba con un intenso enojo. Dice Freud:

Las ocasiones de la melancolía rebasan las más de las veces el claro acontecimiento de la pérdida por causa de muerte y abarcan todas las situaciones de afrenta, de menosprecio y de desengaño en virtud de las cuales puede instalarse en el vínculo una oposición entre amor y odio o reforzarse una ambivalencia preexistente. Este conflicto de ambivalencia, de origen más bien externo unas veces, más bien constitucional otras, no ha de pasarse por alto entre las premisas de la melancolía. Si el amor por el objeto - ese amor que no puede resignarse al par que el objeto mismo es resignado- se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica.

(...)

Sólo este sadismo nos revela el enigma de la inclinación al suicidio por la cual la melancolía se vuelve tan interesante y... peligrosa

(...)

Ahora el análisis de la melancolía nos enseña que el yo sólo puede darse muerte si en virtud del retroceso de la investidura de objeto puede tratarse a sí mismo como un objeto, si le es permitido dirigir contra sí mismo esa hostilidad que recae sobre un objeto y subroga la reacción originaria del yo hacia objetos del mundo exterior.

Entonces, en estas depresiones mayores, como se las conoce en psiquiatría, aparece este rechazo. ¿Pero qué es lo que está ahí? En el duelo, la libido se desprende del objeto amado y perdido gracias al principio de realidad, volviendo al yo. El paciente en este estado sufre, pero no aparecen autorreproches de importancia.

En la melancolía, el yo se identifica al objeto amado y odiado a la vez. ¿Y dónde queda el sujeto del objeto amado? En su superyó. Esos autorreproches que vemos en la clínica tienen que ver con una identificación del paciente a ese objeto de amor perdido y odiado.

Nosotros tenemos que hacer un rastreo de esos autorreproches, del contenido de ese superyó que se dirige sádicamente al yo del paciente. ¿A quién estaban dirigidos y qué cosa se le reclamaba originalmente? De esta manera, en el momento oportuno, cuando el paciente comienza con el autorreproche se puede intervenir "Este del que usted habla no es usted", apuntando a la separación entre el objeto puesto en el yo y ese objeto.

En la melancolía, el sujeto está identificado al objeto a resto, basura... En la línea de la libido anal, que corresponden la destrucción, el odio... Mientras que en lo oral vemos la incorporación de ese objeto. El retorno de la libido produce una regresión a lo anal y lo oral. El tema es que antes de esa fijación oral no hay nada, por eso el melancólico siente que se muere. Es un sujeto al límite.


sábado, 5 de julio de 2025

Defensa y constitución del aparato psíquico: de la economía del goce a la represión primaria

Desde los inicios de la obra freudiana, el concepto de defensa ocupa un lugar central. En el marco del punto de vista económico, Freud sitúa la defensa como una función esencial, sin la cual no sería posible concebir el armado del aparato psíquico.

Si entendemos lo económico como una dinámica de energías libres, móviles e irruptivas, la defensa aparece como una respuesta estructural del aparato ante ese flujo potencialmente desorganizante. En otras palabras, el aparato se constituye precisamente en el acto de defenderse: si tal defensa no operara, el conjunto de representaciones que lo constituye se vería amenazado en su coherencia.

Lo que está en juego aquí es la tensión entre lo articulado —la red simbólica de representaciones— y aquello que puede romper dicha articulación: el goce. Desde este ángulo, es posible leer que Freud está ya situando a la trama simbólica como un cierto “arreglo” que cumple la función de defensa frente a la irrupción del goce. ¿No es acaso en este punto que la neurosis puede entenderse como una “cicatriz de la castración”?

A partir del concepto general de defensa, Freud avanzará en una serie de precisiones que culminan en la formalización de la represión como uno de sus modos fundamentales. La represión adquiere así un carácter nuclear dentro del aparato teórico del psicoanálisis. Él mismo lo afirma:

“La doctrina de la represión es ahora el pilar fundamental sobre el que descansa el edificio del psicoanálisis, su pieza más esencial”.

Inicialmente, será la represión propiamente dicha —o represión secundaria— el mecanismo privilegiado en las neurosis. Entre los textos La represión y Lo inconsciente, ambos de 1915, Freud define a la represión como el proceso por el cual una representación pierde su investidura preconsciente, viéndose así privada de acceso a la conciencia.

Esta definición permite a Freud establecer una condición lógica: si no hay distinción entre inconsciente y conciencia, la represión no puede operar. Es en este marco que introduce la noción de represión primaria, entendida como la operación inaugural que instituye, precisamente, esa diferencia. Sin esta operación fundante, el aparato no se bifurcaría entre un adentro y un afuera del saber, entre lo dicho y lo que insiste sin decirse.

viernes, 4 de julio de 2025

¿Hay articulación entre la Identificación primaria y represión primaria?

La hipótesis freudiana sobre el carácter traumático de ciertas cantidades de energía que irrumpen en el aparato psíquico plantea, de forma inevitable, la cuestión de la diferencia entre lo exterior y lo interior. Quizás esta distinción representa un verdadero impasse en el pensamiento freudiano.

En cierto modo, Freud ofrece una resolución parcial de este problema desde muy temprano: si el exceso energético proviene del exterior, el aparato responde mediante la huida. El obstáculo aparece cuando esta huida se revela ineficaz. Allí Freud formula una pregunta clave, tan concisa como decisiva: “¿De qué modo se entrama lo pulsional con la compulsión de repetición?”.

La articulación entre pulsión y compulsión de repetición no solo desplaza la repetición más allá del automaton simbólico; también deslocaliza el trauma, alejándolo de la mera contingencia empírica. En este marco, la sexualidad humana se revela estructuralmente traumática, no por las vicisitudes particulares de cada biografía, sino por la participación misma de la pulsión en su constitución.

Como se indica en la Conferencia XX, La vida sexual de los seres humanos, para los sujetos hablantes, la sexualidad no se organiza en torno a la reproducción, sino al goce. Esta desnaturalización señala el lugar donde la represión primaria deja su marca inaugural: no hay relación natural con la sexualidad, sino estructura de pérdida y borde.

A medida que Freud da creciente preeminencia al punto de vista económico, se observa una cierta toma de distancia respecto de las perspectivas dinámica y descriptiva del inconsciente. Este viraje no implica un abandono de dichas vertientes, sino una reconfiguración lógica necesaria para articular la pulsión con el inconsciente, aún cuando Freud mismo advierte que la oposición entre inconsciente y conciencia no resulta operativa para pensar la pulsión.

Es precisamente esta vía la que lo conduce a formular el concepto de represión primaria, operación inaugural que delimita un borde y posibilita la constitución del inconsciente. Sin embargo, este desplazamiento suscita —al menos para mí— una pregunta que se impone con fuerza: ¿es posible establecer una consistencia conceptual y clínica entre la identificación primaria y la represión primaria?

jueves, 13 de marzo de 2025

El principio de placer y su revisión freudiana

Desde sus primeros desarrollos teóricos, Freud sostuvo al principio de placer como eje central del proceso primario. En su Proyecto de una psicología para neurólogos (1895), concibió el aparato psíquico desde una perspectiva económica, afirmando que su función primaria es la descarga de excitación mediante facilitaciones.

Aunque en esa etapa Freud no utilizaba el término estructura, la dimensión económica fue cobrando un peso progresivo en su obra, delimitando lo irreductible e incluso lo incurable dentro de lo estrictamente analítico. Durante décadas, hasta Más allá del principio de placer (1920), Freud se aferró a la idea del predominio del principio de placer, aunque ciertas manifestaciones clínicas pusieron en cuestión su absoluto reinado.

Las Neurosis Actuales como Precursoras del Giro Freudiano

Uno de los grandes desafíos teóricos para Freud fue la existencia de las neurosis actuales, cuyos modos de sufrimiento subjetivo no encajaban del todo en la lógica del principio de placer. Estas neurosis pueden considerarse el antecedente conceptual de las neurosis traumáticas, cuya observación clínica llevó a Freud, en 1920, a reformular de manera sustancial sus postulados.

El interrogante que Freud exploró a lo largo de los años fue hasta qué punto era posible sostener el principio de placer como rector absoluto del aparato psíquico. En este punto, cabe destacar su honestidad intelectual, al modificar un principio que había sido el eje de su teoría durante tres décadas.

El Estatuto Económico del Trauma

Ya en el Proyecto de 1895, Freud había postulado el principio de constancia, que implicaba que el aparato psíquico no podía reducir la excitación a cero, sino que requería una cantidad mínima de energía para su funcionamiento.

Sin embargo, lo que con el tiempo se volvió determinante fue el estatuto económico del trauma, es decir, el problema de cómo el aparato psíquico se defiende de cantidades de excitación potencialmente dañinas.

Las neurosis traumáticas fueron el campo clínico que permitió a Freud abordar esta cuestión. Hoy, podríamos preguntarnos: ¿cómo nombramos en la actualidad a estas estructuras clínicas?

miércoles, 19 de febrero de 2025

El peligro, la defensa y la escritura del trauma

Freud comienza su recorrido teórico explorando el funcionamiento del aparato psíquico y sus mecanismos. En un segundo momento, su enfoque se dirige a la pregunta sobre cómo este se constituye. Es en este marco donde el concepto de defensa adquiere relevancia, siempre en relación con la noción de peligro.

El peligro, según Freud, puede analizarse desde distintas perspectivas: ¿es posible intervenir sobre él, resolverlo? Esto permite distinguir entre un peligro "externo", del cual el sujeto puede escapar, y otro tipo de peligro, uno del que no puede sustraerse. En este último caso, emerge la pulsión como el núcleo del problema, mostrando que las coordenadas interno/externo complican la comprensión. Aquí, Freud sitúa la importancia del espacio y del borde, un borde que rompe con la oposición clásica interior/exterior propia de la geometría euclidiana.

El planteo fundamental de Freud reside en que, de manera temprana, logra vaciar al peligro de toda cualidad concreta, asociándolo a la irrupción traumática de un componente económico. El trauma, en este sentido, se entiende como aquello que excede las barreras de protección del aparato psíquico.

Lacan retoma esta concepción freudiana y la amplifica al formalizarla mediante el matema. Para Lacan, lo traumático se inscribe como lo económico que quiebra las defensas frente al peligro. Pero su escritura no opera como representación, sino como una dimensión de la formalización orientada hacia la transmisión. Escribe, entonces, el peligro asociado a la falta de garantías para el sujeto, una situación que lo deja, en cierta medida, desprovisto y solo.

En esta línea, Lacan describe el matema del significante del Otro barrado, que señala aquello que el significante "no cesa de no escribir". Esta falta es a menudo encubierta por las "ficciones de la mundanidad", pero persiste como la piedra de escándalo del psicoanálisis: el significante de una falta en el Otro. Así, el matema se convierte en una herramienta que escribe la estructura del trauma y, al mismo tiempo, la imposibilidad de una representación completa del sujeto.

viernes, 17 de enero de 2025

Pulsión, repetición y trauma: La estructuración del aparato psíquico en Freud y Lacan

Para Freud, la función primaria del aparato psíquico es la de ligar, un proceso necesario para tramitar lo económico y prevenir el impacto del trauma. La hipótesis del valor traumático de las irrupciones energéticas plantea, sin embargo, el problema fundamental de la diferencia entre exterior e interior, una cuestión que Lacan aborda extensamente en su enseñanza.

En el marco epistémico de Freud, esta distinción se revela como un impasse en su razonamiento. Freud avanzó parcialmente en su resolución al identificar la huida como un mecanismo eficaz frente a estímulos externos. Sin embargo, el problema surge cuando la huida resulta ineficaz, lo que llevó a Freud a plantear una pregunta clave: “¿De qué modo se entrama lo pulsional con la compulsión de repetición?”.

Esta conexión entre pulsión y compulsión de repetición no solo desplaza la repetición más allá del automaton simbólico, sino que también aleja lo traumático de la mera contingencia vital. El enfoque de la IPA, al tratar el "desarreglo" como algo contingente, llevó a situar la praxis psicoanalítica en lo imaginario, descuidando así su fundamento estructural.

La sexualidad humana, en este marco, se configura como traumática por definición. Más allá de las particularidades históricas de cada sujeto, lo traumático reside en la participación de la pulsión en la sexualidad, estructurando una experiencia que desborda lo contingente y se enraíza en la dimensión estructural del aparato psíquico.

miércoles, 6 de abril de 2022

Aparato psíquico posmoderno, cuerpo y afectos

Historia y funcionamiento sincrónico de sistemas o estructuras son dos perspectivas fuertemente entrelazadas, unificadas en la teoría fundacional del psicoanálisis-del mismo modo se entrelazan Aparato psíquico y contextos, individuos e Historia y Culturas.


Si se quiere usar la metáfora de la cinta  de Moebius para esta relación, vale, pero para nada más. Tienen los límites de toda metáfora. Los discursos acerca de la complejidad humana deben ser complejos pero no ininteligibles, la claridad es posible acerca de la complejidad.


Así como la singularidad, la íntima de cada análisis se teje en la urdimbre de los enunciados  generales, sin que se deban oponer singularidad y generalidades, pues el paciente X es absolutamente singular pero tiene Ello y Yo de Realidad definitivo que son universales, de la misma manera, no deben oponerse sujeto psíquico y sus contextos Histórico y Cultural.


Sin pretensión de cosmovisión, de interpretación unificadora acerca de lo humano, el psicoanálisis freudiano es, por el contrario, una teoría de la sobredeterminación, de las series complementarias, de la multicausalidad: biológica-histórica y social. No es filosofía , menos que menos metafísica, no es superepistemología, ni cántico poético acerca de todo, es, sin embargo, una complejidad epistemológica, una teoría estratégica para varios dominios de lo humano; pero siempre, siempre, mucho mas que una psicopatología.


Creo que en la teoría freudiana hay tantos esfuerzos por reconstruir las etapas tempranas del pisquismo individual, como una dedicación fortísima a pensar hipótesis que nos tornen imaginable el surgimiento filogenético de un psiquismo homo-sapiens (u homo-sapiens-demens de Edgard Morin).


En el asesinato del padre Primitivo, con el jefe homo de la horda precultural Freud trata de discernir un drama mítico de necesidad y pasión. Satisfecho el odio con el asesinato, resurge el amor al muerto en los parricidas, el amor como añoranza reprimida de un líder, olvidado en la conciencia. Gran parte de lo que fue deseo del protopadre vuelve esta vez en la mente de los hijos como normas, como prohibiciones totémicas.


Un mismo, trágico hecho, es el que tiene como efectos coetáneos a la primera división psíquica como distribución de sistemas Consciente e Inconciente y a la primera organización Cultural como sociedad totémica.


 Es el padre Idealizado-amado el que forma el núcleo colectivo un  Ello, que comenzará entonces con su productividad perverso-polimorfa, reinventada en cada patrimonio individual, aquí el Ello y el Ideal coinciden.


Freud era evolucionista lamarkiano e hizo un esfuerzo por reconstruir los albores mentales de la humanidad con lo poco que sabía, sabiamente llamó a su historia del padre primitivo “so just story” aunque años más tarde se aferró a ella. Pero son problemas de parto de la teoría que no nos obligan a nosotros a aferranos  a él, al parto. Sí admiro su evolucionismo, su socio-historicismo su psicología social.-


Volviendo a su historieta del Padre primitivo: Satisfecho el odio por el asesinato surge en los filicidas el amor como añoranza de un líder que han olvidado reprimido. Gran parte de lo que fue deseo del protopadre (apropiarse de todas las hembras e impedirles el acceso a ellas) retorna una vez que lo asesinan como prohibiciones a través de su sustituto simbólico: el Tótem, las prohibiciones totémicas.


Un mismo trágico hecho: el asesinato del Padre por parte de la coalición de hermanos tiene como efectos coetáneos a la división psíquica en la mente de cada hno. Como distribución de sistemas Inconciente y Conciente en tanto han reprimido al Padre asesinado y la primera organización Cultural para Freud como Sociedad Totémica. Sabemos que no es cierta pero es importante para el surgimiento del pensamiento freudiano.-


Es el Padre idealizado-amado el que forma el núcleo colectivo de un Ello que comenzará entonces con su productividad perverso-polimorfa, reinventada en cada patrimonio individual, en este caso Ello e Ideal coinciden. En tanto retornado como Totem en la sociedad de los hijos, por primera vez se construirá un Derecho y un sistema de parentesco.


Desde este muy hipotético momento la teorización freudiana postula una historización conjunta de Aparato Psíquico y Cultura, siendo impensable la variación disyuntiva de uno sin la otra. Todo lo cual está muy lejos de suponer la direccioalidad voluntaria de estos cambios a propuestas de políticas utópicas.


Hay sistemas colectivos de valores organizados como SuperYo Cultural, en base a los cuales se constituyen los Superyoes individuales, recibiendo así una parte de la herencia arcaica, que define espacios representacionales ya sea a favor o en contra de esos valores.


La identificación edípica a los padres mediatiza mediatiza entonces la identificación a una particular concentración de los siglos en un momento Cultural, constituyendo el presente que nos espera al nacer.


Puede haber Naufragio del Complejo de Edipo, individuación y autonomización de los padres. Lo que no hay, ni siquiera en la figura del revolucionario, es separación de ese nuevo y portentoso útero que es la Cultura como albergue necesario de cada Aparato Psíquico.


Seguramente Freud Hiló grueso, pero alcanzó a distinguir 3 tipos de SuperYoes Culturales: Totémico, Politeísta y Monoteísta, a los que hay que suponerles consecuentes SuperYoes individualizados. Tomó a la línea religiosa como un eje productivo, centrifugador de Valores. Eficacias motivadoras, exigentes y consoladoras de una época.- Es modelo útil que sin duda nosotros podríamos complejizar mucho mas.-


La conciencia moral o el SuperYo Cultural Tabú es un código de restricciones sin justificación enunciable. La ética politeísta es una SuperYo Cultural aún muy cercano a la representación pulsional, los dioses enarbolan principios y debilidades pasionales; el SuperYo Monoteísta erige por primera vez un dios invisible, alejado de la sensualidad y de la magia, enuncua sus leyes, castiga según la Tablas de la Ley. Pero no son sólo los sistemas axiológicos históricos los que cambian únicamente; cambia la materia misma del Sy humano y al cambiar el SuperYo, las diferentes edades históricas definen elpropio meollo del Yo de Realidad Definitivo,al procesar y proponer la racionalidad posible a esa época, características del Sistema Preconciente, ligadas tónicamente por el Lenguaje.


Estas racionalidades históricas organizadas colectivamente fueron llamadas por Freud: Formación de Sistema y él distinguió también a 3,de manera igualmente gruesa: Formación de Sistema Animista, Formación de Sistema Religioso y Formación de Sistema Científica.


Por más grueso, e inexacto quizás que sea su delineado, abrochan fuertemente a la teoría psicoanlítica en la perspectiva de que, si bien, cda Yo pos edípico se llama: de Realidad Definitivo, las Representaciones de Realidad como una de sus tareas esenciales no puede ser históricamente definitiva. Ella resulta del esfuerzo individual en el seno de una producción colectiva que organiza el campo de lo percibido, que tramita, metaboliza la información de los perceptos.- 


Fuente: Lucioni, Isabel, Actualización del artículo de 1993 publicado en la RAP de octubre: "APARATO PSÍQUICO POSMODERNO, CUERPO Y AFECTOS"