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jueves, 8 de octubre de 2026

Ludopatìa en jóvenes: herramientas para una clìnica actual

¿En qué momento el juego comienza a adquirir las características de una adicción?

No es sencillo establecer el momento preciso en que el juego deja de ser un juego para convertirse en aquello que solemos llamar una adicción. La dificultad aumenta si se intenta determinarlo únicamente a partir de criterios cuantitativos: cuánto dinero se apuesta, con qué frecuencia se juega, cuánto tiempo se permanece frente a una pantalla o cuántas pérdidas económicas se han producido.

La pregunta entonces será: ¿qué lugar comienza a ocupar el juego en la economía psíquica del sujeto?

No todo aquel que juega juega del mismo modo ni por la misma razón.

Puede haber juego como entretenimiento, como competencia, como búsqueda de excitación, como encuentro con otros, como curiosidad ante el azar. Incluso puede existir una relación intensa con el juego sin que necesariamente podamos hablar de una posición adictiva.

El problema aparece cuando el juego comienza a constituirse como una respuesta privilegiada (y progresivamente casi exclusiva) frente a determinados estados subjetivos. El sujeto ya no juega solamente porque quiere jugar: comienza a necesitar jugar para producir algo en sí mismo.

Puede tratarse de calmar una angustia, escapar momentáneamente de una situación, suspender un pensamiento, producir excitación, salir del aburrimiento, recuperar algo perdido o, paradójicamente, volver a perder. En este sentido, la pregunta clínica no debería ser solamente «¿por qué juega?», sino también «¿qué sucede cuando no juega?»

Es allí donde puede comenzar a vislumbrarse una diferencia fundamental.

El juego deja de ser una actividad entre otras cuando empieza a funcionar como una solución subjetiva de la que el sujeto encuentra cada vez más difícil prescindir. Y esta solución puede adquirir una característica particularmente paradójica: aquello mismo que inicialmente parecía ofrecer una salida comienza a producir aquello de lo que pretendía escapar.

Se juega para aliviar la angustia y la angustia conduce nuevamente al juego. Se juega para recuperar dinero y la pérdida exige volver a jugar. Se juega para sentirse excepcionalmente vivo y, después del juego, aparece el vacío que vuelve a demandar excitación.

La cuestión, entonces, no es simplemente que el sujeto juegue «demasiado». Es que el juego comienza a organizar una modalidad de relación con el deseo, con la pérdida y con el goce.

Desde esta perspectiva, podríamos incluso decir que la adicción no comienza necesariamente cuando aparece una determinada cantidad de juego, sino cuando el juego empieza a adquirir para el sujeto una función de la que no consigue desprenderse.

Y esto obliga a introducir una pregunta que será decisiva para el abordaje psicoanalítico: ¿qué es aquello que el sujeto busca —o encuentra— en el juego que no logra localizar en otra parte?

Consumo, abuso, dependencia y adicción

Antes de avanzar en el abordaje psicoanalítico de la ludopatía, resulta necesario detenernos en algunos términos que suelen utilizarse indistintamente: consumo, abuso, dependencia y adicción.

Aunque en el lenguaje cotidiano pueden parecer sinónimos, distinguir estas modalidades resulta fundamental para la clínica. Identificar y diferenciar estas modalidades define la dirección de nuestra intervención clínica.

Otra clave es no considerar consumo, abuso, dependencia y adicción como una simple escala de gravedad. Para la orientación clínica que querés darle, es más interesante mostrar que son modalidades diferentes de relación con el objeto de consumo/juego, y que identificarlas modifica qué escuchamos y qué intervención podemos proponer.

Podemos hablar de consumo cuando el encuentro con un objeto —una sustancia, una actividad o, en nuestro caso, el juego— se encuentra integrado dentro de la vida del sujeto sin que necesariamente adquiera un carácter problemático. El juego puede ocupar un lugar importante, producir placer o excitación, y aun así no constituir una dificultad clínica.

Hablamos de abuso cuando comienza a producirse un uso que excede aquello que el propio sujeto puede sostener sin consecuencias significativas. El juego comienza a generar pérdidas económicas, conflictos, dificultades laborales, familiares o personales. Sin embargo, esto no implica necesariamente que el sujeto se encuentre estructuralmente sometido al juego. Puede existir un uso abusivo sin que haya una dependencia.

La dependencia, por su parte, introduce una dimensión diferente: el sujeto comienza a experimentar dificultades para regular o interrumpir su relación con aquello de lo que depende. El objeto adquiere una función cada vez más necesaria en su economía cotidiana. Ya no se trata solamente de que el sujeto quiera jugar, sino de que comienza a experimentar que no puede dejar de hacerlo.

Pero incluso aquí conviene detenernos.

Porque decir que alguien «no puede dejar de jugar» todavía no nos dice demasiado acerca de qué lugar ocupa el juego para ese sujeto. La descripción de una conducta no alcanza para establecer su función subjetiva.

Es precisamente en este punto donde el concepto de adicción puede adquirir, para el psicoanálisis, una dimensión clínica particular.

La adicción no debería reducirse simplemente a la repetición excesiva de una conducta ni a la pérdida del control sobre ella. Lo que interesa interrogar es el tipo de relación que se establece entre el sujeto y aquello que se ha convertido en objeto de su satisfacción.

En la adicción encontramos una modalidad de satisfacción que tiende a imponerse por fuera de la regulación que el sujeto pretende ejercer sobre ella. El sujeto puede reconocer las consecuencias perjudiciales de su conducta, formular propósitos de interrupción e incluso desear sinceramente dejar de hacerlo y, sin embargo, retornar una y otra vez al mismo circuito.

Por eso, desde una perspectiva psicoanalítica, la contradicción entre lo que el sujeto dice querer y aquello que efectivamente repite no constituye un dato secundario: constituye un dato clínico central.

No alcanza entonces con preguntar cuánto juega, cuánto pierde o cuántas veces intentó dejarlo.

Será necesario preguntar qué satisfacción encuentra allí, qué lugar ocupa esa satisfacción en su economía psíquica y qué relación mantiene con aquello que el juego viene a evitar, producir, sustituir o reencontrar.

En otras palabras, no se trata solamente de quitarle el juego al sujeto. Se trata de poder localizar qué función cumple ese juego y qué hace posible que el sujeto pueda comenzar a prescindir de él.

Es en este punto donde la distinción entre consumo, abuso, dependencia y adicción deja de ser una clasificación meramente descriptiva y comienza a adquirir verdadero valor clínico.

La ludopatía en la era digital

A las particularidades propias del juego se suman hoy las transformaciones introducidas por las tecnologías digitales. La expansión de las apuestas online ha modificado sustancialmente las condiciones de acceso, frecuencia y continuidad del juego.

La pantalla está disponible prácticamente en todo momento. Ya no es necesario trasladarse hasta un casino, una agencia o un lugar específico para apostar: el juego puede encontrarse en el teléfono que el sujeto lleva consigo durante todo el día.

A esto se suma la inmediatez. Entre el impulso de apostar y la posibilidad efectiva de hacerlo puede no existir prácticamente ningún intervalo. Apostar, perder, volver a apostar y obtener un nuevo resultado pueden sucederse en cuestión de segundos.

Pero existe además otra característica particularmente relevante: el juego digital no tiene un final necesario. Una apuesta puede conducir inmediatamente a otra; una pérdida puede generar el intento de recuperación; una ganancia puede impulsar a continuar. La secuencia puede prolongarse indefinidamente.

La lógica algorítmica contribuye a esta continuidad. Las plataformas están diseñadas para mantener la interacción, ofreciendo permanentemente nuevas posibilidades de apuesta, nuevos eventos y nuevos estímulos. De este modo, el sujeto no necesita siquiera producir activamente la ocasión para jugar: la ocasión se presenta una y otra vez ante él.

Esta disponibilidad permanente modifica las condiciones de la inhibición y de la espera. Allí donde anteriormente podía existir un intervalo —el tiempo necesario para trasladarse, esperar la apertura de un establecimiento o finalizar una jornada—, hoy puede no haberlo.

Y ese intervalo no es clínicamente indiferente.

Desde una perspectiva psicoanalítica, sabemos que los intervalos, las demoras y las interrupciones pueden introducir una distancia entre el impulso y su realización. La apuesta online tiende, por el contrario, a reducir esa distancia al mínimo.

Por eso, la ludopatía online no debería ser pensada simplemente como la ludopatía tradicional trasladada a una pantalla. Las condiciones digitales modifican el modo en que el sujeto se encuentra con el objeto, la velocidad del circuito y las posibilidades mismas de interrupción.

Esto no significa que toda persona que apuesta online desarrolle una relación adictiva con el juego, ni que la tecnología constituya por sí misma la causa de la ludopatía. Significa que las nuevas tecnologías introducen condiciones específicas que pueden favorecer la continuidad del circuito y que, por lo tanto, deben ser consideradas en la escucha clínica.

La ludopatía online presenta, así, particularidades que requieren un abordaje clínico específico: no solamente será necesario escuchar qué lleva al sujeto a apostar, sino también cómo se articula su relación con el dispositivo, con la disponibilidad permanente, con la inmediatez y con la imposibilidad de encontrar un punto espontáneo de detención.

En este contexto, una pregunta clínica adquiere especial relevancia: ¿dónde puede producirse una pausa cuando el dispositivo está diseñado para que siempre haya una apuesta más?

¿Qué relación existe entre ludopatía, impulsión y compulsión?

La ludopatía suele describirse en términos de una conducta repetitiva que el sujeto no consigue controlar. Desde una perspectiva psicoanalítica, sin embargo, conviene detenerse en esa formulación: ¿se trata de una compulsión, de una impulsión o de otra modalidad de satisfacción que puede servirse de ambas?

La distinción no es meramente terminológica.

Podemos pensar la impulsión como aquello que empuja al acto con una marcada reducción del tiempo de elaboración. El sujeto se encuentra llevado a realizar una acción antes de que pueda producirse una mediación suficiente por la palabra. En determinadas formas de juego, esto puede observarse con claridad: aparece el impulso a apostar y la apuesta se realiza casi inmediatamente. La acción parece adelantarse al pensamiento.

La compulsión, en cambio, introduce una dimensión diferente. Aquí encontramos una repetición que puede estar acompañada por el conflicto, la duda, la prohibición, la culpa o incluso el intento consciente de no realizar aquello que, finalmente, vuelve a repetirse. El sujeto puede decir «sé que no debería hacerlo», «esta vez no voy a jugar» y, sin embargo, encontrarse nuevamente en el mismo circuito.

Esto permite advertir que impulsión y compulsión no necesariamente se excluyen.

En la ludopatía pueden presentarse momentos impulsivos —la urgencia de apostar, la decisión súbita, la imposibilidad de esperar— dentro de un circuito esencialmente repetitivo. El sujeto puede apostar impulsivamente y, al mismo tiempo, encontrarse capturado por una repetición compulsiva.

Pero la cuestión clínica fundamental no consiste en decidir a priori si estamos frente a una impulsión o una compulsión. Consiste en localizar qué función cumple el acto de apostar en la economía subjetiva.

Porque dos sujetos pueden realizar exactamente la misma conducta —apostar compulsivamente durante horas— y encontrarse, sin embargo, en posiciones subjetivas muy diferentes.

En un caso, la apuesta puede funcionar como una descarga frente a un estado de tensión que el sujeto no logra tramitar de otro modo. En otro, puede constituir un intento reiterado de reparar una pérdida. En otro, puede estar articulada con una búsqueda de excitación que permita escapar de un sentimiento de vacío o de una vivencia de apagamiento. En otro, incluso, aquello que se encuentra en juego puede ser precisamente la pérdida.

Por eso, la repetición del acto no explica por sí misma la lógica de la repetición.

Este punto resulta especialmente importante en la ludopatía: el sujeto muchas veces no juega simplemente para ganar. Puede continuar jugando después de ganar, volver a jugar después de perder e incluso incrementar la apuesta precisamente cuando la pérdida debería indicar que es momento de detenerse.

La pregunta clínica será entonces qué sostiene esa repetición.

¿Qué empuja al sujeto hacia la apuesta? ¿Qué sucede inmediatamente antes del acto? ¿Qué experimenta después? ¿Qué espera obtener? ¿Qué ocurre cuando gana? ¿Qué ocurre cuando pierde? ¿Y qué hace que, aun habiendo decidido detenerse, vuelva a apostar?

Estas preguntas permiten desplazar el foco desde la conducta observable hacia la posición del sujeto respecto del acto y de la satisfacción que allí encuentra.

En este sentido, podríamos decir que la impulsión permite localizar la dimensión del empuje hacia el acto, mientras que la compulsión permite localizar la dimensión de la repetición. Pero ninguna de las dos, por sí sola, alcanza para explicar la ludopatía.

Será necesario entonces avanzar un paso más: ¿qué tipo de satisfacción sostiene una repetición que puede persistir incluso cuando el sujeto ya sabe que aquello que hace le resulta perjudicial?

¿Qué lugar ocupan el azar y la necesidad de controlar el futuro en una época marcada por la incertidumbre y la desesperanza?

Hay algo particularmente significativo en el auge contemporáneo de las apuestas: aparecen en un momento histórico en el que la incertidumbre parece haberse convertido en una condición permanente de la existencia.

La estabilidad laboral, económica y vincular ya no puede darse por supuesta. El futuro se presenta cada vez menos como una continuidad previsible del presente. Y allí donde aumenta la incertidumbre, puede crecer también la necesidad de producir alguna forma de control.

El juego introduce una paradoja.

Por un lado, el azar representa aquello que escapa radicalmente al control del sujeto. El resultado de una apuesta no puede ser garantizado. Hay algo del acontecimiento que permanece imprevisible.

Pero, al mismo tiempo, el juego ofrece la posibilidad de establecer una relación aparentemente activa con ese futuro incierto: elegir un número, un equipo, una combinación, una cuota, una estrategia. El sujeto ya no se encuentra simplemente esperando aquello que habrá de ocurrir; puede hacer algo frente a lo que todavía no ocurrió.

Esta dimensión resulta especialmente importante para pensar la apuesta.

Porque apostar implica anticipar. Es decir: hacer una afirmación sobre un futuro que todavía no existe como acontecimiento. El sujeto pone algo de sí —dinero, expectativa, deseo— en aquello que está por venir.

En este sentido, la apuesta puede funcionar como una suerte de pequeña ficción de dominio sobre el futuro: «si elijo bien, si calculo correctamente, si leo las señales, puedo anticiparme a lo que va a suceder».

No se trata necesariamente de una creencia consciente en el control absoluto del azar. El jugador puede saber perfectamente que el resultado es incierto. Sin embargo, ese saber no impide que construya estrategias, rituales, cálculos, sistemas o interpretaciones destinados a reducir subjetivamente esa incertidumbre.

Y aquí aparece una cuestión clínica interesante: ¿qué relación mantiene el sujeto con aquello que no puede controlar?

Porque el problema no sería simplemente que el jugador intente controlar el futuro. Todos necesitamos anticipar, planificar y producir alguna representación de lo que vendrá. La cuestión aparece cuando la imposibilidad de saber se vuelve insoportable y el sujeto necesita producir, una y otra vez, algún dispositivo que le permita creer que puede dominarla.

El azar puede ofrecer entonces una solución paradójica: poner el futuro en manos del azar para sentir que se tiene alguna participación en él.

Esta paradoja se vuelve todavía más significativa en contextos de desesperanza. Cuando el futuro aparece cerrado, incierto o desprovisto de posibilidades, la apuesta introduce de manera inmediata un acontecimiento potencial: algo puede cambiar.

No hace falta que la ganancia sea probable. Basta con que sea posible.

Y quizás allí encontremos una de las dimensiones subjetivas más interesantes de la apuesta: frente a un futuro vivido como cerrado, el azar introduce una posibilidad súbita de transformación.

La apuesta promete que en el próximo resultado podría ocurrir algo capaz de modificar radicalmente la situación presente.

Pero esa promesa contiene también su propia trampa. Porque si el futuro no puede ser controlado, cada resultado obliga a una nueva apuesta. La incertidumbre que se pretendía dominar retorna inmediatamente y exige una nueva intervención.

Se configura así un circuito particularmente poderoso:

La apuesta, lejos de eliminar la incertidumbre, la mantiene viva.

Y esto nos permite formular una pregunta clínica: ¿el sujeto apuesta para obtener aquello que desea o apuesta para mantener abierta la posibilidad de que algo pueda suceder?

La diferencia no es menor, porque quizás, en algunos casos, aquello que sostiene el juego no sea tanto la expectativa de ganar como la imposibilidad de renunciar a un futuro que todavía podría ser diferente.

¿Cómo intervenir con los adolescentes, los jóvenes y sus familias?

La intervención con adolescentes y jóvenes presenta una dificultad particular. Muchas veces el juego comienza siendo presentado como una actividad social más: una apuesta entre amigos, una forma de entretenimiento, una manera de seguir un partido o simplemente algo que «todos hacen».

Por eso, una primera tarea clínica será no patologizar de entrada la conducta, pero tampoco naturalizarla por el hecho de que se encuentre extendida entre los pares.

Será necesario escuchar qué lugar comienza a ocupar el juego para ese adolescente o joven.

¿Qué significa para él apostar? ¿Es una actividad compartida con otros? ¿Una forma de pertenecer? ¿Una manera de obtener dinero? ¿Una búsqueda de excitación? ¿Una forma de escapar del aburrimiento? ¿Una respuesta frente a la angustia? ¿Una manera de sentirse competente o reconocido?

En estas edades resulta particularmente importante no reducir la intervención a la prohibición. Decir simplemente «no juegues» puede ser necesario en determinadas situaciones, pero difícilmente alcance para producir un movimiento subjetivo si no podemos interrogar qué función cumplía aquello que se intenta quitar.

Esto adquiere todavía mayor importancia cuando el juego ya se encuentra instalado como una modalidad privilegiada de satisfacción. Si retiramos el objeto sin escuchar qué venía a resolver, podemos dejar intacta la necesidad que sostenía el circuito.

Con los adolescentes, además, será necesario considerar que la relación con los adultos se encuentra atravesada por la cuestión de la autonomía. Una intervención excesivamente moralizante o persecutoria puede transformar rápidamente el problema del juego en un conflicto entre generaciones: el adulto intenta controlar y el joven intenta sustraerse de ese control.

Esto no significa que los límites sean innecesarios. Por el contrario, en determinadas situaciones será indispensable establecer límites concretos, especialmente cuando existen pérdidas económicas, endeudamiento o exposición a plataformas de apuestas.

Pero poner un límite no equivale a producir un límite subjetivo.

El trabajo clínico consiste también en que el joven pueda comenzar a localizar aquello que lo lleva a apostar y construir otras posibilidades frente a eso.

¿Y qué lugar ocupa la familia?

La familia suele llegar a la consulta cuando el problema ya adquirió cierta magnitud. Puede aparecer entonces una combinación de angustia, enojo, culpa y necesidad de controlar.

«¿Cómo hacemos para que no juegue?» suele ser una de las primeras preguntas.

Sin embargo, será necesario desplazarla progresivamente hacia otras:

¿Qué está ocurriendo con este joven? ¿Qué lugar ocupa el juego en su vida? ¿Qué se pone en juego cuando apuesta? ¿Qué sucede en la familia alrededor de esto?

La familia no debería convertirse en una extensión del dispositivo de vigilancia. Controlar el teléfono, revisar las cuentas, impedir el acceso al dinero o monitorear permanentemente la conducta pueden constituir medidas necesarias en determinados momentos, pero no sustituyen el trabajo clínico.

Del mismo modo, tampoco resulta conveniente responsabilizar a los padres por la conducta del joven. Buscar una explicación familiar totalizante puede producir culpa allí donde necesitamos construir condiciones para que pueda desplegarse una pregunta subjetiva.

La intervención con las familias deberá, entonces, sostener una doble orientación: proteger al joven de las consecuencias concretas de la conducta y, simultáneamente, evitar que toda la respuesta quede reducida al control de esa conducta.

Esto es particularmente importante frente a la ludopatía online, donde el acceso permanente al juego hace que las estrategias familiares de regulación deban contemplar las condiciones materiales del entorno digital.

Pero incluso cuando sea necesario bloquear aplicaciones, limitar medios de pago o establecer controles externos, habrá que recordar que estas medidas constituyen condiciones de tratamiento, no el tratamiento en sí mismo.

El objetivo no será simplemente conseguir que el adolescente deje de apostar. Será posible avanzar clínicamente cuando pueda comenzar a preguntarse qué encontraba allí, qué intentaba resolver mediante el juego y qué satisfacción estaba obteniendo de esa repetición.

En este sentido, intervenir tempranamente no significa solamente detectar antes una conducta problemática. Significa también poder intervenir antes de que el juego quede consolidado como una respuesta privilegiada frente a la angustia, el vacío, el aburrimiento, la incertidumbre o las dificultades propias de la construcción de un proyecto.

Quizás la pregunta final para el clínico no sea entonces «¿cómo conseguimos que deje de jugar?», sino otra:

¿qué podemos ofrecer para que el sujeto pueda comenzar a construir una relación diferente con aquello que, hasta ahora, encontraba exclusivamente en el juego?

lunes, 22 de septiembre de 2025

La Inhibición en la Infancia

Cuando un niño deja de jugar, hablar o explorar, nos está diciendo que algo ha dolido más de lo que pudo decirse. Un duelo, un cambio significativo o una separación pueden despertar una angustia que el psiquismo aún no logra procesar, y la inhibición aparece como un repliegue defensivo del yo frente a esa angustia. En lugar de expresar, el niño se calla; en lugar de jugar, se retira. Así, funciones vitales para su subjetividad quedan suspendidas, afectando el lazo, el deseo y la capacidad de elaboración psíquica. Allí donde no hay palabra, el cuerpo y la conducta hablan su propio malestar.

La inhibición se diferencia del síntoma en la infancia por su modo de instalación. Mientras que el síntoma irrumpe con malestar y desconcierta al niño —como una fobia que angustia, un tic que no puede controlar o un dolor sin causa aparente—, la inhibición se instala en silencio, sin que el yo la viva como ajena. Es egosintónica: el niño no se queja, pero algo en él se apaga. Se retrae del juego, de los otros, de su despliegue, sin reclamos explícitos, aunque sí con señales claras en el cuerpo y en el vínculo.

El juego constituye la vía privilegiada de acceso al psiquismo infantil. A través de personajes, diálogos y situaciones creadas en la escena lúdica, lo inhibido, lo enigmático o lo doloroso encuentra una forma simbólica y se pone en acto. No se nace sabiendo jugar: el juego se construye en el lazo, con un otro que lo habilite, lo sostenga y lo acompañe. Como decía Freud: “Todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose su mundo propio o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo.”

Cuando un niño deja de jugar, se pierde un espacio fundamental para la elaboración psíquica y el encuentro con el Otro. Esto puede derivar en sentimientos de indefensión y en una pobre percepción de sí mismo y de sus vínculos, con consecuencias en el desarrollo emocional, social y escolar, incluso llegando a estados depresivos o melancólicos.

La puerta para que un niño vuelva a jugar se abre cuando el analista habilita un espacio seguro y contenedor mediante su presencia corporal y experiencia lúdica. Allí se introducen personajes, gestos o situaciones que dialogan con el niño y acompañan su movimiento espontáneo, respetando su ritmo y singularidad. De este modo se busca la “llave lúdica”: ese elemento único que conecta con su deseo y abre la posibilidad de que el juego vuelva a tener lugar.

Las modalidades del juego en la clínica infantil son múltiples. El juego sensoriomotor, donde el cuerpo explora y habita el entorno; la narración compartida, que permite inventar relatos para dar forma a lo vivido; el dibujo y la pintura, expresiones pre-verbales de miedos, deseos y repeticiones; e incluso la escucha de los síntomas —tics, dolores, silencios— que transmiten lo que el niño no logra decir con palabras. Cada una de estas formas constituye un camino valioso para acompañar su sufrimiento y su singularidad.

En conclusión, la inhibición en la infancia nos invita a escuchar con atención esos silencios y repliegues que expresan un sufrimiento no dicho. El juego —en sus distintas formas—, junto con la apertura de un espacio seguro sostenido por el analista, habilita la posibilidad de elaborar, simbolizar y restituir el vínculo con el deseo. Acompañar cada singularidad con respeto y presencia es la llave para que el niño recupere su voz, su movimiento y su lugar en el lazo.

jueves, 12 de junio de 2025

¿A qué jugaban los niños en la época colonial?

En la época colonial en lo que hoy es Argentina (siglos XVII y XVIII, aproximadamente), los niños jugaban con lo que tenían a mano y aprendían a entretenerse con juegos que combinaban tradición indígena, española y criolla. Sus juegos eran sencillos, muchas veces hechos con materiales naturales o reciclados, y reflejaban tanto la vida rural como las costumbres urbanas.

Algunos juegos típicos eran:

🪀 Juegos al aire libre:
La rayuela: se dibujaba en el suelo con tiza o carbón y se jugaba saltando en un pie.
La escondida: igual que hoy, un niño contaba mientras los demás se escondían.
La soga (tirar de la cuerda): dos equipos competían por fuerza.
Carreras de embolsados o de a pie.

Juegos con objetos:

El trompo: de madera, se hacía girar con una cuerda.
La taba: se jugaba con el hueso del talón de una vaca (astrágalo) y era popular también entre adultos.
Las canicas (bolitas): de barro cocido o vidrio.
Los barriletes (cometas): hechos con cañas y papel, se remontaban en días de viento.

Juegos de imitación:
"A los gauchos" o "a los soldados": imitaban las tareas del campo o los desfiles militares.
"La casita": las niñas jugaban a formar una casa con muñecas de trapo o de madera.

 Juegos cantados o en ronda:
"El gallito ciego": uno con los ojos vendados trataba de atrapar a los otros.
"A la sortija": versión infantil de un juego ecuestre donde se pasaba un anillo o se sacaba de una cuerda.

En general, los juegos estaban muy marcados por el género y la clase social. Los niños de familias criollas acomodadas podían tener juguetes importados o más elaborados, mientras que los de sectores populares jugaban con objetos caseros. Los niños también ayudaban mucho en tareas domésticas o del campo desde edades tempranas, por lo que el tiempo de juego era limitado.

lunes, 2 de septiembre de 2024

Cuando un niño “no juega” ¿Por qué el analista tiene que inventar el Juego?

 

¿Sabías que el Juego en la niñez…?

  • No es innato.

  • No se hereda genéticamente .

  • No está asegurado ni garantizado para el niño.

  • Es algo a construir, desarrollar, entre el niño o niña y sus Otros significativos

El Juego
¿Por qué es una pieza constitutiva del psiquismo infantil?


El Juego permite poner en escena las fantasías, la sexualidad, los síntomas, las inhibiciones y los hechos significativos que han sido vividos pasivamente por el niño o niña. 

El Juego resignifica y transforma las experiencias traumáticas de la niñez. Permite también la distinción entre el Yo y el otro semejante. 

Por este motivo, el Juego es una pieza fundamental en el armado y constitución del psiquismo infantil.

La terapia del Juego

La actividad lúdica tiene en sí misma una dimensión terapéutica. En el juego el niño o la niña crea un mundo aparte: fuera del espacio y tiempo común. 
El Juego es una escena a la que el infante le pone una cantidad de libido muy importante y hace de cuenta que es otro (una persona grande, un mago, un superhéroe, alguien de la realeza).

Freud nos afirma en el texto “El poeta y los sueños diurnos” que: “Todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose su mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo”.

La Inhibición para Jugar
Si el niño o la niña está inhibido de jugar, puede desarrollar:

. Una posición melancólica, que sea puerta de entrada a una posición autista.

. Una pobre autopercepción del sí mismo.

. La sensación de indefensión unida al  sentimiento de inferioridad.

. Un empobrecimiento significativo de sus vínculos familiares y sociales.

. Problemas en la escuela (cognitivos y/o con los pares).

¿Cómo intervenir cuando el niño o niña están inhibidos en su Juego?

Nuestro accionar clínico apuntará a “abrir la puerta” para que el infante salga a jugar. Les donaremos nuestra experiencia infantil (nuestro cuerpo y nuestra disponibilidad a jugar). Crearemos personajes que dialogan entre ellos y situaciones que los mismos tienen que atravesar. 

Se construirá -”sin querer queriendo” y sin forzamientos- una escena, vez por vez. En donde el niño o la niña, a su manera, nos guiarán a encontrar “la llave lúdica” que permitirá abrir el juego.

¡¡Clave Clínica!!
¿Qué nos aporta la presencia o la ausencia del Juego en la niñez?

La actividad lúdica es, por excelencia, aquello que permite la simbolización en la infancia (es decir, pasar de la cosa a la representación). El terapeuta debe apostar siempre a producir el Juego si este está bloqueado o inhibido. 

Como analistas, dependemos de aquello que en el Juego se manifiesta. Solo la lectura de la escena lúdica -desde dentro de la escena, con nosotros implicados- es la que nos enseña y nos orienta sobre las líneas clínicas y los modos de intervención de nuestro accionar en la práctica.

lunes, 26 de agosto de 2024

Algunas orientaciones clínicas para el tratamiento con niñas y niños

 

Comenzar un tratamiento con un infante incluye un pedido por parte del analista de entrevistar a su madre y/o padre, en tanto el niño es portador de una historia que lo antecede: deseos familiares, ideales, mandatos e identificaciones que le son propuestas. 

Orientaciones Clínicas en las Entrevistas a la Pareja Parental


Escucharemos en el relato de las madres y los padres:

  • Qué lugar ocupa el niño en la pareja parental. Los ideales.

  • Los mitos familiares (en los silenciamientos, en los secretos familiares).

  • Las marcas traumáticas no simbolizadas en esta familia.

  • Los mandatos generacionales de la pareja parental.

 

Orientaciones Clínicas en el Tratamiento con el Infante

A través del juego, haremos una lectura de cómo el niño o la niña pone en escena:

  • Sus posibilidades y/o sus dificultades de armar un juego simbólico 

  • Aquello que repite en el juego.

  • La manifestación de su angustia, sus miedos, sus fobias infantiles.

  • El despliegue de su cuerpo y la disposición a servirse de él. 

La Clave Clínica en la Terapéutica de la Niñez

El Juego 

En los Tratamientos Infantiles, nuestro tesoro irremplazable es el Juego, obviamente enlazado a nuestras palabras.

El Juego es el que le permite al infante crear, inventar mundos imaginarios, poner en escena sus miedos, su agresividad, su ambivalencia, su sexualidad, el lugar que ocupa fantasmáticamente en la pareja parental. Su posición subjetiva (psíquica y corporal) frente a las demandas de los adultos responsables de su crianza.


El Efecto del Jugar: Un Doble Movimiento Constitutivo

En el Juego se produce un Doble Movimiento Constitutivo: 

  • El infante repite lo displacentero, al tiempo que lo elabora. 

  • También vivencia otras experiencias -hasta aquí inéditas- que construyen inscripciones novedosas en su subjetividad.

Nuestro Foco y Horizonte Clínico

El psiquismo del niño y la niña está en plena estructuración, nada es para siempre. Por este motivo, como analistas pondremos siempre el Foco en la Potencia Infantil, en lo que aún tiene la posibilidad cierta de crearse y construirse en el tiempo presente, y que encontrará un despliegue mayor en el horizonte futuro del niño. 

Una Gran Oportunidad. En la Clínica de la Infancia queda demostrada la gran permeabilidad y apertura que tienen las niñas y los niños para desanudar y desarmar sus conflictivas edípicas. 

El Tratamiento temprano en la infancia posee una gran eficacia clínica, comprobable en la vida de los niños. 

Enorme es el don y el aporte de los analistas que deciden orientarse a la clínica infantil. 

domingo, 21 de julio de 2024

Juguetes y sus puntos de vista: ¿Desde el niño o el adulto?

 El gran Filósofo del arte y crítico de arte Walter Benjamín (figura importante de la Escuela Frankfurt), en 1928 ya definió aspectos que más adelante elaboró Winnicott sobre juguetes. Dice W. Benjamín:

"el jugar sigue considerándose desde el punto de vista del adulto, y teniéndose casi exclusivamente como un ejercicio de imitación del mundo del adulto. Hasta el siglo XIX se desconocía al bebé en tanto ser dotado de espíritu propio: el adulto era el ideal en cuya imagen el educador trataba de formar a los niños. Ese racionalismo que veía en el niño un adulto en miniatura. Para el niño que juega, la muñeca puede ser niña o adulta.
Los objetos de tamaño casi natural son expresión de la inseguridad que el burgués no es capaz de superar al tratar con el niño. La conciencia de culpa, encaja perfectamente con los tamaños tontamente desproporcionados."
Continúa Benjamín (1928) empleando a Freud, añadiendo:
"Sabemos que para niño el alma del juego radica en eso, que nada lo hace más feliz que el "¡otra vez!". El oscuro afán de reiteración no es menos poderoso ni menos astuto en el juego, que el impulso sexual en el amor. No en vano creía Freud haber descubierto en él un "más allá del principio del placer". En efecto, toda vivencia profunda busca insaciablemente, hasta el final, repetición y retorno, busca el restablecimiento.
Todo podría lograrse a la perfección, si las cosas pudieran realizarse dos veces"; el niño procede de acuerdo con este verso de Goethe. Pero para él no han de ser dos las veces, sino una y otra vez, cien, mil veces. Esto no sólo es el modo de dominar experiencias primitivamente terroríficas mediante el embotamiento, la provocación traviesa, la parodia, sino también la de gozar una y otra vez, y del modo más intenso, de triunfos y victorias. El adulto libera su corazón del temor y disfruta nuevamente de su dicha, cuando habla de ellos. El niño los recrea, vuelve a empezar. La esencia del jugar no es un "hacer como...", sino un "hacer una y otra vez", la transformación de la vivencia más emocionante en un hábito. Porque el juego, y ninguna otra cosa, es la partera de todo hábito. Comer, dormir, vestirse, lavarse, tienen que inculcarse al pequeño en forma de juego, al ritmo que marcan las canciones infantiles. El hábito entra en la vida como juego; en él aun en sus formas más rígidas, perdura una pizca de juego hasta el final."
Para concluir con Benjamín (1928) no debemos olvidar aquel: "error fundamental de considerar la carga imaginativa de los juguetes como determinante del juego del niño; en realidad, sucede más bien al revés. Si el niño quiere arrastrar algo, se convierte en caballo. Conocemos algunos juguetes antiquísimos que prescinden de toda máscara imaginativa, tanto más genuinos cuanto menos le significan para el adulto. Porque cuanto más atractivos, son los juguetes, tanto menos "útiles" son para jugar; cuanto más ilimitada se manifiesta en ellos la imitación, tanto más se alejan del juego real, vivido".

sábado, 5 de agosto de 2023

¿Cuáles son los componentes del universo infantil?

El amigo, para un niño, es una figura decisiva en su estructuración subjetiva. Dicho amigo se constituye en un espacio intermedio (ni exterior, ni interior), libre de amenazas.
Por brindarle un suelo de confianza, le permite al niño lanzarse a jugar, con la libertad de “hacer como si”, haciendo de cuenta que es otro (una persona grande, un mago, un superhéroe, alguien de la realeza). Los amigos dan rienda suelta a fantasías que se despliegan en forma conjunta. Situaciones lúdicas que permiten elaborar -uno con otro- miedos, angustias, fantasmas y deseos.

El juguete: la creación en acto

Si se le pregunta a un infante muy pequeño cuál es el mejor amigo, no nos sorprendería si responde "mi osito". El juguete es, para él, mucho más que un objeto inanimado, en tanto le otorga su don amoroso y su fantasía. Es el mismo niño el que lo crea, en el preciso momento que lo transforma en otra cosa y le otorga vida propia. A esta invención, Donald Winnicott la denomina: “creación en acto”.

Importante conclusión: ¡¡No confundamos un juguete con un producto ya fabricado y envasado!!

El juego

La actividad lúdica tiene en sí misma una dimensión terapéutica (tal como Freud nos lo señala en “Más allá del Principio de Placer”). En el juego el niño crea un mundo aparte, fuera del espacio y tiempo común. Lo inviste con mucho afecto, repite lo displacentero al tiempo que lo elabora y vivencia otras experiencias -hasta aquí inéditas-.

Asimismo, Freud nos afirma en el texto “El poeta y los sueños diurnos” que: “Todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose su mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo”.

El “amigo imaginario”

En la infancia aparecen los amigos imaginarios. Este fenómeno se encuentra dentro del desarrollo esperable de la fantasía infantil, la creatividad y la imaginación, tramas fundamentales de la salud psíquica del niño/a.

¿Y qué función cumple el “amigo imaginario”?

Se trata de un personaje que el mismo infante crea, y le otorga la posibilidad de depositar allí sus frustraciones, sus deseos y sus primeras elecciones de objeto. Se transforma en una herramienta lúdica, que permite tener más confianza en sí mismo y temerle menos al afuera, facilitándole, así, la sociabilización y el armado de nuevos vínculos.

¡Aclaración!

El “amigo imaginario” suele patologizarse y confundirse con una alucinación. Sin embargo, la diferencia fundamental con dicho fenómeno radica en que, además de crearlo, el infante le otorga la función que él desea y lo tiene bajo su control -lo puede invocar y hacerlo desaparecer cuando quiera-. Con la madurez creciente del niño, el amigo imaginario toma su maleta invisible y decae.

La comunidad de amigos: una apuesta imprescindible

Es tan importante para el niño introducirse dentro de un grupo de amigos, ya que este hecho le permite desarrollar un sentido de pertenencia y de descentramiento de su narcisismo. Ser uno entre otros. Comenzará a lograr autonomía de los adultos, aprenderá a relacionarse con sus pares, compartir intereses, respetar las reglas del juego y apoyarse mutuamente en los amigos. Todo este acontecimiento ocurre, generalmente, en la edad escolar.


jueves, 12 de enero de 2023

Consejos de grandes ajedrecistas

Los consejos están hechos para no ser seguidos, nos recuerda Lacan, se dirigen al yo que suele ser bastante terco. Aún así me pareció que podía ser interesante compartir estas frases de grandes maestros del ajedrez que he leído últimamente con la finalidad de armar el seminario de entrada en análisis en casos de toxicomanías. Se pueden aplicar a la vida y, muchas de ellas, inspirar al psicoanálisis. Si Freud comparó sobre todos los comienzos y finales de un análisis al ajedrez es porque este se trata de un juego lógico, pero también emparentado al arte. Hoy arrancamos esta nueva aventura. Se trata de trabajar entre el arte y el cálculo, como dice uno de estos maestros. Dejo por acá estas notas para quienes quieran recogerlas.

Luis Dario Salamone /psicoanalista
1- Si pienso, juego mal.
2- De pocas partidas he aprendido tanto como de la mayoría de mis derrotas.
3- Hay que eliminar la hojarasca del tablero.
4- Con el fin de mejorar tu juego, debes de estudiar los finales antes que todo, ya que mientras que los finales pueden ser estudiados y dominados por sí mismos, el medio juego y la apertura deben de ser estudiados en relación con los finales.
5- El buen jugador siempre tiene suerte.
6- En el Ajedrez, como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza.
7- Aquel que teme a un Peón de Dama aislado, debería de retirarse del Ajedrez.
8- La belleza de un movimiento no se refleja sólo en su apariencia, sino en el pensamiento detrás de él.
9- No es suficiente ser un buen jugador, se debe también jugar muy bien.
10- El mejor entrenador del ajedrecista es uno mismo.
11- El jugador que lleva ventaja debe atacar o perderá dicha ventaja.
12- El Ajedrez es arte y cálculo.
13- En el ajedrez, como en la vida, el adversario más peligroso es uno mismo.
14- Concibe el ajedrez como arte y no como juego.
15- En el ajedrez tienes que tener espíritu de lucha. Tienes que forzar jugadas y asumir riesgos.
16- Juego al ajedrez para divertirme, y las jugadas vienen a mi mente de una manera inconsciente, supongo, mientras estoy jugando.
18- Nunca se ha ganado una partida abandonándola.
19- Ha habido momentos en mi vida en los que estuve muy cerca de pensar que no podía perder ni una sola partida. Entonces, resultaba vencido, y la derrota me obligaba a descender a la tierra, desde el mundo de los sueños.
20- La vida es como el ajedrez: cada decisión que tomas es una jugada que define tu futuro.
Frases pertenecientes a los ajedrecistas Anand, Capablanca, Tarrasch, Steinitz, Botvinnik, Smyslov, Aliojin, Fischer y Tartakower.

miércoles, 26 de octubre de 2022

Niños tímidos: ¿Y si los acxompañamos a jugar?

La experiencia del jugar le permite al niño desplegar aquello que le ocurre (y que, sin embargo, no sabe ni comprende), al tiempo que lo estructura subjetivamente y le otorga la posibilidad de deshacer y liberar sus inhibiciones e impedimentos.
Como analistas proponemos al juego como herramienta clínica para abordar las problemáticas de la infancia. Por eso, ¡te recomendamos algunos juegos para realizar con los niños!

¿Qué juegos le podemos ofrecer?

.Jugar a las escondidas

.Jugar a armar un escenario en donde sean los títeres quienes actúan entre ellos una historia

.Utilizar títeres de dedos para armar una ficción conjunta

.Dibujar escenas con pares, en el colegio, en la plaza, en familia. Poner un nombre a cada dibujo y una historia que los entrelace

¡Fundamental!

Es muy importante que el analista tenga un rol activo y preste su cuerpo para desarrollar el juego, incentivando al niño con propuestas que lo inviten a tener la experiencia de lo lúdico -teniendo especial cuidado de que no se sienta invadido-.

¡Un plus!

Otro recurso válido, que acompaña al juego, puede ser el cuento. ¡Te recomendamos algunos cuentos útiles para compartir con el niño y tratar esta temática!

. “Tímida” de Deborah Freedman
. “Mimí Tomatito” de Laure Monloubou
. “Gustavo, el fantasmita tímido” de Flavia Z. Drago

¡Se pueden encontrar en internet y en librerías!

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Los tiempos lógicos y cronológicos

El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho.

El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;

es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;

es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.

El mundo, desgraciadamente es real;

yo desgraciadamente soy Borges.

J. L. Borges, "Nueva refutación del tiempo"


Me ha parecido, pues, necesario que al mismo tiempo que abordo el discurso de un niño y/o de un adolescente en su infatigable inmortalidad e incesante sexuación, considerar indagar y lo digo con cierta cautela, significantes, letras, números, cuadros y musicalidades, que no puedo ignorar, a partir de dos ángulos distintos, que implican anudar: lógica y tiempo.

La palabra “lógica” según el Diccionario Etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas, 1987, deriva del griego y se refiere al discurso, al verbo. A la disciplina que trata de los principios y criterios sobre la validez de las inferencias y demostraciones. Para el psicoanálisis implica una estructura dialéctica y analógica, que puede formularse en lenguaje matemático.

El término “tiempo” deviene del latín tempus, temporis (tiempo, momento, ocasión propicia, estado temporal en un momento determinado). El sentido originario de tempus remite más bien a una noción instantánea o de fracción considerada en la línea temporal, frente a vocablos latinos como aevus o aetas que remiten al tiempo en su extensión durativa. (Joan Corominas, 1987). También, proviene de una raíz indoeuropea, di o dai, que implica la acción de «dividir». Para el psicoanálisis el tiempo es efecto del discurso, e incluye los conceptos de retroacción y anticipación entre otros.

Así, tenemos una lectura diacrónica, a través del tiempo, y otra sincrónica, en un mismo tiempo. Desde luego, y en el devenir del caldero de la lengua que bulle, ambas modalidades de lectura pueden ser desplegadas dialécticamente.

En la primera, la diacrónica, las nociones y relaciones son desenrolladas de una manera sucesiva, una detrás de otra, hay un antes y un después —lógica por contigüidad—.

Mientras que las trenzas de cuerdas, una diacrónica.

Aquí, historizamos desde el presente el pasado, pero a la manera de una novela familiar.

En la segunda, la sincrónica, se analiza lo que se da en un momento dado. Así, los denominados modelos, esquemas, grafos, superficies topológicas, y nudos, implican la posibilidad de una lectura sincrónica, porque sus conceptos y enlaces remiten a la —lógica por simultaneidad—.

También, y es sorprendente saber, que ambas, contigüidad y simultaneidad, junto con la semejanza (analogía) y la causalidad, corresponden a las lógicas de lo inconsciente.

Estos criterios postulados por Freud (1950a, 1900a), regulan los desplazamientos y condensaciones de investiduras en lo inconsciente, y que reitero y dejo constancia: la simultaneidad (autoerotismo), la simultaneidad y la pasividad (constitución del yo placer purificado), la simultaneidad y la actividad, denominada contigüidad (yo cinético vía trastorno en lo contrario), la semejanza-analogía (complejo del prójimo) y la causalidad (teorías sexuales infantiles y yo real definitivo). Finalmente, la semejanza (que instaura vía juicio la diferencia sexual), la analogía (que posibilita lo distinto del das Ding - objeto a) y la causalidad (que posibilita las fantasías primordiales o fantemas, y el tiempo edípico).

Estos criterios son importados epistemológicamente por Lacan desde Freud, Saussure y Román Jakobson, como metonimia y metáfora. Aunque, en verdad, Lacan opta por la posición de Pierce (1965), que afirma que el signo no implica una díada, no tiene un carácter doble como sostenía Saussure, sino que se constituye como una relación triple.

Ahora bien, ya Lacan desde 1945, en «El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada», procura anudar dos dimensiones fundamentales, lógica y tiempo. En este lazo cobran importancia, variables temporales, algunas nuevas como la prisa o precipitación, cuya antítesis lo constituye el aguardar y otras ya indagadas e inventariadas como: el a-posteriori, la anticipación, la fijación, la regresión y la progresión. Estas dimensiones estructuran la acción del viviente.

Pero, detengámonos un momento en la presentación de estos lazos y efectos, porque en los tiempos lógicos de la niñez y la adolescencia nos resulta de gran utilidad tener en cuenta sus principales características.

Entonces, se impone una breve referencia ya que han sido, en otros textos de mi autoría, elaborados detenidamente.

A-posteriori (Freud, nachträglich, Lacan, aprés- coup): Se trata de una articulación de diferentes escenas, que habilita la decantación de un efecto de significancia —singular—.

Anticipación: Se refiere a un acto del pensar de carácter preparatorio de un desenvolvimiento posterior, por ejemplo, en la pubertad el sujeto puede “anticipar” temporalmente la muerte del propio yo.

Fijación: Ligazón privilegiada de la libido con objetos, imágenes, o tipos de satisfacción libidinal vinculados a fases previas. Las fases no son restos de un vivenciar anterior, recuperado cronológicamente, por el contrario, son formas de la demanda atribuidas retroactivamente al pasado.

Regresión: Proceso de organización libidinal del sujeto, derivado de un retorno en sentido inverso al desarrollo o progresión libidinal ante la frustración, con la perspectiva de una satisfacción fantasmática. Este movimiento puede ser analizado de acuerdo a diferentes modalidades, a saber: tópica, temporal y formal. En sentido tópico, la regresión se efectúa, a lo largo de una sucesión de sistemas anímicos. Puede ser indagada fundamentalmente en el sueño, en la alucinación patológica y en ciertos rasgos circunstanciales con relación a la memoria. Por ejemplo, la regresión a la fase del espejo, sitúa al sujeto en la alienación de una captura imaginaria sumamente radical. En sentido temporal, la regresión supone un retorno del sujeto a organizaciones libidinales previas del desarrollo. Se refiere a las pulsiones, al yo y a los objetos que se segregan de él.

En sentido formal, la regresión incluye el paso a modos de expresión y de comportamiento de un nivel previo. Como el retorno de las modalidades de funcionamiento del proceso secundario al primario.

Progresión: Implica considerar los procesos psíquicos en tres sentidos posibles, cuya prescindencia no es posible: a) como un movimiento de avance, progresivo de la excitación, desde el extremo perceptual hasta el extremo motor del aparato psíquico (sentido tópico), b) según el desarrollo de la libido y del yo (sentido temporal) y c) según la construcción de modalidades de expresión y figuración cada vez mas complejas (sentido formal).

Y concluimos con “prisa o precipitación”, un concepto que es evidente por sí mismo, y que implica una urgencia por concluir, una decisión, un juicio, un ritmo específico.

Estos procesos permiten enlazar los diversos factores que cobran eficacia en las llamadas series complementarias [vivencias, fantemas, disposiciones y pulsiones]. Es decir, como se sueldan las vivencias con los elementos del ello, (pulsiones, fantemas y disposiciones).

El análisis opera como un juego
“Las matemáticas sirven para eso: corregir al objeto. Es un hecho que las matemáticas corrigen y que lo que corrigen es el objeto mismo.

De donde [surge] mi reducción del psicoanálisis a la teoría de los conjuntos.” ¿Transferencia en Saint Denis?
JOURNAL d´Ornicar?
¡Lacan para Vincennes!

En el contexto del Seminario XII, “Problemas cruciales del psicoanálisis”, Lacan (1965/66) se consagra a la pregunta por el juego y nos dice que se trata de un término de amplia extensión, que abarca desde el juego de un pequeño, pasando por los juegos de azar, hasta la llamada teoría de los juegos de Von Neumann.

Agrega, luego que el análisis tiene todos los caracteres de un juego. Ya sea en sus formas más simples o más elaboradas, el juego implica la dialéctica en sus tres términos y un cuarto —distinto—, inferido por analogía, que lo integra y no le quita verosimilitud.

Una regla, aunque esté enmascarada y encubierta, es considerada como aquello que es propio del juego. “Una regla que está excluida de él como prohibida, ese punto que es, precisamente, aquel que, al nivel del sexo, les designo como el punto de acceso imposible, dicho de otro modo, el punto donde lo real se define como lo imposible. El juego reduce ese círculo de la relación del sujeto al saber; esa relación tiene un sentido y no puede tener más que uno sólo; es el de la espera. El sujeto espera su lugar en el saber. El juego es siempre de la relación de una tensión, de un alejamiento por donde el sujeto se instituye a distancia de lo que existe ya en alguna parte como saber; si en el tiempo yo creía, aún, que algo se juega”. (Lacan, 1965/66, p. 357)

En este marco, desearía intercalar de forma explícita las nociones de nuestra praxis, es decir, a los cuatro conceptos propuestos por Lacan (1964) que, desde luego, están en el fundamento del psicoanálisis con niños y adolescentes: Inconsciente, pulsión, transferencia y repetición.

Recordemos que el análisis es una praxis. Pero, ¿qué suele entenderse por praxis? En principio se trata de un término de raigambre marxista y sartreana, {*} que en el discurso procura un orden de verdad, al que se accede sólo por un camino singular: la trasferencia. Es el proceso por el que nuestra teoría se convierte en una parte de la experiencia vivencial en el marco de la transferencia en su disparidad subjetiva. También, el campo de la praxis puede ser comprendido como una tramitación simbólica de lo real.

Fuente: Diego Moreira, "Los tiempos lógicos y cronológicos"

viernes, 3 de septiembre de 2021

La subjetividad en peligro. Procesos identificatorios fallidos en neurosis y psicosis

El sábado 21/8/21, la Lic. Clemencia Baraldi dictó un Taller Clínico titulado "La subjetividad en peligro. Procesos identificatorios fallidos en Neurosis y Psicosis".

👇A continuación, los apuntes de la conferencia.👇

La construcción metapsicológica deviene de un apremio clinico. Es decir, nosotros teorizamos para entender la clínica y en el interjuego entre clínica y teoría, los profesionales debemos encontrarnos, en esta tarea imposible que es psicoanalizar.

Caso Francisco

Niño de 6 años, consultan los padres, con quien mantiene una primera entrevista para saber qué lugar ocupa el niño en la estructura discursiva familiar. No recibo niños sin padecimiento (ej., si los padres consultan porque no es el niño ideal para los padres) ni a niños cuyos padres no se comprometan a colaborar con el trabajo.

El primer obstáculo que se presenta es que Francisco no puede quedarse solo ni por un minuto. Uno de los padres siempre tiene que estar con él, sino se angustia de manera insoportable: llora, pega, se pega... La analista le dice al niño que el padre está en la sala de espera y que puede brir la puerta cada vez que lo desée. El niño entra y sale varias veces del consultorio.

La familia duerme y come, toda junta. El padre dejó de trabajar, de manera que toda la responsabilidad económica queda del lado de la madre. Francisco dice que juega y la analista le muestra los juguetes que considera que son adecuados para su edad. Él los rechaza, diciendo que son juguetes de bebé. L analista le invita a traer sus juguetes. El niño aparece con unos dinosaurios, que nombra correctamente. La analista le pregunta, entonces, a qué jugarán.

¿Cómo a qué jugamos? -pregunta el niño. -Este es el T-rex, este es braquiosaurio...

Francisco no puede entrar en ficción alguna. No juega. El padre se pregunta dónde está Francisco, cuál es su rasgo. Él dice que Francisco hace lo mismo que toda la familia. Hay un detalle de esta pregunta del padre, que es que él deja de trabajar al momento que nace su hijo. La pregunta paterna incumbe al hijo, pero también a la función.

¿Qué es jugar?

En Más allá del principio del placer (1920), Freud describe el fort-da, el primer juego del niño que observó en su nieto cuando él jugaba repetidas veces con un carretel, articulando un par de significantes: fort (afuera), da (adentro, vuelve). En determinado momento, Freud marca que el niño se mira al espejo y dice "El bebé oohh", el bebé se va.

El juego no es simplemente placer y Freud se pregunta por qué el niño juega a aquello que lo angustia: las idas y venidas de su madre, que para el niño son arbitrarias. El niño hace activo lo que sufre pasivamente, de manera que el niño logra domesticar lo traumático. Pasa a regular la presencia-ausencia y no simplemente padecerla. El jugar es una carta de ciudadanía para transitar la infancia.

Jugar no es lo mismo que nombrar o coleccionar juguetes. Los elementos que forman parte del juego son 4:

1) Recurencia: En el fort-da, vemos que el niño pasa largas horas haciendo que la madre vaya y vuelva.

2) Fabricación del juguete: El mejor juguete es aquel que el niño es capaz de fabricar, porque es la primer metáfora del sujeto. Cuando un niño logra esto, logró ingresar a la polisemia del lenguaje. De esta manera, un colador de fideos puede ser un casco, ó un palo de escoba un caballo; una sábana, una capa de super-héroe.

3) La organización de la ficción: El niño sabe que lo que hace no es la realidad, pero cree en esa ficción. De esa ficción, el niño debe poder entrar y salir. No hay ficción en un niño que pega la mesa con su sonajero.

4) Un par de significantes. En el fort-da, hay un fort para un da, o un da para un fort. Con Lacan diremos que entre ese par de significantes, S1 y S2, emerge el sujeto y se secreta ese objeto a. Este juego es el que permite luego decir luego "El bebé se va del espejo del Otro".

Cuando un niño puede reconocerse distinto del Otro sólo si se ha encontrado en el espejo. El estadío del espejo tiene que ver con esa posibilidad humana de reconocerse allí donde no est en el espejo. El niño a los 6-8 meses se reconoce en el espejo y gira su cabeza, esperando la sanción del Otro, que le devuelven la idea de que quien está allí, es él. El niño ahí confirma algo que ya intuye: él no es parte del cuerpo de la madre. Para esto, debe acontecer lo que llamamos segunda identificación.

La identificación

Este concepto recorre toda la obra de Freud, aunque en el capítulo 7 de Psicología de las masas y análisis del yo (1921) se lo trata muy especialmente. Freud propone a la identificación como la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona, de la que se toma un rasgo.

Hay que diferenciar identificación de mímesis. La mímesis habla de un todo, como un camaleón que forma parte del paisaje. La identificación secundaria toma un rasgo y requiere del registro simbólico, anudado a lo real y a lo imaginario, para apropiarse de él.

¿Pero qué entendemos por primera identificación? Se trata de una identificación al padre primordial. Esto Freud lo dice posteriormente a 1921 en Psicología de las masas, El Yo y el ello es de 1923 y en la página 23 nos dice que esto nos reconduce a la génesis del ideal del yo, donde se esconde la identificación primera y de mayor valencia del individuo: la identificación con el padre de la prehistoria personal. ¡Prehistoria! Freud relaciona permanentemente la ontogénesis (los procesos de la subjetividad y de los procesos psíquicos) con la filogénesis (el proceso de hominización). Hay humanidad cuando se constiuye el lenguaje, que requiere de una prohibición como invariante de estructura. La prohibición de la que se trata es la del incesto, del que Freud da cuenta en la construcción del mito de Tótem y Tabú. En este mito, un macho dominante tomaba para sí a todas las mujeres. También está la figura del tótem, que suele ser un animal sagrado del que se rescata un rasgo. Por ejemplo, la bravura del león. A este animal, en ocasiones especiales, se lo mata y se lo devora, pensando que en esta incorporación se incorpora un rasgo de este animal. Los hermanos expulsados matan al hombre aliándose, y lo devoran, pero incorporan la renuncia a al menos una mujer, la madre, y a la idea de matar al padre. La muerte de este padre en manos de sus hijos, se constituye en significante que legaliza lo humano por el lenguaje.

El mito de Freud es interesante, donde no interesa si ocurrió o no, sino notar que mucho de lo que Freud dijo allí aparece mucho fantasmáticamente en la neurosis obsesiva y en sus rituales. En la neurosis obsesiva, la problemática del padre toma una consistencia muy interesante y digamos, al paso, que allí donde hubo un mito, lacan dijo que iba a convertirlo en una premisa lógica. En Ancore dice que porque hubo alguien que no ingresó en la lógica de la castración, es que ahora todos ingresamos, dando lugar a los matemas de la sexuación.

La primera identificación es mítica, anaobjetal, inaugural, indatable, necesita de un Otro primero para que se produzca. Se trata de un Otro simbólico que pueda armar cuerpo en el niño. Esto significa que quien desarrolla la función materna debe responsabilizarse desde su deseo que el niño "le llora" y debe calmar y poner palabras a eso que le pasa. En La negación, vemos que hay un primer acto psíquico en el niño por el cual él expulsa la cosa cuando incorpora el lenguaje, porque la madre le habla a alguien entronizado y deseado. Esto no depende de lo biológico, sino de lo simbólico, que si no está trae aparejado problemáticas muy complejas.

Entonces, en la primera identificación el niño recibe a través de la función materna la herencia filogenética de la humanidad. Lo que a la humanidad le llevó siglos construir, el niño lo recibe en pocos meses: recibe el lenguaje. Hoy ya se sabe todo esto a nivel neurológico. El lenguaje y las distintas lenguas generan cambios que organizan el cuerpo. La madre, hablando, organiza una serie pulsional -mirada, voz, boca, musculatura-, intrincándolas. En esta identificación, se incorpora la lengua materna.

La segunda identificación es a un rasgo que permite saber que yo no soy el otro. Hay fracasos en la segunda identificación, en donde un niño, en lugar de tomar un rasgo del padre, hace del padre. Camina y habla como él. Peor aún los niños que se mimetizan con un animal y hacen de ese animal. No es que juegan a ser un perro, sino que se han mimetizado con él en lo que es un fracaso de esta segunda identificación. De esta manera, la identificación exige del Otro, pero a la vez hay que salir de él tomando un rasgo. Por ejemplo, el nombre propio: nos lo han puesto, pero nos lo apropiamos para saber quiénes somos. En el estadío del espejo, el niño confirma lo que sabía anteriormente, de manera que se anudan los registros de manera tal que si uno se rompe, se desencadenan los otros.

Como Lacan proviene de la psiquiatría, nos deja el concepto de desencadenamento, irrupción de la psicosis, donde los registros dejan de funcionar como tal. En el espejo, donde el niño confirma imaginariamente -en su imagen-, lo que de alguna manera ya sabía en lo simbólico (su nombre, por ejemplo) y anudado a lo real, que es el registro que no correspone a la imagen ni del símbolo, pero que anudado a los otros dos permite acotar.

En la salida del estadío del espejo hay un anudamiento de la imagen (el niño se ve en el espejo), con lo simbólico (el niño se nombra, dice "yo") y de real, porque parte de su organismo no hace parte del yo. El yo es cuerpo, no es el organismo biológico. El cuerpo es pulsional, que responde a las representaciones del inconsciente.

Sin identificación secundaria (al rasgo) no hay ingreso ni salida del el estadío del espejo. Allí está el rasgo unario, que al niño lo vuelve Uno en una serie. Sobre ese rasgo unario se agregan una gran cantidad de identificaciones que van a permitir que Freud diga que el yo es un prcipitado de identificaciones, sedimentadas en esta primera identificación. Vamos a encontrar patologías pre-especulares, porque no ingresan o no salen del estadío del espejo, como los campos de las psicosis y el autismo.

La segunda es una identificación al rasgo y la tercera es una identificación al síntoma del Otro ó a su deseo. Esta tercera identificación no requiere de una relación previa. Freud la ilustra con las jóvenes donde una recibe la carta de su amado y se desmaya, haciendo que el resto de las jóvenes se desmayen, identificadas al problema de la que recibió la carta. Esto se ve frecuentemente en los fenómenos de masa.

Caso Horacio (adolescente)

Horacio se presenta mal vestido, mal higienziado, quejoso. Es traído por sus padres "por las dudas, por si algo se puede hacer". Las sesiones se inician entre sus reclamos y sus saltos. "Tengo que trabajar con albañiles", dice el niño, al que su padre arquitecto lo lleva a las obras.

El niño brinca del escritorio al piso y del piso al diván. "¿Es gracioso o no es gracioso?", pregunta el niño comulsivamente. La analista dice que él quiere caer en gracia, pero que no es lo mismo que la gracia se caiga. A veces, Horacio habla con voz de pito muy aguda; otras, con una voz de ultratumba que resuena como un trueno y es muy difícil de soportar. Es evidente que la adolescencia le cayó en el cuerpo sin poder soportarla. El adolescente en cuestión no puede especularizar ni simbolizar lo real de la pubertad.

¿Cómo simbolizar los cambios de voz, esquema corporal, disrupción libidinal sin resortes simbólicos que den consistencia? Una tarde, al finalizar una sesión, toma un papel del escritorio y lo devora masticándolo lentamente. La analista lo mira con benevolencia y le dice que él quiere llevarse algo de allí. Afirma con su cabeza y se retira con menos ansiedad que de costumbre. Otro día, ingiere una tarjeta con el nombre de la analista. ¿Se trata de la comida totémica? Sí y no. Sí, porque estamos ante una transferencia real en donde los acontecimientos son reales y no simplemente recuerdos de lo reprimido. En 1913 Freud sostuvo que la primera identificación es canivalística y que se trata de una incorporación. Y no, porque esta incorporación es un andamiaje que si bien permite muchas cosas, no repara lo no realizado en su momento.

Horacio empieza a venir con gusto y puede incluir voluntariamente una herramienta fundamental para el trabajo: la escritura. Trae un cuaderno y en el que consolida sus dichos y sus preocupaciones. Por ejemplo "Las personas sexuales son putas, los que se miran y se tocan son putos", "No me gustan las mujeres". Rechazo de una sexualidad que no puede ser abordada ni afectada.

En otro tramo de su tratamiento, aparece con un ratón real en una jaula. Saca el ratón de su jaula y ante el estupor de la analista, se lo introduce en la boca una y otra vez. ¿Un ratón? De todos los animales, produce rechazo por unanimidad. ¿Qué quiere decir Horacio en esta escena que muestra? Nuvamente él se lleva algo a la boca. De devorarlo, ¿Qué rasgo podría incorporar? La analista le dice que para hablar del ratón, será necesario que lo deje en el cuarto contigüo. Él acepta a regañadientes, pero esta prohibición lo remite nuevamente a la escritura, donde escribe "¿Cuándo serpa el día en que una mujer abrace y bese un ratón?"

Trabajar sobre la escritura es siempre un recurso muy importante en estos casos donde la incorporación de la lengua no ha quedado sellada por la emergencia de la letra propia. Hay un fallido de la primera identificación, porque la segunda no puedo sellar a la primera. La letra es litoral entre lo real y lo simbólico, es decir, sin ser puramente real ni simbólico, hay algo que él ya puede engarzar de estos dos registros.

En el campo de las estructuras holofraseadas -psicosis, por ejemplo-, la transferencia no navega por los ríos de la palabra y aún cuando esté presente, remar solo con ella sería como echar los bofes en el remo, cuando el navío está en la arena, omo señala Lacan. La operación analítica será realizada sobre su caligrafía.

¿Cuándo será el día que una mujer

abrace y bese un ratón?

Esta frase él la acepta y se constituye en un ahelo. Este pasaje de ratón a rato, es posibilitado por la estrctura. Si uno se manejara por el campo de la palabra, no podría producir esta operación por el fracaso de la primera identificación. Horacio se afirma en lo que está diciendo y se afirma, dice que sí le gustan las mujeres. Deja de huir cada vez que su padre ingresa en el hogar; incluso, puede armar una precaria historia de sí mismo, que permite una mpinima ubicación del momento del conflicto donde implosiona la estructura, cosa que sucede cuando lo real de cuerpo irrumpe en la adolescencia, sin que exista cobertura simbólica e imaginaria que lo acote.

Esta operación produce una baja en la ansiedad, una mejor convivencia. Horacio sigue utilizando la escritura, pero ¿es realmente eso una incorporación de la lengua, que no aconteció cuando era niño? Esta escritura es una suplencia. Hay una relación entre tiempos lógicos y tiempos cronológicos, por la cual en clínica de niños uno se pregunta qué tan temprano llegamos tarde. Nacemos anatómicamente superdotados, pero neurológicamente prematuros, maduración que termina a los 5 años de edad. Si ciertas zonas del cerebro no se irrigan en determinado momento, aparece el fenómeno del desgaste, por el cual ya no se irriga. La atención antes de los 5 años es más deseable que luego.

En el caso de Horacio, esta suplencia de incorporación permite una serie de mejorías, pero no lo saca de su psicosis. Un día una chica una chica lo invita a tomar café, y el no va porque "A mí no me gusta el café". O sea, café es solo café y no ingresa en la polisemia del lenguaje.

Si comparamos el primer caso con el segundo, podemos decir que ambos son dos trabajos pedidos por encargo. Está la dificultad de que no es el sujeto que consulta por su síntoma. En ninguno de los dos casos hay síntoma, en el sentido que el sujeto no relata algo de sí mismo que molesta y que genera transferencia, cosa que tampoco hay.

En el caso de Francisco, no podemos decir que esté loco. La analista le indicará al padre que intervenga ante la conducta del niño de pegarle a la madre y que la pareja parental duerma sin los hijos. De esta manera, Francisco dice "Hubo pelea en casa, pero esta vez yo no tuve la culpa", de manera que sale del todo conglomerado de su familia.

Con Francisco la analista se vale del dibujo, ya que él no puede jugar. No aparecen dibujos de personas, pero sí zombies, plantas, peces, lo que extiende el tiempo para que no tenga que salir a confirmar la presencia de la madre. Es un caso que se puede apostar a la neurosis. Comparado con el caso de Horacio, podemos decir que la maniobra en la trasnferencia de no leer lo que dice, sino la escena que monta y trabajar sobre la escritura, va a permitir una estabilización y una mejora en el padecimiento.

Son dos casos donde hay fallidos identificatorios, pero con estructuras diferentes. En ambos hay algo que el analista puede hacer.