martes, 23 de octubre de 2018

El cuerpo en la Vejez, una mirada desde la recreación.

Por Sergio L. Fajn


¿Qué mirada singular puede aportar la recreación al tema del cuerpo en la vejez y cuál es su papel en la prevención en la salud?
Intentaremos ubicar el tema a partir de una situación problema que nos posibilite desarrollar algunos ejes conceptuales.

Una escena:
María, 68 años, vive sola en un departamento de dos ambientes en el barrio de Almagro, Capital Federal, Argentina. Dice que los dolores de huesos y  la humedad de esta ciudad no la dejan vivir en paz; le ha pedido a su hijo Juan Manuel que le ponga las cosas de uso cotidiano en los estantes de abajo de la alacena porque se le hace difícil estirar los brazos para llegar hasta arriba.
No sabe que le molesta más: si seguir subiéndose a la silla para llegar hasta las latas o pedirle a los demás que le den una mano.  Siente que su mundo se achica cada día mas, que las molestias la van cercando, que no hay con quien hablar, ni adonde ir.
Javier su nieto de 10 años vio que en su escuela después de las seis de la tarde entra gente de la edad de su abuela.  Decidió averiguar que pasaba, y descubrió que ese podría ser un sitio para ella.  La invitó, insistió durante un tiempo en la propuesta y María recién accedió  a ir después de seis o siete meses.
Al principio fue solo a mirar las clases de gimnasia, desde lejos, por sí acaso.  Una vez que entró en confianza decide sumarse poco a poco.  Presentó su chequeo médico al profesor y en un costadito empezó a moverse tímidamente.   
Javier la esperó desde el asiento.
Ella quedó sostenida por la mirada de Javier y el profesor.
No estaba muy segura de qué la llevaba cada lunes, cada miércoles, cada viernes.  Si era por sus nuevas compañeras que la saludan por su nombre al llegar, o que descubrió a una vecina de la otra cuadra que también iba a la actividad, o el profesor que la estimulaba a seguir, o quizás no quería defraudar a Javier.
A los dos meses se sumó al taller de juegos teatrales los martes y jueves.  María nos cuenta “hoy volví a poner las latas de yerba y galletitas en el estante de arriba, con cuidado pero llego.  Acaricio la gata agachándome y el otro día, en teatro representamos un bus, yo iba parada, sosteniéndome, sin trastabillar, no tenía miedo a caerme con cada frenada.  Es posible que pronto me anime y suba al bus de verdad y ande tranquila.”


Un eje preventivo: Preservar la autonomía
En esta viñeta tenemos una mujer con un horizonte que se le va recortando progresivamente. Dolores que reducen su campo de acción, miedos que la inhiben a viajar en bus con seguridad y confianza.  Malhumorada al tener que depender de su hijo.  Pocos lazos sociales que se extiendan mas allá de los familiares.
Su autonomía se va perdiendo.
Las transformaciones que suceden a partir de todo esto en la vida de María se relacionan con el cambio de posición subjetiva frente a su propio envejecimiento.  Planteamos algunas preguntas ¿qué espacio le queda para el placer?, ¿es necesario quedar sometida al padecimiento?, ¿el único modo posible de vivir la vejez es quedarse solamente con la familia teniendo que relegar otros lazos sociales?, ¿el dolor es una manera de conectarse con el cuerpo?, ¿qué hacer con sus horas liberadas de obligaciones?.
Su nieto le abre un puente para empezar a desplazarse.  Va de la mano de alguien en quien confía.  Llega a un sitio desconocido, explora, observa, tantea donde pisar, donde caminar segura.  Mira y se compara con sus pares dejándose llevar por un profesor.
Las miradas de Javier, del profesor y también de los compañeros la sostienen. Le dan lugar para desplegarse mas allá de lo habitual.  Extender su palabra, su cuerpo, su voz, su gesto.  Encontrar un territorio fértil y seguro donde desplazarse.
Se construye una trama que le permite rearmarse, apropiarse del lugar, dejar sus huellas.
Habitar un espacio donde reconocerse en los otros y ser nombrada.
Puede diseñar un proyecto diario centrado en actividades placenteras.
Pega así un salto que le posibilita volver a manejarse en forma independiente en su vida cotidiana, en su casa, con sus cosas, con sus seres queridos.  En los desplazamientos, gana en prolongación, va mas allá de lo habitual.  Reconquista el espacio, vuelve a subir al bus, llega nuevamente a la parte de arriba de la alacena.

Hacia un nuevo cuerpo

Se ponen en movimiento su cuerpo y sus fantasías.  Un cuerpo que entró en acción aún mientras observaba.  Viendo a los otros se veía.
Múltiples cuerpos conviven en el  suyo, el cuerpo del dolor, el cuerpo que le devuelve el espejo, el cuerpo lento, tembloroso, inseguro.  El que le retornan sus seres cercanos.
Ahora la boca del cuerpo se abre para hablar.  Es el encuentro progresivo con el cómo se está aquí y ahora, descubriendo las posibilidades e imposibilidades, dando pasos para hallar formas de placer con este nuevo cuerpo.
Cuerpo que es nuevamente contorneado en el encuentro con las miradas, con los contactos.
Irá construyendo un envejecimiento saludable en la medida que vaya soportando el límite de aquello con que cuenta y pueda ir explorando las alternativas novedosas que se le presentan; surcando las oportunidades a las que ella esté dispuesta a autorizarse a recorrer.
No se trata solo de emprender una clase de gimnasia, estar ahí es toda una decisión.  Elegir la ropa apropiada, peinarse, pintarse, cuidar su aspecto, verse bien; levantarse esa mañana con un proyecto claro y preciso, que la motiva, que la impulsa hacia adelante.  Saber que va a encontrar caras conocidas, ser nombrada, pertenecer a un grupo, extender los lazos a nuevas personas.  
Quizás el padecimiento empieza a ocupar un lugar secundario ya que hay un nuevo organizador de su vida cotidiana, hay un proyecto vital, social, abierto, que la mueve.


El cuerpo entra en escena
Consideramos que en el ingreso de María al Centro-Escuela  pone en escena  su cuerpo,  pone a trabajar su cuerpo. A partir de él y de su motricidad, a partir de lo perceptivo puesto en situación se produce un movimiento de otro orden que opera sobre las imágenes corporales. El esquema corporal especifica al individuo en cuanto representante de la especie: es, en principio, el mismo para todos.  La imagen del cuerpo, en cambio, es propia de cada uno: está ligada al sujeto y a su historia.  Soporte del narcisismo, es eminentemente inconsciente. La imagen del cuerpo es la síntesis viva de nuestras experiencias emocionales: interhumanas, repetitivamente vividas a través de las sensaciones erógenas, electivas, arcaicas o actuales.  La imagen del cuerpo refiere al sujeto deseante, a su gozar, mediatizado por el lenguaje memorizado de la comunicación entre sujetos. La imagen del cuerpo es la huella estructural de la historia emocional de un ser humano.
En la vejez, las modificaciones pueden implicar una rotunda lesión narcisística; lo que refleja el espejo puede tener un carácter crecientemente decepcionante.  Y en esto se entrelazan valores predominantes en nuestra cultura occidental actual.  Belleza y vigor son rasgos sobrestimados, desplazando como aspiración, frecuentemente a todo otro ideal.  El modelo cultural vigente condiciona desde dónde el individuo buscará satisfacer el requisito narcisístico de ser reconocido y valorado. Tomamos como idea de narcisismo la búsqueda de unidad del sujeto.  Dice Hegel en Fenomenología del Espíritu: “El ser humano completo sólo es en cuanto se lo reconoce”.  Ese cuerpo decepciona al sujeto en la medida que supone desilusión del otro.  El adulto mayor corre el riesgo de apoyarse solamente en su imagen visual.
Sigmund Freud de entre los tipos de impresión sensorial (la vista, el dolor) destacó un modo intermedio entre lo externo y lo interno: la doble impresión táctil, que consiste en la superposición de dos percepciones: tocar y sentirse tocado.  Esto implica una subjetividad y se constituye en el contacto con el otro.
La recuperación de ese otro modo de reconocimiento, el contacto táctil, facilita el reencuentro con un espacio subjetivo compuesto por sensorialidades y estados afectivos.
El desarrollo de las actividades recreativas son de importancia fundamental para el armado de este espacio subjetivo, en el contacto con el otro, abriendo lugares para el reconocimiento del nuevo cuerpo.


Haciendo un lugar
El aislamiento, la ausencia de proyectos vitales, la dificultad para encontrarle un sentido a la vida en este momento ponen al sujeto a veces frente al riesgo de desintegración.  Una salida posible para algunos viejos es la traducción de estos acontecimientos en la aparición de un “mal”, ligado con una localización en el cuerpo o a veces en la mente de dolencias, malestares, sufrimientos o enfermedades.  Quizás desde este posicionamiento perciba que se preserva mínimamente su integridad.  Se fortalece la siguiente creencia Duele, por lo tanto soy. Así, se retorna a un modo que implica la pérdida de las capacidades simbólicas para afrontar las crisis.
La presencia del dolor es la expresión contradictoria de un sujeto que tiende hacia la muerte y que a la vez puja por vivir buscando cuidados y protección; lucha por sostener la vida.  El camino hacia la muerte podría estar definido por la ausencia de búsquedas, ya no hay espera, ni deseo puesto en juego.
El malestar, el dolor, la enfermedad cumplen la función de organizador que contrarresta el temor a la desintegración.  Pero el dolor no es una cuestión privada.  La enfermedad tiene un valor relacional.  A veces cuando está desarticulada la red vincular con el contexto, el cuerpo doliente permanece como garantía de seguir vinculado al otro. El sujeto espera y a veces obtiene de este modo los cuidados requeridos.  Mimos, caricias se conquistan enmascarados por la enfermedad.
Sobre este punto otra perspectiva posible es que hay un discurso dominante que ejerce sobre el viejo una presión social para adaptarlo a un lugar de lo conservador sin deseos ni conflictos.  Así el conflicto se traslada al cuerpo, única forma socialmente aceptada de expresarlo, completando una equivalencia que equipara al cuerpo viejo con el enfermo, pasando la enfermedad a ser un factor de comunicación social, validado y “muy bien” aprovechado, por diferentes instituciones públicas y privadas. Mensaje disciplinador del cuerpo, según el cual ser “normal”, estar “adaptado”, implicará el ocultar o negar por parte del viejo, toda manifestación de sus emociones, sentimientos y sexualidad.   
Es un intento de regreso vía la enfermedad a una situación de desamparo.  El desvalimiento se hace socio del dolor otorgando derechos a reclamos compensatorios. El aislamiento en la vejez caracterizado por la ausencia de vínculos,  puede precipitar la vivencia de desvalimiento e indefensión.  Frente a esto, las actividades recreativas en el espacio grupal despliegan todo su potencial en dirección a la protección y amparo del sujeto.  Desde esta premisa la estrategia de constitución de grupos se apoya en un principio de prevención.   Un espacio donde el docente y los compañeros arropen con sus miradas y palabras.  Plataforma desde donde podrá afirmarse y saltar a otros espacios y relaciones.
El primer amparo que un ser concede a otro es tomarlo en cuenta.
Ser mirado, tocado, escuchado es estar vivo. “Si me mirás o me tocás existo”.
El dolor físico avala la vuelta a la experiencia de contactos corporales, en los que uno es mirado, sostenido, tocado.  El cuerpo enfermo es un cuerpo habilitado para ser mirado, tocado, cuerpo del que se habla, cuerpo que ocupa el centro de la escena, pero que se presenta de este modo como pretexto, a la espera de hallar una vía mas saludable de satisfacción.
Algunas investigaciones coinciden en remarcar que la concurrencia repetida de los adultos mayores a la visita médica legaliza el espacio seguro, de compartir con otros un largo rato de charla en la sala de espera, y también el momento para ser escuchado y tocado por un/a profesional. Enmarcado en una visita médica se avala y se deculpabiliza el pedido encubierto de amor y cuidados. A veces no importa la medicación, el alivio ya se produce por el mismo hecho social de la visita.  
En el campo recreativo encontramos que los adultos mayores que emprenden actividades y vínculos que les resultan significativos reducen el consumo de medicamentos y la cantidad y frecuencia de visitas a los médicos.  Se desprenden del dolor progresiva o rápidamente.  Los temas de sus discursos transitan el pasaje de la queja al placer, compartiendo lo que hacen y con quien lo hacen.  Fenómeno de sustitución que se emprende a partir del desarrollo de actividades recreativas.
Incluimos la noción de sustitución como contenido propio de la esfera del juego.  La recreación toma como motor esencial el juego creando condiciones ilusorias para poder armar situaciones de sustitución. El juego en la vejez  recupera la capacidad del sujeto para imaginar otras cosas, ser otras cosas y hacer otras cosas pero expulsando todo contenido de dolor o padecimiento.  Esa es la condición para que se mantenga el juego: estar alejado y por ende preservado de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.  Alejados en cuanto a su posibilidad real.  Así durante el juego puede inventarse una nueva realidad, una realidad segunda o del “como si” donde se ingresa en el mundo dominado por la imaginación, por la ilusión de los jugadores.
Allí se puede dirigir el destino de las acciones y ensayar sin peligros como modelar la realidad cotidiana.  Recuerdo al viejo Juan que decía al llegar al grupo de gimnasia “..aquí es donde se me van los dolores, me río y me divierto.”

Para no caer en la vejez
Durante el envejecimiento el cuerpo “habla” y lo hace sobre todo desde lo físico, ya que envejecer es un proceso de transformaciones y cambios que incluyen al cuerpo.
El  conflicto que en mayor medida impide aceptar el envejecimiento, es el desfasaje que el anciano enfrenta entre lo que siente que puede y lo que puede en realidad.
Hay por un lado un deseo inconsciente, atemporal, que no envejece y por el otro, un cuerpo que si lo hace.  Cuando no puede soportar esta discordancia inevitable, tratando de ir más allá de lo que su cuerpo le posibilita, se pone el viejo en situación de riesgo físico y/o psíquico, proclive a accidentarse.
Algunos adultos mayores sufren patologías y sin embargo destacan su impulso por las búsquedas de placer, crecimiento y desarrollo. Podemos entonces pensar que un viejo normal no es necesariamente un viejo sano. Un viejo normal es un viejo que está en condiciones de hacerse cargo de su salud y de su enfermedad.  
Por otra parte podemos decir que algunos aún en ausencia de enfermedades pueden posicionarse patológicamente frente al envejecer.
Un viejo normal es un viejo que se adapta a la disminución de su rendimiento físico: toma contacto con como está su cuerpo aquí ahora, evalúa las posibilidades y las limitaciones.  
El espacio recreativo permite llevar a cabo rectificaciones y reajustes en el marco del encuentro con los otros que devolverán miradas y palabras que contribuyen en este acto de actualización y reacomodamiento.  Se recrea la perspectiva y la mirada propia sobre el cuerpo.
En la actividad recreativa destacamos el espacio de escucha abriendo un sitio fértil para la aparición y circulación de preguntas sobre cómo el individuo se implica frente a las pérdidas, los cambios, los deterioros y cual es el modo en que los va llevando.
También podemos encontrarnos con quienes no puedan o no quieran salir de la dolencia, indicando el modo de encarar un envejecimiento patológico.  Son los sujetos que no han tenido en cuenta el elemento tiempo y se desencadena de golpe, abruptamente la presencia de los cambios.  Sin posibilidades de elaborar y preparase para el futuro, la vejez se les convierte en una caída. Invierten enormes montos de energía en detener u ocultar los cambios.  Marca las dificultades para aceptar las pérdidas y por lo tanto no hay ocasión de encontrar reequilibrios compensando pérdidas con ganancias.  Limitados para hallar sustitutos donde reinvertir las energías que pueden quedar liberadas de los objetos que se han perdido.
Frente a esto en un envejecer normal se podrá reemplazar el poder de la juventud por la sabiduría que traen los años.


Envejecer es un momento de la vida que requiere de un arduo trabajo psíquico de elaboración, basado en re-significaciones a nivel de lo subjetivo.
El anciano enfrenta en su cuerpo cambios que modifican su esquema corporal y su imagen, llevándolo a una tarea psíquica de re-conocimiento y  re-elaboración, entre aquel cuerpo conocido, ya perdido y este cuerpo desconocido de la vejez, pero disponible.
El cuerpo es un lugar de inscripción de lo inconsciente y es una representación simbólica que el sujeto deberá construir, también simbólicamente, a través de su historia, y que por ser sede pulsional estará permanentemente abierto a re-significaciones.
La inclusión de lo grupal en el tipo de abordaje antes citado, favorecerá que en la relación con otros, en la mirada de los otros, en el encuentro vivencial con los otros y a partir del trabajo corporal, se pueda reflexionar sobre el cuerpo, propiciándose así el proceso de reconocimiento.
Este abordaje preventivo integral, que incluye la dimensión corporal, no la incluye a modo de “entrenamiento” sino –al incluir también la dimensión “psi”- como posibilidad de resignificaciones simbólicas que permitan reelaborar los cambios corporales en cuanto a potencia, ritmo, fuerza, imagen y autonomía.
Mover el cuerpo, sentirlo, preservarlo y cuidarlo, ayudan a reconocerlo.
El trabajo recreativo que apunte a la prevención contemplará entonces la articulación de lo psíquico con lo físico y permitirá además que se resignifique la relación que el sujeto tiene con el tiempo en este momento de su vida.
Tiempo cronológico que en lo consciente denote la presencia de los límites que marca el envejecer.
La tarea recreativa en la tercera edad, es también preventiva.   No se trata de prevenir la vejez ya que no es una enfermedad, sino de prevenir su avance prematuro y un modo patológico de  deterioro. Es por eso que se toman los recaudos necesarios en cuanto a forma de vida, ejercicios físicos, tratamientos estéticos y de todo tipo que le permitan al adulto mayor seguir manteniéndose vital, activo y joven. Pretender esto no va en contra de aceptar la vejez.  
La tarea recreativa-preventiva en la tercera edad, que articula el trabajo corporal y el trabajo psíquico, apunta a movilizar el exceso de concentración narcisista, que sobre todo en la actualidad, se centra en la imagen de un cuerpo joven, buscando resolver situaciones de la vida diaria tendientes a actualizar la nuevas y distintas posibilidades del sujeto que envejece, renovando así permanentemente el compromiso con el cambio, ya que un sano envejecer no precisa sólo de un cuerpo flexible, sino también de un espíritu flexible.
Esta propuesta interdisciplinaria, que articula el trabajo psíquico con el corporal podrá realizarse ligada a cualquiera de los espacios de recreación donde el adulto mayor participa.  Implica redefinir el dispositivo de los talleres o cursos habilitando en ellos un espacio donde poder conversar y dar cuenta de estas cosas.
Al diseñar una estructura recreativa, se concibe al sujeto que envejece desde una perspectiva integral, buscando que tenga oportunidades y posibilidades para seguir desarrollándose biológica, psicológica y socialmente.  Por ello se intenta organizar las actividades planteando preponderantemente lo físico-corporal, lo social-grupal, lo afectivo-emocional y solo a los fines didácticos se destaca circunstancialmente un área sobre otras, sin perder de vista la interrelación e integralidad de la propuesta.
En el caso de María una puerta de ingreso fue el curso de gimnasia y luego se integró al curso de  juegos teatrales.  Ambas actividades podrán producir efectos en cualquiera de las áreas.  La idea de integralidad es sostenida también en el armado de equipos interdisciplinarios que fortalecen y potencian el trabajo de los otros.

Hay algo que nunca envejece
En un envejecimiento normal crecer implica ir aceptando el paso del tiempo, identificando que hay algo que nunca envejece: el deseo, que es indestructible, atemporal y transciende al deterioro.  Esto tendrá que ver con el lugar que el sujeto esté dispuesto a conservar para dar rienda suelta a su “niño” y seguir motorizando sueños y proyectos.  En esto la recreación presenta condiciones apropiadas para que este trabajo pueda llevarse a cabo, sitio privilegiado para el despliegue del juego, la imaginación y las nuevas iniciativas.  Espacio de ejercicio para la creación de nuevas versiones acerca del envejecer.
La preservación del espacio de juego, creación e ilusión se opone a la desesperación de sentir a la existencia toda como un drama.


Un envejecimiento normal se relaciona entonces con las posibilidades que el sujeto se de para hallar espacios placenteros, con la elaboración acerca de la muerte y un deseo de afirmar y prolongar la propia existencia, con la transmisión por parte del sujeto de las significaciones sobre la vida a otras generaciones. Evitar que prevalezca el estancamiento exige por un lado el trabajo de duelo por la propia vejez y por el otro la búsqueda y el establecimiento de vínculos e ideales.


Ubicando los limites
Consideramos necesario en la actividad recreativa diferenciar la idea de límite.  Esta puede ser vista en dos sentidos: el límite que impide el movimiento, el límite como restricción, por una parte y el límite que es frontera, que marca los contornos, que permite la formación de una imagen definida, por el otro.  Al primero lo llamaremos “limitación”, mientras que conservaremos la palabra “límite” para el segundo sentido.
Una limitación se puede elaborar, tolerar o modificar si se puede hacer un trabajo para conectarse con las imágenes ideales de cada uno y aceptar las limitaciones.  El esfuerzo de mantener una imagen ideal, la pelea entre lo que me gustaría ser y lo que soy, desvitaliza.  La energía se emplea en esa oposición, en la pelea con el límite.  Quizás, la cercanía del gran límite, la muerte, hace que no sea sencillo escapar a esta tendencia a oponer resistencia a los límites y dejar las energías en el intento.
Un cuerpo limitado, sí, pero una limitación física puede verse recargada por una determinada relación con los límites, por la falta de aceptación de esos límites.  
En la actividad recreativa se abre la oportunidad para interrogar las imágenes que se tienen sobre el propio cuerpo, para recorrer los límites, para tomarse con humor los cambios que hoy se viven, para desdramatizar aquello que se presenta dramático y se congela con un único sentido.  Tarea de revisión de sentidos en la búsqueda de nuevas formas de placer en este nuevo cuerpo a construir.  Al amparo de un grupo y de una actividad flexibles, sin imperativos, es posible llevar adelante esta revisión y construcción diseñando una imagen de cuerpo ligada a la actualidad, a las posibilidades y a los deseos.  Cuando se acepta la limitación se descubre, en el cuerpo, lo que no está limitado. En lo que no está limitado se puede usar esa energía que se desperdicia en la lucha por la juventud perdida.  Lucha por la negación del paso del tiempo.

Recreando la vejez
Hemos expuesto algunos de los avatares por los que se va atravesando en el envejecimiento en cuanto a los fenómenos ligados a la temporalidad.  El salto que se da en la actividad recreativa para ser definida como tal, estará signado por la vivencia que de ese tiempo se tenga como tiempo libre.


Instante privilegiado en tanto el sujeto puede desligarse de obligaciones domésticas, laborales, de reproducción económica.  Es en el área del tiempo liberado donde se manifiestan con mayor claridad  los rasgos y características de una cultura vivida y se presentan las condiciones más favorables para seguir desarrollándola.  Sin embargo hay que tener en cuenta los aspectos inhibitorios que pueden coartar su uso y disfrute.  En este sentido nuestra labor profesional apuntará a trabajar de manera reflexiva sobre estos aspectos.
La libertad de elección en el tiempo libre es relativa  y la percepción que cada persona puede tener de una actividad depende de condiciones culturales, que lo llevan a juzgar, valorar y actuar de una u otra manera. La sociedad promueve la idea de que ciertas elecciones son libres surgiendo por lo tanto la ilusión de que hay opción.  La  forma en que la gente utiliza su tiempo difiere en los distintos sectores socioeconómicos y hay sanciones sociales para una u otra forma de uso del tiempo. Así algunas actividades pueden estar reflejando la forma en que las personas han internalizado las restricciones que su vida les impone y que les hace vivenciar como elección propia las posibilidades que resultan de sus condiciones de vida.


La recreación se caracteriza por ser actividad en y del o para el tiempo libre.   Se desarrolla durante el tiempo liberado de obligaciones, pero además se propone crear condiciones para que el sujeto pueda usar y disfrutar de ese tiempo libre fuera de las estructuras del sistema recreativo.  
Esta actividad será recreativa en tanto suceda algo del orden de una revisión, una rectificación y por ende una posibilidad de recrear su vida en ese tiempo con autonomía y libertad.  No solo en los momentos de actividades organizadas en estructuras recreativas sino con independencia de ellas.
En nuestro ejemplo es posible que la participación de María en la Escuela-Centro le haya generado interrogantes acerca de cómo usar y disfrutar su tiempo libre.  Esto quizás le permita proyectarse mas allá de los días de funcionamiento del Centro diseñando salidas compartidas, buscando otros lugares para ir a bailar, a cantar, o tomando iniciativas. María ha reordenado su programa semanal asistiendo en primera instancia tres días a gimnasia y luego sumó dos días para juegos teatrales.


Tomar decisiones sobre el tiempo libre implica también recrear la propia dimensión subjetiva, sostener el deseo frente a los otros y enfrentar el desafío de correrse de los roles establecidos en acuerdo explícito o implícito con otros miembros  de la familia. Generar una ruptura con estos lugares hace a un cambio en la dimensión de lo conocido, lo seguro, lo aceptado, lo tolerado.  Correrse de un lugar incita a que los otros tengan que revisar su propia ubicación.  Es decir que hay una incidencia sobre los involucrados en el sistema de relaciones, apareciendo invariablemente en los otros, resistencias al cambio y defensas ante lo nuevo. Tal vez aquella capacidad de movimiento sea condición para un envejecer normal.
Los roles habituales: ser la esposa, ser la abuela, etc., se ponen en cuestión.  Todo estaba dispuesto, ordenado y alguien ahora intenta moverse dejando un vacío ¿cómo soportar este vacío?, ¿cómo soportar este corrimiento?.
El adulto mayor abre así un campo conflictivo acerca de la idea de envejecer, hasta ahora conocida y los otros pueden toparse con interrogantes acerca de su propio modo de envejecer.
Se transgrede también una imagen de vejez compartida y conocida aunque no siempre aceptada.  Al generar un cambio en el modo de recorrer el tiempo libre en el envejecer se empiezan a desplegar fantasías, temores, anhelos de lo nuevo que va a aparecer y está apareciendo.
Me pregunto ¿qué aspectos internos detuvieron a María esos seis meses hasta que por fin decide concurrir al Centro de Tercera edad?, ¿su decisión se termina de construir un tiempo después de estar en la escuela, conociendo a la gente, al profesor, al lugar, y descubriéndose a sí misma en esa nueva situación?.
El modo en que se emplee el tiempo libre en la vejez deja al desnudo la forma en que se ha aprovechado este tiempo en otros momentos de la vida.  Pero debido a que en esta etapa se incrementa sensiblemente la cantidad de horas que quedan liberadas de obligaciones laborales, familiares y sociales, es que puede ser la oportunidad para iniciar, continuar, retomar o completar intereses, deseos, anhelos.


Para finalizar
La actividad recreativa es un lugar propicio para contribuir en el trabajo de elaboración de los duelos, de los cambios, de la posición frente al paso del tiempo y de su impacto en el modo de representarse el cuerpo, preservados por algunas cualidades que se toman del campo del juego. Recrearse protegidos por la regla de que nada serio les va a suceder mientras se tome la actividad como broma, como juego.  Entendiendo por lo serio a todo aquello que nos precipita ante el riesgo de la muerte.  Burbuja de acuerdos que preserva del peligro.  Que habilita, que abre, que permite construir, crear, destruir, desear, odiar, quebrar, maldecir, bendecir, volar, soñar, tirar, achicar, estirar, matar o resucitar.
Podemos afirmar que algunas representaciones sociales ligadas al paso del tiempo, al cuerpo, al placer, a la diversión, a las pérdidas pueden empezar a ser cuestionadas, reflexionadas y reescritas durante la experiencia recreativa posibilitando para saltar a una nueva dimensión de vivir la vejez.

Bibliografía consultada:


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