viernes, 20 de marzo de 2020

El dinero del Otro.


A principios del siglo el escándalo era el sexo. A fines del siglo XX lo escandaloso es el dinero.

Del dinero los psicoanalistas hablan en los cafés, en los intervalos de los congresos, aún en la cama. No tiene prensa en las publicaciones psicoanalíticas. Es un tema marginal por excelencia. Pero no deja de estar presente como convidado de piedra.

No existe una teoría del dinero. Apenas hay unos rudimentos técnicos que ayudan a sostener el «alma bella», sin culpa, del analista.

El maestro, Freud, puso en juego una idea genial, el dinero es una equivalencia. Y eso fue todo lo que se pudo decir.
El dinero no es una metáfora, sino una realidad cotidiana que nos sitúa, nos posesiona y nos enmarca en una clase social, en una ideología y en los ideales del yo inherentes a ese Otro delimitado por el poder adquisitivo.

En nuestro medio es casi imposible encontrar un analista que reconozca que se ofrece al mercado con el fin de ganar dinero. El cristianismo y sus apostolados tienen mucho que ver en este fadding del analista que sucumbe al enunciado: atiendo por amor, nunca por dinero. Esta afirmación fuertemente arraigada en nuestra cultura médica se desliza en las ilusiones referentes al pago simbólico y lo que es peor: el cobro simbólico. Es ésta una de las trampas -contratransferenciales- más notable por su eficacia en la elaboración y florecimiento de los análisis interminables.

El dinero se categoriza, ingenuamente, como objeto de intercambio dentro de una misma estructura , cobrador-pagador. La lógica avasallante de realidad de esta metáfora convierte al analista en un trabajador de la salud mental, que como es normal, recibe su paga por el supuesto trabajo que realiza. Nada más alejado de la práctica clínica que esta ideologización del dinero y su valor en la relación asimétrica analista-paciente.

El amor de transferencia no admite formaciones sustitutivas de intercambio ni nada que se parezca. Amor con amor se paga; el cobro es una operación antitética al amor. Para cobrar es necesario no amar. El dilema de cada analista no es cómo cobrar sino cómo hacer para no amar a quien nos paga una y otra vez con tanto amor.

Para una mujer analista ofrecerse al mercado para que la amen y le paguen es una de las operaciones más difíciles que pueda acometer. Linda con la perversión, con el estilo de la prostitución.

Para los hombres analistas, cobrar es asumir la función comercial de la imagen masculina, que no solamente se considera necesaria sino que forma parte de los emblemas básicos del rol social de la masculinidad.

(*) El Lic. Guillermo Martin fue miembro fundador de Asistencia y Estudios Psicoanalíticos Argentinos (A.E.P.A.). El presente artículo fue publicado en el diario «Página 12» en el año 1987.

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