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lunes, 27 de abril de 2026

Facilitación, repetición e identificación

 En psicoanálisis, la facilitación (en alemán Bahnung) es un concepto temprano de Sigmund Freud que intenta explicar cómo se establecen y se vuelven preferenciales ciertos caminos de circulación de la excitación psíquica.

En términos simples, la facilitación es el “ablandamiento” o “apertura de vías” entre neuronas o sistemas psíquicos, producto del paso repetido de excitación. Cuanto más se recorre una vía, más fácil se vuelve volver a recorrerla. Por eso está directamente ligada a la repetición y a la constitución de huellas.

Esto implica dos consecuencias importantes:

  • Se forman circuitos privilegiados para la descarga o tramitación de la excitación.
  • Se establece una base para la memoria y la tendencia a repetir (lo que después Freud complejiza con la compulsión a la repetición).
Freud desarrolla este concepto principalmente en Proyecto de psicología para neurólogos (texto temprano, no publicado en vida). Ahí introduce la idea de neuronas (φ, ψ, ω), las cantidades de excitación, y la facilitación (Bahnung) como mecanismo por el cual las barreras de contacto se vuelven más permeables con el uso.

También hay ecos de esta noción en La interpretación de los sueños, donde la idea de huella mnémica y caminos preferenciales sigue operando, aunque con un lenguaje menos “neuro”.

En síntesis, la facilitación es un concepto clave para pensar cómo se inscriben las huellas, por qué el aparato psíquico tiende a repetir y cómo se empieza a constituir una temporalidad basada en recorridos ya trazados.

En Jacques Lacan, la facilitación freudiana (Bahnung) puede leerse como un antecedente de algo que ya no se piensa en términos “neuronales”, sino significantes. Es decir: lo que en Sigmund Freud era una vía facilitada por el paso de excitación, en Lacan pasa a ser un camino trazado por el significante.

De la facilitación al automatón

Lacan retoma la repetición en el Seminario 11 a través de la distinción entre:

  • Automatón: la repetición como insistencia de la cadena significante
  • Tyché: el encuentro con lo real (lo que irrumpe, lo contingente)

La facilitación freudiana se deja leer del lado del automatón, porque implica caminos ya trazados, una insistencia en recorrerlos y una especie de “inercia” de lo ya inscrito.

Pero Lacan da un paso más: no se trata solo de que algo se repite porque “pasó antes”, sino porque está estructurado como cadena significante. De esta manera, la huella ya no es neuronal sino significante.

En Freud, la facilitación explica cómo se constituye una huella. En Lacan, esa huella es directamente un significante: la repetición no es de una experiencia, sino de una estructura. Lo que vuelve no es lo vivido, sino cómo fue inscrito. Ahí se ve el desplazamiento de la economía de cantidades hacia a la lógica del significante; de la vía facilitada, al encadenamiento significante.

Repetición y pérdida

Además, Lacan introduce algo decisivo: la repetición no busca simplemente reiterar, sino rodear una pérdida. Ahí aparece el objeto a. 

La repetición insiste no porque la vía esté facilitada (eso sería solo el nivel “mecánico”), sino porque hay algo irrecuperable que empuja a volver a pasar por los mismos lugares. 

Entonces, ¿cómo queda la facilitación? Podríamos decir que Freud explica por qué algo se repite (apertura de vías). En Lacan, eso se reinterpreta como efecto de la estructura significante (automatón), pero se articula con algo más radical: la falta y lo real (tychê)

En síntesis, la facilitación es como el andamiaje proto-teórico que Lacan va a “traducir” a su propio lenguaje. Donde Freud pensaba en caminos facilitados, Lacan piensa en significantes que insisten, organizando la repetición alrededor de un vacío.

Repetición, identificación y fijación del sujeto

Si venimos pensando la facilitación como apertura de vías (en Sigmund Freud) y su relectura como insistencia significante (en Jacques Lacan), la identificación introduce algo distinto: ya no solo un recorrido, sino un punto de detención.

Es decir, la repetición implica movimiento (volver a pasar por ciertos circuitos), mientras que la identificación implica fijación (un lugar donde el sujeto “hace pie”).

Para Lacan, la identificación primaria es siempre al Gran Otro, es decir, al campo del lenguaje. Esto tiene una consecuencia fuerte: el sujeto no solo repite significantes, sino que queda representado por ellos. Ahí aparece la fórmula clásica: "el sujeto es lo que un significante representa para otro significante".

Entonces, algunos de esos “caminos facilitados” no quedan simplemente como vías de circulación, sino que se fijan como puntos identificatorios: nombres, rasgos, modos de goce, lugares en el deseo del Otro.

Podemos arrimar a una lógica:

  • la facilitación abre caminos
  • la repetición los recorre
  • la identificación los fija como marca

Esa marca es lo que Lacan va a llamar rasgo unario. El rasgo unario es clave porque no es un conjunto complejo, sino una marca mínima que funciona como punto de identificación e introduce una especie de “uno” que ordena la serie.

Temporalidad: entre lo que vuelve y lo que fija

La temporalidad subjetiva que mencionábamos en esta entrada se arma con

  • La repetición (automatón) introduce una circularidad
  • La identificación introduce un punto de corte o fijación

Sin identificación, habría puro circuito. Sin repetición, no habría consistencia. La temporalidad del sujeto surge justamente de esa tensión entre algo insiste algo se fija.

¿Y el deseo…?

Esto nos lleva directo a una pregunta final: el estado de deseo. El deseo no es lineal ni progresivo, sino que se sostiene en esas marcas identificatorias, pero al mismo tiempo es empujado por lo que no se fija, por lo que falta.

Ahí vuelve el objeto a: el deseo gira alrededor de ese objeto perdido, donde la repetición bordea ese vacío y la identificación intenta darle consistencia, aunque nunca se cierra del todo.

lunes, 9 de febrero de 2026

La identificación en Freud y Lacan: operación de lazo y punto de oscuridad

Llamativamente, la identificación no figura entre los conceptos fundamentales del psicoanálisis tal como Lacan los enumera. Sin embargo, tanto en la obra de Freud como en la del propio Lacan, este concepto ocupa un lugar de elaboración sostenida y decisiva a lo largo del tiempo.

En la enseñanza de Lacan, la identificación es abordada desde múltiples referencias. Uno de los rasgos que más subraya del planteo freudiano es, precisamente, la oscuridad que rodea al concepto mismo. Hay en la identificación algo difícil de aislar, de delimitar con precisión, algo que resiste una clarificación completa.

Es a partir de no reducirla a lo especular que Lacan puede pensar la identificación como una operación. Una operación que no solo enlaza al sujeto con el semejante, sino fundamentalmente con el Otro. En este punto se retoma la distinción freudiana entre los distintos estatutos de la identificación, tal como aparece en Psicología de las masas y análisis del yo.

Freud distingue allí tres modalidades de identificación. La más notoria es la identificación originaria, primera, anterior a toda elección de objeto y previa a cualquier diferenciación sexual. Es en este nivel de la identificación primaria donde la oscuridad del concepto se vuelve más patente: no se trata de una imitación ni de una incorporación consciente, sino de una operación estructurante cuya lógica no resulta transparente.

Lacan recoge esta opacidad y la reinscribe a partir del Seminario 9, cuando se propone separar radicalmente la identificación de toda forma de egomimia. Abordada desde una perspectiva topológica, la identificación puede entonces pensarse como una operación de lazo. Y es justamente allí donde se renueva la dificultad: si se trata de una operación, ¿es posible representarla?, ¿cómo escribirla?

La identificación es la operación que permite que, allí donde el Otro no dispone del significante que nombre al sujeto, éste pueda, a partir de algo encontrado en el Otro, hacer lazo, encontrar un punto de apoyo, “hacer pie”. No se trata de una identificación a una imagen, sino de una inscripción mínima que hace posible la consistencia del lazo.

No es casual, entonces, que en el mismo seminario en el que Lacan sitúa la identificación como una operación de enlace, emprenda también una elaboración decisiva sobre el nombre propio. Esto le permitirá pensar la articulación entre identificación, rasgo y función del nombre, abriendo una vía para formalizar ese punto opaco donde el sujeto se enlaza al Otro sin quedar reducido a la imagen del yo.

viernes, 23 de enero de 2026

La oscuridad de la identificación primaria

Si bien es posible hallar referencias a la identificación primaria en distintos textos de Freud, es sin duda en Psicología de las masas y análisis del yo y en El yo y el Ello donde este concepto alcanza su elaboración más consistente. Dos cuestiones resultan aquí especialmente relevantes. En primer lugar, la dependencia de la identificación primaria respecto del padre de la prehistoria humana; en segundo término, la persistente afirmación freudiana acerca de la oscuridad que rodea a este concepto.

La identificación primaria, en efecto, se sitúa lógicamente después del asesinato y opera como un lazo con el padre muerto, lazo que a su vez hace posible el vínculo entre los miembros del clan fraterno, estructura que Freud reconoce como reproducida en la masa. Al mismo tiempo, Freud no deja de subrayar, en diferentes pasajes, el carácter opaco del concepto de identificación, señalando que “estamos muy lejos de haber agotado el problema de la identificación” y que incluso los ejemplos tomados de la patología no alcanzan a dar cuenta de su esencia.

Esta oscuridad constitutiva del concepto —la dificultad para representarlo y delimitarlo— se manifiesta de manera particularmente aguda en el caso de la identificación primaria. Es precisamente a partir de estos dos puntos —su dependencia del asesinato primordial y su resistencia a la inteligibilidad— que se vuelve posible sostener que el carácter inimaginarizable de la identificación primaria es tributario de aquello que, en el origen, resulta no representable: el padre primordial.

El mito de la horda, tal como lo señala Lacan, funciona aquí como una respuesta a este imposible estructural. En este marco, el concepto freudiano de identificación primaria puede pensarse como un primer litoral, no fijo ni estático, que separa lo real de lo simbólico. Es decir, viene a delimitar un campo en el que se hace posible la emergencia de lo sintomatizable, al mismo tiempo que deja fuera —como restos o retoños de la represión primaria— aquellos elementos que retornan como efectos en el cuerpo.

martes, 20 de enero de 2026

Identificación primaria, marca y escritura: del cero lógico al cuerpo del sujeto

Lacan eleva la identificación primaria al estatuto de una marca inaugural, una inscripción primera que instituye un antecedente a partir del cual puede fundarse una serie. Es en este sentido que la sitúa al nivel del cero, tal como la lógica fregeana lo establece como condición de posibilidad de la serie de los números naturales. La función del cero no es la de una unidad originaria, sino la de introducir la condición misma del uno, en tanto delimita que no todo puede quedar subsumido bajo la unidad.

En el nivel de este cero queda inscripta una falta, un hueco estructural necesario para el advenimiento del sujeto. Esta localización resulta congruente con la función nominante en juego en la identificación primaria: no hay posibilidad de lazo sin agujereamiento. Al retomar el razonamiento fregeano, Lacan puede así situar que la serie de los unos, posibilitada por la operación del cero, no hace sino remitir a ese cero que, al inscribir la falta, funciona como antecedente lógico.

Si el corte introducido por esta función funda la superficie —permitiendo abordar la estructura desde una perspectiva topológica—, la identificación se localiza entonces como un punto, un punto focal, tal como lo señala Lacan. Este punto hace consistir en el sujeto la marca del Otro y opera como lugar de apoyo, precisamente allí donde en el Otro falta el significante capaz de nombrarlo.

El texto inaugural de Lacan, La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, anuda la localización de la materialidad del significante en el inconsciente con una concepción de la razón entendida bajo la égida del determinismo. Esta orientación, afín a la lógica de las Luces, resulta consonante con el momento de su enseñanza marcado por el retorno a Freud y la primacía de lo simbólico, así como por cierta ilusión respecto del alcance de la palabra.

Sin embargo, más adelante, a la altura del Seminario 18, Lacan introduce la noción de “la sombra de las luces”, señalando aquello que la instancia de la letra no logra iluminar: una opacidad inherente al campo del goce. Esta opacidad lo conduce a abordar ese registro por la vía de la escritura, en la medida en que la palabra resulta insuficiente. Es en este contexto que se abre la interrogación sobre la estructura misma del discurso, preguntándose si sería posible un discurso que no fuera del semblante, o bien —como lo formula en el Seminario 16— si la esencia del discurso analítico no es la de un discurso sin palabras.

Dicha interrogación se sostiene en la articulación entre discurso y función, entendida esta última en términos fregeanos. Esta asociación, de vastas consecuencias teóricas y clínicas, constituye el plano a partir del cual Lacan comienza a distinguir entre aquello del goce que se escribe por la vía de la función fálica, en tanto Bedeutung, y aquello del goce que no queda entramado en dicha operación.

Se trata de una elaboración de gran alcance clínico, en tanto permite trascender ciertos atolladeros del falo imaginario, desplazando el problema desde el registro de la atribución hacia el de la predicación. Este desplazamiento vuelve necesaria la introducción tanto de la dimensión cuantificacional como de la modalidad.

La operación del deseo resulta central en este movimiento, aunque no se efectúa sin la mediación de la demanda. De allí el recurso lacaniano, en La identificación, a la figura de los dos toros anudados, con la que ejemplifica el surgimiento del deseo a partir de las vueltas de la demanda. Se trata de una demanda caracterizada por su reversión, lo que permite tomar distancia de la demanda de amor definida por la reciprocidad.

La demanda en cuestión es la demanda pulsional, localizable en el nivel de la enunciación en el grafo del deseo. Esta perspectiva pone de relieve que la identificación primaria concierne al cuerpo del sujeto, en tanto es sobre esa superficie donde se aloja y se distribuye el goce, según una lógica que Lacan no duda en pensar en términos de una verdadera economía política del goce.

El estatuto del nombre propio en Lacan: designación, falta e identificación

Una vez establecida la referencia lógico-topológica desde la cual Lacan sitúa el estatuto del nombre propio, es posible ubicar la crítica que desarrolla ya desde el Seminario 9, La identificación, respecto de los modos en que este problema ha sido abordado en diversas disciplinas. En particular, Lacan confronta su posición con la lectura de Lévi-Strauss, a quien objeta haber tratado la cuestión del nombre propio desde una perspectiva esencialmente clasificatoria. Tal abordaje conduce a que el nombre devenga un término último, un elemento destinado a cerrar el sistema, otorgándole coherencia y consistencia.

En contraste con esta concepción, el planteo lacaniano ubica al nombre propio como aquello que viene a suturar el punto de la falta significante, determinando así la singularidad del anudamiento entre lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario en cada sujeto. Es en este campo donde se inscribe la operación de la identificación primaria, tal como Lacan la trabaja en el Seminario 9: una operación por la cual, a partir de un decir nominante, se produce una emergencia, un advenir al ser de aquello que previamente no era.

De este modo, la dimensión del nombre propio resulta inseparable de su función de designación, resistiendo cualquier intento de ser reducida a una mera perspectiva lingüística. Es precisamente por esta razón que Lacan introduce el nombre propio desde la lógica y lo aborda a través de la topología. La designación implica necesariamente la referencia al Otro, en tanto es el dador del nombre, y ya en el Seminario 9 puede destacarse el desarrollo lacaniano en torno a la letra como dimensión inherente al nombre propio, a la cual se añade la función del lector.

lunes, 19 de enero de 2026

La identificación como operación: el “asunto” del Seminario 9

El Seminario La identificación se inaugura con una afirmación tan simple como enigmática: Lacan declara allí que la identificación es su “asunto”. ¿En qué sentido puede decirse que lo es? ¿Qué implica nombrarla de ese modo? El Diccionario de la RAE define el término asunto como materia, tema o argumento, pero también como negocio, ocupación o quehacer. En un registro más coloquial, incluso, se utiliza para designar una relación amorosa más o menos secreta. Detengámonos en su acepción como quehacer, ya que esta permite situar la identificación como una operación.

En este sentido, resulta posible articular la identificación con el planteo desarrollado en La significación del falo, donde Lacan sitúa al complejo de castración como una función anudante. Desde esta perspectiva, la identificación puede pensarse como una operación que establece en el sujeto las condiciones de un lazo que le permita hacer pie en el Otro, precisamente allí donde el Otro carece del significante que podría nombrarlo. Esta localización comienza a perfilar el valor operatorio de la suplencia.

Se trata, sin embargo, de una operación que conlleva una zona de opacidad, ya señalada por Freud a propósito del carácter inaprehensible de la identificación primaria. Entendemos que las múltiples vueltas que Lacan despliega desde el inicio de este seminario —que no dudamos en calificar de esencial— están orientadas a evitar que la identificación quede reducida a lo imaginario, es decir, a una simple homonimia.

Con este objetivo, Lacan recorre a lo largo del año diversas problemáticas, entre las cuales destacamos dos. En primer lugar, el mito del amor expuesto por Aristófanes en El banquete, a partir del cual introduce el interrogante por la relación entre amor e identificación. En segundo lugar, desarrolla una crítica particularmente aguda a la teoría freudiana de los vasos comunicantes, al interrogar el vínculo entre identificación e investidura. Esta crítica abre una pregunta decisiva: ¿qué ocurre, en esa articulación, con aquello que resulta imposible de investir?

jueves, 18 de diciembre de 2025

El borde del significante: rasgo unario, letra y límite

El problema del límite, pensado en términos de una función matemática aplicada al conjunto de los significantes, se articula desde la pregunta por su cardinalidad. Este interrogante remite directamente a la elaboración cantoriana de los números transfinitos, donde se establece que aquello que determina la extensión de un conjunto no puede, a la vez, ser uno de sus elementos. El borde del conjunto no es interior a él, sino que sólo puede ser circunscripto desde una exterioridad lógica. De allí que el límite no se presente como un elemento, sino como una función de designación: el borde sólo puede ser señalado por la letra, en la medida en que ésta lo nombra sin integrarse a lo nombrado.

Este modo de razonamiento implica necesariamente un salto, noción que encuentra su origen en Cantor, aunque también puede localizarse, desde otra vertiente, en la obra de Heidegger. El salto no es un pasaje continuo, sino una ruptura que permite delimitar un borde allí donde no hay sustancia que lo garantice.

En Lacan, el punto de partida de esta elaboración puede situarse en su trabajo sobre el rasgo unario, desarrollado inicialmente en el Seminario La identificación. Lacan retoma aquí un concepto freudiano —la identificación como operación de lazo entre el sujeto y el Otro—, pero lo desplaza hacia una lógica inédita. Este desplazamiento se produce a partir de un vaciamiento radical de toda dimensión cualitativa del rasgo: ya no se trata de lo predicable, de aquello que podría atribuirse como cualidad del sujeto, sino de lo imposible de predicar. La pregunta que se abre es entonces: ¿cómo pensar al sujeto por fuera de toda cualificación?

Esta operación introduce una distancia decisiva entre las diferencias de orden cualitativo, siempre connotativas, y otro tipo de diferencias que no se inscriben en ese registro. ¿Habría que llamarlas cuantitativas? ¿O más bien del orden de la singularidad? En cualquier caso, se trata de diferencias denotativas, en la medida en que el rasgo no califica al sujeto, sino que indica un punto de borde, una marca dejada por la ausencia de un referente último.

Desde esta perspectiva, el rasgo unario, pensado desde el sesgo de la letra, viene a designar un litoral: el borde de aquello que el significante sustrae al sujeto, tal como Lacan lo formula en “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”. El rasgo no representa al sujeto, sino que señala las consecuencias de la represión primaria, es decir, la pérdida estructural que funda al sujeto como tal.

miércoles, 29 de octubre de 2025

El número, el corte y el borde: la lógica de lo irreductible

Esa opacidad, índice de lo irreductible, se aborda en Lacan por la lógica del número. En ella se pone en juego lo indiscernible, y la identificación primaria en Freud da testimonio de ello: se sitúa antes del Uno como unidad, anterior a toda ilusión de consistencia. Ese Uno imaginario, el del I(A), alimenta la esperanza de una garantía, pero no hace más que velar la falta estructural.

Una referencia matemática que suele acompañar este campo, aunque no siempre se explicite, es la diagonal de Cantor. Este método permite designar el lugar de aquello que no puede ser contado en la serie, lo no enumerable. Así, el lugar del sujeto sólo puede ser pensado desde la lógica del número y su génesis formal, en la medida en que ésta introduce un vaciamiento semántico radical. Sin embargo, esta lógica exige —inevitablemente— una vuelta por la topología, porque no hay sujeto sin cuerpo, ni número sin superficie donde inscribirse.

¿De dónde surge el número? Del corte. Es su consecuencia, su precipitado. Y no es menor que en el Seminario 12 Lacan vuelva, llegado a este punto, al problema dejado abierto en el Seminario 4: el del agente de la castración. ¿Qué es ese Padre real? Este interrogante queda suspendido hasta que se produzca el desplazamiento del Padre, del lugar del S2 al del S1, movimiento que redefine la función misma de la causa.

Si se trata de corte, se trata de borde. Y en este punto se vuelve pertinente la pregunta por el valor de la nominación. Porque la nominación —lejos de nombrar un objeto ya dado— es una operación que produce un borde, un modo de bordeado que introduce algo “en lo real”. No se trata de designar una sustancia, sino de inscribir un límite. Así, el nombre funciona como esa etiqueta que, al marcar el vacío, lo hace consistir.

Entre el 0 y el +1: la sutura del sujeto y la castración del Otro

En más de una ocasión hemos subrayado la importancia de tender un puente entre los Seminarios 9 y 12. Entre ambos se sostiene un mismo hilo de trabajo: formalizar la castración del Otro y, al mismo tiempo, repensar la relación del sujeto con la serie.

Mencionaba acá la apoyatura en las condiciones fregeanas del inicio, a las que debe necesariamente asociarse el problema del sucesor, sin el cual no hay serie posible. El sucesor se engendra cuando el 0 se cuenta como 1, operación que introduce el +1 como función estructurante.

Trasladar esto al campo del sujeto implica plantear que sólo puede contarse en el Otro a partir de ese +1 que lo barra. En este punto se abre una diferencia con los desarrollos de los Seminarios 5 y 6, donde predominaba la lógica del –1. La tensión entre ambos Unos —el que resta y el que añade— delimita la distancia entre lo que puede contarse y lo que permanece no enumerable.

De este modo se establece una hiancia con valor causal, cuya formalización lleva a Lacan a reformular la operación de sutura: el modo en que el sujeto se enlaza a la cadena significante. Esta lectura, que se apoya en la identificación freudiana pero la desplaza, subraya que tal identificación carece de todo estatuto psicológico. No es un proceso de reconocimiento, sino una operación de incorporación que afecta al cuerpo y lo inscribe en la serie.

La incorporación, sin embargo, se define por su opacidad, rasgo que la separa de la claridad de la conciencia y, al mismo tiempo, permite situar en ella algo irreductible. El problema, entonces, es desde dónde pensar esa opacidad. El camino que Lacan abre es el que va del 0 al 1: allí se juegan el inicio lógico, la dimensión de lo no enumerable y la inconsistencia constitutiva de la verdad.

miércoles, 22 de octubre de 2025

La marca del significante: entre el Ideal y la identificación

En el significante del Ideal culmina un vector que parte del síntoma y en el cual se inscribe una identificación.
Esta identificación funciona como soporte del entramado significante esencial para la constitución del sujeto y del deseo.
Se ubica, estructuralmente, en relación con la operación del Otro, quien no sólo aporta el pecho como objeto de satisfacción, sino también la signatura —esa marca, firma o rúbrica— que manifiesta la función de lo simbólico: ser la causa material del inconsciente.

Este planteo permite distinguir dos niveles del significante.
Por un lado, el significante articulado, que al combinarse produce significación; este nivel corresponde al campo de la significancia y al despliegue de la cadena.
Por otro, se puede reconocer un sesgo lógico del significante, que concierne a su pura operatoria, desligada del efecto de sentido.

Esta segunda dimensión se hace patente, de modo contundente, en el Seminario 3, donde Lacan introduce la noción de “acuse de recibo”.
Con ella designa la inscripción que el significante imprime en el sujeto, completamente desconectada de la significación.
La barra del algoritmo se sostiene precisamente en este punto: la acefalía del significante.
Dice Lacan: El acuse de recibo es lo esencial de la comunicación en tanto ella es, no significativa, sino significante.

No es menor recordar que la comunicación, ya desde el Seminario 1, figura entre las formas de nominación, y que definirla como inscripción permite esclarecer la relación íntima entre el Ideal del yo y la identificación primaria.
Ambas remiten a un mismo orden de escritura o acta, donde el sujeto queda fijado en el punto donde el significante lo nombra y, al mismo tiempo, lo borra.

miércoles, 2 de julio de 2025

La Identificación Primaria como contrainvestidura y soporte del Inconsciente

La literalidad que Freud atribuye al fenómeno de la identificación —como veíamos aquí— ofrece una clave fértil para pensar la identificación primaria como una primera contrainvestidura. Esto permite concebirla no tanto como un elemento ya articulado en la red de pensamientos inconscientes, sino como aquello que la sostiene, que actúa como su base estructural.

De la formulación freudiana se deduce que estamos ante un fenómeno de índole arcaica, algo que más adelante, en Moisés y la religión monoteísta, será asociado a lo filogenéticamente heredado. Siguiendo el hilo de la elaboración freudiana, encontramos que la identificación primaria aparece estrechamente vinculada al mito de la horda primordial y al asesinato del padre. Freud se interroga allí por las consecuencias de ese acontecimiento originario: ¿qué huella deja en el sujeto?, ¿de qué modo retorna?

Una dimensión central es la imposibilidad misma de representar a ese padre originario. Solo es posible hablar de él en el contexto del mito, y en ese marco, Freud lo caracteriza como tiránico, feroz, despótico. Esta imposibilidad de representación abre preguntas sobre el lugar —si lo hay— de lo imaginario en ese nivel, y sobre los modos posibles de pensar su incidencia.

Más allá de estas figuras, es precisamente a partir del acto del asesinato que emerge en los hermanos el sentimiento de culpa. Este punto no está exento de paradojas: ¿por qué la culpa surgiría como consecuencia del asesinato?, o más aún, ¿cómo es posible que de ese crimen derive la instauración de la ley?

Es Lacan quien despeja este obstáculo teórico, al afirmar que el padre está muerto desde el inicio. Esta operación lógica —no cronológica— le permite definirlo como significante, es decir, como aquello que funda el orden simbólico precisamente desde su falta, desde su imposibilidad de encarnación plena.