No pocas veces, ha aparecido en el consultorio la siguiente pregunta: ¿Cómo hago para disfrutar?, lo cual tienta al analista desprevenido a intervenir por sugestión: proponer hobbies, actividades o realizar cambios.
Situemos que muchas veces aparece esta pregunta de manera tardía, cuando las soluciones habituales (hacer, producir, sostener, rendir) ya no alcanzan. Hay sujetos que saben muy bien qué hacer, cómo organizarse y cómo salir adelante, pero no saben qué hacer con el tiempo cuando no hay exigencia. Ahí aparece el aburrimiento, no como falta de estímulos, sino como vaciamiento de la causa del deseo.
En la clínica, el disfrute suele estar fuertemente articulado al Otro. Algunas variantes frecuentes implican disfrutar si el Otro disfruta; no disfrutar si el Otro está caído, enfermo, deprimido. La culpa suele jugar una mala pasada al disfrute, lo mismo que la inhibición que puede producir el Otro. En estos casos, el problema no es “no saber disfrutar”, sino que el disfrute queda subordinado al estado del Otro. Esto vuelve el disfrute frágil, condicionado, fácilmente bloqueable.
Otra coordenada es considerar que muchos sujetos organizan su economía psíquica desde el hacer: trabajar, estudiar, etc. El hacer funciona como defensa contra el vacío, sostén narcisista y hasta un modo de regulación del malestar. ¿Pero qué sucede cuando el hacer cae? (vacaciones, jubilación, enfermedad, pausa): el disfrute no aparece automáticamente. Surge una pregunta nueva: “¿Qué hago cuando no tengo que hacer nada?” Clínicamente, el disfrute puede aparecer como amenaza, no como alivio.
Agrego que algunos ideales funcionan como obstáculos estructurales al disfrute, en la línea de los mandatos del superyó: “Una pareja debería bastarse a sí misma”, “Descansar es perder el tiempo”, “Si disfruto, algo malo va a pasar”. Estos ideales no se viven como mandatos conscientes, sino como imposibilidad silenciosa de soltarse. El sujeto no se prohíbe disfrutar: simplemente no puede.
Finalmente, el disfrute no pasa solo por la mente. Clínicamente, el cuerpo puede estar tomado por dolor, por cansancio, por inhibición o por la hipervigilancia. O bien el cuerpo del Otro (enfermo, caído, pasivo) puede desactivar el deseo propio. En estos casos, el disfrute no fracasa por falta de deseo, sino porque el cuerpo no encuentra escena.
En el consultorio, cuando alguien se pregunta por el disfrute, vemos que ya no está en la lógica del goce automático ni del rendimiento. Esa pregunta suele aparecer cuando algo se detuvo, cuando el aburrimiento ya no se resuelve con movimiento o cuando el Otro ya no sostiene. No conviene responderla con recetas, porque no se puede enseñar a disfrutar, sino que este se construye a partir de un deseo singular. Más bien la pregunta adecuada es qué impide el disfrutar.
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