miércoles, 13 de diciembre de 2017

Vejez: El tercer despertar sexual.


INTRODUCCIÓN
El presente texto resulta de una deuda que tengo desde los comienzos de mi práctica analítica. Empecé dedicándome a la investigación y elaboración de los conceptos sobre la pubertad, pero quienes entonces me estimularon a trabajar el tema fueron no solo los adolescentes, sino, principalmente, los pacientes de la llamada edad media de la vida. En sus relatos escuchaba la importancia del despertar puberal, segundo en la serie propuesta por Freud , que reverberaba en los síntomas que presentaban. En aquellos años, preocupada por el segundo despertar, no pensé que podría hallar un tercero.


La clínica con pacientes gue atraviesan la edad media de la vida me llevó a postular la idea del tercer despertar. Siguiendo a Freud en sus Tres ensayos... sobre la sexualidad humana, en el tercer despertar leemos los ecos retrospectivos del segundo -propio de la pubertad- y del primero -de los tiempos de la infancia. El psicoanálisis, a diferencia de la psicología evolutiva, nos enseña que la estructura no está garantizada desde el origen, sino que se requieren ciertas condiciones para que esta se produzca. Los "títulos en el bolsillo" que inscriben las tres identificaciones en la primera vuelta edípica, se ponen a prueba en la pubertad y en el mejor de los casos promueven e! segundo despertar, si es que se cuenta con e! recurso al fantasma como respuesta frente al deseo de! Otro, condición que posibilita el encuentro con el partenaire. En el neurótico este encuentro no es sin inhibición, síntoma y angustia, es que a partir de la pubertad se juega la articulación freudiana entre la sexualidad y la muerte.


Cuando por ciertas contingencias de la vida dicha articulación se desanuda, el encuentro con el partenaire adquiere ribetes bizarros y aparecen efectos a nivel de la imagen del cuerpo, la que no funciona como tal. A su vez, la muerte, más cercana en el horizonte en la edad media, y las irrupciones de lo real del cuerpo pueden propiciar u obstaculizar ese tercer despertar, el que tiene como condición necesaria, mas no suficiente, el primero y el segundo.

MANIFESTACIONES CLÍNICAS
La renuncia a la sexualidad en esos tiempos de la vida narcotiza tanto a hombres como a mujeres e impide acceder al tercer despertar.


La objeción esgrimida por el varón recae sobre el órgano, que por temor a su desfallecimiento no funciona como representante fálico de su goce, y la mujer arruga porque su cuerpo ya no presenta el brillo fálico que oficia como polo de atracción del otro sexo. En ambos casos retorna el trastocamiento de la imagen del cuerpo que inaugura la pubertad.


En uno de sus primeros escritos, Primeras aportaciones a la teoría de las neurosis, Freud hace referencia a la angustia que surge en el período climatérico de las mujeres y durante la edad crítica de los hombres. Subraya que es la última gran elevación de la necesidad sexual. Fue precisamente la connotación de "última" la que me llevó a pensar en e! tercer despertar.


Dice Freud: "Hay hombres que pasan, como las mujeres, por un periodo climatérico, y contraen en la época de declinación de su potencia y elevación de la libido una neurosis de angustia”. “La angustia que surge en la edad crítica del hombre precisa distinta explicación. En este caso no hay disminución de la libido, pero en cambio tiene lugar, como durante el período climatérico de la mujer, un incremento de la producción de la excitación somática tan considerable que la psique resulta relativamente insuficiente para dominarla” Este párrafo remite al despertar de la pubertad, cuando la irrupción de lo real del cuerpo trastrueca tanto lo imaginario como lo simbólico, irrupción pulsional que desborda el orden fálico.


En el mismo texto se lee que: "[ ... ] en la época de la menopausia ha de intervenir también la repugnancia que la mujer ya envejecida siente contra el exagerado incremento de su libido''.


Freud homologa los fenómenos que se presentan en el ataque de angustia (las palpitaciones, la aceleración del ritmo respiratorio, los sudores, la congestión) con los que se observan en el coito. De ahí que el pudor de las mujeres por los sofocos, los calores, sea pudor por las "calenturas"; esas que Freud nombra como incremento de la libido -esta es una idea que sostiene hasta el final de su obra en los textos sobre la feminidad.


En Ensayos sobre la vida sexual y la teoría de las neurosis dice: “Es sabido, y ha dado ya mucho que lamentar a los hombres, que el carácter de las mujeres suele cambiar singularmente al sobrevenir la menopausia y poner un término a su función genital. Se hacen regañonas, impertinentes y obstinadas, mezquinas y avaras, mostrando, por tanto, típicos rasgos sádicos y eróticos-anales, ajenos antes a su carácter”. Ubica la causa de la transformación del carácter en una regresión a la vida sexual sádico anal.


En La dirección de la cura y los principios de su poder, Lacan relata el caso de un obsesivo de edad madura y espíritu desengañado que en su menopausia se excusa por la impotencia que lo aqueja. Él le propone a su amante que se acueste con otro hombre y ella, que acuerda con este deseo, le cuenta un sueño que tiene esa misma noche: ella tiene un falo, lo siente bajo su ropa, y también una vagina. Desea que ese falo se introduzca allí. El relato del sueño le permite a él recuperar de forma inmediata su potencia fálica. Pero Lacan no atiende a la excusa de la menopausia del paciente e interpreta el rechazo de la castración, que siempre es del Otro, de la madre en primer lugar.


Por sus efectos, e! sueño de la amante apunta a satisfacer el deseo de su partenaire más allá de su demanda. Es por cómo opera e! falo en el sueño que recupera e! órgano que lo representa. Es que además de soñar, ella le habla y le muestra lo que no tiene. El mensaje de su sueño, dice Lacan, es que tener el falo no le impide desearlo.


La respuesta obsesiva, tal como se advierte en estas citas de Freud y de Lacan, obtura la posibilidad de recuperar el deseo por la vía del orden fálico y el argumento menopáusico justifica el estado de renuncia al deseo, manifestando los signos de la hipocondría.


Las expresiones hostiles que Freud observa en las mujeres en la época de! climaterio son efecto del estadio previo al complejo de Edipo, aquel donde la niña reprocha a la madre no haberla dotado del falo, que retornan bajo la forma de rasgos de carácter; adoptan una posición reivindicatoria que las muestra muy amargas. Desde otra perspectiva, Lacan señala que en la mujer se reabre la herida de la privación fálica, haciendo consistir la presencia del órgano del hombre.


Durante el climaterio, la mujer supone que el varón no se ve afectado por el mismo por el hecho de que para él queda intocada la posibilidad de la reproducción. Como ella resulta privada de la posibilidad de concebir un hijo, confunde el atributo masculino -que en este terreno no tiene límites- con su uso en el campo de la sexualidad. Malentendido habitual que expone la no relación sexual entre los seres parlantes.


La gran encrucijada con que se enfrentan tanto los hombres como las mujeres en este momento de la vida está en que no cuentan con recursos para responder al incremento de la libido y la irrupción pulsional que conlleva. Es en este punto que Freud homologa el climaterio con la pubertad.


SEXUALIDAD y MUERTE
El olvido del nombre Signorelli, luego del exhaustivo análisis que realiza, conduce a Freud a articular magistralmente la sexualidad con la muerte.


Es un hombre maduro, con claros signos de impotencia quien hablando sobre las costumbres de los turcos le dice al maestro: "Tú sabes muy bien, señor (Herr), que cuando eso no es ya posible pierde la vida todo su valor''. Mientras que aceptan la muerte con total naturalidad, se desesperan cuando la sexualidad no funciona, pues la estimación sexual está por sobre todas las cosas.


Sexualidad y muerte constituyen la fórmula de la implicación material, esa que dice que no hay una sin la otra. Cuando se produce el desanudamiento de dicha fórmula, e! resultado se inclina hacia el costado de la muerte, adormecimiento del deseo, o toma los ribetes de la perversión.


El tercer despertar solo se vuelve posible si muerte y sexualidad renuevan su anudamiento en el delicado tiempo de la llamada "edad crítica"; crisis de la vida por estar la muerte más cerca en el horizonte de lo posible, afectando con su sombra el campo del deseo. Freud nombra este momento de la vida como "edad peligrosa”.


En las mujeres se traza el fin de la posibilidad de la concepción, de la trascendencia a través de los hijos, hito fundamental en relación con la condición mortal humana. Pero si la ecuación simbólica niño=falo se inscribió en la estructura, esta no se pierde con el fin de la concepción biológica. Aun así, la proximidad de la muerte en el horizonte la desestabiliza, al menos es lo que ocurre en algunos casos. La sexualidad queda desplazada por la muerte y produce una sustitución tal que la renuncia a la primera supone la conservación de la vida.


En su libro La menopausia. El deseo inconcebible, Marie Christine Laznik postula la siguiente hipótesis: "En la menopausia la mujer pierde la falicidad de lo materno y la de la imagen corporal erigida fálicamente”. Siguiendo a Helene Deutsch sostiene que la renuncia a la sexualidad en las mujeres se debe a la peligrosidad del encuentro incestuoso que representa una mujer deseante en la edad madura.


Pero como dije anteriormente, y esta es la lectura que hago de la hipótesis de Laznik, si la falicidad materna inscribió la ecuación, esta no se pierde, y en lo que atañe a la pérdida de la imagen corporal, esta es un hecho de discurso, por ejemplo cuando se dice que con la edad el deseo sexual disminuye, arrastrando con ello la renuncia a la libido.


Un caso contrario a este fenómeno de discurso es el de un señor que después de ser sorprendido por un grave infarto, entre cuyas consecuencias podía temer la impotencia, reencuentra la erectilidad en un nuevo goce, que por una contmgencla particular lo reubica de otro modo en el discurso que sostenía. Es que la "muerte súbita" como posibilidad aceleró un despertar que lo sacó abruptamente de la pesadilla del aburrimiento. En este caso, muerte y sexualidad reanudaron el pacto con la vida.


POSIBILIDAD DEL TERCER DESPERTAR
El trastrocamiento de la imagen del cuerpo en las mujeres, situada en el cuerpo como falo, y en los varones, en el órgano como caída del mismo, demanda la creación de nuevos velos que permitan recuperar el valor del falo en su dimensión significante del deseo. El hombre, cubriendo su órgano, y la mujer, la totalidad de su ser. Crisis del ocultamiento y develamiento del falo como motor de la seducción femenina, pero que también atañe a los varones.


La renovación de la mascarada cumple su función si una mujer se ofrece al deseo del hombre como objeto fálico para que él recupere su potencia y renueve un despertar de la detumescencia tan temida en el fantasma masculino - tal es el caso que relata Lacan de su paciente obsesivo menopáusico.


La mirada de una mujer pone erecto el valor fálico del hombre esto es lo que dice Lacan sobre la mascarada, ese que en el humano actúa a nivel simbólico. Sostener la mascarada permite la circulación de la falta: dar lo que no se tiene a alguien que no lo es.


Una mujer está atenta a la mirada del hombre, hecho que desde la perspectiva de la pulsión remite al segundo tiempo de la misma. El asunto para ella es atreverse a "hacerse mirar'; es decir, a hacerse objeto del deseo del Otro, lo cual implica no haber renunciado a su condición deseante. Para una mujer, la mirada del hombre garantiza su identidad femenina. Cuando la imagen del cuerpo entra en crisis, como ocurre en la menopausia, su búsqueda se centrará en esa mirada que le rearme la imagen, siempre y cuando no esté en posición de renuncia o de reivindicación frente al otro sexo. La importancia de la imagen del cuerpo está dada por la recuperación fálica que conlleva.


En los varones, la pregunta por el funcionamiento del órgano (si tiene o no erección, la duración de la misma, la frecuencia, etc.) puede culminar, en algunos casos, en la hipocondría, como si se tratara de una enfermedad que tiene remedio desde el discurso médico.


EL TERCER DESPERTAR ES POSIBLE SI SE REINVISTE LA IMAGEN DEL CUERPO.
Sin investidura libidinal de la imagen del cuerpo no hay encuentro erótico con el otro. Es decir que si el otro no la inviste con su mirada, con su voz, con los objetos de la pulsión, la imagen se derrumba. En los análisis con pacientes de edad media, en el tercer despertar escuchamos el eco retrospectivo del segundo y del primero, siempre y cuando estos hayan tenido efectos propiciatorios.


A veces sucede que en lugar de este tercer despertar se observan manifestaciones grotescas como las del viejo verde o la mujer madura que se hace la pendeja, bizarrías que recuerdan que de lo sublime a lo ridículo hay un solo paso. En el otro extremo está la renuncia libidinal a favor de la sublimación, abdicación adjudicada, sobre todo por las mujeres, a lo irremediable del envejecimiento corporal. En este caso resuenan los ecos retrospectivos de la latencia, pero puestos en el lugar de! Ideal que sostiene que antes de la pubertad, con su irrupción pulsional traumática, hubo una época donde estudiar, investigar, protegía al sujeto de la sexualidad y de la muerte.


Se impone recordar, a propósito de la imagen del cuerpo, la función del estadio de! espejo en tanto originaria. La constitución del narcisismo que opera en la relación i(a) - i’(a) inviste libidinalmente la imagen que se hace deseable para el otro, siempre y cuando sea reconocida como tal. La salida del espejo plano hace posible e! pasaje de! yo ideal al Ideal del yo, quedando bajo su protección la imagen del cuerpo...


La segunda identificación, que es la que arroja la donación del rasgo unario, estabiliza la función del espejo en relación con la imagen narcisista, esto quiere decir que no hace falta asegurarla todo el tiempo. Los cortes que los cambios en lo real del cuerpo producen, amenazan e! retorno del yo ideal en una relación de dependencia absoluta de la mirada del Otro. Se produce la afánisis del cuerpo y el soma retorna bajo manifestaciones hipocondríacas -lo cual es muy frecuente, como ya señalé, en los varones. En las mujeres se presenta por la caída de la mascarada.


Solo si se cuenta con una pantalla, con un fantasma, alguien puede "hacerse mirar"; es que la función del fantasma resulta indispensable para el encuentro libidinal con el otro. Pero si el objeto a no cuenta con la investidura libidinal, envoltura narcisista que hace deseable a un sujeto, aparece en su faz de desecho y la salida es la melancolía.


Entre un hombre y una mujer, el lugar del falo está en la parte inferior de las fórmulas de la sexuación. La lógica no simétrica del lado hombre y del lado mujer asegura la posibilidad del encuentro entre los sexos. El varón apunta al objeto a causa de su deseo, al recorte del cuerpo de ella que hace de fetiche virtual que enciende su erección (el zapato de tacón alto, la media calada, etc.), sosteniéndose de su falo, que está de su lado en las fórmulas. Falo positivizado con su función eréctil, lo que debe ser corroborado en la mirada de ella. Ella, en tanto mujer, debe reconocer que el falo está en el campo de él y que de eso ella carece.


Esta lógica mínima del deseo se ve amenazada en el tercer despertar. El varón teme no funcionar con su órgano y la mujer, con la imagen de su cuerpo. Si el espejo le indica su caída, no podrá ofrecerse como a bajo algún recorte de su cuerpo y, por ende, tampoco podrá dirigirse al varón reconociendo que el falo está en su campo.


La crisis de la mitad de la vida pone de manifiesto la lógica fálica en el campo del deseo. Cómo se ubica cada uno respecto de la lógica fálica propiciará el tercer despertar o lo hará quedarse dormido para siempre.


El durmiente cree salvaguardar su narcisismo. Bajo el peso del yo ideal del narcisismo especular convierte a este en autoerótico y no puede hacer lazo con el otro. Es que la demanda al espejo no es pulsional, es narcisista, y el encuentro con el partenaire erótico requiere que sea pulsional. Cuando es narcisista, el peso del yo ideal aparece en su versión estragante del superyó.


Las manifestaciones hostiles de las mujeres en "edad crítica'; como dice Freud, su amargura, se deben a que no cuentan como a causa del deseo, sino como objeto a abyecto, caduco, desecho. Del lado del varón, al quedar exacerbada su preocupación por el órgano, recrudece el narcisismo autoerótico, creyendo que lo que adormece es su pene, pero sin advertir su resistencia a despertar de ese peso.


Freud insiste en homologar la edad crítica con la pubertad.


Por mi parte, ya expuse los puntos en común, sobre todo los que desembocan en la imagen del cuerpo como condición para el encuentro con el partenaire del otro sexo. De hecho es el cuerpo la objeción fundamental para evitar el encuentro. Más aún, si no hay segundo despertar, el tercero puede presentarse como retardo del segundo.


Asimismo remarqué una diferencia entre ambos tiempos de la vida. La muerte, más cercana ahora, vuelve a poner en jaque toda la estructura deseante y las manifestaciones hipocondríacas se presentan cuando no se cuenta con la veladura que el cuerpo hace del soma. Reaparecen las fallas de la tercera identificación, afectando el campo de lo imaginario.


Si se acepta la presencia de un tercer despertar, la función del analista tiene una especificidad: recrear el juego, la sublimación y la mascarada que hagan posible el encuentro sexual con el otro, reanudando así sexualidad y muerte.


Vaya todo mi agradecimiento a aquellos pacientes de la edad crítica que con sus amores otoñales y sus segundas primaveras me enseñaron, me hicieron pensar clínicamente, este concepto del tercer despertar.

Fuente: Silvia Wainsztein “LOS TRES TIEMPOS DEL DESPERTAR SEXUAL“ CAP 9 “El tercer despertar”

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