miércoles, 4 de diciembre de 2019

Del trauma a lo escrito. Avatares en la clínica con adolescentes.


La clínica con adolescentes supone diversas presentaciones, demandas y mostraciones que nos exigen como analistas repensar nuestro lugar, desde las intervenciones hasta los semblantes, a fin de alojar el singular padecimiento de cada adolescente que consulta. Desde esta lógica, la propuesta de este escrito es repensar sobre la constitución subjetiva, teniendo en cuenta lo real de la pubertad que irrumpe en el cuerpo, y la incidencia de las patologías del acto que comprometen al adolescente. En este sentido, cabe preguntarnos: ¿cómo pensar el lugar del analista que permita cernir algo de lo real de la pubertad, y la tramitación a lo escrito en la adolescencia?

“Es evidente que los pacientes no están satisfechos. […] No se contentan con su estado, pero aun así, en ese estado de tan poco contento, se contentan. El asunto está justamente en saber qué es ese se que queda allí contentado”. (1)
Jacques Lacan

La clínica con adolescentes supone diversas presentaciones, demandas y mostraciones que nos exigen como analistas repensar nuestro lugar, desde las intervenciones hasta los semblantes, a fin de alojar el singular padecimiento de cada adolescente que consulta. Se trata de pensar qué es lo que está en juego en los avatares de la adolescencia, y la lógica alrededor de la cual se ordenan.

Algunas veces aparece la pregunta sobre la especificidad en la atención de adolescentes. Sería sencillo sostenerlo, aunque ingenuo. El tiempo en el psicoanálisis no está marcado por lo cronológico sino por los operadores lógicos que sostienen la estructura.

Desde esta lógica, la propuesta de este escrito es repensar sobre la constitución subjetiva, teniendo en cuenta lo real de la pubertad que irrumpe en el cuerpo, y la incidencia de las patologías del acto que comprometen al adolescente. En este sentido, cabe preguntarnos: ¿cómo pensar el lugar del analista que permita cernir algo de lo real de la pubertad, y la tramitación a lo escrito en la adolescencia?

En Dos notas sobre un niño, Lacan ubica —dentro de las posibilidades de enlazarse al Otro— al niño como síntoma, representante de la verdad de la pareja parental. En este sentido, la manera en que ese Otro esté atravesado él mismo por la castración será fundamental para ese pequeño sujeto.

Mientras que los niños habitan la escena del Otro materno, en la adolescencia este fantasma debe revalidarse a la luz de la llegada de la pubertad, confirmando su modo de satisfacción pulsional y su lazo con el Otro. La manera de habitar el mundo estará íntimamente relacionada con su singular modalidad de goce.

Así, con la llegada de la pubertad en la adolescencia, el sujeto debe resignificar, verificar o reescribir el fantasma (2). Mientras que en la primera oleada pulsional infantil, perversa y polimorfa, puede anudarse la estructura a través del complejo de castración, en la segunda oleada —introducida por Freud en los “Tres ensayos” como “metamorfosis de la pubertad”— la posibilidad de reproducción y de inclusión en el linaje y el orden de las generaciones subvierten lo instituido y apaciguado por el período de latencia.

La pubertad como real (3), marcada por la irrupción en el cuerpo de los cambios corporales, fractura el cuerpo infantil, pone en cuestión el estatuto del cuerpo en sus tres registros, sus modos de lazo familiar y social, su posición en relación al sexo y al amor. La pubertad implica que algo del orden de lo real del cuerpo irrumpe, y exige resignificar la escena fantasmática que sostenía al sujeto hasta ese momento.

La gramática pulsional que engarzaba goce y deseo se ve interpelada por el estatuto del cuerpo pulsional que busca significar la extrañeza del goce y resignificar su modo de satisfacción. Es el cuerpo ruidoso de la pubertad (4) en el que las zonas erógenas y la sexualidad recuperan gran valor, subiendo al escenario los cuatro objetos pulsionales: pechos, heces, voz, mirada.

Esos objetos fueron constituidos como objetos recortados del campo del Otro y significados en la primera infancia respecto del ¿Che vuoi?, la pregunta por el deseo de Otro. Ahora, se resignifican a la luz de la aparición de la pregunta por lo femenino. Si la pregunta en la infancia se ubicaba en relación al deseo de una madre, en la adolescencia pasa a pensarse qué quiere una mujer (5). El encuentro con el Otro sexuado es algo nuevo. Es decir, el sujeto se encuentra con la muerte y la sexualidad como enigmas del ser hablante, relanzando desde otro lugar la pregunta por lo femenino y el Otro sexo.

El fantasma es la gramática pulsional que, articulando al sujeto y al Otro, da soporte al deseo, y es un modo de escribir lo imposible de la relación sexual. La angustia que suscitan los movimientos pulsionales en la pubertad lleva al sujeto, en muchos casos, a la inhibición, al acting-out o al pasaje al acto. Tal es la vía para investigar los fracasos, estabilizaciones y otros avatares del fantasma.

En relación a este encuentro con lo real de la pubertad, pueden aparecer diversos matices en la reescritura fantasmática, dando lugar, entre otras cosas, a las patologías del acto. Como todo encuentro con lo real es fallido, y en tanto tal se articula íntimamente a la repetición, estas acciones suelen presentarse en cualquier estructura clínica, aunque prevalecen en el período adolescente.

Las patologías del acto más frecuentes son el acting-out y el pasaje el acto. El acting out es algo en la conducta del sujeto que se muestra al Otro, está dirigido. El acting evita la angustia que irrumpió previamente ante la falla de la inscripción del deseo del Otro.

Esta acción monta una escena y delimita un objeto, que, en lugar de funcionar como causa de deseo en relación al deseo del Otro, se presentifica en esa mostración a fin de que, en su repetición, pueda reinscribir la hiancia en la que el sujeto se constituye y así alojar su deseo. Con un marco fantasmático que vacila es importante restituir e inscribir algo de la castración del Otro.

El manejo de la transferencia, en su abstinencia, es fundamental para pasar de lo mostrado del acting a la dimensión del decir, ubicando las coordenadas del acting y, apuntando al sinsentido, se vacía lo coagulado del objeto.

Esta maniobra del analista que permite a un acting leerse como repetición en transferencia, pensado la transferencia como la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente, aloja la falta del sujeto y del Otro y abre una pregunta por la responsabilidad en el modo de gozar. De esta manera podría pensarse una vía desde el acting hacia la constitución de un síntoma.

Por otro lado, es necesario también pensar el pasaje al acto. Éste es una caída de la escena fantasmática, del sujeto y del Otro. El sujeto aparece borrado al máximo, y bascula fuera de la escena, se deja caer. Se presenta una identificación absoluta del sujeto con el objeto como resto, como residuo, de la relación con el Otro, el cual se presenta sin barrar. Lejos de poder ubicarlo como causa de deseo o modo de repetición de goce, esta identificación con el objeto rechaza tanto al sujeto como al Otro.

Ante este rechazo mortífero del deseo del Otro, esta acción intenta barrarlo cayendo de la escena y así refundar al sujeto dividido como efecto de la cadena significante. Es vital para el analista restituir el lugar de la falta a fin de poder reinscribir algo del orden de lo imposible, lo imposible de escribir, allí donde los significantes encuentran su límite.

Un testimonio clínico
Me interesa transmitir, en este punto, el recorrido de una adolescente que, en un impulso no calculado, se arrojó al vacío, y que a lo largo del tratamiento pudo recuperar el lazo social que había perdido, y escribir algo de lo traumático que aconteció allí.

D. tenía 17 años cuando consultó por primera vez en el centro de salud. “Me quise matar”, lograba decir entre llanto y angustia. Se había arrojado desde una altura media, produciéndose fracturas sin gravedad. Era abanderada en la escuela a la cual concurría desde pequeña, hasta que en 5º año perdió el interés y el amor por el estudio, por la familia y por el mundo. No se bañaba ni salía de la casa. Esto afectó profundamente a la mamá, quien decía que no le sacaba los ojos de encima.

Su padre se había ido a vivir lejos cuando era pequeña, y D. vivía con su mamá y sus hermanos. Para ella eran traumáticas la llegada y partida del padre, ese vaivén en el que la llegada implicaba necesariamente la partida, y donde algo no terminaba de perderse ni de afirmarse. De la partida y distancia del padre no se hablaba en la casa, y nadie en la familia lo mencionaba. Según ella, los padres no estaban separados. Él regresó definitivamente cuando ella empezó a sentirse mal.

Otra de las situaciones en las que predominaba el silencio se relaciona con el cuerpo y la irrupción de la pubertad. Los problemas no se hablaban aun cuando se supieran. A los 15 años tuvo su primera menstruación, no entendiendo lo que sucedía, y a los 16 tuvo un trastorno alimentario, rechazando todo alimento. De estos hechos no habló con nadie, nadie se dio por enterado. El silencio resultó ensordecedor.

La convivencia y el lazo se hicieron difíciles, y comenzó a reclamarle al padre que no decía nada, que cada uno hacía lo que quería que y que no había autoridad. Su irritación crecía, al mismo tiempo que el silencio en su familia. Meses de angustia y llanto fueron cediendo a medida que se construía un sostén imaginario, real y simbólico.

Al mismo tiempo, se intentaba acotar en alguna medida el goce ruinoso que la dejaba desamparada. Consiguió terminar el secundario y se anotó en un terciario. Entre tropiezos, rigidez y exigencias se abre camino en la facultad y mundo laboral.

Trabajar y estudiar, que en algún momento se ubicaban rígidamente como dos posiciones inconciliables al modo de “la bolsa o la vida”; ahora pasan a ocupar otro lugar. Sus preguntas, interpretaciones y miedos, empiezan a articularse en una red que aloja su padecer y permite pensar y construir un lugar tercero en esta díada mortífera.

La historización, un preludio al escrito
A partir de aquí, D. empezó a cuestionar sus modos cristalizados de relacionarse con el Otro y a pensarlos y, a pensarse, desde una nueva versión. Un sentimiento de soledad, de vacío, un más allá de su familia y una pregunta respecto a sus amistades y a la posibilidad de una pareja comenzó a surgir. A lo largo de las sesiones empezó a historizar, a encontrar —o mejor dicho a construir— una versión propia de su historia, de su devenir y de su problemática familiar.

Versiones, recuerdos, emociones y reflexiones: todo esto, nuevo para ella acostumbrada a una única versión, la de la madre. Dijo una vez: “No sé si cambié yo o el otro. Antes tenía una sola versión de los hechos, no podía pensar claramente. Ahora, puedo tener distintos conceptos, interpretaciones”. Se había puesto un límite a ella y al otro, un velo que tapaba una mirada feroz. Cuando años después retomó la escena de la caída, dijo al respecto: “Cuando me caí… en la caída no sé si vi la luz… pero creo haberla vista”.

Fallidos, tropiezos y síntomas marcan un camino hacia un cambio en el objeto, desde un lugar cristalizado en un goce mortífero y ruinoso hacia el objeto como causa, abriendo la dimensión del deseo y dándole lugar a la pregunta por lo femenino. Sin embargo, ¿qué la llevó a arrojarse al vacío? ¿Cómo pensar el estatuto de este silencio ensordecedor y esta mirada feroz? ¿Cómo se escribe lo traumático?

En “Más allá del principio de placer”, Freud se pregunta: “¿Puede el esfuerzo de procesar psíquicamente algo impresionante [...] exteriorizarse de manera primaria e independiente del principio de placer?” (6). Freud reflexiona sobre la repetición traumática de vivencias penosas, tomando primero los sueños traumáticos y luego un juego de su nieto, el desaparecer y aparecer el carretel, conocido como “Fort-Da”.

Destaca claramente que el primero, Fort, el arrojar el carretel, se repetía mayormente, aunque el de mayor placer era el encontrarlo, el Da. Aquí ya abre una vía para pensar esta pulsión más originaria, primaria e independiente que produce un placer de otra índole, directo que se repite a pesar de todo, que nunca pudo ser placentero, ni siquiera en un primer momento.

Freud posará su atención entonces en la pulsión de muerte. Compulsión de repetición y pulsión de muerte se articularán en esta tendencia a repetir situaciones displacenteras que conllevan una ganancia de placer orientada, no a la vida, sino a lo inanimado. Así, el concepto de trauma da otro giro más, engarzándose con la compulsión de repetición, la pulsión de muerte, y quedando lo traumático por fuera del principio del placer.

Mientras Freud se preguntaba por el procesamiento y las tendencias que rigen la vida anímica, Lacan retoma la cuestión del sujeto y su relación con el significante mismo. Sabemos que un sujeto no puede significarse a sí mismo por el mismo hecho de que habla, es decir, no hay significante que designe al sujeto sino muy por el contrario, es un significante el que representa a un sujeto para otro significante.

Justamente, como efecto y producto de la cadena significante. Este sujeto estará condenado a no tener representación sino evanescente entre dos, un S1 y un S2. Lacan plantea que en esta acción infantil la importancia no está en el procesamiento de las tendencias displacenteras. La cuestión que allí se pone en juego, en un acto, es la marca primera del significante, un acto que divide al sujeto y convoca la alternancia significante.

Fort y Da serían la marca de la inscripción del sujeto en el significante, y de esa operación hay un producto, que es sujeto dividido, y un resto, que es el objeto. ¿De qué se trata este tirar el carretel? Corriéndose de hacer activo lo pasivo, o superar la partida de la madre, es justamente el sujeto el que se tira, en el circuito pulsional que se constituye entre el sujeto y Otro. Sólo en ese tirarse, el sujeto —en su barradura— puede descontarse del Otro. La producción significante introduce la hiancia como causa. Para Lacan este juego es del orden de la automutilación:

“La hiancia introducida por la ausencia dibujada y siempre abierta, queda como causa de un trazado centrífugo donde lo que cae no es el otro en tanto que figura donde proyecta el sujeto sino ese carrete unido a ella por el hilo que agarra, donde se expresa que se desprende de él en esa prueba, la automutilación a partir de la cual el orden de la significancia va a cobrar su perspectiva. Pues el juego del carrete es la respuesta del sujeto a lo que la ausencia de la madre vino a crear en el lindero de su dominio, en el borde de la cuna, a saber un foso a cuyo alrededor sólo tiene que ponerse a jugar el juego del salto”. (7)

Lacan trabaja la constitución subjetiva en la que se funda un sujeto, desde la operación lógica de alienación y separación. Para pensarla, se apoya en Descartes, en el cogito cartesiano: “Pienso, luego soy”. Allí el ser se sostiene del pensamiento.

Lacan lo ubica en un primer momento “entre el ser y el sentido”. Si el sujeto elige el “ser”, es un ser sin sujeto, sin pensamiento, sin sentido; mientras que eligiendo el “sentido“, en este pensar, el sujeto pierde su ser, con el desconocimiento de su enunciación subjetiva. Es decir, el sujeto estará condenado a bascular ente un polo alienante del “no pienso” y el “no soy “, la significación inconsciente. Esta elección forzada del sujeto que arrancó tímidamente como la elección entre “la bolsa o la vida”.

Ahora, con nuevos operadores lógicos, la elección se torna más aguda y rigurosa. El resultado de esta operación es que el sujeto se aliena al campo del Otro, a un significante, marcándolo a partir de ahí en su división como efecto de la cadena significante. Por ello está condenado a bascular entre un S1 y un S2, y de esta operación resultará un resto, una pérdida:

El sujeto aparece primero en el Otro, en la medida en que el primer significante, el significante unario, surge en el campo del Otro y representa al sujeto para otro significante, significante cuyo efecto es la afánisis del sujeto. De allí, la división del sujeto –si bien el sujeto aparece en aluna forma como sentido, en otra se manifiesta como fading, desaparición. Se trata, entonces, permítaseme la expresión, de un asunto de vida o muerte entre el significante unario y el sujeto como significante binario, causa de su desaparición. (8)

La alienación en dos tiempos lógicos se complejiza con “o no pienso o no soy”. Elegir entre el ser o el sentido es ubicar qué lazo al Otro representará a ese sujeto. El “ser” es ser el falo de la madre. Deberá elegir entre “ser” el falo de la madre o recibir el significante, el “sentido”, en términos de significación fálica, introducido por el padre.

Esta elección por el sentido, ubica el sujeto en su falta en ser. No sólo se juega la pérdida en el sujeto sino también del Otro materno, marcando su castración. Sólo allí se produce la separación del sujeto. Un segundo tiempo de la alienación, se abre para ubicar qué sentido le asigna a su pensamiento. El “no pienso” es un pensamiento sin agente, cree que salva al yo como instancia del ser, mientras que el ser no podrá pensar nada, sólo designarlo.

En esta escritura algo se pierde, aquello que no puede recubrir la significación fálica, quedando por fuera de este campo. Esto que se constituye como lo imposible de escribir, aquello que no cesa de no escribirse, Lacan lo nombra lo real. ¿De qué se trata? Es el encuentro con un punto estructural de vacío, un agujero. Lacan lo nombró en un primer momento como das Ding (la Cosa), luego en relación al objeto a, y posteriormente en el “no hay relación sexual”.

La imposibilidad de escribir la relación sexual es el punto de partida de las posibles escrituras del lazo con el otro y las distintas modalidades de goce, allí donde la letra bordea lo real.

Ya sea en el Fort-Da, como acto fundante de esa ausencia, como en la elección forzosa de la operación de alienación/separación, el sujeto produce, en su pasión, una marca de la falta estructural del lenguaje. Esa marca se inscribe en términos de pérdida, de castración del Otro, de un —1. Ahora bien, no sólo tiene que estar inscripta para un sujeto, sino que tiene que operar, permitiéndole contar con la función de la falta y el deseo.

Esta marca muestra que el goce está vedado al sujeto en tanto que habla, que es necesario que no haya, para poder buscarlo a través de las vueltas de la compulsión de repetición. Es la prohibición de goce, es decir, que el goce está perdido por estructura, la que habilita distintas posibilidades de gozar. Cuando el padre, en su autoridad, limita el goce del niño y el de la madre, abre una vía posible del goce (fálico) para este niño. En la adolescencia tiene que validarse y resignificarse esa posibilidad.

Algo de este goce del sujeto tiene que ser re-escrito a la luz del encuentro con el otro sexo como punto real de la estructura. Al no haber un significante que represente al sujeto como hombre o mujer, deberá lidiar con los velos, semblantes, máscaras y señuelos provistos por el falo.

En el caso de D. los cambios corporales de la pubertad irrumpieron de manera abrupta y la confrontaron con un real extraño. Con escasos y rígidos recursos enfrenta la pregunta por lo femenino refugiándose en ser “abanderada”. Cuando a los pocos meses aparece un rechazo a la comida, una pérdida de las ganas de comer interpretada como anorexia y una pérdida de interés por el estudio, se desarma el semblante que la sostenía desde pequeña. Este significante principal que daba identidad y regulaba el goce, cae sin poder metaforizar con otros significantes ese “ser”.

D. queda así arruinada, desarticulada y desalojada. Allí el arrojarse de la escena es un intento costoso y temerario por correrse de un lugar de resto para recuperar su subjetividad deseante. Se trata de poner en juego al sujeto del lado del pensar, y que en este pensar pueda ubicarse como mujer, amiga, hija, docente o también buena estudiante.

Esto vacía el lugar en el que ella quedaría como un objeto, gozada por el Otro. Aquí el fantasma materno es voraz, no aparece el objeto de un lado fálico, ser el falo de la madre, sino de una exigencia de completud del Otro en el que nada puede faltar.

La dirección de la cura apuntó a anudar de algún modo el real que había irrumpido, y posibilitar que, a través de la inscripción de la falta, el objeto funcionara en su estatuto de causa. Así la pulsión y el deseo se reordenan alrededor de este nuevo operador, y devuelven —con una nueva versión— la articulación fantasmática entre goce y deseo.

Si antes su única salida fue la de arrojarse, ahora puede decidir irse de la casa. Algo del tiempo y su certidumbre anticipada se ordena, y permite a D. una salida que no la arroje y en cambio la aloje. Como señala Lacan:

“En el discurso analítico ustedes suponen que el sujeto del inconsciente sabe leer […]. No sólo suponen que sabe leer, suponen también que puede aprender a leer. Pero sucede que lo que le enseñan a leer no tiene entonces absolutamente nada que ver, en ningún caso, con lo que ustedes de ello pueden escribir”.

Para finalizar, y retomando nuestra pregunta por los avatares en la clínica con adolescentes, podemos pensar que la adolescencia es, entonces, una respuesta de un sujeto confrontado por estos agujeros, tomado por estas preguntas y dispuesto a dar su propia versión, bordeando los puntos de imposibilidad a fin de simbolizar algo de lo real de la pubertad.

Nota 1: Texto presentado en las IX Jornadas del Espacio de Investigación en Psicoanálisis, “Clínica y política: un diálogo inconcluso, Centro de Salud Mental N° 1, 2018. Carolina Freire es psicoanalista, coordinadora del Equipo de Adolescentes y Adultos Jóvenes del Turno Mañana en el Centro de Salud Mental N°1, “Hugo Rosarios”, Ciudad de Buenos Aires, docente de la Universidad de Buenos Aires. Correspondencia a carofreire01@hotmail.com.

Nota 2: el material desarrollado, respeta la lógica del caso, pero porta las transformaciones necesarias para sostener la discrecionalidad y reserva correspondientes a cada abordaje clínico.

Referencias
1) Cf. LACAN, J., El Seminario, Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1993, p. 173.
2) Cf. Gabriel Belucci, Conferencias “Emergencias subjetivas en la pubertad y la adolescencia”, CSM N°1, 2017.
3) Cf. MITRE, J., La adolescencia: esa edad decisiva, Grama, Buenos Aires, 2014, p. 54.
4) Cf. Maria Lujan Iuale, Conferencias “Emergencias subjetivas en la pubertad y la adolescencia”, CSM N°1, 2017.
5) Cf. Sergio Zabalza, Conferencias “Emergencias subjetivas en la pubertad y la adolescencia”, CSM N°1, 2017.
6) Cf. FREUD, S., “Más allá del principio de placer”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. XVIII, p 16.
7) f. LACAN, J., El Seminario, Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1993, p. 70
8) Op. cit., p. 226.
9) Cf. LACAN, J. El Seminario, Libro 20. Aún, Paidós, Buenos Aires, 2001, p. 49.

Bibliografía
AMIGO, S., Clínica de los fracasos del fantasma, Letra Viva, Buenos Aires, 2015.
BELUCCI, G. et al., Conferencias “Emergencias subjetivas en la pubertad y la adolescencia”, CSMN°1, 2017. Inéditas.
FREUD, S., “Más allá del principio de placer”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. XVIII.
FREUD, S., “Tres ensayos de teoría sexual”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. VII.
LACAN, J., El Seminario, Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1993.
LACAN, J. El Seminario, Libro 14. La lógica del fantasma. Inédito.
LACAN, J. El Seminario, Libro 15. El objeto del psicoanálisis. Inédito.
LACAN, J. El Seminario, Libro 17. El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1999.
LACAN, J. El Seminario, Libro 20. Aún, Paidós, Buenos Aires, 2001.
MITRE, J., La adolescencia: esa edad decisiva, Grama, Buenos Aires, 2014.
SAFFOUAN, M., Lacaniana II, Paidós, Buenos Aires, 2008

Fuente: Freire, Carolina (7/11/2018) "Del trauma a lo escrito. Avatares en la clínica con adolescentes" . El Sigma.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario