lunes, 13 de diciembre de 2021

El fantasma en la neurosis obsesiva y el fantasma de la histeria y su relación con la transferencia

Un análisis es una charla que se da bajos ciertas condiciones. El dispositivo tiene una regla fundamental, que Freud la enuncia pidiéndole al analizante que asocie libremente, que diga todo cuanto cae a la mente, tal como las piensa. Del lado del analista, se le pide la atención libremente flotante y la abstinencia de satisfacer la demanda del analizante. 


En todo análisis la transferencia se da junto a las resistencias, que para Freud provienen del analizado mientras que para Lacan provienen del analista. Ambas versiones son totalmente válidas, según el caso. Estas dos posturas no deben ser vistas como evolución del concepto de transferencia.

La idea freudiana de hacer consciente lo inconsciente tiene el límite de que no todo puede ser mediatizado por la palabra. El recordar como forma de levantamiento del síntoma no basta, porque aparece la repetición. A lo que se apunta es a la elaboración, que apunta a a darle un sentido nuevo al padecimiento. Lo cierto es que no todo puede ser recordado y el analista debe esperar el acting, porque es necesario que ocurra en la transferencia.

La contratransferencia no se analiza, como sí lo hacían los posfreudianos. La idea de Lacan es que la contratransferencia sea analizada por el propio analista en tanto a sus puntos ciegos, a la forma de una vigilancia externa sobre el deseo del analista. Si la contratransferencia es bien analizada, se puede sostener el deseo del analista.

Para Lacan la contratransferencia es una impureza del analista que se manifiesta en la relación de la transferencia con el analizante. Es la implicación necesaria del analista, su afectación en la transferencia, pero además es algo que no se puede obviar, es una consecuencia necesaria porque el analista no puede no entrar en transferencia con el paciente. Si el analista no entrara en contratransferencia con el paciente, no habría análisis tampoco. 

La fórmula del fantasma original es la siguiente:


El sujeto ($) se encuentra articulado con el a. El la imagen falta el pequeño rombo lozenge que nos haría quedar $◊a. El tema es que el fantasma se articula con el Otro castrado ó barrado. El fantasma, de esta manera, implica una articulación entre el sujeto y el objeto a, pero no sin el Otro en falta. El neurótico intenta velar la castración del Otro, haciéndolo consistir como completo. En las psicosis está la certeza de que el Otro está sin castrar.

El esquema nos permite pensar qué sucede en la transferencia, donde el analista encuentra al sujeto con sus significantes, pues el gran Otro no es otra cosa que el inconsciente, pues el Otro está el tesoro de los significantes. La articulación con el pequeño a es porque ese objeto es el que causa el deseo y el analista se propone encarnar en la transferencia. El analista también encarna a ese gran Otro que es el que se supone que sabe acerca del padecimiento de ese sujeto, el Otro del sujeto supuesto saber.

El objeto a se refiere a todos esos objetos primordiales que han determinado la infancia del sujeto. Estas experiencias y objetos toman cuerpo en la relación transferencial con quien ocupa el lugar del Otro del paciente, en este caso el analista, que se deja tomar y es parte del síntoma de ese paciente. Vemos una intersección entre el sujeto y el Otro barrado, en este caso el analista colocado en el lugar de supuesto saber. Esto hace que el análisis funcione, aunque se trate de términos imaginarios. No hay que desestimar nunca lo imaginario de la transferencia, aunque no sea lo fundamental, porque es en gran parte es responsable de que la cosa funcione.

Lacan marca que las intervenciones están posibilitadas por el lugar del analista en la transferencia. Si el analista dice algo y no está ubicado transferencialmente, las intervenciones no tienen sentido. Somos escuchados por esta posición de poder que tenemos y que el sujeto nos ha otorgado. El analista debe ser un receptáculo, soportando la repetición de la transferencia que el sujeto trae. No debemos olvidar que es el sujeto el que se analiza (y no el analista), se trata de un sujeto activo que construye permanentemente nuevas significaciones, significantes y ficciones. El analizante es un creador, el analista es solamente un catalizador. Un catalizador, en el ámbito de la química, es una sustancia que acelera una reacción química.

El objeto a que el analista acoge, es el a-nalista, en tanto deja de ocupar el lugar del Otro y se pone en el lugar de causa de deseo de quien se analiza. 

En el seminario 8 de la transferencia (1960-1), aparece la fórmula del fantasma de la histérica:


A la izquierda, vemos que el pequeño objeto a (a), regulado en el inconsciente por la castración imaginaria -𝛗, que aparece bajo la barra porque es un significante que se resiste a la conciencia. El Otro aparece sin barrar. En la histeria, de lo que se trata es de desmentir la castración del Otro... para castrarlo después. Si vamos al historial de Dora, es lo que ella hacía con su padre. 

A Lacan no le bastó usar la fórmula del fantasma clásica donde el sujeto se articula con el a. Esto es porque los objetos a en la transferencia con el Otro y quienes lo encarnan, lo sea el sujeto o no, tienen ciertas particularidades.

En la histeria los objetos no están atravesados por la castración, así que necesita sostener a un Otro como no castrado. El sujeto histérico completa al Otro, para esconder la castración, que le es insopotable. De esta manera, este deseo insatisfecho solo va a ser posible si ese Otro conserva la clave del misterio, de manera que ese Otro debe ser no barrado e inaccesible, fuera del alcance del histérico.

El histérico erige a alguien a quien pueda admirar, intentando mantenerlo siempre en un lugar idealizado. Esto también hace que el histérico quede en un lugar de impotencia frente al Otro, por lo que el histérico intentará hacerlo caer. Es una dialéctica donde por un lado necesita sostenerlo arriba, pero en algunos momentos perforarlos con la marca de la castración. Reconocerlo como castrado es insoportable, porque para el histérico el saber de su deseo lo tiene el Otro. Como el histérico siempre está insatisfecho, siempre vuelve al Otro para atacar la integridad del Otro y marcarle sus puntos flacos, para rearmarlo otra vez, en una dialéctica eterna.

En la transferencia, el histérico intenta enaltecer a su analista, pero también hacerlo caer. Es como la histérica que quiere demostrarle a Freud que los sueños no eran cumplimientos de deseos. El analista se encuentra con pacientes que les dice que es un ídolo, un genio -cosa que el analista nunca debe creer-, porque en algún momento por RTN o por resistencia y va a actuar el componente de la transferencia donde el histérico va a intentar barrar al analista, intentando hacerlo caer de su lugar.

En cuanto al fantasma obsesivo, tenemos la siguiente fórmula:

En el obsesivo, el Otro ya está barrado, a diferencia de la histeria. El obsesivo tiene una articulación mucho más evidente con el falo simbólico (𝛟). En la neurosis obsesiva lo que impera es una relación con el superyó, que de alguna manera  tiene solidaridad con la instalación más plena de la metáfora paterna, la regulación fálica.

El obsesivo acepta la castración del Otro, pero aún así necesita identificarse con el lugar del falo. Es decir, en una relación amorosa va a intentar ser todo para el Otro. Ya que el Otro está castrado, va a tratar de ocupar del todo, del falo. Los obsesivos forman relaciones complicadas con los histéricos, pues intentan colmar al Otro, intentan "ser todo" para el Otro, tratando de taparle la falta del Otro, sabiendo que está castrado.  

En la transferencia con el analista, el obsesivo intentará ser un paciente modelo del analista: traerá sueños, para intentar ser un buen paciente. El problema es que esto puede eternizar a un paciente en el análisis si uno no lo saca de ahí. Son pacientes que quieren tener todo controlado, por lo que a veces las intervenciones del analistas son resistidas, por ejemplo ante un lapsus. La cuestión de la ambivalencia la tiene a cuestión de piel, así que esta cuestión de ser un buen analizante puede mutar a cuestiones más hostiles con el analista.

Al costado derecho de la fórmula se encuentra una sucesión de pequeños objetos. En la neurosis obsesiva hay dos síntomas principales que la representan: la duda y la procrastinación. Esto último es lo que representa esta parte de la fórmula, la búsqueda constante de un objeto de satisfacción. El obsesivo cree siempre que lo próximo es mejor, que es lo que se quiere, lo cual tiene cierta similitud con el discurso capitalista.

El obsesivo, por efecto de la duda y la procrastinación, nunca sabe a quién amar, porque duda qué quiere. Lamentablemente, el fantasma del obsesivo se acerca mucho al discurso del capitalismo, pues por su efecto metonímico logran el mismo efecto:

El sujeto obsesivo se transforma en un consumidor. El S1, que es lo inconsciente, el amo que lo controla a uno, es el mercado global. El S2, que es el saber, queda reemplazado por las tecnologías y el objeto a como los pequeños fetiches, los gadgets, las letosas que nombraban Lacan y que nos hacen creer que encontramos lo que queremos por una fracción de segundo. Consumir nos hace felices por un corto tiempo, por lo cual esta similitud con el fantasma del objetivo, que está siempre a la búsqueda de un nuevo objeto de satisfacción.

El analizante también se dirige con sus objetos de satisfacción hacia el analista con su pregunta de qué lo quiere. Esto también se pone a jugar en la transferencia, de distintas maneras, según el fantasma. El progreso de un analisis tiene que ver con ir desanudando esas respuestas para darse otras versiones de qué es uno para el Otro. Ser el soporte del deseo del analizante no es poca cosa, es lo que permite ir haciendo con esto. El analista debe dejarse tomar por el lugar del Otro del paciente.

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