Llevar la identificación al registro de una operación, como señalábamos, exige necesariamente una orientación topológica, que Lacan termina de formalizar en el Seminario 12, más allá de la rigurosa consideración lógica que ya encontramos en el Seminario 9. Situada en este marco, la identificación puede pensarse como una operación topológica que responde al impasse lógico que afecta al significante y que, al mismo tiempo, toma distancia del espejo.
No se trata, por cierto, de negar la existencia de identificaciones imaginarias, sino de destacar que la apuesta de Lacan consiste en aislar una identificación que no opera en ese registro y cuyo estatuto se encuentra más próximo a la sincronía que a la dimensión diacrónica del discurso. De allí el trabajo minucioso de especificación del rasgo unario como discreto: soporte contable de una diferencia radical, en oposición a toda lógica de la identidad.
Nos interesa tender un puente entre los Seminarios 9 y 12, en la medida en que ese arco permite articular el abordaje de aquello que se litoraliza a partir de las dos referencias centrales que organizan la enseñanza de Lacan desde Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: la lógica y la topología. En este punto, puede leerse que Lacan sienta las bases de una lógica que no responde al principio de identidad, condición necesaria para sostener la orientación a lo real que la praxis analítica exige, precisamente por el impasse que esta pone en forma.
Entendemos que a partir del Seminario La lógica del fantasma comienza a delinearse una distancia entre campos ordenados por lógicas heterogéneas. Por un lado, un campo que podríamos calificar de fantasmático, regido por una lógica solidaria del principio de contradicción; por otro, un campo —que Lacan nombrará luego como el del Otro— en el que reina lo indecidible y que vuelve indispensable una lógica de otro orden. Es este desplazamiento el que abre el camino hacia la formalización de las fórmulas de la sexuación.
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