martes, 20 de enero de 2026

¿A qué sujeto se dirige la TCC? Alcances y limitaciones.

El sujeto supuesto por la TCC es, en buena medida, un sujeto cartesiano, en tanto se lo concibe como capaz de observar sus pensamientos, evaluarlos racionalmente y corregirlos.

Desde una lectura lacaniana, el sujeto que la TCC presupone puede caracterizarse como un sujeto de tipo cartesiano. Se trata de un sujeto reflexivo, transparente a sí mismo, que puede tomar distancia de sus pensamientos, examinarlos como objetos, someterlos a una evaluación racional y eventualmente modificarlos. En este sentido, la operación terapéutica se apoya en la posibilidad de una metacognición que garantice una posición de dominio del sujeto respecto de sus producciones mentales.

Anque se habla de "terapias de nueva generación", esta concepción es más antigua y contrasta radicalmente con la noción de sujeto que introduce el psicoanálisis, y en particular Lacan, para quien el sujeto no es dueño de sus pensamientos, sino que se encuentra dividido por el significante. Lejos de poder observar sus pensamientos desde un punto exterior, el sujeto está tomado en ellos, hablado por el lenguaje, de modo tal que no hay una posición de exterioridad plena desde la cual evaluarlos o corregirlos sin resto.

Desde esta perspectiva, lo que la TCC trata como “pensamientos” susceptibles de corrección son, para el psicoanálisis, efectos del significante, formaciones que responden a una lógica inconsciente y que no se dejan reducir a un error cognitivo. El punto no es entonces rectificar un contenido, sino interrogar la posición subjetiva que se sostiene en esa enunciación y el modo de goce que allí se juega.

La concepción cartesiana del sujeto que subyace a la TCC no es solo una diferencia teórica: produce efectos clínicos precisos. Al suponer un sujeto transparente y autocorrectivo, la TCC tiende a borrar la división subjetiva, el goce y lo real, produciendo mejoras funcionales que no necesariamente implican una transformación de la posición del sujeto frente a su síntoma.

Quizá el inconveniente clínico más grande sea el de sobreestimar la capacidad del paciente de observarse. Al suponer que el sujeto puede tomar distancia de sus pensamientos, la TCC puede ignorar la opacidad estructural del sujeto, interpretar las resistencias como déficit de habilidades, conviertiendo el no–saber en fallo técnico o falta de adherencia. En clínica, esto puede producir culpabilización del paciente: “no aplicó bien la técnica”, “no registró adecuadamente”.

Desde la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), los síntomas se explican como el resultado de la interacción entre pensamientos, emociones, conductas y respuestas fisiológicas, dentro de un modelo de aprendizaje y procesamiento de la información. Dicho sintéticamente: no son expresión de un conflicto inconsciente ni en términos defensivos, sino respuestas aprendidas y mantenidas por ciertos modos de interpretar la experiencia y de actuar en consecuencia.

Para la TCC, el síntoma es una respuesta desadaptativa, un error de procesamiento y algo a corregir o extinguir. No está la idea de que el síntoma sabe algo del sujeto, incluso allí donde lo hace sufrir.

Por otra parte, es sabido que la TCC busca, no sin buenas intenciones, la consistencia, la coherencia narrativa y la alineación cognición–conducta. ¿Pero existe tal coherencia, o qué pasa si se la fuerza? ¿Qué lugar hay para las contradicciones estructurales, las ambivalencias y las formaciones del inconsciente? Todo esto que insiste, bien lo sabemos, retorna por el cuerpo o el acting, no por la palabra.

Quizá el mayor escollo sea este: el impasse frente a lo real. Hay experiencias que no se piensan, no se reestructuran, ni se corrigen. Trauma, angustia sin objeto, compulsión, goce mortificante. En estos casos, la clínica TCC suele cronificarse, medicalizar o derivar por “resistencia”.

Dirijamos ahora el planteo hacia algo clínicamente honesto: si la TCC está en auge no es solo por marketing o poder institucional, sino porque esa concepción de sujeto produce efectos útiles (Aunque queda la pregunta para quién). La clave no es negarlos, sino delimitar su alcance.

Si la TCC supone un sujeto capaz de observarse, intervenir sobre sí y modificar conductas, en sujetos muy angustiados, inhibidos o desorganizados, esto puede devolverles un mínimo de agencia, cortar la vivencia de pasividad e introducir una lógica de acción posible. Desde Lacan diríamos: reconstituye algo del yo, y eso no es poco.

En la misma línea, la TCC ofrece un efecto de desangustia rápida, funciona con la angustia como señal. La estructura cartesiana implicado en estas terapias permite nombrar, clasificar y ordenar. Para muchos pacientes, pensar “esto es un pensamiento” ya reduce la angustia. La distancia metacognitiva produce alivio y el síntoma pierde inmediatez. No resuelve lo real, pero lo bordea eficazmente.
En una época de declinación del Nombre-del-Padre y fragilidad de referencias simbólicas, las TCC ofrecieron un marco simbólico estable, con reglas claras, objetivos explícitos y tiempos delimitados. Sea o no esto posible de cumplir, opera en tiempos contemporáneos como suplencia simbólica.

Por otra parte, la TCC clínicamente es útil a gran escala. Desde el psicoanálisis esto no invalida su valor: responde a otra lógica de práctica. La concepción de sujeto TCC permite estandarizar intervenciones, formar terapeutas rápidamente y trabajar en salud pública.

Hay ciertas patologías en las cuales la TCC posee una ventaja. Se trata de cuadros donde el síntoma responde a la lógica del aprendizaje y la corrección conductual alivia de verdad. Es el caso de ciertas fobias específicas, pánico, el insomnio, TOC leve a moderado y los trastornos adaptativos.

El paciente TCC adquiere herramientas, reconoce patrones y desarrolla recursos. Aunque esto no es análisis, sí es un saber-hacer y a muchos pacientes les alcanza.

Las TCC han respondido al malestar de época. Muchos sujetos hoy no quieren hablar demasiado, solo quieren “funcionar”, con soluciones rápidas. La TCC no fuerza una pregunta por el deseo, sino que se alinea con la demanda de eficacia.

De esta manera, pese a su parcialidad, podemos decir que el sujeto cartesiano de la TCC funciona bien como sujeto de la acción, de la adaptación y del aprendizaje, pero no como sujeto del inconsciente, del goce y de la verdad singular.

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