sábado, 23 de julio de 2022

Violencias en familias con niños y adolescentes

 Autor: María Cristina Rojas. Psicóloga. (Universidad de Buenos Aires, Argentina). Miembro titular de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo

RESUMEN

Este trabajo, referido a familias con niños y adolescentes, plantea algunas conceptualizaciones acerca de la violencia intrafamiliar, a la cual pone en relación con distintas modalidades socioculturales. Analiza en especial la violencia de los discursos sacralizados y formas actuales ligadas a violencia y desamparo, incluyendo en ambos casos escenas clínicas. 

Propone una clínica de enfoques complejos, apta para develar las violencias invisibilizadas. 


Palabras llave: dominio- reconocimiento- indefensión- diversidad- complejidad- desamparo.


En las familias se espera de los otros amor y apuntalamiento, es decir, sostén, apoyo, regulaciones. Cuando las figuras significativas actúan con violencia en forma reiterada, se organizan verdaderas paradojas vinculares, que exacerban los efectos propios de las violencias: las ambivalencias, la perplejidad, el enloquecimiento. Sufrimiento, dolor. Pensemos en especial en la posición del niño, cuando es maltratado por aquel de quien espera amor y sin cuyos cuidados no sobrevive. 

Entonces, cuando la violencia física y/o emocional es perpetrada precisamente por quienes tienen la responsabilidad social y legal de ejercer cuidados, es más devastadora. Además, la violencia intrafamiliar se inserta en un contexto semántico de justificación que mistifica las claves por las cuales es posible reconocerla. (“Me provocó", "Es por su propio bien" “Busca ser castigado”). “Esta transformación del carácter protector en carácter violento ocurre en un contexto y en un discurso que destruye o falsea los significados y deniega esta transformación.” (C. Sluzki,1994, pág 351). 

La violencia, más allá del ataque físico, se expresa a través de palabras denigratorias que lastiman los procesos de construcción del psiquismo, a expensas de la autoestima y la creencia en el propio pensamiento del niño o adolescente víctima. 

A menudo, en grupos así afectados, la palabra, vaciada de sentido, puede adquirir valor de proyectil (cosa que hiere), manteniéndose fuera del discurso. Ya no se sostiene en la dimensión tierna del lazo, sino en el territorio del dominio. (Ulloa, F. 1995)

Para que el discurso violento obre en toda su eficacia afectando la conformación subjetiva del niño, deben cumplirse las condiciones que Bateson (Bateson, G. 1976) propone para la paradoja y que hago extensivas a otras modalidades: que sea reiterativa; que se dé en un vínculo asimétrico, como es el parentofilial; que no sea posible la reacción modificadora (denuncia, humor). Todo ello puede dar lugar a algún modo de distorsión del pensamiento propio, a fin de sostener al otro como incuestionable, ya que para quien depende ese otro es también objeto de necesidad. 

En relación con esto, algunos enfoques terapéuticos, también los vinculares, al enfatizar la circularidad de la violencia pueden ratificar, sin advertirlo, las asignaciones del sometedor. Me refiero, por ejemplo, a la insistencia en señalar a la víctima como desencadenante de la irrupción violenta: es castigado quien no aprende a no provocar, es decir, quien se somete.

El niño tiende por sí mismo a someterse a sus maltratadores, al padecer esa encerrona trágica vincular, ya que, pese a todo, busca el reconocimiento de las figuras cuya asistencia necesita. Señala Benjamin: “Esta lucha por ser reconocido por un otro, y de tal modo confirmarnos, constituye el núcleo de las relaciones de dominación” (J. Benjamin, 1994, pág. 24)


VIOLENCIA Y NIÑEZ

La niñez, por su dependencia e indefensión, ha sido destinataria privilegiada de diferentes formas de violencia. Brujas, ogros y otros desalmados devoran niños desde el fondo mismo de los tiempos. El propio infanticidio fue una práctica entre ignorada y tolerada hasta el siglo XVII.

Alrededor del advenimiento del segundo milenio, la Iglesia impuso a la población rural europea, y después a la aristocracia, el cumplimiento de la monogamia y la exogamia; esto último, con la prohibición del casamiento entre primos. Así, tendía a la construcción de un marco estable, la familia, en el cual se pudiera criar y defender a los hijos, como señalan estudios históricos.  Ese marco se ha ido transformando en el devenir de los tiempos.

 Es en la era moderna tardía, y particularmente a partir del siglo XVIII, en que se inaugura el reconocimiento social de la niñez como período diferenciado y específico y se formula al niño como sujeto de derecho. Surge entonces, al decir de Lasch: “...un nuevo concepto de la familia como refugio frente al mundo comercial e industrial, altamente competitivo y frecuentemente brutal.” (C.  Lasch, 1996, pág. 28).

 La familia burguesa, sostenedora fundamental de un espíritu de época, situó al niño en una posición que Freud conceptualizó como “His Majesty the baby”, puntal del narcisismo parental; continuidad y trascendencia de sus progenitores, eslabón en la cadena entre antepasados y descendientes (Freud, S.,1914). Sin embargo, estos modos del lazo familiar generaron sus propias formas violentas, algunas socialmente legitimadas, como lo era el castigo corporal de los niños, tanto en la familia como en la escuela, y otras encubiertas, como castigos mayores, abuso sexual o excesos discursivo/ emocionales. Las formas autoritarias que desfavorecían las elecciones por fuera de los mandatos familiares también tenían consenso epocal. Familia cerrada, autoprotegida, no mostraba en su fachada las fisuras de la violencia y su “interior” era considerado no accesible. En un contexto donde el mundo adulto era todavía casi inimputable en cuanto a su trato con niños y adolescentes.


DIVERSIDAD DE VIOLENCIAS EPOCALES

A lo largo de los años, trabajando y pensando en relación con las violencias en el seno de la clínica familiar, fuimos visitando distintas modalidades predominantes, entretejidas en cambiantes tramas epocales. 

Ya en las décadas del ´60 y ´70 del siglo XX, algunas investigaciones afirmaban que un altísimo porcentaje de los agresores físicos en los casos de maltrato infantil estudiados eran padres u otros familiares allegados. Habían nacido los especialistas en infancia y familia, que hurgaban en un grupo familiar ya no tan cerrado; la sociedad irrumpía en el sacralizado espacio familiar e interpelaba el poderío patriarcal incuestionable. Se asomaban a la transformación de la familia burguesa, que en la clínica pudo advertirse, en Argentina, al promediar los años ´80.

 La familia nuclear moderna ocultaba en su interior mil secretos; cuando la sociedad transformada penetrara su recinto, esa llamada “célula básica de la sociedad” estallaría en complejas diversidades.

Aun así, el abuso sexual permanecía todavía casi innombrable, y en el seno del psicoanálisis protegido por la idea de fantasía. (S. Freud, 1897, pág. 301)

La familia burguesa iba detonando, las manifestaciones clínicas del sufrimiento se transformaban y esto fue dando lugar también a la transformación de múltiples referentes conceptuales. Se fueron generando otras conceptualizaciones y abordajes clínicos, habilitados a la vez por cambios de los paradigmas de pensamiento, como la epistemología de la complejidad, aportes filosóficos y el pasaje de una lógica de la diferencia, binaria, a otra, de la diversidad. 

El término violencia, de intensa connotación afectiva y usos coloquiales múltiples, requería ser situado en el cuerpo del psicoanálisis a través de precisiones conceptuales pensadas en clave vincular. 

Dentro de la investigación sobre el tema, en el seno del psicoanálisis vincular, caracterizamos como violencia al ejercicio absoluto del poder de uno o más sujetos sobre otro, que queda ubicado en un lugar de desconocimiento; esto es, no reconocido como sujeto de deseo y reducido, en su forma extrema, a un puro objeto. Considerábamos así a la violencia por su eficacia, la de anular al otro como sujeto diferenciado, sumiéndolo en una pérdida de identidad y singularidad que señala el lugar de la angustia. (Rojas y otros, 1990); concepción que retomé en el Diccionario de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares. (Pachuk, Friedler comps., 1999)

En la familia nuclear o conyugal moderna, como en numerosas consultas actuales, encontramos problemáticas ligadas a excesos en las formas disciplinarias: me ocuparé aquí en especial de distintas formas de violencia emocional y discursiva. Si el golpe lesiona a veces en forma irreparable, la violencia también denominada psicológica, a su vez cosifica al otro al desconocerlo en su singularidad deseante y produce daños psíquicos que, en sus formas extremas, suelen ser condición de emergencia de problemáticas severas, como la psicosis, la enfermedad psicosomática grave, el accidente-suicidio, o las patologías del acto y la pulsión. Por lo demás, la palabra y el acto violentos pueden ser rastreados en algunas familias como modo de relación privilegiado a través de varias generaciones. Nos referirnos entonces a una trasmisión intergeneracional del maltrato.

Podemos así pensar a la violencia familiar tanto en términos de vinculaciones actuales como conectada con fenómenos de descontextualización y trasmisión de aconteceres transgeneracionales. Es decir, enfocando a los personajes violentos y sumisos en tanto expresivos de determinaciones concernientes también a otros tiempos y contextos. 

 Las violencias no metabolizadas del pasado funcionaron en tales casos a la manera del trauma, es decir, como impacto psíquico desorganizante, productor de dolor, a la vez que de fallas en las barreras represivas y de contención. Es así que modos actuales de violencia familiar pueden articularse con sucesos de otros tiempos, desplegados en la red social y familiar propia de los antepasados; aunque aparezcan hoy bajo figuras novedosas, acordes al ideario de la época. Se presentifican aconteceres que, por fuera de la significación, no lograron devenir pasado, conservaron actualidad y siguen produciendo efectos. Ello transforma a la construcción/ reconstrucción de la historia en herramienta del análisis.


DISCURSO SAGRADO

En relación con el maltrato psicológico, el discurso sagrado me parece un exponente paradigmático de la violencia emergente en grupos endogámicos y totalitarios, que constituyeran un prototipo de época cuando el acatamiento incuestionable del discurso encarnado en el patriarca era parte de esa producción cultural llamada “normalidad”.  Si retomo este tema aquí, cuando la familia devino “las familias” y se percibe abierta y entramada en la red sociocultural, es porque estas problemáticas continúan, con formas singulares, apareciendo en la clínica, particularmente de las violencias y patologías graves.

Se trata de un discurso incuestionable, caracterizado por certezas compartidas que impiden las diferencias y la singularidad. Se transmite transgeneracionalmente, tendiendo a mantenerse tan sólido y estable como los dogmas religiosos y a perpetuarse por vía de la repetición. Puede así apoderarse de los sujetos restringiendo su libertad, aun la del pensamiento.

  De tal modo, se propone a sí mismo como yo ideal y congela las significaciones, instaurando la primacía absoluta de un único sentido sobre el significante. Además, contiene aseveraciones que avalan al propio discurso, así como descalifican a cualquier otro que no acuerde con su verdad. Es sostenido por los adultos y se espera de los niños la adhesión incondicional. 

A fin de sostener cerrados sus umbrales, los grupos así conformados rechazan los intercambios con los otros que puedan contradecir el modo en que el propio argumento familiar describe y explica el mundo, la vida, la plenitud supuesta de los interrogantes y respuestas. A su vez el hijo, en tanto “nuevo”, resulta inquietante, tiende a ser especialmente controlado, debe ser firmante de las alianzas y decretos preexistentes, pues su posible alteridad amenaza al statu quo. 


“Sácame el algodón”

  Relataré la apertura de una entrevista familiar diagnóstica realizada durante un proceso de consulta por un niño. Se trata de una familia que llega derivada por el Jardín de Infantes al que el hijo concurre; el mismo ha presionado para la realización de un diagnóstico, poniéndolo como condición de pertenencia a la institución. Ellos son la madre, su marido, denominado “padre” ante el alejamiento del padre biológico, y Facundo, hijo único, de 5 años. 

  Facundo llega semidormido, con un gran tapón de algodón en el oído.

  Madre: (a la terapeuta, agresivamente) ¿cuántas veces faltan?

 Padre: como dijo cinco más o menos ¿van cuatro?

  Madre (a Facundo) ¿Te sigue doliendo el oído?

  Facundo: no.

  Padre: (al niño) Toma,  dibuja un Papá Noel. (Le da los materiales, él y la madre hablan entre sí en voz muy baja, de modo que no puedo escucharlos)

Facundo: (angustiado) sácame el algodón 

Madre: No, déjalo que te da calorcito

Facundo: (Se cubre la oreja con la mano, me mira fijamente y empieza a llorar pidiendo que le saquen el algodón) ¡así no puedo escuchar!

  Madre: Si te lo sacas te va a doler más, mamá sabe.

  Facundo: Entonces quiero ir al médico. Pero papá ¿me aseguras que después vamos a ir a comprar la careta?

  Poco después, se saca el algodón con violencia, mientras mira a la madre desafiante. De pronto empieza a llorar muy angustiado, gritando: ¡me duele muy fuerte!


 El ámbito familiar cierra los oídos a los no pertenecientes. La careta y el oído tapado de Facundo lo aíslan del mundo que como terapeuta represento y se contraponen a la función analítica de develación y conocimiento.  El analista, a su vez, no debe escuchar, no debe saber.

 Dominio, encierro, dogmas. El hijo deberá asociarse a esta convicción, desmentir que hubo - ¿hay? - otro padre (Papá No (es) él). Aprender qué es en esta familia lo que más duele. Saber que el sometimiento se premia con lo que ellos denominan amor, por eso es aconsejable aceptar el mandato y abolir el desafío. Si me duele más fuerte es que mamá sabe.

  El discurso de certeza genera una angustia que lleva al sometimiento o a la rebeldía, esta última debe ser aniquilada, pues es evidencia de deseo.  En esta patria monolítica, el deseo en tanto singularidad es “extranjero,” aquel que torna al otro potencialmente indominable, hasta enemigo. 

   El psicoanálisis del discurso sagrado interviene los dogmas, esa suerte de penumbra contrapuesta a todo descubrimiento. ¿Puede aquello que se repite perder hegemonía dando paso a intersticios de opción, al despliegue de singularidades deseantes? ¿serán ellos capaces de enunciar al menos una interrogación que profane la religiosidad de los enunciados?


VIOLENCIA Y DESAMPARO

Hoy, cuando la sociedad transparente exhibe los ocultos interiores, tan resguardados en la era burguesa al amparo de la privacidad, se diluyen gran parte de las fronteras casi infranqueables que sacralizaran la familia, se modifican las vinculaciones y los modos de circulación de los afectos y el poder. Entonces aparecen en las consultas otras formas predominantes de violencia familiar, que no destierran totalmente formas anteriores, ya que coexisten en la multiplicidad.

Algunas familias, como antes señalé, presentan sufrimientos y patologías ligados a problemáticas del desamparo, y relacionados con cierta fragilización de los lazos que afecta el sostén e interdicción que el psiquismo infantil requiere. Se supone a veces una paridad adulto-niño que deja a los menores en crecimiento librados a su albedrío, esto es, conlleva en algunos casos vivencias de abandono, desborde pulsional, inhibiciones. Del discurso completo y cerrado pasamos a otro, vaciado y lacunar. 

 En relación con esto, en las consultas por niños y adolescentes encontramos problemáticas de separación y dificultades en la inserción extrafamiliar: niños requeridos de acompañamiento para desplegar el quehacer propio de su momento vital. Lo que aparece de manera manifiesta como trastorno del desprendimiento puede relacionarse con carencias o disfunciones en los apegos vinculares que sustentan y regulan. Una rápida autonomía de los hijos, favorecida por el consenso social, obvia a veces los apoyos que habilitan los procesos elaborativos del desasimiento.

Cuando estas modalidades epocales se extreman, devienen violencia desamparante. Las alteraciones en los cuidados ligados a la autoconservación y la empatía amorosa afectan la construcción de la capacidad para estar solo y las formas de conexión con los otros. Se resquebraja el “yo piel” familiar como envoltura protectora, representación de un espacio de contención que sostiene la conformación yoica. Un borde familiar evanescente conlleva así fallas en la constitución del narcisismo, dando lugar a vulnerabilidad y vacíos subjetivos, en relación también con falta de otras pertenencias consistentes. (Rojas, 2009)

Pocas cosas tan fácilmente invisibilizadas como las carencias en el amparo, encubiertas por ideologías epocales que las convalidan: sociabilidad y autonomía tempranas, valor de la autodeterminación y el manejo en el mundo social; igualación generacional, levedad de las prohibiciones y la contención. Así encontramos niños/ grandes, aparentemente tiránicos, pero profundamente desamparados. Estoy destacando entonces que la ausencia de una posición adulta que asuma el poder y la responsabilidad de contener y prohibir, en casos extremos produce efectos de violencia.  La disminución de la autoestima oscila respecto de un ideal grandioso que intenta compensarla y las patologías del acto emergen, a menudo, como defensa ante la depresión. 

Claro está que en las familias se han modificado los modos de circulación del poder, antes cristalizado en el patriarca, sin que esto constituya una patología. Por el contrario, cuando el poder circula de modo heterárquico los niños pueden construirse en tanto singulares, escuchados y apuntalados por el mundo adulto. Heterarquía: circulación del poder en grupos humanos donde cada uno lo ejerce cuando está mejor posicionado para hacerlo, con liderazgos alternantes. Es cuando estas modalidades se exceden y distorsionan, por ejemplo, en lo que denomino “asimetría invertida” –cuando el poder cristaliza en los hijos- que emergen estos modos de violencia y desamparo que aquí analizo.

Aun sin llegar al extremo legal abarcado por la figura de la negligencia, encontramos faltas a veces severas de sostén e interdicción que llevan a los hijos al desvalimiento afectivo. En un mundo exigente, hostil, que también desprotege a los adultos, estos suelen encontrar dificultades en satisfacer los requerimientos del psiquismo infantil. Se produce una cierta presencia/ ausencia del adulto que no es privativa del mundo familiar, aunque me ocupe de las familias especialmente en este punto. 


“La niña que iba a la escuela en camisón”

Recibo una familia, integrada por los padres y dos hijas de 8 y 5 años, la menor se halla en tratamiento individual por crisis de ira y dificultades de desprendimiento de los padres y en cada salida de la casa. Lograda la separación, ella se muestra contenta en distintas situaciones sociales. Abro la puerta, la pequeña, gruñendo, trata de embestirme tirando puntapiés, con más histrionismo que fuerza. La evito e ingresan al consultorio. La hermana mayor, vestida y sentada como una mujer adulta, comienza a relatar los problemas de la hermanita, que se arroja contra mí para golpearme, mientras los padres se limitan a mirar la escena en que yo la detengo con gestos y palabras. Digo a los adultos que en nuestros encuentros no puede haber golpes, ni entre ellos ni conmigo, esa sería una condición para compartir esta situación terapéutica. El padre reacciona, alza a la niña y la sostiene abrazada, con fuerza, pero sin violencia; en pocos minutos ella se calma, comienza a dibujar y a sonreír. Allí se inicia nuestro trabajo, en buena medida una construcción del sostén y la regulación adultas que habiliten la ruptura de la polaridad sobreadaptación/ descontrol representada por las dos hijas.

Más adelante, el padre relata las resistencias de la niña cada día al levantarse, sus gritos y enojos y las dificultades para vestirla, peinarla y prepararla para ir al Jardín. Por esto, papá y mamá, impotentes, suelen llevarla al colegio en camisón, dejando la ropa en el Jardín para que el personal del mismo se haga cargo de la vestimenta.

La impotencia parental deviene desprotección, la niña se encuentra carente de bordes para sus desbordes, que las reglas del Jardín y los brazos de los adultos -maestra, asistentes- allí contienen.

En estos casos se hace prioritario y urgente el trabajo psicoanalítico con el grupo familiar y sesiones con los adultos, para trabajar psicoanalíticamente las funciones de la parentalidad. Ya que el niño, un ser dependiente y en crecimiento, requiere para organizar su vida psíquica sentir la mirada, la potencia y la responsabilidad del mundo adulto. Este mensaje, que calma, que apacigua, está desdibujado en esta familia, como en otras de hoy con distintos grados y matices. 

Esa cierta ausencia del adulto, vinculada a condiciones epocales que merecen análisis transdisciplinarios, favorece las respuestas médico psicológicas, que inundan familias y escuelas, mientras estas tienden cada vez más a tercerizar sus funciones en profesionales de la salud, auspiciando así la patologización de la infancia y de la vida misma. Los adultos, con frecuencia “desatentos e hiperactivos”, en una sociedad de alta complejidad y exigencia, miran hacia múltiples lugares más allá de los hijos. Digo “desatentos e hiperactivos” parafraseando los más que frecuentes diagnósticos y sobrediagnósticos infantiles de trastorno de desatención con o sin hiperactividad.


VIOLENCIAS IMPERCEPTIBLES

Junto a estas familias afectadas en la línea del apuntalamiento, con tendencia a la simetrización de los vínculos, coexisten otras donde las problemáticas de la era disciplinaria insisten, con mayor encubrimiento que en épocas previas, dado que son otras las políticas y los consensos de regulación, por ejemplo, acerca de los castigos corporales en la infancia. 

A partir de la clínica de familias con niños y adolescentes he venido trabajando acerca de los modos de la detección y formas de acotar ciertas violencias que denomino imperceptibles. (Rojas, M. C, 2014) Formas de control abusivo, discursos desvalorizantes, a veces golpes y otras formas de abuso emocional de efectos avasallantes del psiquismo infantil suelen ser no reconocidas como tales por el grupo familiar, y desatendidas por los entornos, que parecen a su vez no percibir ni decodificar lo que, no obstante, está a la vista. Violencias imperceptibles sostenidas como tales por complicidades o implícitos pactos de negación.

 Solía pensarse que el ocultamiento de las violencias era factible en especial en familias en aislamiento: la clínica muestra que este no es un requisito para la invisibilización, muchas veces sostenida sobre dichos pactos familiares y sociales de desmentida.

La escuela y otros grupos e instituciones en las que niños y adolescentes participan, son espacios aptos para la detección de violencias y sufrimiento; también lo es la consulta médica, en especial pediátrica.


PROPUESTAS CLINICAS: “más allá de la piel”

En relación con la consulta psicoanalítica, entiendo que es preciso seguir construyendo una clínica situacional, que considera el aquí y ahora, y a la vez toma en cuenta al niño o adolescente en el conjunto de sus circunstancias, sociales, vinculares, subjetivas. Una clínica de perspectivas complejas que desbordan la piel del paciente designado, y con enfoques múltiples se descentran de él para tomar en cuenta la diversidad de condiciones operantes. De tal modo, habilita ir más allá de la fantasía infantil, para abarcar por ejemplo al conjunto conviviente: el dispositivo analítico familiar es apto muchas veces para hacer perceptibles los índices de la violencia. 

Las violencias se invisibilizan también por su alto grado de naturalización, que conlleva no solamente el “de eso no se habla”, también sostenido en el miedo y el sojuzgamiento de los maltratados, sino una normalización de la violencia que en ocasiones llega a desestimarla como tal. 

En las situaciones de violencia familiar deben jugarse otros apuntalamientos que contribuyan a la elaboración de la situación, es allí donde otras pertenencias y redes sociales constituyen recurso fundamental: la clínica vincular tiende a desarmar complicidades que liberen a los sometidos, pero también la escuela y otros dispositivos sociales habrían de ofrecer soportes y respuestas.

Una supuesta neutralidad frente a situaciones de violencia y abuso podría asociarse con mecanismos que favorecen la complicidad. No olvidemos que en tanto sujeto social el analista se halla también sujetado a regulaciones, leyes de la cultura y otras propias de la sociedad y época que habita, que exceden su singularidad y se entretejen en la escena clínica.

 El psiquismo humano cuenta con condiciones elaborativas y pensantes que pueden, en situaciones extremas, que son ocasión de dolor psíquico, preservar una supervivencia más allá aún de lo autoconservativo. Creación e ilusión, productividad representacional transformadora del mundo, son intrínsecas a la condición humana, constituida en la producción simbólica, que trasciende su sustrato productivo, el cuerpo biológico. No obstante, en situaciones amenazadoras cotidianas, como implica la violencia familiar, es posible la afectación del pensamiento, el cuerpo y la palabra; se trataría de una situación traumática acumulativa y persistente.

Tomar en cuenta los indicios de posible victimización, emocional y/o corporal, y el recurso del diagnóstico familiar está en nuestras manos, así como el trabajo en red con la escuela, con otros profesionales asistentes y posibles grupos de pertenencia de los niños. 

En relación con la clínica de las violencias subrayaré algunos ejes, entre los ya mencionados, a tener especialmente en cuenta en tan vasta cuestión: uno, el valor del trabajo en equipo, intra e interdisciplinario, por las distintas formas de contención y las regulaciones que la red proporciona a los profesionales intervinientes. Otro, la importancia de la detección de aquellas formas de violencia que han sido invisibilizadas, a través de su naturalización, desmentida e instalación de la clandestinidad. Y por fin, el valor de los dispositivos analíticos vinculares que a menudo facilitan dicha detección; por lo demás, el análisis de las vinculaciones de familia y pareja puede transformar los diagnósticos de una presunta patología “individual”. Aun cuando sabemos que los ámbitos clínicos compartidos resultan contraindicados en formas extremas de violencia, cuando la presencia del maltratador deviene inhibitoria y riesgosa.

Pese a que la escena vincular puede favorecer la detección de las violencias destaco que dicha escena deviene reveladora si la percibimos e interpretamos a través de ciertos anteojos cognitivos, esto es, conceptualizaciones que condicionan aquello que observamos y pensamos. Los modelos teóricos y nuestras creencias, pertenencias institucionales, ideologías, también actúan como esquemas de percepción de la realidad, determinan lo que vemos, naturalizan o desmienten algunos observables. Destaco entonces que la incorporación dentro de nuestros referentes teóricos de ideas tales como el fluir constante de un psiquismo abierto siempre vinculado con otros, la productividad constructiva de los vínculos actuales, además de los primarios y fundantes, la consideración de la frecuencia especialmente intrafamiliar de los abusos y maltratos de adultos sobre niños, y de categorías como “producción patriarcal de subjetividades y vínculos”, “violencia del género y de género”, constituyen anteojos cognitivos transformadores de los análisis y operaciones en la clínica. 

La detección e interdicción de las violencias forma parte de nuestra responsabilidad, no solamente como adultos y profesionales sino como sujetos sociales y éticos.


BIBLIOGRAFIA


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Benjamin, J.: (1996) Lazos de amor, Buenos Aires, Paidós

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Kaës, R. (1991/ 92); “Apuntalamiento y estructuración del psiquismo”, Revista de Psicología y Psicoterapia de Grupo, 3/4, XV, 2 

Lasch, C.: (1996) Refugio en un mundo despiadado: reflexión sobre la familia contemporánea, Barcelona, Gedisa

Rojas, M.C.; Kleiman, S; Lamovsky, L.; Levi, M.; Rolfo, C: (1990) “La violencia en la familia: discurso de vida, discurso de muerte”, Revista de Psicología y Psicoterapia de Grupo, vol.13, 1/2,  

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Slutzki,C.: (1994) “Violencia familiar y violencia política. Implicaciones terapéuticas de un modelo general” Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad, Buenos Aires, Paidós, 

Ulloa, F: (1995) La novela del psicoanalista, Buenos Aires, Paidós

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