El planteo de Sigmund Freud se inscribe en la pregunta por cómo el sujeto tramita los estímulos endógenos, es decir, la pulsión y la ruptura del principio de constancia. En este marco, la temporalidad aparece ligada a la repetición a través del concepto de facilitación. Esto se debe a la articulación de dos dimensiones: por un lado, una corriente que introduce una forma de tiempo —denominada “período” por Freud y pensada por Jacques Lacan como la circularidad de la pulsión—; por otro, la facilitación como condición que hace posible la repetición.
La cuestión central entonces es: ¿en qué consiste la facilitación? Esta interrogación conduce a la introducción del Gran Otro, instancia que realiza la acción específica. Su intervención no se limita a modular, sino que introduce una discontinuidad en el sujeto.
La acción del Otro —equiparable a la acción específica freudiana— opera mediante el significante, instaurando un ritmo sobre el trasfondo de la constancia pulsional. Esto no suprime el carácter constante del empuje (Drang), pero sí habilita cierto grado de modulación.
De este modo, la repetición se vuelve un elemento necesario para la constitución de la temporalidad, aunque no suficiente. Para que haya temporalidad, es preciso además un punto de fijación: la identificación, entendida como la operación mediante la cual el sujeto se sostiene en el Otro.
Repetición e identificación, entonces, convergen en la instauración del tiempo subjetivo. A partir de aquí surge una última cuestión: ¿cómo se articula esta lógica con la temporalidad propia de lo que se denomina el “estado de deseo”?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario