Muy tempranamente, en el escrito La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, se perfila una orientación que concierne a la consideración topológica del lenguaje, articulada con un abordaje lógico que se sostiene en el carácter discreto del rasgo. Este carácter discreto se funda tanto en el corte que lo instituye como en la posibilidad de lo contable que dicho corte habilita.
En Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, este horizonte se formaliza a través de la definición del significante como una red. Tal definición no es sino la puesta en forma del sustrato topológico antes señalado, en el que se constituye un campo donde la falta puede ser contada a partir de la unicidad del rasgo.
Estas dos coordenadas —lógica y topología— delimitan el marco del concepto de inconsciente. Conviene subrayar aquí el término concepto, entendido ya no como algo que se dice, sino como algo que se escribe. Begriff, pero también Un-Begriff: el pasaje de lo incomprensible al concepto de la falta, o bien de aquello que no se comprende a lo que, por carecer de inscripción, no ingresa en el saber.
Este conjunto de elaboraciones exige una operación inaugural de corte, operación que es a la vez inherente al sujeto y efecto del significante. De allí que no haya sujeto sin corte, articulación que lo sitúa más del lado de la certeza que de la evanescencia.
Considerado desde la perspectiva del inconsciente, este corte se articula con la noción de borde, que se actualiza en la pulsación temporal de apertura y cierre. Es en esta dinámica donde se pone en juego la ranura por la cual un real huidizo se escabulle. La pregunta que se impone entonces desde la praxis es: ¿cómo asirlo?, ¿cómo “cristalizarlo”?
Este interrogante introduce la semilla de una interpelación fundamental, que atraviesa tanto la teoría como la práctica analítica: ¿cómo salir de la necedad?
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