domingo, 14 de marzo de 2021

Hay silencios y silencios

(Mirada, voz y transferencia).

A propósito del apólogo de la mantis religiosa[1], la angustia o terror que siente el pobre hombre ante ella no sólo resulta de que los opacos ojos del bicho no le espejan la imagen de la máscara que tiene puesta y que nunca vio, dejándolo sin saber si será o no devorado. La mantis no sólo angustia por ser pura mirada que nada refleja sino también porque es sorda y muda. Es el impasse de una angustia sin posibilidad alguna de preguntas ni de respuestas, parálisis sin esperanza, ausencia absoluta de lenguaje.

El silencio puede operar primeramente no como voz faltante sino como mirada dada a ver, antes objeto que sentido ausente, antes poder hipnótico que casilla vacía a ser llenada por el analizante. Si el analista no escande en los dichos del paciente, sea con palabras o silencios, puede incluso contribuir a que éste se aleje más de las cuestiones del caso. De allí que el propósito de distinguirse del hipnotizador valiéndose del silencio puede sostener, a la inversa, una sugestión que se fortalece en el apoyo que pueden dar una mirada fija o una voz ausente.

Las funciones que la voz y la mirada tienen en la sugestión y en la hipnosis se diferencian y relacionan de modos no necesariamente complementarios. Cuando el analizante está en el diván la privación de la visión del analista no implica de suyo que su mirada no lo siga como representación de su superyó. Otra cosa es la privación de la voz. En lugar que a la mantis que no escucha y no habla, el analista se asemeja a la esfinge, monstruo de otra índole que sí escucha, que sí habla y que es de temer antes que angustiante. Es de temer porque enfrenta a cada uno con la tarea de producir la respuesta verdadera al enigma ineludible, so pena de morir estrangulado. No es de extrañar, en consecuencia, que el ahogo de la angustia resulte ser la indicación más cierta para la ceguera (ceguera del pensamiento).

En nuestra época la web realiza la omnipresente mirada del Gran Hermano de Orwell. La subjetividad científica, “la que el científico que ejerce la ciencia comparte con el hombre de la civilización que la sostiene”[2]realiza en su extensión una mathesis universalis cibernética cuya herramienta capital hoy es internet[3]. La web, como la mantis, no es subjetividad, es el contenido silente escrito en la nube, real mantis religiosa que no da vida a los hombres sino que recibe la suya de ellos. Una mantis religiosa disfrazada, mirada que llega a todas partes sin ser vista por nadie, por eso no da miedo: es inercia que no asusta sino que, por el contrario, atrae, como la bella Biondetta en la que se transfigura el diablo en El diablo enamorado de Cazotte.

El inocente servicio que parece prestar internet, ¿guarda alguna homología con el que ofrece el psicoanálisis en el mercado global? ¿Puede el analista reconocerse en función ya no de angustiado sino de angustiante, hecho mantis religiosa no por sostener la disparidad subjetiva esencial al análisis de la transferencia sino por hacerse partícipe de un progresivo desvalor de la proximidad de los hablantes, del cual es un antecedente el prejuicio contra el verbalismo sobre el que Lacan alertaba?[4]

De las mantis que nada saben y que el analista puede llegar a sostener, de las miradas que no viendo nada todo lo abarcan como un panóptico híper moderno, nada queremos saber. Pero la novedad no es sostener horrores de los que nadie quiere saber, sino que esos horrores no están a la vista porque son imposibles de ver. La web en la nube no necesita velo, ella es a la vez la mirada y el velo. La función que cumplimos de animadores de este Golem se agrega a la lista de desconocimientos que el psicoanálisis ha leído entre los que hacen la esclavitud radical del hombre contemporáneo, que delira confundiendo su libertad con su servidumbre[5].

La web no habla, escribe. Se dice que el analista no habla, escande, corta. Pero, ¿ve dónde? La web no escucha, registra. El analista, si corta demasiado rápido tampoco escucha. Si “el inconsciente pide tiempo para revelarse”[6]es porque a la transferencia hay que esperarla. Este tiempo no puede ser corto, es largo por una razón similar a la que hace extremadamente difícil y complejo abandonar un dogma o adhesión (sea ciego o sólo algo miope) que no consista en reemplazarlo por otro. La paciencia ha de provenir del analista puesto que el corte de la sesión es una interpretación que no sólo calla al paciente impidiéndole continuar su verba, también calla al analista. Es momento de concluir, como se sabe, que acaba el tiempo para comprender, sin duda en primer lugar el del analista. Es el momento en el cual éste se llama a silencio, es su conclusión.

El análisis de la transferencia requiere indagar más sobre las funciones que tanto la mirada como la voz del analista adquieren para el analizante. Habrá que considerar también que no sólo el paciente sino también el analista es atrapable en la sugestión y la hipnosis. El psicoanálisis no es una práctica inteligente de la sugestión, no es un saber hacer con la sugestión sino su lectura e interpretación.
Notas.
[1] Cf. Lacan, S10, Paidós, p.14.
[2] Lacan, E2, Siglo XXI, p.550.
[3] Cf. Assange, J. (2013). Criptopunks: la libertad y el futuro de internet. Buenos Aires: Ed. Marea, 2013, passim.
[4] Lacan, E1, Siglo XXI, p.272.
[5] Cf. Lacan, “Acerca de la causalidad psíquica”. E1, Siglo XXI, p.179.
[6] Lacan, E1, Siglo XXI, p. 300.

Fuente: Courel Raul (2020) "Hay silencios y silencios"

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