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domingo, 2 de marzo de 2025

La transferencia como temporalidad del corte

La transferencia puede ser abordada desde diversas perspectivas, pero una de sus dimensiones más fundamentales es la temporalidad. No solo constituye un campo inseparable del significante—y, por ende, del Otro más allá del otro—sino que también se define por un tiempo específico, lo que permite denominarla la temporalidad del corte. Este corte, con resonancias tanto topológicas como quirúrgicas, se sitúa en un punto preciso: allí donde el deseo y el goce se entrelazan fantasmáticamente.

Sin embargo, este corte no ocurre de manera inmediata, sino que requiere un tiempo singular, determinado por el propio ritmo del sujeto. Es decir, es el tiempo del sujeto el que rige el desarrollo de la transferencia, y el analista no puede forzarlo ni precipitarlo, sino que debe asumir una actitud de paciencia.

Lacan, en el Seminario 1, hace una aclaración clave sobre el concepto de resistencia, señalando que lo que los analistas de su época llamaban resistencia no era más que un estado del sujeto: el punto al que había llegado, aquello que era capaz de registrar o leer en ese momento. En este sentido, no es posible llevar a un sujeto más allá de donde él mismo pueda ir, no solo en términos de deseo, sino en función del momento estructural en el que se encuentra.

En L’Étourdit, Lacan sostiene que el análisis consiste en un tiempo de trabajo sobre las vueltas dichas. Estas vueltas implican una repetición en la transferencia, donde el discurso retorna una y otra vez sobre el mismo punto, hasta que el equívoco permite aislar una cifra de goce y abrir la posibilidad de una reescritura. Es en este juego entre repetición y diferencia donde puede emerger algo nuevo en el sujeto.

miércoles, 19 de junio de 2024

¿Cómo determinar la gravedad de un cuadro clínico? Las urgencias en la clínica

 El síntoma en psicoanálisis no es el correlato de un proceso mórbido. Con lo cual no es el signo de una enfermedad que pudiera eventualmente eliminarse, perspectiva (esta última) que conlleva la idea de alguna especie de equilibrio o salud posible.

El criterio de gravedad en el psicoanálisis reviste entonces una serie de particularidades e incluso de dificultades. En principio podríamos afirmar que no es solidario de la dificultad clínica.

No pocas veces el analista recibe casos clínicos, ciertas demandas, pedidos de consulta o tratamiento que implican una serie de dificultades en cuanto a que la posición del sujeto hace de obstáculo a la puesta en forma del dispositivo analítico, y al despliegue y funcionamiento de la palabra como función de sujeto.

Ahora, esto no necesariamente va acompañado de una gravedad en el cuadro clínico.

¿Entonces, con qué criterio podríamos pensar la gravedad en el cuadro?

En la medida en que el sujeto es lo que un significante representa para otro significante, a partir de lo cual carece de un ser, requiere de una serie de anclajes o puntos de apoyo para poder constituirse en el lugar del Otro. Estos puntos de apoyo son la consecuencia de una serie de operaciones que le proveen al sujeto un cierto plafond, las coordenadas de una escena donde tomar lugar, allí donde es definido como falta en ser.

La puesta en funcionamiento de este plafón fantasmático, con su correlato sintomático y las coordenadas propias de la dimensión del ideal dan el marco del campo del semblante.

A partir de este semblante el sujeto podrá asumir una posición en una escena, dirigirse a un partenaire e, incluso, hacer consistir un cuerpo. Podemos entonces considerar la gravedad en el cuadro clínico a partir de las vacilaciones o fallas de la estructuración de dicho campo, el del semblante, por cuanto una falla allí lleva al sujeto al riesgo del pasaje al acto.

Psicoanálisis y urgencia

 María Moliner, respecto de la urgencia, sitúa al verbo urgir como refiriendo a aquello que apremia al sujeto, que no solo lo condiciona, sino que esencialmente implica una exigencia, algo apremiante que conlleva fenoménicamente una cierta precipitación temporal.

Tomado desde el psicoanálisis la urgencia nos interroga acerca del funcionamiento de aquello que en el sujeto defiende frente a la irrupción pulsional. Quizás entonces podemos situar que la urgencia indica que estas defensas (para usar un término freudiano) cesan o interrumpen su funcionamiento o también sufren algún tipo de alteración.

En este sentido, en el psicoanálisis, una urgencia podría dar cuenta de un cuadro o de un contexto en un momento determinado en la vida de alguien, en el cual el entramado significante que le hace de sostén vacila, dejando al sujeto inerme frente a la irrupción pulsional.

Pero también es posible asociar cierta dimensión de urgencia, de un estar urgido el sujeto, como propio de ciertos tiempos decisivos en la constitución o la asunción por parte del sujeto de una posición sexuada.

Abordada por este último sesgo la urgencia sería un indicador de como la pulsión apremia al sujeto. Se trataría de la urgencia no como algo que se contrapone al equilibrio o la homeostasis sino como la puesta en forma clínica de aquello que ya Freud situó como imposible de dominar.

Urgencias transferenciales

Es indudable que la práctica analítica, como toda práctica clínica, puede tener momentos en los cuales se juega algo del orden de una cierta urgencia.

Las “urgencias transferenciales” para plantean, en el psicoanálisis en particular, esta dimensión de la urgencia implica, conlleva, el vínculo transferencial del sujeto, del analizante o del paciente con el analista.

Entonces podríamos afirmar que a veces las urgencias se juegan en la transferencia, en la medida en que por alguna contingencia de la vida o alguna otra circunstancia un sujeto, cuando llega a la consulta o en un momento determinado del análisis, queda tomado por algo que lo urge en el sentido de algo que lo desborda.

Acorde al planteo de Freud, que Lacan en este punto continúa, esta urgencia, este desborde asociado al quedar urgido se vincula a los distintos modos en que la pulsión puede irrumpir en el sujeto. Y tomo el término irrumpir para marcar cómo en ciertos momentos aquello que le hace de plafond ficcional (fantasma) puede vacilar en su función, y de allí el desborde.

Pero podríamos también señalar otro tipo de urgencia transferencial. Es aquella que se produce a veces del lado del analista, no pocas veces en los primeros pasos de la práctica. Esas urgencias transferenciales algunas veces pueden estar asociadas más que a una dificultad misma del material, a cierta precipitación, en el sentido de un intento de apurar el tiempo de comprender o una prisa del lado del analista por comprender lo que está en juego.

Esta aspiración por comprender es algo que Lacan ubicó como no propio de la función del analista. El analista no está para comprender, sino para escuchar, acto que puede comenzar por un estar atento, porque estar atento es prestar atención a los detalles y eso es hilar más fino.

miércoles, 29 de marzo de 2023

"Furor Curandis": ¿Por qué no hay que apresurarse a resolver los síntomas?

El término "furor curandis" se refiere al impulso o la pasión por curar a los demás. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, discutió sobre este fenómeno en su ensayo "El médico y sus deberes sociales" (1912).

Freud argumentó que el deseo de curar a los demás puede ser impulsado tanto por motivaciones altruistas como egoístas. Por un lado, el médico puede sentir una profunda empatía y compasión por el sufrimiento de sus pacientes, lo que lo lleva a buscar formas de aliviar su dolor y curar sus enfermedades. Por otro lado, el médico también puede sentir un deseo de poder y control al tratar con los pacientes y su enfermedad, lo que puede llevarlo a comportarse de manera autoritaria y arrogante.

Freud advirtió que el "furor curandis" puede llevar a un exceso de tratamiento y una intervención innecesaria. También señaló que el médico debe tener en cuenta sus propias limitaciones y no tratar de curar todo lo que se presenta ante él.

Normalmente, aprendemos que si un psicoanalista está afectado por el "furor curandis", es decir, si está demasiado obsesionado con curar a sus pacientes y siente un deseo excesivo de controlar su proceso de tratamiento, puede haber consecuencias negativas para el paciente. Algunas de estas consecuencias pueden incluir:

Presión para avanzar demasiado rápido: Si el psicoanalista está obsesionado con curar a sus pacientes, es posible que presione al paciente para avanzar demasiado rápido en su proceso de tratamiento, lo que puede ser abrumador y contraproducente para el paciente.

Intervenciones excesivas: Si el psicoanalista está demasiado preocupado por curar al paciente, puede intervenir excesivamente en su proceso de tratamiento, lo que puede ser contraproducente para el paciente y dificultar el trabajo del psicoanalista.

Falta de empatía: Si el psicoanalista está demasiado obsesionado con curar al paciente, puede perder de vista la necesidad de empatía y comprensión en su relación con el paciente. Esto puede resultar en una relación fría y distante que no permita que el paciente se sienta escuchado y comprendido.

Imposición de su propia agenda: Si el psicoanalista está demasiado obsesionado con curar al paciente, puede imponer su propia agenda y expectativas en el proceso de tratamiento, lo que puede hacer que el paciente se sienta presionado y sin poder de decisión.

En general, si el psicoanalista está afectado por el "furor curandis", es posible que su trabajo se vea afectado negativamente y que el paciente no obtenga los beneficios que debería del proceso de tratamiento. Por lo tanto, es importante que el psicoanalista esté consciente de sus propias motivaciones y de cómo estas pueden afectar a su relación con el paciente.

Un caso

La paciente a la que llamaremos Érica consulta vía su obra social. A la primera entrevista llega 40 minutos tarde, pero el analista decide recibirla igualmente. En la entrevista, Érica consulta por un síntoma fóbico: teme manejar en la calle. Ella sacó el carnet de conducir hace 6 años y al salir a manejar por primera vez sentía que los autos se le venían encima, que la iban a chocar. Para sacar aquel carnet, tuvo que hacer el práctico dos veces y pagar unas clases de manejo. Dos cosas de esa primera entrevista parecieron extrañas: la primera, es que ella refiere a que su hijo es "paciencioso"; la segunda, es que al pedido de puntualidad para la próxima sesión, la paciente dice "Yo siempre llego tarde a todos lados".

A la segunda sesión, concurre nuevamente media hora tarde. El analista le pregunta por ello, en lugar de abordar el síntoma que la paciente trajo en la primera sesión. Erica responde que desde que nacieron sus hijos, "no corro por nadie, porque no me reconocen". Cuando se indaga sobre esto, la paciente relata una historia. Resulta que ella trabajó como empleada doméstica en la modalidad conocida como cama adentro durante 10 años asistiendo a una señora adinerada, que según ella tenía 100 pares de zapatos. Producto de su embarazo, se tomó una licencia y posteriormente renunció. Meses después, la señora desmejoró de salud y finalmente falleció. La familia repartió las pertenencias personales de la señora con los cuidadores de ese entonces y a Erica le indignó que no la hubieran llamado para aquel reparto, que cuando le avisaron del fallecimiento "había quedado lo peor".

Llegaste tarde - le dice el analista.

Continúa diciendo que desde entonces, empezó a llegar tarde a todos lados. "Sé que llegar tarde es una falta de respeto, lo sé pero no".

La impuntualidad como "epifenómeno" puede deberse a diversas causas, que pueden variar desde factores externos hasta motivos internos del individuo. Algunas de las posibles causas de la impuntualidad son las siguientes:

Problemas de organización: A veces la impuntualidad se debe a problemas de organización personal, como falta de planificación del tiempo, dificultades para establecer prioridades o una agenda demasiado apretada.

Falta de respeto hacia el tiempo de los demás: En algunos casos, la impuntualidad puede deberse a una falta de consideración hacia el tiempo de los demás, lo que puede ser visto como una falta de respeto.

Falta de disciplina: La impuntualidad puede ser un signo de falta de disciplina personal y de compromiso con los acuerdos establecidos.

Problemas de autoestima: En algunos casos, la impuntualidad puede ser un signo de problemas de autoestima, en los que la persona se siente insegura o teme ser rechazada, lo que le lleva a retrasarse y evitar el contacto con los demás. Iría más del lado de la inhibición, en respuesta a la angustia.

Ansiedad o estrés: La ansiedad y el estrés pueden hacer que una persona se distraiga y pierda la noción del tiempo, lo que puede contribuir a la impuntualidad.

Falta de motivación: Si una persona no está motivada para cumplir con sus compromisos, es posible que tienda a retrasarse y posponer las tareas que tiene que hacer.

Dificultades para establecer límites: En algunos casos, la impuntualidad puede ser un signo de dificultades para establecer límites, lo que lleva a la persona a comprometerse con demasiadas cosas y no ser capaz de cumplir con todas ellas a tiempo.

En general, la impuntualidad puede deberse a una variedad de factores, y para abordarla es importante identificar la causa subyacente y buscar formas de solucionar el problema.

En este caso, la impuntualidad toma la forma de una agresión al otro, acompañada por la frase adversativa "Sé que que es una falta de respeto, pero..." muy propia de las posiciones perversas.

En la tercera sesión, la paciente vuelve a llegar media hora tarde. Cuando el analista le baja a abrir, descubre a la paciente peleándose con la encargada del edificio. Érica había tratado de entrar y ante la negativa de la encargada, se puso a patear la puerta. "Va al choque", piensa el analista. El analista le dice que bajo estas condiciones no podrá seguir tratándola, suspendiendo el tratamiento.

Mucho puede conjeturarse acerca de este caso: ¿Era una paciente en acting-out? ¿Una posición perversa? ¿O una estructura psicótica, teniendo en cuenta el neologismo de la primera sesión? También el analista podría haber insistido en alojarla. El asunto acá es el tema del síntoma: ¿Qué lugar tiene eso que la limita a manejar, el temor a que la choquen? Porque lo que se descubre en todo lo que dijo, es que ella se maneja como quiere (en el trabajo, con la gente) y choca con todos.

Para Lacan, el síntoma es un "Nombre-del-padre" en su obra "El Seminario, Libro 3: Las psicosis". Esta idea se deriva de la teoría psicoanalítica de la estructura de la personalidad, que sostiene que el desarrollo psicológico humano se basa en la identificación con los padres y las figuras de autoridad.

Según Lacan, el síntoma es una formación psíquica que surge en el individuo como resultado de su relación con el lenguaje y la cultura. El síntoma actúa como un mensaje simbólico que transmite algo acerca del sujeto y su relación con la realidad.

Lacan argumenta que el "Nombre-del-padre" es un concepto clave en la teoría psicoanalítica porque es la ley simbólica que da forma a la identidad del sujeto en la cultura y el lenguaje. El "Nombre-del-padre" es la figura de autoridad que encarna la ley y el orden en la sociedad, y es a través de la identificación con esta figura que el sujeto adquiere un sentido de identidad y propósito.

En este sentido, el síntoma puede ser considerado como un "Nombre-del-padre" porque representa la presencia de la ley simbólica en la psique del individuo. El síntoma es una formación simbólica que actúa como un recordatorio constante de la existencia de la ley y el orden en la cultura, y como tal, puede ser una fuente de estabilidad y sentido para el sujeto.

En resumen, para Lacan, el síntoma es un "Nombre-del-padre" porque representa la presencia de la ley y el orden simbólico en la psique del individuo, y es a través de la identificación con esta ley que el sujeto adquiere una sensación de identidad y propósito, lo mismo que delimitar espacios.

En este caso, se ve muy bien el síntoma en estas coordenadas. No es recomendable apresurarse a levantarlo sin cerciorarse de la función que cumple para la estructura.

domingo, 21 de agosto de 2022

¿Qué es el "furor curandis"?

Nuestros pacientes llegan a consulta con fobias, inhibiciones, angustias, pánico, ansiedad generalizada, estados melancólicos.
El analista puede verse tentado a intentar eliminar de forma rápida los síntomas. Freud denominó a este propósito “furor curandis”: querer “curar” de forma apresurada al paciente, obtener “resultados maravillosos” y así finalizar el tratamiento.

Debemos pensar… ¿Qué sentido tienen los síntomas?

Freud nos enseña que los síntomas poseen un valor enorme para la subjetividad: si bien hacen sufrir, también una de sus funciones es aportar una solución a una problemática de la estructura psíquica, ocasionada en los tiempos tempranos de su constitución.

Entonces, el síntoma es un material precioso al que se debe dejar hablar y expresarse como única manera de entender para qué le sirve al sujeto y qué problemática de su estructura viene a remediar.

Los síntomas se necesitan para mantener el equilibrio psíquico y, si se quitan bruscamente, podrían desencadenar una crisis grave.

Por eso, resulta muy peligroso intentar eliminar los síntomas sin dar tiempo a la elaboración subjetiva, a que el propio sujeto encuentre otro recurso (menos sufriente) que acuda a ese lugar.

¡Importante!

El psicoanálisis plantea una terapéutica curativa: pero la obtiene por una vía diferente a la prisa que demanda la sociedad en la actualidad.

Tal como Fernando Ulloa lo expresa: “la única subversión que el psicoanálisis propone es que el sujeto asuma su propio deseo”.

viernes, 14 de agosto de 2020

Ser un poco viejos.

“Si uno se hace viejo, ¿por qué no disfrutar de los privilegios que otorga la vejez junto con las molestias que conlleva?”
Andrea Camilleri

Vejez, se sabe, no es un concepto dentro del corpus teórico del psicoanálisis. No podría considerárselo como una posición particular del sujeto. Tampoco puede postularse que quienes quedan afectados por el sustantivo correlativo, los viejos, constituyan en sí un conjunto que tenga alguna homogeneidad más allá de ese nombre con el que se los señala. Sin embargo, y a riesgos de psicología, y a riesgo de alguna crítica de suponer que los significantes se significan a sí mismos, el término “vejez” tiene –en principio– connotaciones, no diría precisas ni preciosas, pero probablemente consensuadas.
Connotación: la vejez y lo viejo, suponen aspectos negativos. De hecho, sobre cualquier objeto –o sujeto– sobre el cual pudiera caer el término “viejo”, si éste se encontrara en condiciones favorables, se dirá “no parece viejo” o “no parece tan viejo”. La connotación negativa implica en lo particular una serie de características deficitarias y una exacerbación de aquello de lo que ya se padecía. Dicho de otro modo, se le atribuye perder lo que estaba bien y, a la vez, un empeoramiento de lo que ya funcionaba o estaba mal. Lo condición de viejo hace perder virtudes y acentúa defectos. Lo “viejo” sólo es virtuoso cuando cobra la dignidad de antiguo. De todos modos, para dialectizar y relativizar la cuestión –casi antes de empezar– digamos que “la vieja” no entra fácilmente en la misma serie negativa.

Sin embargo, aunque en la vejez Dios no ayuda, el Diablo mete la cola. El popular refrán le atribuye saber por diablo… “pero más saber por viejo”. Por viejo, y gracias al diablo, a los viejos se les supone alguna forma de saber que no sólo es consuelo de los déficits. Es un saber que compensaría de alguna manera aquellas pérdidas y agregaría un superávit del que los jóvenes adolecerían. Para todos los que no son viejos, todos aquellos que carecen de ese saber, serían adolescentes. Son aquellos a los que los viejos podrían decirles “ya vas a ver cuando tengas mi edad”. En rigor ese saber no es de “los viejos” sino que le pertenece a cada viejo en particular pues no se trata de un saber de libro. No es un saber entramado al conocimiento de texto –aunque no por ello no sea necesario–. Es un saber referido centralmente a la experiencia, a la experiencia propia. Proviene de haber-la vivido, de conocer el mundo y sus avatares, las gentes y sus miserias, los padeceres y hasta las formas de curarlos. Es un saber que proviene de haber tenido relación “directa” con los conflictos propios y los ajenos, con haber vivido en tiempos de paz y de guerra, la vida y muerte, la salud y la enfermedad: conocer el mundo “tal cual es”, con sus defectos y sus virtudes. Es también un saber que implica que quien lo tiene puede comprender más al otro, “ponerse en su lugar”, saber del dolor, de lo que conlleva y supone una pérdida, es haber atravesado duelos. El “viejo” sabría entonces por experiencia lo que es perder, porque también –por la misma condición de “viejo” si ha “sabido aprovechar” la experiencia de envejecer– ha atravesado pérdidas propias, intelectuales (memoria y rapidez son las que más se supone), afectivas (seres queridos, ya sea amigos o familiares), corporales (el cuerpo ya no responde ni en lo deportivo, ni en lo energético ni en lo sexual como el de un “joven”) y funcionales e indudablemente “desactualizaciones” tecnológicas y de vocabulario; si ha podido atravesarlas sin melancolía y con templanza serán pérdidas que podrían constituirse en saber. Decir “aprovechar” implica a la vez poder soportar una cierta adecuación de los movimientos que se producen en el campo imaginario. ¿O acaso el espejo no devuelve otros significantes que el sujeto deberá integrar a su campo vectorizado? El sujeto tiende a cierto retardo en el reconocimiento de los cambios que se han suscitado en el cuerpo, en la cara y en los movimientos. Por eso, aprovechar se metonimiza con la expresión vulgar de “no ser un desubicado”, y desubicado supone un fuera del lugar que la condición de “viejo” podría determinar. Cuando el campo imaginario se anquilosa y estereotipa, el viejo intenta imponer sus imágenes en un mundo que –él dice– lo rechaza. Esas diferencias entre las imágenes de sí mismo en las que el reloj atrasa y los déficits que no se reconocen, hacen que se gane el mote de caprichoso.

Hemos dicho “sin melancolía” para atravesar esas pérdidas y esos duelos. Hemos dicho “templanza” para acompañar y escuchar los límites actuales y estructurales en la dirección de la cura y en la cura misma. Precisemos en el término paciencia, el modo en que esta cuestión nos atañe como analistas. El término por cierto que se metonimiza fácilmente con paciente. El analista viejo bien podría ser paciente con sus pacientes. Dos cuestiones podrían conjeturarse de la paciencia: de suponer que el otro cambie o que cambie fácilmente y haber experimentado los rodeos que requiere cualquier transformación. Si así fuera podría atribuírsele al saber que se tiene por viejo –y no por diablo–, la posibilidad de mantenerse a una prudente distancia del furor curandi. Ese saber, el que se le supone a la vejez, permitiría al analista atravesar una de las mayores resistencias del psicoanalista: la vocación de curar y sobre todo la exigencia para sí y para los analizantes de una cura rápida y, por qué no, completa y definitiva. “Hay enfermos, no enfermedades” podría decirnos ahora el analista viejo, advenido sabio. El ser un analista joven, con ímpetus juveniles –de connotación aparentemente positiva pero utilizado generalmente bajo la forma de profesional novel, para críticas feroces– en su afán de curar obsesiones e histerias, fobias y perversiones, irrumpe en la clínica bajo esa forma de querer curar sin escuchar, de querer hacer el bien sin soportar los meandros del discurso.

La resistencia del furor curandi se aúna a la tendencia a culpabilizar y culpabilizarse por los fracasos y los límites de los análisis: no querer curarse y no saber curarlos. En la clínica kleiniana esta culpabilización tomaba la forma, en rigor menos grosera pero más inapelable, de la reacción terapéutica negativa –que todo lo explicaba– y el de un monto muy alto de pulsión de muerte –que biologizaba todo–. Los lacanianos prefirieron, en las supervisones, cargar a sus colegas con la culpa vía la cuestión de los actings. Si bien la lectura en sí no era incorrecta, a saber, la de un retorno en la clínica de aquello que no fue interpretado debidamente en su momento, el “debidamente” hizo estragos. Si en un caso el obstáculo era la biologización de la teoría, en el otro se confundía ese desesperado modo de decir que puede tener un analizante –al no haberlo podido decir de otra forma que no sea el acting– con la suposición de que se trataba exclusivamente de un (d)efecto de la escucha de ese analista, el de no haber escuchado algo en particular… que hubiera podido ser escuchado por otro analista. El viejo analista podría escuchar el acting como efecto mismo de la paciencia del analista, de haber podido esperar que el analizante hable bajo el modo que le haya sido posible, salida eventualmente válida –y bienvenida– entonces, de la impotencia en la que el analizante se encontraba para decir.

Pero también situamos en ese saber la suposición de poder “ubicarse en el lugar del otro”, de conocer de antemano lo que al otro le ha pasado y las vías de resolución. “¿Qué es el análisis de las resistencias? Es, en cada momento de la relación analítica saber en qué nivel debe ser aportada la respuesta. Es posible que esta respuesta a veces haya que aportarla a nivel del Yo. Toda intervención que se inspire en una reconstitución prefabricada, forjada a partir de nuestra idea del desarrollo normal del individuo y que apunte a su normalización, fracasará”1

viernes, 4 de octubre de 2019

Interrupción del tratamiento: los ideales del analista.

Una vez establecida la transferencia con un paciente, el analista debe intervenir con una pregunta que promueva una nueva vía de trabajo.

Esa vía tiene que apuntar a la posición de sujeto. Un desvío en este sentido puede conducir a la interrupción del tratamiento. 

Ahora bien, ¿cómo nos dirigimos hacia la posición de sujeto? En principio no hay que perder la brújula, cosa que fácilmente puede suceder si el analista se orienta por sus ideales. 

A propósito de la transferencia, tema del que venimos hablando desde hace algunas semanas, hoy quiero tomar un trabajo de Lacan llamado, precisamente, “Intervenciones sobre la transferencia”. 

Allí Lacan presenta el trabajo freudiano en el historial de Dora

Recordemos: el padre de Dora consulta preocupado por su hija, quien, mortificada por la relación amorosa entre él y una mujer llamada la Sra. K, ha escrito una nota donde habla de la posibilidad de suicidarse. Hay un cuarto personaje en la historia, el Sr. K (esposo de la Sra. K), quien corteja a Dora. 

El momento en que Dora inicia el tratamiento es dos años posterior a la llamada “escena del lago”, en la que el Sr. K le dice: “mi mujer no es nada para mí”. Esa frase hace caer las fantasías de Dora: no puede ofrecerse como objeto de deseo para el Sr. K. Dora, de modo que le da una bofetada y huye. 

El padre de Dora le pide a Freud que “enderece” a su hija para que no interfiera en su relación con la Sra. K. 

Luego de un corto tiempo durante el cual Freud trabaja con dos sueños que tocan la sexualidad infantil, Dora interrumpe el tratamiento

Freud, en el historial, se interroga acerca de esta interrupción. Lacan, por su parte, se propone ubicar las intervenciones que Freud realiza para el surgimiento de la verdad. 

Nos dice Freud: “también otro factor [además de lo que se iba abordando en el tratamiento], inherente al caso mismo, impidió que la cura concluyese con la mejoría que en otras ocasiones puede alcanzarse”. 

(Esto nos trae cuestiones en relación a la interrupción de un tratamiento, un tema siempre actual para los analistas.) 

La puesta en escena de Dora (la escena del lago) se anudó, en el tratamiento, a la transferencia con Freud. 

“Así fui sorprendido —dice Freud— por la transferencia y a causa de esa x [ese interrogante] por la cual yo le recordaba al Sr. K, ella se vengó de mí como se vengara de él, y me abandonó, tal como se había creído engañada y abandonada por él. De tal modo actuó un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo en la cura”. 

Como hemos visto, en la transferencia no se recuerda, sino que se reproduce, se repite en acto

Cuando Dora va descubriendo el entusiasmo de Freud y el suyo propio en el trabajo analítico se produce la interrupción de la cura. Esta es la puesta en acto. 

Lacan se pregunta por la transferencia y nos dice que la podemos definir en términos de pura dialéctica. 

Nos va a presentar una serie de inversiones dialécticas, modos de intervención para hacer surgir una verdad. Se coloca la inversión dialéctica y como efecto se produce un desarrollo de la verdad.  A continuación nos muestra una serie de desarrollos lógicos que apuntan a confrontar la verdad con la realidad. 

Lacan sitúa una primera inversión dialéctica cuando Freud interroga a Dora. 

Al comienzo de la cura, Dora relata una serie de cuestiones de las que padece. “Estos hechos están ahí —dice Dora—, proceden de la realidad, ¿qué quiere usted cambiar de ellos?”, a lo que Freud responde: “Observa cuál es tu propia parte en el desorden del que te quejas”. 

Freud apunta al sujeto que habita en Dora, cuál es su implicancia en esta comedia de enredos. 

Se abre el segundo desarrollo de la verdad: Dora revela su complicidad en estos hechos, por ejemplo al cuidar a los niños de la Sra. K para que su padre y su amante se encuentren. 

La segunda inversión dialéctica apunta al objeto de los celos de Dora, la Sra. K. 

Freud interroga la conducta de Dora, la falta de rencor hacia la Sra. K, ya que ella, a quien consideraba su amiga, la traicionó: denunció ante el padre de Dora las lecturas de su hija sobre temas sexuales. 

¿A qué se debe la lealtad de Dora hacia la Sra. K? 

Surge un tercer desarrollo de la verdad: Dora se muestra atraída hacia el “cuerpo blanco” de la Sra. K, y lo revela con expresiones que corresponden más a una enamorada que a una rival celosa. 

Nos dice Lacan que Freud no alcanza a ubicar el valor de objeto de deseo que es la otra mujer para Dora e insiste con el lugar del Sr. K, como la vía amorosa. Freud mismo dice que no pudo reconocer en su momento la “corriente de amor homosexual” de Dora hacia la Sra. K. 

Lacan nos aporta que si Freud en una tercera inversión dialéctica “hubiese orientado a Dora hacia el reconocimiento de lo que era para ella la Sra. K., le hubiera permitido abrir el reconocimiento del objeto viril” y hubieran aparecido las identificaciones en las que Dora estaba sumergida, su posición inconsciente de identificación, su posición de varón. 

Aquí Freud no pudo avanzar porque lo detuvieron sus ideales. 

Lacan dice que Freud se enredó en sostener “el hilo para la aguja”, es decir, la correspondencia de los sexos, la niña para el varón.  La transferencia, nos dice Lacan “no es nada real en el sujeto, sino la aparición, en un momento de estancamiento de la dialéctica analítica, de los modos permanentes según los cuales constituyen sus objetos”. 

Vemos en este caso, lo que pasa cuando el analista interviene desde los ideales, como por ejemplo el del furor curandis (la cura rápida), el ideal genital, el ideal del bien, etc. 

En el tratamiento, entonces, no debemos orientarnos por estos ideales. De lo que se trata, en cambio, es de propiciar que el analizante resuelva el impasse de su deseo. 

El caso Dora es fundamental para pensar desde la clínica el enigma que nos muestra la histeria: ¿qué quiere una mujer?