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domingo, 18 de agosto de 2024

La Pareja como Síntoma ¿Cómo reconocerla clínicamente?

 La Pareja como Síntoma ¿Cómo reconocerla clínicamente?

Cada vez son más frecuentes los casos de parejas que consultan por:

  • Dependencia Extrema en el vínculo.

  • Desconfianza y Celos Patológicos. 

  • Violencia verbal, psicológica y/o física.

  • Desborde y/o desgaste en el vínculo. 

Estos son SÍNTOMAS DE LA PAREJA, pero… ¿Qué significa clínicamente: “La Pareja como Síntoma, El Compañero como Síntoma”?

“La Pareja como Síntoma”: 3 manifestaciones que reconocemos en la Clínica

A) La pareja (el compañero) puede representar un estado fijo y salvaje -que no llega a lograr la metaforización y el desplazamiento característico del síntoma-. 

Produce así un puro padecimiento, del cual los sujetos se hallan imposibilitados -psíquicamente- de desprenderse. 

El compañero adquiere el estatuto de un “deseo loco”, por estar enlazado a un extremo y totalizante ideal.


B) La pareja puede representar un síntoma asimilado al Yo, al que se le encuentra un beneficio.

No se tolera al compañero, pero el vínculo brinda tantas ganancias (económicas, reguladoras y convenientes para otros órdenes de la vida), que se prefiere hacer la vista a un lado. Así, estamos en el plano de lo que S. Freud denomina “beneficio secundario del síntoma”.


C) La pareja puede representarle al sujeto un enigma que cause su propia interrogación, tal como ocurre cuando un síntoma está siendo analizado.

Así, a partir del vínculo con el compañero, el partenaire es capaz de hacerse una pregunta que lo implique subjetivamente en aquello que lo concierne a lo íntimo de su ser. De esta forma, se le concede a la pareja el don de la palabra y la escucha, lejos de que sus dichos sean tomados como un ataque o una desestabilización afectiva.

 

Una enseñanza de J. Lacan: 
“No hay relación sexual”

lunes, 13 de mayo de 2019

La Mujer como síntoma.

1. La lengua
Las formas del habla responden a modos de goce de la lengua. Es así que no hay lengua universal ya que no todos gozan del mismo modo. El goce que su ejercicio supone genera una forma de hablar que es una invencion colectiva y, por ende, anonima. Es posible deducir a traves de la entonación, las escansiones, los refranes, en fin, sus enunciados el modo particular en que quien habla es gozado por la lengua asi como los significantes amos que comandan su "discurso corriente".
A su vez, el discurso psicoanalítico al discernir la causa del deseo ubica el lugar de la enunciacion, es decir, el modo particular en que quien habla es gozado por la lengua. Esto nos conduce a la logica del uno por uno, ya que, sabemos, no hay enunciación colectiva. 2. El sujeto Lacan designó como subjetividad de una epoca tanto a los modos en que los seres parlantes se posicionan respecto de los significantes amos como al modo de goce que estos prescriben en un momento histórico determinado. El Otro del lenguaje determina los valores de goce de una época asignandole al sujeto un lugar en su estructura. Cada "parletre" no tiene mas que ubicar la particularidad de su goce allí.
Es por ello que entiendo al sujeto lacaniano en su doble dimensión:
a) como respuesta de lo real el sujeto es, en cada momento de la historia, la decantacion de esas maneras particulares de goce de la lengua que lo preceden y
b) como efecto del significante se ubica en un discurso que lo determina alienandose al Otro del lenguaje.
Considero que a cada epoca corresponde un uso particular de la lengua con la consiguiente invención de significantes y, consecuentemente una creación del "tipo" de mujer que le es propia. (¿Como un intento de universalizar lo imposible?)
Por tal razón se crean, paradojicamente, "modelos" que se constituyen en paradigmas del deseo sexual mientras que el deseo de cada quien puede transcurrir por otros andariveles. El conflicto del sujeto neurótico es justamente compaginar su deseo con lo que el Otro social le ofrece o, dicho de otro modo, conciliar su "propio bien" con la "moral de su época". De mas esta decir que a pesar de sus intentos siempre llega al desencuentro fatal ya que "no hay relación sexual". Las parejas que se anudan con la ilusión de encontrarla no tienen otro destino que separarse en cuanto esta cae o insistir en sostenerla para no hacerlo. Esto ocurre aún en lo que llamamos "casamiento por amor". O ¿no es acaso el amor una ilusión que vela la relación sexual que no hay?

lunes, 17 de diciembre de 2018

El síntoma: Clase y lectura de “El partenaire síntoma” de Miller. (2)


La vez pasada vimos el capítulo 4 de El Patenaire síntoma de Miller, donde habla un poco de 2 concepciones del síntoma. Una era la del síntoma como metáfora, que es lo que vemos en la conferencia 17, y el síntoma como satisfacción pulsional, que es lo que veíamos en la conferencia 23 de Freud. Miller habla del síntoma como metáfora, ese que se puede descifrar, que es lo que hacemos nosotros al preguntarle al paciente qué se le ocurre y que asocie. Luego, lo que nosotros cernimos sobre aquello que puede llegar a ser síntoma. Una vez que hacemos la construcción del síntoma y pedimos que asocie. A partir de ahí empieza esa cuestión de la sustitución de un significante por otro. Pero está también esta otra orientación que, sin desconocer lo anterior en la clínica, apunta más a la satisfacción pulsional, que es el núcleo del síntoma. Si nos quedamos en la clínica del sentido de los síntomas, lo que ocurre es que no termina, es algo que se infinitiza. Por supuesto que vamos a hacer esto, pero a veces no podemos cortar.

Pregunta: Vos la vez pasada hablabas de la satisfacción pulsional como momento donde se hacía el corte. ¿Ese es el momento donde aparece el objeto o la pulsión?

D: Uno en realidad hace el corte cuando percibe la satisfacción y ahí se trata del objeto. Se trata de la repetición, de ese goce que insiste en eso que cae como repetición sintomática. A donde se apunta es “estás gozando de tus síntomas”. Hay satisfacción ahí, pero con la modalidad de corte permite que no dejemos que el bla bla bla siga repitiendo siempre lo mismo. Si seguimos con el tema significante y no cortamos, en realidad, lo que está en el núcleo del síntoma es el objeto, que es ese resto de goce que va a insistir en el síntoma. Es como el plus de gozar, entonces cuando viene un paciente repite lo mismo, hay que cortar y no asustarse porque está gozando de esto. El corte va ahí, sin decirlo. Hay otras maneras, sin tener que cortar la sesión. Es una manera de decir basta.

En la página 81 del Partenaire síntoma dice que la bisagra es el texto de Inhibición, síntoma y angustia en Freud. Y el texto que toma Lacan como bisagra para pasar de una clínica a otra. Lacan le estaba contestando a los pstfreudianos, acerca de la primacía de lo imaginario, a hablar de la determinación de lo simbólico o del significante. Pero en una primer clínica, quedaba el goce por fuera. En el primer momento de Lacan la primacía es de lo simbólico, el goce queda por fuera y es un momento ese real queda como resto y se trabajaba con lo real y lo simbólico. Inhibición, síntoma y angustia es un texto bisagra donde él empieza a trabajar esta cuestión de lo real y lo simbólico. Luego, en una tercer clínica, va a trabajar los nudos y del síntoma dirá que es el cuarto nudo: es lo que anuda a los 3 registros, que en el caso de la neurosis es lo que hace de suplencia en el caso de que los nudos no existan. Es lo que se dice “tratar de hacer con el síntoma”, arreglarse con lo sintomático.

En el texto que vamos a ver ahora, Miller dice que es algo del orden de la necesidad, es inevitable porque existe la pulsión, que es inevitable. No se pueden suprimir los síntomas, porque existe la pulsión y existe el lenguaje que viene a cortar y a reprimir esto de la pulsión y por eso existen los síntomas. es imposible que los síntomas no existan. Aún después de atravesar el fantasma, en un final de análisis, ¿qué pasa con la pulsión? Esto es lo que se pregunta Lacan. No es que la pulsión concluye y que no haya síntoma, sino cómo nos arreglamos con el síntoma y esto es algo del orden de la necesidad. Me interesaba este texto porque de alguna manera nos orienta en 2 modalidades de dirigir la clínica. Dice que a partir de Inhibición, síntoma y angustia, es imposible responder que el síntoma se descifra. El síntoma está presentado de entrada como un avatar de la pulsión. Freud se pregunta por qué la pulsión se degrada en síntoma. Estamos ante el devenir síntoma de la pulsión.

¿Pero por qué la pulsión se convierte en síntoma? Porque la pulsión es una fuerza dinámica, que es la cuestión del drang. En realidad no existe un curso normal de la pulsión que pueda ir hacia un objeto exterior y satisfacerse. Freud empieza diciendo una cosa, pero termina diciendo otra cosa, en relación al síntoma. Freud dice que por un lado está la pulsión, que podría satisfacerse en un objeto exterior, y después está esto de la desviación de la pulsión en el síntoma. Es decir, se desvía la meta vía el síntoma. El curso sintomático de la pulsión.

Lo que se plantea es qué satisface el síntoma. La pulsión, para retomar términos lacanianos, es una demanda. Recordemos el grafo del deseo y además el matema de la pulsión:

$◊D

Sujeto barrado, lozange, demanda. Freud dice “exigencia”, una exigencia que no cesa. Lacan dice que se trata de una demanda en la cual no se ve a qué otro se le dirige. Es una especie de demanda pura de satisfacción.

El síntoma emerge como ofreciendo a la pulsión otra satisfacción, por eso en el seminario XX él va a hablar de la otra satisfacción. Esto lo encontramos en Inhibición, síntoma y angustia, que es la otra satisfacción que conlleva al síntoma. Es una satisfacción anómala en la medida que se presenta como unlust, como displacer. Estamos ante una paradoja, la de una satisfacción pulsional que se presenta como displacer y de esta paradoja Lacan hace surgir el término goce. Esto sería el goce, una satisfacción displacentera. El término goce se justifica porque el síntoma está articulado con la pulsión y a la vez hace que esta se desvíe. El síntoma es el resultado de una desviación de su curso normal, pero al mismo tiempo satisface su exigencia. Se trataría de un placer inconsciente que no se conoce a sí mismo. Es lo que Freud expresa cuando habla de una degradación del curso de una satisfacción en síntoma.

Habría un doble aspecto de la represión:
  • tenemos la que está asociada con el esquema de la metáfora, que indica que lo que está reprimido es el significante, eso que Freud llama el representante de la pulsión. Siempre lo que se reprime es el representante de la pulsión. La pulsión es un concepto freudiano, y la pulsión está representada. Esto conduce a que representaciones significantes sean separadas de la consciencia y a través de la interpretación puedan ser restituidas.
  • Después de Inhibición, síntoma y angustia, Freud incluye en su análisis del síntoma un segundo aspecto de la represión, donde va a decir que lo que se reprime también es la pulsión.
O sea, estaría por un lado la represión del significante y la represión de la pulsión. Estaría, por un lado, la represión del significante y la represión de la pulsión. Nuestra descripción del proceso que sobreviene a raíz de la represión, según Freud, ha de destacar de manera expresa el éxito en la coartación de la consciencia, pero … han dejado subsistirlas. Dice que junto con el representante de la pulsión, también se reprime el elemento dinámico de la pulsión, o sea, es la búsqueda de la satisfacción lo que se reprime. Lo que va a decir Lacan, que es lo que está hablando acá, es el anudamiento del significante y el goce. Se puede articular el significante con el goce, porque en realidad el goce originario se reprime, queda como perdido.

Freud se pregunta cómo una satisfacción pulsional puede generar displacer y cómo puede engendrar al síntoma. Me parece importante que esta oposición entre estos 2 aspectos de la represión ya es susceptible de cambiar el sentido de la interpretación del analista. Podríamos decir que existe la interpretación que concierne a una representación inconsciente se restituya por deducción, pero dice que existe una manera más fundamental, otra interpretación que es acerca de la cuestión particular sobre la que se expresa. Es la interpretación de base de la experiencia analítica, si la tomamos a partir de Inhibición, síntoma y angustia, que es la interpretación que plantea aquello que aparece como unlust en el síntoma, como displacer, con sufrimiento. Unlust en realidad es una satisfacción, pero aparece como displacer. Entonces, podríamos hasta decir que esta interpretación es la que fija la posición analítica, en lo que ella tiene de no empática, de no sufrir con el sujeto. A veces esto aparece en las supervisiones, esto de la empatía y de decir “pobre, como sufre” y tratamos de calmarlo y de aliviarlo. Esto a veces hay que hacerlo, pero podemos excedernos al no saber a dónde puede ir el sujeto, por ejemplo en un pasaje al acto. Se trata de no sufrir con el sujeto, sino por el contrario, de una manera de un cierto modo inhumana, decirle “allí donde sufres, es allí donde te satisfaces”. Por eso es importante la posición del analista, porque puede pasarnos en relación a la repetición del paciente. A veces el analista puede empantanarse con un paciente y viene y siempre habla de lo mismo…

Es importante la función del corte, que es lo que permite justamente corte cuando algo del objeto está ahí. La repetición de un síntoma, donde uno ve por ejemplo que el objeto mirada está puesto ahí, o el objeto voz y que va y va… A veces uno no se anima o le cuesta cortar, porque tiene miedo cómo el paciente va a reaccionar. De alguna manera, es lo que Freud le decía a Dora, cuál es su responsabilidad en lo que le pasa.

Pregunta: ¿Por qué habla de 2 tipos de interpretación, una lenta y una rápida?

Porque cuando uno va con la interpretación por la vía significante, es ágil. El paciente produce, habla, asocia. Es más, a veces da tanto sentido que viene a asociar para nosotros. Viene con el sueño, asocia… Eso es dinámico, el paciente habla. Y lo que produce son efectos significantes. Pero cuando al paciente se lo quiere pinchar en el goce, de ágil no tiene nada, porque genera la reacción terapéutica negativa. Genera un empantanamiento ahí y resistencia. De ágil no tiene nada, queda ahí como detenido. Empieza a faltar, a no venir, a hacer acting out. no es algo cómodo la posición del analista si uno no tiene en cuenta esto de la abstinencia, esta cuestión de poner la persona del analista entre paréntesis, o de no manejarse por la vía de la comprensión y de la empatía con el paciente. Por ejemplo, si uno escucha el goce en un paciente que se quedó sin trabajo, quizá sea el momento de aumentarle la sesión.

En un caso, el analista le pone un honorario hasta que el paciente consiga trabajo. El analista queda entrampado. Se pregunta, ¿Hasta cuándo voy a sostener a este paciente?, Más allá que este tema del dinero pesaba en el análisis. Uno puede decir “Este es el honorario y vamos viendo…”, pero el conseguir o no trabajo tiene que ver con lo sintomático. Tiene que ver con esta cuestión del goce, de esta satisfacción en el displacer, en lo que a este sujeto le pasaba: no conseguir trabajo era una situación que venía repitiendo con la madre, con el marido… A veces uno se apresura a decir “Bueno, hasta que consigas trabajo...”. es una intervención apresurada, tiene que ver con la angustia del analista. Es hasta una especie de maternaje, que justamente engorda el goce, no va hacia esta clínica de cortar con la satisfacción pulsional, sino al contrario: engorda el síntoma. Y ahí el analista queda entrampado, porque encima esta paciente se quejaba de que el padre nunca había cumplido las promesas. Con lo cual, si este analista le decía que aumentaba, ¿dónde está la promesa que le hizo? Quedó entrampado en esto de la promesa. Por eso es importante esto de callar, de la abstinencia.

Pregunta: ¿Por qué el síntoma genera displacer en esta satisfacción pulsional?
Porque se reprime la pulsión y se desvía de su curso de satisfacción. Entonces, la manera que tiene de satisfacerse es en el displacer. Es una satisfacción, pero es otra, porque en realidad reprime el goce originario y obtiene un plus de gozar. Esto siempre que haya represión, cosa que en la psicosis no hay. En la psicosis se forcluye el significante del Nombre del Padre y el sujeto no quiere saber nada con la castración.

Lo que se reprime es por la angustia de castración, y eso es porque al Otro le falta un significante. El Otro está barrado y ante esta falta en el Otro no es la misma respuesta que da un sujeto neurótico que un psicótico. Este significante falta por estructura: la falta de respuesta, esto que el Otro no puede decir, lo que falta… Ahí viene la angustia, porque el displacer el yo lo percibe como señal de angustia. Recuerden que el yo es la sede de la angustia, según Freud. Lo que va a dar el yo es la señal de angustia, que es displacentera. El displacer es la angustia, va en contra del principio de placer. L angustia es siempre frente a la castración del Otro, no la propia. Es la castración del Otro primordial. Acuérdense que el neurótico, justamente, por no querer saber nada de esto se muestra permanentemente castrado: no puedo, no me sale, no sé… De lo que no quiere saber nada es de que el Otro esté castrado.

Pregunta: ¿Cómo sale el neurótico de su síntoma en un final de análisis?
El neurótico no soporta es que el Otro esté castrado. Hace lo imposible por mantener al Otro entronizado en un lugar donde no le falta. Tapona esta falta que lo angustia, porque si el Otro está en falta, no existen garantías. Se cae la ilusión de algo completo y el neurótico siempre busca la garantía de la completud, como si fuera posible que no exista la falta. El fin de análisis es cuando el analista puede decir algo y el paciente dice “¿qué va a saber?”. Creer que el analista sabe es entronizar al Otro, que existe el que sabe sobre lo que le pasa. Este tiempo tiene que ocurrir, porque así como en los tiempos constitutivos es importante que exista la alienación para que se constituya el sujeto, si no hubiera alienación estamos en el campo del autismo y de la esquizofrenia. Pero el sujeto también va a hacer el otro movimiento, que es la dialéctica de la operación subjetiva, que es la separación. Es el Otro el que le da el sentido a lo que piensa, a lo que le pasa y a lo que hace, pero como en realidad el Otro hace una cosa pero dice otra, aparece la falta  y el sujeto se empieza a preguntar sobre esto que al Otro le pasa: se ausenta, se contradice, le habla de tal o cual manera… Esa respuesta que el sujeto se da es la respuesta fantasmática. Ahí se constituye el fantasma y eso es lo que permite la separación de la alienación. Igualmente, termina alienado a que el Otro no está castrado, pero hay algo que el sujeto pone de su propio goce ahí. Esa es su respuesta, es un recorte subjetivo, es algo propio en la relación que tiene con el Otro, algo que saca de su propio goce. Respondo que me quiere tal cosa, me quiere tal otra. Tanto en los momentos constitutivos de un análisis como en un análisis, es necesario primero la constitución de la transferencia. La transferencia en sentido simbólico es la alienación al sentido del analista, a esto del sujeto supuesto saber que sobre el síntoma le pregunta a un Otro que supuestamente sabe cómo se soluciona lo que le pasa. Le pide un sentido al Otro. Si el analista se queda en esta vertiente del sentido y no apunta desde el inicio a la separación, va a quedar siempre en la clínica de la alienación y va a terminar identificándose al superyó del analista, al yo del analista, que es lo que hacían los post-freudianos, que planteaban el final del análisis con la identificación al ideal del analista. Daban consejos, cosa que a veces es importante intervenir desde lo imaginario, sobre todo cuando el paciente está muy angustiado, pero hay toda una orientación hacia esto.

La alienación se tiene que dar, sino no hay transferencia. Se tiene que instalar el sujeto supuesto saber, la alienación al sentido que el analista le va a dar a su síntoma. Lo que va a hacer el analista es decepcionarlo de esto. Pero sino se da lo primero, no hay análisis.

Lo que opera en esta desviación de la satisfacción de la pulsión hacia el síntoma, esta sustitución es lo que llama el moi de Lacan. Es el yo de Freud el que reprime. En Inhibición, síntoma y angustia, Freud se preguntaba cómo es que el yo podía ejercer sobre el ello una influencia tan profunda que haga desviar una pulsión. Recuerden que yo es parte del ello. El ello sería el inconsciente real, con el das-ding. Eso es el ello. Con la ayuda del principio de placer, el yo genera esta desviación. La señal de displacer hace que el yo ponga en marcha el principio del placer para obtener esta desviación. Esta señal de displacer es la que va a poner en marcha, lo que va a producir la desviación, es la angustia. Hacer de la angustia una señal a partir de la cual se pone en marcha la represión es la novedad de Inhibición, síntoma y angustia.

Freud va a decir, al final, que la exigencia pulsional es un ¿pedido?. Lacan va a decir que la pulsión en tanto tal constituye una infracción al principio de placer, en la medida que su exigencia, precisamente, no es de una satisfacción del placer, sino que su exigencia es la de un plus de gozar. Esta es la exigencia, un plus de gozar. El goce originario se pierde, pero insiste. No es el originario, pero igual insiste, es un plus de gozar. El goce mítico está perdido. La categoría del plus de gozar, que Lacan introduce para decir que la pulsión en tanto tal está en infracción con el principio de placer, por lo tanto no es un avatar, no es un accidente que haya síntomas. La pregunta de Freud será cuál es el origen de la neurosis, por qué hay síntomas. La respuesta de Lacan es que la represión de la moción pulsional no es un avatar de la pulsión, el síntoma no es un accidente, no es contingente. El síntoma es, por el contrario, del orden de la necesidad. Freud decía que era el yo el que reprimía. Lacan va a instalar, en el lugar del yo, en el lugar que Freud distingue como la organización del yo, al lenguaje: la articulación estructural del lenguaje. Es la estructura del lenguaje como tal lo que él instala en lo que Freud había preparado para la organización del yo.

El goce como tal está prohibido para quien habla. Se trata de ese goce puro y mítico. Se trata de la pérdida de la cosa por la incidencia del lenguaje. Freud decía que el objeto está perdido, incluso antes de haberlo encontrado. Es una experiencia mítica de satisfacción y en realidad la angustia va a repetir esa experiencia mítica de satisfacción. Esta frase quiere decir que no es el yo freudiano el que reprime la pulsión. Lo que Freud llamaba represión de la pulsión es consecuencia necesaria de la estructura del lenguaje. Pero implica también la necesidad del síntoma. O sea, se reprime por una cuestión estructural del lenguaje y la respuesta siempre es el síntoma, que es esta desviación de la pulsión, que es la satisfacción en el displacer. Esto ya lo encontramos en los niños.

Hay una parte que no se puede anular, de este resto de goce originario que se reprime: a minúscula mantiene su exigencia. Es nuestra manera propia (lacaniana) de dar cuenta que Freud plantea cuando constata que la moción de la pulsión escapa a toda influencia que la represión del goce, la represión de la pulsión, no es suficiente para callar esta exigencia. El síntoma manifiesta su existencia por fuera de la organización del yo, independientemente de ello. Lacan dice que a minúscula es el centro del síntoma. Aquí toma valor el hecho que para Freud el síntoma se presente como unlust, como sufrimiento. Incluso lo que se exige al comienzo de análisis, que haya en alguna parte del inicio unlust, sufrimiento. Si no hay registro de lo que está padeciendo, no podría preguntarle al Otro cómo hacer con eso que está padeciendo. Tiene que haber algo que no sea del orden del placer. Pero aun siendo displacer, no es menos que el retorno de la pulsión y por lo tanto es siempre interpretable como satisfacción. Siempre. Lo mínimo de la interpretación, desde esta perspectiva, es “tu gozas de tu síntoma”. Es lo que siempre tenemos que tener en el horizonte. Hasta podemos decir que todo lo que puede desplegarse como interpretación analítica se realiza sobre la base de este “tu gozas de tu síntoma”. Estamos hablando de la neurosis. Es idéntico al esquema del retorno de lo reprimido. Así como lo que está prohibido decir se dice simétricamente, hay retorno del goce bajo la forma del síntoma. Hay un goce originariamente perdido. Se desvía y hay un retorno de este goce, con un resto que retorna en síntoma y hace que el sujeto repita, repita y repita. Uno se pregunta por qué vuelve sobre lo mismo. Y es a este resto persistente al que Lacan designó con la letra a minúscula. Esa a minúscula puede ser el objeto mirada, el objeto voz, del que pudo haber gozado: la voz o la mirada del Otro. O el golpe del Otro, que sería lo anal. Freud establece aquí bajo el nombre zigma un elemento que es irreductible al principio del placer.

Lacan se pregunta en el S. XI: ¿cómo vivir la pulsión una vez que se hizo la experiencia del fantasma fundamental? Una vez que se atravesó el fantasma, una vez que se salteó el lano de la identificación… ¿Cómo se vive entonces la pulsión? Una vez que se desanudó el efecto de verdad en tanto tal, una vez que se está satisfecho por el lado de la pregunta por el deseo, ¿se puede vivir la pulsión sin síntoma? No hay pulsión sin síntoma. El curso normal de la satisfacción de la pulsión va siempre hacia la producción sintomática. Es por eso que Lacan va a proponer para el final del análisis, saber arreglárselas con eso que se repite. Va a estar siempre esa tendencia a repetir eso mismo, eso que ya quedó estructurado, que ya no toca los registros. El tema es que va a estar advertido de la satisfacción que hay en juego y va a poder hacer con eso. Esto se ve en análisis, porque no es que no desaparezca esta manera de satisfacerse con lo mismo. Es algo que se va a repetir, el tema es que va a poder hacer con esto. Hay veces que no, porque hay fines de análisis y testimonios de pase donde por alguna contingencia desencadena que hace que tengan que volver a análisis por un corto tiempo, a pesar de haber atravesado el pase.

Pregunta: saber hacer con el síntoma, ¿podría implicar también la sublimación?
D: Si. Por ejemplo, un sujeto que goza con que lo miren, que pueda llegar a pintar o a hacerse mirar de otra manera, más productiva o beneficiosa. O ir al boliche los fines de semana y ser mirada y no tener que andar armando escenas con el novio o la madre. El sujeto queda anoticiado y puede hacer con eso, por la vía sublimatoria, o por un acto que haga, que no sea del orden de lo tortuoso, por ejemplo, de que el Otro lo mire de forma incondicional.

En la neurosis hay logros que no se pueden vivir como logros. Está esta cuestión de estar angustiado, estar mal por un goce recto que no cede. Hay sujetos que no pueden vivir un logro con placer. Está esta cuestión del superyó que ordena gozar, del castigo, del sentimiento de culpa, masoquismo primordial, que remite a que fracase. Triunfa y fracasa o abandona, alejándose de lo que logró.

Freud dice que hay una lucha defensiva, primaria y secundaria contra el síntoma. La lucha primaria se realiza contra la exigencia de la pulsión. Es defensiva, porque es lo que se opone a la pulsión. Pero al mismo tiempo, dice en Inhibición síntoma y angustia, Freud habla de esta lucha secundaria, de este segundo aspecto de la lucha, donde el yo quisiera incorporar el síntoma. Esto se ve bien en la neurosis obsesiva: el yo lo incorpora y es parte de su personalidad. No está separado, no lo puede considerar extraño a esto que le pasa. “Soy así, soy celoso”. Esto, que no se lo cuestiona, es parte de su síntoma pero está incorporado al yo. En Inhibición síntoma y angustia, estaría construido sobre la oposición entre la unicidad de la repetición significante y la multiplicidad de la represión de la pulsión. Las pulsiones reprimidas aparecen como múltiples, mientras que el motor de la represión aparece como uno. Es lo que da lugar en efecto, a la angustia produce la represión, la angustia de castración. Este es el motor, por eso la frase de Lacan, que formula que la castración es la clave de ese sesgo radical del sujeto, por donde tiene lugar el advenimiento del síntoma. Esto es así, no puede no existir síntoma. Va a hacer de la represión de la pulsión la defensa contra el goce más originaria que la represión segunda.

viernes, 14 de diciembre de 2018

El síntoma: Clase y lectura de “El partenaire síntoma” de Miller.


Recordemos las conferencias 17 y la 23 de Freud. 

Conferencia 17: se refiere al sentido del síntoma, el desciframiento, el síntoma como metáfora.

Conferencia 23: habla de la satisfacción pulsional. 

En la clínica de Lacan, hay una bisagra, que es el texto de Inhibición, síntoma y angustia de Freud que Lacan trabaja. A partir de ahí, le da prevalencia al síntoma y no a la cuestión del inconsciente, que sería la primera clínica de Lacan. En esa primera clínica Lacan hace el retorno a Freud, diciendo que el inconsciente está estructurado como un lenguaje y que el inscienciente es el discurso del Otro. Él trata de retornar a Freud en respuesta al privilegio de lo imaginario que los post-freudianos le habían dado a la clínica y al psicoanálisis.

En la segunda enseñanza de Lacan, aparece esta cuestión de la conferencia 23 de Freud, retomando Inhibición, síntoma y angustia, que es el síntoma como satisfacción pulsional. Y esto en realidad hace a la clínica, en qué orientación le damos a nuestra clínica. Podemos orientarla hacia el sentido (el sentido y el desciframiento de lo que está diciendo el paciente) u orientarla hacia lo real (la satisfacción pulsional del síntoma). 

Que uno se oriente a lo que es lo real de la clínica no implica que no va a decirle al paciente la regla fundamental y que el paciente al hablar sin que comande el yo, lo que aparece es el síntoma. En realidad lo que aparece es el inconsciente, el lapsus, el sujeto dividido. El paciente va a resistir o no, pero en la medida que aparezca este discurso del Otro del sujeto, este inconsciente, las relaciones de vivencias entre el sujeto y este Otro primordial, uno no va a decir “No me hable, porque todo es bla bla bla”. No se trata de eso, porque a veces se malinterpreta que cuando el paciente habla no escuchamos nada. Lo que si, cuando nosotros nos orientamos a la clínica de lo real, no vamos a excedernos en esto, porque hay una especie de casamiento y de goce con esta cuestión del significante. Si uno va al sentido, resulta infinito porque remite a otro, a otro y a otro. 

Yo quería leer y comentar esta clase de Miller para después hablar sobre el síntoma y ver cómo podemos trabajar en la clínica en relación al síntoma. Cuando se hace un recorte, a veces aparece esto de escuchar por demás, o uno se pregunta cómo o dónde interrogar. 

L: O poner el corte…
D: Claro, porque lo que se trata cuando se abre este espacio del lapsus, que es la última enseñanza de Lacan y que Colette Soler y Miller retoman y hablan de 3 momentos que serían esta cuestión del espacio del lapsus pero sin inconsciente. En realidad no hay sujeto del inconsciente ahí, después aparece en el análisis cuando esto es tomado por el analista que lee ahí el inconsciente y ofrece el lugar para que de esto hable en transferencia el sujeto y tome conocimiento de que el inconsciente existe. En el medio, hay toda una cuestión de construcción de análisis (segundo tiempo), pero sería que en el tercer tiempo sería que en el inconsciente… También hay inconsciente en el espacio del lapsus, pero en el trabajo del analizante es que hay inconsciente. Tendría que ver con el fin de análisis, saber hacer con ese incurable. Lo que va a trabajar la última clínica lacaniana es que justamente hay un incurable en el síntoma. Este incurable tiene que ver con el inconsciente real, no con el inconsciente a descifrar, el inconsciente de la interpretación o inconsciente transferencial. 

L: ¿Por qué hablar de lapsus?
El lapsus sería la apertura del inconsciente. El inconsciente es un efecto de la experiencia analítica. Esto no significa que un sujeto en su vida no tenga espacios de apertura del inconsciente, entrando en una división subjetiva y que aparezca esta cuestión del “entre dos”. Ese sería el lapsus. Pero hasta que no se entera con un analista, no tiene ni noticias de esto. El analista va a producir el inconsciente ahí. No es que no exista, sino que es un efecto. Después el analista, pidiéndole que hable, hace que aparezcan los efectos de verdad del sujeto. El sujeto empieza a narrar y a historizar. Esto es importante. Lacan, en su primera clínica, lo hablaba como la palabra plena, donde aparece la cuestión del sentido, mientras que la palabra vacía era más una cuestión imaginaria. 

A veces, lo que se escucha en los análisis, es que se quedan en esta cuestión del significante, en esta cuestión de articular los efectos de verdad al significante, como si todo fuera pasible de tener un sentido y que si ese sentido es descifrado, viene la cura. Freud se encuentra que pese a que aparece el sentido, está la compulsión a la repetición y la persistencia del síntoma. En “análisis terminable e interminable” cuenta de que el paciente ya se había curado y después aparece la reacción terapéutica negativa, por ejemplo, y se enferman cuando ya están por salir a la vida solos. 

¿Qué posición tomamos ante un paciente con esta cuestión de “hable”? Suponemos que hay un sujeto de la palabra ahí y lo que va a decir es un saber no sabido por él, pero es un saber que habla por si solo. Ese es el discurso del inconsciente. ¿Pero hasta cuando va a hablar? 

L: Hasta que aparezca la satisfacción pulsional o el objeto.
Exactamente. Esta cuestión del objeto es fundamental en la cuestión del corte, porque si no uno pide asociaciones una y otra vez ¿Y cuándo termina? Es más, aparece un goce al significante. Hay pacientes, sobre todo las histéricas, tienen una facilidad para seguir hablando y aunque las corten, siguen hablando en el pasillo. Lo que nos va a dar la orientación del corte es el objeto a, en relación a la satisfacción pulsional. El paciente habla, historiza y nosotros orientamos esto de lo real no diciéndole el sentido inconciente de los síntomas (que también es importante, porque es una alienación al sentido que el analista le da, replicando el momento de constitución subjetivo), sino apuntando a la satisfacción pulsional o el goce. “Usted goza de su inconciente, usted con lo que dice y ese sufrimiento y displacer, se satisface”. Esto no es para decírselo, pero es hacia esto a lo que vamos a apuntar con el corte de la sesión. Un paciente que habla, habla y habla se está satisfaciendo en eso que cuenta y en el acto de contarlo. Uno a veces no se autoriza a cortar ahí. 

Cuando el paciente se está satisfaciendo y pescamos algo en relación a la satisfacción pulsional, hay que cortar. Los efectos son importantísimos e increíbles si uno se anima. Por supuesto, esto tiene sus tiempos en el análisis. El momento de ver, de comprender y de concluir se dan en una sesión. Si un paciente no vio nada, no se puede cortar. Si no hay pregunta de lo que le pasa, ¿qué vamos a cortar? A veces el paciente está hablando y es el corte lo que produce eso de ver. El ver, el comprender y el concluir son sincrónicos y el corte hace que eso se produzca. Generalmente, le tenemos temor a esto del corte. A mí me ha pasado. Uno piensa: ¿y si se va? ¿Y si hace un pasaje al acto? Entonces no se autoriza uno al corte. Tampoco se trata de trabajar como lo hacen algunas escuelas cortando siempre a los 10 o 15 minutos de una sesión. Ahí hay una cuestión de no al estándar. Se trabajan en las sesiones breves con 15 minutos por reloj.

Las escansiones que se hacen en las asociaciones, quedan sin efecto si no hay corte. Uno puede escandir, que es una puntuación. El analista puede ponerse a dar explicaciones, por ejemplo. Eso hace que quede sin efecto la escansión. Entra otra vez en la vía del sentido, que lo va a aliviar -al paciente y al analista también-. La escansión es un corte, pero el corte de la sesión es efectivo. Uno corta, se para y dice “hasta la próxima”. Lo que yo he notado en analistas de la EOL es que los cortes son a los 15 minutos reloj, entonces uno se pregunta dónde está el corte según los dichos del paciente. Por otro lado, este tipo de sesiones tan breves y tan cortas, cuando Lacan las hacía, es porque lo visitaban 2 o 3 veces por semana. Miller cortaba a los 5 minutos y de repente los podía volver a citar a las 7 pm. Lacan también lo hacía, o los mandaba a que esperaran en la sala de espera durante dos horas. O los citaban al otro día. O todos los días. Todos esos cortes son muy efectivos, pero se trata de tratamientos de todos los días. Si uno hace cortes y se ven la otra semana, se pierde que es importante que el sujeto hable. 

Las sesiones cortas son muy interesantes, es otro tipo de clínica que realmente es super efectiva, incluso tratándose de personas que no sean analistas ni tengan mucho tiempo de análisis. Si es cierto que se trabaja de otra forma, y que con una vez por semana no se puede hacer, por lo menos en mi experiencia como analista. Es importante que el paciente hable y en 5 minutos no puede hablar. En los casos que conozco, que eran todos los días o 2 veces por semana, uno corta y realmente es otro efecto… que hay que bancarlo, porque produce mucha angustia a veces. Por eso es importante volverlo a citar, porque sino el paciente queda muy desamparado con todo lo que le pasa, porque es ir a cortar cuando dijo algo que es el hueso y es animarse a cortar ahí. Aparece la pregunta de qué me quiere, es apuntar a la respuesta fantasmática, a la respuesta que el sujeto se dio con su Otro en relación al objeto que lo satisface. El sujeto va a responder, por ejemplo, “El analista me quiere cagar”, entonces en transferencia lo que se va a producir es la transferencia real, la que accede al inconsciente, no la transferencia del sujeto-supuesto-saber, donde lo que tenemos es un Otro entero sin barrar y le suponemos que sabe todo. Es ese Otro que pensamos que tiene el sentido. Ahí no hay pregunta por el que me quiere, no aparece el objeto. Cuando se dan estas maniobras de analista, aparece esto de “¿Por qué, qué dije, por qué lo hace, qué me quiere..?” ¿Lo habré aburrido, lo habré hecho enojar? Estas cosas a veces no se ponen a trabajar transferencialmente porque el Otro sigue sin barrar.

Los análisis que giran alrededor de los efectos de verdad pueden durar años, porque siempre aparecen nuevos sentidos. Estos son los análisis interminables, digamos, cuando aparece solamente esta vertiente. A mi me parece que se trata de ambas, donde se puede trabajar con esta cuestión del significante, con la historia que el paciente va construyendo con las interpretaciones del analista, que también es importante para que contemporáneamente pueda aparecer esto de lo real de la satisfacción. Uno no puede decir de entrada “Te estás satisfaciendo”, pero se lo dice a través del corte. Un paciente puede hablar siempre de lo mismo y ante una interpretación, como en el caso de la histérica, va a intentar barrarnos y uno se siente un boludo que cayó. Así uno puede seguir escuchándola por años. Ahí hay una satisfacción sintomática que uno está avalando y ahí uno tiene que orientar que ahí se está satisfaciendo. La única manera en la que uno se va a enterar es si uno corta. 

El partenaire-síntoma (Miller) - Cap. 4. “Síntoma y pulsión”

Es la que se anuda con la conferencia 17 y la conferencia 23. Miller habla de que hay una antinomia en la orientación del psicoanálisis. El habla de una orientación hacia la ficción y una orientación hacia lo real. Dice:

La orientación hacia la ficción se afianza hoy en el psicoanálisis a partir de lo que llamamos los efectos de verdad, que resultan de la articulación significante. Es una orientación narratológica de la práctica analítica, según la cual el paciente tiene que construir una ficción que supuestamente debe satisfacer. Y el analista estaría allí para orientarlo, pero esto supone un relativismo en cuanto a lo real. 

Miller habla de “Inhibición, síntoma y angustia” como bisagra y dice que es el texto que Lacan invoca en su seminario en el momento que comienza lo que podemos llamar su última enseñanza, que es inhibición, síntoma y angustia. 

Una orientación psicoanalítica hacia lo real encuentra en primer lugar no el inconsciente, que es lo que uno encuentra cuando dice “asocie”, la ficción de que el yo manda. Por eso el inconsciente y el síntoma están ligados, pero hay una disparidad porque el síntoma se basta a sí mismo y el inconsciente no. En realidad se articulan, porque cuando aparece el inconsciente y el sujeto dividido, aparece la queja sintomática. 

Lacan privilegia el término síntoma en tanto no cesa de inscribirse, en tanto su permanencia se impone a la experiencia. A la pregunta de qué es un síntoma, la respuesta de manual cuando se trata de Lacan es “una formación del inconsciente”. Es decir, estamos formados para ubicar el síntoma en el mismo registro del sueño, que el lapsus, que el acto fallido y el chiste. 

Después vamos a ver cómo dice que se ubica en otro registro. Miller lo diferencia, más adelante lo dice, en el sentido del fantasma, es decir, la implicancia del fantasma en el síntoma. Esto es lo que hace al síntoma duradero, la inercia imaginaria fantasmática. En cambio, el chiste y el acto fallido no es algo que dura. Pero esto hasta acá él todavía no lo menciona. Hasta acá lo que vemos es lo que Lacan se responde en su primera clínica: que el síntoma es una formación del inconsciente y estaría en el mismo registro.

Nos damos cuenta ya que “Inhibición, síntoma y angustia” no se trata de esos fenómenos subjetivos (el sueño, el lapsus, el fallido y el chiste). En la dimensión de Freud, deja de lado totalmente estos fenómenos. Acuérdense que en “Inhibición, síntoma y angustia” él habla del tema de la pulsión, cómo se satisface en la pulsión el síntoma. Además habla de esta cuestión que hace que aparezca la represión de lo pulsional, que es la angustia. El yo es la sede de la angustia. 

En el informe de Roma es que Lacan pone un punto de comienzo y habla de las palabras vacías y las palabras plenas. La palabra vacía se aplica en el eje imaginario, mientras que la palabra plena supuestamente se aplica en el eje simbólico. Esto sería la primera clínica, que estaría en la orientación ficcional, con esta cuestión de los efectos de verdad de la palabra plena. Si hay un objeto en juego en esta configuración, es el eje imaginario. En esta cuestión del yo al yo, est cuestión del paciente quejándose de lo que le pasa con el semejante, es donde Lacan dice, en este momento, se pone en cuestión lo del objeto. Se ve la relación del sujeto con el objeto. El único objeto que se trata es del eje imaginario, mientras que sobre el eje simbólico se ubica esta palabra plena, porque ella confiere un sentido a las funciones del individuo. Dice que el sentido le es conferido a las funciones, pensemos en “Inhibición, síntoma y angustia” en la inhibición, donde se trata de las funciones del yo, que están limitadas. Uno podría decir que cuando Freud habla de las funciones del yo limitadas, ahí está hablando del síntoma. 

Todas esas funciones -no poder caminar, como Isabel, que tenía la atasia abasia, porque se había quedado dormida en las faldas del padre cuando él estaba por morirse- todas esas funciones pueden ser tomadas a partir del sentido, del símbolo que tiene esta cuestión de no poder caminar. Lo que Freud distingue, en lo que atañe a estas funciones, es la función erótica, la dimensión libidinal, que ellas pueden tener un sentido erótico, libidinal.

Miller dice que lo que también trae esta cuestión del sentido es la implicación del Otro, que es a partir del cual el sentido se escande y al mismo tiempo lo sanciona. De este modo da al sujeto una realidad transindividual. Lo que estaría en juego en esto del sentido es la implicación del Otro. Ese primer capítulo del Informe de Roma otorga una significación propiamente discursiva al inconsciente. Responde Lacan, en este momento, a la pregunta de qué es inconsciente, diciendo que es el discurso del Otro. Pensemos nosotros en nuestra clínica cuántas veces hacemos abuso de esta cuestión. En este punto de partida de Lacan, el síntoma es lenguaje y palabra. Llama síntoma a una formación determinada por la estructura del campo analítico y esto en nombre de un retorno a Freud. 

La última enseñanza de Lacan constituye un segundo retorno a Freud. Ahora, aún habiendo Lacan leído “Inhibición, síntoma y angustia”, asigna al síntoma una estructura de lenguaje. En “Inhibición, síntoma y angustia” Freud no había hablado de esto, sino de la satisfacción pulsional y de la conversión de la pulsión en el síntoma. Esta perspectiva de Lacan, pone en primer plano el desciframiento del síntoma y llega a formular, una vez más, que el síntoma es descifrado como una inscripción y que esta inscripción puede ser destruída, desvaneciéndose el síntoma sin pérdida grave. Si se descifra el síntoma, se destruye. Una vez que se sabe lo que el síntoma quiere decir, puede ser destruído. Esta perspectiva se considera como totalitaria, porque en los escritos Lacan dice que el síntoma se resuelve por entero en un análisis del lenguaje. Este sería el abuso, que se resuelva por entero en esta cuestión del significante, del sentido, y que el paciente hable, asocie… Miller dice que a pesar de que Lacan leyó “Inhibición, síntoma y angustia”, Lacan dice en un primer momento que el síntoma es el significante de un significado reprimido de la consciencia del sujeto. Es un significante y un significado reprimido: S/s. La cura y el tratamiento del síntoma consistiría en liberar el sentido aprisionado por la represión. Es decir, el síntoma se lee solo como un significante. No apunta a la satisfacción pulsional en ese momento, sino que eso tiene un sentido. En la historia lo vamos a descifrar. Es importante que un paciente asocie, pero si alguien dice “me mandé una cagada”, por ejemplo, está esta cuestión de la satisfacción pulsional de cagarse. En uno de los casos, vimos a la paciente que contaba cómo era su caca, si era dura, cómo era… Faltaba que trajera la muestra. Está la satisfacción pulsional, algo del orden de la pulsión anal que se desvió de su satisfacción para tener este desvío en otra satisfacción que Lacan habla en el seminario XX, que es la otra satisfacción, que es la satisfacción que se obtiene del síntoma. No se trata de la satisfacción del placer, sino una satisfacción en el displacer, que Lacan va a llamar goce.

En el síntoma se va a satisfacer la pulsión, pero de otra manera. No en la realidad exterior, como la pulsión que busca el objeto y se satisface, sino se desvía y va a encontrar la satisfacción en el displacer, o sea, en el padecimiento. Eso es lo que uno dice “Es goce, está gozando”. El paciente lo sufre. Freud y lacan, para poder dar cuenta del goce sintomático, trabajan con el obsesivo porque se ve claramente el anudamiento entre significante y goce. En la histeria, no tanto. Entonces, en el primer tiempo el síntoma es lenguaje y palabra. 

En la primera enseñanza de Lacan, podríamos decir que el síntoma no es de lo real, siempre es simbólico. Miller lo llama “imperialismo simbólico”. 

Pensemos en el automatismo de repetición al que Freud recurre al final de Inhibición, síntoma y angustia para tratar de cuenta de aquello que aísla como la persistencia. En este primer Lacan, el automatismo de repetición no constituye en absoluto una objeción a este imperialismo simbólico.

O sea, Miller dice que aún Lacan habiendo leído Inhibición, síntoma y angustia, él sigue diciendo que el síntoma es un significante cuyo significado está reprimido y en relación al síntoma como repetición, que sería esta persistencia del síntoma, porque pensar que se descifra, se cura y listo, a Lacan no le hace obstáculo. En ese momento él estaba conceptualizando otra cuestión. Acerca del automatismo de repetición, Lacan lo traduce a nivel de la práctica como una temporalidad histórica de la experiencia de la transferencia. O sea, que esto tiene que ver con los tiempos de la transferencia, que se repiten. Pero una vez resuelto la cuestión del significante con el Otro, transferencialmente se soluciona y se extingue lo de la repetición. No hay un incurable en este Lacan, digamos.

De este modo, el automatismo de repetición es arrancado a lo real del síntoma. Incluso, no permite que se le forme el concepto que no cesa de inscribirse. 

Esto lo va a articular después. Dice que Lacan sustituye este primer esquema de que el síntoma era un significante con un significado reprimido, y lo que va a hablar es de la metáfora: un significante que sustituye a otro significante. De todas maneras, estaríamos en el terreno del significante, de lo simbólico. No cambia, dice, porque el significante sustitutivo se hace equivalente al síntoma. El S1 que está arriba se hace síntoma, y el significante que suplanta pasa a ser una especie de significado, como un significante latente. Algunos años más tarde, la dirección a la cura Lacan la va a ordenar, no sobre el síntoma, sino sobre el sueño, donde analiza el sueño de la Bella Carnicera. Lo que indexa la cura es el sueño. 

Sobre la formación de los síntomas, se pregunta y va a hablar del fenómeno fundamental del síntoma, que Lacan marca como una sobredeterminación del síntoma, que es el doble sentido que se encuentra en el síntoma. Ya en “Dirección a la cura…” Lacan se esfuerza por dar una articulación a la sobredeterminación y él la explica por la interferencia del fantasma. En el grafo del deseo, teníamos el cuadrito:




A es el Otro, s(A) es el significado del Otro. S(Ⱥ) es el significante del Otro tachado; a la derecha está $◊D(la pulsión) y en el medio está d (el deseo) y $◊a (el fantasma). 

Hay una flecha que va desde el fantasma al significado del Otro, que es lo que determina el sentido síntoma. El Otro retroactivamente le da un sentido al sujeto, a sus dichos o al deseo. Pueden haber varios sentidos, pero hay un sentido que es axiomático, absoluto, según Lacan. Se trata de una significación absoluta que es el fantasma fundamental. El fantasma le da un sentido fijo y está en el corazón del síntoma. El fantasma determina al síntoma, esto lo va a decir después, pero Miller va haciendo un camino, hasta que llega al texto de Inhibición, síntoma y angustia y habla de la satisfacción pulsional del síntoma. O sea, que ya lo que le va a dar fijeza a la sobredeterminación al síntoma, va a ser la implicación del fantasma. Esto es lo que siempre nosotros encontramos cuando un sujeto habla de su padecimiento sintomático, que el síntoma siempre es una relación del sujeto con el deseo del Otro. Piensen en un síntoma conversivo, como en la histeria o en un síntoma obsesivo. Siempre se trata de la relación del sujeto con el deseo del Otro. Este padecer sintomático que el sujeto va a venir a contarnos, ya sea figurativamente en una conversión (que es un significante que representa a otro significante), siempre supone la construcción de la respuesta fantasmática, que es la respuesta que el sujeto se da acerca de lo que el Otro quiere de ese sujeto. Cuando escuchamos al síntoma, llegamos a esta cuestión fantasmática. En el núcleo siempre encontramos al fantasma en ese padecimiento sintomático. Esa respuesta fantasmática se traslada a todos sus otros. 

La implicación del fantasma en el significado del Otro sería lo que daría cuenta de la formación del síntoma y ello implica marcar que hace falta un elemento suplementario en lo que ataña al síntoma. Porque señalemos que esta implicación del fantasma no la supone ni el sueño, ni en el lapsus, ni en el acto fallido, ni en el chiste. Para dar cuenta de esos fenómenos, en cierto sentido podríamos conformarnos con el puro discurso del Otro, o sea solamente con el significado del Otro. 

La determinación fantasmática que permite que el síntoma dure, que sea fijo, no la encontramos en el chiste. Lo que se manifiesta en el sueño es el sentido del Otro (el Otro es el discurso del inconsciente). Puede ser un sentido hoy, otro mañana… En cambio en el síntoma escontramos la repetición, a no ser que venga un sujeto a decir que todos lo días sueña lo mismo. El fantasma no está en el sueño, en cambio en el síntoma está siempre la misma frase gramatical, la misma modalidad de goce del sujeto. 

Este elemento suplementario es la implicación del fantasma inconsciente, que es la diferencia que da entre el síntoma con las otras formaciones del inconsciente, a saber, que dura y que permanece. Así, en cierto sentido, le hace falta implicar en la palabra plena la inercia imaginaria y esto es lo que implica el fantasma, que define en primer lugar así, como la posición que el sujeto sostiene en relación con el otro, su semejante.


Después va a revisar esto y va a decir que “el fantasma es la posición del neurótico con respecto al deseo”. En la primera definición, que sería que la posición que el sujeto sostiene con el otro, su semejante, estaríamos más en esta cuestión de lo imaginario. Y cuando dice “el valor de ser la posición que el neurótico con respecto al deseo”, aquí ya está evidenciándose lo simbólico, la interrogación simbólica del deseo. La imagen de la que se trata está en función en el significante, si bien lo imaginario está, está en función en el significante, a imagen de que se trata. En realidad la respuesta fantasmática es imaginaria, la relación imaginaria entre un sujeto con un objeto, con el partenaire. Se manifiesta con una textura de lo imaginario, pero es una respuesta significante a lo que el Otro quiere. Es una estructura simbólica, un axioma, una gramática que tiene que ver con la pulsión. Aquí está la pulsión, en “hacerse cagar”, gozar con esta cuestión activa del hacerse lo que fuere.

Inhibición, síntoma y angustia no se trata del fantasma. ¿Cómo dar cuenta de la formación del síntoma? ¿Qué es un síntoma? Si nos planteáramos la pregunta en la primera clínica sería una formación del inconsciente, o un significante. A partir de Inhibición, síntoma y angustia es imposible discernir que el síntoma se descifra. Es imposible responder que el síntoma quiere decir algo. No es, en primer lugar, una formación que se descifre. El síntoma está presentado de entrada como un avatar de la pulsión. Freud lo que se pregunta es por qué la pulsión se convierte en un síntoma. Sería el devenir síntoma de la pulsión.

Tomemos la pulsión en el texto Inhibición, síntoma y angustia. ¿Cómo aparece? Como una función dinámica, digamos, como un vector. Sería una moción o un movimiento. Una unidad de movimiento. A esta pulsión dinámica de movimiento o empuje, se le describe un fin que busca la satisfacción. Sobre esta base fija, coloca Freud un curso normal de la pulsión, que es obtener la satisfacción a partir de su propio objeto y que implica ir a buscarlo a una realidad exterior no psíquica y luego un curso sintomático, que hace surgir un elemento sustitutivo. Freud dice que esto es el síntoma. No se plantea la pregunta de qué quiere decir el síntoma. El síntoma no está confrontado al sentido en Inhibición, síntoma y angustia, sino que se plantea a qué satisface el síntoma. Freud se pregunta cómo la pulsión, que busca una satisfacción, da lugar al síntoma. 

La pulsión, para retomar los términos lacanianos, es si se quiere una demanda. Es el término que emplea Freud, incluso reforzado, que sería la exigencia, término que recorre Inhibición, síntoma y angustia. Hay una exigencia y podemos decir que al final de Inhibición, síntoma y angustia se va a estrechar en torno a este término de exigencia. Se trata de una exigencia que no cesa, a tal punto de que nos preguntamos qué es lo que finalmente sería capaz de satisfacer a esta exigencia que dura. Esto lo vemos en los análisis, que vienen y repiten, incluso cuando parecía que ya no más, otra vez… Es esta exigencia, es lo incurable del síntoma. Esto justifica por completo que Lacan haya puesto primero -como en el grafo del deseo- el registro de la demanda, con la salvedad que se trata de una demanda en la cual ya no se ve a qué otro se le dirigiría. Es una especie de demanda pura de satisfacción. Entonces, esto es importante: el síntoma emerge como ofreciendo a la pulsión otra satisfacción. Fíjense que Lacan, en el S. XX, el seminario “aún”, habla de otra satisfacción y se basa todo en Inhibición, síntoma y angustia. Ese texto es espectacular, porque toda la última enseñanza lacaniana está basada en ese texto. 

Entonces, lo que ofrece el síntoma es otra satisfacción. Pensemos en nuestros casos y qué escuchamos cuando escuchamos y a dónde orientamos nuestra escucha y dirección. Este es el punto, hacia acá tenemos que orientar, para no ir hacia ese sentido interminable, que si bien es importante para alienarlo al sentido del Otro, en este primer momento de análisis, que tiene que ver con lo transferencial, esto es lo que va a permitir la separación. Vamos a ir desde los inicios al fin de análisis si tenemos esto en cuenta, la orientación hacia lo real, porque en los inicios están los finales. La manera en que concebimos el fin de análisis va a ser la manera en que vamos a dirigir la cura desde los inicios. 

Pregunta: ¿Cómo resolver algo que empuja constantemente? ¿Vía el sinthome?
Exactamente. En realidad, se trata de que en el análisis el sujeto le va a preguntar al Otro qué hacer con su padecimiento. Pueden pasar años preguntándose lo mismo. El análisis de lo que se trata es de que no hay una verdad, de que hay un incurable si se acerca a la verdad, en todo caso… Y que el Otro no sabe. Ese es el momento en que el paciente se pregunta qué es lo que le dice ese analista, ¿qué va a saber? Cae el sujeto supuesto al saber. Pero bueno, que un paciente esté por dar el pase no significa que uno no tenga que volver a ajustar algo, quizá por los acontecimientos de la vida del sujeto, como una muerte. O algo traumático que lo hace responder con ese incurable, pero no sabiendo hacer con eso. De lo que se trata es de la destitución subjetiva. Al principio vamos a la institución del sujeto supuesto saber, a esta institución del sujeto dividido, de que el sujeto está entre 2. Pero después se trata de la desinstitución de esto, es decir “con esto gozás”. Cuando uno va por la vía del sentido, en un punto ya no se va a poder decir nada. Se trata de la manera del sujeto de gozar y cómo hacer con eso. Vía la sublimación, o lo que sea. Por eso, generalmente, se dice finalmente hay descreimiento en las palabras, por eso al final casi no hay demanda y hay mucho silencio. Esto no quiere decir que haya una melancolización por pensar que el Otro existía, que era el analista o lo que fuere. Se trata de aceptar, sin ese dolor, que la palabra en realidad no tiene un sentido y que son solamente palabras. Al principio caemos en esta ficción de que las palabras tienen un sentido, pero al final de análisis descubrimos que son palabras. Uno puede jugar con la poesía, que tiene que ver con esta cuestión sublimatoria. 

Cuando se pasa a análisis, la transferencia se instaura a partir de un significante desde donde se moviliza el análisis. Pero lo demás son palabras, ¿dónde está la verdad, quién la tiene? ¿Qué puede saber el analista? Se trata de hacer con lo que uno ya sabe. Esto tiene varios recorridos, porque cuando pareciera que el paciente ya de esto se enteró, reacción terapéutica negativa, acting out, quilombo grande, se arma. Uno se pregunta cómo, si ya estaba ahí en la puerta. Tenía que solamente salir, pero renunciar al sujeto supuesto saber, a que el Otro no castrado, implica enfrentarse con la propia castración. Si no hay garantía en el Otro, ¿qué hay para uno? El Uno, justamente, poder hacer con eso que insiste constantemente, que es lo traumático de eso que se gozó y no tiene inscripción, que vuelve todo el tiempo. Eso visto, eso oído, dice Freud en Inhibición, síntoma y angustia, que no se articuló ni encadenó con nada pero que está. Una letra, el grito, la voz, la mirada y que de eso quedó una letra, dice Lacan al final. No un significante, una letra. Hay un texto muy lindo de Norberto Rabinovich que se llama “Las letras del análisis”, que es chiquito y lo recomiendo.

Es la otra satisfacción que conlleva el síntoma. Es una satisfacción anómala, en la medida que se presenta como unlust, como displacer. De este modo, en entrada en Inhibición, síntoma y angustia, estamos ante una paradoja: la de una satisfacción pulsional que se presenta como displacer y es de esta paradoja de Lacan de donde Lacan hizo surgir el término goce. Freud suponía una satisfacción en el horror de algunas pacientes, donde por un lado se querían sacar el vestido y por el otro no. Hay una satisfacción en el displacer, si uno no corta ahí y pide asociaciones, engordás esta cuestión de la satisfacción pulsional del goce. Uno tiene que hacer que el paciente se entere, por ejemplo “No, no no… No me cuente eso”. Quizás el paciente se empiece a dar cuenta que hay un exceso de él ahí. 

El término goce se justifica por la noción de que el síntoma está articulado a la pulsión y que a su vez hace que ésta se desvíe. El síntoma es el resultado de una desviación de su curso normal, pero que al mismo tiempo satisface su exigencia de alguna manera. La necesidad del término goce ya está prescripta por el hecho de que no podemos conformarnos con la simple oposición del placer con el displacer, sino que hay, que es lo que se desliza en Inhibición, síntoma y angustia, es que es un placer inconsciente, un placer que no se conoce a sí mismo y que se presenta al sujeto, que se vacía bajo la forma de displacer. Entonces sería por una lado el retorno pulsional, que va a buscar el la realidad exterior un objeto normal que lo satisface. Donde se satisface es donde se detiene y luego hay una desviación cuyo resultado es este síntoma, que es lo que encuentra para satisfacerse. Digamos que se trata de un …. pulsional desviado. Es lo que Freud expresa cuando habla de una degradación del curso de la satisfacción en síntoma. La satisfacción se degrada en síntoma. La modalidad de satisfacción cambia, al displacer. No se trata de una satisfacción en el placer, sino que se degrada a síntoma porque se satisface en el displacer, en unlust.

Esto nos permite pensar en qué escuchar, en qué hacer con los pacientes. El término alemán de degradación, también es el que Freud usa en La degradación de la vida amorosa. Este tipo de degradación también se da así, esta cuestión del clivaje, de la división, la corriente tierna… Hay una satisfacción y los pacientes padecen de esto. Pero al mismo tiempo, hay un segundo esquema que se pone en términos de Freud: en lugar de desviación y degradación, hay en cierto modo una sustitución. El síntoma como sustituto, viene a lugar del objeto, que sería el bueno, el que le convendría a la pulsión. Pero esto, va a decir, está interpuesto por el yo, que lo que hace es reprimir. La pulsión, entonces, encontraría un objeto con el cual se satisfacería. Esto angustia y lo que hace el yo es reprimir, porque hay un monto de excitación, una cantidad que no puede ser absorbida por el aparato, la angustia y el yo reprime. En lugar del objeto, que sería el bueno, el que convendría a la pulsión (que se desvió de su curso por esta cuestión de la interposición de la represión por la angustia). El síntoma viene al lugar de la pulsión y está en lugar del objeto. En realidad, esto es porque se interpone a la satisfacción la angustia y eso es lo que va a generar la represión. Lo que se interpone a la satisfacción es que a la demanda pulsional, que es una demanda y está en relación al Otro, está siempre que ese Otro está barrado. Nos encontramos con el deseo del Otro o con su castración, según Freud. Esto es tan insoportable que hay que reprimir. Se reprime porque la la primera angustia, la inminencia del deseo del Otro es traumático y se reprime por lo intolerable del encuentro con ese deseo del Otro. Uno intenta responder vía fantasmática o sintomática. 

Acá no lo dice, pero después va a hablar de la represión, pero en realidad es el encuentro con el lenguaje, que es lo que hace que haya esta sobredeterminación y que el sujeto tenga que reprimir por la angustia que produce el encuentro con la falta. Lacan le va a dar una vuelta más y va a decir que no es solo la angustia de castración, no es la falta, sino la falta de la falta: el goce del Otro. No el deseo solamente, sino el goce del Otro. Este Otro que nos goza y nos toma como objeto, pero no sabemos qué clase de objetos somos para el Otro y esto genera muchísima angustia. Entonces el desvío, lo que tiene que ver con lo pulsional, se desvía y se degrada en síntoma, que es la respuesta que el sujeto da vía fantasmática. La pulsión sería lo que permite que haya otra satisfacción en todo esto, que algo del plus de goce exista. El goce completo se pierde, pero hay un plus vía síntoma. 

Desde este punto de partida debemos comprender el doble aspecto de la represión: por un lado, lo que está reprimido que es el significante, que Freud llama aquí representante de la pulsión. Esta pulsión está representada y esta representación es portadora de la moción del movimiento. Entonces, la unidad del movimiento está sostenida por un significante. Y esta representación puede ser reprimida e impedida de acceder a la consciencia. Lo que se reprime es este representante de la pulsión, el significante. La represión conduce a que representaciones significantes sean separadas de la conciencia y pueden entonces, a través de la representación, ser restituídos. Está claro que esto incluye en el análisis del síntoma un segundo efecto de la represión, que junto al representante de la pulsión llevada al inconsciente está el destino… La próxima vez lo veremos con más profundidad, pero habla de esta cuestión del yo interponiéndose. Recuerden que Freud decía que el yo es parte del ello. Por un lado está el ello como real puro y por otro lado está el yo como parte del ello, que también es inconsciente. 

viernes, 23 de marzo de 2018

Cinco modelos de relaciones de pareja.

Miller (2003) plantea en el texto La pareja y el amor, cinco tipos de modelos de relación de pareja, a manera de hipótesis, como un ejercicio de reflexión sobre los problemas que se presentan en las relaciones de pareja contemporáneas. 

El primer modelo él lo denomina «elección de objeto narcisista». En efecto, se trata de esas parejas que se eligen con base a su narcisismo, con base a su amor propio, es decir, eligen al otro en la medida en que ese otro se parece a ellos mismos, o se elige al otro en la medida en que el otro representa lo que se quiere llegar al ser; en este caso el otro funciona como Yo ideal. De hecho Freud mismo plantea que en esta elección de objeto narcisista, se puede elegir al otro en la medida en que ese otro representa lo que uno fue, lo que uno es, o lo que uno quisiera llegar a ser. De todos modos, el narcisismo siempre está en juego en la elección del objeto amoroso. Esto es lo que hace a esa elección, algo engañosa, ya que al amar al otro, el sujeto se está amando a sí mismo, de tal manera que cuando un sujeto le dice al otro “como eres de lindo”, faltaría agregar a esa frase, “como yo”: “eres tan lindo, como yo”, “eres tan inteligente, como yo”, y así sucesivamente con cada una de las frases halagadoras que la pareja le dirigen al otro. Así pues, en el amor narcisista la verdad es que el sujeto no ama al otro, sino que se ama a sí mismo en el otro.

viernes, 29 de septiembre de 2017

¿Por qué las mujeres aman a los hombres?

El hombre puede ser un estrago para una mujer, decía Lacan). Ahora bien, lo curioso es que este mismo término ("estrago") fuera utilizado por Lacan para referirse a la relación con la madre. Entonces, ¿en qué sentido un hombre puede ocupar el lugar para la madre en la relación con una mujer?

La pregunta es acuciante, y retorna un planteo freudiano, expresado en la máxima que sostiene que los segundos matrimonios son más afortunados que los primeros ("funcionan mucho mejor" dice en Sobre la sexualidad femenina, de 1931). He aquí una tesis que retorna un hermoso libro titulado ¿Por qué las mujeres aman a los hombres y no a sus madres?, de M.-C. Hamon. En efecto, hay mujeres que se casan con sus madres y, por lo tanto, es sólo a través de la distancia que (en la vida o el análisis) se puede imprimir a esta relación pre-edípica que se consigue la relación con un hombre, en tanto éste puede ser quien otorgue como don (a veces en la figura de un hijo) el falo que la mujer no tiene (y que, eventualmente, se pudo reclamar a la madre). Pero, ¿qué ocurre del lado del hombre? ¿No hay hombres que también se casan con sus madres? Por cierto, esta es una elección más que corriente y, muchas veces, es la que también certifica el lugar de estrago para el varón. Es el caso de una mujer que luego de 30 años de matrimonio se encuentra con la situación de que su marido pide interrumpir la relación y comienza un affaire con una mujer más joven. Sin embargo, no solicita el divorcio. Y, en la medida en que transcurren algunas -entrevistas, se establece como un posible desencadenante el día en que ella decidió dejar de teñirse y llevar su pelo blanco.