miércoles, 23 de septiembre de 2026

¿Cómo se disciplina un cuerpo? La experiencia del servicio militar obligatorio.

En esta ocasión vamos a hacer un recorrido por el servicio militar obligatorio argentino, para situar como la primera enseñanza militar no era tanto intelectual como corporal. 

Situemos primeramente algunas coordenadas para los nacidos en democracia. En términos generales, la conscripción era una obligación legal por la cual, siendo varón, alguien podía ser convocado para pasar un período dentro del Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea. La Ley 17.531 establecía que los varones eran convocados alrededor de los 20 años y que el servicio podía durar entre uno y dos años; en la práctica, especialmente en las últimas décadas, tendió a ser de alrededor de un año.

La colimba (correr, limpiar, barrer) no empezaba realmente cuando se aprendía a disparar o algún quehacer militar, sino cuando el muchacho descubría que durante los próximos meses su tiempo ya no le pertenecía completamente. ¿Pero cómo se desorganizaba la vida civil anterior para producir un sujeto capaz de habitar el cuartel?

En este punto, Erving Goffman resulta bastante pertinente para pensar este fenómeno. En Internados, al estudiar las instituciones totales, describe precisamente espacios donde un conjunto de personas desarrolla una parte importante de su vida bajo una misma autoridad, en un mismo lugar y siguiendo una rutina reglamentada.

El cuartel no era idéntico a una institución total en todos sus aspectos, porque el conscripto tenía permisos, francos, podía salir y eventualmente volver a su casa, pero durante los períodos de permanencia prolongada compartía varios de esos mecanismos de desprivatización.

1) El cuerpo registrado y numerado

Hay que aclarar a las nuevas generaciones que no todos los varones de una camada necesariamente entraran al servicio militar. Había un sistema de selección que combinaba examen médico, excepciones y cupos, y el sorteo determinaba fundamentalmente el destino entre las fuerzas y, en el sistema regulado por la Ley 17.531, el orden de incorporación. 

Simplificando bastante, el recorrido comenzaba con todos los jóvenes de la clase siendo registrados y sorteados. La ley establecía un sorteo público anual de la clase correspondiente. El número obtenido era importante: los números más altos se asociaban a la Armada y, en orden decreciente, a Fuerza Aérea y Ejército.

Acá viene algo tan obvio como notable: no sacaban directamente el nombre de cada muchacho. Se utilizaban los últimos tres números del documento como número de orden. Por ejemplo, si el DNI terminaba en 427, la persona esperaba que en la transmisión llegaran al orden 427. De esta manera, se iban recorriendo los números de documento del 000 al 999 y para cada uno se anunciaba el número de sorteo que le correspondía.

Ubicamos que en el número ya encontramos una cierta desubjetivación, aunque transitoria, en tanto el número no significa nada, en contraposición con un nombre, que es un significante.

El número de tu DNI del joven podía tener consecuencias prácticas sobre su destino, porque el sistema utilizaba el número obtenido en el sorteo para ordenar la incorporación. La documentación histórica describe el uso de los últimos números del documento en el mecanismo de sorteo.

El número en aquel sorteo no era simplemente una especie de "entrar/quedar fuera"; servía para ordenar la incorporación y asignar la fuerza. El asunto es que aunque estadísticamente no fuera seguro que al joven le tocara, socialmente vivía con la incertidumbre de que podía tocarle.

El sorteo incluso tenía una dimensión pública y bastante dramática. Hay testimonios de jóvenes y documentación de la época que muestran a familias y muchachos siguiendo por radio los números que iban saliendo. La experiencia tenía suficiente carga emotiva como para que mucha gente se acordara de su número durante décadas.

Debemos entender que el sorteo funcionaba casi como un pequeño acontecimiento ritual colectivo. Excedía de un trámite administrativo: miles de familias escuchaban la radio simultáneamente y esperaban que aparecieran tres cifras que podían alterar el año siguiente de la vida de un chico.

2)  El cuerpo desnudado, evaluado... y clasificado

El reconocimiento médico posterior a salir sorteado determinaba quién estaba en condiciones de ser incorporado. Había personas exceptuadas por razones médicas y también otras causales previstas legalmente. La incorporación dependía también de las exclusiones, excepciones y de cuántos conscriptos necesitaban realmente las Fuerzas Armadas. 

La ley establecía que, después del sorteo, se hacía un reconocimiento médico general y que una junta médica determinaba si el joven era apto. Una enfermedad o defecto físico que lo hiciera "inepto en forma absoluta y definitiva" era causal de excepción.

En términos generales, el muchacho recibía una citación con día, hora y lugar y se presentaba en una dependencia militar o sanitaria. Hay testimonios de revisaciones realizadas en batallones y distritos militares. Por ejemplo, un exconscripto de la clase 1962 relata que en 1981 fue citado a un batallón de Ciudadela para la revisación. 

La revisión buscaba determinar la aptitud psicofísica para el servicio, por lo que incluía distintas dimensiones, examen clínico general, peso y talla, evaluación de la visión y audición, revisión odontológica, etc. 

La parte que más llama la atención hoy es que había que desnudarse. En testimonios de exconscriptos aparecen revisaciones colectivas o semicolectivas en las que los jóvenes quedaban desnudos frente al personal médico, precisamente para observar corporalmente posibles anomalías, lesiones, deformidades, etc. 

No podríamos considerarlo un mero chequeo médico: era una evaluación estatal obligatoria que podía decidir si un joven de veinte años iba a perder aproximadamente un año de su vida civil y entrar en una institución militar. Y el modo en que se realizaba —incluyendo desnudez, examen corporal y la autoridad jerárquica del médico militar— hacía que para muchos fuera una experiencia bastante intimidante.

El testimonio de un conscripto revisado en 1981 describe que les ordenaron desnudarse, ponerse de espaldas y realizar determinadas posiciones para ser examinados. También relata una revisión anal particularmente invasiva aplicada a otro muchacho.

Claramente, había una distancia entre lo que estaba reglamentariamente previsto y las prácticas concretas que se realizaban.

Eetre los jóvenes de auqella época existiera toda una cultura alrededor de "zafar": se hablaba de problemas de vista, pies planos, escoliosis, soplos cardíacos, lesiones, etc. Algunas cosas eran verdaderos motivos de exclusión; otras eran exageraciones o mitos que circulaban entre los muchachos.

La ley, además, contemplaba expresamente que no presentarse injustificadamente al reconocimiento médico podía generar sanciones y hasta un recargo de servicio... Un servicio que todavía ni empezó.

3) El cuerpo separado de sus otros primordiales.

Si reconstruimos el primer día de un conscripto en el Ejército, sobre todo para las décadas en que la conscripción estaba plenamente instalada, la escena era bastante más brusca de lo que hoy imaginamos. Hay que tener presente que variaba según fuerza, unidad, época y destino. La documentación histórica sobre Campo de Mayo describe un “período de instrucción” inicial de unos treinta días, intensivo, durante el cual todos los ingresantes hacían básicamente lo mismo antes de ser destinados a funciones específicas.

Supongamos que seguimos la experiencia de Juan, un caso ficticio. El muchacho ya sabía desde hacía días que tenía que presentarse. Había preparado un bolso o valija con algunas cosas personales y probablemente llevaba puesta todavía su ropa de civil.

La escena familiar debía tener algo particular: no era exactamente una despedida porque iba a volver, pero tampoco era un día cualquiera. Para muchos significaba que durante varios meses la vida cotidiana iba a quedar suspendida.

El padre, la madre, hermanos, novia o amigos de Juan podían acompañarlo hasta el lugar de presentación. Después de ahí, la familia dejaba de tener control sobre lo que ocurría.

Y esto es importante psicológicamente: hasta esa mañana el muchacho era estudiante, empleado, hijo, novio, amigo. A partir de ese momento pasaba a ser un conscripto dentro de una estructura militar.

Juan llegaría a esta organización junto con decenas de otros jóvenes. Probablemente muchos no se conocían entre sí. Venían de barrios, escuelas y familias diferentes. En unidades grandes podían encontrarse incluso muchachos provenientes de lugares muy distintos del país.

Los recibían militares y comenzaban los trámites de incorporación. Nombre. Documento. Clase. Destino. Se verificaban los datos y se los distribuía. Y entonces empezaba la transformación de Juan.

4) El cuerpo dentro de una jerarquía.

Una de las primeras cosas que a Juan probablemente lo habría impresionado hubiera sido la forma en que se dirigían a ellos. En la vida civil, un chico de veinte años podía estar acostumbrado a hablar con profesores, padres, jefes o empleados prácticamente de igual a igual.

En el cuartel aparecía inmediatamente otra lógica:"¡Formación!", "¡Firmes!", "¡A formar!", "¡Rápido!"

La documentación histórica describe precisamente que la primera instrucción incluía orden cerrado, saludos, símbolos, marchas y aprendizaje de la organización militar. Todo esto sin que fuera necesario que todavía supieran hacer nada militar. El período inicial estaba pensado justamente para producir esa transformación.

5) El cuerpo uniformado

En algún momento de ese proceso, Juan recibiría los elementos militares que iba a necesitar y comenzaría a utilizar el uniforme. Eso tiene una importancia simbólica particular, porque es el punto donde la ropa civil comienza a desaparecer. 

Hasta unos minutos antes, era Juan Pérez, estudiante. Ahora: Soldado conscripto Pérez.

El uniforme eliminaba muchas diferencias visibles entre ellos. La propia documentación histórica señala que durante ese período inicial todos los soldados de una unidad estaban, por primera vez, en condiciones relativamente iguales: vivían de la misma manera y realizaban las mismas tareas.

El uniforme brinda dos operaciones simultáneas. Por un lado, individualizaban menos al sujeto, ya que todos tenían prácticamente la misma ropa, las mismas camas, la misma comida, los mismos horarios. Pero por otro, hacían más visible cualquier diferencia corporal o subjetiva. Si todos están vestidos igual y viven igual, las diferencias que quedan, como altura, fuerza, habilidad, timidez, sexualidad percibida, carácter, etc. pueden hacerse incluso más visibles.

No es casual que el uniforme tenga tanta importancia simbólica dentro de la institución militar: representa identidad, pertenencia, jerarquía y disciplina. 

¿Le cortarían el pelo a Juan? La famosa escena cinematográfica de "entrás, te agarran y te pelan al ras" no necesariamente ocurrió exactamente así en todos los cuarteles y épocas. Pero ciertamente, el cabello corto y la adecuación de la apariencia formaban parte de la transformación del civil en soldado.

Es fácil imaginar lo que podía producir en un muchacho. Si Juan se miraba al espejo, ya no veía exactamente al mismo tipo que había salido de su casa esa mañana.

6) Un cuerpo desprovisto de intimidad

La pérdida de intimidad era una de las características estructurales de la vida de cuartel, aunque nuevamente variaba mucho según unidad, época y condiciones materiales. Y probablemente sea difícil imaginarla desde la vida actual porque estamos acostumbrados a que incluso los espacios colectivos tengan algún grado de privacidad.

En un cuartel, el principio era bastante diferente: el cuerpo y el tiempo del conscripto estaban mucho más expuestos a la mirada de los demás.

A Juan le asignan un lugar para dormir. Le dan una cama, un armario o espacio para sus pertenencias, un dormitorio compartido con muchos otros. Y entonces comienza una de las experiencias más extrañas: dormir con treinta, cuarenta o más tipos que unas horas antes eran desconocidos.

La habitación donde está Juan ahora era colectiva, quizá Juan aún no lo haya notado por estar frente a varias preocupaciones nuevas más inmediatas: ¿Dónde pongo mis cosas? ¿Cómo hago la cama? ¿Cuándo puedo ir al baño? ¿A qué hora puedo llamar a casa? ¿Cuándo vuelvo? Todo eso tiene que aprenderse.

Lo cierto es que ahora, Juan tiene que acostarrse y levantarse rodeado de otros, cambiarse de ropa delante de otros. Sus pertenencias están prácticamente a la vista y sus ronquidos, pesadillas, conversaciones y estados de ánimo podían ser escuchados por los demás. Incluso algo tan sencillo como estar triste, llorar o querer estar solo desde ahora resultará difícil.

Los baños militares tradicionalmente estaban diseñados para ser colectivos y funcionales, no para proporcionar intimidad. Había baterías de duchas y sanitarios. Dependiendo de la época y de la unidad podía haber separaciones, cortinas, divisiones o simplemente espacios abiertos. No podemos decir que todos los cuarteles eran iguales, pero sí existía algo fundamental: la corporalidad dejaba de ser completamente privada. El cuerpo está ahí y los demás pueden verlo. Y además estaba la dimensión de la mirada de los otros varones.

Ducharse después de hacer ejercicio, cambiarse, ir al baño, lavarse, afeitarse... eran actividades que podían realizarse en presencia de otros. Y para un chico de 18-20 años eso podía ser especialmente significativo, porque estamos hablando justamente de una etapa en la que el cuerpo, la sexualidad, la vergüenza y la comparación con otros tienen una enorme importancia.

Con el tiempo, Juan detectará una auténtica fijación de los militares por hacer la cama de una determinada manera, que de no ser cumplida podía ser motivo de un castigo. Esta pequeña operación pedagógica para indicar que el espacio privado tampoco le pertenece realmente.

7) Un cuerpo con horarios

La investigación histórica sobre la conscripción en Campo de Mayo lo expresa bastante claramente: el objetivo de esos primeros treinta días era "aclimatar" de manera brusca a los jóvenes a la vida del cuartel, mediante actividad física, disciplina y subordinación. 

Juan ahora come en el comedor de la unidad. También esto estaba reglamentado: horarios, lugares, forma de comportarse, movimientos. Notemos que todavía nadie habló de aprender a combatir, más bien se trata de aprender cómo vivir dentro del cuartel.

Había una secuencia temporal minuciosamente organizada: levantarse, higienizarse, tender la cama, formar, desayunar,  una instrucción, almorzar, otra instrucción, más tareas, descanso. No importa tanto la actividad, sino en acostumbrar al cuerpo a responder al horario institucional.

8) La pedagogía del cuerpo militar

Después de las cuestiones administrativas empezaba lo que podríamos llamar la pedagogía del cuerpo militar. El orden cerrado tenía precisamente esa función: que el cuerpo aprendiera a responder automáticamente a determinadas órdenes y que el individuo pudiera moverse como parte de una unidad.

Formación, marcha, giros, saludo. Posición de firmes. Carrera. Ejercicio físico. Órdenes. Repetición. Otra vez y otra.

"Firmes" es un ejemplo perfecto: el cuerpo parado espontáneamente cambia de posición, se rasca, se mueve, mira alrededor. "Firmes" prescribe cómo estar parado, se trata de un cuerpo controlado.

Juan deberá aprender a detenerse cuando se dé una orden, comenzar cuando se dé otra, desplazarse con otros, mantener una posición, esperar y siempre obedecer. El cansancio y la incomodidad deberán ser tolerados y Juan aprenderá a subordinar su iniciativa individual a la formación.

Se disciplinaba la manera de hablar. Había que responder cuando correspondía y permanecer callado cuando correspondía. Y existía un vocabulario jerárquico: "Sí, mi...", según el grado del superior y la tradición de cada fuerza/unidad.

La mirada también estaba disciplinada. En determinadas situaciones había que mirar hacia adelante, mantener la cabeza en determinada posición y evitar distraerse. Incluso el saludo militar regula la mirada, el movimiento de la mano y la postura. Es decir, hasta algo aparentemente tan privado como dónde dirigís los ojos podía estar normativizado.

La investigación histórica sobre los primeros días en Campo de Mayo señala justamente que para muchos jóvenes provenientes de sectores medios urbanos esa ruptura con su rutina anterior era especialmente fuerte, y recoge testimonios que hablan de esos primeros días como una experiencia violenta con el estilo de vida anterior.

La documentación confirma que esa primera etapa podía prolongarse durante aproximadamente un mes y que después los conscriptos eran distribuidos en funciones diferentes: algunos terminaban como cocineros, mecánicos, administrativos, choferes, operadores, etc., mientras otros continuaban en tareas más directamente militares. 

La colimba es un caso bastante claro de lo que Foucault llamaría una tecnología disciplinaria: no se trataba solamente de enseñar a usar un arma, sino de producir un cuerpo previsible, obediente, coordinado y disponible para la institución.

Ese aspecto de la conscripción argentina es particularmente interesante porque se superponía con algo que excedía ampliamente a las Fuerzas Armadas: durante décadas, la sociedad argentina esperaba que la colimba "hiciera hombres". Es decir, había una concepción cultural de que soportar disciplina, esfuerzo, obediencia y convivencia forzada formaba parte de la transición de muchacho a adulto.

martes, 22 de septiembre de 2026

Más allá de la máscara: del sujeto deseado al sujeto deseante

El síntoma, el deseo y la máscara mantienen entre sí una relación más estrecha de lo que podría suponerse. La máscara no tiene únicamente la función de ocultar o velar algo: también reviste al sujeto y, al hacerlo, deja entrever algo de la posición desde la cual este se presenta ante los otros.

La máscara es, además, solidaria del fantasma. Por eso, aquello que se oculta no deja de mostrarse en el mismo movimiento en que se vela. El sujeto queda así a cierta distancia de la castración del Otro, presentándose revestido de algún valor —necesariamente ilusorio— que sostiene su posición.

Cuando el analista recibe o acoge una demanda, su tarea no consiste solamente en atender aquello que aparece formulado como motivo de consulta. La escucha analítica requiere prestar atención a aquello que se dice, pero también a lo que se desliza entre las líneas del discurso.

Esto supone, por un lado, dar lugar a aquello que en el sujeto comanda cierto malestar y lo lleva a la necesidad de ser escuchado; pero, al mismo tiempo, intentar delimitar un «más allá» de aquello que aparece como motivo manifiesto de la consulta.

Ahora bien, ¿qué significa escuchar entre líneas?

Muchas veces, aquello por lo cual un sujeto consulta no coincide con aquello que sostiene verdaderamente su demanda. El motivo de consulta puede funcionar como una vía de entrada, pero también como una forma de presentar el padecimiento sin quedar todavía demasiado comprometido en aquello que está en juego. Leer entre líneas implica entonces intentar descifrar las coartadas del sujeto, como condición previa para que una interpretación pueda producir algún efecto.

Hablamos de coartada porque la máscara cumple precisamente una función de elusión. Permite rehuir el punto en el cual el sujeto queda comprometido con el deseo del Otro, pero también con su propia relación con la demanda y el goce. La máscara protege al sujeto de aquello que, al mismo tiempo, lo concierne.

Si la escucha analítica apunta más allá de las máscaras, no es para arrancarlas ni para revelar detrás de ellas una supuesta verdad última del sujeto. Apunta, más bien, a situar la posición desde la cual el sujeto habla, desea, demanda y goza; es decir, aquella posición en la que no solamente queda comprometido, sino verdaderamente concernido.

Quedar concernido implica entonces una torsión en la posición subjetiva: pasar de aquello que el sujeto supone ser para el deseo del Otro a poder interrogar qué lugar ocupa él mismo en su propio deseo. Es allí donde puede abrirse el pasaje de la posición de deseado a la de deseante.

El cuerpo, el Otro trauma y las neurosis narcisistas (Héctor Yankelevich)

 En el libro El cuerpo. El Otro trauma. Las neurosis narcisistas, Héctor Yankelevich aborda una cuestión de gran interés para la clínica psicoanalítica: ¿qué ocurre cuando la constitución del sujeto, la relación con el cuerpo y la posibilidad de establecer un lazo con el Otro presentan dificultades que no se dejan explicar adecuadamente por el modelo clásico de la neurosis?

Yankelevich intenta ampliar la clínica psicoanalítica hacia sujetos cuyo sufrimiento no se organiza de modo evidente alrededor de una formación sintomática interpretable. Su hipótesis es que ciertas fallas tempranas en el don de amor pueden dejar marcas en la constitución narcisista, el cuerpo y la relación con el goce, y que esas marcas exigen una modalidad particular de escucha e intervención.

El eje de su propuesta puede pensarse alrededor de tres términos: cuerpo, trauma y narcisismo. Pero conviene no tratarlos como tres temas independientes: la apuesta es articularlos para pensar determinadas formas de sufrimiento psíquico y sus condiciones de constitución.

El «Otro trauma»: una falla en el don de amor

La tesis más distintiva de Yankelevich es que existe un trauma infantil que no se reduce a la violencia sexual ni a un acontecimiento brutal y puntual. Se trata de lo que llama el Otro trauma: las fallas en los cuidados, la incuria parental, el rechazo o la carencia de amor en momentos en que el niño depende del Otro para constituirse como sujeto deseante.

Esto no significa simplemente que los padres no hayan sido suficientemente cariñosos. La cuestión es más estructural: el amor del Otro es una condición para que el niño pueda constituir una relación con su propio deseo. Cuando ese don falla, pueden quedar comprometidos el narcisismo, la relación con el cuerpo y la posibilidad de tramitar las exigencias pulsionales.

Una formulación que resume su planteo es: ¿Qué es el yo, finalmente, sino el modo en que fuimos amados?

La frase no debe entenderse como una explicación psicológica lineal del yo, sino como una indicación de cuánto participa el modo en que fuimos investidos por el Otro en la constitución narcisista.

El cuerpo no es el organismo

Desde una lectura lacaniana, Yankelevich trabaja el cuerpo como algo que se constituye en la relación con el Otro y con el lenguaje. El cuerpo excede a la realidad biológica y a la imagen especular: es también un cuerpo libidinal, marcado por las investiduras, los significantes y los modos en que el sujeto queda situado frente al deseo y al goce.

El problema clínico aparece cuando algo de esa constitución no logra organizarse de manera suficiente. En ese contexto, pueden surgir fenómenos corporales, dificultades en la relación con la imagen, alteraciones del sentimiento de sí o modos de satisfacción que no se dejan ordenar fácilmente mediante el sentido.

Es importante una precisión: no propone que toda enfermedad orgánica sea causada por un trauma afectivo. Su interés es el cuerpo en la constitución subjetiva y en la clínica psicoanalítica.

¿Qué entiende por neurosis narcisistas?

Yankelevich retoma la categoría freudiana de neurosis narcisistas y la trabaja desde una perspectiva lacaniana. Se interesa por sujetos que no encajan fácilmente en las neurosis de transferencia clásicas, pero que tampoco deben ser ubicados automáticamente en el campo de las psicosis.

En la descripción de esta clínica aparecen, entre otros fenómenos:

  • Alteraciones persistentes del yo y del sentimiento de identidad.

  • Una relación problemática con el cuerpo.

  • Fenómenos de sensitividad, interpretatividad o tonalidad melancólica.

  • Manifestaciones corporales funcionales que no encuentran una explicación médica suficiente.

  • Dificultades para que el sufrimiento se articule en formaciones del inconsciente y pueda ser trabajado por las vías habituales de la interpretación.

La cuestión central no es construir una nueva etiqueta diagnóstica, sino pensar qué tipo de funcionamiento subjetivo y qué condiciones de analizabilidad están en juego.

La Ableugnung: una defensa distinta de la represión

Uno de los conceptos que Yankelevich destaca es la Ableugnung, término freudiano que suele traducirse como desmentida o renegación, según el contexto.

La diferencia que le interesa subrayar es que no todo desconocimiento de una realidad psíquica funciona como represión. En la represión, un contenido queda apartado y puede retornar bajo la forma de una formación del inconsciente. En la desmentida, en cambio, se produce una modalidad distinta de desconocimiento que puede comprometer la división del yo.

En la clínica que describe, el sujeto puede no disponer de un conflicto inconsciente claramente formulable que permita interpretar de la manera clásica. El malestar puede aparecer más bien en los fracasos, los desencuentros, los vínculos, el cuerpo o situaciones inesperadas.

Esto abre una pregunta clínica muy interesante: ¿cómo intervenir cuando no hay un síntoma organizado como formación del inconsciente, pero sí hay sufrimiento y repetición?

La relación entre el ideal y el goce

Yankelevich señala que, cuando las exigencias del adulto superan las posibilidades del niño, pueden producirse dos modalidades extremas:

Entrega al goce inmediato. Una respuesta en la que la satisfacción pulsional inmediata puede predominar sobre la mediación del deseo y la elaboración.

Sumisión completa al ideal. Una respuesta en la que el sujeto queda sometido a las exigencias ideales del Otro, con dificultades para sostener un deseo propio.

Esta formulación aparece en la presentación del libro y en materiales de enseñanza vinculados a su propuesta.

No se trata de dos diagnósticos ni de una clasificación exhaustiva, sino de dos modos de respuesta frente a una falla en el amor y a exigencias que el niño no puede tramitar.

Consecuencias para la dirección de la cura?

La consecuencia clínica que se desprende de esta propuesta es que no siempre se puede comenzar por interpretar el sentido oculto de un síntoma. En algunos casos, el trabajo analítico requiere primero construir condiciones para que aquello que se presenta como goce, malestar corporal, repetición o desorganización narcisista pueda adquirir un borde y articularse con el significante.

Esto implica una posición del analista atenta a:

  • Las modalidades de transferencia y de demanda.

  • La relación del sujeto con su cuerpo y su imagen.

  • Las formas de satisfacción que no están suficientemente ligadas a la palabra.

  • La posibilidad de producir una articulación simbólica allí donde predomina un goce sin borde.

La idea de trazar un borde es especialmente relevante: no se trataría de imponer un sentido desde afuera, sino de favorecer una transformación en la relación del sujeto con aquello que lo invade o lo deja fijado.

Una lectura clínica posible

Creo que el aporte más fecundo de Yankelevich es que permite distinguir dos problemas que a veces se confunden:

Clínica de la neurosis de transferencia

Clínica de las neurosis narcisistas según esta orientación

El conflicto puede organizarse en síntomas y formaciones del inconsciente.

El sufrimiento puede presentarse más directamente en el yo, el cuerpo o el lazo con el Otro.

La interpretación puede apuntar al sentido reprimido.

Puede ser necesario construir primero condiciones de articulación y un borde para el goce.

El deseo y la defensa se abordan a través de la lógica del conflicto.

Se interroga cómo se constituyó el narcisismo y qué fallas en el amor incidieron en esa constitución.

Esta tabla es una síntesis interpretativa de los ejes que presenta el autor, no una clasificación textual completa de su libro.


viernes, 18 de septiembre de 2026

Diario de un psicólogo en apuros: rediseñando un consultorio

 El otro día quise mejorar mi consultorio pero contratar a un diseñador de interiores se te iba de presupuesto. 

Presupuesto disponible: $0.- 

Hoy en día se puede tener una primera mirada sobre tu espacio usando algo que probablemente ya se tenga a mano: la inteligencia artificial.

Con una simple foto de una habitación, podés pedirle a una IA que analice la distribución, los muebles, la iluminación, los colores y los espacios desaprovechados, y que te sugiera qué mover, qué sacar, qué agregar o cómo reorganizar lo que ya tenés.

Subiré una foto de mi consultorio.

Actúa como un diseñador de interiores profesional. Analiza la distribución, los muebles, la iluminación, los colores, las paredes, el suelo, el desorden, los espacios vacíos y el equilibrio visual general. Después, dame un plan completo de transformación utilizando mi habitación actual como punto de partida. Dime exactamente qué debo quitar, mover, pintar, reemplazar, añadir y reorganizar, en orden de prioridad. Mi presupuesto es de [PRESUPUESTO] y mi estilo preferido es [ESTILO].

No reemplaza la mirada de un profesional, especialmente cuando hay que hacer una reforma importante. Pero para esas pequeñas decisiones que muchas veces nos traban:“¿dónde pongo esto?”, “¿cómo aprovecho mejor este rincón?”, “¿qué cambiaría sin gastar una fortuna?”, puede convertirse en una herramienta muy útil y, sobre todo, al alcance de cualquiera.

¿Qué estatuto tiene lo depresivo cuando aparece en una organización esquizofrénica?

En esta ocasión vamos a revisar un texto de Melanie Klein, “Simposium sobre ‘Enfermedad depresiva’; una nota sobre la depresión en el esquizofrénico”, Revista de Psicoanálisis de la APA, vol. XVIII, n.º 1, 1961, pp. 17-20. La pieza aparece como una contribución de Klein de 1960, inmediatamente anterior a su muerte; forma parte del conjunto de trabajos tardíos en los que retoma y articula sus conceptos de posición esquizo-paranoide y posición depresiva. La propia Biblioteca de la Asociación Psicoanalítica Argentina conserva el texto digitalizado.

Nos interesa que Klein está intentando resolver un problema metapsicológico bastante profundo: ¿qué relación existe entre la posición depresiva y la posición esquizo-paranoide? No se trata nada más de un texto sobre “depresión en pacientes esquizofrénicos”, en el sentido descriptivo.

Para Klein, lo esquizoide y lo depresivo no son dos mundos completamente separados. Su hipótesis es que las dos posiciones constituyen momentos fundamentales del desarrollo psíquico y que existe una oscilación permanente entre ellas.

✅La posición esquizo-paranoide está organizada alrededor de la ansiedad persecutoria la fragmentación del objeto; mecanismos de defensa como la escisión, la proyección, la identificación proyectiva, la idealización, la negación y la omnipotencia.

✅Mientras que la posición depresiva aparece cuando el objeto comienza a ser percibido como objeto total: el mismo objeto que se ama es también aquel hacia el cual se dirigió el odio y la agresividad.

La depresión, para Klein,es el efecto de una determinada posición frente al objeto total, donde estarían implicados la culpa, la preocupación por el objeto, el temor a haberlo destruido y el deseo de reparación.

Klein plantea que un paciente esquizofrénico puede haber alcanzado, en algún momento de su desarrollo, la posición depresiva, pero no haber podido elaborarla suficientemente.

Ante la angustia que implica reconocer al objeto total —y, por lo tanto, reconocer simultáneamente el amor y el odio hacia ese mismo objeto— se produce una regresión hacia la posición esquizo-paranoide. De esta manera, la defensa esquizo-paranoide no necesariamente aparece antes de lo depresivo como algo absolutamente independiente; puede funcionar también como defensa frente a la angustia depresiva. Esto modifica bastante la manera de entender determinadas depresiones que aparecen en sujetos psicóticos.

Para Klein, cuanto más integrada está la percepción del objeto, más difícil resulta mantener la escisión.

Supongamos que un paciente dice: "La persona que amo es también aquella a la que odio", entonces aparece la culpa: "Mi odio pudo haber dañado a quien amo."

Pero si esa culpa resultara insoportable, el paciente podría volver a separar, defensivamente,  el objeto bueno / objeto malo. Entonces ya no tendría que experimentar "yo destruí a quien amo", sino "hay un objeto malo que me persigue".

Es una transformación radical de la angustia. La angustia depresiva puede convertirse nuevamente en angustia persecutoria.

Por eso Klein propone una especie de circuito: angustia depresiva → regresión → mecanismos esquizoides → angustia persecutoria.

Y esto también permite comprender por qué determinados fenómenos aparentemente "paranoides" pueden tener en su trasfondo una problemática profundamente depresiva.

Depresión esquizofrénica y melancolía: distinciones

No sería correcto pensar que una depresión en un paciente esquizofrénico es igual a un paciente melancólico.

El mecanismo difiere en que en la posición depresiva hay una mayor integración del objeto. El sujeto puede experimentar amor, odio, culpa, la pérdida, preocupación y necesidad de reparación.

En cambio, cuando predominan los mecanismos esquizo-paranoides, la relación con el objeto está mucho más marcada por la escisión, la fragmentación, la proyección, la persecución y la identificación proyectiva, como vimos. Por eso puede haber afectos depresivos muy intensos sin que el funcionamiento psíquico sea propiamente el de una melancolía.

Dato clínico: debemos separar el fenómeno afectivo "depresión" de la posición metapsicológica depresiva. Ambas están relacionadas, pero no son idénticas.

Relación esquizofrenia–manía–melancolía

En el texto que estamos viendo, Klein llegó a formular una hipótesis bastante audaz para su época: que las perturbaciones esquizofrénicas y las maníaco-depresivas podrían estar más relacionadas evolutivamente de lo que habitualmente se suponía, porque ambas estarían relacionadas con diferentes modos de afrontar la posición depresiva.

La posición depresiva exige tolerar que el objeto amado y el objeto odiado son el mismo. Cuando esto resulta insoportable pueden aparecer diferentes soluciones defensivas.

Una puede ser la regresión esquizo-paranoide: "No es que yo haya destruido al objeto amado; el objeto es malo y me persigue."

Otra puede ser la defensa maníaca: "No necesito al objeto, no lo he perdido, no tengo nada que lamentar."

Es decir, tanto la defensa esquizoide como la maníaca pueden ser entendidas como modos de evitar la angustia depresiva. Con esta perspectiva, la depresión puede constituir una problemática central frente a la cual la organización esquizoparanoide funciona defensivamente.

Otro concepto kleiniano fundamental se refiere a la reparación. Si el sujeto puede reconocer: "el objeto que amo es el mismo que ataqué", aparece la posibilidad de reparación.

La reparación supone que el objeto existe como objeto total, que ha sido dañado en la fantasía, que puede ser perdido y también ser recuperado/reparado.

Por eso la reparación es, paradójicamente, un indicador de mayor integración. Cuando la posición depresiva no puede elaborarse, el sujeto puede defenderse justamente contra esa posibilidad: si no reconozco al objeto total, tampoco tengo que reconocer que lo dañé. Entonces la escisión protege de la culpa, pero al costo de empobrecer la relación objetal.

Aplicación clínica:

Cuando aparece un paciente con depresión, la pregunta más fértil es: ¿Qué posición ocupa frente al objeto cuando aparece lo depresivo?

Si un paciente, por ejemplo, dice "Lo extraño, lo amo, estoy enojado con él, siento que hice cosas que lo dañaron y quisiera reparar." tenemos una problemática propiamente depresiva, con integración objetal.

En cambio, si un paciente dijera "Perdí todo, nadie me quiere, todos me atacan, no hay nada bueno, estoy completamente vacío", ahí vemos el afecto depresivo, pero coexistiendo con escisión, persecución y fragmentación.

Pero podría haber una tercera opción: la depresión como retorno de lo escindido. Y ésta quizá sea la formulación más notable: aquello que había sido evacuado mediante proyección o escisión retorna bajo forma depresiva. Entonces la depresión podría marcar un fracaso momentáneo de las defensas esquizoides.

Esto permite leer de otro modo determinados momentos clínicos: una aparición de tristeza, culpa, duelo o vacío no necesariamente significa un empeoramiento. En determinadas organizaciones puede indicar que algo previamente escindido comienza a integrarse y, por eso mismo, resulta más doloroso.

Me parece que este pequeño texto no debería ser leído como un artículo sobre "depresión en esquizofrenia", sino como una pieza sobre la continuidad estructural entre lo esquizo-paranoide y lo depresivo, lo que sucede en el desarrollo psicopatológico en tanto regresión esquizo-paranoide, la defensa maníaca y la organización depresiva.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Cuando el ideal del analista se convierte en obstáculo

Los ideales del analista pueden constituir, ellos mismos, un obstáculo para la cura. No se trata únicamente de sus convicciones personales, ideológicas o incluso teóricas, sino también de aquellas representaciones preconcebidas acerca de lo que un psicoanálisis debería ser, independientemente del sujeto que consulta y de las circunstancias en las que lo hace.

Podemos preguntarnos cómo intervenir, por ejemplo, cuando un sujeto llega a un análisis con una aspiración muy concreta: resolver una cuestión puntual, sin manifestar inicialmente ninguna intención de ir mucho más allá de aquello que lo llevó a consultar.

La pregunta me pareció fundamental. Y mi respuesta fue que, en una situación así, el analista no debería exigirle al sujeto nada más que aquello que este viene a buscar. Desde esta perspectiva, se trataría de acompañarlo en relación con esa demanda, sin apresurarse a convertirla en otra cosa.

Considero que esta posición resulta consecuente con la ética del psicoanálisis en tanto ética del deseo: una ética que implica que el analista no debe hacer de su propia demanda una condición para la cura. En este sentido, resulta también pertinente la advertencia de Diana Rabinovich acerca de que el analista no debe empujar al sujeto hacia el heroísmo, como si todo tratamiento tuviera necesariamente que conducirlo hacia una transformación subjetiva de grandes proporciones.

A veces, entonces, no hay más que acompañar al sujeto en aquello que lo trae a la consulta. Pero esto no supone que el analista deba renunciar al deseo del analista. Precisamente, la ausencia de demanda por parte del analista no equivale a una posición de indiferencia ni a una aceptación pasiva de lo que el sujeto plantea.

Sin demandar otra cosa, el analista puede apostar a que algo se produzca en el interior mismo de esa demanda. Puede tratarse de una intervención que introduzca allí un efecto de división, que haga vacilar la relación inicialmente establecida entre el sujeto y aquello que viene a resolver. No para forzar una pregunta allí donde todavía no la hay, sino para dejar abierta la posibilidad de que, eventualmente, una pregunta advenga.

Y quizás sea precisamente esa pregunta —si llega a producirse— la que abra un margen para que aquello que comenzó como una consulta puntual pueda transformarse en otra cosa: la posibilidad de un análisis.

Entre el deseo y el goce: la posición del sujeto frente al Otro

La constitución del sujeto (su advenimiento a la existencia) supone necesariamente un alojamiento en el campo del Otro. El Otro no constituye únicamente el lugar en el que se articula la cadena significante, sino también el lugar en el que el sujeto se confronta con un deseo que lo precede y que, de algún modo, lo convoca.

La entrada en el campo del Otro puede producirse a través del S1, del significante amo, pero también por la vía del objeto a. Ambos términos ponen en juego la dimensión de la insignia. En este punto, resulta fundamental considerar que, en su constitución, el sujeto se encuentra inicialmente en una posición de objeto respecto del deseo del Otro: ocupa ese lugar en la medida en que puede llegar a funcionar como aquello que causa dicho deseo.

A partir de esta distinción, cabe interrogar qué diferencias introduce en la posición subjetiva el hecho de que, en el advenimiento del sujeto, haya tenido una incidencia predominante la dimensión del deseo o, por el contrario, la del goce.

La clínica analítica se encuentra con determinadas presentaciones en las que el sujeto parece mostrar una particular resistencia a dejarse afectar por la palabra. Se trata de posiciones en las que el anclaje subjetivo parece encontrarse fuertemente ligado a una modalidad de satisfacción, a un modo de goce de considerable intensidad, cuya consistencia puede volver particularmente difícil su conmoción mediante la intervención significante.

Esto introduce una dificultad específica para la clínica, ya que el trabajo analítico puede quedar rápidamente empantanado o, incluso, encontrar obstáculos para constituirse como tal. Es una coyuntura que puede observarse con particular claridad en sujetos capturados por alguna forma de adicción. Y, más allá de las diferencias que existen entre las distintas modalidades de adicción, la cuestión no parece reducirse exclusivamente a la relación con una sustancia: también puede pensarse en términos de la incidencia del plus de gozar en la economía fantasmática.

Volvamos entonces a la posición del objeto a en el fantasma. Si el objeto a puede ocupar el lugar de causa del deseo, pero también condensar una modalidad de satisfacción y funcionar como plus de gozar, cabe preguntarse si aquello que encontramos como refractario a la palabra no constituye precisamente un efecto de la incidencia que esta dimensión del a adquirió en el vínculo del sujeto con el Otro.

La cuestión clínica sería, entonces, discernir qué ha predominado en esa constitución: la dimensión del objeto en tanto causa del deseo o aquella en la que el objeto queda capturado como modalidad de goce. No se trataría de establecer una oposición simple entre deseo y goce, sino de interrogar qué posición ocupa el sujeto respecto de cada uno de ellos y, fundamentalmente, qué lugar conserva allí la palabra como posibilidad de producir una transformación en esa relación.