Para abordar la noción de objeto en psicoanálisis, podemos partir de la lectura que Lacan realiza de los textos freudianos. Esta lectura introduce un desvío fundamental respecto de ciertas concepciones posteriores que imaginaron la relación de objeto como una relación armónica, completa y destinada a alcanzar una adecuada adaptación. El texto freudiano, por el contrario, conduce en otra dirección: el objeto no se presenta como algo que simplemente está allí para ser encontrado, sino como algo perdido que se busca y que, en todo caso, sólo puede ser reencontrado.
Esta dimensión de pérdida está presente desde el comienzo. En los Tres ensayos de teoría sexual, Freud introduce la sexualidad infantil y muestra que la pulsión sexual no aparece súbitamente con la pubertad, sino que posee una historia, un desarrollo y diversas formas de satisfacción.
En este recorrido adquiere especial importancia el período de latencia. Freud sitúa allí un tiempo que se extiende aproximadamente entre los cinco, seis o siete años y el comienzo de la pubertad. La latencia produce una división en la sexualidad humana: por un lado, quedan las primeras organizaciones de la sexualidad infantil; por otro, la sexualidad que se reorganizará con la pubertad.
No se trata simplemente de un período de ausencia de sexualidad. Durante la latencia interviene la represión y se constituyen aquello que Freud denomina diques frente a la pulsión: el asco, la vergüenza, las exigencias estéticas y morales. Estas formaciones no deben pensarse únicamente como resultado de la educación, sino como parte de la propia construcción psíquica. En ellas intervienen tanto la sublimación como las formaciones reactivas.
La latencia tampoco necesariamente transcurre de manera silenciosa. En determinadas circunstancias puede producirse una irrupción de excitación sexual que no logra encontrar una vía de sublimación y que puede expresarse mediante síntomas.
Así, Freud plantea una sexualidad organizada en dos grandes tiempos. El primero comprende las organizaciones oral, anal y fálica; luego de la latencia, la pubertad inaugura una nueva organización de la vida sexual. Algo semejante ocurre con la elección de objeto, que también se despliega en dos momentos: una primera elección en la infancia y una segunda en la pubertad.
La organización oral
En la etapa oral, Freud toma el chupeteo como modelo de las primeras exteriorizaciones sexuales infantiles. La satisfacción pulsional se produce inicialmente en el propio cuerpo: es el terreno del autoerotismo.
El chupeteo parte de una función corporal, la alimentación, pero rápidamente muestra que la satisfacción sexual puede independizarse de esa función. Los labios se constituyen como zona erógena y la experiencia del placer adquiere una relativa autonomía respecto de la necesidad de alimentarse.
Aquí aparece un concepto central: el de zona erógena. Cualquier sector del cuerpo, e incluso determinados órganos internos, puede adquirir un valor erógeno. Freud señala que este desplazamiento de la erogeneidad puede observarse de manera particularmente clara en la histeria.
La meta de la pulsión sexual infantil consiste en producir satisfacción mediante la estimulación de una zona erógena. El modelo inicial es el mamar: una experiencia en la que necesidad y satisfacción pulsional aparecen estrechamente ligadas, aunque posteriormente puedan separarse.
La organización anal
En la etapa anal vuelve a producirse un apoyo de la satisfacción pulsional sobre una función corporal. La zona anal adquiere un valor erógeno particular y las experiencias de retención y expulsión se convierten en fuentes de excitación.
Los trastornos intestinales de la infancia pueden intensificar estas sensaciones. Pero Freud introduce aquí algo más: la relación del niño con sus propios excrementos.
El contenido intestinal es vivido inicialmente como una parte de sí mismo y puede adquirir el valor de un primer objeto que el niño entrega al adulto. La expulsión o la retención pueden entonces convertirse en modos de expresar obediencia, desafío o rechazo.
Ese objeto puede adquirir posteriormente nuevas significaciones. En las teorías sexuales infantiles, por ejemplo, Freud encuentra la equivalencia entre las heces y el hijo: aquello que se produce en el interior del cuerpo y luego se expulsa puede constituir un modelo para imaginar el nacimiento.
La retención, por su parte, queda ligada a determinadas modalidades de satisfacción y constituye, para Freud, una de las raíces del estreñimiento en las neurosis.
La organización fálica
La organización fálica introduce una nueva modalidad de relación con el cuerpo. Tanto en el niño como en la niña, los genitales se convierten en zonas de intensa excitación, favorecida también por las prácticas de cuidado e higiene.
En este período adquiere especial relevancia la masturbación infantil. Freud distingue diferentes momentos de su aparición: una primera manifestación durante la lactancia, una segunda alrededor del cuarto año y una tercera con la pubertad.
La desaparición de la actividad masturbatoria durante la infancia no supone necesariamente su eliminación definitiva. Puede reaparecer posteriormente, particularmente alrededor de los cuatro años, cuando la excitación sexual vuelve a adquirir intensidad. Si esta actividad continúa sin interrupción hasta la pubertad, Freud la considera indicativa de una excitación que no ha podido ser suficientemente sofocada o reprimida.
La segunda activación sexual infantil resulta especialmente importante porque deja huellas inconscientes que participan en la constitución del carácter y en la posterior formación de síntomas neuróticos.
Pero la sexualidad infantil no se reduce a las zonas erógenas. Freud describe también componentes pulsionales vinculados con el placer de mirar, el exhibicionismo y la crueldad. Estos componentes poseen inicialmente cierta autonomía respecto de las zonas erógenas y sólo posteriormente se articulan con la vida sexual.
El niño manifiesta curiosidad por los cuerpos y los genitales de los otros, desea mirar y ser mirado, y puede mostrar su cuerpo sin experimentar todavía la vergüenza que posteriormente limitará estas conductas. Con la constitución de ese dique, la curiosidad puede transformarse en una posición más próxima a la del mirón.
Algo semejante sucede con la crueldad. Freud señala que la capacidad de detenerse frente al dolor del otro se desarrolla posteriormente. En este punto relaciona la crueldad infantil con la pulsión de apoderamiento.
Entre los tres y los cinco años aparece además otra dimensión fundamental: la pulsión de saber. El niño comienza a interrogarse con particular intensidad acerca de los problemas sexuales. La pregunta por el origen de los niños, la diferencia sexual y la existencia del genital constituyen algunos de los enigmas alrededor de los cuales se construyen las llamadas teorías sexuales infantiles.
Esta investigación tiene un carácter particularmente singular. Es, en buena medida, una investigación solitaria: el niño comienza a producir respuestas propias frente a aquello que los adultos no pueden responder completamente. De este modo, se inaugura también un movimiento de separación respecto de aquellos otros en quienes hasta entonces había depositado su confianza.
La pubertad y la reorganización de la sexualidad
Después de la latencia se produce una nueva oleada pulsional. Con ella se inaugura otra organización de la sexualidad: las distintas pulsiones parciales y las zonas erógenas comienzan a articularse bajo el primado de la zona genital.
Freud ubica aquí una nueva meta sexual y señala la subordinación de la pulsión sexual a la función reproductiva. Sin embargo, este pasaje no ocurre automáticamente ni de la misma manera en todos los sujetos. Para que pueda producirse, intervienen las disposiciones originarias y las particularidades de cada una de las pulsiones.
Por eso Freud habla de inhibiciones del desarrollo cuando este pasaje presenta perturbaciones.
La pubertad introduce además una transformación en el modo en que se organiza la excitación sexual. Las zonas erógenas no desaparecen: se insertan en un nuevo orden y participan de la preparación de la excitación sexual.
La excitación implica una relación particular entre placer y tensión. La estimulación de las zonas erógenas produce placer, pero al mismo tiempo incrementa la tensión que reclama una satisfacción posterior. Freud formula aquí una pregunta decisiva: ¿cómo es que un placer puede despertar la necesidad de un placer mayor?
La respuesta nos conduce a distinguir entre el placer preliminar y el placer final. Las zonas erógenas proporcionan determinadas cuotas de placer que, lejos de cerrar el circuito, contribuyen al incremento de la tensión sexual. El orgasmo constituye una modalidad de satisfacción diferente, ligada a la descarga y a la reducción de la tensión libidinal.
Se trata, entonces, de una nueva organización de elementos que ya estaban presentes en la sexualidad infantil.
Del autoerotismo al hallazgo de objeto
Es en este punto donde Freud introduce una cuestión fundamental: junto con el pasaje desde el autoerotismo hacia una nueva meta sexual se produce el hallazgo de objeto.
Sin embargo, hablar de hallazgo puede resultar engañoso si imaginamos que se trata simplemente de encontrar un objeto que estaba perdido en el mundo. Freud mismo señala que este encuentro está preparado desde la primera infancia.
La experiencia del pecho materno constituye el modelo inaugural del vínculo amoroso. La primera satisfacción deja una huella que orientará posteriormente la búsqueda de objeto. Por eso Freud puede afirmar que el hallazgo de objeto es, en realidad, un reencuentro.
El objeto buscado no es completamente nuevo: se encuentra marcado por los indicios de las primeras experiencias de satisfacción. De allí que toda elección de objeto conserve algo de la búsqueda de una satisfacción primera, de aquella dicha perdida que se intenta restaurar.
Los modelos infantiles de amor están ligados inicialmente a las figuras parentales. Pero la barrera del incesto impide que esa elección pueda mantenerse directamente sobre ellas, orientando la búsqueda hacia otros objetos.
Aquí encontramos un punto decisivo para pensar la relación de objeto desde el psicoanálisis: el objeto no aparece como aquello que completa al sujeto, sino como aquello que se busca a partir de una pérdida y de una falta.
Es precisamente este punto el que Lacan retoma en el Seminario IV, La relación de objeto. Su lectura introduce la noción de falta de objeto y articula las distintas modalidades de esa falta con los registros Real, Simbólico e Imaginario.
De este modo, Lacan también permite revisar críticamente las lecturas posteriores que hicieron de la relación de objeto una suerte de relación armónica entre un sujeto y un objeto capaz de satisfacerlo. La lectura lacaniana de Freud devuelve al centro de la cuestión aquello que el propio Freud había dejado planteado: la búsqueda del objeto está atravesada desde el comienzo por una pérdida.
Es desde esta perspectiva que podemos leer la sexualidad infantil, sus diferentes organizaciones y el pasaje por la pubertad no como una progresión lineal hacia un objeto finalmente adecuado, sino como un recorrido marcado por la pulsión, la falta y la búsqueda de aquello que, en rigor, nunca puede ser reencontrado tal cual fue.
En este sentido, el Seminario IV de Lacan constituye una referencia fundamental para profundizar estas cuestiones y para interrogar los desvíos que se produjeron en ciertas lecturas posfreudianas de la relación de objeto.