viernes, 14 de agosto de 2026

El deseo y las posiciones frente al deseo del Otro

 Una de las tesis más originales del psicoanálisis sostiene que el deseo no encuentra nunca un objeto capaz de completarlo. De allí que Lacan pueda afirmar que el deseo se dirige siempre hacia otro deseo. Esta estructura introduce consecuencias decisivas para pensar el amor, el fantasma y la posición que el sujeto ocupa en relación con el Otro.

En esta línea, el planteo freudiano sitúa el deseo en el registro de la realización, precisamente a partir de la imposibilidad de su satisfacción plena. Esta articulación entre deseo y realización resulta particularmente fecunda: el deseo no se define por alcanzar un objeto que lo colme, sino por una realización que no puede reducirse a la obtención de aquello que aparentemente lo causa.

Si el deseo no se dirige a un objeto predeterminado, sino al deseo del Otro, el sujeto sólo puede entrar en relación con ese deseo a partir de una relación. El término no es aquí meramente descriptivo: señala el plafond lógico que sostiene al deseo y permite, por lo tanto, interrogar su estructura.

Pensar el deseo desde la relación implica introducir una posición desde la cual el sujeto desea. La posición deseante respecto del deseo del Otro exige que el sujeto ocupe un lugar en una escena. Pero no es indiferente cuál sea ese lugar: no es lo mismo que el sujeto quede situado como aquello que responde al deseo del Otro que como aquello que lo causa. En ambos casos se trata de una relación con el deseo, pero las consecuencias subjetivas y clínicas son radicalmente diferentes.

Estas consecuencias pueden pensarse a partir del margen que cada posición habilita para el desasimiento. Para interrogar esta cuestión —que en cada análisis deberá ser verificada en su singularidad— podemos servirnos de una pregunta: si se trata del deseo, su correlato es siempre la pregunta.

No es equivalente preguntarse si el sujeto es o no es el objeto del deseo del Otro, es decir, el falo, que interrogarse acerca de si causó o no causó ese deseo. En el primer caso, la pregunta compromete al sujeto con el ser del objeto que completaría al Otro; en el segundo, introduce una distancia respecto de esa posición y permite interrogar la función que el sujeto pudo haber ocupado en la emergencia de un deseo que, sin embargo, no le pertenece.

Aquí encontramos una distinción fundamental: el sujeto puede entrar en relación con el deseo del Otro sin haber sido su causa. Esta posibilidad no es una diferencia meramente conceptual. Tiene consecuencias clínicas decisivas, porque permite modificar la posición que el sujeto ocupa en la escena de su fantasma.

El problema, entonces, no consiste solamente en saber qué desea el Otro, sino en precisar qué lugar ocupa el sujeto respecto de ese deseo: si se ofrece como aquello que debe responder a él, o si puede reconocer que el deseo del Otro no depende de su existencia como objeto. Es en ese desplazamiento donde puede abrirse un margen para el desasimiento y, con él, una transformación de la relación del sujeto con su propio deseo.

Del paciente al analizante: las condiciones de comienzo de un análisis

 No existe una técnica capaz de garantizar el comienzo de un análisis. Sí existen, en cambio, condiciones que pueden hacer posible que un paciente deje de buscar respuestas y comience a ocupar la posición de analizante.

Para interrogar este problema conviene partir de un hecho clínico fundamental: más allá de que Freud emplee el término, el psicoanálisis carece de una técnica en el sentido de un procedimiento estandarizado. No existe un protocolo aplicable a todos los casos ni una secuencia de operaciones cuya correcta ejecución permita asegurar el inicio de un análisis.

De allí que sólo podamos ocuparnos de las condiciones que hacen posible un análisis singular. Esto, sin embargo, no significa que el psicoanálisis carezca de reglas para llevar adelante su práctica. La ausencia de una técnica universal no implica la ausencia de condiciones que regulen el dispositivo.

Las primeras entrevistas constituyen, precisamente, un tiempo privilegiado para que el analista pueda escuchar cuáles son las condiciones que, contingentemente, podrían permitir que en ese sujeto que consulta se produzca el pasaje de la posición de paciente a la de analizante. Con ello comienza a ponerse en forma el dispositivo analítico. Pero esta puesta en forma implica dos dimensiones: por un lado, las condiciones que conciernen al sujeto que consulta; por otro, la posición desde la cual el analista sostiene el dispositivo.

Estas condiciones no se reducen a los honorarios. También conciernen a la temporalidad del tratamiento, a la frecuencia de las sesiones y, más ampliamente, al modo en que se establece el encuadre. No se trata de reglas destinadas a garantizar el análisis, sino de condiciones que pueden permitir que algo del orden propiamente analítico llegue a producirse.

Si el comienzo de un análisis implica el pasaje del paciente al analizante, entonces resulta necesaria una torsión que conduzca de la respuesta a la pregunta. Es en esa torsión donde el sujeto puede comenzar a advenir en el trabajo transferencial. Pero para que esto sea posible, el analista deberá poder escuchar a qué Otro se dirige el sujeto y de quién espera una respuesta.

La intervención analítica podrá entonces apuntar a producir un efecto de sorpresa. El analista escucha desde el lugar del Otro, pero no responde desde el lugar en el que el sujeto espera encontrar la respuesta. Es precisamente esta dislocación la que puede abrir el espacio de la pregunta allí donde hasta entonces sólo había una demanda de respuesta.

El comienzo de un análisis no estaría dado, entonces, por la aplicación de una técnica, sino por la contingencia de una operación: que allí donde el sujeto venía a encontrar una respuesta, pueda comenzar a encontrarse con una pregunta que lo implique.

La opacidad de la identificación y el problema del espacio

Si hay una característica particularmente destacable de la identificación, es su opacidad. Freud ya la sitúa como un rasgo propio del concepto antes incluso de La interpretación de los sueños, y esta condición se vuelve especialmente evidente cuando se aborda la identificación primaria.

Dicha opacidad se hace patente en la práctica misma del psicoanálisis. Su abordaje se articula en torno a aquello que permanece “no resuelto”, noción que podemos poner en serie con expresiones como “lo aún no existente” o “lo que se escabulle”: algo huidizo, que se sustrae a toda tentativa de captura, que no termina de dejarse asir.

Es significativo que, en este contexto, Lacan se pregunte qué es aquello que impide calificar al psicoanálisis como ciencia. Quizás la respuesta se encuentre precisamente en ese no resuelto. La ciencia admite lo imposible, pero lo hace bajo la forma de lo contingente: su horizonte es, justamente, hacer de lo imposible algo eventualmente posible. El psicoanálisis, en cambio, encuentra en lo imposible un punto axial de su experiencia.

Hay, entonces, algo propio de la práctica que se sustrae y que continúa escabulléndose incluso a partir de —y más allá de— su abordaje lógico. Es allí donde la topología adquiere su relevancia: eventualmente permite asir aquello que la lógica no consigue capturar. Podríamos decir que el problema se despliega en la articulación entre lo idéntico, aquello que escapa a toda sustitución posible, y el espacio.

En este punto vuelve a resultar fundamental la diferencia entre una lógica de clases y una lógica de conjuntos. La primera, al estar sostenida en un atributo, deja intacto el problema de la enunciación y, con él, el problema de lo idéntico. Hay allí una insuficiencia lógica: aquello que hace que algo sea idéntico a sí mismo no queda resuelto por su inclusión en una clase definida por un atributo.

El problema se desplaza entonces hacia el concepto mismo de espacio del que se trata. La esquematización de la clase implica una relación de concentricidad y, desde el punto de vista epistémico, su topología responde a la lógica de la esfera. Pero ¿cómo hacer aparecer lo idéntico en la medida en que ex-siste? Esta pregunta vuelve necesaria la introducción de otras superficies capaces, en principio, de quebrar la linealidad que sostiene la separación entre interior y exterior.

Así, la topología no aparece simplemente como una herramienta para representar espacialmente un concepto ya constituido. Se vuelve necesaria allí donde la lógica encuentra su límite: cuando aquello que se busca formalizar no puede ser localizado ni como un elemento interior ni como un exterior, sino únicamente a partir de la manera en que una superficie organiza su relación con el espacio.

jueves, 13 de agosto de 2026

Los aportes de Ogden a la clínica psicoanalítica

 Thomas H. Ogden es uno de los psicoanalistas contemporáneos más influyentes. Es un autor norteamericano que dialoga con varias tradiciones —Freud, Klein, Bion y Winnicott—, pero que desarrolló conceptos propios muy originales. Si tuviera que resumir su aporte en una frase, diría que intentó pensar el análisis como una experiencia viva que ocurre entre dos subjetividades, más que como la interpretación de un paciente por parte de un analista.

1. El "tercero analítico"

Su concepto más conocido es el de tercero analítico.

La idea parte de que en una sesión no hay simplemente dos personas separadas (paciente y analista), sino que se genera una especie de tercera realidad psíquica compartida. No es la mente del paciente ni la del analista, sino algo que ambos co-crean.

Por ejemplo, un paciente puede sentirse inexplicablemente aburrido durante la sesión. El analista también comienza a sentirse aburrido. Para Ogden, ese aburrimiento no pertenece únicamente a uno de los dos: puede ser una producción del campo analítico, una forma en que algo inconsciente se está expresando entre ambos.

Aquí se nota la influencia de Bion, pero Ogden va más lejos: el inconsciente deja de ser algo que está solamente "dentro" del paciente para convertirse en algo que ocurre en la relación.

2. La reverie como instrumento clínico

Tomando una noción de Bion, Ogden le da mucha importancia a la reverie.

Se refiere a los pensamientos, imágenes, recuerdos o fantasías que aparecen espontáneamente en la mente del analista durante la sesión.

Un analista puede, por ejemplo, comenzar a pensar en una habitación oscura mientras escucha a un paciente. Para Ogden, eso no necesariamente es una distracción; puede ser una vía privilegiada para captar algo de la experiencia emocional inconsciente del paciente.

La contratransferencia deja entonces de ser un "obstáculo" y se transforma en uno de los principales instrumentos de trabajo.

3. Los modos de experiencia

En un trabajo muy conocido, Ogden describe tres formas básicas de organizar la experiencia:

  • Posición autista-contigua.
  • Posición esquizoparanoide.
  • Posición depresiva.

Las dos últimas provienen de Klein, pero la primera es una elaboración propia.

La posición autista-contigua remite a una forma muy primitiva de experiencia donde aún no predominan las representaciones ni las relaciones objetales, sino las sensaciones corporales: ritmos, texturas, superficies, temperaturas, sonidos.

Cuando alguien se frota compulsivamente las manos, se envuelve en mantas o busca determinadas sensaciones físicas para sentirse existente, podríamos pensar que está apelando a este nivel de organización de la experiencia.

Esta formulación tuvo mucha influencia en la clínica de pacientes graves.

4. Leer a Winnicott y a Bion

Ogden es también un extraordinario lector.

Sus trabajos sobre Winnicott son especialmente valiosos porque muestran que el famoso "uso del objeto" no consiste simplemente en relacionarse con alguien real, sino en atravesar la fantasía inconsciente de destruirlo y descubrir que sobrevive.

De Bion rescata la idea de que pensar no es algo dado de entrada, sino una capacidad que se desarrolla para procesar experiencias emocionales que de otro modo serían intolerables.

5. El arte de escuchar

Quizás el aspecto más atractivo de Ogden sea que no presenta el análisis como una técnica.

Sus libros están llenos de viñetas clínicas y de referencias literarias. Para él, el analista debe aprender a escuchar no sólo lo que el paciente dice, sino también:

  • lo que no puede decir;
  • lo que hace sentir;
  • lo que sueña despierto en el analista;
  • lo que emerge en el espacio compartido de la sesión.

En ese sentido, se acerca bastante a Winnicott y a Bion, alejándose de una práctica centrada exclusivamente en la interpretación.

El tercero analítico y la posición lacaniana

Desde una perspectiva más lacaniana, el concepto de tercero analítico suele generar cierta resistencia porque parece introducir una especie de intersubjetividad compartida. Lacan, especialmente a partir de los años sesenta, se orienta más bien por la lógica del significante y del objeto a, evitando pensar el análisis como una "fusión" de subjetividades.

Sin embargo, muchos lectores encuentran que algunas descripciones clínicas de Ogden son extraordinariamente precisas para captar fenómenos transferenciales difíciles de formalizar. A veces da la impresión de que Ogden describe con gran riqueza fenomenológica aquello que Lacan intentará formalizar mediante conceptos como el sujeto supuesto saber, la transferencia y el objeto a.

Por eso, aunque pertenecen a tradiciones muy distintas, no es raro que clínicos lacanianos encuentren en Ogden observaciones clínicas sumamente útiles, especialmente respecto de los afectos que circulan en la sesión y el uso de la contratransferencia.

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13. Parasomnias

Entrada anterior: 12.Trastornos del ritmo circadiano

Cuando el sueño no permanece completamente "dormido"

Para la mayoría de las personas, dormir implica una relativa desconexión del entorno. El cuerpo permanece quieto, la conciencia disminuye y, salvo por los movimientos normales durante la noche, el sueño transcurre sin grandes acontecimientos.

Sin embargo, en algunas ocasiones aparecen conductas llamativas que parecen desafiar esa imagen.

Un niño se incorpora gritando y mira a sus padres sin reconocerlos.

Un adulto se levanta, camina por la casa y al día siguiente no recuerda nada.

Alguien conversa mientras duerme.

Otra persona golpea, patea o incluso salta de la cama mientras sueña que está siendo atacada.

Estos fenómenos pertenecen al grupo de las parasomnias.

Las parasomnias no consisten, en esencia, en problemas para dormir, sino en conductas, movimientos, emociones o experiencias anormales que ocurren durante el sueño o durante las transiciones entre el sueño y la vigilia.

Muchas son benignas y frecuentes, especialmente en la infancia. Otras, en cambio, pueden asociarse con enfermedades neurológicas y requieren una evaluación especializada.

¿Por qué aparecen las parasomnias?

Para comprenderlas conviene recordar algo que vimos en capítulos anteriores.

El sueño no es un estado uniforme. 

Durante la noche alternamos entre distintas fases, cada una con características neurofisiológicas particulares.

Las parasomnias aparecen cuando los mecanismos que regulan esas transiciones no funcionan de manera completamente coordinada.

En algunos casos, partes del cerebro permanecen profundamente dormidas mientras otras comienzan a activarse.

En otros, características propias del sueño REM irrumpen de manera anómala.

Por eso suele decirse que las parasomnias representan estados intermedios, donde el cerebro no está completamente despierto ni completamente dormido.

Dos grandes grupos de parasomnias

Desde el punto de vista clínico resulta útil distinguir dos grandes categorías.

Parasomnias del sueño NREM

Ocurren durante el sueño profundo, generalmente en el primer tercio de la noche.

Entre ellas encontramos:
  • sonambulismo;
  • terrores nocturnos;
  • despertares confusionales.
El paciente suele presentar poca o ninguna conciencia de lo ocurrido.

Parasomnias del sueño REM

Aparecen durante el sueño REM, etapa en la que predominan los sueños más vívidos.

Las principales son:
  • pesadillas;
  • trastorno conductual del sueño REM.
En estas situaciones la relación con la actividad onírica suele ser mucho más evidente.

El sonambulismo

El sonambulismo consiste en la realización de conductas motoras complejas durante el sueño profundo.

La persona puede:
  • sentarse en la cama;
  • caminar;
  • abrir puertas;
  • vestirse;
  • comer;
  • manipular objetos.
En la mayoría de los casos mantiene una expresión facial inexpresiva y responde poco a quienes intentan hablarle.

Al despertar generalmente no recuerda lo ocurrido.

El sonambulismo es especialmente frecuente en la infancia y suele desaparecer espontáneamente con el crecimiento.

En adultos es menos común y, cuando aparece por primera vez, conviene investigar factores predisponentes como privación de sueño, fiebre, consumo de sustancias o determinadas enfermedades.

El principal riesgo no es psicológico, sino físico.

Muchos accidentes domésticos ocurren porque la persona realiza conductas complejas sin plena conciencia de su entorno.

Por ello, la primera intervención suele consistir en garantizar un ambiente seguro.

Los terrores nocturnos

Los terrores nocturnos impresionan profundamente a quienes los presencian.

El paciente se incorpora bruscamente, grita, presenta una intensa activación fisiológica —taquicardia, sudoración, respiración acelerada— y parece vivir una experiencia de enorme terror.

Sin embargo, cuando los familiares intentan tranquilizarlo, suele mostrarse confundido y no reconoce plenamente a quienes lo rodean.

Al día siguiente, la mayoría de las veces no conserva recuerdo del episodio.

Este dato permite diferenciar los terrores nocturnos de las pesadillas.

También son mucho más frecuentes en niños que en adultos.

Aunque resultan muy angustiantes para la familia, habitualmente tienen un pronóstico favorable.

Las pesadillas

Las pesadillas son sueños de contenido intensamente desagradable que provocan el despertar del durmiente.

A diferencia de los terrores nocturnos:
  • aparecen durante el sueño REM, generalmente en la segunda mitad de la noche;
  • el paciente despierta completamente orientado;
  • recuerda con claridad el contenido del sueño;
  • puede relatarlo con bastante detalle.
Las pesadillas ocasionales forman parte de la experiencia normal.

Sólo constituyen un trastorno cuando son frecuentes, generan un importante malestar o producen evitación del sueño.

Desde la psicología clínica resulta especialmente importante explorar su relación con acontecimientos traumáticos.

En el trastorno por estrés postraumático, por ejemplo, las pesadillas pueden reproducir aspectos del evento traumático durante largos períodos.
Hablar dormido

Hablar durante el sueño, o somniloquia, es probablemente una de las parasomnias más frecuentes.

Puede consistir en:
  • palabras aisladas;
  • frases completas;
  • murmullos;
  • conversaciones aparentemente coherentes.
La mayoría de las veces carece de significado clínico.

Puede aparecer tanto en el sueño NREM como en el REM y suele aumentar durante períodos de estrés, fiebre o privación de sueño.

Existe un mito muy difundido según el cual las personas dicen "la verdad" mientras duermen.

No existe evidencia científica que respalde esta creencia.

Las verbalizaciones nocturnas suelen ser fragmentarias y no reflejan necesariamente pensamientos conscientes o inconscientes del sujeto.

El trastorno conductual del sueño REM

Entre todas las parasomnias, el trastorno conductual del sueño REM merece una atención especial.

Durante el sueño REM normal el cerebro produce una intensa inhibición muscular.

Gracias a ella no actuamos físicamente nuestros sueños.

En este trastorno ese mecanismo desaparece parcial o totalmente.

Como consecuencia, el paciente puede representar sus sueños mediante movimientos reales:
  • hablar;
  • gritar;
  • golpear;
  • patear;
  • correr;
  • levantarse de la cama.
Con frecuencia relata sueños donde lucha, huye o se defiende de un agresor.

El riesgo principal radica en las lesiones que pueden sufrir tanto el paciente como quien duerme a su lado.

Además, este trastorno posee una enorme importancia neurológica.

En muchos adultos mayores puede preceder durante varios años a enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Parkinson, la demencia por cuerpos de Lewy o la atrofia multisistémica.

Por ello, todo caso sospechoso debe derivarse para una evaluación especializada.

¿Cómo se evalúan las parasomnias?

La entrevista clínica continúa siendo la herramienta principal.

Sin embargo, existe una particularidad.

Con frecuencia el paciente desconoce completamente lo que ocurre durante la noche.

Por ello resulta muy valioso obtener información de:
  • la pareja;
  • familiares;
  • convivientes;
  • registros en video cuando existan.
También conviene explorar:
  • edad de inicio;
  • frecuencia;
  • lesiones;
  • antecedentes familiares;
  • consumo de alcohol o medicamentos;
  • enfermedades neurológicas.
En algunos casos será necesario realizar una polisomnografía con registro audiovisual.

Una mirada desde el psicoanálisis

Las parasomnias ocupan un lugar interesante dentro de la historia del psicoanálisis.

Resulta comprensible que fenómenos como el sonambulismo o las pesadillas hayan despertado el interés por su posible significado simbólico, aunque estas últimas no se interpretan a la manera de los sueños.

Hoy en día, el desarrollo de la medicina del sueño mostró que estos cuadros poseen mecanismos neurofisiológicos bien definidos.

Esto no significa que carezcan de dimensión subjetiva.

Una pesadilla recurrente puede expresar conflictos, duelos o experiencias traumáticas.

Pero el hecho de que un niño presente terrores nocturnos o que un adulto desarrolle un trastorno conductual del sueño REM no puede comprenderse únicamente desde una interpretación simbólica.

El desafío consiste en distinguir cuidadosamente entre el contenido psicológico de la experiencia y el mecanismo biológico que hace posible su aparición.

Confundir ambos niveles conduce fácilmente a errores clínicos.

Una mirada clínica

Cuando un paciente o su familia describen conductas extrañas durante el sueño, el objetivo inicial no consiste en interpretar su significado.

Primero debemos responder preguntas mucho más básicas.
  • ¿En qué momento de la noche ocurren?
  • ¿La persona recuerda el episodio?
  • ¿Existe riesgo de lesiones?
  • ¿Se trata de un niño o de un adulto?
  • ¿Hay enfermedades neurológicas asociadas?
Sólo después de comprender el fenómeno desde el punto de vista neurofisiológico podremos explorar el modo singular en que ese trastorno afecta la vida del paciente.

En las parasomnias, como en el resto de la medicina del sueño, comprender la biología y comprender al sujeto no son tareas opuestas.

Son dos dimensiones complementarias de una misma práctica clínica.

Ideas principales
  • Las parasomnias son conductas, movimientos o experiencias anormales que ocurren durante el sueño o en las transiciones entre el sueño y la vigilia.
  • Se clasifican en parasomnias del sueño NREM y del sueño REM según la fase del sueño en que aparecen.
  • El sonambulismo y los terrores nocturnos son más frecuentes en la infancia y suelen ocurrir durante el sueño profundo, con escaso recuerdo posterior.
  • Las pesadillas aparecen durante el sueño REM y el paciente suele recordar claramente su contenido al despertar.
  • Hablar dormido es una parasomnia frecuente y, en la mayoría de los casos, carece de significado patológico.
  • El trastorno conductual del sueño REM puede asociarse con enfermedades neurodegenerativas y requiere una evaluación especializada.
  • La interpretación psicológica de las experiencias nocturnas debe apoyarse siempre en una adecuada comprensión de los mecanismos neurobiológicos que las producen.

Próxima entrada: 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Amor cortés: ¿Por qué a Lacan le interesó la figura del trovador?

A Lacan le interesò la figura del trovador medieval, fundamentalmente por lo que permite pensar acerca del amor cortés, y el amor cortés ocupa un lugar muy importante en su elaboración sobre el deseo y el goce.

El trovador es interesante porque su canto se organiza alrededor de una mujer que es elevada a la posición de Dama, pero justamente una Dama a la que el sujeto no puede acceder. No se trata simplemente de que el trovador ame a una mujer y no pueda conquistarla: la inaccesibilidad misma de la Dama es constitutiva de la relación. El deseo se sostiene en torno a un objeto que se mantiene a distancia.



Ahí aparece una cuestión central para Lacan: el amor cortés inventa un modo de tratar con el vacío. La Dama funciona menos como una persona concreta que como un lugar alrededor del cual se organiza el deseo. Por eso Lacan puede vincularla con la función del objeto a: no porque la Dama sea literalmente el objeto a, sino porque ocupa una posición que permite hacer surgir y sostener el deseo mediante una falta.

Pero hay algo todavía más interesante: Lacan no piensa el amor cortés simplemente como una forma sublimada de sexualidad. En el Seminario 7, La ética del psicoanálisis, lo utiliza para mostrar cómo una construcción simbólica puede producir una determinada relación con el goce. La Dama es sometida a una idealización extrema, pero esa idealización no elimina la dimensión pulsional; al contrario, puede funcionar como una forma de rodear el goce. El objeto amado queda colocado en un lugar de inaccesibilidad casi absoluta y, precisamente por eso, adquiere una intensidad particular.

Por eso el trovador es una figura especialmente buena para Lacan: canta alrededor de algo que no puede alcanzar. La poesía no viene simplemente a expresar un amor previamente existente; mediante sus reglas, sus obstáculos, sus metáforas y sus rodeos, construye el lugar del objeto. El canto bordea aquello que no puede decirse directamente.

Y acá aparece una conexión muy linda con lo que veníamos trabajando sobre topología y cuerpo. En ambos casos Lacan está interesado en una lógica donde no se trata de representar directamente un objeto, sino de hacer existir un vacío mediante un borde, un rodeo, una construcción. El trovador no necesita mostrar qué hay detrás de la Dama: necesita construir alrededor de ella un espacio de inaccesibilidad.

¿Por qué justamente en relación con el goce?

Porque Lacan llega a una formulación bastante provocadora: el amor cortés es una manera de hacer con el goce mediante la imposición de una cierta inaccesibilidad al objeto.

En el Seminario 20, Aún, esto adquiere todavía otra dimensión, porque Lacan retoma el amor cortés cuando está elaborando las fórmulas de la sexuación y las modalidades del goce. Allí el amor aparece cada vez más claramente como una respuesta frente a la imposibilidad de la relación sexual.

En ese sentido, el trovador es casi un paradigma lacaniano: allí donde no hay acceso directo al objeto, el sujeto inventa un discurso, un ritual, una serie de reglas y una ficción amorosa que permiten sostener el deseo y, al mismo tiempo, hacer existir algo del goce.

Y hay una frase de Lacan que resume muy bien la paradoja: en el amor cortés, la Dama es elevada a una posición de “cosa” inaccesible. No se trata de conseguirla; se trata de mantenerla en ese lugar. Porque si efectivamente se obtuviera el objeto, podría desarmarse justamente aquello que sostenía el deseo.

la Dama del amor cortés permite a Lacan pensar cómo el deseo puede sostenerse precisamente a partir de la imposibilidad de acceder al objeto, y cómo eso conduce directamente al problema de la sublimación y del goce.

La Dama no es simplemente "la mujer amada". En el amor cortés, la Dama aparece sometida a una serie de reglas extremadamente precisas. El trovador la alaba, le presta servicio, le declara fidelidad, compone poemas para ella, pero el acceso sexual a la Dama está radicalmente obstaculizado.

Esto es decisivo para Lacan. Porque si la Dama fuera simplemente una mujer que el trovador desea sexualmente, no habría nada particularmente interesante. Lo que importa es que la Dama es colocada en un lugar que excede a la persona concreta.

Lacan llega a decir en el Seminario 7 que la Dama es elevada a la dignidad de la Cosa (das Ding). Y ahí aparece la primera gran articulación:

Dama → Cosa → objeto del deseo → sublimación.

La Dama queda colocada en el lugar de algo que el sujeto desea, pero que no puede poseer.

¿Por qué la inaccesibilidad es tan importante? Porque para Lacan el deseo no funciona simplemente como una necesidad que busca satisfacción.

Si deseo algo y lo obtengo, el circuito puede cerrarse. Pero el deseo humano se encuentra estructuralmente articulado con una falta.

El amor cortés produce artificialmente una situación extraordinariamente favorable para que el deseo se mantenga: "el objeto está ahí, pero el acceso al objeto está prohibido".

La Dama está suficientemente cerca como para causar el deseo y suficientemente lejos como para impedir su consumación.

Por eso el trovador puede pasar años cantando a la misma Dama sin que la relación necesite consumarse. El obstáculo no es un accidente del amor: es lo que permite que el amor se sostenga como tal.

Y acá aparece una intuición muy lacaniana: "el objeto causa el deseo justamente porque no puede ser completamente poseído".

Pero entonces, ¿la Dama es el objeto a?

Acá conviene ser cuidadosos. La Dama no es simplemente el objeto a. Son elaboraciones de momentos diferentes de la enseñanza de Lacan y no conviene hacer una equivalencia mecánica.

Pero hay una homología estructural muy fecunda. El objeto a no es un objeto empírico que pueda encontrarse y poseerse. Es aquello que, desprendido de la experiencia del sujeto, causa su deseo.

La Dama funciona de manera semejante: no vale tanto por sus características personales como por el lugar que ocupa en la estructura del deseo.

Por eso podemos decir: el trovador no desea simplemente a la mujer; desea desde el lugar que la Dama ocupa. La Dama funciona como un punto alrededor del cual se organiza todo un circuito significante.

Y esto explica algo que de otro modo resulta bastante extraño: cuanto más inaccesible es la Dama, más prolífico puede ser el discurso amoroso.

¿Y la sublimación?

Esta es probablemente la cuestión más importante del Seminario 7. Lacan define la sublimación mediante una fórmula célebre: elevar un objeto a la dignidad de la Cosa”La Dama es el ejemplo paradigmático.

¿Qué quiere decir esto?

Que algo que podría ser un objeto cualquiera —una mujer concreta— es elevado a una posición excepcional. Se la separa de su condición de objeto ordinario y se la coloca en el lugar de la Cosa, ese punto alrededor del cual se organiza el deseo pero que no puede ser plenamente simbolizado ni alcanzado.

La sublimación no consiste entonces en eliminar la pulsión sexual. Ese es un punto fundamental.

No se trata de que el trovador tenga un amor "espiritual" porque haya dejado atrás la sexualidad. Al contrario: la pulsión sigue estando allí, pero encuentra una forma particular de satisfacción a través de la construcción de ese objeto idealizado.

El canto, la poesía, el ritual, la espera, la distancia, la prohibición: todo eso constituye una manera de bordear la Cosa.

Y acá aparece el goce. Esto es lo que hace que la cuestión sea todavía más interesante para el Lacan posterior. Si todo consistiera en deseo, podríamos decir simplemente: "No puede tenerla, entonces la desea."

Pero Lacan quiere ir más lejos. Hay goce en esa imposibilidad misma.

El trovador obtiene algo de esa posición. No solamente sufre porque no puede acceder a la Dama: también hay una satisfacción paradójica en sostener ese circuito de deseo insatisfecho.

Por eso el obstáculo puede convertirse en condición de goce. Y esto conecta directamente con algo que veníamos trabajando: el deseo necesita una causa; el goce necesita una condición.

En el amor cortés, la inaccesibilidad de la Dama funciona como una condición que permite mantener determinada modalidad de goce. La Dama no tiene que ser conquistada. Tiene que permanecer en su lugar.

El trovador "goza" hablando de la Dama

Esto permite entender por qué Lacan se interesa tanto por la poesía trovadoresca.

El trovador produce interminablemente significantes alrededor de algo que no puede alcanzar.

No dice simplemente: "Quiero a esta mujer.". Construye todo un universo alrededor de ella.

La alaba, la idealiza, se declara indigno, promete fidelidad, acepta pruebas, soporta obstáculos, canta su ausencia. El goce se desplaza al propio circuito significante.

El objeto queda en el centro como una especie de vacío, mientras el discurso gira alrededor. Y esto es extraordinariamente lacaniano: no se trata de llenar el vacío sino de construir algo alrededor de él.

En el Seminario 7, Lacan utiliza das Ding para pensar aquello que queda fuera de la representación y alrededor de lo cual se organiza el campo del deseo.

La Cosa no es un objeto que podamos representar adecuadamente.

Y acá el amor cortés le proporciona una especie de demostración histórica:

la Dama funciona porque es mantenida a distancia de la representación ordinaria del objeto.

No importa tanto quién es la mujer real. Importa el lugar que ocupa.

La poesía construye una distancia respecto de ella y, al hacerlo, produce el objeto como objeto del deseo.

Esto explica la enorme cantidad de reglas que tiene el amor cortés. No son ornamentales. Son el dispositivo que permite mantener la distancia.

Y esto lleva directamente a "no hay relación sexual"

Acá está, a mi juicio, el puente más interesante con el Lacan posterior. En el amor cortés encontramos una solución extremadamente particular a una imposibilidad:

no hay acceso pleno al Otro del sexo.

En vez de resolver esa imposibilidad mediante una relación sexual efectiva, el amor cortés construye un Otro inaccesible y organiza alrededor de él el deseo y el goce.

Por eso Lacan puede leerlo como una especie de invención frente a la imposibilidad de la relación sexual.

La Dama ocupa el lugar del Otro, pero es un Otro que queda radicalmente fuera de alcance.

Y el trovador encuentra allí una manera de hacer existir una relación mediante el discurso precisamente allí donde la relación sexual no puede escribirse como relación entre dos complementarios.

Una paradoja preciosa

El amor cortés parece decir: "Te amo porque no puedo tenerte."

Pero Lacan permite llevarlo un paso más lejos: "Necesito no tenerte para poder seguir amándote."

Y todavía un paso más: "Necesito que permanezcas inaccesible para que pueda sostenerse esta modalidad de goce."

Ahí la Dama deja de ser simplemente el objeto amado y pasa a funcionar como una pieza estructural en la economía del deseo y del goce.

Por eso el trovador le interesa tanto a Lacan: porque muestra, en una forma histórica y poética, algo que el psicoanálisis encuentra una y otra vez: el sujeto no se relaciona simplemente con objetos que quiere obtener; muchas veces necesita construir una determinada distancia respecto del objeto para que su deseo —y su goce— puedan sostenerse.