martes, 10 de febrero de 2026

Representación y significante: una diferenciación necesaria

 Conviene diferenciar la noción freudiana de representación de lo que Lacan conceptualiza como significante, ya que, aunque en ciertos pasajes se las haga coincidir de manera apresurada, no se trata del mismo concepto.

En Freud, la representación (Vorstellung) pertenece al campo de la metapsicología y se articula de manera privilegiada con la perspectiva económica. La representación es aquello a lo que puede ligarse una investidura: es el soporte psíquico de una carga libidinal. En este sentido, Freud distingue entre la representación de cosa (Sachvorstellung) y la representación de palabra (Wortvorstellung), siendo esta última la que posibilita el acceso a la conciencia y la articulación en el preconsciente. La representación, entonces, no es solo una “imagen” ni un “contenido”, sino un elemento del aparato psíquico susceptible de ser investido, desplazado y ligado.

El significante, tal como lo introduce Lacan a partir de Saussure, no se define por su capacidad de ser investido, sino por su lugar en una estructura diferencial. Un significante no vale por lo que “representa”, sino por su diferencia con otros significantes y por su función de representar al sujeto para otro significante. En este punto se produce un desplazamiento decisivo: mientras que la representación freudiana está pensada en relación con la economía libidinal, el significante lacaniano se inscribe en el orden simbólico y en la lógica del discurso.

Podría decirse que la representación responde a la pregunta por el “qué” de lo psíquico, mientras que el significante responde a la pregunta por el “cómo” se articula el sujeto en el lenguaje. La representación es investida; el significante, en cambio, representa al sujeto y lo divide. Allí donde Freud piensa en términos de ligadura y descarga, Lacan introduce la lógica de la cadena significante y del efecto de sujeto que ella produce.

Esta distinción permite evitar una confusión frecuente: identificar el inconsciente freudiano con un “contenido representacional” ya dado. En Lacan, el inconsciente no es un reservorio de representaciones, sino un efecto de discurso. Si hay representación en Freud, en Lacan hay escritura: una escritura que no remite a un contenido previo, sino a una operación estructural.

Dicho de otro modo, el significante no traduce ni simboliza una representación previa; más bien, es el significante el que produce, retroactivamente, aquello que puede ser representado. Allí se juega una de las diferencias más fecundas entre Freud y Lacan, y también uno de los puntos donde la enseñanza lacaniana radicaliza la metapsicología freudiana sin anularla.

Metapsicología freudiana y eficacia de la palabra: entre ligadura y resto

La metapsicología freudiana se organiza a partir de tres perspectivas fundamentales: la dinámica, la tópica y la económica. Estas no constituyen registros aislados, sino dimensiones articuladas desde las cuales Freud intenta dar cuenta del funcionamiento del aparato psíquico.

En los primeros desarrollos freudianos, la perspectiva tópica adquiere un relieve particular, destacándose por sobre las otras. Sin embargo, progresivamente Freud realiza un desplazamiento que lleva a situar en primer plano la dimensión económica, movimiento que se articula estrechamente con la segunda tópica, en la cual el ello comienza a adquirir un valor preponderante.

Este viraje teórico conduce, a su vez, a una modificación del principio que rige el funcionamiento del aparato psíquico: del principio de placer al más allá del principio de placer. En este segundo tiempo, lo económico se presenta como un montante energético que circula de manera libre, no ligada, fuera de las coordenadas de regulación del placer.

Desde luego, ya en escritos tempranos Freud había vinculado lo económico con lo traumático. No obstante, es a partir de Más allá del principio de placer que esta articulación adquiere un estatuto mucho más sistemático y estructural.

A partir de aquí se vuelve posible interrogar la eficacia de la palabra en psicoanálisis. ¿Por qué la palabra cura? Porque constituye el medio que permite tramitar lo económico en la medida en que lo hace accesible a la ligadura. La palabra introduce un trabajo de enlace allí donde la energía circula sin amarre.

Es en este punto donde se articulan, por un lado, el planteo freudiano de Recordar, repetir y reelaborar y, por otro, la elaboración lacaniana de Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, a través del concepto de rememoración. La rememoración no se reduce al recuerdo de hechos pasados, sino que designa un trabajo simbólico que la palabra hace posible.

Por su lógica y su materialidad, la palabra permite al sujeto no solo tamizar lo traumático de lo económico, sino también resignificar los acontecimientos relevantes de su historia. Es a esto a lo que Lacan se refiere cuando habla de “la asunción por parte del sujeto de su historia”.

En este sentido, la palabra cura porque liga, porque tramita. Sin embargo, no todo es susceptible de ser simbolizado. Existe un resto que es estructuralmente refractario a la palabra, y que obliga a repensar los instrumentos clínicos para operar allí donde la palabra no alcanza. Es en ese límite donde el psicoanálisis se confronta, una vez más, con lo real.

lunes, 9 de febrero de 2026

Identificación, Ideal y castración: el lazo edípico como operación simbólica

No es un dato menor que Lacan, siguiendo en este punto a Freud, sitúe una identificación como resultado, como salida del tránsito edípico, precisamente en aquello que este recorrido tiene de configurante de la posición del sujeto.

Se trata del significante del Ideal, que viene a englobar las insignias fálicas que el sujeto detenta para dirigirse al cuerpo de un otro. Estas insignias no remiten a un objeto concreto, sino a marcas simbólicas que orientan el deseo y hacen posible el lazo.

María Moliner define la insignia como atributo, distintivo, enseña o incluso bandera. Pensar esta instancia en términos de identificación implica subrayar su valor relacional: la identificación dice de un vínculo, de un lazo. Y es justamente en este punto donde se juega el carácter configurante del tránsito edípico, en tanto forja en el sujeto un modo singular de enlazarse con el Otro y con los otros. En este sentido, la identificación expresa una relación de deseo.

Pero no solo eso: también expresa una relación de demanda y, asimismo, un vínculo pulsional. Estas tres dimensiones —deseo, demanda y pulsión—, tal como se articulan en la estructura del grafo del deseo, dan cuenta de la incidencia de la castración en la constitución subjetiva.

Para que el vínculo entre la castración y aquello que funciona como su pantalla despliegue toda su potencia, resulta indispensable situar su resorte fundamental: el significante. Se trata de una estructura que, por su preexistencia, sostiene la dialéctica de la castración y permite sustraerla del plano de la anécdota o del relato edípico entendido como “cuento”.

Desde este plafond, la castración se afirma como una operación simbólica que funda el lugar del deseo. No recae sobre un órgano —Lacan es explícito al respecto—, sino sobre el significante. Su campo es el discurso de la madre y, en consecuencia, incide sobre la posición del niño como falo para el deseo materno. Pensada de este modo, la castración queda despejada de toda imaginería que, a veces sin la debida honestidad intelectual, conduce a homologar el falo con el pene.

La identificación en Freud y Lacan: operación de lazo y punto de oscuridad

Llamativamente, la identificación no figura entre los conceptos fundamentales del psicoanálisis tal como Lacan los enumera. Sin embargo, tanto en la obra de Freud como en la del propio Lacan, este concepto ocupa un lugar de elaboración sostenida y decisiva a lo largo del tiempo.

En la enseñanza de Lacan, la identificación es abordada desde múltiples referencias. Uno de los rasgos que más subraya del planteo freudiano es, precisamente, la oscuridad que rodea al concepto mismo. Hay en la identificación algo difícil de aislar, de delimitar con precisión, algo que resiste una clarificación completa.

Es a partir de no reducirla a lo especular que Lacan puede pensar la identificación como una operación. Una operación que no solo enlaza al sujeto con el semejante, sino fundamentalmente con el Otro. En este punto se retoma la distinción freudiana entre los distintos estatutos de la identificación, tal como aparece en Psicología de las masas y análisis del yo.

Freud distingue allí tres modalidades de identificación. La más notoria es la identificación originaria, primera, anterior a toda elección de objeto y previa a cualquier diferenciación sexual. Es en este nivel de la identificación primaria donde la oscuridad del concepto se vuelve más patente: no se trata de una imitación ni de una incorporación consciente, sino de una operación estructurante cuya lógica no resulta transparente.

Lacan recoge esta opacidad y la reinscribe a partir del Seminario 9, cuando se propone separar radicalmente la identificación de toda forma de egomimia. Abordada desde una perspectiva topológica, la identificación puede entonces pensarse como una operación de lazo. Y es justamente allí donde se renueva la dificultad: si se trata de una operación, ¿es posible representarla?, ¿cómo escribirla?

La identificación es la operación que permite que, allí donde el Otro no dispone del significante que nombre al sujeto, éste pueda, a partir de algo encontrado en el Otro, hacer lazo, encontrar un punto de apoyo, “hacer pie”. No se trata de una identificación a una imagen, sino de una inscripción mínima que hace posible la consistencia del lazo.

No es casual, entonces, que en el mismo seminario en el que Lacan sitúa la identificación como una operación de enlace, emprenda también una elaboración decisiva sobre el nombre propio. Esto le permitirá pensar la articulación entre identificación, rasgo y función del nombre, abriendo una vía para formalizar ese punto opaco donde el sujeto se enlaza al Otro sin quedar reducido a la imagen del yo.

Perversión, pulsión y estructura: del prejuicio moral a la lógica del fantasma

El término perversión suele inducir a equívocos, inclinándonos a pensarla como un conjunto de actos moralmente reprochables o incluso como conductas reñidas con la ley. Sin embargo, Freud es categórico al desplazar esta lectura: la perversión no se interroga desde la moral, sino desde la pulsión. Este viraje es decisivo, ya que permite, con Lacan, precisar el cariz perverso del fantasma, más allá de sus manifestaciones particulares.

El fantasma es perverso en tanto constituye el lugar de fijación de la pulsión, el punto donde se emplaza un goce que permite al sujeto mantenerse a cierta distancia de lo traumático, entendido aquí en términos económicos. En este sentido, la perversión no remite ante todo a un tipo de acto, sino a una lógica de goce que organiza la relación del sujeto con lo real.

Tanto Freud como Lacan subrayan la necesidad de distinguir entre el carácter polimorfo de la satisfacción pulsional en el hablante y la perversión clínica propiamente dicha. Esta última, al igual que la neurosis y la psicosis, constituye una estructura, es decir, una posición del sujeto respecto del deseo del Otro.

Desde esta perspectiva, la perversión puede pensarse como una defensa: una respuesta que el sujeto elabora para resguardarse de lo traumático de la castración en el Otro. No se trata de la ausencia de castración, sino de un modo particular de tratarla, de responder a ella.

Por eso, cuando Lacan interroga los distintos modos en que se articula el deseo como deseo del Otro, puede situar en la perversión lo que denomina una voluntad de goce. Se trata de una posición fantasmática que opera como defensa frente al deseo, fijando al sujeto en una modalidad de satisfacción que evita el encuentro con la falta.

Esta concepción habilita un abordaje de la perversión desde el prisma de la estructura, despejando los atolladeros a los que conduce un diagnóstico apoyado exclusivamente en el síntoma o en la valoración de las conductas. De este modo, la perversión se piensa no como desviación moral, sino como una lógica subjetiva rigurosa.

Núcleo patógeno, despertar y real: entre el fantasma y la contingencia

Se trata del lugar del núcleo patógeno freudiano en la sintaxis significante, la cual, en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, es caracterizada como preconsciente, es decir, como capaz de palabra y de articulación. Este planteo permite distinguir con claridad lo articulado —aquello que funciona como sostén, como plafond— de lo inasimilable, de lo intratable. Se trata de registros diferentes cuya separación vuelve evidente que el psicoanálisis sólo puede acceder a lo real a través del semblante.

Si el automaton simbólico está hecho para dormir, lo real aparece aquí, de modo llamativo, definido como algo del orden de la “identidad de percepción”. Definirlo de este modo ya lo sitúa del lado de lo imposible. Además, se trata de algo que, si llega a atisbarse, sólo es accesible en la temporalidad de un relámpago. No es otra cosa que el valor causal de la hiancia en el sujeto: aquello que permanece idéntico a sí mismo en la medida en que no es alcanzado por la negativización significante. En este punto, Lacan introduce una afirmación no exenta de equívocos: se trata de “la realidad que determina el despertar”.

La pregunta por aquello que despierta es, en sí misma, equívoca. ¿Por qué en algunos casos algo irrumpe y despierta al sujeto, interrumpiendo el dormir, mientras que en otros queda absorbido por el sueño? ¿Se trata de una cuestión de magnitud, de intensidad, o más bien de un espesor temporal?

La relación entre el sujeto y el Otro —a partir de la cual se construye su historia— constituye el material con el que se arma el fantasma, y el fantasma es, precisamente, algo hecho para dormir. Entonces, ¿a partir de qué puede producirse el despertar de un sujeto? Aquí conviene distinguir entre el despertar analítico y el despertar propio de la vigilia. En ambos casos, puede pensarse la existencia de un litoral, de un borde, ejemplificado por ciertos fenómenos inquietantes que se producen entre el sueño y la vigilia, como las experiencias de extrañeza.

La dirección de la cura se orienta a causar en el sujeto una posición deseante. Para ello, el trabajo analítico implica necesariamente la puesta en juego de lo real traumático, en tanto aquello que rige el proceso primario y ocupa un lugar axial en la experiencia.

En el despertar, algo de lo real se hace oír. Sin embargo, entre el despertar y la captura de lo real hay un desencuentro estructural: el despertar no equivale a la aprehensión de lo real. No hay despertar sin desencuentro.

El despertar constituye la condición de posibilidad para trascender aquello que, en el sujeto, está hecho para dormir: el fantasma. En ese movimiento, puede abrirse un margen más allá del Otro de origen.

Resulta fundamental subrayar que la posición deseante es siempre contingente y no está garantizada. Por ello, un análisis es una apuesta y no un cálculo: no hay modo de anticipar su resultado ni de asegurar de antemano el efecto esperado.

viernes, 6 de febrero de 2026

La imposibilidad de una técnica en psicoanálisis

Si bien existe un agrupamiento de textos freudianos bajo el título Escritos técnicos —título que Lacan retoma para su Seminario 1—, tanto en Freud como en Lacan resulta claro que en el psicoanálisis no hay técnica en el sentido estricto del término.

Conviene, entonces, interrogar qué se entiende por técnica. Una técnica supone un procedimiento estandarizado, válido para todos los casos: una serie de operaciones o pasos protocolizados que se repiten con regularidad para producir un efecto determinado o conducir hacia un fin previamente establecido. Desde esta perspectiva, resulta impropio hablar de una técnica del psicoanálisis, en la medida en que el sujeto es un efecto singular de la palabra, irreductible a cualquier esquema repetible. El sujeto, en tanto efecto del significante, es siempre particular e irrepetible.

Freud lo formulaba con claridad al sostener que el analista debía olvidar todo lo que “sabía” sobre un paciente, porque ese saber no valdría para el siguiente. Aquello que Freud reúne bajo el nombre de escritos técnicos no constituye un manual de procedimientos, sino una serie de consideraciones relativas a la posición del analista, al emplazamiento de la transferencia y a la función de la regla fundamental de la asociación libre.

En esta misma línea, Freud propone la célebre analogía del psicoanálisis con el juego de ajedrez: el inicio y el final están reglados, pero lo que sucede en el medio no. Ese “medio” —el corazón mismo de la experiencia analítica— no responde a técnica alguna, sino a la contingencia, al modo incalculable en que una subjetividad singular atraviesa el trabajo del análisis.

Lacan radicaliza aún más esta imposibilidad, llevándola al plano de la escritura. En este sentido, puede afirmarse que el significante de la falta en el Otro inscribe estructuralmente la imposibilidad de una técnica analítica. El modo en que un sujeto ha faltado al Otro, y la forma en que esa falta se articula en su decir, no es repetible ni generalizable. Allí donde no hay garantía en el Otro, tampoco puede haber un procedimiento técnico que se aplique de manera universal.