Si en el nivel sincrónico la estructura significante no incluye aquello que podría otorgarle una identidad plena al sujeto —es decir, si en ella se inscribe una falta constitutiva—, esta se redobla a partir de la carencia que el sujeto encuentra en el Otro, bajo la forma de su deseo. La puesta en forma de esta doble falta permite al sujeto “realizarse” en la misma medida en que puede perderse: entra en la estructura como falta y se realiza como pérdida. Esta serie constituye la condición de posibilidad de aquello que Lacan denomina la causa del deseo.
Nos encontramos así ante lo que podría llamarse una duplicación de faltas. A la falta propia del significante —constitutiva del sujeto— se añade la falta que se desprende del deseo del Otro. Es en la articulación entre ambas donde se organiza la posición subjetiva.
En este contexto, la angustia aparece como la dimensión clínica que ordena este planteo. La pérdida introduce la posibilidad de un alojamiento para el sujeto en la medida en que este dirige al Otro una pregunta fundamental: “¿Puedes perderme?”. Esta pregunta sólo se verifica a partir de la angustia que pudiera suscitarse en el Otro, angustia que se convierte entonces en un signo para el sujeto.
El valor clínico de la angustia se sostiene en su propia definición: es un afecto. Y, como tal, constituye el efecto de que no todo queda significado por el significante. De allí que pueda decirse que la angustia es un afecto que proviene de lo real, señalando precisamente el punto donde el orden simbólico encuentra su límite.
¿Cuándo comenzó el desborde?