Hay que disfrutar, viajar, hacer lo que a uno le gusta, rodearse de vínculos que hagan bien y, sobre todo, aprovechar la vida. En nuestra época, la felicidad ha dejado de ser únicamente algo deseable para convertirse, muchas veces, en una exigencia. Ya no se trata simplemente de que podamos ser felices, sino de que debemos serlo. Y cuando la felicidad se transforma en un mandato, no alcanzarla puede constituirse, paradójicamente, en una nueva fuente de malestar.
Esta concepción contemporánea de la felicidad parece estrechamente vinculada con la aspiración a un ideal que supone, en última instancia, el borramiento de la falta. Bajo el dominio de este imperativo, el hablante puede quedar embarcado en una suerte de atiborramiento de objetos, experiencias y actividades, en la promesa de alcanzar mediante ellos una satisfacción que, sin embargo, siempre resulta insuficiente. Se consume, se viaja, se disfruta, se acumulan experiencias y vínculos, no tanto porque cada uno de ellos responda a un deseo singular, sino bajo la ilusión de que, finalmente, alguno de ellos permitirá alcanzar una satisfacción plena.
Freud advertía que la felicidad no estaba contenida en el programa de los hombres. El malestar no sería entonces un accidente que pudiera eliminarse mediante una adecuada organización de la vida, sino algo estructuralmente ligado a la condición misma del sujeto. La entrada en la cultura, y con ella la captura por el lenguaje, implica una pérdida que ninguna acumulación de objetos puede reparar por completo.
Desde esta perspectiva, el imperativo contemporáneo de felicidad, en su pretensión idealizante y en su aspiración a colmar aquello que la castración inscribe como falta, entra necesariamente en tensión con la función del deseo. Esto no significa, por supuesto, que desde el psicoanálisis debamos desconfiar de la alegría, del bienestar o de los momentos de satisfacción. No se trata de sostener que el sujeto no pueda disfrutar de la vida. Se trata, más bien, de distinguir el bienestar contingente de la pretensión de una satisfacción capaz de abolir definitivamente la falta.
El deseo, precisamente, se sostiene en esa falta. No hay objeto que pueda colmarla de una vez y para siempre. Por eso, el imperativo de felicidad puede pensarse también como una respuesta frente a la angustia que suscita en el hablante la confrontación con aquello que no puede ser colmado. Allí donde aparece la pregunta por el deseo, la época ofrece objetos y experiencias; allí donde emerge la falta, propone llenarla.
Frente a este imperativo dominante, el analista no sostiene una posición ingenua. Está advertido de sus consecuencias y, particularmente, del precio subjetivo que puede pagarse por ese atiborramiento. Por eso, en ocasiones, la posición del analista puede resultar antipática, incómoda o incluso fastidiosa: no se presta fácilmente a corroborar ni a avalar el mandato de ser feliz.
Pero esto abre una cuestión fundamental. Si el analista está advertido de las consecuencias de ese mandato, ¿debería entonces prevenir al sujeto acerca de ellas? ¿No correría el riesgo, al hacerlo, de sostener otra idea de Bien? Si le dijera al sujeto qué debe evitar para no pagar determinado precio, ¿no estaría introduciendo, bajo una forma diferente, un nuevo mandato?
Quizás la orientación analítica consista precisamente en no sustituir un imperativo por otro. No se trata de decirle al sujeto que debe ser feliz, pero tampoco de advertirle que no debe buscar la felicidad. No se trata de conducirlo hacia un determinado modo de vida, sino de permitir que pueda interrogar aquello que, en su búsqueda de satisfacción, lo conduce.
Porque el psicoanálisis no tiene un ideal de felicidad para ofrecer. Y justamente por eso puede abrir un espacio para que el sujeto se pregunte qué desea, allí donde la época ya le ha indicado con bastante precisión qué debería querer.