martes, 29 de septiembre de 2026

El objeto perdido: de la sexualidad infantil al hallazgo de objeto

Para abordar la noción de objeto en psicoanálisis, podemos partir de la lectura que Lacan realiza de los textos freudianos. Esta lectura introduce un desvío fundamental respecto de ciertas concepciones posteriores que imaginaron la relación de objeto como una relación armónica, completa y destinada a alcanzar una adecuada adaptación. El texto freudiano, por el contrario, conduce en otra dirección: el objeto no se presenta como algo que simplemente está allí para ser encontrado, sino como algo perdido que se busca y que, en todo caso, sólo puede ser reencontrado.

Esta dimensión de pérdida está presente desde el comienzo. En los Tres ensayos de teoría sexual, Freud introduce la sexualidad infantil y muestra que la pulsión sexual no aparece súbitamente con la pubertad, sino que posee una historia, un desarrollo y diversas formas de satisfacción.

En este recorrido adquiere especial importancia el período de latencia. Freud sitúa allí un tiempo que se extiende aproximadamente entre los cinco, seis o siete años y el comienzo de la pubertad. La latencia produce una división en la sexualidad humana: por un lado, quedan las primeras organizaciones de la sexualidad infantil; por otro, la sexualidad que se reorganizará con la pubertad.

No se trata simplemente de un período de ausencia de sexualidad. Durante la latencia interviene la represión y se constituyen aquello que Freud denomina diques frente a la pulsión: el asco, la vergüenza, las exigencias estéticas y morales. Estas formaciones no deben pensarse únicamente como resultado de la educación, sino como parte de la propia construcción psíquica. En ellas intervienen tanto la sublimación como las formaciones reactivas.

La latencia tampoco necesariamente transcurre de manera silenciosa. En determinadas circunstancias puede producirse una irrupción de excitación sexual que no logra encontrar una vía de sublimación y que puede expresarse mediante síntomas.

Así, Freud plantea una sexualidad organizada en dos grandes tiempos. El primero comprende las organizaciones oral, anal y fálica; luego de la latencia, la pubertad inaugura una nueva organización de la vida sexual. Algo semejante ocurre con la elección de objeto, que también se despliega en dos momentos: una primera elección en la infancia y una segunda en la pubertad.

La organización oral

En la etapa oral, Freud toma el chupeteo como modelo de las primeras exteriorizaciones sexuales infantiles. La satisfacción pulsional se produce inicialmente en el propio cuerpo: es el terreno del autoerotismo.

El chupeteo parte de una función corporal, la alimentación, pero rápidamente muestra que la satisfacción sexual puede independizarse de esa función. Los labios se constituyen como zona erógena y la experiencia del placer adquiere una relativa autonomía respecto de la necesidad de alimentarse.

Aquí aparece un concepto central: el de zona erógena. Cualquier sector del cuerpo, e incluso determinados órganos internos, puede adquirir un valor erógeno. Freud señala que este desplazamiento de la erogeneidad puede observarse de manera particularmente clara en la histeria.

La meta de la pulsión sexual infantil consiste en producir satisfacción mediante la estimulación de una zona erógena. El modelo inicial es el mamar: una experiencia en la que necesidad y satisfacción pulsional aparecen estrechamente ligadas, aunque posteriormente puedan separarse.

La organización anal

En la etapa anal vuelve a producirse un apoyo de la satisfacción pulsional sobre una función corporal. La zona anal adquiere un valor erógeno particular y las experiencias de retención y expulsión se convierten en fuentes de excitación.

Los trastornos intestinales de la infancia pueden intensificar estas sensaciones. Pero Freud introduce aquí algo más: la relación del niño con sus propios excrementos.

El contenido intestinal es vivido inicialmente como una parte de sí mismo y puede adquirir el valor de un primer objeto que el niño entrega al adulto. La expulsión o la retención pueden entonces convertirse en modos de expresar obediencia, desafío o rechazo.

Ese objeto puede adquirir posteriormente nuevas significaciones. En las teorías sexuales infantiles, por ejemplo, Freud encuentra la equivalencia entre las heces y el hijo: aquello que se produce en el interior del cuerpo y luego se expulsa puede constituir un modelo para imaginar el nacimiento.

La retención, por su parte, queda ligada a determinadas modalidades de satisfacción y constituye, para Freud, una de las raíces del estreñimiento en las neurosis.

La organización fálica

La organización fálica introduce una nueva modalidad de relación con el cuerpo. Tanto en el niño como en la niña, los genitales se convierten en zonas de intensa excitación, favorecida también por las prácticas de cuidado e higiene.

En este período adquiere especial relevancia la masturbación infantil. Freud distingue diferentes momentos de su aparición: una primera manifestación durante la lactancia, una segunda alrededor del cuarto año y una tercera con la pubertad.

La desaparición de la actividad masturbatoria durante la infancia no supone necesariamente su eliminación definitiva. Puede reaparecer posteriormente, particularmente alrededor de los cuatro años, cuando la excitación sexual vuelve a adquirir intensidad. Si esta actividad continúa sin interrupción hasta la pubertad, Freud la considera indicativa de una excitación que no ha podido ser suficientemente sofocada o reprimida.

La segunda activación sexual infantil resulta especialmente importante porque deja huellas inconscientes que participan en la constitución del carácter y en la posterior formación de síntomas neuróticos.

Pero la sexualidad infantil no se reduce a las zonas erógenas. Freud describe también componentes pulsionales vinculados con el placer de mirar, el exhibicionismo y la crueldad. Estos componentes poseen inicialmente cierta autonomía respecto de las zonas erógenas y sólo posteriormente se articulan con la vida sexual.

El niño manifiesta curiosidad por los cuerpos y los genitales de los otros, desea mirar y ser mirado, y puede mostrar su cuerpo sin experimentar todavía la vergüenza que posteriormente limitará estas conductas. Con la constitución de ese dique, la curiosidad puede transformarse en una posición más próxima a la del mirón.

Algo semejante sucede con la crueldad. Freud señala que la capacidad de detenerse frente al dolor del otro se desarrolla posteriormente. En este punto relaciona la crueldad infantil con la pulsión de apoderamiento.

Entre los tres y los cinco años aparece además otra dimensión fundamental: la pulsión de saber. El niño comienza a interrogarse con particular intensidad acerca de los problemas sexuales. La pregunta por el origen de los niños, la diferencia sexual y la existencia del genital constituyen algunos de los enigmas alrededor de los cuales se construyen las llamadas teorías sexuales infantiles.

Esta investigación tiene un carácter particularmente singular. Es, en buena medida, una investigación solitaria: el niño comienza a producir respuestas propias frente a aquello que los adultos no pueden responder completamente. De este modo, se inaugura también un movimiento de separación respecto de aquellos otros en quienes hasta entonces había depositado su confianza.

La pubertad y la reorganización de la sexualidad

Después de la latencia se produce una nueva oleada pulsional. Con ella se inaugura otra organización de la sexualidad: las distintas pulsiones parciales y las zonas erógenas comienzan a articularse bajo el primado de la zona genital.

Freud ubica aquí una nueva meta sexual y señala la subordinación de la pulsión sexual a la función reproductiva. Sin embargo, este pasaje no ocurre automáticamente ni de la misma manera en todos los sujetos. Para que pueda producirse, intervienen las disposiciones originarias y las particularidades de cada una de las pulsiones.

Por eso Freud habla de inhibiciones del desarrollo cuando este pasaje presenta perturbaciones.

La pubertad introduce además una transformación en el modo en que se organiza la excitación sexual. Las zonas erógenas no desaparecen: se insertan en un nuevo orden y participan de la preparación de la excitación sexual.

La excitación implica una relación particular entre placer y tensión. La estimulación de las zonas erógenas produce placer, pero al mismo tiempo incrementa la tensión que reclama una satisfacción posterior. Freud formula aquí una pregunta decisiva: ¿cómo es que un placer puede despertar la necesidad de un placer mayor?

La respuesta nos conduce a distinguir entre el placer preliminar y el placer final. Las zonas erógenas proporcionan determinadas cuotas de placer que, lejos de cerrar el circuito, contribuyen al incremento de la tensión sexual. El orgasmo constituye una modalidad de satisfacción diferente, ligada a la descarga y a la reducción de la tensión libidinal.

Se trata, entonces, de una nueva organización de elementos que ya estaban presentes en la sexualidad infantil.

Del autoerotismo al hallazgo de objeto

Es en este punto donde Freud introduce una cuestión fundamental: junto con el pasaje desde el autoerotismo hacia una nueva meta sexual se produce el hallazgo de objeto.

Sin embargo, hablar de hallazgo puede resultar engañoso si imaginamos que se trata simplemente de encontrar un objeto que estaba perdido en el mundo. Freud mismo señala que este encuentro está preparado desde la primera infancia.

La experiencia del pecho materno constituye el modelo inaugural del vínculo amoroso. La primera satisfacción deja una huella que orientará posteriormente la búsqueda de objeto. Por eso Freud puede afirmar que el hallazgo de objeto es, en realidad, un reencuentro.

El objeto buscado no es completamente nuevo: se encuentra marcado por los indicios de las primeras experiencias de satisfacción. De allí que toda elección de objeto conserve algo de la búsqueda de una satisfacción primera, de aquella dicha perdida que se intenta restaurar.

Los modelos infantiles de amor están ligados inicialmente a las figuras parentales. Pero la barrera del incesto impide que esa elección pueda mantenerse directamente sobre ellas, orientando la búsqueda hacia otros objetos.

Aquí encontramos un punto decisivo para pensar la relación de objeto desde el psicoanálisis: el objeto no aparece como aquello que completa al sujeto, sino como aquello que se busca a partir de una pérdida y de una falta.

Es precisamente este punto el que Lacan retoma en el Seminario IV, La relación de objeto. Su lectura introduce la noción de falta de objeto y articula las distintas modalidades de esa falta con los registros Real, Simbólico e Imaginario.

De este modo, Lacan también permite revisar críticamente las lecturas posteriores que hicieron de la relación de objeto una suerte de relación armónica entre un sujeto y un objeto capaz de satisfacerlo. La lectura lacaniana de Freud devuelve al centro de la cuestión aquello que el propio Freud había dejado planteado: la búsqueda del objeto está atravesada desde el comienzo por una pérdida.

Es desde esta perspectiva que podemos leer la sexualidad infantil, sus diferentes organizaciones y el pasaje por la pubertad no como una progresión lineal hacia un objeto finalmente adecuado, sino como un recorrido marcado por la pulsión, la falta y la búsqueda de aquello que, en rigor, nunca puede ser reencontrado tal cual fue.

En este sentido, el Seminario IV de Lacan constituye una referencia fundamental para profundizar estas cuestiones y para interrogar los desvíos que se produjeron en ciertas lecturas posfreudianas de la relación de objeto.

lunes, 28 de septiembre de 2026

¿Cómo no intervenir desde lo imaginario (cuando no es pertinente hacerlo)?

En la enseñanza de Lacan, lo Real, lo Imaginario y lo Simbólico son tres registros de la experiencia que permiten pensar de qué manera se constituye y se sostiene la realidad psíquica de un sujeto. Cada registro remite a una dimensión irreductible de la experiencia, pero ninguno funciona aisladamente: se encuentran enlazados y es precisamente ese anudamiento el que permite que un sujeto pueda habitar una realidad, relacionarse con otros y darse una cierta consistencia a sí mismo.

Lo Imaginario es el registro de las imágenes, las identificaciones y las formas en que el sujeto se reconoce y se desconoce, en una determinada representación de sí. Tiene una relación privilegiada con el cuerpo, con la imagen especular y con el semejante. El yo pertenece fundamentalmente a este registro: supone una cierta unidad, una forma reconocible, una continuidad que permite decir “yo soy este”. Pero esa unidad nunca es completamente propia, porque se constituye a partir de identificaciones y de imágenes que vienen del campo del Otro. Lo Imaginario introduce, así, tanto la posibilidad de una consistencia subjetiva como el terreno de la rivalidad, la comparación y las relaciones duales.

Lo Simbólico es el registro de la palabra, el lenguaje, las leyes, las diferencias y las estructuras que preceden al sujeto y en las que este queda inscripto. No se trata simplemente de “lo social” ni de un conjunto de símbolos que el individuo aprende, sino del orden significante que hace posible que algo pueda ser nombrado, diferenciado y articulado. El sujeto adviene en una red de significantes que ya estaba allí antes de su nacimiento y que continuará después de él. 

Por su parte, lo Real nombra aquello que no se deja absorber completamente por la imagen ni por el significante: aquello que resiste a ser simbolizado, que no puede reducirse a una representación y que puede irrumpir allí donde las coordenadas imaginarias y simbólicas no alcanzan. Por eso lo Real es, más precisamente, aquello que se presenta como un límite para la simbolización. 

Los tres registros adquieren su verdadera dimensión cuando se piensa su articulación: no hay sujeto sin ese entrecruzamiento de imagen, significante y aquello que permanece irreductible a ambos.

Hay que tener cuidado de no otorgarle una preponderancia a ninguno de los registros, especialmente si tenemos en cuenta la indicación de Lacan en el Seminario 2 acerca de cómo lo imaginario puede entorpecer la relación del sujeto con la verdad. Esto no significa que haya que prescindir de lo imaginario, sino, por el contrario, aprender a reconocer su funcionamiento para no quedar capturados por él. Una de las preguntas que podemos formular entonces es: ¿de qué manera podemos hacer uso de las imágenes para que el analista pueda advertir que se encuentra próximo al núcleo de aquello que organiza el padecimiento del sujeto?

Veamos un ejemplo. Un paciente dice: “Los ladrones son malos”. Estas palabras pueden estar funcionando predominantemente en el registro imaginario, más que como una articulación significante susceptible de ser desplegada. Supongamos que el analista toma la frase desde el sentido, e interviene desde su propia posición imaginaria: “Yo no creo que los ladrones sean malos”. El paciente responde: “Bueno, yo pienso así de los ladrones”. La intervención no produce demasiado movimiento. ¿Qué ocurrió? Se estableció una confrontación entre dos posiciones: la del paciente y la del analista. El sujeto se defiende, pero lo hace precisamente en el terreno en el que ha sido colocado: el de una opinión acerca de una imagen ya constituida.

¿Dónde podemos ubicar lo imaginario en esta escena? En principio, en la fijeza de la relación que se establece entre “ladrones” y “malos”. El verbo “ser” contribuye a presentar esa relación como una identidad estable: los ladrones son malos. Hay allí algo que adquiere la consistencia de una imagen, como si se tratara de una cualidad inherente al objeto. Pero justamente por eso conviene no quedarse en la imagen. Si suponemos que detrás de esa formulación hay algo que el sujeto intenta mantener a distancia, podemos pensar la defensa como un modo de organizar y ligar aquello que resulta traumático para el aparato psíquico. En este sentido, determinadas defensas —por ejemplo, las de carácter obsesivo, clasificatorio— pueden producir categorías rígidas que permiten mantener a distancia aquello que no ha podido ser elaborado.

En nuestro ejemplo podríamos suponer que al paciente le ocurrió algo con los ladrones. Pero no sabemos qué. Lo único que tenemos es una imagen ya organizada: “los ladrones son malos”. Si el analista responde desde esa misma dimensión imaginaria, corre el riesgo de quedar atrapado en ella. ¿Desde dónde intervenir, entonces? No se trata simplemente de discutir la cualidad atribuida al objeto, sino de interrogar aquello que quedó condensado en esa cualificación.

Cuando alguien dice “Los ladrones son malos”, en realidad todavía no sabemos qué quiere decir “malos”. A nivel especular, el emisor puede recibir del receptor su propio mensaje de manera invertida: “Los ladrones son malos” / “Sí, estoy de acuerdo” o “No, no me parece”. Pero en ninguno de los dos casos hemos avanzado demasiado. El receptor puede aceptar o rechazar la imagen, pero todavía no sabe qué es aquello de los ladrones que los hace “malos” para ese sujeto. Los que trabajan con el test de Rorschach están acostumbrados a encontrarse con este problema: durante la encuesta, una cualidad atribuida inicialmente a una percepción debe ser precisada, desplegada y traducida en sus determinantes.

En el análisis podemos hacer algo semejante: tomar aquello que quedó congelado en una imagen y ponerlo en relación con la historia del sujeto, para permitir que esa imagen se despliegue y pueda adquirir nuevas articulaciones significantes. Veamos otro posible desenlace:

—Los ladrones son malos.

—¿Qué sería “malos”?

—Y... se mandan cagadas, los agarran, los meten presos por años y dejan abandonada a su familia. ¡Son malos, desconsiderados con su familia!

Aquí comienza a aparecer algo que antes no estaba disponible. “Malos” deja de ser una cualidad abstracta y empieza a desplegarse en una serie: hacer cagadas, ser agarrado, quedar preso, abandonar a la familia. El analista tendría entonces mucho para abrir alrededor de esos significantes: “hacer cagadas”, “que lo agarren”, “estar preso”, “abandonar” y “ser abandonado”. Ya no se trata de decidir si los ladrones son buenos o malos, sino de escuchar qué se pone en juego para ese sujeto cuando dice que alguien es “malo”. Allí donde parecía haber solamente una imagen, comienza a aparecer una cadena significante.

sábado, 26 de septiembre de 2026

La temporalidad en la neurosis: del tiempo lineal a la historización

En los pacientes neuróticos es frecuente observar cierta movilidad en la temporalidad del relato: un acontecimiento del presente puede conducir a una escena infantil, un recuerdo puede adquirir un nuevo sentido a partir de algo ocurrido recientemente, y una situación actual puede ser interrogada desde acontecimientos aparentemente alejados. Esta movilidad no constituye simplemente un rasgo narrativo, sino que permite que opere una temporalidad propia del inconsciente, en la que el pasado no permanece cerrado, sino que puede ser resignificado retroactivamente.

Sin embargo, algunos pacientes se presentan con un relato marcadamente lineal de su vida. Los acontecimientos aparecen ordenados de manera consecutiva: primero ocurrió esto, después aquello y finalmente aquello otro. Se trata de una temporalidad predominantemente diacrónica, en la que resulta difícil producir cortes, retornos y articulaciones retroactivas. El sujeto parece organizar su experiencia bajo una lógica de sucesión y causalidad: algo ocurrió, produjo una consecuencia y, a partir de allí, se pasó a otra cosa.

Esto no significa que se trate simplemente de personas "más conscientes" ni que pueda establecerse una equivalencia directa entre discurso lineal y predominio de la instancia yoica. Más bien, puede pensarse que, en determinados momentos del análisis, la dimensión de la temporalidad inconsciente queda poco desplegada y el sujeto se sostiene en una narración donde los acontecimientos aparecen demasiado fijados a su orden cronológico.

Podríamos sospechar, para estos casos, que opera allí el rasgo de carácter de la sobreadaptación, que maravillosamente describió Liberman.

Una de las consecuencias de esta modalidad puede ser cierta dificultad para volverse hacia la propia historia. El paciente puede orientarse fundamentalmente hacia lo que viene, hacia la resolución de los problemas actuales o hacia aquello que debe hacer a continuación. En otros casos, el pasado aparece como algo clausurado: "eso ya pasó", como si los acontecimientos anteriores hubieran dejado de tener incidencia sobre el presente.

Esta modalidad puede adquirir especial relevancia frente a situaciones que introducen una ruptura en la continuidad de la vida cotidiana. Una pérdida, una separación, un fracaso o cualquier acontecimiento que conmueva las coordenadas habituales del sujeto puede poner en evidencia la escasa plasticidad de esa temporalidad. No porque exista una relación mecánica entre relato lineal y desestabilización, sino porque aquello que hasta entonces podía mantenerse ordenado bajo una lógica de sucesión puede dejar de resultar suficiente para tramitar una experiencia que exige ser elaborada.

El trabajo analítico puede introducir entonces otra relación con el tiempo. No se trata simplemente de "mirar hacia atrás", como si el objetivo fuera reconstruir cronológicamente la biografía, sino de producir una articulación entre tiempos diferentes. El pasado puede dejar de ser aquello que "ya pasó" para comenzar a adquirir nuevos sentidos a partir de lo que sucede en el presente.

Por ejemplo, frente a una pérdida reciente, el analista puede preguntar por otras pérdidas: ¿cómo atravesó aquella separación?, ¿qué ocurrió entonces?, ¿qué hizo con aquello que perdió?, ¿qué lugar ocupó para él esa experiencia? La pregunta no apunta necesariamente a encontrar una causa en el pasado, sino a poner en relación distintas escenas para que pueda emerger algo de la posición del sujeto frente a la pérdida.

En este punto resulta importante distinguir la historización analítica de una simple reconstrucción biográfica. Historizar no consiste en ordenar mejor los acontecimientos, sino en permitir que el sujeto pueda establecer nuevas conexiones entre ellos. Algo que ocurrió en el pasado puede adquirir otro valor a partir de una experiencia actual; y, a la inversa, una situación presente puede ser leída de otra manera cuando se la articula con una escena anterior.

Podemos pensar, entonces, que el análisis introduce una temporalidad múltiple allí donde el sujeto se encontraba sostenido predominantemente por una temporalidad única. El objetivo no es llevarlo del presente hacia el pasado, sino favorecer ese movimiento de ida y vuelta en el que diferentes momentos de su historia puedan entrar en relación.

Esto permite retomar la cuestión de la estructura significante. En la enseñanza de Lacan, la cadena significante no debe pensarse únicamente como una sucesión lineal, sino también en términos de articulaciones, puntos de cruce y relaciones que hacen posible que un significante adquiera valor en función de otros. La metáfora de la red resulta particularmente fecunda: una red no es solamente una serie de elementos conectados, sino también un entramado constituido por intervalos, cortes y agujeros.

El trabajo del analista puede operar precisamente sobre esos puntos de articulación. Al introducir una pregunta, detenerse en un significante, retomar una contradicción o enlazar una escena actual con otra aparentemente distante, no se está simplemente agregando información a la historia del paciente. Se están moviendo los hilos de esa red.

Es en este sentido que puede entenderse la historización como una operación analítica: no consiste en recuperar un pasado perdido, sino en producir nuevas articulaciones significantes capaces de modificar la relación del sujeto con aquello que ha vivido.

La neurosis no implica, por lo tanto, estar necesariamente "atrapado en un único tiempo". Pero sí puede presentar, en determinados momentos, una fijación de la experiencia a ciertas coordenadas temporales y significantes. El análisis introduce la posibilidad de que esas coordenadas se desplacen, de que el pasado pueda dejar de ser pasado y el presente deje de aparecer como un acontecimiento aislado. Allí donde había una línea, comienzan a aparecer conexiones; donde había sucesión, retroacción; y donde había una historia aparentemente cerrada, la posibilidad de una nueva historización.

Neurosis y regresión lineal

El neurótico puede volver sobre su historia, pero volver siempre por el mismo camino. En este sentido, el sujeto efectivamente vuelve al pasado, pero lo hace siguiendo una secuencia ya establecida, como si retrocediera por las mismas estaciones de su historia.

Un paciente puede decir: “Cuando era chico pasó esto. Después mis padres se separaron. A los 15 pasó aquello. Después conocí a mi mujer. Entonces ocurrió esto y por eso hoy soy así.”. Está recorriendo su historia hacia atrás o hacia adelante, pero conserva una lógica de continuidad. El pasado aparece como una cadena de acontecimientos que explica el presente.

De esta manera, no toda historización es necesariamente analítica. Un paciente puede hablar hartamente de su infancia, establecer relaciones entre acontecimientos y hasta encontrar "las causas" de lo que le sucede, sin que por eso se haya producido una verdadera operación de historización. Puede estar haciendo una especie de arqueología lineal de sí mismo.

Ahí aparece una diferencia fundamental entre recordar e historizar. En la regresión lineal, el pasado funciona como explicación del presente. En la historización analítica, en cambio, el movimiento es menos causal.

El problema de la neurosis es que sus movimientos temporales permanecen capturados por una misma lógica. Puede ir hacia adelante, volver hacia atrás, detenerse en la infancia, recordar escenas, pero siempre dentro de un recorrido ya trazado. La intervención apunta a hacer que la línea deje de ser una trayectoria necesaria y empiece a adquirir ramificaciones, más propio de la red significante que de una cadena. ¿De qué manera? Ubicando la repetición en lugar del recuerdo.

La temporalidad retroactiva propia del trabajo analítico introduce una discontinuidad: el pasado no es recuperado, sino que se modifica su estatuto a partir del presente.

viernes, 25 de septiembre de 2026

¿Dispositivo o encuadre?

Ciertas ideas preconcebidas del analista acerca de lo que debería ser un psicoanálisis pueden transformarse en obstáculos para la cura. La cuestión obliga a distinguir entre la estructura propia del dispositivo analítico y la rigidez de un encuadre.

Por supuesto que el análisis tiene una estructura que se cimenta en una serie de posiciones que se juegan en la transferencia. Y, por ende, de lugares que el analista ocupa. O sea que eso da cierta estructura del dispositivo analítico, pero que no participa de nada del orden de un encuadre, porque el encuadre sería algo fijo, estático. Y rígido.

Si existiera tal encuadre, el sujeto debería ser empujado a entrar ahí.

A diferencia de eso, entiendo que cuando Lacan plantea que el dispositivo analítico tiene una serie de relaciones que se sostienen de una serie de posiciones, no está planteando nada del orden de lo rígido, sino que estas posiciones se van jugando a lo largo de la cura en función de aquello que el analista escucha. Con lo cual vuelvo a tomar un término al cual hago referencia muy habitualmente, porque me parece esencial que es el término acomodación.

El analista debe acomodar su posición al sujeto que está escuchando cada vez, ¿qué quiere decir esto? Quiere decir que el analista, acomodando esa posición, hace posible hacer lugar a ese sujeto subvertido que el psicoanálisis propone, acomodarse es entonces hacer lugar a la falta, la falla, la inconsistencia y la incompletitud.

De este modo un analista asume una posición que está en las antípodas del forzar al sujeto a entrar a un dispositivo rígido. Sino que es al revés, con esa acomodación el analista le hace posible a un sujeto encontrar un modo particular y singular de analizarse.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

¿Cómo se disciplina un cuerpo? La experiencia del servicio militar obligatorio.

En esta ocasión vamos a hacer un recorrido por el servicio militar obligatorio argentino, para situar como la primera enseñanza militar no era tanto intelectual como corporal. 

Situemos primeramente algunas coordenadas para los nacidos en democracia. En términos generales, la conscripción era una obligación legal por la cual, siendo varón, alguien podía ser convocado para pasar un período dentro del Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea. La Ley 17.531 establecía que los varones eran convocados alrededor de los 20 años y que el servicio podía durar entre uno y dos años; en la práctica, especialmente en las últimas décadas, tendió a ser de alrededor de un año.

La colimba (correr, limpiar, barrer) no empezaba realmente cuando se aprendía a disparar o algún quehacer militar, sino cuando el muchacho descubría que durante los próximos meses su tiempo ya no le pertenecía completamente. ¿Pero cómo se desorganizaba la vida civil anterior para producir un sujeto capaz de habitar el cuartel?

En este punto, Erving Goffman resulta bastante pertinente para pensar este fenómeno. En Internados, al estudiar las instituciones totales, describe precisamente espacios donde un conjunto de personas desarrolla una parte importante de su vida bajo una misma autoridad, en un mismo lugar y siguiendo una rutina reglamentada.

El cuartel no era idéntico a una institución total en todos sus aspectos, porque el conscripto tenía permisos, francos, podía salir y eventualmente volver a su casa, pero durante los períodos de permanencia prolongada compartía varios de esos mecanismos de desprivatización.

1) El cuerpo registrado y numerado

Hay que aclarar a las nuevas generaciones que no todos los varones de una camada necesariamente entraran al servicio militar. Había un sistema de selección que combinaba examen médico, excepciones y cupos, y el sorteo determinaba fundamentalmente el destino entre las fuerzas y, en el sistema regulado por la Ley 17.531, el orden de incorporación. 

Simplificando bastante, el recorrido comenzaba con todos los jóvenes de la clase siendo registrados y sorteados. La ley establecía un sorteo público anual de la clase correspondiente. El número obtenido era importante: los números más altos se asociaban a la Armada y, en orden decreciente, a Fuerza Aérea y Ejército.

Acá viene algo tan obvio como notable: no sacaban directamente el nombre de cada muchacho. Se utilizaban los últimos tres números del documento como número de orden. Por ejemplo, si el DNI terminaba en 427, la persona esperaba que en la transmisión llegaran al orden 427. De esta manera, se iban recorriendo los números de documento del 000 al 999 y para cada uno se anunciaba el número de sorteo que le correspondía.

Ubicamos que en el número ya encontramos una cierta desubjetivación, aunque transitoria, en tanto el número no significa nada, en contraposición con un nombre, que es un significante.

El número de tu DNI del joven podía tener consecuencias prácticas sobre su destino, porque el sistema utilizaba el número obtenido en el sorteo para ordenar la incorporación. La documentación histórica describe el uso de los últimos números del documento en el mecanismo de sorteo.

El número en aquel sorteo no era simplemente una especie de "entrar/quedar fuera"; servía para ordenar la incorporación y asignar la fuerza. El asunto es que aunque estadísticamente no fuera seguro que al joven le tocara, socialmente vivía con la incertidumbre de que podía tocarle.

El sorteo incluso tenía una dimensión pública y bastante dramática. Hay testimonios de jóvenes y documentación de la época que muestran a familias y muchachos siguiendo por radio los números que iban saliendo. La experiencia tenía suficiente carga emotiva como para que mucha gente se acordara de su número durante décadas.

Debemos entender que el sorteo funcionaba casi como un pequeño acontecimiento ritual colectivo. Excedía de un trámite administrativo: miles de familias escuchaban la radio simultáneamente y esperaban que aparecieran tres cifras que podían alterar el año siguiente de la vida de un chico.

2)  El cuerpo desnudado, evaluado... y clasificado

El reconocimiento médico posterior a salir sorteado determinaba quién estaba en condiciones de ser incorporado. Había personas exceptuadas por razones médicas y también otras causales previstas legalmente. La incorporación dependía también de las exclusiones, excepciones y de cuántos conscriptos necesitaban realmente las Fuerzas Armadas. 

La ley establecía que, después del sorteo, se hacía un reconocimiento médico general y que una junta médica determinaba si el joven era apto. Una enfermedad o defecto físico que lo hiciera "inepto en forma absoluta y definitiva" era causal de excepción.

En términos generales, el muchacho recibía una citación con día, hora y lugar y se presentaba en una dependencia militar o sanitaria. Hay testimonios de revisaciones realizadas en batallones y distritos militares. Por ejemplo, un exconscripto de la clase 1962 relata que en 1981 fue citado a un batallón de Ciudadela para la revisación. 

La revisión buscaba determinar la aptitud psicofísica para el servicio, por lo que incluía distintas dimensiones, examen clínico general, peso y talla, evaluación de la visión y audición, revisión odontológica, etc. 

La parte que más llama la atención hoy es que había que desnudarse. En testimonios de exconscriptos aparecen revisaciones colectivas o semicolectivas en las que los jóvenes quedaban desnudos frente al personal médico, precisamente para observar corporalmente posibles anomalías, lesiones, deformidades, etc. 

No podríamos considerarlo un mero chequeo médico: era una evaluación estatal obligatoria que podía decidir si un joven de veinte años iba a perder aproximadamente un año de su vida civil y entrar en una institución militar. Y el modo en que se realizaba —incluyendo desnudez, examen corporal y la autoridad jerárquica del médico militar— hacía que para muchos fuera una experiencia bastante intimidante.

El testimonio de un conscripto revisado en 1981 describe que les ordenaron desnudarse, ponerse de espaldas y realizar determinadas posiciones para ser examinados. También relata una revisión anal particularmente invasiva aplicada a otro muchacho.

Claramente, había una distancia entre lo que estaba reglamentariamente previsto y las prácticas concretas que se realizaban.

Eetre los jóvenes de auqella época existiera toda una cultura alrededor de "zafar": se hablaba de problemas de vista, pies planos, escoliosis, soplos cardíacos, lesiones, etc. Algunas cosas eran verdaderos motivos de exclusión; otras eran exageraciones o mitos que circulaban entre los muchachos.

La ley, además, contemplaba expresamente que no presentarse injustificadamente al reconocimiento médico podía generar sanciones y hasta un recargo de servicio... Un servicio que todavía ni empezó.

3) El cuerpo separado de sus otros primordiales.

Si reconstruimos el primer día de un conscripto en el Ejército, sobre todo para las décadas en que la conscripción estaba plenamente instalada, la escena era bastante más brusca de lo que hoy imaginamos. Hay que tener presente que variaba según fuerza, unidad, época y destino. La documentación histórica sobre Campo de Mayo describe un “período de instrucción” inicial de unos treinta días, intensivo, durante el cual todos los ingresantes hacían básicamente lo mismo antes de ser destinados a funciones específicas.

Supongamos que seguimos la experiencia de Juan, un caso ficticio. El muchacho ya sabía desde hacía días que tenía que presentarse. Había preparado un bolso o valija con algunas cosas personales y probablemente llevaba puesta todavía su ropa de civil.

La escena familiar debía tener algo particular: no era exactamente una despedida porque iba a volver, pero tampoco era un día cualquiera. Para muchos significaba que durante varios meses la vida cotidiana iba a quedar suspendida.

El padre, la madre, hermanos, novia o amigos de Juan podían acompañarlo hasta el lugar de presentación. Después de ahí, la familia dejaba de tener control sobre lo que ocurría.

Y esto es importante psicológicamente: hasta esa mañana el muchacho era estudiante, empleado, hijo, novio, amigo. A partir de ese momento pasaba a ser un conscripto dentro de una estructura militar.

Juan llegaría a esta organización junto con decenas de otros jóvenes. Probablemente muchos no se conocían entre sí. Venían de barrios, escuelas y familias diferentes. En unidades grandes podían encontrarse incluso muchachos provenientes de lugares muy distintos del país.

Los recibían militares y comenzaban los trámites de incorporación. Nombre. Documento. Clase. Destino. Se verificaban los datos y se los distribuía. Y entonces empezaba la transformación de Juan.

4) El cuerpo dentro de una jerarquía.

Una de las primeras cosas que a Juan probablemente lo habría impresionado hubiera sido la forma en que se dirigían a ellos. En la vida civil, un chico de veinte años podía estar acostumbrado a hablar con profesores, padres, jefes o empleados prácticamente de igual a igual.

En el cuartel aparecía inmediatamente otra lógica:"¡Formación!", "¡Firmes!", "¡A formar!", "¡Rápido!"

La documentación histórica describe precisamente que la primera instrucción incluía orden cerrado, saludos, símbolos, marchas y aprendizaje de la organización militar. Todo esto sin que fuera necesario que todavía supieran hacer nada militar. El período inicial estaba pensado justamente para producir esa transformación.

5) El cuerpo uniformado

En algún momento de ese proceso, Juan recibiría los elementos militares que iba a necesitar y comenzaría a utilizar el uniforme. Eso tiene una importancia simbólica particular, porque es el punto donde la ropa civil comienza a desaparecer. 

Hasta unos minutos antes, era Juan Pérez, estudiante. Ahora: Soldado conscripto Pérez.

El uniforme eliminaba muchas diferencias visibles entre ellos. La propia documentación histórica señala que durante ese período inicial todos los soldados de una unidad estaban, por primera vez, en condiciones relativamente iguales: vivían de la misma manera y realizaban las mismas tareas.

El uniforme brinda dos operaciones simultáneas. Por un lado, individualizaban menos al sujeto, ya que todos tenían prácticamente la misma ropa, las mismas camas, la misma comida, los mismos horarios. Pero por otro, hacían más visible cualquier diferencia corporal o subjetiva. Si todos están vestidos igual y viven igual, las diferencias que quedan, como altura, fuerza, habilidad, timidez, sexualidad percibida, carácter, etc. pueden hacerse incluso más visibles.

No es casual que el uniforme tenga tanta importancia simbólica dentro de la institución militar: representa identidad, pertenencia, jerarquía y disciplina. 

¿Le cortarían el pelo a Juan? La famosa escena cinematográfica de "entrás, te agarran y te pelan al ras" no necesariamente ocurrió exactamente así en todos los cuarteles y épocas. Pero ciertamente, el cabello corto y la adecuación de la apariencia formaban parte de la transformación del civil en soldado.

Es fácil imaginar lo que podía producir en un muchacho. Si Juan se miraba al espejo, ya no veía exactamente al mismo tipo que había salido de su casa esa mañana.

6) Un cuerpo desprovisto de intimidad

La pérdida de intimidad era una de las características estructurales de la vida de cuartel, aunque nuevamente variaba mucho según unidad, época y condiciones materiales. Y probablemente sea difícil imaginarla desde la vida actual porque estamos acostumbrados a que incluso los espacios colectivos tengan algún grado de privacidad.

En un cuartel, el principio era bastante diferente: el cuerpo y el tiempo del conscripto estaban mucho más expuestos a la mirada de los demás.

A Juan le asignan un lugar para dormir. Le dan una cama, un armario o espacio para sus pertenencias, un dormitorio compartido con muchos otros. Y entonces comienza una de las experiencias más extrañas: dormir con treinta, cuarenta o más tipos que unas horas antes eran desconocidos.

La habitación donde está Juan ahora era colectiva, quizá Juan aún no lo haya notado por estar frente a varias preocupaciones nuevas más inmediatas: ¿Dónde pongo mis cosas? ¿Cómo hago la cama? ¿Cuándo puedo ir al baño? ¿A qué hora puedo llamar a casa? ¿Cuándo vuelvo? Todo eso tiene que aprenderse.

Lo cierto es que ahora, Juan tiene que acostarrse y levantarse rodeado de otros, cambiarse de ropa delante de otros. Sus pertenencias están prácticamente a la vista y sus ronquidos, pesadillas, conversaciones y estados de ánimo podían ser escuchados por los demás. Incluso algo tan sencillo como estar triste, llorar o querer estar solo desde ahora resultará difícil.

Los baños militares tradicionalmente estaban diseñados para ser colectivos y funcionales, no para proporcionar intimidad. Había baterías de duchas y sanitarios. Dependiendo de la época y de la unidad podía haber separaciones, cortinas, divisiones o simplemente espacios abiertos. No podemos decir que todos los cuarteles eran iguales, pero sí existía algo fundamental: la corporalidad dejaba de ser completamente privada. El cuerpo está ahí y los demás pueden verlo. Y además estaba la dimensión de la mirada de los otros varones.

Ducharse después de hacer ejercicio, cambiarse, ir al baño, lavarse, afeitarse... eran actividades que podían realizarse en presencia de otros. Y para un chico de 18-20 años eso podía ser especialmente significativo, porque estamos hablando justamente de una etapa en la que el cuerpo, la sexualidad, la vergüenza y la comparación con otros tienen una enorme importancia.

Con el tiempo, Juan detectará una auténtica fijación de los militares por hacer la cama de una determinada manera, que de no ser cumplida podía ser motivo de un castigo. Esta pequeña operación pedagógica para indicar que el espacio privado tampoco le pertenece realmente.

7) Un cuerpo con horarios

La investigación histórica sobre la conscripción en Campo de Mayo lo expresa bastante claramente: el objetivo de esos primeros treinta días era "aclimatar" de manera brusca a los jóvenes a la vida del cuartel, mediante actividad física, disciplina y subordinación. 

Juan ahora come en el comedor de la unidad. También esto estaba reglamentado: horarios, lugares, forma de comportarse, movimientos. Notemos que todavía nadie habló de aprender a combatir, más bien se trata de aprender cómo vivir dentro del cuartel.

Había una secuencia temporal minuciosamente organizada: levantarse, higienizarse, tender la cama, formar, desayunar,  una instrucción, almorzar, otra instrucción, más tareas, descanso. No importa tanto la actividad, sino en acostumbrar al cuerpo a responder al horario institucional.

8) La pedagogía del cuerpo militar

Después de las cuestiones administrativas empezaba lo que podríamos llamar la pedagogía del cuerpo militar. El orden cerrado tenía precisamente esa función: que el cuerpo aprendiera a responder automáticamente a determinadas órdenes y que el individuo pudiera moverse como parte de una unidad.

Formación, marcha, giros, saludo. Posición de firmes. Carrera. Ejercicio físico. Órdenes. Repetición. Otra vez y otra.

"Firmes" es un ejemplo perfecto: el cuerpo parado espontáneamente cambia de posición, se rasca, se mueve, mira alrededor. "Firmes" prescribe cómo estar parado, se trata de un cuerpo controlado.

Juan deberá aprender a detenerse cuando se dé una orden, comenzar cuando se dé otra, desplazarse con otros, mantener una posición, esperar y siempre obedecer. El cansancio y la incomodidad deberán ser tolerados y Juan aprenderá a subordinar su iniciativa individual a la formación.

Se disciplinaba la manera de hablar. Había que responder cuando correspondía y permanecer callado cuando correspondía. Y existía un vocabulario jerárquico: "Sí, mi...", según el grado del superior y la tradición de cada fuerza/unidad.

La mirada también estaba disciplinada. En determinadas situaciones había que mirar hacia adelante, mantener la cabeza en determinada posición y evitar distraerse. Incluso el saludo militar regula la mirada, el movimiento de la mano y la postura. Es decir, hasta algo aparentemente tan privado como dónde dirigís los ojos podía estar normativizado.

La investigación histórica sobre los primeros días en Campo de Mayo señala justamente que para muchos jóvenes provenientes de sectores medios urbanos esa ruptura con su rutina anterior era especialmente fuerte, y recoge testimonios que hablan de esos primeros días como una experiencia violenta con el estilo de vida anterior.

La documentación confirma que esa primera etapa podía prolongarse durante aproximadamente un mes y que después los conscriptos eran distribuidos en funciones diferentes: algunos terminaban como cocineros, mecánicos, administrativos, choferes, operadores, etc., mientras otros continuaban en tareas más directamente militares. 

La colimba es un caso bastante claro de lo que Foucault llamaría una tecnología disciplinaria: no se trataba solamente de enseñar a usar un arma, sino de producir un cuerpo previsible, obediente, coordinado y disponible para la institución.

Ese aspecto de la conscripción argentina es particularmente interesante porque se superponía con algo que excedía ampliamente a las Fuerzas Armadas: durante décadas, la sociedad argentina esperaba que la colimba "hiciera hombres". Es decir, había una concepción cultural de que soportar disciplina, esfuerzo, obediencia y convivencia forzada formaba parte de la transición de muchacho a adulto.

martes, 22 de septiembre de 2026

Más allá de la máscara: del sujeto deseado al sujeto deseante

El síntoma, el deseo y la máscara mantienen entre sí una relación más estrecha de lo que podría suponerse. La máscara no tiene únicamente la función de ocultar o velar algo: también reviste al sujeto y, al hacerlo, deja entrever algo de la posición desde la cual este se presenta ante los otros.

La máscara es, además, solidaria del fantasma. Por eso, aquello que se oculta no deja de mostrarse en el mismo movimiento en que se vela. El sujeto queda así a cierta distancia de la castración del Otro, presentándose revestido de algún valor —necesariamente ilusorio— que sostiene su posición.

Cuando el analista recibe o acoge una demanda, su tarea no consiste solamente en atender aquello que aparece formulado como motivo de consulta. La escucha analítica requiere prestar atención a aquello que se dice, pero también a lo que se desliza entre las líneas del discurso.

Esto supone, por un lado, dar lugar a aquello que en el sujeto comanda cierto malestar y lo lleva a la necesidad de ser escuchado; pero, al mismo tiempo, intentar delimitar un «más allá» de aquello que aparece como motivo manifiesto de la consulta.

Ahora bien, ¿qué significa escuchar entre líneas?

Muchas veces, aquello por lo cual un sujeto consulta no coincide con aquello que sostiene verdaderamente su demanda. El motivo de consulta puede funcionar como una vía de entrada, pero también como una forma de presentar el padecimiento sin quedar todavía demasiado comprometido en aquello que está en juego. Leer entre líneas implica entonces intentar descifrar las coartadas del sujeto, como condición previa para que una interpretación pueda producir algún efecto.

Hablamos de coartada porque la máscara cumple precisamente una función de elusión. Permite rehuir el punto en el cual el sujeto queda comprometido con el deseo del Otro, pero también con su propia relación con la demanda y el goce. La máscara protege al sujeto de aquello que, al mismo tiempo, lo concierne.

Si la escucha analítica apunta más allá de las máscaras, no es para arrancarlas ni para revelar detrás de ellas una supuesta verdad última del sujeto. Apunta, más bien, a situar la posición desde la cual el sujeto habla, desea, demanda y goza; es decir, aquella posición en la que no solamente queda comprometido, sino verdaderamente concernido.

Quedar concernido implica entonces una torsión en la posición subjetiva: pasar de aquello que el sujeto supone ser para el deseo del Otro a poder interrogar qué lugar ocupa él mismo en su propio deseo. Es allí donde puede abrirse el pasaje de la posición de deseado a la de deseante.

El cuerpo, el Otro trauma y las neurosis narcisistas (Héctor Yankelevich)

 En el libro El cuerpo. El Otro trauma. Las neurosis narcisistas, Héctor Yankelevich aborda una cuestión de gran interés para la clínica psicoanalítica: ¿qué ocurre cuando la constitución del sujeto, la relación con el cuerpo y la posibilidad de establecer un lazo con el Otro presentan dificultades que no se dejan explicar adecuadamente por el modelo clásico de la neurosis?

Yankelevich intenta ampliar la clínica psicoanalítica hacia sujetos cuyo sufrimiento no se organiza de modo evidente alrededor de una formación sintomática interpretable. Su hipótesis es que ciertas fallas tempranas en el don de amor pueden dejar marcas en la constitución narcisista, el cuerpo y la relación con el goce, y que esas marcas exigen una modalidad particular de escucha e intervención.

El eje de su propuesta puede pensarse alrededor de tres términos: cuerpo, trauma y narcisismo. Pero conviene no tratarlos como tres temas independientes: la apuesta es articularlos para pensar determinadas formas de sufrimiento psíquico y sus condiciones de constitución.

El «Otro trauma»: una falla en el don de amor

La tesis más distintiva de Yankelevich es que existe un trauma infantil que no se reduce a la violencia sexual ni a un acontecimiento brutal y puntual. Se trata de lo que llama el Otro trauma: las fallas en los cuidados, la incuria parental, el rechazo o la carencia de amor en momentos en que el niño depende del Otro para constituirse como sujeto deseante.

Esto no significa simplemente que los padres no hayan sido suficientemente cariñosos. La cuestión es más estructural: el amor del Otro es una condición para que el niño pueda constituir una relación con su propio deseo. Cuando ese don falla, pueden quedar comprometidos el narcisismo, la relación con el cuerpo y la posibilidad de tramitar las exigencias pulsionales.

Una formulación que resume su planteo es: ¿Qué es el yo, finalmente, sino el modo en que fuimos amados?

La frase no debe entenderse como una explicación psicológica lineal del yo, sino como una indicación de cuánto participa el modo en que fuimos investidos por el Otro en la constitución narcisista.

El cuerpo no es el organismo

Desde una lectura lacaniana, Yankelevich trabaja el cuerpo como algo que se constituye en la relación con el Otro y con el lenguaje. El cuerpo excede a la realidad biológica y a la imagen especular: es también un cuerpo libidinal, marcado por las investiduras, los significantes y los modos en que el sujeto queda situado frente al deseo y al goce.

El problema clínico aparece cuando algo de esa constitución no logra organizarse de manera suficiente. En ese contexto, pueden surgir fenómenos corporales, dificultades en la relación con la imagen, alteraciones del sentimiento de sí o modos de satisfacción que no se dejan ordenar fácilmente mediante el sentido.

Es importante una precisión: no propone que toda enfermedad orgánica sea causada por un trauma afectivo. Su interés es el cuerpo en la constitución subjetiva y en la clínica psicoanalítica.

¿Qué entiende por neurosis narcisistas?

Yankelevich retoma la categoría freudiana de neurosis narcisistas y la trabaja desde una perspectiva lacaniana. Se interesa por sujetos que no encajan fácilmente en las neurosis de transferencia clásicas, pero que tampoco deben ser ubicados automáticamente en el campo de las psicosis.

En la descripción de esta clínica aparecen, entre otros fenómenos:

  • Alteraciones persistentes del yo y del sentimiento de identidad.

  • Una relación problemática con el cuerpo.

  • Fenómenos de sensitividad, interpretatividad o tonalidad melancólica.

  • Manifestaciones corporales funcionales que no encuentran una explicación médica suficiente.

  • Dificultades para que el sufrimiento se articule en formaciones del inconsciente y pueda ser trabajado por las vías habituales de la interpretación.

La cuestión central no es construir una nueva etiqueta diagnóstica, sino pensar qué tipo de funcionamiento subjetivo y qué condiciones de analizabilidad están en juego.

La Ableugnung: una defensa distinta de la represión

Uno de los conceptos que Yankelevich destaca es la Ableugnung, término freudiano que suele traducirse como desmentida o renegación, según el contexto.

La diferencia que le interesa subrayar es que no todo desconocimiento de una realidad psíquica funciona como represión. En la represión, un contenido queda apartado y puede retornar bajo la forma de una formación del inconsciente. En la desmentida, en cambio, se produce una modalidad distinta de desconocimiento que puede comprometer la división del yo.

En la clínica que describe, el sujeto puede no disponer de un conflicto inconsciente claramente formulable que permita interpretar de la manera clásica. El malestar puede aparecer más bien en los fracasos, los desencuentros, los vínculos, el cuerpo o situaciones inesperadas.

Esto abre una pregunta clínica muy interesante: ¿cómo intervenir cuando no hay un síntoma organizado como formación del inconsciente, pero sí hay sufrimiento y repetición?

La relación entre el ideal y el goce

Yankelevich señala que, cuando las exigencias del adulto superan las posibilidades del niño, pueden producirse dos modalidades extremas:

Entrega al goce inmediato. Una respuesta en la que la satisfacción pulsional inmediata puede predominar sobre la mediación del deseo y la elaboración.

Sumisión completa al ideal. Una respuesta en la que el sujeto queda sometido a las exigencias ideales del Otro, con dificultades para sostener un deseo propio.

Esta formulación aparece en la presentación del libro y en materiales de enseñanza vinculados a su propuesta.

No se trata de dos diagnósticos ni de una clasificación exhaustiva, sino de dos modos de respuesta frente a una falla en el amor y a exigencias que el niño no puede tramitar.

Consecuencias para la dirección de la cura?

La consecuencia clínica que se desprende de esta propuesta es que no siempre se puede comenzar por interpretar el sentido oculto de un síntoma. En algunos casos, el trabajo analítico requiere primero construir condiciones para que aquello que se presenta como goce, malestar corporal, repetición o desorganización narcisista pueda adquirir un borde y articularse con el significante.

Esto implica una posición del analista atenta a:

  • Las modalidades de transferencia y de demanda.

  • La relación del sujeto con su cuerpo y su imagen.

  • Las formas de satisfacción que no están suficientemente ligadas a la palabra.

  • La posibilidad de producir una articulación simbólica allí donde predomina un goce sin borde.

La idea de trazar un borde es especialmente relevante: no se trataría de imponer un sentido desde afuera, sino de favorecer una transformación en la relación del sujeto con aquello que lo invade o lo deja fijado.

Una lectura clínica posible

Creo que el aporte más fecundo de Yankelevich es que permite distinguir dos problemas que a veces se confunden:

Clínica de la neurosis de transferencia

Clínica de las neurosis narcisistas según esta orientación

El conflicto puede organizarse en síntomas y formaciones del inconsciente.

El sufrimiento puede presentarse más directamente en el yo, el cuerpo o el lazo con el Otro.

La interpretación puede apuntar al sentido reprimido.

Puede ser necesario construir primero condiciones de articulación y un borde para el goce.

El deseo y la defensa se abordan a través de la lógica del conflicto.

Se interroga cómo se constituyó el narcisismo y qué fallas en el amor incidieron en esa constitución.

Esta tabla es una síntesis interpretativa de los ejes que presenta el autor, no una clasificación textual completa de su libro.