Jacques Lacan cuestiona aquella orientación clínica centrada en el análisis de las resistencias, es decir, en la idea de que la tarea del análisis consistiría en “hacerlas levantar”. A esta perspectiva le opone una torsión decisiva: el inconsciente no resiste, insiste.
Desde esta posición, la resistencia no debe localizarse del lado del sujeto como una negativa a saber. Más bien, cuando aparece, puede situarse del lado del analista, en la medida en que éste se desplaza de su lugar —el de oyente— para ocupar el de quien comprende, elucida o incluso orienta al sujeto hacia una supuesta adecuación a la realidad.
Sin embargo, la resistencia no desaparece del campo analítico. Por el contrario, forma parte de su práctica, lo que obliga a interrogar su estatuto: ¿qué es lo que, en el sujeto, resiste?
Siguiendo a Sigmund Freud, podemos ubicar una primera vertiente: hay resistencias inherentes al pasaje entre sistemas —por ejemplo, entre inconsciente y preconsciente—. En este nivel, lo que resiste está ligado a aquello que no logra acceder a la palabra. Es decir, aquello que no se deja tramitar por el enlace verbal.
Pero esta perspectiva introduce un desplazamiento importante: la resistencia no remite simplemente a una actitud del sujeto (no querer saber, no hacerse cargo de su goce), sino a la existencia de un “resto” estructural. Hay algo que resiste en tanto el significante no cesa de no escribirlo.
Nos encontramos así con un límite propio del lenguaje: no todo en el sujeto es metaforizable. Esta imposibilidad tiene consecuencias directas en la sexualidad, en la medida en que no todo el goce se subsume en el falo como Bedeutung.
En este punto se vuelve legible el malestar señalado por Sigmund Freud como inherente a la condición hablante y a la entrada en la cultura. La repetición —lejos de ser un simple retorno de lo mismo— comporta siempre una cuota de sufrimiento. Y es precisamente allí donde algo resiste: no como oposición, sino como efecto de lo imposible de escribir.