Hay momentos en la vida en los que uno debe tomar decisiones difíciles.
Comprar una casa.
Tener hijos.
Cambiar de trabajo.
Empezar un análisis.
O convertir el departamento viejo de la abuela en un Airbnb y descubrir, tres meses después, que nadie quiere pagar 80 dólares por dormir al lado de una heladera que hace ruido como una turbina de avión.
La crisis de Airbnb ha llegado.
Y con ella, una pregunta que debería interpelar profundamente a nuestra profesión: ¿Qué puede hacer un psicólogo para lucrar con un inmueble antiguo sin tener que venderlo?
Mucho.
Pero antes que nada debemos abandonar ciertos prejuicios.
Por ejemplo, eso de pensar que un departamento viejo tiene problemas.
No.
Tiene carácter.
La humedad no es humedad. Es pátina.
La pintura descascarada no indica falta de mantenimiento. Es estética vintage.
El baño sin ventana no es un baño sin ventana. Es un espacio de introspección sensorial.
Y la persiana que hace treinta años que no baja no está rota. Es un sistema de iluminación natural permanente.
El primer principio para entrar al negocio del alquiler temporario es, entonces, profundamente psicológico:
Esto lo sabemos los psicólogos.
El paciente dice:
—Mi marido me controla.
Nosotros preguntamos:
—¿Qué significa para vos ese control?
Bueno.
Con Airbnb hacemos exactamente lo mismo.
El huésped dice:
—La habitación tiene olor a humedad.
Nosotros respondemos:
—¿Qué significa para usted que la habitación tenga olor a humedad?
Y ahí comienza el trabajo.
Porque el verdadero problema nunca es el olor; es la representación psíquica del olor.
Ahora bien, hay algo que los psicólogos deberíamos tener particularmente presente: la demanda del otro.
El huésped quiere aire acondicionado.
Quiere wifi.
Quiere una cama cómoda.
Quiere que el agua caliente funcione.
Quiere que el ascensor no parezca estar atravesando una crisis existencial.
Pero nosotros, como buenos sujetos atravesados por el psicoanálisis, sabemos que la demanda nunca coincide exactamente con el deseo. Por lo tanto, si pide aire acondicionado, quizás en realidad está demandando otra cosa.
¿Reconocimiento?
¿Amor?
¿Una experiencia auténtica?
¿La reparación de alguna escena infantil?
No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que podemos cobrarle 15 dólares adicionales por noche por todo eso.
El truco está en ofrecer “experiencias”.
Porque si uno publica:
“Departamento de 42 m², tercer piso, baño pequeño, cocina vieja y humedad en una pared”
nadie reserva.
Pero si escribe:
“Acogedor refugio urbano con auténtico encanto porteño, ideal para experimentar la ciudad como un local.”
Bueno, ahí cambia todo. El mismo departamento, otra significación.
Lacan estaría orgulloso. O no.
Pero probablemente cobraría más por la consulta.
El segundo gran principio es la resignificación del defecto.
Esto es fundamental.
¿El departamento tiene muebles viejos?
Estilo mid-century auténtico.
¿Tiene una mesa de fórmica?
Diseño retro.
¿La cama cruje?
Experiencia sonora inmersiva.
¿La ducha tiene dos posiciones: lava y congela?
Ducha multisensorial.
¿El vecino escucha cumbia a las tres de la mañana?
Auténtica experiencia de convivencia barrial.
¿El edificio tiene un portero eléctrico que funciona cuando quiere?
Sistema de acceso orgánico y no invasivo.
¿Hay una cucaracha?
Bueno.
Ahí recomiendo intervenir.
Hay límites para la psicoterapia.
Pero quizás la mayor enseñanza de esta crisis sea otra.
Durante años nos hicieron creer que Airbnb consistía simplemente en tener un departamento y alquilarlo.
Qué ingenuidad.
Hoy descubrimos que hay que producir fotografías profesionales, estudiar precios, responder mensajes a cualquier hora, manejar cancelaciones, limpiar, mantener el inmueble, conseguir buenas reseñas y competir con miles de propiedades.
Es decir:
convertir un departamento en un trabajo.
Y eso sí que debería resultarnos familiar a los psicólogos.
Porque nosotros llevamos años haciendo algo parecido con nuestros consultorios.
Tenemos un inmueble.
Lo decoramos.
Ponemos una biblioteca.
Compramos un sillón.
Instalamos wifi.
Ponemos una planta.
Y esperamos que alguien pague por sentarse ahí una hora a hablar de su madre.
La diferencia es que Airbnb permite que el huésped vea el departamento antes de reservar.
Nosotros todavía dependemos del misterio.
Por eso mi recomendación para aquellos colegas que tengan un departamento viejo y estén pensando en incorporarse al mercado de alquiler temporario es sencilla:
No gasten primero en refaccionarlo.
Gasten en un fotógrafo.
Luego contraten a alguien que escriba bien.
Después alguien que maneje las redes.
Y finalmente un psicólogo.
Porque van a necesitar uno.
El departamento probablemente tenga problemas.
Los huéspedes también.
Y ustedes, después de leer durante seis meses:
“Hermoso lugar, aunque el colchón podría mejorar.”
“Muy buena ubicación, pero había mucho ruido.”
“Todo excelente salvo que no había ascensor.”
“La ducha es un poco complicada.”
van a comenzar a desarrollar una sensibilidad particular hacia la crítica.
Y ahí comprenderán algo que Freud ya había descubierto hace más de cien años:
el problema no es lo que el otro dice.
El problema es que uno sabe que probablemente tiene razón.
Bienvenidos al maravilloso mundo del alquiler temporario.
Donde la neurosis se cobra por noche.
Y la humedad, por semana.