lunes, 27 de abril de 2026

¿Cómo intervenir ante el "círculo infernal de la demanda"?

Lacan usa la expresión “círculo infernal de la demanda” para señalar una trampa estructural del vínculo humano: cuanto más se responde a la demanda del sujeto, más se la alimenta… sin satisfacerla nunca del todo. De esta manera, el “círculo infernal de la demanda” es la imposibilidad estructural de satisfacer la demanda de amor, que hace que toda respuesta la reproduzca y la intensifique.

Para ubicarlo, hay que partir de una distinción clave en Jacques Lacan:

  • Necesidad: lo biológico (hambre, sueño, etc.).
  • Demanda: cuando esa necesidad pasa por el lenguaje y se dirige al Otro.
  • Deseo: lo que queda como resto, irreductible a la satisfacción.
¿Dónde aparece el “círculo”?


Este concepto no es una idea suelta, sino que se deja leer directamente en la lógica del grafo del deseo. El "círculo infernal de la demanda" en el grafo del deseo de Jacques Lacan representa la trampa neurótica donde el sujeto (s(A)) busca incansablemente la aprobación del Otro (A). Es un circuito imaginario (m) que petrifica al sujeto en un ideal (i(a)), impidiendo el acceso al deseo genuino.

Para ubicarlo, conviene recordar que el grafo que propone Jacques Lacan no es un esquema estático, sino un modo de escribir cómo el sujeto se constituye en relación al lenguaje y al Otro.

El “círculo infernal” se ubica justamente en este movimiento:

  1. El sujeto dirige su demanda al Otro.
  2. El Otro responde (con significantes).
  3. Esa respuesta no agota lo que estaba en juego.
  4. Entonces el sujeto vuelve a demandar.

Esto arma un circuito cerrado de significación. No hay punto final, porque el Otro responde en el plano del lenguaje, pero la demanda incluía algo más (amor). Cuando el sujeto demanda, en realidad no pide solo un objeto (comida, cuidado, respuesta), sino amor: pide ser reconocido, querido por el Otro. El problema es que:el Otro puede responder a la necesidad (dar comida, atención, etc.), pero no puede colmar la demanda de amor de manera plena.

Entonces, el sujeto demanda algo; el Otro responde (satisface en parte) pero como la demanda incluía amor, queda un resto insatisfecho. Ese resto relanza la demanda… que vuelve a dirigirse al Otro. Y así se arma un circuito sin fin.

¿Por qué “infernal”? Porque es un circuito que se retroalimenta: cuanto más el Otro intenta satisfacer, más se intensifica la demanda. La respuesta nunca alcanza, porque el objeto dado no coincide con lo pedido en el fondo.

Esto se ve muy claro en vínculos dependientes, ciertas formas de reclamo constante en pareja, pacientes que “necesitan” del analista pero nunca quedan satisfechos.

El analista, siguiendo a Sigmund Freud y reformulado por Lacan, no responde a la demanda como lo haría el Otro cotidiano. Justamente para no entrar en ese círculo infernal.

En lugar de colmar la demanda, la intervención apunta a separar demanda y deseo y hacer aparecer qué se juega en ese pedido insistente.

En el grafo, Lacan muestra que la demanda tiene una doble cara: por un lado: demanda de satisfacción (lo que se dice); por otro: demanda de amor (lo que se juega). Y ahí se produce la falla estructural: ninguna respuesta del Otro puede colmar la demanda de amor

Entonces, el circuito imaginario sigue girando, pero algo queda siempre insatisfecho. Ese resto es lo que empuja a que la demanda se relance indefinidamente

La intervención del nivel superior: el deseo

Por eso Lacan introduce el segundo piso del grafo: allí aparece el deseo (d) como efecto de ese resto y el famoso $ ◊ a (el fantasma, el sujeto en relación al objeto causa). El punto clave es que el deseo no está en el circuito de la demanda, sino que surge cuando ese circuito falla en cerrarse completamente.

Si el sujeto queda capturado en el nivel inferior, queda girando en la demanda, esperando una respuesta del Otro que nunca va a ser suficiente. Es decir, queda atrapado en el s(A) ↔ A sin acceder a la dimensión del deseo. Esto permite ubicar cosas muy concretas:

  • pacientes que hablan mucho pero no se mueven subjetivamente
  • reiteración de quejas dirigidas al Otro
  • expectativa de una respuesta que “por fin” cierre algo

Ahí el analista no responde como el Otro del grafo inferior, porque si lo hiciera, reforzaría el circuito. En cambio, apunta a producir un corte que haga aparecer: el resto y el deseo.

En el grafo del deseo, el “círculo infernal de la demanda” es el circuito repetitivo entre el sujeto y el Otro en el nivel simbólico, que se sostiene porque la demanda de amor es estructuralmente insatisfecha, y solo se rompe cuando emerge la dimensión del deseo.

El analista interviene no satisfaciendo la demanda, sino produciendo cortes que descompletan al Otro y hacen emerger el deseo; así el sujeto deja de girar en el circuito “infernal” y puede responsabilizarse por lo que en él no se satisface.

La salida no es “sacar” al sujeto del circuito como si fuera algo externo, sino operar dentro de ese mismo dispositivo para producir un corte. Si el analista responde como un Otro que satisface, queda pegado al nivel inferior del grafo y el circuito se refuerza. La dirección de la cura —tal como la formaliza Jacques Lacan— apunta a otra cosa: descompletar al Otro y hacer aparecer el deseo como resto de la demanda

1) No responder a la demanda como Otro que colma.

El primer gesto es ético y técnico: no dar lo que se pide (consejos, garantías, amor en forma de confirmación plena) y no ocupar el lugar de quien sabe qué le falta al sujeto

Esto no es frialdad, es evitar entrar en el “s(A) ↔ A” que cierra en falso. La regla de abstinencia (ya en Sigmund Freud) se radicaliza aquí: no alimentar la ilusión de que hay una respuesta que completaría. 

2) Manejo de la transferencia

La demanda se encarna en la transferencia: el analista es convocado como quien podría colmar. La operación es sostener la transferencia sin responderle en su literalidad y dejar caer que el Otro (encarnado en el analista) no es consistente ni garante. Así se empieza a corroer la idea de un Otro que podría cerrar el circuito. 

3) Interpretación como corte (no como explicación)

La interpretación no busca “aclarar” sino interrumpir: señalamientos breves, equívocos y cortes de sesión apuntar al significante que organiza la demanda, no al contenido manifiesto. Una buena intervención deja al sujeto sin el sentido que esperaba, produciendo un hiato. Ahí aparece el resto.

4) Hacer oír la división del sujeto ($)

Se trata de que el sujeto advenga como dividido, no idéntico a lo que demanda: devolverle su propia palabra en forma que evidencie contradicciones, subrayar desplazamientos (“pide X, pero insiste en Y”)

Cuando el sujeto no coincide consigo mismo, la demanda pierde su pretensión de totalidad.

5) Introducir la falta en el Otro (Ⱥ)

Clave lacaniana: no hay Otro del Otro. En la práctica, no cerrar con “la respuesta correcta”, tolerar y hacer operar el no saber del lado del analista. Esto desarma la expectativa de una garantía externa que vendría a colmar.

6) Despegar demanda y deseo

A partir de esos cortes, se vuelve posible distinguir lo que el sujeto pide (demanda) de lo que en su decir se le escapa (deseo). El deseo aparece como resto no saturable, no como algo que el Otro pueda entregar.

7) Reubicar el objeto a (causa del deseo)

En lugar de ser “el que satisface”, el analista se ubica —de manera operatoria— del lado del objeto a: causa el deseo del sujeto, no lo completa

Esto cambia la economía del lazo: de la exigencia de colmar a la causa que pone a desear.

¿Cómo se reconoce clínicamente que algo se movió?

  • la queja reiterativa pierde fuerza o se vuelve menos convincente
  • aparecen decisiones que no buscan autorización del Otro
  • el sujeto tolera mejor la falta (propia y del Otro)
  • disminuye la urgencia de ser respondido/confirmado

Facilitación, repetición e identificación

 En psicoanálisis, la facilitación (en alemán Bahnung) es un concepto temprano de Sigmund Freud que intenta explicar cómo se establecen y se vuelven preferenciales ciertos caminos de circulación de la excitación psíquica.

En términos simples, la facilitación es el “ablandamiento” o “apertura de vías” entre neuronas o sistemas psíquicos, producto del paso repetido de excitación. Cuanto más se recorre una vía, más fácil se vuelve volver a recorrerla. Por eso está directamente ligada a la repetición y a la constitución de huellas.

Esto implica dos consecuencias importantes:

  • Se forman circuitos privilegiados para la descarga o tramitación de la excitación.
  • Se establece una base para la memoria y la tendencia a repetir (lo que después Freud complejiza con la compulsión a la repetición).
Freud desarrolla este concepto principalmente en Proyecto de psicología para neurólogos (texto temprano, no publicado en vida). Ahí introduce la idea de neuronas (φ, ψ, ω), las cantidades de excitación, y la facilitación (Bahnung) como mecanismo por el cual las barreras de contacto se vuelven más permeables con el uso.

También hay ecos de esta noción en La interpretación de los sueños, donde la idea de huella mnémica y caminos preferenciales sigue operando, aunque con un lenguaje menos “neuro”.

En síntesis, la facilitación es un concepto clave para pensar cómo se inscriben las huellas, por qué el aparato psíquico tiende a repetir y cómo se empieza a constituir una temporalidad basada en recorridos ya trazados.

En Jacques Lacan, la facilitación freudiana (Bahnung) puede leerse como un antecedente de algo que ya no se piensa en términos “neuronales”, sino significantes. Es decir: lo que en Sigmund Freud era una vía facilitada por el paso de excitación, en Lacan pasa a ser un camino trazado por el significante.

De la facilitación al automatón

Lacan retoma la repetición en el Seminario 11 a través de la distinción entre:

  • Automatón: la repetición como insistencia de la cadena significante
  • Tyché: el encuentro con lo real (lo que irrumpe, lo contingente)

La facilitación freudiana se deja leer del lado del automatón, porque implica caminos ya trazados, una insistencia en recorrerlos y una especie de “inercia” de lo ya inscrito.

Pero Lacan da un paso más: no se trata solo de que algo se repite porque “pasó antes”, sino porque está estructurado como cadena significante. De esta manera, la huella ya no es neuronal sino significante.

En Freud, la facilitación explica cómo se constituye una huella. En Lacan, esa huella es directamente un significante: la repetición no es de una experiencia, sino de una estructura. Lo que vuelve no es lo vivido, sino cómo fue inscrito. Ahí se ve el desplazamiento de la economía de cantidades hacia a la lógica del significante; de la vía facilitada, al encadenamiento significante.

Repetición y pérdida

Además, Lacan introduce algo decisivo: la repetición no busca simplemente reiterar, sino rodear una pérdida. Ahí aparece el objeto a. 

La repetición insiste no porque la vía esté facilitada (eso sería solo el nivel “mecánico”), sino porque hay algo irrecuperable que empuja a volver a pasar por los mismos lugares. 

Entonces, ¿cómo queda la facilitación? Podríamos decir que Freud explica por qué algo se repite (apertura de vías). En Lacan, eso se reinterpreta como efecto de la estructura significante (automatón), pero se articula con algo más radical: la falta y lo real (tychê)

En síntesis, la facilitación es como el andamiaje proto-teórico que Lacan va a “traducir” a su propio lenguaje. Donde Freud pensaba en caminos facilitados, Lacan piensa en significantes que insisten, organizando la repetición alrededor de un vacío.

Repetición, identificación y fijación del sujeto

Si venimos pensando la facilitación como apertura de vías (en Sigmund Freud) y su relectura como insistencia significante (en Jacques Lacan), la identificación introduce algo distinto: ya no solo un recorrido, sino un punto de detención.

Es decir, la repetición implica movimiento (volver a pasar por ciertos circuitos), mientras que la identificación implica fijación (un lugar donde el sujeto “hace pie”).

Para Lacan, la identificación primaria es siempre al Gran Otro, es decir, al campo del lenguaje. Esto tiene una consecuencia fuerte: el sujeto no solo repite significantes, sino que queda representado por ellos. Ahí aparece la fórmula clásica: "el sujeto es lo que un significante representa para otro significante".

Entonces, algunos de esos “caminos facilitados” no quedan simplemente como vías de circulación, sino que se fijan como puntos identificatorios: nombres, rasgos, modos de goce, lugares en el deseo del Otro.

Podemos arrimar a una lógica:

  • la facilitación abre caminos
  • la repetición los recorre
  • la identificación los fija como marca

Esa marca es lo que Lacan va a llamar rasgo unario. El rasgo unario es clave porque no es un conjunto complejo, sino una marca mínima que funciona como punto de identificación e introduce una especie de “uno” que ordena la serie.

Temporalidad: entre lo que vuelve y lo que fija

La temporalidad subjetiva que mencionábamos en esta entrada se arma con

  • La repetición (automatón) introduce una circularidad
  • La identificación introduce un punto de corte o fijación

Sin identificación, habría puro circuito. Sin repetición, no habría consistencia. La temporalidad del sujeto surge justamente de esa tensión entre algo insiste algo se fija.

¿Y el deseo…?

Esto nos lleva directo a una pregunta final: el estado de deseo. El deseo no es lineal ni progresivo, sino que se sostiene en esas marcas identificatorias, pero al mismo tiempo es empujado por lo que no se fija, por lo que falta.

Ahí vuelve el objeto a: el deseo gira alrededor de ese objeto perdido, donde la repetición bordea ese vacío y la identificación intenta darle consistencia, aunque nunca se cierra del todo.

jueves, 23 de abril de 2026

Repetición, facilitación y temporalidad en la constitución del sujeto

El planteo de Sigmund Freud se inscribe en la pregunta por cómo el sujeto tramita los estímulos endógenos, es decir, la pulsión y la ruptura del principio de constancia. En este marco, la temporalidad aparece ligada a la repetición a través del concepto de facilitación. Esto se debe a la articulación de dos dimensiones: por un lado, una corriente que introduce una forma de tiempo —denominada “período” por Freud y pensada por Jacques Lacan como la circularidad de la pulsión—; por otro, la facilitación como condición que hace posible la repetición.

La cuestión central entonces es: ¿en qué consiste la facilitación? Esta interrogación conduce a la introducción del Gran Otro, instancia que realiza la acción específica. Su intervención no se limita a modular, sino que introduce una discontinuidad en el sujeto.

La acción del Otro —equiparable a la acción específica freudiana— opera mediante el significante, instaurando un ritmo sobre el trasfondo de la constancia pulsional. Esto no suprime el carácter constante del empuje (Drang), pero sí habilita cierto grado de modulación.

De este modo, la repetición se vuelve un elemento necesario para la constitución de la temporalidad, aunque no suficiente. Para que haya temporalidad, es preciso además un punto de fijación: la identificación, entendida como la operación mediante la cual el sujeto se sostiene en el Otro.

Repetición e identificación, entonces, convergen en la instauración del tiempo subjetivo. A partir de aquí surge una última cuestión: ¿cómo se articula esta lógica con la temporalidad propia de lo que se denomina el “estado de deseo”?

La demanda implica una pregunta

 La demanda implica necesariamente a la pregunta más allá del grado de su enmascaramiento, y es inseparable del surgimiento del deseo que nunca puede ser anónimo, y esto reviste un valor determinante puesto que exige de un Otro que responda de él. Si éste no es puesto en juego, la condición de constitución de una demanda de amor no opera.

Diana Rabinovich señala que el objeto a es aquello con lo cual el sujeto responde a la inconsistencia del Otro, y esto en sus dos dimensiones: causa de deseo y plus de gozar. Si el a obtura sólo como plus, el sujeto allí instalado en el lugar de una respuesta obstaculiza la puesta en forma de una pregunta, que es la condición de posibilidad de una demanda, también la analítica.

En este sentido, Rabinovich ejemplifica con esos casos cada vez más usuales, en los cuales un sujeto se presenta con una demanda difusa, poco clara y con grandes dificultades para poner en acto una pregunta que le permita alojarse en la posición del analizante. Se trata de sujetos que llegan con fenómenos clínicos, llamémoslos así, que no podemos poner bajo la égida del síntoma y que pertenecen más a la esfera de lo fantasmático. Son presentaciones clínicas necesariamente dominadas por las impulsiones, la prisa, la ausencia de pregunta o involucramiento subjetivo.

Sin dudas estas presentaciones clínicas de los sujetos que escuchamos a diario son la consecuencia de algo que opera a nivel de la estructuración, y proponemos en este punto una hipótesis: el Otro de nuestra contemporaneidad se caracteriza por un abandono de su función nominativa amparado en una serie de esloganes vacios sobre la supuesta libertad. Y esto conlleva en el sujeto un déficit en cuanto a sus anclajes, por eso son presentaciones subjetivas dominadas por algún sesgo de la errancia.

miércoles, 22 de abril de 2026

Rectificación y pérdida: transformaciones de la posición subjetiva en el análisis

Interrogar la diferencia entre la posición del sujeto al inicio y al final de un análisis implica no solo considerar la eficacia clínica del psicoanálisis, sino también retomar la especificidad de su praxis: no se trata de una terapéutica como las demás, sino de una práctica que se distingue tanto por sus medios como por sus fines.

En este marco, cobra especial relevancia el concepto de rectificación, ampliamente trabajado en la enseñanza de Lacan. Se trata de un término que ha dado lugar a múltiples debates: ¿se trata de una rectificación subjetiva, de goce, o de ambas? En cualquier caso, la rectificación no implica la obtención de un estado final acabado ni responde a una dirección previamente establecida. Más bien, indica que algo —no todo— ha cambiado en la posición del sujeto.

Para situar este punto, resulta clave la distinción que introduce Lacan entre falta y falla (Seminario 11). Mientras que la falta remite a una lógica estructural ya articulada al sujeto, la falla es pensada como preontológica, es decir, anterior a la constitución subjetiva. En ese nivel no hay aún sujeto; éste se instituye en un tiempo lógico posterior. La falla tiene así un valor sincrónico, que luego, a partir de las operaciones significantes propias del recorrido edípico (dimensión diacrónica), se articula con la función del deseo.

Es en este punto donde la clínica encuentra una de sus claves: la función del deseo está ligada al desasimiento, es decir, a una pérdida. No hay rectificación sin pérdida. Sin embargo, lo que el sujeto perderá no es anticipable de antemano.

El efecto de rectificación implica, entonces, la asunción de esa pérdida por parte del sujeto. En el horizonte del final de análisis, esta operación concierne fundamentalmente al fantasma y supone un desprendimiento respecto de las coordenadas que organizaban su posición.

De este modo, la diferencia entre el inicio y el final de un análisis no radica en una supuesta resolución total, sino en una transformación en la relación del sujeto con la falta, el goce y el deseo, que se verifica en su capacidad de asumir —sin garantías previas— la pérdida que lo constituye.

Cuando el síntoma no comparece: el problema del deseo y el lazo con el Otro

En tanto el sujeto no es un significante, no pertenece de entrada al campo del Otro. Por eso, su inclusión en ese campo no está dada, sino que debe producirse. Una de las vías privilegiadas para ello es el síntoma: aquello que puede funcionar como sostén y que, a través de identificaciones, le permite al sujeto establecer algún tipo de lazo con el Otro.

El síntoma puede pensarse como el correlato subjetivo del modo en que el sujeto ha sido alojado en el campo del Otro, guardando una relación estrecha con la puesta en juego del deseo de ese Otro. En este sentido, el síntoma testimonia que el sujeto, mediado por la demanda, ha entrado en relación con el deseo en tanto deseo del Otro, encontrando una forma —singular— de situarse allí.

Sin embargo, en la clínica contemporánea nos encontramos cada vez con mayor frecuencia con presentaciones que no se organizan en torno a un síntoma en sentido estricto. Se trata de cuadros dominados por un quantum económico difícil de tramitar, que irrumpe como un padecimiento intenso y desbordante, afectando de manera significativa la vida del sujeto.

Estas presentaciones plantean serias dificultades para el trabajo analítico, en tanto obstaculizan —y en ocasiones imposibilitan— la formulación de una pregunta por parte del sujeto, condición fundamental para el despliegue del análisis.

Desde esta perspectiva, cabe pensar estas formas clínicas como efecto de una falla en el alojamiento del sujeto en el deseo del Otro, y correlativamente, en la constitución misma del síntoma. Esto conduce a interrogar un momento lógico previo: el modo en que ha operado la demanda, particularmente en su dimensión de demanda de amor, entendida como la vía a través de la cual el sujeto puede articularse con el deseo del Otro.

De este modo, cuando el síntoma no se presenta, la cuestión clínica se desplaza: ¿en qué lugar, bajo qué formas, puede leerse entonces la pregunta por el deseo?

lunes, 20 de abril de 2026

Hiperhidrosis en la neurosis: ¿Es posible pensarla (y tratarla) como un efecto psicosomático?

Resumen: Existen algunos tipos de hiperhidrosis que funcionan como una defensa que desplaza la vergüenza hacia el cuerpo, hiperactivando su componente simpático y evitando la vivencia subjetiva de caída o exposición. En este sentido, convierte una escena de evaluación simbólica (vergüenza) en un fenómeno corporal más inmediato (sudor), que organiza la situación en torno al cuerpo y no al yo.

Introducción

Hace unos días, en un contexto no clínico, conocí a un hombre de 31 años, abogado que me contó que pasó por una operación para tratar su hiperhidrosis. Relató que luego de pasar por el procedimiento, el sudor compensatorio le obliga a usar una camiseta debajo de la camisa, sumado al dolor toráxico, por el que tiene que consumir pregabalina. Todo esto hizo, en su opinión, que ese fuera el peor error de su vida. 

Personalmente, me soprende cuán poco difundida está esta condición y cuál es la respuesta que se suele dar desde los espacios terapéuticos.

A nivel internacional, alrededor del 3% de la población presenta hiperhidrosis, aunque otros trabajos ubican la prevalencia entre 2,8% y 4,8%. No he encontrado, ante la fecha, estudios poblacionales formales de prevalencia a nivel nacional en Argentina.

La hiperhidrosis es un trastorno caracterizado por una producción de sudor excesiva, superior a la necesaria para regular la temperatura corporal, que aparece de manera persistente o recurrente y puede interferir significativamente en la vida cotidiana.

Puede presentarse de forma localizada —afectando principalmente palmas de las manos, plantas de los pies, axilas o rostro— o de manera generalizada. En muchos casos no existe una causa médica identificable (hiperhidrosis primaria), mientras que en otros puede estar asociada a enfermedades, fármacos o alteraciones metabólicas (hiperhidrosis secundaria).

Desde el punto de vista fisiológico, implica una hiperactividad del sistema nervioso simpático, responsable de la estimulación de las glándulas sudoríparas. Sin embargo, su intensidad suele aumentar en situaciones de activación emocional, como la ansiedad o la exposición social, lo que evidencia la estrecha relación entre el cuerpo y los procesos psíquicos.

Más allá de su dimensión orgánica, la hiperhidrosis puede tener un impacto subjetivo significativo, generando malestar, evitación de situaciones sociales y afectación de la imagen de sí, por lo que su abordaje requiere considerar tanto los aspectos médicos como los psicológicos.

La pregunta del título es sugestiva: ¿Es la hiperhidrosis un fenómeno psicosomático? No siempre, pero adelantamos que muchas veces, existe un componente psicológico que la empeora. En esta entrada, voy a exponer un caso y algunos aportes teóricos que aprendí para tratarlo. 

Un paso previo: ¿Qué es el fenómeno psicosomático?

Todo efecto psicosomático implica una ganancia funcional del síntoma dentro de la economía psíquica, a consta de una dependencia de la vía somática. Obviamente, no es un beneficio consciente ni deliberado. El síntoma corporal puede sustituir una experiencia psíquica que sería más difícil de tramitar, como la vergüenza intensa, angustia sin representación o la caída narcisista. En lugar de eso, aparece algo “en el cuerpo”.

En línea con Sigmund Freud, el cuerpo permite una vía de descarga, especialmente cuando la elaboración psíquica es insuficiente.

A diferencia de los síntomas de conversión, el fenómeno psicosomático no se presta al desciframiento en el sentido clásico. Mientras que en la conversión el síntoma se organiza como una formación sustitutiva susceptible de interpretación —portadora de un sentido que puede ser desplegado en el trabajo analítico—, el efecto psicosomático presenta una opacidad significativa: no remite de manera directa a una cadena representacional ni se deja traducir fácilmente en términos simbólicos.

En este punto, la distinción introducida por Sigmund Freud entre neurosis actuales y psiconeurosis resulta orientadora. En las primeras, el síntoma responde más bien a una descarga somática de excitación con escasa mediación psíquica, lo que limita las posibilidades de interpretación en términos de sentido inconsciente.

Desde la enseñanza de Jacques Lacan, esta diferencia puede pensarse como una falla en la inscripción significante: el fenómeno psicosomático no se articula como metáfora ni como formación del inconsciente, sino que aparece más bien como una marca directa sobre el cuerpo (signo), por fuera de la lógica del desciframiento.

Por esta razón, la posición del analista se modifica. Ya no se trata primordialmente de interpretar para revelar un sentido oculto, sino de sostener un trabajo de construcción, orientado a delimitar las condiciones de aparición del fenómeno, ubicar su inserción en la economía del sujeto y, eventualmente, posibilitar alguna forma de ligadura psíquica allí donde predomina la descarga

Se trata, en suma, de una tarea más ardua, en la medida en que no hay un texto a descifrar, sino más bien un fenómeno a situar y construir en su lógica, para que algo del orden de la simbolización pueda advenir.

Un caso de hiperhidrosis: ¿Una defensa ante la vergüenza?

Varios años atrás recibo un paciente varón de 19 años en el consultorio, enviado por su familia, ante su anuncio de que piensa realizarse una operación, específicamente una simpatectomía torácica endoscópica (STE). El paciente relata que él investigó por internet sobre este procedimiento, y dice que se trata de una cirugía mínimamente invasiva en la que se interviene el sistema nervioso simpático, que es el que controla la sudoración.

El paciente comenta que está harto de su hiperhidrosis: se queja que no puede utilizar ropa de colores porque la transpiración de sus axilas mancha su ropa con grandes aureolas de sudor, lo que lo obliga a utilizar colores como azul oscuro, blanco o negro. Lo domina la urgencia: dice que esa operación la va a hacer de todas formas, pues tiene el dinero para hacerlo. Ante la pregunta del analista de los riesgos de la operación, el paciente refiere que existen algunos "como la caída del párpado y sudor compensatorio". El analista, sin entrar en la urgencia, le propone acompañar al paciente a la primera consulta médica que tendrá, diciéndole "dos pares de orejas escuchan mejor que uno". 

El día de la cita con el doctor, en un hospital privado, el paciente es revisado y ambos (paciente y analista) son informados sobre la operación: el cirujano accede al tórax con pequeñas incisiones (endoscopía), identifica la cadena simpática y la corta. El objetivo es interrumpir la señal nerviosa que produce la sudoración excesiva. El médico informa, sin embargo, un posible efecto secundario notorio: la sudoración compensatoria. Es decir, tras la cirugía algunos pacientes sudan en otras zonas del cuerpo (espalda, abdomen, piernas), lo que puede ser leve… o a veces más molesta que el problema original.

El doctor también informa acerca de otras posibles complicaciones, menos frecuentes, pero no imposibles. Una es el llamado Síndrome de Horner, que ocurre cuando se afecta una parte más alta de la cadena simpática. Aparece así ptosis (caída del párpado), miosis (pupila más contraída) y a veces menor sudoración en esa mitad de la cara. Este síndrome puede ser transitorio y en algunos casos permanentes.

Finalmente mencionó otro efecto secundario más frecuente (aunque generalmente leve o transitorio), que es el dolor en el tórax, con sensación de opresión y neuralgia intercostal (dolor tipo “corriente” o quemazón). Esto ocurre por la irritación de nervios intercostales y la manipulación quirúrgica. Aunque en la mayoría de los casos mejora con el tiempo, a veces puede cronificarse.

Toda esta información angustia al paciente, y el médico le ofrece un tratamiento localizado, que el paciente acepta: una loción que no se vende comercialmente, sino que pareciera ser un preparado. El prospecto de la loción es esta:


Se trata de una solución de cloruro de aluminio hexahidratado (generalmente al 20%) en alcohol que obstruye temporalmente los conductos de las glándulas sudoríparas, reduciendo la producción de sudor.

Esta loción contenta parcialmente al paciente, dando tiempo al análisis a trabajar. Se empieza a historizar el síntoma médico. Apareció por primera vez a los 12 años del paciente, al notar transpiración axilar estando en la escuela. Refiere que su padre lo padeció en su juventud, pero que con la edad disminuyó. El paciente sabe que su padre, en su juventud, debía cambiarse de camisa dos veces al día. Algo similar habría ocurrido con su abuela paterna, de manera que el paciente está convencido de que se trata de algo genético.

Sin embargo, en el análisis se cierne un enigma. Resulta que en este caso, la sudoración no aparece cuando el paciente está solo en su casa o en un ambiente familiar íntimo. Tampoco aparece cuando duerme. Solo aparece más profusamente en situaciones sociales.

💙Dato clínico: aunque existe la hiperhidrosis primaria con base neurobiológica (hiperactividad simpática de las glándulas sudoríparas), también está muy documentado que se agrava en situaciones sociales, aumenta con autoobservación y aparece en momentos de exposición. Es decir, hay un claro enganche con lo psíquico, especialmente con afectos sociales como vergüenza, ansiedad social y/o sensación de evaluación.

No toda hiperhidrosis es psicosomática en sentido estricto y en la clínica conviene siempre considerar:

  • inicio (¿desde cuándo?)
  • situaciones de aparición. Lo interesante clínicamente es cuándo aumenta o disminuye, no solo que exista.
  • generalizada vs localizada (palmas, axilas, cara)
  • historia del paciente

El paciente dispone de una cierta fama en las redes sociales por su actividad, de ahí su sufrimiento. Por su trabajo, debe utilizar ropa del llamado "canje". Utilizando su ingenio, comenta cómo logra superar transitoriamente el problema: "Tomo las toallas de papel descartables, las estiro; apilo cinco de ellas, las doblo para formar un rectángulo que vuelvo a doblar y las recorto dándoles una forma circular. Hago lo mismo, para tener 2 iguales..."

Pilas de toallas dobladas por la mitad

Comenta que ideó un truco para fijar sus apósitos: toma unas pantimedias del color de su piel, recorta 3 círculos, cuidando que sean suficientemente delgados. Forma una hilera y los enlazo con el nudo "ligada de vaquero" o "presilla de alondra"... 
Finalmente, introduce un brazo por cada extremo de los anillos de los extremos. Paso el anillo del medio por atrás de su cuello, que ahora sujeta a los otros 2 con firmeza:

Finalmente, coloca las toallas de papel recortadas, colgándolas por sus mitades, con la cara curva hacia adelante: de esta manera, falta la parte que debería adivinarse a través de su camisa. Tampoco se ven las cuerdas, pues son de su mismo color de piel y son demasiado delgadas para que se perciban.

El ingenio del paciente, sin embargo, no lo tranquiliza del todo: "Temo el día que eso se sepa, que alguien se dé cuenta". En términos yoicos, el paciente se refiere a lo que intenta ocultar de su cuerpo y el extraño invento; no obstante el analista puede puntuar "eso" para ver si se abre a otra cuestión. Porque en todo este asunto hay algo clave: el sudor expone (se ve, se nota) pero al mismo tiempo protege. ¿De qué manera? Desplazando la vergüenza (lo narcisista/simbólico) hacia el cuerpo (lo orgánico/visible). ¿Cuál es la ganancia? Convertir una escena de evaluación simbólica (vergüenza) en un fenómeno corporal (sudor), de manera que la problemática se organiza en torno a algo que concierne al cuerpo y no al yo. Es más soportable plantear “tengo un problema corporal” que meterse en “qué soy para el otro”.

En el caso que estamos viendo, algo de la vergüenza sí se expresa, pero de forma corporal, menos elaborada y simbolizada. Por eso él dice "Temo el día que eso se sepa".

Al puntuar el analista "eso", el paciente logra salir del relato de las toallas de papel. El paciente relata por primera vez un gusto sexual poco frecuente, pero no ilegal ni inmoral. No se trata de un fetiche que comporte una fijeza innegociable, sino de "un ingrediente más que si está, me hace pasarla mejor". Lo interesante no es cuál es esa satisfacción, sino cómo él la califica: "Es ridículo, tonto". El paciente ubica que por su nivel de exposición social, en realidad teme alguien podría saber (o hacerle saber a los demás) sobre su gusto sexual tonto. Historiza una escena traumática donde sus padres descubrieron sus gustos por el historial de la red, que él vivió de manera humillante. A estas alturas, ya se está trabajando con el síntoma analítico.

Hiperhidrosis: tras la pista de la vergüenza

La vergüenza aparece cuando el sujeto se siente expuesto a la mirada del Otro, particularmente en un punto donde algo de sí queda al descubierto, desajustado respecto del ideal o directamente fallado. No es solo “sentirse mal”, sino sentirse visto en falta. Las coordenadas de la vergüenza ocurren cuando se es visto en una falla respecto del ideal, bajo la mirada del Otro.

La vergüenza implica siempre una escena, incluso si es fantasmática. Hay una fuerte relación con el ideal del yo: aparece cuando el sujeto no está a la altura de lo que “debería ser”. A diferencia de la culpa (que remite más a la ley y a la transgresión), la vergüenza remite a la imagen y el valor de sí ante los demás.

Tiene un componente corporal muy marcado: rubor, querer esconderse, bajar la mirada.

En Sigmund Freud la vergüenza no aparece como un afecto central teorizado de forma aislada (como sí lo hace con la angustia o la culpa), pero está muy presente de manera transversal, especialmente en relación con la sexualidad, la represión y la constitución del yo.

En los Tres ensayos sobre la teoría sexual, Freud ubica la vergüenza junto con otros afectos como el asco, la moral y la repugnancia. Todos ellos funcionan como “diques anímicos” frente a las pulsiones sexuales. Es decir: la vergüenza no es primaria, sino que aparece como formación reactiva frente a lo pulsional. 

💙Dato clínico: La vergüenza indica que algo del orden sexual está en juego, incluso si no aparece de manera evidente.

Para Freud, la vergüenza está íntimamente ligada a la represión: Surge cuando una representación o excitación pulsional, entra en conflicto con las exigencias del yo y debe ser rechazada. La vergüenza funciona como señal afectiva de ese conflicto. No es solo “me da vergüenza”, sino: “hay algo en mí que no debería mostrarse”.

Freud también trabaja mucho la dialéctica exhibicionismo ↔ vergüenza. En textos como los Tres ensayos... y casos clínicos, muestra que el deseo de mostrarse (pulsión escópica) está en tensión con la vergüenza como freno. Esto ya anticipa lo que después vas a encontrar más desarrollado en Lacan: la relación con la mirada del Otro.

En Introducción del narcisismo, aunque no la teoriza directamente, se desprende que la vergüenza aparece cuando hay una herida narcisista, una caída respecto del ideal del yo. Ej: sentirse “menos”, quedar en evidencia, no estar a la altura.

¿Qué diferencia a la culpa de la vergüenza? La culpa está ligada al superyó y a la transgresión de la ley y puede ser inconsciente (algo raro en los afectos). La vergüenza es siempre consciente, está más ligada al yo, a la imagen, a lo visible. Suele implicar una escena (real o fantasmática) de exposición.

Clave clínica: La vergüenza es un afecto que funciona como defensa frente a lo sexual reprimido, ligado a la exposición del yo y a la caída respecto del ideal.

La clave de afecto de la vergüenza

La vergüenza es un afecto, en la medida que "afecta al cuerpo". 

En Inhibición, síntoma y angustiaSigmund Freud retoma, de manera sintética, una concepción del afecto que se inscribe en la mejor tradición del Proyecto de psicología. A partir de allí, es posible formalizar el afecto como una estructura compuesta, más que como un fenómeno unitario.

Un afecto puede entenderse como la articulación de los siguientes componentes:

  1. Percepción (interna o externa)
    Se trata del registro de un estímulo, ya sea proveniente del mundo exterior o del propio cuerpo. Este momento inaugura el circuito afectivo.
  2. Disparo
    Consiste en una activación central del aparato psíquico, un punto de puesta en marcha que puede pensarse —en continuidad con el Proyecto— como una función análoga a la “neurona llave”: aquello que abre o desencadena el proceso.
  3. Clave de afecto
    Corresponde a la dimensión somática del afecto: una serie de inervaciones y procesos neurosecretorios que se despliegan en el cuerpo más allá del sistema nervioso central. Se trata de una verdadera “cascada” de respuestas corporales que configuran la firma fisiológica específica de cada afecto.
  4. Afecto percibido (afecto-conciencia)
    Es la inscripción del circuito en la conciencia (sistema percepción-conciencia). A través de esta descarga en “C”, el aparato psíquico se “anoticia” del afecto, es decir, el afecto deviene experiencia subjetiva.

Estos cuatro componentes constituyen, en conjunto, la estructura del afecto. Habitualmente, se tiende a identificar el afecto únicamente con su manifestación consciente (punto 4), pero es fundamental subrayar que el afecto es el proceso completo que articula percepción, activación, respuesta corporal y registro consciente.

Freud describió explícitamente los tres últimos momentos de esta secuencia. La inclusión de la percepción como primer término permite completar el circuito y darle una formulación más precisa.

Asimismo, Freud sostuvo que el afecto, en sentido estricto, es siempre consciente. En el inconsciente no encontramos afectos como tales, sino disposiciones a afecto, lo que denominó “cuota de afecto” (tal como desarrolla en Lo inconsciente). Esta categoría sigue siendo válida para pensar aquello que, sin devenir aún experiencia consciente, conserva la potencia de producir afecto.

En este marco, utilizaremos el término afecto (o afecto propiamente dicho) para referirnos siempre a la estructura completa de estos cuatro componentes.

Por último, los afectos pueden distinguirse en primarios y secundarios:

  • Los afectos primarios presentan un predominio económico, es decir, están más directamente ligados a la descarga y a la dinámica de la excitación.
  • Los afectos secundarios implican un mayor entramado representacional y una mediación psíquica más compleja.

Sin embargo, tanto unos como otros responden siempre a esta estructura cuádruple, que permite abordar el afecto no como un dato inmediato, sino como un proceso articulado entre cuerpo, aparato psíquico y conciencia.

A nivel del sistema nervioso, muy suscintamente participa la amígdala (detección de amenaza social), la corteza prefrontal medial (evaluación del yo en relación al otro) y la ínsula  (percepción interoceptiva, sentir “me arde la cara”, etc). 

En cuanto a la clave de afecto somática de la vergüenza, se trata de un afecto bastante particular porque no es puramente de activación ni puramente de inhibición, sino una mezcla bastante específica entre ambos sistemas: SN simpático y parasimpático.

La interevcnción del Sistema Nervioso Simpático (SNS) (activación) emparenta a la vergüenza con ansiedad/excitación:

  • Vasodilatación facial, el rubor
  • Aumento leve de frecuencia cardíaca
  • Sensación de calor
  • Sudoración (a veces)

Por otro lado, la participación del Sistema Nervioso Parasimpático (SNP) (inhibición) en la vergüenza la acerca más a estados de retirada o colapso leve:

  • Disminución del tono postural
  • Tendencia a bajar la mirada
  • Inhibición motora (quedarse “chico”, retraerse)
  • A veces enlentecimiento o bloqueo del habla.

Lo distintivo no es solo qué sistemas participan, sino cómo se combinanActivación simpática + inhibición parasimpática simultánea. Esto produce esa experiencia tan característica de “me prendo fuego” (activación) sumada a “me quiero hundir / desaparecer” (inhibición). La vergüenza es uno de los afectos más visibles corporalmente.

La vergüenza en el "verse viendo(se)"

En El ser y la nada, Sartre plantea que la vergüenza no es simplemente un afecto interno, sino una experiencia estructural: la vergüenza es vergüenza de sí ante otro.

Pero el punto clave es este: el sujeto se experimenta como objeto bajo la mirada del otro, es decir: se ve a sí mismo como visto. Ejemplo clásico: el sujeto es sorprendido espiando por una cerradura. En un primer tiempo, el sujeto está absorbido en la acción; después, se ve a sí mismo como objeto visto.

Maurice Merleau-Ponty, sin trabajar la vergüenza de forma tan directa como Sartre, aporta algo clave: el cuerpo es siempre visible para otros y potencialmente visible para sí como visible. Él introduce una dimensión: el sujeto puede habitar su propio cuerpo como expuesto. Esto refuerza la estructura reflexiva de la vergüenza: no es solo “me ven”, sino “puedo verme siendo visto”.

Lacan no usa esa fórmula exacta, pero está muy cerca en su teoría de la mirada, donde diferencia el ojo (visión) de la mirada (objeto a). En la vergüenza, el sujeto queda capturado como objeto en el campo del Otro. En el Seminario 11, la mirada implica que el sujeto es mirado desde un punto que no controla.

Lecturas diferenciales con las neurosis actuales

En textos como Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia», Freud describe a la crisis de angustia con: sudoración, palpitaciones, disena, mareos, etc.

Acá la lógica es distinta, porque no hay mediación simbólica elaborada (neurosis actual), sino una descarga somática directa de excitación

En estos casos, donde el ataque EQUIVALE a la angustia, predomina el SNS puro. La descarga es más masiva, el ataque se da en un corto tiempo y hay sensación de desborde, de peligro sin forma clara. El cuerpo está en hiperactivación sin escena organizada.

Por otro lado, no menor, estos ataques ocurren durante un breve período de tiempo (minutos).