miércoles, 4 de marzo de 2026

La función de la palabra en la dirección de la cura

Lo fundante del escrito “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” de Jacques Lacan reside en la precisión con la que delimita la especificidad de la palabra en la práctica analítica. Desde el inicio, el texto introduce el concepto de “dirección de la cura” como la realización psicoanalítica del sujeto, realización que solo es posible a partir del funcionamiento de la palabra plena, es decir, aquella modalidad de enunciación que pone en juego la eficacia de lo simbólico.

En la medida en que el lenguaje preexiste al sujeto, este no es dueño originario de su decir, sino que está estructuralmente atravesado por él. Esa incidencia del lenguaje —lo que Sigmund Freud conceptualizó como inconsciente— retorna bajo la forma de lapsus, sueños, actos fallidos y demás formaciones del inconsciente. Ahora bien, la “realización” implicada en la dirección de la cura no supone una síntesis ni una completud del sujeto: no cancela su división ni su carácter supuesto y evanescente. El sujeto del psicoanálisis no se totaliza.

Entendida de este modo, la cura implica un desplazamiento. Allí donde el sujeto atribuye su malestar a conflictos con el otro en el plano imaginario, la intervención analítica —a través de la palabra— lo reconduce hacia su relación con el Otro en tanto instancia simbólica, lugar desde el cual su deseo se articula.

La palabra no es simplemente un medio expresivo en psicoanálisis: es su condición misma. Constituye el marco, el material y el instrumento de la experiencia analítica; incluso aquello que aparece como vacilación o ruido forma parte de su campo. Toda palabra se dirige a un Otro y convoca una respuesta. No se trata de que la palabra demande un objeto que satisfaga al sujeto, sino de que implica estructuralmente a un oyente.

En este punto se fundamenta la posición del analista. Su lugar es, ante todo, el de quien escucha. Pero esa escucha no es pasiva: puede responder incluso mediante el silencio. Este silencio no equivale a lo mudo; forma parte de la economía de la palabra, mientras que lo mudo designa aquello que aún no ha sido alcanzado por ella.

martes, 3 de marzo de 2026

"Preepers": ¿Qué diferencia entre la posición "previsora" y la paranoica?

Los preppers, conocidos en español como preparacionistas, son personas que se preparan activamente para enfrentar emergencias, desde desastres naturales hasta colapsos sociales o crisis económicas.

Ahora bien, ¿Cuándo esto es razonable y cuándo nos pone en la pista de un delirio? Desde afuera, conductualmente, pueden parecer iguales: ambos compran stock, ambos anticipan escenarios, ambos hablan de riesgos. La diferencia no está en lo que hacen ni en si tienen o no razón, sino en la estructura subjetiva que sostiene el acto.

En la posición previsora fuera del terreno de la psicosis, el sujeto parte de riesgos plausibles. Acepta incertidumbre, de manera que puede decir: “Probablemente no pase, pero me organizo”. Tolera que otros no compartan su evaluación y hasta logra preguntarse si no está exagerando. Hay cálculo, no certeza.

En cambio, en la posición paranoide el sujeto vive el escenario como inminente o encubierto. Interpreta señales ambiguas como signos (de significado unívoco) que le sirven de confirmación. Cree que “los demás no ven lo que está claro” y escuchamos una convicción rígida. Hay certeza, no cálculo.

En el previsor, la acción preparacinista reduce la ansiedad. Una vez armado el margen, se tranquiliza.

En el paranoide, la acción no alcanza nunca. Siempre falta algo, siempre puede empeorar. El stock no calma. La paranoia no busca prevenir, busca defenderse de una amenaza omnipresente.

En términos más clínicos, en la paranoia, la amenaza tiene un carácter personal (“nos quieren dejar sin…”). En la previsión neurótica, la amenaza es sistémica e impersonal (“puede haber inflación/ocurrir tal cosa”). La paranoia tiene un Otro persecutorio. La previsión tiene contingencias económicas.

jueves, 26 de febrero de 2026

¿Cómo se diagnostica la histeria?

En psicoanálisis no diagnosticamos por conductas observables, ni por listas sintomáticas, sino por estructura, es decir, por la posición del sujeto respecto del deseo, del Otro y del goce. ¿Cómo arribar a ese diagnóstico?

Aclaremos que para la psiquiatría clásica (DSM), la “histeria” desaparece como categoría y se fragmenta en Trastorno de conversión, Trastorno histriónico de la personalidad (eje 2) y los Trastornos somatomorfos. Cuando hablamos de posición histérica, hablamos de una lógica subjetiva, no de un cuadro sintomático DSM.

En psicoanálisis —desde Sigmund Freud hasta Jacques Lacan— la histeria no es un conjunto de síntomas, sino una estructura subjetiva. Es por esto que no se arriba al diagnóstico por la teatralidad, la seducción, la dramatización ni los síntomas corporales. Todo eso puede estar… o no.

En términos lacanianos, la histeria se define por una posición respecto del deseo. La fórmula clásica es:

El sujeto histérico se ofrece como objeto causa del deseo del Otro, pero para sostener la falta en el Otro.

Es decir, el histérico interroga al Otro y lo confronta con su falta. Quiere saber qué es para el deseo del Otro, pero si el Otro responde demasiado, se desilusiona o se retira. En la histeria no se trata de completarlo, sino de mantener su falta.

Decíamos que no se diagnostica por lo que el paciente hace, sino por cómo se ubica en el discurso y lo que ocurre en el campo transferencial.

El sujeto se presenta como enigma

La brújula más fina es considerar que en la histeria el sujeto histérico se constituye interrogando el deseo del Otro. No es solo que quiera algo. Es que quiere saber qué es para el Otro.

Casi de entrada en análisis, el paciente aparece con necesidad de ser mirada/o, leída/o, interpretada/o. “No entiendo por qué me pasa esto”. Suelen presentar sensibilidad extrema a la falta de reconocimiento. En el discurso, muchas veces aparece una oscilación entre la seducción y la decepción.  “Siempre termino en el mismo lugar”. También aparece una queja persistente dirigida a un Otro supuesto saber.

La pregunta inconsciente típica (no literal) es esta: ¿Qué soy yo para vos?, pregunta está dirigida al Otro y a quien lo encarne. Cuando esto organiza la economía psíquica, ahí se empieza a oler estructura histérica.

2️⃣ Producción de un Otro supuesto saber

El histérico produce al analista como quien sabe y Freud lo vio con claridad en Estudios sobre la histeria, cuando se dio cuenta que las pacientes sabían más de lo que Freud suponía… pero necesitaban que él lo supiera primero.

El sujeto histérico supone saber al Otro (especialmente al analista), pero a la vez lo pone a trabajar y lo provoca. Lo hace producir saber, como la famosa fórmula de "Los cuatro discursos...": El histérico hace trabajar al amo.

En sesión, el paciente trae material riquísimo pero siempre queda un resto. Interroga, desafía o seduce al analista, produce asociaciones que empujan la interpretación. Sin embargo, mantiene una insatisfacción persistente. No es resistencia burda, sino más bien motor de saber.

3️⃣ Insatisfacción estructural

Otro marcador fuerte en la posición histérica es el que se organiza alrededor del deseo insatisfecho. Aparece la idealización seguida de la caída. Nada alcanza, cuando algo se logra, pierde valor. Busca un Otro que responda y garantice… y posteriormente se decepciona.

El deseo se sostiene en la falta. Hay un movimiento típico:

  1. Idealiza.

  2. Se ofrece.

  3. Algo falla.

  4. Se queja.

  5. Vuelve a empezar.

Esto puede verse en los vínculos amorosos, las trayectorias laborales, la relación con instituciones y muchas veces en el análisis. Tomamos nota de esto en tanto que hay repetición, lo que nos pone en la pista del goce.

Relación particular con el cuerpo

En la histeria clásica encontramos los clásicos casos de conversión y los síntomas corporales enigmáticos... Pero en la histeria contemporánea puede no haber nada de eso. 

Hoy sabemos que puede haber histeria sin conversión y que puede haber conversión sin estructura histérica.

Lo que importa es la lógica del síntoma, que podría ser el relato de un drama socialEn la posición histérica el síntoma suele dirigirse al Otro (tiene valor de mensaje), sostener una pregunta sobre el deseo, mantener viva la falta (no cerrar el sentido), para finalmente producir la insatisfacción estructural.

La histérica no quiere realmente que el síntoma se cure del todo si eso le quita su lugar en el deseo del Otro. Esto en transferencia se ve clarísimo.

¿Y qué ocurre cuando hay conversión? Lo importante no es el síntoma corporal, sino que el cuerpo aparece como lugar de inscripción del deseo del Otro. Se trata de una escena donde se juega la pregunta “¿qué soy?”

Diferenciamos estructura histérica de rasgos histéricos. Posibles errores.
La posición histérica no se diagnostica rápido ni con seguridad absoluta. Se construye como hipótesis de trabajo que se va afinando en el tiempo. No se arriba en la primera entrevista, se va construyendo a partir de:
  1. Cómo se instala la transferencia

  2. Qué tipo de demanda se formula

  3. Qué lugar te asigna el paciente

  4. Cómo responde cuando el Otro no responde

Hay errores comunes, como diagnosticar por teatralidad, por somatizaciones o por “personalidad demandante”. También suele confundirse feminidad con histeria (clásico error).

Muchos sujetos pueden seducir, ser teatrales, tener celos o dramatizar y eso no los hace histéricos estructurales.

La estructura se decide por:

VariableHisteriaNeurosis obsesiva
Posición frente al deseoSe ofrece como causa del deseoSe protege del deseo
Relación con el OtroLo interrogaLo evita o lo controla
Relación con el saberProduce saber en el OtroSe apropia del saber

En el discurso histérico (según Lacan), que no es privativo de la histeria, vemos que

$S1
a → S2

El sujeto dividido interpela al amo (S1) para producir un saber (S2) acerca de su goce (a). Es decir, el sujeto se presenta dividido, interroga, obliga al Otro a producir significantes. Y el analista debe cuidarse de no ocupar demasiado el lugar del amo.

El paciente histérico pone al analista a trabajar, no porque sea demandante, sino porque su modo de hablar obliga a producir sentido. El discurso histérico es productor de teoría. Freud lo sabía: la histeria produjo el psicoanálisis.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Los celos, en la obra de Marx

 Marx habló de los celos, pero no de los celos en el sentido psicológico-clínico, como lo haría luego el psicoanálisis. Karl Marx aborda los celos de manera indirecta, principalmente en relación con la propiedad privada, el matrimonio y la lógica posesiva.

En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Marx analiza cómo la propiedad privada estructura las relaciones humanas bajo la lógica del tener.

Allí sostiene que el amor, bajo el régimen burgués, queda contaminado por la forma propiedad. En ese marco, los celos pueden entenderse como efecto de la concepción del otro como posesión. Aquí los celos son una reacción frente a la amenaza de pérdida de algo que se considera propio. De este modo, hay una extensión del principio económico al vínculo amoroso.

Hay un pasaje famoso donde dice que el matrimonio burgués es una forma de propiedad privada, y que la prostitución es su complemento estructural. Los celos aparecen implícitos en esa lógica de apropiación.

En esos mismos manuscritos, Marx critica lo que llama el “comunismo grosero” o “comunismo vulgar”. Allí escribe algo muy fuerte: que ese comunismo no supera la lógica de la propiedad sino que la universaliza.

Afirma que ese tipo de comunismo propondría la “comunidad de mujeres”, lo cual no sería abolir la propiedad sino generalizarla. Y allí menciona que el celo masculino es expresión de esa mentalidad posesiva.

Es interesante: los celos no son para Marx una pasión natural, sino un efecto histórico-social de la forma propiedad.

En El Capital, por otro lado, ya no trata los celos en el plano amoroso. Pero sí analiza cómo el capitalismo produce competencia, rivalidad y comparaciones constantes. Podría pensarse —aunque ya es una lectura más interpretativa— que los celos modernos se inscriben en esa economía de la comparación y la escasez.

La causalidad en psicoanálisis: hiancia, pérdida y eficacia simbólica

La cuestión de la causalidad —es decir, el modo de pensar la causa en el sujeto— reviste para el psicoanálisis una importancia decisiva. No se trata simplemente de localizar un origen, sino de interrogar qué puede tener valor causal en la constitución y en el devenir subjetivo.

Con frecuencia, esta problemática se reduce de manera simplificada a la fórmula según la cual el objeto a, en tanto real, sería la causa del deseo. Sin embargo, en la enseñanza de Jacques Lacan, la interrogación sobre la causa es mucho más amplia y constituye un punto de partida estructural.

Desde su planteo creacionista —basado en la preexistencia del orden simbólico— Lacan sostiene la eficacia simbólica como dimensión causal. Esta posición se opone a lo que denomina órgano-dinamismo, es decir, a toda concepción que reduzca la causa a un funcionamiento orgánico o a un determinismo natural. La causa, para el psicoanálisis, no se sitúa en la sustancia biológica, sino en la incidencia del significante.

A partir de allí, Lacan podrá formalizar que el significante es la causa material del inconsciente. Esto implica que el inconsciente no es un depósito de contenidos, sino un efecto estructural del hecho de ser hablantes. Se tiene inconsciente porque se está inscripto en el campo del lenguaje; el significante produce efectos que exceden la intención del yo.

Otro punto crucial es que la causalidad interviene en las operaciones que hacen posible el advenimiento del sujeto. La alienación y la separación no son etapas cronológicas, sino operaciones lógicas y topológicas que deben pensarse en su articulación. En ellas se juega una causalidad que no es lineal ni mecánica, sino estructural: el sujeto surge en la hiancia que se abre entre el significante y el Otro.

Si hubiera que establecer un eje ordenador que reúna estas distintas perspectivas, podría afirmarse que no hay causa sin pérdida. Entre la causa y su efecto se introduce una hiancia irreductible; no hay continuidad plena ni determinación cerrada. Esa falta misma adquiere valor causal.

De este modo, la causalidad psicoanalítica se distingue del determinismo. No se trata de una cadena necesaria de causas y efectos, sino de una lógica donde la pérdida, la falta y la hiancia estructural abren un campo de contingencia. Es precisamente allí donde se inscribe la eficacia clínica del psicoanálisis: en la posibilidad de operar sobre esa hiancia que separa la causa de su efecto.

martes, 24 de febrero de 2026

Ansiedad y angustia: una distinción estructural

En las últimas décadas, el predominio de los diagnósticos formulados a través de las distintas ediciones del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM) ha favorecido, no pocas veces, una homologación apresurada entre ansiedad y angustia. Desde una perspectiva psicoanalítica, sin embargo, resulta fundamental diferenciarlas, ya que no responden a la misma lógica.

La ansiedad suele implicar preocupación, anticipación temerosa e incluso fenómenos de desborde. Puede pensarse como una precipitación temporal: un intento de pasar del instante de ver al momento de concluir, eludiendo el tiempo de comprender. Hay allí una urgencia por cerrar, por resolver, por obturar la hiancia que introduce la interrogación. En este sentido, la ansiedad puede entenderse como una dificultad para sostener el intervalo necesario para la elaboración.

La angustia, en cambio, tiene un estatuto clínico radicalmente distinto. Para Jacques Lacan, es el único afecto que no engaña, precisamente porque está en relación directa con lo real. No se trata simplemente de un estado de inquietud, sino de una encrucijada subjetiva que confronta al sujeto con el enigma del deseo del Otro.

La angustia señala que algo del orden del goce irrumpe más allá de la red significante. Testimonia que en el hablante no todo es simbolizable. Por eso constituye una brújula clínica para el analista: permite situar el modo en que el sujeto se posiciona frente al deseo del Otro y frente al punto en que el lenguaje falla.

Si quisiéramos trazar una diferencia estructural, podríamos decir que la ansiedad —aunque fenomenológicamente pueda confundirse con la angustia— se despliega en el intervalo entre lo simbólico y lo imaginario: está ligada a representaciones, anticipaciones y construcciones de sentido.

La angustia, en cambio, se sitúa en el borde entre lo simbólico y lo real —o, según las coordenadas, entre lo imaginario y lo real—, allí donde el significante ya no alcanza a cubrir lo que irrumpe.

Mientras la ansiedad responde a una urgencia de sentido, la angustia confronta con un límite del sentido mismo.

El tiempo del análisis: entre la retroacción y el momento de concluir

No pocas veces surge la pregunta —imposible de responder con exactitud, pero legítima— acerca de cuánto dura un análisis.

La dificultad no es meramente práctica; es conceptual. Hay algo en la estructura misma del tiempo en psicoanálisis que impide anticipar cuánto trabajo será necesario en cada caso. No se trata de una resistencia técnica a fijar plazos, sino de una imposibilidad inherente a la lógica del inconsciente.

Freud ya había advertido que la temporalidad inconsciente no responde a la linealidad cronológica. La noción de retroacción (Nachträglichkeit) introduce una ruptura con la idea de un tiempo acumulativo y progresivo: un acontecimiento puede adquirir su valor traumático sólo a posteriori, reescribiendo el pasado desde el presente. Esta concepción del tiempo también interrogó a sus discípulos, quienes intentaron formalizar la especificidad de la temporalidad analítica.

Será Lacan quien dé una formulación estructural a esta cuestión al proponer la tríada: instante de ver, tiempo de comprender y momento de concluir. Estos tres tiempos no deben leerse como etapas cronológicas rígidas, sino como momentos lógicos.

El tiempo de comprender ocupa un lugar central. Puede pensarse como el tiempo de la reelaboración: el tiempo en que el sujeto “cae en la cuenta”, lo cual no equivale a una simple toma de conciencia. En los términos de Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, se trata del trabajo de rememoración entendido como reescritura simbólica de la propia historia.

Durante este tiempo, el análisis interroga los puntos de capitón que fijan los sentidos, aquellos nudos significantes que sostienen el sistema de creencias del sujeto y organizan su posición frente al deseo y al goce. El tiempo de comprender implica entonces una conmoción de esas fijaciones, una redistribución de las coordenadas simbólicas.

Sólo a partir de ese trabajo puede advenir el momento de concluir, que no es un cierre arbitrario ni una decisión meramente voluntaria, sino el efecto lógico de una elaboración llevada a su punto de saturación.

La imposibilidad de anticipar la duración de un análisis radica precisamente en esto: el tiempo de comprender no es programable. No es posible saber de antemano cuánto le llevará a un sujeto advertir el modo en que quedó inscrito en el campo del Otro, ni cuánto tiempo será necesario para reescribir esa inscripción.

El tiempo del análisis no se mide, entonces, por el calendario, sino por la lógica singular de cada recorrido subjetivo.