lunes, 7 de septiembre de 2026

El imperativo de la felicidad y la posición del analista

 Hay que disfrutar, viajar, hacer lo que a uno le gusta, rodearse de vínculos que hagan bien y, sobre todo, aprovechar la vida. En nuestra época, la felicidad ha dejado de ser únicamente algo deseable para convertirse, muchas veces, en una exigencia. Ya no se trata simplemente de que podamos ser felices, sino de que debemos serlo. Y cuando la felicidad se transforma en un mandato, no alcanzarla puede constituirse, paradójicamente, en una nueva fuente de malestar.

Esta concepción contemporánea de la felicidad parece estrechamente vinculada con la aspiración a un ideal que supone, en última instancia, el borramiento de la falta. Bajo el dominio de este imperativo, el hablante puede quedar embarcado en una suerte de atiborramiento de objetos, experiencias y actividades, en la promesa de alcanzar mediante ellos una satisfacción que, sin embargo, siempre resulta insuficiente. Se consume, se viaja, se disfruta, se acumulan experiencias y vínculos, no tanto porque cada uno de ellos responda a un deseo singular, sino bajo la ilusión de que, finalmente, alguno de ellos permitirá alcanzar una satisfacción plena.

Freud advertía que la felicidad no estaba contenida en el programa de los hombres. El malestar no sería entonces un accidente que pudiera eliminarse mediante una adecuada organización de la vida, sino algo estructuralmente ligado a la condición misma del sujeto. La entrada en la cultura, y con ella la captura por el lenguaje, implica una pérdida que ninguna acumulación de objetos puede reparar por completo.

Desde esta perspectiva, el imperativo contemporáneo de felicidad, en su pretensión idealizante y en su aspiración a colmar aquello que la castración inscribe como falta, entra necesariamente en tensión con la función del deseo. Esto no significa, por supuesto, que desde el psicoanálisis debamos desconfiar de la alegría, del bienestar o de los momentos de satisfacción. No se trata de sostener que el sujeto no pueda disfrutar de la vida. Se trata, más bien, de distinguir el bienestar contingente de la pretensión de una satisfacción capaz de abolir definitivamente la falta.

El deseo, precisamente, se sostiene en esa falta. No hay objeto que pueda colmarla de una vez y para siempre. Por eso, el imperativo de felicidad puede pensarse también como una respuesta frente a la angustia que suscita en el hablante la confrontación con aquello que no puede ser colmado. Allí donde aparece la pregunta por el deseo, la época ofrece objetos y experiencias; allí donde emerge la falta, propone llenarla.

Frente a este imperativo dominante, el analista no sostiene una posición ingenua. Está advertido de sus consecuencias y, particularmente, del precio subjetivo que puede pagarse por ese atiborramiento. Por eso, en ocasiones, la posición del analista puede resultar antipática, incómoda o incluso fastidiosa: no se presta fácilmente a corroborar ni a avalar el mandato de ser feliz.

Pero esto abre una cuestión fundamental. Si el analista está advertido de las consecuencias de ese mandato, ¿debería entonces prevenir al sujeto acerca de ellas? ¿No correría el riesgo, al hacerlo, de sostener otra idea de Bien? Si le dijera al sujeto qué debe evitar para no pagar determinado precio, ¿no estaría introduciendo, bajo una forma diferente, un nuevo mandato?

Quizás la orientación analítica consista precisamente en no sustituir un imperativo por otro. No se trata de decirle al sujeto que debe ser feliz, pero tampoco de advertirle que no debe buscar la felicidad. No se trata de conducirlo hacia un determinado modo de vida, sino de permitir que pueda interrogar aquello que, en su búsqueda de satisfacción, lo conduce.

Porque el psicoanálisis no tiene un ideal de felicidad para ofrecer. Y justamente por eso puede abrir un espacio para que el sujeto se pregunte qué desea, allí donde la época ya le ha indicado con bastante precisión qué debería querer.

Cuando la pericia no se realiza por un acuerdo entre las partes: ¿Qué hacer?

 Supongamos que un perito es designado en una causa, acepta el cargo y antes de que la pericia pueda llevarse a cabo, las partes llegan a un acuerdo.

En principio, que la pericia finalmente no se realice por un acuerdo entre las partes no significa necesariamente que el perito pierda el derecho a percibir honorarios. La regulación concreta la hará el juez, teniendo en cuenta la labor efectivamente desarrollada.

Si estamos hablando de una causa tramitada bajo el CPCCN, hay algunos puntos importantes:

  • El perito aceptò el cargo, por lo que ya se produjo una actuación profesional concreta.
  • Además, citò a las partes y organizò la realización de la pericia.
  • El hecho de que después las partes hayan arribado a un acuerdo y la pericia haya quedado sin objeto es algo ajeno a la voluntad del perito. No es lo mismo que renunciar al cargo o no realizar la tarea encomendada.
  • El art. 478 del CPCCN establece que los jueces deben regular los honorarios de los peritos y demás auxiliares de justicia conforme a los aranceles aplicables, ponderando la naturaleza, complejidad, calidad y extensión del trabajo.
Aunque el perito no haya producido el informe, hubo trabajo profesional: aceptación del cargo, estudio inicial de la causa/puntos de pericia, comunicaciones, citaciones, organización de la entrevista, eventualmente reserva de tiempo, etc.

El acuerdo entre las partes no necesariamente puede dejar sin efecto tu derecho a que se regulen los honorarios por el trabajo que ya realizaste. La cuestión de quién queda obligado al pago dependerá de la regulación y de lo que se resuelva respecto de las costas.

La norma central es el art. 25 de la Ley 27.423. Dice expresamente qué ocurre cuando un perito aceptó el cargo pero no llegó a presentar la pericia porque el proceso terminó anticipadamente.

En particular, el inciso b) establece que, si la pericia no fue presentada, el juez debe valorar la labor efectivamente realizada y disponer una regulación compensatoria adecuada, para lo cual puede requerir al perito que detalle las tareas realizadas desde la aceptación del cargo hasta que fue notificado de la finalización del proceso. 

 No se trata de un perito que aceptó el cargo y después simplemente no hizo nada. Hay una actividad profesional efectivamente desplegada, y la frustración de la pericia obedeció a la finalización anticipada del proceso.

Novedad importante: la Ley 27.802

Esto es particularmente interesante porque la norma fue modificada en marzo de 2026. El nuevo art. 61 bis establece que los honorarios de los peritos deben determinarse exclusivamente atendiendo a:

  • la labor técnica realizada;
  • su relevancia;
  • su calidad;
  • su extensión;

y establece un mínimo de 2 UMA por cada pericia. Pero agrega una regla específica para esta situación: si el proceso termina por transacción, avenimiento o conciliación sin que el perito haya presentado la pericia, se le regulará 1/4 de UMA en tanto haya aceptado el cargo.

Esto es muy reciente: la propia versión actualizada de la ley indica que los arts. 60, 61 y 61 bis fueron modificados/incorporados por la Ley 27.802, publicada el 6 de marzo de 2026.

¡Qué hago entonces?

Esperaría a que aparezca en el expediente la presentación del acuerdo y la resolución judicial que declare la finalización de la causa. Es decir:

1) Primero alguna de las partes presentan el convenio.

2) El Juez les exige que acompañen el convenio digitalizado o que lo reconozcan formalmente para poder homologarlo.

3) El Juez realiza la resolución de homologación, donde debería quedar resuelta también la situación de los auxiliares de justicia o, al menos, las costas.

Nosotros vamos a esperar a que ocurra esto ùltimo. Esperamos a la homologación y vemos qué dice el juez sobre las costas, los honorarios de los profesionales intervinientes y específicamente, si menciona a los peritos/auxiliares de justicia.

Porque puede suceder que la resolución de homologación diga algo como “las costas se imponen en el orden causado” o que establezca quién las soporta. Eso después va a ser relevante para determinar quién debe pagar tu regulación.

No dejes pasar el tema de tus honorarios.

Una vez notificado de esa resolución, si no hay menciòn del tema, presentaría un escrito solicitando la regulación y dejaría constancia de las tareas realizadas.

SOLICITA REGULACIÓN DE HONORARIOS

Señor Juez:

[Nombre], perito psicólogo designado de oficio en autos, con domicilio constituido en autos, a V.S. respetuosamente digo:

Que, habiendo aceptado oportunamente el cargo conferido y realizado las actuaciones necesarias para la realización de la pericia encomendada, incluyendo la correspondiente citación de las partes, y habiéndose tornado abstracta la producción de la prueba pericial como consecuencia del acuerdo arribado por las partes y la consecuente finalización del proceso, vengo a solicitar se regulen los honorarios correspondientes a la labor profesional efectivamente desarrollada.

A tal efecto, dejo constancia de que desde la aceptación del cargo y hasta la notificación de la finalización del proceso se realizaron las siguientes tareas: aceptación del cargo, toma de conocimiento de los puntos de pericia, organización de la tarea pericial y citación de las partes para la fecha oportunamente fijada.

Todo ello, conforme las pautas establecidas por la Ley 27.423 y, en particular, lo dispuesto respecto de los auxiliares de justicia cuya labor se ve interrumpida por la finalización anticipada del proceso.

Asimismo, atento a haberse depositado oportunamente un anticipo para gastos, solicito se tenga presente dicha circunstancia a los efectos que correspondan.

Por lo expuesto, solicito se regulen los honorarios correspondientes a la labor profesional desarrollada.

Proveer de conformidad,

SERÁ JUSTICIA.


viernes, 4 de septiembre de 2026

El psicoanálisis no es una psicología

La presencia del prefijo psí en los términos «psicología» y «psicoanálisis» podría llevarnos a suponer que ambos comparten un mismo campo clínico. Sin embargo, esta proximidad etimológica no alcanza para establecer una pertenencia común. Más aún, resulta discutible que el inconsciente, uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, pueda ser situado sin más dentro de la esfera de lo psíquico. La articulación del inconsciente con el cuerpo a través de la pulsión introduce una ruptura decisiva respecto de cualquier perspectiva dualista que conciba al sujeto a partir de la oposición entre mente y cuerpo.

La diferencia tampoco se reduce a que el psicoanálisis y las distintas corrientes psicológicas empleen conceptos diferentes. Se trata de una divergencia que alcanza a los fundamentos mismos de sus prácticas. Toda práctica clínica se sostiene en una determinada concepción de aquello sobre lo que opera, en las categorías con las que lo recorta y en los fines que orientan su intervención. Si una praxis se define, entre otras cosas, por los fundamentos conceptuales que la sostienen, entonces las diferencias entre psicología y psicoanálisis no son meramente terminológicas: implican modos distintos de concebir al sujeto, el padecimiento y la dirección de la cura.

Hay, en este sentido, un punto crucial que permite situar la diferencia.

La psicología tiene como horizonte orientador la unidad del sujeto. Es lo que Lacan señala en «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo», cuando sitúa la psicología del yo en relación con una concepción unificante del sujeto. Desde esta perspectiva, aquello que se encuentra en el centro de la práctica es el yo o alguna función susceptible de operar como instancia de síntesis, integración o adaptación.

El psicoanálisis parte de una posición radicalmente diferente. Su praxis se dirige a un sujeto en la estricta medida en que éste se encuentra dividido por efecto del significante. El sujeto del psicoanálisis no es, entonces, una unidad que la práctica debería recuperar, fortalecer o reconstruir. Es, por estructura, un sujeto dividido, cuya palabra puede decir más —o incluso otra cosa— de aquello que conscientemente pretende decir.

Por eso, allí donde una perspectiva psicológica puede encontrar como horizonte la restitución de una cierta unidad del sujeto, el psicoanálisis sostiene precisamente aquello que impide esa totalización. No se trata de conducir al sujeto hacia una versión más integrada de sí mismo, sino de alojar las consecuencias de su división y hacer posible que algo de esa división pueda ser escuchado.

Esta diferencia modifica radicalmente la posición del clínico. Si el sujeto no es una unidad previa que pudiera ser conocida, evaluada y eventualmente restituida, el analista tampoco puede ubicarse simplemente en el lugar de quien sabe quién es ese sujeto ni de quien posee los recursos necesarios para conducirlo hacia una determinada forma de normalidad o equilibrio.

El psicoanálisis se dirige, entonces, no al sujeto concebido como una totalidad psicológica, sino al sujeto que emerge allí donde el significante introduce una división. Y es precisamente por esto que su práctica no puede reducirse a una corriente más dentro del campo de la psicología: no se trata simplemente de otra manera de explicar lo psíquico, sino de una praxis fundada en una concepción diferente del sujeto.

Lo femenino y el campo del no-todo

Podemos buscar definiciones, identidades y atributos que intenten responder a la pregunta por qué significa ser hombre o ser mujer. Sin embargo, el psicoanálisis encuentra allí una dificultad de carácter estructural: el lenguaje no dispone de un significante capaz de proporcionar al sujeto una identidad sexual completa, ni tampoco de garantizar una relación de complementariedad con el otro sexo.

En este punto resulta fundamental distinguir lo femenino de las mujeres. No se trata de términos equivalentes. Lo femenino designa un campo de goce en el ser hablante. Se trata de un campo cuya delimitación le llevó a Lacan un largo recorrido teórico, de aproximadamente dos décadas, y que solo pudo ser formalizado a partir de una serie de interrogaciones sobre la lógica fálica y de la elaboración de otras modalidades lógicas que permitieran situar aquello que no podía quedar enteramente comprendido por ella.

El campo femenino del goce se define precisamente por no quedar completamente alcanzado por la única Bedeutung que el lenguaje provee: el falo. Allí donde la significación fálica no consigue recubrirlo todo, se abre un campo que Lacan formulará bajo la lógica del no-todo. Lo femenino, en este sentido, no constituye simplemente una identidad o una posición atribuible al sujeto, sino una modalidad de relación con el goce que pone de manifiesto un límite inherente a la simbolización.

El no-todo puede pensarse, entonces, simultáneamente como producción y como demostración. Producción, porque no aparece como algo dado de antemano, sino que resulta de una operación lógica. Pero también demostración, porque esa operación permite hacer patente la existencia de un real que precede y excede aquello que el campo simbólico consigue delimitar.

Desde esta perspectiva, el no-todo se produce a partir de la inscripción de la excepción en el campo fálico. Allí donde la lógica fálica establece una excepción que permite cerrar el conjunto, ese mismo cerramiento produce un afuera, algo que le ex-siste. Es en este punto donde puede situarse el síntoma como necesario: la excepción no solamente organiza el campo, sino que permite localizar aquello que, por quedar excluido de él, retorna como su exterior.

Pero el no-todo implica, además, una demostración. Del lado femenino se inscribe la inexistencia de una excepción que permita cerrar el conjunto de la misma manera. La inexistencia no debe entenderse aquí como una simple ausencia, sino como el resultado de una elaboración lógica que permite poner en evidencia una falla que concierne a la estructura misma del lenguaje.

Se trata, en última instancia, de la falla que impide que el sujeto pueda obtener del lenguaje una identidad sexual plena que tuviera como correlato una relación de complementariedad con el otro. No hay, para el ser hablante, un significante capaz de decir de manera exhaustiva qué es un hombre o qué es una mujer y, a partir de allí, asegurar la correspondencia entre ambos.

El campo de lo femenino, entendido de este modo, vuelve patente una falla que no es exclusiva de las mujeres, sino que concierne a todo ser hablante. Lo femenino hace visible, bajo la forma del no-todo, aquello que la lógica fálica no consigue absorber completamente. Y es precisamente por eso que introduce una manera distinta de considerar la castración: ya no solamente como una falta que se inscribe en el campo de la significación fálica, sino también como el límite estructural que impide al lenguaje constituir una totalidad capaz de responder por el ser y por el sexo del sujeto.

La atención flotante y la escucha del discurso

Uno puede llegar a una sesión sabiendo perfectamente qué quiere contar y, sin embargo, terminar hablando de otra cosa. En el curso de la palabra aparece un término inesperado, un recuerdo que no se había previsto, una asociación aparentemente absurda o algo que se dice casi sin querer. Esta deriva no constituye un desvío respecto del análisis: es, precisamente, una de sus condiciones de posibilidad.

La dinámica propia de la palabra pone así en juego la posibilidad de que el analizante diga más de lo que pretende decir. La asociación libre introduce una modalidad de discurso en la que aquello que el sujeto se proponía comunicar puede verse desplazado, interrumpido o incluso contradicho por la propia trama de lo que dice.

Ahora bien, esta regla del lado del analizante encuentra su correlato del lado del analista en aquello que Freud denominó atención flotante. Se trata de una modalidad de escucha que no busca privilegiar de antemano ningún elemento particular del discurso. El analista no escucha fundamentalmente para comprender el sentido de aquello que se dice, sino que mantiene una atención capaz de dejarse afectar por los distintos elementos que componen la trama discursiva.

En este sentido, escuchar en atención flotante implica atender a la superficie misma del discurso: a los significantes que lo recorren, a sus repeticiones, desplazamientos, cortes y articulaciones. La escucha no se orienta hacia un significado último que habría que descubrir detrás de las palabras, sino hacia la manera en que esas palabras se enlazan entre sí. Por eso puede decirse que la atención flotante no se dirige a nada en particular: se mantiene abierta al entramado mismo del discurso, a su gramática y a su lógica.

Podemos situar allí, al menos inicialmente, dos operaciones que se articulan en un determinado orden lógico. En primer lugar, el analista busca localizar aquello que insiste y se repite en el discurso. Es a partir de esa repetición que determinados significantes pueden comenzar a recortarse y adquirir un valor particular. En segundo lugar, la escucha se dirige a la manera en que esos significantes retornan, se desplazan y vuelven a inscribirse en la trama discursiva.

De este modo, la escucha analítica no se dirige primordialmente al sentido, sino al discurso concebido como trama, como red de relaciones significantes. Es precisamente allí donde pueden localizarse aquellos momentos fecundos en los que el inconsciente se da a escuchar: en una discontinuidad, un tropiezo, una vacilación, un equívoco o un sinsentido que interrumpe la continuidad aparentemente coherente del discurso.

No se trata, entonces, de que el inconsciente aparezca como un contenido oculto detrás de lo que el sujeto dice. El inconsciente se manifiesta en el modo mismo en que el discurso se articula, en aquello que insiste y retorna, pero también en aquello que irrumpe allí donde el decir no consigue sostener la continuidad de su sentido.

Por eso podemos afirmar que el inconsciente es solidario de una gramática y de una lógica. No se trata simplemente de un conjunto de contenidos reprimidos que esperan ser descubiertos, sino de una legalidad que se deja leer en la composición misma del texto que el analizante produce. La escucha analítica recorta esa trama, sigue sus articulaciones y, al hacerlo, puede hacer surgir aquello que el discurso dice más allá de lo que el sujeto se proponía decir.

jueves, 3 de septiembre de 2026

La imagen y el lugar de la causa

Está fuera de toda duda la importancia que lo imaginario reviste en el devenir del sujeto. No solamente en lo que concierne a las vestiduras fálicas, esas marcas que permiten al niño engalanarse y sostenerse, de algún modo, como aquello que puede causar el deseo del Otro. También la dimensión imaginaria de la imagen resulta fundamental, en principio, para la consistencia del cuerpo. Para el ser hablante, el cuerpo no constituye un dato de partida: requiere de una operación que permita otorgarle cierta unidad y consistencia, y en ella la imagen desempeña un papel decisivo.

Sin embargo, rápidamente se vuelve evidente que, para Lacan, la imagen por sí sola no alcanza para dar cuenta de aquello que sostiene la consistencia del cuerpo. Esto puede situarse en el matema i(a), tal como aparece en el grafo del deseo. Allí, la imagen no aparece simplemente como una representación del objeto, sino que cumple una función libidinal precisa: se sostiene a partir de la posición del objeto a, indicado por los paréntesis que lo enmarcan. La i vela, recubre y engalana una determinada posición del sujeto respecto del objeto; posición que es, precisamente, la del fantasma, mediante la cual el sujeto responde al enigma del deseo del Otro.

La articulación entre estos dos elementos —la imagen y la posición del objeto— permite interrogar distintas coyunturas clínicas. 

¿Qué ocurre cuando se produce una falla en las vestiduras que recubren esa posición? ¿Qué efectos puede tener sobre el sujeto la caída de aquello que lo engalanaba? 

Pero también cabe formular la pregunta en sentido inverso: ¿qué sucede cuando aquello que encontramos entre los paréntesis está vacío? Es decir, cuando la imagen no logra sostenerse de una posición de objeto. Si la imagen no encuentra allí su punto de anclaje, ¿de dónde obtiene entonces su consistencia?

La dimensión imaginaria de la imagen es solidaria de una cierta idealización. En tanto tiende a velar la falta, puede funcionar como un tapón frente a la vacilación del sujeto. Pero no resulta indiferente aquello que sostiene ese taponamiento. No es lo mismo que la imagen se encuentre sostenida por la posición desde la cual el sujeto puede ofrecerse como causa del deseo del Otro, que cuando ese lugar de la causa queda vacante.

En este último caso, la idealización inherente a la imagen puede adquirir una dimensión particularmente problemática. Al quedar desanudada de la posición del objeto, la imagen corre el riesgo de constituirse como un soporte que pretende bastarse a sí mismo, desligado de aquello que podría introducir una falta y, con ella, una apertura al deseo. Es allí donde puede pensarse su dimensión mortífera: al modo de Narciso, la imagen deja de ser un velo que recubre una falta para convertirse en aquello que captura al sujeto.

Esto permite interrogar una cuestión particularmente actual: ¿en qué medida la contemporaneidad promueve una forma de idealización de la imagen que pretende prescindir del Otro? ¿Qué sucede cuando la imagen ya no parece requerir de un otro que la mire, la confirme o la invista, sino que se presenta como una imagen que busca sostenerse por sí misma?

Podríamos entonces preguntarnos si ciertas formas contemporáneas de relación con la imagen no llevan a un desplazamiento decisivo: de una imagen sostenida por una posición subjetiva respecto del deseo del Otro, hacia una imagen que pretende constituirse como autosuficiente. Y, en ese pasaje, habrá que interrogar qué ocurre con el lugar del objeto a, es decir, con aquello que debería quedar velado pero que, al mismo tiempo, constituye el punto desde el cual la imagen puede adquirir consistencia libidinal.

El psicoanálisis es una estafa

Por Roberto Reyes 

Lacan llegó a calificar al psicoanálisis como una estafa, en un tono irónico y provocador, para subrayar que no ofrece un contenido positivo ni una promesa de sentido. El sujeto se confronta con la falta estructural y en lugar de ofrecer nuevas formas de llenarla, el análisis busca sostenerla. Tampoco organiza un sistema de valores o un camino a seguir, ya que seguir el propio deseo tiene más carácter de apuesta que de certeza.

El objetivo de la práctica analítica es generar la capacidad de sustracción de las cadenas significantes y crear un espacio vacío que permita la desestructuración de los discursos inconscientes que sostienen al sujeto, de modo que ese vacío funcione como espacio de producción. Una experiencia que permite dejar de tomar al vacío en forma peyorativa y habitarlo como neutralidad operativa; una técnica que obliga al analizante a inventar su propio discurso.
Por ello resulta difícil pensar en una ideología lacaniana. En todo caso, sería paradójica, ya que tendría que poner en el centro el agujero de lo Real. Para ilustrarlo creo que podríamos pensar el psicoanálisis como una maquina de perforar que termina por perforarse a sí misma; el barramiento del Otro incluye al propio psicoanálisis como en este testimonio de Florencia Dassen (AE):
"El pase comenzaba a dar lugar a lo imprevisible, a lo impar, al pasaje de lo ya sabido a lo que no sabía, lo que permitió localizar una zona de ignorancia ya separada del análisis, la verificación efectiva de lo nuevo. El pase fue un medio para comenzar a tomar la palabra, soportar cargar sobre sí la función del sujeto supuesto saber, dejándose reducir a un significante cualquiera. Para eso fue necesario dejar de amar el propio análisis."
La pasión por el psicoanálisis debe ser templada y moderada por el analista, cualquier orientación es un riesgo de empalmarlo a un nuevo Otro o de ser reabsorbido por alguna ideología, aunque también es inevitable puesto que la verdad ‘habla’ y no tiene otro medio para hacerlo. El Otro barrado no deja de funcionar: seguimos actuando "como si" el Otro existiera; por lo que el psicoanálisis no disuelve el Otro sino que lo despoja de su pretensión de consistencia y lo trata como semblante.
Advertencias hay varias señaladas por Lacan:
Todo sentido es religioso. (S22)
No tenemos medio de saber si el inconsciente existe fuera del psicoanálisis. (Conferencia en Yale)
El Otro, en el sentido en que lo introducimos, provisto de esta A mayúscula, adquiere valor destacado no por ser el Otro entre todos ni tampoco por ser el único, sino solamente porque podría no estar y en su lugar sólo habría un conjunto vacío. A = ∅. (S16)
La primera cosa sería extinguir la noción de bello. Nosotros no tenemos nada bello que decir. Es de otra resonancia que se trata, a fundar sobre el chiste. Un chiste no es bello. No se sostiene sino por un equivoco o, como lo dice Freud, por una economía. Nada más ambiguo que esta noción de economía Pero se puede decir que la economía funda el valor. ¡Y bien! una práctica sin valor, esto es lo que se trataría de instituir para nosotros. (S14)
Para que el psicoanálisis no sea una religión, como tiende a ello irresistiblemente desde que uno se imagina que la interpretación sólo opera del sentido. Enseño que su resorte está en otro lado, nominalmente, en el significante como tal […] Nuestro punto de partida, el punto al que siem­pre volvemos, pues siempre estaremos en el punto de partida, es que todo verdadero significante es, en tanto tal, un significante que no significa nada. (S3)
El psicoanálisis es una práctica para desconocerse” (Nasso, 2026) y podemos hacer del psicoanálisis una revelación de la nada, podemos incluso considerar que, en su curso, la operación analítica por excelencia apunta a esa nada. A su vez, Lacan señala que usar el psicoanálisis en otro contexto que no sea el dispositivo analítico es "tan estúpido como remar en la arena" (E1) ya que su objetivo no es explicar desde una posición de saber y fuera del dispositivo que permite la perforación de los significantes amo que determinan la vida de un sujeto, de la vida no sabemos nada. Es un movimiento que corresponde al de los nudos borromeos de Lacan al poner la vida del lado de Real.
'El sesgo práctico para sentirse mejor' consiste en poder detener la maquinaria significante en vez de generar más sentidos. Por ello en el final del análisis, lo decisivo no es seguir hablando, sino poder callar: "La esencia de la teoría psicoanalítica es un discurso sin palabras." (S16) Por lo que el psicoanálisis no es un saber que se posee, es una operación que perfora, un artificio que se deshace de sí mismo.
Si es una “estafa”, lo es en el sentido más radical: engaña al sujeto para liberarlo del engaño mayor, el de creer que hay un Otro consistente y desde ese vacío promover que el sujeto pueda inventar (sin garantías), la única verdad que le queda: la de su propio decir.