Pero hay una precaución importante: este esquema no significa que toda pulsión entre por el polo perceptivo y recorra después una secuencia fija hasta el polo motor.La pulsión tiene una fuente interna. No necesita ingresar desde el exterior a través del sistema perceptivo para ejercer su presión.
El esquema de 1900 permite comprender la organización general del aparato y sus vías de circulación, pero no constituye por sí solo un modelo completo de la transformación de la pulsión en acción.
Para eso necesitamos incorporar la representación pulsional, los procesos inconscientes, la función del yo y las condiciones de acceso a la motilidad.
3. Primer momento: la exigencia pulsional encuentra representantes psíquicos
Volvamos a la pulsión.
En sentido estricto, no debemos imaginar una energía que parte del ello y se desplaza por una serie de compartimentos hasta alcanzar el sistema motor.
Freud distingue la pulsión de sus representantes psíquicos. En Lo inconsciente (1915), plantea que una pulsión no puede convertirse directamente en objeto de la conciencia: lo que puede hacerse consciente es la representación que la representa y el factor afectivo ligado a ella.
Por eso, para reconstruir el trayecto hacia la acción, tenemos que introducir el problema de la representación.
¿Qué ocurre cuando una exigencia pulsional adquiere una representación?
La exigencia pulsional impone un trabajo a lo psíquico. En el aparato, esa exigencia puede quedar asociada con representaciones, huellas mnémicas, fantasías y vías de satisfacción previamente constituidas.
Estas asociaciones no son necesariamente conscientes. Supongamos que un sujeto experimenta una exigencia de contacto con otra persona.
La exigencia no determina por sí misma que deba enviar un mensaje. La posibilidad de escribirle adquiere sentido dentro de una red de representaciones:
- La representación de esa persona.
- El recuerdo de encuentros anteriores.
- La expectativa de recibir una respuesta.
- La fantasía de que esa respuesta modificará su estado.
- La representación de lo que podría suceder si no obtiene respuesta.
Estas representaciones pueden adquirir diferentes intensidades y organizarse de diversas maneras.
La exigencia pulsional queda así articulada con un conjunto de vías asociativas que hacen posible determinada modalidad de satisfacción. Ahora bien, no todo acto tiene que ser precedido por una representación consciente de este tipo.
En muchas ocasiones, el sujeto actúa sin poder reconstruir de antemano la secuencia que lo condujo a la acción.
Lo importante es que la acción no se deduce directamente de la fuente somática, como decíamos al principio, sino que requiere una organización psíquica que permita seleccionar y poner en funcionamiento determinada vía de satisfacción.
La representación no es todavía la acción
Que una representación se encuentre intensamente investida no significa que vaya a traducirse necesariamente en una conducta.
El sujeto puede pensar reiteradamente en una persona sin llamarla. Puede fantasear con una acción que nunca realiza. Puede experimentar un impulso y detenerse.
La representación puede permanecer en el pensamiento, desplazarse hacia otra representación, integrarse en una formación de compromiso o ser objeto de una defensa.
Por eso debemos distinguir:
- La exigencia pulsional.
- La representación que la representa.
- La investidura de esa representación.
- Los procesos que permiten o impiden que esa investidura se traduzca en acción.
Esta distinción será decisiva cuando lleguemos al yo.
Segundo momento: el proceso primario moviliza las representaciones
Una vez que introducimos la representación, tenemos que preguntarnos cómo se organiza su investidura.
En La interpretación de los sueños y Lo inconsciente, Freud distingue el proceso primario del proceso secundario.
En el proceso primario, las investiduras pueden desplazarse entre representaciones y concentrarse en ellas. El desplazamiento y la condensación son mecanismos centrales de esta modalidad de funcionamiento.
Para nuestro problema, importa particularmente el desplazamiento de la intensidad psíquica.
Una representación puede adquirir una intensidad que no se explica por su importancia objetiva. A la inversa, algo que parece central para el sujeto puede quedar relativamente desinvestido cuando entra en juego un conflicto inconsciente.
Pensemos en un sujeto que ha recibido un mensaje ambiguo de su pareja.
La situación desencadena una serie de asociaciones. Una palabra adquiere una intensidad particular; aparece el recuerdo de una discusión anterior; el sujeto anticipa un abandono y comienza a sentir una urgencia por obtener una respuesta.
La intensidad de la exigencia de escribirle no depende exclusivamente del mensaje actual. Puede estar sobredeterminada por otras representaciones y por las vías de satisfacción que se han constituido en la historia del sujeto.
El proceso primario permite comprender que la intensidad psíquica puede organizarse de maneras que no coinciden con la importancia consciente de los acontecimientos.
Pero aquí tenemos que introducir una precisión: el proceso primario, por sí solo, tampoco explica la ejecución motriz de una acción.
Explica modalidades de circulación y organización de las investiduras. Para comprender cómo una representación llega a producir una acción, tenemos que examinar la relación entre el proceso primario, el proceso secundario y el yo.
Tercer momento: el yo interviene en la organización de la acción
Este es uno de los puntos centrales de esta entrada. Si el ello es el polo pulsional, ¿por qué una exigencia que emerge de él no se descarga automáticamente en una acción?
Porque el aparato psíquico no es una conexión directa entre una fuerza y un efector motor. Hay procesos que pueden modificar la trayectoria de la excitación, inhibir determinadas vías y favorecer otras.
En El yo y el ello (1923), Freud describe al yo como una organización que se desarrolla a partir del ello bajo la influencia del mundo exterior.
El yo no es independiente de las exigencias pulsionales: está constituido en relación con ellas y depende de sus investiduras. Sin embargo, adquiere funciones que permiten organizar la relación del organismo con la realidad.
Entre ellas se encuentran la consideración de las condiciones externas, la inhibición de ciertos procesos, la organización del pensamiento y la participación en la ejecución de acciones.
A. La inhibición de la descarga
Freud ya había introducido en el Proyecto de psicología la importancia de la inhibición.
En aquel modelo, la inhibición permite que el aparato no descargue de manera inmediata toda la cantidad de excitación que ha alcanzado una determinada organización. Esa posibilidad resulta fundamental para que se desarrollen procesos psíquicos más complejos.
En términos generales, la inhibición permite que el aparato conserve condiciones para realizar un trabajo ulterior, en lugar de descargar inmediatamente la excitación.
En la segunda tópica, la función del yo puede comprenderse en relación con esta capacidad de organización e inhibición.
Imaginemos que un sujeto siente el impulso de golpear a alguien durante una discusión.
La intensidad del afecto y la exigencia de actuar pueden ser muy elevadas. Sin embargo, el sujeto puede detenerse, considerar las consecuencias, recordar una situación anterior o encontrar otra forma de responder.
La exigencia no desaparece necesariamente. Lo que se modifica es su relación con la acción.
El yo puede intervenir para impedir que una vía motriz se active de manera inmediata, dando lugar a otros procesos. Esto no significa que el yo tenga siempre éxito ni que la inhibición dependa exclusivamente de una decisión consciente.
Las defensas, los conflictos inconscientes, las condiciones afectivas y la organización psíquica del sujeto intervienen en las posibilidades de inhibición.
B. El pensamiento como acción de prueba
La función del pensamiento adquiere aquí una importancia particular.
En Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911), Freud vincula el desarrollo del pensamiento con la necesidad de tolerar el aplazamiento de la satisfacción.
En lugar de descargar inmediatamente la excitación, el aparato puede conservar la investidura y producir recorridos de pensamiento que permitan considerar las condiciones de una acción.
El pensamiento permite ensayar posibilidades sin ejecutarlas efectivamente.
Por ejemplo, el sujeto puede imaginar qué ocurriría si llamara, anticipar la respuesta de la otra persona y evaluar las consecuencias antes de decidir si realiza la llamada.
En este sentido, el pensamiento introduce una distancia entre la exigencia y la ejecución.
No obstante, no debemos confundir el proceso secundario con una instancia racional siempre eficaz. El pensamiento puede quedar subordinado a la exigencia pulsional y funcionar como una elaboración destinada a justificar una acción ya impulsada.
Un sujeto puede pasar horas construyendo argumentos para escribirle a alguien y utilizar el pensamiento no para inhibir la acción, sino para encontrar una vía que permita ejecutarla.
Por eso, la existencia de pensamiento no garantiza que el yo esté regulando eficazmente la exigencia pulsional.
C. La prueba de realidad
La prueba de realidad permite distinguir, en términos generales, entre una representación y la existencia efectiva de aquello que representa.
Su desarrollo está ligado a la capacidad del aparato para diferir la satisfacción y buscar en el mundo exterior las condiciones necesarias para alcanzarla.
En la organización de una acción, esto significa que el sujeto puede considerar si el objeto está disponible, qué respuesta cabe esperar y qué consecuencias tendrá su conducta.
Pero la prueba de realidad no elimina el conflicto inconsciente.
El sujeto puede saber perfectamente que una persona no quiere verlo y, aun así, continuar intentando contactarla. El conocimiento de la realidad no garantiza que las investiduras inconscientes se modifiquen en consecuencia.
En esos casos, tenemos que investigar por qué la representación de la realidad no logra modificar suficientemente la organización de la conducta.
La respuesta no puede deducirse de la sola existencia de una impulsión. Puede haber distintas configuraciones clínicas y distintos grados de capacidad para inhibir, elaborar o reorganizar la exigencia.
6. Cuarto momento: la elección de una vía de satisfacción
Hasta aquí hemos hablado de la exigencia pulsional, las representaciones, las investiduras y la inhibición.
Ahora tenemos que incorporar otro elemento: el objeto.
Freud sostiene que el objeto de la pulsión es aquello por medio de lo cual esta puede alcanzar su meta. No es necesariamente un objeto fijo ni está determinado de antemano por la fuente pulsional.
Esto significa que una exigencia puede encontrar diferentes vías de satisfacción.
Por ejemplo, ante una situación de rechazo, una persona podría:
- Insistir en obtener una respuesta.
- Retirarse de la relación.
- Buscar a otra persona.
- Fantasear con una reparación futura.
- Desplazar su actividad hacia otra tarea.
- Transformar la exigencia en una queja dirigida a un tercero.
Estas posibilidades no son equivalentes y tampoco debemos suponer que todas estarán disponibles para un sujeto determinado.
Lo importante es que la exigencia pulsional no contiene un programa motor único.
La acción que finalmente se ejecuta depende de la organización de las vías de satisfacción disponibles para el sujeto, de las investiduras que las sostienen y de los procesos que permiten o impiden su realización.
Aquí aparece una cuestión clínica: ¿por qué, entre varias acciones posibles, un sujeto termina ejecutando siempre una en particular?
La respuesta exige reconstruir la historia de esa vía de satisfacción, las representaciones que la sostienen, sus relaciones con el fantasma y las condiciones transferenciales en las que se reproduce.
La repetición de una conducta puede indicar que determinada vía se encuentra privilegiada, pero no explica por sí sola por qué lo está.
7. Quinto momento: la acción alcanza el polo motor
Llegamos al extremo que nos interesa: la producción de la acción.
En el esquema del aparato psíquico, el polo motor representa el extremo por el cual el aparato puede producir una respuesta sobre el mundo exterior.
Sin embargo, conviene distinguir tres niveles:
| Nivel | Qué sucede |
|---|
| Psíquico | Se organiza una exigencia, se invisten representaciones y se configura una determinada vía de satisfacción. |
| Ejecutivo | La organización del yo y los procesos motores permiten que una acción sea seleccionada y puesta en marcha. |
| Fisiológico | Los sistemas nerviosos y musculares ejecutan los movimientos correspondientes. |
Esta distinción es esquemática. No implica que sean tres etapas anatómicas perfectamente separadas ni que la actividad motora espere pasivamente una orden final del aparato psíquico.
El sistema nervioso organiza la acción mediante procesos complejos. Freud, en sus primeros modelos, intentó representar esas relaciones mediante cantidades de excitación y conexiones neuronales; sus modelos posteriores se centraron más en las relaciones funcionales entre los sistemas psíquicos.
Para la metapsicología, lo decisivo es que el acceso a la motilidad no se encuentra determinado exclusivamente por la presión pulsional.
La acción efectiva requiere que una determinada organización alcance las condiciones necesarias para ejecutarse.
Esto permite distinguir entre tres situaciones que pueden parecer semejantes, pero que son diferentes:
1. La acción impulsada y ejecutada.
La exigencia pulsional se organiza de manera que una determinada vía motriz termina activándose.
2. La acción inhibida.
La exigencia permanece activa, pero la ejecución queda detenida o modificada.
3. La exigencia tramitada por otra vía.
La acción inicialmente anticipada no se ejecuta, pero la exigencia encuentra otra modalidad de elaboración o satisfacción.
No debemos entender estas situaciones como etapas obligatorias de un proceso. Son posibilidades diferentes de la relación entre exigencia, organización psíquica y motilidad.
Tampoco toda acción motriz tiene que ser resultado de una impulsión pulsional en el sentido clínico del término. Muchas acciones habituales y voluntarias no presentan la urgencia ni el conflicto característicos de las impulsiones.
8. Reconstrucción del recorrido completo
Podemos reunir ahora los elementos en un esquema metapsicológico. Lo presento como una reconstrucción funcional, no como una secuencia lineal que Freud haya formulado literalmente en estos términos.
Esquema general
1. Fuente somática de la pulsión
Se produce un proceso somático que constituye la fuente de una exigencia pulsional.
↓
2. Presión pulsional
La pulsión impone a lo psíquico una exigencia de trabajo. La presión no determina por sí sola una conducta específica.
↓
3. Articulación con representantes psíquicos
La exigencia pulsional se encuentra representada en el psiquismo y puede enlazarse con huellas mnémicas, representaciones, fantasías y objetos.
↓
4. Movilización de las investiduras
Las representaciones adquieren intensidad y se organizan mediante procesos inconscientes, entre ellos el desplazamiento y la condensación.
↓
5. Organización de una vía de satisfacción
Dentro de las posibilidades constituidas en la historia del sujeto, una determinada vía puede adquirir predominio. El conflicto psíquico puede favorecerla, modificarla o impedirla.
↓
6. Intervención del yo
La organización del yo puede participar en la inhibición, la evaluación de las condiciones externas, la elaboración mediante el pensamiento y la regulación de la acción.
↓
7. Acceso a la motilidad
Si se establecen las condiciones necesarias para la ejecución, la organización psíquica puede traducirse en una acción motriz.
↓
8. Consecuencias de la acción
La acción modifica las condiciones externas, produce efectos sobre el sujeto y puede proporcionar satisfacción, displacer, alivio o nuevas fuentes de excitación. Esos efectos pueden reforzar, modificar o complicar la vía de satisfacción.
Hay dos advertencias importantes sobre este esquema.
Primero, no todas las acciones recorren conscientemente estos momentos. Una acción puede ejecutarse de manera automática, sin que el sujeto pueda reconstruir la secuencia que la produjo.
Segundo, el proceso no termina necesariamente cuando se alcanza el polo motor. Las consecuencias de la acción vuelven a ingresar en el aparato como nuevas percepciones y pueden modificar las investiduras y las expectativas futuras.
Así, la repetición de una conducta no depende únicamente de la exigencia inicial, sino también de los efectos que la acción produce y del lugar que esos efectos adquieren en la economía psíquica.
9. ¿Dónde entra la demanda en este recorrido?
El esquema freudiano permite investigar cómo se organiza una exigencia pulsional hasta producir una acción. Pero no explica por sí solo cómo esa acción queda articulada en el campo del lenguaje y de la relación con el Otro.
En Lacan, la demanda introduce precisamente esa dimensión.
Pensemos en una secuencia clínica: Una persona experimenta una urgencia de contacto. Se representa al otro, anticipa su respuesta, toma el teléfono y envía un mensaje. Desde el punto de vista descriptivo, podemos reconstruir la acción.
Pero el análisis necesita ir más allá: ¿qué significa para ese sujeto obtener una respuesta? ¿Qué ocurre si el otro no responde? ¿Qué lugar ocupa la demanda en la organización de su satisfacción?
El mensaje es una acción motriz y, al mismo tiempo, un acto inscrito en una relación significante.
No se trata de que primero exista una pulsión biológica completamente formada y luego el lenguaje se limite a expresarla. En el sujeto hablante, la pulsión se articula en una organización psíquica atravesada por el significante.
La demanda puede orientar la elección del objeto, organizar las expectativas y conferir un sentido particular a la acción. Sin embargo, no agota la satisfacción pulsional.
Por eso, dos personas pueden realizar exactamente la misma acción —por ejemplo, llamar reiteradamente a alguien— y encontrarse comprometidas en circuitos subjetivos muy diferentes.
La descripción motriz es idéntica; la lógica de la satisfacción puede no serlo.
Una precisión sobre el circuito pulsional
En el Seminario 11, Lacan presenta la pulsión como un circuito que parte de una zona erógena, contornea el objeto a y retorna a su fuente. Esto introduce una diferencia respecto de la idea de que la pulsión es una fuerza que se descarga al alcanzar un objeto exterior.
La satisfacción pulsional no se reduce a conseguir el objeto. Está comprometida en el recorrido mismo.
Por eso, si un sujeto insiste en llamar a alguien, no podemos concluir que la pulsión se satisfará únicamente cuando el otro responda. La respuesta puede ser importante, pero el circuito puede continuar aun después de obtenerla.
Desde esta perspectiva, el acto motor no representa necesariamente el final del proceso pulsional. Puede ser un momento dentro de un circuito que vuelve a ponerse en marcha.
10. La pregunta clínica que se desprende de todo esto
Me parece que ahora podemos formular con mayor precisión el problema de las impulsiones.
¿En qué momento de la organización psíquica se vuelve predominante una vía de acción, y qué hace que el sujeto no consiga inhibirla o sustituirla por otra?
Esta pregunta permite distinguir diferentes problemas clínicos.
- Si predomina una representación, habrá que investigar su relación con las asociaciones y las investiduras inconscientes.
- Si la acción aparece como respuesta a una urgencia, habrá que examinar qué función cumple esa acción en la tramitación de la tensión.
- Si el sujeto intenta detenerse, pero no lo consigue, habrá que investigar las condiciones de la inhibición y la función de la repetición.
- Si la acción se dirige insistentemente al Otro, habrá que estudiar la demanda, la transferencia y la satisfacción que se juega en esa relación.
- Si la acción se repite aun cuando ya no obtiene el resultado esperado, habrá que examinar si la satisfacción está comprometida en el propio circuito y no solamente en el resultado exterior.
Estas posibilidades no son mutuamente excluyentes. En un mismo caso pueden encontrarse varias de ellas.
No conviene concluir que el análisis debe intervenir necesariamente en el momento inmediatamente anterior a la descarga motriz.
La acción puede ser la culminación de una organización psíquica que se ha constituido mucho antes de que aparezca la urgencia consciente. En esos casos, intentar detener el último eslabón puede resultar insuficiente si no se modifica la lógica que organiza la secuencia.
La intervención analítica puede operar sobre las asociaciones, las representaciones, las demandas y las modalidades de satisfacción que sostienen esa organización.
Pero no se trata de que el paciente tenga que conocer conscientemente todos los momentos del proceso para poder modificar su relación con él.
El trabajo analítico puede producir efectos sobre una organización inconsciente sin convertirla en una secuencia enteramente consciente.
Mi conclusión sería que la pulsión no se transforma directamente en movimiento: su exigencia se articula en el aparato psíquico, moviliza investiduras y participa en la organización de una vía de satisfacción cuya ejecución depende de múltiples procesos. El polo motor es el extremo ejecutivo de esa organización, no una salida automática del ello.
Y dejaría planteada una cuestión para el próximo paso de nuestra indagación: ¿qué diferencia metapsicológica existe entre una acción que el yo organiza para alcanzar una satisfacción y una acción en la que el yo parece quedar avasallado por una exigencia pulsional?
Ahí podríamos examinar con mayor detalle la inhibición, la angustia señal, la compulsión de repetición y el problema económico de la descarga, sin confundirlos entre sí.