martes, 20 de octubre de 2026

Los desbordes de los niños de 0 a 5 años: ¿Cómo pueden intervenir los padres?

Para esta entrada, vamos a hacer pie l enfoque de Supernanny y su método S.O.S., de la especialista en crianza Jo Frost. La sigla significa Step Back, Observe, Step In: dar un paso atrás, observar e intervenir.

La idea central es que, ante una rabieta, el adulto no debe quedar atrapado en una escalada emocional con el niño. Primero tiene que tomar distancia de su propia reacción, observar qué está sucediendo y después intervenir de manera deliberada.

¿Cómo propone intervenir ante una rabieta?
  1. Step Back — Dar un paso atrás.

    El adulto evita reaccionar impulsivamente, gritar, discutir o ceder simplemente para que termine el episodio. Se toma un momento para regularse y no alimentar la escalada.

  2. Observe — Observar.

    Se pregunta qué desencadenó la rabieta: una frustración, un límite, cansancio, hambre, un cambio de actividad o una dificultad para expresar lo que siente. También observa qué sucede después y cómo responde el entorno.

  3. Step In — Intervenir.

    El adulto sostiene el límite con claridad y consistencia. Si la rabieta está vinculada a obtener algo, procura no convertir el grito en el medio para conseguirlo. Si hay riesgo de que el niño se lastime o lastime a otro, interviene para garantizar la seguridad.

Este método se inscribe en la propuesta de Jo Frost de establecer rutinas, límites previsibles y refuerzos positivos, sin recurrir al castigo físico. 

¿Qué hacer concretamente durante el desborde?

Imaginemos que un niño quiere seguir jugando, el adulto le dice que es hora de bañarse y el niño comienza a gritar y tirarse al piso.

  • No entrar en una negociación interminable. El límite puede mantenerse sin repetirlo veinte veces.

  • Hablar poco y con calma. «Sé que querés seguir jugando. Ahora es hora de bañarse».

  • No retirar el límite solo para detener el llanto. Pero tampoco tratar toda expresión de angustia como una conducta manipuladora.

  • Reconocer la recuperación. Cuando el niño comienza a calmarse, retomar el contacto y valorar ese cambio, sin reproches innecesarios.

Una precisión importante: el enfoque de Frost incluye estrategias conductuales, pero el método S.O.S. no equivale a ignorar indiscriminadamente al niño. Si está desbordado emocionalmente, puede necesitar la presencia tranquila del adulto, aunque este no ceda a su demanda.

Una distinción: ¿Rabieta o desregulación?

Desde una perspectiva clínica con niños, conviene diferenciar dos situaciones que superficialmente pueden parecer iguales:

Rabieta orientada a una demanda

Desregulación emocional intensa

El niño protesta ante una negativa o un límite.

El niño parece perder temporalmente la capacidad de organizar su conducta.

Puede persistir porque descubre que gritar modifica la respuesta adulta.

Puede estar asociada a frustración intensa, agotamiento, sobrecarga sensorial o dificultades de regulación.

Se beneficia de límites consistentes y de no reforzar la conducta problemática.

Necesita primero seguridad y corregulación; el aprendizaje se trabaja cuando recupera la calma.

No son categorías excluyentes, porque una rabieta puede comenzar como protesta y terminar en un desborde que el niño ya no controla bien.

Mi lectura del método: 

Su aporte más valioso es que obliga al adulto a salir de la reacción automática y a observar la secuencia de la conducta. 

Su límite aparece cuando se interpreta todo desborde como una estrategia para conseguir algo: ahí se corre el riesgo de responder con retirada o disciplina cuando el niño necesita ayuda para regularse.

Un llamado a dejar de culpar a la época actual por los obstáculos de la clínica

No hace falta tener demasiada casuística para constatar que hay presentaciones clínicas en las que el padecimiento no aparece inicialmente organizado como un síntoma interpretable. Cuando algunos analistas hablan de una actualización de las neurosis, suelen referirse a una clínica en la que parecen cobrar mayor protagonismo:

  • Las actuaciones y las dificultades para poner en palabras el padecimiento.

  • Las presentaciones centradas en el cuerpo, la angustia o la inhibición, sin una formación sintomática claramente articulada.

  • Las modalidades de goce que se repiten sin que el sujeto formule una pregunta sobre ellas.

  • Las dificultades para establecer una transferencia basada en el desciframiento de un síntoma.

  • La exposición de una posición fantasmática en los vínculos, en lugar de una formación de compromiso que pueda interpretarse.

En una orientación lacaniana, esto suele describirse mediante fórmulas como el debilitamiento de la función del síntoma, el predominio del acto o la presentación directa del fantasma.

El caso es que estas descripciones no son necesariamente nuevas. La actuación, la compulsión, la angustia sin elaboración, la repetición y las dificultades para asociar libremente tienen una larga historia en la clínica psicoanalítica, que obviamente está lejos de terminar por tratarse de lo real de la clínica. 

Freud no descubrió únicamente pacientes que llegaban con un síntoma perfectamente constituido, dispuesto a ser descifrado. También se encontró dewde el comienzo con resistencias, compulsiones, satisfacciones sustitutivas y fenómenos que obstaculizaban el trabajo analítico.

En la historia posterior del psicoanálisis, muchas de estas nociones se fueron desplazando. Se las vinculó con la pobreza de asociaciones, la escasa elaboración fantasmática y las manifestaciones somáticas. Es decir, lo que en Freud constituía una categoría etiológica específica terminó convirtiéndose, en algunas elaboraciones posteriores, en una especie de modelo para pensar diversas modalidades contemporáneas de sufrimiento.

Ahora bien: ¿Quién no ha asistido a algún seminario donde se apele al infundado sensacionalismo de "La época actual produce sujetos cuya estructura neurótica se caracteriza por una menor elaboración simbólica y un predominio del fantasma"?

Esta tesis, que implica una comparación del pasado con el momento actual, me parece ambiciosa, porque encierra varios problemas metodológicos. Si un analista afirma que hoy predominan las presentaciones fantasmáticas por sobre las formaciones sintomáticas, habría que preguntarle:

¿Respecto de qué población está hablando: pacientes de su consultorio, instituciones, hospitales o una población más amplia? ¿Con qué período histórico compara la clínica actual? ¿Qué criterio utiliza para distinguir una presentación sintomática de una presentación fantasmática? ¿Cómo controla que el cambio no se deba a modificaciones en la demanda de tratamiento, los dispositivos de atención o las categorías teóricas de los analistas? ¿Qué observación podría llevarlo a concluir que su hipótesis es incorrecta?

Si no podemos dar cuenta de esto, al menos habría que aclarar que la afirmación tiene valor como intuición clínica, pero no alcanza para establecer una transformación histórica.

Los analistas no reciben  (ni lo han hecho) una muestra representativa de la población: reciben a quienes consultan, a quienes son derivados y a quienes permanecen en tratamiento. Si cambian las condiciones sociales de consulta, las modalidades de demanda o los criterios de derivación, la casuística del consultorio puede modificarse sin que haya cambiado la distribución de las estructuras clínicas en la población.

La literatura psicoanalítica reciente siguió discutiendo cómo pensar las llamadas presentaciones actuales, desde las manifestaciones corporales hasta las compulsiones, las crisis de angustia y las actuaciones. Pero encontrar estas manifestaciones en la clínica no equivale a demostrar que son históricamente más frecuentes.

Entre muchos analistas, corre una especie de idea sesgada de que «todo pasado fue neurosis de transferencia», de manera que existe el riesgo de que cada generación reconstruya retrospectivamente la clínica anterior a partir de su propia manera de concebir el padecimiento. Tenemos que admitir que las categorías con las que observamos la clínica también determinan qué diferencias advertimos y cuáles dejamos de percibir.

¿No podría ser que la propia teoría lacaniana de los discursos y del goce esté llevando a algunos analistas a leer como novedad histórica fenómenos que siempre estuvieron presentes, pero que antes se conceptualizaban de otra manera?

Me parece legítimo que un analista diga: «En mi práctica encuentro más pacientes que llegan con actuaciones y menos con síntomas que puedan interrogar desde el comienzo». Es una observación situada, pero es discutible que de allí concluya: «La neurosis contemporánea ya no se organiza alrededor del síntoma, sino alrededor de la mostración del fantasma». En esa formulación se ha pasado de una observación sobre la demanda y la presentación clínica a una tesis general sobre la organización del padecimiento.

Ahora bien, ¿y si efectivamente hubiera una transformación en la relación del sujeto con el Otro?


Porque bien podríamos mantener abierta la cuestión sin dar por demostrada la hipótesis de época. Es históricamente plausible y puede investigarse si las condiciones sociales en las que se construyen los vínculos, las identificaciones y las demandas. Otra cosa es que ese cambio produzca una modificación general de la relación subjetiva con el Otro y el goce. 

La pregunta es interesante: ¿La clínica contemporánea presenta nuevas formas de subjetividad o el psicoanálisis contemporáneo observa una diversidad de presentaciones que antes no llegaban, o no llegaban del mismo modo, a sus dispositivos de atención? No hay que negar a priori la hipótesis histórica, pero si evitar que funcione como explicación automática de cualquier diferencia clínica.

Para sostenerlo habría que especificar qué entendemos por esa transformación y cómo la distinguimos de las diferencias sociales, culturales e institucionales entre las poblaciones estudiadas.

Habrá que ponerse a investigar...

lunes, 19 de octubre de 2026

La posición fantasmática en la entrada en análisis

Escuchamos con frecuencia que una de las particularidades de la clínica psicoanalítica reside en el caso por caso. Esto supone que la praxis analítica no admite estandarizaciones ni se orienta por curas-tipo. De allí puede desprenderse aquella indicación freudiana de suspender el saber previo, de poner entre paréntesis lo que el analista cree saber, para evitar que ese saber se convierta en un obstáculo para la escucha. La posición analítica exige, en este sentido, una condición que no se agota en cierta disposición: requiere, fundamentalmente, una apertura.

¿Apertura a qué? A la posibilidad de leer el modo singular en que un sujeto se aproxima al análisis, lo cual excede ampliamente el motivo manifiesto de consulta. La presentación clínica tampoco puede reducirse a la gravedad o a la intensidad del padecimiento que aqueja a quien consulta. Me interesa, en cambio, interrogar algunas coordenadas estructurales que permitan situar las distintas modalidades de esa presentación.

La estructura del fantasma no articula simplemente dos términos, sino que pone en juego dos posiciones. Lo decisivo es que tanto el sujeto dividido ($) como el objeto a pueden leerse como posiciones que conciernen al sujeto en su relación con el Otro y con el deseo. Con esta formulación, Lacan se distancia de la relación cognoscente entre un sujeto que conoce y un objeto conocido, para situar una lógica en la que el sujeto puede quedar dividido por el significante o bien ocupar el lugar de objeto causa del deseo del Otro.

Estas dos posiciones ofrecen coordenadas para pensar el modo en que alguien se dirige a un analista. En ocasiones, la entrada en análisis se produce desde la división subjetiva: la demanda se organiza alrededor de una pregunta, de un no saber que concierne al propio sujeto. Algo de su padecimiento se vuelve enigmático y reclama una lectura. Esta modalidad favorece la instalación de la transferencia, en tanto hace posible la suposición de un saber en el analista.

Pero no siempre alguien llega al análisis desde esa posición. En ocasiones, la presentación clínica parece estar dominada por la posición de objeto a. Allí nos encontramos con una dificultad particular: la palabra no termina de ponerse en marcha y la pregunta subjetiva permanece ausente o no logra constituirse. En lugar de un sujeto que interroga su padecimiento, encontramos a alguien capturado por irrupciones, desbordes o situaciones que parecen imponérsele sin mediación.

En estos casos, la dificultad no consiste únicamente en poner en palabras aquello que sucede, sino en hacer posible una modificación de la posición desde la cual el sujeto llega. Antes de que pueda desplegarse una pregunta sobre su implicación en el padecimiento, quizá sea necesario un trabajo preliminar que permita producir las condiciones para el advenimiento de la división subjetiva. No se trata de forzar una pregunta allí donde todavía no puede formularse, sino de construir las condiciones para que algo de lo que irrumpe como acontecimiento o padecimiento pueda devenir interrogable.

La distinción no pretende establecer dos tipos fijos de pacientes ni convertir las posiciones fantasmáticas en categorías diagnósticas de presentación. Se trata, más bien, de coordenadas para orientar la escucha: ¿desde qué lugar se dirige alguien al analista?, ¿qué relación mantiene con el saber y con su propio padecimiento?, ¿qué condiciones transferenciales están dadas y cuáles será necesario producir? Tal vez sea allí donde la singularidad del caso por caso encuentre una de sus expresiones más precisas: no en la mera diversidad de los síntomas, sino en la posición desde la cual cada sujeto puede —o todavía no puede— hacer de su padecimiento una pregunta.

La paradoja de la culpa: entre el superyó y el goce

A medida que el campo del significante fue revelando sus límites y aporías, los afectos adquirieron una presencia cada vez más relevante en la clínica psicoanalítica. No obstante, esta dimensión no es ajena a los comienzos de Freud, cuyos primeros desarrollos ya se ocupaban de aquellos montos económicos que se resisten a ser tramitados por la palabra y que constituyen un obstáculo para la cura. Entre los afectos que interrogan la práctica analítica, la culpa ocupa un lugar privilegiado.

La culpa funciona como una brújula para la escucha analítica, no tanto por las razones manifiestas que parecen justificarla, sino por las coordenadas discursivas que permiten situarla: los significantes con los que se articula, las modalidades de la repetición en las que se actualiza y las condiciones en las que emerge. Sin embargo, hay en ella un rasgo central que, al mismo tiempo que orienta la escucha, vuelve particularmente arduo su abordaje: su carácter paradójico.

Esta paradoja remite a la instancia que comanda la culpa: el superyó. Tanto Freud como Lacan señalaron el carácter paradójico de esta instancia, cuyo funcionamiento parece contrariar toda lógica de moderación: cuanto más se somete el sujeto a sus mandatos, más severa se vuelve su exigencia. La obediencia no apacigua al superyó; por el contrario, puede alimentar su ferocidad.

Algo de esta lógica se traslada a la culpa, que puede presentarse tanto ante una acción como ante su omisión. No se trata, entonces, de establecer una correspondencia directa entre la culpa y aquello que el sujeto hizo o dejó de hacer, sino de interrogar la posición que ocupa en la escena en la que aquella emerge. Se trata de una escena cuya lógica puede permanecer parcialmente inconsciente, pero en la que siempre está en juego alguna relación con el otro.

Aquí se abre una vía para el abordaje clínico: no quedar capturados en las idas y vueltas de la relación imaginaria entre el sujeto y ese otro, ni reducir la culpa a los motivos que el propio sujeto ofrece para explicarla. Se trata, más bien, de rastrear la función que cumple el Otro —en tanto lugar simbólico— en la organización de esa escena. ¿A qué demanda responde el sujeto? ¿A qué deseo se enfrenta? ¿Qué mandato sostiene, incluso allí donde cree estar desobedeciendo? ¿Qué satisfacción puede obtener de una posición que, conscientemente, le resulta penosa?

La demanda, el deseo y el goce se anudan en la relación con el Otro. Por eso, la paradoja de la culpa puede funcionar como una orientación clínica privilegiada: no solo porque pone de manifiesto la ferocidad del superyó, sino también porque permite interrogar la relación del sujeto con su propio goce. Si el goce puede encontrar una vía en la transgresión, e incluso en el intento de transgredir, cabe preguntarse: ¿la culpa señala el límite que el sujeto pretende franquear o participa, ella misma, de la satisfacción que obtiene al aproximarse a ese límite? ¿Podría ser, entonces, un índice del borde en el que el sujeto insiste, empujado por aquello mismo de lo que intenta sustraerse?

viernes, 16 de octubre de 2026

Transferencia: ¿Motor de la cura u obstáculo?

El psicoanálisis es una cura que se realiza a través de la palabra. Freud lo establece desde el comienzo y, aunque Lacan lleve su elaboración más allá, nunca abandona esa perspectiva.

La palabra da el marco, el material y el instrumento de la cura analítica. Nos ocupamos en ella de un sujeto que es efecto de la palabra, la que a su vez nos permite arribar clínicamente a aquellos puntos en los cuales el sujeto se soporta en su relación con el Otro, y con los otros.

Pero prontamente Freud se encontró con una dificultad que se desprende de las vueltas dichas de la palabra, esa dificultad conlleva la puesta en forma de la transferencia.

Si bien por un lado la transferencia es el motor de la cura; por otro lado, se constituye en su obstáculo. Y ello en la medida en la cual el analista va a pasar a contar como un objeto más en el menú libidinal de los objetos del sujeto. Esto significa que algo en el analista, no la persona del analista concita ese vínculo por el cual alguna catexia libidinal, preexistente a la cura, será transferida al analista tomado como objeto. Y en ese punto la transferencia se transformará en un obstáculo.

Con lo cual podríamos decir que, planteado en estos términos, la práctica analítica es una práctica del obstáculo, de uno radicalmente insalvable. Implica la instalación de un conflicto a nivel de la cura misma, que se entrama en la cura y es inherente a ella misma como proceso.

La inherencia del obstáculo se debe precisamente a la función y la posición que el analista ocupa en la cura, por lo que pone en juego. Pero de lo que el analista está advertido, es que ese atolladero es la reedición de un obstáculo de otra índole, el cual se tratará, en términos de Freud, de vencer, para que la cura pueda ser llevada a cabo.

jueves, 15 de octubre de 2026

Cómo generar cursos gratis con IA (para aprender cualquier cosa)

¡Dejá de usar ChatGPT solo para hacer preguntas y empieza a usarlo para aprender de verdad! Podés convertirlo en tu tutor personal para especializarte en algún área, crear una ruta de aprendizaje, practicar con preguntas y detectar exactamente qué necesitas reforzar.

La formación del analista, uno de los trípodes freudianos, se reactualiza a la luz de la IA. Aquí tenés 6 prompts para empezar a aprender cualquier tema paso a paso.

1. MODO TUTOR PERSONAL

Un profesor privado que se adapta a tu nivel real.

Prompt: "Conviértete en mi tutor personal de [tema]. Primero evalúa qué sé actualmente, cuál es mi objetivo, mi nivel y cuánto tiempo tengo para estudiar. Después crea una ruta de aprendizaje y enséñame un concepto a la vez. Tras cada lección, hazme una prueba y adapta la siguiente según mis respuestas."

2. APRENDE DESDE CERO

Sin dar nada por sabido: fundamentos primero.

Prompt: "Ensename [tema] desde cero absoluto. Asume que no sé nada. Empieza por los fundamentos, usa explicaciones sencillas y ejemplos de la vida real, y aumenta gradualmente la dificultad. Comprueba frecuentemente si estoy entendiendo antes de avanzar."

3. MÉTODO SOCRÁTICO

Que no te dé la respuesta: que te haga pensar.

Prompt: "Enséñame [tema] utilizando el método socrático. No me des las respuestas inmediatamente. Hazme preguntas que me obliguen a pensar, descubre las lagunas en mi comprensión, cuestiona mis suposiciones y guíame hacia la respuesta. Corrige mi razonamiento cuando sea necesario."

4. EXPLICAMELO HASTA ENTENDERLO

Otra analogia, otro ángulo, hasta que haga clic.

Prompt: "Enséñame [concepto] y después comprueba si realmente lo entiendo. Si me equivoco, explícamelo con un ejemplo, una analogía o una perspectiva diferente en lugar de repetir lo mismo. Continúa hasta que pueda explicar correctamente el concepto con mis propias palabras "

5. RUTA HACIA EL DOMINIO

De principiante a avanzado, en orden y con criterios.

Prompt: "Quiero pasar de principiante a avanzado en [tema]. Crea una ruta completa en formato de tabla que muestre qué necesito aprender, en qué orden, por qué importa cada etapa, qué debería practicar y cómo comprobar si estoy listo para avanzar. Después empieza a enseñarme desde el primer paso."

6. POTENCIADOR DE MEMORIA

Aprenderlo una vez y no olvidarlo en un mes. 

Prompt: "Ayúdame a aprender [tema] para recordarlo a largo plazo. Usa explicaciones sencillas, ejemplos, modelos mentales, recuperación activa, repasos espaciados y cuestionarios cortos. Recupera conceptos anteriores a medida que avanzo y enfoca la práctica extra en todo aquello que olvide repetidamente."

¿Erotomanías o locuras de amor? Distinciones clínicas e intervención

Hace unos (cuantos) años tuvo lugar la conferencia de Élida Fernandez sobre el tema de la erotomanía y qué pasaba cuando los amores enloquecen.

Más allá del caso de la erotomanía, en las consultan sobran casos de personas que insisten en una determinada relación, aún teniendo basta información de que esa persona no les corresponden. Pueden decir, por ejemplo "Ya sé que él dijo que no quiere tener nada conmigo, pero quizá cambie".

Aclaremos de entrada que no toda persistencia amorosa frente al rechazo es erotomanía en sentido estricto y que tampoco toda persistencia puede reducirse a una dificultad para aceptar la realidad.

La erotomanía clásica y el problema de ampliar el concepto a "las erotomanías"

En la descripción clásica de Clérambault, la erotomanía se organiza alrededor de una convicción delirante: el otro ama al sujeto, generalmente de manera secreta o disimulada. La fórmula paradigmática es que el otro comenzó a amar primero, ama más o no puede dejar de amar. En la evolución clásica se describen fases de esperanza, despecho y rencor, aunque no deben tomarse como una secuencia invariable en todos los casos.

El punto decisivo es que, en esa configuración, el rechazo no funciona como una refutación eficaz de la certeza delirante. Puede ser reinterpretado como una prueba más del amor, como una estrategia para ocultarlo o como consecuencia de circunstancias externas.

En la clínica tenemos muchos pacientes que dicen saber que no soncorrespondidos. Si ese saber tiene un alcance efectivo y no es simplemente una concesión verbal, claramente estamos ante otra lógica.

Propongo distinguir, al menos inicialmente, dos problemas:

  • La certeza de ser amado: el sujeto sostiene que el otro lo ama, independientemente de lo que este manifieste. Es el caso de la erotomanía.

  • La imposibilidad de abandonar el lugar de quien ama: el sujeto puede admitir que no es amado, pero no logra o no quiere desprenderse de esa posición.

Locuras de amor
Nos interesa investigar qué sostiene la persistencia cuando el amor no es correspondido.

En la erotomanía, propiamente dicha, el paciente sostiene con certeza: «Me ama, aunque diga que no». El rechazo no conmueve estacerteza, sino que queda incorporado a ella. Puede significar que el otro oculta sus sentimientos, que alguien impide la relación o que las circunstancias le impiden declararse. El no del otro no opera como límite: se convierte en material para la construcción delirante.

Lo que nos ocupa en esta entrada, sin embargo, es la persistencia amorosa con reconocimiento del rechazo: «Sé que no me ama, pero no puedo dejar de amarlo». En estos casos, habría que preguntarse varias cosas:

Es una imposibilidad subjetiva que el paciente padece? ¿Una negativa a renunciar? ¿La expectativa de que el tiempo cambie al otro? ¿O el rechazo es reconocido intelectualmente, pero desmentido en sus consecuencias?

No alcanza para hablar de psicosis. Puede tratarse de una fijación fantasmática, de una modalidad neurótica de sostener el deseo o de otras configuraciones. La cuestión es qué función cumple ese amor en la economía subjetiva.

Un tercer caso podría ser la erotomanía de la espera: «Ahora no me ama, pero algún día lo hará»

El sujeto no necesariamente afirma que ya existe reciprocidad. Puede reconocer el rechazo actual y conservar una certeza o una esperanza absoluta respecto del futuro. La vida queda organizada alrededor de una promesa que no necesita cumplirse para seguir operando.

Acá hay que tratar de distinguir: 

1) la esperanza sostenida por el deseo, que tiene relación con la incertidumbre, la contingencia y la palabra del otro.

2) de una convicción delirante sobre el destino amoroso.

El amor como reivindicación: «Después de todo lo que hice por él, no puede rechazarme»

El centro deja de ser exclusivamente el amor y pasa a ser una deuda. El sujeto se presenta como quien dio, esperó, sacrificó o comprendió demasiado. El rechazo se experimenta como una injusticia que debe ser reparada.

Esta modalidad puede enlazarse con rasgos reivindicativos y, en determinadas configuraciones, con una evolución hacia el despecho y el rencor descriptos por Clérambault. Pero no todo reclamo amoroso constituye un delirio pasional.

Tratándose de una neurosis, en estos casos donde la deuda (y la culpa) están presentes, un análisis podría intentar situar el origen de esa deuda, más allá de lo que el paciente denuncia en su relato. Muy probablemente haya una historia de esa injusticia que se remonta a los Otros primordiales del paciente.

Finalmente, una de las variantes más interesantes desde el psicoanálisis podrían ser eaquellos casos donde el amor como sostén de una posición subjetiva: «Si dejo de amarlo, ¿qué queda de mí?» El sujeto puede saber que no hay reciprocidad y, sin embargo, conservar el amor porque esa posición organiza su identidad, su historia o su relación con la falta.

El amado puede funcionar como objeto inalcanzable, como soporte de un fantasma o como aquello que permite mantener el deseo sin afrontar otras elecciones. No se trataría necesariamente de que el sujeto no pueda perder al otro, sino de que perderlo implicaría perder también una determinada forma de ser.

Estas modalidades no son excluyentes ni equivalen a diagnósticos. Un mismo caso puede desplazarse de una a otra, y una conducta aparentemente idéntica puede responder a lógicas diferentes.

¿Sostener el deseo o abolir la falta?

En el caso de alguien que dice «sé que no me quiere, pero aun así lo amo», preguntaría qué ocurre con la falta en el Otro. El rechazo puede ser doloroso, pero también puede funcionar como un límite que mantiene abierto el deseo. El amado conserva su condición de objeto deseado precisamente porque no está disponible.

En otra configuración, en cambio, el sujeto no consigue reconocer que el Otro es un sujeto deseante, separado de él, cuyo deseo no está bajo su dominio. La negativa del otro no es una respuesta posible dentro del vínculo: es algo que debe explicarse, corregirse o neutralizarse.

Y hay una tercera posibilidad: el sujeto reconoce perfectamente la alteridad del amado, pero no puede abandonar la posición que ocupa respecto de él. Acá no necesariamente está en juego una falla en el reconocimiento del Otro; podría estar en juego la función del fantasma.

Por eso evitaría la fórmula general «no acepta la castración». Sería más productivo precisar qué operación está en juego: ¿el sujeto no admite que el Otro carezca de una respuesta que lo complete?, ¿no puede consentir a la pérdida de ese objeto?, ¿o necesita mantener un deseo insatisfecho para preservar determinada posición subjetiva?

Son preguntas distintas y conducen a direcciones de la cura diferentes.

¿Qué-hacer en la clínica?

Nos interesaba la paradoja de que el sujeto puede aceptar la realidad del rechazo y, sin embargo, no aceptar sus consecuencias subjetivas.

En el lenguaje cotidiano, decimos que alguien reniega de la realidad cuando se comporta como si no hubiera ocurrido algo que sabe que ocurrió. Pero conviene no hacer equivaler automáticamente esa expresión con la Verleugnung freudiana, ni con la forclusión lacaniana. Veamos las diferencias: 

Desmentida: «Sé que me rechazó, pero eso no puede ser toda la verdad». El sujeto admite el dato, pero restringe su alcance o sostiene otra posición frente a él.

Represión y retorno del deseo: el rechazo puede haber sido registrado, pero el deseo persiste y reaparece en fantasías, sueños, expectativas o actos que el sujeto no consigue gobernar. La persistencia del deseo no implica por sí misma una alteración del juicio de realidad.

Rechazo psicótico de la significación del acontecimiento: no se trata simplemente de que el sujeto desee a alguien que no lo desea, sino de que el rechazo no consigue adquirir para él el estatuto que tendría en una relación compartida con la realidad. En la erotomanía clásica, esto puede expresarse mediante la certeza de que el otro ama y la reinterpretación delirante de sus negativas.

Alguien puede continuar enamorado durante años de una persona que no lo corresponde sin creer que será correspondido, sin acosarla y sin desconocer sus límites. Esto no es patológico.

El problema aparece cuando esa persistencia adquiere una función que empobrece la vida, impide otras elecciones, alimenta una convicción inamovible o conduce a desconocer los límites del otro.

Entonces, frente a la singularidad de un caso, habría que investigar:

Eje clínico

Nos preguntamos...

Saber

¿Qué reconoce efectivamente el sujeto del rechazo?

Certeza

¿Puede admitir que no sabe qué siente el otro ni qué sucederá?

Deseo

¿Qué sostiene el deseo cuando la reciprocidad queda descartada?

Acto

¿Qué hace el sujeto con el límite que el otro le impone?

La última dimensión es fundamental: la persistencia de un sentimiento no autoriza a insistir sobre alguien que ha dicho que no. Y, clínicamente, la conducta permite distinguir situaciones que una descripción puramente afectiva podría confundir.

Intentaría también localizar qué significa para él abandonar esa relación. Podríamos preguntar:

  • «¿Qué cambiaría si aceptaras que esa relación no va a ocurrir?»

  • «¿Qué es lo que todavía esperás de esa persona?»

  • «¿Qué significa para vos seguir amándola, aun sabiendo que no te corresponde?»

  • «¿Hay algo que perderías de vos mismo si dejaras de esperarla?»

No se trata de aplicar estas preguntas como un cuestionario, sino de localizar el punto en que el amor deja de ser solamente un afecto y pasa a organizar una posición subjetiva.