viernes, 30 de octubre de 2026

La pulsión y la subversión del psicoanálisis

¿Resulta casual que una parte importante del campo analítico, desde sus primeras generaciones, haya adoptado posiciones que discuten, atenúan o incluso neutralizan el carácter subversivo que la pulsión introduce en la obra de Freud?

El concepto freudiano de pulsión conlleva una subversión radical, en la medida en que interroga el campo de la satisfacción en el ser hablante y abre una dimensión hasta entonces inédita: la posibilidad de una satisfacción que no se ordena según el principio del placer. No se trata simplemente de admitir que el sujeto puede experimentar displacer, sino de reconocer que existe una satisfacción paradójica, irreductible a la búsqueda del bienestar y capaz de persistir incluso allí donde el sujeto encuentra sufrimiento.

A partir de esta paradoja, Lacan encuentra en el concepto de pulsión uno de los apoyos fundamentales para desarrollar, en el Seminario 7, La ética del psicoanálisis, una ética que no se confunde con la adaptación, la búsqueda del placer ni la realización de un Bien universal. Su especificidad se juega, precisamente, en la distancia que separa el deseo de las coordenadas del placer y del Bien. La satisfacción pulsional introduce allí un problema que ninguna pedagogía de la felicidad puede resolver: no siempre queremos aquello que nos hace bien, ni dejamos de encontrar satisfacción en aquello que nos hace sufrir.

En este punto, resulta iluminador volver al comienzo de Pulsiones y destinos de pulsión, donde Freud se interroga por los fundamentos conceptuales sobre los que se sostiene una ciencia. Quisiera aclarar que mi interés no reside en reivindicar para el psicoanálisis el estatuto de ciencia, sino en recuperar una pregunta que considero decisiva para pensar sus fundamentos como dispositivo clínico: ¿qué sostiene nuestra práctica y de qué manera se articulan los conceptos que utilizamos con aquello que acontece en la experiencia analítica?

Freud advierte que, en el inicio de una disciplina, resulta inevitable recurrir a ciertas «ideas abstractas», incluso auxiliares, cuyo grado de precisión es necesariamente limitado. Pero esta constatación abre una pregunta que excede el problema de la formalización teórica: ¿de dónde provienen esos conceptos y qué relación mantienen con la experiencia de la que pretenden dar cuenta?

En el fondo, se trata de interrogar el vínculo entre los conceptos del psicoanálisis y su práctica clínica. Un vínculo que no parece responder a una relación lineal en la que la teoría precedería a la experiencia para luego aplicarse sobre ella. Tampoco alcanza con invertir los términos y suponer que los conceptos serían una mera generalización de lo observado en la clínica. Entre ambos existe una relación compleja, en la que la experiencia orienta la elaboración conceptual al mismo tiempo que los conceptos permiten recortar, leer y reconocer aquello que, sin ellos, permanecería inaccesible.

La indeterminación de esta relación no constituye necesariamente una debilidad epistemológica. Por el contrario, puede ser el índice de un problema que el propio concepto de pulsión pone especialmente de manifiesto. No disponemos de una definición que agote su sentido ni de un objeto empírico que permita capturarla de manera directa. La pulsión exige una construcción conceptual que, lejos de clausurar la pregunta, mantiene abierta la interrogación por aquello que en la experiencia analítica insiste sin dejarse reducir a una conducta observable o a una función biológica.

Esto nos conduce a una cuestión fundamental: ¿podemos establecer una anterioridad lógica entre el concepto y la práctica? ¿Es posible pensar una pulsión cuya existencia clínica fuera independiente de las condiciones en las que se la escucha y se la interpreta? Y, a la inversa, ¿cómo leer aquello que acontece en un análisis sin recurrir a construcciones conceptuales que permitan situarlo?

La cuestión se vuelve especialmente relevante si consideramos que no hay inconsciente accesible por fuera de la transferencia. Esto no significa que el inconsciente sea un producto arbitrario del dispositivo analítico, sino que su puesta en juego y su lectura dependen de las condiciones discursivas en las que puede manifestarse. La práctica no se limita, entonces, a confirmar una teoría previamente establecida: participa de las condiciones que hacen posible la emergencia de aquello que la teoría intenta formalizar.

La pulsión, en este sentido, constituye uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Desde su formulación inicial, introduce una tensión irreductible entre lo psíquico y lo corporal, entre la exigencia somática y sus representantes psíquicos, entre la búsqueda de satisfacción y la imposibilidad de reducirla a la homeostasis del organismo. Pero esta condición plantea, a su vez, un interrogante clínico: ¿de qué modo la pulsión deviene legible en la experiencia analítica? ¿Cuáles son sus formas de presentación, sus índices y sus efectos?

No se trata de buscar la pulsión como si fuera un objeto escondido detrás del síntoma, a la espera de ser descubierto por el analista. Se trata, más bien, de interrogar las modalidades de satisfacción que se articulan en el decir del sujeto, incluso allí donde su sufrimiento parece contradecir cualquier búsqueda de satisfacción.

Quizás sea precisamente aquí donde se juegue el alcance subversivo de la pulsión: en obligarnos a abandonar la idea de que el aparato psíquico tiende, en última instancia, hacia un equilibrio orientado por el bienestar. Y también en exigirnos una posición clínica que no pretenda corregir de antemano aquello que, en la repetición y en el síntoma, insiste como satisfacción.

La pregunta que queda abierta es, entonces, doble: ¿qué concepción de la satisfacción estamos suponiendo cuando escuchamos a un paciente y qué se pierde de la experiencia analítica cuando reducimos la pulsión a una función adaptativa, a una descarga o a una tendencia natural?

La demanda, la división subjetiva y la posición del analista

En las últimas entradas venimos examinando aquellas situaciones en las que la demanda adquiere tal exigencia que no deja lugar a un efecto de división subjetiva. En estas condiciones, las posibilidades de que un paciente devenga analizante quedan comprometidas. Me interesa subrayar que esta circunstancia no debería interpretarse en términos de resistencia, como si el paciente estuviera poniendo en juego una maniobra para sustraerse al análisis. Se trata, más bien, de una dificultad que puede constituir un índice de la particular relación que el sujeto mantiene con el Otro.

Frente a esta coyuntura, señalábamos la importancia de cierta serenidad por parte del analista, que le permita no quedar capturado en la exigencia ni contribuir a su reforzamiento. Podríamos hablar aquí de la espera del sujeto, aunque la expresión encierra una ambigüedad: el sujeto está en espera en el fantasma, y un modo de la demanda que no encuentra límites puede contribuir a perpetuar esa posición. La calma analítica, si podemos llamarla así, introduce un desplazamiento: es el analista quien queda a la espera, no de una respuesta del paciente que satisfaga sus expectativas, sino de las condiciones discursivas que permitan leer allí al sujeto. Se trata de esperar la posibilidad de que, en la demanda, se produzca un efecto de división.

Hay, además, otra dimensión que conviene considerar para abordar esta compleja situación: la doble incidencia de la demanda.

Por un lado, la demanda es vehículo del amor. Lacan sostiene que toda demanda es, en última instancia, demanda de amor. Nos encontramos aquí en el terreno de la incondicionalidad exigida al Otro, en la que se juega la expectativa de una respuesta sin límites. Esta exigencia vela, precisamente, la suposición de una omnipotencia del Otro: la ilusión de que podría responder de manera plena y garantizar aquello que al sujeto le falta.

Pero existe también otra dimensión de la demanda, vinculada con la pulsión. Desde esta perspectiva, no toda demanda se reduce a una demanda de amor. La pulsión introduce otra lógica, en la que adquiere relevancia la reversibilidad de la demanda: del sujeto al Otro y del Otro al sujeto, con las modalidades oral y anal que Lacan articula en su enseñanza. Aquí, la demanda es también el vehículo de la incidencia corporal del significante, en tanto la pulsión puede pensarse como un efecto de esa captura del cuerpo por el lenguaje. En la enunciación, la pulsión pone de manifiesto la insistencia del significante y, al mismo tiempo, la imposibilidad de que el Otro constituya una instancia completa, capaz de responder a todo.

Esta última perspectiva puede ofrecernos una vía de intervención, siempre que podamos operar sobre la demanda más allá de su aparente consistencia, atendiendo a sus resonancias significantes. No se trataría, entonces, de responder a lo que la demanda parece reclamar ni de confrontar directamente su exigencia, sino de localizar aquello que insiste en sus formulaciones, los términos en los que se articula y las modalidades en que retorna.

La pregunta que se abre para el analista es, por tanto, la siguiente: ¿cuáles son los «significantes usuales en la demanda» que podemos aislar en aquello de lo que alguien se queja? Quizás sea en ese trabajo de lectura donde la demanda, sin dejar de insistir, pueda comenzar a producir algo distinto de la exigencia: una primera posibilidad de división subjetiva.

miércoles, 28 de octubre de 2026

¿Cómo intervenir con pacientes demandantes?

En esta entrada hicimos una aproximación al “círculo infernal de la demanda”, donde señalábamos una trampa estructural del vínculo humano: cuanto más se responde a la demanda del sujeto, más se la alimenta… sin satisfacerla nunca del todo. De esta manera, el “círculo infernal de la demanda” es la imposibilidad estructural de satisfacer la demanda de amor, que hace que toda respuesta la reproduzca y la intensifique.

En esta otra entrada, situábamos que no hay una indicación técnica universal que permita evitar ser el analista mismo que ingrese al circuito de la demanda, o asistir a aquellos casos en donde el paciente parece fijado en un relato donde lo que se aprecia es la demanda o la queja hacie alguien más.

Lo que hoy vamos a ver es una intervención por descentración, que consiste en una operación mediante la cual el analista introduce una formulación que altera las coordenadas desde las que el sujeto presenta su demanda o sostiene su discurso, sin exigirle de antemano una interrogación sobre su posición. No es una categoría técnica establecida de Lacan, sino una herramienta conceptual para pensar tu práctica.

El obstáculo: 

Cuando el sujeto enuncia una queja, lo hace desde una posición en la que su relación con el Otro está comprometida. El paciente describe una situación, habla desde su padecimiento, reclama una respuesta y, en ocasiones, supone que el Otro debería poder responder sin falta.

En ese momento, la queja puede presentarse como una evidencia que no requiere mayor interrogación. El sujeto está en ella, comprometido con su perspectiva, y el discurso se organiza alrededor de aquello que el Otro hace, no hace o debería hacer.

En determinadas demandas, el Otro aparece convocado a responder sin límites: debería saber, poder, estar disponible o satisfacer aquello que se le reclama. La queja puede sostenerse, entonces, sobre la expectativa de un Otro al que no se le reconoce una falta constitutiva.

El analista podría quedar capturado en esa misma lógica si intenta resolver el asunto desde el plano del enunciado. Ej: Decirle al paciente "Ud tiene razón/No, no es así". Si le da la razón al paciente, corre el riesgo de consolidar la queja; si se la niega, puede quedar ubicado como otro Otro que no responde adecuadamente. En ambos casos, permanece dentro de las coordenadas que organizan la demanda.

Cuando el analista se introduce en el enunciado de la demanda para determinar si el reclamo está justificado, corre el riesgo de quedar ubicado en una alternativa que reproduce la estructura de la queja. Se convierte en alguien que debe decidir si el Otro ha respondido adecuadamente o si el sujeto tiene derecho a reclamar.

Por supuesto, hay situaciones en las que es necesario escuchar y reconocer la realidad de lo que el paciente relata. No se trata de desestimar su padecimiento ni de convertir cualquier queja en una expresión de su fantasma. El problema aparece cuando la intervención queda reducida a ratificar o impugnar el contenido de la demanda.

Una maniobra posible: "Descentrar" al paciente para intervenir sobre le enunciación.

La intervención intenta desplazar la intervención desde aquello que se reclama hacia la posición desde la cual se reclama y el Otro al que se dirige el reclamo. ¿Con qué finalidad? Para introducir la posibilidad de que el sujeto no solamente hable desde esa posición, sino que pueda, por un instante, tomar esa posición como objeto de una interrogación.

Decíamos que el paciente, muchas veces, está comprometido con su perspectiva. Por ponerlo en términos gráficos, podríamos utilizar esta imagen:

Desde la perspectiva del osito, el padre no ha sufrido ningún daño. Desde nuestra perspectiva, vemos las flechas clavadas en el costado que el osito no logra ver. Esta última "objetividad" es la que puede al analista entramparlo a intervenir sobre el enunciado.

Ante una demanda que amenaza con capturar al analista en la alternativa de ratificar o refutar la queja, una posibilidad de intervención consiste en introducir una perspectiva que permita al sujeto encontrarse con la posición desde la cual habla y con el Otro al que dirige su demanda.

El chiste, la metáfora o la pregunta pueden servir a esta operación, siempre que su pertinencia se sostenga en la transferencia y en las posibilidades del sujeto.

El analista trata de producir, cuando las condiciones lo permiten, una distancia respecto de la posición desde la cual la demanda se formula. La intervención no busca demostrarle que está equivocado, sino hacer posible que deje de coincidir por completo con la posición desde la cual reclama.

Veamos dos casos

Caso 1: Un paciente se queja, sesión tras sesión, sobre sus padres. Por la información dada por el mismo paciente, ambos parecen ser padres "suficientemente buenos", incluso el padre le ha conseguido trabajo al paciente y le compró un departamento. Sin embargo, el paciente insiste que el padre esté más con él, que le solucione sus problemas, que le pague vacaciones. El analista, aprovechando que la transferencia así lo permitía, interviene: "¿Pero vos querés un padre, o a un superhéroe? La frase queda picando por mucho tiempo en el paciente, quien al poco tiempo comienza a tener una actitud más autónoma.

El paciente se queja de sus padres y les demanda algo. Podemos suponer que, en ese momento, la queja organiza una determinada posición subjetiva: los padres deberían responder, estar a la altura de lo que se espera de ellos, resolver aquello que el paciente presenta como una falta. La demanda se sostiene sobre una expectativa que, por su carácter, parece no admitir demasiado cuestionamiento.

La intervención introduce una pregunta que desplaza esa expectativa hacia otro registro: ¿estás esperando padres o superhéroes?

Lo interesante es que el analista del caso no discute si los padres deberían hacer más o menos, si la queja es justa o si el paciente tiene razón en sus reclamos. Tampoco le señala directamente que sus exigencias son desmedidas. En cambio, modifica las coordenadas desde las cuales su demanda puede ser escuchada.

El superhéroe introduce una figura que posee capacidades extraordinarias, muchas veces sin falta, que puede acudir ante cualquier emergencia y que, en principio, parece estar a la altura de cualquier exigencia. Al establecer esta comparación, la intervención hace visible algo que hasta entonces podía permanecer implícito: la expectativa de que los padres respondan desde una posición excepcional, sin límites o sin fallas.

Hay aquí una operación que me parece clínicamente valiosa: el paciente pasa de estar enteramente comprometido con la legitimidad de su demanda a poder encontrarse, aunque sea por un instante, con la forma que esta adquiere.

Ese desplazamiento no necesariamente produce una elaboración inmediata. Pero abre una distancia entre el sujeto y su propia posición. Lo que hasta entonces se presentaba como una exigencia evidente puede comenzar a adquirir el carácter de algo susceptible de interrogación.

Vamos a otro caso. La paciente, con el fin de ahorrar, realiza ciertas conductas que la hacen entrar en conflicto con su pareja. Ella se queja que él no la entiende. En la historia de la paciente hay una tradición intergeneracional de carencias, que se remonta, según ella, a la Segunda Guerra Mundial.

En una de estas quejas, donde la paciente contaba sus proezas de ahorro y los conflictos con su pareja, el paciente interviene: "Ah, vos estás seteada en la posguerra"

Esta es más interesante para pensar la distinción entre enunciado y enunciación. La paciente habla de cómo ahorra. En el plano del enunciado, tenemos una serie de afirmaciones sobre el dinero, los gastos, la previsión y la administración de los recursos. Sin embargo, el analista advierte que su discurso no se limita a comunicar una modalidad de ahorro: parece organizado por una lógica de supervivencia, como si la posibilidad de quedarse sin recursos permaneciera siempre en primer plano.

La historia familiar vinculada con la guerra ofrece un contexto para leer esa modalidad, aunque lo decisivo no es establecer una relación causal lineal entre aquella historia y la conducta actual. Su  intervención, «estás seteada en modo posguerra», introduce una diferencia entre la paciente y la posición desde la cual organiza su relación con el dinero.

No se trata de cuestionar el ahorro como conducta ni intentar convencer a la paciente de que gaste más. Tampoco interpretar directamente que tiene miedo a la escasez. Lo que hay acá es la introducción de una formulación que permite escuchar de otra manera algo que ella ya estaba diciendo.

La intervención produce una especie de puntuación: aquello que se presentaba como una forma razonable de administrar el dinero adquiere una dimensión adicional. La paciente puede empezar a preguntarse si está respondiendo a las condiciones actuales o si continúa organizada por una lógica que pertenece a otro tiempo.

La enunciación concierne a la posición desde la cual se produce el enunciado. En esteejemplo, no se limita a señalar qué dice la paciente sobre el ahorro: aisla una modalidad que atraviesa su discurso y la formula como una posición desde la cual parece hablar y actuar.

Sin embargo, la intervención no accede directamente a la enunciación como si esta fuera un contenido oculto que el analista pudiera revelar. ¡Está ahí mismo! La hace resonar mediante una expresión que reorganiza el sentido de lo dicho.

Por supuesto que «modo posguerra» no es una explicación exhaustiva del comportamiento de la paciente. Es una nominación que puede permitirle reconocer una lógica propia. Su valor analítico dependerá de lo que esa formulación ponga en movimiento después.

¿Qué eficacia podemos esperar de estas intervenciones?

El analista no agrega necesariamente un saber nuevo sobre el sujeto: puede introducir una forma de decir que vuelve extraño, visible o interrogable algo que hasta entonces funcionaba como evidente.

Esto tiene una afinidad con la función de la interpretación en Lacan, particularmente cuando esta opera por equívoco, puntuación o corte. Pero sería apresurado identificar cualquier chiste eficaz con una interpretación analítica. La diferencia no reside únicamente en el recurso lingüístico empleado, sino en su función dentro de la transferencia y en los efectos que produce sobre la relación del sujeto con su decir.

Una intervención que confronta directamente puede reforzar la posición defensiva del sujeto: este se ve obligado a justificar su demanda o a defender su conducta. En cambio, una intervención que modifica las coordenadas del discurso puede permitir que el sujeto se encuentre con algo que no había formulado de ese modo.

¿Por qué funciona el chiste?

Podríamos pensar que el chiste introduce una tercera posición en una escena que hasta entonces estaba organizada entre el sujeto y sus padres. El analista no se incorpora al circuito para decidir quién tiene razón, ni responde a la demanda ofreciendo una solución. Introduce un elemento que modifica la escena.

El humor puede tener aquí una ventaja particular: permite que algo de la posición subjetiva se haga visible sin formularlo bajo la forma de una acusación. En lugar de decirle «estás esperando demasiado de tus padres», lo confrontás con una imagen que puede producir por sí misma ese efecto.

Por supuesto, no es el humor en sí mismo lo que garantiza la eficacia. La intervención funciona porque se inserta en una secuencia discursiva determinada y porque la imagen introducida parece tocar un punto de la lógica que organiza la queja.

El efecto inmediato que puede observarse es relevante, aunque convendría distinguir entre la sorpresa, la risa, el reconocimiento y una modificación más duradera de la posición subjetiva. No son necesariamente lo mismo.

No siempre ocurrirá así. El chiste puede ser vivido como una burla; la metáfora, como una etiqueta impuesta. La misma intervención puede producir efectos diferentes según el momento del tratamiento, la transferencia y la posición del analista.

Por eso, no se trata de convertir estos recursos en una técnica generalizable. Su interés reside en la lógica que los orienta.

Limitaciones

No todo paciente puede tomar distancia de su posición en cualquier momento del tratamiento.

La misma intervención que en un caso produce una vacilación puede ser recibida en otro como una agresión, una burla o una confirmación de que el analista tampoco está dispuesto a responder. La posibilidad de que el sujeto se vea no depende únicamente de la formulación elegida: también intervienen la transferencia, el momento del tratamiento y los recursos subjetivos disponibles.

Esto obliga a distinguir entre la intención del analista y el efecto de su intervención. El analista puede buscar introducir una perspectiva, pero no puede dar por sentado que el paciente podrá asumirla.

Además, que el paciente se vea no significa necesariamente que pueda hacer algo con aquello que ve. Puede reconocer que exige demasiado y, sin embargo, continuar demandando de la misma manera. La modificación de la posición subjetiva no se deduce de una comprensión puntual.

Por eso, el efecto de una intervención debe leerse en la secuencia del tratamiento: en las asociaciones que habilita, en la manera en que retorna el problema y en las modificaciones que eventualmente se producen en la relación del sujeto con su demanda.


La demanda en la clínica: entre la exigencia del Otro y la posibilidad de una pregunta

La demanda recibe, en la enseñanza de Lacan, un tratamiento singular: se distingue del pedido y se desprende del objeto que, en apariencia, vendría a reclamar. Este objeto no siempre es claro y, en muchas ocasiones, ni siquiera permite precisar qué se espera obtener mediante la demanda.

El campo de la demanda es, fundamentalmente, el de la articulación significante. Si partimos de la premisa de que toda palabra convoca una respuesta e incluye al oyente, independientemente de que este responda o no, podemos situar una dimensión esencial de la demanda: hablar es demandar. La demanda no se reduce, por lo tanto, a la formulación explícita de un pedido, sino que concierne a aquello que se pone en juego en el hecho mismo de dirigirse al Otro.

¿Cuál es, entonces, su objeto? No se trata tanto de aquello que se pide como de lo que, en última instancia, se exige o reclama: la incondicionalidad del Otro, su presencia más radical. Este es un punto que viene suscitando nuestro interés en este espacio: lo decisivo en la demanda no es el objeto que eventualmente podría satisfacerla, sino el Otro al que se dirige y del que espera una respuesta que excede cualquier objeto particular.

Esta coyuntura se presenta con frecuencia en la praxis analítica. Nos encontramos con demandas dirigidas al analista que comportan una exigencia desmedida, como si de él se esperara una disponibilidad sin límites o una respuesta capaz de cancelar definitivamente aquello que aqueja al sujeto. Esto plantea una dificultad clínica, puesto que la demanda constituye un término esencial de la experiencia analítica y, al mismo tiempo, cuando adquiere una intensidad excesiva, puede convertirse en un obstáculo para la apertura de una pregunta. Y es precisamente esta apertura la que hace posible que el sujeto encuentre un lugar en el dispositivo más allá de la exigencia que lo trae a consulta.

Frente a este escollo, no parece haber una indicación técnica que resulte válida para todos los casos. Sin embargo, una primera orientación consiste en evitar que el analista ingrese en el circuito de la demanda respondiendo a su exigencia con otra exigencia: la de que el analizante se interrogue, vacile o produzca una pregunta allí donde, por el momento, esa posibilidad no está disponible. Puede que dicha apertura no sea posible en ese momento o que requiera un tiempo para producirse.

Estamos, entonces, ante una exigencia de paciencia del lado del analista. Una cierta calma que permita no precipitar los tiempos, sin que esto suponga una posición pasiva ni una espera indefinida. Se trata de sostener las condiciones para que pueda producirse una vacilación en la relación del sujeto con aquello que demanda, una fisura que haga posible algún efecto de división subjetiva.

¿Esto garantiza que tal efecto se produzca? De ninguna manera. No hay garantía de que la demanda ceda ni de que se abra, como consecuencia de la espera, una pregunta por la posición del sujeto. Sin embargo, esta orientación permite, al menos, evitar que el analista quede capturado como cómplice de una exigencia en la que el propio analizante permanece atrapado. Porque, en ocasiones, la primera intervención no consiste en exigirle al sujeto que interrogue su demanda, sino en no responder desde una posición que contribuya a consolidarla como una exigencia sin límites.

martes, 27 de octubre de 2026

El Edipo como sueño: el fantasma, el despertar y la paradoja del goce

En una entrada anterior abordábamos el planteo de Lacan por el cual define al Edipo freudiano como un sueño. Al concluir aquel desarrollo, señalábamos que esta caracterización no supone una invitación a abandonar el campo edípico. A las razones allí expuestas podemos agregar una más: suprimir este campo implicaría también eliminar una referencia fundamental para establecer la diferencia diagnóstica.

El sueño al que se refiere Lacan puede pensarse a partir de la función de adormecimiento propia del semblante, en estrecha relación con el funcionamiento del fantasma. ¿Qué dimensión introduce, entonces, al establecer esta distinción? La de un campo que se sitúa más allá del fantasma y que se pone en juego a partir del desasimiento que la praxis analítica puede propiciar en el ser que habla.

¿Qué lógica se vuelve necesaria más allá del fantasma? Una que no quede reducida al principio de contradicción con el que Freud caracteriza el funcionamiento del inconsciente. Este principio resulta pertinente para pensar aquello que se articula en el campo del Otro y en la sintaxis subjetiva que de allí se desprende: el inconsciente es el discurso del Otro. Sin embargo, el desasimiento del fantasma abre la posibilidad de un despertar, entendido no como la conquista de una conciencia plena, sino como el acceso a una posición deseante que ya no se agota en el lugar de objeto que el sujeto ocupa en el fantasma. Se trata del pasaje de una posición en la que el sujeto es deseado a otra en la que puede interrogar su deseo.

La necesidad clínica de situar ese más allá del sueño también puede extraerse de los obstáculos que Freud encuentra al construir su mito sobre el origen de la ley. Si el asesinato del padre primordial aparece como condición para el acceso al goce, el desarrollo freudiano revela una dificultad decisiva: una vez consumado el asesinato, el sujeto no accede al goce esperado. Por el contrario, la ley retorna con mayor fuerza y se constituye en una barrera que impide ese acceso. El acto que debía abrir el camino hacia el goce termina reforzando aquello que lo prohíbe.

La noción de paradoja le permite a Lacan avanzar sobre este punto. En la relación entre el sujeto y el goce se presenta una aporía que testimonia de una imposibilidad estructural, cuya demostración constituye una de las orientaciones del análisis. El sueño edípico vela esta imposibilidad mediante la figura de la prohibición: allí donde el mito presenta un goce prohibido, la estructura permite situar un goce imposible para el ser que habla. Esto no significa que el sujeto no goce, sino que no puede acceder a un goce pleno, total y sin pérdida. Solo encuentra recortes, modos parciales de satisfacción que no cancelan la imposibilidad que los determina.

¿Cómo se manifiesta esta paradoja en la práctica clínica? Entre otras formas, a través del superyó, instancia sobre la cual se despliega la relación paradójica entre el sujeto y el goce. De allí se desprende una de sus expresiones más conocidas: cuanto más se somete el sujeto al mandato superyoico, más feroz se vuelve este. La obediencia no pacifica el mandato, sino que alimenta su exigencia; cada satisfacción obtenida parece renovar la deuda y reclamar una nueva renuncia.

¿Qué nos enseña esto acerca del goce como campo? Que no se trata de un objeto cuya obtención permitiría poner fin a la búsqueda, ni de una meta que pudiera alcanzarse mediante el cumplimiento de una ley. El goce está atravesado por una imposibilidad que hace fracasar cualquier pretensión de completud. Por eso, el mandato superyoico resulta insaciable: exige alcanzar aquello mismo que, estructuralmente, no puede alcanzarse. El sujeto queda así capturado en un circuito en el que la renuncia no resuelve la exigencia, sino que puede convertirse en una fuente adicional de satisfacción paradójica.

El horizonte de la praxis analítica no consistiría, entonces, en conducir al sujeto hacia la satisfacción de ese mandato, ni tampoco en liberarlo de toda relación con el goce. Se trataría de producir un movimiento que permita modificar su posición respecto de él: hacer legible la paradoja allí donde el sujeto solo encuentra una exigencia, y abrir la posibilidad de un deseo que no quede enteramente subordinado al imperativo de gozar.

Del mito a la estructura: el Edipo entre el semblante y lo real

La enseñanza de Lacan encuentra en la obra freudiana su punto de partida necesario, aunque no se limita a retomarla: en determinados aspectos, procura trascender sus dificultades y ofrecer nuevas vías para resolverlas. Uno de estos movimientos se condensa en una fórmula que aparece en el Seminario 17: se trata de ir «del mito a la estructura».

Esta orientación expresa una crítica que Lacan desarrolla a lo largo de su enseñanza: el recurso al mito para dar cuenta del surgimiento de la ley conduce a un impasse. Podemos reconocer los indicios de esta dificultad en el propio Freud, particularmente cuando se interroga por la instauración de una ley que haga posible la salida de la endogamia y el acceso a la exogamia. Sin embargo, el planteo freudiano no logra desprenderse por completo de las coordenadas míticas en las que se formula el problema.

La dimensión estructural le permite a Lacan encontrar una salida a este callejón sin salida del mito y de la pregunta por el origen. Desde esta perspectiva, la castración deja de quedar circunscripta a su formulación discursiva y pasa a concebirse, también, como un efecto correlativo a la entrada del sujeto en el lenguaje. No se trata, entonces, de localizar un acontecimiento originario que explique la instauración de la ley, sino de interrogar la lógica que hace posible su funcionamiento.

El pasaje del mito a la estructura permite, asimismo, abordar la cuestión del comienzo sin quedar atrapados en la búsqueda de un origen. En esta operación, el Padre puede dejar de ser pensado como un antepasado situado en el inicio de una secuencia histórica para adquirir el estatuto de un antecedente lógico: una excepción que, lejos de integrarse a la serie como un elemento más, constituye una condición de su organización. Lacan formaliza esta función mediante la lógica modal, desplazando así la pregunta por el origen hacia las condiciones estructurales que hacen posible la serie.

En este contexto, resulta significativa la caracterización que Lacan hace del Edipo freudiano como un sueño. ¿Qué implica esta afirmación? Fundamentalmente, permite establecer una distinción entre el semblante y lo real. El Edipo posee una dimensión ficcional y significante: organiza una trama mediante la cual se representa aquello que, en el plano estructural, no puede resolverse en términos de una prohibición. En este sentido, opera de manera análoga al fantasma, en tanto vela, bajo la figura de la interdicción paterna, una imposibilidad que no depende de una prohibición contingente: la imposibilidad estructural del acceso del sujeto al goce.

Ahora bien, ¿significa esto que el Edipo constituye una dimensión prescindible para el psicoanálisis? De ninguna manera. En primer lugar, porque el sujeto no encuentra su lugar en el Otro al margen de las operaciones significantes y de los semblantes que organizan su relación con él. En segundo lugar, porque la relación con lo real que se desprende de aquella imposibilidad nunca es inmediata ni directa: se encuentra necesariamente mediada por lo simbólico. El Edipo conserva, por lo tanto, su valor, no como explicación mítica de un origen, sino como una construcción significante que permite al sujeto inscribirse en una estructura y elaborar, en sus propios términos, aquello que dicha estructura hace imposible.

De la exigencia pulsional al acto: recorrido metapsicológico desde el ello hasta el polo motor

¿Cómo una exigencia pulsional, que tiene su fuente en el cuerpo, adquiere una organización psíquica y termina produciendo una acción motriz?

Lamentablemente, no es tan fácil como suponer que existe una línea directa entre el ello y el sistema motor. La acción no es simplemente la descarga de una cantidad de excitación que viaja desde una instancia hasta un músculo. Para responder, conviene reconstruir el proceso desde Freud, porque entre la exigencia pulsional y la acción intervienen representaciones, investiduras, procesos de pensamiento, defensas, afectos y operaciones del yo.

Además, hay que distinguir dos problemas:

  1. El problema económico: cómo se moviliza y tramita la excitación pulsional.
  2. El problema tópico y dinámico: cómo esa exigencia se representa, se transforma, encuentra vías de satisfacción y llega —o no— a traducirse en una acción.

Vayamos primero el modelo freudiano y después relacionémoslo con la cuestión lacaniana de la demanda y el circuito pulsional.

El punto de partida: la pulsión no nace en el polo motor

En Pulsiones y destinos de pulsión (1915), Freud define la pulsión mediante cuatro componentes:

  • Fuente (Quelle): el proceso somático del que parte la exigencia.
  • Presión (Drang): el factor motor de la pulsión, entendido como la suma de fuerza que representa su exigencia de trabajo para lo psíquico.
  • Meta (Ziel): la satisfacción, alcanzable mediante la cancelación o modificación del estado de estimulación en la fuente.
  • Objeto (Objekt): aquello por medio de lo cual la pulsión puede alcanzar su meta.

Esta distinción es fundamental porque evita confundir la presión pulsional con la acción motriz.

La presión es el factor motor de la pulsión, pero no es todavía un movimiento corporal. Es una exigencia de trabajo impuesta a lo psíquico.

Por ejemplo, una persona puede experimentar una exigencia intensa de buscar a alguien, llamarlo o escribirle. Esa urgencia puede sentirse como si el cuerpo ya estuviera empujando hacia la acción.

Sin embargo, entre la exigencia y la ejecución existe una organización psíquica. La persona puede fantasear con el encuentro, recordar una conversación, anticipar una respuesta, inhibir el movimiento, sustituir la acción por otra o ejecutar el acto.

La misma exigencia puede encontrar destinos diferentes. La presión pulsional no determina por sí sola cuál será la acción que la satisfaga.

Esta es nuestra primera premisa.

El modelo del aparato psíquico: de la percepción a la motilidad

Para reconstruir el trayecto, tomaría dos modelos freudianos que conviene mantener diferenciados: el aparato neuronal de Proyecto de psicología (1895) y el aparato psíquico de La interpretación de los sueños (1900).

No son modelos idénticos, pero ambos permiten pensar cómo circula la excitación, cómo se inscribe una huella y cómo el aparato puede producir una respuesta motriz.

A. El modelo de 1895: la tendencia a la descarga y la acción específica

En el Proyecto de psicología, Freud intenta explicar el funcionamiento psíquico mediante un modelo neuronal y económico.

Su punto de partida es un principio de inercia neuronal: las neuronas tienden a evacuar la cantidad de excitación que reciben. Sin embargo, los estímulos endógenos plantean un problema particular.

A diferencia de un estímulo externo, del que el organismo puede apartarse, las exigencias procedentes del interior del cuerpo persisten. Por eso, el aparato no puede resolverlas mediante una simple descarga refleja.

Freud introduce entonces la noción de acción específica (spezifische Aktion).

La acción específica es aquella intervención capaz de producir las condiciones para cancelar la fuente de la excitación. En el ejemplo de la alimentación, no basta con realizar cualquier movimiento: hace falta una acción adecuada que permita obtener alimento y satisfacer la necesidad.

Para que esa acción sea posible, el aparato necesita algo más que descargar excitación. Necesita organizar una respuesta eficaz en el mundo exterior.

En el desarrollo freudiano, el auxilio ajeno adquiere un papel fundamental: el organismo inicialmente incapaz de realizar por sí mismo determinadas acciones depende de otra persona para resolver la situación.

Esta experiencia participa en la constitución de las primeras organizaciones psíquicas.

Aquí aparece una primera diferencia decisiva entre la descarga y la acción:

  • La descarga disminuye una cantidad de excitación.
  • La acción específica modifica las condiciones que producen la excitación.

No toda descarga resuelve la exigencia que la originó. Y no toda acción motriz constituye una acción específica en el sentido freudiano.

Esta distinción nos servirá para pensar las impulsiones: una conducta puede descargar una tensión sin resolver aquello que la mantiene activa.

B. El modelo de 1900: el polo perceptivo y el polo motor

En el capítulo VII de La interpretación de los sueños, Freud presenta un esquema del aparato psíquico con dos extremos.

En un extremo se encuentra el sistema perceptivo, que recibe las excitaciones. En el otro, el sistema motor, por el cual el aparato puede producir una descarga o una acción sobre el mundo exterior.

Entre ambos extremos se sitúan los sistemas de memoria y los procesos de elaboración psíquica.

Freud representa el aparato como un dispositivo en el que la excitación sigue una dirección general desde la percepción hacia la motilidad (progrediente), aunque los procesos del sueño muestran que también puede producirse un movimiento regresivo hacia los sistemas perceptivos.

La representación esquemática simplificada sería:

Percepción --> Memoria y elaboración --> Motilidad

Pero hay una precaución importante: este esquema no significa que toda pulsión entre por el polo perceptivo y recorra después una secuencia fija hasta el polo motor.

La pulsión tiene una fuente interna. No necesita ingresar desde el exterior a través del sistema perceptivo para ejercer su presión.

El esquema de 1900 permite comprender la organización general del aparato y sus vías de circulación, pero no constituye por sí solo un modelo completo de la transformación de la pulsión en acción.

Para eso necesitamos incorporar la representación pulsional, los procesos inconscientes, la función del yo y las condiciones de acceso a la motilidad.

3. Primer momento: la exigencia pulsional encuentra representantes psíquicos

Volvamos a la pulsión.

En sentido estricto, no debemos imaginar una energía que parte del ello y se desplaza por una serie de compartimentos hasta alcanzar el sistema motor.

Freud distingue la pulsión de sus representantes psíquicos. En Lo inconsciente (1915), plantea que una pulsión no puede convertirse directamente en objeto de la conciencia: lo que puede hacerse consciente es la representación que la representa y el factor afectivo ligado a ella.

Por eso, para reconstruir el trayecto hacia la acción, tenemos que introducir el problema de la representación.

¿Qué ocurre cuando una exigencia pulsional adquiere una representación?

La exigencia pulsional impone un trabajo a lo psíquico. En el aparato, esa exigencia puede quedar asociada con representaciones, huellas mnémicas, fantasías y vías de satisfacción previamente constituidas.

Estas asociaciones no son necesariamente conscientes. Supongamos que un sujeto experimenta una exigencia de contacto con otra persona.

La exigencia no determina por sí misma que deba enviar un mensaje. La posibilidad de escribirle adquiere sentido dentro de una red de representaciones:

  • La representación de esa persona.
  • El recuerdo de encuentros anteriores.
  • La expectativa de recibir una respuesta.
  • La fantasía de que esa respuesta modificará su estado.
  • La representación de lo que podría suceder si no obtiene respuesta.

Estas representaciones pueden adquirir diferentes intensidades y organizarse de diversas maneras.

La exigencia pulsional queda así articulada con un conjunto de vías asociativas que hacen posible determinada modalidad de satisfacción. Ahora bien, no todo acto tiene que ser precedido por una representación consciente de este tipo. 

En muchas ocasiones, el sujeto actúa sin poder reconstruir de antemano la secuencia que lo condujo a la acción.

Lo importante es que la acción no se deduce directamente de la fuente somática, como decíamos al principio, sino que requiere una organización psíquica que permita seleccionar y poner en funcionamiento determinada vía de satisfacción.

La representación no es todavía la acción

Que una representación se encuentre intensamente investida no significa que vaya a traducirse necesariamente en una conducta.

El sujeto puede pensar reiteradamente en una persona sin llamarla. Puede fantasear con una acción que nunca realiza. Puede experimentar un impulso y detenerse.

La representación puede permanecer en el pensamiento, desplazarse hacia otra representación, integrarse en una formación de compromiso o ser objeto de una defensa.

Por eso debemos distinguir:

  1. La exigencia pulsional.
  2. La representación que la representa.
  3. La investidura de esa representación.
  4. Los procesos que permiten o impiden que esa investidura se traduzca en acción.

Esta distinción será decisiva cuando lleguemos al yo.

Segundo momento: el proceso primario moviliza las representaciones

Una vez que introducimos la representación, tenemos que preguntarnos cómo se organiza su investidura.

En La interpretación de los sueños y Lo inconsciente, Freud distingue el proceso primario del proceso secundario.

En el proceso primario, las investiduras pueden desplazarse entre representaciones y concentrarse en ellas. El desplazamiento y la condensación son mecanismos centrales de esta modalidad de funcionamiento.

Para nuestro problema, importa particularmente el desplazamiento de la intensidad psíquica.

Una representación puede adquirir una intensidad que no se explica por su importancia objetiva. A la inversa, algo que parece central para el sujeto puede quedar relativamente desinvestido cuando entra en juego un conflicto inconsciente.

Pensemos en un sujeto que ha recibido un mensaje ambiguo de su pareja.

La situación desencadena una serie de asociaciones. Una palabra adquiere una intensidad particular; aparece el recuerdo de una discusión anterior; el sujeto anticipa un abandono y comienza a sentir una urgencia por obtener una respuesta.

La intensidad de la exigencia de escribirle no depende exclusivamente del mensaje actual. Puede estar sobredeterminada por otras representaciones y por las vías de satisfacción que se han constituido en la historia del sujeto.

El proceso primario permite comprender que la intensidad psíquica puede organizarse de maneras que no coinciden con la importancia consciente de los acontecimientos.

Pero aquí tenemos que introducir una precisión: el proceso primario, por sí solo, tampoco explica la ejecución motriz de una acción.

Explica modalidades de circulación y organización de las investiduras. Para comprender cómo una representación llega a producir una acción, tenemos que examinar la relación entre el proceso primario, el proceso secundario y el yo.

Tercer momento: el yo interviene en la organización de la acción

Este es uno de los puntos centrales de esta entrada. Si el ello es el polo pulsional, ¿por qué una exigencia que emerge de él no se descarga automáticamente en una acción?

Porque el aparato psíquico no es una conexión directa entre una fuerza y un efector motor. Hay procesos que pueden modificar la trayectoria de la excitación, inhibir determinadas vías y favorecer otras.

En El yo y el ello (1923), Freud describe al yo como una organización que se desarrolla a partir del ello bajo la influencia del mundo exterior.

El yo no es independiente de las exigencias pulsionales: está constituido en relación con ellas y depende de sus investiduras. Sin embargo, adquiere funciones que permiten organizar la relación del organismo con la realidad.

Entre ellas se encuentran la consideración de las condiciones externas, la inhibición de ciertos procesos, la organización del pensamiento y la participación en la ejecución de acciones.

A. La inhibición de la descarga

Freud ya había introducido en el Proyecto de psicología la importancia de la inhibición.

En aquel modelo, la inhibición permite que el aparato no descargue de manera inmediata toda la cantidad de excitación que ha alcanzado una determinada organización. Esa posibilidad resulta fundamental para que se desarrollen procesos psíquicos más complejos.

En términos generales, la inhibición permite que el aparato conserve condiciones para realizar un trabajo ulterior, en lugar de descargar inmediatamente la excitación.

En la segunda tópica, la función del yo puede comprenderse en relación con esta capacidad de organización e inhibición.

Imaginemos que un sujeto siente el impulso de golpear a alguien durante una discusión.

La intensidad del afecto y la exigencia de actuar pueden ser muy elevadas. Sin embargo, el sujeto puede detenerse, considerar las consecuencias, recordar una situación anterior o encontrar otra forma de responder.

La exigencia no desaparece necesariamente. Lo que se modifica es su relación con la acción.

El yo puede intervenir para impedir que una vía motriz se active de manera inmediata, dando lugar a otros procesos. Esto no significa que el yo tenga siempre éxito ni que la inhibición dependa exclusivamente de una decisión consciente.

Las defensas, los conflictos inconscientes, las condiciones afectivas y la organización psíquica del sujeto intervienen en las posibilidades de inhibición.

B. El pensamiento como acción de prueba

La función del pensamiento adquiere aquí una importancia particular.

En Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911), Freud vincula el desarrollo del pensamiento con la necesidad de tolerar el aplazamiento de la satisfacción.

En lugar de descargar inmediatamente la excitación, el aparato puede conservar la investidura y producir recorridos de pensamiento que permitan considerar las condiciones de una acción.

El pensamiento permite ensayar posibilidades sin ejecutarlas efectivamente.

Por ejemplo, el sujeto puede imaginar qué ocurriría si llamara, anticipar la respuesta de la otra persona y evaluar las consecuencias antes de decidir si realiza la llamada.

En este sentido, el pensamiento introduce una distancia entre la exigencia y la ejecución.

No obstante, no debemos confundir el proceso secundario con una instancia racional siempre eficaz. El pensamiento puede quedar subordinado a la exigencia pulsional y funcionar como una elaboración destinada a justificar una acción ya impulsada.

Un sujeto puede pasar horas construyendo argumentos para escribirle a alguien y utilizar el pensamiento no para inhibir la acción, sino para encontrar una vía que permita ejecutarla.

Por eso, la existencia de pensamiento no garantiza que el yo esté regulando eficazmente la exigencia pulsional.

C. La prueba de realidad

La prueba de realidad permite distinguir, en términos generales, entre una representación y la existencia efectiva de aquello que representa.

Su desarrollo está ligado a la capacidad del aparato para diferir la satisfacción y buscar en el mundo exterior las condiciones necesarias para alcanzarla.

En la organización de una acción, esto significa que el sujeto puede considerar si el objeto está disponible, qué respuesta cabe esperar y qué consecuencias tendrá su conducta.

Pero la prueba de realidad no elimina el conflicto inconsciente.

El sujeto puede saber perfectamente que una persona no quiere verlo y, aun así, continuar intentando contactarla. El conocimiento de la realidad no garantiza que las investiduras inconscientes se modifiquen en consecuencia.

En esos casos, tenemos que investigar por qué la representación de la realidad no logra modificar suficientemente la organización de la conducta.

La respuesta no puede deducirse de la sola existencia de una impulsión. Puede haber distintas configuraciones clínicas y distintos grados de capacidad para inhibir, elaborar o reorganizar la exigencia.

6. Cuarto momento: la elección de una vía de satisfacción

Hasta aquí hemos hablado de la exigencia pulsional, las representaciones, las investiduras y la inhibición.

Ahora tenemos que incorporar otro elemento: el objeto.

Freud sostiene que el objeto de la pulsión es aquello por medio de lo cual esta puede alcanzar su meta. No es necesariamente un objeto fijo ni está determinado de antemano por la fuente pulsional.

Esto significa que una exigencia puede encontrar diferentes vías de satisfacción.

Por ejemplo, ante una situación de rechazo, una persona podría:

  • Insistir en obtener una respuesta.
  • Retirarse de la relación.
  • Buscar a otra persona.
  • Fantasear con una reparación futura.
  • Desplazar su actividad hacia otra tarea.
  • Transformar la exigencia en una queja dirigida a un tercero.

Estas posibilidades no son equivalentes y tampoco debemos suponer que todas estarán disponibles para un sujeto determinado.

Lo importante es que la exigencia pulsional no contiene un programa motor único.

La acción que finalmente se ejecuta depende de la organización de las vías de satisfacción disponibles para el sujeto, de las investiduras que las sostienen y de los procesos que permiten o impiden su realización.

Aquí aparece una cuestión clínica: ¿por qué, entre varias acciones posibles, un sujeto termina ejecutando siempre una en particular?

La respuesta exige reconstruir la historia de esa vía de satisfacción, las representaciones que la sostienen, sus relaciones con el fantasma y las condiciones transferenciales en las que se reproduce.

La repetición de una conducta puede indicar que determinada vía se encuentra privilegiada, pero no explica por sí sola por qué lo está.

7. Quinto momento: la acción alcanza el polo motor

Llegamos al extremo que nos interesa: la producción de la acción.

En el esquema del aparato psíquico, el polo motor representa el extremo por el cual el aparato puede producir una respuesta sobre el mundo exterior.

Sin embargo, conviene distinguir tres niveles:

NivelQué sucede
PsíquicoSe organiza una exigencia, se invisten representaciones y se configura una determinada vía de satisfacción.
EjecutivoLa organización del yo y los procesos motores permiten que una acción sea seleccionada y puesta en marcha.
FisiológicoLos sistemas nerviosos y musculares ejecutan los movimientos correspondientes.

Esta distinción es esquemática. No implica que sean tres etapas anatómicas perfectamente separadas ni que la actividad motora espere pasivamente una orden final del aparato psíquico.

El sistema nervioso organiza la acción mediante procesos complejos. Freud, en sus primeros modelos, intentó representar esas relaciones mediante cantidades de excitación y conexiones neuronales; sus modelos posteriores se centraron más en las relaciones funcionales entre los sistemas psíquicos.

Para la metapsicología, lo decisivo es que el acceso a la motilidad no se encuentra determinado exclusivamente por la presión pulsional.

La acción efectiva requiere que una determinada organización alcance las condiciones necesarias para ejecutarse.

Esto permite distinguir entre tres situaciones que pueden parecer semejantes, pero que son diferentes:

1. La acción impulsada y ejecutada.
La exigencia pulsional se organiza de manera que una determinada vía motriz termina activándose.

2. La acción inhibida.
La exigencia permanece activa, pero la ejecución queda detenida o modificada.

3. La exigencia tramitada por otra vía.
La acción inicialmente anticipada no se ejecuta, pero la exigencia encuentra otra modalidad de elaboración o satisfacción.

No debemos entender estas situaciones como etapas obligatorias de un proceso. Son posibilidades diferentes de la relación entre exigencia, organización psíquica y motilidad.

Tampoco toda acción motriz tiene que ser resultado de una impulsión pulsional en el sentido clínico del término. Muchas acciones habituales y voluntarias no presentan la urgencia ni el conflicto característicos de las impulsiones.

8. Reconstrucción del recorrido completo

Podemos reunir ahora los elementos en un esquema metapsicológico. Lo presento como una reconstrucción funcional, no como una secuencia lineal que Freud haya formulado literalmente en estos términos.


Esquema general

1. Fuente somática de la pulsión

Se produce un proceso somático que constituye la fuente de una exigencia pulsional.

↓

2. Presión pulsional

La pulsión impone a lo psíquico una exigencia de trabajo. La presión no determina por sí sola una conducta específica.

↓

3. Articulación con representantes psíquicos

La exigencia pulsional se encuentra representada en el psiquismo y puede enlazarse con huellas mnémicas, representaciones, fantasías y objetos.

↓

4. Movilización de las investiduras

Las representaciones adquieren intensidad y se organizan mediante procesos inconscientes, entre ellos el desplazamiento y la condensación.

↓

5. Organización de una vía de satisfacción
Dentro de las posibilidades constituidas en la historia del sujeto, una determinada vía puede adquirir predominio. El conflicto psíquico puede favorecerla, modificarla o impedirla.

↓

6. Intervención del yo
La organización del yo puede participar en la inhibición, la evaluación de las condiciones externas, la elaboración mediante el pensamiento y la regulación de la acción.

↓

7. Acceso a la motilidad
Si se establecen las condiciones necesarias para la ejecución, la organización psíquica puede traducirse en una acción motriz.

↓

8. Consecuencias de la acción

La acción modifica las condiciones externas, produce efectos sobre el sujeto y puede proporcionar satisfacción, displacer, alivio o nuevas fuentes de excitación. Esos efectos pueden reforzar, modificar o complicar la vía de satisfacción.

Hay dos advertencias importantes sobre este esquema.

Primero, no todas las acciones recorren conscientemente estos momentos. Una acción puede ejecutarse de manera automática, sin que el sujeto pueda reconstruir la secuencia que la produjo.

Segundo, el proceso no termina necesariamente cuando se alcanza el polo motor. Las consecuencias de la acción vuelven a ingresar en el aparato como nuevas percepciones y pueden modificar las investiduras y las expectativas futuras.

Así, la repetición de una conducta no depende únicamente de la exigencia inicial, sino también de los efectos que la acción produce y del lugar que esos efectos adquieren en la economía psíquica.

9. ¿Dónde entra la demanda en este recorrido?

El esquema freudiano permite investigar cómo se organiza una exigencia pulsional hasta producir una acción. Pero no explica por sí solo cómo esa acción queda articulada en el campo del lenguaje y de la relación con el Otro.

En Lacan, la demanda introduce precisamente esa dimensión.

Pensemos en una secuencia clínica: Una persona experimenta una urgencia de contacto. Se representa al otro, anticipa su respuesta, toma el teléfono y envía un mensaje. Desde el punto de vista descriptivo, podemos reconstruir la acción.

Pero el análisis necesita ir más allá: ¿qué significa para ese sujeto obtener una respuesta? ¿Qué ocurre si el otro no responde? ¿Qué lugar ocupa la demanda en la organización de su satisfacción?

El mensaje es una acción motriz y, al mismo tiempo, un acto inscrito en una relación significante.

No se trata de que primero exista una pulsión biológica completamente formada y luego el lenguaje se limite a expresarla. En el sujeto hablante, la pulsión se articula en una organización psíquica atravesada por el significante.

La demanda puede orientar la elección del objeto, organizar las expectativas y conferir un sentido particular a la acción. Sin embargo, no agota la satisfacción pulsional.

Por eso, dos personas pueden realizar exactamente la misma acción —por ejemplo, llamar reiteradamente a alguien— y encontrarse comprometidas en circuitos subjetivos muy diferentes.

La descripción motriz es idéntica; la lógica de la satisfacción puede no serlo.

Una precisión sobre el circuito pulsional

En el Seminario 11, Lacan presenta la pulsión como un circuito que parte de una zona erógena, contornea el objeto a y retorna a su fuente. Esto introduce una diferencia respecto de la idea de que la pulsión es una fuerza que se descarga al alcanzar un objeto exterior.

La satisfacción pulsional no se reduce a conseguir el objeto. Está comprometida en el recorrido mismo.

Por eso, si un sujeto insiste en llamar a alguien, no podemos concluir que la pulsión se satisfará únicamente cuando el otro responda. La respuesta puede ser importante, pero el circuito puede continuar aun después de obtenerla.

Desde esta perspectiva, el acto motor no representa necesariamente el final del proceso pulsional. Puede ser un momento dentro de un circuito que vuelve a ponerse en marcha.

10. La pregunta clínica que se desprende de todo esto

Me parece que ahora podemos formular con mayor precisión el problema de las impulsiones.

¿En qué momento de la organización psíquica se vuelve predominante una vía de acción, y qué hace que el sujeto no consiga inhibirla o sustituirla por otra?

Esta pregunta permite distinguir diferentes problemas clínicos.

  • Si predomina una representación, habrá que investigar su relación con las asociaciones y las investiduras inconscientes.
  • Si la acción aparece como respuesta a una urgencia, habrá que examinar qué función cumple esa acción en la tramitación de la tensión.
  • Si el sujeto intenta detenerse, pero no lo consigue, habrá que investigar las condiciones de la inhibición y la función de la repetición.
  • Si la acción se dirige insistentemente al Otro, habrá que estudiar la demanda, la transferencia y la satisfacción que se juega en esa relación.
  • Si la acción se repite aun cuando ya no obtiene el resultado esperado, habrá que examinar si la satisfacción está comprometida en el propio circuito y no solamente en el resultado exterior.

Estas posibilidades no son mutuamente excluyentes. En un mismo caso pueden encontrarse varias de ellas.

No conviene concluir que el análisis debe intervenir necesariamente en el momento inmediatamente anterior a la descarga motriz.

La acción puede ser la culminación de una organización psíquica que se ha constituido mucho antes de que aparezca la urgencia consciente. En esos casos, intentar detener el último eslabón puede resultar insuficiente si no se modifica la lógica que organiza la secuencia.

La intervención analítica puede operar sobre las asociaciones, las representaciones, las demandas y las modalidades de satisfacción que sostienen esa organización.

Pero no se trata de que el paciente tenga que conocer conscientemente todos los momentos del proceso para poder modificar su relación con él.

El trabajo analítico puede producir efectos sobre una organización inconsciente sin convertirla en una secuencia enteramente consciente.

Mi conclusión sería que la pulsión no se transforma directamente en movimiento: su exigencia se articula en el aparato psíquico, moviliza investiduras y participa en la organización de una vía de satisfacción cuya ejecución depende de múltiples procesos. El polo motor es el extremo ejecutivo de esa organización, no una salida automática del ello.

Y dejaría planteada una cuestión para el próximo paso de nuestra indagación: ¿qué diferencia metapsicológica existe entre una acción que el yo organiza para alcanzar una satisfacción y una acción en la que el yo parece quedar avasallado por una exigencia pulsional?

Ahí podríamos examinar con mayor detalle la inhibición, la angustia señal, la compulsión de repetición y el problema económico de la descarga, sin confundirlos entre sí.