martes, 2 de junio de 2026

La vigencia del Nombre del Padre más allá de la declinación del Edipo

Frente a ciertos discursos dominantes —e incluso hegemónicos— que caracterizan el lazo social contemporáneo, resulta pertinente interrogar hasta qué punto la operación del Nombre del Padre conserva su vigencia.

En “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Lacan señala una particularidad de su época que consiste en una progresiva declinación de la estructura edípica. El Edipo declina allí donde determinada configuración del Otro debilita aquello que denomina “el sentido de la tragedia”.

¿En qué consiste este sentido de la tragedia? Debe entenderse como la centralidad que ocupa el deseo en una determinada estructura simbólica. La tragedia no designa aquí únicamente un género literario, sino una organización específica de las relaciones entre el sujeto, el deseo, el destino y la ley. Se trata de una escena estructurada según una lógica particular, en la que distintos personajes encarnan posiciones que permiten leer la articulación entre mandatos, filiación y deseo. Lacan encuentra inicialmente este modelo en la tragedia de la Grecia clásica.

Sin embargo, también recurre a la tragedia moderna, especialmente a la obra de Claudel, para mostrar de qué manera la figura paterna pierde progresivamente la consistencia que poseía en las configuraciones tradicionales. La trilogía de Claudel ofrece un escenario privilegiado para pensar esta transformación. No obstante, es fundamental precisar que Lacan habla de una declinación de lo edípico y no de una desaparición de la castración.

Esta distinción resulta decisiva. El complejo de Edipo constituye el entramado significante dentro del cual operan tanto la función paterna como el deseo materno. La castración, en cambio, designa una operación simbólica cuyo agente es el significante del Nombre del Padre. Es a esta operación a la que Lacan atribuye una función de anudamiento, en tanto constituye el punto a partir del cual el sujeto puede encontrar una referencia que le permita orientarse y sostener determinadas identificaciones.

Desde esta perspectiva, la vigencia del Nombre del Padre no depende necesariamente de la permanencia intacta de las formas edípicas tradicionales. Lo decisivo es que continúe operando aquello que la castración introduce como límite y como punto de anudamiento subjetivo.

Sin embargo, dicha función no se realiza de manera automática. Para que el anudamiento tenga eficacia es necesaria la mediación del semblante. Es precisamente en este nivel donde la cuestión de la declinación adquiere toda su relevancia. La pregunta contemporánea no concierne tanto a la desaparición de la función paterna como a las transformaciones de los semblantes que históricamente permitían sostenerla. Por ello, la investigación sobre la vigencia del Nombre del Padre exige interrogar las modalidades actuales a través de las cuales esa función puede aún encarnarse y producir efectos en la constitución subjetiva.

lunes, 1 de junio de 2026

La crítica de Lacan a la concepción imaginaria del analista

 En nuestro encuentro anterior señalamos la diferencia fundamental que Lacan establece entre la función del analista, su posición e incluso su presencia en la cura, y la persona que circunstancialmente ocupa ese lugar.

Lacan lleva esta distinción hasta sus últimas consecuencias, particularmente porque pudo advertir, en los comienzos de su enseñanza pública, los efectos clínicos derivados de aquellas concepciones que no lograban mantener separadas ambas dimensiones. Su crítica se dirigió especialmente a las corrientes posfreudianas que tendían a situar al analista dentro del eje imaginario, es decir, en una relación directa con el yo (moi) del paciente.

Desde esta perspectiva, el trabajo analítico quedaba centrado en lo que se denominó la “esfera libre de conflicto del yo”, orientándose hacia el fortalecimiento de las funciones yoicas y la adaptación a la realidad. Para Lacan, semejante orientación desconoce la dimensión propia del sujeto del inconsciente, dirigiéndose exclusivamente al moi y permaneciendo, por ello mismo, en el registro de lo imaginario.

La consecuencia de esta concepción es que la cura queda orientada hacia alguna forma de complementariedad o síntesis: la obtención de un objeto considerado adecuado, el logro de una integración armónica o la consolidación de una relación más adaptada con la realidad. En este contexto, el analista corre el riesgo de convertirse en un modelo identificatorio, es decir, en aquel término con el cual el sujeto debería identificarse al finalizar el análisis.

Entendido de este modo, el analista pasa a encarnar una medida de la realidad y un criterio normativo a partir del cual evaluar la experiencia del sujeto. El análisis tendría entonces como horizonte la adquisición de una visión de la vida más ajustada a esa supuesta realidad objetiva representada por el analista.

Sin embargo, para Lacan, esta posición descansa sobre un presupuesto problemático: la idea de que la neurosis constituiría una lectura equivocada de la realidad. Ahora bien, sostener que existe una lectura errónea implica asumir que podría existir otra correcta, transparente y libre de malentendidos. Precisamente contra esta ilusión se dirige la crítica lacaniana, en la medida en que el sujeto está estructuralmente atravesado por el lenguaje y, por lo tanto, no hay acceso a una realidad que se encuentre exenta de mediaciones simbólicas ni de equívocos.

La función del analista y el lugar del Otro en la enseñanza de Lacan

 A partir del esquema L, Lacan desarrolla una conceptualización de la función y la posición del analista en su relación con el Otro del sujeto. Este desarrollo lo conduce a un esfuerzo sistemático por distinguir la función analítica de la persona que circunstancialmente la encarna.

El analista no debe ser entendido como un individuo particular, sino como una función inseparable del propio concepto de inconsciente. En este sentido, forma parte de la estructura misma del inconsciente, en la medida en que este último se dirige a un Otro. El inconsciente supone, entonces, una dimensión de interlocución: implica una pregunta orientada hacia un Otro que excede cualquier encarnación concreta y cuya relevancia no depende de la respuesta que eventualmente pueda obtener.

La función del analista se instituye precisamente en referencia a ese lugar del Otro. Sin embargo, ello no significa que el analista esté autorizado a responder desde esa posición. Que ocupe el lugar del Otro remite a una propiedad fundamental de la comunicación humana, formulada por Lacan en la tesis según la cual el emisor recibe del receptor su propio mensaje bajo una forma invertida.

Desde esta perspectiva, el sentido y la existencia misma del mensaje no dependen exclusivamente de quien lo enuncia, sino de quien lo sanciona. Por ello, Lacan sostiene que el analista dispone de ese poder discrecional propio del oyente: lo sostiene, lo aloja y permite su despliegue, pero se abstiene de ejercerlo en beneficio propio.

En consecuencia, el analista acepta representar el papel del Otro dentro del dispositivo analítico, aunque sin identificarse con dicho lugar ni apropiárselo. Esta renuncia constituye uno de los límites fundamentales de la práctica analítica y delimita el campo específico de la ética del psicoanálisis.

Introducción a la obra de Wilfred Bion

 La historia de Bion es una muy buena puerta de entrada para conocer sus aportes, porque en el caso de Wilfred Bion su biografía está muy ligada a los problemas teóricos que terminó formulando.

Orígenes: la experiencia de ser extranjero

Bion nació en 1897 en Mathura, cuando la India formaba parte del Imperio Británico. Su padre era ingeniero civil y pasó los primeros años de su vida allí.

A los 8 años fue enviado solo a Inglaterra para estudiar, una práctica relativamente frecuente entre las familias británicas de las colonias. Muchos autores han señalado que esta experiencia de separación temprana pudo haber influido en su posterior interés por las vivencias primitivas de desamparo, dependencia y contención emocional.

Estudió en Bishop's Stortford College.

La Primera Guerra Mundial: una experiencia decisiva

Cuando tenía apenas 18 años participó como oficial de tanques en la Primera Guerra Mundial.

Esta experiencia fue extremadamente traumática. Recibió condecoraciones por actos de valentía, pero también quedó profundamente marcado por el caos, el miedo y la irracionalidad que observó en situaciones de combate.

Muchos de los problemas que más tarde desarrollará sobre grupos, liderazgo, pánico colectivo y pensamiento parecen tener raíces en estas experiencias de guerra.

De hecho, décadas después describirá situaciones donde los grupos pueden perder capacidad de pensar y funcionar dominados por emociones primitivas, algo que había visto de manera brutal en el frente.

Medicina y psiquiatría

Terminada la guerra estudió medicina en University College London.

Posteriormente se especializó en psiquiatría y comenzó a trabajar con pacientes graves.

Su formación se dio en un contexto donde el psicoanálisis freudiano estaba expandiéndose en Inglaterra.

El encuentro con el psicoanálisis

Bion inició análisis personal con John Rickman, analista que tuvo una enorme influencia sobre él.

Durante la Segunda Guerra Mundial ambos trabajaron con grupos de soldados en hospitales militares, experiencia que dará origen a buena parte de la futura teoría bioniana de los grupos.

La Tavistock y los grupos

Después de la guerra trabajó en la Tavistock ClinicAllí comenzó a estudiar sistemáticamente los fenómenos grupales.

Es el período de obras como:

  • Experiencias en grupos (1961).
  • Los trabajos sobre "supuestos básicos".

Para muchos lectores, éste es el primer Bion: el Bion de los grupos.

El análisis con Melanie Klein

Quizás el acontecimiento más importante de su formación teórica fue su análisis con Melanie Klein. Bion se convirtió en uno de los principales miembros del grupo kleiniano británico. De Klein tomó especialmente:

  • La importancia de las fantasías inconscientes tempranas.
  • La posición esquizoparanoide.
  • La posición depresiva.
  • La identificación proyectiva.

Sin embargo, con el tiempo desarrolló conceptos propios que lo alejaron parcialmente de la ortodoxia kleiniana.

El giro original: ¿cómo se produce el pensamiento?

Hacia fines de los años 50 y durante los 60 aparece el Bion más conocido. Su pregunta pasa de ¿Qué piensa el paciente?, a ¿Cómo llega a pensar?

Este desplazamiento es fundamental, porque a partir de allí desarrolla:

  • Función alfa.
  • Elementos beta.
  • Reverie.
  • Continente-contenido.
  • Ataques al vínculo.
  • Capacidad negativa.
  • Transformaciones.
  • O.
  • Conocer (K), amar (L) y odiar (H).

En cierto sentido, pasa de una teoría de los contenidos inconscientes a una teoría de la capacidad misma de pensar.

Los últimos años

En los años sesenta se trasladó a Los Angeles. Su pensamiento se volvió cada vez más abstracto y filosófico. Escribe textos complejos como:

  • Learning from Experience
  • Elements of Psychoanalysis
  • Transformations
  • Attention and Interpretation

En esta etapa se interesa por cuestiones cercanas a la epistemología, la matemática, la mística y la naturaleza de la verdad. Murió en 1979 en Oxford.

Una forma útil de ubicarlo históricamente

Podríamos pensar su recorrido así: Freud → Klein → Bion

  • Freud estudia la formación del inconsciente.
  • Klein estudia las relaciones objetales tempranas.
  • Bion estudia cómo surge la capacidad de pensar las experiencias emocionales.

Por eso muchos consideran que la pregunta central de Bion no es la del deseo (como en Freud o Lacan), sino la del pensamiento frente a la experiencia emocional.

Psicosis: ¿Desencadenamiento, desestabilización o descompensación? Distinciones.

En la clínica de las psicosis, especialmente en la orientación lacaniana, desencadenamiento y desestabilización no son sinónimos, aunque a veces se superponen.

Desencadenamiento

El desencadenamiento psicótico se refiere a la irrupción manifiesta de la psicosis. Es el momento en que una compensación que sostenía al sujeto deja de funcionar y aparecen fenómenos psicóticos evidentes.

Clásicamente implica la emergencia de fenómenos como:

  • Delirios.
  • Alucinaciones.
  • Fenómenos de influencia o automatismo mental.
  • Trastornos profundos de la significación.
  • Ruptura importante con la realidad compartida.

En los primeros seminarios de Lacan, el desencadenamiento suele pensarse ligado al encuentro con un significante que convoca la función paterna allí donde esta está forcluida. El ejemplo paradigmático es el caso Schreber.

Podríamos decir que el desencadenamiento es un acontecimiento estructural visible, una especie de "antes y después" en la economía subjetiva.

Desestabilización

La desestabilización es un concepto más amplio y menos dramático. Se refiere a la pérdida o debilitamiento de una solución que mantenía cierto equilibrio subjetivo, pero sin que necesariamente aparezca una psicosis franca desencadenada.

Puede manifestarse mediante:

  • Angustia creciente.
  • Perplejidad.
  • Insomnio.
  • Retraimiento social.
  • Fenómenos elementales discretos.
  • Inhibición importante.
  • Conductas extrañas o erráticas.
  • Incremento de identificaciones imaginarias compensatorias.

El sujeto comienza a perder apoyos, pero todavía puede no haber construido un delirio ni presentar alucinaciones manifiestas.

Una diferencia clínica importante

Podría pensarse que:

DesestabilizaciónDesencadenamiento
Pérdida de equilibrio subjetivoIrrupción manifiesta de la psicosis
Puede ser parcial o transitoriaSupone una ruptura más decisiva
No requiere delirio ni alucinacionesFrecuentemente aparecen fenómenos psicóticos claros
Puede resolverse con nuevas compensacionesSuele exigir una reorganización subjetiva más profunda

A partir de las elaboraciones de Jacques-Alain Miller sobre la llamada psicosis ordinaria, la noción de desestabilización adquiere mucha relevancia.

Muchos sujetos psicóticos nunca presentan un desencadenamiento clásico. Lo que se observa son pequeñas descompensaciones, caídas de identificaciones, problemas laborales o amorosos repetidos. También fenómenos corporales extraños ó episodios de angustia masiva.

En estos casos se habla más de desestabilizaciones sucesivas que de un gran desencadenamiento.

Dato clínico: clínicamente suele ser útil preguntarse: ¿Qué era lo que estabilizaba al sujeto y qué se perdió?

A veces una pareja, un trabajo, una práctica religiosa, una rutina obsesiva, una identificación profesional o incluso un síntoma pueden cumplir una función de estabilización.

Cuando ese soporte cae, puede haber una desestabilización. Si no se encuentra una nueva solución, esa desestabilización puede progresar hacia un desencadenamiento.

Por eso, en muchos casos, la desestabilización puede pensarse como un momento previo o una forma atenuada del proceso, mientras que el desencadenamiento designa la irrupción franca de la psicosis.

Desde una perspectiva clínica, especialmente en pacientes contemporáneos, suele ser más frecuente encontrar desestabilizaciones que desencadenamientos espectaculares. De hecho, buena parte del trabajo consiste en localizar qué arreglos, identificaciones o invenciones sostienen al sujeto para no precipitar una descompensación mayor.

Descompensación

Descompensación es un término más amplio que los otros dos y, estrictamente hablando, no pertenece exclusivamente a la teoría lacaniana de las psicosis sino al vocabulario psiquiátrico general.

En términos generales, una descompensación es la pérdida de un equilibrio clínico previamente existente. Por eso puede hablarse de descompensación psicótica, neurótica, depresiva, de la personalidad, etc. No implica por sí misma una estructura determinada.

Cuando hablamos de una psicosis, la descompensación suele referirse al momento en que las defensas o estabilizaciones dejan de funcionar adecuadamente y aparecen síntomas o dificultades nuevas.

Ahora bien, esa descompensación puede tener distintos grados:

Descompensación leve

  • Aumento de la angustia.
  • Insomnio.
  • Conductas extrañas.
  • Aislamiento.
  • Fenómenos elementales discretos.

Descompensación grave

  • Delirio constituido.
  • Alucinaciones.
  • Agitación.
  • Pasaje al acto.
  • Internación.

Por eso puede decirse que todo desencadenamiento es una descompensación, pero no toda descompensación es un desencadenamiento.

Una forma de ordenarlos

Podríamos pensarlo así:

Estabilización
Desestabilización
Descompensación
Desencadenamiento (en algunos casos)

Esto en la clínica real no siempre ocurre de manera lineal.

Por ejemplo: Un sujeto pierde un trabajo que funcionaba como sostén. Comienza a sentirse extraño, angustiado y confundido → desestabilización. Empieza a aislarse, deja de dormir y aparecen fenómenos de significación personal → descompensación. Finalmente desarrolla un delirio persecutorio estructurado → desencadenamiento.

Pero también puede suceder que encuentre una nueva solución antes del desencadenamiento y el proceso se detenga.

En la orientación lacaniana contemporánea, muchos analistas reservan desencadenamiento para un acontecimiento estructural preciso y utilizan descompensación para referirse a un deterioro clínico más descriptivo.

Por eso es frecuente escuchar formulaciones como:

"Se trata de una psicosis estabilizada que atraviesa una descompensación, sin evidencia de un desencadenamiento franco."

Es decir, el sujeto empeoró clínicamente, pero no necesariamente se produjo la irrupción abierta de la psicosis.

Si lo pensamos desde la lógica de la compensación, la pregunta clínica suele ser: ¿qué solución perdió el sujeto y qué nueva solución puede construirse?. Esa pregunta suele orientar más la dirección del tratamiento que decidir si el fenómeno debe llamarse desestabilización o descompensación.

viernes, 29 de mayo de 2026

No hay cuerpo sin corte

 El corte es un concepto que bascula entre la lógica y la topología. Se trata de una operación que funda y que en su dimensión topológica establece la superficie corporal.

La necesariedad de esta operación fundante toma, respecto de la topología, la forma de un corte primero que delimita el borde de la superficie del cuerpo, elaboración que es, a la vez, consistente con ese estatuto topológico del lenguaje que Lacan propone a partir de “La identificación”.

Con esas coordenadas, es posible abordar al cuerpo sin reducirlo a la imagen en el espejo. Además conlleva el paso de las referencias métricas (que son propias del espacio euclidiano, del espejo) a una consideración del espacio de otro orden, lo que abre la posibilidad de operar sobre los agujeros, delimitados por los bordes.

Esta separación entre lo euclidiano y lo topológico posibilita ese sesgo a-esférico del cuerpo. Este término destaca en primer lugar que no hay cuerpo sin corte y a este corte lo podemos situar en la separación que indica el guión, en la palabra misma.

Es una operación que conlleva la caída de ese resto, el objeto a, producto de la entrada del sujeto al campo del Otro, de resultas de lo cual el cuerpo del hablante no podrá tomar la forma de la estructura de la esfera -una superficie cerrada y sin bordes.

Por otro lado, el cuerpo del sujeto está organizado a partir de una serie de bordes, efectos del corte topológico que lo establece y, por ende, el cuerpo, sexuado, no permite separar tajantemente interior de exterior, sino que se asemeja más a una superficie del tipo de la banda de Möebius o a la botella de Klein. Una superficie que conlleva la continuidad entre el interior y el exterior. Sin embargo, puesto a elegir entre ambas superficies, me parece que la banda de Möebius presenta con mayor rigurosidad lo que está en juego, debido a que no es una superficie cerrada y a que el borde es esencial a su estructura.

Unidad 4. La palabra y el acompañamiento analítico en cuidados paliativos

La práctica analítica en el contexto paliativo se redefine en sus coordenadas fundamentales. No se trata de “psicoterapia de apoyo”, pero tampoco de la técnica clásica basada en la asociación libre en un marco estable. El analista opera en el borde: allí donde el cuerpo se deteriora, la vida orgánica se aproxima a su límite y la subjetividad oscila entre el decir y el silencio.

Esta unidad aborda la especificidad clínica de ese acompañamiento.

1. La palabra como sostén: entre Winnicott y la transferencia en situación de límite

Winnicott: la función del sostén (holding)

Para Winnicott, el holding no es contención afectiva ni consuelo, sino el modo en que un sujeto se siente sostenido por un marco que permite existir.

En el final de la vida, el holding se torna menos estructurante y más preservador y aunque el concepto es muy utilizado en los primeros momentos de vida del sujeto, aquí se no apunta a un desarrollo, sino a una continuidad mínima del ser. El holding permite que el paciente siga ocupando un lugar de sujeto, aun cuando el aparato corporal se debilita.

El analista ofrece un ambiente suficientemente bueno donde la palabra pueda surgir sin exigencia, sin demanda, sin interpretación intrusiva. Es un sostén simbólico y corporal a la vez.

2. La escucha en contexto paliativo: alojar la verdad del sujeto

En cuidados paliativos no se trata de curar, sino de alojar. Eso implica modificar la ética de la intervención, porque no se trata de la cura por la palabra, sino la palabra como último soporte subjetivo. Tampoco se busca ordenar el síntoma, sino acompañar la verdad que emerge en el límite.

El tratamiento no persigue la “aceptación” de la muerte (categoría psicológica), sino que el sujeto pueda decir algo propio, incluso si lo que aparece es silencio, miedo, humor negro o resentimiento.

La escucha analítica permite que lo que no encuentra lugar en el discurso médico —fantasías de desintegración, pensamientos prohibidos, deseos conflictivos, duelos anticipatorios— pueda tener un destino diferente que la pura irrupción de lo real.

La escucha se vuelve entonces una ética del no-rechazo.

3. Silencio, presencia y transferencia en el borde de la vida

El final de vida altera las coordenadas habituales del lazo transferencial. No se trata simplemente de una transferencia “más intensa” o “más regresiva”, sino de un cambio cualitativo en su estructura. Allí donde el dispositivo analítico suele sostenerse en la palabra, la asociación libre, la interpretación y la temporalidad del proceso, en cuidados paliativos se produce un pasaje hacia otra forma de vínculo: más desnuda, más directa, menos mediada por los artificios simbólicos que sostienen el yo en su cotidianeidad.

La transferencia clásica está sostenida en una demanda dirigida al saber del Otro: “¿qué me pasa?”, “¿qué querer?”, “¿cómo vivir?”. Sin embargo, cuando la muerte se convierte en un horizonte próximo y no abstracto, la estructura misma de esa demanda se modifica. La pregunta por el saber pierde pertinencia, y con ella se erosionan las formas de suplencia simbólica que organizan el síntoma.

En este contexto, lo que el paciente busca del analista no es una interpretación, ni un esclarecimiento, ni una elaboración profunda, ni un “trabajo” sobre el inconsciente en sentido estricto. Lo que demanda es una presencia,  una presencia en el sentido winnicottiano, es decir, un Otro que no invade ni abandona, que sostiene sin colonizar, que permanece aún cuando la palabra vacila.

Esta presencia no se confunde con empatía, consuelo o apoyo emocional.
Es la presencia que permite que el sujeto—en el punto más frágil de su existencia—no se vea reducido a puro organismo. Es, por así decirlo, el último resto de la función del Otro como garantía mínima de humanidad.

En la clínica paliativa, el analista ya no enfrenta la resistencia neurótica clásica, sino el agotamiento del aparato simbólico del paciente. 

En la neurosis de la clínica cotidiana, las resistencias buscan preservar el goce bajo una cierta forma: se evita la interpretación, se desplaza el sentido, se intelectualiza, se erotiza la transferencia, etc. Pero en el final de vida las resistencias no son defensas, sino fallas del aparato simbólico mismo: el sujeto ya no tiene la energía psíquica para sostener sus defensas habituales, ni para mantener las ficciones estructurantes que lo acompañaron durante la vida. Esto no se debe a un rechazo al análisis, sino de una imposibilidad: lo simbólico se empobrece, el yo se desorganiza, los significantes pierden anclaje y el psiquismo opera de modo más elemental.

Esto coloca al analista en una situación inédita:

  • No puede interpretar para ir “más allá”,

  • no puede esperar elaboraciones del paciente,

  • no puede suponer una resistencia donde hay un agotamiento,

  • y no puede exigir productividad psíquica donde sólo hay resto de vida.

La ética del analista se desplaza entonces hacia un acompañamiento responsable de ese límiteEl silencio, entonces, adquiere valor clínico: no de ausencia, sino bajo una forma de decir.  

En la clínica clásica, el silencio del paciente suele ser un material a descifrar: revelación de la resistencia, indicio de la transferencia, lugar donde se anuda el goce. Pero en el final de vida el silencio tiene otro estatuto.

A veces el silencio aparece porque no hay palabras posibles para lo que el cuerpo está atravesando. Se trata de un silencio real: lo que no puede ser simbolizado no se reprime, sino que simplemente queda afuera del lenguaje. Podríamos decir que se trata del silencio como exceso de realidad.

En otras ocasiones, el silencio es la expresión más honesta de lo que queda de sujeto. Hay pacientes que no quieren hablar, no porque estén rechazando al analista, sino porque esa es su forma de estar en este tramo. El analista, entonces,  no debe llenarlo, obligar al paciente a hablar, interpretarlo ni convertirlo en síntoma. Debe permitirlo.

A veces, el silencio es el último gesto del paciente como sujeto: un “no querer saber más”, un “no quiero hablar de esto”, un “quiero que me acompañes”. Es un acto, y por tanto habla, incluso sin palabras.

Como podemos ver, en esta etapa, el analista queda confrontado a la transferencia en su núcleo más primitivo: no como suposición de saber, sino como referencia mínima a un Otro que no abandona, al lazo mas elemental.

Lacan decía que en ciertos momentos la transferencia se reduce al nivel del “sujeto supuesto soportar”. En paliativos, la transferencia ya no es suposición de saber, sino suposición de sostén: una confianza desnuda, casi sin significantes.

La presencia del analista opera entonces como punto de anclaje del sujeto, defensa contra la caída en lo real del cuerpo, resto de lazo social, lugar donde no se rechaza lo que el paciente trae, aunque sea inarticulado.

Es un acompañamiento no pastoral, no terapéutico, no moral, sino estrictamente ético: el analista está ahí para sostener la condición de sujeto hasta el último instante donde eso sea posible.

El silencio, como vimos, es una forma de tratamiento del goce cuando el cuerpo ya no sostiene la palabra. No debe ser llenado ni interrumpido, pues puede operar como espacio de subjetivación.

La presencia del analista —su modo de ocupar el lugar— se vuelve esencial. No presencia empática, sino presencia no invasiva, que permite que el sujeto no caiga en el puro cuerpo-organismo.

En el límite de la vida, el sinthome aparece como aquello que aún ata al sujeto a su modo singular de gozar. También brinda una consistencia mínima que le permite sostenerse sin desmoronarse y como lo propio irreductible que incluso frente a la muerte se mantiene. El analista no interpreta el sinthome en este contexto: lo respeta. Es lo último que le queda al sujeto como lazo consigo mismo.

4. El decir y la construcción de sentido al final

El final de vida no siempre implica una elaboración consciente, reflexiva o narrativa.
Pero sí puede haber un decir, algo que se desprende del sujeto más allá de lo que quiere comunicar.

El decir, el analista no busca coherencia ni cierre. Ese decir puede consistir en una palabra suelta, un recuerdo, un reclamo, una frase repetida, una pregunta sin respuesta. Es lo que del sujeto aún se transmite.

El analista presta atención a esas pequeñas formaciones: un lapsus, un gesto, un modo de llamar a otro, una insistencia. Allí el sujeto encuentra su último punto de inscripción en el lenguaje.

Pontalis: “Entre el sueño y el dolor”

Pontalis trabaja siempre sobre espacios intermedios: entre el sueño y la vigilia, entre el cuerpo y la palabra, entre el dolor y la representación, entre presencia y ausencia. No busca un concepto cerrado, sino un clima, un borde, una geografía psíquica hecha de transiciones.

En cuidados paliativos, esa geografía aparece con una nitidez particular: los pacientes suelen estar sostenidos en una especie de “estado límite” que no es patológico en sí, sino propio de la proximidad del final.

Pontalis describe un estado en el que el yo ya no organiza del todo la experiencia, porque el dolor, la medicación, el cansancio o el avance de la enfermedad debilitan su función sintética. Aún así, tampoco hay una caída completa en la desrealización o la desubjetivación: siguen apareciendo imágenes, recuerdos aislados, fragmentos discursivos que mantienen cierta continuidad del ser.

Este lugar intermedio es un espacio donde la subjetividad no dirige, pero todavía respira. No es aún noche, pero ya no es día.

Para Pontalis, el dolor no es solo una sensación corporal: es una experiencia que desnuda al sujeto, lo deja sin defensas, sin ficciones, sin pantalla. Pero incluso así, el dolor no anula la capacidad de simbolizar, sino que la vuelve mínima, tenue, como si cada palabra tuviera que atravesar una membrana muy gruesa. Por eso muchos pacientes hablan poco, o hablan en imágenes, o dicen frases sueltas. Ese es exactamente el territorio pontalisiano: el lenguaje reducido a lo esencial, lo mínimo para continuar siendo.

El analista como guardián del umbral. En este espacio intermedio, el analista no interpreta porque la interpretación sería intrusiva, exigiría trabajo yoico que el paciente no puede sostener y podría vivirse como una violencia sobre un territorio frágil.

En cambio, el analista puede acompañar sin dirigir. El acompañamiento no es orientación, es un “estar al costado”, sin empujar, sin organizar la experiencia del otro. El analista sostiene sin exigir trabajo psíquico, es decir, el sujeto no tiene que producir un relato coherente, ni asociar, ni recordar, ni explicar.

La presencia del analista funciona como condición de posibilidad para que aparezcan chispas de palabra, no como demanda de producción subjetiva.

Pontalis advierte que, en los lugares intermedios, el analista puede tener la tentación de rellenar o colonizar los silencios, de dar sentido donde solo hay un borde. El trabajo es exactamente el contrario: no ocupar el espacio del otro.

La ensoñación es el último recurso del sujeto. Muchos pacientes en paliativos hablan en un registro cercano al sueño, refiriendo recuerdos mezclados, una temporalidad confusa, escenas que aparecen como luces cortas y palabras que funcionan más como sonidos o climas que como significantes encadenados. Pontalis lee en esto un trabajo psíquico de borde, no una regresión como patología.

La ensoñación permite sostener una continuidad subjetiva sin necesidad de construir un Yo fuerte ni un relato organizado. Es, de algún modo, la última forma de vida psíquica que puede mantenerse cuando el cuerpo se cae.

La construcción de sentido mínima es uno de los puntos más importantes para la clínica: en el final de la vida, la construcción de sentido no es biográfica ni narrativa, no es un “balance de vida” ni un “cierre del arco vital”. Pontalis nos enseña que el sentido, en ese umbral, es algo mucho más pequeño: una frase que se repite, un recuerdo que vuelve, una imagen que se sostiene, una palabra que el paciente quiere decir y ser escuchada, o una escena mental que el paciente habita como si fuese un refugio. Estas pequeñas inscripciones son suficientes para que el sujeto no quede reducido al organismo. Son restos, pero restos con valor de anudamiento.

El analista actúa como garante de que el sujeto aún está allí. En este punto, Pontalis es extremadamente preciso: el analista no da sentido, ni interpreta, ni organiza, pero ofrece un espacio donde el sentido puede aparecer en su mínima expresión. El trabajo analítico consiste en resguardar ese espacio mínimo, ese hilo fino que aún anuda al sujeto a su experiencia. No se trata de prolongar la vida psíquica artificialmente, sino de evitar que el sujeto quede aplastado por el dolor o por el Otro médico.

Bibliografía sugerida (y comentada)

1. Textos centrales
Winnicott, D. W. (1960). “La teoría del vínculo paterno-infantil”. En El proceso de maduración en el niñoTexto fundamental para comprender el holding y el papel del ambiente en el sostén de la subjetividad. Si bien Winnicott trabaja sobre la infancia, sus conceptos se vuelven centrales en el final de vida: allí también el sujeto requiere un soporte no intrusivo que permita “seguir siendo” más allá del deterioro corporal. Aporta: la noción de presencia sostenedora que inspira la posición del analista en paliativos.

Winnicott, D. W. (1971). “El uso del objeto”. En Realidad y juego. Aquí se formaliza la transición entre el objeto subjetivo y el objeto externo. En el final de vida, muchos pacientes atraviesan un desdibujamiento de esta frontera, y la presencia del analista puede funcionar como un “objeto sobreviviente”. Aporta: un marco para pensar la presencia analítica en situaciones de extrema fragilidad yoica.

Lacan, J. (1975-76). Seminario 23: El sinthome.  En este seminario Lacan formaliza el sinthome como modo singular de existencia, más allá del sentido y más allá del Edipo. En el final de vida, es crucial no intervenir sobre el sinthome, sino respetarlo: es lo último que mantiene al sujeto anudado. Aporta: un fundamento teórico fuerte para comprender por qué en paliativos el analista no interpreta, sino que resguarda el modo singular de goce del paciente.

Pontalis, J.-B. (1988). “Entre el sueño y el dolor”. En Entre el sueño y el dolorUn texto breve y bellísimo donde Pontalis capta ese espacio intermedio entre la ensoñación, el dolor y la palabra. En cuidados paliativos muchos pacientes se ubican en ese lugar fluctuante. Aporta una articulación literaria y clínica del “entre”, del límite entre el cuerpo y el lenguaje.

Freud, S. (1915). “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”. Aunque no es un texto sobre el final de la vida, es clave para pensar cómo la transferencia cambia cuando ya no está sostenida por el deseo de saber. Aporta el marco conceptual para pensar cómo la transferencia se transforma cuando el sujeto ya no pide interpretación, sino simplemente un Otro que no lo abandone.

Textos complementarios

Winnicott, D. W. (1957). “La preocupación maternal primaria”. Ilumina la idea de presencia sensible y de disponibilidad psíquica. Aunque refiere al estado materno, es útil para conceptualizar el tipo de sintonización que se juega en paliativos sin caer en un modelo maternalizante. Aporta: matices para pensar la “presencia” del analista sin caer en empatía fusional.

Lacan, J. (1962-63). Seminario 10: La angustiaEl capítulo sobre la función del silencio y la proximidad del objeto a es particularmente útil. Aporta: un marco para pensar el silencio del paciente como acto y no como vacío.

Pontalis, J.-B. (1977). “El trabajo de morir”. En Lo que queda del díaUn texto menos citado pero extremadamente pertinente. Aporta: una lectura psicoanalítica de la proximidad de la muerte que no patologiza ni idealiza el proceso.

Freud, S. (1912). “Sobre la dinámica de la transferencia”. Aun cuando aquí se piensa la transferencia en la neurosis, es importante como contrapunto para ver qué se pierde y qué permanece en la situación paliativa.

Aportes contemporáneos y clínicos

Pierre Fédida (1992). El sitio del extranjeroEspecialmente los capítulos donde analiza el dolor, la caída del lenguaje y el estatuto del cuerpo sufriente. Aporta: una lectura fenomenológica y psicoanalítica del cuerpo en deterioro que se articula bien con la práctica paliativa.

Marie de Uña (2004). Clínica del final de la vida. Una autora que trabaja desde psicoanálisis la clínica de la muerte y el acompañamiento. Aporta: casos clínicos y reflexiones específicas para paliativos.

Rosine y Robert Lefort (1992). El nacimiento del OtroAunque es una obra sobre psicóticos, ofrece elementos para pensar cómo sostener un lazo cuando el aparato simbólico se empobrece. Aporta: conceptos para pensar al sujeto cuando el lenguaje pierde su función organizadora.

Texto colectivo: Dolor, cuerpo y palabra (Asociación Mundial de Psicoanálisis). Compilación de artículos sobre dolor crónico, cuerpo y límite. Aporta: reflexiones actuales sobre el tratamiento del cuerpo sufriente en la clínica lacaniana.

4. Bibliografía sugerida para profundizar en la práctica paliativa

Cicely Saunders (1978). The Management of Terminal Disease. Aunque no es psicoanalítico, ofrece un marco histórico esencial sobre cuidados paliativos. Aporta: contexto médico y ético para situar la especificidad del psicoanálisis.

Borges, J. L. (1974). “La escritura del Dios”. No es un texto clínico, pero ilumina literariamente la experiencia límite donde el sujeto se sostiene en un fragmento de sentido. Aporta una elaboración poética del tema del sentido mínimo ante la muerte.