Con frecuencia, el narcisismo es concebido en psicoanálisis como una formación destinada a velar o taponar la división subjetiva. Sin embargo, si se lo aborda desde la perspectiva de la función que cumple el registro imaginario en la constitución del sujeto, es posible reconocerle un valor estructurante que excede ampliamente esa función defensiva.
En la obra de Freud, el narcisismo ocupa una posición fundamental como instancia de articulación entre el autoerotismo y el amor de objeto. Constituye una configuración subjetiva que hace posible el pasaje desde formas de satisfacción que no requieren la relación con otro cuerpo hacia modalidades en las que el sujeto puede dirigirse a un partenaire como objeto de amor y de deseo. Se trata, por lo tanto, de una operación decisiva para la constitución del lazo con los otros.
Esta función adquiere una relevancia aún mayor en la enseñanza de Lacan. Particularmente en el Seminario X, La angustia, el autor subraya el carácter indispensable de las vestiduras fálicas para que el sujeto pueda ocupar una posición susceptible de causar el deseo del Otro. El objeto que el sujeto llega a encarnar como causa del deseo no puede presentarse desnudo de toda mediación imaginaria. Es necesario que esa posición quede revestida por una determinada configuración narcisista que la haga operativa en el campo del deseo.
Desde esta perspectiva, no existe posibilidad alguna de causar el deseo del Otro ni de encontrar allí un lugar propio sin la intervención del registro imaginario. La posición de objeto, esencial para la constitución del fantasma, requiere inevitablemente de ese revestimiento que proporciona una determinada imagen de sí.
Por ello, si se considera el narcisismo desde la función que cumple el imaginario en la economía subjetiva, resulta imposible reducirlo a una simple ilusión engañosa. Su importancia es constitutiva. Allí donde el sujeto se desvanece como efecto del significante —en aquello que Lacan designa como fading subjetivo—, el narcisismo aporta una forma de consistencia que permite sostener una unidad mínima.
Esa consistencia es, ciertamente, imaginaria. No elimina la división subjetiva ni resuelve la falta estructural que atraviesa al sujeto. Sin embargo, proporciona un soporte indispensable para la experiencia corporal y para la inserción del sujeto en el mundo de los otros.
En este sentido, el narcisismo posee una función configurante y estructurante. Si bien el sujeto no se identifica plenamente con su cuerpo, necesita disponer de un cuerpo que le sirva de apoyo. La imagen narcisista contribuye precisamente a esa tarea: ofrecer una consistencia allí donde la estructura significante introduce una división irreductible. Lejos de constituir un mero obstáculo para el análisis, el narcisismo aparece entonces como una condición fundamental para el sostenimiento mismo de la subjetividad.