lunes, 22 de junio de 2026

La insatisfacción en la neurosis obsesiva

Mg. Lucas Vazquez Topssian

Habíamos dicho que en la histeria la insatisfacción solía estar ligada a la preservación del deseo. La lógica es algo así como: "No encontré todavía aquello que busco." La falta se localiza del lado del objeto. En la histeria algo no termina de alcanzar, algo falta, algo debería ser distinto. Por eso es bastante fecundo a veces invitar al paciente a precisar, concretamente, ese objeto supuestamente faltante, ya que es entre los significantes que el paciente otorga que que se puede localizar al sujeto.

Ahora bien, teniendo en cuenta algunos desarrollos actuales, hay una tendencia a asociar la insatisfacción directamente con la histeria. Si no distinguimos las funciones de la insatisfacción en cada estructura, hay un riesgo de terminar reduciendo la clínica a una psicología de la queja.

Sucede que la insatisfacción también ocurre en la neurosis obsesiva, aunque yo diría que es casi opuesta con la lógica histérica. Esto es porque en la neurosis obsesiva la insatisfacción muchas veces no proviene de la ausencia del objeto sino de la imposibilidad de autorizarse a quererlo o de disfrutarlo.

La lógica entonces sería: "Podría ser eso... pero no estoy seguro." ó "Antes de decidir debería pensar un poco más, falta resolver algo antes.", etc.

No es tanto que falte el objeto correcto como en la histeria, sino que en este caso falta una garantía. Mientras que la posición histérica suele mantener el deseo vivo desplazándolo hacia otro objeto, el obsesivo suele mantenerlo vivo aplazando su realización. Por eso Lacan dice que el obsesivo hace esperar.

Caso clínico: Melvin Udall

Vamos a tomar el personaje de la película "Mejor... imposible" (Melvin Udall) para ilustrar ciertos mecanismos obsesivos, aunque aclarando que no es un "caso puro" de neurosis obsesiva y que hay varios aspectos se han dramatizado por un tema estético del cine.

Si observamos a un histérico clásico, la insatisfacción suele expresarse como: "Este objeto no es lo que busco."

En Melvin, en cambio, la lógica parece más cercana a: "Nada alcanza las condiciones necesarias para que yo me comprometa con ello."

El personaje no está permanentemente imaginando un objeto maravilloso que resolvería su vida. Más bien encuentra defectos, riesgos, imperfecciones y motivos para retraerse. Por ejemplo, su relación con Carol no está obstaculizada porque ella no le sea suficiente, todo lo contrario, a medida que avanza la película, Carol le interesa cada vez más.

El problema de Melvin es que acercarse a Carol implica perder control, exponerse, depender de ella y tolerar incertidumbre. Es decir, implica castración. Desde esta perspectiva, la insatisfacción no está puesta en el objeto (Carol) sino en las condiciones subjetivas necesarias para asumir el deseo.

Melvin pasa gran parte de la historia intentando reducir la contingencia y vemos como todo en su vida está ritualizado: los cubiertos, el restaurante, los recorridos, los horarios, las formas de contacto.

La obsesión aparece como un intento de eliminar lo imprevisible. Y como justamente el deseo introduce la imprevisibilidad, Carol no funciona como el objeto ideal que él buscaba, sino como aquello que desorganiza su economía defensiva.

Si quisiéramos formular la diferencia con la histeria de forma esquemática:

Lectura histérica: "Cuando encuentre a la mujer adecuada podré amar."
Yo acá intervendría del lado del objeto, "¿Cómo sería la mujer adecuada?"

Lectura obsesiva: "Antes de amar necesito eliminar todos los riesgos."

El tema es que "todos los riesgos" es una condición nunca termina de cumplirse. Si en esta misma línea él dijera dijera en el análisis: "No estoy seguro de que esta relación vaya a funcionar" habría que intervenir del lado del agente, por ejemplo "¿Qué certeza le falta?" o "¿Qué tendría que ocurrir para que estuviera seguro?"

Ahí suele aparecer la exigencia imposible: el paciente se va a poner a explicar sus condiciones, que muchas veces son poco o nada realistas, porque más bien lo que pretende es una garantía absoluta.

Dato clínico: la insatisfacción obsesiva no siempre deriva de un ideal inalcanzable, sino de la exigencia de una certeza imposible antes de consentir al deseo.

Utilidad para la clínica:

La distinción tiene consecuencias importantes, porque en la histeria las intervenciones que ponen en evidencia la inconsistencia del objeto ideal suelen tener un efecto interesante.

En cambio, con el obsesivo hay que tener cuidado, porque podría responder encantado: "Bueno, hagamos una lista." y pasarse toda la sesión refinando criterios. Es decir, la pregunta puede transformarse en combustible para la duda obsesiva.

Las intervenciones con obsesivos apuntan menos a precisar el ideal y más a señalar la postergación, la evitación o el exceso de garantías exigidas. Por ejemplo: "¿Qué información le falta para decidir?", incluso "Hace tres sesiones que estamos evaluando posibilidades. ¿Qué ocurriría si eligiera una?"

Estas intervenciones no atacan el contenido de la elección (objeto) sino la maquinaria que la demora (el agente).

El dilema de: "Carne o pollo?"

En este posteo decíamos que en la posición histérica se suele conservar la ilusión de que existe una respuesta adecuada a la falta (¿O por qué creen que van al análisis?). El obsesivo, en cambio, suele saber demasiado bien que ninguna respuesta será perfecta. El problema está en que extrae una consecuencia distinta: "Como ninguna elección será perfecta, mejor no elegir todavía."

Entonces la insatisfacción obsesiva no siempre consiste en buscar un objeto mejor. Muchas veces consiste en protegerse de la castración inherente a toda decisión, porque decidir implica perder las alternativas. Y eso es precisamente lo que el obsesivo intenta evitar: perder.

Podríamos condensarlo en una fórmula clínica:

  • Histeria: "No es esto."
  • Obsesión: "Todavía no."

Ambas producen insatisfacción, pero por mecanismos muy diferentes. La primera mantiene abierta la búsqueda del objeto; la segunda mantiene suspendido el acto que obligaría a renunciar a los demás objetos posibles.

jueves, 18 de junio de 2026

Cómo no engordar el pecesito del síntoma

 Habíamos dicho que no toda insatisfacción es del orden de la histeria, pero que en ella hallamos una estrategia, frente al deseo, de que este quede insatisfecho.

Ahora bien: surge un problema. Si tomamos literalmente la fórmula "el deseo es metonímico" o "el deseo es siempre deseo de otra cosa", parecería que toda satisfacción está estructuralmente condenada al fracaso. Entonces, ¿qué tendría de particular la histeria? Todos estaríamos en la misma situación.

Creo que la clave está en distinguir entre la imposibilidad de una satisfacción absoluta y la posibilidad de satisfacciones parciales o contingentes.

Para Lacan, ningún objeto puede colmar definitivamente la falta constitutiva del sujeto. Esto no significa que todos los objetos sean equivalentes ni que no haya satisfacciones. Hay amor, goce, logros, encuentros, erotismo, creación, etc. Lo que no existe es el objeto capaz de cerrar la falta de una vez y para siempre.

La posición histérica introduce algo más. No se limita a encontrarse con el límite estructural del deseo, sino que muchas veces produce activamente condiciones para que la satisfacción no se realice, o para que quede siempre un resto de insatisfacción.

Por ejemplo, no es lo mismo encontrar que ninguna pareja puede responder completamente a lo que uno busca (condición estructural del deseo), que elegir sistemáticamente parejas imposibles o indisponibles. En este último caso, estamos más ante una estrategia subjetiva y la posibilidad de un síntoma histérico.

Planteo una hipótesis que me parece muy fecunda: quizás la histérica efectivamente apuesta a que la satisfacción efectivamente existe. Dicho de otro modo, no renuncia al ideal de una satisfacción plena, sino que la mantiene siempre desplazada hacia otro lugar. "Esto no me satisface, pero porque no era esto.", "La verdadera satisfacción estaría en otra parte.", "Si encontrara el hombre correcto, el trabajo correcto, el análisis correcto, entonces sí...".

La insatisfacción conserva vivo el supuesto de que existe un objeto capaz de responder. Lo que se posterga indefinidamente es la confrontación con que ninguna realización concreta coincidirá con ese ideal.

De hecho, algunos lectores de Lacan han señalado que la histeria no sostiene simplemente la falta, sino que sostiene la creencia en un Amo o en un saber que podría responder a la falta. La histérica le pregunta al Otro qué es una mujer, qué quiere, qué la completaría. La pregunta misma supone que en alguna parte podría haber una respuesta.

Por eso quizás habría que reformular la frase clásica. No tanto que la histérica quiera un deseo insatisfecho, sino que mantiene la satisfacción como promesa, evitando las situaciones donde tendría que verificar que la satisfacción alcanzable siempre es limitada.

Desde esta perspectiva, la insatisfacción histérica no sería la aceptación de la imposibilidad estructural del deseo, sino una manera de no terminar de saber nada sobre ella.

Es una lectura que, por cierto, acerca bastante la histeria a lo que Lacan desarrolla más tarde sobre el fantasma: no se trata solamente de sostener la falta, sino de sostener una determinada relación con la falta, una determinada ficción sobre lo que podría venir a colmarla.

El discurso histérico en la transferencia

Cuando el discurso histérico se instala en la transferencia, el analista es convocado a ocupar el lugar del amo, es decir, el lugar de aquel que sabría qué le pasa al sujeto, qué le falta o cómo debería vivir. El sujeto histérico dirige una pregunta al Otro supuesto saber, pero muchas veces espera además que ese Otro produzca una respuesta sobre su ser.

Por eso Lacan advierte contra la tentación de "engordar el pecesillo". La expresión aparece para criticar una práctica interpretativa que agrega significaciones al síntoma, enriqueciéndolo cada vez más con nuevos sentidos. El riesgo es que el analista termine colaborando con la demanda histérica de saber.

¿Cómo sería esto, concretamente, en un análisis? El paciente presenta un síntoma y el analista le agrega una explicación, haciendo que este adquiere un nuevo sentido. El paciente vuelve con nuevas preguntas y el analista produce nuevas explicaciones. Y así el síntoma crece, se vuelve cada vez más interesante, más sofisticado, más lleno de significaciones. Desde la perspectiva del discurso histérico, esto puede resultar extremadamente satisfactorio (en términos de goce), porque mantiene vivo al Amo. Siempre hay un saber más para obtener.

Lo interesante es que muchas veces la insatisfacción histérica no se dirige tanto al objeto como al saber. El sujeto parece decir "Todavía no encontré la explicación correcta." ó "Todavía no entendí verdaderamente qué me pasa."

Y cada nueva interpretación puede alimentar precisamente esa búsqueda.

Por eso Lacan orienta la práctica en otra dirección: no responder a la demanda de saber desde el lugar del Amo, sino operar sobre las inconsistencias del discurso, los puntos de tropiezo, las contradicciones, los equívocos significantes.

Volvemos a lo anterior, tal vez el problema no sea únicamente que la histérica sostenga un deseo insatisfecho, sino que sostenga la expectativa de que hay un saber capaz de explicar finalmente esa insatisfacción. Cuando el analista se apresura a interpretar, corre el riesgo de confirmar esa expectativa.

En ese sentido, ciertas intervenciones lacanianas tienen un carácter casi decepcionante. No aportan un significado nuevo sino que producen una caída de la consistencia del saber atribuido al Otro. En lugar de responder "esto significa tal cosa", apuntan a que el sujeto se encuentre con algo de su propia implicación en lo que dice.

¿Cómo intervenir entonces?

La clave está en considerar que el deseo surge en la articulación significante, sí, pero siempre se engancha a imágenes, identificaciones y objetos. Si un paciente dice: "quiero un hombre sensible, inteligente, seguro de sí mismo", no necesariamente está hablando sólo en el registro imaginario. Está poniendo a trabajar significantes que organizan su posición deseante.

El tema central es que el paciente, cuando se lo corre de la queja y se le pregunta qué quiere, no puede responder sin contradicciones. Esto es porque el deseo, aparte de fracasar por ser metonímico, también fracasa porque los significantes con los que el sujeto intenta nombrarlo entran en conflicto entre sí.

Por ejemplo, el paciente puede querer un hombre protector y al mismo tiempo sentirse asfixiado cuando lo/la protegen. O puede querer reconocimiento y rechazar a quien la reconoce. O puede querer estabilidad y excitación simultáneamente. Y ahí ya no estamos en el terreno de la insuficiencia imaginaria sino en el de la división subjetiva.

Ejemplo: Me acaba de decir que cuando un hombre se interesa pierde interés usted. Entonces, ¿cómo sería ese hombre que busca? 

La pregunta no apunta a construir un ideal, sino a devolverle al sujeto algo de la contradicción que acaba de producir en su propio discurso.

Ojo con las intervenciones que "engordan el pecesillo":

Una misma pregunta puede alimentar la búsqueda de un objeto ideal, o puede hacer aparecer que el sujeto no sabe del todo qué está diciendo cuando dice que sabe lo que quiere. Es una diferencia sutil pero importante: 

Supongamos una paciente que se queja de los hombres (todos ellos). El analista interviene "¿Y cómo sería el hombre correcto?"

❌Si se formula desde la curiosidad o desde la búsqueda de una definición, puede terminar alimentando el trabajo imaginario del paciente. El sujeto produce más atributos, más detalles, más teorías.

Pero formulado en el momento preciso en que el paciente supone que la respuesta está clara, la intervención pone a trabajar la inconsistencia de una certeza. El efecto buscado es la vacilación subjetiva.

Otro riesgo: enseñar una verdad sobre el deseo.

Lacan desconfiaba de las intervenciones que buscaban enseñar una verdad sobre el deseo. No estoy seguro de que el efecto analítico provenga de demostrar la imposibilidad de la satisfacción. Muchas personas pueden pasar años demostrando la imposibilidad y seguir sosteniendo exactamente la misma posición subjetiva. Un paciente puede decir "Sí, es verdad, ningún hombre es perfecto." y seguir buscando al hombre perfecto. O "Ya sé que ningún trabajo me va a completar." y seguir cambiando de trabajo cada seis meses.

Me parece que la clave no es demostrar que el objeto no existe, sino obligar al sujeto a comprometerse con una formulación concreta de aquello que presenta como una evidencia. Vayamos al ejemplo célebre del chiste de Quino:


La respuesta del cerrajero introduce una exigencia mínima que vuelve imposible sostener la abstracción: si quiere la llave, primero tiene que mostrar el modelo. Si existe la felicidad como objeto alcanzable, debería poder especificarse de qué se trata.

La imposibilidad no aparece porque el objeto ideal no exista en el mundo, sino porque el sujeto tropieza con algo de su propia división. Creo que ahí está la diferencia entre una demostración filosófica y una operación analítica. En este último caso, son las fisuras en el discurso.

No toda insatisfacción es histérica

 Desde el psicoanálisis, especialmente en la orientación lacaniana, la relación entre histeria e insatisfacción es estructural. No se trata simplemente de que la persona histérica "esté insatisfecha" con las cosas que le pasan, sino de que la insatisfacción cumple una función en la economía de su deseo.

Freud ya había observado que muchas pacientes histéricas parecían sostener sus deseos de un modo paradójico: deseaban algo, pero cuando podían alcanzarlo, el deseo se apagaba o surgía un obstáculo. En casos como el de Dora, la satisfacción aparecía asociada a un conflicto.

Lacan profundiza esta idea al señalar que la histérica busca mantener vivo el deseo. Y para que el deseo permanezca vivo, no debe confundirse con una satisfacción plena. En cierto sentido, la insatisfacción protege al deseo de extinguirse en la obtención del objeto.

Por eso es frecuente encontrar configuraciones como:

  • Desear a alguien inaccesible.
  • Interesarse por quien no responde.
  • Perder interés cuando el otro se muestra disponible.
  • Quejarse de una situación mientras se contribuye inconscientemente a su mantenimiento.
  • Buscar en el Otro una respuesta sobre qué es ser deseada, sin aceptar plenamente ninguna respuesta.

En el Seminario 5, Lacan llega a formular que la histérica hace de la insatisfacción una condición del deseo. No porque disfrute conscientemente de sufrir, sino porque la falta sostiene la pregunta que la constituye.

La pregunta histérica podría formularse así: "¿Qué desea el Otro de mí?" o "¿Qué soy para el deseo del Otro?". La insatisfacción mantiene abierta esa interrogación. Si la respuesta quedara completamente cerrada, algo del movimiento deseante se detendría.

Por eso conviene distinguir:

  • Insatisfacción neurótica: ligada a la preservación del deseo.
  • Privación real o frustración objetiva: situaciones en las que efectivamente falta algo.

No toda persona insatisfecha es histérica, ni toda histeria se manifiesta mediante quejas permanentes. La cuestión clínica es si la insatisfacción funciona como un modo de sostener el deseo y la pregunta dirigida al Otro.

Una formulación clásica de Lacan resume bastante bien esta lógica: la histérica procura un deseo insatisfecho más que un objeto satisfactorio. El punto central no es el objeto obtenido, sino la preservación de la dinámica deseante misma.

martes, 16 de junio de 2026

El deseo inconsciente y la primacía del significante

El deseo no puede concebirse como una realidad positiva que el sujeto pudiera localizar, nombrar o finalmente poseer. En la enseñanza de Lacan, el deseo se define a partir de su relación con el significante: no se orienta hacia un objeto capaz de colmarlo, sino que surge y se sostiene en una falta estructural que lo mantiene permanentemente en movimiento.

Desde esta perspectiva, la cuestión consiste en interrogar la naturaleza del deseo inconsciente en su articulación con la función del significante. El deseo no es una tendencia natural previa al lenguaje, sino un efecto producido por la incidencia de la cadena significante sobre el sujeto.

Por ello, entre deseo e interpretación existe un vínculo íntimo e indisociable. Se trata de un lazo propiamente subjetivo, en la medida en que el sujeto no puede separarse del deseo que lo habita. En el Seminario 6, Lacan señala: “...cuán subjetiva es por sí sola la interpretación del deseo. Bien parece que hay en eso algo ligado de una manera igualmente interna a la manifestación misma del deseo”. La interpretación no se añade desde el exterior al deseo, sino que encuentra su fundamento en la estructura misma de su manifestación.

Esta elaboración se inscribe en el movimiento de retorno a Freud promovido por Lacan. La reafirmación de la primacía de lo simbólico se opone a toda concepción teleológica del deseo, es decir, a la idea de que éste estaría orientado hacia un fin natural o hacia un objeto destinado a satisfacerlo plenamente. Por el contrario, el deseo encuentra su fundamento en la imposibilidad misma de alcanzar un objeto que pueda colmarlo de manera definitiva.

En este sentido, el deseo se presenta siempre como deseo de otra cosa. Su lógica resulta congruente con la insatisfacción estructural que afecta al sujeto en tanto ser atravesado por el lenguaje. Precisamente por ello, el deseo inconsciente no puede situarse en el registro imaginario —ya delimitado en el esquema L y posteriormente ampliado mediante la dimensión de la significación—, sino que pertenece al orden de lo simbólico. Aunque no sea directamente articulable en el discurso, se encuentra estructurado y determinado por la articulación significante.

A partir de esta concepción, Lacan separa el deseo de cualquier modalidad afectiva. Los afectos pertenecen al registro imaginario y pueden funcionar como formas de obturación o taponamiento, mientras que el deseo remite a una dimensión simbólica irreductible, sostenida por la falta y por la lógica propia del significante.

viernes, 12 de junio de 2026

Los tres niveles del grafo del deseo y las respuestas neuróticas a la falta en el Otro

En el Seminario 5, Lacan aborda la estructura del grafo del deseo distinguiendo tres niveles fundamentales, que pueden entenderse como tres modos de articulación entre el sujeto y el Otro.

El primero pone de relieve la estrecha relación entre la captura narcisista y el campo del fantasma. En la medida en que el estadio del espejo constituye el ámbito privilegiado de lo especular, este registro proporciona la vertiente imaginaria del fantasma. De este modo, frente al enigma que representa el deseo del Otro, el sujeto encuentra una respuesta posible a través de una identificación imaginaria sostenida por las insignias fálicas; es decir, se presenta revestido de aquellos atributos mediante los cuales busca hacerse deseable para el Otro.

Un segundo nivel se refiere a la constitución del deseo a partir de la demanda. El Otro sólo adquiere estatuto de deseante en la medida en que la demanda se organiza y despliega sus rodeos significantes. El deseo emerge entonces como efecto de esos desvíos y excedentes producidos por la demanda. Es en este contexto donde el niño comienza a interrogarse por los movimientos del Otro, por sus idas y venidas, por aquello que en su conducta aparece incluso como caprichoso. El deseo se configura así como un más allá de la demanda, como aquello que el sujeto supone detrás de lo que el Otro dice o solicita.

Finalmente, un tercer nivel corresponde al lugar de la enunciación dentro de la estructura del grafo. Aquí se pone en juego la articulación entre el significante de la falta en el Otro y el significante fálico. No basta con que el Otro sea experimentado como deseante; es necesario además que esa dimensión deseante quede inscripta en la estructura simbólica. Esta inscripción resulta una condición esencial para que el síntoma pueda desempeñar la función que le corresponde dentro de la economía subjetiva.

En términos generales, estas tres líneas permiten formalizar los diferentes modos mediante los cuales la neurosis procura responder y dar tratamiento a ese real insoportable que constituye la barradura del Otro.

miércoles, 10 de junio de 2026

Indignidad melancólica: ¿Cómo ponerle un lìmite?

por Mg. Lucas Vazquez Topssian

Un problema clìnico en el abordaje de la melancolía es que el sujeto no logra constituir una pérdida simbolizable respecto del Otro. El objeto no está perdido como en la neurosis corriente; sino que el sujeto queda identificado a aquello que falta en el Otro. Por eso Freud dice en Duelo y melancolía que "la sombra del objeto cayó sobre el yo". La separación simbólica fracasa y la pérdida se vuelve una pérdida del propio ser, con consecuencias harto conocidas, como el suicidio.

En Lacan esto se complejiza. En el Seminario 10 y en diversos textos sobre la melancolía aparece la idea de que el melancólico está confrontado de una manera particular con el objeto a, sin el velo fantasmático que normalmente media la relación con el deseo del Otro. El sujeto, en la melancolìa, no puede tomar distancia respecto de ese lugar.

Dato clìnico: En la melancolía, cuando la operación de separación simbólica respecto del Otro fracasa, ciertas intervenciones pueden apoyarse en una separación imaginaria. Se trata de promover una representación de la ausencia del sujeto en el campo del Otro (Ej. "¿qué ocurriría si usted no estuviera?"), permitiendo que aparezca una distancia allí donde el sujeto se encuentra identificado al objeto perdido o rechazado.

Cuando al melancòlico con ideaciòn suicida se le pregunta, por ejemplo "¿qué pasaría con tu familia si vos faltaras?", eso obliga al paciente a construir una imagen de su desaparición desde el punto de vista de los otros. En lugar de ser el objeto descartado o indigno, pasa momentáneamente a ocupar un lugar en una escena donde los otros lo pierden.

Como no se puede producir una separación simbólica por vía de la significación, esta intervenciòn introduce una escena imaginaria donde el sujeto pueda representarse como ausente.

Ahora bien, no recuerdo qué autor formuló esta idea (la estudié de manera indirecta en mi maestría y la leí en otro artículo), pero me parece una construcción muy plausible a partir de varios desarrollos.

Por ejemplo, existen algunas observaciones de Karl Abraham, quien describía cómo el melancólico puede permanecer capturado en una relación narcisista con el objeto perdido, y también con desarrollos posteriores de Pierre Fédida sobre la función de la representación de la ausencia.

Fédida habló en varios momentos de algo que podría llamarse un "trabajo de la ausencia". Así como Freud describió el trabajo del duelo, Fédida intentò mostrar que la vida psíquica requiere una elaboración permanente de las ausencias. El sujeto necesita poder transformar, por ejemplo, la desaparición en recuerdo, la distancia en representación y la falta en pensamiento. Cuando esto no ocurre, aparecen formas de congelamiento subjetivo que pueden acercarse a la depresión grave o a ciertos estados melancólicos.

Pensado desde Fpedida, la intervención que venimos viendo apunta a restablecer la capacidad representacional de la ausencia. Al invitar al sujeto a imaginar los efectos de su desaparición sobre los otros, se construye una figuración psíquica de la falta allí donde la melancolía tiende a abolir toda distancia entre el sujeto y el objeto perdido.

También me hace pensar en Marcel Czermak, quien insistiò mucho en que el suicidio melancólico no es una agresión dirigida al Otro sino una consecuencia lógica de cierta posición subjetiva. En varios pasajes señala que es necesario reinstalar la dimensión del semejante y de los efectos que la existencia del sujeto tiene para los otros.


Czermak partiò de una lectura muy radical de la melancolía. Para él, el problema no era una tristeza intensa ni una depresión grave, sino una modificación de la posición subjetiva respecto del lenguaje, el cuerpo y el Otro.

Uno de sus argumentos más importantes de Czermak es que el melancólico no está dividido respecto de su juicio de indignidad. Mientras el neurótico puede decir "me siento una basura" y al mismo tiempo dudar de ello, el melancólico sabe que es una basura. En este punto, estamos en el campo de la creteza, no de la creencia, asì que las intervenciones que intentan convencerlo de lo contrario suelen fracasar: "No sos una mala persona, tenès muchas cosas valiosas.", "Tu familia te quiere.", entre otras chàcharas motivacionales.

Al melancólico lo habita una certeza subjetiva que no funciona como una opinión corregible. En varios seminarios y textos clínicos, Czermak señalò que el melancólico suele ubicarse como residuo, desecho o desperdicio para el Otro. La experiencia que tienen es la de ser algo que sobra en el mundo, màs que creer que el Otro no lo ama..

Czermak continúa ubicando que si el sujeto se ubica como puro desecho, el suicidio puede presentarse como una conclusión lógica (y no como agresiòn o llamado): Si soy un desperdicio para todos, eliminarme mejora las cosas. Por eso Czermak advirtiò que el clínico debe interrogar cuidadosamente la lógica que sostiene esa conclusión.

Ahora bien, en estos tèrminos el analista no puede discutir la idea moralmente, tampoco puede tranquilizar al paciente (lo que harìa todo su entorno), no puede oponerse frontalmente... ¿Què le queda entonces? Introducir algún elemento que rompa la consistencia de esa certeza.

Ahí es donde encuentro una proximidad entre Czermak con el ejemplo que estamos viendo.

Si el paciente dice: "Mi familia estaría mejor sin mí" y el analista pregunta:"¿Cómo se imagina que sería eso?", ocurre algo interesante, porque no se està discutiendo la certeza, sino que obligamos al sujeto a producir una representación, lo cual implica cierto desdoblamiento. El melancòlico tiene que imaginar, por ejemplo, una esposa sufriendo, a sus hijos reaccionando, un funeral, una casa vacía, entre otras consecuencias.

Este tipo de intervenciones obligan al sujeto a abandonar por un momento la posición de objeto puro para contemplar una escena donde los otros existen y reaccionan, lo que tiene afinidad con algo que Czermak trabaja en referencia a la restitución de la dimensión del semejante. para èl, en la melancolía grave el semejante suele desaparecer como sujeto deseante y quedar reducido a una instancia abstracta de juicio o condena. Los otros dejan de ser personas y se transforman en una especie de tribunal absoluto.

La apuesta de la intervenciòn es que ese "tribunal superyoico"(esto lo digo yo) reaparezca como otros concretos que pueden sufrir, perder, enojarse o extrañar, de manera algo de la lógica melancólica puede aflojarse, porque entonces -uno no se lo dice al paciente- el mundo no va a estar mejor sin vos.

Otro punto importante en Czermak es su lectura del pasaje al acto suicida. Él sigue a Lacan, de manera que considera que el suicidio melancólico es un pasaje al acto ó salida de la escena.

Por eso resulta especialmente interesante este tipo de intervención, porque el analista le pide al paciente justamente que construya una escena y que imagine lo que ocurriría en el mundo después de su desaparición. Es como si se lo invitara a volver a entrar en una representación cuando la tendencia subjetiva es salirse de toda representación.

Reitero, no es que Czermak escriba exactamente esto, pero sí me parece una lectura coherente con su clínica de la melancolía.

El pasaje al acto supone una caída fuera de la escena, así que la pregunta sobre las consecuencias de la propia ausencia obliga a reconstruir una escena. Esa reconstrucción es predominantemente imaginaria, pero al reconstruir una escena, reaparece la alteridad concreta de los semejantes. La identificación absoluta al objeto de desecho puede entonces fisurarse.

De hecho, creo que Czermak fue uno de los que más trabajó la lógica subjetiva del suicidio melancólico y la necesidad de intervenir sobre esa lógica antes que sobre los afectos manifiestos.

Dato clínico: Esta invervenciòn no "cura la melancolía". 

Debemos considerar que esta intervención se apoya en una separación de carácter imaginario, promoviendo una escenificación de la propia ausencia en el campo del Otro. Sin embargo, al no tratarse de una operación simbólica propiamente dicha, sus efectos pueden ser frágiles e inestables. Por ello, resulta frecuente la necesidad de reiterar, sostener y reelaborar estas construcciones a lo largo del tratamiento, procurando que la distancia imaginariamente instaurada no sea inmediatamente anulada por la identificación melancólica al objeto de desecho. La intervención no apunta a resolver la posición subjetiva, sino a introducir una mediación allí donde la lógica melancólica tiende a precipitar una conclusión sin mediaciones.

martes, 9 de junio de 2026

El oro y el cobre en psicoanálisis: ¿Cuál es la importancia de las intervenciones en lo imaginario?

Mg. Lucas Vazquez Topssian

En el texto “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (también traducido como “Los caminos de la terapia psicoanalítica”), conferencia pronunciada por Freud en el Congreso Psicoanalítico de Budapest de 1918 y publicada en 1919, hay una famosa frase:

Es muy probable que en la aplicación de nuestra terapia a las masas nos veamos precisados a alear el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión directa...

Y continúa diciendo que, aun cuando esa futura psicoterapia popular incorporara elementos sugestivos o incluso hipnóticos, sus ingredientes más eficaces seguirían siendo los tomados del psicoanálisis propiamente dicho.

Lo interesante es el contexto. Freud está pensando en algo que hoy llamaríamos una extensión social del psicoanálisis. Señala que el análisis, tal como se practicaba entonces, estaba prácticamente restringido a personas con recursos económicos. Imagina un futuro en el que existan instituciones o dispositivos accesibles para los sectores populares y se pregunta cómo habría que adaptar la técnica.

La metáfora alude a que el oro es el análisis riguroso, basado en la interpretación, el trabajo con las resistencias y la transferencia, mientras que el cobre implica procedimientos más directos, sugestivos, educativos o de apoyo, que Freud no consideraba el núcleo del psicoanálisis pero que podrían ser necesarios en ciertos contextos asistenciales amplios.

Este pasaje fue muy citado en los debates sobre psicoanálisis e instituciones públicas, la psicoterapia psicoanalítica, los dispositivos comunitarios y las intervenciones en hospitales y salud mental.

De hecho, muchos autores posteriores tomaron esta frase para justificar que el trabajo institucional no tiene por qué reproducir el encuadre clásico del consultorio privado, siempre que conserve una orientación analítica.

Evidentemente, Freud parece haber reconocido que si el psicoanálisis quería llegar a las masas, probablemente deba combinarse con otros recursos, como la sugestión. No obstante, él insistió en que el valor terapéutico principal seguirá viniendo del "oro" del descubrimiento freudiano.

La sugestión como "mala palabra"

Existe una lectura simplificada según la cual "lo imaginario es malo" y "lo simbólico es bueno", cuando en realidad, la cuestión es mucho más compleja.

Durante los años cincuenta, en el contexto de su "retorno a Freud", Jacques Lacan dirigió una fuerte crítica a los desarrollos postfreudianos de la llamada Psicología del Yo, representada por autores como Heinz Hartmann, Ernst Kris y Rudolph Loewenstein.

La crítica no se dirigía al registro imaginario en sí mismo, sino al hecho de que estos autores orientaban la cura hacia el fortalecimiento del yo, entendido como instancia adaptativa y racional. Desde la perspectiva lacaniana de esa época, el yo estaba teorizado precisamente como una formación imaginaria, efecto del estadio del espejo y sede del desconocimiento (méconnaissance). Por eso Lacan desconfíó de las intervenciones dirigidas a robustecer identificaciones yoicas o promover adaptaciones normativas.

En ese contexto, muchas veces se produjo una lectura según la cual intervenir en lo imaginario equivaldría a reforzar defensas y alejar al sujeto de la verdad de su deseo. De esta manera, se privilegió tanto la interpretación significante que toda intervención de sostén, reconocimiento, validación o acompañamiento quedó sospechada de ser meramente imaginaria.

Apareció entonces una especie de ideal técnico: interpretar, cortar, producir equívocos, pero evitar cualquier operación que pudiera entenderse como apoyo narcisista.

Esta posición encuentra cierto fundamento en textos tempranos de Lacan, especialmente cuando opone la palabra plena a las capturas imaginarias de la relación dual. Sin embargo, llevada al extremo puede generar una clínica empobrecida, incapaz de reconocer las necesidades estructurales de determinados pacientes.

A medida que avanzó la enseñanza de Lacan, la articulación entre los registros se volvió más compleja. Lo imaginario dejó de aparecer únicamente como un ámbito de engaño para convertirse en uno de los tres registros indispensables de la experiencia subjetiva.

Particularmente en los desarrollos sobre el nudo borromeo, ningún registro puede pensarse aislado de los otros. Lo imaginario cumple funciones de consistencia, de estabilización y de sostén de la imagen corporal.

Desde esta perspectiva, ciertas intervenciones imaginarias adquieren un valor clínico fundamental, por ejemplo, a la hora de ofrecer una imagen más habitable del sujeto. Ciertas intervenciones en lo imaginario prestan identificaciones transitorias, sostienen una consistencia narcisista cuando esta se ve amenazada, favorecen ligaduras cuando predominan fenómenos de fragmentación y correctamente utilizadas, funcionan como un punto de apoyo para que luego sea posible un trabajo simbólico.

Esto se vuelve particularmente importante en la clínica de las psicosis, de los estados límite y de las presentaciones con fragilidad narcisista importante. En estos casos, una intervención exclusivamente interpretativa puede resultar ineficaz o incluso desorganizadora.

Algunas intervenciones de sostén, reconocimiento o apuntalamiento imaginario podrían pensarse, más que como una traición al psicoanálisis, como parte de esas "aleaciones del oro y el cobre" técnicas que en ciertas situaciones clínicas e institucionales vuelven necesarias. Ahí Freud y el último Lacan quedan bastante más cerca de lo que a veces se supone.