Mg. Lucas Vazquez Topssian
En esta ocasión vamos a proponer -y tratar de sostener- una hipótesis fuerte: cada nivel epistemológico de Platón puede funcionar clínicamente como modalidad defensiva frente a la falta.
Nos interesa el caso de la neurosis obsesiva, porque justamente tiene una relación privilegiada con el saber, el pensamiento, el dominio y la postergación del acto. Todo esto puede rastrearse en los seminarios 5, 6, 10 y 11. En pocas palabras, "el obsesivo lacaniano" piensa para no desear, racionaliza para evitar el acto que lo angustia, eterniza el tiempo de comprender y transforma el pensamiento en barrera frente a la castración.
Es sabido que el obsesivo revisa, verifica, calcula, piensa, deduce… como si el problema fuera falta de conocimiento. El nucleo real, propongo, es en realidad la imposibilidad de alcanzar garantía absoluta respecto del deseo, del Otro y del ser. En particular, me interesaría situar que el obsesivo intenta resolver un problema ontológico mediante operaciones epistemológicas.
No se trata de algo muy novedoso: Alexandre Kojève, en su lectura de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, había pensado algo muy cercano al proponer que la conciencia intenta evitar la negatividad, refugiándose en formas abstractas del saber. ¿Podemos pensarlo para un sujeto que posterga indefinidamente el acto mediante mediaciones intelectuales?
También podríamos hacernos eco de Heidegger, que critica justamente la tradición metafísica occidental como intento de asegurar el ser mediante presencia y dominio conceptual. Así que en términos heideggerianos, podemos decir que el obsesivo, en su afán de garantizar el ser mediante control reflexivo, queda atrapado en la representación.
La analogía de la línea en La República de Platón es una herramienta extraordinaria para pensar estructuras clínicas, porque no describe solamente “grados de conocimiento”, sino distintos modos de relación con la verdad, con la falta y con el ser. Y en la neurosis obsesiva esto adquiere una potencia clínica enorme.
El paradigma —o analogía— de la línea aparece en el libro VI y constituye uno de los modelos epistemológicos más importantes de la filosofía occidental. Allí Platón intenta explicar los distintos niveles del conocimiento humano y la relación entre el pensamiento y la realidad.
La imagen propuesta consiste en una línea dividida en segmentos desiguales, donde cada parte representa un grado de realidad y, correlativamente, un modo de conocimiento. La línea se divide primero en dos grandes regiones: el mundo sensible o visible, y el mundo inteligible.
Cada una de estas regiones vuelve a subdividirse, dando lugar a cuatro niveles. Cada nivel implica un tipo de objeto, una forma de verdad, una modalidad subjetiva, y podríamos agregar: una defensa específica frente a lo real. Vamos a tratar de desarrollar esto, "en clave obsesiva".
Se trata del nivel más bajo del conocimiento, según Platón. El sujeto se relaciona aquí con imágenes, sombras, reflejos o simulacros. No se trata todavía de las cosas mismas, sino de representaciones de ellas. Platón utiliza ejemplos como sombras proyectadas, imágenes reflejadas en el agua, apariencias.
La eikasía se caracteriza por un conocimiento inestable y engañoso, basado en la percepción superficial. El sujeto toma las imágenes como si fueran la realidad misma. Este nivel anticipa la célebre alegoría de la caverna, donde los prisioneros confunden sombras con verdad.
Aquí el sujeto se relaciona con imágenes, fantasías, rumores, representaciones y no con las cosas mismas.
En la obsesión esto aparece de manera muy clara: el obsesivo muchas veces no se relaciona con el acto ni con el deseo directamente, sino con representaciones del deseo. Es el sujeto que piensa, dramatiza o anticipa el acto, pero nunca actúa. Vive en una especie de “teatro interior”.
La famosa rumiación obsesiva pertenece muchísimo a este plano: no trabaja sobre la realidad sino sobre duplicaciones imaginarias de la realidad. En los consultorios escuchamos cosas como “¿Y si en verdad quise matar a alguien?”, “¿Y si secretamente deseo esto?”, “¿Y si soy perverso?”, “¿Y si contaminé a alguien?”
No importa tanto el hecho, lo decisivo es la proliferación de imágenes mentales. Acá el pensamiento se autonomiza del mundo y el obsesivo queda capturado por sombras de actos.
Esto se parece mucho a lo que el psicoanálisis describe como aislamiento: la representación separada del afecto y convertida en objeto de inspección infinita.
Dato clínico: La intervención en este nivel no apunta a discutir la veracidad de las imágenes obsesivas, sino a modificar la posición del sujeto respecto de ellas. El problema no reside en el contenido de las representaciones sino en el estatuto de realidad que adquieren para el sujeto. Se trata entonces de introducir una diferencia entre pensamiento y acto, entre fantasía y decisión, restituyendo la dimensión del afecto, del deseo y de la experiencia por fuera del circuito cerrado de la rumiación imaginaria.
Podemos "desustancializar" la imagen diciendo “Que algo aparezca en el pensamiento no lo convierte en intención.” O incluso “Parece que la escena te angustia más por haber aparecido que por la posibilidad real de hacerla.”
También podemos intentar desplazar el foco, del supuesto peligro externo al funcionamiento psíquico. Ej. “Da la impresión de que ese pensamiento quedó más activo que la situación real.”. Entonces puede ser útil interpretar la puesta en escena, la anticipación ó la proliferación narrativa. Siempre intervenir sobre la escena misma y no sobre su contenido moral.
El obsesivo tiende a convertir cada pensamiento en signo a descifrar, por lo que hay veces en que hay que cortar con la compulsión interpretativa. Esto es porque el obsesivo queda capturado no sólo por la imagen, sino por la exigencia de resolverla definitivamente.
En este segundo nivel el sujeto ya se relaciona con objetos concretos del mundo sensible, por ejemplo animales, plantas, objetos materiales, cuerpos. Existe aquí una mayor estabilidad que en la eikasía, pero todavía se permanece dentro del terreno de la opinión (doxa). El conocimiento depende de la percepción sensible y no alcanza todavía la esencia de las cosas.
La pistis supone confiar en la realidad visible, creer en la consistencia del mundo, aunque esa realidad continúa siendo cambiante y contingente.
En la obsesión este nivel aparece en los famosos rituales, los controles, verificaciones y la necesidad de certeza empírica.
El obsesivo intenta apoyarse en “hechos”, entonces revisa la puerta, controla si cerró la llave de gas, guarda pruebas, archiva mensajes, busca garantías... Acá el sujeto cree que la verdad puede obtenerse mediante verificación exhaustiva. La operación obsesiva típica sería “si reviso suficientemente, eliminaré la duda”. Pero ocurre lo contrario: cada comprobación agranda el agujero de incertidumbre. ¿Por qué? Porque la duda obsesiva no es cognitiva, sino ontológica. Al obsesivo no le falta información, sino garantía de ser. Y entonces, ningún objeto visible le alcanza.
En términos platónicos, diríamos que el obsesivo intenta resolver un problema del orden inteligible permaneciendo preso del mundo sensible. Es un error estructural de registro.
Dato clínico: Acá las intervenciones cambian bastante respecto de la eikasía, porque ya no estamos ante la proliferación imaginaria pura sino ante un intento de estabilización mediante objetos concretos y verificaciones empíricas. El obsesivo ya no está solamente capturado por sombras mentales, sino por operaciones destinadas a producir certeza en el mundo sensible.
La idea no es prohibir el ritual moralmente, sino hacer visible su estructura. Porque muchas veces el sujeto todavía cree que el problema es cuantitativo: revisar más, pensar más, confirmar más. La intervención apunta a mostrar que el mecanismo mismo alimenta la incertidumbre.
El ritual obsesivo intenta resolver una inseguridad estructural mediante objetos visibles. El objeto funciona como soporte de una exigencia de certeza absoluta, entonces las intervenciones pueden apuntar a separar el hecho de la necesidad subjetiva de garantía.
La cuestión no es eliminar la incertidumbre, sino trabajar la imposibilidad de erradicarla completamente. Esto es para que la transferencia puede volverse una maquinaria de verificación. Se le puede marcar al paciente que su problema no desaparece cuando obtiene la verificación, incluso indagar qué le pasa cuando aparece el mínimo margen de duda.
Con la diánoia ingresamos en el mundo inteligible. Aquí el pensamiento ya no depende directamente de los sentidos, sino que opera mediante razonamientos, hipótesis y deducciones.
La matemática es el ejemplo privilegiado de este nivel. El pensamiento matemático trabaja con entidades abstractas y relaciones lógicas que no pertenecen al mundo sensible.
Sin embargo, la diánoia todavía parte de supuestos no cuestionados. Utiliza hipótesis como punto de partida y razona a partir de ellas. Por eso, aunque representa un grado superior de conocimiento, aún no constituye la forma más alta del saber, porque aunque ya no depende tanto de lo visible, todavía necesita apoyos y supuestos.
Este nivel es fascinante para pensar la lógica obsesiva porque probablemente sea su hábitat privilegiado. El obsesivo suele tener una relación hipertrófica con la racionalización: analiza, deduce, calcula, anticipa, arma sistemas, busca coherencia absoluta, etc.
La neurosis obsesiva tiene algo profundamente “geométrico”, una pretención de construir un universo sin contradicción, como si pudiera existir una deducción total que eliminara la castración, la contingencia, el azar y el por supuesto, el deseo.
El pensamiento obsesivo muchas veces funciona mediante una compulsión lógica: “Si logro pensar suficientemente bien, no sufriré.”, “Si encuentro la formulación correcta, el deseo quedará dominado.”
Esto es muy platónico en un sentido paradójico: el obsesivo ama la abstracción, pero la usa defensivamente. es decir, no la usa para acercarse a la verdad, sino para evitar el encuentro con ella.
La diánoia obsesiva produce laberintos infinitos, porque cada hipótesis genera otra hipótesis. Y entonces, en los consultorios aparecen los obsesivos cansados de pensar, porque nunca concluye, nunca decide y nunca termina. Es el sujeto atrapado en el “todavía falta pensar un poco más”. Acá aparece algo importantísimo: la obsesión convierte el pensamiento en sustituto del acto. Pensar ocupa el lugar de vivir.
Existe un antecedente importante de Wilfred Bion para sostener esto. Bion distingue entre conocimiento vivo y conocimiento defensivo. Para él, ciertas formas de pensamiento funcionan no para conocer la verdad emocional sino para evacuarla o evitarla.
Dato clínico: Acá la clínica entra en un terreno particularmente delicado, porque la "diánoia obsesiva" suele presentarse bajo una apariencia de enorme lucidez, profundidad o sofisticación intelectual. Muchas veces son pacientes extremadamente inteligentes, con gran capacidad de abstracción y análisis. El problema no es el pensamiento en sí mismo, sino la función defensiva que adquiere.
El pensamiento deja de ser una vía de elaboración para transformarse en aplazamiento del acto, evitación del deseo, neutralización de la angustia e intento de dominio absoluto. La intervención clínica entonces no apunta a “pensar mejor”, porque el obsesivo ya piensa demasiado. Tampoco a competir intelectualmente con él, ya que eso suele reforzar el circuito interminable de racionalización.
La cuestión es intervenir sobre la posición subjetiva respecto del pensamiento. Entonces una intervención central consiste en hacer visible que el pensamiento no está conduciendo a una conclusión sino sosteniendo una circularidad. Recuerdo un caso, donde el paciente logra nombrar "la manivela" a su compulsión intelectual, lográndola diferenciar de una búsuqueda genuina.
Si la transferencia lo permite, puede intervenirse sobre la función defensiva misma del razonamiento. El obsesivo suele presentar el exceso de pensamiento como búsqueda de verdad, prudencia o responsabilidad, pero muchas funciona como defensa frente al deseo, al acto y a la castración. Se puede preguntar en qué medida tanto pensar le ahorra el momento de decidir...
Otra intervención puede apuntar a esos supuestos no cuestionados, ya que la diánoia trabaja desde hipótesis que ella misma no interroga. El obsesivo también, porque si uno sigue su lógica, notará que estos pacientes parten de axiomas invisibles. Por ejemplo, que para actuar debe poder estar completamente seguro, o que debería poder controlar totalmente sus deseos, o que si piensa de forma suficiente, evitará sufrir. Entonces una intervención muy potente puede consistir en interrogar el supuesto mismo. ¿Existe la certeza absoluta? ¿Por qué habría que controlar el deseo? Esto desplaza el trabajo desde las conclusiones hacia las premisas inconscientes.
En Platón este es el nivel más alto y supremo del conocimiento. La noesis consiste en la captación directa de las Ideas o Formas, especialmente de la Idea del Bien, que para Platón constituye el fundamento último de toda verdad y toda realidad.
Aquí el pensamiento ya no depende de imágenes ni de hipótesis, sino que alcanza los principios mismos. La noesis representa el conocimiento filosófico en sentido pleno:
- universal,
- necesario,
- estable,
- verdadero.
Para Platón, es el punto culminante del ascenso del alma desde el mundo sensible hacia el inteligible, mediante la visión de la realidad.
Ahora bien, ¿A qué podría equivaler a esto en la clínica? No sería una “certeza intelectual”, sino justamente lo contrario. En psicoanálisis, podría pensarse como un acceso a una verdad subjetiva que no pasa por el control obsesivo. Se trata de un saber que incluye la falta, el límite y la inconsistencia.
El obsesivo teme profundamente esta dimensión porque allí cae el espejismo de dominio. De esta manera, la noesis implicaría aceptar que no todo puede pensarse, que no hay garantía absoluta, que el deseo no es completamente deducible y que que el Otro no posee la respuesta final (la castración en el Otro).
Es decir, la salida de la obsesión exige cierta caída del ideal platónico de totalización lógica. No confundamos los analistas: el obsesivo parece “muy racional”, pero en realidad idolatra una razón imposible. Quiere una razón absoluta, sin resto. Y justamente allí fracasa.
Para Platón, el ascenso culmina en una Idea suprema. Para el psicoanálisis, en el centro hay una falta.
El obsesivo sufre al querer convertir el deseo en sistema lógico, pero falla al incluir este último una grieta imposible de suturar. Y cuanto más intenta cerrarla, más se expande el pensamiento compulsivo.
Y eso es precisamente lo que el obsesivo intenta postergar indefinidamente, como defensa.



