jueves, 12 de marzo de 2026

La repetición en la clínica psicoanalítica

La repetición constituye una coyuntura clínica prácticamente inevitable en la práctica analítica. Sin embargo, también aparece con frecuencia en otros campos de la clínica, como la psicología, la psiquiatría e incluso la medicina en general. La diferencia fundamental no radica en su presencia, sino en la manera en que cada disciplina decide abordarla.

Desde esta perspectiva, puede plantearse cierta ineficacia clínica en los enfoques conductuales cuando intentan tratar la repetición, en la medida en que tienden a reducirla a un fenómeno observable ligado a comportamientos o a series de conductas. Aquello que aparece en la superficie como una conducta repetitiva no es más que un efecto visible de algo que se juega en otro plano.

¿Cómo aborda entonces el psicoanálisis la repetición? En primer lugar, se sirve de ella, particularmente de su manifestación en la transferencia. Esto implica que el analista no busca suprimir la repetición de manera directa, sino llevarla al terreno del discurso para poder aislar los significantes que no solo la componen, sino que también la organizan y le dan estructura.

De este modo, el trabajo analítico no consiste simplemente en detenerse en aquello que el sujeto repite, sino en interrogar qué es lo que está actuando en la escena que se reitera. Para ello es necesario remontarse al lazo primario del niño con el Otro, vínculo que se articula alrededor de tres ejes fundamentales: la demanda, el deseo y el goce.

Abordar la repetición únicamente desde el nivel de la conducta implica quedarse en el plano de los efectos. En cambio, la posibilidad de producir una verdadera modificación pasa por incidir en aquello que la sostiene en su base: la fijación pulsional que sostiene su montaje fantasmático.

miércoles, 11 de marzo de 2026

La noción de urgencia en psicoanálisis

María Moliner define el verbo urgir como aquello que apremia al sujeto. No se trata solo de algo que lo condiciona, sino de una exigencia que se impone con fuerza y que, en el plano fenomenológico, suele acompañarse de una cierta precipitación temporal.

Desde la perspectiva del psicoanálisis, la urgencia interroga el funcionamiento de aquello que, en el sujeto, opera como defensa frente a la irrupción pulsional. En este sentido, podría pensarse que la urgencia señala un momento en el que esas defensas —utilizando un término freudiano— dejan de operar con la eficacia habitual, se interrumpen o atraviesan algún tipo de alteración.

Así, en psicoanálisis, una urgencia puede dar cuenta de un estado o de un contexto específico en la vida de una persona en el que el entramado significante que la sostenía vacila. Cuando ese soporte simbólico se debilita, el sujeto puede quedar expuesto, sin recursos, frente a la irrupción de la pulsión.

No obstante, también es posible vincular la urgencia con ciertos momentos decisivos en la constitución subjetiva, particularmente en aquellos tiempos en los que el sujeto se confronta con la asunción de una posición sexuada. Bajo esta perspectiva, la urgencia puede pensarse como el signo de un sujeto que se encuentra urgido por la pulsión.

De este modo, la urgencia no sería necesariamente algo opuesto al equilibrio o a la homeostasis, sino más bien la forma clínica en la que se manifiesta aquello que Freud ya había señalado como imposible de dominar plenamente. Pensada desde esta perspectiva, surge entonces una pregunta: ¿la urgencia debe considerarse como algo necesario en la economía psíquica o como un fenómeno contingente?

¿Qué es la negatividad en filosofía?

 El concepto de negatividad es uno de los más importantes y polisémicos de la filosofía moderna y contemporánea. No todos lo usan en el mismo sentido, pero aparece siempre ligado a la idea de ausencia, falta, límite, contradicción o experiencia de ruptura. En general, la negatividad designa que lo que es sólo puede comprenderse a partir de lo que no es, y que la realidad tiene una dimensión estructural de “no plenitud”.

Hegel es el gran filósofo de la negatividad. Para él, la realidad no es estática: se despliega a través de contradicciones internas. La negatividad es la falta o contradicción que hace avanzar el concepto, lo que quiebra una identidad y la obliga a transformarse. También es el motor del devenir.

Ejemplo hegeliano típico: Una identidad (A) contiene algo que la niega (no-A). Esa negación no la destruye, sino que la supera (Aufhebung) en una nueva forma más compleja.

Negatividad = fuerza interna que rompe y al mismo tiempo impulsa.

Kierkegaard, Nietzsche trabajan la negatividad existencial. Aquí la negatividad no es dialéctica, sino vital o existencial.
  • En Kierkegaard, la negatividad es la experiencia de angustia, paradoja, salto al vacío, la incapacidad del yo de coincidir consigo mismo.

  • Nietzsche, por su parte, critica la negatividad como “nihilismo reactivo”, una moral que niega la vida. Para él, lo importante es afirmar, no negar.

En estos autores, la negatividad es un modo de relación con el vacío o la angustia.

Para la fenomenología y hermenéutica, la negatividad aparece como límite de la presencia. Autores como Husserl, Heidegger, Merleau-Ponty, Sartre trabajan la negatividad como aquello que hace posible la aparición de lo que aparece.

Particularmente, Heidegger establece que la negatividad es el no-ser, la posibilidad de no ser, la muerte, la nada que estructura al Dasein. La famosa conferencia ¿Qué es la metafísica? desarrolla la idea de la nada como aquello que hace patente al ser.

En Sartre, la negatividad es constitutiva de la conciencia: la conciencia es nada, porque siempre es distancia respecto de sí misma. Ej.: “no encuentro a Pierre en el café”: lo ausente organiza lo presente. La libertad surge de esa negatividad: nunca estamos clausurados en lo que somos.

Para Merleau-Ponty, la negatividad está en la incompletud del cuerpo, en las zonas de sombra, las ambigüedades de la percepción.

En todos, la negatividad es condición estructural del aparecer: no se ve lo que no está, pero lo que no está estructura la experiencia.

En psicoanálisis (particularmente Lacan), la negatividad como falta constitutiva. Aunque no es filosofía estricta, su conceptualización influyó en muchos filósofos.

El sujeto surge como efecto de una falta, de una castración simbólica. No hay sujeto sin negatividad: lo que somos está determinado por lo que nos falta, por el vacío alrededor del cual se organiza el deseo. Lacan se apoya en Hegel, Kojève, Heidegger, Sartre. Para Lacan la negatividad está en la estructura de la falta-en-ser del sujeto.

Adorno y la Teoría Crítica: negatividad como resistencia

Adorno retoma a Hegel pero sin reconciliación dialéctica. Para él, el el pensamiento debe mantener la negatividad, no aceptar “totalidades cerradas” y preservar lo que el sistema no integra. Es una negatividad crítica, que denuncia.

Derrida y la deconstrucción: negatividad como diferimiento

La negatividad se vuelve diferenciahuellalo que falta y desplaza todo sentido pleno. Derrida piensa la negatividad como la imposibilidad de un sentido pleno o de una presencia autocontenida.

Bataille, Blanchot y la negatividad radical

Para estos autores, la negatividad aparece como experiencia de límite, exceso, muerte, gasto improductivo (Bataille),ndesobra, imposibilidad de cierre (Blanchot).

Es una negatividad ligada a lo inasimilable.

Deleuze (y lo post-hegeliano): crítica a la negatividad

Deleuze rechaza la negatividad como modelo: La negatividad “no crea”, es sólo reacción. Propone pensar en términos de producción, diferencia positiva, afirmación, multiplicidad. Critica a Hegel por hacer que todo devenir sea dialéctico y dependiente de lo negativo. Deleuze es filosofía sin negatividad.

Síntesis breve

Negatividad puede significar:

  • contradicción productiva (Hegel),

  • vacío existencial (Kierkegaard, Heidegger, Sartre),

  • falta constitutiva del deseo (Lacan),

  • crítica y resistencia al sistema (Adorno),

  • incompletud del sentido (Derrida),

  • lo inasimilable y límite (Bataille, Blanchot),

  • o ser negada en favor de la afirmación (Nietzsche, Deleuze).

lunes, 9 de marzo de 2026

La duplicación de la falta y la función de la angustia

Si en el nivel sincrónico la estructura significante no incluye aquello que podría otorgarle una identidad plena al sujeto —es decir, si en ella se inscribe una falta constitutiva—, esta se redobla a partir de la carencia que el sujeto encuentra en el Otro, bajo la forma de su deseo. La puesta en forma de esta doble falta permite al sujeto “realizarse” en la misma medida en que puede perderse: entra en la estructura como falta y se realiza como pérdida. Esta serie constituye la condición de posibilidad de aquello que Lacan denomina la causa del deseo.

Nos encontramos así ante lo que podría llamarse una duplicación de faltas. A la falta propia del significante —constitutiva del sujeto— se añade la falta que se desprende del deseo del Otro. Es en la articulación entre ambas donde se organiza la posición subjetiva.

En este contexto, la angustia aparece como la dimensión clínica que ordena este planteo. La pérdida introduce la posibilidad de un alojamiento para el sujeto en la medida en que este dirige al Otro una pregunta fundamental: “¿Puedes perderme?”. Esta pregunta sólo se verifica a partir de la angustia que pudiera suscitarse en el Otro, angustia que se convierte entonces en un signo para el sujeto.

El valor clínico de la angustia se sostiene en su propia definición: es un afecto. Y, como tal, constituye el efecto de que no todo queda significado por el significante. De allí que pueda decirse que la angustia es un afecto que proviene de lo real, señalando precisamente el punto donde el orden simbólico encuentra su límite.

La dimensión económica y la subversión freudiana del psiquismo

La metapsicología freudiana constituye uno de los aportes más decisivos del pensamiento de Freud. Al proponer considerar el aparato psíquico desde tres dimensiones —la tópica, la dinámica y la económica—, Freud establece una forma completamente novedosa de abordar el psiquismo, produciendo una ruptura con las concepciones psicológicas que lo precedían.

Durante la década de 1960, la llamada psiquiatría dinámica retomó parcialmente este planteo al incorporar en su marco teórico las dimensiones tópica y dinámica, pero dejó de lado la dimensión económica. A partir de esta omisión puede inferirse que lo verdaderamente radical y subversivo del descubrimiento freudiano reside precisamente en el lugar que ocupa lo económico en la constitución del sujeto hablante.

Este desplazamiento implica también un vaciamiento cualitativo del campo de lo traumático, ya que permite situar que, para el ser hablante, lo traumático no depende simplemente del contenido de una experiencia, sino de su incidencia económica, es decir, del modo en que las cantidades de excitación afectan al aparato psíquico.

Leída desde esta perspectiva, la noción de trauma remite necesariamente a una determinada configuración de la sexualidad. Mientras que frente a un estímulo externo la huida puede constituir un recurso eficaz para evitar el peligro o el obstáculo, frente al estímulo interno —la pulsión— la huida resulta definitivamente imposible.

A partir de este punto se abre una interrogación que atraviesa tanto la obra de Freud como la enseñanza de Lacan: ¿cómo incidir sobre ese componente económico que se muestra, en gran medida, refractario a la palabra?. Esta pregunta permite situar algunas de las especificidades de la praxis psicoanalítica, precisando no sólo las condiciones de su eficacia, sino también los impasses y obstáculos que la atraviesan.

La supervisión en psicoanálisis: una práctica orientada por la pregunta

¿Qué es una supervisión? Desde un punto de vista estructural, comparte la misma forma que un análisis. De hecho, en ciertos momentos Jacques Lacan la denomina “análisis de control”. En ella también encontramos a alguien que habla y a alguien que escucha. El supervisor —el analista con quien se decide controlar los casos— ocupa efectivamente la posición del analista. Sin embargo, existe una diferencia fundamental: en la supervisión no está en juego la subjetividad de quien habla, sino un caso de su práctica clínica.

Ahora bien, ¿de qué depende la decisión de supervisar? ¿Se supervisa cuando se ha acumulado mucho material? ¿O cuando recién se comienza a escuchar a un paciente, para poder trazar una línea de trabajo que oriente la dirección de la cura? En realidad, se acude a supervisión cuando, sabiéndolo o no, se formula una pregunta. Esa pregunta surge generalmente a partir de los impasses de la práctica, cuando el analista se encuentra con algo que hace obstáculo. Muchas veces esto se expresa como un “no saber qué hacer” o un “no saber cómo intervenir”.

Si bien antes señalamos que en la supervisión no está en juego la subjetividad del analista, puede decirse que en ciertas ocasiones lo que aparece es un punto ciego de su propio análisis. Algo de su subjetividad se filtra, no necesariamente por una falla ética, sino por el momento particular de su formación. Puede tratarse de algo que todavía no está en condiciones de escuchar y que se le presenta entonces como un problema clínico, o bien de algo que sí logra escuchar pero respecto de lo cual aún no ha podido dar el paso lógico siguiente: elaborar una estrategia que permita intervenir sobre ello. Con frecuencia, una o varias de estas cuestiones son las que llevan a alguien a supervisar.

En lo esencial, la supervisión se organiza alrededor de una pregunta, un interrogante o un problema que toma forma. Por eso, que alguien sostenga la práctica del psicoanálisis sin supervisar —o que considere no necesitar hacerlo— puede ser indicio de que esa pregunta no ha llegado a formularse. Y cabe entonces interrogarse: ¿hasta qué punto es posible ocupar la posición del analista cuando se tienen más respuestas que preguntas?.

La lógica del inconsciente en la enseñanza inicial de Lacan

En los comienzos de su enseñanza, Jacques Lacan retoma algunos textos fundamentales de Sigmund Freud —La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana y El chiste y su relación con el inconsciente— porque en ellos encuentra la dimensión propiamente lingüística del inconsciente. Esta lectura le permite sostener su célebre aforismo según el cual el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Así, allí donde Freud había descrito los mecanismos de condensación y desplazamiento, Lacan introduce las nociones de metáfora y metonimia, precisando de este modo la lógica del significante a través de la función de la palabra.

Desde esta perspectiva, el inconsciente no debe pensarse como un caos, sino como un campo organizado por una legalidad propia. Es en esa lógica donde debe apoyarse la estructura de la interpretación analítica. Interpretar, entonces, no equivale a traducir, explicar ni completar el sentido. La interpretación se sitúa más bien entre la cita y el enigma, y constituye una apuesta del lado del analista: la de producir un efecto de división y de no-saber allí donde el paciente se presenta sostenido por certezas.

Lacan pone en acto esta lógica del inconsciente incluso en la forma misma de sus escritos. Estos aparecen como una compilación de textos cuyo orden temporal se ve alterado por la inclusión del “Seminario sobre La carta robada al comienzo del volumen. Aunque no sea cronológicamente el primero de sus trabajos, ocupa ese lugar inicial por una razón precisa: allí Lacan desarrolla y formaliza con detalle la lógica que gobierna el proceso inconsciente, una lógica que trasciende la simple dualidad. Se trata, en principio, de una lógica ternaria que, con la introducción de la dimensión temporal, se amplía hacia una estructura cuaternaria.

Por esta razón, la organización de los Escritos no responde a una simple progresión cronológica. Más bien presenta una genealogía conceptual, en la que cada noción se despliega y se transforma en relación con los impasses de la práctica analítica a los que intenta responder. Los conceptos no se separan de la praxis, sino que se sostienen en ella y la orientan.

A lo largo de los Escritos se mantiene, en última instancia, un único debate: aquel que se inscribe en la tradición crítica de la Ilustración. Este conjunto de textos constituye así el espacio y el tiempo de un desarrollo teórico donde se despliega una lógica capaz de dar cuenta de la subversión que el psicoanálisis introduce en la noción de sujeto.