jueves, 12 de febrero de 2026

El analista no se detiene en el sentido del discurso

Desde muy temprano en su enseñanza, Lacan manifiesta la aspiración de abordar lo que acontece en un análisis en términos de estructura. En esa perspectiva se inscribe su formalización del concepto de discurso, noción que no coincide con lo efectivamente pronunciado por el sujeto.

Si distinguimos —como lo hace Lacan— entre enunciado y enunciación, el discurso no puede reducirse a lo dicho. Lo que el sujeto formula en el nivel del enunciado no agota aquello que se juega en el acto de decir. Surge entonces una pregunta decisiva: ¿qué es lo que escucha un analista?

Podríamos comenzar por señalar aquello a lo que no dirige su atención privilegiada. El analista no se orienta por el sentido manifiesto del discurso. Su escucha no está comandada por la coherencia narrativa ni por la significación consciente que el sujeto atribuye a sus palabras.

Por el contrario, la escucha analítica se dirige hacia los significantes que resultan determinantes en la historia del sujeto. A partir de la atención flotante —esto es, no privilegiando ningún elemento del discurso por su valor de sentido— el analista puede aislar aquellos términos que, más allá de lo que quieren decir, operan como puntos de fijación. Son esos significantes los que permiten ir reconstruyendo la cadena significante inconsciente, entendida como el discurso del Otro.

Ahora bien, ¿cómo se hace posible esta escucha? Los significantes decisivos no aparecen como tales en la continuidad armónica del relato. Se manifiestan, más bien, en momentos de vacilación: allí donde el sentido se quiebra, donde irrumpe una discontinuidad, un tropiezo, una formación que desajusta la gramática o fractura la coherencia del discurso.

En esos puntos —lapsus, equívocos, repeticiones insistentes, formulaciones antigramaticales— se evidencia algo que excede al yo y a su intención comunicativa. Se trata de irrupciones que desorganizan el discurso del moi, revelando que el sujeto no coincide consigo mismo y que el sentido no es soberano.

Así, la escucha analítica no persigue la comprensión sino la estructura. No apunta a completar el sentido, sino a localizar sus fallas. Allí donde el discurso se resquebraja, el inconsciente hace oír su lógica.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Del teatro de la mirada a la intimidad de la palabra: el contexto de surgimiento del psicoanálisis

El psicoanálisis no surge en cualquier lugar ni en cualquier momento. Nace en la Viena de fines del siglo XIX y comienzos del XX, capital del Imperio austrohúngaro y uno de los grandes centros culturales de Europa. Allí convergían corrientes artísticas, literarias y científicas que interrogaban los fundamentos de la modernidad y abrían un espacio para nuevas formas de pensar la subjetividad.

Sin embargo, el contexto de surgimiento del psicoanálisis excede el marco vienés. El paso de Freud por París para estudiar con Jean-Martin Charcot en la Salpêtrière resulta decisivo. Es en ese escenario donde Freud entra en contacto con la clínica de la histeria y con un modo particular de abordaje del síntoma.

La clínica de Charcot estaba inscripta en el espacio de lo público: las pacientes histéricas eran presentadas ante un auditorio de médicos y estudiantes, y sus síntomas eran observados, descritos y clasificados bajo la primacía de la mirada. El saber se producía en ese dispositivo escénico donde el cuerpo del paciente quedaba expuesto.

El movimiento freudiano introduce una torsión fundamental: traslada la escena clínica al ámbito privado del consultorio. El psicoanálisis no admite la presencia de un tercero encarnado sin que ello produzca un efecto obsceno; el único tercero posible es la palabra misma. En lugar de la mirada que exhibe, la palabra que se dirige al Otro.

Este desplazamiento inaugura un nuevo estatuto de la intimidad. La posibilidad de hablar sin espectadores abre un espacio confesional en el que el sujeto puede implicarse en su propio síntoma. Ya no se trata de un fenómeno a describir desde afuera —sea en clave orgánica o incluso en una etiología psíquica que no compromete al sujeto—, sino de una formación que porta una verdad cifrada.

Con Freud, el síntoma deja de ser mero objeto de observación para convertirse en un mensaje enigmático que concierne al sujeto mismo. En él se halla inscripto, de manera deformada, el deseo sexual reprimido. El síntoma ya no es simplemente algo que el sujeto padece; es algo que lo involucra íntimamente.

Así, el tránsito entre lo público y lo privado marca el pasaje de una práctica sostenida en la función de la mirada a una praxis fundada en la función de la palabra. Ese desplazamiento no es solo técnico, sino epistemológico y ético: inaugura un nuevo modo de concebir la verdad, el síntoma y la responsabilidad subjetiva.

martes, 10 de febrero de 2026

El malestar y el excedente: condiciones de la demanda analítica

¿Puede sostenerse que la consulta de un sujeto a un analista esté comandada de manera directa y exclusiva por el malestar?

La entrada en la cultura implica necesariamente una renuncia pulsional: por el solo hecho de habitar el campo del lenguaje, el sujeto queda afectado por un déficit estructural en el orden de la satisfacción. Este malestar, inherente a la condición hablante, acompaña al sujeto como correlato del hecho mismo de existir.

Sin embargo, dicha pérdida no se presenta sin contrapartida. La estructura ofrece vías de compensación bajo la forma de los ideales culturales y de las soluciones sublimatorias, a través de las cuales cada sujeto puede hallar modos singulares de satisfacción. En este marco, el malestar estructural puede quedar subsumido en lo que podríamos llamar el dolor de existir, sin que ello conduzca necesariamente a una demanda de análisis.

En la neurosis, la respuesta a ese malestar se organiza mediante una satisfacción supletoria, encuadrada en el fantasma, que permite una cierta recuperación en términos de plus, de excedente. Este plus cumple una función defensiva, en tanto opera como pantalla frente a la castración del Otro y sostiene un equilibrio relativo en la economía subjetiva.

Ahora bien, cuando esta satisfacción fantasmática vacila en su función, el plus deja de operar como sostén y se transforma en un penar de más, en un excedente de dolor que desborda las soluciones habituales del sujeto. Es en este punto donde puede situarse la emergencia de la consulta analítica.

Así, el sujeto no acude al analista simplemente porque sufre —ya que el sufrimiento es consustancial a la existencia—, sino porque se ve afectado por un exceso, por un más de dolor que ya no encuentra tramitación en las compensaciones que hasta entonces funcionaban. La demanda se motoriza cuando la satisfacción supletoria que mantenía a distancia la castración del Otro pierde eficacia y retorna bajo la forma de un penar de más.

Representación y significante: una diferenciación necesaria

 Conviene diferenciar la noción freudiana de representación de lo que Lacan conceptualiza como significante, ya que, aunque en ciertos pasajes se las haga coincidir de manera apresurada, no se trata del mismo concepto.

En Freud, la representación (Vorstellung) pertenece al campo de la metapsicología y se articula de manera privilegiada con la perspectiva económica. La representación es aquello a lo que puede ligarse una investidura: es el soporte psíquico de una carga libidinal. En este sentido, Freud distingue entre la representación de cosa (Sachvorstellung) y la representación de palabra (Wortvorstellung), siendo esta última la que posibilita el acceso a la conciencia y la articulación en el preconsciente. La representación, entonces, no es solo una “imagen” ni un “contenido”, sino un elemento del aparato psíquico susceptible de ser investido, desplazado y ligado.

El significante, tal como lo introduce Lacan a partir de Saussure, no se define por su capacidad de ser investido, sino por su lugar en una estructura diferencial. Un significante no vale por lo que “representa”, sino por su diferencia con otros significantes y por su función de representar al sujeto para otro significante. En este punto se produce un desplazamiento decisivo: mientras que la representación freudiana está pensada en relación con la economía libidinal, el significante lacaniano se inscribe en el orden simbólico y en la lógica del discurso.

Podría decirse que la representación responde a la pregunta por el “qué” de lo psíquico, mientras que el significante responde a la pregunta por el “cómo” se articula el sujeto en el lenguaje. La representación es investida; el significante, en cambio, representa al sujeto y lo divide. Allí donde Freud piensa en términos de ligadura y descarga, Lacan introduce la lógica de la cadena significante y del efecto de sujeto que ella produce.

Esta distinción permite evitar una confusión frecuente: identificar el inconsciente freudiano con un “contenido representacional” ya dado. En Lacan, el inconsciente no es un reservorio de representaciones, sino un efecto de discurso. Si hay representación en Freud, en Lacan hay escritura: una escritura que no remite a un contenido previo, sino a una operación estructural.

Dicho de otro modo, el significante no traduce ni simboliza una representación previa; más bien, es el significante el que produce, retroactivamente, aquello que puede ser representado. Allí se juega una de las diferencias más fecundas entre Freud y Lacan, y también uno de los puntos donde la enseñanza lacaniana radicaliza la metapsicología freudiana sin anularla.

Metapsicología freudiana y eficacia de la palabra: entre ligadura y resto

La metapsicología freudiana se organiza a partir de tres perspectivas fundamentales: la dinámica, la tópica y la económica. Estas no constituyen registros aislados, sino dimensiones articuladas desde las cuales Freud intenta dar cuenta del funcionamiento del aparato psíquico.

En los primeros desarrollos freudianos, la perspectiva tópica adquiere un relieve particular, destacándose por sobre las otras. Sin embargo, progresivamente Freud realiza un desplazamiento que lleva a situar en primer plano la dimensión económica, movimiento que se articula estrechamente con la segunda tópica, en la cual el ello comienza a adquirir un valor preponderante.

Este viraje teórico conduce, a su vez, a una modificación del principio que rige el funcionamiento del aparato psíquico: del principio de placer al más allá del principio de placer. En este segundo tiempo, lo económico se presenta como un montante energético que circula de manera libre, no ligada, fuera de las coordenadas de regulación del placer.

Desde luego, ya en escritos tempranos Freud había vinculado lo económico con lo traumático. No obstante, es a partir de Más allá del principio de placer que esta articulación adquiere un estatuto mucho más sistemático y estructural.

A partir de aquí se vuelve posible interrogar la eficacia de la palabra en psicoanálisis. ¿Por qué la palabra cura? Porque constituye el medio que permite tramitar lo económico en la medida en que lo hace accesible a la ligadura. La palabra introduce un trabajo de enlace allí donde la energía circula sin amarre.

Es en este punto donde se articulan, por un lado, el planteo freudiano de Recordar, repetir y reelaborar y, por otro, la elaboración lacaniana de Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, a través del concepto de rememoración. La rememoración no se reduce al recuerdo de hechos pasados, sino que designa un trabajo simbólico que la palabra hace posible.

Por su lógica y su materialidad, la palabra permite al sujeto no solo tamizar lo traumático de lo económico, sino también resignificar los acontecimientos relevantes de su historia. Es a esto a lo que Lacan se refiere cuando habla de “la asunción por parte del sujeto de su historia”.

En este sentido, la palabra cura porque liga, porque tramita. Sin embargo, no todo es susceptible de ser simbolizado. Existe un resto que es estructuralmente refractario a la palabra, y que obliga a repensar los instrumentos clínicos para operar allí donde la palabra no alcanza. Es en ese límite donde el psicoanálisis se confronta, una vez más, con lo real.

lunes, 9 de febrero de 2026

Identificación, Ideal y castración: el lazo edípico como operación simbólica

No es un dato menor que Lacan, siguiendo en este punto a Freud, sitúe una identificación como resultado, como salida del tránsito edípico, precisamente en aquello que este recorrido tiene de configurante de la posición del sujeto.

Se trata del significante del Ideal, que viene a englobar las insignias fálicas que el sujeto detenta para dirigirse al cuerpo de un otro. Estas insignias no remiten a un objeto concreto, sino a marcas simbólicas que orientan el deseo y hacen posible el lazo.

María Moliner define la insignia como atributo, distintivo, enseña o incluso bandera. Pensar esta instancia en términos de identificación implica subrayar su valor relacional: la identificación dice de un vínculo, de un lazo. Y es justamente en este punto donde se juega el carácter configurante del tránsito edípico, en tanto forja en el sujeto un modo singular de enlazarse con el Otro y con los otros. En este sentido, la identificación expresa una relación de deseo.

Pero no solo eso: también expresa una relación de demanda y, asimismo, un vínculo pulsional. Estas tres dimensiones —deseo, demanda y pulsión—, tal como se articulan en la estructura del grafo del deseo, dan cuenta de la incidencia de la castración en la constitución subjetiva.

Para que el vínculo entre la castración y aquello que funciona como su pantalla despliegue toda su potencia, resulta indispensable situar su resorte fundamental: el significante. Se trata de una estructura que, por su preexistencia, sostiene la dialéctica de la castración y permite sustraerla del plano de la anécdota o del relato edípico entendido como “cuento”.

Desde este plafond, la castración se afirma como una operación simbólica que funda el lugar del deseo. No recae sobre un órgano —Lacan es explícito al respecto—, sino sobre el significante. Su campo es el discurso de la madre y, en consecuencia, incide sobre la posición del niño como falo para el deseo materno. Pensada de este modo, la castración queda despejada de toda imaginería que, a veces sin la debida honestidad intelectual, conduce a homologar el falo con el pene.

La identificación en Freud y Lacan: operación de lazo y punto de oscuridad

Llamativamente, la identificación no figura entre los conceptos fundamentales del psicoanálisis tal como Lacan los enumera. Sin embargo, tanto en la obra de Freud como en la del propio Lacan, este concepto ocupa un lugar de elaboración sostenida y decisiva a lo largo del tiempo.

En la enseñanza de Lacan, la identificación es abordada desde múltiples referencias. Uno de los rasgos que más subraya del planteo freudiano es, precisamente, la oscuridad que rodea al concepto mismo. Hay en la identificación algo difícil de aislar, de delimitar con precisión, algo que resiste una clarificación completa.

Es a partir de no reducirla a lo especular que Lacan puede pensar la identificación como una operación. Una operación que no solo enlaza al sujeto con el semejante, sino fundamentalmente con el Otro. En este punto se retoma la distinción freudiana entre los distintos estatutos de la identificación, tal como aparece en Psicología de las masas y análisis del yo.

Freud distingue allí tres modalidades de identificación. La más notoria es la identificación originaria, primera, anterior a toda elección de objeto y previa a cualquier diferenciación sexual. Es en este nivel de la identificación primaria donde la oscuridad del concepto se vuelve más patente: no se trata de una imitación ni de una incorporación consciente, sino de una operación estructurante cuya lógica no resulta transparente.

Lacan recoge esta opacidad y la reinscribe a partir del Seminario 9, cuando se propone separar radicalmente la identificación de toda forma de egomimia. Abordada desde una perspectiva topológica, la identificación puede entonces pensarse como una operación de lazo. Y es justamente allí donde se renueva la dificultad: si se trata de una operación, ¿es posible representarla?, ¿cómo escribirla?

La identificación es la operación que permite que, allí donde el Otro no dispone del significante que nombre al sujeto, éste pueda, a partir de algo encontrado en el Otro, hacer lazo, encontrar un punto de apoyo, “hacer pie”. No se trata de una identificación a una imagen, sino de una inscripción mínima que hace posible la consistencia del lazo.

No es casual, entonces, que en el mismo seminario en el que Lacan sitúa la identificación como una operación de enlace, emprenda también una elaboración decisiva sobre el nombre propio. Esto le permitirá pensar la articulación entre identificación, rasgo y función del nombre, abriendo una vía para formalizar ese punto opaco donde el sujeto se enlaza al Otro sin quedar reducido a la imagen del yo.