lunes, 2 de febrero de 2026

De la pluralidad de las fantasías al fantasma fundamental

Tanto en Freud como en Lacan puede rastrearse un movimiento teórico preciso: el pasaje desde la multiplicidad de las fantasías hacia la formulación de una fantasía —o fantasma— fundamental. Este tránsito no responde a una simplificación del material clínico, sino a la necesidad de dar cuenta de una constante estructural allí donde, en la experiencia analítica, se verifica una gran variabilidad de escenas, relatos y producciones fantasmáticas.

En Freud, este problema se manifiesta como una interrogación persistente en torno al estatuto de lo constante. A lo largo de su obra, Freud se enfrenta reiteradamente con la pregunta por aquello que insiste más allá de la diversidad de los contenidos fantaseados. Es recién en “Pegan a un niño” donde logra articular de manera decisiva el vínculo entre fantasía, pulsión y repetición. Allí, la fantasía deja de ser pensada como una mera escena imaginaria para adquirir un valor estructural: se convierte en un dispositivo que organiza la satisfacción pulsional y da cuenta de la insistencia repetitiva que atraviesa la vida psíquica.

Este texto marca un punto de inflexión, ya que la fantasía aparece como una construcción que no solo encubre o representa un deseo, sino que participa activamente en la economía pulsional del sujeto. La repetición no se explica por el contenido manifiesto de la fantasía, sino por la posición que el sujeto ocupa en ella y por la modalidad de goce que allí se juega.

En Lacan, el recorrido presenta una lógica análoga, aunque reformulada en términos estructurales y significantes. Partiendo inicialmente de la pluralidad de los fantasmas —tal como puede verse, por ejemplo, en el esquema L—, Lacan avanza progresivamente hacia la formalización del fantasma fundamental. Este pasaje se consolida a partir de la elaboración del grafo del deseo, donde el fantasma queda articulado a una redefinición tanto del deseo como del estatuto del objeto.

En este contexto, el objeto deja de ser pensado como un objeto empírico o imaginario para adquirir la función de objeto a, resto irreductible de la operación significante. El fantasma fundamental se configura entonces como la matriz que sostiene la relación del sujeto con ese objeto, organizando su modo singular de desear y de gozar. No se trata de una fantasía entre otras, sino de una estructura que soporta y da consistencia a la multiplicidad de las formaciones fantasmáticas.

Desde esta perspectiva, se vuelve posible considerar la fantasía como un antecedente tanto conceptual como clínico del fantasma. Mientras que las fantasías aparecen en la clínica bajo formas diversas, móviles y contingentes, el fantasma fundamental condensa una lógica más estable, que orienta la repetición y fija la posición subjetiva frente al deseo del Otro.

Así, el pasaje de la pluralidad de las fantasías al fantasma fundamental no implica una reducción del material clínico, sino su formalización. Permite captar aquello que, más allá de la variabilidad de los escenarios fantaseados, permanece como soporte estructural del deseo y del goce del sujeto.

Transferencia, poder del Otro e interpretación

Una de las cuestiones fundamentales implicadas en toda demanda analítica es que el sujeto se encuentra estructuralmente dependiente de un Otro. El sujeto, en tanto tal, es efecto de una palabra que le viene “de afuera”; no se constituye como origen del decir, sino como resultado de una operación significante previa. Es por ello que, una vez puesta en funcionamiento la regla fundamental del psicoanálisis, el sujeto tiende a tomar la palabra del analista como proveniente de ese lugar del Otro.

En este punto, la transferencia introduce una exigencia precisa: al analista se le demanda ocupar el lugar del Otro para sancionar el mensaje, corroborarlo, otorgarle sentido y, fundamentalmente, restituir garantías. El sujeto espera que el analista recomponga la consistencia afectada de ese Otro del cual depende su decir. La demanda no apunta simplemente a ser escuchado, sino a obtener una confirmación: que lo dicho “valga”, que tenga un sentido último, que encuentre un punto de anclaje.

Este es, precisamente, el poder que la transferencia le otorga al analista. Se espera de él la sanción del mensaje, su validación, el sentido definitivo, la ilusión de una garantía. La cuestión decisiva no es que ese poder exista —porque existe inevitablemente—, sino qué hace el analista con él. Allí se juega la diferencia crucial entre interpretar y sugestionar.

El analista ocupa el lugar del gran Otro, pero no porque encarne su consistencia, sino por el hecho de detentar el poder discrecional del oyente. Es decir, ocupa ese lugar por la posición que le confiere la escucha, no por el ejercicio de una autoridad. De ningún modo esto implica que el analista actúe desde el lugar del Otro. Por el contrario, escucha desde un lugar que le veda intervenir como garante del sentido. Detenta un poder del que no hace uso.

En este punto se define la lógica misma de la intervención analítica. Lejos de responder a la demanda de sentido, la intervención opera como una torsión. Allí donde al analista se le dirige la demanda por el sentido último del discurso, este devuelve al sujeto su propio mensaje en forma invertida. Donde el sujeto espera una respuesta que concierna a su ser, el analista devuelve una pregunta.

Por eso interpretar no es dar sentido, ni completar el mensaje, ni suturar la falta del Otro. Interpretar es introducir una pregunta que desacomode la expectativa de garantía. Es, en última instancia, poner en acto la pregunta fundamental: “¿quién habla?”. Esta pregunta no apunta a identificar una intención consciente, sino a hacer surgir la heteronomía del decir: el hecho de que la palabra viene del Otro y que el sentido del mensaje depende de lo que allí, en ese lugar, tuvo lugar.

De este modo, la interpretación no restituye la consistencia del Otro, sino que hace aparecer su falla. Y es justamente en esa falla donde el sujeto puede advenir, no como respuesta, sino como efecto del decir.

Del lenguaje al sujeto: operaciones significantes y castración del Otro

Partimos del pasaje que va de la estructura del lenguaje a la constitución del significante en el sujeto. Si bien el significante preexiste en el campo del lenguaje, no por ello está ya dado en el sujeto: su inscripción requiere una operación específica, una mediación que solo puede provenir del Otro. Es en ese punto donde se vuelve decisiva la función del Otro como instancia operante, y no meramente como depósito del lenguaje.

La fórmula lacaniana el inconsciente es el discurso del Otro da cuenta justamente de esta operación. No se trata de un Otro abstracto, sino de alguien que, al ocupar ese lugar y hacer uso del significante para significar, imprime en el sujeto una serie de marcas, huellas y determinaciones. El inconsciente no es entonces un interior psicológico, sino el efecto de una operatoria significante que se ejerce desde el campo del Otro.

La pregunta que se impone es: ¿cuáles son las operaciones significantes necesarias para que el inconsciente, en tanto discurso del Otro, se instituya en el sujeto? Es en este punto donde Lacan retoma y reelabora la herencia freudiana del Edipo, desplazándola de una lógica narrativa o imaginaria hacia una lógica estrictamente significante.

En esta reformulación, ni la madre ni el padre cuentan como personajes empíricos. Lo que importa no son las figuras, sino las funciones. La madre interviene en tanto significante del deseo: es por la vía del deseo de la madre que el sujeto queda inicialmente capturado en la cadena significante. El padre, en cambio, interviene por la vía del nombre, a través del significante del Nombre-del-Padre, que introduce una operación de corte y de ordenamiento en ese campo.

Delimitar estas operaciones —la función del deseo materno y la operación del Nombre-del-Padre— permite situar, en la estructura del grafo del deseo, un pasaje fundamental: aquel que habilita el tránsito desde la cadena del enunciado hacia la cadena de la enunciación. No se trata de un simple cambio de nivel, sino de una transformación estructural en la posición del sujeto respecto del Otro y del significante.

Este pasaje tiene una consecuencia decisiva: la introducción de la castración en el Otro. En el nivel del enunciado, el Otro aparece ilusoriamente como completo, consistente, sin falla. En cambio, en la enunciación se inscribe en el sujeto el significante de una falta en el Otro. El Otro ya no es pleno: está atravesado por una imposibilidad estructural.

Esta castración que afecta al Otro no es un accidente ni un déficit contingente, sino una condición estructural que es consustancial al lugar mismo del sujeto. El sujeto, en tanto efecto del significante, no es otra cosa que esa falta hecha consistencia: el sujeto es la falta significante misma. Es desde allí que puede hablar, desear y quedar dividido por el lenguaje que lo constituye.

El Otro, el dicho y la apoyatura de la palabra

Cuando Lacan afirma que el Otro es el lugar del dicho, subraya la función primordial de la palabra en la experiencia analítica. Esta tesis encuentra una formulación particularmente precisa en L’étourdit, donde sostiene que es el dicho lo que ciñe, lo que produce un borde, en el marco de un trabajo minucioso de reelaboración de la estructura misma de la interpretación. No se trata allí de un simple desplazamiento terminológico, sino de un viraje conceptual que reordena la relación entre palabra, sentido y efecto.

Ahora bien, destacar la primacía del dicho no implica desatender el valor fundante del decir. Ya sea que se lo aborde desde su dimensión modal —en tanto acto— o desde su función nodal —en tanto punto de anudamiento—, el decir conserva un estatuto decisivo. Lo que esta formulación introduce es, más bien, una relación paradojal entre decir y palabra: el decir es a la vez soporte de la palabra y efecto de ella. En esta tensión se juega algo esencial de la práctica analítica, donde no hay palabra sin acto, pero tampoco acto que no deje resto en lo dicho.

Desde esta perspectiva, lo escrito puede pensarse como una precipitación de esa función primera de la palabra. No de una palabra cualquiera, sino de una palabra sostenida por un Otro con nombre y apellido, es decir, por un Otro deseante. La escritura no aparece entonces como un plano autónomo ni como una elaboración puramente formal, sino como el sedimento de una experiencia atravesada por el deseo y por la transferencia.

Así, más allá de las elaboraciones más sofisticadas sobre la escritura, los nudos o las formalizaciones topológicas, el psicoanálisis mantiene dos apoyaturas fundamentales que no abandona: la palabra y el deseo. Ambas sostienen la experiencia analítica en su dimensión más irreductible, recordándonos que no hay clínica sin un decir encarnado, ni transmisión sin un deseo que la anime.

viernes, 30 de enero de 2026

Privación, falta en el Otro y el camino hacia la castración real

Lacan constata en la praxis analítica que la falta no concierne únicamente al sujeto, sino que alcanza también al Otro. A partir de esta verificación, formaliza el modo en que la hiancia incide en la estructura del Otro, haciendo aparecer la noción de privación, la cual ocupa un lugar pivote en la estructura de la identificación. La identificación resulta así condición de posibilidad para el emplazamiento de ese lazo que sostiene al sujeto en su existencia.

La privación introduce, a su vez, una torsión específica del estatuto del falo, que se sitúa más allá de la operación obturante de la significación fálica. Desde esta perspectiva es posible distinguir, al menos, dos registros: por un lado, φ en tanto valor y entramado fantasmático; por otro, el falo como significante, en tanto objeto de la privación, homologable al significante de la falta en el Otro e indisociable del deseo como presencia real.

Cabe entonces interrogar si este anudamiento entre el falo como significante y el significante de la falta en el Otro no constituye el punto de partida que conduce a Lacan a la formulación de la castración real. En efecto, allí se establece una oposición decisiva entre lo real y aquello que Lacan denomina las “amarras” del sujeto: una tensión estructural entre lo imposible y el artificio que le sirve de sostén.

En relación con esta cuestión, parece delinearse en la elaboración lacaniana una bifurcación en dos vías o series de articulaciones. Por un lado, se encuentra la incidencia de lo simbólico en la privación, esa “inherencia de un −1” que Lacan formaliza en Subversión del sujeto…, y que permite escribir, en términos de falta, aquello que no entra en la cuenta. Por otro lado, se perfila una radicalidad distinta, condensada en el matema del significante del Otro barrado: una dimensión económica que, retomando a Freud, se inscribe como factor traumático.


La serie significante, el límite y la infinitud del goce

El concepto de serie, pensado como cadena significante, ocupa un lugar central en la enseñanza de Lacan. Dicha cadena no se define simplemente por su articulación sucesiva, sino por una condición precisa de posibilidad: la existencia de un límite, en el sentido matemático del término. Es este límite el que introduce la lógica de la convergencia.

En matemáticas, una serie numérica converge cuando sus términos se aproximan progresivamente a un punto determinado. Ese punto es el límite de la serie, hacia el cual ésta tiende sin necesidad de alcanzarlo efectivamente. De allí que la noción de límite se encuentre estrechamente vinculada al cálculo diferencial y a la idea de un “paso al límite”.

Esta operación resulta solidaria de los desarrollos cantorianos sobre los conjuntos infinitos. La pertinencia de este recurso matemático para Lacan radica en que se trata de una operatoria algebraica que permite pensar la delimitación de lo infinitamente pequeño. En este marco, lo serial es aquello que entra en la cuenta, mientras que la serie designa la articulación que avanza de modo asintótico hacia un límite. Así se introduce una manera precisa de situar la infinitud no como totalidad, sino como efecto propio de la serie misma, lo cual permite pensar la relación entre lo serial y el goce.

Es en este punto donde se vuelve pertinente la paradoja de Zenón: Aquiles puede aproximarse indefinidamente a la tortuga, incluso sobrepasarla, pero sin jamás coincidir con ella en el punto exacto. Este rasgo de infinitud, que caracteriza al goce, da cuenta del efecto de la castración, en tanto señala la imposibilidad de capturarlo, fijarlo o sustancializarlo.

Allí donde el goce se localiza como inalcanzable, la referencia a lo infinitamente pequeño permite precisar la hiancia que éste comporta. En Aún, Lacan formula una afirmación decisiva: “el goce del Otro, del Otro con mayúscula, del cuerpo del otro que lo simboliza, no es signo de amor”. Esta frase, de notable densidad conceptual, introduce una doble disyunción: por un lado, separa el goce del amor; por otro, vincula el llamado goce femenino con el goce del Otro, entendido como aquello que implica una alteridad radical.

Con ello se señala un campo del goce que no queda capturado por la única Bedeutung que el lenguaje ofrece —el falo—, es decir, una porción del goce que permanece fuera de la simbolización fálica y que insiste como límite estructural de la cadena significante.

jueves, 29 de enero de 2026

La pregunta como eje de la formación analítica

Es indiscutible que, cualquiera sea el campo del que se trate, cuando atravesamos procesos de estudio o de formación solemos ir en busca de una serie de respuestas que no sólo orienten el trabajo, sino que —seamos honestos— también nos tranquilicen.

Sin embargo, en psicoanálisis, más allá de que las respuestas puedan ser importantes, necesarias e incluso inevitables, hay un valor central que no puede ser soslayado: el valor de la pregunta. Y no se trata de una cuestión meramente epistemológica, sino de algo que concierne tanto al cuerpo teórico del psicoanálisis como a su práctica.

Uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis es el de sujeto, y éste es solidario de la dimensión de la pregunta. En este campo, la pregunta no pone en juego únicamente un interrogante o un no-saber circunstancial, sino que se dirige a aquello que es, estructuralmente, imposible de saber. Es en ese punto donde la pregunta se separa de la demanda de respuestas tranquilizadoras.

En Lacan, esta dimensión de la pregunta se despliega bajo distintos nombres: lo aún no existente, lo que se escabulle, lo no resuelto, la inexistencia. La pregunta tiene valor en la medida en que pone en marcha un trabajo. Es más ordenadora precisamente porque traza un recorrido allí donde la respuesta, aun siendo valiosa, tiende a funcionar como punto de llegada. La respuesta calma, clausura; la pregunta, en cambio, abre. En este sentido, la pregunta es un punto de partida, y esto resulta decisivo en la formación analítica.

La formación del analista no se reduce a la adquisición de conocimientos ni al aprendizaje de técnicas que pudieran aplicarse de modo uniforme a todos los casos. La dificultad propia de la práctica analítica reside en que el analista debe ser uno para cada quien. Lacan nombra “acomodación” a esa posición singular del analista respecto del sujeto que escucha en cada ocasión.

Pero no hay posibilidad alguna de tal acomodación si quien escucha no da lugar a la función de la pregunta, con independencia —y no en exclusión— de las respuestas que eventualmente puedan producirse. Es en ese sostener la pregunta, más que en la posesión de respuestas, donde se juega algo esencial de la ética y de la formación del analista.