miércoles, 21 de octubre de 2026

La demanda de análisis y el valor significante de las coyunturas de la vida

En reiteradas ocasiones, la práctica analítica confronta al analista con una demanda cuyo motivo manifiesto parece no coincidir del todo con aquello que impulsa la consulta. Recuerdo, por ejemplo, una consulta inicialmente motivada por el dolor de una separación amorosa que, al poco tiempo, viró hacia una pregunta de otro orden: «¿Por qué aguanté tanto?». La pregunta que se abre entonces es si la consulta está comandada por el dolor de la separación o si, más bien, es el exceso implicado en ese aguantar lo que adquiere valor para el sujeto.

La escucha analítica debe poder alojar esta aparente discrepancia, teniendo en cuenta que la demanda no necesariamente coincide con aquello que se pide de manera explícita. Se trata de seguir los hilos que se desprenden de esa diferencia para, a partir de ellos, ir aislando los significantes que ordenan la vida amorosa del sujeto. No me refiero aquí al campo de los sentimientos, sino a la modalidad de la demanda y a las formas en que esta circula entre el sujeto y el Otro, más allá de los vínculos con los otros concretos que le proporcionan su marco contingente.

Una coyuntura particular de la vida puede precipitar la consulta con un analista. Sin embargo, su eficacia clínica no reside necesariamente en el acontecimiento considerado en sí mismo, sino en el valor significante que adquiere para quien lo atraviesa. Si retomamos el ejemplo inicial, podríamos preguntarnos: ¿qué dimensión de la separación se puso en juego a partir de esa circunstancia contingente? ¿Qué se actualizó para el sujeto en ese encuentro con la pérdida?

La separación constituye una de las operaciones implicadas en la causación del sujeto y en su advenimiento como sujeto deseante. A través de ella, la falta en ser del sujeto se articula con la falta en el Otro, abriendo la pregunta por el lugar que aquel ocupa en el deseo de este. En esta operación, el sujeto se confronta con aquello que no puede colmar en el Otro ni encontrar allí como respuesta definitiva acerca de su propio ser. No resulta casual que la separación participe, en la elaboración lacaniana, de la constitución del fantasma, en tanto este ofrece una respuesta a la pregunta por el deseo del Otro y por la posición del sujeto respecto de él.

De este modo, el analista se sirve de la coyuntura histórica que el sujeto presenta como motivo de consulta, no para detenerse en la reconstrucción del acontecimiento ni para atribuirle un sentido de antemano, sino para interrogar aquello que, a través de los significantes y sus repeticiones, insiste en el discurso. La tarea consiste en delimitar qué de la relación con el deseo del Otro pudo haberse conmovido en esa circunstancia y qué coordenadas de esa relación se actualizan en las metonimias del deseo.

Así, el acontecimiento que precipita la consulta puede constituir una vía de acceso a una pregunta que lo excede: no solamente qué se perdió en una separación, sino qué lugar ocupaba el sujeto en el deseo del Otro, qué sostuvo durante tanto tiempo esa posición y qué se vuelve interrogable cuando ya no puede sostenerse del mismo modo.

El material clínico en psicoanálisis: entre la transferencia y la lectura del analista

La obra de Freud nos ofrece una serie de grandes historiales clínicos, en los que el autor reconstruye y elabora su experiencia con determinados pacientes. En ellos es posible reconocer una organización que, en ocasiones, recuerda a la de una historia clínica médica, en tanto incluye elementos anamnésticos y reconstrucciones de la historia del padecimiento. Sin embargo, el historial freudiano excede ampliamente esa descripción: en él, la transferencia ocupa un lugar central y constituye una dimensión fundamental de la experiencia analítica.

Podríamos pensar que esta modalidad de transmisión de la casuística conserva las huellas tanto de la formación médica inicial de Freud como del contexto histórico en el que comenzó a delimitarse el campo psicoanalítico. No obstante, existe una diferencia fundamental entre la perspectiva freudiana y la medicina. Para Freud, el síntoma no se reduce a un signo de enfermedad que deba ser descifrado desde una posición exterior a la experiencia. El analista, en cambio, participa de esa experiencia y ocupa una posición decisiva en la lectura de aquello que allí se produce.

En Lacan encontramos una modalidad de transmisión diferente. A lo largo de casi treinta años de enseñanza, las referencias a su propia práctica clínica aparecen de manera fragmentaria y relativamente escasa. En ocasiones, incluso, las viñetas clínicas quedan parcialmente veladas entre desarrollos conceptuales de mayor alcance, lo que exige un trabajo de lectura que permita situar su función en la argumentación.

Esta diferencia nos conduce a una pregunta fundamental: si tomamos en consideración la distancia entre el psicoanálisis y la medicina, ¿cómo podemos definir el material clínico en psicoanálisis?

No se trata de suponer que el analista sale en busca de un material preexistente, oculto detrás de los dichos del paciente, que su intervención se limitaría a revelar. Si así fuera, la tarea analítica quedaría reducida a una operación de descubrimiento: bastaría con retirar aquello que encubre una realidad clínica ya constituida de antemano.

Por el contrario, si reconocemos el lugar constitutivo de la transferencia, debemos considerar que el material clínico emerge de la lectura que el analista realiza del discurso en el marco de la experiencia analítica. No se encuentra, por lo tanto, enteramente constituido con anterioridad a esa experiencia, ni puede separarse de las condiciones transferenciales en las que adquiere su valor.

Esta perspectiva introduce una dificultad insoslayable: si el material clínico no es independiente de la lectura del analista, ¿qué lugar queda para la objetividad? El riesgo de que esa lectura quede subordinada a las concepciones, los prejuicios o los intereses de quien escucha no puede descartarse. Sin embargo, reconocerlo no implica renunciar a la especificidad del conocimiento clínico, sino interrogar las condiciones que orientan su producción.

Es precisamente en este punto donde adquiere relevancia la ética del psicoanálisis. Lejos de garantizar una supuesta neutralidad absoluta, esta ética impone al analista la responsabilidad de interrogar su propia posición y de sostener una orientación que no se confunda con sus ideales personales ni con la imposición de un sentido previo. En este marco, la función del deseo constituye una referencia central para delimitar una práctica en la que la lectura clínica no se convierta en la confirmación de aquello que el analista ya esperaba encontrar.

Cómo encontrar un buen trabajo utilizando IA

En esta suerte de "Banco IA" que estamos formando, esta vez vamos a ver cómo utilizar esta tecnología para encontrar trabajos para los que un psicólogo (o su paciente) ya está preparado, que pagan más que aquellos a los que se está aplicando.

1. El análisis completo

Para buscar los 5 trabajos para los que mejor encajas, con salarios reales.

Prompt: «Tengo un título universitario en [carrera], obtenido en [año]. Mis habilidades: [lista]. Mi experiencia: [empleos, prácticas, proyectos o ninguna]. Qué disfruto hacer: [tus intereses]. Vivo en [ciudad] y estoy dispuesto a trabajar [remoto, híbrido o mudarme].

Busca en internet los 5 trabajos para los que mejor encajo, ordenados por salario, con el rango salarial real en mi zona al comenzar y después de 5 años».

2. Puestos que desconocés

Para evaluar trabajos para tu carrera que nunca pensaste buscar.

Prompt: «Enumera 10 trabajos en los que contratan a personas con un título en [carrera], pero que no incluyen mi carrera en el nombre del puesto. Para cada uno, dime qué se hace en el día a día, el salario habitual en [ciudad] y por qué mi título me califica para ese puesto».

Los trabajos mejor pagados suelen ser los que nunca se te ocurriria buscar.

3. Verificación salarial

Cifras con fuente, no suposiciones.

Prompt: «Busca datos salariales actuales para [puesto] en [ciudad o remoto]. Dame los rangos para nivel inicial, intermedio y sénior, e indica la fuente de cada cifra. Si las fuentes discrepan, dime cuál es más confiable y por qué».

⚠ATENCIÓN⚠: Nunca aceptes una cifra salarial que no tenga una fuente verificable.

4. Cerrá las brechas

Lo que te falta y cómo conseguirlo rápido y barato.

Prompt: «Para [tu mejor opción del prompt 1], dime exactamente qué me falta para conseguir el puesto frente a quienes ya lo ocupan. Ordena las brechas según su importancia y, para cada una, dame la forma más rápida y económica de cerrarla, idealmente gratis y n menos de 3 meses>.

5. Una evaluación realista

Evaluamos qué podés conseguir ya y qué tomará más tiempo.

Prompt: «Sé honesto. Según todo lo que te he contado, ¿cuáles de estos trabajos podría conseguir realmente en los próximos 3 meses, cuáles me tomarían entre 1 y 2 años y cuáles no son realistas para mí? No suavices la respuesta y dime qué acción aumentaría más mis posibilidades».

6. Mejora tu hoja de vida

Para enfocar tu CV en lo que buscan los reclutadores.

Prompt: «[Adjunta tu hoja de vida o CV]. Reescríbela para [tu mejor opción], usando únicamente cosas que realmente he hecho. Destaca primero lo que buscan los reclutadores para este puesto, añade las palabras clave que utilizan para filtrar candidatos y dime qué líneas eliminar porque me perjudican».


martes, 20 de octubre de 2026

Los desbordes de los niños de 0 a 5 años: ¿Cómo pueden intervenir los padres?

Para esta entrada, vamos a hacer pie l enfoque de Supernanny y su método S.O.S., de la especialista en crianza Jo Frost. La sigla significa Step Back, Observe, Step In: dar un paso atrás, observar e intervenir.

La idea central es que, ante una rabieta, el adulto no debe quedar atrapado en una escalada emocional con el niño. Primero tiene que tomar distancia de su propia reacción, observar qué está sucediendo y después intervenir de manera deliberada.

¿Cómo propone intervenir ante una rabieta?
  1. Step Back — Dar un paso atrás.

    El adulto evita reaccionar impulsivamente, gritar, discutir o ceder simplemente para que termine el episodio. Se toma un momento para regularse y no alimentar la escalada.

  2. Observe — Observar.

    Se pregunta qué desencadenó la rabieta: una frustración, un límite, cansancio, hambre, un cambio de actividad o una dificultad para expresar lo que siente. También observa qué sucede después y cómo responde el entorno.

  3. Step In — Intervenir.

    El adulto sostiene el límite con claridad y consistencia. Si la rabieta está vinculada a obtener algo, procura no convertir el grito en el medio para conseguirlo. Si hay riesgo de que el niño se lastime o lastime a otro, interviene para garantizar la seguridad.

Este método se inscribe en la propuesta de Jo Frost de establecer rutinas, límites previsibles y refuerzos positivos, sin recurrir al castigo físico. 

¿Qué hacer concretamente durante el desborde?

Imaginemos que un niño quiere seguir jugando, el adulto le dice que es hora de bañarse y el niño comienza a gritar y tirarse al piso.

  • No entrar en una negociación interminable. El límite puede mantenerse sin repetirlo veinte veces.

  • Hablar poco y con calma. «Sé que querés seguir jugando. Ahora es hora de bañarse».

  • No retirar el límite solo para detener el llanto. Pero tampoco tratar toda expresión de angustia como una conducta manipuladora.

  • Reconocer la recuperación. Cuando el niño comienza a calmarse, retomar el contacto y valorar ese cambio, sin reproches innecesarios.

Una precisión importante: el enfoque de Frost incluye estrategias conductuales, pero el método S.O.S. no equivale a ignorar indiscriminadamente al niño. Si está desbordado emocionalmente, puede necesitar la presencia tranquila del adulto, aunque este no ceda a su demanda.

Una distinción: ¿Rabieta o desregulación?

Desde una perspectiva clínica con niños, conviene diferenciar dos situaciones que superficialmente pueden parecer iguales:

Rabieta orientada a una demanda

Desregulación emocional intensa

El niño protesta ante una negativa o un límite.

El niño parece perder temporalmente la capacidad de organizar su conducta.

Puede persistir porque descubre que gritar modifica la respuesta adulta.

Puede estar asociada a frustración intensa, agotamiento, sobrecarga sensorial o dificultades de regulación.

Se beneficia de límites consistentes y de no reforzar la conducta problemática.

Necesita primero seguridad y corregulación; el aprendizaje se trabaja cuando recupera la calma.

No son categorías excluyentes, porque una rabieta puede comenzar como protesta y terminar en un desborde que el niño ya no controla bien.

Mi lectura del método: 

Su aporte más valioso es que obliga al adulto a salir de la reacción automática y a observar la secuencia de la conducta. 

Su límite aparece cuando se interpreta todo desborde como una estrategia para conseguir algo: ahí se corre el riesgo de responder con retirada o disciplina cuando el niño necesita ayuda para regularse.

Un llamado a dejar de culpar a la época actual por los obstáculos de la clínica

No hace falta tener demasiada casuística para constatar que hay presentaciones clínicas en las que el padecimiento no aparece inicialmente organizado como un síntoma interpretable. Cuando algunos analistas hablan de una actualización de las neurosis, suelen referirse a una clínica en la que parecen cobrar mayor protagonismo:

  • Las actuaciones y las dificultades para poner en palabras el padecimiento.

  • Las presentaciones centradas en el cuerpo, la angustia o la inhibición, sin una formación sintomática claramente articulada.

  • Las modalidades de goce que se repiten sin que el sujeto formule una pregunta sobre ellas.

  • Las dificultades para establecer una transferencia basada en el desciframiento de un síntoma.

  • La exposición de una posición fantasmática en los vínculos, en lugar de una formación de compromiso que pueda interpretarse.

En una orientación lacaniana, esto suele describirse mediante fórmulas como el debilitamiento de la función del síntoma, el predominio del acto o la presentación directa del fantasma.

El caso es que estas descripciones no son necesariamente nuevas. La actuación, la compulsión, la angustia sin elaboración, la repetición y las dificultades para asociar libremente tienen una larga historia en la clínica psicoanalítica, que obviamente está lejos de terminar por tratarse de lo real de la clínica. 

Freud no descubrió únicamente pacientes que llegaban con un síntoma perfectamente constituido, dispuesto a ser descifrado. También se encontró dewde el comienzo con resistencias, compulsiones, satisfacciones sustitutivas y fenómenos que obstaculizaban el trabajo analítico.

En la historia posterior del psicoanálisis, muchas de estas nociones se fueron desplazando. Se las vinculó con la pobreza de asociaciones, la escasa elaboración fantasmática y las manifestaciones somáticas. Es decir, lo que en Freud constituía una categoría etiológica específica terminó convirtiéndose, en algunas elaboraciones posteriores, en una especie de modelo para pensar diversas modalidades contemporáneas de sufrimiento.

Ahora bien: ¿Quién no ha asistido a algún seminario donde se apele al infundado sensacionalismo de "La época actual produce sujetos cuya estructura neurótica se caracteriza por una menor elaboración simbólica y un predominio del fantasma"?

Esta tesis, que implica una comparación del pasado con el momento actual, me parece ambiciosa, porque encierra varios problemas metodológicos. Si un analista afirma que hoy predominan las presentaciones fantasmáticas por sobre las formaciones sintomáticas, habría que preguntarle:

¿Respecto de qué población está hablando: pacientes de su consultorio, instituciones, hospitales o una población más amplia? ¿Con qué período histórico compara la clínica actual? ¿Qué criterio utiliza para distinguir una presentación sintomática de una presentación fantasmática? ¿Cómo controla que el cambio no se deba a modificaciones en la demanda de tratamiento, los dispositivos de atención o las categorías teóricas de los analistas? ¿Qué observación podría llevarlo a concluir que su hipótesis es incorrecta?

Si no podemos dar cuenta de esto, al menos habría que aclarar que la afirmación tiene valor como intuición clínica, pero no alcanza para establecer una transformación histórica.

Los analistas no reciben  (ni lo han hecho) una muestra representativa de la población: reciben a quienes consultan, a quienes son derivados y a quienes permanecen en tratamiento. Si cambian las condiciones sociales de consulta, las modalidades de demanda o los criterios de derivación, la casuística del consultorio puede modificarse sin que haya cambiado la distribución de las estructuras clínicas en la población.

La literatura psicoanalítica reciente siguió discutiendo cómo pensar las llamadas presentaciones actuales, desde las manifestaciones corporales hasta las compulsiones, las crisis de angustia y las actuaciones. Pero encontrar estas manifestaciones en la clínica no equivale a demostrar que son históricamente más frecuentes.

Entre muchos analistas, corre una especie de idea sesgada de que «todo pasado fue neurosis de transferencia», de manera que existe el riesgo de que cada generación reconstruya retrospectivamente la clínica anterior a partir de su propia manera de concebir el padecimiento. Tenemos que admitir que las categorías con las que observamos la clínica también determinan qué diferencias advertimos y cuáles dejamos de percibir.

¿No podría ser que la propia teoría lacaniana de los discursos y del goce esté llevando a algunos analistas a leer como novedad histórica fenómenos que siempre estuvieron presentes, pero que antes se conceptualizaban de otra manera?

Me parece legítimo que un analista diga: «En mi práctica encuentro más pacientes que llegan con actuaciones y menos con síntomas que puedan interrogar desde el comienzo». Es una observación situada, pero es discutible que de allí concluya: «La neurosis contemporánea ya no se organiza alrededor del síntoma, sino alrededor de la mostración del fantasma». En esa formulación se ha pasado de una observación sobre la demanda y la presentación clínica a una tesis general sobre la organización del padecimiento.

Ahora bien, ¿y si efectivamente hubiera una transformación en la relación del sujeto con el Otro?


Porque bien podríamos mantener abierta la cuestión sin dar por demostrada la hipótesis de época. Es históricamente plausible y puede investigarse si las condiciones sociales en las que se construyen los vínculos, las identificaciones y las demandas. Otra cosa es que ese cambio produzca una modificación general de la relación subjetiva con el Otro y el goce. 

La pregunta es interesante: ¿La clínica contemporánea presenta nuevas formas de subjetividad o el psicoanálisis contemporáneo observa una diversidad de presentaciones que antes no llegaban, o no llegaban del mismo modo, a sus dispositivos de atención? No hay que negar a priori la hipótesis histórica, pero si evitar que funcione como explicación automática de cualquier diferencia clínica.

Para sostenerlo habría que especificar qué entendemos por esa transformación y cómo la distinguimos de las diferencias sociales, culturales e institucionales entre las poblaciones estudiadas.

Habrá que ponerse a investigar...

lunes, 19 de octubre de 2026

La posición fantasmática en la entrada en análisis

Escuchamos con frecuencia que una de las particularidades de la clínica psicoanalítica reside en el caso por caso. Esto supone que la praxis analítica no admite estandarizaciones ni se orienta por curas-tipo. De allí puede desprenderse aquella indicación freudiana de suspender el saber previo, de poner entre paréntesis lo que el analista cree saber, para evitar que ese saber se convierta en un obstáculo para la escucha. La posición analítica exige, en este sentido, una condición que no se agota en cierta disposición: requiere, fundamentalmente, una apertura.

¿Apertura a qué? A la posibilidad de leer el modo singular en que un sujeto se aproxima al análisis, lo cual excede ampliamente el motivo manifiesto de consulta. La presentación clínica tampoco puede reducirse a la gravedad o a la intensidad del padecimiento que aqueja a quien consulta. Me interesa, en cambio, interrogar algunas coordenadas estructurales que permitan situar las distintas modalidades de esa presentación.

La estructura del fantasma no articula simplemente dos términos, sino que pone en juego dos posiciones. Lo decisivo es que tanto el sujeto dividido ($) como el objeto a pueden leerse como posiciones que conciernen al sujeto en su relación con el Otro y con el deseo. Con esta formulación, Lacan se distancia de la relación cognoscente entre un sujeto que conoce y un objeto conocido, para situar una lógica en la que el sujeto puede quedar dividido por el significante o bien ocupar el lugar de objeto causa del deseo del Otro.

Estas dos posiciones ofrecen coordenadas para pensar el modo en que alguien se dirige a un analista. En ocasiones, la entrada en análisis se produce desde la división subjetiva: la demanda se organiza alrededor de una pregunta, de un no saber que concierne al propio sujeto. Algo de su padecimiento se vuelve enigmático y reclama una lectura. Esta modalidad favorece la instalación de la transferencia, en tanto hace posible la suposición de un saber en el analista.

Pero no siempre alguien llega al análisis desde esa posición. En ocasiones, la presentación clínica parece estar dominada por la posición de objeto a. Allí nos encontramos con una dificultad particular: la palabra no termina de ponerse en marcha y la pregunta subjetiva permanece ausente o no logra constituirse. En lugar de un sujeto que interroga su padecimiento, encontramos a alguien capturado por irrupciones, desbordes o situaciones que parecen imponérsele sin mediación.

En estos casos, la dificultad no consiste únicamente en poner en palabras aquello que sucede, sino en hacer posible una modificación de la posición desde la cual el sujeto llega. Antes de que pueda desplegarse una pregunta sobre su implicación en el padecimiento, quizá sea necesario un trabajo preliminar que permita producir las condiciones para el advenimiento de la división subjetiva. No se trata de forzar una pregunta allí donde todavía no puede formularse, sino de construir las condiciones para que algo de lo que irrumpe como acontecimiento o padecimiento pueda devenir interrogable.

La distinción no pretende establecer dos tipos fijos de pacientes ni convertir las posiciones fantasmáticas en categorías diagnósticas de presentación. Se trata, más bien, de coordenadas para orientar la escucha: ¿desde qué lugar se dirige alguien al analista?, ¿qué relación mantiene con el saber y con su propio padecimiento?, ¿qué condiciones transferenciales están dadas y cuáles será necesario producir? Tal vez sea allí donde la singularidad del caso por caso encuentre una de sus expresiones más precisas: no en la mera diversidad de los síntomas, sino en la posición desde la cual cada sujeto puede —o todavía no puede— hacer de su padecimiento una pregunta.

La paradoja de la culpa: entre el superyó y el goce

A medida que el campo del significante fue revelando sus límites y aporías, los afectos adquirieron una presencia cada vez más relevante en la clínica psicoanalítica. No obstante, esta dimensión no es ajena a los comienzos de Freud, cuyos primeros desarrollos ya se ocupaban de aquellos montos económicos que se resisten a ser tramitados por la palabra y que constituyen un obstáculo para la cura. Entre los afectos que interrogan la práctica analítica, la culpa ocupa un lugar privilegiado.

La culpa funciona como una brújula para la escucha analítica, no tanto por las razones manifiestas que parecen justificarla, sino por las coordenadas discursivas que permiten situarla: los significantes con los que se articula, las modalidades de la repetición en las que se actualiza y las condiciones en las que emerge. Sin embargo, hay en ella un rasgo central que, al mismo tiempo que orienta la escucha, vuelve particularmente arduo su abordaje: su carácter paradójico.

Esta paradoja remite a la instancia que comanda la culpa: el superyó. Tanto Freud como Lacan señalaron el carácter paradójico de esta instancia, cuyo funcionamiento parece contrariar toda lógica de moderación: cuanto más se somete el sujeto a sus mandatos, más severa se vuelve su exigencia. La obediencia no apacigua al superyó; por el contrario, puede alimentar su ferocidad.

Algo de esta lógica se traslada a la culpa, que puede presentarse tanto ante una acción como ante su omisión. No se trata, entonces, de establecer una correspondencia directa entre la culpa y aquello que el sujeto hizo o dejó de hacer, sino de interrogar la posición que ocupa en la escena en la que aquella emerge. Se trata de una escena cuya lógica puede permanecer parcialmente inconsciente, pero en la que siempre está en juego alguna relación con el otro.

Aquí se abre una vía para el abordaje clínico: no quedar capturados en las idas y vueltas de la relación imaginaria entre el sujeto y ese otro, ni reducir la culpa a los motivos que el propio sujeto ofrece para explicarla. Se trata, más bien, de rastrear la función que cumple el Otro —en tanto lugar simbólico— en la organización de esa escena. ¿A qué demanda responde el sujeto? ¿A qué deseo se enfrenta? ¿Qué mandato sostiene, incluso allí donde cree estar desobedeciendo? ¿Qué satisfacción puede obtener de una posición que, conscientemente, le resulta penosa?

La demanda, el deseo y el goce se anudan en la relación con el Otro. Por eso, la paradoja de la culpa puede funcionar como una orientación clínica privilegiada: no solo porque pone de manifiesto la ferocidad del superyó, sino también porque permite interrogar la relación del sujeto con su propio goce. Si el goce puede encontrar una vía en la transgresión, e incluso en el intento de transgredir, cabe preguntarse: ¿la culpa señala el límite que el sujeto pretende franquear o participa, ella misma, de la satisfacción que obtiene al aproximarse a ese límite? ¿Podría ser, entonces, un índice del borde en el que el sujeto insiste, empujado por aquello mismo de lo que intenta sustraerse?