Oswald Spengler (1880–1936) fue un filósofo e historiador alemán cuya obra más famosa, La decadencia de Occidente (Der Untergang des Abendlandes, 1918–1922), propuso la idea de que las grandes culturas no progresan indefinidamente, sino que nacen, crecen, maduran, envejecen y finalmente mueren, casi como organismos.
Se trata de un autor de la historia/filosofìa bastante cancelado. Por empezar, porque si bien su teoría es bastante sugerente, pero muy difícil de sostenerla. Su método consistió muchas veces en encontrar analogías entre culturas para luego construir grandes ciclos históricos a partir de ellas. Su idea de que todas las culturas atraviesan necesariamente las mismas etapas puede resultar demasiado determinista y con el correr del tiempo vimos que sus predicciones fueron bastante imprecisas.
Por eso lo vamos a tomar más como filósofo de la historia que como historiador en sentido científico.
El otro tema fue la relación de Spengler con el nazismo. Él tuvo una relación problemática con el pensamiento conservador y nacionalista alemán de su época. Spengler no puede reducirse simplemente al nazismo, porque tuvo diferencias importantes con Hitler y el movimiento nazi, no obstante que su lenguaje sobre decadencia, masas, cesarismo y destino histórico fue susceptible de apropiaciones políticas.
Vamos a tomar a Spengel para hacer una pregunta: ¿Y si aquello que llamamos "progreso" fuera simplemente la forma que adopta una cultura determinada durante su período de expansión?
Spengler escribió en un momento particularmente significativo: después de la Primera Guerra Mundial. La confianza europea en que la civilización occidental representaba la culminación del progreso humano había quedado bastante maltrecha.
Hay un sesgo bastante comùn que es el de homologar la progresión con el progreso. Lo nuevo serìa mejor o màs civilizado que lo anterior. El autor nuevo es màs avanzado que el anterior, etc.
Spengler consideraba que eso es una ilusión producida por nuestra propia cultura. No existe la Historia Universal avanzando hacia un objetivo, sino culturas diferentes, cada una con su propia lógica interna.
Spengler se oponìa a la concepción lineal de la historia que aùn se estudia en las escuelas, la que va desde la Antigüedad, luego la Edad Media y luego Modernidad. Para él, esa clasificación es excesivamente occidental y supone que todas las culturas están recorriendo el mismo camino que recorrió Europa.
Spengler comparó a las grandes CULTURAS con organismos vivos, de manera que estas nacen, tienen una etapa de juventud, maduran, envejecen y finalmente mueren.
Spengler distingue Kultur de Zivilisation. Esto es clave para entender que la CIVILIZACIÒN no desaparece, sino que se transforma cualitativamente. La cultura para Spengler es el período creador: aparecen nuevas formas religiosas, artísticas, filosóficas, políticas y científicas. La civilización, en cambio, es la fase tardía:
la cultura deja de crear nuevas formas fundamentales y comienza a racionalizar, administrar y expandir las formas que ya produjo.
Por eso para Spengler la civilización es la etapa final y no una etapa superior a la cultura. En este filòsofo, la "civilización" tenga en él un sentido casi crepuscular. Para él, la cultura muere cuando su impulso creador se agota. No se necesitan invasiones ni catàstrofes.
Para entender la cultura fàustica, entonces, tenemos que pensar que el símbolo fundamental es el impulso hacia lo infinito. El hombre occidental quiere dominar el espacio, conquistar, penetrar la naturaleza, acumular conocimiento y expandirse indefinidamente. A quien le interesa la topologìa aplicada al pensamiento, se tratarìa del espacio infinito. De hecho, Spengler estaba fascinado por cosas como el cálculo infinitesimal, la perspectiva pictórica, la música polifónica, la exploración geográfica y finalmente la ciencia y la técnica modernas.
Spengel intenta captar "el alma de cada cultura" para concluir que cada cultura experimenta el mundo de una manera fundamentalmente diferente. Entonces, conceptos que parecen universales —espacio, tiempo, número, alma, naturaleza— adquirirían significados diferentes según la cultura.
Aplicaciones clìnicas
Como este es un blog de psicologìa, me parece útil la idea del "hombre fáustico" occidental, ese que para Spengler, está atravesado por una especie de deseo imposible: ir más allá de todo límite, sin aceptar fácilmente la finitud. La ciencia moderna sería una de las expresiones máximas de ese impulso, que pretende conocer, explicar, conquistar y, en ùltima instancia, dominar todo.
¿Qué sucede con un sujeto cuyo horizonte está constituido por la imposibilidad misma de encontrar un borde? ¿Què consecuencias tiene estar estructuralmente orientado hacia un espacio que no tiene borde? La falta de un punto natural de detención. El espacio infinito siempre tiene un màs allà, de manera que màs ademàs de una dimensión cosmológica, se convierte en mandato.
El problema es que la misma fuerza que produjo la grandeza de Occidente contiene también las condiciones de su agotamiento. ¿Agotamiento de què? De producir sentido. La tragedia particular del hombre fáustico es que por aspirar al infinito, perdiò la capacidad de producir un borde que haga habitable ese infinito.
El sujeto fàustico queda obligado a producir desconocido, nunca alcanza por màs que acumule, explore o crezca. Nada adquiere necesariamente el estatuto de un límite y ninguna cosa consigue funcionar como borde.
El límite es productor de deseo y un horizonte está permanentemente abierto puede producir una transformación del deseo en demanda infinita, donde querer màs no encuentra objeto final. Estamos, obviamente, en el terreno del superyó.
¿Còmo se sale de este agujero sin borde? Definitivamente no con toda esa moralina acerca de la renuncia al infinito, aceptar la falta, etc. No hay nada como la saturaciòn y sus correlatos patológicos para que el hombre fàustico verdaderamente descubra que el infinito no lo libera. Si no existe límite exterior, entonces èste tiene que aparecer de otro modo, aunque sea de la forma vulgar que se conoce como "Pegàrsela en la pera", que resume muy bien varias presentaciones clìnicas actuales.
Habiendo pasado por la -permìtename- docta saturación, elegir, cerrar, renunciar, priorizar y decir no ya no aparecen como "límites al progreso", sino màs bien como recursos que introducen una falta allí donde el discurso prometía completitud.