Uno de los momentos más complejos y movilizantes en la clínica ocurre cuando el paciente expresa o presenta indicadores de que podría suicidarse. En estos casos, no alcanza con intervenir desde la intuición clínica o desde opiniones infundadas ("El que avisa no lo hace", "Es un acting out"). La gravedad de este fenómeno exige que el profesional de la salud esté a la altura, sabiendo hacer una evaluación de riesgo para orientar su intervención.
En esta entrada, vamos a presentar una matriz de evaluación del riesgo suicida que combine indicadores observables, juicio clínico y criterios de intervención, de modo que el profesional pueda utilizarla tanto en las entrevistas habituales como cuando un paciente presenta un cambio brusco en su estado.
Hay una precaución conceptual importante: no es posible predecir con precisión si una persona va a intentar suicidarse mediante una puntuación. Las escalas existentes pueden ordenar la información, pero no reemplazan la evaluación clínica ni permiten descartar el riesgo cuando la puntuación es baja.
En la práctica, distinguimos tres planos:
Riesgo basal: antecedentes, vulnerabilidades y condiciones relativamente estables.
Riesgo agudo: qué cambió recientemente, qué está ocurriendo hoy y si existe posibilidad de una conducta inminente.
Capacidad de sostén y protección: qué recursos reales tiene el paciente, a quién puede recurrir y qué posibilidades hay de mantenerlo seguro.
La distinción entre riesgo basal y agudo es especialmente importante: un paciente puede tener numerosos factores históricos de riesgo y estar clínicamente estable, mientras que otro, sin antecedentes conocidos, puede atravesar una crisis aguda que requiera intervención urgente.
Para tener idea de qué evaluar en cada caso, propondremos una ficha de elaboración clínica propia, inspirada en los dominios de evaluación del protocolo SAFE-T, la C-SSRS y las recomendaciones NICE. No es una escala validada ni una prueba psicométrica, por lo que no conviene sumar los puntos para producir una probabilidad de suicidio. Su función es evitar omisiones y ayudar al profesional a fundamentar las decisiones clínicas.
1. Ideación suicida actual
❑ Deseo de morir o no despertar
❑ Pensamientos de suicidio
❑ Frecuencia, duración e intensidad de los pensamientos
❑ Dificultad para apartar esos pensamientos
2. Intención y planificación
❑ Intención actual de actuar sobre esos pensamientos
❑ Existencia de un plan concreto
❑ Acceso a medios potencialmente letales
❑ Conductas preparatorias o despedidas recientes
3. Antecedentes
❑ Intentos de suicidio previos
❑ Intentos recientes o de mayor gravedad médica
❑ Autolesiones y episodios de conducta impulsiva peligrosa
❑ Antecedentes familiares de suicidio
4. Estado clínico actual
❑ Desesperanza intensa o sensación de no tener salida
❑ Agitación, angustia extrema o pérdida de control
❑ Intoxicación, abstinencia o aumento del consumo
❑ Síntomas psicóticos, manía o alteración grave del juicio
5. Desencadenantes y cambios recientes
❑ Ruptura, duelo, humillación o conflicto grave
❑ Pérdidas económicas, laborales, jurídicas o vinculares
❑ Empeoramiento brusco del estado clínico
❑ Alta reciente, interrupción del tratamiento o pérdida de sostén
6. Protección y posibilidad de sostén
❑ Vínculos disponibles y efectivamente accesibles
❑ Disposición a pedir ayuda y aceptar acompañamiento
❑ Razones personales para vivir y proyectos significativos
❑ Posibilidad concreta de reducir el acceso a medios letales
❑ Acceso a atención urgente y continuidad terapéutica.
Esta ficha resulta útil para explorar, pero no sustituye el registro de las respuestas del paciente, la formulación clínica ni la decisión sobre las medidas de seguridad.
¿Cómo ponderar los indicadores?
Como no todos los factores tienen el mismo peso clínico, conviene distinguir tres grupos.
Factores históricos o relativamente estables
Intentos previos, especialmente si fueron recientes o médicamente graves.
Antecedentes de trastornos mentales y episodios de descompensación.
Historia de violencia, trauma o pérdidas significativas.
Antecedentes familiares de suicidio.
Factores dinámicos
Ideación suicida actual, intención y planificación.
Aumento reciente de desesperanza, agitación o impulsividad.
Consumo de sustancias, intoxicación o alteración del juicio.
Acceso a medios letales.
Ruptura de vínculos, pérdidas recientes y empeoramiento clínico.
Desorganización, síntomas psicóticos o una crisis que el paciente siente que no puede soportar.
Factores protectores
Vínculos significativos y disponibles en la práctica, no solamente en teoría.
Capacidad de pedir ayuda y de comunicar un empeoramiento.
Participación en el tratamiento y posibilidad de sostener el contacto clínico.
Proyectos, valores y razones personales para continuar viviendo.
Acceso efectivo a acompañamiento, atención de urgencia y reducción del acceso a medios peligrosos.
No hay que "restar" automáticamente los factores protectores a los factores de riesgo. Una persona puede tener hijos, pareja, trabajo y tratamiento, y aun así presentar un riesgo agudo importante. Los factores protectores deben examinarse por su disponibilidad real y su capacidad de mitigar el riesgo actual.
¿Qué preguntar en la entrevista?
No alcanza con preguntar «¿pensaste en suicidarte?». Si la respuesta es afirmativa, ambigua o aparecen señales preocupantes, conviene profundizar sin rodeos y con una actitud no punitiva ni culpabilizante. Veremeos a continuación algunas preguntas orientativas para adultos.
Sobre el deseo de morir
«¿Te pasó de sentir que no querías seguir viviendo o que preferirías no despertarte?»
«¿Pensaste en quitarte la vida?»
«¿Cuándo fue la última vez que te pasó? ¿Te está pasando ahora?»
«¿Con qué frecuencia aparece? ¿Sentís que podés apartar esos pensamientos o te absorben?»
«¿Sentís que podrías llegar a hacerlo?»
«¿Pensaste cómo o cuándo hacerlo? ¿Tenés acceso a aquello que pensaste utilizar?»
«¿Hiciste algo para prepararte o estuviste cerca de llevarlo a cabo?»
«¿Alguna vez intentaste suicidarte? ¿Qué estaba pasando entonces y qué esperabas que ocurriera?»
«¿Qué te ayudó a no actuar hasta ahora?»
«¿A quién podrías recurrir hoy si esto empeorara?»
«¿Qué necesitaríamos hacer para que estés a salvo durante las próximas horas?»
Estas preguntas se corresponden con los dominios explorados en SAFE-T y C-SSRS: ideación, intensidad, intención, planificación y conducta suicida previa.
Una cuestión técnica: se debe explorar por separado el deseo pasivo de morir, la ideación suicida activa, la intención y las conductas preparatorias. No son equivalentes. Tampoco tomaría la negación verbal como prueba suficiente de ausencia de riesgo si existen datos contradictorios, cambios conductuales o información colateral preocupante.
En lugar de convertir los indicadores en una suma, usaría una formulación de riesgo y un nivel de respuesta necesario. Los niveles siguientes son orientativos, no categorías predictivas validadas.
Seguimiento ambulatorio con medidas preventivas. Puede ser apropiado cuando no hay indicios de intención actual, plan inminente ni conducta preparatoria, el estado clínico permite una evaluación fiable y hay condiciones concretas de sostén.
Intervención: acordar un plan de seguridad, identificar señales de alarma, reforzar apoyos y establecer seguimiento según las necesidades clínicas. No equivale a declarar que el riesgo es nulo.
Evaluación urgente y reevaluación estrecha. Por ejemplo, ideación creciente, planificación sin intención declarada, antecedentes relevantes junto con un deterioro actual, escaso sostén o dudas importantes sobre la capacidad del paciente para mantenerse seguro.
Intervención: evaluación clínica ampliada, consulta con psiquiatría o equipo de crisis, reducción del acceso a medios peligrosos, participación de una persona de confianza cuando corresponda y definición explícita del seguimiento. Si no puede garantizarse una contención suficiente, corresponde escalar la atención.
Emergencia: posible riesgo inminente: Por ejemplo, intención actual de actuar, plan viable con acceso a medios, conducta preparatoria reciente, intento en curso o reciente, o una desorganización grave que impida sostener la seguridad.
Intervención: evaluación de emergencia inmediata. No dejar al paciente solo mientras se organiza la asistencia, procurar un entorno seguro, activar el servicio de emergencias y gestionar una evaluación presencial urgente. No confiar únicamente en una promesa de que no se hará daño.
Un paciente no necesita reunir todos los indicadores de una categoría para requerir una respuesta urgente. Si hay una señal crítica, la decisión debe basarse en el conjunto del caso y en la posibilidad real de mitigar el riesgo. Las recomendaciones NICE advierten expresamente contra el uso de categorías globales o escalas para decidir por sí solas quién recibe tratamiento o quién puede ser dado de alta.
Hay algunos fenómenos clínicos que no deben dejarse pasar por alto:
Un intento previo: es uno de los antecedentes más relevantes, pero no determina por sí solo el riesgo actual.
Un cambio brusco respecto del funcionamiento habitual: más aislamiento, desesperanza, agitación, impulsividad o abandono de actividades.
La combinación de desesperanza, intoxicación y acceso a medios letales: puede reducir la capacidad de autocontrol y aumentar la urgencia.
Las conductas preparatorias: despedidas inusuales, arreglos finales o acciones dirigidas a llevar a cabo un plan.
La pérdida repentina de un sostén importante, especialmente cuando se suma a una crisis ya existente.
La discrepancia entre el discurso y la conducta: negar ideación mientras se observan preparativos o un deterioro significativo.
No se debe considerar la calma repentina como un indicador suficiente por sí solo. Lo relevante es reconstruir qué cambió, cómo lo explica el paciente y si hay otros signos convergentes. Tampoco asumiría que la mejoría aparente de un síntoma equivale a una disminución del riesgo.
Ante riesgo identificado, el plan debe ser concreto, colaborativo y accesible para el paciente. Puede contener:
Señales personales que anuncian una crisis.
Estrategias que pueda utilizar para atravesar los primeros momentos.
Personas y lugares que ayuden a reducir el aislamiento.
Personas de confianza a quienes comunicar el riesgo explícitamente.
Profesionales, servicios de urgencia y vías de acceso a ellos.
Medidas concretas para restringir el acceso a medios potencialmente letales.
Sobre este último punto, no debe confundirse con un «contrato de no suicidio»: pedirle al paciente que prometa que no se hará daño no demuestra que esté seguro ni reemplaza las intervenciones necesarias.
Para que la evaluación sea útil en la continuidad asistencial y defendible desde el punto de vista profesional, dejar asentados:
Fecha, hora y motivo de la evaluación.
Ideación actual y reciente, intención, planificación y conductas preparatorias.
Antecedentes de intentos y autolesiones.
Factores históricos, desencadenantes y cambios clínicos recientes.
Factores protectores y disponibilidad efectiva de apoyos.
Información de terceros, cuando se haya obtenido, y su relevancia.
Formulación del riesgo agudo y basal, con las incertidumbres que persistan.
Decisiones tomadas, consultas realizadas, derivaciones y medidas de seguridad acordadas.
Seguimiento previsto y qué hacer si el riesgo aumenta.
La evaluación debería repetirse ante un intento o una conducta nueva, un incremento de la ideación, un cambio clínico importante o una transición asistencial; no solamente en la primera entrevista.
La idea central es que la ficha no responda mecánicamente «cuánto riesgo tiene», sino algo clínicamente más útil: qué señales de peligro existen ahora, qué podría hacer que la situación empeore, qué condiciones permitirían reducir ese riesgo y qué intervención necesita hoy este paciente.
