jueves, 17 de septiembre de 2026

Cuando el ideal del analista se convierte en obstáculo

Los ideales del analista pueden constituir, ellos mismos, un obstáculo para la cura. No se trata únicamente de sus convicciones personales, ideológicas o incluso teóricas, sino también de aquellas representaciones preconcebidas acerca de lo que un psicoanálisis debería ser, independientemente del sujeto que consulta y de las circunstancias en las que lo hace.

Podemos preguntarnos cómo intervenir, por ejemplo, cuando un sujeto llega a un análisis con una aspiración muy concreta: resolver una cuestión puntual, sin manifestar inicialmente ninguna intención de ir mucho más allá de aquello que lo llevó a consultar.

La pregunta me pareció fundamental. Y mi respuesta fue que, en una situación así, el analista no debería exigirle al sujeto nada más que aquello que este viene a buscar. Desde esta perspectiva, se trataría de acompañarlo en relación con esa demanda, sin apresurarse a convertirla en otra cosa.

Considero que esta posición resulta consecuente con la ética del psicoanálisis en tanto ética del deseo: una ética que implica que el analista no debe hacer de su propia demanda una condición para la cura. En este sentido, resulta también pertinente la advertencia de Diana Rabinovich acerca de que el analista no debe empujar al sujeto hacia el heroísmo, como si todo tratamiento tuviera necesariamente que conducirlo hacia una transformación subjetiva de grandes proporciones.

A veces, entonces, no hay más que acompañar al sujeto en aquello que lo trae a la consulta. Pero esto no supone que el analista deba renunciar al deseo del analista. Precisamente, la ausencia de demanda por parte del analista no equivale a una posición de indiferencia ni a una aceptación pasiva de lo que el sujeto plantea.

Sin demandar otra cosa, el analista puede apostar a que algo se produzca en el interior mismo de esa demanda. Puede tratarse de una intervención que introduzca allí un efecto de división, que haga vacilar la relación inicialmente establecida entre el sujeto y aquello que viene a resolver. No para forzar una pregunta allí donde todavía no la hay, sino para dejar abierta la posibilidad de que, eventualmente, una pregunta advenga.

Y quizás sea precisamente esa pregunta —si llega a producirse— la que abra un margen para que aquello que comenzó como una consulta puntual pueda transformarse en otra cosa: la posibilidad de un análisis.

Entre el deseo y el goce: la posición del sujeto frente al Otro

La constitución del sujeto (su advenimiento a la existencia) supone necesariamente un alojamiento en el campo del Otro. El Otro no constituye únicamente el lugar en el que se articula la cadena significante, sino también el lugar en el que el sujeto se confronta con un deseo que lo precede y que, de algún modo, lo convoca.

La entrada en el campo del Otro puede producirse a través del S1, del significante amo, pero también por la vía del objeto a. Ambos términos ponen en juego la dimensión de la insignia. En este punto, resulta fundamental considerar que, en su constitución, el sujeto se encuentra inicialmente en una posición de objeto respecto del deseo del Otro: ocupa ese lugar en la medida en que puede llegar a funcionar como aquello que causa dicho deseo.

A partir de esta distinción, cabe interrogar qué diferencias introduce en la posición subjetiva el hecho de que, en el advenimiento del sujeto, haya tenido una incidencia predominante la dimensión del deseo o, por el contrario, la del goce.

La clínica analítica se encuentra con determinadas presentaciones en las que el sujeto parece mostrar una particular resistencia a dejarse afectar por la palabra. Se trata de posiciones en las que el anclaje subjetivo parece encontrarse fuertemente ligado a una modalidad de satisfacción, a un modo de goce de considerable intensidad, cuya consistencia puede volver particularmente difícil su conmoción mediante la intervención significante.

Esto introduce una dificultad específica para la clínica, ya que el trabajo analítico puede quedar rápidamente empantanado o, incluso, encontrar obstáculos para constituirse como tal. Es una coyuntura que puede observarse con particular claridad en sujetos capturados por alguna forma de adicción. Y, más allá de las diferencias que existen entre las distintas modalidades de adicción, la cuestión no parece reducirse exclusivamente a la relación con una sustancia: también puede pensarse en términos de la incidencia del plus de gozar en la economía fantasmática.

Volvamos entonces a la posición del objeto a en el fantasma. Si el objeto a puede ocupar el lugar de causa del deseo, pero también condensar una modalidad de satisfacción y funcionar como plus de gozar, cabe preguntarse si aquello que encontramos como refractario a la palabra no constituye precisamente un efecto de la incidencia que esta dimensión del a adquirió en el vínculo del sujeto con el Otro.

La cuestión clínica sería, entonces, discernir qué ha predominado en esa constitución: la dimensión del objeto en tanto causa del deseo o aquella en la que el objeto queda capturado como modalidad de goce. No se trataría de establecer una oposición simple entre deseo y goce, sino de interrogar qué posición ocupa el sujeto respecto de cada uno de ellos y, fundamentalmente, qué lugar conserva allí la palabra como posibilidad de producir una transformación en esa relación.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

No todo es posible: un borde para el "hombre fáustico"

Oswald Spengler (1880–1936) fue un filósofo e historiador alemán cuya obra más famosa, La decadencia de Occidente (Der Untergang des Abendlandes, 1918–1922), propuso la idea de que las grandes culturas no progresan indefinidamente, sino que nacen, crecen, maduran, envejecen y finalmente mueren, casi como organismos.

Se trata de un autor de la historia/filosofìa bastante cancelado. Por empezar, porque si bien su teoría es bastante sugerente, pero muy difícil de sostenerla. Su método consistió muchas veces en encontrar analogías entre culturas para luego construir grandes ciclos históricos a partir de ellas. Su idea de que todas las culturas atraviesan necesariamente las mismas etapas puede resultar demasiado determinista y con el correr del tiempo vimos que sus predicciones fueron bastante imprecisas.

Por eso lo vamos a tomar más como filósofo de la historia que como historiador en sentido científico.

El otro tema fue la relación de Spengler con el nazismo. Él tuvo una relación problemática con el pensamiento conservador y nacionalista alemán de su época. Spengler no puede reducirse simplemente al nazismo, porque tuvo diferencias importantes con Hitler y el movimiento nazi, no obstante que su lenguaje sobre decadencia, masas, cesarismo y destino histórico fue susceptible de apropiaciones políticas.

Vamos a tomar a Spengel para hacer una pregunta: ¿Y si aquello que llamamos "progreso" fuera simplemente la forma que adopta una cultura determinada durante su período de expansión?

Spengler escribió en un momento particularmente significativo: después de la Primera Guerra Mundial. La confianza europea en que la civilización occidental representaba la culminación del progreso humano había quedado bastante maltrecha.

Hay un sesgo bastante comùn que es el de homologar la progresión con el progreso. Lo nuevo serìa mejor o màs civilizado que lo anterior. El autor nuevo es màs avanzado que el anterior, etc.

Spengler consideraba que eso es una ilusión producida por nuestra propia cultura. No existe la Historia Universal avanzando hacia un objetivo, sino culturas diferentes, cada una con su propia lógica interna.

Spengler se oponìa a la concepción lineal de la historia que aùn se estudia en las escuelas, la que va desde la Antigüedad, luego la Edad Media y luego Modernidad. Para él, esa clasificación es excesivamente occidental y supone que todas las culturas están recorriendo el mismo camino que recorrió Europa.

Spengler comparó a las grandes CULTURAS con organismos vivos, de manera que estas nacen, tienen una etapa de juventud, maduran, envejecen y finalmente mueren. 

Spengler distingue Kultur de Zivilisation. Esto es clave para entender que la CIVILIZACIÒN no desaparece, sino que se transforma cualitativamente. La cultura para Spengler es el período creador: aparecen nuevas formas religiosas, artísticas, filosóficas, políticas y científicas. La civilización, en cambio, es la fase tardía:

la cultura deja de crear nuevas formas fundamentales y comienza a racionalizar, administrar y expandir las formas que ya produjo.

Por eso para Spengler la civilización es la etapa final y no una etapa superior a la cultura. En este filòsofo, la "civilización" tenga en él un sentido casi crepuscular. Para él, la cultura muere cuando su impulso creador se agota. No se necesitan invasiones ni catàstrofes.

La gran cultura occidental para Spengler sería la cultura fáustica. El adjetivo (fàustico) describe algo relativo al mito de Fausto, un personaje de la literatura clásica alemana. El doctor Fausto era un erudito brillante pero profundamente insatisfecho con los límites del saber humano. Tal era su insatisfacciòn que para obtener conocimiento ilimitado, poder o placeres mundanos, vendiò su alma al diablo (Mefistófeles)

Para entender la cultura fàustica, entonces, tenemos que pensar que el símbolo fundamental es el impulso hacia lo infinito. El hombre occidental quiere dominar el espacio, conquistar, penetrar la naturaleza, acumular conocimiento y expandirse indefinidamente. A quien le interesa la topologìa aplicada al pensamiento, se tratarìa del espacio infinito. De hecho, Spengler estaba fascinado por cosas como el cálculo infinitesimal, la perspectiva pictórica, la música polifónica, la exploración geográfica y finalmente la ciencia y la técnica modernas.

Spengel intenta captar "el alma de cada cultura" para concluir que cada cultura experimenta el mundo de una manera fundamentalmente diferente. Entonces, conceptos que parecen universales —espacio, tiempo, número, alma, naturaleza— adquirirían significados diferentes según la cultura.

Aplicaciones clìnicas

Como este es un blog de psicologìa, me parece útil la idea del "hombre fáustico" occidental, ese que para Spengler, está atravesado por una especie de deseo imposible: ir más allá de todo límite, sin aceptar fácilmente la finitud. La ciencia moderna sería una de las expresiones máximas de ese impulso, que pretende conocer, explicar, conquistar y, en ùltima instancia, dominar todo.

¿Qué sucede con un sujeto cuyo horizonte está constituido por la imposibilidad misma de encontrar un borde? ¿Què consecuencias tiene estar estructuralmente orientado hacia un espacio que no tiene borde? La falta de un punto natural de detención. El espacio infinito siempre tiene un màs allà, de manera que màs ademàs de una dimensión cosmológica, se convierte en mandato.

El problema es que la misma fuerza que produjo la grandeza de Occidente contiene también las condiciones de su agotamiento. ¿Agotamiento de què? De producir sentido. La tragedia particular del hombre fáustico es que por aspirar al infinito, perdiò la capacidad de producir un borde que haga habitable ese infinito.

El sujeto fàustico queda obligado a producir desconocido, nunca alcanza por màs que acumule, explore o crezca. Nada adquiere necesariamente el estatuto de un límite y ninguna cosa consigue funcionar como borde.

El límite es productor de deseo y un horizonte está permanentemente abierto puede producir una transformación del deseo en demanda infinita, donde querer màs no encuentra objeto final. Estamos, obviamente, en el terreno del superyó.

¿Còmo se sale de este agujero sin borde? Definitivamente no con toda esa moralina acerca de la renuncia al infinito, aceptar la falta, etc. No hay nada como la saturaciòn y sus correlatos patológicos para que el hombre fàustico verdaderamente descubra que el infinito no lo libera. Si no existe límite exterior, entonces èste tiene que aparecer de otro modo, aunque sea de la forma vulgar que se conoce como "Pegàrsela en la pera", que resume muy bien varias presentaciones clìnicas actuales.

Habiendo pasado por la -permìtename- docta saturación, elegir, cerrar, renunciar, priorizar y decir no ya no aparecen como "límites al progreso", sino màs bien como recursos que introducen una falta allí donde el discurso prometía completitud.


martes, 8 de septiembre de 2026

Diario de un psicólogo en apuros: la crisis de Airbnb

 Hay momentos en la vida en los que uno debe tomar decisiones difíciles.

Comprar una casa.

Tener hijos.

Cambiar de trabajo.

Empezar un análisis.

O convertir el departamento viejo de la abuela en un Airbnb y descubrir, tres meses después, que nadie quiere pagar 80 dólares por dormir al lado de una heladera que hace ruido como una turbina de avión.

La crisis de Airbnb ha llegado.

Y con ella, una pregunta que debería interpelar profundamente a nuestra profesión: ¿Qué puede hacer un psicólogo para lucrar con un inmueble antiguo sin tener que venderlo?

Mucho.

Pero antes que nada debemos abandonar ciertos prejuicios.

Por ejemplo, eso de pensar que un departamento viejo tiene problemas.

No.

Tiene carácter.

La humedad no es humedad. Es pátina.

La pintura descascarada no indica falta de mantenimiento. Es estética vintage.

El baño sin ventana no es un baño sin ventana. Es un espacio de introspección sensorial.

Y la persiana que hace treinta años que no baja no está rota. Es un sistema de iluminación natural permanente.

El primer principio para entrar al negocio del alquiler temporario es, entonces, profundamente psicológico:

No hay que modificar la realidad. Hay que modificar el relato.

Esto lo sabemos los psicólogos.

El paciente dice:

—Mi marido me controla.

Nosotros preguntamos:

—¿Qué significa para vos ese control?

Bueno.

Con Airbnb hacemos exactamente lo mismo.

El huésped dice:

—La habitación tiene olor a humedad.

Nosotros respondemos:

—¿Qué significa para usted que la habitación tenga olor a humedad?

Y ahí comienza el trabajo.

Porque el verdadero problema nunca es el olor; es la representación psíquica del olor.

Ahora bien, hay algo que los psicólogos deberíamos tener particularmente presente: la demanda del otro.

El huésped quiere aire acondicionado.

Quiere wifi.

Quiere una cama cómoda.

Quiere que el agua caliente funcione.

Quiere que el ascensor no parezca estar atravesando una crisis existencial.

Pero nosotros, como buenos sujetos atravesados por el psicoanálisis, sabemos que la demanda nunca coincide exactamente con el deseo. Por lo tanto, si pide aire acondicionado, quizás en realidad está demandando otra cosa.

¿Reconocimiento?

¿Amor?

¿Una experiencia auténtica?

¿La reparación de alguna escena infantil?

No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que podemos cobrarle 15 dólares adicionales por noche por todo eso.

El truco está en ofrecer “experiencias”.

Porque si uno publica:

“Departamento de 42 m², tercer piso, baño pequeño, cocina vieja y humedad en una pared”

nadie reserva.

Pero si escribe:

“Acogedor refugio urbano con auténtico encanto porteño, ideal para experimentar la ciudad como un local.”

Bueno, ahí cambia todo. El mismo departamento, otra significación.

Lacan estaría orgulloso. O no.

Pero probablemente cobraría más por la consulta.


El segundo gran principio es la resignificación del defecto.

Esto es fundamental.

¿El departamento tiene muebles viejos?

Estilo mid-century auténtico.

¿Tiene una mesa de fórmica?

Diseño retro.

¿La cama cruje?

Experiencia sonora inmersiva.

¿La ducha tiene dos posiciones: lava y congela?

Ducha multisensorial.

¿El vecino escucha cumbia a las tres de la mañana?

Auténtica experiencia de convivencia barrial.

¿El edificio tiene un portero eléctrico que funciona cuando quiere?

Sistema de acceso orgánico y no invasivo.

¿Hay una cucaracha?

Bueno.

Ahí recomiendo intervenir.

Hay límites para la psicoterapia.


Pero quizás la mayor enseñanza de esta crisis sea otra.

Durante años nos hicieron creer que Airbnb consistía simplemente en tener un departamento y alquilarlo.

Qué ingenuidad.

Hoy descubrimos que hay que producir fotografías profesionales, estudiar precios, responder mensajes a cualquier hora, manejar cancelaciones, limpiar, mantener el inmueble, conseguir buenas reseñas y competir con miles de propiedades.

Es decir:

convertir un departamento en un trabajo.

Y eso sí que debería resultarnos familiar a los psicólogos.

Porque nosotros llevamos años haciendo algo parecido con nuestros consultorios.

Tenemos un inmueble.

Lo decoramos.

Ponemos una biblioteca.

Compramos un sillón.

Instalamos wifi.

Ponemos una planta.

Y esperamos que alguien pague por sentarse ahí una hora a hablar de su madre.

La diferencia es que Airbnb permite que el huésped vea el departamento antes de reservar.

Nosotros todavía dependemos del misterio.


Por eso mi recomendación para aquellos colegas que tengan un departamento viejo y estén pensando en incorporarse al mercado de alquiler temporario es sencilla:

No gasten primero en refaccionarlo.

Gasten en un fotógrafo.

Luego contraten a alguien que escriba bien.

Después alguien que maneje las redes.

Y finalmente un psicólogo.

Porque van a necesitar uno.

El departamento probablemente tenga problemas.

Los huéspedes también.

Y ustedes, después de leer durante seis meses:

“Hermoso lugar, aunque el colchón podría mejorar.”

“Muy buena ubicación, pero había mucho ruido.”

“Todo excelente salvo que no había ascensor.”

“La ducha es un poco complicada.”

van a comenzar a desarrollar una sensibilidad particular hacia la crítica.

Y ahí comprenderán algo que Freud ya había descubierto hace más de cien años:

el problema no es lo que el otro dice.

El problema es que uno sabe que probablemente tiene razón.

Bienvenidos al maravilloso mundo del alquiler temporario.

Donde la neurosis se cobra por noche.

Y la humedad, por semana.

Del concepto freudiano al estatuto de lo real: reformulaciones entre los Seminarios 10 y 11

Podemos sostener que entre La angustia y Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis asistimos a una serie de reformulaciones respecto del estatuto que determinados conceptos freudianos adquieren en la enseñanza de Lacan.

Tal es el caso, en primer lugar, de la angustia. Lacan se interroga acerca de si esta debe ser reducida a su función de señal en el yo. Algo semejante ocurre con el complejo de castración: la pregunta apunta a establecer si este puede quedar circunscripto a su definición como deuda simbólica, o si es preciso situar allí una dimensión que exceda dicha formulación.

Entre el final del Seminario 10 y el comienzo del Seminario 11 encontramos ya ciertas inflexiones que anuncian este desplazamiento. Ya no se trata únicamente de la angustia como señal, sino de la angustia en tanto concepto. Del mismo modo, respecto del inconsciente, comienza a hacerse posible distinguir el inconsciente freudiano de aquel que se desprende de la elaboración lacaniana. En esta última perspectiva, un real, por la vía de la pulsión, encuentra un modo de empalme con el inconsciente. Se abre así el camino hacia una concepción del inconsciente que progresivamente adquirirá el estatuto de real.

Entendemos que, en consonancia con este movimiento, Lacan puede reformular también el campo de la transferencia, comenzando precisamente por interrogarse acerca de cuál es su «concepto». Esta pregunta nos retrotrae, en cierto sentido, al problema planteado respecto de la angustia: ¿qué estatuto tiene aquello que Freud ha conceptualizado bajo determinado término cuando se lo retoma desde la enseñanza de Lacan?

La transferencia, por ejemplo, ¿puede reducirse al amor? Ciertamente no. Lacan sitúa allí una dimensión que excede esa vertiente, entre ellas la transferencia negativa, respecto de la cual señala que los analistas proceden con mayor «prudencia». Cabe preguntarse si esta observación constituye simplemente una descripción de la práctica analítica o si comporta, al mismo tiempo, una crítica. A esto se agrega el campo de aquello que Freud denominó «neurosis de transferencia».

Sin embargo, estas distintas acepciones no hacen más que constituir lo que podríamos denominar el carácter «semántico» de la transferencia: los distintos sentidos y usos que el concepto adquiere en la tradición freudiana. Es precisamente este campo semántico el que Lacan pondrá en tensión con otra dimensión que comienza a elaborar: la de una transferencia real.

Esta transferencia real presenta una consistencia particular en relación con la concepción lacaniana del inconsciente. Ya no se trata simplemente de los sentidos que la transferencia puede asumir en la experiencia analítica, sino de situar aquello que, en ella, toca un real y que permite establecer un punto de articulación con el inconsciente. En este sentido, la elaboración de la transferencia en el Seminario 11 no constituye únicamente una reformulación de un concepto freudiano, sino que participa de un movimiento teórico más amplio: aquel que conduce a Lacan desde el inconsciente freudiano hacia la formulación de un inconsciente de estatuto real.

lunes, 7 de septiembre de 2026

El imperativo de la felicidad y la posición del analista

 Hay que disfrutar, viajar, hacer lo que a uno le gusta, rodearse de vínculos que hagan bien y, sobre todo, aprovechar la vida. En nuestra época, la felicidad ha dejado de ser únicamente algo deseable para convertirse, muchas veces, en una exigencia. Ya no se trata simplemente de que podamos ser felices, sino de que debemos serlo. Y cuando la felicidad se transforma en un mandato, no alcanzarla puede constituirse, paradójicamente, en una nueva fuente de malestar.

Esta concepción contemporánea de la felicidad parece estrechamente vinculada con la aspiración a un ideal que supone, en última instancia, el borramiento de la falta. Bajo el dominio de este imperativo, el hablante puede quedar embarcado en una suerte de atiborramiento de objetos, experiencias y actividades, en la promesa de alcanzar mediante ellos una satisfacción que, sin embargo, siempre resulta insuficiente. Se consume, se viaja, se disfruta, se acumulan experiencias y vínculos, no tanto porque cada uno de ellos responda a un deseo singular, sino bajo la ilusión de que, finalmente, alguno de ellos permitirá alcanzar una satisfacción plena.

Freud advertía que la felicidad no estaba contenida en el programa de los hombres. El malestar no sería entonces un accidente que pudiera eliminarse mediante una adecuada organización de la vida, sino algo estructuralmente ligado a la condición misma del sujeto. La entrada en la cultura, y con ella la captura por el lenguaje, implica una pérdida que ninguna acumulación de objetos puede reparar por completo.

Desde esta perspectiva, el imperativo contemporáneo de felicidad, en su pretensión idealizante y en su aspiración a colmar aquello que la castración inscribe como falta, entra necesariamente en tensión con la función del deseo. Esto no significa, por supuesto, que desde el psicoanálisis debamos desconfiar de la alegría, del bienestar o de los momentos de satisfacción. No se trata de sostener que el sujeto no pueda disfrutar de la vida. Se trata, más bien, de distinguir el bienestar contingente de la pretensión de una satisfacción capaz de abolir definitivamente la falta.

El deseo, precisamente, se sostiene en esa falta. No hay objeto que pueda colmarla de una vez y para siempre. Por eso, el imperativo de felicidad puede pensarse también como una respuesta frente a la angustia que suscita en el hablante la confrontación con aquello que no puede ser colmado. Allí donde aparece la pregunta por el deseo, la época ofrece objetos y experiencias; allí donde emerge la falta, propone llenarla.

Frente a este imperativo dominante, el analista no sostiene una posición ingenua. Está advertido de sus consecuencias y, particularmente, del precio subjetivo que puede pagarse por ese atiborramiento. Por eso, en ocasiones, la posición del analista puede resultar antipática, incómoda o incluso fastidiosa: no se presta fácilmente a corroborar ni a avalar el mandato de ser feliz.

Pero esto abre una cuestión fundamental. Si el analista está advertido de las consecuencias de ese mandato, ¿debería entonces prevenir al sujeto acerca de ellas? ¿No correría el riesgo, al hacerlo, de sostener otra idea de Bien? Si le dijera al sujeto qué debe evitar para no pagar determinado precio, ¿no estaría introduciendo, bajo una forma diferente, un nuevo mandato?

Quizás la orientación analítica consista precisamente en no sustituir un imperativo por otro. No se trata de decirle al sujeto que debe ser feliz, pero tampoco de advertirle que no debe buscar la felicidad. No se trata de conducirlo hacia un determinado modo de vida, sino de permitir que pueda interrogar aquello que, en su búsqueda de satisfacción, lo conduce.

Porque el psicoanálisis no tiene un ideal de felicidad para ofrecer. Y justamente por eso puede abrir un espacio para que el sujeto se pregunte qué desea, allí donde la época ya le ha indicado con bastante precisión qué debería querer.

Cuando la pericia no se realiza por un acuerdo entre las partes: ¿Qué hacer?

 Supongamos que un perito es designado en una causa, acepta el cargo y antes de que la pericia pueda llevarse a cabo, las partes llegan a un acuerdo.

En principio, que la pericia finalmente no se realice por un acuerdo entre las partes no significa necesariamente que el perito pierda el derecho a percibir honorarios. La regulación concreta la hará el juez, teniendo en cuenta la labor efectivamente desarrollada.

Si estamos hablando de una causa tramitada bajo el CPCCN, hay algunos puntos importantes:

  • El perito aceptò el cargo, por lo que ya se produjo una actuación profesional concreta.
  • Además, citò a las partes y organizò la realización de la pericia.
  • El hecho de que después las partes hayan arribado a un acuerdo y la pericia haya quedado sin objeto es algo ajeno a la voluntad del perito. No es lo mismo que renunciar al cargo o no realizar la tarea encomendada.
  • El art. 478 del CPCCN establece que los jueces deben regular los honorarios de los peritos y demás auxiliares de justicia conforme a los aranceles aplicables, ponderando la naturaleza, complejidad, calidad y extensión del trabajo.
Aunque el perito no haya producido el informe, hubo trabajo profesional: aceptación del cargo, estudio inicial de la causa/puntos de pericia, comunicaciones, citaciones, organización de la entrevista, eventualmente reserva de tiempo, etc.

El acuerdo entre las partes no necesariamente puede dejar sin efecto tu derecho a que se regulen los honorarios por el trabajo que ya realizaste. La cuestión de quién queda obligado al pago dependerá de la regulación y de lo que se resuelva respecto de las costas.

La norma central es el art. 25 de la Ley 27.423. Dice expresamente qué ocurre cuando un perito aceptó el cargo pero no llegó a presentar la pericia porque el proceso terminó anticipadamente.

En particular, el inciso b) establece que, si la pericia no fue presentada, el juez debe valorar la labor efectivamente realizada y disponer una regulación compensatoria adecuada, para lo cual puede requerir al perito que detalle las tareas realizadas desde la aceptación del cargo hasta que fue notificado de la finalización del proceso. 

 No se trata de un perito que aceptó el cargo y después simplemente no hizo nada. Hay una actividad profesional efectivamente desplegada, y la frustración de la pericia obedeció a la finalización anticipada del proceso.

Novedad importante: la Ley 27.802

Esto es particularmente interesante porque la norma fue modificada en marzo de 2026. El nuevo art. 61 bis establece que los honorarios de los peritos deben determinarse exclusivamente atendiendo a:

  • la labor técnica realizada;
  • su relevancia;
  • su calidad;
  • su extensión;

y establece un mínimo de 2 UMA por cada pericia. Pero agrega una regla específica para esta situación: si el proceso termina por transacción, avenimiento o conciliación sin que el perito haya presentado la pericia, se le regulará 1/4 de UMA en tanto haya aceptado el cargo.

Esto es muy reciente: la propia versión actualizada de la ley indica que los arts. 60, 61 y 61 bis fueron modificados/incorporados por la Ley 27.802, publicada el 6 de marzo de 2026.

¡Qué hago entonces?

Esperaría a que aparezca en el expediente la presentación del acuerdo y la resolución judicial que declare la finalización de la causa. Es decir:

1) Primero alguna de las partes presentan el convenio.

2) El Juez les exige que acompañen el convenio digitalizado o que lo reconozcan formalmente para poder homologarlo.

3) El Juez realiza la resolución de homologación, donde debería quedar resuelta también la situación de los auxiliares de justicia o, al menos, las costas.

Nosotros vamos a esperar a que ocurra esto ùltimo. Esperamos a la homologación y vemos qué dice el juez sobre las costas, los honorarios de los profesionales intervinientes y específicamente, si menciona a los peritos/auxiliares de justicia.

Porque puede suceder que la resolución de homologación diga algo como “las costas se imponen en el orden causado” o que establezca quién las soporta. Eso después va a ser relevante para determinar quién debe pagar tu regulación.

No dejes pasar el tema de tus honorarios.

Una vez notificado de esa resolución, si no hay menciòn del tema, presentaría un escrito solicitando la regulación y dejaría constancia de las tareas realizadas.

SOLICITA REGULACIÓN DE HONORARIOS

Señor Juez:

[Nombre], perito psicólogo designado de oficio en autos, con domicilio constituido en autos, a V.S. respetuosamente digo:

Que, habiendo aceptado oportunamente el cargo conferido y realizado las actuaciones necesarias para la realización de la pericia encomendada, incluyendo la correspondiente citación de las partes, y habiéndose tornado abstracta la producción de la prueba pericial como consecuencia del acuerdo arribado por las partes y la consecuente finalización del proceso, vengo a solicitar se regulen los honorarios correspondientes a la labor profesional efectivamente desarrollada.

A tal efecto, dejo constancia de que desde la aceptación del cargo y hasta la notificación de la finalización del proceso se realizaron las siguientes tareas: aceptación del cargo, toma de conocimiento de los puntos de pericia, organización de la tarea pericial y citación de las partes para la fecha oportunamente fijada.

Todo ello, conforme las pautas establecidas por la Ley 27.423 y, en particular, lo dispuesto respecto de los auxiliares de justicia cuya labor se ve interrumpida por la finalización anticipada del proceso.

Asimismo, atento a haberse depositado oportunamente un anticipo para gastos, solicito se tenga presente dicha circunstancia a los efectos que correspondan.

Por lo expuesto, solicito se regulen los honorarios correspondientes a la labor profesional desarrollada.

Proveer de conformidad,

SERÁ JUSTICIA.