Tanto en Freud como en Lacan puede rastrearse un movimiento teórico preciso: el pasaje desde la multiplicidad de las fantasías hacia la formulación de una fantasía —o fantasma— fundamental. Este tránsito no responde a una simplificación del material clínico, sino a la necesidad de dar cuenta de una constante estructural allí donde, en la experiencia analítica, se verifica una gran variabilidad de escenas, relatos y producciones fantasmáticas.
En Freud, este problema se manifiesta como una interrogación persistente en torno al estatuto de lo constante. A lo largo de su obra, Freud se enfrenta reiteradamente con la pregunta por aquello que insiste más allá de la diversidad de los contenidos fantaseados. Es recién en “Pegan a un niño” donde logra articular de manera decisiva el vínculo entre fantasía, pulsión y repetición. Allí, la fantasía deja de ser pensada como una mera escena imaginaria para adquirir un valor estructural: se convierte en un dispositivo que organiza la satisfacción pulsional y da cuenta de la insistencia repetitiva que atraviesa la vida psíquica.
Este texto marca un punto de inflexión, ya que la fantasía aparece como una construcción que no solo encubre o representa un deseo, sino que participa activamente en la economía pulsional del sujeto. La repetición no se explica por el contenido manifiesto de la fantasía, sino por la posición que el sujeto ocupa en ella y por la modalidad de goce que allí se juega.
En Lacan, el recorrido presenta una lógica análoga, aunque reformulada en términos estructurales y significantes. Partiendo inicialmente de la pluralidad de los fantasmas —tal como puede verse, por ejemplo, en el esquema L—, Lacan avanza progresivamente hacia la formalización del fantasma fundamental. Este pasaje se consolida a partir de la elaboración del grafo del deseo, donde el fantasma queda articulado a una redefinición tanto del deseo como del estatuto del objeto.
En este contexto, el objeto deja de ser pensado como un objeto empírico o imaginario para adquirir la función de objeto a, resto irreductible de la operación significante. El fantasma fundamental se configura entonces como la matriz que sostiene la relación del sujeto con ese objeto, organizando su modo singular de desear y de gozar. No se trata de una fantasía entre otras, sino de una estructura que soporta y da consistencia a la multiplicidad de las formaciones fantasmáticas.
Desde esta perspectiva, se vuelve posible considerar la fantasía como un antecedente tanto conceptual como clínico del fantasma. Mientras que las fantasías aparecen en la clínica bajo formas diversas, móviles y contingentes, el fantasma fundamental condensa una lógica más estable, que orienta la repetición y fija la posición subjetiva frente al deseo del Otro.
Así, el pasaje de la pluralidad de las fantasías al fantasma fundamental no implica una reducción del material clínico, sino su formalización. Permite captar aquello que, más allá de la variabilidad de los escenarios fantaseados, permanece como soporte estructural del deseo y del goce del sujeto.