lunes, 30 de marzo de 2026

Lógica, vacío y sexuación: el problema del sentido

 El campo de la lógica suele ser considerado especialmente difícil, lo que encierra una paradoja: su especificidad no radica en la acumulación de sentido, sino en su drenaje. Esto abre una pregunta clave: ¿qué resulta más problemático, la falta de sentido o su exceso? Es en este punto donde Jacques Lacan propone una orientación hacia la simpleza, no como reducción, sino como efecto de depuración.

Con frecuencia se tiende a unificar los diversos abordajes lógicos que Lacan desarrolla a lo largo de su enseñanza, como si conformaran un campo homogéneo. Sin embargo, es fundamental subrayar que estos se sostienen en una diferencia estructural, ligada a un momento decisivo en la historia de la lógica: la irrupción de la modernidad y, particularmente, el giro introducido por Georg Cantor con la teoría de conjuntos.

Este movimiento moderno implica un vaciamiento que rompe con las bases ontológicas y sustancialistas del pensamiento medieval. Tal transformación no solo afecta a la lógica, sino también a las nociones de saber y verdad. Lacan se sirve de este vaciamiento para interrogar los límites de lo atributivo en la sexuación del sujeto.

Desde su punto de partida en Sigmund Freud, esta indagación se orienta hacia el impasse de lo femenino en el ser hablante. En este sentido, la diferencia sexual no se reduce a identidades ni a figuras imaginarias, sino que se plantea como un problema lógico, articulado en términos de valores.

Si distinguimos dos grandes momentos —lo atributivo y lo cuantificacional—, entre ambos se despliega un amplio trabajo de elaboración. Lacan recurre a múltiples tradiciones lógicas —filosóficas y matemáticas, antiguas y modernas, previas y posteriores a Gottlob Frege— en busca de una formalización capaz de cernir lo real en tanto imposible.

Pero esta tarea exige sostener la potencia del vaciamiento moderno, lo que inevitablemente desestabiliza cualquier intento de homogeneizar el campo de la lógica. Allí donde se busca unidad, lo que se impone es la diferencia.

La identificación: operación central, pero no fundamento

 Desde hace un tiempo se vuelve cada vez más insistente una pregunta: si Jacques Lacan le otorga a la identificación un lugar tan decisivo en la constitución del sujeto —en su advenimiento en el campo del Otro—, ¿por qué no la incluye entre los conceptos fundamentales del psicoanálisis?

A lo largo de su enseñanza, Lacan retoma la cuestión desde distintas aristas, apoyándose en Sigmund Freud, quien ya había subrayado tanto su importancia como su carácter enigmático. Tal vez, incluso, sea esa misma oscuridad la que da la medida de su peso teórico. No es casual que ese rasgo también roce la función del Padre primordial, ligada a la identificación primaria.

La identificación puede pensarse como el modo privilegiado mediante el cual se establece un lazo entre el sujeto y el Otro. Pero concebirla así implica despegarla de una lectura imaginaria —como mera imitación o identificación especular— para situarla en el plano de una operación, incluso en una dimensión topológica.

Esto abre una hipótesis: quizás sea precisamente su estatuto operatorio lo que explica por qué Lacan no la incluye entre los fundamentos. En efecto, ninguno de los cuatro conceptos fundamentales que presenta en el Seminario 11 —inconsciente, repetición, transferencia y pulsión— se define como una operación. Más bien, cada uno de ellos delimita un campo a partir del cual diversas operaciones se vuelven pensables.

Desde esta perspectiva, los conceptos fundamentales no son herramientas operatorias, sino bordes que recortan el campo clínico del psicoanálisis. Son, en palabras de Lacan, conceptos que “se escriben”.

La identificación, entonces, no funda ese campo, sino que opera en su interior. Es tributaria de esos fundamentos, y justamente por eso no puede ser contada entre ellos.

Psicosis y tratamiento: del rechazo freudiano a la invención lacaniana

 La posición de Sigmund Freud respecto de la aplicación del psicoanálisis a la psicosis fue, en términos generales, restrictiva. Consideraba que el tratamiento analítico difícilmente podía operar allí, en la medida en que el psicótico no establecería transferencia en el sentido clásico.

Será Jacques Lacan quien, desde temprano, cuestione este límite. No niega la transferencia, sino que la redefine: en la psicosis no adopta la forma del Sujeto Supuesto Saber propia de la neurosis, sino que responde a otra lógica. A partir de esto, ya no se trata de pensar una “cura” en sentido estricto, sino de abrir la posibilidad de un tratamiento, orientado por distintas vías.

Una primera orientación consiste en ubicar como eje del trabajo analítico la construcción de un síntoma. Es decir, propiciar en el sujeto algún punto de anclaje que permita cierta estabilidad, supliendo la ausencia de ese operador estructural que, en la neurosis, cumple la función de sostén: el Nombre del Padre.

Una segunda perspectiva —cada vez más relevante en la clínica contemporánea— apunta a favorecer la inserción del sujeto en el lazo social. En este enfoque, el acento no recae tanto en el valor restitutivo del delirio, sino en las condiciones que posibilitan una circulación sostenida en los discursos.

Ambas orientaciones no son excluyentes. De hecho, pueden articularse: uno de los modos privilegiados mediante los cuales un sujeto logra inscribirse en el lazo social es a través de un síntoma. Esto abre una pregunta decisiva para la clínica:  ¿bajo qué condiciones un síntoma puede hacer lazo?

miércoles, 25 de marzo de 2026

Temporalidad de la constitución sexual: entre síntoma y fantasma

Plantear, con Sigmund Freud, que existe una temporalidad propia en la constitución sexual implica afirmar, en primer lugar, que la sexualidad no es algo dado en el sujeto, sino algo que debe constituirse. Esto supone una serie de operaciones necesarias para que lo sexual pueda inscribirse.

Jacques Lacan no modifica este planteo en lo esencial, pero sí le otorga una mayor precisión lógica, formalizando la materialidad en juego.

La constitución sexual responde a una lógica que implica una temporalidad en dos momentos —lo cual, no casualmente, en Freud coincide con la temporalidad de la formación del síntoma—. Un primer tiempo corresponde a una configuración temprana de la sexualidad, sostenida en el vínculo pulsional, donde se articulan deseo y demanda entre el niño y la madre. Un segundo tiempo introduce una resignificación: no solo el cuerpo responde de otro modo, habilitando nuevas posibilidades, sino que también se reevalúa el valor de las insignias fálicas obtenidas en el tránsito edípico, junto con aquello que allí quedó fijado como marca pulsional.

Entre estos dos tiempos tienen lugar dos operaciones fundamentales. Por un lado, la intervención de la prohibición paterna, que permite que el niño —en tanto objeto en el deseo materno— acceda a la subjetivación, al precio de una pérdida. Por otro, en un momento lógicamente posterior y previo a la pubertad, se constituye el período de latencia, que organiza el valor estructurante del velo, condición esencial para la formación del fantasma.

De este modo, síntoma y fantasma se presentan como dos soportes fundamentales: el primero, del lado de la respuesta singular del sujeto; el segundo, como escena que organiza su posición. Ambos funcionan como puntos de apoyo desde los cuales el sujeto puede sostenerse en el lazo con el partenaire, precisamente allí donde la subversión subjetiva despliega toda su potencia.

El padre como síntoma: orientación y anudamiento

El nombre implica siempre un lazo y, con él, una localización. Ambas dimensiones pueden ser pensadas tanto desde una lógica como desde una topología. Sin embargo, es en la referencia a la cadena borromea donde adquieren su estatuto más preciso.

En la estructura de los tres redondeles de cuerda, cada uno sostiene a los otros de tal modo que, si uno se suelta, todo el conjunto se deshace. En este marco, el padre —en tanto nombre— puede ser pensado como síntoma: un punto de capitón que fija la posición inconsciente del sujeto. De allí que el nudo mismo funcione como soporte de la subjetividad, tal como se plantea en El sinthome.

Al operar como un cuarto redondel, el padre introduce una orientación en el nudo. No se trata simplemente de agregar un elemento más, sino de volverlo orientable: delimitar qué permutaciones entre los registros son posibles y cuáles no. Esta orientación no remite a una significación, sino a una direccionalidad del goce, a un “hacia” —lo que el término francés vers permite captar— que pertenece al orden de un sentido real.

De este modo, la operación del padre aporta un elemento operatorio —el síntoma— al tiempo que señala la falla estructural que viene a suplir. El síntoma, en tanto uno de los nombres del padre, es un decir, una escritura que anuda las tres consistencias. Sin esta operación, los registros quedarían disjuntos.

Esto subraya la necesidad lógica de ese cuarto en el encadenamiento borromeo. Pero abre, a su vez, una pregunta crucial: ¿es equivalente concebir al padre como síntoma que llevar al Nombre del Padre a la función del síntoma?

viernes, 20 de marzo de 2026

El sujeto del psicoanálisis: entre la invención y el límite

 En el posteo anterior nos detuvimos en una pregunta clave: ¿es posible pensar al sujeto —y, por lo tanto, a la práctica del psicoanálisis— en términos de evolución?

El psicoanálisis introduce un modo radicalmente novedoso de abordar la subjetividad. Su operación implica una subversión del concepto clásico de sujeto, despojándolo de sus fundamentos filosóficos, metafísicos y ontológicos. Lejos de toda consistencia, el sujeto psicoanalítico se define como evanescente, supuesto y dividido; es solidario de la falta, correlativo de la falla, y queda inscripto en la inconsistencia y la incompletitud. En este sentido, el sujeto está estructuralmente ligado a una aporía.

Se trata de un sujeto que testimonia aquello inasible: efecto del significante que, sin embargo, no logra ser plenamente dicho. Solo puede ser bordeado como falta, lo que conduce a pensarlo como innumerable. A su vez, su posición sexual se ve afectada por un límite estructural: el significante no logra escribirla de manera definitiva.

Es en el marco de esta imposibilidad donde emergen los semblantes, a través de los cuales el sujeto se inviste para asumir una posición sexuada. Estos operan como intentos de sutura de esa falta en ser, dando forma a modos singulares de goce. Ahora bien, si en el nivel de los semblantes pueden verificarse transformaciones —incluso la aparición de modalidades inéditas de goce—, esto no autoriza a hablar de una evolución.

¿Qué permitiría afirmar que los semblantes actuales son “mejores” que los de otras épocas? El psicoanálisis puede dar cuenta de variaciones, pero no de un progreso en sentido estricto. Esas transformaciones no eliminan la aporía estructural que define al sujeto en tanto sexuado.

Por ello, en la práctica analítica, no se trata de confundir los cambios en los semblantes con una modificación del axioma que sostiene el campo. Lo que no cesa de no escribirse permanece. Y cabría preguntarse: ¿qué consecuencias tendría, a nivel del deseo, suponer que ese axioma podría ser alterado?

El origen del término sublimación.

Fuente: Lopardo, Christian, "Sublimación: Origen conceptual a partir de una imagen y desarrollo posterior en la obra de Freud" - La Epoca APA online: Del “Agieren” freudiano al acto analítico. Las dimensiones del acto.”, n° 31.

Si damos crédito y hemos de confiar en los recuerdos que vuelca el discípulo de Freud Hanns Sachs en su libro “Freud. Maestro y amigo” (1944), el concepto de sublimación le es revelado al creador del psicoanálisis al ver una imagen de un semanario. Dice Sachs:

(…) Sucedió mientras estaba [Freud] hojeando una historieta en un periódico humorístico (Fliegende Blätter) que mostraba la carrera de una chica en dos etapas subsecuentes. En la primera, ella estaba arreando una bandada de gansos jóvenes con una vara y en la segunda se la mostraba como una institutriz dirigiendo un grupo de jovencitas con su sombrilla. Las chicas de la segunda imagen estaban dispuestas exactamente de la misma manera que los ansarones de la primera (…)” (p. 99)

Considerando estas palabras podemos buscar la imagen, dar con ella y así encontrarla en el número 2324 del año 1890 del semanario alemán Fliegende Blätter.

La imagen a la que alude Sachs es una obra de este autor y tiene por título “La chica de los gansos y el filántropo (una breve historia de vida)”. En su recuerdo Sachs indica las viñetas 1 y 7 de la imagen. En la primera se observa a una niña descalza y vestida con ropas sencillas guiando con una vara a unos gansos en fila a la vez que es observada por el filántropo a lo lejos. En el último recuadro la sublimación ya está lograda, la ahora joven docente -con gesto adusto y vestimenta reglamentaria- guía con un paraguas cerrado a un grupo de niñas como otrora a los gansos.

Llamativamente olvida Sachs aludir a las viñetas 2, 3, 4, 5 y 6, los puntos intermedios de la sublimación donde se observa el factor externo que incita la misma y el proceso de cambio de meta. Una observación rápida nos dirá que en ellas se ve como la joven es abordada por el benefactor quien la acerca a la formación educativa. Al respecto, sobresale en la tercera viñeta el gesto del hombre, señalando con el dedo índice el futuro de la niña.

A medida que va creciendo y accediendo a las diferentes materias y al mundo social la ahora joven se transforma en la docente. En la viñeta sexta ella es introducida a las futuras alumnas que observan la bienvenida dada por la directora. La imagen, en su conjunto, muestra el proceso sublimatorio, dejando de manifiesto que este destino pulsional es un acto psíquico completo que como tal nace de un proceso inconsciente (Freud 1912g, p. 275) produciendo una conducta aloplastica en la joven al modificar y producir cambios duraderos en el mundo exterior (Freud 1924e, p. 195), erigiéndose como un camino alternativo a las formaciones del inconsciente sintomáticas y conductas masoquistas como el pasaje al acto.

Concluida la sublimación y la identificación, es ella -la docente- ahora el filántropo, que impartirá educación a las niñas.

De la sublimación como represión

Considero que sigo las conceptualizaciones de Freud cuando afirmo que la sublimación pasó de ser, en su obra y desarrollo teórico, un destino ponderado, buscado y anhelado a un modo de represión, por así decir, disfrazada, que cuenta con el beneplácito de la sociedad. Dicho de otra manera, que los que en un comienzo fueron destinos bien distintos y disimiles de la pulsión terminaron, de acuerdo a las circunstancias, siendo pensados por Freud mismo como las caras de una misma moneda.

Quizás sea en el texto sobre “Leonardo” donde la teorización de la sublimación adquiere para Freud mayor valoración, exaltando a la misma y ponderándola como el destino pulsional anhelado y buscado. Explícitamente allí la define como el destino “más raro y perfecto” (AE 11, p. 74) que permitiría, en cierto modo, eludir la represión y lo liga a la pulsión de investigar diciendo:

“(…) la libido escapa al destino de la represión sublimándose desde el comienzo mismo en un apetito de saber sumándose como refuerzo a la vigorosa pulsión de investigar (…) Empero, dentro de sí da razón de la represión de lo sexual que lo ha vuelto tan fuerte mediante el subsidio de una libido sublimada, al evitar ocuparse de temas sexuales. (…)” (p. 74- 5)

Sin embargo, Freud, en simultaneo, no solo conceptualiza la pulsión que logro ser desviada hacia otra meta sino también la necesidad de satisfacción directa de la misma y las consecuencias de su denegación.

“(…) Una cierta medida de satisfacción sexual directa parece indispensable para la inmensa mayoría de las organizaciones, y la denegación de esta medida individualmente variable se castiga con fenómenos que nos vemos precisados a incluir entre los patológicos y displacentero en lo subjetivo.” (…)” (AE 9, p. 169)

Es a partir de 1920 con la inclusión de los conceptos de ideal del yo o superyó, mezcla y desmezcla pulsional y sobre todo la noción de pulsión de muerte que permiten suponer a la sublimación no ya como un mero desplazamiento de la libido sino, y sobre todo, como una renuncia producto de la represión, siendo a expensas de la libido, de la satisfacción directa que se logra la sublimación. Lo cual es agravado por el visto bueno de la sociedad, dando como resultado el “malestar” en la cultura. En su artículo “El yo y el ello” (AE 19) de modo manifiesto Freud alerta sobre el peligro que corre el yo en la sublimación sin satisfacción directa:

“(…) Mientras más un ser humano sujete su agresión, tanto más aumentará la inclinación de su ideal a agredir a su yo (…) Tras la sublimación, el componente erótico ya no tiene más la fuerza para ligar toda la destrucción aleada con él, y esta se libera como inclinación de agresión y destrucción. Seria de esta desmezcla, justamente, de donde el ideal extrae todo el sesgo duro y cruel del imperioso deber-ser (…)” (p. 55)

El yo se encuentra frente a una disyuntiva, tiene que arreglárselas tanto con Eros como con la pulsión de muerte, y ante estos no se mantiene imparcial;

(….) Mediante su trabajo de identificación y de sublimación, (el yo) presta auxilio a las pulsiones de muerte para dominar a la libido, pero así cae en el peligro de devenir objeto de las pulsiones de muerte y de sucumbir el mismo. A fin de prestar ese auxilio, el mismo tuvo que llenarse con libido, y por esa vía deviene subrogado del Eros y ahora quiere vivir y ser amado.

Pero como su trabajo de sublimación tiene por consecuencia una desmezcla de pulsiones y una liberación de las pulsiones de agresión dentro del superyó, su lucha contra la libido lo expone al peligro del maltrato y de la muerte (…)” (p. 57)

La menor ligadura de la pulsión de muerte al liberarse en la desmezcla pulsional producto de la sublimación, pone en riesgo al yo. El sometimiento al ideal del yo da por resultado la sublimación a expensas de Eros, hay una renuncia a la satisfacción instintiva que se encuentra en las bases del malestar en la cultura. En este sentido, y como ya mencioné, la sublimación solo se diferenciaría de la represión en que el primero de estos destinos es ponderado por la sociedad. Vale recordar aquí una “viaja historia”:

(…) La literatura alemana conoce un pueblito de Schilda, a cuyos moradores atribuye la fama toda clase de agudezas. Los habitantes de Schilda, se nos refiere, poseían también un caballo de cuyo vigor para el trabajo estaban muy satisfechos, y solo una cosa tenían para reprocharle: consumía demasiada avena, avena cara. Resolvieron quitarle esta mala costumbre benévolamente, reduciéndole día tras día su ración en varios tallos hasta habituarlo a la abstinencia total. Por un tiempo todo marcho a pedir de boca. El caballo se había deshabituado a comer, salvo un solo tallo diario, y por fin al día siguiente trabajaría sin avena ninguna. Esa mañana hallaron muerto al alevoso animal; los pobladores de Schilda no pudieron explicarse de que había muerto.

Nos inclinaríamos a creer que el caballo murió de hambre, y sin cierta ración de avena no puede esperarse que ningún animal trabaje. (…)” (AE 11 p. 50-1)

La pertenencia implica un costo, pertenencia que se transforma en una exigencia; la renuncia pulsional. La sociedad, de ese modo, “pide” sublimación. Se puede decir más, no se contenta solo con pedir, también impone sanciones para los incumplidores.

Antes de concluir vale volver a la imagen citada por Sachs. Las viñetas intermedias son especialmente interesantes porque muestran el “pedido social” por la sublimación y la renuncia. Mencioné supra que resaltaba la figura del filántropo en la viñeta número 3. Si se me permite la inferencia, luego de lo expuesto, podemos ubicar en el gesto de señalar con el dedo índice una amenaza acorde el deber-ser propio del superyó. El personaje vuelve a aparecer en la viñeta 6 cuando introduce a la ahora docente con la directora que le da la bienvenida al mundo social deja en claro su valoración. La otrora niña con satisfacciones egoístas es ahora un elemento más de una cadena social.

Bibliografía

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- (1916-17 [1915-17]): Conferencias de introducción al psicoanálisis. AE, 15-16
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Jones, E., (1997): Vida y obra de Sigmund Freud. Lumen-Hormé.
Sachs, H., (1944): Freud. Maestro y amigo. Ed. Nube negra, Rosario, Argentina, 2020.