En esta ocasión vamos a hacer un recorrido por el servicio militar obligatorio argentino, para situar como la primera enseñanza militar no era tanto intelectual como corporal.
Situemos primeramente algunas coordenadas para los nacidos en democracia. En términos generales, la conscripción era una obligación legal por la cual, siendo varón, alguien podía ser convocado para pasar un período dentro del Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea. La Ley 17.531 establecía que los varones eran convocados alrededor de los 20 años y que el servicio podía durar entre uno y dos años; en la práctica, especialmente en las últimas décadas, tendió a ser de alrededor de un año.
La colimba (correr, limpiar, barrer) no empezaba realmente cuando se aprendía a disparar o algún quehacer militar, sino cuando el muchacho descubría que durante los próximos meses su tiempo ya no le pertenecía completamente. ¿Pero cómo se desorganizaba la vida civil anterior para producir un sujeto capaz de habitar el cuartel?
En este punto, Erving Goffman resulta bastante pertinente para pensar este fenómeno. En Internados, al estudiar las instituciones totales, describe precisamente espacios donde un conjunto de personas desarrolla una parte importante de su vida bajo una misma autoridad, en un mismo lugar y siguiendo una rutina reglamentada.
El cuartel no era idéntico a una institución total en todos sus aspectos, porque el conscripto tenía permisos, francos, podía salir y eventualmente volver a su casa, pero durante los períodos de permanencia prolongada compartía varios de esos mecanismos de desprivatización.
1) El cuerpo registrado y numerado
Hay que aclarar a las nuevas generaciones que no todos los varones de una camada necesariamente entraran al servicio militar. Había un sistema de selección que combinaba examen médico, excepciones y cupos, y el sorteo determinaba fundamentalmente el destino entre las fuerzas y, en el sistema regulado por la Ley 17.531, el orden de incorporación.
Simplificando bastante, el recorrido comenzaba con todos los jóvenes de la clase siendo registrados y sorteados. La ley establecía un sorteo público anual de la clase correspondiente. El número obtenido era importante: los números más altos se asociaban a la Armada y, en orden decreciente, a Fuerza Aérea y Ejército.
Acá viene algo tan obvio como notable: no sacaban directamente el nombre de cada muchacho. Se utilizaban los últimos tres números del documento como número de orden. Por ejemplo, si el DNI terminaba en 427, la persona esperaba que en la transmisión llegaran al orden 427. De esta manera, se iban recorriendo los números de documento del 000 al 999 y para cada uno se anunciaba el número de sorteo que le correspondía.
Ubicamos que en el número ya encontramos una cierta desubjetivación, aunque transitoria, en tanto el número no significa nada, en contraposición con un nombre, que es un significante.
El número de tu DNI del joven podía tener consecuencias prácticas sobre su destino, porque el sistema utilizaba el número obtenido en el sorteo para ordenar la incorporación. La documentación histórica describe el uso de los últimos números del documento en el mecanismo de sorteo.
El número en aquel sorteo no era simplemente una especie de "entrar/quedar fuera"; servía para ordenar la incorporación y asignar la fuerza. El asunto es que aunque estadísticamente no fuera seguro que al joven le tocara, socialmente vivía con la incertidumbre de que podía tocarle.
El sorteo incluso tenía una dimensión pública y bastante dramática. Hay testimonios de jóvenes y documentación de la época que muestran a familias y muchachos siguiendo por radio los números que iban saliendo. La experiencia tenía suficiente carga emotiva como para que mucha gente se acordara de su número durante décadas.
Debemos entender que el sorteo funcionaba casi como un pequeño acontecimiento ritual colectivo. Excedía de un trámite administrativo: miles de familias escuchaban la radio simultáneamente y esperaban que aparecieran tres cifras que podían alterar el año siguiente de la vida de un chico.
2) El cuerpo desnudado, evaluado... y clasificado
El reconocimiento médico posterior a salir sorteado determinaba quién estaba en condiciones de ser incorporado. Había personas exceptuadas por razones médicas y también otras causales previstas legalmente. La incorporación dependía también de las exclusiones, excepciones y de cuántos conscriptos necesitaban realmente las Fuerzas Armadas.
La ley establecía que, después del sorteo, se hacía un reconocimiento médico general y que una junta médica determinaba si el joven era apto. Una enfermedad o defecto físico que lo hiciera "inepto en forma absoluta y definitiva" era causal de excepción.
En términos generales, el muchacho recibía una citación con día, hora y lugar y se presentaba en una dependencia militar o sanitaria. Hay testimonios de revisaciones realizadas en batallones y distritos militares. Por ejemplo, un exconscripto de la clase 1962 relata que en 1981 fue citado a un batallón de Ciudadela para la revisación.
La revisión buscaba determinar la aptitud psicofísica para el servicio, por lo que incluía distintas dimensiones, examen clínico general, peso y talla, evaluación de la visión y audición, revisión odontológica, etc.
La parte que más llama la atención hoy es que había que desnudarse. En testimonios de exconscriptos aparecen revisaciones colectivas o semicolectivas en las que los jóvenes quedaban desnudos frente al personal médico, precisamente para observar corporalmente posibles anomalías, lesiones, deformidades, etc.
No podríamos considerarlo un mero chequeo médico: era una evaluación estatal obligatoria que podía decidir si un joven de veinte años iba a perder aproximadamente un año de su vida civil y entrar en una institución militar. Y el modo en que se realizaba —incluyendo desnudez, examen corporal y la autoridad jerárquica del médico militar— hacía que para muchos fuera una experiencia bastante intimidante.
El testimonio de un conscripto revisado en 1981 describe que les ordenaron desnudarse, ponerse de espaldas y realizar determinadas posiciones para ser examinados. También relata una revisión anal particularmente invasiva aplicada a otro muchacho.
Claramente, había una distancia entre lo que estaba reglamentariamente previsto y las prácticas concretas que se realizaban.
Eetre los jóvenes de auqella época existiera toda una cultura alrededor de "zafar": se hablaba de problemas de vista, pies planos, escoliosis, soplos cardíacos, lesiones, etc. Algunas cosas eran verdaderos motivos de exclusión; otras eran exageraciones o mitos que circulaban entre los muchachos.
La ley, además, contemplaba expresamente que no presentarse injustificadamente al reconocimiento médico podía generar sanciones y hasta un recargo de servicio... Un servicio que todavía ni empezó.
3) El cuerpo separado de sus otros primordiales.
Si reconstruimos el primer día de un conscripto en el Ejército, sobre todo para las décadas en que la conscripción estaba plenamente instalada, la escena era bastante más brusca de lo que hoy imaginamos. Hay que tener presente que variaba según fuerza, unidad, época y destino. La documentación histórica sobre Campo de Mayo describe un “período de instrucción” inicial de unos treinta días, intensivo, durante el cual todos los ingresantes hacían básicamente lo mismo antes de ser destinados a funciones específicas.
Supongamos que seguimos la experiencia de Juan, un caso ficticio. El muchacho ya sabía desde hacía días que tenía que presentarse. Había preparado un bolso o valija con algunas cosas personales y probablemente llevaba puesta todavía su ropa de civil.
La escena familiar debía tener algo particular: no era exactamente una despedida porque iba a volver, pero tampoco era un día cualquiera. Para muchos significaba que durante varios meses la vida cotidiana iba a quedar suspendida.
El padre, la madre, hermanos, novia o amigos de Juan podían acompañarlo hasta el lugar de presentación. Después de ahí, la familia dejaba de tener control sobre lo que ocurría.
Y esto es importante psicológicamente: hasta esa mañana el muchacho era estudiante, empleado, hijo, novio, amigo. A partir de ese momento pasaba a ser un conscripto dentro de una estructura militar.
Juan llegaría a esta organización junto con decenas de otros jóvenes. Probablemente muchos no se conocían entre sí. Venían de barrios, escuelas y familias diferentes. En unidades grandes podían encontrarse incluso muchachos provenientes de lugares muy distintos del país.
Los recibían militares y comenzaban los trámites de incorporación. Nombre. Documento. Clase. Destino. Se verificaban los datos y se los distribuía. Y entonces empezaba la transformación de Juan.
4) El cuerpo dentro de una jerarquía.
Una de las primeras cosas que a Juan probablemente lo habría impresionado hubiera sido la forma en que se dirigían a ellos. En la vida civil, un chico de veinte años podía estar acostumbrado a hablar con profesores, padres, jefes o empleados prácticamente de igual a igual.
En el cuartel aparecía inmediatamente otra lógica:"¡Formación!", "¡Firmes!", "¡A formar!", "¡Rápido!"
La documentación histórica describe precisamente que la primera instrucción incluía orden cerrado, saludos, símbolos, marchas y aprendizaje de la organización militar. Todo esto sin que fuera necesario que todavía supieran hacer nada militar. El período inicial estaba pensado justamente para producir esa transformación.
5) El cuerpo uniformado
En algún momento de ese proceso, Juan recibiría los elementos militares que iba a necesitar y comenzaría a utilizar el uniforme. Eso tiene una importancia simbólica particular, porque es el punto donde la ropa civil comienza a desaparecer.
Hasta unos minutos antes, era Juan Pérez, estudiante. Ahora: Soldado conscripto Pérez.
El uniforme eliminaba muchas diferencias visibles entre ellos. La propia documentación histórica señala que durante ese período inicial todos los soldados de una unidad estaban, por primera vez, en condiciones relativamente iguales: vivían de la misma manera y realizaban las mismas tareas.
El uniforme brinda dos operaciones simultáneas. Por un lado, individualizaban menos al sujeto, ya que todos tenían prácticamente la misma ropa, las mismas camas, la misma comida, los mismos horarios. Pero por otro, hacían más visible cualquier diferencia corporal o subjetiva. Si todos están vestidos igual y viven igual, las diferencias que quedan, como altura, fuerza, habilidad, timidez, sexualidad percibida, carácter, etc. pueden hacerse incluso más visibles.
No es casual que el uniforme tenga tanta importancia simbólica dentro de la institución militar: representa identidad, pertenencia, jerarquía y disciplina.
¿Le cortarían el pelo a Juan? La famosa escena cinematográfica de "entrás, te agarran y te pelan al ras" no necesariamente ocurrió exactamente así en todos los cuarteles y épocas. Pero ciertamente, el cabello corto y la adecuación de la apariencia formaban parte de la transformación del civil en soldado.
Es fácil imaginar lo que podía producir en un muchacho. Si Juan se miraba al espejo, ya no veía exactamente al mismo tipo que había salido de su casa esa mañana.
6) Un cuerpo desprovisto de intimidad
La pérdida de intimidad era una de las características estructurales de la vida de cuartel, aunque nuevamente variaba mucho según unidad, época y condiciones materiales. Y probablemente sea difícil imaginarla desde la vida actual porque estamos acostumbrados a que incluso los espacios colectivos tengan algún grado de privacidad.
En un cuartel, el principio era bastante diferente: el cuerpo y el tiempo del conscripto estaban mucho más expuestos a la mirada de los demás.
A Juan le asignan un lugar para dormir. Le dan una cama, un armario o espacio para sus pertenencias, un dormitorio compartido con muchos otros. Y entonces comienza una de las experiencias más extrañas: dormir con treinta, cuarenta o más tipos que unas horas antes eran desconocidos.
La habitación donde está Juan ahora era colectiva, quizá Juan aún no lo haya notado por estar frente a varias preocupaciones nuevas más inmediatas: ¿Dónde pongo mis cosas? ¿Cómo hago la cama? ¿Cuándo puedo ir al baño? ¿A qué hora puedo llamar a casa? ¿Cuándo vuelvo? Todo eso tiene que aprenderse.
Lo cierto es que ahora, Juan tiene que acostarrse y levantarse rodeado de otros, cambiarse de ropa delante de otros. Sus pertenencias están prácticamente a la vista y sus ronquidos, pesadillas, conversaciones y estados de ánimo podían ser escuchados por los demás. Incluso algo tan sencillo como estar triste, llorar o querer estar solo desde ahora resultará difícil.
Los baños militares tradicionalmente estaban diseñados para ser colectivos y funcionales, no para proporcionar intimidad. Había baterías de duchas y sanitarios. Dependiendo de la época y de la unidad podía haber separaciones, cortinas, divisiones o simplemente espacios abiertos. No podemos decir que todos los cuarteles eran iguales, pero sí existía algo fundamental: la corporalidad dejaba de ser completamente privada. El cuerpo está ahí y los demás pueden verlo. Y además estaba la dimensión de la mirada de los otros varones.
Ducharse después de hacer ejercicio, cambiarse, ir al baño, lavarse, afeitarse... eran actividades que podían realizarse en presencia de otros. Y para un chico de 18-20 años eso podía ser especialmente significativo, porque estamos hablando justamente de una etapa en la que el cuerpo, la sexualidad, la vergüenza y la comparación con otros tienen una enorme importancia.
Con el tiempo, Juan detectará una auténtica fijación de los militares por hacer la cama de una determinada manera, que de no ser cumplida podía ser motivo de un castigo. Esta pequeña operación pedagógica para indicar que el espacio privado tampoco le pertenece realmente.
7) Un cuerpo con horarios
La investigación histórica sobre la conscripción en Campo de Mayo lo expresa bastante claramente: el objetivo de esos primeros treinta días era "aclimatar" de manera brusca a los jóvenes a la vida del cuartel, mediante actividad física, disciplina y subordinación.
Juan ahora come en el comedor de la unidad. También esto estaba reglamentado: horarios, lugares, forma de comportarse, movimientos. Notemos que todavía nadie habló de aprender a combatir, más bien se trata de aprender cómo vivir dentro del cuartel.
Había una secuencia temporal minuciosamente organizada: levantarse, higienizarse, tender la cama, formar, desayunar, una instrucción, almorzar, otra instrucción, más tareas, descanso. No importa tanto la actividad, sino en acostumbrar al cuerpo a responder al horario institucional.
8) La pedagogía del cuerpo militar
Después de las cuestiones administrativas empezaba lo que podríamos llamar la pedagogía del cuerpo militar. El orden cerrado tenía precisamente esa función: que el cuerpo aprendiera a responder automáticamente a determinadas órdenes y que el individuo pudiera moverse como parte de una unidad.
Formación, marcha, giros, saludo. Posición de firmes. Carrera. Ejercicio físico. Órdenes. Repetición. Otra vez y otra.
"Firmes" es un ejemplo perfecto: el cuerpo parado espontáneamente cambia de posición, se rasca, se mueve, mira alrededor. "Firmes" prescribe cómo estar parado, se trata de un cuerpo controlado.
Juan deberá aprender a detenerse cuando se dé una orden, comenzar cuando se dé otra, desplazarse con otros, mantener una posición, esperar y siempre obedecer. El cansancio y la incomodidad deberán ser tolerados y Juan aprenderá a subordinar su iniciativa individual a la formación.
Se disciplinaba la manera de hablar. Había que responder cuando correspondía y permanecer callado cuando correspondía. Y existía un vocabulario jerárquico: "Sí, mi...", según el grado del superior y la tradición de cada fuerza/unidad.
La mirada también estaba disciplinada. En determinadas situaciones había que mirar hacia adelante, mantener la cabeza en determinada posición y evitar distraerse. Incluso el saludo militar regula la mirada, el movimiento de la mano y la postura. Es decir, hasta algo aparentemente tan privado como dónde dirigís los ojos podía estar normativizado.