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viernes, 15 de mayo de 2026

La identificación y su operatoria en la cadena significante

En distintas ocasiones hemos subrayado la relevancia conceptual y clínica de la identificación. La pregunta que orienta esta reflexión es la siguiente: ¿en qué nivel opera la identificación?

A partir de su seminario 9, Jacques Lacan introduce una reformulación decisiva de este concepto. No resulta casual que gran parte de dicho seminario esté dedicado a la repetición, cuestión que invita a interrogar el vínculo estructural entre ambos términos. Allí la identificación deja de pensarse únicamente como un fenómeno ligado a lo imaginario para pasar a concebirse como una operación que instituye un lazo en el sujeto.

En este movimiento, Lacan despeja la posibilidad de reducir la identificación al plano de la egomímesis o de la captación especular. Su apuesta consiste en situarla en el registro del significante, permitiendo pensar así un modo de anclaje del sujeto en el campo del Otro.

Desde esta perspectiva, la identificación debe localizarse en la cadena de la enunciación, tal como aparece articulada en la estructura del grafo del deseo. De este modo, sus efectos pueden escucharse en el nivel mismo del discurso, particularmente en sus desplazamientos metafóricos y metonímicos.

Un concepto especialmente esclarecedor para pensar esta lógica es el de sutura. La sutura designa la operación mediante la cual el sujeto se enlaza a la cadena significante, aunque inicialmente sólo pueda contarse allí bajo la forma de una falta. La identificación produce entonces un lazo que sutura la relación del sujeto con dicha cadena, sin por ello abolir su condición de falta estructural. Ningún significante logra nombrarlo plenamente; sin embargo, la identificación opera como aquello que viene a ocupar el lugar de ese elemento faltante, posibilitando su inclusión en la estructura.

Es en este punto donde adquiere importancia la función del nombre propio. A través de la letra, el nombre propio permite construir un anclaje posible para un sujeto definido por su evanescencia. Sus retornos, tanto metafóricos como metonímicos, se juegan en esa modalidad de satisfacción mediante la cual el sujeto intenta nombrarse a sí mismo, restituyendo de manera ilusoria una consistencia y completud al Otro.

jueves, 12 de febrero de 2026

El analista no se detiene en el sentido del discurso

Desde muy temprano en su enseñanza, Lacan manifiesta la aspiración de abordar lo que acontece en un análisis en términos de estructura. En esa perspectiva se inscribe su formalización del concepto de discurso, noción que no coincide con lo efectivamente pronunciado por el sujeto.

Si distinguimos —como lo hace Lacan— entre enunciado y enunciación, el discurso no puede reducirse a lo dicho. Lo que el sujeto formula en el nivel del enunciado no agota aquello que se juega en el acto de decir. Surge entonces una pregunta decisiva: ¿qué es lo que escucha un analista?

Podríamos comenzar por señalar aquello a lo que no dirige su atención privilegiada. El analista no se orienta por el sentido manifiesto del discurso. Su escucha no está comandada por la coherencia narrativa ni por la significación consciente que el sujeto atribuye a sus palabras.

Por el contrario, la escucha analítica se dirige hacia los significantes que resultan determinantes en la historia del sujeto. A partir de la atención flotante —esto es, no privilegiando ningún elemento del discurso por su valor de sentido— el analista puede aislar aquellos términos que, más allá de lo que quieren decir, operan como puntos de fijación. Son esos significantes los que permiten ir reconstruyendo la cadena significante inconsciente, entendida como el discurso del Otro.

Ahora bien, ¿cómo se hace posible esta escucha? Los significantes decisivos no aparecen como tales en la continuidad armónica del relato. Se manifiestan, más bien, en momentos de vacilación: allí donde el sentido se quiebra, donde irrumpe una discontinuidad, un tropiezo, una formación que desajusta la gramática o fractura la coherencia del discurso.

En esos puntos —lapsus, equívocos, repeticiones insistentes, formulaciones antigramaticales— se evidencia algo que excede al yo y a su intención comunicativa. Se trata de irrupciones que desorganizan el discurso del moi, revelando que el sujeto no coincide consigo mismo y que el sentido no es soberano.

Así, la escucha analítica no persigue la comprensión sino la estructura. No apunta a completar el sentido, sino a localizar sus fallas. Allí donde el discurso se resquebraja, el inconsciente hace oír su lógica.

lunes, 2 de febrero de 2026

Del lenguaje al sujeto: operaciones significantes y castración del Otro

Partimos del pasaje que va de la estructura del lenguaje a la constitución del significante en el sujeto. Si bien el significante preexiste en el campo del lenguaje, no por ello está ya dado en el sujeto: su inscripción requiere una operación específica, una mediación que solo puede provenir del Otro. Es en ese punto donde se vuelve decisiva la función del Otro como instancia operante, y no meramente como depósito del lenguaje.

La fórmula lacaniana “el inconsciente es el discurso del Otro” da cuenta justamente de esta operación. No se trata de un Otro abstracto, sino de alguien que, al ocupar ese lugar y hacer uso del significante para significar, imprime en el sujeto una serie de marcas, huellas y determinaciones. El inconsciente no es entonces un interior psicológico, sino el efecto de una operatoria significante que se ejerce desde el campo del Otro.

La pregunta que se impone es: ¿cuáles son las operaciones significantes necesarias para que el inconsciente, en tanto discurso del Otro, se instituya en el sujeto? Es en este punto donde Lacan retoma y reelabora la herencia freudiana del Edipo, desplazándola de una lógica narrativa o imaginaria hacia una lógica estrictamente significante.

En esta reformulación, ni la madre ni el padre cuentan como personajes empíricos. Lo que importa no son las figuras, sino las funciones. La madre interviene en tanto significante del deseo: es por la vía del deseo de la madre que el sujeto queda inicialmente capturado en la cadena significante. El padre, en cambio, interviene por la vía del nombre, a través del significante del Nombre-del-Padre, que introduce una operación de corte y de ordenamiento en ese campo.

Delimitar estas operaciones —la función del deseo materno y la operación del Nombre-del-Padre— permite situar, en la estructura del grafo del deseo, un pasaje fundamental: aquel que habilita el tránsito desde la cadena del enunciado hacia la cadena de la enunciación. No se trata de un simple cambio de nivel, sino de una transformación estructural en la posición del sujeto respecto del Otro y del significante.

Este pasaje tiene una consecuencia decisiva: la introducción de la castración en el Otro. En el nivel del enunciado, el Otro aparece ilusoriamente como completo, consistente, sin falla. En cambio, en la enunciación se inscribe en el sujeto el significante de una falta en el Otro. El Otro ya no es pleno: está atravesado por una imposibilidad estructural.

Esta castración que afecta al Otro no es un accidente ni un déficit contingente, sino una condición estructural que es consustancial al lugar mismo del sujeto. El sujeto, en tanto efecto del significante, no es otra cosa que esa falta hecha consistencia: el sujeto es la falta significante misma. Es desde allí que puede hablar, desear y quedar dividido por el lenguaje que lo constituye.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Tres letras y un cuerpo: la torsión de lo escrito en Aún

La torsión que introduce Lacan en Aún respecto de lo escrito le permite distinguir con precisión tres modos de la letra: la a, el falo como letra, y el significante de la falta en el Otro. Cada una de ellas delimita un borde distinto, heterogéneo, por lo que el cuerpo deja de pensarse como superficie homogénea: se trata de una topología discontinua, tejida por fallas.

La letra a se enlaza con la falta estructural que funda el deseo, índice del lugar donde el sujeto se constituye como efecto de pérdida.
La letra fálica, en cambio, inscribe la función desde la cual un hablante puede sexuarse, formalizando el modo en que el goce se regula simbólicamente.
La letra que marca la falta en el Otro, finalmente, es la más subversiva, porque introduce una hiancia en el conjunto mismo del Otro, escribiendo allí donde el campo del saber se desgarra.

Estas tres letras, en su diferencia, verifican lo que Lacan definía como la función de borde propia de la letra: escribir un límite, producir una contigüidad entre lo simbólico, lo imaginario y lo real, sin confundirse con ninguno.

Aquí se reactiva una oposición clásica pero siempre fértil en el psicoanálisis: la del significante y la letra.
  • La letra pertenece al orden de lo fuera de sentido; es lo inequívoco que se oye y que a veces obliga a tomar el discurso “a la letra”.
  • El significante, por su parte, es el que encadena: produce serie, sentido, negación, equívoco.

El interés de Lacan no reside en sustituir uno por otro, sino en hacer operar su pasaje: del significante a la letra. En esa torsión se abre la posibilidad del acceso a la enunciación, dimensión que se vuelve patente desde el inicio de L’Étourdit. La letra, tomada del discurso científico, se vuelve aquí un instrumento para diferenciar al psicoanálisis de la lingüística, rompiendo definitivamente la correspondencia entre significante y significado.

En suma, Lacan desplaza lo escrito hacia una función que ya no representa, sino que borda; una escritura que no dice, sino que hace lugar.

jueves, 23 de octubre de 2025

El corte nominante y la inconsistencia del Otro

El corte que nomina funda lo propio del inconsciente en la medida de su inaccesibilidad para el sujeto.
Sus efectos se inscriben en la cadena que Lacan denominó enunciación, sin por ello dejar de producir ecos en el enunciado.

En la estructura del grafo del deseo, este corte define la relación entre la pulsión y la falta significante en el Otro.
Respecto de la pulsión, Lacan formula una articulación decisiva: la pulsión es inseparable del efecto del significante. Se trata de significancia, pero no de significación; es un efecto del significante en el cuerpo, desprendido de todo efecto de sentido.

Por eso la define como “tesoro del significante”: allí donde el Otro —el del piso inferior del grafo— falla en su completud, la pulsión sostiene el resto.
En el punto en que el significante vacila en el Otro, la pulsión deviene depósito de significancia, condensando la insistencia del deseo sin mediación de sentido.

Este efecto se hace visible en el matema del piso de la enunciación, donde la fórmula de la pulsión comparte su nivel estructural.
En él se revela que la completud del Otro es imposible, porque el sujeto se constituye a partir de una sustracción, de la falta del significante que podría darle identidad.

Este desplazamiento implica un cambio de acento respecto de la función del Otro.
La falta significante que afecta su estructura introduce una falta de garantía que pone en crisis la verdad.
En Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, el Otro todavía se concebía como garante de la verdad del sujeto, en tanto se suponía completo y capaz de reconocimiento.
A partir de su barradura, este Otro ya no puede sostener esa función de garantía: la verdad se torna problemática, y el campo de orientación se desplaza hacia el saber.

Este saber, sin embargo, no viene a reemplazar a la verdad, sino a situar su falta: un saber afectado por la misma inconsistencia y no-todo que atraviesa al Otro.
Así, el corte nominante no sólo funda el inconsciente, sino que abre el campo donde el psicoanálisis puede operar, entre el tesoro del significante y la incompletud estructural del Otro.

miércoles, 22 de octubre de 2025

La letra como borde: del sin sentido al soporte del fantasma

La noción de borde adquiere en Lacan una relevancia creciente a lo largo de su enseñanza, y su germen puede rastrearse en La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud.
Allí, aunque la letra no se distingue con claridad del significante, se deja entrever una diferencia decisiva: en el nivel de la letra se juega lo indivisible, lo fuera de sentido y, por ello mismo, la orientación hacia lo real.

Lacan establece en ese texto un vínculo estructural entre la letra en el inconsciente y el ser del sujeto —más precisamente, con el ser que le falta al sujeto a causa de la falta significante que afecta al Otro.
La letra viene a señalar ese punto de sin sentido concomitante al orden significante, una suerte de trazo que bordea lo que no puede articularse.

Esta línea se profundiza en el Seminario sobre el deseo, donde Lacan recurre a la tragedia de Hamlet.
Allí, el encuentro del sujeto con la muerte del Padre sirve para mostrar cómo el fantasma enmarca el campo en que, ante el desfallecimiento del orden simbólico, se hace necesario un acto.
La muerte, en tanto agujero del sentido, deja al sujeto ante la exigencia de una respuesta; y cuando esta falta, sobreviene la inhibición.

Lacan señala entonces que el fantasma cumple una función compensatoria frente al sin sentido que introduce la falta significante.
Dice:

“La restitución del sentido del fantasma, que es algo imaginario, se inscribe en el grafo entre estas dos líneas: entre el enunciado de la intención del sujeto por un lado, y, por otro, la enunciación en la cual el sujeto lee su intención bajo una forma profundamente descompuesta, parcelada, fragmentada, refractada por la lengua.”

Allí donde el sujeto se desvanece por su falta en ser, el fantasma imprime un imaginario que le confiere algún sentido, una suerte de borde protector frente al vacío del significante.
De este modo, el fantasma no sólo enmarca el campo del acto, sino que anticipa la entrada en juego de la metáfora paterna y de la significación fálica, que restituyen al sujeto un punto de anclaje frente al sin sentido estructural.

La letra, así, se revela como el borde que articula sentido y real, el trazo mínimo donde lo simbólico roza lo que no puede decirse, y donde el sujeto, ante su falta en ser, encuentra en el fantasma una figura transitoria para sostenerse.

La función anudante: del deseo y el síntoma al modo singular del nudo

Aunque no comparten el mismo horizonte conceptual, tanto Freud como Lacan se muestran preocupados por distinguir entre lo fijo y lo variable.
En ambos casos se trata de interrogar qué puede sostener al sujeto, allí donde su ser se define por el desvanecimiento.

En Lacan, esta pregunta se despliega como una línea de indagación constante, en la que, a lo largo de su enseñanza, distintos conceptos asumen la función de anclaje o punto de amarre del sujeto.
En el Seminario 6, por ejemplo, esa función es ocupada por el deseo en su relación con el fantasma.
Ambos conforman un vector situado entre el enunciado y la enunciación, es decir, entre la articulación significante y la posición del sujeto que habla.

Sin embargo, esta no es la única figura que cumple una función de sostén.
También el síntoma, en la medida en que implica la operación del Otro —aquella que erige el punto de capitonado—, cumple el papel de estructura anudante.
Se trata de un nudo que todavía no es borromeo, pero que ya anticipa la necesidad de pensar una lógica de enlace entre los registros.

Este síntoma, tal como Lacan lo sitúa en el grafo del deseo, ocupa el lugar de la escansión que el Otro produce:
una pausa, un corte que funda el punto donde el sujeto se sostiene.
Por eso, en La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, Lacan afirma:

“Este franqueamiento expresa la condición de paso del significante al significado, cuyo momento señalé más arriba confundiéndolo provisionalmente con el lugar del sujeto.”

Así, el síntoma —en su estructura metafórica y en el franqueamiento de la barra resistente a la significación— se vuelve sostén del lugar del sujeto.
El paso del significante al significado, ese franqueamiento, deja tras de sí una marca, una cesura que delimita el campo mismo donde el sujeto puede advenir.

En esta dimensión del anudamiento encontramos una de las operaciones más singulares del psicoanálisis:
cada sujeto forja, a su modo, un modo de relación entre lo real, lo simbólico y lo imaginario.
Y es precisamente en esa manera singular de anudar, allí donde el síntoma opera como sostén, donde puede leerse la función estructural que sustituye toda ilusión de completud por la invención de un equilibrio posible entre los registros.

martes, 22 de julio de 2025

El estadio del espejo: gramática del yo y acto de fundación del sujeto

El texto sobre el estadio del espejo no es solamente una intervención en un congreso internacional, ni un aporte circunstancial a las discusiones de la IPA. Se trata, más bien, de un escrito fundante: en él se establece una posición que atraviesa toda la enseñanza de Lacan, más allá de las inflexiones y desarrollos posteriores. Allí se presenta una lectura de la subjetividad que condensa una operación inaugural: la del reconocimiento de la imagen especular como matriz del yo (moi) y punto de torsión entre cuerpo, imagen y palabra.

El valor de este estadio no se limita a la organización narcisista: es configurante, estructurante, en tanto establece un modo de relación del sujeto consigo mismo y con el mundo. Lo que se juega allí es la inscripción del “yo” como función gramatical, como posibilidad de enunciación. El surgimiento de la primera persona del singular —el “yo” que habla— se sostiene en una operación simbólica, que Lacan ubica en continuidad con el campo del Otro. Sin embargo, esta aparición del “yo” no debe confundirse con un agente soberano o con un principio de dominio. Por el contrario, Lacan elige hablar del moi y no del ego, precisamente para subrayar que se trata de una función alienada, dependiente de una imagen externa, y no de un cogito fundador.

Allí donde aparece esta primera persona, el sujeto es ya acéfalo: efecto del significante, escindido, inaprehensible. Esta es una de las rupturas radicales que el psicoanálisis introduce con respecto a la tradición filosófica y psicológica: el sujeto no es idéntico a sí mismo, no se posee, no se funda por la conciencia, sino que se constituye como efecto de una mediación imaginaria y simbólica.

¿En qué consiste, entonces, el estadio del espejo? En el hecho estructural de que el infans humano, antes de alcanzar la coordinación motriz o la autonomía corporal, puede reconocerse en la imagen especular. Esta experiencia —aparentemente trivial— inaugura una lógica de identificación anticipada: el niño se asume en una forma que aún no domina, se aliena en una totalidad que lo representa y lo desborda. A diferencia de otras especies animales, el cachorro humano reacciona con júbilo frente a su imagen, en un gesto que delata la presencia de un campo estructural más allá del simple reflejo.

Este reconocimiento no ocurre en soledad: la escena del espejo está mediatizada por la presencia del Otro, generalmente encarnado en la figura parental. El niño gira su cabeza, busca la mirada, confirma el registro de la imagen en el deseo del Otro. Por eso Lacan puede articular este proceso con la constitución del cuerpo como unidad, y más adelante, con el campo del fantasma y la relación a los objetos.

Así, la imagen especular no es un dato, sino una función de ligadura entre el cuerpo, el lenguaje y el deseo. El yo no es una sustancia, sino un efecto de reconocimiento; una imagen prestada, sostenida en la mirada del Otro, desde donde el sujeto empezará a hablar.

viernes, 20 de junio de 2025

Del fading al anudamiento: la discordancia en el corazón del sujeto

La discordancia entre enunciado y enunciación, tal como se representa en el grafo del deseo, pone en evidencia un rasgo esencial de la constitución subjetiva. Lacan ilustra esta discordancia en la oscilación entre dos modos de la negación: aquella que afecta al acto de decir y aquella que incide sobre el sentido producido por la articulación significante.

Es precisamente en el plano del acto del decir donde interviene la función del ne discordancial. Su valor no está en lo que significa, sino en lo que indica: señala el lugar del sujeto en el nivel de la enunciación, aunque no lo nombre. Aquí se retoma la distinción ya trabajada en el esquema L del Seminario 2 entre el moi, localizable en el plano del enunciado, y el sujeto del inconsciente, emergente de la enunciación. Esta diferencia resulta central para la definición lacaniana del sujeto en psicoanálisis.

Se trata, entonces, de un sujeto que no puede ser nombrado de manera directa, ni fijado en un significante único. Por eso, el borramiento —o fading— deviene una operación constitutiva de ese sujeto. Y en ese punto, la distancia y la tensión entre las dos cadenas del discurso (la del sentido y la del deseo) adquieren una relevancia estructural.

El uso que Lacan hace del francés —su lengua materna— le permite problematizar qué es lo que ocupa el lugar del nombre imposible del sujeto, ese vacío constitutivo que estructura la enunciación. En este marco, Lacan afirma que el sujeto se “articula” en el campo del deseo, lo que remite necesariamente a la lógica de la falta.

La elección del verbo articular no es casual: conlleva la exigencia de una relación, de un otro término, que permita sostener el lugar del sujeto. Si este se desvanece como efecto del significante —fading—, algo debe intervenir para resguardarlo de la desaparición total. Es así como comienza a esbozarse la cuestión del anudamiento, concebido como operación necesaria para que el sujeto pueda mantenerse, aun allí donde el significante borra su huella.

domingo, 15 de junio de 2025

Del significante al nombre propio: lógica, sin sentido y el ser del sujeto

Si seguimos la orientación propuesta por Lacan —aquella que separa al significante de su dimensión puramente lingüística para situarlo en el terreno de la lógica— se abre un campo fecundo para pensar su incidencia en el psicoanálisis. Un campo que incluye la gramática, la sintaxis y la significación, pero que encuentra su punto esencial en una noción más radical: el sin sentido.

Es precisamente esta apertura hacia lo ilógico, lo no articulable, lo que permite introducir una distancia entre denotación y connotación, entre significación y referencia. Esa discrepancia no es un detalle menor: se convierte en un baluarte clínico y teórico decisivo para abordar uno de los elementos más complejos del campo analítico: el nombre propio.

En efecto, el nombre propio no puede reducirse a una palabra en sentido clásico. No es un signo entre otros, porque conlleva en sí una vacilación del sentido, un punto en el que éste se desfallece. En términos psicoanalíticos, el nombre propio denota sin connotar plenamente, y en esa separación —entre lo que nombra y lo que significa— se juega su eficacia.

Este punto de quiebre entre el sentido y el referente hace del nombre propio un lugar privilegiado para pensar lo innombrable del sujeto, allí donde el significante roza lo real. El nombre no representa al sujeto, pero lo marca, lo inscribe, delimitando un lugar donde el sentido se interrumpe, pero la existencia se afirma.

Lacan llega a esta problemática tras su trabajo con la estructura del significante a partir del grafo del deseo y de su distinción entre enunciado y enunciación. Desde allí, desplaza su atención hacia una pregunta crucial: ¿qué es el sujeto en relación con el acto que afirma su ser?, y más concretamente, ¿qué es el sujeto respecto del cogito cartesiano?

Si, como él sostiene, el sujeto sólo accede al ser en la medida en que se desvanece, ¿podemos concebir otro modo de pensar al sujeto que no lo reduzca al agente del pensamiento?

Esta interrogación deja entrever un giro profundo: el sujeto del psicoanálisis no se define por pensar, sino por ser efecto de un acto, de una inscripción significante, incluso allí donde el sentido falla. Es este vacío —esta cesura en el saber y en el lenguaje— el que funda su ser.

Así, el nombre propio, lejos de garantizar una identidad, señala la imposibilidad de cerrar al sujeto bajo una representación estable, y al mismo tiempo, marca su lugar en el campo del Otro. En ese borde entre sentido y sin sentido, es donde el psicoanálisis sitúa la existencia misma del sujeto.

lunes, 28 de abril de 2025

Del amor al deseo: la encerrona necesaria en la demanda

La cadena inferior del grafo formaliza la estructura de la demanda como demanda de amor. En ella, lo que se solicita no es simplemente un objeto, sino la presencia incondicional del Otro. Esta dinámica justifica el lugar que ocupa el matema A (el campo del Otro como sitio del significante), íntimamente vinculado con el punto extremo de ese circuito: el I(A), el Ideal del yo o del Otro, significante de la demanda de amor.

Aquí se dibuja el lazo fundamental del niño con la madre como Otro primordial. Un vínculo atravesado por una paradoja estructural: la demanda de amor sostiene la acogida del niño —que es a la vez un niño demandado y significado—, pero también lo deja expuesto al capricho del Otro, sometido a su designio. Lacan señala esta estructura como infernal, aunque también habla de reciprocidad y circularidad: índices de una encerrona... pero una encerrona necesaria.

La necesidad de este enredo responde a un dato clínico central: el niño, en su desamparo, depende enteramente de la respuesta del Otro. El Otro que, interpelado por el llanto, responde con una demanda, y no simplemente con satisfacción. Sin embargo, esta respuesta nunca puede colmar completamente la incondicionalidad que la demanda implica: siempre arrastra una imposibilidad. Así, la demanda se convierte en el vehículo de algo que la desborda: un deseo que la excede.

Más allá de cualquier demanda explícita, el niño encuentra en el Otro la presencia de un deseo. Y es este descubrimiento el que abre una brecha. El niño puede preguntarse:

  • “¿Qué desea realmente el Otro?”

  • “¿Qué desea más allá de mí?”

Esta pregunta es fundamental. Marca el pasaje del enunciado (el contenido manifiesto de la demanda) a la enunciación (el acto mismo de deseo que la sostiene). En esa torsión, el niño puede comenzar a reconocer que el Otro no es completo ni autosuficiente, sino que también le falta algo.

Así se inaugura el movimiento que lleva:

  • De la ilusión del Otro completo al significante de su falta.

  • De la demanda de amor a la demanda pulsional, en su estructura reversible.

En esa apertura se dibuja el primer atisbo de un sujeto que ya no está totalmente sitiado por el Otro, sino que empieza a bordear el campo del deseo.

lunes, 7 de abril de 2025

Del dicho al decir: la escritura como anudamiento del cuerpo y el goce

Partiendo de la conocida distinción entre enunciado y enunciación —punto de anclaje en la estructura del discurso—, Lacan avanza hacia una discrepancia de mayor alcance: la que se produce entre el dicho y el decir.

El decir, noción clave para situar el anudamiento del síntoma, no se agota en el dicho. Su dimensión no es puramente significante: pertenece a la escritura. La escritura, en este punto, se vuelve indispensable, en tanto permite formalizar una incidencia sobre lo real allí donde la palabra no alcanza.

Mientras el dicho queda ligado a la función primera del significante —aquello que cierra, que ajusta, que delimita—, el decir se presenta como su precipitado, pero también como su excedente. Su operación implica una localización en el cuerpo, no en el cuerpo biológico, sino en aquel del que “se goza” sin saber quién lo hace.

¿Por qué Lacan arriba a esta diferencia entre decir y dicho? ¿Y por qué es más radical que la ya clásica entre enunciado y enunciación?

Porque esta segunda distinción ya no se detiene en la formalización de la estructura del discurso, sino que implica una orientación clínica que enfrenta el eje nodal de la praxis analítica: el contrapunto entre verdad y real. La pareja decir/dicho introduce así la dimensión del cuerpo como superficie de goce, rompiendo con cualquier ilusión de transparencia verbal.

En este contexto, la pregunta que se impone es: ¿qué sería, de qué naturaleza, un decir lo femenino? Lacan no esquiva este impasse, sino que lo bordea. Y lo hace en diálogo con Freud, quien al postular que la verdad no es toda, indica que lo real le ex-siste. De ahí que no haya decir sobre lo femenino sin pasar por la histérica —no por su verdad, sino por su pregunta—.

domingo, 22 de diciembre de 2024

La Identificación: Un lazo entre el sujeto y el significante

En diversas oportunidades hemos resaltado la importancia clínica y conceptual de la identificación. Hoy queremos reflexionar sobre una pregunta clave: ¿en qué nivel opera la identificación?

Más allá de lo Imaginario

A partir de su seminario 9, La identificación, Lacan revisa profundamente este concepto, vinculado también al tema de la repetición. Este planteo lleva a considerar la identificación no solo como un fenómeno del campo imaginario o de la egomimia (la imitación del yo), sino como una operación que se inscribe en el nivel del significante. Así, Lacan desplaza su estatuto hacia una función que permite al sujeto establecer un lazo en el campo del Otro.

Identificación y el Grafo del Deseo

La identificación debe situarse en la estructura de la cadena de la enunciación, tal como Lacan lo escribe en el grafo del deseo. En este nivel estructural, se manifiestan sus efectos tanto metafóricos como metonímicos, lo que permite escuchar su funcionamiento en el discurso.

La Sutura como Operación de Lazo

Un ejemplo fundamental de esta operación es el concepto de sutura. La sutura representa el lazo que el sujeto establece con la cadena significante, pero en tanto que sujeto marcado por la falta. Este lazo no elimina la falta, ya que ningún significante puede nombrar completamente al sujeto. Sin embargo, la sutura permite que el sujeto sea incluido en esa cadena, actuando como el elemento que, paradójicamente, falta.

El Nombre Propio y la Evanescencia del Sujeto

En este contexto, el nombre propio emerge como un operador central. A través de la letra, el nombre propio habilita un anclaje para un sujeto definido por su carácter evanescente, es decir, por su tendencia a desvanecerse en el proceso significante. Mediante los retornos metafóricos y metonímicos, la identificación ofrece al sujeto una vía para aspirar a nombrarse, produciendo una ilusión de completud en el campo del Otro.

Conclusión

La identificación no es solo una operación imaginaria, sino un proceso estructural que articula al sujeto con la cadena significante. A través de la sutura y el nombre propio, la identificación inscribe al sujeto en el campo del Otro, manteniendo la tensión entre su falta constitutiva y el deseo de completud. Así, opera como un mecanismo esencial en la constitución del sujeto y en su relación con el lenguaje.

martes, 17 de diciembre de 2024

La ética del deseo en el psicoanálisis: entre lo dicho y lo inaprehensible

El deseo ocupa un lugar central en la práctica analítica, configurando una ética radicalmente distinta a la ética del discurso del amo. Mientras esta última busca la conformidad y el dominio, la ética del psicoanálisis es una ética del deseo, tal como lo conceptualiza Jacques Lacan al releer a Freud.

Sin embargo, el deseo plantea no solo una importancia crucial, sino también una dificultad inevitable: su carácter inaprehensible. Lacan logra esclarecer esta dimensión esencial del deseo a través de múltiples referencias filosóficas. Un punto clave en esta elaboración se encuentra en el Seminario 6, donde el deseo es examinado desde el efecto del significante, más allá de cualquier objeto concreto como meta. Aquí cobra valor la perspectiva socrática: el deseo no busca un objeto, sino que se dirige hacia otro deseo. Del mismo modo, la influencia de Hegel permite a Lacan formular su aforismo fundamental: "el deseo es el deseo del Otro".

Esta complejidad, vinculada a la ausencia de objeto, permite diferenciar claramente el deseo de un anhelo. Mientras que el anhelo tiene un carácter imaginario y puede articularse en palabras —perteneciendo así al campo de lo dicho—, el deseo, por su propia naturaleza, se presenta como indestructible e imposible de ser plenamente dicho. El deseo no se articula en el plano del discurso, sino que se sitúa en el nivel de la enunciación, lo que lo hace articulado sin ser articulable.

Como "deseo del Otro", el deseo apunta a una falta, porque carece de un objeto que pueda completarlo. Por el contrario, el anhelo puede orientarse hacia un objeto concreto que el sujeto incluso podría demandar. Así, el deseo no se vincula a un objeto específico, sino a una posición subjetiva, una que siempre se despliega en una escena relacional: el deseo del Otro.

En definitiva, el deseo, en su dimensión inaprehensible, funda la ética del psicoanálisis, distinguiéndose radicalmente del anhelo, que pertenece al orden de lo imaginable y decible. Mientras el anhelo responde a la lógica del objeto, el deseo remite a una posición que, en última instancia, revela la falta estructural que lo sustenta.

viernes, 13 de septiembre de 2024

¿Qué habilita un margen de libertad?

 En la clase 17 del seminario 11 encontramos una afirmación convocante en más de un sentido, Lacan habla de una lectura que conlleva un encuentro. Algo que es toda una definición de la escucha analítica. Una lectura que recorta y hace posible que el sujeto se encuentre con algo que está oculto detrás de los velos, tanto especulares como del efecto de sentido.

El contexto donde esta afirmación toma lugar es el de la interrogación del valor de la separación, tanto en la causación del sujeto como en el efecto del análisis, o sea que se trata de una interrogación respecto de la eficacia clínica del psicoanálisis.

Dado que el sujeto se inscribe en el Otro a costa de una petrificación, la pregunta de Lacan es, ¿cómo retorna? Lo cual constituye una pregunta sumamente equívoca.

Podemos no tomarla por el lado de la repetición, sino interrogar el camino de retorno, o sea, de qué manera puede liberarse el sujeto del efecto afanisíaco que se pone en juego en tanto se instituye en el Otro vía la petrificación a un significante.

Sería un encontrar el camino de retorno para no extraviarse, que no es lo mismo que perderse. Ya, en “Subversión del sujeto…” le daba forma a esta pregunta cuando interroga el margen y el modo en que al niño se le hace posible conmover la posición de objeto para la madre.

La separación va a ser el recurso con el cual puede interrogar este punto, pero en la medida en que ella implica lo que llama un punto débil.

Ese punto débil es eso que podemos asociar a una carencia, algo que no es lo mismo que una falta. Esa carencia que se vincula con ese vacío del deseo, solidario del intervalo y que le habilita el sujeto un lugar para advenir.

La falta que encuentra en el Otro se superpone a la falta de partida, que es esa falta de sujeto. Y por la superposición (topológica) de ambas faltas se abre un margen, uno que es consonante con algo de libertad, a condición de una pérdida que delinea la causación en el sujeto.

¿De qué depende el margen de libertad de un sujeto?

El corte que nomina funda lo propio del inconsciente en la medida de su inaccesibilidad para el sujeto, y lo situamos en la cadena que Lacan denominó enunciación. En la estructura del grafo del deseo, ésta implica la relación entre la pulsión y ese matema subversivo que el psicoanálisis introduce: Significante de una falta en el Otro:

Respecto de la pulsión, encontramos en Lacan una articulación ineludible: la pulsión es inseparable del efecto del significante. También se trata de significancia, pero no de significación. La pulsión es un efecto del significante en el cuerpo, pero desprendido de cualquier efecto de sentido. Será entonces definida como tesoro del significante, porque el Otro del piso inferior (A) no alcanza la completud esperada por el sujeto. Allí donde el significante vacila en el Otro, la pulsión deviene el tesoro significante.

El efecto de esto se lee en el matema con el que la fórmula de la pulsión comparte el piso de la enunciación. Éste viene a hacer patente el hecho de que la completud del Otro es imposible, en la medida en que el sujeto se constituye allí descontándose de la cadena, por faltar el significante que podría darle identidad.

La falta significante que lo afecta en su estructura, la falta de garantía que pone en entredicho a la verdad. Al quedar cuestionada la verdad, de ahí su rasgo de no fe, el sujeto se sitúa de una manera mucho más comprometida frente a la contingencia. La barradura del Otro pone en interrogación su buena fe, efectivamente puede engañar, con lo cual esto pone en cuestión el concepto de determinismo.

Hay de lo que escapa a la determinación significante y pareciera que éste es uno de los planteos más novedosos y fecundos por cuanto habilita en el sujeto un margen para salir de la determinación por el deseo del Otro.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Enunciación de la regla fundamental


Porque empecé a prestar atención a la forma de continuar la frase que había comenzado,

queriendo evitar incoherencias. 
Y la conclusión es que, limitada como es, mi atención no puede ocuparse de dos cosas distintas. 
Aquí lo prioritario es la letra y no el estilo, de modo que las incoherencias están permitidas.
Afloja la tensión, muchacho, y dedícate a tu laboriosa tarea de dibujo.
No es fácil olvidarse de la necesidad de coherencia. 

Mario Lebrero 

La propuesta no es pretenciosa, se trata de hacer algunas observaciones respecto a la única regla entre todos los consejos promovidos por Freud. Reunidos bajo los llamados escritos técnicos. Textos en los que Freud hace un esfuerzo enorme por delinear la posición ética del analista, siempre un poco a riesgo de naufragar. Razón por la cual, el comienzo de una enseñanza, de una formación, de una transmisión del psicoanálisis no debe olvidar las coordenadas delimitadas a lo largo de los escritos técnicos. Al ser esta única regla a la que ambos, analista como analizante, se supeditan es preciso tener en el horizonte el uso que se haga de la misma.

En su acto de enunciación de la regla fundamental, Freud se sirve de una metáfora visual para enunciarla: “compórtese como lo haría un viajero sentado en el tren del lado de la ventanilla que describiera para su vecino de pasillo cómo cambia el paisaje ante su vista” (Freud, 1913, 135-136). La propuesta freudiana tuerce la cuestión, dado que vira del cara a cara, del ojo a ojo, de una imagen al campo de la palabra efectivamente pronunciada. 

Es Lacan quien va a retomar el enunciado de la regla, reformulandola: “diga cualquier cosa”, despojandola así de los elementos que componen el enunciado, para llevarla a una estructura sostenida en el diga. Reformulación que como tal, procura eludir que el enunciado sea usado por el sujeto para sujetarse al principio de placer, principio desde el que supone agradar. Si ella apunta a un más allá del principio de placer, a partir del enunciado de la misma el sujeto puede elevarla al estatuto superyoico. La consecuencia es tal que, cuando al sujeto se le otorga la total libertad de elegir por donde tomar la palabra, decide determinado por la creencia de saber lo que el analista espera escuchar. 

La libertad de elección de sus enunciados, los del analizante, se amoldan así a un discurso determinado por el supuesto de lo que desea aquel sujeto, el analista. Degradando el enigma, el deseo del analista, aquella x que Freud coloca entre paréntesis en el historial de Dora. Que en el primer encuentro entre el hombre de las ratas y Freud, es el consultante quien socava ese enigma, a una secuencia ordenada cronológicamente sobre la evolución de su sexualidad al día de la fecha. 

Si el analista invita a hablar con el mayor grado de libertad, “elija por donde comenzar”, a alguien que se presenta solicitando ser desembarazado de determinado padecimiento, que lo aqueja desde hace cierto tiempo, un tiempo sin origen certero. El sujeto habla, pero no de aquello que desagrada. No es sino con su acto que el analista direcciona hacia donde el sujeto debe transpirar la camiseta, hacer el esfuerzo para empezar a desalojar el síntoma. No es sin ese acto que el síntoma emigra de la adaptación, de la que el sujeto se ha percatado de su anormalidad funcional, a un extrañamiento. Acto que produce que el síntoma vire de lo no analizable a lo analizable. 

Simplifico, lo que se encuentra en el centro del acto de enunciación de la regla fundamental es el síntoma. Acto sostenido por la ética, por el deseo del analista, no por el adoctrinamiento a la palabra de Freud, porque el analista sabe por experiencia propia, que ese deseo direcciona la cura en el sentido ético.

Los invito a tomar otro elemento del enunciado de la regla donde Freud anticipa que, el analizante se encontrará con puntos de insatisfacción, de displacer, en el despliegue de la cadena asociativa. Puntos en los que se verá tentado por interrumpir su discurso, ahorrándose así el displacer concomitante. Freud lo dice con todas las letras, “dígalo a pesar de la crítica que siente a hacerlo, y justamente por haber registrado cierta repugnancia a hacerlo”. Enunciado que en principio no garantiza otra cosa que el sujeto quede advertido de la existencia de cierta repugnancia que puede suscitarse al hablar. La repugnancia por excederse de cierto principio. Es así que el analizante puede hablar de lo desagradable divorciado del afecto. Forma en la que el hombre de las ratas arma su discurso, enunciados aparentemente desagradables, tras los que fantasea estar alimentando la escucha del Dr. Freud. Ese a quien le supone un parentesco cercano con Leopold Freud, conocido criminal vienes. 

En el comentario sobre la regla fundamental, André Albert destaca el desplazamiento de displacer que se produce tras la engañosa obediencia. Es así como Paul puede relatar sin experimentar displacer la manera en la que se metía dentro de las polleras de las niñeras, para tocar sus vaginas, o cuando se infiltraba en los vestuarios para ver desnudas a sus hermanas. Pero cuando el discurso ronda ciertas prácticas tortuosas y hasta un poco sádicas, que escucho decir a un tal capitán que leyó que se hacen en algún lugar de la china, rompe con la regla, se calla, pide que por favor lo perdone pero no puede continuar hablando. Se retiene de hablar de aquello que desagrada profundamente, que toca las fibras de su síntoma expresado en aquella particular expresión. Freud no se ahorra actuar, interviene para decir que continúe hablando, que obedezca a la única regla ya enunciada. Intervención sostenida en el enunciado de la regla ya realizado. 

El sujeto no abandona la política del avestruz, no se somete a la regla fundamental, si no ha operado el analista. El analista vía la operatoria de su acto, insuficiente con el mero enunciado, contaminara al sujeto para despojarlo de la conciencia reflexiva a la que hace alusión Mario Lebrero. Hable de esas imágenes que atraviesan sus pensamientos, trastoque las fantasías en enunciados, en palabras, en significante, para arrancarles a ellas su carácter de representación cosa y alcancen la materia con la que opera el analista. El analista interviene y el sujeto suda la gota gorda, porque no hay posibilidad de salir del síntoma sin ese esfuerzo, así lo advierte Lacan.

Freud anuncia, da sus razones para ello, solo hace falta recoger sus escritos técnicos para encontrarlo, que la asociación libre tiene su correlato en la posición del analista, atención parejamente flotante escribe. Atención con la vertiente engañadora de la palabra, la escucha se orienta hacia la posición del sujeto frente a sus enunciados; y no por la veracidad de los acontecimientos relatados. Qué dirección hubiese tomado el análisis de Dora, de enquistarse en las deshonrosas conductas que Dora denuncia en relación a su padre. Ante aquella pretensión narcisista del analizante de querer agradar, se abren dos vías no excluyentes entre sí. Por un lado el intento de convertirse en el objeto amado del analista, torciendo la dialéctica analítica para producir la metáfora del amor. El analizante puede enunciar las cosas más desagradables, guiado por alguna certidumbre de aquello que el analista desearía oírle decir, en tanto que sujeto de lleno en la transferencia. Procurando, como lo hace el obsesivo, reducir el deseo al campo de la demanda. 

Hace no mucho tiempo una analizante, bastante impregnada con el discurso psicoanalítico decía que ella era una excelente analizante, o más bien dirigía la pregunta al analista, de quien no esperaba la respuesta. Esta estaba anticipada en su posición, pues se decía divertida, graciosa en la forma de contar las cosas, traía sueños, recuerdos, no faltaba y como si fuera poco, así lo dice, asociaba mucho. 

La pregunta que cualquier analista podría formularse respecto a la regla fundamental, no se responde de manera rápida. Indudablemente el momento de cierre del inconsciente, del eclipsamiento de la palabra, con el advenimiento del pensamiento, de la fantasía, en torno a la figura del analista repugna enunciar al sujeto. Repugnancia redoblada: no sólo el sujeto experimenta displacer y pudor de hablar; sino que de decirlo sería desagradable de escuchar para el analista. El analizante en su silencio se ahorra someterse a la asociación libre. Así sucede en una entrevista entre Freud y Paul. Este habla de las cosas más indiferentes, cosas nimias pero habla. Se detiene en su discurso, alcanza a decir que se encuentra angustiado, absolutamente angustiado. Ha tenido una crisis. Se niega a hablar, Freud insiste, dice haber tenido fantasías de las más espantosas, le resulta imposible enunciarlas, permanece callado. El analista opera, interviene para que el sujeto obedezca a la regla. Él alcanza a esbozar que los pensamientos tienen que ver con la hija del analista. Freud da por terminada la sesión. Para el sujeto no solo desagrada decir, su decir se ve duplicado por el desagrado de ser escuchado. 

El analista no ahorra al sujeto su división, la abstinencia promueve el dilema que conlleva tomar la palabra, elegir por donde comenzar. ¿Cómo proseguirá hoy? pregunta Freud a su analizante. Privarle de la libertad de elegir, al analizante, el punto de apertura de su decir, excluye la posibilidad de que haga uso de un pequeño margen de libertad. Salir, vía una elección, del dilema al que lo lleva el tomar la palabra, pequeña división que marca la estructura misma del análisis. Así es que el analista es invocado a pagar con sus expectativas, el acto de abstinencia ofrece entonces un campo fértil de libertad para la producción de la división del sujeto. Enunciación de la regla, sostenida en cada sesión, en cada inicio, en cada punto en el que la función de la palabra vira hacia la presencia del analista. Instante en el que la palabra se aproxima al hueso duro del síntoma, al núcleo patógeno, interrumpiendo la encadenación significante. 

Es con el estilo propio de cada analista, con la manera particular de actuar, que el enunciado de la regla alcanzara el cuerpo pulsional del analizante. Es así que Freud en cada encuentro y con cada analizante pondrá en juego su estilo, basta acercarse al análisis de Elizabeth Von R. Historial que evidencia su deseo por la causa del síntoma paralizante, solo se ira circunscribiendo a partir de los enunciados de la analizante. Ensaya con la hipnosis, pero ella se resiste a dejarse hipnotizar; prueba presionando en la frente de Elizabeth procurado aplastar la conciencia y la emergencia del inconsciente, lo único que consigue es generar dolor. No son esas técnicas aisladas, son ellas en tanto evidencian el acto puesto en consonancia con la enunciación de la regla. “Indiqué a Elizabeth la siguiente enunciación: diga todo cuanto se le cruce como una imagen o cualquier recuerdo que se le presente”. El efecto es inmediato, luego de un silencio que calla cierta inquietud, Elizabeth confía un secreto en relación a un joven huérfano. Una serie de recuerdo van tejiendo una trama amorosa, ella revela haber fantaseado con esperarlo hasta que logre cierta estabilidad económica para casarse. Sin embargo en el momento más álgido de la relación, cuando él le declara su amor e intenciones, el conflicto se desencadena y ella huye junto a la enfermedad de su padre. 

Las asociaciones que surgen como respuesta a la exhortación freudiana, no se limitan al campo de lo enunciado sino a la posición causante de Freud. La joven se encuentra a punto de entregarle un secreto que solo le ha sido confesado a su más íntima amiga. El uso que hace el analista de la regla fundamental, en tanto apunta a la causa del síntoma, tiene consecuencias evidentes. “Es el síntoma lo que está en el centro de la regla fundamental” dice Lacan comentando la intervención de André Albert. Si esta apunta al corazón de aquello con lo que dialoga el analista, con lo analizable, el síntoma, es el inconsciente quien responde con enunciados particulares, con asociaciones. En lo que si me permiten el término sería un triálogo. El sujeto responde naufragando por asociaciones de enunciados particulares, enunciados del inconsciente, que sólo podrá revelarse a través del arduo camino de la transferencia abierto por la asociación libre. 

El analista con su acto de decir, “con la imposibilidad de no regalar nada sobre lo que no tenga el poder”, conduce a hablar sin pensar, a un hablar sin saber hacia la producción del saber. El discurso analítico introduce la necedad, en cuanto que ella es una dimensión del ejercicio significante. Así es como la puesta en acto de la regla fundamental no se arroja sobre un saber, una coherencia discursiva, sino al enunciado de un significante más, a una asociación que libere las posibilidades del cuerpo. Por supuesto no se trata del yo pensante, reflexivo al que intenta convencer Mario Lebrero, es un sujeto que no piensa. En su seminario RSI Lacan dirá que el sujeto es propiamente aquel a quien comprometemos, no a decirlo todo, que es lo que le decimos para complacernos -no todo se puede decir- sino decir necedades. Ahí esta el asunto. Si la enunciación de la regla es diga cualquier cosa, tras lo que resuena dígalo todo aunque resulte imposible, apuesta a producir un cambio en la posición enunciativa del sujeto, un decir más libre del principio de querer agradar. Un decir que toque el cuerpo pulsional, que desarticule las solidificaciones del fantasma, sosteniendo aquella frase preciosa que Lacan articula: El analista le dice al que se dispone a empezar Vamos, diga cualquier cosa, será maravilloso (Lacan, 1969-1970, 55).

Bibliografía.

-Lacan, J. (1969-1970). El seminario 17. El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2008
-Lacan, J. (1974-1975). El seminario 22. RSI. Inédito.
-Lacan, J. (1975). Comentario del texto de A. Albert sobre el placer y la regla fundamental.
-Lebrero, Mario (1996). El discurso vacío. Bueno Aires: Literatura Random House. 2014.
-Freud, S. (1913). Sobre la iniciación del tratamiento. En obras completas. Vol XII. Buenos Aires: Amorrortur, 1990.

Fuente: Candia, Santiago: "Enunciación de la regla fundamental"

viernes, 12 de julio de 2019

Entrevistas preliminares: ¿Cuándo se pasa al dispositivo analítico?

Alguien nos deriva un paciente: un colega, un conocido, un familiar, un amigo u otro paciente y pide una entrevista. Acordamos un horario y comienza un tiempo. Tenemos que tener en cuenta que los significantes de la derivación van a tener su peso en la constitución de la demanda, que solo se arma en transferencia, que es algo que se va construyendo.

El tiempo de entrevistas preliminares, como las denominó Lacan, es un tiempo lógico y no cronológico. Es un tiempo de una operatoria donde se da inicio o no a un tratamiento. No todos los pedidos se pueden constituir en demanda de análisis, por eso es un umbral que hay que atravesar. Las entrevistas preliminares tienen por función el establecimiento de la transferencia, del sujeto supuesto saber, de la demanda y la construcción del síntoma analítico. 

Decimos que es un tiempo de operatoria donde se da inicio o no a un análisis. Justamente, porque depende de la respuesta subjetiva, de la estructura clínica de aquel que consulta. Medir la relación al lenguaje, la trnsferencia, el síntoma, el lugar del saber, nos permite saber si se trata de una neurosis, una psicosis o una perversión. 

Vamos a partir de las entrevistas preliminares para la neurosis. El análisis no es una relación de diálogo. es necesario, en este tiempo, que el que consulta se instale en el trabajo con el lenguaje. Es corte con las relaciones habituales, es un tiempo necesario de instalación de una rutina, que se construye. Las entrevistas preliminares permiten al que viene plantear su padecimiento, su dificultad de relación al otro, su fantasma. 

En los primeros encuentros, mediante la operatoria de trabajo con el lenguaje, el analista hace posible la ubicación del tropiezo de lo dicho: lapsus, un relato que no cierra, unas palabras que se empiezan a marcar como significantes. Esto va haciendo a la emergencia de relatos de que quien consulta no pensaba decir o no tenía idea que eso podía enunciar. El trabajo con el lenguaje va a permitir la distinción entre enunciado y enunciación. Esta distinción entre enunciado y enunciación es un efecto de la represión. 

El analista tiene que operar para hacer surgir allí en quien consulta lo que no dice. Desde el lado de quien consulta, en este tiempo de entrevistas, hay descubrimiento de que en lo que padece está implicado el sujeto del inconsciente. Es llevado por algo que lo sobrepasa y lo domina: los significantes. El analista desplaza la queja personal para hacer captar al sujeto comprometido con su historia en las generaciones, no como algo fatal, sino como algo del orden de una cadena, sujetado en una cadena, sujeto sujetado al orden del lenguaje. 

Voy a leerles un párrafo de Lacan de Subversión del sujeto y dialéctica del deseo:

Pero de lo que se trata en Freud es de otra cosa, que es ciertamente un saber, pero un saber que no comporta el menor conocimiento, en cuanto que está inscrito en un discurso del cual, a la manera del esclavo-mensajero del uso antiguo, el sujeto que lleva bajo su cabellera su codicilo que le condena a muerte no sabe ni su sentido ni su texto, ni en qué lengua está escrito, ni siquiera que lo han tatuado en su cuero cabelludo rasurado mientras dormía.

Las marcas significantes. Ahora un párrafo más, de Función y campo de la palabra:

El inconsciente es ese capitulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo mas a menudo ya está escrita en otra parte. A saber: 
—en los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir el núcleo histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje y se descifra como una inscripción que, una vez recogida, puede sin pérdida grave ser destruida; 
—en los documentos de archivos también: y son los recuerdos de mi infancia, impenetrables tanto como ellos, cuando no conozco su proveniencia; 
—en la evolución semántica: y esto responde al stock y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y a mi carácter; 
—en la tradición también, y aun en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia; 
—en los rastros, finalmente, que conservan inevitablemente las distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis. 

Me parecen que son 2 párrafos importantes, en relación a la marca significante y dónde leer el capítulo censurado, que están marcados por un blanco u ocupados por un embuste. ¿Dónde leer la verdad? Eso toca el trabajo en análisis y la ubicación en las entrevistas, que es el comienzo del camino. Freud usaba la metáfora de un viaje. 

Al comienzo de la tarea analítica está la transferencia, nos dice lacan. Luego hay otro termino que se anuda, que es el de sujeto supuesto saber. Tiene 3 términos: sujeto, el saber y la suposición. Al analista se le supone un saber sobre el inconsciente. Es una significación de saber, no un saber del analista o del paciente. El analista es soporte de esa figura de sujeto supuesto saber. No lo tiene que creer. Si cree que es el que sabe, se desvía. Se despliega en transferencia, ya que se sitúa entre paciente y analista. La transferencia es un fenómeno que incluye juntos al paciente y al analista. Es un fenómeno fundamental ligado al deseo, así es como Freud lo descubrió. 

En el caso de Anna O., una paciente histérica que la atendía Breuer y llegó a cierto punto donde Anna había armado un enamoramiento con Breuer. Se pensaba embarazada del médico y él se asustó de este amor, porque seguramente tenía puesto su deseo ahí. Dejó de atenderla y le pidió a Freud que siguiera. A partir de ese momento Freud descubrió que el fenómeno no era con el médico, sino que se pone en acto algo allí que tiene que ver con Anna y no con él. Esto tiene su historia en el psicoanálisis, porque después Breuer emprendió un viaje con su mujer. Parece que él la veía a Ana todos los días y su mujer estaba bastante enojada, entonces se llevó de viaje a la mujer y la embarazó a ella. Andaba dando vuelta ahí la cuestión del embarazo. 

En cuanto hay un sujeto que supone ahí un saber sobre el inconsciente, hay transferencia. La instalación de sujeto supuesto saber permite al paciente el pasaje de la transferencia imaginaria a la transferencia simbólica. Es la posibilidad de que surja ese "Yo no sabía", institución del sujeto supuesto saber. No sabía o nunca lo pensé así, distintas maneras de enunciarlo. No solo en la relación analítica hay efectos de transferencia. 

En la experiencia analítica la presencia del analista es una manifestación del inconsciente. Esto quiere decir la consecuencia de la palabra en el sujeto. El pasaje de la transferencia imaginaria (es con lo que llega a la consulta, tiene que ver con la derivación, con el primer encuentro) con: 
  • la instalación del sujeto supuesto saber posibilita la transferencia a los significantes del psicoanálisis, en esa suposición de saber adjudicada al analista; 
  • la constitución de la demanda, que como dijimos no es pedir. La demanda es inconsciente y es de constitución de construcción. La demanda no tiene continuidad con el pedido ni con la queja. Es un efecto de trabajo, se trata de pasar a contar a contarse. 
  • La dimensión del síntoma y no de la queja. Cuando alguien consulta llega con su limitado bagaje de significantes, con su queja, con su padecimiento a un analista. Llega del modo que le es propio y único. Propio y punico porque toca la constitución de cada sujeto: como es la relación con el otro, con el Otro. Pasar de la queja a un pregunta.

El analista puede pasar a ocupar el lugar de ese sujeto al que se le supone un saber, en la medida en que es objeto de la transferencia. El sujeto que consulta, en un principio no le da este lugar. Es un efecto de la operatoria del analista en las entrevistas. Esto que hace surgir el analista y que marca en el decir del paciente, tiene este efecto del "yo no sabía que esto estaba en mi, que esto era así". Ama la dimensión de la pregunta, del enigma. El analista, nos dice Lacan, no se presenta como un Dios. No es un dios para su paciente.

La formación del analista exige que sepa por dónde conducir a su paciente y esto le es transmitido a él en la propia experiencia del análisis. En la medida en que se supone que el analista sabe, se supone que irá al encuentro del deseo inconsciente. Lacan nos dice en Los 4 conceptos fundamentales del psicoanálisis que el deseo es el eje, el pivote, el mango, el martillo, gracias al cual se aplica el elemento fuerza, la inercia, que es tras lo que formula primero en el discurso del paciente como demanda, o sea, la transferencia. 

La transferencia simbólica es suposición de saber dirigido no al analista, sino a su posición. La posición del analista en relación al psicoanálisis o a los sinificantes del psicoanálisis. El psicoanalista semblantea ese lugar donde es soporte de ese saber supuesto. De lado del analista está en juego el deseo de analista, que tiene una función esencial, porque es una relación del deseo con el deseo. 

Para terminar hoy con este tiempo preliminar de las entrevistas, se arma la demanda. Lacan dice que esta demanda los fuerce a los que consultan a hacer un esfuerzo, esfuerzo que implica el comienzo de un análisis.  Cuando se construyen estos elementos que ubicamos hoy, es el momento de pasaje al dispositivo analítico. 

Les decía que aspi las entrevistas preliminares se dan para la neurosis, porque para la psicosis se presenta algo totalmente distinto. 

  • No está en juego la dimensión de la demanda ni del síntoma. Se trata de la irrupción de fenómenos de lo real que abruman, irrupción de un goce sin acotamiento, ya que el Otro está forcluido. 
  • Su relación al saber se presenta como certeza y no hay posibilidad metafórica en el trabajo con el lenguaje. No hay dimensión dialéctica.
  • El inconsciente está a cielo abierto, así que no está la dimensión del enunciado y la enunciación en juego
En este punto, el tiempo de las entrevistas es el momento en el cual se sitúan estos elementos para situar la dirección a la cura.