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viernes, 26 de junio de 2026

El sujeto como falla en la estructura del Otro

La articulación entre el sujeto y el trazo unario introduce una modificación decisiva en la concepción de la praxis analítica. Su principal novedad consiste en desplazar la consideración del sujeto hacia un plano sincrónico, donde ya no se lo entiende como una entidad psicológica o una identidad estable, sino como aquello que irrumpe en la estructura bajo la forma de un error en la cuenta.

Esta formulación permite pensar al sujeto en estrecha relación con la lógica de la repetición. Si el sujeto constituye ese error constitutivo del conteo, entonces sólo puede ser localizado a partir de las vueltas de la repetición, es decir, en las sucesivas articulaciones de la demanda. El sujeto no se presenta de manera inmediata ni transparente, sino que se deja entrever allí donde la repetición revela una discontinuidad, un desajuste que insiste más allá de la intención consciente.

Esta perspectiva se enlaza, además, con la noción de inercia desarrollada por Lacan en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. La repetición deja de ser concebida como el simple retorno de un contenido para adquirir el estatuto de una insistencia estructural que señala el lugar mismo donde emerge el sujeto.

Existe, por ello, una profunda consistencia entre afirmar que lo imposible constituye el punto de mira de la praxis analítica y definir al sujeto como aquello que encuentra su consistencia en la falla y en la aporía lógica. Se trata de una formulación que excede ampliamente la idea de una simple ausencia de significante. La falta de un significante representa un aspecto del problema, pero el sujeto remite a una imposibilidad que compromete a la estructura en su conjunto.

Esta diferencia resulta fundamental para evitar cualquier reducción del sujeto a la persona, al moi o a cualquiera de sus equivalentes psicológicos. La enseñanza de Lacan produce aquí un desplazamiento decisivo: el interrogante ya no recae sobre los elementos particulares de la cadena significante, sino sobre la estructura misma del Otro. El sujeto no aparece como un elemento contenido en esa estructura, sino como la falla que la constituye, el punto donde el Otro revela su inconsistencia. Es precisamente en ese lugar, y no en las identificaciones imaginarias del individuo, donde la praxis analítica encuentra su orientación.

miércoles, 3 de junio de 2026

La privación y la falta en el Otro: el sostén significante del sujeto

Si bien el llamado “Retorno a Freud” impulsado por Lacan pone de relieve la función central de la castración en la constitución subjetiva y en la articulación del deseo, ello no debe llevar a descuidar otra operación igualmente decisiva: la privación. Esta última posee una función estructurante fundamental, en tanto hace posible formalizar la falta en el campo del Otro.

En “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Lacan aborda esta cuestión al interrogar la consistencia del orden significante. Allí señala que, en la medida en que la batería de los significantes se presenta como un conjunto completo, la falta no puede ser representada por un significante que pertenezca a ese mismo conjunto. Por ello afirma:

...puesto que la batería de los significantes, en cuanto que es, está por eso mismo completa, este significante (el significante de la falta en el Otro) no puede ser sino un trazo que se traza de su círculo sin poder contarse en él. Simbolizable por la inherencia de un (-1) al conjunto de los significantes.

La falta en el Otro no se presenta entonces como un elemento positivo dentro de la estructura, sino como una ausencia constitutiva, formalizable mediante ese (-1) que indica que el conjunto significante no puede fundarse plenamente sobre sí mismo. Existe una falta irreductible que impide pensar al Otro como un sistema cerrado y autosuficiente.

Es precisamente en esta inherencia del (-1) donde se manifiesta el efecto de la privación. Lacan sitúa esta operación como introducida “por” el sujeto, en el sentido de que se introduce “vía” el sujeto. No se trata de una acción deliberada del sujeto, sino de una operación estructural que encuentra en él su lugar de inscripción.

En este contexto adquiere toda su importancia la función del rasgo unario. Allí donde falta el significante capaz de nombrar la falta del Otro, el rasgo unario viene a ocupar una función de relevo. Su eficacia no consiste en colmar la ausencia, sino en ofrecer un punto de apoyo que permita la constitución subjetiva.

De este modo, el rasgo unario se convierte en sostén del sujeto precisamente porque toma el lugar de aquello que no existe en la estructura: el significante de la falta en el Otro. La identificación primordial encuentra allí su fundamento, no en una presencia plena, sino en una ausencia estructural que organiza el campo simbólico y abre la posibilidad misma del deseo.

Desde esta perspectiva, la privación no constituye simplemente una modalidad de la falta entre otras, sino una operación esencial para comprender cómo el sujeto puede constituirse a partir de una estructura que está, desde su origen, marcada por una incompletud irreductible.

lunes, 27 de abril de 2026

Facilitación, repetición e identificación

 En psicoanálisis, la facilitación (en alemán Bahnung) es un concepto temprano de Sigmund Freud que intenta explicar cómo se establecen y se vuelven preferenciales ciertos caminos de circulación de la excitación psíquica.

En términos simples, la facilitación es el “ablandamiento” o “apertura de vías” entre neuronas o sistemas psíquicos, producto del paso repetido de excitación. Cuanto más se recorre una vía, más fácil se vuelve volver a recorrerla. Por eso está directamente ligada a la repetición y a la constitución de huellas.

Esto implica dos consecuencias importantes:

  • Se forman circuitos privilegiados para la descarga o tramitación de la excitación.
  • Se establece una base para la memoria y la tendencia a repetir (lo que después Freud complejiza con la compulsión a la repetición).
Freud desarrolla este concepto principalmente en Proyecto de psicología para neurólogos (texto temprano, no publicado en vida). Ahí introduce la idea de neuronas (φ, ψ, ω), las cantidades de excitación, y la facilitación (Bahnung) como mecanismo por el cual las barreras de contacto se vuelven más permeables con el uso.

También hay ecos de esta noción en La interpretación de los sueños, donde la idea de huella mnémica y caminos preferenciales sigue operando, aunque con un lenguaje menos “neuro”.

En síntesis, la facilitación es un concepto clave para pensar cómo se inscriben las huellas, por qué el aparato psíquico tiende a repetir y cómo se empieza a constituir una temporalidad basada en recorridos ya trazados.

En Jacques Lacan, la facilitación freudiana (Bahnung) puede leerse como un antecedente de algo que ya no se piensa en términos “neuronales”, sino significantes. Es decir: lo que en Sigmund Freud era una vía facilitada por el paso de excitación, en Lacan pasa a ser un camino trazado por el significante.

De la facilitación al automatón

Lacan retoma la repetición en el Seminario 11 a través de la distinción entre:

  • Automatón: la repetición como insistencia de la cadena significante
  • Tyché: el encuentro con lo real (lo que irrumpe, lo contingente)

La facilitación freudiana se deja leer del lado del automatón, porque implica caminos ya trazados, una insistencia en recorrerlos y una especie de “inercia” de lo ya inscrito.

Pero Lacan da un paso más: no se trata solo de que algo se repite porque “pasó antes”, sino porque está estructurado como cadena significante. De esta manera, la huella ya no es neuronal sino significante.

En Freud, la facilitación explica cómo se constituye una huella. En Lacan, esa huella es directamente un significante: la repetición no es de una experiencia, sino de una estructura. Lo que vuelve no es lo vivido, sino cómo fue inscrito. Ahí se ve el desplazamiento de la economía de cantidades hacia a la lógica del significante; de la vía facilitada, al encadenamiento significante.

Repetición y pérdida

Además, Lacan introduce algo decisivo: la repetición no busca simplemente reiterar, sino rodear una pérdida. Ahí aparece el objeto a. 

La repetición insiste no porque la vía esté facilitada (eso sería solo el nivel “mecánico”), sino porque hay algo irrecuperable que empuja a volver a pasar por los mismos lugares. 

Entonces, ¿cómo queda la facilitación? Podríamos decir que Freud explica por qué algo se repite (apertura de vías). En Lacan, eso se reinterpreta como efecto de la estructura significante (automatón), pero se articula con algo más radical: la falta y lo real (tychê)

En síntesis, la facilitación es como el andamiaje proto-teórico que Lacan va a “traducir” a su propio lenguaje. Donde Freud pensaba en caminos facilitados, Lacan piensa en significantes que insisten, organizando la repetición alrededor de un vacío.

Repetición, identificación y fijación del sujeto

Si venimos pensando la facilitación como apertura de vías (en Sigmund Freud) y su relectura como insistencia significante (en Jacques Lacan), la identificación introduce algo distinto: ya no solo un recorrido, sino un punto de detención.

Es decir, la repetición implica movimiento (volver a pasar por ciertos circuitos), mientras que la identificación implica fijación (un lugar donde el sujeto “hace pie”).

Para Lacan, la identificación primaria es siempre al Gran Otro, es decir, al campo del lenguaje. Esto tiene una consecuencia fuerte: el sujeto no solo repite significantes, sino que queda representado por ellos. Ahí aparece la fórmula clásica: "el sujeto es lo que un significante representa para otro significante".

Entonces, algunos de esos “caminos facilitados” no quedan simplemente como vías de circulación, sino que se fijan como puntos identificatorios: nombres, rasgos, modos de goce, lugares en el deseo del Otro.

Podemos arrimar a una lógica:

  • la facilitación abre caminos
  • la repetición los recorre
  • la identificación los fija como marca

Esa marca es lo que Lacan va a llamar rasgo unario. El rasgo unario es clave porque no es un conjunto complejo, sino una marca mínima que funciona como punto de identificación e introduce una especie de “uno” que ordena la serie.

Temporalidad: entre lo que vuelve y lo que fija

La temporalidad subjetiva que mencionábamos en esta entrada se arma con

  • La repetición (automatón) introduce una circularidad
  • La identificación introduce un punto de corte o fijación

Sin identificación, habría puro circuito. Sin repetición, no habría consistencia. La temporalidad del sujeto surge justamente de esa tensión entre algo insiste algo se fija.

¿Y el deseo…?

Esto nos lleva directo a una pregunta final: el estado de deseo. El deseo no es lineal ni progresivo, sino que se sostiene en esas marcas identificatorias, pero al mismo tiempo es empujado por lo que no se fija, por lo que falta.

Ahí vuelve el objeto a: el deseo gira alrededor de ese objeto perdido, donde la repetición bordea ese vacío y la identificación intenta darle consistencia, aunque nunca se cierra del todo.

viernes, 23 de enero de 2026

el rasgo unario, cardinalidad y borde

 El límite, como función matemática, del conjunto del significante comienza a ponerse en forma a partir de la pregunta sobre su cardinalidad. Se trata de un problema inherente a la elaboración cantoriana sobre los números transfinitos que determina que lo que da la extensión del conjunto nunca puede ser un elemento del mismo. O sea que el borde sólo puede deslindarse a partir de la función de la letra en la medida en que puede designarlo, al borde. Este modo de razonar conlleva algo del orden de un salto, concepto de raigambre cantoriana más allá de que puede ser situado también en la obra de Heidegger.

El trabajo de Lacan sobre este punto tiene como marca de inicio el abordaje que sobre el rasgo unario comienza en "La identificación". Este término complejo es extraído del planteo de Freud sobre la identificación, o sea sobre esa operación de lazo entre el sujeto y el Otro. Entendemos que este desarrollo de Lacan fija el punto de partida de un cambio de lógica. Para ello aborda el rasgo a partir de un vaciamiento de toda dimensión cualitativa, con lo cual el problema no es entonces lo predicable sino lo imposible de predicar: ¿cómo pensar al sujeto con independencia de lo cualitativo?

Esto introduce una distancia entre las diferencias cualitativas, las cuales son connotativas; y hay otras de otro orden, ¿cómo las llamaríamos, cuantitativas? ¿del orden de la singularidad?. En cualquier caso son denotativas en el punto en el cual el rasgo aquí viene a indicar el borde que deja en el sujeto la falta de un referente.

O sea que el rasgo unario tomado desde el sesgo de la letra viene a designar ese litoral que hace el borde de aquello que el significante "hurta" al sujeto, según el planteo de "Subversión del sujeto...". O sea viene a señalar las consecuencias de la represión primaria.

miércoles, 21 de enero de 2026

Lógica, topología y corte: el inconsciente como concepto escrito

Muy tempranamente, en el escrito La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, se perfila una orientación que concierne a la consideración topológica del lenguaje, articulada con un abordaje lógico que se sostiene en el carácter discreto del rasgo. Este carácter discreto se funda tanto en el corte que lo instituye como en la posibilidad de lo contable que dicho corte habilita.

En Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, este horizonte se formaliza a través de la definición del significante como una red. Tal definición no es sino la puesta en forma del sustrato topológico antes señalado, en el que se constituye un campo donde la falta puede ser contada a partir de la unicidad del rasgo.

Estas dos coordenadas —lógica y topología— delimitan el marco del concepto de inconsciente. Conviene subrayar aquí el término concepto, entendido ya no como algo que se dice, sino como algo que se escribe. Begriff, pero también Un-Begriff: el pasaje de lo incomprensible al concepto de la falta, o bien de aquello que no se comprende a lo que, por carecer de inscripción, no ingresa en el saber.

Este conjunto de elaboraciones exige una operación inaugural de corte, operación que es a la vez inherente al sujeto y efecto del significante. De allí que no haya sujeto sin corte, articulación que lo sitúa más del lado de la certeza que de la evanescencia.

Considerado desde la perspectiva del inconsciente, este corte se articula con la noción de borde, que se actualiza en la pulsación temporal de apertura y cierre. Es en esta dinámica donde se pone en juego la ranura por la cual un real huidizo se escabulle. La pregunta que se impone entonces desde la praxis es: ¿cómo asirlo?, ¿cómo “cristalizarlo”?

Este interrogante introduce la semilla de una interpelación fundamental, que atraviesa tanto la teoría como la práctica analítica: ¿cómo salir de la necedad?

lunes, 19 de enero de 2026

La identificación como operación topológica: del rasgo unario a lo real

Llevar la identificación al registro de una operación, como señalábamos, exige necesariamente una orientación topológica, que Lacan termina de formalizar en el Seminario 12, más allá de la rigurosa consideración lógica que ya encontramos en el Seminario 9. Situada en este marco, la identificación puede pensarse como una operación topológica que responde al impasse lógico que afecta al significante y que, al mismo tiempo, toma distancia del espejo.

No se trata, por cierto, de negar la existencia de identificaciones imaginarias, sino de destacar que la apuesta de Lacan consiste en aislar una identificación que no opera en ese registro y cuyo estatuto se encuentra más próximo a la sincronía que a la dimensión diacrónica del discurso. De allí el trabajo minucioso de especificación del rasgo unario como discreto: soporte contable de una diferencia radical, en oposición a toda lógica de la identidad.

Nos interesa tender un puente entre los Seminarios 9 y 12, en la medida en que ese arco permite articular el abordaje de aquello que se litoraliza a partir de las dos referencias centrales que organizan la enseñanza de Lacan desde Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: la lógica y la topología. En este punto, puede leerse que Lacan sienta las bases de una lógica que no responde al principio de identidad, condición necesaria para sostener la orientación a lo real que la praxis analítica exige, precisamente por el impasse que esta pone en forma.

Entendemos que a partir del Seminario La lógica del fantasma comienza a delinearse una distancia entre campos ordenados por lógicas heterogéneas. Por un lado, un campo que podríamos calificar de fantasmático, regido por una lógica solidaria del principio de contradicción; por otro, un campo —que Lacan nombrará luego como el del Otro— en el que reina lo indecidible y que vuelve indispensable una lógica de otro orden. Es este desplazamiento el que abre el camino hacia la formalización de las fórmulas de la sexuación.

jueves, 18 de diciembre de 2025

El borde del significante: rasgo unario, letra y límite

El problema del límite, pensado en términos de una función matemática aplicada al conjunto de los significantes, se articula desde la pregunta por su cardinalidad. Este interrogante remite directamente a la elaboración cantoriana de los números transfinitos, donde se establece que aquello que determina la extensión de un conjunto no puede, a la vez, ser uno de sus elementos. El borde del conjunto no es interior a él, sino que sólo puede ser circunscripto desde una exterioridad lógica. De allí que el límite no se presente como un elemento, sino como una función de designación: el borde sólo puede ser señalado por la letra, en la medida en que ésta lo nombra sin integrarse a lo nombrado.

Este modo de razonamiento implica necesariamente un salto, noción que encuentra su origen en Cantor, aunque también puede localizarse, desde otra vertiente, en la obra de Heidegger. El salto no es un pasaje continuo, sino una ruptura que permite delimitar un borde allí donde no hay sustancia que lo garantice.

En Lacan, el punto de partida de esta elaboración puede situarse en su trabajo sobre el rasgo unario, desarrollado inicialmente en el Seminario La identificación. Lacan retoma aquí un concepto freudiano —la identificación como operación de lazo entre el sujeto y el Otro—, pero lo desplaza hacia una lógica inédita. Este desplazamiento se produce a partir de un vaciamiento radical de toda dimensión cualitativa del rasgo: ya no se trata de lo predicable, de aquello que podría atribuirse como cualidad del sujeto, sino de lo imposible de predicar. La pregunta que se abre es entonces: ¿cómo pensar al sujeto por fuera de toda cualificación?

Esta operación introduce una distancia decisiva entre las diferencias de orden cualitativo, siempre connotativas, y otro tipo de diferencias que no se inscriben en ese registro. ¿Habría que llamarlas cuantitativas? ¿O más bien del orden de la singularidad? En cualquier caso, se trata de diferencias denotativas, en la medida en que el rasgo no califica al sujeto, sino que indica un punto de borde, una marca dejada por la ausencia de un referente último.

Desde esta perspectiva, el rasgo unario, pensado desde el sesgo de la letra, viene a designar un litoral: el borde de aquello que el significante sustrae al sujeto, tal como Lacan lo formula en “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”. El rasgo no representa al sujeto, sino que señala las consecuencias de la represión primaria, es decir, la pérdida estructural que funda al sujeto como tal.

miércoles, 23 de julio de 2025

Entre el 0 y el 1: letra, borde y denotación del sujeto

A partir del recorrido de Cantor, retomamos el valor de la letra como aquello que se instala en un borde —distinto del límite—: un borde que señala lo imposible de escribir. Este borde puede pensarse como el litoral que marca la zona de contacto (y fricción) entre lo real y lo simbólico, pero también entre lo real y el saber. Lo que ese litoral impide es la tautología, la repetición como identidad. La letra, en su singularidad, fractura la repetición idéntica.

La función de la letra es entonces designativa, y esta designación implica un salto, tal como lo plantea Cantor. No se trata de cualquier salto, sino de una operación que evidencia el límite mismo de una formalización: allí donde ya no se puede escribir más, la letra marca ese extremo. Esta marca deviene condición para dar cuenta lógicamente de lo que el significante de la falta en el Otro escribe. Así, el borde se articula con el deseo, con el goce (en tanto anomalía) y con el sujeto, en su forma subvertida.

Frente a este borde, sólo la letra puede designar. Y esa letra se configura como una unaridad: algo que porta una forma de unicidad sin ser ni “lo único” ni lo “unificado”. Es en este punto donde el rasgo unario adquiere toda su potencia.

Ese rasgo permite pensar las consecuencias de un vaciamiento de lo cualitativo. Ya no se trata de predicar, sino de enfrentar lo impredicable. Esta orientación cuestiona la suficiencia del enfoque atributivo de la sexuación: no lo descarta, pero muestra sus límites.

El problema se desplaza entonces hacia cómo considerar al sujeto más allá de lo cualitativo, y para eso es necesario llevarlo al campo de la denotación. La pregunta que se abre es:
¿Es la denotación el campo que abre la brecha entre lo particular y lo singular?

El significante, al operar en lo real, introduce allí una diferencia radical. Presuponemos ese real como homogéneo antes de la incidencia simbólica. En tanto efecto del significante, el sujeto no es entonces una interioridad, sino una discontinuidad en ese real.

Pero no se trata ya del sujeto alojado en la significación fálica, como en el esquema Rho. Este sujeto —el que se localiza entre el 0 y el 1— no es enumerable. Su lógica no es contable, ni responde a la consistencia de una serie. Es, más bien, el efecto lógico de una letra que bordea lo imposible.

miércoles, 9 de julio de 2025

¿Cuál es el soporte de una escritura?

 Luego de un primer abordaje por el cual el rasgo unario es considerado desde el sesgo de lo idealizante de la demanda, lo que justifica sus articulaciones al significante del Ideal, I(A), encontramos un giro que lo asocia a la función de la letra. Tomado desde esta perspectiva el rasgo se conecta con la operación de ese +1 al que vengo haciendo referencia desde hace unos días. Entonces el rasgo se asocia a la falta.

Ese +1 formaliza lo que no se escribe y que “no se sostiene más que de la escritura”, con lo cual el soporte de la escritura es la falta, aunque a esta altura quizás sea mucho más indicado hablar allí de una falla.

¿Para que se le hace necesario poner en juego esta dimensión de la escritura? Para poder abordar al inconsciente desde su estructura lenguajera, pero fundamentalmente por ser la consecuencia de un corte: la escritura se soporta de un corte que bien podría ser considerado desde la perspectiva del vaciamiento… y los términos vuelven a enlazarse. Esto, que parecería ser una redundancia es, en realidad, el índice de una lógica ínsita al planteo.

Se parte de una marca primera que es también llamada nominación real, a la altura del seminario 21. El efecto de esta primera incidencia es el vaciamiento antes aludido. Y la marca deviene aquello concernido en la repetición, a la par que instala la incompletitud e inconsistencia a nivel del universo de discurso. Freudianamente casi coincide con la imposibilidad del reencuentro.

Ahora, algo de eso se articula al significante, y ello por cuanto la marca queda borrada, punto de coincidencia con la inscripción del representante de la representación.

Dos campos se entraman: el de la marca y el de las consecuencias del borramiento. Y la repetición evidencia, cada vez, la distancia insalvable entre uno y otro.

miércoles, 2 de abril de 2025

El Seminario 19 y la reformulación del Uno en Lacan

El Seminario 19 de Lacan se distingue por su alto nivel de formalización y rigor lógico, consolidando un abordaje modal de la castración. Esta construcción teórica se apoya en una lógica cuantificacional que retoma los cuatro modos lógicos aristotélicos, integrándolos al entramado psicoanalítico.

En este contexto, Lacan revisita un problema filosófico clásico: el Uno. En “…ou pire”, su trabajo sobre el concepto del Uno se apoya en la lógica de Frege, particularmente en la idea de una génesis lógica de la serie numérica. Desde esta base, Lacan sitúa la necesidad de una existencia que funcione como condición de posibilidad para delimitar el campo del goce en el proceso de advenimiento del sujeto.

Uno de los aspectos más significativos de esta reformulación es la transformación del rasgo unario, concepto ya explorado en el Seminario 9. En aquel momento, el rasgo unario estaba vinculado con la demanda de amor, sosteniéndose en I(A), la imagen del Otro idealizado. Sin embargo, en “…ou pire”, Lacan da un giro crucial:

  1. Se mantiene la idea del rasgo como letra, pero ahora en un sentido que excede la lógica de la significación.
  2. Se introduce un cambio desde la lógica de clases a la lógica de conjuntos, lo que redefine el rasgo como uno que falta, en lugar de uno que representa.
  3. A partir de la teoría de Bourbaki, la letra adquiere un nuevo estatuto: no es un atributo, sino una designación que funda el conjunto.

Con esta reformulación, Lacan despoja al rasgo unario de su carga idealizante, desplazándolo del registro de la demanda a una lógica de la falta y la estructuración del goce.

martes, 1 de abril de 2025

Del rasgo unario a lo uniano: la evolución del Uno en Lacan

El concepto de rasgo unario ocupa un lugar central en la lectura lacaniana de Freud, apareciendo en diferentes momentos del desarrollo teórico de Lacan. Desde La identificación, el rasgo unario se vincula con la constitución del sujeto y la inscripción de marcas simbólicas.

Sin embargo, en el Seminario 19, este concepto sufre una transformación significativa. Se separa de su función inicial, asociada a la idealización de la demanda, y se reformula en un nuevo término: lo uniano. Este neologismo permite un abordaje distinto del Uno, diferenciándolo de su origen en la identificación freudiana.

Si bien el término se formaliza en el Seminario 19, ya en el Seminario 17 se observan antecedentes de este giro conceptual. Allí, Lacan reelabora la estructura del lenguaje y transforma el lugar del Nombre del Padre, desplazándolo del S₂ al S₁. Este movimiento prepara el camino para la formulación de lo uniano, una noción que rompe con cualquier perspectiva filosófica del Uno como totalidad o unificación.

En esta nueva concepción, el Uno no busca completarse en el Dos. Por el contrario, lo uniano señala lo inverosímil del Uno, en la medida en que funciona como el eslabón que evidencia la imposibilidad de la relación sexual. Con ello, Lacan marca una distancia fundamental entre la lógica tradicional del Uno y su función en el campo del goce y la sexuación.

domingo, 26 de enero de 2025

El nombre propio: Perspectivas históricas y psicoanalíticas

A lo largo de la historia, múltiples disciplinas han reflexionado sobre el concepto del nombre propio. La filosofía, la lógica, la antropología y los estudios etnográficos han aportado distintas perspectivas, mostrando que las elaboraciones sobre este tema incluso pueden derivarse de ciertos análisis lógicos.

En un principio, el nombre propio fue considerado principalmente desde su valor semántico, en línea con una visión epistémica propia de la Antigüedad y las lecturas naturalistas del lenguaje. Sin embargo, también se ha definido dentro de sistemas clasificatorios, como ocurre en ciertas elaboraciones antropológicas.

Curiosamente, el concepto de nombre propio está ausente en la obra de Freud y no aparece de forma consistente en los primeros desarrollos de Lacan, más allá de menciones esporádicas. No es hasta el seminario 9, “La identificación”, donde Lacan introduce un análisis detallado sobre este término. Antes de este seminario, el nombre propio se relacionaba más con el nombre común, acercándose a las ideas de Hegel.

El desafío que implica estudiar el nombre propio radica en su relación con el orden simbólico, ya que este término es esencialmente a-semántico. Esto lo hace intraducible, una característica que no puede subestimarse. Para Lacan, el nombre propio se comprende mejor cuando se separa de su carga semántica, circunscribiéndolo como una función asociada a la letra.

En “La identificación”, Lacan presenta un desarrollo innovador al tomar el concepto freudiano de rasgo unario y trasladarlo al registro de lo literal. De este modo, establece un vínculo entre la letra, el rasgo unario y el nombre propio, convirtiéndolo en un anclaje fundamental para el sujeto.

lunes, 30 de diciembre de 2024

El Representante de la Representación: Del Giro Freudo-Lacaniano a la Constitución del Sujeto

En el seminario 7, Lacan señala un momento crucial en la obra de Freud: el abandono de la noción de representación en su sentido filosófico tradicional, asociada a un sustrato último o referente fijo. Al “arrancar la representación de la tradición”, Freud introduce la falta de referente, describiéndola como un “cuerpo vacío, un espectro, un goce extenuado”. Este desplazamiento se vincula directamente con el aforismo de Lacan: “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”.

Dentro de esta estructura, Lacan presenta el concepto de representante de la representación, que no debe confundirse con la traducción literal “representante representativo”. Esta última sugeriría un regreso a la tradición filosófica y a la búsqueda de un fundamento último para el sujeto, algo que Lacan critica abiertamente. Por el contrario, el representante de la representación pertenece al nivel más elemental de la estructura significante, trascendiendo lo efectivamente pronunciado y siendo definido como “lo que tiene la misma estructura que el significante”.

Este concepto puede ser entendido, en retrospectiva (aprés-coup), como precursor del rasgo unario que Lacan introduce en el seminario 9. Este rasgo, ligado a la letra como una marca significante que no se articula en cadena, sostiene lo efectivamente pronunciado. Ambos términos comparten una función común: operar en el nivel de la represión primaria. Así, el representante de la representación no solo anticipa la problemática del Uno, sino que permite a Lacan definir al sujeto como privación, como un -1, lo que reitera la ausencia de un referente para el nombre propio y del sujeto mismo.

Esta ausencia de referente tiene, para Lacan, un carácter estructurante, estrechamente vinculado al sujeto barrado. El seminario 7 representa un punto de inflexión en la obra lacaniana, marcando el paso de un real externo, característico de sus primeros seminarios, hacia un real interno a la experiencia analítica. Este cambio conceptual tuvo implicancias significativas en la concepción del sujeto y en la dirección de la cura.

En el seminario 11, Lacan redefine al representante de la representación como “el lugarteniente de la representación”, destacando su papel determinante en la estructura del inconsciente. Este concepto se formaliza como una estructura de corte que no solo marca, sino que constituye al cuerpo. Aquí se introduce una función topológica del borde, esencial para comprender tanto la constitución del sujeto como del cuerpo que lo sostiene. Este marco topológico, a su vez, redefine las relaciones entre el sujeto y su inscripción en el lenguaje, abriendo nuevas perspectivas en el campo del psicoanálisis.

viernes, 3 de septiembre de 2021

La subjetividad en peligro. Procesos identificatorios fallidos en neurosis y psicosis

El sábado 21/8/21, la Lic. Clemencia Baraldi dictó un Taller Clínico titulado "La subjetividad en peligro. Procesos identificatorios fallidos en Neurosis y Psicosis".

👇A continuación, los apuntes de la conferencia.👇

La construcción metapsicológica deviene de un apremio clinico. Es decir, nosotros teorizamos para entender la clínica y en el interjuego entre clínica y teoría, los profesionales debemos encontrarnos, en esta tarea imposible que es psicoanalizar.

Caso Francisco

Niño de 6 años, consultan los padres, con quien mantiene una primera entrevista para saber qué lugar ocupa el niño en la estructura discursiva familiar. No recibo niños sin padecimiento (ej., si los padres consultan porque no es el niño ideal para los padres) ni a niños cuyos padres no se comprometan a colaborar con el trabajo.

El primer obstáculo que se presenta es que Francisco no puede quedarse solo ni por un minuto. Uno de los padres siempre tiene que estar con él, sino se angustia de manera insoportable: llora, pega, se pega... La analista le dice al niño que el padre está en la sala de espera y que puede brir la puerta cada vez que lo desée. El niño entra y sale varias veces del consultorio.

La familia duerme y come, toda junta. El padre dejó de trabajar, de manera que toda la responsabilidad económica queda del lado de la madre. Francisco dice que juega y la analista le muestra los juguetes que considera que son adecuados para su edad. Él los rechaza, diciendo que son juguetes de bebé. L analista le invita a traer sus juguetes. El niño aparece con unos dinosaurios, que nombra correctamente. La analista le pregunta, entonces, a qué jugarán.

¿Cómo a qué jugamos? -pregunta el niño. -Este es el T-rex, este es braquiosaurio...

Francisco no puede entrar en ficción alguna. No juega. El padre se pregunta dónde está Francisco, cuál es su rasgo. Él dice que Francisco hace lo mismo que toda la familia. Hay un detalle de esta pregunta del padre, que es que él deja de trabajar al momento que nace su hijo. La pregunta paterna incumbe al hijo, pero también a la función.

¿Qué es jugar?

En Más allá del principio del placer (1920), Freud describe el fort-da, el primer juego del niño que observó en su nieto cuando él jugaba repetidas veces con un carretel, articulando un par de significantes: fort (afuera), da (adentro, vuelve). En determinado momento, Freud marca que el niño se mira al espejo y dice "El bebé oohh", el bebé se va.

El juego no es simplemente placer y Freud se pregunta por qué el niño juega a aquello que lo angustia: las idas y venidas de su madre, que para el niño son arbitrarias. El niño hace activo lo que sufre pasivamente, de manera que el niño logra domesticar lo traumático. Pasa a regular la presencia-ausencia y no simplemente padecerla. El jugar es una carta de ciudadanía para transitar la infancia.

Jugar no es lo mismo que nombrar o coleccionar juguetes. Los elementos que forman parte del juego son 4:

1) Recurencia: En el fort-da, vemos que el niño pasa largas horas haciendo que la madre vaya y vuelva.

2) Fabricación del juguete: El mejor juguete es aquel que el niño es capaz de fabricar, porque es la primer metáfora del sujeto. Cuando un niño logra esto, logró ingresar a la polisemia del lenguaje. De esta manera, un colador de fideos puede ser un casco, ó un palo de escoba un caballo; una sábana, una capa de super-héroe.

3) La organización de la ficción: El niño sabe que lo que hace no es la realidad, pero cree en esa ficción. De esa ficción, el niño debe poder entrar y salir. No hay ficción en un niño que pega la mesa con su sonajero.

4) Un par de significantes. En el fort-da, hay un fort para un da, o un da para un fort. Con Lacan diremos que entre ese par de significantes, S1 y S2, emerge el sujeto y se secreta ese objeto a. Este juego es el que permite luego decir luego "El bebé se va del espejo del Otro".

Cuando un niño puede reconocerse distinto del Otro sólo si se ha encontrado en el espejo. El estadío del espejo tiene que ver con esa posibilidad humana de reconocerse allí donde no est en el espejo. El niño a los 6-8 meses se reconoce en el espejo y gira su cabeza, esperando la sanción del Otro, que le devuelven la idea de que quien está allí, es él. El niño ahí confirma algo que ya intuye: él no es parte del cuerpo de la madre. Para esto, debe acontecer lo que llamamos segunda identificación.

La identificación

Este concepto recorre toda la obra de Freud, aunque en el capítulo 7 de Psicología de las masas y análisis del yo (1921) se lo trata muy especialmente. Freud propone a la identificación como la más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona, de la que se toma un rasgo.

Hay que diferenciar identificación de mímesis. La mímesis habla de un todo, como un camaleón que forma parte del paisaje. La identificación secundaria toma un rasgo y requiere del registro simbólico, anudado a lo real y a lo imaginario, para apropiarse de él.

¿Pero qué entendemos por primera identificación? Se trata de una identificación al padre primordial. Esto Freud lo dice posteriormente a 1921 en Psicología de las masas, El Yo y el ello es de 1923 y en la página 23 nos dice que esto nos reconduce a la génesis del ideal del yo, donde se esconde la identificación primera y de mayor valencia del individuo: la identificación con el padre de la prehistoria personal. ¡Prehistoria! Freud relaciona permanentemente la ontogénesis (los procesos de la subjetividad y de los procesos psíquicos) con la filogénesis (el proceso de hominización). Hay humanidad cuando se constiuye el lenguaje, que requiere de una prohibición como invariante de estructura. La prohibición de la que se trata es la del incesto, del que Freud da cuenta en la construcción del mito de Tótem y Tabú. En este mito, un macho dominante tomaba para sí a todas las mujeres. También está la figura del tótem, que suele ser un animal sagrado del que se rescata un rasgo. Por ejemplo, la bravura del león. A este animal, en ocasiones especiales, se lo mata y se lo devora, pensando que en esta incorporación se incorpora un rasgo de este animal. Los hermanos expulsados matan al hombre aliándose, y lo devoran, pero incorporan la renuncia a al menos una mujer, la madre, y a la idea de matar al padre. La muerte de este padre en manos de sus hijos, se constituye en significante que legaliza lo humano por el lenguaje.

El mito de Freud es interesante, donde no interesa si ocurrió o no, sino notar que mucho de lo que Freud dijo allí aparece mucho fantasmáticamente en la neurosis obsesiva y en sus rituales. En la neurosis obsesiva, la problemática del padre toma una consistencia muy interesante y digamos, al paso, que allí donde hubo un mito, lacan dijo que iba a convertirlo en una premisa lógica. En Ancore dice que porque hubo alguien que no ingresó en la lógica de la castración, es que ahora todos ingresamos, dando lugar a los matemas de la sexuación.

La primera identificación es mítica, anaobjetal, inaugural, indatable, necesita de un Otro primero para que se produzca. Se trata de un Otro simbólico que pueda armar cuerpo en el niño. Esto significa que quien desarrolla la función materna debe responsabilizarse desde su deseo que el niño "le llora" y debe calmar y poner palabras a eso que le pasa. En La negación, vemos que hay un primer acto psíquico en el niño por el cual él expulsa la cosa cuando incorpora el lenguaje, porque la madre le habla a alguien entronizado y deseado. Esto no depende de lo biológico, sino de lo simbólico, que si no está trae aparejado problemáticas muy complejas.

Entonces, en la primera identificación el niño recibe a través de la función materna la herencia filogenética de la humanidad. Lo que a la humanidad le llevó siglos construir, el niño lo recibe en pocos meses: recibe el lenguaje. Hoy ya se sabe todo esto a nivel neurológico. El lenguaje y las distintas lenguas generan cambios que organizan el cuerpo. La madre, hablando, organiza una serie pulsional -mirada, voz, boca, musculatura-, intrincándolas. En esta identificación, se incorpora la lengua materna.

La segunda identificación es a un rasgo que permite saber que yo no soy el otro. Hay fracasos en la segunda identificación, en donde un niño, en lugar de tomar un rasgo del padre, hace del padre. Camina y habla como él. Peor aún los niños que se mimetizan con un animal y hacen de ese animal. No es que juegan a ser un perro, sino que se han mimetizado con él en lo que es un fracaso de esta segunda identificación. De esta manera, la identificación exige del Otro, pero a la vez hay que salir de él tomando un rasgo. Por ejemplo, el nombre propio: nos lo han puesto, pero nos lo apropiamos para saber quiénes somos. En el estadío del espejo, el niño confirma lo que sabía anteriormente, de manera que se anudan los registros de manera tal que si uno se rompe, se desencadenan los otros.

Como Lacan proviene de la psiquiatría, nos deja el concepto de desencadenamento, irrupción de la psicosis, donde los registros dejan de funcionar como tal. En el espejo, donde el niño confirma imaginariamente -en su imagen-, lo que de alguna manera ya sabía en lo simbólico (su nombre, por ejemplo) y anudado a lo real, que es el registro que no correspone a la imagen ni del símbolo, pero que anudado a los otros dos permite acotar.

En la salida del estadío del espejo hay un anudamiento de la imagen (el niño se ve en el espejo), con lo simbólico (el niño se nombra, dice "yo") y de real, porque parte de su organismo no hace parte del yo. El yo es cuerpo, no es el organismo biológico. El cuerpo es pulsional, que responde a las representaciones del inconsciente.

Sin identificación secundaria (al rasgo) no hay ingreso ni salida del el estadío del espejo. Allí está el rasgo unario, que al niño lo vuelve Uno en una serie. Sobre ese rasgo unario se agregan una gran cantidad de identificaciones que van a permitir que Freud diga que el yo es un prcipitado de identificaciones, sedimentadas en esta primera identificación. Vamos a encontrar patologías pre-especulares, porque no ingresan o no salen del estadío del espejo, como los campos de las psicosis y el autismo.

La segunda es una identificación al rasgo y la tercera es una identificación al síntoma del Otro ó a su deseo. Esta tercera identificación no requiere de una relación previa. Freud la ilustra con las jóvenes donde una recibe la carta de su amado y se desmaya, haciendo que el resto de las jóvenes se desmayen, identificadas al problema de la que recibió la carta. Esto se ve frecuentemente en los fenómenos de masa.

Caso Horacio (adolescente)

Horacio se presenta mal vestido, mal higienziado, quejoso. Es traído por sus padres "por las dudas, por si algo se puede hacer". Las sesiones se inician entre sus reclamos y sus saltos. "Tengo que trabajar con albañiles", dice el niño, al que su padre arquitecto lo lleva a las obras.

El niño brinca del escritorio al piso y del piso al diván. "¿Es gracioso o no es gracioso?", pregunta el niño comulsivamente. La analista dice que él quiere caer en gracia, pero que no es lo mismo que la gracia se caiga. A veces, Horacio habla con voz de pito muy aguda; otras, con una voz de ultratumba que resuena como un trueno y es muy difícil de soportar. Es evidente que la adolescencia le cayó en el cuerpo sin poder soportarla. El adolescente en cuestión no puede especularizar ni simbolizar lo real de la pubertad.

¿Cómo simbolizar los cambios de voz, esquema corporal, disrupción libidinal sin resortes simbólicos que den consistencia? Una tarde, al finalizar una sesión, toma un papel del escritorio y lo devora masticándolo lentamente. La analista lo mira con benevolencia y le dice que él quiere llevarse algo de allí. Afirma con su cabeza y se retira con menos ansiedad que de costumbre. Otro día, ingiere una tarjeta con el nombre de la analista. ¿Se trata de la comida totémica? Sí y no. Sí, porque estamos ante una transferencia real en donde los acontecimientos son reales y no simplemente recuerdos de lo reprimido. En 1913 Freud sostuvo que la primera identificación es canivalística y que se trata de una incorporación. Y no, porque esta incorporación es un andamiaje que si bien permite muchas cosas, no repara lo no realizado en su momento.

Horacio empieza a venir con gusto y puede incluir voluntariamente una herramienta fundamental para el trabajo: la escritura. Trae un cuaderno y en el que consolida sus dichos y sus preocupaciones. Por ejemplo "Las personas sexuales son putas, los que se miran y se tocan son putos", "No me gustan las mujeres". Rechazo de una sexualidad que no puede ser abordada ni afectada.

En otro tramo de su tratamiento, aparece con un ratón real en una jaula. Saca el ratón de su jaula y ante el estupor de la analista, se lo introduce en la boca una y otra vez. ¿Un ratón? De todos los animales, produce rechazo por unanimidad. ¿Qué quiere decir Horacio en esta escena que muestra? Nuvamente él se lleva algo a la boca. De devorarlo, ¿Qué rasgo podría incorporar? La analista le dice que para hablar del ratón, será necesario que lo deje en el cuarto contigüo. Él acepta a regañadientes, pero esta prohibición lo remite nuevamente a la escritura, donde escribe "¿Cuándo serpa el día en que una mujer abrace y bese un ratón?"

Trabajar sobre la escritura es siempre un recurso muy importante en estos casos donde la incorporación de la lengua no ha quedado sellada por la emergencia de la letra propia. Hay un fallido de la primera identificación, porque la segunda no puedo sellar a la primera. La letra es litoral entre lo real y lo simbólico, es decir, sin ser puramente real ni simbólico, hay algo que él ya puede engarzar de estos dos registros.

En el campo de las estructuras holofraseadas -psicosis, por ejemplo-, la transferencia no navega por los ríos de la palabra y aún cuando esté presente, remar solo con ella sería como echar los bofes en el remo, cuando el navío está en la arena, omo señala Lacan. La operación analítica será realizada sobre su caligrafía.

¿Cuándo será el día que una mujer

abrace y bese un ratón?

Esta frase él la acepta y se constituye en un ahelo. Este pasaje de ratón a rato, es posibilitado por la estrctura. Si uno se manejara por el campo de la palabra, no podría producir esta operación por el fracaso de la primera identificación. Horacio se afirma en lo que está diciendo y se afirma, dice que sí le gustan las mujeres. Deja de huir cada vez que su padre ingresa en el hogar; incluso, puede armar una precaria historia de sí mismo, que permite una mpinima ubicación del momento del conflicto donde implosiona la estructura, cosa que sucede cuando lo real de cuerpo irrumpe en la adolescencia, sin que exista cobertura simbólica e imaginaria que lo acote.

Esta operación produce una baja en la ansiedad, una mejor convivencia. Horacio sigue utilizando la escritura, pero ¿es realmente eso una incorporación de la lengua, que no aconteció cuando era niño? Esta escritura es una suplencia. Hay una relación entre tiempos lógicos y tiempos cronológicos, por la cual en clínica de niños uno se pregunta qué tan temprano llegamos tarde. Nacemos anatómicamente superdotados, pero neurológicamente prematuros, maduración que termina a los 5 años de edad. Si ciertas zonas del cerebro no se irrigan en determinado momento, aparece el fenómeno del desgaste, por el cual ya no se irriga. La atención antes de los 5 años es más deseable que luego.

En el caso de Horacio, esta suplencia de incorporación permite una serie de mejorías, pero no lo saca de su psicosis. Un día una chica una chica lo invita a tomar café, y el no va porque "A mí no me gusta el café". O sea, café es solo café y no ingresa en la polisemia del lenguaje.

Si comparamos el primer caso con el segundo, podemos decir que ambos son dos trabajos pedidos por encargo. Está la dificultad de que no es el sujeto que consulta por su síntoma. En ninguno de los dos casos hay síntoma, en el sentido que el sujeto no relata algo de sí mismo que molesta y que genera transferencia, cosa que tampoco hay.

En el caso de Francisco, no podemos decir que esté loco. La analista le indicará al padre que intervenga ante la conducta del niño de pegarle a la madre y que la pareja parental duerma sin los hijos. De esta manera, Francisco dice "Hubo pelea en casa, pero esta vez yo no tuve la culpa", de manera que sale del todo conglomerado de su familia.

Con Francisco la analista se vale del dibujo, ya que él no puede jugar. No aparecen dibujos de personas, pero sí zombies, plantas, peces, lo que extiende el tiempo para que no tenga que salir a confirmar la presencia de la madre. Es un caso que se puede apostar a la neurosis. Comparado con el caso de Horacio, podemos decir que la maniobra en la trasnferencia de no leer lo que dice, sino la escena que monta y trabajar sobre la escritura, va a permitir una estabilización y una mejora en el padecimiento.

Son dos casos donde hay fallidos identificatorios, pero con estructuras diferentes. En ambos hay algo que el analista puede hacer.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Diccionario de psicoanálisis: ¿Qué es el rasgo unario?


El rasgo unario es un concepto introducido por J. Lacan, a partir de Freud, para designar al significante en su forma elemental y dar cuenta de la identificación simbólica del sujeto.

Según Freud, cuando el objeto se pierde, el investimiento que se dirigía a él es remplazado por una identificación que es «parcial, extremadamente limitada y que toma solamente un rasgo (al. einziger Zug) de la persona objeto» (Psicología de las masas y análisis del yo, 1921). A partir de esta noción freudiana de identificación con un rasgo único, y apoyándose en la lingüística de F. de Saussure, Lacan elabora el concepto de rasgo unario.

Según Saussure, la lengua está constituida por elementos discretos, por unidades que sólo valen por su diferencia. En ese sentido, Lacan habla de «ese uno al que se reduce en último análisis la sucesión de los elementos significantes, el hecho de que ellos sean distintos y de que se sucedan». El rasgo unario es el significante en tanto es una unidad y en tanto su inscripción hace efectiva una huella, una marca. En cuanto a su función, está indicada por el sujeto «-ario», que evoca, por una parte, el conteo (este sufijo se emplea para formar sustantivos de valor numeral) y, por otra parte, la diferencia (Los lingüislas ha blan de «rasgos distintivos binarios>>, «terciarios>>).

Para explicar cómo entra en juego el rasgo unario, Lacan utiliza el siguiente ejemplo: ha observado en el museo de Saint-Germainen-Laye una costilla de animal prehistórico cubierta de una serie de marcas, de rasgos que supone han sido trazados por un cazador, representando cada uno de ellos un animal muerto. «El primer significante es la muesca, con la que por ejemplo queda marcado que el sujeto ha matado un animal, por lo cual no lo confundirá en la memoria cuando haya matado otros diez. No tendrá que acordarse de cuál es cuál, y los contará a partir de este rasgo unario» (semina- rio Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964).

Que cada animal, cualesquiera que sean sus particularidades, sea contado como una unidad, significa que el rasgo unario introduce un registro que se sitúa más allá de la apariencia sensible. En ese registro, que es el de lo simbólico, la diferencia y la identidad ya no se basan más en la apariencia, es decir, en lo imaginario. La identidad de los rasgos reside en que estos sean leídos como unos , por irregular que sea su trazado. En cuanto a la diferencia, es introducida por la seriación de los rasgos [o trazos]: los unos son diferentes porque no ocupan el mismo lugar. Esta diferencia del significante consigo mismo cuando se repite es considerada por Lacan como una de sus propiedades fundamentales. Ella hace que la repetición significante (el concepto freudiano de repetición) no sea un eterno retorno.

El rasgo unario, en tanto permite el conteo, es el soporte de la identificación del sujeto. El niño, efectivamente, no cuenta sólo objetos, se cuenta a sí mismo y muy pronto. «El sujeto, cuando opera con el lenguaje, se cuenta, esta es su posición primitiva>>. Está implicado «de una manera radicalmente constitutiva>> en una actividad inconciente de conteo (seminario La identificación). De este modo, si el niño se incluye en el número de sus hermanos diciendo, por ejemplo: «Tengo tres hermanos, Pablo, Ernesto y yo», es porque «antes de toda formación de un sujeto, de un sujeto que piensa, que se sitúa, ello cuenta, está contado, y en lo contado ya está incluido el que cuenta>> (Los cuatro conceptos fundamentales ... ). Sólo en un segundo tiempo se reconoce como el que cuenta y que, por ello, puede descontarse. Estas operaciones, y particularmente su capacidad para descontarse, hacen que el sujeto se identifique como uno.

A modo de ejemplo de las relaciones entre el conteo y la identificación, podemos citar un pasaje de las Historias del buen Dios de R. M. Rilke. Una mujer termina así la carta dirigida al narrador: «Yo y cinco niños más, incluyéndome». El narrador le responde: «Yo que también soy uno, porque me incluyo».

El sujeto no es por lo tanto uno en el sentido en que el círculo o la esfera simbolizan la unificación, sino uno como el <<vulgar palito» que es el trazo. La unificación, desde el punto de vista psicoanalítico, es un fantasma, y la identificación no tiene nada que hacer con ella. Debe destacarse también que la elaboración del rasgo unario es concomitante del trabajo de Lacan sobre superficies de propiedades topológicas diferentes a las de la esfera: toro, cross-cap, etc.

(Seminario IX, 1961-62, «La identificación»).
La identificación con el rasgo unario es la identificación mayor. Freud, como se ha visto, muestra que el sujeto se identifica con un rasgo único del objeto perdido. Lacan agrega que, si el objeto es reducido a un rasgo, esto se debe a la intervención del significante. El rasgo unario por lo tanto no es solamente lo que subsiste del objeto, también es lo que lo ha «borrado» (a este respecto, es la encarnación del significante fálico, y también, por otra parte, su imagen). La identificación con el rasgo unario, que es entonces correlativa de la castración y del establecimiento del fantasma, constituye la columna vertebral del sujeto.

Identificado con el rasgo unario, el sujeto es un uno, idéntico en esto a todos los otros unos que han pasado por la castración, incluido con ellos en el mismo conjunto. Pero ha adquirido también la capacidad (de la que en general no se priva) de distinguirse de los otros haciendo valer su singularidad a través de un solo rasgo, de un rasgo cualquiera. Es el «narcisismo de la pequeña diferencia>> descrito por Freud.

El rasgo unario, jalón simbólico, sostiene la identificación imaginaria. Cierto que la imagen del cuerpo le es dada al niño en la experiencia del espejo, pero, para que pueda apropiársela. interiorizarla, es necesario que entre en juego el rasgo unario, lo que requiere que pueda ser captado en el campo del Otro. Lacan ilustra esta captación evocando el momento en que el niño que se mira en el espejo se vuelve hacia el adulto en busca de un signo que venga a autentificar su imagen. Este signo dado por el adulto funciona como un rasgo unario. A partir de él se constituirá el ideal del yo.

Fuente: Chemama, Roland (1996) "Diccionario de Psicoanálisis", p. 370. Amorrortu editores.

viernes, 27 de noviembre de 2020

Diccionario de psicoanálisis. ¿Qué es la letra?

Para comprender el concepto de letra, debemos comenzar sabiendo que tanto en francés como en inglés, el término correspondiente significa las dos cosas: letra y carta. En el sentido de carácter o en el de misiva la letra es a la vez el soporte material del significante y lo que se distingue de él como lo real se distingue de lo simbólico.

Aunque la letra y la escritura no devienen términos psicoanalíticos sino con Lacan, ya existen en Freud numerosas referencias a la escritura, desde el Proyecto de psicología ( 1895) y las cartas [lettres] a Fliess hasta el texto titulado Nota sobre la «pizarra mágica» ( 1924).

La pizarra mágica ilustra la oposición entre el sistema percepción-conciencia y el inconciente. De un lado tenemos la hoja de celuloide, siempre dispuesta a recibir nuevas inscripciones o percepciones, y del otro la pizarra de cera, que guarda indefinidamente todas las huellas escritas, es decir, todas las huellas mnémicas. Esta utilización metafórica de la escritura no prejuzga en nada sobre el papel de la escritura concreta en el funcionamiento psíquico tal como Freud lo pone en evidencia. En primer lugar, en los mecanismos del sueño, que compara de buen grado con el rebus o la escritura egipcia, la imagen tiene valor de significante y no de significación. Si bien el jeroglífico es un dibujo simplificado, no está para representar allí por ejemplo un buitre o un instrumento agrícola. El dibujo es de hecho utilizado por su valor de letra, porque el nombre del objeto representado participa fonéticamente en la composición de un significante que no tiene nada que ver con un pájaro. Del mismo modo, en un sueño, [la imagen de] un águila se podrá leer como una liga. Si bien no se trata de la escritura alfabética usual, se trata de una escritura fonemática, ciertamente privada y fuertemente dependiente de la lengua del soñante. En ocasiones, el sueño no se priva de usar la escritura común, como en el sueño del Hombre de las Ratas, donde las letras «p, O> (para condolencias) [en el texto de Freud, en francés:pour condoléanced], se trasforman mientras escribe en <<p, t» (para felicitar) [ibid., pour féliciter].

En lo concerniente al lapsus calami, en el nivel de la interpretación Freud no lo distingue del lapsus linguae. Sin embargo, hay ejemplos que interesan específicamente a la escritura y no al fonema. Hay que concluir de ello que el inconciente sabe leer [afirmación de Lacan en el Seminario XX, 1972-73, «Aún»]. Numerosos ejemplos clínicos lo demuestran. En el Hombre de los Lobos, la letra V o W juega un papel central. Freud la encuentra en la V del reloj que marca la hora de la escena primaria, en la apertura de las piernas de las muchachas, en el batir de las alas de la mariposa o en las alas arrancadas de la avispa (Wespe), que el Hombre de los Lobos pronuncia «espe», castrándola de su W para encontrar allí las iniciales de su nombre, S. P., arriesgándose a verla resurgir en los lobos (Woife), a los que debe su sobrenombre. 

En el Hombre de las Ratas, Freud, como el Saussure de los anagramas, descompone la fórmula conjuratoria Glejisamen, que debía proteger a su bien-en Gisela y Samen (semen), donde la fusión de las letras realiza lo que estaba evitando.

Melanie Klein, partiendo de los análisis de niños, descubre tras las faltas de ortografia innumerables fantasmas sobre las letras, por ejemplo la imagen fálica vinculada a la letra i o a la cifra 1. Formula la hipótesis de que la escritura pictográfica, fundamento de nuestra escritura, volvería a encontrarse en los fantasmas inconcientes de cada uno. Esto ilustra la vertiente imaginaria de la letra.

LA CARTA ROBADA [lettre = carta/letra]. 
Para Lacan, el significante está en esencia soportado por la voz y se modula en la palabra. Si en La instancia de la letra en el inconciente ( 195 7; Escritos, 1966) Lacan se apoya en la letra y la escritura del algoritmo saussureano S / s, es para mostrar que en el significante hay una estructura localizada, la del fonema entendido como unidad diferencial. Esta estructura localizada de la palabra estaba predestinada a colarse en los caracteres de la escritura, y la escritura, como veremos, esperaba por su lado ser fonetizada. Por ejemplo, cuando Lacan, releyendo a Freud, dice que el sueño se aborda a la letra, precisa que entiende la estructura fonemática como estructura literante.

En el «Seminario sobre "La carta robada"» (1955; Escritos. 1966), Lacan se apoya en el cuento de Edgar Poe [«The purloined letter»] para demostrar el poder del significante. La letra es el sujeto verdadero del cuento y, sin que su contenido sea revelado nunca, regula las evoluciones de todos los personajes; la expresión «estar en posesión de una carta [letra]» revela entonces ser admirablemente ambigua. La letra escapa a la investigación minuciosa de la policía, cuyo error consiste en tomarla como un objeto de la realidad, una basura según el juego de palabras joyceano: a letter /a litter. En lo real, en efecto, nada está escondido; lo que está escondido es del orden de lo simbólico, como lo muestra el ejemplo del libro perdido
aunque presente en la biblioteca, simplemente porque no está en su sitio alfabético. es decir, simbólico. Esta carta/letra pone en cuestión el orden simbólico. la ley que el rey encarna; pero, de hecho, también lo constituye puesto que este orden se basa en la exclusión de una letra. Esto basta para situar la letra como objeto a y, más precisamente, como el falo mismo. En su Introducción al «Seminario sobre "La carta robada"» (Escritos), Lacan presenta la construcción formal de una cadena significante elemental. Esta cadena de letras da cuenta del automatismo de repetición freudiano, de la sobredeterminación simbólica en tanto se distingue de lo real y de la existencia de una represión primaria que funda la ley.

LETRA, RASGO UNARIO y NOMBRE PROPIO. 
Hay en Lacan una teoría de la génesis de la escritura, expuesta en el seminario La identificación (1961-62). La escritura no es primaria, es el producto del lenguaje, pero la escritura esperaba ser fonetizada. Así, las marcas distintivas sobre las cerámicas egipcias se volvieron signos de escritura. Lacan establece el lazo entre el einziger Zug, el «rasgo unario» freudiano, es decir, una de las tres formas de la identificación, la identificación con uno de los rasgos del objeto, y esta génesis de la escritura. En el pretendido ideograma [véase en dibujo], el rasgo es <<lo que resta de lo figurativo que es borrado, reprimido, rechazado». El rasgo retiene algo del objeto. su unidad, que hace uno.

Este resto por lo tanto es del orden del rasgo unario y puede desempeñar el papel de marca entrando en relación con la emisión vocal.

Por ejemplo, el carácter que en sumerio se dice <<an» y designa al cielo o dios es una representación deformada de un astro tomada por los acadios, que dicen cielo y dios de otra manera; tanto más funcionará este carácter entonces por su valor fonético «an». La toma en préstamo de un material de escritura a un pueblo extranjero favorece el proceso de fonetización. El nombre propio juega entonces un papel esencial. A causa de su afinidad con la marca, el nombre propio se conserva de una lengua a otra y permite descifrar una escritura desconocida. Hay un lazo privilegiado entre el nombre propio, el sujeto y el rasgo unario. El sujeto se nombra, y esta nominación equivale a la lectura del rasgo uno, pero enseguida se coagula en ese significante uno y se eclipsa, de tal manera que el sujeto se designa por el borramiento de este trazo, como una tachadura [rature, término que en francés se asocia fácilmente con rater: errar el blanco, verbo muy usado y popular, y con la división del sujeto por la barra -sujeto tachado-]. El corte a la vez simple y doble de la banda de Moebius le da a esto su soporte topológico.

LO REAL DE LA LETRA
En Lituraterre (1971), Lacan, tomando sin duda como interlocutor a Derrida, insiste en decir que la escritura no es de ningún modo primaria. La letra «haría de litoral entre goce y saber». Lacan sitúa así el significante del lado de lo simbólico y la escritura del lado de lo real; «es el surco del torrente del significado ... », es decir, de lo imaginario; la letra es una precipitación del significante. Hay en esta precipitación de la escritura una oposición entre la no identidad consigo del significante y la identidad consigo de la letra, un movimiento del sentido al sinsentido. Existe en el saber del inconciente un agujero que hace incompleto el goce, y Lacan uliliza la letra a para marcar la frontera de ese agujero. El sinsentido radical de la letra obedece a lo real. La letra, distinta del significante, es susceptible de marcar su límite, la intrusión del objeto a como radicalmente otro.

LA LETRA y EL INCONCIENTE
La escritura no es primaria, es el significanante el que es primero y el que condiciona el inconciente y, por lo lanto, la función de la letra. Hay que distinguir por una parte el río del del lenguaje. el significante y la estructura gramatical que participa del sentido, y, por otra parte, los aluviones que se depositan, el lnconciente, lugar de las representaciones de cosa, puro encadenamiento literal, al fin de cuentas, sinsentido radical que funciona fracias a la exclusión de la letra. El análisis es una lectura, las producciones del inconciente se prestan a esta lectura y el psicoanalista lee de una manera distinta en lo que dice el analizante con cierta intención. Por supuesto, esta lectura es equívoca con la ortografia. Pero esto supone entonces una escritura en el inconciente.

En cuanto al síntoma, «si puede ser leído, es porque ya está inscrito en un proceso de escritura», dice Lacan en «El psicoanálisis y su enseñanza» (1957; Escritos). Lo que es importante en un síntoma no es la significación «Sino su relación con una estructura significante que lo determina». Después definirá el síntoma como lo que no cesa de escribirse. El síntoma es una verdadera función matemática donde la letra inconciente hace oficio de argumento. El análisis es una lectura de este inconciente textual e insensato, una lectura que por lo tanto hace equívoco con la ortografía y que, por las cesuras que introduce, hace sentido hasta el extremo de descubrir su sinsentido radical. Esta dialéctica de la escritura y la lectura ha sido explotada por Lacan hasta en los títulos de sus seminarios: Les non-dupes errent o L'insu que sait de l'une bévue s'aile a mourre, que pueden leerse de múltiples maneras [por ejemplo, el primero: los no engañados yerran, o los nombres del padre; el segundo: lo no sabido que sabe de la equivocación «Se alea» (es el alero, el aleteo, el aleas) de la morra, o lo no sabido que sabe del Unbewuβt (inconciente) es el amor]. Del mismo modo, la escritura de los maternas intenta tocar un real de estructura y se ofrece a múltiples lecturas.

LA ESCRITURA NODAL
Con el nudo borromeo, en sus últimos seminarios, Lacan introduce una lectura nueva, precisamente la de los nudos, lo que invierte el sentido de la escritura. En efecto, el nudo borromeo es una verdadera escritura primaria, no una precipitación del significante sino un soporte del significante, puesto que lo simbólico viene a engancharse allí. Así, Lacan analiza la obra de Joyce, su escritura, como la reparación de un error en la escritura de su nudo borromeo.

Fuente: Chemama, Roland (1996) "Diccionario de Psicoanálisis" -. Amorrortu editores. p. 251 - 254