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martes, 3 de marzo de 2026

"Preepers": ¿Qué diferencia entre la posición "previsora" y la paranoica?

Los preppers, conocidos en español como preparacionistas, son personas que se preparan activamente para enfrentar emergencias, desde desastres naturales hasta colapsos sociales o crisis económicas.

Ahora bien, ¿Cuándo esto es razonable y cuándo nos pone en la pista de un delirio? Desde afuera, conductualmente, pueden parecer iguales: ambos compran stock, ambos anticipan escenarios, ambos hablan de riesgos. La diferencia no está en lo que hacen ni en si tienen o no razón, sino en la estructura subjetiva que sostiene el acto.

En la posición previsora fuera del terreno de la psicosis, el sujeto parte de riesgos plausibles. Acepta incertidumbre, de manera que puede decir: “Probablemente no pase, pero me organizo”. Tolera que otros no compartan su evaluación y hasta logra preguntarse si no está exagerando. Hay cálculo, no certeza.

En cambio, en la posición paranoide el sujeto vive el escenario como inminente o encubierto. Interpreta señales ambiguas como signos (de significado unívoco) que le sirven de confirmación. Cree que “los demás no ven lo que está claro” y escuchamos una convicción rígida. Hay certeza, no cálculo.

En el previsor, la acción preparacinista reduce la ansiedad. Una vez armado el margen, se tranquiliza.

En el paranoide, la acción no alcanza nunca. Siempre falta algo, siempre puede empeorar. El stock no calma. La paranoia no busca prevenir, busca defenderse de una amenaza omnipresente.

En términos más clínicos, en la paranoia, la amenaza tiene un carácter personal (“nos quieren dejar sin…”). En la previsión neurótica, la amenaza es sistémica e impersonal (“puede haber inflación/ocurrir tal cosa”). La paranoia tiene un Otro persecutorio. La previsión tiene contingencias económicas.

lunes, 26 de enero de 2026

Módulo V – Aportes del psicoanálisis al lazo social en tiempos críticos

Catástrofe y lazo: efectos en lo colectivo, rupturas y reconfiguraciones

En este apartado se abordará cómo los acontecimientos catastróficos –ya sean naturales, políticos, sociales o sanitarios– inciden en el lazo social, desestabilizando formas instituidas de vinculación y forzando la aparición de nuevas modalidades. El psicoanálisis, desde su invención, ha advertido que el sujeto no existe fuera del vínculo con los otros, pero también que dicho vínculo está marcado por lo fallido, lo imposible, lo traumático.

Se analizarán:

  • Las catástrofes como momentos de ruptura del entramado simbólico, en los que el orden discursivo se ve comprometido y la comunidad queda confrontada a su fragilidad estructural.

  • El impacto subjetivo del colapso colectivo, considerando cómo los sujetos reaccionan cuando los lazos sociales fallan o se interrumpen, y cómo emergen respuestas singulares frente a lo que no tiene representación.

  • La dimensión traumática compartida, en tanto genera efectos que no se agotan en lo individual. Se trabajará sobre el concepto de trauma social, diferenciándolo del trauma en sentido clásico, para dar cuenta de fenómenos de resonancia grupal.

  • Las reconfiguraciones posibles del lazo, que no suponen necesariamente un retorno a lo anterior, sino que pueden habilitar la invención de formas nuevas de estar-con-otros, allí donde lo previo colapsó. Estas invenciones pueden tener carácter sintomático, segregativo, defensivo o creativo.

  • La función del psicoanálisis en la lectura de estas mutaciones, no como discurso restaurador del orden, sino como herramienta que permite leer qué se dice –y qué se silencia– en el malestar colectivo.

El síntoma social y su lectura desde el psicoanálisis

El psicoanálisis permite leer los síntomas que atraviesan el lazo social no como meras desviaciones o patologías individuales, sino como formaciones que condensan un malestar estructural. Se propone pensar el síntoma social no como algo separado del sujeto, sino como aquello que se anuda entre el discurso del Otro y las respuestas singulares.

Se desarrollarán los siguientes ejes:

  • El síntoma social como formación de compromiso, que condensa el malestar en la cultura en expresiones que afectan a los cuerpos, los vínculos y las instituciones. Ejemplos: el empuje al consumo, la violencia cotidiana, los fenómenos de segregación, los padecimientos contemporáneos sin nombre.

  • La distinción entre síntoma individual y síntoma social, considerando que este último se manifiesta como efecto colectivo, pero que sólo puede leerse desde la singularidad. El síntoma social interpela al sujeto, pero también lo excede.

  • El síntoma como respuesta al imperativo del goce, particularmente en contextos donde el discurso capitalista impone un goce sin límite ni mediación simbólica. Se explorarán los modos en que este imperativo produce cuerpos exhaustos, lazos líquidos, subjetividades culpables o desorientadas.

  • El estatuto político del síntoma, en tanto señal de lo que no anda en el orden establecido. El síntoma no es sólo aquello que duele, sino también lo que resiste al sentido común, lo que introduce una pregunta, una fractura o una posibilidad de transformación.

  • El lugar del analista como lector de estos síntomas colectivos, capaz de ubicar en ellos no sólo un efecto del discurso dominante, sino también un punto de invención posible.

El lugar del discurso analítico en lo público

En este apartado se interroga el modo en que el psicoanálisis puede intervenir en el espacio público sin renunciar a su lógica ni a su ética. Frente a los discursos dominantes que tienden a normalizar, segregar, medicalizar o moralizar el sufrimiento, el discurso analítico propone una lectura que respete la singularidad del sujeto y su posición frente al malestar.

Vertiente teórico-clínica:

  • El discurso analítico como uno entre otros discursos
    Jacques Lacan formuló en su enseñanza los cuatro discursos (amo, histérico, universitario, analítico), planteando que cada uno organiza un modo de lazo social. En el discurso analítico, lo que se pone en juego no es la producción de un saber sobre el sujeto, sino la posibilidad de que un sujeto hable desde el lugar de su verdad, sin ser capturado por la demanda del Otro.

  • El analista y su no-todo saber
    En los espacios públicos, institucionales o comunitarios, el analista no puede ubicarse en el lugar del experto que dictamina qué le pasa al otro. Su lugar no es el de quien ofrece respuestas acabadas, sino el de quien sostiene una escucha que aloja lo no dicho, lo que falla, lo que se desliza. Esta posición clínica, cuando se traslada a lo público, exige un trabajo de implicación sin absorción.

  • Escucha clínica vs. protocolos de intervención
    La práctica contemporánea está marcada por una proliferación de diagnósticos, dispositivos de control de riesgos y respuestas protocolizadas. En este marco, la intervención analítica no desconoce la urgencia, pero propone que aún en ella, es posible introducir un acto de lectura, un corte que restituya al sujeto allí donde el discurso dominante lo borra o lo totaliza.

  • La dimensión política del acto analítico
    Aunque el discurso analítico no es político en el sentido clásico, su acto tiene consecuencias políticas: rompe con la lógica del control, de la transparencia forzada, del bienestar como deber. Sostener un acto que se dirija a un sujeto más allá de las etiquetas diagnósticas o los mandatos sociales es, en este sentido, una intervención en lo público.

  • La clínica extendida
    Se considerará también el concepto de “clínica ampliada” o “clínica del lazo social”, que se ha trabajado en los contextos de trabajo institucional, en situaciones de violencia, catástrofe, duelo colectivo o desamparo estructural. Allí el analista no trabaja “como en el consultorio”, pero tampoco renuncia a los fundamentos de su práctica.

Bibliografía recomendada:

  • Lacan, J. (1969-1970). El reverso del psicoanálisis. Seminario 17. (Especialmente la elaboración de los discursos).

  • Lacan, J. (1975-76). El Seminario 23: El sinthome. (Sobre la función del síntoma como modo singular de inscripción en el lazo).

  • Laurent, É. (2011). La batalla del autismo. (Una crítica al discurso científico y sus efectos segregativos; valioso para pensar la ética en lo público).

  • Millot, C. (1983). El orden simbólico y la desordenación social. (Sobre las mutaciones contemporáneas del lazo social).

  • Porge, E. (2009). El psicoanalista en la ciudad. (Recoge intervenciones del psicoanálisis en contextos no clínicos).

  • Dunker, C. I. L. (2015). Malestar, sufrimiento y sintoma. (Desarrolla cómo el síntoma es efecto de la estructura social).

  • Kornblit, A. L. y Slatman, L. (comps.) (2021). La palabra en las catástrofes. La escucha en lo social. (Una compilación fundamental para pensar la intervención analítica ante lo colectivo).

El analista como testigo, como interlocutor, como lector del malestar

En contextos de crisis, el analista puede ocupar posiciones que exceden el dispositivo clásico de análisis individual. Sin convertirse en garante de ninguna verdad ni vocero de causas, el analista puede asumir una función ética que consiste en testimoniar, leer y sostener lo que del malestar resiste a ser absorbido por los discursos dominantes.

Vertiente teórico-clínica:

  • El analista como testigo de lo indecible
    En situaciones de catástrofe —sea una pérdida masiva, una represión estatal, una tragedia social— el analista no sólo escucha un síntoma, sino que deviene testigo de lo que no puede decirse de inmediato, de lo que no encuentra lugar en lo simbólico ni en lo colectivo. No se trata de decir en lugar del otro, sino de sostener un tiempo para que una palabra pueda advenir.

  • El analista como interlocutor sin garantía
    A diferencia del experto que ofrece respuestas, el analista se ofrece como interlocutor no sabido, que escucha sin evaluar, que sostiene sin imponer. Este lugar implica resistir la presión a “dar soluciones” inmediatas, abriendo una dimensión de espera, de interrogación, de no-todo.

  • Leer el malestar más allá del sentido común
    Allí donde el sufrimiento es rápidamente patologizado, diagnosticado o instrumentalizado, el analista puede introducir una lectura que haga lugar al sujeto y no sólo a su síntoma. Leer el malestar implica escuchar sus resonancias singulares, su inscripción en una historia, su lógica más allá de la normatividad.

  • La presencia analítica como acto ético
    En muchos dispositivos (escuelas, hospitales, programas de asistencia), el analista no interpreta como en el consultorio, pero su sola presencia encarnada, su modo de estar, puede producir efectos. Una mirada que no juzga, una escucha que no interrumpe, un acto que no se anticipa, pueden funcionar como bordes para una subjetividad en ruina.

  • Del analista empático al analista implicado
    Se tratará de pensar el pasaje desde una posición “empática” o asistencial a una implicación ética, que no se reduce a compartir el dolor del otro, sino que implica una toma de posición que habilite lo singular, incluso en medio del trauma compartido.

Bibliografía sugerida:

  • Lacan, J. (1964). Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Seminario 11. (Especialmente el concepto de “testigo” y de “acto analítico”).

  • Recalcati, M. (2012). El complejo de Telémaco. (Una relectura del lugar del testigo en la transmisión intergeneracional).

  • García, A. (2016). Testigo del trauma: clínica del acontecimiento catastrófico. (Obra central para pensar al analista en tiempos de desgarro colectivo).

  • Hernández, R. (2020). Psicoanálisis e implicación. El analista en las instituciones. (Para pensar el lazo institucional y la función del analista en lo público).

  • Miller, J.-A. (1998). El partenaire-síntoma. (Para ubicar el lugar del analista en el lazo, en tanto partenaire de un goce opaco, incluso en lo colectivo).

  • Fariña, J. y Aruguete, N. (2012). La intervención del analista ante catástrofes. (Estudios sobre la experiencia con víctimas y desplazados en situaciones de emergencia).

viernes, 7 de noviembre de 2025

Unidad IV – La ética del analista ante lo catastrófico

1. Diferencia entre función terapéutica y función analítica

¿Qué distingue la posición analítica cuando todo exige una intervención rápida, protectora o normativa?

Ante escenarios catastróficos, el entorno —institucional, familiar, comunitario— suele demandar respuestas orientadas al alivio, la contención o la restauración de cierta estabilidad psíquica. En este marco, el psicoanalista muchas veces es convocado como terapeuta: se espera de él que calme, que tranquilice, que sugiera, que cure. Pero esta demanda no coincide necesariamente con la función analítica, y es justamente en la diferencia entre ambas donde se juega el núcleo ético de la práctica.

1.1. La función terapéutica: estabilizar, orientar, reparar

La función terapéutica responde, en general, a un modelo de intervención que:

  • Busca restaurar el equilibrio yoico o adaptativo del sujeto.

  • Se guía por criterios de salud, normalización o bienestar emocional.

  • Interviene desde un lugar de saber activo, proponiendo recursos, estrategias o directivas.

  • Opera muchas veces en el nivel del yo, apuntando a fortalecerlo frente al trauma o la pérdida.

Esta función es valiosa y, en muchos contextos, necesaria. No se trata de despreciarla, sino de ubicarla en su diferencia estructural con la función analítica, para no confundirlas ni diluir la especificidad del psicoanálisis.

1.2. La función analítica: alojar lo singular sin respuesta preformateada

La función analítica, en cambio:
  • No busca reparar, sino hacer lugar al sujeto del inconsciente.
  • No responde a la demanda, sino que se interroga por su estatuto.
  • No se dirige al yo ni al síntoma como algo a erradicar, sino que aloja el síntoma como formación de compromiso.
  • No impone sentidos ni cura el trauma, sino que permite que algo del acontecimiento se inscriba de manera singular.

El analista no es un técnico del bienestar, sino alguien que soporta el no saber y la no respuesta inmediata. Su acto se define por el deseo —no por la intención de ayudar— y su ética se sostiene en no ceder ante el llamado a ser útil en términos del Otro.

1.3. En tiempos de catástrofe: ¿una función terapéutica inevitable?

Cuando el horror irrumpe, cuando hay muerte, desamparo, ruptura de coordenadas simbólicas, puede ser legítimo que el analista actúe —por momentos— en una función terapéutica. Ofrecer marco, contención, escucha sin interpretación. Pero incluso allí, es posible no abandonar la orientación analítica.

Por ejemplo:

  • En un espacio grupal luego de un atentado o desastre natural, el analista puede sostener el encuadre, permitir la palabra, sin dirigir ni saturar con sentidos.

  • En un hospital, ante familiares de víctimas, puede encarnar una presencia que no se precipita a tranquilizar, sino que respeta el tiempo del sujeto para articular su dolor en palabras.

La clave no está en el dispositivo, sino en la posición desde la cual se interviene.

1.4. La frontera delicada entre las funciones

Es habitual que en situaciones extremas las funciones se mezclen. La pregunta no es si el analista puede o debe actuar como terapeuta, sino cómo mantener una orientación analítica aún dentro de una función asistencial.

El riesgo, si no se diferencia esta frontera, es doble:

  • Que el analista renuncie a su deseo, y actúe solo para satisfacer la demanda o para calmar su propia angustia ante el sufrimiento del otro.

  • Que el analista se escinde, funcionando clínicamente como terapeuta y sosteniendo una supuesta “pureza analítica” como ideal vacío.

Lo que se requiere, en cambio, es una ética que permita negociar con la función terapéutica sin extraviar la dirección analítica.

1.5. Una ética más allá de la técnica

La diferencia entre función terapéutica y analítica no reside en las técnicas utilizadas, sino en la posición del analista y el tipo de vínculo que promueve con el sujeto.

El analista no ofrece garantías, ni recetas, ni consuelos. Pero su acto puede tener efectos terapéuticos. La paradoja es esta: cuando el analista no cede a la función terapéutica, su acto puede ser profundamente terapéutico.

Bibliografía sugerida

  • Lacan, J. (1959-60). Seminario 7: La ética del psicoanálisis.
    → Para pensar la ética analítica más allá del bien y del ideal terapéutico.

  • Freud, S. (1933). Conferencias de introducción al psicoanálisis – Nuevas conferencias.
    → Especialmente la conferencia XXV, sobre el psicoanálisis como profesión.

  • Miller, J.-A. (2007). El lugar y el lazo.
    → Reflexiona sobre la función del analista en el discurso contemporáneo.

  • Soler, C. (2006). El acto analítico.
    → Distinción clara entre intervención terapéutica y acto analítico, con implicancias éticas.

2. El deseo del analista en contextos de urgencia y duelo colectivo

¿Cómo sostener la orientación analítica cuando el sufrimiento es masivo y la demanda es absoluta?

En escenarios de catástrofe, el lazo social se fragmenta, los marcos simbólicos tambalean y los cuerpos, tanto individuales como colectivos, quedan expuestos a un exceso de real. En medio de ese caos, el analista puede ser convocado a intervenir desde múltiples lugares: asistente, contenedor, mediador, experto. Pero ninguno de esos lugares garantiza que su acto sea analítico. Lo que sí orienta su acto es su deseo.

Este deseo no es deseo de ayudar, de consolar, de calmar, de saber, ni siquiera de analizar. Es un deseo que no se deja absorber por la demanda, un deseo que se sostiene incluso en medio de la devastación. Y es eso lo que le permite al analista —si no se aparta de esa posición— crear las condiciones para que algo del sujeto emerja, aun en la urgencia o el duelo colectivo.

2.1. ¿Qué es el deseo del analista?

Lacan no define el deseo del analista como una intención consciente ni como una voluntad, sino como una posición ética que orienta la práctica clínica.

“El deseo del analista no es un deseo puro, sino un deseo orientado por la diferencia absoluta que lo separa del deseo del Otro.”
(Seminario 11)

Este deseo implica:
  • No taponar el vacío con sentidos.
  • No responder de inmediato a la demanda.
  • No aliarse con los ideales colectivos de normalización.
  • Soportar el lugar del no saber, para que el sujeto pueda decir.

En tiempos catastróficos, el deseo del analista no se manifiesta por lo que hace, sino por cómo sostiene su posición: sin ceder a la urgencia de significar, sin entregarse a la fusión emocional, sin identificarse con el sufrimiento del otro como propio.

2.2. El duelo colectivo: cuando el sujeto se disuelve en el grupo

Los duelos colectivos (por una guerra, una pandemia, un atentado, una desaparición masiva) generan efectos singulares:

  • Hay un dolor socialmente compartido, pero no necesariamente subjetivado.

  • Hay rituales, discursos públicos, homenajes, pero muchas veces no hay lugar para el decir propio.

  • Lo común puede obturar lo singular.

El analista no viene a impugnar la elaboración social del duelo. Pero sí puede, en algunos casos, alojar algo que no encaje en ese consenso del sufrimiento: un odio inapropiado, una culpa desplazada, un silencio intolerable, una repetición sin sentido.

Sostener el deseo del analista, allí, es no capturar lo singular en lo colectivo, y permitir que el sujeto, en su diferencia, encuentre su palabra.

2.3. En la urgencia: actuar sin precipitación

En contextos de urgencia, el deseo del analista no lo empuja a intervenir de inmediato. Tampoco a esperar pasivamente. Es un deseo en tensión, que debe decidir —acto a acto— cuándo callar, cuándo decir, cuándo cortar.

Esa tensión implica:

  • No responder con protocolos clínicos automáticos.

  • No ceder a la expectativa social de eficacia o consuelo.

  • Soportar el desconcierto sin aferrarse a una técnica.

El deseo del analista es lo que permite actuar sin estar actuado por el pánico, la conmoción o la demanda de “hacer algo ya”.

2.4. ¿Qué sostiene al deseo del analista?

El deseo del analista no se sostiene en sí mismo. Se funda en su propia experiencia de análisis, en la renuncia a ser el objeto del Otro, y en la decisión ética de no hacer del paciente un objeto de su saber o de su ideal.

En situaciones de gran conmoción, el riesgo es que el analista:

  • Se identifique con la víctima.

  • Se posicione como redentor o salvador.

  • Intente “reparar” el mundo desde la clínica.

Cuando eso ocurre, el deseo del analista se desvía, y su acto deja de ser analítico. Sostener su deseo, en cambio, le permite estar ahí sin confundirse con lo que el Otro espera de él.

2.5. Una orientación sin garantía, pero con dirección

El deseo del analista no ofrece garantías. No asegura resultados, ni alivio inmediato, ni comprensión total. Pero le da dirección a su acto. Y esa dirección es, en tiempos de catástrofe, un punto de orientación poderoso: no para decir qué hacer, sino para soportar que algo se diga donde no había palabra.

Bibliografía sugerida

  • Lacan, J. (1964). Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.
    → Desarrollo fundamental del deseo del analista como orientación ética y clínica.

  • Miller, J.-A. (2002). El deseo del analista. En Curso de orientación lacaniana.
    → Aborda cómo opera el deseo del analista en distintas configuraciones clínicas, incluso fuera del encuadre clásico.

  • Soler, C. (2007). La clínica lacaniana. Capítulos sobre clínica en lo social y deseo del analista.
    → Interesantes consideraciones sobre el papel del analista en contextos institucionales.

  • Fain, M. (2010). El deseo del analista y la función del analista en contextos de urgencia. Revista Analytica del Sur.
    → Ejemplos clínicos y reflexiones sobre práctica en contextos sociales extremos.

3. ¿Neutralidad o implicación? La noción de presencia

¿Qué significa “estar presente” como analista cuando el mundo se derrumba?

En tiempos de catástrofe, el lugar del analista se vuelve especialmente delicado. En medio del sufrimiento colectivo, de la conmoción social, de la urgencia institucional, se espera de él una respuesta, una participación, una toma de posición. Se le demanda “presencia”. Pero ¿qué quiere decir eso en el marco de una ética del psicoanálisis?

La respuesta no puede ser ni el repliegue en una supuesta neutralidad técnica, ni la fusión emocional con el dolor del otro. Tampoco una sobreimplicación militante que borre las coordenadas de la práctica. Lo que se impone es pensar una presencia ética, propia del analista, que no confunde abstención con indiferencia ni intervención con empatía masiva.

3.1. La falsa alternativa: neutralidad vs. implicación

En el discurso común, la neutralidad suele entenderse como “no tomar partido”, mantenerse distante, no involucrarse. Pero en psicoanálisis, la neutralidad no es desinterés: es una posición ética que implica no responder desde el yo del analista, no juzgar, no identificarse, no intervenir desde el sentido común.

Por otro lado, “implicarse” no significa necesariamente perder la dirección analítica. Implicarse puede ser:

  • Estar presente sin buscar calmar.

  • Sostener un marco donde lo simbólico se ha roto.

  • Ofrecer un acto cuando el silencio se vuelve acting.

Entonces, el dilema no es neutralidad o implicación, sino cómo estar presente sin caer en el empuje a responder desde el Ideal.

3.2. La presencia como función clínica

La presencia del analista no es simplemente estar allí. Es una presencia estructurante, que encarna un lugar de Otro posible, aun cuando el Otro social haya colapsado. Su sola presencia puede:

  • Permitir que el sujeto diga algo sin ser capturado.

  • Introducir una pausa en el automatismo del trauma.

  • Ofrecer un borde frente a la angustia sin forma.

“La presencia del analista no se mide por su decir, sino por el modo en que su silencio sostiene un lugar para el sujeto.”
(Claude Le Guen)

No se trata de hablar, sino de estar como alguien que no se deja arrastrar ni por el pánico ni por el deseo de solución.

3.3. Intervención sin intromisión

Presencia no significa fusión emocional, pero tampoco ausencia de acto. A veces, un gesto mínimo —una pregunta no intrusiva, una repetición del decir del otro, un simple “esto puede repetirse”— puede tener un efecto subjetivante enorme.

Lo que importa es que ese gesto:

  • No clausure.

  • No calme a la fuerza.

  • No se ponga por encima del sujeto.

La ética de la presencia analítica implica una disponibilidad que no es invasiva, un silencio que no es indiferente, y un acto que no busca salvar, sino alojar lo que no encaja.

3.4. Presencia como límite: no estar en todas partes

Un riesgo frecuente en catástrofes es la sobreexposición del analista. Ser convocado a múltiples espacios (grupos, hospitales, instituciones, medios), responder siempre, sostenerlo todo. Pero cuando el analista está en todas partes, deja de estar como analista. Su deseo se diluye, su función se desdibuja, su acto se vuelve reflejo.

Por eso, presencia también es límite. Saber dónde no intervenir, cuándo no hablar, con quién no trabajar. Sostener un borde entre la función analítica y las expectativas del entorno.

3.5. Ética del vacío: presencia sin saturación

El analista no viene a llenar el vacío del Otro, sino a sostener que ese vacío pueda ser habitado. Esto es especialmente crucial cuando el discurso social exige explicación, consuelo o sentido.

Allí donde se espera completud, el analista ofrece una presencia que no cierra, pero tampoco abandona. Una presencia que habilita el surgimiento de un sujeto, incluso cuando todo alrededor parece gritar “¡salválo!”.

Bibliografía sugerida

  • Le Guen, C. (2004). El psicoanálisis frente a la urgencia. Tres Haches.
    → Desarrolla la noción de presencia como acto clínico y ético en situaciones de catástrofe.

  • Lacan, J. (1960). La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos.
    → Fundamentación sobre la implicación ética del analista en la conducción de la cura.

  • Miller, J.-A. (2007). Presencia del analista. Curso de orientación lacaniana.
    → Reflexiona sobre los diferentes modos de presencia posibles y su relación con el acto analítico.

  • Laurent, E. (2012). Presencia del analista y comunidad analítica.
    → Una lectura contemporánea sobre el lugar del analista en lo social.

4. Lo que se espera del analista y lo que el analista puede sostener

Entre la demanda social de respuesta y la posibilidad analítica de sostener una pregunta

Cuando la catástrofe irrumpe en el campo social, el analista es muchas veces convocado bajo una suposición de saber o eficacia. Se lo espera como alguien capaz de entender, calmar, orientar, contener, normalizar. Esta expectativa social e institucional es comprensible, pero entra en tensión con la lógica del psicoanálisis, que no opera desde el ideal del bien ni desde la promesa de estabilización.

Este apartado apunta a explorar esa disyunción entre lo que se espera del analista y lo que efectivamente puede sostener, tanto en términos clínicos como éticos. Porque el analista no está allí para responder a la demanda, sino para alojarla en su enigma.

4.1. La demanda que se le dirige al analista

En contextos catastróficos, las instituciones, los medios, los equipos de salud e incluso los propios pacientes suelen esperar del analista que:

  • Explique lo que pasa ("¿por qué actúa así?", "¿es un brote?").

  • Intervenga activamente ("decile que no puede hacer eso", "calmalo").

  • Normalice ("hacelo volver al trabajo", "hacé que duerma").

  • Acompañe emocionalmente ("contenelo", "decile que no está solo").

Es decir, se lo convoca a operar como garante de sentido y bienestar. Como si el analista viniera a restaurar lo que se perdió: el orden, la lógica, el yo.

Pero el analista no es médico del alma, ni educador emocional, ni portavoz del buen sentido. Si su respuesta a esa demanda es ceder a ella completamente, su acto deja de ser analítico.

4.2. Lo que el analista puede (y no puede) sostener

El analista no puede sostenerlo todo, ni debe hacerlo. Hay límites estructurales a su función, que conviene clarificar:

Lo que sí puede sostener:
  • Una posición de escucha que no se precipite a calmar ni a interpretar.

  • Un marco (aunque precario) donde algo del sujeto tenga lugar.

  • Un vacío que no angustie sino que convoque.

  • Una presencia sin fusiones, sin empatía confusional, sin paternalismo.

  • El deseo, no como intención consciente, sino como orientación que habilita al sujeto a hablar desde su singularidad.

Lo que no puede sostener:
  • La expectativa de “salvar” al otro.

  • La demanda de dar respuestas cerradas o soluciones inmediatas.

  • La omnipotencia proyectada por instituciones o grupos.

  • La sobreexposición en lugares donde su función no puede mantenerse.

“El analista no está para decir lo que hay que hacer, sino para no impedir que el sujeto diga lo que tiene que decir.”
(Jean Allouch) 
4.3. Ceder o sostener: el punto de inflexión ético

En contextos de urgencia o duelo colectivo, el analista se enfrenta a una decisión constante:

  • ¿Cede a la demanda de utilidad, contención, sentido?

  • ¿O sostiene su función, aun si eso lo deja en una posición incómoda, inexplicable, marginal?

La respuesta no es fija ni abstracta. Cada situación impone su lectura. Pero si el analista olvida que su acto se orienta por el deseo y no por la demanda, corre el riesgo de convertirse en un operador del bien, del protocolo, del ideal… y no en quien hace lugar al sujeto allí donde no hay garantías.

4.4. Lo que el psicoanálisis puede ofrecer en lo catastrófico

El psicoanálisis no ofrece calma ni consuelo. Ofrece, más bien:

  • La posibilidad de que el sujeto construya su decir sobre lo que ha pasado.

  • Un espacio donde el sentido no se imponga, sino que se busque.

  • Un acto que no representa al sujeto, pero sí lo convoca.

En medio de la urgencia, el psicoanálisis no propone una solución rápida, sino una operación que respete los tiempos y marcas del deseo.

“No se trata de evitar el trauma, sino de alojarlo sin clausurarlo.”
(Miquel Bassols)

4.5. Una función sin heroicidad

Finalmente, es fundamental recordar que el analista no debe responder como héroe. Su acto, si lo hay, no es visible, no es espectacular, no es reconocido. Muchas veces, será apenas una pregunta, un gesto, una presencia silenciosa que permita al otro empezar a hablar desde sí mismo.

En contextos donde todo empuja a la saturación de sentido, sostener un punto de vacío puede ser el acto más radical y más clínico del analista.

Bibliografía sugerida

  • Allouch, J. (1996). Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca.
    → Sobre el lugar del analista ante el duelo colectivo y el silencio institucional.

  • Bassols, M. (2013). El analista y lo real del trauma. En Revista Lacaniana de Psicoanálisis.
    → Explora qué puede aportar el psicoanálisis cuando el trauma es colectivo.

  • Laurent, E. (2015). La ética del deseo del analista.
    → Muy útil para pensar los límites y alcances del acto analítico frente a la demanda masiva.

  • Lacan, J. (1960). La dirección de la cura y los principios de su poder.
    → Aporta claves fundamentales sobre la responsabilidad del analista y su posición ética.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Unidad III – Clínica y dispositivos en contextos de catástrofe

 1. El encuadre en situaciones de urgencia

¿Cómo se sostiene la práctica analítica cuando el dispositivo tradicional se resquebraja?

En contextos de catástrofe, las coordenadas clínicas que habitualmente sostienen el acto analítico se ven sacudidas: tiempo, espacio, honorarios, silencio, transferencia, estabilidad institucional. La urgencia —ya sea sanitaria, social o política— impone condiciones que parecen incompatibles con el dispositivo clásico. ¿Qué se sostiene entonces como “encuadre” cuando todo tiembla?

1.1. El encuadre clásico como función

En la clínica habitual, el encuadre no es solo una estructura externa o un conjunto de reglas. Es una función simbólica, una “tercera instancia” entre el analista y el analizante que permite:

  • La instalación del tiempo lógico.

  • La producción de transferencia.

  • La posibilidad de hacer operar el inconsciente.

Ese encuadre incluye elementos formales (frecuencia, duración, pago, lugar, horarios), pero también aspectos estructurales: la posición del analista, el manejo del silencio, la abstinencia, el respeto por la demanda.

1.2. La urgencia como ruptura de lo simbólico

En situaciones de urgencia, estos elementos se alteran. El paciente no llega “a consultar”: llega en estado de shock, de desborde, de pérdida. La palabra no organiza, no se dirige aún a un Otro suposicionado al saber, sino que muchas veces aparece como descarga, como eco, como grito.

La urgencia rompe la posibilidad de instalación de un tiempo subjetivo. El sujeto no está “ahí para hablar de sí”, sino que está “siendo hablado” por un acontecimiento que no alcanza a procesar.

“La urgencia no es una estructura, es una irrupción de lo real en la escena analítica.”
(Claude Le Guen)

 1.3. ¿Qué se puede sostener del encuadre en la urgencia?

Lo que se pone en juego en estos casos no es si el encuadre se mantiene o se pierde, sino qué función simbólica puede sostenerse aún en el caos.

a) La función del lugar

Aunque el consultorio no esté disponible (ej. atención en refugios, hospitales, por teléfono), el analista puede encarnar una función de borde: ofrecer un tiempo, un ritmo, una escucha no invasiva. A veces, el simple acto de decir “esto puede repetirse” crea una diferencia clínica fundamental.

b) La función del silencio

Incluso en medio del desborde, el silencio del analista no es pasividad. Puede funcionar como un vacío estructurante que interrumpe la lógica del acting o la compulsión al relato. Sostener el silencio como acto en medio del ruido puede ser profundamente transformador.

c) La función del corte

Aun sin frecuencia establecida, el corte (del tiempo, de la sesión, del vínculo) permite marcar la diferencia entre un “estar ahí” asistencial y un acto clínico con dirección. En contextos de catástrofe, marcar un inicio y un fin ayuda a construir una temporalidad subjetiva.

d) La función del Otro no-todo

El analista en urgencia no es un experto que cura ni un sostén omnipotente. Es alguien que se deja afectar sin identificarse, que aloja sin capturar, que se abstiene de ofrecer un sentido pleno. Esto, a veces, puede salvar algo del sujeto.

1.4. La paradoja clínica: intervenir sin apresurar

En urgencia, la tentación es actuar rápido, contener, ofrecer respuestas. Pero desde el psicoanálisis, lo urgente no exige apuro, sino una posición capaz de esperar, escuchar, alojar lo no dicho.

“El sujeto puede soportar más dolor que el analista, si se lo deja hablar.”
(Miquel Bassols)

1.5. Ejemplo clínico: borde de encuadre en campo institucional

Durante un temporal severo, una joven madre se presenta espontáneamente en un dispositivo comunitario. Viene con sus dos hijos pequeños, desbordada, sin recursos, repitiendo: “No sé qué hacer, no sé qué hacer”. El analista no puede proponer un tratamiento en ese momento, pero le ofrece un espacio cada martes, a la misma hora, para “venir a decir lo que quiera, aunque sea lo mismo”. La mujer acepta. Durante semanas repite casi idénticamente la misma frase. Recién al segundo mes aparece un recuerdo: su padre la repetía ante cada decisión difícil.

Ese acto simple de repetición de un marco mínimo, sin urgencia de intervención, hizo posible que un real comenzara a ser simbolizado.

Bibliografía sugerida

  • Le Guen, C. (2004). El psicoanálisis frente a la urgencia. Buenos Aires: Tres Haches.
    → Texto central sobre la diferencia entre urgencia subjetiva y urgencia asistencial.

  • Bleger, J. (1967). Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico.
    → Fundacional para pensar el encuadre como estructura y no como regla.

  • Lacan, J. (1953). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, en Escritos.
    → Para comprender cómo la palabra, el silencio y la presencia del analista pueden operar aun sin dispositivo tradicional.

  • Fain, M. (2009). Clínica de la urgencia subjetiva. Buenos Aires: Letra Viva.
    → Casos clínicos y reflexiones sobre dispositivos móviles y atención en crisis.

2. Escucha analítica en intervenciones breves o en crisis

¿Es posible una escucha analítica cuando no hay proceso?

La intervención analítica, tal como fue pensada en la tradición freudiana y lacaniana, supone una temporalidad extendida, un dispositivo estable, un sujeto capaz de asociar libremente y un analista que se abstiene de interpretar desde el saber. Sin embargo, en contextos de catástrofe o urgencia, estas condiciones no siempre están presentes.

A pesar de ello —o precisamente por ello— puede haber acto analítico incluso en el instante, si se sostiene una escucha específica, orientada por el deseo del analista y por una ética que respete la singularidad subjetiva.

2.1. ¿Qué define a una intervención analítica breve?

No se trata de reducir el análisis a sesiones únicas o rápidas, sino de reconocer que hay momentos donde una sola intervención puede tener un efecto estructurante, si se sostiene una posición analítica.

Características de estas intervenciones:
  • Brevedad temporal, pero no superficialidad estructural.

  • Ocurren en contextos donde la continuidad no está garantizada.

  • El sujeto puede estar en estado de confusión, angustia o pasaje al acto.

  • El analista renuncia a hacer síntoma del saber, para alojar lo que irrumpe.

2.2. La escucha en crisis: una función sin garantías

Escuchar en crisis no es lo mismo que contener ni calmar. Tampoco se trata de esclarecer, aconsejar o interpretar. La escucha analítica en estos casos es una escucha orientada al sujeto y no a la demanda. Es la posibilidad de que algo del sujeto se inscriba, incluso allí donde todo es confusión, repetición o acto.

“Se trata de captar la emergencia de un decir, incluso en la opacidad del grito.”
(Marie-Christine Laznik)

Lo que sí implica esta escucha:
  • Escuchar más allá de la queja.

  • No responder al pie de la letra.

  • Introducir un vacío donde todo parece cerrado.

  • Sostener la dimensión de enigma.

2.3. Dispositivo mínimo, efecto máximo

Muchas veces, el analista no cuenta con consultorio, ficha clínica ni historia previa del paciente. Puede atender en pasillos de hospital, por teléfono, en dispositivos móviles, por WhatsApp, incluso de forma anónima. Lo que hace de esa intervención algo analítico no es el contexto ni la técnica, sino la posición que se encarna frente al sujeto.

Ejemplo clínico:

En un centro de evacuados tras una inundación, una adolescente de 15 años se acerca al psicólogo voluntario y dice: “No quiero volver a donde vivíamos. Ya era una mierda antes del agua.” El analista no pregunta por la casa ni ofrece ayuda social. Le dice: “Eso que decís no es solo por el agua, ¿no?”. Ella guarda silencio. A los pocos minutos vuelve y agrega: “Antes de la lluvia, mi tío dormía en la pieza conmigo.” No hay posibilidad de seguimiento, pero ese gesto —que no interroga ni interrumpe, sino que abre espacio a un decir— permite que una verdad comience a buscar forma.

2.4. El tiempo lógico en la urgencia

Lacan distingue entre el tiempo del instante, el tiempo de comprender y el momento de concluir. Aunque en la urgencia suele dominar el primer tiempo, la intervención analítica busca instalar el segundo, aunque solo sea en germen. No apresura, no cierra, no satura de sentido.

Incluso en una sesión única puede operar un efecto de corte simbólico que interrumpa una cadena repetitiva o un pasaje al acto.

“No se trata de cuánto tiempo dura la sesión, sino de si produce un antes y un después.”
(Santiago Kovadloff)

2.5. No toda palabra es analítica, pero toda palabra puede abrir una vía

La posición analítica en la urgencia no exige silencio absoluto ni sesiones tradicionales. Lo que importa es que la intervención:

  • No clausure lo que se dice con un diagnóstico o sentido cerrado.

  • No convierta al paciente en víctima ni en objeto de compasión.

  • No se posicione en el lugar del saber sobre el dolor del otro.

  • Aloje lo que el sujeto dice como algo que le concierne.

2.6. Riesgos frecuentes en la urgencia

  • Hiperactividad clínica: hacer más de la cuenta, por angustia del analista.

  • Captura en la demanda: responder desde el lugar del auxiliar o del protector.

  • Abuso del saber: interpretar precipitadamente o devolver un sentido cerrado.

  • Neutralización subjetiva: asumir que el sujeto no puede más que repetir o actuar.

El analista debe estar advertido de estos riesgos para no saturar el espacio de decir, sino crear condiciones para que una subjetivación —aunque mínima— sea posible.

Bibliografía sugerida
  • Lacan, J. (1945). El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. En Escritos.
    → Fundamental para pensar el tiempo de la intervención en situaciones urgentes.

  • Laznik, M.-C. (1991). Clínica del sujeto en situación límite. Revista Psicología y Psicoanálisis.
    → Desarrolla intervenciones analíticas breves con adolescentes en crisis.

  • Fain, M. (2009). Clínica de la urgencia subjetiva. Buenos Aires: Letra Viva.
    → Casos y reflexiones sobre la escucha en dispositivos no convencionales.

  • Braunstein, N. (1992). Goce: un concepto lacaniano.
    → Aporta herramientas para pensar el goce que se pone en juego en lo inmediato del acto.

3. La función del analista en el campo social: presencia, abstinencia, acto

Cuando el lazo social se ve fracturado por una catástrofe, ya sea natural, sanitaria o político-social, la figura del analista puede emerger como punto de apoyo, pero también como enigma. ¿Qué lugar puede —y debe— ocupar alguien cuya práctica se basa en el silencio, la abstinencia, la transferencia y la palabra, allí donde lo que domina es el ruido, la urgencia, la necesidad y la acción?

Este apartado propone examinar, desde la ética del psicoanálisis, cuál es la función del analista en el campo social en condiciones excepcionales. Se trata de evitar tanto el repliegue autista como la sobreimplicación asistencial, para poder sostener una práctica que, sin dejar de estar encarnada en lo colectivo, se oriente por la singularidad del sujeto.

3.1. El analista como presencia: estar sin invadir

En el campo social, especialmente en contextos de catástrofe, el analista puede operar como una presencia no intrusiva, no instrumental, no educativa. Una presencia que no enseña ni contiene, sino que soporta el desborde sin apresurarse a ordenar lo que aún no puede organizarse.

No se trata de estar en todos lados ni de intervenir todo el tiempo, sino de asumir una presencia simbólica que haga lugar a lo subjetivo. Estar, sí, pero sin tomar el lugar del otro.

“La presencia del analista es una forma de hospitalidad sin apropiación.”
(Jacques-Alain Miller)

Esta presencia, en ocasiones, se da incluso sin palabras: en un hospital, en un albergue, en un espacio comunitario. Es una posición que no actúa desde el saber, sino que sostiene la posibilidad de que el sujeto —si quiere, si puede— diga algo suyo.

3.2. Abstinencia: no todo debe ser dicho, no todo debe ser hecho

En condiciones donde abunda la asistencia, la sobreinformación y el activismo clínico, la abstinencia del analista puede parecer una falta de compromiso. Sin embargo, es precisamente esta renuncia a responder a la demanda de sentido lo que permite que el sujeto no quede capturado por el discurso del Otro.

La abstinencia no es pasividad, sino un modo de preservar el lugar del sujeto del inconsciente, evitando que la urgencia lo convierta en objeto de intervención técnica o de compasión.

“El analista no actúa desde su saber, sino desde su no saber estructurado.”
(Lacan, Seminario 11)

Esta posición implica:

  • No decirle al otro qué hacer.

  • No consolar ni justificar.

  • No diagnosticar a ciegas.

  • No hacer de la escucha un espejo.

En el campo social, esto puede implicar sostener espacios sin finalidad, crear condiciones de enunciación que no prescriban sentidos ni soluciones.

3.3. El acto: una intervención orientada por lo real

La función del analista no se reduce ni a la presencia ni a la abstinencia. Se realiza, sobre todo, en el acto. Y el acto analítico, en contextos de catástrofe, no es necesariamente el de interpretar, sino el de abrir una hiancia en el sentido cerrado del acontecimiento.

El acto puede ser:

  • Un gesto que corta la repetición.

  • Una palabra que no responde, pero orienta.

  • Una pregunta que desacomoda sin herir.

  • Una decisión de sostener un marco en medio del caos.

El acto no es el acto técnico. No responde a protocolos ni a efectos medibles. Su eficacia es retroactiva: se sabrá más tarde si hubo acto allí. En el momento, solo puede sostenerse desde una ética: no la del bien, sino la del deseo.

3.4. Función política del analista: no representar, alojar

En contextos de conmoción colectiva, se espera que muchos actores tomen la palabra en nombre de los demás: funcionarios, médicos, comunicadores, incluso psicólogos. El analista, por el contrario, no habla por el otro. Su función no es representar, sino crear las condiciones para que el sujeto hable por sí mismo.

Esto tiene un valor político claro: en un mundo de discursos unificadores y protocolos de intervención, la escucha analítica preserva la singularidad, aloja la heterogeneidad, permite que lo que no encaja encuentre un lugar.

3.5. Una ética de la no respuesta inmediata

La función del analista en el campo social no es ofrecer soluciones, ni ser guía moral, ni ocupar el lugar del experto. Es, más bien, encarnar una ética del no-todo, que permita que algo del orden del deseo se sostenga incluso donde todo empuja a la alienación, la repetición o el pasaje al acto.

Esto implica:

  • Respetar el tiempo del sujeto.

  • Sostener el vacío como lugar de producción.

  • No cerrar la herida con sentido.

“La intervención del analista no es para cerrar, sino para permitir que el sujeto haga su corte.”
(Colette Soler)

Bibliografía sugerida
  • Lacan, J. (1964). Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.
    → Desarrollo del acto analítico, presencia, saber y deseo del analista.

  • Soler, C. (2007). El acto analítico. Buenos Aires: Manantial.
    → Desarrollos contemporáneos sobre la función del analista más allá del consultorio.

  • Miller, J.-A. (1999). La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica.
    → Reflexiona sobre la función del analista ante lo real contemporáneo.

  • García, A. (2005). El psicoanálisis y lo social. Eudeba.
    → Aportes sobre la implicancia política y clínica del analista en lo colectivo.