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miércoles, 19 de agosto de 2026

En nombre de la resistencia: cuando el analista se fija en un trauma del paciente

la determinación que tiene el sujeto del inconsciente sobre los procesos psíquicos es enorme y es la marca distintiva del psicoanálisis. Sin embargo, a veces los psicoanalistas quedan absortos en la búsqueda del significante, lo cual no es todo el trabajo que se hace en el análisis.

Muchos análisis se detienen y los analistas no pueden dar cuenta por qué. Los pacientes se van a otro analista y se quejan de que su anterior analista no los escuchaba... ¿Pero cómo es eso de que no escuchaba? Porque quizás el paciente estuvo mucho tiempo en ese espacio y fue avanzando... Lo que se ve es que ese analista solo escuchaba la parte de la determinación inconsciente y el sujeto es más que eso.

Lacan hace una distinción entre el ser y el sujeto desde el seminario 1. Habla de espacios que tienen que ver con la constitución del sujeto a partir de algo que queda por fuera de la posibilidad de ser dicho.

" el discurso del sujeto en la medida en que no alcanza esa palabra plena en la que debería revelarse su fundamento inconsciente, se dirige entonces al analista, está hecha para interesarle, y encuentra su soporte en esa forma alienada del ser que llamamos ego."

Es decir, uno ve la aparición del sujeto como consecuencia de introducción del símbolo, pero hay algo previo que es del ser.

En la clase del 17/3 dice:

La palabra puede expresar el ser del sujeto, pero, hasta cierto punto, nunca lo logra.

(...)

Nos hemos visto llevados a enfatizar esa faz de la resistencia que se sitúa en el nivel mismo de la emisión de la palabra. 

De esta manera, no se trata de leer la resistencia, sino lo que está allí en todas esas vueltas el sujeto del inconsciente va relatando.

A veces un analizante no quiere hablar del tema en que el analista le insiste abordar. Porque una cosa es la resistencia del yo del sujeto alienado y otra que tiene que ver con el pedido del ser (que no está atrapado entre palabras) de seguir a otra cosa. La vberdad es que nadie está determinado por un único hecho traumático. El analista, al anclarse en un solo hecho traumático, lo convalida. ¿De qué manera? Con la insistencia propia de la compulsión a la repetición, ahora encarnada en el analista.

El inconsciente, más allá de la marca traumática, también tiene todo un costado creativo. No todo es el sujeto del significante, cuando un paciente gira alrededor de lo mismo, el analista también lo detecta. Cuando tomamos un duelo, por ejemplo, tenemos el costado simbólico de lo que uno era para aquel que perdió, pero el costado más real es que para muerte y sexualidad no hay palabras.

sábado, 4 de abril de 2026

Resistencia, insistencia y lo que no se escribe

 Jacques Lacan cuestiona aquella orientación clínica centrada en el análisis de las resistencias, es decir, en la idea de que la tarea del análisis consistiría en “hacerlas levantar”. A esta perspectiva le opone una torsión decisiva: el inconsciente no resiste, insiste.

Desde esta posición, la resistencia no debe localizarse del lado del sujeto como una negativa a saber. Más bien, cuando aparece, puede situarse del lado del analista, en la medida en que éste se desplaza de su lugar —el de oyente— para ocupar el de quien comprende, elucida o incluso orienta al sujeto hacia una supuesta adecuación a la realidad.

Sin embargo, la resistencia no desaparece del campo analítico. Por el contrario, forma parte de su práctica, lo que obliga a interrogar su estatuto: ¿qué es lo que, en el sujeto, resiste?

Siguiendo a Sigmund Freud, podemos ubicar una primera vertiente: hay resistencias inherentes al pasaje entre sistemas —por ejemplo, entre inconsciente y preconsciente—. En este nivel, lo que resiste está ligado a aquello que no logra acceder a la palabra. Es decir, aquello que no se deja tramitar por el enlace verbal.

Pero esta perspectiva introduce un desplazamiento importante: la resistencia no remite simplemente a una actitud del sujeto (no querer saber, no hacerse cargo de su goce), sino a la existencia de un “resto” estructural. Hay algo que resiste en tanto el significante no cesa de no escribirlo.

Nos encontramos así con un límite propio del lenguaje: no todo en el sujeto es metaforizable. Esta imposibilidad tiene consecuencias directas en la sexualidad, en la medida en que no todo el goce se subsume en el falo como Bedeutung.

En este punto se vuelve legible el malestar señalado por Sigmund Freud como inherente a la condición hablante y a la entrada en la cultura. La repetición —lejos de ser un simple retorno de lo mismo— comporta siempre una cuota de sufrimiento. Y es precisamente allí donde algo resiste: no como oposición, sino como efecto de lo imposible de escribir.

jueves, 5 de febrero de 2026

Entre conocimiento y saber: la escucha analítica y lo inasimilable

Existe una distancia fundamental entre conocimiento y saber. El conocimiento pertenece al campo del moi y se articula con aquello que, en la tradición griega clásica, se designa como episteme: un saber organizado, apropiable, susceptible de ser comprendido y dominado por el yo. El saber, en cambio, no es propiedad del sujeto, sino que se sitúa del lado del Otro: es el conjunto de significantes que, para cada sujeto, se inscribe en ese lugar.

En este sentido, el saber constituye la dimensión de la enunciación que determina lo que el sujeto dice y, más aún, posibilita que en el decir se diga siempre algo más —o algo distinto— de lo que se pretende decir. Es justamente a partir de esta disyunción entre conocimiento y saber que puede pensarse un correlato del lado del analista.

La función del analista es, ante todo, la de escuchar. Pero para que esta escucha sea efectiva, resulta necesario que el analista renuncie a la aspiración de comprender. Comprender, en tanto operación del yo, tiende a suturar, a restituir el sentido allí donde el inconsciente introduce cortes y discontinuidades.

Al abandonar esa pretensión, el analista puede operar a partir del recorte que produce su escucha: atender a las rupturas del sentido, a las fallas, a los desfallecimientos de la significación, a lo antigramatical que irrumpe en el discurso. Es desde esos puntos que se aíslan los elementos con los cuales se va componiendo la cadena del inconsciente como discurso del Otro.

Esa cadena constituye una red, lo que remite a su soporte topológico. Sin embargo, no todo en ella es del orden del significante. En su interior aparecen también ciertos puntos inerciales: fijaciones, detenciones, núcleos de resistencia al movimiento de la articulación. De este modo, Lacan retoma de una manera particularmente fecunda el problema freudiano del núcleo patógeno.

Así, se establece una separación decisiva entre, por un lado, el sostén articulado de la cadena significante y, por otro, algo que permanece inasimilable, intratable, aquello que resiste al discurso. Se trata de una resistencia radicalmente distinta de la resistencia subjetiva —ligada al yo— que Lacan cuestionó tempranamente en su enseñanza. Aquí no se trata de un obstáculo del sujeto, sino de un real que no se deja absorber por el sentido.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

¿Cuál es la causa de lo que perturba?

La lectura que Freud hace sobre los síntomas neuróticos, modifica radicalmente la posibilidad de pensar su causa eficiente.

El método consistiría en restituir los elementos que completen las lagunas del recuerdo. La ampliación de la conciencia conlleva la suposición de que el acto de recordar forma parte de la cura, punto en el cual lo reprimido y lo olvidado coinciden. Ahora, ¿cuál es la naturaleza de lo olvidado? El método clínico a partir de la posibilidad del recordar abre un margen para la descarga de algo que quedó retenido, reprimido, con lo cual ya se juega tempranamente un componente económico.

Este componente será el punto central de lo que paulatinamente se manifestará como un obstáculo a la cura analítica. En principio, la orientación de la cura es aliviarlo vía una descarga. Ahora, más allá de ciertos éxitos iniciales, hay en el síntoma una multicausalidad que lleva a la pregunta acerca de en qué medida el componente económico es ligable.

En principio, la técnica analítica conlleva un abandono tanto de la hipnosis como de la sugestión, o sea del método catártico, y ahí es donde en un tercer momento entra en juego la regla de la asociación libre, a partir de la cual el analista se retira de toda función directiva y se invita al sujeto hablar evitando cualquier crítica sobre sus ocurrencias. O sea, si hay de lo que no accede a la conciencia, eso es inconsciente pero eficaz pues produce efectos.

La cadena de pensamientos inconscientes articulados, explica el empuje de lo reprimido por el cual el sujeto dice más de lo que quiere o de lo que pretende. Y esto aparece en el discurso corriente a partir de retazos, recortes, sin sentidos, vacilaciones, fallas, tropiezos los cuales producen del lado del sujeto un efecto perturbador. Si el sujeto no se atiene a la regla de la asociación libre es porque intenta dejar de lado esto perturbador. La pregunta clara es ¿cuál es la causa eficiente de esa perturbación?

Los obstáculos de la cura
Es muy claro que Freud se ocupa, si cabe la expresión, de restos. No se ocupa ni de las razones ni de lo racional, sino de lo que no se puede tramitar, lo que hace obstáculo y que queda al costado aparentemente sin sentido. ¿Entonces, en qué consiste la curación así entendida? En suprimir las amnesias, en deshacer las represiones venciendo la oposición de la resistencia.

Sin embargo, este objetivo de vencer la resistencia nunca se alcanza con plenitud ni aún en el “normal”. Empieza a prefigurarse entonces el obstáculo a la cura. Hay algo que no alcanza el recuerdo, que queda por fuera de la posibilidad de ser recordado y entonces su retorno no será entramado en la cadena, en el enunciado. La pregunta clínica, entonces, es ¿cómo retorna, dónde retorna?. ¿Cómo intervenimos sobre eso si no se puede equivocar?

Y allí es donde entra en juego el “manejo” de la transferencia. El problema central de la transferencia es cómo opera el analista con esa temporalidad del corte que es la transferencia. Es la entrada de un campo dónde va a jugar “la personalidad del médico”: el analista pasa a ser un objeto libidinal más para el sujeto, lo que hace efectivamente que advertido de esto, por su formación, el analista se presta a encarnar, se presta a jugar un papel en ese diálogo entre el sujeto y su Otro de origen. Y para que pueda ser tomado en la economía libidinal del sujeto la condición sine qua non es que el analista se prive de cualquier actitud directiva. De lo cual tanto Freud como Lacan van a desprender la ética del psicoanálisis.

viernes, 19 de diciembre de 2025

La resistencia del analista y el lugar del no saber

En los comienzos de su enseñanza, Lacan introduce un desplazamiento decisivo en la manera de concebir la resistencia. Allí donde el contexto clínico privilegiaba el trabajo sobre las resistencias atribuidas al analizante —convirtiéndolas en el foco de la intervención—, Lacan las relocaliza del lado del analista. La resistencia ya no se sitúa primordialmente en quien habla, sino en el analista mismo, en la medida en que este renuncia a escuchar cuando se refugia en la pretensión tranquilizadora de la comprensión.

Este viraje implica una responsabilidad específica para el psicoanalista. Su intervención no debe orientarse ni a confirmar ni a refutar los dichos del analizante; lo decisivo es, más bien, si en su acto hace lugar al sujeto o si lo desestima. Tal desestimación no concierne a la persona empírica que habla, sino al sujeto que puede advenir en el decir, en los tropiezos, las vacilaciones o los puntos de sin sentido del discurso.

A partir de aquí se impone una pregunta fundamental: ¿qué condiciones debe reunir un discurso para alojar al deseo? Este interrogante, planteado desde los inicios, será retomado posteriormente —entre otros textos— en “Subversión del sujeto…”. La condición señalada por Lacan es la apertura al no saber, a esa docta ignorancia que se articula con la falla e incluso con la inconsistencia.

En la medida en que no se trata de un proceso de esclarecimiento, la meta del psicoanálisis no se define por la comprensión, sino por la posibilidad de que advenga una palabra plena. Para ello, el analista debe renunciar al intento de hacer que “las cosas marchen”, es decir, a sostener una lógica de funcionamiento o de adaptación.

Es por la vía de esa palabra plena que se abre la posibilidad de una realización propiamente psicoanalítica del sujeto, entendida como una resignificación de la historia. Sin embargo, para que esta operación no quede reducida a una mera simbolización, la rememoración encuentra un límite: no el de la muerte biológica, sino el de aquella que se sitúa en el borde de lo simbolizable. En ese punto, la resistencia se eleva a otro nivel, ya no como obstáculo a vencer, sino como índice estructural del límite mismo del sentido.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

El tropiezo, la transferencia y el trabajo de la palabra

En entradas anteriores aludíamos a la fecundidad del tropiezo del que se sirve el psicoanálisis. Sin embargo, no es raro que aquello que se abre por esa vía sea rápidamente reconducido a la transferencia bajo la forma de lo imaginario. Podría decirse que se trata de un intento de volver a cerrarlo: a veces de manera más abrupta, otras con mayor sutileza.

La intervención analítica apunta, en primer término, a despegar ese registro imaginario del supuesto “aquí y ahora” con el analista, para reconducirlo a lo simbólico que lo sostiene. Dicho de otro modo, el lazo transferencial con el analista se convierte en el escenario donde se juega, en realidad, una cuestión concerniente a la relación del sujeto con el Otro. Hasta qué punto la diferenciación entre lo simbólico y lo imaginario pueda efectivizarse en la cura depende no sólo de la posición del analista, sino también de una implicación del sujeto que no puede reducirse a la simple voluntad. Hay allí un punto espinoso, complejo, que sólo se esclarece en el transcurso del trabajo analítico.

Este momento transferencial no es evitable: no se trata de un accidente propio de ciertos tratamientos, sino de una dimensión estructural de la experiencia analítica. Freud lo advirtió tempranamente: llega un punto en el que el analista queda incluido como un objeto libidinal más, sobre el cual se desplazan significaciones (Bedeutungen) que pertenecen a otra escena.

Reconocer que este momento es necesario implica también admitir que el obstáculo forma parte de la cura. Allí se juega lo resistencial, pero no en el sentido de una resistencia atribuible al sujeto como tal, sino como la puesta en acto de aquello que resiste a la palabra, de lo que no logra ser plenamente entramado por lo simbólico.

Cuando Lacan afirma que “lo que está en juego en los síntomas es la relación del síntoma con el sistema entero del lenguaje”, toma una clara posición clínica. Desde esta perspectiva, el síntoma no es el efecto de un proceso mórbido a suprimir, sino una formación transaccional: algo que es analizable en la medida en que supone una terceridad, la de la ley, del lenguaje y de la palabra.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Encuadres institucionales y función de pérdida: la clínica cuando el pago no interviene

¿Cómo cambia el lazo analítico cuando el dinero no circula directamente entre paciente y analista?

Introducción

Comencé a trabajar con una obra social dependiente de uno de un organismo del Estado hacia fines de 2022. En aquel entonces, el sistema de cobertura ofrecía un número limitado de sesiones mensuales para sus afiliados. Sin embargo, a raíz de un conflicto interno —una suerte de escándalo administrativo que tuvo cierta repercusión entre los profesionales, autoridades y los medios—, la institución decidió ampliar los beneficios: entre ellos, el tan celebrado “sin tope de sesiones” de las sesiones de psicología.

En algunos sistemas de salud, las ausencias injustificadas implican para el paciente el pago de la sesión. En este caso, la obra social no había establecido ninguna norma al respecto.

El anuncio fue recibido con entusiasmo tanto por los pacientes como por los analistas. No obstante, aquella medida trajo aparejada una consecuencia no prevista: la cuestión de las ausencias.

Consultada sobre cómo proceder, la solución de la auditoría fue supervisar los casos. Informalmente, varios empleados del área de facturación sugirieron que, ante una falta, se firmara la planilla de asistencia en la sesión siguiente “como si el paciente hubiera acudido”, dado que la normativa vigente no contemplaba el registro de inasistencias.

En un primer momento, la solución pareció conveniente para todos: el analista no perdía su ingreso, y el paciente no debía pagar por un encuentro al que no asistió. Sin embargo, con el tiempo, esta práctica trajo consigo una serie de efectos subjetivos y clínicos que merecen ser pensados.

El dinero en un análisis

El dinero que el analizante entrega no es sólo un precio, sino una inscripción simbólica del acto de demanda. Freud mismo lo plantea tempranamente: el pago introduce una seriedad de compromiso, un reconocimiento de que el análisis no es una conversación gratuita sino un trabajo —el trabajo del análisis— que implica una pérdida, un gasto, un desprendimiento.

No se trata de un intercambio mercantil, sino de un acto simbólico que sostiene la transferencia. Pagar, inicialmente para el paciente, es reconocer que el trabajo tiene un costo, y que el analista no es un benefactor (figura que Freud y Lacan cuestionan), sino alguien convocado a una tarea. El pago sostiene la asimetría estructural del dispositivo: el analizante se dirige a un lugar supuesto de saber, y paga para sostener esa suposición.

Lacan va más allá: el pago tiene valor de significante del deseo, una forma en la que el sujeto se implica en lo que dice. Por eso no es indiferente si paga o no paga, si se le condona el arancel o si negocia su valor: cada uno de esos movimientos tiene un efecto de discurso.

Luego, están los aspectos que tienen que ver con el pago en su dimensión del registro real, que opera como límite y borde del goce. En la economía pulsional, el dinero toca lo real del goce, porque condensa valor, pérdida y deuda. Lacan dice que el analista no debe gozar del dinero, ni hacerlo objeto de su deseo. El dinero funciona en la cura como objeto mediador: marca un límite entre el deseo y el goce, instituye un borde que separa el campo de la palabra del campo del consumo.

El pago ordena el goce, lo hace pasar por el circuito del significante, evitando que se despliegue como demanda ilimitada. El analizante paga —y al hacerlo, pierde algo— para que el deseo pueda circular.

Freud decía que el pago libera al paciente de toda deuda personal con el analista; Lacan muestra que, además, le permite al analizante situarse como sujeto responsable de su acto. Aunque no se tratara específicamente de dinero, el paciente debe “dar algo de sí” para que el tratamiento tenga valor. En ese gesto de desprendimiento —de tiempo, de dinero, de resistencia— se cifra el compromiso con el proceso analítico.

Podría decirse que pagar es simbolizar la propia implicación, transformar el malestar en una inversión, en el doble sentido del término: el paciente invierte dinero y, al mismo tiempo, invierte las condiciones de sufrimiento que lo llevaron al análisis.

Cuando el pago desaparece —por gratuidad o por ideal— también tiende a desaparecer el deseo que sostenía el análisis. Es lo que vimos en el caso de los análisis financiados, pero también en el caso de las obras sociales—, esa economía simbólica se altera. La institución media, amortigua la transacción y, con ella, el valor del acto. El resultado puede ser una forma de desresponsabilización: el paciente deja de sentir que paga por su palabra, y el analista, a su vez, puede experimentar que cobra por una ausencia, lo que tiene también un efecto sobre el paciente.

Un consultorio en llamas

En el contexto que se dio la resolución de dar sesiones ilimitadas, había una clara intención institucional de reducir las quejas de sus afiliados y sus prestadores. A primera vista, pagarle a los profesionales y perdonar las faltas de los pacientes parecía la solución a todos los problemas que podían surgir en los consultorios. ¡Nadie asume las consecuencias económicas de las ausencias! No obstante, las dificultades no tardaron en aparecer...

Vamos a ver una serie de casos que permitan pensar las consecuencias clínicas de una modalidad de encuadre se obtura gracias a esta política externa.

1) Una paciente presenta una neurosis fóbico–obsesiva, en la que la evitación constituye el modo privilegiado de defensa. Padece una fobia a los accidentes y a los médicos, y más ampliamente a la irrupción de lo real, encuentra su correlato en el tratamiento: ausencias reiteradas, suspensiones y retomadas que operan como un intento de mantener al analista a distancia. En esos momentos, la transferencia se organiza en torno a un saber peligroso o invasivo, que la paciente teme encontrar en el Otro analítico tanto como en el médico. Como la dimensión está suprimida, el acto analítico se ve despojado de uno de sus sostenes más eficaces frente a la resistencia. En el caso de esta paciente, esto se traduce en una serialización de las ausencias sin consecuencias, que consolida su posición de evitación y reitera el circuito fóbico: la angustia aparece, se interrumpe el tratamiento, y nada se pierde, de modo que nada se pone en juego del lado del deseo.

2) En este otro caso, otra paciente presenta una modalidad vincular en la que se encuentra capturada por demandas ajenas que asume como propias, en especial aquellas que provienen de figuras de autoridad femenina —una jefa laboral exigente, una madre controladora—. Su modo de lazo se organiza en torno al intento de ser la que sostiene, la que responde, la que no falta, aun cuando eso la deje exhausta. En el análisis, esta posición se repite. Si bien falta a sesión con frecuencia, lo hace justificando sus ausencias por razones laborales o de compromiso con otros. Su discurso está impregnado de culpa y necesidad de aprobación: busca que el analista no se enoje, que no la considere irresponsable, y se muestra atenta a que el profesional reciba el pago institucional correspondiente. En una ocasión, dice: “Te firmo todo”, frase que condensa su modo de relacionarse con el Otro: un ofrecimiento servicial destinado a calmar la supuesta demanda del otro, sin implicarse verdaderamente en su propio deseo. De este modo, el dispositivo reproduce el circuito de agotamiento que la paciente vive en su vida cotidiana: el sujeto se ofrece al Otro para evitar su enojo o su falta, y el analista, privado del recurso del pago, corre el riesgo de quedar incluido en esa escena, encarnando una figura más a la que hay que satisfacer.

3) Un hombre de 27 años, con diagnóstico previo de esquizofrenia no especificada y TLP, se presenta con rasgos de neurosis narcisista de tonalidad melancólica, marcada por impulsividad, fragilidad yoica, sentimientos de culpa y devaluación, consumo de sustancias y repetidos intentos autodestructivos. Su biografía está atravesada por experiencias de abandono y humillación, una madre invasiva y un padre desmentidor, que contribuyen a un armado identitario lábil.

En el tratamiento, esta fragilidad se manifiesta como dificultades para sostener el encuadre, ausencias reiteradas, demoras, interrupciones intempestivas y comportamientos desbordantes. En el momento en que el analista se ve imposibilitado de aplicar una consecuencia económica (por el régimen institucional que impide cobrar las ausencias), la escena se configura como un espacio sin límite efectivo.

La ausencia de sanción simbólica es leída por el paciente como un vacío del Otro, que él mismo se encarga de llenar con su cuerpo. Así, a medida que sus ausencias no tienen costo ni marca, los actings van aumentando: primero aparecen faltas y cancelaciones, luego provocaciones verbales en las sesiones  y finalmente actuaciones corporales directas frente al analista. Estas conductas no son meras transgresiones morales: son modos de interrogar la presencia y el deseo del Otro, allí donde el encuadre se ha vuelto sin falta. El paciente, en su desorganización, busca a través del cuerpo una respuesta, una frontera, incluso un rechazo. La ausencia de pérdida en el campo simbólico (no pagar, no perder nada al faltar) se transforma en la búsqueda de una pérdida real: hacer tambalear el vínculo, poner al analista en posición de expulsarlo.

El dispositivo, al no poder operar por la vía del pago, queda capturado en la lógica del goce del paciente. La sesión no tiene costo ni límite, el encuadre se torna permeable, y el analista corre el riesgo de quedar incluido en la escena de excitación y castigo que organiza la vida del sujeto.

Posibles intervenciones

El núcleo técnico y ético del problema sería: ¿cómo preservar la función simbólica del pago cuando la institución la anula?

Decíamos que Freud ya advertía que el pago cumple una función que excede lo económico: es un acto simbólico de implicación. Al suprimirlo (o al hacer que el pago sea automático, como con la obra social), se elimina una pequeña pero decisiva experiencia de pérdida, que inscribe la falta y funda el compromiso del paciente con su palabra.

Si esa operación está vedada, la tarea del analista es restituir de otra manera la función de pérdida o consecuencia, para que la experiencia analítica no se transforme en una zona de impunidad psíquica.

La tentación, ante este tipo de encuadres institucionales, es volverse un “analista comprensivo”, que acepta sin marcas las irregularidades para sostener el vínculo. Pero eso, paradójicamente, deserotiza y burocratiza la transferencia, volviendo el análisis ineficaz.

El desafío es sostener una posición que no sea ni punitiva ni administrativa. Es decir, no se trata de castigar la ausencia, pero tampoco neutralizarla, sino leerla como formación del inconsciente y devolverla al sujeto en su estatuto de acto.

¿Pero cómo introducir una marca simbólica allí donde la institución impone neutralidad contable? Si el obstáculo institucional no puede eliminarse, ¿Cómo puede subvertirse analíticamente?

Una de las estrategias es el uso de la palabra como marca. El analista puede nombrar la ausencia y no dejarla pasar como un hecho administrativo, sino devolverla en la sesión siguiente como un significante: “Usted faltó”, “No vino la vez pasada, ¿qué pasó ahí?”. Esto reinstaura la pérdida como significante de la falta, no como dinero, sino como palabra.

En algunos casos puede ser útil acordar un compromiso de asistencia, firmado o explícitamente dicho. No como contrato burocrático, sino como un pacto de palabra: “El tratamiento se sostiene en su presencia; si no puede sostenerla, trabajemos sobre eso”. La idea es darle formalización a un compromiso, introduciendo la noción de consecuencia simbólica, aunque no sea económica.

Cuando las ausencias se vuelven un modo de resistencia, el analista puede transformarlas en material de trabajo transferencial, señalando su función: “Lo que se juega en su falta tu modo de escapar del encuentro conmigo”. De ese modo, la falta pasa a ser acto analítico: deja de ser un vacío y se convierte en una pregunta.

Si las faltas derivan en un circuito de impunidad y esta se vuelve estructural (como en el tercer ejemplo), puede ser necesario un acto de suspensión temporal del tratamiento, no como castigo, sino como forma de reinstaurar el límite simbólico. Se trata de un corte o suspensión como acto, que equivale, en su dimensión ética, a lo que antes hacía el pago: introduce un corte que nombra la falta.

Conclusiones
Los tres casos permiten pensar los efectos clínicos de un mismo impasse: la supresión del pago como operador simbólico. Allí donde el dinero, en el dispositivo clásico, marca una pérdida y delimita un compromiso, la mediación institucional lo neutraliza, produciendo un campo sin sanción, donde la resistencia encuentra terreno fértil.

En todos los casos, el no-pago se traduce en una abolición de la falta: nadie pierde, nadie responde, y el tratamiento corre el riesgo de volverse una escena sin borde. El dinero, reducido a mero trámite administrativo, deja de cumplir su función simbólica de corte y responsabilidad.

Sin embargo, este obstáculo no implica la imposibilidad del trabajo analítico. Más bien, obliga al analista a recrear las condiciones de la falta por otros medios: por la palabra, por el acto interpretativo, por la lectura de la ausencia, o incluso por la suspensión del tratamiento cuando el circuito se cierra en el goce.

De ese modo, el problema del encuadre no se resuelve “fuera” del análisis, sino en el análisis mismo: es al interior de la transferencia donde el analista puede reintroducir el límite que la institución borra.

viernes, 22 de agosto de 2025

El “Incidente Freud” y la centralidad de lo simbólico

El llamado “incidente” Freud —si puede nombrarse así el efecto de conmoción que produjo— puso en primer plano la eficacia simbólica. De allí que Lacan haya elegido como pilares de su “Retorno a Freud” un tríptico fundamental: La interpretación de los sueños, El chiste y su relación con lo inconsciente y Psicopatología de la vida cotidiana. Estos textos muestran que el inconsciente se inscribe en un entramado simbólico legible, mientras que el efecto de sentido resulta un aspecto secundario.

Lo que Lacan denuncia en el contexto psicoanalítico de su tiempo es que ese valor de la eficacia simbólica había quedado opacado. La crítica central apunta a que el campo se había desplazado hacia lo imaginario, privilegiando sus taponamientos en detrimento de la potencia del significante.

El “Retorno a Freud” se define, entonces, como la recuperación del resorte simbólico en la manifestación del inconsciente, entendido éste como aquello que se hace presente en la palabra, en su discontinuidad.

Avanzando por esta senda freudiana, aunque con desarrollos propios, Lacan señala que en cierto punto emerge un obstáculo para la cura. Allí aparecen las resistencias —no sólo las imaginarias que dependen del analista— y la reacción terapéutica negativa. Dicho obstáculo se despliega, en última instancia, en el campo de la transferencia.

Esta dimensión inercial del hablante se revela en los límites de lo que la palabra puede articular, especialmente en sus bordes. Y es precisamente allí donde Lacan sitúa la originalidad freudiana: el recurso a la letra. En el rebus, en esa escritura que organiza al texto inconsciente, se localizan los puntos de fijación que marcan los lugares en los que el inconsciente se inscribe y puede ser leído.

martes, 22 de julio de 2025

El silencio en los tratamientos

¿De qué textura es ese silencio que se produce en análisis?  Tradicionalmente, se habla del silencio en términos de la pulsión de muerte. Podemos decir que además hay silencios en la primera entrevista y durante el tratamiento.

¿Qué pasa cuando el silencio aparecen sin estar armado el armado transferencial? El analista no aparece allí como descifrador, sino el paciente siente que el analista se abalanza, en términos del goce del Otro que acedia. Es necesario darle al paciente la confianza y el tiempo necesarios para que se adapte al dispositivo. El paciente no puede abrir su intimidad si siente lejano al analista, como si lo mirara desde afuera. Esto ocurre por incidencia del registro simbólico, donde el sujeto puede mirarse desde afuera por división subjetiva, de manera que el analista puede estar en ese lugar. Esto último está desaconsejado. El analista debe mostrarse digno de confianza.

¿Mandatos de silencio? Hay personas que por ser educadas, no hablan. Han sido educadas para que su palabra no valga. Esto el analista no lo sabe a priori, de manera que el analista debe hacer cosas obvias como ofrecer un vaso de agua, si es necesario. 

¿Y si el silencio se produce en medio de un tratamiento? Freud dijo que si el sujeto detenía su discurso, muchas veces era porque tenía alguna idea acerca de su analista. Incluso habiéndose desarrollado la confianza, el paciente se calla porque el analista dejó de ser por un instante una función y aparece como presencia real. es decir, el paciente se da cuenta que tiene frente a él a un desconocido. Esto, incluso si el analista no hizo nada. Al paciente le aparece una representación nueva y ahí hay que tener cuidado, porque se obstaculiza el trabajo analítico. En ese punto, uno trabaja sobre la resistencia en transferencia: hay que tratar de no ser insistentes para no alimentar el goce del Otro. Uno podría preguntar qué le detuvo las asociaciones, pero sin atropellar al paciente. En ese punto, el analista representa a otra figura que produce la resistencia y por eso hay que tener cuidado. Incluso, el analista puede tomar eso un tiempo después.

martes, 20 de mayo de 2025

Transferencia hostil-erótica en una neurosis narcisista: ¿Cómo posicionarse como analista?

 El joven A, paciente de 27 años, con diagnóstico previo de esquizofrenia no especificada y TLP, se encuentra en tratamiento ambulatorio. El dispositivo clínico permitió sostener cierta estabilidad en la vída del paciente, evitar nuevas internaciones y avanzar en la exploración de su sufrimiento subjetivo, centrado en el vacío existencial, la desregulación afectiva y la dificultad para sostener vínculos no parasitarios ni persecutorios, con varias parejas sexuales.

En las últimas semanas, la transferencia viró hacia una tonalidad hostil-erótica, marcada por un estilo provocador y desafiante. En una sesión virtual, el paciente encendió un cigarrillo de marihuana frente a cámara, declarando: “Siempre vengo drogado a las sesiones”, incluso tomó un líquido transparente de una botella de vodka, diciendo que era agua. Luego, comenzó a relatar con lujo de detalles una relación sexual reciente: “Recién me acaban de coger tremendo… quedé re suavecito… ¿A vos cuánto te mide? ¿Te gustaría tener relaciones conmigo?… pregunto por curiosidad”. Ante la intervención del terapeuta para reconducir la escena con una expresión de perplejidad, el paciente continuó con expresiones sexualizadas y comentarios invasivos.

La situación fue leída como una puesta en acto de un erotismo defensivo (acting out), que buscaba obturar el despliegue de angustia. Lo obsceno funciona aquí como barrera contra lo traumático, y a la vez como prueba dirigida al analista: ¿será rechazante, seducido, indiferente?

Se intervino sosteniendo el encuadre y desexualizando la escena sin devolverla como acto fallido, sino interpretando su función: “Parece que hoy necesitás ponerme en el lugar de esos tipos 'random' que entran y salen de tu casa, ¿Qué es, para llamar mi atención o para echarme rápido? ¿Eh?”. Esta intervención fue aceptada, teniendo en cuenta que ya habían pasado un tiempo considerable de tratamiento.

Este viraje transferencial reveló el modo en que el paciente vehiculiza su demanda de presencia, cuidado y validación a través de un erotismo desbordado, actuado, que resiste la palabra y empuja al analista a responder con el cuerpo. El trabajo clínico apunta a historizar esta posición subjetiva y crear un espacio simbólico donde el contacto no sea solo corporal ni el Otro un objeto para invadir o destruir.

Posiciones del analista ante la transferencia hostil-erótica.

Lo primero que un analista debe hacer ante la emergencia de este tipo de transferencia (claramente resistencial), es preguntarse por qué ocurre, o mejor dicho, en qué coordenadas del tratamiento. No hay una sola respuesta, la misma deberá evaluarse en el caso por caso. Por ejemplo:

  • Una puesta en acto de goce fuera de ley, donde la sesión se convierte en escenario de exhibición.
En estos casos, se puede verbalizar el contenido sexual sin censura, devolviéndolo sin escándalo, pero marcando que se vuelve una barrera al trabajo analítico. De esta manera, por ejemplo, se puede decir "Parece que la única forma de hablar de lo que te pasa es sexualizándolo todo, como si no hubiera otro modo de hacerme lugar para vos.” Esto desexualiza la escena sin rechazarla, e introduce una lectura simbólica.
  • Un ataque al encuadre y a la diferencia simbólica entre paciente y analista.
El encuadre no es castigo: es continente. Si no se restituye, la escena se vuelve actuada y el vínculo colapsa. Ante la irrupción de lo obsceno o lo invasivo, una primera intervención necesaria es poner límite sin humillar ni moralizar.

Ejemplo: “Lo que traés tiene mucho peso, pero la forma en que aparece no nos deja trabajarlo. Para que podamos pensar lo que te pasa, necesitamos un espacio distinto al que se arma si me hacés preguntas sobre mi vida sexual.”

  • Una forma de defensa frente a la angustia de abandono (DESAMPARO), mediante una erotización omnipotente que sustituye la demanda por descarga ó bien una reproducción de vínculos primarios donde lo intrusivo, lo invasivo y lo desbordante eran lo habitual (LO SINIESTRO), ahora proyectado sobre el terapeuta.

El erotismo desenfrenado no es puro deseo: tiene rasgos de sadismo, de invasión. En este caso el analista puede devolverlo suavemente: “A veces parece que necesitás ponerme incómodo para sentirte en control… ¿será esa una forma de no sentirte tan expuesto/de llamar al otro?

Con esto se abre una vía a la historización: ¿a quién estaba dirigido este sadismo antes?, ¿a quién se lo dice realmente?

Clave clínica: Resistir el acting out, ¡Cuidado con la contratransferencia!

Es esperable que esta transferencia despierte en el analista incomodidad, rechazo contratransferencial, o tentación de cortar el vínculo. Lo clave es sostener una posición que aloje sin connivencia ni fascinación, lo que puede implicar trabajar con la propia contratransferencia del analista, especialmente si aparece erotización o irritación del lado del analista.

La escena transferencial cuando se erotiza de manera hostil puede leerse como una puesta a prueba del terapeuta: ¿el analista va a erotizarte como algún posible vínculo de la historia del paciente? ó ¿Lo va a rechazar como algún Otro primordial de su historia? Es probable que en estos casos lo que esté en juego sea un intento de encontrar un otro que no se derrumbe ni sea seducido ni lo abandone. En casos graves, puede ser un un pedido de que el cuerpo del analista esté presente sin devorarlo ni devorarlo a él.


domingo, 2 de marzo de 2025

La transferencia como temporalidad del corte

La transferencia puede ser abordada desde diversas perspectivas, pero una de sus dimensiones más fundamentales es la temporalidad. No solo constituye un campo inseparable del significante—y, por ende, del Otro más allá del otro—sino que también se define por un tiempo específico, lo que permite denominarla la temporalidad del corte. Este corte, con resonancias tanto topológicas como quirúrgicas, se sitúa en un punto preciso: allí donde el deseo y el goce se entrelazan fantasmáticamente.

Sin embargo, este corte no ocurre de manera inmediata, sino que requiere un tiempo singular, determinado por el propio ritmo del sujeto. Es decir, es el tiempo del sujeto el que rige el desarrollo de la transferencia, y el analista no puede forzarlo ni precipitarlo, sino que debe asumir una actitud de paciencia.

Lacan, en el Seminario 1, hace una aclaración clave sobre el concepto de resistencia, señalando que lo que los analistas de su época llamaban resistencia no era más que un estado del sujeto: el punto al que había llegado, aquello que era capaz de registrar o leer en ese momento. En este sentido, no es posible llevar a un sujeto más allá de donde él mismo pueda ir, no solo en términos de deseo, sino en función del momento estructural en el que se encuentra.

En L’Étourdit, Lacan sostiene que el análisis consiste en un tiempo de trabajo sobre las vueltas dichas. Estas vueltas implican una repetición en la transferencia, donde el discurso retorna una y otra vez sobre el mismo punto, hasta que el equívoco permite aislar una cifra de goce y abrir la posibilidad de una reescritura. Es en este juego entre repetición y diferencia donde puede emerger algo nuevo en el sujeto.

jueves, 21 de noviembre de 2024

La resistencia en la práctica

 Uno de los principales ejes del "Retorno a Freud" propuesto por Lacan es su cuestionamiento al papel central que los postfreudianos asignan al concepto de resistencia.

Lacan señala que, cuando se abandona la función de la palabra en el análisis, esta es reemplazada por una práctica centrada en el estudio de las resistencias. Desde este enfoque, la resistencia se interpreta como una negativa del sujeto a saber, una especie de rechazo a la curación.

Para debatir esta perspectiva, Lacan recurre al marco teórico freudiano y argumenta que la resistencia no es una simple contingencia subjetiva, sino un efecto invariante que surge de algo que opera en el nivel de la estructura. Esto implica que existe una resistencia estructural, vinculada a lo que el registro simbólico no logra procesar completamente.

Podemos identificar dos momentos clave en esta discusión. Primero, en el Seminario 1, Lacan aborda la resistencia en relación con la posición del sujeto. Aquí no se trata de un rechazo a saber o curarse, sino de una señal del lugar y del momento en que el sujeto se encuentra en su proceso. En este sentido, la resistencia es correlativa a lo que el sujeto es capaz de comprender o reconocer en ese punto de su análisis.

Desde esta óptica, cualquier intento del analista por forzar un avance más allá de lo que el sujeto puede alcanzar en ese momento constituye un error, ya que desestima el ritmo propio del analizante.

En un segundo momento, Lacan plantea la resistencia desde la perspectiva de la estructura. En este marco, la resistencia no es algo que el sujeto haga de manera activa, sino un obstáculo inherente que surge en la dinámica misma del lenguaje. Es decir, no es que el sujeto interfiera, sino que algo, a nivel estructural, genera la traba, afectando el funcionamiento de la palabra.

martes, 29 de octubre de 2024

Cuando el sujeto retrocede

 El sujeto, en el psicoanálisis, es un tópico complejo, difícil por lo inasible, por lo imposible de atrapar. Por ello, en el discurso de alguien que acude a la consulta con un analista, al sujeto lo leemos en los puntos de vacilación, en los tropiezos y en el sin sentido.

Pero también es cierto que el analista puede leer la posición del sujeto en ciertos lugares que el discurso del analizante presenta asociados a lo inercial. Esto que me permití llamar retroceso es más bien un retroceder. ¿Qué significa retroceder?

La práctica analítica se orienta por la función directriz del deseo y en ese sentido, su práctica es consustancial a la pregunta. Este es un punto que es coherente con el concepto de sujeto deseante: el lugar del sujeto entonces coincide con el de la pregunta.

Estos lugares donde se hace posible leer cierto retroceder aparecen allí donde el trabajo analítico confronta al sujeto con cierta encrucijada, una que está íntimamente vinculada con algo del orden de su propia posición con relación a aquello de lo que se queja.

Este retroceder se torna en un observable clínico en la medida en la cual el sujeto se afirma en determinadas posiciones. Se ampara en cierto saber que cree detentar, se esconde detrás de sus argumentos y la más de las veces este retroceder es solidario de una cierta tensión en la transferencia.

El punto relevante para mi gusto es que el analista no debería retirarse o huir de allí. ¿Qué conllevaría tal huida?

En principio se podría pensar que replegarse allí podría leerse como una renuncia al deseo del analista como operador transferencial. Y este es un punto complejo: el analista labora con situaciones explosivas e inestables, demonios a los que, una vez convocados, no se los puede despedir sin haberlos interrogado antes.

Sin embargo, es importante aclarar que esto no habilita al analista a empujar. Empujar sería convocar al sujeto al heroísmo.

domingo, 22 de septiembre de 2024

Lo que resiste en la práctica psicoanalítica

 Lacan cuestiona esa perspectiva clínica que está orientada al análisis de las resistencias, o sea, hacer levantar las resistencias en el sujeto. A esa orientación Lacan le contrapone otra: el inconsciente no resiste, insiste. En todo caso será el analista quien resiste en la medida de retirarse del lugar del oyente para situarse en el lugar de aquel que comprende o incluso de aquel que elucida u orienta al sujeto hacia una perspectiva de la realidad en apariencia más normal o adecuada.

Sin embargo, es cierto que la resistencia es parte de la práctica analítica, con lo cual bien vale la pregunta atinente a su estatuto y a lo que en el sujeto resiste.

Tomando en principio el planteo de Freud podemos señalar que hay resistencias que son inherentes al pasaje entre un sistema y el otro, por ejemplo, entre el inconsciente y el preconsciente. Definido en estos términos, lo que resiste está asociado a aquello que no entra en la palabra. Y esta consideración respecto de eso que el enlace verbal podría o no tramitar abre la puerta a un sesgo de la resistencia más ligado a la sincronía.

A partir de ello, en la praxis analítica no se trata de que el sujeto resista en el sentido no querer enterarse, no querer saber o, en un modo más contemporáneo, no hacerse cargo de su goce... Sino de que hay “algo” que en el sujeto resiste en la medida en que el significante no cesa de no escribirlo.

Nos encontramos a nivel de las consecuencias de que no todo en el sujeto entra en el campo de lo metaforizable. Esta consideración aplica consecuencias a nivel de la sexualidad por cuanto no todo el goce se subsume en el Falo como Bedeutung.

Y entonces aquí podemos situar ese malestar reseñado por Freud, inherente al sujeto como hablante, consecuencia de la entrada en la cultura. Perspectiva que justifica entonces esa realidad de la praxis que asevera que la repetición siempre conlleva cierta dosis de malestar o sufrimiento en quien habla, por lo que allí resiste.

miércoles, 7 de junio de 2023

¿Cómo relanzar un tratamiento detenido?

¿Por qué se puede estancar un tratamiento? En ocasiones, el paciente: Se rehúsa a asociar libremente y trae a sesión un argumento fijo. Afirma que “no tiene nada para decir”. En lugar de recordar, repite y actúa en la cura con el analista pulsiones autodestructivas de un tiempo pasado. Demuestra menosprecio hacia el tratamiento o asiste sin ganas. Tiene una posición intelectual rígida y cuestiona en forma sostenida los fundamentos de la terapia
Generalmente, tal como S. Freud nos enseña, los mencionados actos y decires del paciente son posibles signos de resistencias en la transferencia, que se oponen al progreso de la cura. Se manifiestan como compulsión a repetir -en el marco de la ficción transferencial- aquellas posiciones de fijeza (causa de su padecimiento psíquico), que atraviesan su conflictiva edípica.

¿Qué-hacer como analista ante las resistencias que estancan el tratamiento?

“Las resistencias en la transferencia, destinadas a ser el máximo obstáculo para el psicoanálisis, se convierten en su auxiliar más poderoso cuando se logra reconocerlas y traducírselas al enfermo”. – S. Freud

Tanto S. Freud como J. Lacan recurren al “manejo de la transferencia” para abordar las mociones resistenciales que se repiten compulsivamente en el desarrollo de la cura. El analista, entonces, no deberá ni desviar, ni sofocar, ni corresponder -de manera especular- el amor/odio transferencial, sino extraer de ello su “sustancia analítica”.

“La mejor manera de refrenar la compulsión repetidora del enfermo y convertirla en motivo de recordar la tenemos en el manejo de la transferencia” – S. Freud.

¿Cómo se sustenta “el manejo de la transferencia”?

El manejo de la transferencia se apoya en el “deseo del analista”.

Clave Clínica: El analista se abstendrá de confrontar, menos que menos discutir, sobre las posiciones que el analizado despliega en transferencia. Por el contrario, desde su deseo de analista (disposición de presencia, de escucha y de ética), deberá invitar a hablar* de “eso” (Ello Pulsional) que insiste compulsivamente y se repite en el marco de la transferencia. El analista tendrá que maniobrar con suma delicadeza: “El arte del analista consiste en llegar al sujeto, sin ofender su Yo” – Ricardo Estacolchic.

* “Asociación libre” en términos de S. Freud, “hablar sin pensar” en términos J. Lacan.

Intervenciones clínicas ante los estancamientos resistenciales

Mantendremos un trato amable y paciente, entendido como “la capacidad para tolerar situaciones incómodas” -sin recurrir a la mudez y/o al distanciamiento “profesional”-.

Es muy peligroso, al decir de Ulloa, confundir la abstinencia -que significa responder a la demanda incestuosa que el paciente repite inconscientemente- con la indolencia del analista -que significa la anulación de su empatía hacia el sufrimiento del paciente-.

Le comunicaremos al paciente que las detenciones en el tratamiento analítico son esperables en cualquier sujeto y que será necesario que confíe en su capacidad para ir trabajando los obstáculos, así como también le señalaremos que extienda su confianza en la experiencia del analista para saber-hacer con los impedimentos.

Haremos lo posible para motorizar el discurso del sujeto, mediante preguntas abiertas que vayan abriendo asociaciones, tomando las palabras que utiliza en esos momentos de resistencia (con suma delicadeza), para orientarnos en qué hay por detrás de su padecimiento.

Introduciremos la temporalidad, ahí donde lo que se repite es “siempre lo mismo”, expresándole al paciente que las detenciones en el decir son transitorias y que luego el proceso se va a relanzar nuevamente.
Asimismo, le haremos saber que el atravesamiento de los obstáculos causará un beneficio subjetivo porque disminuirá su padecimiento psíquico.

El analista sabe que el sufrimiento psíquico refiere a una fijeza de goce (placer masoquista en el sufrimiento, beneficio primario del síntoma), que retiene al sujeto de poner en acto su deseo.

¡¡Importante!!

Cuando la resistencia corresponde al analista, éste deberá levantar sus “puntos ciegos” a través de su propio análisis y las supervisiones clínicas.


martes, 2 de mayo de 2023

Las resistencias en la Cura ¿Cómo abordamos los obstáculos durante el tratamiento?

¿A qué se denomina resistencia? Su valor en la cura.

Sin embargo, las resistencias se convierten en orientadoras fundamentales de la dirección de la cura: ➝ La resistencia como motor.

Los tipos de resistencia que S. Freud distingue:

A) Las resistencias provenientes del Yo (la represión, la resistencia de transferencia, la ganancia secundaria de la enfermedad).

B) Las resistencias del Ello (la compulsión a la repetición de lo mismo).

C) Las resistencias del Superyó (la necesidad de castigo y la reacción terapéutica negativa).

¡¡Importante!! El paciente desconoce la producción de las resistencias, generalmente descree de las mismas a través de racionalizaciones.

¿Cuándo y cómo se manifiestan las resistencias?

¿Cuándo? S. Freud afirma: “Siempre que uno se aproxime a un complejo patógeno, la propia transferencia aparece como el arma principal de la resistencia”.

¿Cómo? Se detiene la asociación libre y se la reemplaza por la actuación en transferencia:

- Olvidos de concurrir a sesión y llegadas tarde.
- Enojos hacia el analista.
- Enunciaciones de demandas sin medida.
- Disconformidad y/o agravamiento de los síntomas.

¿Qué se reconstruye en el marco ficcional de la transferencia -suelo de la resistencia-?

El paciente reconstruye en el terreno transferencial su Complejo de Edipo, es decir, su posición frente a los Otros Primordiales. Fundamentalmente, repite las fijezas pulsionales -entregarse como objeto para fantasear un Otro sin falta-.

Intervenciones del analista frente a las resistencias del paciente:

El analista, desde su función, hará una lectura de aquello que está cifrado -a la manera de una clave- en las resistencias. A través de la interpretación, de las construcciones, de actos analíticos.

¡¡Clave Clínica!!: Aquello que insiste como obstáculo nos señala qué hay detrás del padecimiento psíquico.

¿De qué manera transmite el analista su lectura de la resistencia?

En tanto el analista está advertido de que las resistencias que el paciente manifiesta en transferencia son los puntos de fijeza pulsional en los que se encuentra atrapado a través de un goce masoquista -placer en el sufrimiento-, le transmitirá sus lecturas de manera muy delicada, sin ofender al Yo.

¿Qué finalidad tienen las lecturas de las resistencias en transferencia?

La lectura que hace el analista de las resistencias del paciente tiene, principalmente, como propósito que el sujeto pueda escucharse y reconocerse en su posición subjetiva para, de esta manera, ir restándose del lugar de objeto para el Otro y consiga, en consecuencia, emerger como sujeto de su propio deseo.

Resistencias del analista:

J. Lacan nos enseña que hay otro tipo de resistencia, que agrega a las que S. Freud conceptualizara: “la resistencia del analista”. Se refiere con “resistencia del analista” a los sentimientos contratransferenciales que le puede generar un paciente a su analista.

Por este motivo, resulta fundamental, indispensable e insustituible el propio análisis y las supervisiones clínicas, para que el terapeuta no actúe su propia fantasmática con el paciente.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Pacientes "cómodos": ¿Cómo hacer surgir el deseo en un tratamiento psicoanalítico?

Seguimos dándole vuelta al tema de los análisis financiados y a los pacientes que no pagan por ellos, preguntándonos qué pasa con su capacidad de trabajar y, fundamentalmente, con su deseo.

El deseo, tal cual lo entiende el psicoanálisis, no puede articularse en palabras. De manera que si uno dice "qué desea", en realidad lo que está haciendo es una demanda.

¿Sólo con escuchar surge el deseo? El deseo propio del paciente surge en el trabajo analítico con las resistencias. Todas las resistencias ponen frenos, acotan. El deseo surge cuando el analista desata las resistencias que tienen detenido al sujeto. 

Muchos analistas caen el el error de cuestionar a quien no sabe lo que quiere, en lugar de trabajar en lo difícil que puede ser para esa persona no tomar el camino tradicional, incomodándose. El análisis es justamente el lugar que, al trabajar con las resistencias, abre caminos donde el paciente antes repetía. Para el sujeto, está la resistencia del beneficio del síntoma, que hace que el sujeto vaya cómodamente por caminos conocidos. Los pacientes se resisten a pensar en que algo no funciona y vuelven a intentar la misma receta una y otra vez.

El analista no debería ver qué es lo que el paciente quiere o no quiere, sino si su pulsión se dirige hacia la pulsión de vida o hacia la pulsión de muerte. O sea, si ese paciente se incomoda para sumar o si se queda cómodo para quedarse en el mismo lugar.

¿Cómo trabajar? Claramente, no planteando el tema del deseo. Primero el analista podría trabajar en las identificaciones, ir por el lado del sentimiento inconsciente de culpa y las demás resistencias de las que habla Freud en 1926. Recordémoslas:

Resistencias del yo: represión, la transferencia y beneficio secundario del síntoma.

Resistencias del ello: compulsión a la repetición, que está en la base de la repetición sintomática.

Resistencias del superyó: La reacción terapéutica negativa y el sentimiento inconsciente de culpa.

Lacan, desde el seminario I, discute con Anna Freud y El yo y los mecanismos de defensa. Ella postuló que habiendo análisis del discurso, surgía una resistencia y había que trabajarla. Hasta que ese trabajo no se hubiera concretado, no se podía volver a trabajar con el material. Esta cuestión técnica es muy importante para la clínica.

Supongamos que un paciente se queda callado, hecho que sabemos que es algo que al paciente le está pasando con el analista. Para Anna Freud, habría que trabajar qué le pasa al paciente con el analista, por qué no habla... Lacan lo piensa distinto, en el punto que para él la resistencia es del discurso, del lenguaje mismo. Es probable que el analista hubiera dicho algo que hizo que el paciente se detuviera y no sabemos qué es. No se trata de ir a acorralar al paciente a ver qué le pasa con nosotros, sino más bien correrse de la transferencia. Por ahí, ubicándose en otro lugar, incluso cortando: "Usted vino hablando hasta aquí, pero en algún momento se detuvo. Algo de esto tiene que ver con lo que ha estado pasando y usted no contó". Esto podría relanzar el discurso, pero aunque esto no funcionara, ahí uno sí puede incluirse.

El analista también puede "confesar" (en términos de Lacan) que quizás haya algo que se le pasó por alto. este cambio de posición del analista permite que el discurso vuelva, ya incluido el trabajo con la resistencia. 

Si pensamos en los registros, la propuesta de Anna Freud es trabajar por lo simbólico hasta que surge la resistencia, que sería imaginaria y habría que zanjarla para luego volver al trabajo simbólico. Esta posición no tiene en cuenta que hay algo que excede a lo que se dice: el fantasma. Es decir, eso que atraviesa lo que el sujeto lleva consigo todo el tiempo. Cuando el paciente asocia en análisis, también opera su fantasma, solo que el analista no se ha puesto en un lugar que produjera la resistencia.

De esta manera, vemos que el trabajo es con las resistencias y no tanto con formular el deseo. ¿Qué sabe el analista qué hará el paciente con su deseo? El final de un análisis no es solo desplegar un lector, sino desplegar un deseo. Ese deseo no se sabe hacia dónde lo llevará.

lunes, 12 de septiembre de 2022

Cómo pensar las ausencias del paciente a la sesión

En los analistas, las ausencias de los pacientes generan, por un lado, la preocupación por sus pacientes; por el otro, la sensación superyoica de preguntarse qué hizo mal, en qué falló. Cuando un paciente "faltó", podemos pensar en una ausencia, aunque también agregar un "pero debería haber venido". Ese plus es en donde se cuela el superyó del analista.

También sucede que un paciente puede asistir a una primera entrevista y no armarse allí un lazo mediante el cual el paciente quiera volver. Puede ser que el analista haya puesto el acento en algo antes de tiempo sin que el paciente hubiera terminado de decir. Allí es conveniente supervisar, para ver qué no se escuchó o qué de la técnica falló. Pensemos que un paciente llamó en base a un trabajo previo sobre sí mismo: buscó el teléfono, abrió su intimidad, y cuando no ocurre la segunda entrevista, es una oportunidad perdida. ¿Qué pasó? No podemos pensar que el paciente atentó contra el encuadre -casi a la manera imaginaria-, donde se juega de yo a yo y donde a ninguno le puede faltar, registro de la frustración, y donde las cuestiones son leídas desde el amor o el odio. 

Las faltas de un paciente siempre requieren de una lectura

¿Pero qué pasa con las ausencias cuando la transferencia ya está establecida? Ya hay sujeto supuesto saber y de repente aparece la ausencia. A veces no se puede decir todo y luego de una sesión muy fuerte, muchas veces un paciente necesita continuar con otra cosa porque no tolera el análisis. Acá se puede armar una paradoja complicada, porque si un paciente viene a análisis es porque está alienado a esos significantes primordiales. El lugar del analista es trabajar para ahondar en esa función necesariamente fallida del padre, que no ha logrado separar suficientemente bien al niño de su madre y de sus discursos iniciales. 

El analista, si no lee al análisis como una superficie de inscripción de la falta, puede quedar en el lugar de la madre, aún sin desearlo, si cada vez que el paciente falta está preocupado porque el paciente no vino ó qué le pasó. Lo lógico es que a la madre y al analista no le falta nada ni nadie, de manera que transferencialmente se puede dar esta paradoja. La obediencia ciega a la rigidez del encuadre puede provocar que el paciente se sienta incómodo porque el analista le pide muchas explicaciones (ej., si cambia el horario). 

El analista debería poder transmitir que el paciente puede faltarle (porque el paciente falta a su análisis, no al analista) y que no pasa nada. Sino, estamos en una fijación imaginaria en el encuadre en el que nada puede cambiar. La vida no es así. Si el analista se ubica desde este lugar, está más ubicado desde el semblante y no del sujeto supuesto saber. El sujeto supuesto saber está en primer lugar si el sujeto tiene una transferencia con el analista, lo que determina que las intervenciones tengan efecto. 

Cobrar las ausencias fue por mucho tiempo una regla instaurada en psicoanálisis. La adhesión rígida al encuadre puede tener efectos complicados y contradictorios respecto al trabajo que queremos hacer. Tenemos que pensar, sobre todo al querer cobrar una ausencia, ¿Hay que sancionar, en este caso singular, una ausencia? ¿Qué sentido tiene, según la historia del paciente? Si el cobro de honorarios se toma como una obligatoriedad, es como que al analista nada le puede faltar, en los términos imaginarios que antes veíamos.

Al hablar de las faltas, tenemos que leer si no se trata de algo en relación al goce del paciente, no del encuadre ni con el analista. A veces los pacientes faltan cuando se están acercando a algo que le es muy fuerte, como Freud lo estableció al hablar de las resistencias. ¿Por qué siente que tiene que ausentarse y que no hay espacio en el lugar transferencial para otros lugares más relacionados con la pulsión de vida? 

domingo, 11 de septiembre de 2022

Los silencios del paciente: ¿Qué hacer?

Cuando un paciente persiste en el silencio prolongado, recordaremos lo que Freud nos enseña: se trata de resistencias inconscientes, propias y esperables del aparato psíquico.
En las sesiones, el sujeto relata su historia, sus sueños, sus angustias, su intimidad, cuestiones que pueden causar mucho sufrimiento o resultar avergonzantes para el “sentido común”. Es esperable que, en ocasiones, el paciente se quede en silencio y manifieste no saber cómo continuar.

¿Qué podemos hacer ante esta situación clínica?

1- Es fundamental, no responder de manera “especular” (con más silencio): desde nuestra función, haremos lo posible para motorizar el discurso del paciente, mediante preguntas abiertas que vayan abriendo asociaciones, con la finalidad de ir venciendo las resistencias.

2- También es importante manifestarle al paciente aquello que registramos de su subjetividad: si lo vemos triste, enojado, desesperanzado. Desde estos comentarios, preguntarle qué le parecen estos pareces.

3- Resulta necesario tranquilizar al paciente y comunicarle que, el hecho de que por el momento no se le ocurra de qué hablar, es algo frecuente en los tratamientos. Y le transmitiremos que es transitorio.

¡Una enseñanza!

Como psicoanalistas, le damos lugar a la palabra, pero también a los silencios y a las expresiones del cuerpo. Todo lo cual debe ser considerado y leído como expresiones de la subjetividad del paciente.