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miércoles, 26 de agosto de 2020

Frecuencia: El Psicoanálisis de una vez por semana.


Desde hace un tiempo que los psicoanalistas trabajamos con pacientes una frecuencia de una vez por semana. Esta práctica se tornó habitual, pero no es mucho lo que se profundiza en las particularidades de este trabajo.

Para desarrollar esta temática invitamos a psicoanalistas para que respondan este cuestionario para poder iluminar este dispositivo.

1- ¿Qué indicaciones y contraindicaciones encuentra para el psicoanálisis de una vez por semana? ¿Qué límites y posibilidades encuentra en esta clase de trabajo?
2- ¿Cómo utiliza las otras variables del dispositivo analítico como el diván o el tiempo de la sesión? ¿Incluye otros recursos técnicos para este trabajo?
3- ¿Encuentra alguna particularidad la asociación libre, las intervenciones del analista, el manejo de la transferencia y el trabajo con los sueños en esta frecuencia?

Mariana Wikinsky
1- La indicación es siempre el resultado de un proceso de entrevistas que evalúa no sólo las cuestiones diagnósticas, sino también el modo en el que el paciente que consulta “imagina” su tratamiento, qué lugar ocuparía en su vida, cómo ha llegado a la decisión de consultar, qué impacto produce en él haber tomado esa decisión, cuánto tiempo le llevó tomarla, con qué expectativas me eligió a mí para desarrollar esas entrevistas, si resulta natural a su historia cultural y biográfica hacer una consulta psicoanalítica. Todas estas cuestiones inciden mucho en la indicación de la frecuencia semanal que formulo al finalizar las entrevistas. Del mismo modo, del trabajo que se empieza a desplegar una vez iniciado el análisis, van surgiendo también decisiones -siempre compartidas con el paciente- acerca de la frecuencia semanal con la que seguiremos desarrollando nuestro trabajo. Con esto quiero decir que la indicación de la frecuencia no es para mí un recurso técnico que se aplica como un reglamento de trabajo, sino que es siempre el resultado del conocimiento de cada paciente singular.

Si entendemos por indicación aquella frecuencia que el terapeuta marca como conveniente para el inicio de un tratamiento, son pocas las ocasiones en las que indico análisis de una vez por semana. Lo que ocurre más bien es que no me opongo a trabajar con esa frecuencia, y realmente encuentro la puesta en marcha de procesos productivísimos con ese ritmo de trabajo. Pero la indicación la hago sólo cuando creo que no cuento con el paciente para trabajar con más frecuencia, o la insistencia en el trabajo con mayor frecuencia podría generar sentimientos de rechazo al tratamiento en su conjunto, con la consiguiente amenaza de interrumpirlo, o cuando me doy cuenta de que el paciente considera absolutamente natural esa indicación, y absolutamente antinatural cualquier otra. Son muy pocas las ocasiones en las que comienzo por oponer mi criterio al del paciente en cuanto a la validez de atenderse más veces por semana, y lo hago sólo cuando la situación clínica lo justifica. Incluso he indicado en algunas oportunidades la disminución de dos veces a una vez por semana en el caso de adolescentes que plantean venir con cierto desgano. Aún convencida de que la frecuencia ideal en algún caso particular sea dos veces por semana, opto por preservar un buen vínculo terapéutico, y renuncio a presionar en un sentido “técnicamente correcto”.
Me encuentro muchas veces con la situación de que los pacientes en sus primeras entrevistas dan por sentado que vendrán una vez por semana, en muchos casos por motivos económicos, en otros casos sencillamente porque de este modo han pensado en todo momento el curso de su terapia. Se sorprenderían si les planteara la necesidad de venir más veces. En estos casos, salvo contraindicación como lo especifico más abajo, decido comenzar a trabajar con esa frecuencia. Más de una vez ha ocurrido que naturalmente se aumenta el número de sesiones semanales, y cuando no ha sido así, lo fue porque con una vez por semana el trabajo ha encontrado productividad.

La contraindicación de la frecuencia de una vez por semana, para el tipo de pacientes que habitualmente atiendo (es decir, adultos neuróticos y adolescentes en general) se sostiene básicamente en dos motivos: a) tendencia a la actuación, b) altos niveles de sufrimiento o angustia.

En estas situaciones puedo llegar incluso a oponerme a comenzar un tratamiento si no se cumple la indicación de dos o más veces por semana, ya que no puedo considerar de ningún modo que en estos casos se pueda poner en marcha un proceso terapéutico cuando no hay espacio ni tiempo disponible para abrir procesos de simbolización.

Encuentro absolutamente natural en mí desde el punto de vista técnico la propuesta de trabajar una vez por semana. Realmente me ocurre a veces que si no existen motivos clínicos como los que especifico más arriba, y no existen motivos de tipo profesional (en el caso de algunos analistas que podrían preferir analizarse con mayor frecuencia) que justifiquen el requisito o la necesidad de trabajar dos o más veces por semana, no surge en mí ningún conflicto respecto de la frecuencia, ni siento que esté traicionando al método psicoanalítico. No tengo compromisos institucionales que condicionen ese pensamiento en mí, ni que me obliguen a dar explicaciones acerca de por qué en muchos casos trabajo una vez por semana. Tampoco aceptaría una discusión en esos términos, si sólo remite a justificar por qué no elijo un tipo de práctica profesional más cercana a la planteada desde las instituciones “oficiales”. Sólo me parece válida la discusión si se plantea en términos de requerimientos de la clínica. Pertenezco a una generación de analistas para quienes -en muchos casos- el análisis tiene el sentido de aliviar el sufrimiento de las personas. O al menos ese es el sentido que el psicoanálisis tiene para mí. Y si ese objetivo se logra sin cumplir con los “cánones oficiales” que cierto terrorismo intelectual propuso (o más bien impuso) como los únicos posibles, entonces sencillamente no me siento obligada a cumplir con esos cánones. Prefiero mantener una discusión en términos francos, una discusión en la que todos contemos lo que efectivamente hacemos puertas adentro del consultorio. No creo que practiquemos el “vil cobre”, ni creo que debamos pensar resignadamente nuestra práctica como si hubiésemos estado obligados a renunciar por circunstancias sociales, económicas, culturales o del sistema de salud, al único modo válido en el que debe ejercerse nuestra tarea. Si fuera así no deberíamos de ningún modo aceptar esos condicionamientos, en ningún caso. Con franqueza, no creo que haya muchos analistas que decidan radicalmente sólo tomar tratamientos si son de dos o más veces por semana, y esto significa que encuentran validez en el trabajo que se despliega con una frecuencia menor. Lamentablemente la discusión acerca de la frecuencia semanal y otros recursos técnicos, ha degenerado en una discusión más de índole institucional que clínica.

Por todo lo antedicho, encuentro muchas posibilidades de trabajo psicoanalítico con esa frecuencia, y los límites me los planteo cuando son límites clínicos, y no un pre-requisito de la técnica. Como lo plantean Ana Berezin y Eduardo Müller en su trabajo “Cuando la técnica es una resistencia al método”, lo que debemos garantizar es la construcción de las condiciones en las que el método psicoanalítico pueda desarrollarse. Y estas condiciones no necesariamente están asociadas a la frecuencia semanal.

2- Nuevamente, no utilizo el diván a reglamento, sino cuando resulta adecuado para el paciente, y esto es no sólo qué situación clínica presenta, sino si desea trabajar de esa manera. Respeto las contraindicaciones para el uso del diván que todos conocemos. Lo propongo para tratamientos de una vez por semana o más, cuando existe capacidad asociativa, cuando el diván no se transforma en sí mismo en una fuente de angustia, cuando el paciente no lo vive como un rito extraño a su cultura. Difícilmente imponga el uso de diván, y la frecuencia no es determinante en esa decisión, sino que lo son los motivos clínicos, de diagnóstico, y -como lo decía más arriba- la puesta en marcha del método. No en todas las ocasiones lo propongo, y no insisto cuando el paciente ofrece resistencias que me parecen atendibles. Durante mi etapa de formación, mucho antes de que me tocara dirimir en mi propia clínica este tipo de cuestiones, leí un texto en el que el autor (psicoanalista) planteaba que a veces los analistas, entre la técnica y los pacientes, eligen la técnica. Si pensamos que difícilmente una persona consultaría si no sintiera un alto monto de sufrimiento, si pensamos que el comenzar a analizarse implica siempre -desde la primera entrevista- un impacto subjetivo y emocional importante, si pensamos que quien consulta debe aceptar la idea de hablarle a una persona que acaba de conocer, de lo que quizás represente sus secretos más íntimos, o lo que más pudor le produce, entonces se vuelve indispensable que “hospedemos” a nuestro paciente en un ámbito cómodo y confiable, en el inicio de un proceso en el que la técnica no se vuelva un obstáculo.

En relación al tiempo, las sesiones duran habitualmente 50 minutos. Sobre todo en pacientes adolescentes, extiendo (si puedo) o reduzco el tiempo en alguna sesión específica si considero que el cierre unos minutos antes o después puede favorecer el trabajo.

Estoy disponible para hablar por teléfono si un paciente lo necesita, y también utilizo el e-mail en algunos casos. Lo ofrezco cuando hay distancias geográficas importantes (por vacaciones o por viaje), y también he recibido y contestado -es cierto que en poquísimas oportunidades- mails de pacientes que aún estando en la misma ciudad que yo, han preferido entre una sesión y otra comunicarse conmigo de ese modo. Accedo primero a esa forma de contacto, y luego eventualmente retomo personalmente en sesión la pregunta acerca del por qué han elegido esa forma de comunicarse conmigo.

3- Francamente, no. Ni las asociaciones, ni el relato y análisis de los sueños, ni la interpretación de la transferencia, ni mis modos de intervención han sido distintos en los análisis de una vez por semana, que en los que trabajé dos veces por semana, o en los pocos en los que trabajé tres veces por semana. Insisto en la validez de ocuparnos de la puesta en marcha del método psicoanalítico, y estoy convencida de que se logra también con una frecuencia de una vez por semana. Estaría dispuesta a pensar en las diferencias que una y otra frecuencia podría generar en el despliegue de estas producciones (sueño, asociación libre, transferencia, intervenciones e interpretaciones del analista), y seguramente las habrá. Pero no estaría dispuesta a discutirlas, por ejemplo, en términos de psicoanálisis vs. psicoterapia, ni en términos de la invalidación del trabajo de una vez por semana, porque con absoluta franqueza, cuestionarlo no se desprende de mi experiencia ni como analista ni como paciente.

miércoles, 17 de julio de 2019

El dinero en el (tren) fantasma de los psicoanalistas

Archisabido que la cuestión del dinero envuelve la existencia de todo sujeto, lo representa, habilita o deshabilita, pacifica o invade, sostiene o construye… cuando no lo destruye. Cuestión tal no puede soslayarse en la experiencia clínica donde despierta inevitables torbellinos en los fantasmas de los psicoanalistas que enfrentan –como pueden– esa espinosa cuestión.

El psicoanálisis comparte muchas de las características de la mercancía: a) es un producto del trabajo humano; b) satisface una necesidad-demanda; c) está destinado al intercambio. Como toda mercancía tendrá un “valor” (que no es lo mismo que “precio”), estará sujeto a los altibajos del mercado y se medirá en dinero, que es la medida de valor de todas las mercancías (aunque es, también, él mismo una mercancía, a veces difícil de conseguir como bien saben los compradores de dólares “blue”). ¿Mercantilización del psicoanálisis? ¡No!, simple pertenencia del psicoanálisis a una sociedad mercantil, que no es cualquiera, sino la del neocapitalismo.
No obstante, en psicoanálisis, el tema “dinerario” ofrece varias aristas problemáticas, no sin consecuencias en el fantasma de los psicoanalistas.

Valor de mercado. “[el psicoanalista] Al comunicarle espontáneamente [al paciente] en cuánto estima su tiempo le demuestra que él mismo ha depuesto toda falsa vergüenza” (Freud. Sobre la iniciación del tratamiento –1913–).
Sin embargo, el valor de cambio de una mercancía obedece a varios factores uno de los cuales es la “demanda” que de esa mercancía haya en el mercado; así pues, no se trata sólo de lo que el poseedor estime que “vale” su mercancía sino, y principalmente, de lo que el mercado esté dispuesto a pagar por ella. Incógnita para despejar la cual habrá que tener en cuenta –entre otras cosas– los valores de la “competencia”; pero ¿cuál competencia? Hay un sector de “primeras” y otro de “segundas” (y hasta de “terceras”) marcas. Las “primeras” no pueden alejarse exageradamente de las “segundas”, pero deben estar alejadas, tanto por los costos de advertising (postítulos, pase, libros, profusión de artículos publicados, todo lo cual puede ser reemplazado y superado con mucha aparición en TV) que han insumido, como por el prestigio que ofrecen (ya M. Weber advertía que “el honor del status se basa siempre en la distancia y en la exclusividad”; síntesis: “pertenecer tiene sus privilegios”). 

martes, 23 de enero de 2018

El desafecto del aburrimiento.

                                                     Dra. Marta Gerez Ambertín 

“Si sobrevives, si persistes, canta,
sueña , emborráchate.
Es el tiempo del frío: ama,
                                                                         Apresúrate. El viento de las horas
                                                                          barre las calles, los caminos.
                                                                          Los árboles esperan: tu no esperes,
                                                                          Éste es el tiempo de vivir, el único”.
                                                                             (Jaime Sabines)
 
1.-       Padecer el aburrimiento
  
El aburrimiento -manifes­tación de la psicopatología de la vida cotidiana- nunca ha concitado atención suficiente -pese a su permanente insistencia- por parte de los especialistas del campo “psi”, quizás porque se lo considere un simple padecimiento y no una enfermedad.
En general, se da mayor importancia a la desesperación de un melancólico que a la de un aburrido, aunque puede afir­marse que también de abu­rrimiento se muere; sin duda, con más lentitud que en un exabrupto suicida y, por supuesto, en forma menos espectacular.
Incontables aburridos hacen saber de su fastidio al psicoana­lista en procura de una coartada a su malestar; el aburrimiento de los niños causa alarma en padres que, por diversos medios -y a veces sin logro alguno-  tratan de “entretener” a los pequeños; y para qué mencionar a los ancianos para muchos de los cuales el aburrimiento es, a veces, una constante que alimenta a una “muerte lenta y silenciosa”.
¿Cómo analizar este obstáculo sin caer en tediosos lugares comunes?
Nuestras sociedades han ideado dispositivos diversos contra el aburrimiento generando, para­dójicamente, verdaderos sistemas “institucionalizados” de aburrirse: juegos, espectáculos, muestras desgastantes o aparatosos despliegues de dispositivos de lo más sofisticados cuya misión es “combatir el aburrimiento”; hasta el diván del analista puede formar parte de ellos si no se atiende a  su trama fundamental... y nada más trá­gico que un analista  y/o  un análisis aburrido.

2.-      Aburrimiento y desamparo

El problema está, insiste. Pa­decimiento tan antiguo adquiere relevancia en épocas como la actual donde los referentes váli­dos se deterioran, resultando lo que llaman “falta de credibili­dad”: falla en la fe de un Otro que no se instaura. Desamparo sim­bólico del sujeto y de las masas ante  tal desfallecimiento o, mejor dicho, ante la inexistencia del Otro, lo que no sólo abona al aburrimiento sino también a la desesperanza ya que casi nada es posible y el recurso del llamado al Otro se desgasta porque éste no hace lugar.
Aunque ligado a ese desamparo, no resulta posible, sin embargo,  confundirlo con la angustia, la depresión o la melancolía, pues el aburrimiento supone, ante nada, lo desapasionado. Paradójicamente, no siendo una enfermedad, su desafecto produce padecimientos severos y, sobre todo, un indiferente y hasta extenuante desinterés por el mundo. Lo pilotea una desolación del sentido: algo se desgasta en relación a la ley del Otro y por ende  en el lenguaje que habita al sujeto. Fracaso del deseo. Fracaso del discurso allí donde éste pierde la dialéctica de su encadenamiento y se torna estéril, plano, yermo, vacío, im­pulsado sólo por fuerza de una costumbre que lo hace insignificante tanto a él como a la trama del mundo que entreteje. Desde su desesperanza no hay entusiasmo  para  luchar, no hay anhelo por remontar el vuelo ni una causa a la cual apelar. El mundo y su escena han devenido no sólo inciertos, sino vacuos.
Esta concepción está lejos de las que pretenden refe­rir el tedio a ciertas correlaciones con tiempos o lugares en tanto causales de la acidia.
El aburrimiento no mantiene reciprocidad con el ocio, sobreviene en cualquier momento o lugar y con frecuencia nos asola donde menos lo espe­rábamos: un espectáculo, un viaje, un posible encuentro amoroso, una actividad aparentemente anhelada... tampoco hay una edad propicia para el abu­rrimiento -como algunos evolu­tistas han querido insinuar-: acaece a niños, adolescentes, adultos, ancianos.
¿Qué hacer con el aburrimiento que parece no sugerir nunca un qué hacer? Responder con recetas carece de sentido, salvo el de transitar nuevamente los trillados caminos que desembocan en los fastidiosos del tipo: “para lograr esto, haga esto otro”. En todo caso es importante buscar sus detonantes.
El aburrimiento se presenta como el reverso de lo que Freud refiere como la experiencia de lo perecedero, ese instante fecundamente bello aun con el sobresalto que recalca su instantanei­dad: punto donde se marca para el sujeto que la felicidad es siempre breve e implica una fuerte apuesta subjetiva. El aburrimiento, en cambio, carece de fecundidad alguna: es plano, lento y supone la imposibilidad de lanzar una apuesta a algo, de “jugarse”, de investir libidinalmente los objetos del mundo. Dificultad del deseo de levantar ese escenario simbólico-imaginario del mundo  que conlleva al lenguaje como ope­rador. Puesta a prueba de la  discursividad y del acto que abriendo surcos en su decurso recrea la realidad y abona la pasión.

3.-      Aversión al asombro
El tedio se produce cuando un sujeto pierde toda capacidad de asombro. Es, justamente, una aversión al asombro, porque donde algo de lo inesperado produce efectos de estupefacción en el sujeto, lo deja por instantes sin la habitual significación, en un sin-palabras, en estado de atonitud, allí no hay lugar para el aburrimiento. Atinar sólo a la persistencia de la obsolescencia en procura de lo “absolutamente seguro” produce un bloqueo del deseo. Frente a la imposibilidad del sujeto de anhelar cualquier cosa, la chatura lo aplasta en la apuesta  de vivir y entonces “... sabemos siempre por anticipado lo que nos traerá el día siguiente -nada- y que todas las mañanas hasta nuestra muerte, se deslizarán con la misma dulcedumbre insípida, en la misma tonalidad borrosa.  Vivimos días gris-perla, en un acolchamiento que nos hace sentir nostalgia de las piedras y de las espinas...” como ha hecho decir Pierre Loti a “Las desencantadas”.
Contrapartida de la pesadez acidiana que lleva a la fatiga, hay sujetos en los cuales el dispositivo del deseo -en constante movimiento- reactiva su circulación. Están siempre en la “búsqueda de otra cosa que casi se alcanza” y desconocen el aburrimiento: todo les sorprende en ese espasmo de ser deslum­brados por lo inhabitual; reverso de la moneda del tedio en el que se transita por una monotonía donde la repetición significante causa estragos y pareciera que todo es idéntico: el tiempo, la noche, los lugares, el día, las personas, los paisajes y, lo que es peor, las palabras. Aparente paz de lo rutinario cos­tumbrista donde la náusea sar­treana y el desapasionamiento kierkegaardiano se enseñorean del sujeto.
Este fastidio (fastio/tedio), que se acompaña de una indiferente percepción que escarba la ce­nestesia del cuerpo, refiere a la identidad imaginaria de los signi­ficantes por el desgaste de la metáfora. Las metáforas se gastan dirá Lacan: los chistes pierden la “chispa” de sorpresa que hace brotar la carcajada y devienen monótonos  -¿algo más aburrido que un chiste donde la eficacia de la metáfora se ha vaciado?-, lo  rituales, despoja­dos de la trama simbólica que les otorga su alto nivel de significan­cia, se tornan movimientos ab­surdos, puro estereotipo, actos robóticos en sujetos maquiniza­dos. Y hasta en el amor -que como metáfora también se desgasta- sobreviene la tediosa, insoportable cotidianeidad de dos seres que se aburren... juntos.

4.-      Erosión  de la metáfora
La metáfora paterna, que opera por sustitución significante, siempre lanza una creación de significancia: es la chispa poética, la agudeza o el “pas de sens”, es el plus que excede al enunciado cuando Borges dice: “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”... y sin embargo, a pesar del rapto que produce en el sujeto, toda metáfora puede deteriorarse allí donde un signifi­cante de alta intensidad psíquica se pierde y quedan sólo restos que no conmueven, que no producen admiración ni sorpresa: “Cuando nos sorprende el primer encuentro de un objeto, y lo juzgamos nuevo o muy diferente de lo que conocíamos antes o bien de lo que suponíamos que debía ser, lo admiramos y nos impresiona fuertemente; y como esto puede ocurrir antes que sepamos de ninguna manera si este objeto nos es conveniente o no, paréceme que la admiración es la primera de todas las pasiones; y no tiene pasión contraria, porque si el objeto que se nos presenta no tiene nada en sí que nos sorprenda, no nos conmueve en modo alguno y le consideramos sin pasión” (Descartes: “Las pasiones del alma”).
Desgaste de la metáfora, restos significantes que circulan por pura metonimia, palabras autómatas que nada dicen, ausencia de significancias nuevas. Prevalencia de la con­catenación y de la contigüidad donde ya no hay sorpresas: saludo maquinal para cumplimentar “las buenas costumbres” y los “buenos días”. Tal la obscenidad del sentido de la metonimia: en el discurso parece estar todo-dicho.  Repulsión del lorerío significante; en el tedio el sujeto espera -sin esperanzas- que se produzca algo, “otra cosa” que lo libere de una regularidad que lo mortifica. Espera -en desesperanza- en el “apagón” de la metáfora.
Tiene tanta fuerza esta regular e idéntica repetición metonímica de palabras viejas que el  abu­rrimiento no sólo cansa, también pesa. El cuerpo del aburrido es plomizo.  Su sola visión incomoda. Únicamente el recurso del golpe sorprendente de la metáfora puede trocar posición tan pesada y así, en la eficacia del rito simbólico, en el flechazo amoroso, o en el acto creador del artista un rayo de estupefacción arroja un significante que anonada y permite al sujeto ser relanzado a la circulación del placer y el deseo.

5.-      El vuelo del sujeto hacia el amor
Pies alados del amor, efecto de su renovación:  “el lenguaje amoroso es un vuelo de metáforas” ha dicho Kristeva. En contraposición a la pesadez del cuerpo del aburrido, el del ena­morado es como una pluma: ágil, ligero, parece escapar a la gravedad. El enamorado es un creador: arriesga y apuesta todo de sí a un objeto que no deja de ser incierto, y es, precisamente, esa incertidumbre la que sostiene el juego; porque saber “todo” del otro no produce sino hastío, cansancio; por eso recrear al otro para sostener el amor supone -dirá Barthes- que ese otro sea inclasificable y también incalculable: el rapto del amor presupone dejarse en­trampar en un significante sos­pechoso, sólo a medias des­cubierto y, por tanto, de insis­tente renovación. Ofrecer siempre una cifra, un algo a interpretar, una inquietante in­certidumbre, ser siempre un poco impredecible. Quien pretenda mostrarse todo, cierto, propio, no produce sino fatiga. Es el caso de las parejas aburridas en las que el otro es tan calculable y clasificable que se sabe todo lo que puede esperarse de él, todo lo que dirá, todo lo que hará, todo lo que aceptará, todo lo que rechazará, no hay sorpresas, no hay asombro... el juego ha terminado y sólo queda una insoportable rutina por transitar.
En la embriaguez del amor, en cambio, hay siempre estupefac­ción ante lo incierto del otro, como si fuera una locura: el sujeto es sorprendido por la Diosa Ate  -la del extravío-, la de los pies alados, que apenas toca el suelo y produce conmoción, se pierde la cabeza, el cuerpo, el sentido del espacio y del tiempo. Reanimación constante que hace del enamorado un “flotante” y, al mismo tiempo, un creador: no hay enamorado que deje de deslumbrar. Efecto metafórico el del amor que sugestivamente alivia y no sólo el cuerpo se torna ligero, también las ideas flotan, circulan: como la vida ante la presencia aguda de una renovada sorpresa... “En ninguna novela de amor he leído que un personaje esté  fatigado: el ser amado es de una originalidad incesantemente imprevisible” (R. Barthes). Producción metafórica que otorga direccionalidad y significancia a la vida del sujeto; por fuera de ella  puede circular por  la locura, pero una locura que es búsqueda. La persistente búsqueda de efectos metafóricos  le permiten  soportar  el relanzamiento de significantes siempre nuevos: algo que probablemente pueda no decirse, apenas balbucearse o insinuarse. Respuesta que el sujeto espera de sí y del Otro y que siempre falta, siempre escapa aun cuando pueda atraparse en el semi-decir.
Recuperar la metáfora, buscar la sorpresa, esperarla, exigirla, alejar el aburrimiento, producir la demanda: producir el lazo  amoroso, es uno de los antídotos contra el tedio.

6.-      Usura del significante del Nombre del Padre en el aburrimiento

El tedio supone, por lo tanto, una cesión al deseo, pero una cesión que no hace transitar por la culpabilidad -que obtiene al menos el plus de un afecto que remuerde a la subjetividad, junto a un semblante que contornea la falta- sino más bien por una vacuidad que deja pasar las cosas de la vida sin  recrear nada, en devaluada indiferencia, donde el peso del significante del Nombre del Padre está desafectado de su potencia.
En el Seminario VII  dirá Lacan del aburrimiento: “esa suspensión, ese vacío, introduce seguramente en la vida humana el signo de un agujero, de un más allá en relación a toda ley ...” con lo cual lo vincula a la erosión de la  legalidad de lo simbólico, es decir, del significante del Nombre del Padre. En suma, el aburrimiento supone disipación de la potencia de ese significante que, al debilitarse, pierde el regocijo que empuja el deseo y desafecta  la potencia del acto.
A esa erosión del significante del Nombre del Padre referirá Alain Didier-Weil el 5 de mayo de 1979 como “la (usure) usura de la metáfora paterna” que se produce: “bajo el efecto del impacto de esos significantes que persisten en lo real y que son corrosivos para la metáfora, ese desgaste (usure), diría que él está ligado a la aparición del desecho en nuestro universo”.  Tal desecho rompe con el efecto de significación y obtura la cadena significante, no sufre la embestida del objeto a, sino, en todo caso, el aluvión del desecho metonímico, de la soporífera contigüidad que conlleva el peligro de transformar al significante en signo y, allí, todo lo sorpresivo se desvanece. Cae la eficacia del significante del Nombre del Padre y  decae el sostenimiento del deseo.
 Precisamente a este decaimiento del significante Nombre del Padre, que tiene los efectos del  aburrimiento,  se referirá Lacan en “Radiofonía” cuando afirma: La evidencia entre nosotros que de una tal caída el significante sucumbe al signo surge de que, cuando no se sabe a qué santo encomendarse (dicho de otro modo: que no hay más significante por malgastar, es lo que suministra el santo), se compra cualquier cosa, por ejemplo un coche, con el que produce un signo de complicidad, si pudiera decirse, con su aburrimiento, es decir con el afecto del deseo de Otra-cosa (con una O mayúscula)”  -Psicoanálisis. Radiofonía.  Barcelona: Anagrama. Barcelona. 1980. Pag. 26.-
En suma, en el aburrimiento  el sujeto es desafectado  de la potencia del significante del Nombre del Padre para condescender a la desafectación del deseo. Camino posible hacia la desesperanza de no encontrar un lugar en el deseo del Otro, un Otro que circula casi  inexistente y que puede precipitar hacia el vaciamiento de “las cosas del querer”, declinación del deseo no sólo en el campo del amor sino también en el sostenimiento de ideales por los cuales luchar. Allí el sujeto se deja vencer por la inercia de la desesperanza, no sacudiendo las cobijas de la plácida comodidad acaba cómplice de los más aberrantes terrorismos: religiosos, de estado o financieros. En suma, el aburrimiento vuelve al sujeto indiferente a su deseo y, como indiferente,  es cómplice de sus desgracias y de las de sus congéneres.
La erosión del significante del Nombre del Padre presupone, al decir de Lacan, que el sujeto ya “no sabe a qué santo encomendarse”, ruptura y desafecto de la creencia en el Otro, un  Otro vaciado de deseos y pleno de goce que no da señales de los lugares posibles que puede hacer al sujeto en su deseo. Frente a esa erosión, no hay posibilidad de llamados ni demandas, “cualquier cosa” se compra, o se vende o se cede en indiferencia, pero fundamentalmente se cede el deseo, el deseo de luchar por  la re-constitución de un Otro propiciador de deseos.

Hoy, en muchos de los que habitan el suelo argentino, cunde la desesperanza, la indiferencia o el hastío; otros, en cambio, luchan y mantienen la creencia en alguna causa; unos se dejan doblegar  por la orfandad de legalidad de lo simbólico y acaso esta variedad de psicopatología de la vida cotidiana contribuye en ominosa complicidad con jueces, políticos, dirigentes, gremialistas y sinnúmero de “antiguos referentes” que han usufructuado de la corrupción y la venalidad. Efectivamente, los argentinos ya no tenemos ningún santo al cual encomendarnos, es preciso construirlo, para lo cual habrá que relegar la utopía  de curar a algunos o de importar a otros. Será preciso recuperar la potencia del significante del Nombre del Padre en la dimensión de la ley, abandonar la indiferencia y el tedio en orfandad y apostar al compromiso, a la injerencia obstinada en el destino colectivo. En el cuadro de Delacroix “La libertad conduciendo al pueblo” la libertad es una creación de un pueblo que en plena orfandad re-crea una causa, y re-crea desde la nada, como desde la nada construyeron nuestros abuelos y nuestros padres, algunos de ellos bajando de los barcos, y otros salvándose de la horrorosa matanza que no quiso indios para nuestra genealogía. Del sueño de que “Dios es argentino” hemos despertado violentamente, muchos casi en pesadilla,  sabrá Dios qué haremos en este despertar, caer en el tedio y la indiferencia o encontrar en la nada una causa para crear un Otro a la nueva medida argentina de la carencia. Así es que, ¡apresurémonos!: “El viento de las horas barre las calles, los caminos. / Los árboles esperan: tu no esperes /Éste es el tiempo de vivir, el único”.

Fuente: Publicado en Revista ACTUALIDAD PSICOLÓGICA Nº 296 de Abril de 2002. 
                          

viernes, 16 de junio de 2017

Pesadilla y superyó.

por MARTA GEREZ AMBERTÍN

1. Montaje del sueño y deseo de dormir. El texto de la Traumdeutung aparece por primera vez el 4 de noviembre de 1899. Freud prefirió fecharlo, empero, en el nuevo siglo XX. Los albores de su descubrimiento pretendían despuntar sobre nuevos albores que aún hoy sorprenden.

Con el famoso texto de 1899 Freud marca un verdadero punto de inflexión en la episteme de su época. En el título del texto: Die Traumdeutung, el término "interpretación" tiene un peso fundamental. Indica que los sueños, considerados "sin sentido" para la ciencia de aquella época son, sin embargo, capaces de tener alguna significación. Más aún, esta significación no sólo no es azarosa —porque está sujeta a leyes—, sino que tiene una importancia crucial para el sujeto pues atañe a su verdad y su reposo. El término interpretación está indisolublemente ligado tanto a la significancia que los sueños tienen para el soñante, como al lugar que tal significancia otorga a la posición del sujeto. A partir de allí el análisis de los sueños se presenta, para Freud, como el paradigma (en el sentido aristotélico de paradigma) de las producciones del inconsciente; el sueño es considerado como un equivalente al síntoma, al lapsus, a las cavilaciones, al chiste, al querer decir, etc. Producciones tales que engañan a la pulsión y por eso pacifican. Pero es preciso acentuar otra cosa, y es que el sueño no es un montaje que surge como efecto de patología 'alguna, se trata, en cambio, de una creación imprescindible para dormir. Por eso las leyes sobre el trabajo y la interpretación de los sueños permiten la fundación de una novedosa psicopatología de la vida cotidiana y de una semiosis que auspician un abordaje revolucionario del sujeto atravesado por el lenguaje.

Desde esa psicopatología y semiosis inaugural, el sueño, como formación del inconsciente, revela la estructura lenguajera del sujeto, estructura que posibilita su necesario reposo. Ello es así porque el sueño y su equivalente, el deseo inconsciente, están estructurados como un lenguaje.

Esa trama del lenguaje en la que se recuesta y se amarra el sujeto posibilita tanto el montaje del sueño como mantener al sujeto soñante en reposo. La ruptura de esta trama interrumpe el proceso de descanso —del dormir— lo que conlleva una dosis concomitante de insomne displacer por el asedio de la insoportable angustia.