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viernes, 4 de septiembre de 2026

La atención flotante y la escucha del discurso

Uno puede llegar a una sesión sabiendo perfectamente qué quiere contar y, sin embargo, terminar hablando de otra cosa. En el curso de la palabra aparece un término inesperado, un recuerdo que no se había previsto, una asociación aparentemente absurda o algo que se dice casi sin querer. Esta deriva no constituye un desvío respecto del análisis: es, precisamente, una de sus condiciones de posibilidad.

La dinámica propia de la palabra pone así en juego la posibilidad de que el analizante diga más de lo que pretende decir. La asociación libre introduce una modalidad de discurso en la que aquello que el sujeto se proponía comunicar puede verse desplazado, interrumpido o incluso contradicho por la propia trama de lo que dice.

Ahora bien, esta regla del lado del analizante encuentra su correlato del lado del analista en aquello que Freud denominó atención flotante. Se trata de una modalidad de escucha que no busca privilegiar de antemano ningún elemento particular del discurso. El analista no escucha fundamentalmente para comprender el sentido de aquello que se dice, sino que mantiene una atención capaz de dejarse afectar por los distintos elementos que componen la trama discursiva.

En este sentido, escuchar en atención flotante implica atender a la superficie misma del discurso: a los significantes que lo recorren, a sus repeticiones, desplazamientos, cortes y articulaciones. La escucha no se orienta hacia un significado último que habría que descubrir detrás de las palabras, sino hacia la manera en que esas palabras se enlazan entre sí. Por eso puede decirse que la atención flotante no se dirige a nada en particular: se mantiene abierta al entramado mismo del discurso, a su gramática y a su lógica.

Podemos situar allí, al menos inicialmente, dos operaciones que se articulan en un determinado orden lógico. En primer lugar, el analista busca localizar aquello que insiste y se repite en el discurso. Es a partir de esa repetición que determinados significantes pueden comenzar a recortarse y adquirir un valor particular. En segundo lugar, la escucha se dirige a la manera en que esos significantes retornan, se desplazan y vuelven a inscribirse en la trama discursiva.

De este modo, la escucha analítica no se dirige primordialmente al sentido, sino al discurso concebido como trama, como red de relaciones significantes. Es precisamente allí donde pueden localizarse aquellos momentos fecundos en los que el inconsciente se da a escuchar: en una discontinuidad, un tropiezo, una vacilación, un equívoco o un sinsentido que interrumpe la continuidad aparentemente coherente del discurso.

No se trata, entonces, de que el inconsciente aparezca como un contenido oculto detrás de lo que el sujeto dice. El inconsciente se manifiesta en el modo mismo en que el discurso se articula, en aquello que insiste y retorna, pero también en aquello que irrumpe allí donde el decir no consigue sostener la continuidad de su sentido.

Por eso podemos afirmar que el inconsciente es solidario de una gramática y de una lógica. No se trata simplemente de un conjunto de contenidos reprimidos que esperan ser descubiertos, sino de una legalidad que se deja leer en la composición misma del texto que el analizante produce. La escucha analítica recorta esa trama, sigue sus articulaciones y, al hacerlo, puede hacer surgir aquello que el discurso dice más allá de lo que el sujeto se proponía decir.

jueves, 13 de agosto de 2026

Los aportes de Ogden a la clínica psicoanalítica

 Thomas H. Ogden es uno de los psicoanalistas contemporáneos más influyentes. Es un autor norteamericano que dialoga con varias tradiciones —Freud, Klein, Bion y Winnicott—, pero que desarrolló conceptos propios muy originales. Si tuviera que resumir su aporte en una frase, diría que intentó pensar el análisis como una experiencia viva que ocurre entre dos subjetividades, más que como la interpretación de un paciente por parte de un analista.

1. El "tercero analítico"

Su concepto más conocido es el de tercero analítico.

La idea parte de que en una sesión no hay simplemente dos personas separadas (paciente y analista), sino que se genera una especie de tercera realidad psíquica compartida. No es la mente del paciente ni la del analista, sino algo que ambos co-crean.

Por ejemplo, un paciente puede sentirse inexplicablemente aburrido durante la sesión. El analista también comienza a sentirse aburrido. Para Ogden, ese aburrimiento no pertenece únicamente a uno de los dos: puede ser una producción del campo analítico, una forma en que algo inconsciente se está expresando entre ambos.

Aquí se nota la influencia de Bion, pero Ogden va más lejos: el inconsciente deja de ser algo que está solamente "dentro" del paciente para convertirse en algo que ocurre en la relación.

2. La reverie como instrumento clínico

Tomando una noción de Bion, Ogden le da mucha importancia a la reverie.

Se refiere a los pensamientos, imágenes, recuerdos o fantasías que aparecen espontáneamente en la mente del analista durante la sesión.

Un analista puede, por ejemplo, comenzar a pensar en una habitación oscura mientras escucha a un paciente. Para Ogden, eso no necesariamente es una distracción; puede ser una vía privilegiada para captar algo de la experiencia emocional inconsciente del paciente.

La contratransferencia deja entonces de ser un "obstáculo" y se transforma en uno de los principales instrumentos de trabajo.

3. Los modos de experiencia

En un trabajo muy conocido, Ogden describe tres formas básicas de organizar la experiencia:

  • Posición autista-contigua.
  • Posición esquizoparanoide.
  • Posición depresiva.

Las dos últimas provienen de Klein, pero la primera es una elaboración propia.

La posición autista-contigua remite a una forma muy primitiva de experiencia donde aún no predominan las representaciones ni las relaciones objetales, sino las sensaciones corporales: ritmos, texturas, superficies, temperaturas, sonidos.

Cuando alguien se frota compulsivamente las manos, se envuelve en mantas o busca determinadas sensaciones físicas para sentirse existente, podríamos pensar que está apelando a este nivel de organización de la experiencia.

Esta formulación tuvo mucha influencia en la clínica de pacientes graves.

4. Leer a Winnicott y a Bion

Ogden es también un extraordinario lector.

Sus trabajos sobre Winnicott son especialmente valiosos porque muestran que el famoso "uso del objeto" no consiste simplemente en relacionarse con alguien real, sino en atravesar la fantasía inconsciente de destruirlo y descubrir que sobrevive.

De Bion rescata la idea de que pensar no es algo dado de entrada, sino una capacidad que se desarrolla para procesar experiencias emocionales que de otro modo serían intolerables.

5. El arte de escuchar

Quizás el aspecto más atractivo de Ogden sea que no presenta el análisis como una técnica.

Sus libros están llenos de viñetas clínicas y de referencias literarias. Para él, el analista debe aprender a escuchar no sólo lo que el paciente dice, sino también:

  • lo que no puede decir;
  • lo que hace sentir;
  • lo que sueña despierto en el analista;
  • lo que emerge en el espacio compartido de la sesión.

En ese sentido, se acerca bastante a Winnicott y a Bion, alejándose de una práctica centrada exclusivamente en la interpretación.

El tercero analítico y la posición lacaniana

Desde una perspectiva más lacaniana, el concepto de tercero analítico suele generar cierta resistencia porque parece introducir una especie de intersubjetividad compartida. Lacan, especialmente a partir de los años sesenta, se orienta más bien por la lógica del significante y del objeto a, evitando pensar el análisis como una "fusión" de subjetividades.

Sin embargo, muchos lectores encuentran que algunas descripciones clínicas de Ogden son extraordinariamente precisas para captar fenómenos transferenciales difíciles de formalizar. A veces da la impresión de que Ogden describe con gran riqueza fenomenológica aquello que Lacan intentará formalizar mediante conceptos como el sujeto supuesto saber, la transferencia y el objeto a.

Por eso, aunque pertenecen a tradiciones muy distintas, no es raro que clínicos lacanianos encuentren en Ogden observaciones clínicas sumamente útiles, especialmente respecto de los afectos que circulan en la sesión y el uso de la contratransferencia.

martes, 5 de mayo de 2026

La lectura analítica como vía de retorno del sujeto

En la clase 17 del Seminario 11, Lacan introduce una afirmación especialmente sugerente: toda lectura implica un encuentro. Se trata de una definición potente de la escucha analítica, en tanto no se reduce a descifrar sentidos, sino que opera como un recorte que habilita al sujeto a confrontarse con aquello que permanece velado, tanto por las formaciones especulares como por el propio efecto de sentido.

Esta formulación se inscribe en un contexto preciso: la interrogación acerca del valor de la separación, tanto en la constitución del sujeto como en los efectos del análisis. En otras palabras, está en juego la cuestión de la eficacia clínica del psicoanálisis.

Si el sujeto se inscribe en el Otro al precio de una cierta petrificación, Lacan se pregunta entonces por las condiciones de su retorno. Se trata de una pregunta deliberadamente equívoca. No será abordada aquí desde la repetición, sino desde la indagación por las vías posibles de ese retorno: ¿cómo puede el sujeto sustraerse al efecto afanísico implicado en su institución en el Otro, mediada por la fijación a un significante?

Pensar este retorno implica distinguirlo del extravío: no se trata simplemente de no perderse, sino de encontrar un camino. Ya en “Subversión del sujeto…”, Lacan anticipa esta problemática al interrogar el margen y las condiciones bajo las cuales el niño puede conmover su posición de objeto para el deseo materno.

La noción de separación aparece entonces como un recurso clave para abordar este punto, en la medida en que introduce lo que Lacan denomina un “punto débil”. Este punto puede pensarse como una carencia —no equivalente a la falta—, vinculada a un vacío en el deseo, solidario del intervalo significante, que abre un lugar para el advenimiento del sujeto.

La falta en el Otro viene a superponerse con la falta inaugural —la falta de sujeto—, y es en esa superposición, de carácter topológico, donde se produce una apertura. Allí se configura un margen que resuena con una dimensión de libertad, aunque siempre bajo la condición de una pérdida que estructura la causación del sujeto.

jueves, 12 de marzo de 2026

La transferencia más allá del afecto

Si se trata de dar razones, conviene comenzar preguntando: ¿qué es la transferencia? Para abordarla en su articulación con la repetición, la pulsión y el inconsciente en su dimensión real, Jacques Lacan propone, en el Seminario 11, un movimiento inicial decisivo: separarla del afecto. Esto implica que la transferencia no puede reducirse a lo que al analizante “le ocurre” con la persona del analista. En consecuencia, se vuelve necesario desplazarla hacia un registro distinto del meramente vivencial.

Para hacer operativa esta distinción, Lacan afirma que “el arte de escuchar casi equivale al del bien decir”. Ese casi introduce una diferencia fundamental. El bien decir queda del lado del analizante, en la medida en que el trabajo analítico le exige inventar un modo de decir que borde lo imposible y dé forma al límite del efecto castrativo. Sin embargo, ese casi también especifica la posición del analista en la escucha. No le está permitido caer en la vulgarización que supone que interpretar consiste en otorgar sentido a lo que “le pasa” al sujeto, ni en señalar la “actualización” de una repetición como si se tratara simplemente de un aquí y ahora entre paciente y analista.

En este punto resulta clave la definición lacaniana de la interpretación como algo situado entre la cita y el enigma. Interpretar implica producir un decir que, sirviéndose del texto del discurso del analizante, atraviese los velos del sentido para hacer aparecer la pregunta por el deseo que esos sentidos encubren. La interpretación, entonces, no completa el sentido sino que lo desarma, produciendo un enigma allí donde antes había una respuesta.

La transferencia, por su parte, implica un campo específico —que podría llamarse la temporalidad del corte— en el cual la presencia del analista (no la de su persona) resulta indispensable. En su elaboración teórica, Lacan retira al psicoanalista del lugar de medida de la realidad —algo cercano a una causa teleológica— y lo sustituye por una concepción de la causalidad que introduce la hiancia, es decir, un intervalo entre causa y efecto. Sin esa brecha no podría pensarse el deseo, o bien se correría el riesgo de reducirlo a la lógica de la demanda.

Desde esta perspectiva, la transferencia implica necesariamente un fallo, un desencuentro estructural. Es el campo en el que el sujeto se dirige en busca de aquello que le falta, para encontrarse, finalmente, con aquello que no hay.

miércoles, 4 de marzo de 2026

La función de la palabra en la dirección de la cura

Lo fundante del escrito “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” de Jacques Lacan reside en la precisión con la que delimita la especificidad de la palabra en la práctica analítica. Desde el inicio, el texto introduce el concepto de “dirección de la cura” como la realización psicoanalítica del sujeto, realización que solo es posible a partir del funcionamiento de la palabra plena, es decir, aquella modalidad de enunciación que pone en juego la eficacia de lo simbólico.

En la medida en que el lenguaje preexiste al sujeto, este no es dueño originario de su decir, sino que está estructuralmente atravesado por él. Esa incidencia del lenguaje —lo que Sigmund Freud conceptualizó como inconsciente— retorna bajo la forma de lapsus, sueños, actos fallidos y demás formaciones del inconsciente. Ahora bien, la “realización” implicada en la dirección de la cura no supone una síntesis ni una completud del sujeto: no cancela su división ni su carácter supuesto y evanescente. El sujeto del psicoanálisis no se totaliza.

Entendida de este modo, la cura implica un desplazamiento. Allí donde el sujeto atribuye su malestar a conflictos con el otro en el plano imaginario, la intervención analítica —a través de la palabra— lo reconduce hacia su relación con el Otro en tanto instancia simbólica, lugar desde el cual su deseo se articula.

La palabra no es simplemente un medio expresivo en psicoanálisis: es su condición misma. Constituye el marco, el material y el instrumento de la experiencia analítica; incluso aquello que aparece como vacilación o ruido forma parte de su campo. Toda palabra se dirige a un Otro y convoca una respuesta. No se trata de que la palabra demande un objeto que satisfaga al sujeto, sino de que implica estructuralmente a un oyente.

En este punto se fundamenta la posición del analista. Su lugar es, ante todo, el de quien escucha. Pero esa escucha no es pasiva: puede responder incluso mediante el silencio. Este silencio no equivale a lo mudo; forma parte de la economía de la palabra, mientras que lo mudo designa aquello que aún no ha sido alcanzado por ella.

jueves, 12 de febrero de 2026

El analista no se detiene en el sentido del discurso

Desde muy temprano en su enseñanza, Lacan manifiesta la aspiración de abordar lo que acontece en un análisis en términos de estructura. En esa perspectiva se inscribe su formalización del concepto de discurso, noción que no coincide con lo efectivamente pronunciado por el sujeto.

Si distinguimos —como lo hace Lacan— entre enunciado y enunciación, el discurso no puede reducirse a lo dicho. Lo que el sujeto formula en el nivel del enunciado no agota aquello que se juega en el acto de decir. Surge entonces una pregunta decisiva: ¿qué es lo que escucha un analista?

Podríamos comenzar por señalar aquello a lo que no dirige su atención privilegiada. El analista no se orienta por el sentido manifiesto del discurso. Su escucha no está comandada por la coherencia narrativa ni por la significación consciente que el sujeto atribuye a sus palabras.

Por el contrario, la escucha analítica se dirige hacia los significantes que resultan determinantes en la historia del sujeto. A partir de la atención flotante —esto es, no privilegiando ningún elemento del discurso por su valor de sentido— el analista puede aislar aquellos términos que, más allá de lo que quieren decir, operan como puntos de fijación. Son esos significantes los que permiten ir reconstruyendo la cadena significante inconsciente, entendida como el discurso del Otro.

Ahora bien, ¿cómo se hace posible esta escucha? Los significantes decisivos no aparecen como tales en la continuidad armónica del relato. Se manifiestan, más bien, en momentos de vacilación: allí donde el sentido se quiebra, donde irrumpe una discontinuidad, un tropiezo, una formación que desajusta la gramática o fractura la coherencia del discurso.

En esos puntos —lapsus, equívocos, repeticiones insistentes, formulaciones antigramaticales— se evidencia algo que excede al yo y a su intención comunicativa. Se trata de irrupciones que desorganizan el discurso del moi, revelando que el sujeto no coincide consigo mismo y que el sentido no es soberano.

Así, la escucha analítica no persigue la comprensión sino la estructura. No apunta a completar el sentido, sino a localizar sus fallas. Allí donde el discurso se resquebraja, el inconsciente hace oír su lógica.

jueves, 5 de febrero de 2026

Entre conocimiento y saber: la escucha analítica y lo inasimilable

Existe una distancia fundamental entre conocimiento y saber. El conocimiento pertenece al campo del moi y se articula con aquello que, en la tradición griega clásica, se designa como episteme: un saber organizado, apropiable, susceptible de ser comprendido y dominado por el yo. El saber, en cambio, no es propiedad del sujeto, sino que se sitúa del lado del Otro: es el conjunto de significantes que, para cada sujeto, se inscribe en ese lugar.

En este sentido, el saber constituye la dimensión de la enunciación que determina lo que el sujeto dice y, más aún, posibilita que en el decir se diga siempre algo más —o algo distinto— de lo que se pretende decir. Es justamente a partir de esta disyunción entre conocimiento y saber que puede pensarse un correlato del lado del analista.

La función del analista es, ante todo, la de escuchar. Pero para que esta escucha sea efectiva, resulta necesario que el analista renuncie a la aspiración de comprender. Comprender, en tanto operación del yo, tiende a suturar, a restituir el sentido allí donde el inconsciente introduce cortes y discontinuidades.

Al abandonar esa pretensión, el analista puede operar a partir del recorte que produce su escucha: atender a las rupturas del sentido, a las fallas, a los desfallecimientos de la significación, a lo antigramatical que irrumpe en el discurso. Es desde esos puntos que se aíslan los elementos con los cuales se va componiendo la cadena del inconsciente como discurso del Otro.

Esa cadena constituye una red, lo que remite a su soporte topológico. Sin embargo, no todo en ella es del orden del significante. En su interior aparecen también ciertos puntos inerciales: fijaciones, detenciones, núcleos de resistencia al movimiento de la articulación. De este modo, Lacan retoma de una manera particularmente fecunda el problema freudiano del núcleo patógeno.

Así, se establece una separación decisiva entre, por un lado, el sostén articulado de la cadena significante y, por otro, algo que permanece inasimilable, intratable, aquello que resiste al discurso. Se trata de una resistencia radicalmente distinta de la resistencia subjetiva —ligada al yo— que Lacan cuestionó tempranamente en su enseñanza. Aquí no se trata de un obstáculo del sujeto, sino de un real que no se deja absorber por el sentido.

lunes, 12 de enero de 2026

La supervisión como lectura: recorte, pérdida y posición del analista

Así como no existe una única manera de analizarse, tampoco hay un criterio universal que permita pensar, de antemano, cómo debe armarse una supervisión. Cada supervisión se configura a partir de una singularidad, tanto del caso como de la posición del analista que la solicita.

En un primer momento, resulta fundamental aislar con la mayor rigurosidad posible la pregunta, el obstáculo o la dificultad que motiva la supervisión. No se trata de “supervisar un caso” en su totalidad, sino de delimitar con precisión qué es lo que hace problema y convoca a la consulta.

En segundo lugar, es necesario advertir que la supervisión trabaja siempre sobre un texto, pero no sobre el texto del analizante. El material que se pone en juego es el texto recortado por quien escucha al sujeto. Lo que se supervisa es, entonces, el modo en que el analista construye ese texto a partir de su escucha. Este pasaje de un texto a otro comporta inevitablemente una pérdida, y es justamente en esa pérdida donde se vuelve legible la posición desde la cual escucha quien acude a supervisión.

De allí la importancia de una escucha orientada a recortar, en el discurso del sujeto, aquellos significantes que resultan determinantes. Este recorte puede pensarse de un modo análogo a la distancia que separa el sueño del relato del sueño en el análisis: lo que el sujeto dice del sueño no es el sueño mismo. Hay, allí también, una pérdida estructural.

Leída en estos términos, la supervisión se vuelve especialmente interesante porque pone en primer plano la escucha del analista, tal como se manifiesta en el modo en que selecciona y organiza el material. ¿Qué fragmentos privilegia? ¿Dónde sitúa los puntos de insistencia o de ruptura en el discurso? Es en esas elecciones donde se juega, de manera decisiva, el trabajo de la supervisión.

lunes, 22 de diciembre de 2025

La hiancia simbólica y la escucha de lo no dicho

La función evocadora de la palabra pone en juego la dialéctica de presencia y ausencia que funda el orden simbólico. En ese sentido, el intervalo no es un accidente ni una mera separación entre términos, sino un rasgo estructural: lo simbólico no se constituye por simple yuxtaposición, sino por la articulación sostenida en una hiancia que la hace posible.

Las formalizaciones clásicas de esta oposición —presencia/ausencia, fort-da, S1–S2— dan cuenta de un mismo operador fundamental, ya desde los momentos inaugurales de la enseñanza pública de Lacan. A este conjunto puede agregarse el par palabra–silencio, en tanto el silencio no se opone a la palabra, sino que la integra: el silencio es también una forma de decir y, como tal, puede operar como respuesta, por ejemplo en el silencio del analista frente a la demanda.

Que el silencio pueda funcionar como palabra abre la posibilidad de dar lugar a lo no dicho, que no debe confundirse con lo imposible de decir. Lacan insiste en la necesidad de “aguzar el oído a lo no dicho”, lo cual no implica un esfuerzo por adivinar contenidos ocultos, sino una orientación de la escucha: el analista se dirige a los bordes del decir, a aquello que queda en los márgenes o se produce como vacío en el discurso.

¿Dónde se hace oír lo no dicho? En las vacilaciones, en los puntos de sinsentido, en las contradicciones, pero también en las rupturas de la gramática. Allí donde el discurso tropieza, lo no dicho se manifiesta bajo la forma de lo oculto.

Sin embargo, lo oculto tampoco coincide plenamente con lo no dicho. Conviene subrayar esta diferencia: lo no dicho forma parte del lenguaje mismo, en la medida en que el lenguaje no está hecho para comunicar en el sentido clásico de la transmisión de información. El lenguaje no se reduce a lo verbalizable, aunque sólo sea posible incidir sobre ese más allá del decir a través del dicho y de sus resonancias. Lo no dicho, entonces, no equivale a lo no inscripto.

viernes, 24 de octubre de 2025

El deseo y la inconsistencia del Otro

En una toma de distancia respecto del planteo hegeliano, Lacan subraya el valor y la novedad de la elaboración freudiana.
Frente a la dialéctica del reconocimiento, el psicoanálisis introduce el deseo como función estructural que responde a una pregunta clínica decisiva:

¿Cómo puede un sujeto liberarse del efecto de captura del deseo del Otro?

La respuesta lacaniana implica una liberación al precio de una pérdida.
El recorrido lógico que estructura esta operación puede formularse así:
primero falta, luego pérdida, finalmente causa.
El deseo, en su función, orienta la escucha analítica y guía la dirección de la cura hacia esos puntos de dificultad, contradicción y callejón sin salida que testimonian la resistencia del sujeto al goce del Otro.

Abrir un margen de libertad frente a ese goce es el efecto de un trabajo que apunta a inconsistir, indemostrar, incompletar e indecidir al Otro como lugar.
El analista, en esta tarea, se dirige precisamente a conmover las respuestas neuróticas con las que el sujeto procura mantenerse a distancia de la castración, es decir, de la castración del Otro.

Sin embargo, esta orientación no garantiza el resultado: el analista no puede asegurar que el efecto de inconsistencia se produzca, aunque el Otro sea estructuralmente inconsistente.

Se trata, más bien, de verificar si el sujeto puede arribar a ese punto, lo cual nunca puede ser forzado. Aquí, el analista debe saber esperar, sosteniendo el vacío donde algo del sujeto pueda desprenderse del sentido que lo fija.

Más allá de este resultado imposible de prever, la eficacia analítica depende de una posición precisa del analista: su función no es demostrar, sino hacer fallar, malograr, malentender y equivocar.
Esta serie —que afecta al Otro como conjunto— se conjuga con la anterior: inconsistencia, incompletud, indecisión.
El trabajo analítico, tomado en este registro, transita del sentido coagulado al sin sentido, lugar donde el sujeto puede finalmente hallar la causa de su deseo.

viernes, 17 de octubre de 2025

¿Cómo reconocer cuando el discurso del paciente testimonia lo inconsciente?

 Lacan recurre a la banda de Moebius como metáfora para pensar la relación entre inconsciente y consciente. En una banda de Moebius, una superficie que parece tener dos lados se revela, al recorrerla, como una sola continuidad: no hay un “adentro” y un “afuera” separados, sino un solo plano que se torsiona.

De modo análogo, para Lacan el inconsciente no está debajo de la conciencia, ni funciona como una segunda instancia oculta. Más bien, ambos forman una misma superficie de discurso, en la que el sujeto pasa —sin notarlo— del decir consciente al decir inconsciente.
El límite entre ambos no es una frontera fija, sino un punto de torsión donde el sentido se invierte, donde lo dicho “de más” o el lapsus dejan ver el reverso del lenguaje.

Así, la banda de Moebius ilustra que el inconsciente no es otro lugar, sino el reverso mismo del decir consciente: su continuidad topológica muestra que no hay dos registros separados, sino una única estructura de lenguaje, en la que el sujeto se constituye a través de sus propias vueltas y deslizamientos de sentido.

Una de las formas en que puede manifestarse la torsión discursiva —esa continuidad moebiana entre consciente e inconsciente— se advierte, fenomenológicamente, cuando el paciente pasa del registro de lo singular al de lo general.

En el comienzo, el sujeto habla desde la contingencia de su experiencia, desde lo que le ocurre a él; pero, a medida que el discurso se despliega, la enunciación se desplaza hacia el terreno de lo universal, como si una fuerza anónima hablara a través suyo. Esa fuerza anónima no es otra que el discurso del Otro, que es una de las definiciones de inconsciente.

Este pasaje recuerda la distinción kantiana entre lo singular, lo particular y lo general, pero también la lectura freudiana del superyó, cuya voz tiende a presentarse como portadora de un mandato universal.

Así, en el nivel fenomenológico del decir, esa torsión entre lo propio y lo impersonal, entre lo vivido y lo normativo, da cuenta de cómo el inconsciente se enuncia en la palabra misma, haciendo visible el punto donde el sujeto se pliega sobre la ley que lo habita. Dicho de otra manera, en este pasaje del “yo” al “todos”, del relato contingente al juicio normativo, se hace visible la torsión del decir: el punto en que el inconsciente se enuncia, velado, en la forma de una ley.

Cuando este desplazamiento aparece en la clínica, el analista encuentra allí un punto de intervención.

Interrogar eso que se presenta como universal —esa afirmación que parece incuestionable o necesaria— permite abrir el pliegue de la banda, restituir la singularidad del decir y devolver al sujeto su lugar en el enunciado.

Allí donde el discurso se endurece en la forma del “todos”, la intervención analítica apunta a hacer oír el “uno por uno”: el modo en que ese universal se sostiene, precisamente, en la palabra de un sujeto.

lunes, 16 de junio de 2025

Felicidad con sombras: el desgarro ético del deseo

Aquí evocábamos la crítica de Lacan a la idea de una “felicidad sin sombras”, es decir, a toda promesa de plenitud subjetiva que se apoye en una ilusión de totalidad. Pero esta formulación nos permite dar un paso más:
¿Existe una felicidad con sombras?

El psicoanálisis no se posiciona simplemente en la negatividad, sino que establece un contrapunto estructural: por un lado, la aspiración a una felicidad totalizante; por el otro, el testimonio del Superyó, esa figura paradójica que insiste en una satisfacción que no satisface, que goza allí donde algo “no anda”. Esta antinomia es observable clínicamente y revela un punto de falla fundamental en la promesa de unidad.

Para situar esta falla, Lacan recurre a una disyunción estructural: la discrepancia entre deseo y goce. En esa grieta se produce lo que él llama un “desgarro en el ser moral del hombre”. La ética del psicoanálisis, entonces, no se funda en una norma, sino en el acto, precisamente porque falta ese complemento que permitiría la unidad y el ordenamiento del deseo bajo el signo del Bien.

La crítica de Lacan no se dirige a un ideal abstracto, sino a su contexto: la comunidad analítica. Su interrogación apunta a cómo este desgarro puede ser olvidado, o incluso borrado, mediante la promesa de una normalización imposible, sobre todo en relación con la sexualidad. Este olvido se vuelve particularmente grave cuando se traslada al análisis del analista.

Por eso Lacan vuelve sobre una pregunta central:
¿Qué es el deseo del analista?
Este operador no responde a un saber cerrado ni a un sujeto completado. Muy por el contrario, se opone a toda idea del analista como producto terminado, ajustado, “normalizado”. Porque si esa fuera la expectativa,
¿qué escucha sería posible?
¿Y qué habría que perder para que esa escucha se habilite?

Lacan no oculta su posición: la promesa de una sexualidad normalizada es una estafa. Enmascara una exigencia moralizante, un puritanismo que niega el deseo, un ascetismo incompatible con la lógica del inconsciente. Esta moral oculta entra en contradicción con el deseo mismo, que no solo atormenta al sujeto por su imposibilidad estructural, sino también por el margen de soledad y decisión que abre.

Ese margen —el lugar del acto— es precisamente donde el sujeto se encuentra sin el Otro, con la única brújula de su falta. Y es allí, en esa felicidad con sombras, que la ética del psicoanálisis se pone verdaderamente en juego.

viernes, 13 de junio de 2025

La interpretación como arte contingente: entre el decir y el ojalá

En el psicoanálisis, interpretar no consiste en reconstruir con exactitud un pasado, ni en ofrecer una explicación esclarecedora. Lejos de cualquier pretensión de verdad histórica o de sentido pleno, la interpretación se define por su valor de acto, por su condición de significante en acto. Por eso Lacan la sitúa como solidaria del significante, y no del sentido, del saber, ni de la comprensión.

En La dirección de la cura y los principios de su poder, esta idea se formula en una expresión precisa y paradójica: “decir bastante, sin decir demasiado”. Una medida incierta, que no se deja cuantificar, y que señala el delicado equilibrio que debe mantener la función interpretante del analista: decir algo que cause, sin saturar; provocar una lectura, sin cerrar el sentido. No se trata, entonces, de explicar, sino de dar a entender; no de nombrar, sino de aludir.

Esta concepción de la interpretación se enlaza con otra afirmación de Lacan en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis:

“… el arte de escuchar casi equivale al del bien decir. Esto reparte nuestras tareas. Ojalá logremos estar a su altura.

Aquí se despliegan varias coordenadas esenciales. Por un lado, la referencia al arte no solo indica una habilidad técnica, sino también una disposición subjetiva. Escuchar es un arte porque exige al analista una posición específica, una forma de estar disponible a lo que irrumpe.

El “casi” marca otro punto decisivo: el bien decir no es del analista, sino del analizante. El analista escucha, acoge, opera... pero no ocupa el lugar del que produce el enunciado poético. El bien decir —ese que puede tener efectos de verdad y agujero— es un efecto del trabajo del analizante, como lo será más adelante en Lacan, en su formulación de la interpretación como equívoco y poesía.

Por último, el “ojalá” abre la dimensión de lo contingente: la interpretación no es la voluntad del analista, sino el resultado de un encuentro, de una coyuntura significante que puede o no producirse. No es garantía, es posibilidad. En este sentido, la interpretación no se programa ni se impone: acontece cuando se da el cruce entre un decir del analizante y una intervención que, sin ser totalizadora, logra tocar el punto justo. Allí donde no hay cálculo posible, hay arte.

miércoles, 30 de abril de 2025

La brújula del sin-sentido: clínica, dirección y paradoja en la práctica analítica

Existe una orientación clínica que justifica esa afirmación, tantas veces repetida, por la cual el psicoanálisis “no es una terapéutica como las demás”. Esa diferencia no radica únicamente en los medios que utiliza, sino —y sobre todo— en los fines que persigue.

Esta orientación implica, entonces, un sentido como dirección: el analista dirige la cura, sí, pero no dirige al analizante. Surge así una pregunta fundamental:
¿Con qué brújula se orienta esta dirección?

O, formulado de otro modo:
¿Qué orienta la escucha analítica en una praxis que parte del reconocimiento de que no hay cura tipo?

Esta imposibilidad de una cura estandarizada da cuenta de algo estructural: en el sujeto hay un punto de imposibilidad, un límite que vuelve inviable cualquier técnica universal. No hay, por tanto, una “técnica analítica” en sentido clásico; hay, como dice Lacan, una técnica significante.

Esto significa que el analista se deja llevar por el discurso, por sus derivas, equívocos y tropiezos, para escuchar allí lo que determina el padecer subjetivo. Lo que guía la praxis no es un saber previo, sino una atención al detalle de las fallas, a lo que se interrumpe, vacila o se contradice.

En lugar de protocolos, lo que toma protagonismo son las dificultades, las contradicciones, los callejones sin salida... y, podríamos agregar, las vacilaciones del sentido. Esta serie de tropiezos no obstaculiza la cura, sino que la constituye: son ellos los que guían la escucha.

Allí donde el discurso yerra, aparece una fisura que se llena con ilusiones de sentido. Lacan lo nombrará, casi al final de su enseñanza, como “las ficciones de la mundanidad”. Es el intervalo donde se alojan los fantasmas, aquello que parece cerrar el vacío pero que lo conserva como tal, marcando un margen.

Si aceptamos que el sujeto solo adviene al ser como objeto en el deseo del Otro, cabría preguntarse:
¿Qué puede liberarlo de esa captura?

Tal vez, una paradoja. Una torsión del discurso que no lo redima, pero sí lo desplace; que interrogue el edificio de la verdad en el que se sostiene, lo saque de su lógica habitual, y lo confronte con el vacío que lo habita.

La dirección de la cura, entonces, no se orienta por una técnica ni por un ideal de salud, sino por la apertura de ese margen: allí donde el sentido falla, el sujeto puede emerger —no como identidad, sino como efecto.

martes, 22 de abril de 2025

Una excepción y no un modelo

Existe una coincidencia significativa que surge del trabajo sobre los textos del psicoanálisis. Por un lado, la práctica analítica no puede sostenerse únicamente en el estudio de libros; Freud ya advertía sobre la necesidad del análisis del analista, no como una práctica meramente acumulativa, sino como un desasimiento que hace posible la escucha.

De manera análoga, la topología no puede aprenderse exclusivamente a través de los textos. Es imprescindible la manipulación para comprender lo que está en juego, pues la estructura del encadenamiento topológico contiene elementos radicalmente antiintuitivos.

El real que allí se presenta puede ser delimitado y demostrado en la medida en que el encadenamiento se inscribe en la escritura. Lo escrito soporta un real porque no hay otro acceso a lo imposible sino a través de la escritura.

Lacan se pregunta si esta escritura corresponde a un modelo matemático. En términos generales, un modelo matemático es una formalización que expresa relaciones entre distintos términos. Sin embargo, Lacan concluye que la cadena borromea no es un modelo matemático, no por su estructura formal, sino porque su lógica se basa en una excepción.

Esta excepción implica un desplazamiento fuera del plano. Mientras toda escritura supone una superficie (papel, pared, piso), la consistencia de la cuerda permite que la cadena borromea emerja en el espacio tridimensional. Aquí, la función de lo imaginario se vuelve esencial: garantiza la consistencia del nudo.

Posteriormente, en un momento lógico distinto, es necesaria la puesta en plano de la cadena (sobre una mesa, el suelo…), para poder leer las consecuencias del lazo. Sin embargo, este achatamiento no equivale al plano original, sino que es el resultado de la apuesta que estructura el trabajo.

Por lo tanto, la cadena borromea requiere dos operaciones fundamentales:

  1. Inmersión, que la extrae del plano inicial y la proyecta en el espacio.
  2. Aplanamiento, que permite su lectura en una nueva superficie.

viernes, 14 de marzo de 2025

El deseo, la máscara y la escucha analítica

Interrogar la eficacia de la práctica analítica implica considerar su relación con las dificultades, contradicciones y callejones sin salida que pone en evidencia. Lacan, en el Seminario 5, plantea que esta eficacia no radica en evitar el atolladero, sino en incluirlo y abordarlo a través del deseo. La práctica analítica no elude los obstáculos, sino que los toma como parte de su funcionamiento.

El deseo se desprende de una demanda que ha sido significada, pero su esencia no se reduce a un efecto de sentido. Se trata, más bien, de la incidencia misma del significante, lo que instala una divergencia entre la demanda y la necesidad. En este punto, el deseo se presenta como un resto: aquello de la necesidad que no ha sido absorbido por la demanda.

Para entrar en funcionamiento en el sujeto, el deseo requiere de una máscara. Esta máscara no solo vela u oculta, sino que también viste y muestra. Es solidaria de la ficción del significante, permitiendo articular lo que, en sí mismo, no es articulable. Por eso Lacan afirma que el deseo es su interpretación, ya que se sostiene en la máscara que lo estructura.

El síntoma, desde su emplazamiento en el grafo, es una de estas máscaras del deseo. Lacan resalta que el material del síntoma pasa por modas, señalando el carácter histórico del semblante. Así, el síntoma toma su forma a partir de los significantes disponibles en el Otro de cada época, mostrando cómo los cambios culturales afectan la estructura simbólica del sujeto.

La máscara, además, está vinculada al fantasma. No solo cubre, sino que revela a la vez que oculta. El sujeto, al sostener su máscara, mantiene una distancia frente a la castración del Otro, revistiéndose de un valor ilusorio.

Desde la práctica analítica, esto implica una escucha más allá de las manifestaciones evidentes. No basta con atender el motivo de consulta del paciente; es fundamental escuchar entre líneas. Esto significa descifrar las coartadas del sujeto, aquellas construcciones que le permiten eludir su propia relación con el deseo del Otro, la demanda y el goce.

Si la escucha analítica apunta más allá de la máscara, es porque busca situar la posición en la que el sujeto queda no solo comprometido, sino concernido. Esto abre la posibilidad de una torsión subjetiva: pasar de la posición de ser deseado a la de ser deseante.

viernes, 14 de febrero de 2025

Las condiciones para el inicio de un análisis

En las supervisiones de practicantes del psicoanálisis, surge con frecuencia una pregunta clave: ¿cuáles son las condiciones para que un análisis se ponga en marcha? Destaco el artículo indeterminado "un", ya que resalta el carácter irrepetible de cada proceso analítico.

Para abordar esta cuestión, es fundamental partir de un hecho clínico: a pesar de que Freud utilizó el término "técnica", el psicoanálisis carece de un procedimiento estandarizado. No existe un protocolo aplicable a todos los casos, y esto es un punto central a considerar.

Así, solo podemos hablar de las condiciones que permiten que un psicoanálisis sea posible. No obstante, la ausencia de un método fijo no implica que el psicoanálisis carezca de reglas para su desarrollo.

En las primeras entrevistas, el analista escucha y evalúa si se dan las condiciones necesarias para que el sujeto que consulta pueda transitar de la posición de paciente a la de analizante. Este proceso involucra dos aspectos fundamentales: por un lado, la disposición del sujeto a entrar en el trabajo transferencial, y por otro, la posición que adopta el analista en la relación.

Dichas condiciones incluyen no solo aspectos materiales como los honorarios y la frecuencia de las sesiones, sino también una dimensión subjetiva: el pasaje de la respuesta a la pregunta. Para que el sujeto pueda advenir en la experiencia analítica, es necesario que el analista escuche a qué Otro se dirige, es decir, de quién espera la respuesta.

El acto analítico, en este sentido, apuesta a producir un efecto de sorpresa: el analista escucha desde el lugar del Otro, pero no responde desde allí donde el sujeto lo espera. Es en esta torsión donde se abre la posibilidad de un análisis.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Sobre la atención flotante

 El dispositivo analítico se fundamenta en una única regla esencial dirigida al analizante: debe dejar de lado cualquier crítica o censura al hablar y permitirse fluir con su propia palabra, sin preocuparse por el sentido inmediato de lo que expresa. Esta regla invita al analizante a seguir la deriva de su discurso, permitiéndole decir más de lo que inicialmente pretendía.

Esta directiva tiene su contraparte en el analista, bajo lo que Freud denominó atención flotante. La atención flotante implica que el analista escucha el discurso del analizante sin enfocarse en el sentido aparente de sus palabras, sino en la superficie del discurso, capturando los significantes que emergen en el entramado lingüístico. Es una escucha que no se fija en detalles específicos, sino que se dirige a la estructura misma del discurso, su gramática y su lógica.

En este proceso se ponen en juego dos aspectos clave: en primer lugar, el analista busca identificar aquello que se repite en el discurso del analizante. Esta repetición es lo que permite comenzar a descifrar los significantes que subyacen al discurso. En segundo lugar, la atención se enfoca en la estructura de esta repetición, pues es allí donde el inconsciente se manifiesta.

La escucha analítica, entonces, no se orienta al sentido explícito, sino a la red discursiva como totalidad. A través de esta atención a la trama del discurso, el analista puede captar los momentos significativos en los que el inconsciente se revela, ya sea en discontinuidades, en frases sin sentido, o en vacilaciones.

De este modo, el inconsciente se muestra como una estructura con su propia gramática y lógica, que el analista busca descifrar al leer estas fisuras y vacíos del discurso.

viernes, 13 de septiembre de 2024

¿Qué habilita un margen de libertad?

 En la clase 17 del seminario 11 encontramos una afirmación convocante en más de un sentido, Lacan habla de una lectura que conlleva un encuentro. Algo que es toda una definición de la escucha analítica. Una lectura que recorta y hace posible que el sujeto se encuentre con algo que está oculto detrás de los velos, tanto especulares como del efecto de sentido.

El contexto donde esta afirmación toma lugar es el de la interrogación del valor de la separación, tanto en la causación del sujeto como en el efecto del análisis, o sea que se trata de una interrogación respecto de la eficacia clínica del psicoanálisis.

Dado que el sujeto se inscribe en el Otro a costa de una petrificación, la pregunta de Lacan es, ¿cómo retorna? Lo cual constituye una pregunta sumamente equívoca.

Podemos no tomarla por el lado de la repetición, sino interrogar el camino de retorno, o sea, de qué manera puede liberarse el sujeto del efecto afanisíaco que se pone en juego en tanto se instituye en el Otro vía la petrificación a un significante.

Sería un encontrar el camino de retorno para no extraviarse, que no es lo mismo que perderse. Ya, en “Subversión del sujeto…” le daba forma a esta pregunta cuando interroga el margen y el modo en que al niño se le hace posible conmover la posición de objeto para la madre.

La separación va a ser el recurso con el cual puede interrogar este punto, pero en la medida en que ella implica lo que llama un punto débil.

Ese punto débil es eso que podemos asociar a una carencia, algo que no es lo mismo que una falta. Esa carencia que se vincula con ese vacío del deseo, solidario del intervalo y que le habilita el sujeto un lugar para advenir.

La falta que encuentra en el Otro se superpone a la falta de partida, que es esa falta de sujeto. Y por la superposición (topológica) de ambas faltas se abre un margen, uno que es consonante con algo de libertad, a condición de una pérdida que delinea la causación en el sujeto.

¿De qué depende el margen de libertad de un sujeto?

El corte que nomina funda lo propio del inconsciente en la medida de su inaccesibilidad para el sujeto, y lo situamos en la cadena que Lacan denominó enunciación. En la estructura del grafo del deseo, ésta implica la relación entre la pulsión y ese matema subversivo que el psicoanálisis introduce: Significante de una falta en el Otro:

Respecto de la pulsión, encontramos en Lacan una articulación ineludible: la pulsión es inseparable del efecto del significante. También se trata de significancia, pero no de significación. La pulsión es un efecto del significante en el cuerpo, pero desprendido de cualquier efecto de sentido. Será entonces definida como tesoro del significante, porque el Otro del piso inferior (A) no alcanza la completud esperada por el sujeto. Allí donde el significante vacila en el Otro, la pulsión deviene el tesoro significante.

El efecto de esto se lee en el matema con el que la fórmula de la pulsión comparte el piso de la enunciación. Éste viene a hacer patente el hecho de que la completud del Otro es imposible, en la medida en que el sujeto se constituye allí descontándose de la cadena, por faltar el significante que podría darle identidad.

La falta significante que lo afecta en su estructura, la falta de garantía que pone en entredicho a la verdad. Al quedar cuestionada la verdad, de ahí su rasgo de no fe, el sujeto se sitúa de una manera mucho más comprometida frente a la contingencia. La barradura del Otro pone en interrogación su buena fe, efectivamente puede engañar, con lo cual esto pone en cuestión el concepto de determinismo.

Hay de lo que escapa a la determinación significante y pareciera que éste es uno de los planteos más novedosos y fecundos por cuanto habilita en el sujeto un margen para salir de la determinación por el deseo del Otro.

viernes, 9 de agosto de 2024

La escucha en las primeras entrevistas

 La escucha analítica es una operación de lectura. En tanto tal se dirige más allá de lo que el sujeto efectivamente dice cuando habla. Entonces se orienta al texto, el cual se puede ir delineando a partir de un recorte en el transcurso del trabajo, el de los significantes fundamentales de la posición del sujeto.

Habiendo situado esta coordenada estructural de la escucha del analista también sería importante destacar que ésta puede, eventualmente, revestir determinadas particularidades dependiendo de qué momento del análisis se tratase.

En el caso de las primeras entrevistas, ¿hay cierta especificidad?

Es un momento de partida, donde se juegan los primeros movimientos de lo que va a ser el campo transferencial, y donde, incluso y con ese fin, podríamos decir el analista se puede prestar a ser un poco más locuaz.

Diría que, en este primer tiempo, fundamentalmente, lo que el analista hace en primer lugar, es intentar, en el discurso del sujeto, diferenciar aquello que pertenece al registro simbólico de aquello que pertenece al registro imaginario. Esto no constituye técnica alguna, sino que instala cierto prisma para pensar ese tiempo primero.

De seguir esta propuesta, el analista apunta a escuchar en qué medida puede o no haber una pregunta que quede asociada al motivo de consulta; ¿es posible delimitar el lugar de algún síntoma que motorice la consulta del sujeto?

Fundamentalmente, me parece, también es importante poder situar a que Otro se dirige el sujeto cuando habla. Porque eso le va a indicar al analista, le va a dar una coordenada para poder situarse en la transferencia.

O sea, las primeras entrevistas son ese tiempo primero de intentar poner en forma los modos en que el sujeto intenta responder al obstáculo, al problema, incluso el penar de más que al sujeto lo trae a la consulta; porque será a través de las respuesta que se hará posible arribar a la pregunta.

El analista "en" el discurso del paciente

Anteriormente nos ocupamos de la escucha analítica en las primeras entrevistas de un análisis, en las cuales quien consulta habla de lo que cree que es el motivo de su consulta.

Se trata de los primeros desarrollos de esa demanda de aquel que quiere ser escuchado y mencionamos como un punto importante, que el analista pueda leer a qué Otro se dirige el sujeto. Desde luego que esto, y no pocas veces, no está clarificado de entrada, pero la importancia de situarlo responde a que le da una pauta al analista para la posición que debe asumir en la transferencia.

Es este asumir, la acomodación a la que Lacan refiere, lo que justifica el título de este posteo, donde se destaca que el analista ocupa un lugar “en” el discurso del paciente, lugar que encarna, y no detenta.

El analista es una función, definida así forma parte del discurso del inconsciente, y ello en la medida en que el inconsciente como discurso se dirige al analista. Esto significa que el inconsciente llama a la interpretación. En esta senda entonces el inconsciente es solidario de una palabra, la cual llama una respuesta, convoca a un oyente, y el analista es esencialmente un oyente.

Ser oyente es su función prínceps, la cual prescribe que no se trata de significar, dar sentido o traducir.

La encrucijada transferencial es poder dar con una posición acorde al sujeto que está escuchando, cada vez podríamos decir. Y para ello cobra un valor significativo ese delinear al Otro a quien el analizante le habla.

Estructuralmente ese Otro es la alteridad de la que depende el mensaje. El analista, en el discurso del sujeto, toma el relevo de ese Otro que detenta ese poder discrecional, el oyente que significó el mensaje, pero a condición de no usar dicho poder.

¿Qué se juega en la primera entrevista?
La primera entrevista en la consulta con un analista es el momento de donde alguien puede plantear el motivo de su consulta, el cual algunas veces puede ser bastante claro; en otras, en cambio, puede ser bastante difuso, incluso para el propio sujeto. Me refiero a esas consultas donde quien lo hace no sabe muy bien cuál es el motivo que lo trajo.

Algunas otras veces será el analista quien pueda situar, a partir de su escucha, que lo que alguien plantea como motivo de consulta, en realidad esconde otra cuestión, inconsciente para el paciente, y que en realidad es lo que está comandando la consulta.

Un punto importante respecto de esta primera entrevista es interrogar la temporalidad de esta. Si se trata de un padecimiento que en el sujeto lleva un tiempo, entonces ¿por qué la consulta se produce en ese momento, por qué no se produjo antes o qué la precipitó en ese momento?

Eso nos va a permitir situar quizás, algo que pudiese haber operado de desencadenante o eventualmente algo que en el sujeto cobró tal magnitud que afectó su lazo social, cuestión que está en general involucrada en la consulta a un analista.

Pero más estructuralmente, podría decir que la primera entrevista es el momento donde se juegan cuestiones importantes, muchas de las cuales constituyen el campo de lo que se va a trabajar en el análisis después. Pero, por supuesto, no hay manera de saberlas en ese primer momento, sino que el analista solo podrá leerlas retroactivamente a partir del despliegue del discurso, el cual requiere tiempo para ser llevado a cabo. Pero fundamentalmente esa puesta al trabajo exige la transferencia, la cual implica que el analista acomoda su posición con relación a lo que allí leyó.