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martes, 7 de abril de 2026

Perturbaciones de la demanda y presentaciones en clave de goce

Cuando en el seminario La angustia Jacques Lacan construye su cuadro de los afectos —a partir del tríptico freudiano “inhibición, síntoma y angustia”— delimita una zona de la práctica que puede pensarse bajo el sintagma “perturbaciones de la demanda”, tal como lo formula Diana Rabinovich.

Se trata de presentaciones clínicas en las que no está viabilizada la posición del objeto causa de deseo —como sí ocurre, por ejemplo, en la histeria—, sino que el sujeto comparece más bien en una posición próxima al plus de gozar.

El material clínico, en estos casos, no aparece organizado en torno a un síntoma. Por el contrario, predomina una cierta indeterminación: el sujeto no sabe bien qué le pasa, pero su discurso está dominado por la queja y la penuria como hechos clínicos fundamentales.

Podemos englobar estas presentaciones bajo el sesgo de las impulsiones —incluyendo también las caracteropatías, siguiendo a Rabinovich—. La impulsión señala justamente la dimensión impulsiva del síntoma: ese componente pulsional que funciona como núcleo.

Ahora bien, ese núcleo de goce tiene una particularidad decisiva: no llama a la interpretación. No se dirige al Otro, no entra de suyo en transferencia; es, más bien, el analista quien debe ir en su búsqueda. Este núcleo aparece recubierto por la envoltura formal del síntoma, es decir, por la metáfora significante, pero sin quedar plenamente capturado por ella.

Por eso, más que del síntoma, estas presentaciones hablan de una oposición fantasmática del sujeto: lo que se pone en forma es el valor de tapón del plus de gozar como respuesta.

De allí se desprende una consecuencia técnica central: el trabajo analítico no puede comenzar directamente como interpretación de un síntoma ya constituido. Requiere un tiempo previo.

Se trata, en primer lugar, de producir en el sujeto un efecto de división, que haga posible la emergencia de una pregunta. Casi en la línea de esa “histerización del discurso” que Jacques Lacan sitúa como condición de entrada en análisis.

lunes, 6 de abril de 2026

Fallas en la constitución del cuerpo como soporte narcisista: ¿Cómo intervenir?

En la clínica contemporánea es frecuente encontrarse con pacientes en los que el cuerpo no funciona como un soporte estable de la identidad, sino como un territorio inestable, fuente de angustia, rechazo o extrañeza. Pensemos en muchos adolescentes, pero también en adultos. En estos casos, no se trata simplemente de una insatisfacción con la imagen corporal, sino de fallas en la constitución del cuerpo como soporte narcisista.

Desde una perspectiva psicoanalítica, el cuerpo no es un dato biológico inmediato, sino una construcción. A partir de desarrollos como los de Sigmund Freud y, de manera más sistemática, Jacques Lacan, se puede afirmar que el cuerpo se constituye en la intersección de tres registros:

  • el organismo (lo biológico),
  • la imagen (lo especular),
  • y la inscripción simbólica (el lugar que ese cuerpo tiene en el deseo del Otro).

El narcisismo, en este marco, implica que el sujeto pueda reconocerse en una imagen unificada de sí mismo, investida libidinalmente, que le otorgue consistencia y valor. Sin embargo, este proceso depende de condiciones estructurales: fundamentalmente, de que el Otro (figuras parentales) haya ofrecido una mirada que unifique, nombre y valore ese cuerpo.

Cuando esto falla —ya sea por miradas descalificantes, exigencias de perfección, inconsistencias afectivas o intrusiones— el cuerpo puede no llegar a constituirse como una superficie integrada y habitable. En lugar de ser soporte del yo, deviene un lugar de conflicto. 

Fenómenos clínicos característicos

Las fallas en este nivel se manifiestan en una serie de fenómenos que, aunque pueden parecer heterogéneos, comparten una misma lógica estructural:

1. Extrañeza o rechazo corporal. El sujeto puede experimentar su cuerpo como ajeno, defectuoso o incluso monstruoso. No se trata de una simple distorsión cognitiva, sino de una certeza vivida, muchas veces impermeable a la argumentación. 

2. Fragilidad narcisista extrema. La autoestima no se sostiene de manera autónoma, sino que depende fuertemente de la mirada del Otro. La falta de reconocimiento, el desinterés o la distancia afectiva pueden desencadenar verdaderas caídas subjetivas. 

3. Oscilaciones entre idealización y desvalorización. El cuerpo puede ser objeto de intentos de idealización (cirugías, dietas extremas, control estético), seguidos de vivencias de fracaso absoluto. No hay mediación posible: o perfección o desecho. 

4. Conductas de regulación del cuerpo. Aparecen prácticas como vómitos, consumo de sustancias, evitación del espejo, descuido extremo o, por el contrario, hipercontrol. Estas conductas no deben leerse solo como síntomas conductuales, sino como intentos de tratar un malestar estructural con el cuerpo

5. Dependencia del Otro para la consistencia subjetiva. El cuerpo y el valor propio quedan subordinados a un Otro significativo (pareja, familia). Cuando ese Otro falla, el sujeto pierde consistencia, lo que puede llevar a angustia intensa, acting outs o retraimiento.

¿A qué se deben estas fallas?

Estas manifestaciones no son contingentes, sino que remiten a condiciones específicas en la constitución subjetiva. 

Cuando el niño no es mirado como valioso, o es mirado bajo una lógica de exigencia, crítica o descalificación, la imagen corporal no se consolida como fuente de unidad y valor.

Ambientes donde el error no es tolerado tienden a producir sujetos que no pueden investir libidinalmente sus producciones ni su cuerpo, ya que todo lo que no alcanza un ideal es vivido como fallido.

Situaciones donde el Otro es excesivamente invasivo o, por el contrario, ausente o impredecible, dificultan la estabilización de una imagen corporal coherente.

Cuando ciertas experiencias no logran ser ligadas simbólicamente, el cuerpo queda como lugar de inscripción directa de la angustia.

En estos cuadros, el problema no radica en “cómo el sujeto se ve”, sino en que no hay un cuerpo suficientemente constituido como soporte del yo. Por eso, las intervenciones clínicas no pueden limitarse a cuestionar creencias o interpretar significados ocultos, sino que apuntan, en primer lugar, a construir condiciones de habitabilidad del cuerpo y de sostén narcisista.

Un caso

 Particimos de un caso: mujer de 48 años, cuyo eje central del caso es una subjetividad organizada por la mirada y el valor. Hay un hilo que atraviesa todo: “Soy horrible”, “Soy inútil”, “No soy nada”, “Soy un gasto”, “Soy un cero a la izquierda”. Esto no es solo autoestima baja, sino una posición subjetiva de desecho, fuertemente ligada a la mirada del Otro y al valor en relación al deseo del Otro. La paciente no tiene consistencia propia si no está sostenida por el deseo de su pareja.

En su historia encontramos una escena donde su madre tira su dibujo “porque no es perfecto”. Habitualmente, esta madre corregía las tareas ya corregidas por el docente. Refiere varias escenas de humillación y exigencias de perfección por parte de esta madre. La lógica resultante es “Si no es perfecto, no vale, es desecho”.

La paciente no terminó el secundario, no trabaja formalmente (es ama de cjasa). El tratamiento logra llegar a ciertos puntos de estabilización con algunas actividades que la paciente va realizando,donde hay algo en común: aparece un hacer propio, separado de Fernando. El problema es que eso nunca se sostiene, porque rápidamente vuelve la lógica de “No me va a salir”, “Soy una inútil” Y se cae.

En cierto momento ocurre un fuerte movimiento de descompensación fuerte, casi bordeando lo psicótico en relación al cuerpo (aunque no necesariamente estructura psicótica). El analista, quien reconoció haber estado agotado (Nota: el agotamiento del analista es un buen punto a desarrollar), no logró sostener la transferencia y alojarla en un momento crítico, aunque muchas de sus intervenciones a lo largo de tres años lograron alojarla. No obstante, si el Otro falla, ella se cae; Y cuando se cae, se retira.

En en el trabajo de SUPERVISIÓN que se elabora esta pregunta: ¿Cómo operar cuando con sujeto con un cuerpo no simbolizado? Porque más allá de la dependencia extrema al Otro, estos casos muchas veces tienen riesgo autodestructivo (alcohol, vómitos, ideación).

Quehacer del analista

Como hemos hecho muchas veces, veamos primero qué evitar especialmente:

❌ Interpretaciones sobre el deseo inconsciente en momentos de crisis.
❌ Cuestionar directamente su percepción corporal
❌ Intervenciones que la dejen sola frente a decisiones (ej: separación)
❌ Exceso de derivación médica sin sostén transferencial
❌ Confrontaciones del tipo “eso no es así”

La regla de oro es bajar el nivel de interpretación clásica del tipo “¿quién la ve así?”, “eso viene del Otro”, tampoco confrontar al paciente con “eso no es así en la realidad”. Esto suele producir rechazo, cierre o vivencia de intrusión. ¿Por qué? Porque el problema no es un sentido reprimido, sino una falla en la constitución.

Entonces: menos desciframiento y más construcción.

Cuando el cuerpo no está simbolizado, el trabajo no es interpretarlo, sino bordearlo. Estamos en el terreno de las "intervenciones de borde".

Ejemplo clínico con la paciente del caso. Ella dice “Soy deforme”. En lugar de cuestionar eso, se podría intervenir así: “Eso aparece sobre todo cuando estás mal con tu pareja”, “Ahí tu cuerpo se vuelve imposible de habitar”

Con este tipo de intervenciones, no se discute la certeza, pero introduce condiciones de aparición para que el paciente empiece a recortar el fenómeno.

En estos casos, es muy importante localizar desencadenantes (más que causas). No ir a “por qué sos así”, sino a cuándo aparece. En el caso que vimos era clarísimo que la distancia con la pareja le ocasionaba una caída narcisista y la vivencia del cuerpo monstruoso. Intervenciones posibles serían: “Cuando él se aleja, esto se intensifica”, “Ahí es donde más te cuesta estar en tu cuerpo”. Esto va armando un pequeño orden donde antes había caos.

Otro aspecto central es la construcción de apoyos narcisistas. Estos pacientes no tienen sostén interno suficiente, entonces hay que ayudar a construirlo. Pero ojo: no desde lo motivacional (“vos podés”), sino desde lo clínico. Ejemplo: cuando aparecen actividades que ayudan a la paciente, en vez de dejarlo pasar o solo celebrarlo, se puede intervenir “Ahí hay algo tuyo que funciona”, “Eso no depende de tu pareja” ó “Ahí no sos un desastre”. Esto inscribe una excepción a su lógica de inutilidad.

En los casos donde el Otro aparece de manera muy determinante, se pueden realizar intervenciones que "separan sin romper". Apuntamos a una separación simbólica, no conviene ir a “tenés que separarte” ó “es una relación tóxica”, porque eso puede desorganizar más. No obstante, el analista puede marcar la función que cumplen los otros del paciente. Ejemplos: “Cuando él no está, todo se te cae”, “Es como si él sostuviera algo en vos”, “Pero al mismo tiempo eso te hace depender demasiado”. Esto introduce una lectura sin exigirle que renuncie.

El trabajo con el cuerpo en estos casos no es con su imagen, sino habitabilidad. El objetivo no es que la paciente “se vea linda”, la brújula apunta hacia algo mucho más básico: que pueda habitar el cuerpo sin angustia extrema. Buscamos pequeñas consistencias, microarmados, no grandes cambios, sino cosas como sostener una actividad, ir a un lugar o mantener un hábito. Todo eso, al ser marcado, construye el yo.

En estas presentaciones, la regulación de los acting outs no van por el lado de la moralización, sino por su lectura funcional. ¿Cuándo aparecen?

¿Qué podemos decir sobre la transferencia? En estos casos, el analista no es solo intérprete, es también un punto de apoyo narcisista. El punto, sin embargo, es que el analista no se vuelva un salvador o garante total. El analista debe organizar, cuando no simplemente alojar. Si pudiéramos dar una fórmula clínica, en esta ocasión sería: menos verdad, más sostén; menos interpretación, más localización; menos profundidad, más consistencia.

lunes, 9 de marzo de 2026

¿Qué hacer en la clínica ante un paciente en estado de urgencia?

 Si un paciente entra en un estado de “urgencia subjetiva” puede padecer ataques de angustia, momentos de mutismo, inhibición extrema, perplejidad, episodios de excitación psicomotriz e impulsividad, actings outs y/o pasajes al acto. 

 
En estos momentos, la asociación libre y la interpretación no resultan clínicamente eficaces...

Entonces, ¿qué hacemos?


1. “Tomar de la mano, para no dejar caer” – Jacques Lacan

Nuestra labor es hacerle notar que estamos ahí para él. 
Ofreceremos una relación humana, previsible y confiable que haga, al decir de D. Winnicott, de “holding” -sostén-, que promueva la integración del Yo que se ha desmembrado momentáneamente.



2. “Frente al no hay tiempo, el analista propone: hay todo el tiempo” – Inés Sotelo

Ante la urgencia, debemos ser pacientes. Como analistas, apostaremos a brindar un tiempo para que el paciente pueda desplegar aquello de lo que padece, para que emerja el sujeto y pueda armar una trama propia. 


3. “¿Por dónde comenzar?”

En un primer tiempo, no nos centramos en el episodio que desató la urgencia porque allí hay un agujero, una falta de palabras que el paciente -en principio- no podrá tramitar a nivel de lo simbólico.
Nuestra apuesta será hablarle de otros aspectos de la vida, con la finalidad de ir reconstruyendo la realidad psíquica, las representaciones de su mundo, que abruptamente se han roto.



4. “La subjetivación de la urgencia”

La situación que suscita la urgencia irrumpe como algo del orden de lo ajeno. El desafío será que el sujeto que padece, haga el pasaje de esta extrañeza que lo embarga a un sentir que lo implique como propio. 
Para esto, le explicaremos al sujeto que existe una causa que desató la urgencia subjetiva. Lo haremos partícipe -porque así se lo comunicaremos- de que vamos a intentar, por un lado, comprender aquello que le ocurre y, por el otro, descubrir el por qué de aquello que siente de manera tan aguda y profunda.



5. “Del acto a la palabra”

El trabajo analítico supone re-orientar al sujeto al marco de la palabra, en muchas oportunidades creando nosotros como analistas la propia maqueta de dicho marco. Así, se podrían realizar intervenciones del tipo: “cuando te aparezca la idea de lastimarte, me llamas”. 

Seremos nosotros a través de nuestra función mediatizadora, quienes pongamos un tope simbólico, un borde al des-borde. 

Ricardo Seldes plantea que “el analista interviene de modo tal que un pasaje al acto pueda transformarse en un acto fallido”.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Las impulsiones del ello: ¿Cómo opera el analista para introducir un límite? Teoría y práctica.

En psicoanálisis tenemos bastante información sólida dentro de Freud y de Lacan sobre la relación entre el ello (Es) y el inconsciente (Unbewusst), especialmente respecto de qué función tiene el inconsciente en limitar, transformar o “cifrar” los impulsos del ello.

Veamos una elaboración conceptual útil para nuestro trabajo, y luego una articulación con la pregunta específica: cómo el cifrado inconsciente limita al ello.

Tras la segunda tópica, Freud diferencia claramente el ello como lo más ajeno al yo. El ello es totalmente pulsional, pasional, caótico, regido por el proceso primario. No conoce contradicción, tiempo, negación ni realidad. Su objetivo, bajo el principio de placer, es descarga inmediata.

En Inconsciente, en cambio, no es una región pulsional, sino un sistema regido por leyes de representación. Se forma por representaciones reprimidas y no es simplemente “lo pulsional”: es lo pulsional ya tomado por la inscripción significante. Aquí encontramos las leyes que lo regulan: desplazamiento, condensación, figurabilidad…

¿Cuál es la Relación entre ambos?

  • El ello es fuente de las exigencias pulsionales.

  • El inconsciente, en cambio, es una estructura de lenguaje que liga, transforma, desplaza, simboliza, y por eso mismo opera límites sobre el empuje del ello.

Freud lo dice en El Yo y el ElloUna gran parte del ello es inconsciente, pero no todo lo inconsciente es ello.. De manera que podemos pensar, desde el primer eaquema del peine, que en el aparato psíquico hay zonas que no tienen marca. 

Con los pacientes cuya presentación son las impulsiones, estamos frente a un problema fino: ¿cómo el inconsciente “cifra” y, por lo tanto, limita los impulsos del ello?

En Freud esto aparece disperso, pero hay dos textos clave:

Uno es “La represión” (1915), donde dice que la represión no elimina el impulso, sino que lo obliga a transformarse en formaciones sustitutivas, lo obliga a buscar rodeos, y lo sujeta a la figuración según reglas de la representación inconsciente. Es decir: la estructuración significante es ya un límite a la pulsión bruta.

El otro texto, del mismo año, es “Lo inconsciente”. Allí Freud dice que el inconsciente funciona como una “censura estructural” que admite ciertas transformaciones, prohíbe accesos directos e impone a la pulsión un modo de existir (fantasmático).

De todo esto se desprende que los afectos pueden ser refrenados por el pensamiento,es decir, por la elaboración representacional inconsciente. Para la técnica, nos interesa esta distinción más útil clínicamente:

El ello empuja → el inconsciente liga.

Lo que viene del ello son pulsiones parciales, cantidad libidinal, empuje (drang) sin forma.

Lo que hace el inconsciente es construir representaciones donde alojar el empuje, litoraliza (inscribe bordes), cifra (transforma la cantidad en calidad representacional), crea destinos (síntoma, sueño, acto fallido, fantasma), e introduce diferimiento, rodeos, cortes.

Por eso Freud afirmará que el inconsciente no es el caos pulsional sino su modo de inscripción. Y más aún, la represión origina el inconsciente: sin represión, solo habría ello.

Lacan: el inconsciente como discurso del Otro limita al ello

Con los aportes de Lacan, la diferencia se vuelve más nítida: El ello es el lugar del empuje pulsional, “eso que habla en el cuerpo”. El inconsciente, en cambio, es una estructura significante que no coincide con lo pulsional.

El inconsciente no expresa a la pulsión, sino que la deforma, la fragmenta, la cifra. Por eso Lacan puede decir que la pulsión: “gira alrededor del objeto”, no lo alcanza nunca: ese rodeo es el efecto del cifrado del inconsciente.

O sea, el inconsciente inventa trayectorias que impiden la descarga directa del ello. Sin inconsciente, habría automatismo pulsional, acting inmediato, sin mediación del fantasma. El inconsciente inconsciente introduce una escena, un rodeo, un montaje y un intervalo. Esto ya es un límite.

Volvamos a la pregunta: ¿cómo el cifrado inconsciente le pone un límite a los impulsos del ello? de distintas maneras:

  1. Transforma la energía en representación, en el sentido que lo que era pura cantidad adquiere forma y destino.

  2. Introducción del intervalo, de manera que entre impulso y acción aparece una trama significante que demora, desvía, confunde.

  3. Sustitución, porque donde el ello quiere “esto”, el inconsciente produce un “aquello”.

  4. Montaje fantasmático, que hace que la pulsión queda siempre subordinada a una escena.

  5. Censura estructural, porque si ciertas vías quedan prohibidas, la pulsión debe buscar desvíos.

  6. Alienación en el significante, donde el impulso se “desvanece” en el significante, pierde fuerza directa.

  7. Representación de la meta, que implica que la pulsión solo pueda moverse dentro de las posibilidades que el inconsciente le provee.

En suma, el inconsciente no reprime al ello desde afuera, sino que lo “reconfigura” al inscribirlo en una red significante que lo recorta y lo obliga a funcionar bajo otra lógica. Es la traducción, el cifrado y el montaje lo que limita.

De esta manera, resumimos que:

El ello empuja, el inconsciente estructura.
El ello exige, el inconsciente cifra.
El ello desborda, el inconsciente bordea.

Caso clínico

Varón joven. Conductas impulsivas y robos menores sin utilidad ni necesidad material; hostilidad frente a figuras de autoridad; dificultad para sostener normas. En el discurso encontramos pobreza de historización, escenas fragmentadas, vivencias sin contexto, tendencia al acto como modo privilegiado de resolución.

Desde la segunda tópica freudiana esto se lee como predominio del ello en su modalidad más directa y un escaso triunfo del inconsciente como red de representaciones que pudiera alojar o desviar el empuje pulsional.

La clínica muestra que cuando falta historización, la pulsión va al acto

Al finalizar una sesión, el analista advierte la ausencia de la historia clínica. Dadas las características del paciente, sospecha un robo

Pensemos en estas coordenadas: si el analista lo hubiera increpado desde lo imaginario (“¿Vos te llevaste la historia clínica?”), la respuesta del paciente habría sido otro acting, la desmentida, incluso una ruptura del tratamiento. Lo mismo si el analista hacía que "no pasó nada". ¿Qué opción queda allí?

En el contexto de un análisis, esto es un acting-out. Este punto es punto crucial: el analista no lo acusa, no interpela, ni moraliza. En la sesión siguiente dice simplemente: “Falta su historia.” Es una frase mínima, quirúrgica y abierta.

La frase, deliberadamente ambigua, no apuntaba al objeto robado, sino a un punto ciego del propio paciente. No se trataba de nombrar el acto sino de abrir un espacio para que algo del orden del relato pudiera advenir. El acto (robo) es un modo de manejo directo de la pulsión. La palabra “Falta su historia” introduce un intervalo, un vacío simbólico donde el impulso pierde su inercia inmediata.

El efecto fue inmediato. El paciente, sorprendido por la intervención, comenzó a hablar de un modo hasta entonces inédito. A partir de esa frase —“su historia”— emergieron fragmentos de escenas familiares guardadas en silencio: dudas sobre su filiación, secretos transmitidos a medias, versiones contradictorias sobre su origen y sobre el lugar que ocupaba en la constelación familiar. Aparecieron también relatos de infancias dispersas, mudanzas abruptas y vínculos inestables que nunca habían sido tematizados.

Podría decirse que la intervención operó como un freno significante que interrumpió la deriva hacia el acto. Allí donde antes sólo irrumpía la impulsividad sin mediación, comenzó a abrirse un espacio de traducción, de cifrado, de inscripción. El robo, que en apariencia remitía únicamente a una conducta antisocial, empezó a leerse como una forma de apropiarse de algo propio pero desconocido: una “historia” que él no tenía, que se la habían robado a él o que él no sabía que tenía.

En las semanas siguientes, este desplazamiento produjo un cambio clínico decisivo. El paciente comenzó a traer sueños, recuerdos sueltos, y a situar escenas del pasado de un modo más articulado. El impulso a robar —que solía presentarse como un empuje repentino— empezó a disminuir en frecuencia y en intensidad. No porque el analista lo hubiera moralizado, sino porque algo del orden del inconsciente había comenzado a inscribir lo que hasta entonces se presentaba como puro ello: una cantidad sin representación.

La intervención “Falta su historia” funcionó como un operador de cifrado: colocó un límite interno a los actos impulsivos al convocar al sujeto a producir una trama allí donde sólo había empuje. El paciente pudo, así, pasar de la descarga al relato, del acto al síntoma, del robo al descubrimiento de lo robado en su propia historia.

lunes, 15 de septiembre de 2025

Los desbordes pulsionales ¿Cómo opera el analista para producir un límite?

¿Qué hacer frente a un desborde pulsional en la clínica?

Los desbordes pulsionales se ven en la clínica de diferentes maneras. A través de: ataques de pánico, acciones impulsivas, autolesiones, compulsiones, consumos problemáticos y/o adicciones, acting out y pasajes al acto. ¿Qué podemos hacer ante estas presentaciones? ¿Cómo podemos intervenir?

Es muy importante, en principio, tranquilizar al paciente que se halla emocionalmente sobrepasado, introduciendo una pausa, una espera y una señal de paciencia. Le donaremos palabras para ayudarlo a que nos cuente aquello que le está ocurriendo.

También, deberemos evaluar el riesgo y la gravedad del caso. Es fundamental preguntarnos:

. ¿Hay un riesgo inminente para sí o para terceros?

. ¿Con qué recursos psíquicos cuenta el sujeto?

. ¿Requiere intervención psiquiátrica y/o médica?

. ¿Resulta conveniente contactar a su familia?

. ¿Cuál es la apoyatura social que posee?

¡Importante! Haremos uso, en un primer tiempo, de intervenciones activas.

De ninguna manera es recomendable el silencio, menos que menos, la mudez del analista. Por ese motivo, nos abstendremos de pedirle al paciente que asocie libremente, como así también de interpretar.

Las intervenciones eficaces: Para los desbordes pulsionales son propiciatorias las construcciones en análisis, alguna indicación y/o señalamiento.

Ejemplo: Si un paciente atraviesa un ataque de pánico, con la convicción de que se va a morir -descartadas causas orgánicas-, una intervención es señalarle: “No te vas a morir, esto que te ocurre es psíquico”

Introduciremos en la escena la noción de “causa”:

Le aclararemos al paciente que está así por algún motivo de su historia y/o un acontecimiento externo, que se irá construyendo en conjunto y con pausa. Intentaremos siempre la subjetivación de lo que al paciente le retorna como ajeno y extraño a su ser.


Le haremos notar -esto es fundamental- que estamos presentes para acompañarlo:

¿Cómo hacerlo?

. Expresando interés en su bienestar

. Ofreciendo que nos llame, incluso fuera de los horarios de la sesión

. Contactándonos si se ausenta a algún encuentro

. Comunicándonos con otros profesionales que le brinden atención (médicos, psiquiatras, etc.)

lunes, 23 de junio de 2025

Pacientes Actuadores: Compulsiones, Acting Out y Pasajes al Acto

 ¿Con qué nos encontramos de manera frecuente en la Clínica? 

Cada vez más, en tiempos actuales, nos hallamos con pacientes poco sujetados a las palabras y, en cambio, propensos a la acción desligada del lenguaje. 

Son pacientes que, si bien su estructura psíquica se ha configurado como neurótica, tienen al Ello Pulsional y al Superyó como instancias dominantes, con poca conexión con el Campo Castratorio -con la Ley-, que marca que todo no se puede -propio de lo inconsciente-. 

¿Cómo se los refiere en la vida cotidiana? 
El núcleo familiar y/o social de estos pacientes suele formular: 
  • “Son personas que actúan sin pensar”.
  • “No se les puede hablar”. 
  • “No entran en razón”. 
Estas expresiones toman sentido porque son sujetos muy impulsivos, que suelen ir de Acting en Acting por la vida, que arremeten con sus acciones, en ocasiones con ímpetu y furia, y tienen -en general- poco miramiento por el otro/ra. 

 
¿Qué caracteriza a las acciones impulsivas y/o compulsivas? 
  • Son acciones desligadas de la palabra. 
  • Expresan la obediencia del sujeto a mandatos superyoicos crueles e insensatos (a causa de la marcada tendencia masoquista del Yo). 
Los Pacientes que denominamos Actuadores no se encuentran atravesados por el síntoma en el sentido propio del término, en tanto no se interrogan por aquello que les ocurre, menos que menos se formulan la pregunta acerca de la causa de sus acciones. 

Por supuesto que son sujetos que sufren, más que nada por las consecuencias de sus acciones y hacen sufrir en demasía a quienes los rodean. 


¡¡Clave Clínica!! 
La Investigación Psicoanalítica iniciada por S. Freud demuestra que, en general, estos Sujetos Actuadores en tiempos tempranos de su vida tuvieron por parte del Otro de los primeros cuidados un alojamiento y protección precaria. No fueron ni sostenidos, ni escuchados suficientemente. 

Los Pacientes Actuadores han tenido un fracaso en el orden del amor y del deseo por parte del Otro de los primeros cuidados. 

Por este motivo, se situaron más como un objeto del Otro que como aquel que representa su Falta. Solo si el niño o niña le representa al Otro primordial su Falta, será merecedor de consideración, amor y escucha. 


Estos pacientes actuadores que se sitúan más en la cara Objeto (sombría) del Deseo del Otro (de los primeros cuidados), impiden que la Pulsión de Muerte -que es primera y primaria en el aparato psíquico- se ligue en proporción considerable con la Pulsión de Vida (Eros) y, entonces, se articule con la palabra. 

En consecuencia, la Pulsión de Muerte domina al sujeto actuador y, por este motivo, se expresará -primordialmente- con acciones impulsivas, y en ocasiones compulsivas, que pueden tomar la forma de Acting Out y/o Pasaje al Acto.

 
¿Qué-hacer del analista en el campo de las impulsiones y/o compulsiones? 
Estas acciones buscan, sin que el sujeto sea consciente de ello, dirigirle un mensaje a alguien (los padres, un semejante, el analista) que apunta a que le dé un lugar,  una escucha y  fundamentalmente una lectura. El analista entonces tratará de:
  • Armar un vínculo transferencial de confianza, ayudando con sus palabras a hacer un puente para que el paciente encuentre las suyas. 
  • Demostrar su preocupación por las acciones intempestivas, darle de manera explícita un lugar y le ofrecerá su presencia (con más sesiones o llamados puntuales). 
  • Transmitirle al paciente que tratará de entender y hacer una lectura de la causa del desorden que en este tiempo presente lo habita. 

miércoles, 3 de enero de 2024

Pacientes actuadores: La clínica de las compulsiones, el acting out y los pasajes al acto

Cada vez más, en tiempos actuales, nos encontramos en la clínica con pacientes poco sujetados a las palabras y, en cambio, propensos a la acción desligada del lenguaje.

Son pacientes que, si bien su estructura psíquica se ha configurado como neurótica, tienen al Ello Pulsional y al Superyó como instancias dominantes, con poca conexión con el campo castratorio -con La Ley, que marca que todo no se puede- propio de lo inconsciente.

¿Cómo se los refiere en la vida cotidiana?

El núcleo familiar y/o social de estos pacientes suele formular:
“Son personas que actúan sin pensar”“No se les puede hablar”“No entran en razones”

Estas expresiones toman sentido porque son sujetos muy impulsivos, que suelen ir de acting en acting por la vida, que arremeten con sus acciones, en ocasiones con ímpetu y furia, y tienen -en general- poco miramiento por el otro/ra.

Los pacientes que denominamos actuadores no se encuentran atravesados por el síntoma en el sentido propio del término, en tanto no se interrogan por aquello que les ocurre, menos que menos se formulan la pregunta acerca de la causa de sus acciones.

Por supuesto que son sujetos que sufren, más que nada por las consecuencias de sus acciones y hacen sufrir en demasía a quienes los rodean.

¡¡Clave Clínica!! La investigación psicoanalítica iniciada por S. Freud demuestra que, en general, estos sujetos actuadores, en tiempos tempranos de su vida tuvieron por parte del Otro de los primeros cuidados un alojamiento y protección precaria. No fueron ni sostenidos, ni escuchados suficientemente.

Los pacientes actuadores han tenido un fracaso en el orden del amor y del deseo por parte del Otro de los primeros cuidados.

Por este motivo, se situaron más como un objeto del Otro que como aquel que representa su falta. Sólo si el niño o niña le representa al Otro primordial su falta, será merecedor de consideración, amor y escucha.

Estos pacientes actuadores que se sitúan más en la cara objeto (sombría) del Deseo del Otro (de los primeros cuidados), impide que la Pulsión de Muerte -que es primera y primaria en el aparato psíquico- se ligue en proporción considerable con la Pulsión de Vida (Eros) y, entonces, se articule con la palabra.

En consecuencia, la Pulsión de Muerte domina al sujeto actuador y, por este motivo, se expresará -primordialmente- con acciones impulsivas, y en ocasiones compulsivas, que pueden tomar la forma de Acting Out y/o Pasaje al Acto.

¿Qué caracteriza a las acciones impulsivas y/o compulsivas?
✅Son acciones desligadas de la palabra.

✅Expresan la obediencia del sujeto a mandatos superyoícos crueles e insensatos (a causa de la marcada tendencia masoquista del Yo).

¿Qué-hacer del analista en el campo de las impulsiones y/o compulsiones?

Porque estas acciones buscan, sin que el sujeto sea consciente de ello, dirigirle un mensaje a alguien (los padres, un semejante, el analista) que fundamentalmente apunta a que le de un lugar y una escucha, el analista tratará de:
✅Armar un vínculo transferencial de confianza, ayudando con sus palabras a hacer un puente para que el paciente encuentre las suyas.
✅Demostrar su preocupación por las acciones intempestivas, darle de manera explícita un lugar y le ofrecerá su presencia (con más sesiones o llamados puntuales).
✅Transmitirle al paciente que intentará entender la causa, en tanto ella existe, del desorden que lo habita.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Pasar de las urgencias al tiempo del Psicoanálisis

Existe una diferencia entre el sujeto que está en urgencia y la emergencia del sujeto en la transferencia. No hay que confundir la urgencia subjetiva con la emergencia del sujeto. Urgencia es una terminología que viene del campo médico y alude a la irrupciónde algo que exije una intervención sin demora. A su vez, en psicoanálisis, el término emergencia se aplica en viscisitudes diversas del acontecer de un sujeto, a veces tan opuestas como podría ser la emergencia de lo real y la emergencia del sujeto. Para comprar este significante, vamos a centrarnos en la acción de emerger como algo que repentinamente aparece e introduce un cambio. 

Hay diversos acontecimientos en el devenir del sujeto que responden a qué acontece o de qué cambio se trata. 
- Por un lado, la emergencia de la subjetividad en los tiempos instituyentes, o sea, lo que llamamos la constitución subjetiva. 
- Por el otro, en la vascilación fantasmática puede haber algo que irrumpa la estabilidad del fantasma puede llevar a la demanda de análisis. 
- Otra emergencia es ante lo real de un goce, como en una pesadilla, donde hay algo de orden de lo siniestro, donde algo se despierta y nos despierta. La experiencia del doble, la sensación de despersonalización, locura, compulsiones, impulsiones autodestructivas, el miedo pánico, acting y pasajes al acto. A estos últimos Lacan les dedica una parte importante del seminario de la angustia, donde se pone en juego la emergencia de un real.
- Por último, la emergencia del sujeto en la transferencia.

¿Qué es lo que estos fenómenos diversos tienen en común? Algo del orden de un despertar. Hay distintos modos de despertar. Hay un cuento sufí que se llama El idiota en la gran ciudad. Este cuento, de pocas líneas, nos muestra qué es un desafortunado despertar.

Hay diferentes formas de despertar. Solo una es la correcta. El hombre está dormido, pero debe despertar en la forma correcta. Existe una historia referente, a un ignorante, cuyo despertar no fue correcto. Este idiota llegó a una gran ciudad y quedó confundido por la cantidad de gente que había en las calles. Temiendo que, si se dormía, al despertar no se encontraría a sí mismo,, en medio de tanta gente, ató un globo a su tobillo a fin de poder identificarse. Un bromista, dándose cuenta del hecho, esperó a que aquel se durmiese, sacó el globo y lo ató a su ropia pierna. También él se acostó a dormir en el piso de la posada, donde se detenían las caravanas. El tonto despertó primero y vio el globo. En un principio pensó que aquel otro hombre debía de ser él. Luego lo acometió gritando: Si tu eres yo, entonces quién, por el amor de dios, ¿Quién soy yo y dónde estoy yo?

El cuento dice que solo hay una manera correcta de despertar, ¿Qué significa? ¿De qué nos despierta una pesadilla? ¿Qué relación hay en el despertar del sueño en el que vive el neurótico en un análisis? Del lado del analista, ¿Qué responsabilidad le cabe de no quedarse dormido en una hipnosis al revés?

Pasar del tiempo de la urgencia al tiempo de un análisis equivale a decir pasar de la urgencia a la emergencia subjetiva. Este pasaje implica necesariamente la dimensión del tiempo. Los grandes ejes por donde vamos a hacer este pasaje al análisis -si es posible desviar un destino trágico- son es la dimensión temporal. La temporalidad echa luz respecto a la constitución subjetiva como a lo que acontece en el tratamiento psicoanalítico mismo, como así también la falla que se produce en el tiempo de las urgencias subjetivas.

Los ejes de los que nos vamos a ocupar son 
- El tiempo en psicoanalálisis.
- El tiempo de las urgencias subjetivas.
- El tiempo de la emergencia del sujeto en la transferencia.

La falla del tiempo de la urgencia subjetiva es muy particular. Por el lado de la urgencia del sujeto, éste está afectado por la prisa, que lo impulsa a realizar acciones precipitadas, en las que a veces acecha un riesgo de muerte. La dimensión temporal también afecta al analista, porque éste está apremiado a no abolir un tiempo de comprender. Esa abolición propia que se manifiesta en los actings o en el pasaje al acto. Por el contrario, tiene la urgencia de producir una intervención eficaz que interrumpa una acción precipitada. El analista tiene que introducir un intervalo, una pausa, que tiene que ver con los tiempos lógicos.

Veamos la eficacia de una pausa en un caso. Una mujer se presenta espontáneamente a una guardia de emergencia "Necesito urgente hablar con alguien. Tuve un sueño: mi madre, que está muerta, estaba parada al lado de mi cama. Me venía a buscar. Le pedí que nome llevara. ¿Usted cree que estoy loca? ¿Qué hago si esta noche vuelve a buscarme?". La entrevista constituyó una pausa, con la posibilidad de ponerle palabras a sus miedos. La paciente comenta que esa noche durmió con la radio encendida y que cuando se despertó, en ese momento de duermevela entre el sueño y la vigilia, escuchó una voz que decía "shhh... Mamá está durmiendo". Voces, tnto esta como la de la radio, que permitieron interceptar la voz de la muerte.

El tiempo en psicoanálisis
Freud se interesó por la tragedia griega moderna y probablemente fue donde él advirtió que se iniciaba el drama moderno, que es el del sujeto y su acto. Es un drama que continúa hasta nuestros días, y que Freud desarrolla con Hamlet y la postergación de su acto. El drama moderno se desarrolla en un puro presente y eso es lo paradigmático de la conciencia moderna del tiempo. Este tiempo puro presente es donde se sitúa el drama de las urgencias subjetivas. Es el tiempo de la pura e imperiosa necesidad de demanda de satisfacción. A partir de conciencia moderna de tiempo, Freud hace un aporte fundamental, cuando acuña el concepto de inconsciente.

Antes de Freud, el inconciente era un término utilizado, pero la novedad de Freud fue la cuestión del tiempo. Freud introduce una lógica temporal que a su vez tiene consecuencias teóricas y prácticas. El tiempo se constituye como articulador, una bisagra presente en temas escenciales del psicoanálisis, ya sea por la lógica de la atemṕoralidad del inconsciente, la de los dos tiempos del trauma y su resignificación por retroacción, o por los tiempos de la constitución subjetiva, o por la temporalidad del fantasma, o por los tiempos de un análisis.

Recordemos que desde las primeras elaboraciones freudianas sobre el aparato psíquico, con la complejización de los sistemas que lo integran, se inaugura una nueva temporalidad y espacialidad, distinta a la del pensar consciente. En un primer momento de la teoría freudiana, se sitúa el escalonamiento del tiempo de las transcripciones y retranscripciones, que se van encadenando en la medida que las huellas mnémicas pasan de un sistema a otro, constituyendo una estratificación de la inscripción de lo psíquico. Es decir, ahí Freud sitúa el trauma y sus transcripciones como modos en los que el aparato psíquico procesa los estímulos, al desviar el proceso excitatorio; complejizándolo al someterlo a la estratificación del lenguaje.

Esos niveles de estratificación, en la clínica de las urgencias, comienzan a fallar. En términos freudianos, ¿qué sería intervenir desde la teoría de la estratificación del aparato psíquico? Inhibir esa descarga masiva y propiciar la complejización de los niveles intermedios por la vía de sucesivas transcripciones de lo trumático, que en definitiva permitirían alojar el discurso.

Posteriormente, Freud aporta en Más allá del principio del placer (1920) con los sueños de las neurosis tramáticas, los sueños de angustia, la reacción terapéutica negativa. Aquí Freud descubre otra faceta del deseo inconsciente: la del resto traumático no ligado. Se trata de un núcleo real pulsional más allá del placer y en este sentido, no se articula metafóricamente. Su temporalidad no es la de la historización. Veamos otra viñeta para ubicar esta dimensión de lo puramente actual del trauma.

Una mujer se presenta en la guardia de emergencias, sumamente angustiada, desbordada por una situación de acoso laboral que venía padeciendo. Por haber hecho una demanda judicial, padecía de permanentes amenazas. La torturaban con menajes anónimos y la trataban de loca. El tratamiento duró durante el juicio, hasta que logra demostrar ese acoso laboral. Ese tiempo con aquella situación persecutoria transcurría puramente en el presente. La pura actualidad del trauma, sin posibilidad de articularlo con su historia. El hecho traumático le causaba trastornos del sueño, se enfermaba, faltaba a las sesiones, tomaba ansiolíticos... Más allá de la realidad del acoso, hay que destacar que había un plus, un goce cuando ella describía a sus acosadores con todo lujo de detalle. 

Recién cuando la pericia psiquiátrica a la que tuvo que someterse por el juicio demostró que no estaba loca, es cuando aparece un recuerdo de su infancia. Ella, escondida, había escuchado a su madre peleando con su padrastro, que era policía. Escuchaba que su madre le decía "Mirá que sé cosas y que puedo hablar". Éste respondió "No te van a creer, van a decir que estás loca".

La emergencia del sujeto en relación a la constitución subjetiva
La función de la angustia en Freud y Lacan nos va a aproximar a la emergencia del sujeto en tiempos instituyentes. Para Freud y lacan, la angustia tiene un valor fundamental en esta instancia.

Para Freud, la angustia es clave en la neurosis y alude, en los comienzos del psiquismo, a la pérdida del objeto. También Freud la ubica como una señal, un aviso o una alarma fundamental para la conservación de la vida. Hay otra angustia, la automática, que son las manifestaciones corporales del ataque de pánico. Los ataques de pánico son un frecuente motivo de consulta, hablando de la emergencia subjetiva, donde hay escasa simbolización y nos recuerda a lo que recién vimos sobre la actualidad del trauma, de un tiempo que no pasa.

Lacan hace una relectura sobre la angustia descripta por Freud. Debemos referirnos a los tiempos del fantasma. En el seminario X, Lacan ubica a la angustia ante la castración del Otro. De esta manera, contribuye a la construcción del fantasma en la neurosis. En este proceso, hay un escalonamiento en tiempos, que van desde el tiempo mítico de la completud o de goce de la primera vivencia de satisfacción. Esto lo vemos en uno de los esquemas sobre la constitución subjetiva que aparece en el seminario de la angustia.
A ese tiempo, le sigue el surgimiento de la angustia ante la castración del gran Otro, con lo cual se produce la confrontación con el deseo del Otro, que se plasma en un interrogante inquietante: ¿Qué me quiere el Otro? Por último, la urgencia ante esa inquietud es taponar la falta con el objeto del fantasma. Esa angstia es la que habilita el tercer tiempo, que es el tiempo del deseo. Esta angustia no es una señal de alarma, como la concebía Freud, sino que es una angustia que señaliza la vía al objeto causa del deseo. Esa señal se ubica en una dimensión temporal que Lacan la define como tiempo de espera. Implica que el sujeto, ante la castración del Otro, hay una demanda que supone su propia desaparición. A esa demanda, a la que el sujeto se ve confrontado, Lacan la denomina fantasma de suicidio. 

En el seminario X aparece escalonados los términos de inhibición , síntoma y angustia. Hablar del fantasma en la constitución subjetiva es situar el fantasma de suicidio en el origen del sujeto y que Lacan lo ubica en el mismo lugar que el pasaje al acto.
Como vimos antes, el fantasma es ese tiempo en el que se inaugura la dimensión deseante, cuando la carencia del Otro le pide al sujeto posicionarse como objeto perdido. Esta demanda se plasma en una salida de escena: perderse para tener un lugar en el deseo del Otro. Para entenderlo mejor, recurramos al ejemplo que da Freud del niño pequeño que un día decide hacer su valijita para irse de su casa, poniendo a prueba el lugar en el deseo del Otro. Esta escena es bastante frecuente en los niños. Lo terrible es cuando el sujeto adulto recuerda haberse escondido en un ropero y haberse quedado dormido hasta el día siguiente sin que nadie hubiera notado su falta. Vemos por qué el fantasma de suicidio está en el mismo lugar del pasaje al acto.

Lacan va a marcar que en la angustia no se trata de la falta del objeto, como Freud lo planteó, sino al contrario. La angustia que se enmarca en el fantasma es cuando falta la falta. Así, el terror de ese sujeto que de niño se escondió y nadie lo buscó ni notó su falta. Es importante esta operación de constitución subjetiva, porque nos permite comprender la emergencia del sujeto en tiempos instituyentes. Goce, angustia y deseo se escalonan en el tiempo y así el sujeto se debate en una imposibilidad estructural, porque por una lado debe aceptar la pérdida del mítico objeto de goce; por el otro, esperar el reencuentro con el objeto. Esa es la imposibilidad estructural que al no ser reconocida como tal, es la que lleva a la impotencia neurótica. ¿De qué manera? Por lo que se juega entre el ideal del yo y el yo ideal. Hay una tensión por la cual el yo ideal se la pasa añorando aquel tiempo pasado que fue mejor, mientras el ideal del yo es el que le señala el camino de los ideales. La importencia neurótica es porque se debate entre estos dos tiempos imposibles y la experiencia de un análisis permite poder virar hacia esto que por estructura no es posible. 

Ante esa impotencia neurótica, también puede ser necesario morir en el intento, como sucede en los pasajes al acto, que sucede cuando esa tensión entre el ideal del yo y el yo ideal se corta por alguno de sus extremos. Por el yo ideal, se corta por el lado de la melancolía; por el lado del ideal del yo se corta por el lado de la exaltación maníaca de los ideales. 

Albert Camus se hace una pregunta en El mito de Sísifo por el sentido de la vida. En la filosofía del absurdo, hay una afinidad con el psicoanálisis en relación al concepto de angustia y ante el despertar. El tema del ensayo de Camus es la relación entre el sentimiento del absurdo de la vida, ese sentimiento de vacío existencial y el suicidio como una de las salidas a ese sentimiento. 

El mito de Sísifo se refiere a cuando él fue condenado por los dioses debido a su astucia a quedar ciego y a subir una piedra a la montaña. Cada vez que él llegaba a la cima, la piedra se caía y él bajaba y volvía a subirla. Camus se pregunta si ese absurdo del sentido de la vida impone la muerte. ¿Cuál es el primer signo de absurdidad? -se pregunta. Lo define así: cuando se define así:

ese singular estado del alma en el cual el vacío se hace elocuente, en el que la cadena de los gestos cotidianos se rompe, en el cual el corazón busca en vano el eslabón que la reanuda, entonces es el primer signo de la absurdidad.

Habla de las decoraciones que se derrumban, una escena que no se sostiene más. habla de una cadena, que para nosotros es la cadena significante que se interrumpe y llega a la conciencia del vacío, de la nada, de un instante existencial de descubrimiento del absurdo. Es un despertar que él lo asocia a la náusea de Sartre: el malestar ante la inhumanidad del hombre. Estas mismas ideas son las que al propio Camus lo llevaron al borde del suicidio. Camus, como Sísifo, termina haciéndose cargo de esa condición de la existencia y este ha sido un punto de inflexión en su vida. El mito de Sísifo es un testimonio de su despertar, que lo formuló así: 

(...) el movimiento de la conciencia. Lo despierta y provoca la continuación. La continuación es la vuelta inconsciente a la cadena, o el despertar definitivo. Al final del despertar llega, con el tiempo, la consecuencia: suicidio o restablecimiento. 

Él se pregunta:  ¿Habrá que morir voluntariamente o esperar a pesar de todo?

Hace una serie de elaboraciones en donde va recorriendo la filosofía de distintos autores, en donde él hace su planteo singular. Con su respuesta, él elige adherir a esperar. Lacan, como vimos, define a la espera como aquello que habita a la angustia, en lugar de desesperar. Camus dice que si la desesperanza nos impulsa a hablar o a razonar y sobretodo desemboca en la escritura, se establece una fraternidad. Los objetos naturales se justifican, nace el amor.

Es este razonamiento el que lo llevó a su apuesta por el amor y la escritura, que le valió el premio Nobel. Escritura y amor son dos condiciones para la emergencia del sujeto en la transferencia. Es decir, para pasar a nuestra pregunta del pasaje del tiempo de la urgencia al tiempo de un análisis.

El tiempo de la emergencia del sujeto en la transferencia
Desde la comunicación de la regla fundamental, se trata de una demanda que se le dirige al analista, quien está como soporte de aquel objeto mítico de goce perdido. El deseo del analista va a ser un elemento esencial en el manejo de la transferencia sin el cual no va a haber eficacia analítica. 

En el primer tiempo del despliegue de la transferencia se transita por la demanda, la que se presenta apartada de lo real pulsional. este tiempo es el de la transferencia imaginaria, de alienación a la demanda de amor. Será el deseo del analista el que apunte a despejar ese real pulsional como un movimiento hacia la verdad del goce y hacia la caída del sujeto supuesto saber.

Luego viene el tiempo del acto analítico, que va a promover el advenimiento del sujeto, por tanto también de los efectos del inconsciente. En este sentido, podemos recordar el aformismo de Lacan de "Allí donde yo era, el sujeto debe advenir", que da cuenta de este movimiento donde emerge el sujeto en la transferencia y que se corresponde con la producción del discurso del inconsciente.

En el seminario VII de La ética, Lacan hace una advertencia a los analistas ansiosos y omnipotentes
¿de qué desean Uds. curar al sujeto? No hay duda de que esto es absolutamente inherente a nuestra experiencia, a nuestra vía, a nuestra inspiración – curarlo de las ilusiones que lo retienen en la vía de su deseo Y, después de todo, esas ilusiones aún cuando no entrañasen en sí mismas nada respetable, es todavía necesario que el sujeto quiera abandonarlas.

Lacan nos dice que a veces no es posible el pasaje de la urgencia al tiempo de un análisis. Es cuando el analizante está retrasado respecto a ese goce traumático que lo tiene retenido. Está instalado en una paradoja de una búsqueda de saber y sin embargo, está dormido, no queriendo despertar a la verdad del goce.

Del lado del analista, nos advierte que el desconocimiento del manejo del tiempo puede condicionar la producción de actings y de pasajes al acto. En este sentido, son importantes los desarrollos de Lacan sobre los tiempos lógicos y que él desarrolla en El tiempo lógico y el aserto de incertidumbre anticipada. Esto permite entender la lógica que hay en el tiempo del aserto subjetivo en la constitución del fantasma, así como la que rige en la dirección de una cura. Se trata de una lógica que tiene tres momentos:
- Instante de ver.
- Tiempo de comprender
- Momento de concluir
En ese texto, Lacan redacta una experiencia donde demuestra esa lógica, poniendo énfasis en la función de la prisa. Intenta demostrar que no es posible permanecer en suspenso, que hace falta en algún momento concluir con el tiempo de comprender. 

El caso es el planteo que le hacen a tres sujetos que están en la cárcel, a los que le ponen en la espalda un papel que no ven y que dice si es blanco o negro. Más allá de la lógica del cálculo, lo que nos importa es que aquel que sepa deducir con rapidez cuál es su color, saldrá en libertad. Aquí vemos algo de la prisa, que supone un tiempo. Cada prisionero se pregunta si es negro o blanco.

La lógica de la que nos habla aquí Lacan es la del acto, que define como acto de concluir en el aserto subjetivo, como certidumbre que se anticipa, es la prisa del acto que Lacan describe como "un demasiado pronto para que no sea demasiado tarde". El que no se mueva con esa rapidez, no va a obtener la libertad. "¿Qué soy, quién soy" es la pregunta del idiota que vimos del cuento sufí y que fracasa en el acto de concluir. Por eso, vemos que en las urgencias, la prisa del acto no funciona. La prisa de las urgencias y su tendencia a las actuaciones no es un demasiado pronto para que no sea demasiado tarde. En esta prisa, hay un empuje a la acción precipitada, que es muy distinta a la prisa presente en el origen de la constitución subjetiva, que guía a la angustia pra concluir el tiempo de comprender quién soy en el deseo del Otro. 

La lógica temporal, en algunas situaciones de urgencia, no coincide con esa lógica del aserto subjetivo. 

Por ejemplo, en el miedo pánico hay un modo de anticiparse en el tiempo a una vivencia de amenaza de derrume, por eso dicen "Algo malo me va a pasar". Se trata de una huída hacia el futuro, de un pasado donde algo aconteció. 

Otro ejemplo es el de las melancolizaciones. Cuando el sujeto queda detenido en el tiempo de un duelo, quiere detener el tiempo de la vida. Estancamiento en un presente, regido por un goce en extremo mortífero. 

En las impulsiones, su tiempo es cuando el agujeto de lo traumático no cesa de no incribirse. El sujeto no admite el tiempo de la espera, las pulsiones se desatan con violencia, tanto hacia si mismo como hacia el prójimo. Aquí, la dimensión del tiempo es de un pasado clausurado, en un pasado que no se dialectizó y que empuja al sujeto fuera de la ecena. 

Metafóricamente, podemos decir que no cicatrizó la herida. A veces el análisis logra una sutura. Otras veces, no. No se trata acá de la angustia, ya que eéta se mueve de manera atemporal, propia de la expectación. En ella se juega la función de la espera. En el origen de la constitución subjetiva, angustia y fantasma están enmarcados: el fantasma enmarca a la angustia. Cuando se desarma la ficción del fantasma, la angustia es ese tiempo de desconcierto, donde el sujeto se pregunta qué le está pasando, quién es o qupe quiere. Este puede ser el tiempo u ocasión de demanda de análisis, si más allá de esa perplejidad inicial se atreve a preguntarse con lo que la angustia le va a señalar respecto de la causa. Recordemos el mito de Sísifo que hace Camus.

La clínica de la urgencia nos muestra un sujeto que está identificaco a un objeto en su borde más real, donde los objetos de la pulsión dejan de estar articulados metafóricamente en el fantasma y se transforman en urgencias pulsionales.

Es fundamental que el analista maneje el tiempo en la transferencia y que trate de construir un puente desde el presente angustioso del sujeto en culta, hacia el pasado traumático, con un futuro. 

El caso "Boca de muñeca" que aparece en el libro Clínica de las emergencias, habla de Norita, quien está deprimida con numerosas internaciones, algunas por intento de suicidio. Se trata de la víspera de Noche Buena. Le anuncia a la analista que tiene miedo de quedarse sola.
No se quede sola, quédese con sus hijos le dice la analista.
Es que los voy a matar y me voy a matar —responde.
Analista en urgencia. Hay que poner a jugar la prisa de intervenir, poniendo pausa en la prisa de la urgencia por concluir, que se saltea ese tiempo de comprender. La analista le pregunta por qué los va a matar.
—Para que no sufran.
No es tiempo para que la analista encarne el objeto causa, interpretando en la línea del sentido, sin que por ello ocasione un efecto siniestro: el de redoblar su fantasma de desaparición.
¡Qué extraña expresión de generosidad, la suya! —interviene la analista.

Esta intervención logra tocarla y el goce mortífero se desvía. En el seminario XXIV, Lacan dice:
Si ustedes son psicoanalistas, verán que es el forzamiento por donde un psicoanalista puede hacer sonar otra cosa que el sentido. El sentido, es lo que resuena con la ayuda del significante. Pero lo que resuena, eso no llega lejos, es más bien flojo. El sentido, eso tapona.
Compulsión a la repetición que impide la extinción del síntoma. En este caso, no era el momento de hacer una interpretación en la línea del sentido. 

El idiota
Para concluir con el tiempo de comprender, volvamos al cuento sufí "El idiota" y a su pregunta: ¿Quién soy yo y dónde estoy yo?
Solo hay una manera correcta de despertar, que no es precisamnte la del idiota. En primer lugar, vamos a centrarnos en el significante idiota, haciendo un brevísimo análisis del origen y la evolución del término. 
En la Edad Media, aludía al ciudadano que no se interesaba por los asuntos públicos y que solo se ocupaba de si mismo. 
En el siglo XVII, la psiquiatría pasó a considerarlo un término que nombra al enfermo mental. 
Desde el siglo XIX, ya se le dio un uso despectivo como insulto.

Hay algo que permanece en todas las acepciones, que es la deconexión respecto del Otro social. ¿Qué es globo para el idiota del cuento? Que está encerrado en su goce particular, autoerótico, masturbatorio y no accede a su representación: esa que en el caso de los prisioneros opera para arribar al aserto subjetivo (soy blanco, soy negro). Ante la presencia del deseo del Otro, el idiota reacciona con angustia y despersonalización, que evidencia la consistencia de la desfragmentación corporal. ¿No es acaso el globo el lugar especular que le otorga consistencia imaginaria yoica? El Otro no opera acá como en la estructuración del psiquismo como un soporte, condición para que advenga un sujeto. Por el contrario, teme desvanecerse ante su presencia.

En cuanto al bromista, podríamos decir que encarna al analista. En ese acto donde le pincha el globo a esa identificación imaginaria, lo fuerza a despertar al introducir el desconcierto. Hay otra cita de Lacan que nos permite articular el despertar con la emergencia, que dice:
¿La verdad despierta o adormece? Un discurso es siempre adormecedor, salvo cuando uno no lo comprende y entonces, despierta. En resumen, el despertar es lo real, bajo su aspecto de lo imposible, que no se escribe sino por fuerza o por la fuerza.

El deseo del analista supone salir del lugar de ideal, arrancándolo por la fuerza de ese goce pulsional para despertar al sujeto por la pregunta de su lugar en el deseo del Otro. Y en relación a esto pueda, en un tercer tiempo, concluir en esto de quién soy y donde estoy. 

Si por toda respuesta hay un agujero de representación, el despertar será como el del idiota, un despertar de pánico.
Fuente: Notas de la conferencia ¿Cómo se puede pasar de las Urgencias al "tiempo" del Psicoanálisis? - Mirta Pipkin, el 8 de septiembre de 2020 - Institución F. Ulloa.