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viernes, 21 de agosto de 2026

16. Sueño y ansiedad

Entrada anterior: 15. Trastornos motores del sueño

Cuando el cerebro no consigue "apagar"

Pocas experiencias son tan frustrantes como acostarse sintiendo un profundo cansancio y descubrir, una vez en la cama, que el sueño simplemente no llega.

El cuerpo permanece inmóvil.

La habitación está en silencio.

La luz está apagada.

Sin embargo, la mente continúa funcionando.

Aparecen pensamientos sobre el trabajo, preocupaciones familiares, recuerdos incómodos, conversaciones imaginarias o anticipaciones de problemas futuros.

Muchas personas describen esta experiencia diciendo: "No puedo apagar la cabeza."

Esta frase resume uno de los mecanismos más importantes del insomnio asociado a la ansiedad.

Dormir exige una disminución progresiva de la activación del organismo. La ansiedad, en cambio, implica exactamente lo contrario: el cerebro permanece en un estado de alerta, preparado para detectar amenazas y responder rápidamente ante cualquier peligro.

Desde un punto de vista evolutivo, este mecanismo tiene pleno sentido.

Un organismo preocupado por un posible depredador no debería quedarse dormido fácilmente.

El problema aparece cuando ese sistema de alerta permanece activado en ausencia de un peligro real.

Ansiedad y sueño: una relación bidireccional

Existe una tendencia a pensar que la ansiedad provoca insomnio.

Esto es cierto, pero sólo representa una parte del problema.

La relación funciona también en sentido contrario.

Dormir poco aumenta la reactividad emocional, disminuye la tolerancia a la frustración y favorece la aparición de síntomas ansiosos.

Se genera así un círculo vicioso.

La ansiedad dificulta el sueño.

La falta de sueño incrementa la ansiedad.

Y cada noche el problema se fortalece un poco más.

Comprender esta interacción constituye uno de los pilares del abordaje clínico.

La hiperactivación

Uno de los conceptos centrales para comprender el insomnio asociado a la ansiedad es el de hiperactivación o hiperarousal.

Las investigaciones muestran que muchas personas con insomnio no presentan un cerebro "apagado" durante la noche. Por el contrario, su sistema nervioso mantiene un nivel de activación superior al esperado.

Esta hiperactivación puede observarse en distintos niveles.

Activación fisiológica

Aumento de:
  • frecuencia cardíaca;
  • tensión muscular;
  • actividad del sistema nervioso simpático;
  • secreción de cortisol.
El organismo permanece preparado para actuar. No para dormir.

Activación cognitiva

La mente continúa trabajando intensamente.

Aparecen:
  • preocupaciones;
  • planificación constante;
  • anticipación de problemas;
  • revisión de errores pasados;
  • control excesivo del propio sueño.
La cama deja de ser un lugar de descanso.

Se transforma en un espacio donde el pensamiento parece acelerarse.

Activación emocional

Muchas personas experimentan:
  • ansiedad;
  • irritabilidad;
  • miedo a no dormir;
  • frustración;
  • sensación de pérdida de control.
Con el paso del tiempo, estas emociones dejan de relacionarse únicamente con los problemas cotidianos y comienzan a vincularse con el propio hecho de acostarse.

La rumiación

Uno de los procesos psicológicos más importantes en el insomnio es la rumiación.

Rumiar significa pensar repetidamente sobre los mismos temas sin llegar a una solución.

No se trata de reflexionar productivamente. Por el contrario.

El pensamiento gira una y otra vez alrededor de las mismas preocupaciones.

Algunos ejemplos frecuentes son:
  • "¿Y si mañana vuelvo a dormir mal?"
  • "Necesito dormirme ya."
  • "Si no descanso ocho horas, mañana voy a arruinar la reunión."
  • "¿Por qué no puedo dormir como los demás?"
Paradójicamente, cuanto mayor es el esfuerzo por dejar de pensar, más persistentes se vuelven estos pensamientos.

Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado en psicología cognitiva y recuerda una conocida paradoja: intentar no pensar en algo suele aumentar la probabilidad de que ese pensamiento aparezca.

El miedo a no dormir

Con el paso del tiempo, muchas personas dejan de temer únicamente las consecuencias del insomnio.

Comienzan a temer al propio momento de dormir.

La noche se convierte en un escenario anticipado de fracaso.

Algunas conductas típicas incluyen:
  • mirar repetidamente el reloj;
  • calcular cuántas horas quedan hasta el despertador;
  • controlar constantemente si aparece el sueño;
  • acostarse mucho antes de tener sueño;
  • evitar compromisos al día siguiente por miedo al cansancio.
Estas conductas parecen lógicas.

Sin embargo, terminan aumentando la ansiedad y perpetuando el problema.

El insomnio psicofisiológico

Durante muchos años se utilizó el término insomnio psicofisiológico para describir un fenómeno muy particular.

Todo comienza con un episodio transitorio de insomnio.

Puede deberse a:
  • un examen;
  • una separación;
  • una enfermedad;
  • una crisis laboral.
El acontecimiento desaparece, pero el insomnio continúa.

¿Por qué? Porque el paciente comienza a asociar la cama con frustración, vigilancia y esfuerzo.

El dormitorio deja de evocar descanso. Evoca alerta.

Se produce entonces un aprendizaje similar al condicionamiento clásico.

Así como un aroma puede despertar recuerdos, la cama puede transformarse en una señal que activa automáticamente el estado de alerta.

Actualmente, los manuales diagnósticos ya no utilizan esta denominación como una categoría independiente, pero el concepto continúa siendo muy útil para comprender la cronificación del insomnio.

¿Qué mantiene el problema?

Diversos factores contribuyen a perpetuar el círculo vicioso.

Entre ellos:
  • preocupación constante por el sueño;
  • horarios irregulares;
  • siestas prolongadas;
  • uso excesivo de cafeína;
  • consumo de alcohol para inducir el sueño;
  • permanencia prolongada en la cama sin dormir;
  • conductas de control.
Todos estos intentos buscan solucionar el problema.

Paradójicamente, suelen reforzarlo.

Por eso, muchas intervenciones terapéuticas apuntan precisamente a modificar estos hábitos.

Ansiedad generalizada e insomnio

Existe una relación especialmente estrecha entre el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) y el insomnio.

Las personas con TAG presentan una tendencia persistente a preocuparse por múltiples aspectos de la vida cotidiana.

Cuando llega la noche, disminuyen las distracciones del día.

El silencio favorece que esas preocupaciones ocupen el primer plano de la conciencia.

Por ello, el momento de acostarse suele transformarse en el escenario privilegiado de la rumiación.

Sin embargo, no todo paciente con insomnio presenta un trastorno de ansiedad generalizada.

Del mismo modo, no toda ansiedad produce alteraciones significativas del sueño.

La evaluación clínica debe evitar ambas simplificaciones.

Una mirada desde el psicoanálisis

Desde sus primeros desarrollos, el psicoanálisis otorgó una importancia central al dormir como un momento de disminución del control consciente.

Dormirse implica, en cierto sentido, renunciar temporalmente al dominio voluntario sobre la propia actividad psíquica. Para algunos sujetos, esa renuncia puede resultar especialmente difícil.

La noche también posee una característica singular. Desaparecen muchas de las demandas externas y el sujeto queda más expuesto a sus propios pensamientos, fantasías y afectos (en especial la angustia).

Aquello que durante el día permanece parcialmente velado por la actividad cotidiana puede adquirir mayor presencia al acostarse.

Las investigaciones actuales en neurobiología señalan que el insomnio asociado a la hiperactivación involucra modificaciones objetivas en los sistemas que regulan el estado de alerta. Ciertamente, existen mecanismos biológicos de la ansiedad que no hay que desconocer. ¿Pero cómo interviene un psicoanalista?

El paciente bajo un estado de ansiedad se siente urgido, oprimido y con la necesidad imperiosa de impedir la catástrofe que imagina está a punto de ocurrir. En esta vorágine mental y emocional se ve invadido por una cantidad imparable de pensamientos negativos.

En la mayoría de los casos, estos pacientes padecen y soportan sobre sí mismo un Superyó extremadamente severo y cruel, que le demanda sin piedad que cumpla con sus expectativas, sus mandatos, que por desmedidos y descomunales son imposibles de cumplir. De esta manera, el paciente vive bajo los sentimientos de un continuo fracaso, una frustración constante y una impotencia sin fin.

En otras presentaciones clínicas, lo que predomina es un yo tomado como objeto por las pulsiones del ello, que lo desbordan y a las cuales no puede ponerles Freno -aunque conscientemente advierta que le hacen daño-. sujetos sufren de compulsiones del ello pulsional propias: a la comida, a la bebida, a las drogas, al juego.

Sumado a esto, el discurso de la época exige: velocidad, cambio, éxitos, productividad, innovación permanente. Todo esto resulta ser una Fuente que provoca una enorme Tensión Subjetiva. El Riesgo siempre inminente es quedar Fuera del Sistema frustrado, criticado y desvalorizado.

En la ansiedad, el sujeto está en un sin salida porque queda tomado enteramente como objeto por el Ello pulsional. El sujeto del inconsciente en estos casos está momentáneamente fuera de juego y ante la ausencia de las representaciones-palabra se necesitan maniobras específicas:
  • Alojar la demanda de alivio inmediato, porque se trata -justamente- de un Sujeto con un Sufrimiento que lo presiona y lo apremia.
  • Escuchar el relato de los síntomas psíquicos y orgánicos dando por verdadero el hecho de que esta sintomatología provoca un gran Sufrimiento Psíquico.
  • Crear un marco de entendimiento y confianza para que la palabra pueda ser escuchada.
El analista debe introducir preguntas puntuales: ¿Cuándo comenzó el desborde? ¿Dónde se manifiestan las compulsiones? ¿Cómo es la relación con sus Otros significativos y sus semejantes? En estos inicios, el analista hace función del inconsciente allí donde éste ha quedado fuera de juego. Esto es porque la ansiedad puede entenderse como una dificultad para sostener el intervalo necesario para la elaboración. de esta manera, por ejemplo, estos pacientes no logran discernir entre lo que el otro les pide y lo que efectivamente necesita.

El analista, en estos casos, se apoya en las “Construcciones en Psicoanálisis”, lo cual implica una posición activa del analista, es decir, leer y comunicar al paciente aquellos fragmentos de su historia que poco a poco vamos reconstruyendo y que para él están escindidos o disociados de su subjetividad.

Una mirada clínica

Cuando un paciente consulta por insomnio, conviene explorar no sólo cuánto duerme, sino también qué ocurre en su mente durante el tiempo que permanece despierto.

Algunas preguntas útiles son:
  • ¿Qué pensamientos aparecen cuando te acostás?
  • ¿Sentís que intentás obligarte a dormir?
  • ¿Te preocupa mucho no descansar?
  • ¿Mirás frecuentemente la hora?
  • ¿Qué hacés cuando no podés dormir?
Estas preguntas permiten comprender los mecanismos que mantienen el problema y orientar el tratamiento de manera mucho más precisa.

En muchos casos, el objetivo no consiste únicamente en disminuir la ansiedad.

También es necesario modificar la relación que el paciente ha construido con el propio acto de dormir.

Ideas principales
  • La ansiedad y el sueño mantienen una relación bidireccional: la ansiedad favorece el insomnio y la privación de sueño aumenta la reactividad emocional.
  • La hiperactivación puede manifestarse a nivel fisiológico, cognitivo y emocional, dificultando el inicio y el mantenimiento del sueño.
  • La rumiación consiste en un pensamiento repetitivo e improductivo que suele intensificarse durante la noche.
  • El miedo a no dormir puede convertirse en uno de los principales factores que perpetúan el insomnio.
  • El concepto de insomnio psicofisiológico explica cómo un episodio transitorio puede cronificarse mediante procesos de aprendizaje y condicionamiento.
  • La evaluación clínica debe explorar tanto los síntomas ansiosos como los hábitos, pensamientos y emociones asociados al momento de acostarse.
  • Una perspectiva integradora articula los conocimientos sobre los mecanismos neurobiológicos de la hiperactivación con la comprensión subjetiva de la experiencia de cada paciente.

Próxima entrada: 

jueves, 20 de agosto de 2026

15. Trastornos motores del sueño

 Entrada anterior: 14. Trastornos respiratorios del sueño

Cuando el cuerpo no consigue descansar

Hasta ahora hemos visto trastornos donde el problema principal era dormir poco, dormir demasiado, respirar mal o realizar conductas complejas durante el sueño. En este capítulo abordaremos un grupo diferente de alteraciones: aquellas en las que el movimiento se convierte en el principal obstáculo para un descanso adecuado.

Muchas personas describen una sensación difícil de explicar.

Dicen que, al acostarse, sienten una necesidad irresistible de mover las piernas. Algunas hablan de hormigueo, otras de tironeos, de "corrientes eléctricas", de una inquietud interna o de una sensación imposible de definir con palabras.

Cuanto más intentan permanecer quietas, más intenso resulta el malestar.

Paradójicamente, caminar o mover las piernas produce un alivio inmediato, aunque sólo sea temporal.

En otros casos, el paciente duerme profundamente y desconoce que realiza cientos de movimientos involuntarios durante la noche. Sin embargo, al despertar se siente agotado.

Estos cuadros pertenecen a los trastornos del movimiento relacionados con el sueño.

Aunque muchas veces pasan inadvertidos, constituyen una causa importante de insomnio, sueño fragmentado y somnolencia diurna.

Los trastornos motores del sueño

Dentro de este grupo existen diversas enfermedades.

Las dos más frecuentes son:
  • el síndrome de piernas inquietas;
  • el trastorno por movimientos periódicos de las extremidades durante el sueño.
Aunque suelen aparecer juntos, no son el mismo trastorno.

Comprender esta diferencia resulta fundamental para una correcta evaluación clínica.

El síndrome de piernas inquietas

El síndrome de piernas inquietas (SPI), también conocido como efermedad de Willis-Ekbom, es un trastorno neurológico caracterizado por una necesidad imperiosa de mover las piernas.

Generalmente se acompaña de sensaciones desagradables que los pacientes describen de maneras muy diversas:
  • hormigueo;
  • cosquilleo;
  • tensión;
  • pinchazos;
  • quemazón;
  • sensación de "algo que camina por dentro";
  • una inquietud imposible de describir con precisión.
Existe una característica particularmente llamativa.

Los síntomas aparecen o empeoran durante el reposo.

Es decir, cuando la persona:
  • se acuesta;
  • permanece sentada durante mucho tiempo;
  • viaja;
  • mira una película;
  • lee.
En cambio, caminar, estirarse o mover las piernas produce un alivio parcial o completo.

Los criterios clínicos

Aunque existen variantes, el diagnóstico suele apoyarse en cinco características fundamentales:
  • Necesidad irresistible de mover las piernas.
  • Aparición o agravamiento durante el reposo.
  • Mejoría con el movimiento.
  • Mayor intensidad durante la tarde o la noche.
  • Que los síntomas no se expliquen mejor por otra enfermedad.
Estos criterios permiten diferenciar el síndrome de piernas inquietas de calambres, dolores articulares, neuropatías u otras molestias musculares.

¿Por qué aparece?

Todavía no conocemos completamente la causa del síndrome de piernas inquietas.

Sin embargo, las investigaciones han identificado algunos mecanismos importantes.

Entre ellos:
  • alteraciones en los sistemas dopaminérgicos del cerebro;
  • disminución del hierro cerebral, aun cuando el hierro en sangre sea normal;
  • predisposición genética.
Además, el síndrome puede aparecer asociado a:
  • embarazo;
  • insuficiencia renal;
  • deficiencia de hierro;
  • neuropatías periféricas;
  • determinadas enfermedades neurológicas.
Por ello, especialmente cuando los síntomas aparecen por primera vez en la adultez, conviene investigar posibles causas secundarias.
El impacto sobre el sueño

Aunque el síndrome de piernas inquietas comienza antes de dormir, sus consecuencias se extienden durante toda la noche.

Muchos pacientes:
  • tardan mucho tiempo en conciliar el sueño;
  • se levantan repetidamente para caminar;
  • desarrollan ansiedad anticipatoria frente al momento de acostarse;
  • experimentan fatiga durante el día.
En casos graves, la calidad de vida puede deteriorarse de manera considerable.

Algunas personas evitan viajes largos, funciones de cine o reuniones porque saben que permanecer quietas durante mucho tiempo resultará prácticamente imposible.

Los movimientos periódicos de las extremidades

El trastorno por movimientos periódicos de las extremidades durante el sueño es diferente.

Aquí el paciente no siente necesariamente molestias antes de dormir.

Los movimientos aparecen una vez iniciado el sueño.

Consisten generalmente en:
  • extensión del dedo gordo del pie;
  • flexión del tobillo;
  • flexión de la rodilla;
  • movimientos repetitivos de las piernas.
Estos episodios suelen repetirse cada veinte o cuarenta segundos durante largos períodos de la noche.

Muchas personas desconocen completamente que ocurren.

En cambio, quien suele advertirlos es la pareja.

¿Qué consecuencias producen?

Cada movimiento puede provocar un pequeño despertar cerebral, muchas veces imperceptible para el paciente.

Sin embargo, cuando estos microdespertares se repiten cientos de veces durante la noche, el sueño pierde continuidad.

Como consecuencia aparecen:
cansancio;
  • somnolencia diurna;
  • dificultades de concentración;
  • sensación de sueño poco reparador.
En algunos casos, el paciente consulta por insomnio sin sospechar que el verdadero problema consiste en una fragmentación continua del sueño.

¿Cómo se diagnostican?

La entrevista clínica continúa siendo el punto de partida.

En el síndrome de piernas inquietas, el relato del paciente suele ser suficiente para orientar el diagnóstico.

Conviene preguntar específicamente:
  • ¿Siente necesidad de mover las piernas al acostarse?
  • ¿Mejora cuando camina?
  • ¿Los síntomas empeoran por la noche?
  • ¿Le impiden dormirse?
En el trastorno por movimientos periódicos de las extremidades, la información aportada por la pareja puede resultar especialmente valiosa.

Cuando existe duda diagnóstica o se requiere cuantificar los movimientos, la polisomnografía permite registrarlos objetivamente.

El tratamiento

El tratamiento depende de la intensidad de los síntomas y de su causa.

En primer lugar, conviene identificar factores corregibles.

Por ejemplo:
  • déficit de hierro;
  • consumo excesivo de cafeína;
  • determinados medicamentos;
  • privación de sueño.
Cuando estas medidas no resultan suficientes, el tratamiento médico puede incluir fármacos dirigidos a los mecanismos neurológicos implicados.

Desde el punto de vista psicológico también pueden trabajarse aspectos importantes.

Muchos pacientes desarrollan miedo a la llegada de la noche, modifican excesivamente sus rutinas o comienzan a asociar la cama con frustración e incomodidad.

Estas reacciones pueden contribuir a perpetuar un insomnio secundario.

Una mirada desde el psicoanálisis

Los trastornos motores del sueño invitan a reflexionar sobre un aspecto frecuente de la práctica clínica.

Un paciente puede describir una intensa inquietud nocturna.

Desde una escucha exclusivamente psicológica podría interpretarse rápidamente como ansiedad, tensión emocional o incapacidad para relajarse.

Sin embargo, en algunos casos el origen del problema se encuentra en un trastorno neurológico perfectamente reconocible.

Esto no invalida el trabajo analítico.

Una vez identificada la enfermedad, el psicólogo puede explorar cómo el paciente vive esa experiencia corporal, qué significados adquiere, qué limitaciones impone y cómo reorganiza su relación con el descanso. Posiblemente, tenga que intervenir para favorecer la adherencia al tratamiento.

El cuerpo nunca deja de tener una dimensión subjetiva.

Pero esa dimensión no reemplaza el conocimiento médico del funcionamiento corporal.
Una mirada clínica

Cuando un paciente refiere dificultades para dormir, conviene incorporar algunas preguntas sencillas a la entrevista:
  • ¿Sentís necesidad de mover las piernas cuando te acostás?
  • ¿Mejora si caminás?
  • ¿Tu pareja te comentó que movés mucho las piernas mientras dormís?
Estas preguntas, que muchas veces no forman parte de la evaluación habitual, permiten detectar trastornos frecuentemente subdiagnosticados.

Como hemos visto a lo largo del curso, una buena práctica clínica no consiste únicamente en escuchar el sufrimiento del paciente.

También implica conocer aquellas enfermedades que pueden estar expresándose a través de ese sufrimiento.

Ideas principales
  • Los trastornos motores del sueño alteran el descanso mediante movimientos o sensaciones corporales que interfieren con el sueño.
  • El síndrome de piernas inquietas se caracteriza por una necesidad irresistible de mover las piernas, que empeora durante el reposo y mejora con el movimiento.
  • El trastorno por movimientos periódicos de las extremidades produce movimientos repetitivos durante el sueño que fragmentan el descanso.
  • Ambos trastornos pueden ocasionar insomnio, somnolencia diurna y deterioro de la calidad de vida.
  • La entrevista clínica constituye la principal herramienta diagnóstica, complementada con polisomnografía cuando es necesario.
  • El tratamiento combina la corrección de factores predisponentes, intervenciones médicas y estrategias psicológicas para abordar las consecuencias emocionales y conductuales del trastorno.
  • Una evaluación integradora permite distinguir entre la vivencia subjetiva del malestar y los mecanismos neurológicos que lo producen, evitando reduccionismos tanto biológicos como psicológicos.

Próxima entrada: 16. Sueño y ansiedad

miércoles, 19 de agosto de 2026

14. Trastornos respiratorios del sueño

Entrada anterior: 13. Parasomnias

Cuando el problema no está en dormir, sino en respirar

Muchas personas creen que un buen descanso depende únicamente de quedarse dormido y permanecer suficientes horas en la cama. Sin embargo, el sueño también requiere que funciones básicas del organismo, como la respiración, se mantengan estables durante toda la noche.

Cuando esto no ocurre, el sueño puede fragmentarse una y otra vez, incluso aunque el paciente no llegue a despertarse por completo.

Como consecuencia, la persona puede dormir ocho horas y, aun así, levantarse con la sensación de no haber descansado.

Los trastornos respiratorios del sueño constituyen una de las causas más frecuentes de somnolencia diurna, deterioro cognitivo y disminución de la calidad de vida. Además, representan un excelente ejemplo de cómo una alteración biológica puede producir importantes repercusiones psicológicas y psiquiátricas.

Para el psicólogo, reconocer estos cuadros resulta fundamental, ya que con frecuencia los pacientes consultan inicialmente por cansancio, dificultades de atención, irritabilidad o síntomas depresivos, sin sospechar que el origen del problema se encuentra en su respiración nocturna.

¿Qué son los trastornos respiratorios del sueño?

Se trata de un grupo de enfermedades en las que la respiración se altera durante el sueño.

Las dos manifestaciones más frecuentes son:
  • los ronquidos;
  • la apnea obstructiva del sueño.
Aunque suelen presentarse juntas, no son equivalentes.

Muchas personas roncan sin padecer apnea. Del mismo modo, algunas personas con apnea apenas roncan.

Por ello, el clínico debe evitar asumir que ambos fenómenos siempre van de la mano.

Los ronquidos

El ronquido se produce cuando el paso del aire genera vibraciones en los tejidos blandos de la vía aérea superior.

Factores como:
  • el exceso de peso;
  • la congestión nasal;
  • el consumo de alcohol;
  • determinadas características anatómicas;
  • dormir boca arriba,
  • favorecen su aparición.
En muchos casos el ronquido constituye únicamente una molestia para quien comparte la habitación.

Sin embargo, cuando es intenso, aparece todas las noches o se acompaña de pausas respiratorias, debe despertar la sospecha de un trastorno más importante.

Por este motivo, durante la entrevista siempre conviene preguntar: 
"¿Alguien le dijo que ronca?"

Con frecuencia es la pareja quien aporta la información decisiva.

La apnea obstructiva del sueño

La apnea obstructiva del sueño es el trastorno respiratorio más frecuente durante el sueño.

Se produce cuando la vía aérea superior se colapsa parcial o completamente mientras la persona duerme.

Durante algunos segundos el aire deja de ingresar a los pulmones.

El nivel de oxígeno desciende.  El cerebro detecta el problema y provoca un breve despertar para reabrir la vía aérea.

Muchas veces el paciente ni siquiera recuerda esos despertares.

Sin embargo, pueden repetirse decenas o incluso cientos de veces durante una misma noche.

El resultado es un sueño profundamente fragmentado.

Aunque el paciente permanezca muchas horas en la cama, nunca alcanza un descanso verdaderamente reparador.

Factores de riesgo

Diversas condiciones aumentan la probabilidad de desarrollar apnea obstructiva.

Entre las más importantes se encuentran:
  • obesidad;
  • aumento del perímetro del cuello;
  • sexo masculino;
  • edad avanzada;
  • antecedentes familiares;
  • consumo de alcohol antes de dormir;
  • uso de sedantes;
  • determinadas alteraciones anatómicas de la vía aérea.
No obstante, la apnea también puede aparecer en personas delgadas, mujeres y niños.

Por ello, ningún factor de riesgo permite confirmar o descartar el diagnóstico por sí solo.

¿Cómo sospecharla?

Existen algunas manifestaciones particularmente sugestivas.

Durante la noche:
  • ronquidos intensos;
  • pausas respiratorias observadas por otra persona;
  • jadeos o sensación de ahogo;
  • sueño inquieto;
  • despertares frecuentes.
Durante el día:
  • somnolencia excesiva;
  • cefaleas matinales;
  • sequedad bucal al despertar;
  • disminución del rendimiento;
  • irritabilidad.
Muchos pacientes consultan únicamente por cansancio.

Si el clínico no explora activamente el sueño, el diagnóstico puede retrasarse durante años.

Las consecuencias cognitivas

Dormir no sólo sirve para descansar.

También permite que el cerebro consolide la memoria, reorganice la información y recupere sus funciones ejecutivas.

Cuando el sueño se fragmenta repetidamente por la apnea, estas funciones comienzan a deteriorarse.

Los pacientes suelen describir:
  • dificultades de concentración;
  • olvidos frecuentes;
  • disminución de la atención sostenida;
  • lentitud para pensar;
  • menor capacidad de planificación;
  • aumento de los errores laborales.
En ocasiones estos síntomas son interpretados como signos de envejecimiento, estrés o depresión.

Sin embargo, la causa principal puede encontrarse en una alteración respiratoria nocturna.

Diversos estudios muestran que el tratamiento adecuado de la apnea mejora significativamente muchas de estas funciones cognitivas.
Las consecuencias psiquiátricas

Las repercusiones emocionales también son importantes.

El sueño fragmentado favorece:
  • irritabilidad;
  • inestabilidad emocional;
  • disminución de la tolerancia al estrés;
  • síntomas ansiosos;
  • síntomas depresivos.
Es importante destacar que la apnea obstructiva no "produce" necesariamente una depresión o un trastorno de ansiedad.

Lo que ocurre es que el déficit crónico de sueño modifica profundamente el funcionamiento emocional y puede agravar trastornos psicológicos preexistentes.

En sentido inverso, un paciente que consulta por ansiedad o depresión puede presentar simultáneamente una apnea no diagnosticada que contribuya al mantenimiento de sus síntomas.

Esto recuerda una idea central de este curso: los fenómenos biológicos y psicológicos rara vez actúan de manera aislada.

Riesgos para la salud

Además de afectar el bienestar subjetivo, la apnea obstructiva posee importantes consecuencias médicas.

Entre ellas se encuentran:
  • hipertensión arterial;
  • enfermedades cardiovasculares;
  • accidentes cerebrovasculares;
  • diabetes tipo 2;
  • alteraciones metabólicas;
  • mayor riesgo de accidentes de tránsito por somnolencia.
Estas complicaciones explican por qué el diagnóstico precoz resulta tan importante.

No se trata únicamente de mejorar el descanso.

También de prevenir enfermedades potencialmente graves.

¿Cómo se diagnostican?

La sospecha comienza con una buena entrevista clínica.

Posteriormente, el paciente puede ser derivado para realizar estudios específicos.

El principal es la polisomnografía, que registra simultáneamente:
  • respiración;
  • flujo de aire;
  • saturación de oxígeno;
  • actividad cerebral;
  • movimientos corporales.
En algunos casos también pueden utilizarse estudios respiratorios domiciliarios cuando la sospecha clínica es elevada.

La interpretación de estos estudios corresponde al especialista en medicina del sueño.

El tratamiento

El tratamiento depende de la gravedad del cuadro y de las características del paciente.

Las medidas más frecuentes incluyen:
  • descenso de peso cuando existe obesidad;
  • evitar alcohol y sedantes antes de dormir;
  • cambios posturales durante el sueño;
  • dispositivos de avance mandibular en algunos casos;
  • tratamiento con presión positiva continua (CPAP) en los cuadros moderados o graves.
El CPAP mantiene abierta la vía aérea mediante una corriente constante de aire administrada a través de una mascarilla.

Aunque algunos pacientes experimentan dificultades para adaptarse inicialmente, constituye uno de los tratamientos más eficaces de toda la medicina del sueño.

Una mirada desde el psicoanálisis

Los trastornos respiratorios del sueño ilustran con claridad los límites de una intervención exclusivamente psicológica, se trate de la corriente que sea.

Un paciente puede consultar por irritabilidad, apatía, dificultades de concentración o síntomas depresivos. Sin una adecuada evaluación del sueño, sería fácil atribuir estos problemas únicamente a conflictos emocionales.

Sin embargo, cuando una apnea fragmenta el sueño cientos de veces cada noche, resulta esperable que aparezcan importantes alteraciones cognitivas y afectivas.

Esto no significa que el trabajo psicológico deje de tener valor.

Por el contrario: siendo los psicólogos parte del sistema de salud, conocer estos fenómenos les permite sospechar y realizar la interconsulta pertinente a otros profesionales intervinientes. La pregunta inicial que cualquier psicólogo debería tener, es: “¿Puede el trastorno deberse a causas fisiológicas?”. La respuesta, brindada por otros profesionales, determina las posteriores intervenciones.

Confirmada una causa fisiológica, muchos pacientes deben adaptarse al uso del CPAP, modificar hábitos profundamente arraigados, afrontar cambios en la imagen corporal o convivir con una enfermedad crónica.

La psicoterapia puede acompañar todos estos procesos sin perder de vista el origen fisiológico del trastorno.

Una mirada clínica

Ante un paciente que consulta por fatiga persistente, bajo rendimiento, problemas de memoria o cambios del estado de ánimo, el psicólogo debería incorporar una pregunta sencilla a su evaluación:

"¿Cómo respira mientras duerme?"

Muchas veces esa pregunta abre una puerta diagnóstica inesperada.

Reconocer los trastornos respiratorios del sueño no implica abandonar la comprensión subjetiva del paciente.

Implica enriquecerla con una mirada clínica capaz de integrar el funcionamiento del cuerpo y la experiencia psicológica.

Esa integración constituye, precisamente, uno de los principales objetivos de este curso.

Ideas principales
  • Los trastornos respiratorios del sueño alteran la calidad del descanso al producir interrupciones repetidas de la respiración durante la noche.
  • Los ronquidos intensos y las pausas respiratorias constituyen importantes señales de alarma para sospechar apnea obstructiva del sueño.
  • La apnea fragmenta el sueño, incluso cuando el paciente no recuerda haberse despertado.
  • Las consecuencias cognitivas incluyen dificultades de atención, memoria, concentración y funciones ejecutivas.
  • El sueño fragmentado puede favorecer irritabilidad, ansiedad y síntomas depresivos, además de agravar trastornos psicológicos preexistentes.
  • La polisomnografía es el principal estudio para confirmar el diagnóstico.
  • El tratamiento combina medidas sobre los factores de riesgo y, cuando está indicado, el uso de dispositivos como el CPAP.
  • El psicólogo cumple un papel fundamental al detectar signos de alarma, favorecer la derivación y acompañar al paciente en la adaptación al tratamiento y en el impacto subjetivo de la enfermedad.

jueves, 13 de agosto de 2026

13. Parasomnias

Entrada anterior: 12.Trastornos del ritmo circadiano

Cuando el sueño no permanece completamente "dormido"

Para la mayoría de las personas, dormir implica una relativa desconexión del entorno. El cuerpo permanece quieto, la conciencia disminuye y, salvo por los movimientos normales durante la noche, el sueño transcurre sin grandes acontecimientos.

Sin embargo, en algunas ocasiones aparecen conductas llamativas que parecen desafiar esa imagen.

Un niño se incorpora gritando y mira a sus padres sin reconocerlos.

Un adulto se levanta, camina por la casa y al día siguiente no recuerda nada.

Alguien conversa mientras duerme.

Otra persona golpea, patea o incluso salta de la cama mientras sueña que está siendo atacada.

Estos fenómenos pertenecen al grupo de las parasomnias.

Las parasomnias no consisten, en esencia, en problemas para dormir, sino en conductas, movimientos, emociones o experiencias anormales que ocurren durante el sueño o durante las transiciones entre el sueño y la vigilia.

Muchas son benignas y frecuentes, especialmente en la infancia. Otras, en cambio, pueden asociarse con enfermedades neurológicas y requieren una evaluación especializada.

¿Por qué aparecen las parasomnias?

Para comprenderlas conviene recordar algo que vimos en capítulos anteriores.

El sueño no es un estado uniforme. 

Durante la noche alternamos entre distintas fases, cada una con características neurofisiológicas particulares.

Las parasomnias aparecen cuando los mecanismos que regulan esas transiciones no funcionan de manera completamente coordinada.

En algunos casos, partes del cerebro permanecen profundamente dormidas mientras otras comienzan a activarse.

En otros, características propias del sueño REM irrumpen de manera anómala.

Por eso suele decirse que las parasomnias representan estados intermedios, donde el cerebro no está completamente despierto ni completamente dormido.

Dos grandes grupos de parasomnias

Desde el punto de vista clínico resulta útil distinguir dos grandes categorías.

Parasomnias del sueño NREM

Ocurren durante el sueño profundo, generalmente en el primer tercio de la noche.

Entre ellas encontramos:
  • sonambulismo;
  • terrores nocturnos;
  • despertares confusionales.
El paciente suele presentar poca o ninguna conciencia de lo ocurrido.

Parasomnias del sueño REM

Aparecen durante el sueño REM, etapa en la que predominan los sueños más vívidos.

Las principales son:
  • pesadillas;
  • trastorno conductual del sueño REM.
En estas situaciones la relación con la actividad onírica suele ser mucho más evidente.

El sonambulismo

El sonambulismo consiste en la realización de conductas motoras complejas durante el sueño profundo.

La persona puede:
  • sentarse en la cama;
  • caminar;
  • abrir puertas;
  • vestirse;
  • comer;
  • manipular objetos.
En la mayoría de los casos mantiene una expresión facial inexpresiva y responde poco a quienes intentan hablarle.

Al despertar generalmente no recuerda lo ocurrido.

El sonambulismo es especialmente frecuente en la infancia y suele desaparecer espontáneamente con el crecimiento.

En adultos es menos común y, cuando aparece por primera vez, conviene investigar factores predisponentes como privación de sueño, fiebre, consumo de sustancias o determinadas enfermedades.

El principal riesgo no es psicológico, sino físico.

Muchos accidentes domésticos ocurren porque la persona realiza conductas complejas sin plena conciencia de su entorno.

Por ello, la primera intervención suele consistir en garantizar un ambiente seguro.

Los terrores nocturnos

Los terrores nocturnos impresionan profundamente a quienes los presencian.

El paciente se incorpora bruscamente, grita, presenta una intensa activación fisiológica —taquicardia, sudoración, respiración acelerada— y parece vivir una experiencia de enorme terror.

Sin embargo, cuando los familiares intentan tranquilizarlo, suele mostrarse confundido y no reconoce plenamente a quienes lo rodean.

Al día siguiente, la mayoría de las veces no conserva recuerdo del episodio.

Este dato permite diferenciar los terrores nocturnos de las pesadillas.

También son mucho más frecuentes en niños que en adultos.

Aunque resultan muy angustiantes para la familia, habitualmente tienen un pronóstico favorable.

Las pesadillas

Las pesadillas son sueños de contenido intensamente desagradable que provocan el despertar del durmiente.

A diferencia de los terrores nocturnos:
  • aparecen durante el sueño REM, generalmente en la segunda mitad de la noche;
  • el paciente despierta completamente orientado;
  • recuerda con claridad el contenido del sueño;
  • puede relatarlo con bastante detalle.
Las pesadillas ocasionales forman parte de la experiencia normal.

Sólo constituyen un trastorno cuando son frecuentes, generan un importante malestar o producen evitación del sueño.

Desde la psicología clínica resulta especialmente importante explorar su relación con acontecimientos traumáticos.

En el trastorno por estrés postraumático, por ejemplo, las pesadillas pueden reproducir aspectos del evento traumático durante largos períodos.
Hablar dormido

Hablar durante el sueño, o somniloquia, es probablemente una de las parasomnias más frecuentes.

Puede consistir en:
  • palabras aisladas;
  • frases completas;
  • murmullos;
  • conversaciones aparentemente coherentes.
La mayoría de las veces carece de significado clínico.

Puede aparecer tanto en el sueño NREM como en el REM y suele aumentar durante períodos de estrés, fiebre o privación de sueño.

Existe un mito muy difundido según el cual las personas dicen "la verdad" mientras duermen.

No existe evidencia científica que respalde esta creencia.

Las verbalizaciones nocturnas suelen ser fragmentarias y no reflejan necesariamente pensamientos conscientes o inconscientes del sujeto.

El trastorno conductual del sueño REM

Entre todas las parasomnias, el trastorno conductual del sueño REM merece una atención especial.

Durante el sueño REM normal el cerebro produce una intensa inhibición muscular.

Gracias a ella no actuamos físicamente nuestros sueños.

En este trastorno ese mecanismo desaparece parcial o totalmente.

Como consecuencia, el paciente puede representar sus sueños mediante movimientos reales:
  • hablar;
  • gritar;
  • golpear;
  • patear;
  • correr;
  • levantarse de la cama.
Con frecuencia relata sueños donde lucha, huye o se defiende de un agresor.

El riesgo principal radica en las lesiones que pueden sufrir tanto el paciente como quien duerme a su lado.

Además, este trastorno posee una enorme importancia neurológica.

En muchos adultos mayores puede preceder durante varios años a enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Parkinson, la demencia por cuerpos de Lewy o la atrofia multisistémica.

Por ello, todo caso sospechoso debe derivarse para una evaluación especializada.

¿Cómo se evalúan las parasomnias?

La entrevista clínica continúa siendo la herramienta principal.

Sin embargo, existe una particularidad.

Con frecuencia el paciente desconoce completamente lo que ocurre durante la noche.

Por ello resulta muy valioso obtener información de:
  • la pareja;
  • familiares;
  • convivientes;
  • registros en video cuando existan.
También conviene explorar:
  • edad de inicio;
  • frecuencia;
  • lesiones;
  • antecedentes familiares;
  • consumo de alcohol o medicamentos;
  • enfermedades neurológicas.
En algunos casos será necesario realizar una polisomnografía con registro audiovisual.

Una mirada desde el psicoanálisis

Las parasomnias ocupan un lugar interesante dentro de la historia del psicoanálisis.

Resulta comprensible que fenómenos como el sonambulismo o las pesadillas hayan despertado el interés por su posible significado simbólico, aunque estas últimas no se interpretan a la manera de los sueños.

Hoy en día, el desarrollo de la medicina del sueño mostró que estos cuadros poseen mecanismos neurofisiológicos bien definidos.

Esto no significa que carezcan de dimensión subjetiva.

Una pesadilla recurrente puede expresar conflictos, duelos o experiencias traumáticas.

Pero el hecho de que un niño presente terrores nocturnos o que un adulto desarrolle un trastorno conductual del sueño REM no puede comprenderse únicamente desde una interpretación simbólica.

El desafío consiste en distinguir cuidadosamente entre el contenido psicológico de la experiencia y el mecanismo biológico que hace posible su aparición.

Confundir ambos niveles conduce fácilmente a errores clínicos.

Una mirada clínica

Cuando un paciente o su familia describen conductas extrañas durante el sueño, el objetivo inicial no consiste en interpretar su significado.

Primero debemos responder preguntas mucho más básicas.
  • ¿En qué momento de la noche ocurren?
  • ¿La persona recuerda el episodio?
  • ¿Existe riesgo de lesiones?
  • ¿Se trata de un niño o de un adulto?
  • ¿Hay enfermedades neurológicas asociadas?
Sólo después de comprender el fenómeno desde el punto de vista neurofisiológico podremos explorar el modo singular en que ese trastorno afecta la vida del paciente.

En las parasomnias, como en el resto de la medicina del sueño, comprender la biología y comprender al sujeto no son tareas opuestas.

Son dos dimensiones complementarias de una misma práctica clínica.

Ideas principales
  • Las parasomnias son conductas, movimientos o experiencias anormales que ocurren durante el sueño o en las transiciones entre el sueño y la vigilia.
  • Se clasifican en parasomnias del sueño NREM y del sueño REM según la fase del sueño en que aparecen.
  • El sonambulismo y los terrores nocturnos son más frecuentes en la infancia y suelen ocurrir durante el sueño profundo, con escaso recuerdo posterior.
  • Las pesadillas aparecen durante el sueño REM y el paciente suele recordar claramente su contenido al despertar.
  • Hablar dormido es una parasomnia frecuente y, en la mayoría de los casos, carece de significado patológico.
  • El trastorno conductual del sueño REM puede asociarse con enfermedades neurodegenerativas y requiere una evaluación especializada.
  • La interpretación psicológica de las experiencias nocturnas debe apoyarse siempre en una adecuada comprensión de los mecanismos neurobiológicos que las producen.

Próxima entrada: 14. Trastornos respiratorios del sueño

lunes, 10 de agosto de 2026

12. Trastornos del ritmo circadiano

Entrada anterior: 11. Narcolepsia

Cuando el reloj interno deja de coincidir con el reloj social

Imaginemos a una persona que intenta dormirse a las diez de la noche, pero su organismo no siente sueño hasta las dos de la madrugada. O a alguien que se despierta espontáneamente todos los días a las cuatro de la mañana, incluso durante las vacaciones. Pensemos también en un enfermero que trabaja una semana de noche, otra de tarde y otra de mañana, o en quien viaja de Buenos Aires a Tokio y debe adaptarse de golpe a un huso horario completamente diferente.

En todos estos casos, el problema no necesariamente radica en la cantidad o la calidad del sueño. En muchas ocasiones, la dificultad consiste en que el reloj biológico interno y el horario impuesto por el entorno han dejado de estar sincronizados.

A este conjunto de alteraciones se lo conoce como trastornos del ritmo circadiano sueño-vigilia.

Comprenderlos resulta especialmente importante porque muchas personas reciben un diagnóstico de insomnio cuando, en realidad, el problema principal es que intentan dormir en un momento para el cual su organismo todavía no está preparado.

¿Qué son los ritmos circadianos?

En los primeros capítulos vimos que el núcleo supraquiasmático actúa como el principal reloj biológico del organismo.

Este reloj organiza múltiples funciones que siguen un ciclo cercano a las veinticuatro horas:
  • el sueño y la vigilia;
  • la temperatura corporal;
  • la secreción de melatonina;
  • la liberación de cortisol;
  • el apetito;
  • diversas funciones hormonales y metabólicas.
Aunque este reloj posee un funcionamiento relativamente autónomo, necesita sincronizarse permanentemente con el ambiente.

La luz constituye el sincronizador más importante, pero no es el único.

También influyen:
  • los horarios de las comidas;
  • la actividad física;
  • las rutinas laborales;
  • la interacción social.
Cuando estas señales dejan de coincidir con el reloj biológico, aparecen dificultades para dormir, mantenerse despierto o funcionar adecuadamente durante el día.

Los cronotipos

No todas las personas poseen el mismo reloj biológico.

Algunos individuos sienten sueño temprano por la noche y se despiertan espontáneamente al amanecer.

Otros funcionan mucho mejor durante la tarde y la noche.

Estas diferencias reciben el nombre de cronotipo. Habitualmente se distinguen tres grandes perfiles.

Cronotipo matutino 
Las personas matutinas:
  • se duermen temprano;
  • se despiertan con facilidad;
  • suelen rendir mejor durante las primeras horas del día.
  • Popularmente se las conoce como "alondras".
Cronotipo vespertino
Las personas vespertinas:
  • se duermen tarde;
  • tienen dificultades para levantarse temprano;
  • alcanzan su mayor rendimiento durante la tarde o la noche.
Son los llamados "búhos". Con frecuencia experimentan conflictos con los horarios escolares o laborales tradicionales.

Cronotipo intermedio
La mayoría de la población presenta características intermedias.

Puede adaptarse relativamente bien a los horarios convencionales sin mostrar una preferencia muy marcada.

¿Cronotipo o trastorno?

Es importante no confundir ambos conceptos.

Ser naturalmente nocturno no constituye una enfermedad.

El problema aparece cuando existe una diferencia importante entre el horario biológico de la persona y las exigencias de su vida cotidiana.

Por ejemplo, un estudiante universitario que naturalmente se duerme a la una de la mañana puede no presentar ninguna dificultad si sus actividades comienzan al mediodía.

En cambio, si debe ingresar todos los días a las siete de la mañana, probablemente acumule una importante privación de sueño.

El sufrimiento aparece muchas veces por la incompatibilidad entre la biología y la organización social.

El síndrome de retraso de fase

Uno de los trastornos circadianos más frecuentes consiste en el retraso de fase.

Quienes lo presentan sienten sueño muy tarde por la noche y, si pudieran elegir libremente, también se despertarían varias horas después del horario habitual.

Cuando intentan acostarse temprano simplemente permanecen despiertos durante horas.

No padecen insomnio en sentido estricto.

Intentan dormir cuando su reloj biológico todavía señala que es momento de permanecer despiertos.

Este cuadro resulta especialmente frecuente durante la adolescencia y la adultez joven.

El síndrome de adelanto de fase

El fenómeno opuesto consiste en el adelanto de fase.

Estas personas:
  • sienten sueño muy temprano;
  • se despiertan espontáneamente durante la madrugada;
  • experimentan dificultades para mantenerse despiertas durante la noche.
Es más frecuente en adultos mayores.

En muchos casos no representa un verdadero trastorno, sino una variante del envejecimiento normal.

El jet lag

Probablemente el trastorno circadiano más conocido sea el jet lag.

Aparece cuando una persona atraviesa rápidamente varios husos horarios, como ocurre durante los vuelos internacionales.

El reloj biológico continúa funcionando según el horario del lugar de origen, mientras el ambiente exige adaptarse inmediatamente al nuevo destino.

Como consecuencia pueden aparecer:
  • insomnio;
  • somnolencia diurna;
  • disminución del rendimiento;
  • irritabilidad;
  • dificultades de concentración;
  • molestias digestivas.
La adaptación suele requerir varios días y depende del número de husos horarios atravesados y del sentido del viaje.

Generalmente resulta más difícil adaptarse cuando se viaja hacia el este que hacia el oeste, porque el organismo tolera mejor retrasar el horario de sueño que adelantarlo.

El trabajo por turnos

El trastorno por trabajo en turnos constituye uno de los problemas más importantes de la medicina laboral moderna.

Millones de personas trabajan durante la noche o rotan periódicamente entre distintos horarios.

Desde el punto de vista biológico, esto supone un desafío enorme.

El organismo debe mantenerse despierto cuando el reloj circadiano promueve el sueño y dormir durante el día, cuando la luz ambiental favorece la vigilia.

Las consecuencias pueden incluir:
  • sueño insuficiente;
  • fatiga persistente;
  • mayor riesgo de accidentes;
  • disminución del rendimiento;
  • alteraciones del estado de ánimo;
  • problemas cardiovasculares y metabólicos cuando la exposición es prolongada.
No todos los trabajadores desarrollan un trastorno, pero la adaptación completa resulta poco frecuente.

La adolescencia y el reloj biológico

La adolescencia merece una mención especial.

Durante la pubertad se produce un retraso fisiológico del ritmo circadiano.

Los adolescentes comienzan naturalmente a sentir sueño más tarde y, por lo tanto, también necesitan despertarse más tarde.

Sin embargo, la mayoría de las escuelas mantienen horarios de ingreso muy tempranos.

Como consecuencia, muchos adolescentes viven en una situación de privación crónica de sueño.

Esta falta de descanso se asocia con:
  • menor rendimiento académico;
  • irritabilidad;
  • dificultades de atención;
  • mayor impulsividad;
  • aumento del riesgo de accidentes;
  • síntomas ansiosos y depresivos.
Este fenómeno ilustra claramente cómo un problema aparentemente individual puede estar profundamente condicionado por factores sociales.

¿Cómo se diagnostican estos trastornos?

El diagnóstico comienza con una buena entrevista clínica.

Es fundamental explorar:
  • horarios habituales de sueño;
  • horarios laborales;
  • fines de semana;
  • siestas;
  • viajes recientes;
  • exposición a la luz;
  • consumo de cafeína;
  • uso de pantallas.
El diario del sueño y la actigrafía resultan especialmente útiles para reconstruir los patrones horarios.

En algunos casos pueden requerirse estudios adicionales, aunque la mayoría de los trastornos circadianos se diagnostican clínicamente.

Una mirada desde el psicoanálisis

Los ritmos circadianos muestran con claridad que el sujeto nunca duerme aislado de su contexto.

El horario de descanso está determinado por procesos biológicos, pero también por las exigencias familiares, escolares, laborales y culturales, que es lo que consideramos al sospechar de neurosis actuales.

Desde una perspectiva psicoanalítica resulta interesante observar cómo cada sujeto negocia con esos tiempos impuestos.

Algunas personas viven el horario como una norma que debe cumplirse rigurosamente. Otras experimentan el momento de acostarse como una pérdida de libertad o como el único espacio propio del día.

Estas significaciones pueden influir sobre la manera en que cada individuo organiza su descanso y son plausibles de sintomatizarlas en un tratamiento.

No obstante, sería un error interpretar un trastorno circadiano exclusivamente desde esa dimensión subjetiva.

Cuando el reloj biológico está desfasado, la explicación fisiológica continúa siendo indispensable.

La comprensión clínica surge precisamente de la articulación entre ambas perspectivas.

Una mirada clínica

Ante un paciente que refiere insomnio o somnolencia, conviene formular una pregunta sencilla:

¿Está intentando dormir cuando su organismo realmente tiene sueño?

Esta pregunta, aparentemente elemental, evita numerosos errores diagnósticos.

Muchas dificultades para dormir no se deben a una enfermedad del sueño, sino a una desincronización entre el reloj biológico y las demandas del entorno.

Reconocer esta diferencia permite orientar adecuadamente el tratamiento y evitar intervenciones innecesarias.

Ideas principales
  • Los trastornos del ritmo circadiano aparecen cuando el reloj biológico deja de sincronizarse con los horarios del ambiente.
  • Los cronotipos representan diferencias normales entre las personas y no constituyen, por sí mismos, una enfermedad.
  • El retraso y el adelanto de fase son los trastornos circadianos más frecuentes.
  • El jet lag es consecuencia de un cambio rápido entre husos horarios y suele resolverse con la adaptación progresiva del reloj biológico.
  • El trabajo por turnos puede producir importantes alteraciones del sueño, del rendimiento y de la salud física.
  • Durante la adolescencia existe un retraso fisiológico del ritmo circadiano que muchas veces entra en conflicto con los horarios escolares.
  • La evaluación debe integrar factores biológicos, ambientales y subjetivos para comprender cómo cada persona vive la relación entre su tiempo interno y las exigencias del mundo externo.
Próxima entrada: 13. Parasomnias

sábado, 8 de agosto de 2026

11. Narcolepsia

Entrada anterior:  10. Hipersomnia

Cuando la frontera entre el sueño y la vigilia deja de ser estable

A lo largo del curso hemos visto que el organismo regula cuidadosamente el paso entre la vigilia y el sueño. Normalmente, ambos estados permanecen claramente diferenciados: durante el día estamos despiertos y activos; durante la noche dormimos y soñamos.

En la narcolepsia, esa separación comienza a fallar.

Las características propias del sueño, especialmente las del sueño REM, irrumpen durante la vigilia o aparecen en momentos inadecuados. Como consecuencia, el paciente puede experimentar episodios irresistibles de sueño, perder súbitamente el tono muscular o vivir fenómenos propios del sueño mientras todavía permanece consciente.

Durante muchos años la narcolepsia fue malinterpretada. Algunos pacientes fueron considerados perezosos, desinteresados o incluso simuladores. Otros recibieron diagnósticos exclusivamente psiquiátricos.

Hoy sabemos que se trata de un trastorno neurológico bien caracterizado, con mecanismos biológicos específicos y tratamientos eficaces.

Conocerlo resulta importante para todo psicólogo, no sólo porque puede recibir pacientes con este diagnóstico, sino también porque algunos de sus síntomas pueden confundirse con trastornos psicológicos o psicóticos.
¿Qué es la narcolepsia?

La narcolepsia pertenece al grupo de las hipersomnias centrales, es decir, trastornos en los cuales la regulación de la vigilia se encuentra alterada.

Su síntoma principal consiste en una somnolencia diurna excesiva, acompañada de una tendencia irresistible a quedarse dormido.

Estos episodios reciben el nombre de ataques de sueño.

Pueden aparecer mientras la persona conversa, estudia, come o incluso conduce un vehículo.

Generalmente duran pocos minutos, tras los cuales el paciente suele despertarse sintiéndose momentáneamente más alerta.

A diferencia de quien simplemente ha dormido poco, la persona con narcolepsia puede experimentar estos ataques aun después de haber descansado una cantidad aparentemente suficiente de horas.

La tétrada clásica

Tradicionalmente se describen cuatro manifestaciones principales de la narcolepsia.

No todos los pacientes presentan las cuatro, pero conocerlas facilita enormemente el diagnóstico.

Son:
  • somnolencia diurna excesiva;
  • cataplejía;
  • alucinaciones hipnagógicas o hipnopómpicas;
  • parálisis del sueño.
Analizaremos cada una por separado.

La cataplejía

La cataplejía constituye uno de los síntomas más característicos de la narcolepsia tipo 1.

Consiste en una pérdida brusca y transitoria del tono muscular, mientras la persona permanece completamente consciente.

Puede afectar solamente algunos músculos o comprometer todo el cuerpo.

Algunos ejemplos frecuentes son:
  • caída de la mandíbula;
  • debilidad en las rodillas;
  • dificultad para sostener objetos;
  • caída al suelo.
Lo más llamativo es que estos episodios suelen desencadenarse por emociones intensas, especialmente:
  • risa;
  • sorpresa;
  • entusiasmo;
  • vergüenza;
  • enojo.
Un paciente puede comenzar a reír durante una conversación y, de repente, sentir que las piernas dejan de sostenerlo.

Aunque la escena puede resultar muy llamativa para quienes la observan, el paciente permanece consciente durante todo el episodio.

La explicación fisiológica resulta especialmente interesante.

Durante el sueño REM todos experimentamos una marcada disminución del tono muscular.

En la narcolepsia, ese mecanismo aparece de manera inapropiada durante la vigilia.

Es, en cierto modo, un fragmento del sueño REM que invade el estado de alerta.

Las alucinaciones hipnagógicas e hipnopómpicas

Otro fenómeno llamativo consiste en la aparición de experiencias perceptivas muy vívidas durante la transición entre la vigilia y el sueño.

Cuando ocurren al quedarse dormido reciben el nombre de alucinaciones hipnagógicas.

Cuando aparecen al despertar se denominan hipnopómpicas.

Estas experiencias pueden incluir:
  • personas en la habitación;
  • voces;
  • sombras;
  • animales;
  • sensación de presencia;
  • estímulos táctiles.
A diferencia de las alucinaciones propias de algunos trastornos psicóticos, estas aparecen exclusivamente durante la transición sueño-vigilia y suelen conservar un contenido claramente onírico.

Muchos pacientes saben, una vez completamente despiertos, que aquello no era real.

Sin embargo, mientras ocurre, la experiencia puede resultar extremadamente convincente y generar un intenso miedo.

Comprender este fenómeno evita interpretaciones diagnósticas erróneas.

La parálisis del sueño

La parálisis del sueño consiste en la incapacidad transitoria para mover el cuerpo al despertar o, con menor frecuencia, al quedarse dormido.

La persona está consciente. Puede abrir los ojos. Escucha lo que ocurre a su alrededor, pero no consigue mover los brazos, las piernas ni hablar.

El episodio suele durar desde algunos segundos hasta pocos minutos y desaparece espontáneamente.

Muchas veces se acompaña de una intensa sensación de angustia.

Desde el punto de vista fisiológico, la explicación es similar a la de la cataplejía.

Durante el sueño REM el cerebro inhibe casi toda la musculatura para evitar que actuemos físicamente nuestros sueños.

En la parálisis del sueño ese mecanismo persiste durante algunos instantes después del despertar.

Aunque este fenómeno es relativamente frecuente en la población general y no implica necesariamente narcolepsia, cuando aparece junto con somnolencia excesiva y cataplejía debe despertar la sospecha diagnóstica.

La neurobiología de la narcolepsia

Durante muchos años se desconoció la causa de esta enfermedad.

Uno de los descubrimientos más importantes ocurrió a finales del siglo XX, cuando se identificó el papel de unas neuronas localizadas en el hipotálamo que producen una sustancia denominada hipocretina u orexina.

Estas neuronas participan activamente en el mantenimiento de la vigilia y en la estabilidad entre el sueño y el estado de alerta.

En la mayoría de los pacientes con narcolepsia tipo 1 existe una pérdida casi completa de estas neuronas.

Como consecuencia, los límites entre sueño y vigilia se vuelven inestables.

Por ello aparecen:
  • ataques de sueño;
  • cataplejía;
  • intrusión del sueño REM durante la vigilia;
  • alteraciones del sueño nocturno.
Actualmente se considera que esta pérdida neuronal probablemente tenga un mecanismo autoinmunitario en individuos genéticamente predispuestos, aunque todavía quedan numerosos aspectos por esclarecer.

¿Cómo se diagnostica?

El diagnóstico comienza con una buena entrevista clínica.

La presencia de somnolencia excesiva acompañada de cataplejía suele orientar fuertemente la sospecha.

Posteriormente pueden realizarse estudios especializados.

Entre ellos:
  • polisomnografía nocturna;
  • prueba de latencias múltiples del sueño (MSLT), que evalúa la rapidez con que el paciente se duerme durante varias siestas programadas y la aparición precoz del sueño REM.
En algunos casos también puede medirse la concentración de hipocretina en el líquido cefalorraquídeo.

El tratamiento

La narcolepsia no posee actualmente una cura definitiva, pero existen tratamientos que permiten mejorar significativamente la calidad de vida.

Generalmente combinan:
  • medicamentos destinados a disminuir la somnolencia diurna;
  • tratamientos específicos para la cataplejía;
  • horarios regulares de sueño;
  • siestas breves programadas;
  • educación del paciente y de su entorno.
La adherencia al tratamiento resulta fundamental, especialmente en personas cuya actividad implica conducir vehículos o manejar maquinaria.

Una mirada desde el psicoanálisis

La narcolepsia constituye un excelente ejemplo de la importancia de integrar diferentes niveles de explicación.

Sería un error interpretar la cataplejía o las alucinaciones hipnagógicas exclusivamente como expresiones simbólicas de conflictos inconscientes.

Su base neurobiológica está ampliamente demostrada.

Sin embargo, esto no significa que la dimensión subjetiva desaparezca.

Recibir un diagnóstico de narcolepsia modifica profundamente la vida de una persona.

Muchos pacientes desarrollan miedo a quedarse dormidos en público, limitan sus actividades sociales, experimentan sentimientos de vergüenza o construyen una identidad marcada por la enfermedad.

El trabajo psicológico se orienta precisamente hacia esa experiencia subjetiva.

No explica la enfermedad.

Acompaña a quien la padece.

Una mirada clínica

Aunque la narcolepsia es relativamente poco frecuente, conviene recordarla siempre que un paciente describa una somnolencia intensa e irresistible.

El psicólogo no necesita confirmar el diagnóstico.

Su responsabilidad consiste en reconocer los síntomas sugestivos, evitar interpretaciones psicopatológicas apresuradas y favorecer una derivación oportuna.

En muchos casos, un diagnóstico precoz puede cambiar radicalmente la calidad de vida del paciente.

Ideas principales
  • La narcolepsia es un trastorno neurológico perteneciente al grupo de las hipersomnias centrales.
  • Su síntoma principal es la somnolencia diurna excesiva con ataques irresistibles de sueño.
  • La cataplejía consiste en una pérdida transitoria del tono muscular desencadenada por emociones, sin pérdida de conciencia.
  • Las alucinaciones hipnagógicas e hipnopómpicas y la parálisis del sueño representan intrusiones de fenómenos propios del sueño REM durante la transición entre el sueño y la vigilia.
  • La enfermedad se relaciona con la pérdida de neuronas productoras de hipocretina (orexina), responsables de estabilizar la vigilia.
  • El diagnóstico combina la entrevista clínica con estudios especializados, como la polisomnografía y la prueba de latencias múltiples del sueño.
  • El tratamiento es multidisciplinario e incluye medicación, medidas conductuales y acompañamiento psicológico para afrontar el impacto subjetivo del trastorno.
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