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viernes, 4 de septiembre de 2026

La atención flotante y la escucha del discurso

Uno puede llegar a una sesión sabiendo perfectamente qué quiere contar y, sin embargo, terminar hablando de otra cosa. En el curso de la palabra aparece un término inesperado, un recuerdo que no se había previsto, una asociación aparentemente absurda o algo que se dice casi sin querer. Esta deriva no constituye un desvío respecto del análisis: es, precisamente, una de sus condiciones de posibilidad.

La dinámica propia de la palabra pone así en juego la posibilidad de que el analizante diga más de lo que pretende decir. La asociación libre introduce una modalidad de discurso en la que aquello que el sujeto se proponía comunicar puede verse desplazado, interrumpido o incluso contradicho por la propia trama de lo que dice.

Ahora bien, esta regla del lado del analizante encuentra su correlato del lado del analista en aquello que Freud denominó atención flotante. Se trata de una modalidad de escucha que no busca privilegiar de antemano ningún elemento particular del discurso. El analista no escucha fundamentalmente para comprender el sentido de aquello que se dice, sino que mantiene una atención capaz de dejarse afectar por los distintos elementos que componen la trama discursiva.

En este sentido, escuchar en atención flotante implica atender a la superficie misma del discurso: a los significantes que lo recorren, a sus repeticiones, desplazamientos, cortes y articulaciones. La escucha no se orienta hacia un significado último que habría que descubrir detrás de las palabras, sino hacia la manera en que esas palabras se enlazan entre sí. Por eso puede decirse que la atención flotante no se dirige a nada en particular: se mantiene abierta al entramado mismo del discurso, a su gramática y a su lógica.

Podemos situar allí, al menos inicialmente, dos operaciones que se articulan en un determinado orden lógico. En primer lugar, el analista busca localizar aquello que insiste y se repite en el discurso. Es a partir de esa repetición que determinados significantes pueden comenzar a recortarse y adquirir un valor particular. En segundo lugar, la escucha se dirige a la manera en que esos significantes retornan, se desplazan y vuelven a inscribirse en la trama discursiva.

De este modo, la escucha analítica no se dirige primordialmente al sentido, sino al discurso concebido como trama, como red de relaciones significantes. Es precisamente allí donde pueden localizarse aquellos momentos fecundos en los que el inconsciente se da a escuchar: en una discontinuidad, un tropiezo, una vacilación, un equívoco o un sinsentido que interrumpe la continuidad aparentemente coherente del discurso.

No se trata, entonces, de que el inconsciente aparezca como un contenido oculto detrás de lo que el sujeto dice. El inconsciente se manifiesta en el modo mismo en que el discurso se articula, en aquello que insiste y retorna, pero también en aquello que irrumpe allí donde el decir no consigue sostener la continuidad de su sentido.

Por eso podemos afirmar que el inconsciente es solidario de una gramática y de una lógica. No se trata simplemente de un conjunto de contenidos reprimidos que esperan ser descubiertos, sino de una legalidad que se deja leer en la composición misma del texto que el analizante produce. La escucha analítica recorta esa trama, sigue sus articulaciones y, al hacerlo, puede hacer surgir aquello que el discurso dice más allá de lo que el sujeto se proponía decir.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

¿Cuál es la causa de lo que perturba?

La lectura que Freud hace sobre los síntomas neuróticos, modifica radicalmente la posibilidad de pensar su causa eficiente.

El método consistiría en restituir los elementos que completen las lagunas del recuerdo. La ampliación de la conciencia conlleva la suposición de que el acto de recordar forma parte de la cura, punto en el cual lo reprimido y lo olvidado coinciden. Ahora, ¿cuál es la naturaleza de lo olvidado? El método clínico a partir de la posibilidad del recordar abre un margen para la descarga de algo que quedó retenido, reprimido, con lo cual ya se juega tempranamente un componente económico.

Este componente será el punto central de lo que paulatinamente se manifestará como un obstáculo a la cura analítica. En principio, la orientación de la cura es aliviarlo vía una descarga. Ahora, más allá de ciertos éxitos iniciales, hay en el síntoma una multicausalidad que lleva a la pregunta acerca de en qué medida el componente económico es ligable.

En principio, la técnica analítica conlleva un abandono tanto de la hipnosis como de la sugestión, o sea del método catártico, y ahí es donde en un tercer momento entra en juego la regla de la asociación libre, a partir de la cual el analista se retira de toda función directiva y se invita al sujeto hablar evitando cualquier crítica sobre sus ocurrencias. O sea, si hay de lo que no accede a la conciencia, eso es inconsciente pero eficaz pues produce efectos.

La cadena de pensamientos inconscientes articulados, explica el empuje de lo reprimido por el cual el sujeto dice más de lo que quiere o de lo que pretende. Y esto aparece en el discurso corriente a partir de retazos, recortes, sin sentidos, vacilaciones, fallas, tropiezos los cuales producen del lado del sujeto un efecto perturbador. Si el sujeto no se atiene a la regla de la asociación libre es porque intenta dejar de lado esto perturbador. La pregunta clara es ¿cuál es la causa eficiente de esa perturbación?

Los obstáculos de la cura
Es muy claro que Freud se ocupa, si cabe la expresión, de restos. No se ocupa ni de las razones ni de lo racional, sino de lo que no se puede tramitar, lo que hace obstáculo y que queda al costado aparentemente sin sentido. ¿Entonces, en qué consiste la curación así entendida? En suprimir las amnesias, en deshacer las represiones venciendo la oposición de la resistencia.

Sin embargo, este objetivo de vencer la resistencia nunca se alcanza con plenitud ni aún en el “normal”. Empieza a prefigurarse entonces el obstáculo a la cura. Hay algo que no alcanza el recuerdo, que queda por fuera de la posibilidad de ser recordado y entonces su retorno no será entramado en la cadena, en el enunciado. La pregunta clínica, entonces, es ¿cómo retorna, dónde retorna?. ¿Cómo intervenimos sobre eso si no se puede equivocar?

Y allí es donde entra en juego el “manejo” de la transferencia. El problema central de la transferencia es cómo opera el analista con esa temporalidad del corte que es la transferencia. Es la entrada de un campo dónde va a jugar “la personalidad del médico”: el analista pasa a ser un objeto libidinal más para el sujeto, lo que hace efectivamente que advertido de esto, por su formación, el analista se presta a encarnar, se presta a jugar un papel en ese diálogo entre el sujeto y su Otro de origen. Y para que pueda ser tomado en la economía libidinal del sujeto la condición sine qua non es que el analista se prive de cualquier actitud directiva. De lo cual tanto Freud como Lacan van a desprender la ética del psicoanálisis.

sábado, 13 de diciembre de 2025

El amor como don simbólico y la temporalidad del deseo

En el psicoanálisis, el amor no se reduce al plano de lo afectivo ni a una vivencia emocional inmediata. Desde “Función y campo de la palabra y el lenguaje”, Lacan sitúa el don de amor como signo del amor del Otro como una matriz fundamental para pensar el amor. En tanto signo, el don vale por la presencia del Otro incluso en su ausencia, y por ello se vuelve un soporte decisivo en la constitución del deseo: la demanda de amor opera como condición de posibilidad para que el deseo pueda ponerse en juego.

Esta operatoria implica llevar al objeto a su dimensión simbólica, desprendiéndolo del aquí y ahora y de toda referencia natural. El objeto así concebido queda correlacionado con el registro de la palabra, no con la satisfacción inmediata. El amor, entonces, no se define por la posesión ni por la presencia empírica, sino por su inscripción en la economía simbólica.

Invitar a hablar supone, en este sentido, prolongar algo de la relación amorosa primordial entre el niño y el Otro, pero sólo como punto de apoyo para poder superarla. No se le habla al semejante, sino a aquello que Lacan denomina los “poderes del pasado”: esa omnipotencia del Otro que funda el anclaje necesario para que el sujeto pueda sostenerse.

Estos poderes no se disuelven con el tiempo; persisten por la estabilidad propia del símbolo. En contraste, en el plano del ser del sujeto predomina la evanescencia. De allí que la palabra sea una presencia hecha de ausencia, una estructura homóloga al fort-da freudiano, ahora elevada a la lógica del lenguaje. Invitar a hablar es, por lo tanto, convocar la vacilación que se abre en el intervalo, hacer jugar la hiancia que separa presencia y pérdida.

Lacan traduce esta lógica, en clave hegeliana, en la noción de concepto, que sustituye al objeto en su naturalidad. El concepto es “el tiempo de la cosa”: le confiere una duración que no depende de la caducidad del objeto empírico, sino de la persistencia del símbolo. De este modo, el concepto sostiene una temporalidad que no es cronológica, sino estructural.

De esta elaboración se desprende el estatuto de esos poderes del pasado que la praxis analítica pone a trabajar y que otorgan un relieve particular a la noción de lo actual en psicoanálisis. Como afirmará Lacan en “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, “sólo hay de lo que es actual”, una afirmación que articula economía pulsional, temporalidad simbólica y transferencia, y que define el modo singular en que el amor, el deseo y la verdad se actualizan en la experiencia analítica.

viernes, 12 de diciembre de 2025

El inconsciente en la superficie: topología de la escucha y función del oyente

¿Dónde se localiza el inconsciente en la palabra del analizante? No en una supuesta profundidad psíquica, sino en la superficie misma del discurso: una superficie “ultraplana”, sin espesor, donde el inconsciente se deja oír en los cortes, discontinuidades y tropiezos del habla. Es allí donde la escucha analítica encuentra su campo de operación.

La apertura del analista al encuentro permite situar esos momentos fecundos que Lacan denomina “hallazgo del sujeto”. Se trata de la irrupción del sujeto en su evanescencia, precisamente en los puntos donde el discurso racional se resquebraja y revela que el hablante no domina del todo lo que dice. Importa subrayar que lo que se halla es el sujeto, no el individuo: mientras el sujeto aparece dividido y fugaz, el individuo ofrece la ilusión de unidad, una máscara que oculta la complejidad de lo que no se deja nombrar del todo. Esta máscara anticipa, en cierta forma, la función que tendrá el síntoma en el Seminario 5.

Este hallazgo se torna posible cuando el paciente se entrega a la palabra, no desde la pretensión de control o agencia, sino permitiendo que afloren sus desvíos, sinsentidos e incertidumbres. En ese acto emerge el lugar del oyente —el alocutario— aquel a quien la palabra se dirige más allá de la intención consciente del hablante.

En la transferencia, el analista hace funcionar este lugar del oyente. Desde allí se activa la incidencia del Otro: el Otro de la verdad, el que sostiene ese acto de reconocimiento que funda la posición del sujeto y abre la dimensión del deseo. Lacan define al Otro, en este punto, como un “amboceptor” entre el sujeto y el lenguaje, un término que más tarde aplicará al objeto a en su función de mediación estructural entre el sujeto y el Otro.

La intersubjetividad histérica: verdad, acto y temporalidad del sujeto

La “intersubjetividad histérica” a la que aludimos constituye un eslabón decisivo en las primeras formulaciones de Lacan sobre la praxis analítica. Esta noción hace visible la distancia entre el sujeto y el moi en la cura, anticipando lo que más tarde llamará la “histerificación del discurso”, condición indispensable para que un análisis pueda desplegarse.

Desde ese inicio, Lacan define al sujeto como “suspendido” en una temporalidad que no es ni pasado ni presente. Ese suspendido no es un mero recurso literario: prefigura la temporalidad propia del lugar del sujeto en el fantasma, una temporalidad del entre, del no completamente ya y del todavía no.

La intersubjetividad histérica implica una “revelación histérica”, pero no por la vía del embuste o del vacilación, sino porque este modo de revelación permite captar cómo quedó alojado el sujeto respecto del deseo del Otro. Lo “histérico” nombra aquí la articulación íntima entre verdad y palabra.

En esos años, Lacan despliega una lógica de la verdad solidaria de lo simbólico y de la estructura de la palabra. “Revelación de la verdad” y “verdad de la revelación” forman un movimiento dialéctico cuyo soporte no es un contenido, sino un acto. La verdad no es anecdótica ni literaria: se produce en la medida en que la palabra opera.

Por eso puede llamar a la palabra-acto un “acontecimiento”. En el Seminario 1 afirma que, puesto que en el núcleo de la experiencia analítica se trata de hacerse reconocer, un acto es una palabra. Ese “hacerse reconocer” señala el deseo del Otro que orienta al niño, y el acto de palabra indica la dimensión de la palabra plena, aquella que fecunda y que ordena retroactivamente las contingencias de la historia.

La asociación libre, así entendida, apuesta justamente a esta potencia: hacer intervenir la palabra en su estatuto de acto, para que algo de la verdad —esa verdad que solo aparece en el borde del tropiezo— pueda abrirse paso.

martes, 9 de diciembre de 2025

El lenguaje como acto y la emergencia de la verdad en la experiencia analítica

En psicoanálisis, la función del lenguaje no se define por un valor semántico ni por su carácter comunicativo en el sentido clásico del esquema emisor–código–receptor. Su estatuto es, ante todo, el de un acto. El lenguaje no transmite simplemente información: constituye el campo mismo de la subjetividad. Al introducir el corte, desnaturaliza al ser hablante; de allí su articulación con Hegel y la instalación de una metáfora primera, en la que lo natural queda sustituido por el orden del símbolo.

Lacan toma de Hegel, sobre todo vía Kojève, una tesis central: No hay sujeto sin negatividad. En Hegel, la conciencia no se constituye por adaptación a lo dado natural, sino por una ruptura con lo inmediato. El deseo no es necesidad biológica: es deseo de reconocimiento. Para que haya deseo algo debe faltar, algo debe ser perdido, algo debe ser negado como naturaleza.

El campo simbólico antecede al cachorro humano y lo envuelve desde su llegada: lo atraviesa, lo transforma, lo arranca de la pura naturaleza. En ese sentido, el psicoanálisis se ocupa de la incidencia de ese pathos del lenguaje en el ser que habla.

El dispositivo analítico propone, a quien consulta por su padecer, que tome la palabra. Se lo invita a hablar desprendiéndose, en la medida de lo posible, de la exigencia de coherencia y de sentido. Con ello se abre una posibilidad que nunca está garantizada: que la verdad amordazada en el síntoma pueda decirse.

Se trata de una apuesta por un surgimiento, no concebido como algo que emergería desde una profundidad oculta, sino como un acto de iluminación: la chance de que ciertas opacidades queden tomadas por la luz de la razón, entendida aquí como la instancia de la letra en el inconsciente.

Que la verdad surja implica necesariamente la discontinuidad y el corte. Ella se manifiesta en las formaciones del inconsciente, en una temporalidad hecha de relámpago y de evanescencia. Ese surgimiento no equivale a una captura definitiva.

Ese relámpago es, en rigor, un tropiezo: lo que Lacan llama palabra plena. Es fecunda justamente por su desliz. Su iluminar no es un esclarecimiento total, sino la apertura de una interrogación, donde el equívoco y el malentendido son condiciones de posibilidad.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

La lógica de una acción: el acto en el lugar donde el ser falta

La lógica de una acción, tal como la propone Lacan, no se reduce a una reflexión sobre la existencia subjetiva. Se trata de algo que excede la interrogación ontológica y desplaza el centro de gravedad del ser hacia el acto. Definir al psicoanálisis como praxis, como tratamiento o como lógica de una acción, implica subrayar que lo esencial en él no es el ser, sino el hacer; y que ese hacer se emplaza precisamente donde el ser falta.

Desde esta perspectiva, el acto analítico lleva consigo una dimensión ética. Retoma la potencia creadora de la palabra —su capacidad de hacer existir algo mediante el decir—, pero la somete a una torsión: la pregunta por “qué hacer con el deseo que lo habita”. Allí se revela que el deseo no pertenece al sujeto como propiedad, sino que es siempre el deseo del Otro.

En la estructura del discurso analítico, el analizante produce un S₁, pero también puede decirse que el discurso lo produce a él. Entre los seminarios 17 y 19, Lacan sitúa este S₁ en el campo de lo escrito, marcando el pasaje del Nombre del Padre del lugar del saber (S₂) al lugar del significante que comanda (S₁). Este desplazamiento implica un viraje decisivo: el significante ya no es el garante del sentido, sino el operador de una causa.

Los significantes que estructuran la experiencia analítica precipitan de la palabra, la cual constituye a la vez el marco, el instrumento y la materia de la práctica. Freud lo formalizó con la regla de la asociación libre, una libertad paradójica: allí donde se enuncia la libertad, opera la determinación del discurso. Esa determinación incluye al analista no como persona, sino como función del Otro, como aquel a quien la palabra se dirige.

De este modo, la palabra actualiza al Otro como lugar de la determinación. Es el funcionamiento del Sujeto Supuesto Saber, cuyo valor no reside en el conocimiento que porta, sino en su capacidad de sostener el marco donde algo de lo no sabido puede advenir.

El final de este movimiento señala el límite: el punto donde el acto ético del analista se confronta con lo imposible como tope lógico. No se trata de lo “no sabido”, sino de lo imposible de saber —ese lugar donde el acto, y no el ser, funda una verdad.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Sobre la atención flotante

 El dispositivo analítico se fundamenta en una única regla esencial dirigida al analizante: debe dejar de lado cualquier crítica o censura al hablar y permitirse fluir con su propia palabra, sin preocuparse por el sentido inmediato de lo que expresa. Esta regla invita al analizante a seguir la deriva de su discurso, permitiéndole decir más de lo que inicialmente pretendía.

Esta directiva tiene su contraparte en el analista, bajo lo que Freud denominó atención flotante. La atención flotante implica que el analista escucha el discurso del analizante sin enfocarse en el sentido aparente de sus palabras, sino en la superficie del discurso, capturando los significantes que emergen en el entramado lingüístico. Es una escucha que no se fija en detalles específicos, sino que se dirige a la estructura misma del discurso, su gramática y su lógica.

En este proceso se ponen en juego dos aspectos clave: en primer lugar, el analista busca identificar aquello que se repite en el discurso del analizante. Esta repetición es lo que permite comenzar a descifrar los significantes que subyacen al discurso. En segundo lugar, la atención se enfoca en la estructura de esta repetición, pues es allí donde el inconsciente se manifiesta.

La escucha analítica, entonces, no se orienta al sentido explícito, sino a la red discursiva como totalidad. A través de esta atención a la trama del discurso, el analista puede captar los momentos significativos en los que el inconsciente se revela, ya sea en discontinuidades, en frases sin sentido, o en vacilaciones.

De este modo, el inconsciente se muestra como una estructura con su propia gramática y lógica, que el analista busca descifrar al leer estas fisuras y vacíos del discurso.

viernes, 18 de octubre de 2024

La eficacia de la asociación libre

 Con relación al funcionamiento del dispositivo analítico Freud sitúa dos reglas. Una asociada a la posición del analista en la transferencia; y otra que delimita la posición del analizante, más allá del paciente.

Del lado del analista Freud establece lo que da en llamar la atención flotante. La cual consiste en una escucha que no se dirige al centro del discurso, si cabe la expresión. La escucha del analista no se dirige entonces al sentido del discurso, casi escucha, podríamos decir, en la superficie de este, topológicamente entendido.

La asociación libre es, a su vez, la contraparte del lado del analizante. Se trata de un decir que esta, digamos, dirigido a hacer funcionar la determinación inconsciente. Cuando Freud plantea que se le propone al sujeto que hable sin prestar demasiada atención a la coherencia o a la verosimilitud de lo que está diciendo, se ofrece sin decirlo la posibilidad de una lectura más allá de la significación.

En este sentido esta regla, la asociación libre, no es más que la inauguración de un tiempo para que la determinación inconsciente haga su trabajo. O sea que se trata de poner a trabajar en el sujeto ese automatismo de lo simbólico que regla el funcionamiento del Icc.

Entonces, la asociación libre presupone que el analizante no es libre al hablar, sino que está condicionado por un saber que desconoce, del cual no conoce su alcance, ni siquiera las marcas que determinan lo que efectivamente dice.

Dado este planteo: ¿cuál es la su eficacia?

No se trata, ciertamente, de abrir la posibilidad de decir cada vez más, no es ese el planteo del psicoanálisis. La eficacia de la asociación libre es que, vueltas dichas mediante, se puede arribar a aquello que no queda alcanzado por la palabra, que es el momento donde el silencio anuncia a la transferencia como cierre.

domingo, 19 de diciembre de 2021

La asociación libre y la resistencia

En psicoanálisis, la regla fundamental es la de la asociación libre. En "Cinco conferencias sobre psicoanálisis" Freud dice que el paciente:

"Debe decir todo lo que se le pae por la cabeza, aunque lo considere incorrecto, que no viene al caso o disparatado, y con mayor razón todavía si le resulta desagradable"

Freud descubre que cuando las personas se ponen a hablar de lo que se les ocurre sin tratar de controlar lo que dicen, es más fácil que algo de lo inconsciente emerja en su discurso.

Para Freud el inconsciente, como el diablo, se esconde en los detalles. Por eso es tan importante poder hablar con el mínimo de censuras y de orden lógico, así será más fácil 'pescar' algo de las palabras e ideas que tratamos de ocultarnos mismos y que acaban demostrando tener siempre algún tipo de conexión con lo que nos hace enfermar.

La cpoerción asociativa le confirmó a Freud que que las cosas se olvidan cuando no se las quiere recordar, porque son dolorosas, feas o desagradables, contrarias a la ética y(o a la estética.

De manera inconsciente tendemos a evitar recordar y hablar de cosas que nos resultan incómodas o dolorosas.

Freud lo define como resistencia y elabora a partir de ahí su teoría de la represión.

Remover estos mecanismos lleva tiempo y es una de las tareas principales del analista, que debe tener precaución en no atacarlas demasiado rápido para no hacer de la interpretación algo violento que ponga en juego la salud del paciente ni la continuidad del proceso terapéutico.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Las diferencias entre el psicoanálisis frudiano y lacaniano... ¡En un cuadro!

Un posteo de Claudio Jonas, octubre del 2020:

No entiendo ¿por qué los psicoanalistas discuten si es Freud o Lacan el que tiene la verdad? -dice un amigo, defensor de las políticas conciliadoras- dando por cierto que es más fácil y provechoso enriquecerse con las diferencias. -Porque -digo- en ambas prácticas hay teorías y aplicaciones, que, aunque a ambas se las difunda como superadoras, tienen consecuencias diametralmente opuestas. -Explicame en dos líneas lo de Freud y Lacan, de manera que yo las pueda entender, -me pide. -Te mando un cuadro sinóptico -le prometo- y este que sigue a continuación es el que le compartí.



martes, 31 de agosto de 2021

Pacientes y su relato de la semana: cómo volverlos a la asociación libre

Por Lucas Topssian

En un espacio de maestría, salió el tema de los pacientes que van a análisis, pero en lugar de abandonarse a la asociación libre (que en términos de Nassio, implica hablar de aquello que preferiríamos no decir), dedican la sesión a hablar sobre temas de la semana, como si el analista fuera un scriba que acumula datos indiscriminados de diversa índole. Obviamente, si el analista no hace algo con eso, se terminan transformando en "análisis" (Bueno, no) en los que no sucede nada.

Recordé que el tema, de alguna manera, fue mencionado en esta conferencia del ilustre analista Gustavo Szereszewski a la que asistí, cuyo tema a tratar fue la transferencia. En aquel momento, él partió de la dificultad de las interrupciones del tratamiento y de estos tipos pacientes:

Pacientes que vienen, cumplen con su horario, pagan, pero no se sabe por qué vienen. Sigue viniendo, se diluyó el tema por el que vino y nadie sabe qué pasa acá. ¿Viene por obediencia, por compromiso?

El problema de esta cuestión, que en ese entonces sirvió como puntapié para abrir aquella conferencia, jamás reapareció bajo la tan anhelada respuesta, por lo que nos tocará a nosotros la horrible tarea de pensar qué hacer en estos casos.

Mis primeras prácticas estaban supervisadas por una brillante analista milleriana, no obstante sargento del corte de sesión, escansión del discurso ante la más mínima satisfacción pulsional o asomo del objeto a. En ese entonces, había algo que se llamaba modulación del decir. En las sesiones de 40 minutos que teníamos por paciente, no había lugar para la cháchara, así que simplemente se trataba de preguntar: ¿Y por qué me cuenta eso? ó ¿Y eso por qué es importante para ud.?

Análisis con millerianos, versión gráfica

Otro analista, de esos que uno agradece la suerte de haber conocido, fue quien mencionó el tema en la maestría. Él encontró una solución más poética: imprimió, enmarcó y colgó en su consultorio una frase de Eric Laurent, que dice lo siguiente:

Hacer análisis no es hacer el relato de la propia vida. Por el contrario, es hacer el relato de todo lo que no hace relto, de todo lo que hace agujero, de todo lo que hace obstáculo, a que uno pueda encontrarse con todos los momentos que se perdió de vista.

Cada vez que él considera que el paciente se está apartando de la regla fundamental de asociación libre, se la hace leer.

En mi caso, opino abordar este tema desde la mesura del caso por caso. Pienso que, en términos generales, hay que escuchar hasta lo que un paciente pueda hablar y no esperar a que diga lo que uno entiende que sería de mayor profundidad. Hay analistas que pretenden llevar los análisis hacia objetivos metafísicos, cuando lo cierto es que los pacientes van al analista para sentirse mejor. No me gusta suponer superficialidad en el discurso y habrá que ver si ir más allá de lo que un paciente tiene y puede no es una resistencia del analista.

Ahora bien, si tenemos a un paciente que en todas las sesiones hace un relato pormenorizado de toda su semana, hay cosas que podemos hacer. Una es suponer que detrás de lo que el paciente cuenta, hay algo más que a él lo implica. De las muchas cosas que pasan en una semana, ¿Por qué habla de eso y no de otra cosa?  

Supongamos un paciente que habla mucho de política y cuenta en la sesión que "El Gobierno no pagó la deuda externa al FMI". Tenemos a los tres personajes del fantasma de Pegan a un niño: Alguien no paga, a alguien no le es pagado... y el paciente que mira la situación, que es lo que relata. En ese caso, uno podría abrir al tema "no pagó" y tratar de abrir a nuevas asociaciones, quizá cambiando la perspectiva y la gramática: ¿Quién no le pagó al paciente? ¿Qué fue lo que ese paciente no pagó? ó ¿A quién más no le pagaron?. Por supuesto, esto se debe a que cuando hablamos de fantasma, estamos hablando de los goces del mismo sujeto.

En este caso, también podríamos abrir a la pregunta por qué piensa que el Gobierno no pagó. La respuesta a eso también puede abrir a otra cuestión fantasmática: "Porque se cagan en la gente". En el caso del ejemplo, también podríamos preguntarnos por deuda, que en psicoanálisis y en la neurosis tiene su peso. Una pregunta que privilegia un significante también logra el efecto de corte.

Otro recurso que puede utilizarse, cuando el análisis se empantana, es volver a la primera entrevista y tratar de hacer un seguimiento del desarrollo de ese motivo de consulta, si es que no se hizo en una supervisión antes. ¿En qué momento se diluyó? También me gusta marcar temas que, en mi opinión, quedaron inconclusos y que podrían ser retomados luego. Todo esto implica una lectura previa de la historia clínica y tener estos temas "a un costado", por si acaso. 

En conclusión, es al analista que le toca hacer cortes ó empalmes en la cadena asociativa, siempre teniendo en cuenta el momento para hacerlo (no en caso de angustia, por ejemplo). A veces, un paciente puede venir y decir
- Esta semana no me pasó nada interesante.
- Hábleme de qué sería interesante.

Creo que estas sesiones, en las que "no pasó nada interesante", suelen terminar siendo las más interesantes, porque es allí cuando hay posibilidad de relanzar la asociación libre, una de las reglas para que funcione un análisis.

No hay "cháchara en un análisis"

 El esquema L del seminario 2 presenta dos ejes. Uno de ellos es el imaginario, que va desde lo que el sujeto cree ser hacia los objetos ideales: ese otro especular al que el sujeto cree dirigirse. 


Por otro lado, está el otro eje que lo cruza, que es el simbólico. En cuanto al eje imaginario, Lacan dirá que inhibe, retarda e interrumpe:

El analista tiene que estar al acecho, en .el límite del campo de la palabra, de aquello que cautiva al sujeto, lo detiene, lo ofusca, lo inhibe, le da miedo. Hay que objetivar al sujeto para rectificarlo sobre un plano imaginario que no puede ser otro que el de la relación dual, es decir, sobre el modelo del analista, a falta de otro sistema de referencia. (p. 380, sem 2)

En este momento de su obra, Lacan pensaba en términos de una palabra plena, aquella que implicaba el compromiso del sujeto con la verdad que lo funda, y la palabra vacía, una cháchara, donde pareciera no decir nada. Hacia el final de la obra de Lacan, esto cambia. Esta cháchara que al principio molestaba, tiene tanta importancia como lo simbólico y lo real. De esta manera, al final de la obra, los registros imaginario, simbólico y real tienen la misma importancia y se encuentran anudados de tal forma que soltar uno desanuda a los tres.

En el seminario I, Lacan había trabajado el esquema del florero y el espejo, donde lo importante es que dependiendo desde donde mire el sujeto, se produce la ilusión de las flores. Allí uno cree ver las flores dentro del jarrón. Esto quiere decir que lo simbólico, es decir, el punto de vista desde donde está el sujeto, es lo que va a construir la imagen. El paciente va a ver desde la posición en la que esté, o no va a ver nada. Es algo que también implica al analista, porque si uno cree que el paciente habla cháchara, entonces lo que va a escuchar es... ¡nada!. ¡Depende de qué posición tenga el analista! La igualdad de registros implica que si el sujeto dice algo, por algo es, aunque uno no entienda de qué se trata.

Lo imaginario no solo aplica al discurso, sino también al cuerpo: ¿Cómo se viste, cómo es el cuerpo? ¿Qué se dibuja inconscientemente ben ese cuerpo, en relación a su historia? Hay una coagulación de significantes que producen determinados cuerpos.

No hay cháchara, lo que puede pasar, si no está instalada la transferencia, es que haya pacientes que no se comprometen con la palabra. Aún así, esto no es cháchara, hay que leer ahí una dificultad.

jueves, 25 de marzo de 2021

¿Resulta eficaz la libre asociación en la clínica con niños, adolescentes y pacientes fronterizos?

Hoy intentaremos revisar el concepto de asociación libre en el marco del encuadre psicoanalítico, en lo que refiere a la clínica con niños y adolescentes. La asociación libre es un modo de acceder e indagar el inconsciente, aunque no es el único método de hacerlo en estos casos.

El método de la asociación libre no se creó de la nada, sino por la renuncia activa al proceso traumático, vía la catarsis y la hipnosis. Se renuncia búsqueda activa del recuerdo y la representación para dejar hablar al paciente libremente. Aún así, Freud mantuvo el enfoque sobre la formación de síntomas. En un tercer momento, el analista renuncia a enfocarse en un tema determinado y se basa en la superficie psíquica. Es el cambio de la posición de atención enfocada a la posición de atención flotante.

El campo de la clínica con niños fue el primer traslado del método psicoanalítico aplicado en adultos y aquí comenzaron los problemas. Freud mismo se dio cuenta que el  método de asociación verbal no se podía aplicar de igual manera y hubo que hacer modificaciones técnicas. El niño, según Freud, no tolera el método de la asociación libre.

Una de las innovaciones fue el juego, que es un eje como hoy se piensa a la clínica con niños, con los aportes de melanie Klein. Para esta psicoanalista, el jugo es un equivalente de la asociación libre. No todos los psicoanalistas siguieron esta idea de la escuela kleiniana; Ana Freud no lo consideraba así. Donald Winnicott amplió las ideas de Melanie Klein, donde el juego es un camino para acceder al inconsciente del niño.

Evidentemente, no se puede analizar de igual manera a un niño que a un adulto, por lo que hay que introducir modificaciones técnicas en este último caso.

En el juego no solamente hay asociaciones representacionales en las escenas del juego al igual que en el sueño, sino que además en el juego hay una actividad, hay acción. En el juego está la pulsión, así que en el sueño encontramos un aspecto asociativo y otro aspecto en la puesta en acto. Dependiendo el juego que se trate, estamos más cerca de la asociación libre o más lejos.

Cuando Freud descubre la compulsión a la repetición, encontramos allí un tope a la asociación libre. La compulsión a repetir en acto implica los límites de la representación. Las representaciones son aquí utilizadas como acción o hay un límite a la capacidad representacional. Hay una preminencia de la puesta en acción, lo cual es un lpimite a asociar, ligar, elaborar. La compulsión a la repretición es un límite del trabajo analítico, donde más allá del principio del placer se repite el padecimiento y donde Freud coloca a las pulsiones destructivas.

Aún así, se trata de representaciones puestas en acto, donde hay un predominio de la función motor del aparato psíquico, donde hay descarga pulsional (y donde se ubica el padecimiento). Lo que se repite es el padecimiento.

La capacidad representacional tenía que ver con el primer concepto de inconsciente de la primera tópica y el inconsciente reprimido. El método busca recuperar y ligar, de un inconsciente reprimido y representacional, representaciones cosa (inc) vía las representaciones de palabra (pcc-cc). El inconsciente representacional tiene derivaciones en los síntomas y se trata de ligarlos, trabajarlos, etc.

Cuando se empieza a ver que algo de lo inconsciente proviene una fuerza actual y no representacional, el repetir en lo actual y presente, lo que notamos es que el paciente no lo liga con representaciones o recuerdos anteriores. El trabajo analítico tiende a ligarlo con representaciones, pero aquí encontramos el límite al trabajo analítico. Lo que se repite es:
1) Inhibiciones
2) Rasgos patológicos de carácter
3) Síntomas.

La compulsión a la repetición no trae el recuerdo que Freud quería, sino el eterno retorno de lo igual. La pregunta del analista es: ¿Cómo hacer de eso que se repite algo nuevo? Winnicott hablaba de la creación psíquica, donde a la repetición no hay interpretarla para reducirla, sino producir lo que no existía, creación de novedades de sus propias capacidades psíquicas. La clínica de Winnicott abre la dimensión psíquica a los fenómenos transicionales, reconceptualizado como los procesos terciarios, que se agregan a los procesos primarios y secundarios, y que permite lidiar con padecimientos que no son los síntomas neuróticos tradicionales ni explicables por el inconsciente reprimido.

La compulsión a la repetición requiere de otras maniobras clínicos, como trabajar con la transferencia, hacer construcciones, que la atención deje de ser flotante y sea más focalizada (a los focos que el paciente evita). A veces el analista debe prestar representaciones que el paciente no tiene.

La asociación libre siempre trae algo nuevo, mientras que la compulsión a la repetición trae lo mismo. Se trata de pacientes más graves, que no son las neurosis clásicas, pero tampoco psicosis. Hay todo un terreno, que son los llamados cuadros fronterizos, muestran nuevas problemáticas como la angustia, los pasajes al acto, acting, etc. 

Leer la presentificación del paciente, no conectable con representaciones de su historia, nos pone en el límite de que la asociación libre no sirve siempre como un modo de acceso. Muchas veces este material tiene un tope a las asociaciones y no hay algo más profundo ni por detrás. Toca construir con eso.

Cuando el niño juega, se trata de algo actual y pesente. Son representaciones actuales, aunque los niños también recuerdan. El niño, mediante el juego, despliega su inconsciente mediante acciones representacionales. Esta es una modificación del método para que el inconsciente del niño trabaje y para que el analista pueda acceder a derivados del inconsciente.

La noción clásica de Freud es la del inconsciente reprimido. La compulsión a la repetición lo llevó a Freud a revisar la noción de inconciente. Descubrió el narcisismo, el yo, los mecanismos de defensa, el ello y luego planteó al superyó. Lo inconsciente no coincide con una sola dimensión psíquica: habrá inconsciente reprimido que sea partes del yo (mecanismos de defensa y narcisismo), partes del superyó. El ello, que es pulsional y no representacional, también es inconsciente. 

Lo que llevó a esta modificación fue la pulsión, porque con la anterior concepción de inconsciente reprimido la pulsión era un concepto límite entre lo somático y lo psíquico. Con la segunda tópica, la pulsión forma parte de lo psíquico. Eso explica a lo pulsional como una tendencia a actuar para la cual se necesitó ampliar la noción de inconsciente. La noción de inconciente, de esta manera, se complejizó.

Otra de las innovaciones fue el dibujo, que es una modalidad de expresión psíquica que permite que el inconsciente se manifieste.

El analista busca, con sus intervenciones, tocar lo real psíquico, ya sea para abrir a nuevas ligazones, aliviar el sufrimiento, y que no se limita a la interpretación.

La compulsión a la repetición abrió al paradigma del inconsciente en acto. La cuestión acá, según André Green, es la capacidad representacional vs. la limitación representacional de lo psíquico. La representación de cosa y de palabra serían una segunda etapa. Esto se descubrió por la sintomatología de los pacientes, como ocurre en los pacientes fronterizos, que han sido investigados por varias líneas. Para estos pacientes se tuvo que adecuar el dispositivo. 

El inconsciente de la segunda tópica está esparcido en el ello, el yo y superyó. Las modificaciones del método tuvieron que adecuarse a estos cambios, aunque la asociación libre quedó como un estándar.

Otra de las nociones contemporáneas del trabajo en análisis es el trabajo mutuo con el paciente. El paciente aporta material psíquico y el analista favorece las ligazones, aporta ideas. El analista no es un oráculo.

Hagamos el siguiente esquema:
- La neurosis está estructurada con la cuestión de la angustia de castración.
- La compulsión a la repetición abre la puerta a angustias anteriores (evolutivamente), que son las angustias de pérdida, de intrusión, las angustias que estudiaron Melanie Klein, Winnicott, Bion y otros analistas. Estas angustias provocan otros síntomas que no son exactamente productos de la represión, sino la escisión. 

La escisión psíquica no produce síntomas a la manera del retorno de lo reprimido, sino de lo que fue escindido de la representación. Hay más inconsciente que el que tiene que ver con el lenguaje y la palabra y es más de lo que está estructurado como un lenguaje. Las distintas formas del inconsciente nos permite llegar a más pacientes y nos brinda más técnicas.

Si nos limitamos únicamente a la asociación libre, no llegaremos a cuestiones que son de otra cualidad psíquica, porque tiene otra materialidad. No siempre la asociación libre opera. 

Freud, en Construcciones en psicoanálisis, revisa la práctica analítica. Aquí ya no habla de técnica analítica. Estamos a 17 años de Más allá del principio del placer, para orientarnos y se refiere a qué materiales ofrece el paciente para poder discernir y construir el inconsciente. Él se refiere a tres: sueños, asociaciones libres y repeticiones. Algo parecido dice en El esquema del psicoanálisis. Estos tres materiales se conectan. El sueño es un producto de donde pueden salir asociaciones. Hay asociaciones que son compulsivas, que no son libres. La compulsión a la repetición también puede abrir a nuevas asociaciones libres. Esta es la artesanía del psicoanalista.

Muchos analistas piensan que el trabajo con la asociación libre es abrir, abrir y abrir. También lo es cerrar. En cada sesión tiene que haber algún cierre. Si no hay conclusiones, resignificaciones, se abre al infinito. La asociación libre permitir abrir a lógicas particulares de ciertos tramos psíquicos, donde se abre y se cierra, se cierra y se abre. 

El psicoanálisis con otro tipo de pacientes, como los niños y los adolescentes, aporta más materiales. El juego, los dibujos y el actuar del paciente sirven para indagar el inconsciente. Quienes han ido más allá de la neurosis han tenido que flexibilizar su modo de atender a lo inconsciente para poder leerlo e inteligirlo. Uno d elos problemas que tiene nuestra disciplina es tomar como dogma algo que está sujeto a la investigación y a la modificación. 

Fuente: Nota de la conferencia dictada el 5/5/20, por el Dr. Carlos Eduardo Tkach, titulada "El método psicoanalítico con niños y adolescentes. ¿Resulta eficaz la libre asociación?"

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Enunciación de la regla fundamental


Porque empecé a prestar atención a la forma de continuar la frase que había comenzado,

queriendo evitar incoherencias. 
Y la conclusión es que, limitada como es, mi atención no puede ocuparse de dos cosas distintas. 
Aquí lo prioritario es la letra y no el estilo, de modo que las incoherencias están permitidas.
Afloja la tensión, muchacho, y dedícate a tu laboriosa tarea de dibujo.
No es fácil olvidarse de la necesidad de coherencia. 

Mario Lebrero 

La propuesta no es pretenciosa, se trata de hacer algunas observaciones respecto a la única regla entre todos los consejos promovidos por Freud. Reunidos bajo los llamados escritos técnicos. Textos en los que Freud hace un esfuerzo enorme por delinear la posición ética del analista, siempre un poco a riesgo de naufragar. Razón por la cual, el comienzo de una enseñanza, de una formación, de una transmisión del psicoanálisis no debe olvidar las coordenadas delimitadas a lo largo de los escritos técnicos. Al ser esta única regla a la que ambos, analista como analizante, se supeditan es preciso tener en el horizonte el uso que se haga de la misma.

En su acto de enunciación de la regla fundamental, Freud se sirve de una metáfora visual para enunciarla: “compórtese como lo haría un viajero sentado en el tren del lado de la ventanilla que describiera para su vecino de pasillo cómo cambia el paisaje ante su vista” (Freud, 1913, 135-136). La propuesta freudiana tuerce la cuestión, dado que vira del cara a cara, del ojo a ojo, de una imagen al campo de la palabra efectivamente pronunciada. 

Es Lacan quien va a retomar el enunciado de la regla, reformulandola: “diga cualquier cosa, despojandola así de los elementos que componen el enunciado, para llevarla a una estructura sostenida en el diga. Reformulación que como tal, procura eludir que el enunciado sea usado por el sujeto para sujetarse al principio de placer, principio desde el que supone agradar. Si ella apunta a un más allá del principio de placer, a partir del enunciado de la misma el sujeto puede elevarla al estatuto superyoico. La consecuencia es tal que, cuando al sujeto se le otorga la total libertad de elegir por donde tomar la palabra, decide determinado por la creencia de saber lo que el analista espera escuchar. 

La libertad de elección de sus enunciados, los del analizante, se amoldan así a un discurso determinado por el supuesto de lo que desea aquel sujeto, el analista. Degradando el enigma, el deseo del analista, aquella x que Freud coloca entre paréntesis en el historial de Dora. Que en el primer encuentro entre el hombre de las ratas y Freud, es el consultante quien socava ese enigma, a una secuencia ordenada cronológicamente sobre la evolución de su sexualidad al día de la fecha. 

Si el analista invita a hablar con el mayor grado de libertad, “elija por donde comenzar”, a alguien que se presenta solicitando ser desembarazado de determinado padecimiento, que lo aqueja desde hace cierto tiempo, un tiempo sin origen certero. El sujeto habla, pero no de aquello que desagrada. No es sino con su acto que el analista direcciona hacia donde el sujeto debe transpirar la camiseta, hacer el esfuerzo para empezar a desalojar el síntoma. No es sin ese acto que el síntoma emigra de la adaptación, de la que el sujeto se ha percatado de su anormalidad funcional, a un extrañamiento. Acto que produce que el síntoma vire de lo no analizable a lo analizable. 

Simplifico, lo que se encuentra en el centro del acto de enunciación de la regla fundamental es el síntoma. Acto sostenido por la ética, por el deseo del analista, no por el adoctrinamiento a la palabra de Freud, porque el analista sabe por experiencia propia, que ese deseo direcciona la cura en el sentido ético.

Los invito a tomar otro elemento del enunciado de la regla donde Freud anticipa que, el analizante se encontrará con puntos de insatisfacción, de displacer, en el despliegue de la cadena asociativa. Puntos en los que se verá tentado por interrumpir su discurso, ahorrándose así el displacer concomitante. Freud lo dice con todas las letras, “dígalo a pesar de la crítica que siente a hacerlo, y justamente por haber registrado cierta repugnancia a hacerlo”. Enunciado que en principio no garantiza otra cosa que el sujeto quede advertido de la existencia de cierta repugnancia que puede suscitarse al hablar. La repugnancia por excederse de cierto principio. Es así que el analizante puede hablar de lo desagradable divorciado del afecto. Forma en la que el hombre de las ratas arma su discurso, enunciados aparentemente desagradables, tras los que fantasea estar alimentando la escucha del Dr. Freud. Ese a quien le supone un parentesco cercano con Leopold Freud, conocido criminal vienes. 

En el comentario sobre la regla fundamental, André Albert destaca el desplazamiento de displacer que se produce tras la engañosa obediencia. Es así como Paul puede relatar sin experimentar displacer la manera en la que se metía dentro de las polleras de las niñeras, para tocar sus vaginas, o cuando se infiltraba en los vestuarios para ver desnudas a sus hermanas. Pero cuando el discurso ronda ciertas prácticas tortuosas y hasta un poco sádicas, que escucho decir a un tal capitán que leyó que se hacen en algún lugar de la china, rompe con la regla, se calla, pide que por favor lo perdone pero no puede continuar hablando. Se retiene de hablar de aquello que desagrada profundamente, que toca las fibras de su síntoma expresado en aquella particular expresión. Freud no se ahorra actuar, interviene para decir que continúe hablando, que obedezca a la única regla ya enunciada. Intervención sostenida en el enunciado de la regla ya realizado. 

El sujeto no abandona la política del avestruz, no se somete a la regla fundamental, si no ha operado el analista. El analista vía la operatoria de su acto, insuficiente con el mero enunciado, contaminara al sujeto para despojarlo de la conciencia reflexiva a la que hace alusión Mario Lebrero. Hable de esas imágenes que atraviesan sus pensamientos, trastoque las fantasías en enunciados, en palabras, en significante, para arrancarles a ellas su carácter de representación cosa y alcancen la materia con la que opera el analista. El analista interviene y el sujeto suda la gota gorda, porque no hay posibilidad de salir del síntoma sin ese esfuerzo, así lo advierte Lacan.

Freud anuncia, da sus razones para ello, solo hace falta recoger sus escritos técnicos para encontrarlo, que la asociación libre tiene su correlato en la posición del analista, atención parejamente flotante escribe. Atención con la vertiente engañadora de la palabra, la escucha se orienta hacia la posición del sujeto frente a sus enunciados; y no por la veracidad de los acontecimientos relatados. Qué dirección hubiese tomado el análisis de Dora, de enquistarse en las deshonrosas conductas que Dora denuncia en relación a su padre. Ante aquella pretensión narcisista del analizante de querer agradar, se abren dos vías no excluyentes entre sí. Por un lado el intento de convertirse en el objeto amado del analista, torciendo la dialéctica analítica para producir la metáfora del amor. El analizante puede enunciar las cosas más desagradables, guiado por alguna certidumbre de aquello que el analista desearía oírle decir, en tanto que sujeto de lleno en la transferencia. Procurando, como lo hace el obsesivo, reducir el deseo al campo de la demanda

Hace no mucho tiempo una analizante, bastante impregnada con el discurso psicoanalítico decía que ella era una excelente analizante, o más bien dirigía la pregunta al analista, de quien no esperaba la respuesta. Esta estaba anticipada en su posición, pues se decía divertida, graciosa en la forma de contar las cosas, traía sueños, recuerdos, no faltaba y como si fuera poco, así lo dice, asociaba mucho. 

La pregunta que cualquier analista podría formularse respecto a la regla fundamental, no se responde de manera rápida. Indudablemente el momento de cierre del inconsciente, del eclipsamiento de la palabra, con el advenimiento del pensamiento, de la fantasía, en torno a la figura del analista repugna enunciar al sujeto. Repugnancia redoblada: no sólo el sujeto experimenta displacer y pudor de hablar; sino que de decirlo sería desagradable de escuchar para el analista. El analizante en su silencio se ahorra someterse a la asociación libre. Así sucede en una entrevista entre Freud y Paul. Este habla de las cosas más indiferentes, cosas nimias pero habla. Se detiene en su discurso, alcanza a decir que se encuentra angustiado, absolutamente angustiado. Ha tenido una crisis. Se niega a hablar, Freud insiste, dice haber tenido fantasías de las más espantosas, le resulta imposible enunciarlas, permanece callado. El analista opera, interviene para que el sujeto obedezca a la regla. Él alcanza a esbozar que los pensamientos tienen que ver con la hija del analista. Freud da por terminada la sesión. Para el sujeto no solo desagrada decir, su decir se ve duplicado por el desagrado de ser escuchado. 

El analista no ahorra al sujeto su división, la abstinencia promueve el dilema que conlleva tomar la palabra, elegir por donde comenzar. ¿Cómo proseguirá hoy? pregunta Freud a su analizante. Privarle de la libertad de elegir, al analizante, el punto de apertura de su decir, excluye la posibilidad de que haga uso de un pequeño margen de libertad. Salir, vía una elección, del dilema al que lo lleva el tomar la palabra, pequeña división que marca la estructura misma del análisis. Así es que el analista es invocado a pagar con sus expectativas, el acto de abstinencia ofrece entonces un campo fértil de libertad para la producción de la división del sujeto. Enunciación de la regla, sostenida en cada sesión, en cada inicio, en cada punto en el que la función de la palabra vira hacia la presencia del analista. Instante en el que la palabra se aproxima al hueso duro del síntoma, al núcleo patógeno, interrumpiendo la encadenación significante. 

Es con el estilo propio de cada analista, con la manera particular de actuar, que el enunciado de la regla alcanzara el cuerpo pulsional del analizante. Es así que Freud en cada encuentro y con cada analizante pondrá en juego su estilo, basta acercarse al análisis de Elizabeth Von R. Historial que evidencia su deseo por la causa del síntoma paralizante, solo se ira circunscribiendo a partir de los enunciados de la analizante. Ensaya con la hipnosis, pero ella se resiste a dejarse hipnotizar; prueba presionando en la frente de Elizabeth procurado aplastar la conciencia y la emergencia del inconsciente, lo único que consigue es generar dolor. No son esas técnicas aisladas, son ellas en tanto evidencian el acto puesto en consonancia con la enunciación de la regla. “Indiqué a Elizabeth la siguiente enunciación: diga todo cuanto se le cruce como una imagen o cualquier recuerdo que se le presente”. El efecto es inmediato, luego de un silencio que calla cierta inquietud, Elizabeth confía un secreto en relación a un joven huérfano. Una serie de recuerdo van tejiendo una trama amorosa, ella revela haber fantaseado con esperarlo hasta que logre cierta estabilidad económica para casarse. Sin embargo en el momento más álgido de la relación, cuando él le declara su amor e intenciones, el conflicto se desencadena y ella huye junto a la enfermedad de su padre. 

Las asociaciones que surgen como respuesta a la exhortación freudiana, no se limitan al campo de lo enunciado sino a la posición causante de Freud. La joven se encuentra a punto de entregarle un secreto que solo le ha sido confesado a su más íntima amiga. El uso que hace el analista de la regla fundamental, en tanto apunta a la causa del síntoma, tiene consecuencias evidentes. “Es el síntoma lo que está en el centro de la regla fundamental” dice Lacan comentando la intervención de André Albert. Si esta apunta al corazón de aquello con lo que dialoga el analista, con lo analizable, el síntoma, es el inconsciente quien responde con enunciados particulares, con asociaciones. En lo que si me permiten el término sería un triálogo. El sujeto responde naufragando por asociaciones de enunciados particulares, enunciados del inconsciente, que sólo podrá revelarse a través del arduo camino de la transferencia abierto por la asociación libre. 

El analista con su acto de decir, “con la imposibilidad de no regalar nada sobre lo que no tenga el poder”, conduce a hablar sin pensar, a un hablar sin saber hacia la producción del saber. El discurso analítico introduce la necedad, en cuanto que ella es una dimensión del ejercicio significante. Así es como la puesta en acto de la regla fundamental no se arroja sobre un saber, una coherencia discursiva, sino al enunciado de un significante más, a una asociación que libere las posibilidades del cuerpo. Por supuesto no se trata del yo pensante, reflexivo al que intenta convencer Mario Lebrero, es un sujeto que no piensa. En su seminario RSI Lacan dirá que el sujeto es propiamente aquel a quien comprometemos, no a decirlo todo, que es lo que le decimos para complacernos -no todo se puede decir- sino decir necedades. Ahí esta el asunto. Si la enunciación de la regla es diga cualquier cosa, tras lo que resuena dígalo todo aunque resulte imposible, apuesta a producir un cambio en la posición enunciativa del sujeto, un decir más libre del principio de querer agradar. Un decir que toque el cuerpo pulsional, que desarticule las solidificaciones del fantasma, sosteniendo aquella frase preciosa que Lacan articula: El analista le dice al que se dispone a empezar Vamos, diga cualquier cosa, será maravilloso (Lacan, 1969-1970, 55).

Bibliografía.

-Lacan, J. (1969-1970). El seminario 17. El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2008
-Lacan, J. (1974-1975). El seminario 22. RSI. Inédito.
-Lacan, J. (1975). Comentario del texto de A. Albert sobre el placer y la regla fundamental.
-Lebrero, Mario (1996). El discurso vacío. Bueno Aires: Literatura Random House. 2014.
-Freud, S. (1913). Sobre la iniciación del tratamiento. En obras completas. Vol XII. Buenos Aires: Amorrortur, 1990.

Fuente: Candia, Santiago: "Enunciación de la regla fundamental"

miércoles, 30 de septiembre de 2020

In-analizables

1. Los primeros límites: En 1910 concluye aquella gloriosa primera década del psicoanálisis en que las curas se producían sin solución de continuidad, en la que los pacientes freudianos arañaban el fantasma luego de haber recorrido los significantes que los sobredeterminaban en un breve paseo en tren. El olvido de la palabra latina “aliquis” y la irrupción en la conciencia de los nombres de “Signorelli-Boltrafio” son testimonios. Freud escribe en esos años aquellos textos que cincuenta años después convocarían a la consigna de “la vuelta a Freud”. Nos referimos a La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana y El chiste y su relación con el inconsciente. Una década que se ilumina bajo la pregunta ¿cómo cura el psicoanálisis?

Los problemas de la instauración de la transferencia llevaron a un corrimiento de la pregunta del cómo al hasta dónde. La interrogación ya se anticipaba en la carta 691, con el descreimiento en “su neurótica”, la deserción de algunos pacientes y la demora del éxito pleno. Se hace evidente cuando Freud encuentra que algunas histéricas prefieren la cura por amor –menos trabajosa y más práctica– que la cura analítica. Cura aconsejable si no fuera por las temibles consecuencias de dependencia para con su objeto. “Yo no quiero depender de mi analista” y para no depender del tratamiento dependerán del amor, del amor del otro hacia ellas y si es el amor de su analista mejor. Transferencia erótica, diremos, y el tratamiento se ha arruinado. Nos encontramos con las primeras in-analizables, las que no aceptan esa renuncia que la transferencia demanda. Sin embargo, aquí también se juega un momento decisivo del tratamiento pues el análisis ha podido producir “in situ” aquello de lo que padece el sujeto, sus “obsesivos e histéricos modos de amar”, su creencia en la relación sexual que no existe. Si la transferencia es el motor del análisis, devenida transferencia erótica, supone una llave posible de sus finales pues se abren al análisis cuestiones referidas a los modos de fijación de la libido y, por esa vía, al fantasma. Momento en el que el sujeto tendrá que optar entre la ética de la felicidad, de estar bien incauta e inmediatamente, y la ética del deseo que supone una elección en la que las promesas se subordinan al trabajo y a las necesarias pérdidas.

Paradoja de la paradoja. Este momento podría ser inatravesable porque además toca lo inanalizable y el sujeto podría no querer ceder “eso” que más le interesa y porque nunca es seguro el resultado de confrontar con “lo peor”. El problema se bifurca como monstruo de dos cabezas porque al grupo supuesto de inanalizados, habrá que sumarle la singularidad de lo inanalizable de cada quien al llegar a las entrañas del ombligo del sueño o al enmarañamiento de los filamentos del hongo en la metáfora freudiana. Aquí irrumpen algunos analistas que no escuchan que cada sujeto decide hasta dónde llega con su análisis. No se convencen, las resistencias vuelven a ser del analista y hasta tratarían de convencer bajo la fórmula de que ese amor, el de la transferencia erótica, no sería un amor “verdadero”.

Si quienes erotizan la transferencia se excluyen de la praxis, quienes no comienzan el proceso amoroso también se quedan afuera. Narcisísticas, “personalidades” narcisistas. Si la transferencia erótica impide escuchar razones, la falta de transferencia, impide escuchar significantes. Se ha presentado el Presidente Schreber. Freud entiende que la transferencia no es hacer regalos, ni llevarse bien con Fleschig, ni tener un buen vínculo con el terapeuta. Se trata de la instalación del sujeto supuesto al saber, de la posibilidad de recibir su propio mensaje en forma invertida y de producir, por la vía significante, una brecha que abra el camino de alguna verdad del sujeto y su posición deseante. Pero no sucede. Otros inanalizables. Estos por no acceder, ya desde el comienzo, a la única regla del procedimiento. Una sola y no pueden cumplirla. ¿No será demasiado forzado tratar de meter por la ventana del vínculo lo que Freud ha dicho que se ha ido por la puerta de la falta de transferencia? Sin embargo, nuevamente sin embargo, nuevamente la paradoja. Lacan insiste con la frase “latiguillo” de no ceder frente a la psicosis. Es cierto que el sintagma no promete avanzar, pero sigue siendo un terreno en el cual, incluso aquellos que no están dispuestos a escuchar lo que ellos mismos dicen, tampoco están dispuestos a dejar de decir. Cabe aquí entonces la consigna: “aun in-analizables, no ceder frente aquellos que tienen para decir”.

2.- En el bestiario Y nuestra lista sigue. Tiempo de los pobres. Freud dice que las duras condiciones de la vida son una visa para habitar el mundo por fuera de la neurosis. Una carta de ciudadanía en ese territorio donde la neurosis golpea la puerta tímidamente. Sin embargo, no es menos es cierto que cuando allí se instala, no hay quien la saque pues el sujeto encuentra terreno fértil para los resentimientos y los beneficios secundarios. Avanzan y se hacen presentes por una gran puerta en la clínica hospitalaria. Freud se opone a lo hospitalario en sentido amplio, no hay entenados, y nada de atender gratuitamente a los hijos de los amigos, porque el tratamiento hay que pagarlo. La gratuidad abre la puerta a los peores avatares de la transferencia cuando se trata de las mujeres y a la renuencia a ser agradecidos a los hombres (de bien), posición subjetiva que Freud considera ineludible. Los tratamientos gratuitos, Freud dixit, serían ineficientes en términos del psicoanálisis. Los analistas no desfallecemos y creamos el artificio de suponerles un pago. Pago que por lo general se refiere a pagos ya hechos (léase los impuestos, la obra social, etc). Para Freud, inanalizables porque el pago debe ser hecho en forma oportuna y preferentemente en efectivo. Sin embargo, corremos el riesgo. Es cierto que la posición acreedora no es un obstáculo menor pero, también lo es que no es imposible encontrar alguna dialectización, algún punto de implicación, alguna construcción a través de la cual se puedan conmover las fijas posiciones de los resentimientos que permitan al paciente constituirse en sujeto de una pregunta más allá de la culpabilidad del otro, de la injusticia o del infortunio. Porque allí la pobreza y el resentimiento llevan las marcas de entrada y salida que Freud atribuía a la melancolía. Por narcisismo se entra, pero también por narcisismo se sale si resultara que la melancolía (o en este caso el resentimiento) deja de ser la última defensa para transformarse en un río que arrastra al sujeto. Entonces por qué no apostar ante esta eventualidad a la que la estructura empuja, allí donde hasta el Yo jugaría a favor de la cura. Como en las construcciones2, la ineficiencia no hace especialmente daño pues se trata simplemente de no haber podido modificar posiciones que de todas maneras ya estaban fijadas previamente. No minimizaremos los riesgos a los que ya he hecho referencia en el trabajo “El dinero, condiciones3; sin embargo, conocer los riesgos obliga a caminar entre la prudencia y la omnipotencia, pero supone caminar mientras sea posible.

En el bestiario, se acercan los psicosomáticos, con asma o con soriasis, los que tiene problemas cardíacos, y todos aquellos que no tienen pregunta alguna. Pero algún médico los manda para ver si encuentran causa de aquello que se ha dañado y que, como toda picazón, irrumpe y arruina la vida cotidiana. Guiados por Chiozza y los libros de las enfermedades psicosomáticas, buscan que los analistas encuentren problemas del corazón a los problemas cardíacos. No faltan psicólogos que supongan que quienes tienen leucemia seguramente se han hecho en vida mucha malasangre. A la enfermedad que padecen, le suman ser sus propios victimarios4Los analistas no soportamos que esta población que crece como hongos después de cada lluvia sea necesariamente inanalizable. Queda el recurso de atribuir a los pacientes alguna resistencia y olvidar la consigna freudiana de determinar si el procedimiento del análisis es adecuado para el sujeto –es ese el sentido del diagnóstico en las entrevistas preliminares–. Aquí los riesgos son mayores, para todos. Para los analistas porque queda a su cargo un terreno que no sabemos siquiera si nos pertenece. Un terreno que los médicos han cedido por dificultad, pero no con convicción. Si la psicosomática existe, si efectivamente existen enfermedades somáticas por razones “psi” –que lejos están de las conversiones histéricas pues no se originan ni remiten con la aparición de un significante que las recorta–, ¿a qué economía responde esta clínica? ¿son síntomas que, como las conversivas, valen por la vida sexual del neurótico? Y si no, ¿por qué valen? ¿Y si sustituyeran psicosomáticas más graves? No sea cosa que terminemos cambiando a las alopecias por crisis asmáticas, o a las soriasis por enfermedades cardíacas. Un médico dermatólogo del Hospital Fernández en 1983, refiriéndose a un paciente de once años con una alopecia, se acercó con el tono paternal de quien asume la responsabilidad de transmitir su experiencia a un profesional con ímpetus juveniles que podría no medir riesgos –otra vez la ética de la felicidad– y me dijo: “tené en cuenta que la alopecia se cura con un sombrero”. Si hacemos una nueva referencia a la ética de la felicidad es porque a veces acompaña nuestra praxis bajo la forma del furor curandi, que justamente no mide riesgos, ni calcula los precios, al desalojar al síntoma sin los recursos o los equivalentes posibles de parte del sujeto.

Psicopatías, perversión y borderline. Nombres de sujetos que nos complican, en una clínica en la que no se implican y una ley que, sin ser privativa de cada uno de ellos, responde a una lógica particular. No habrá aquí, entonces, lugar a la regla fundamental porque el significante pareciera atravesar el campo de la incertidumbre al quedar supuesto y propuesto por fuera del campo metafórico –lo que Freud llamaba “el cambio de vía”– para pretender, según estos sujetos, significarse a sí mismo. El recurso al dispositivo fracasa y los artificios están a efectos de no caer en las celadas con la que estos sujetos suelen intentar embaucarnos. Fuera de las costumbres que nos sirven de custodia y aun sintiéndonos amenazados... los analistas decidimos correr el riesgo. De eso se trata con aquellos que suponen una ley hecha a su medida. Las intervenciones no apuntarán a una discusión sobre una ley mejor o más justa que la de ellos, sino al encuentro con una Ley distinta dentro de la que ellos mismos habitan. Aquí la ética del deseo confronta con la ética de Lady Macbeth, con la ética del fuera de ley. La apuesta a la palabra se sostiene en que no hay Ley que no se derrumbe sin la legalidad que la precede, la del lenguaje en que se enuncia. In-Analizables, entonces, pero el sayo les cae durante las entrevistas de análisis. Quizás sea cierto que no haya, en estos casos, fines de análisis; no es menos cierto que vale el intento de llegar a los confines de los inicios.

En este recorrido no podrían faltar los que se han ganado la prestigiosa nominación de “paciente caño”. Lo han logrado a fuerza de no asociar, de decir “yo hablo así” después de cada fallido, de traer los sueños escritos en un cuaderno y dejárnoslo con la consigna “sé que son importantes, léalos y después me dice qué le parece”, o de decirnos “hoy hablá vos y decime cómo me ves, yo ya hablé un montón”. En los hospitales, los analistas les escapan, en los consultorios privados inquietan a los analistas y a las supervisiones llegan bajo la forma de “no sé qué hago con este paciente”. Pacientes que vienen, que generan un encuentro pegajoso, viscoso, pero que permanecen interesados en algún decir del analista, aunque no tanto en el decir propio y que en medio de nuestras dudas sobre si atenderlos o no, agregan “a mí, venir me hace bien, me siento bien viniendo aquí”.

Los niños ahora, nuestros locos bajitos. “Niño” es un tiempo lógico y cronológico en la constitución subjetiva y es un concepto en psicoanálisis que refiere a la transición de la castración al Edipo. Los niños son esos pacientes que “se caen”, que “se golpean”, que “se mean”, que irrumpen con padecimientos que no son síntomas, que no están sometidos a la estructura del chiste y por los que nos consultan. Allí la falta de texto hablado es sustituida con juegos, dibujos, tratamiento a los padres o tratamientos familiares. Este es el bestiario de los modos de tratamiento pero lo dejamos para otra ocasión. La regla, la regla fundamental, la única regla que funciona como garantía de un tratamiento psicoanalítico, no es habitable. Sin embargo, desde tiempos de Melaine Klein son nuestros pacientes aun cuando discutamos la conceptualización, la especificidad y la posibilidad de interpretar en este campo de la clínica. Y los atendemos porque podemos armar una lógica que da cuenta de su padecer y de su angustia que no es sin consecuencias para con su posición como sujeto: “es muy cierto que nuestra justificación, así como nuestro deber, es mejorar la posición del sujeto”5. Si a la luz de la regla son inanalizables, situados con relación a la demanda o al fantasma de sus padres, su posición subjetiva es pensable con nuestras categorías y nuestros conceptos.

El psicoanálisis, en estos casos y también en otros, muestra, que –además de ser un método de investigación y un tratamiento– es una praxis que supone un modo de pensar los problemas6. No es una cosmovisión, decía Freud, pero sí es un arte de leer, le agregamos. Desde esa perspectiva debemos abordar una gran paradoja de nuestra praxis: muchos inanalizables pueden analizarse, aun cuando digamos que vienen y no se analizan.
_____________
1. Freud, S. Carta 69, en A. E., tomo I, p. 301.
2. Freud, S. Construcciones, en A. E., tomo XXIII, p. 263.
3. Dvoskin, H con Biesa, A. El medio juego, Letra viva, Buenos Aires, p.105.
4. “Una enfermedad es así un hecho básicamente psicológico, y a la gente se le hace creer que se enferma porque (subconcientemente) eso es lo que quiere”. Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, Taurus, Madrid, p. 60.
5. Lacan, J. El seminario X, La angustia, en Paidós, Buenos Aires, p. 68.
6. Es en esa línea que he preferido reemplazar el término “supervisión” por el de “pensar la clínica con algún otro”.

Fuente: Dvoskin, Hugo (noviembre 2006) "In-analizables" - Imago Agenda