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viernes, 28 de agosto de 2026

Ingesta compulsiva: dificultades clínicas

 ¿Por la que las fijaciones orales pueden resultar particularmente resistentes a la elaboración?

Las fijaciones orales son particularmente resistentes porque articulan tres dimensiones que normalmente podemos distinguir: la necesidad, la demanda al Otro y la satisfacción pulsional.

 La boca no es solamente una zona erógena; es también el lugar donde el sujeto satisface una necesidad vital y donde se constituye una de sus primeras modalidades de relación con el Otro.

La oralidad está ligada desde el comienzo a una experiencia en la que el objeto viene del Otro. El bebé tiene hambre, pero lo que recibe no es simplemente alimento: recibe algo que está atravesado por la presencia, ausencia, deseo y demanda del Otro. Entonces, las significaciones con la ingesta pueden estar atravesadas por significaciones como el cuidado, el premio, la demanda de "Si me querés, comé", etc.

La comida puede quedar investida como una especie de objeto privilegiado para tramitar el vínculo con el Otro y esto vuelve especialmente compleja la elaboración: el sujeto no está simplemente intentando desprenderse de una sustancia, sino de una modalidad de satisfacción que puede estar profundamente ligada a la demanda y al amor.

Eso hace que una ingesta compulsiva pueda tener una densidad clínica muy particular y estar plagada de obstáculos.

Primer obstáculo: comer se apoya sobre una necesidad que no puede simplemente desaparecer.

En otras fijaciones, el sujeto puede renunciar relativamente al objeto o al acto que sostiene la satisfacción. Con la oralidad hay una dificultad adicional: comer es necesario para vivir.

No se puede plantear una separación absoluta del objeto oral, porque el sujeto tiene que seguir comiendo.

Por eso, si la comida funciona como soporte de una satisfacción pulsional, el tratamiento enfrenta una paradoja: hay que modificar la relación con el objeto sin poder prescindir del objeto.

Es imposible"dejar de comer", sino de que comer deje de ser la vía privilegiada para resolver algo que no es hambre.

Segundo obstáculo: la satisfacción es extremadamente inmediata

La pulsión oral ermite una satisfacción rápida, corporal y relativamente accesible. Ante angustia, vacío, frustración, soledad, aburrimiento o tensión, la comida brinda alivio. Y esa secuencia puede producirse antes de que el sujeto pueda poner en palabras aquello que lo afecta.

La compulsión no necesariamente funciona como un mensaje que primero se descifra y después se actúa. Muchas veces funciona al revés: el cuerpo actúa antes de que pueda constituirse una pregunta subjetiva.

Por eso decirle al paciente "¿qué te pasa cuando comés?" puede incluso llegar demasiado tarde.

Agregamos que la comida contemporánea tiene un agravante: la disponibilidad permanente del objeto. A la comida no hay que encontrarla, ni seducirla ni esperarla. Tampoco hay que negociarla ni es difícil acceder a ella, siempre está ahí. Eso puede producir una modalidad de satisfacción muy particular: ante cualquier perturbación subjetiva, existe un objeto inmediatamente disponible para producir satisfacción.

💜La cuestión para el analista es cómo el análisis, mediante la palabra, puede introducir una mediación donde antes había inmediatez.

Tercer obstáculo: "incorporar" permite resolver algo sin simbolizarlo

El sujeto, frente a algo que no pueden tramitar simbólicamente, encuentra en la incorporación una solución: si algo no puede elaborarse, puede incorporarse. Esta es la base de las identificaciones con las que trabajamos en la clínica todos los días, pero en este caso la comida permite una operación extraordinariamente concreta, como la de intentar tapar un vacío, tapar una falta, una separación, etc.

Cuatro obstáculo: la ingesta como respuesta a la angustia... y al desarrollo de una pregunta.

La comida funciona entonces como un objeto de emergencia ni bien la angustia comienza a desarrollarse, lo que hace que la elaboración sea difícil porque el síntoma tiene una eficacia real. La satisfacción pulsional persiste aún adquiriendo conocimiento sobre ella: aunque el paciente sepa lo que le pasa, lo que está en juego es la satisfacción pulsional.

Cuando un paciente frena el desarrollo de la angustia mediante una compulsión, también se defiende de la pregunta. Es un clásico en estos casos: "No sé por qué comí tanto. Estaba bien y de repente me agarró."

💜El analista difícilmente pueda cernir qué acontecimiento causó la ingesta, pero sí podría intentar dilucidar qué pregunta subjetiva queda evitada mediante la misma. 

Cuando el sujeto come compulsivamente, hay algo que ni llega a preguntarse. La comida puede funcionar como una respuesta que cierra prematuramente a una pregunta, movilizada por la angustia (mitigada, en este caso). Elaborar implica tolerar durante cierto tiempo aquello que el síntoma permite no tolerar: la angustia.

Sin embargo, podemos llegar a saber perfectamente que alguien come cuando está angustiado y, sin embargo, no haber tocado todavía la satisfacción que hace que esa solución siga siendo necesaria para el sujeto.

Quéhacer en la clínica

No toda compulsión alimentaria tiene la misma función subjetiva, aunque fenomenológicamente puedan parecer idénticas. Antes de preguntarnos qué "significa" comer, habría que reconstruir qué lugar fue adquiriendo ese comer en la historia de ese sujeto.

Más allá de interesarse por el peso, las dietas o los hábitos alimentarios, hay que reconstruir:

  • ¿Cómo fue ese cuerpo para el sujeto desde la infancia?
  • ¿Qué lugar tuvo la alimentación en su familia?
  • ¿Cómo era nombrado ese cuerpo por los otros?
  • ¿Hubo sobreprotección, rechazo, burlas, exigencias, invasiones?
  • ¿Cuándo apareció la preocupación por el peso?
  • ¿Cuándo el cuerpo empezó a sentirse como "propio"?
  • ¿Qué transformaciones corporales fueron significativas?
  • ¿Cómo fueron vividas la pubertad, la sexualidad, el embarazo, las enfermedades, las operaciones, etc.?
  • ¿Qué marcas dejó el Otro sobre ese cuerpo?

El cuerpo del paciente que llega a la consulta tiene una historia de miradas, palabras, prohibiciones, satisfacciones e intervenciones del Otro. Esto modifica completamente la lectura de una compulsión en el caso por caso.

También nos preguntamos por la historia de esa compulsión. Más allá de la edad que tenía el paciente cuando comenzó, nos interesa ver qué pasaba en ese momento: pérdidas, separaciones, transformaciones del cuerpo, acontecimiento traumático, evento familiar, situaciones de abuso o sexuales, exigencias... Además, ¿Puede el sujeto identificar situaciones muy específicas que precipitan actualmente la ingesta?

No es lo mismo una compulsión cuya emergencia aparece anudada a una experiencia traumática temprana y posteriormente se estabiliza como modalidad de satisfacción, que una compulsión que el sujeto puede localizar en determinadas coyunturas de su vida y cuya función puede ir delimitándose con bastante precisión.

Si simplicamos mucho, a partir de esta investigación nos vamos a encontrar con dos grandes grupos:

A. Compulsión anudada: Un sujeto cuya relación compulsiva con la comida aparece generalmente muy tempranamente, en una trama corporal y vincular compleja, y cuya función quizá no pueda separarse fácilmente de experiencias traumáticas, modalidades de satisfacción y marcas del Otro.

Ahí probablemente tengamos que hacer un trabajo de construcción histórica y de delimitación de la modalidad de satisfacción.

B. Compulsión localizable: Son casos donde los pacientes ubican causas más puntuales. "Me pasa cuando mi pareja se distancia." ó "Me pasa cuando termino de trabajar.", cuando tengo que enfrentar tal situación, me siento rechazado, etc.

Acá ya existe una posibilidad de cernir una articulación entre acontecimiento, afecto, fantasía y acto. No es que esta compulsión sea menos grave o más sencilla, pero sí que quizá existe una vía de entrada al trabajo analítico mucho más claramente delimitable.

La antigüedad cronológica del síntoma no coincide necesariamente con su distancia respecto de la elaboración.

De todas maneras, lo que interesa en cada caso es el grado de localización subjetiva de la compulsión. Un paciente puede tener una compulsión de veinte años pero ser capaz de decir: "Sé exactamente qué sucede antes de comer.". Mientras otro puede llevar seis meses comiendo compulsivamente y decir: "No tengo idea. Simplemente, cuando me doy cuenta, ya estoy comiendo."

Relacionado: El paciente con obseidad, ¿Cómo orientar el tratamiento?

El sistema de salud ante la obesidad: la técnica de "patear el tablero"

Esta observación incómoda, a la que llamamos "patear el tablero", muestra que a veces una intervención correcta en un registro produce consecuencias problemáticas en otro registro.

¿Qué sucede cuando una intervención médica modifica radicalmente el soporte corporal de un síntoma antes de que haya podido establecerse qué función cumplía ese soporte.? Se trata de los casos en que la intervención médica puede ser perfectamente exitosa desde el punto de vista de su objetivo y, al mismo tiempo, producir una desorganización subjetiva que queda fuera de ese objetivo.

El problema se inicia gracias a dos temporalidades diferentes.

El médico puede encontrarse frente a algo como la obesidad mórbida, un riesgo cardiovascular, diabetes, apnea, etc. y se ve en la obligación de intervenir. Desde esa lógica, esperar puede ser incluso iatrogénico. Hay una urgencia orgánica real.

Pero el psicólogo puede encontrarse con otra temporalidad: la del sujeto. Y esas preguntas que el psicólogo formula no se resuelven en el mismo tiempo que una indicación quirúrgica. Acá aparece el desencuentro.

Cuando existe una obesidad severa con riesgo orgánico significativo, la cirugía bariátrica puede estar perfectamente indicada y ser una intervención terapéutica eficaz. Esto hay que decirlo con mucha claridad para que la crítica no termine siendo injusta con la medicina.

Esta paradoja clínica ocurre cuando se confunde resolver la obesidad con resolver la relación del sujeto con la comida. En algunos pacientes la cirugía elimina o modifica drásticamente una de las vías mediante las cuales se sostenía una organización psíquica. Entonces aquello que parecía ser el problema —la obesidad— podía estar cumpliendo simultáneamente una función de estabilización.

No se trata de todos los pacientes con obsesidad, pero sí hay un número importante de ellos que después de la cirugía presentan —o intensifican— otras modalidades de regulación:

  • alcohol;
  • consumo de sustancias;
  • conductas compulsivas;
  • sexualidad compulsiva;
  • autoagresiones;
  • trastornos de ansiedad;
  • episodios depresivos;
  • desregulación afectiva;
  • conductas alimentarias diferentes a las anteriores.
Todo esto ocurre porque el sistema de regulación anterior fue radicalmente modificado. El paciente, de repente, ya no tiene el recurso oral para mitigar la irrupción masiva de la angustia.

Es en estos casos donde uno recuerda que el síntoma no es solamente aquello que hay que eliminar. También puede ser aquello que, aunque costoso y sufriente, está haciendo algo por el sujeto. ¿Qué ocurre si retiramos demasiado rápidamente aquello que estaba sosteniendo una determinada economía de satisfacción sin haber construído otra?

Esto, obviamente, no significa romantizar la obesidad y decir que "había que dejarlo comer". La evaluación psicológica prequirúrgica no debería reducirse a determinar si el paciente "está apto" para operarse. Podría tener una función clínica mucho más importante: determinar qué lugar ocupa la ingesta en la economía subjetiva del paciente y qué riesgos implica modificarla abruptamente.

Lejos de proponer una solución interdisciplinaria ideal, señalamos una paradoja clínica que probablemente no tenga una resolución satisfactoria. Estos casos tienen algo de la elección forzada de "La bolsa o la vida", porque edeterminados pacientes, la ingesta compulsiva puede estar articulada a una organización subjetiva muy precaria, al mismo tiempo que esa organización puede estar comprometiendo seriamente la vida orgánica.

Ningún profesional serio podría simplemente decir "primero hay que elaborar y después intervenir", porque puede no haber tiempo para elaborar. El médico se encuentra entonces frente a una elección que, en cierto sentido, no es una elección: interviene o arriesga la vida, conserva la vida biológica, pero se modifica radicalmente aquello mediante lo cual ese sujeto venía regulando su existencia.

¿Qué vida se conserva? La medicina puede salvar la vida que estaba en riesgo; la clínica tendrá que acompañar al sujeto en la construcción de una vida posible después de haber perdido (o de haber visto radicalmente alterada) una de sus formas de satisfacción.

Hay algo trágico en esto: si pensamos la compulsión como una solución —aunque sea una solución costosa, sufriente o destructiva—, la cirugía puede operar como una intervención que desarma una solución antes de que exista otra. Pero a veces no hay alternativa. En las decisiones bajo condiciones de urgencia, hay ocasiones en las que primero hay que impedir que el sujeto muera, aun sabiendo que aquello que se hace para salvarlo puede dejarlos después frente a un problema subjetivo enorme.

Todo esto deja abierta una zona de trabajo para la clínica, que obviamente no es exigirle a la psicología que retroactivamente resuelva una decisión que pertenecía a otro registro. Porque el tema es que si se pateó el tablero, hay que hacer algo con las piezas desordenadas.

lunes, 10 de agosto de 2026

La culpa vela la angustia

 La culpa suele ser una formación que vela la angustia. Al localizar la causa del malestar en una falta propia, evita el encuentro con aquello del deseo y de lo Real que la angustia revela.

Por eso, en una cura analítica, cuando un paciente deja de sentirse simplemente culpable, no necesariamente mejora de inmediato. Con frecuencia ocurre lo contrario: emerge la angustia. Y ese puede ser un momento fecundo del análisis, porque la culpa ya no alcanza para obturar la pregunta por el deseo.

Es una idea muy coherente con otra formulación clásica de Lacan: la angustia es el único afecto que no engaña. Mientras la culpa puede organizarse como una defensa, la angustia señala que el sujeto está tocando un punto de verdad sobre su posición deseante.

La culpa tiene una función estructurante porque ofrece una explicación allí donde la angustia confronta con un vacío. La culpa responde con una causa conocida. La angustia, en cambio, abre un agujero de sentido. En términos clínicos, la culpa funciona muchas veces como un tapón.

Por ejemplo:

  • una persona termina una relación y, en lugar de angustiarse frente a la incertidumbre del futuro, se dedica durante meses a reprocharse cada error cometido;
  • un obsesivo transforma permanentemente la angustia en autorreproches y rituales morales;
  • alguien que perdió un trabajo queda fijado a la idea de que "todo fue culpa mía", evitando así confrontarse con la contingencia y con la pregunta sobre qué quiere hacer ahora.

En los tres casos, la culpa organiza un relato y evita el encuentro directo con la angustia.

La fórmula "la culpa preserva de la angustia" se atribuye con frecuencia a Lacan, pero no aparece formulada literalmente de ese modo en sus seminarios o escritos publicados. Es una condensación clínica, muy utilizada por analistas lacanianos (especialmente en la orientación de Jacques-Alain Miller), que resume una idea presente en varios momentos de su enseñanza, sobre todo en el Seminario 10: La angustia y en el Seminario 7: La ética del psicoanálisis.

La idea puede entenderse a partir de dos tesis fundamentales de Lacan.

La primera es que la angustia aparece cuando falla la mediación simbólica, cuando el sujeto se encuentra demasiado cerca de aquello que Lacan llama el objeto a, es decir, del objeto causa del deseo. De ahí su famosa afirmación de que "la angustia no es sin objeto". La angustia no engaña porque señala un encuentro con algo del orden de lo Real que escapa a las significaciones habituales.

La segunda tesis proviene del Seminario 7: "la única cosa de la que puede ser culpable un sujeto es de haber cedido sobre su deseo". Esa culpa no es simplemente un sentimiento moral, sino un modo de organizar la relación con el deseo. 

sábado, 27 de junio de 2026

¿En qué punto se le devuelve la angustia al masoquista?

Conocemos bien el efecto angustiante que puede tener una pareja sádica sobre un paciente, pero resulta más sutil cuando el efecto de angustia lo genera un partenaire ubicado en una posición masoquista. 

En la novela Venus in Furs, Leopold von Sacher-Masoch presenta a Severin como alguien que le suplica a Wanda que se convierta en una mujer cruel. Él redacta incluso un contrato de esclavitud, le indica cómo debe vestir (las famosas pieles), qué actitudes debe adoptar, qué castigos espera recibir e incluso le enseña a ocupar ese lugar. Wanda, al comienzo, no es naturalmente sádica; por el contrario, se sorprende y hasta se incomoda frente a los pedidos de Severin.

Hay un momento muy significativo: Wanda le dice, en distintas formulaciones a lo largo de la novela, que ella no comprende ese deseo de ser humillado. Es Severin quien insiste una y otra vez, quien la convence y quien sostiene el dispositivo. Ella llega incluso a preguntarle si realmente desea eso, porque percibe el carácter extraño de la demanda.

Desde una lectura psicoanalítica —especialmente la que desarrolla Jacques Lacan en el Seminario X y en "Kant con Sade"— esto permite distinguir claramente masoquismo y sadismo como estructuras del fantasma que no son complementarias. El masoquista no encuentra simplemente un sádico ya constituido; necesita producirlo.

Desde afuera parece que Severin está completamente sometido a Wanda. Sin embargo, quien sostiene el guion es él. Él le dice qué hacer, cuándo hacerlo y bajo qué condiciones. Es un sometimiento cuidadosamente organizado por el propio masoquista.

Pero el punto decisivo es otro: el sufrimiento del masoquista no reside principalmente en el golpe o en la humillación, sino en la posibilidad de que el Otro no responda a su demanda. Si Wanda lo castiga, el fantasma funciona; si Wanda ocupa el lugar que él le preparó, el circuito del goce se sostiene; pero si Wanda se negara, lo ignorara o simplemente no quisiera participar, allí aparecería la verdadera angustia.

Porque el masoquista necesita provocar el deseo o la voluntad del Otro. Lo insoportable no es el castigo sino la indiferencia.

Es una paradoja discursiva muy interesante: el masoquista dice "haceme sufrir", pero esa frase es, en realidad, un imperativo dirigido al Otro. No es una renuncia al control; es una manera de gobernar la escena desde una posición aparentemente pasiva. Como suele señalar Lacan, el masoquista intenta constituirse como objeto para causar el goce del Otro, pero para lograrlo debe fabricar cuidadosamente ese Otro que goza.

De hecho, en Venus in Furs puede verse que, a medida que Wanda comienza a independizarse del libreto de Severin y encuentra un interés genuino por otro hombre —el griego Alexis—, la situación cambia radicalmente. Allí Wanda ya no actúa porque Severin se lo pide, sino desde un deseo propio. Paradójicamente, ese momento marca el derrumbe del fantasma masoquista: cuando el Otro deja de responder al guion del masoquista y adquiere autonomía, la escena deja de estar bajo su control y se vuelve verdaderamente traumática para él.

El masoquista parece entregar el poder al Otro, pero lo que hace es producir un Otro que actúe según su demanda. El verdadero fracaso no es el castigo, sino que el Otro no quiera jugar ese papel. El sufrimiento mayor no es "que me peguen", sino "que no hagan nada conmigo", porque eso implica que el sujeto deja de ser objeto de la acción del Otro y cae la escena fantasmática que sostenía su modo de goce.

Existe un  idea lacaniana de que el masoquista no busca el dolor por sí mismo, sino ocupar la posición de objeto causa del goce del Otro. Cuando el Otro no hace nada, esa posición se desvanece, y es precisamente allí donde emerge la angustia.

Utilidad clínica

Una utilidad clínica de esta paradoja aparece cuando quien consulta no es el masoquista, sino su partenaire. Frecuentemente llega angustiado, sintiendo que nunca alcanza a satisfacer las demandas del otro: siempre habría un nuevo sacrificio, una nueva humillación o una nueva prueba de amor. El partenaire queda capturado en la posición de tener que responder. ¿Qué aparece en estos pacientes? A veces la angustia a secas; otras veces, formaciones sintomáticas alrededor de esa angustia, como es la impotencia sexual.

En la clínica la cuestión no es indicarle al paciente que se abstenga de actuar, sino que no se deje determinar por la lógica que el fantasma impone. Ahí reside, precisamente, la posibilidad de una intervención analítica.

La enseñanza de La Venus de las Pieles muestra que el poder del masoquista no reside en soportar el sufrimiento, sino en conseguir que el Otro actúe. Su discurso funciona como un imperativo: "hacé X cosa conmigo". Mientras el partenaire responde, incluso castigando o rechazando, continúa ocupando el lugar que el fantasma masoquista le asigna.

La intervención analítica puede consistir en inscribir que existe otra posibilidad distinta de obedecer o desobedecer la demanda: no dejarse capturar por ella. Si el masoquista sostiene implícitamente que "nada de lo que me hagas me hará sufrir", es porque cualquier acto del partenaire puede ser integrado a la escena fantasmática. En cambio, cuando el partenaire deja de ocupar el lugar que se le prescribe, el masoquista se confronta con la falta de garantía de ese Otro. No se trata de frustrarlo deliberadamente, sino de que emerge la barradura del Otro, aquello que el fantasma intentaba obturar.

El partenaire deja de funcionar como Otro completo que sabe cómo gozar del masoquista y aparece, en cambio, como un sujeto dividido, no enteramente disponible para responder a esa demanda. Es esa división del Otro —y no el castigo— lo que introduce un límite al circuito fantasmático.

Lo único que el fantasma masoquista no puede metabolizar fácilmente no es el castigo, sino un Otro que no se deja reclutar para su escena. 

lunes, 8 de junio de 2026

Acting out y patologías del acto ¿Cómo intervenir en el límite de la palabra?

Notas de la conferencia: "Acting Out y Patologías del Acto ¿Cómo intervenir en el límite de la palabra?" del 6/6/26, en la Institución Fernando Ulloa.

El acting out puede pensarse como una oportunidad clínica. Aunque con frecuencia se lo asocie a una patología del acto, su valor reside en la posibilidad de insertar en la cadena significante aquello que allí se muestra. Lo actuado puede constituirse en una vía privilegiada de acceso a lo que no logra expresarse plenamente por la palabra.

Los primeros desarrollos de Freud se orientaron fundamentalmente hacia la dimensión simbólica. En obras como La interpretación de los sueños y El chiste y su relación con el inconsciente, buscó demostrar que tanto los sueños como los síntomas y los fenómenos psicopatológicos poseen un sentido. Su aporte fundamental consistió en suponer una racionalidad allí donde la psiquiatría de la época veía únicamente trastorno o irracionalidad: la racionalidad del inconsciente.

Una de las vías que condujo a Freud hacia esta concepción fue su contacto con los trabajos de Hippolyte Bernheim sobre la hipnosis. Freud observó que, cuando a un sujeto hipnotizado se le impartía una orden y luego se lo despertaba, éste realizaba la acción indicada y, posteriormente, producía explicaciones conscientes para justificar su conducta. A partir de estas observaciones, Freud postuló la existencia de una causalidad distinta de la conciencia: una "otra razón", la razón inconsciente. Aunque el sujeto diga "yo", existe una opacidad que excede a la conciencia y que determina parte de sus actos.

Esta perspectiva alcanza una formulación precisa en Psicopatología de la vida cotidiana, donde Freud describe las llamadas "acciones casuales y sintomáticas". Se trata de conductas aparentemente insignificantes o accidentales que revelan la incidencia del inconsciente en la vida cotidiana. De este modo, el inconsciente no sólo se manifiesta a través de la palabra, los sueños o los lapsus, sino también mediante la acción.

En los inicios del psicoanálisis, Freud reemplazó progresivamente la hipnosis por el método de la asociación libre. Su objetivo era hallar, detrás del síntoma, el recuerdo traumático que lo había originado. La cura parecía depender entonces de la recuperación de la representación ligada al trauma y de la abreacción afectiva correspondiente: recordar la escena para poder elaborar aquello que había quedado fijado.

Sin embargo, la experiencia clínica mostró que el recuerdo no era suficiente. Un ejemplo paradigmático lo constituyen las neurosis traumáticas, donde el sujeto revive reiteradamente, especialmente en los sueños, los momentos previos al acontecimiento traumático. Lejos de evitar el displacer, parece retornar una y otra vez a él.

Hasta entonces, Freud concebía el funcionamiento psíquico a partir del principio de placer, estrechamente articulado con el principio de constancia. Según esta perspectiva, el aparato psíquico tendería a mantener el nivel de excitación lo más bajo posible, evitando el aumento de tensión y procurando la obtención de placer.

No obstante, en 1914, con el texto Recordar, repetir y reelaborar, Freud introduce un giro decisivo. Allí advierte que el paciente no sólo recuerda y habla de su historia, sino que también la repite. Y la repite, muchas veces, en actos. La repetición aparece especialmente en el vínculo transferencial con el analista, donde el sujeto actualiza modalidades de relación, conflictos y posiciones subjetivas que no logra recordar como tales.

De esta manera, Freud formula una de las tesis centrales de la clínica psicoanalítica: aquello que no puede ser recordado retorna bajo la forma de la repetición. El sujeto actúa lo que no puede rememorar. La pregunta que entonces se abre para el psicoanálisis es si existe una vía que permita transformar esa repetición en elaboración, haciendo posible que aquello que se actúa pueda finalmente ser simbolizado.

La apuesta freudiana a partir de Recordar, repetir y reelaborar (1914) consiste en pensar que la repetición es, en cierto sentido, una manera de no recordar. Allí donde el recuerdo encuentra un obstáculo, el sujeto repite. La repetición aparece entonces como una defensa frente a aquello que resulta insoportable de rememorar, particularmente en relación con la escena traumática.

Por esta razón, Freud comienza a otorgar cada vez más importancia no sólo a la palabra, sino también a los actos del paciente. El inconsciente se manifiesta en lo que el sujeto dice, en aquello que hace y también en el modo en que relata sus propias acciones. La clínica deja de centrarse exclusivamente en la reconstrucción de recuerdos para incluir la dimensión de la repetición en acto.

Sin embargo, los desarrollos posteriores llevarán a Freud a reformular profundamente esta concepción. En 1920, a partir de su trabajo con pacientes afectados por las neurosis de guerra y de una serie de fenómenos clínicos difíciles de explicar desde el principio de placer, comienza a cuestionar algunos de los supuestos que habían orientado su teoría hasta entonces.

Freud observa que ciertos sujetos parecen insistir en experiencias dolorosas, reproduciendo situaciones de sufrimiento que no reportan ningún beneficio evidente. Los sueños traumáticos constituyen un ejemplo paradigmático: lejos de procurar satisfacción o alivio, conducen al sujeto una y otra vez hacia aquello que le resulta más penoso. Surge entonces una pregunta decisiva: ¿cómo comprender esta tendencia a repetir aquello que produce displacer?

Esta problemática conduce a Freud a formular la noción de compulsión a la repetición. La repetición ya no puede ser entendida únicamente como un sustituto del recuerdo reprimido. Comienza a adquirir un estatuto más fundamental, como una tendencia propia del funcionamiento psíquico. En este contexto, Freud advierte que el aparato psíquico no siempre se orienta hacia el bienestar ni hacia la evitación del sufrimiento.

Posteriormente, Lacan nombrará esta dimensión con el concepto de goce. Mientras que el placer supone un límite destinado a regular la tensión psíquica, el goce designa una modalidad de satisfacción que puede sostenerse incluso en el sufrimiento. Desde esta perspectiva, el sujeto no siempre busca su bien; en ocasiones persiste en formas de satisfacción que resultan paradójicas, excesivas o incluso autodestructivas.

La introducción de la pulsión de muerte en Más allá del principio del placer permite a Freud conceptualizar esta insistencia. La compulsión a la repetición deja de aparecer como un fenómeno secundario para convertirse en una dimensión constitutiva de la vida pulsional. Existe en la pulsión una fuerza que empuja constantemente hacia la satisfacción, más allá de los límites impuestos por el principio de placer.

Ya en Pulsiones y destinos de pulsión, Freud había señalado que las pulsiones encuentran distintos destinos y obstáculos que limitan su empuje. Estos límites cumplen una función fundamental para la vida psíquica, ya que permiten acotar una tendencia que, de otro modo, podría volverse ilimitada. La pregunta clínica que emerge entonces es cómo operar sobre ese empuje al goce, cómo introducir un límite allí donde la compulsión tiende a reiterarse indefinidamente y cómo hacer posible que la repetición encuentre una vía de elaboración.

Desde la perspectiva lacaniana, lo simbólico cumple una función de mediación entre el goce y el deseo. Si el goce implica una satisfacción que tiende a exceder los límites del principio de placer, el deseo sólo puede sostenerse a condición de que exista una mediación simbólica que introduzca una distancia respecto de aquella satisfacción inmediata.

En este sentido, Lacan sitúa a la angustia en una posición central. Lejos de ser simplemente un afecto que deba ser eliminado, la angustia constituye una vía privilegiada de acceso a la estructura subjetiva. En distintos momentos de su enseñanza señalará que la angustia es aquello que permite articular el goce con el deseo. Del mismo modo, ubicará al amor como otro operador capaz de mediar entre ambas dimensiones.

Esta formulación resulta particularmente importante para pensar la transferencia analítica. El amor de transferencia no se reduce a un fenómeno imaginario ni a una mera atribución de significaciones al analista. Su eficacia radica en que introduce una presencia viva capaz de operar allí donde el sujeto se encuentra confrontado con aquello que no puede simbolizar. Esto adquiere especial relevancia en aquellos casos en los que el trabajo interpretativo o el desciframiento del sentido encuentran límites, precisamente porque no se dispone todavía de una estructura simbólico-imaginaria suficientemente consolidada. En términos lacanianos, podría decirse que aún no se ha constituido plenamente el fantasma fundamental.

Es en este contexto donde Lacan sitúa tanto el acting out como el pasaje al acto. Ambos fenómenos constituyen respuestas frente a la angustia. Aunque podrían parecer intentos de evitarla o escapar de ella, Lacan insiste en que no deben entenderse simplemente como mecanismos de evitación. Son, más bien, modos específicos de respuesta ante la irrupción de la angustia y frente a aquello que ésta pone en juego para el sujeto.

La angustia posee un estatuto singular dentro de la teoría lacaniana porque es un afecto que no engaña. Su emergencia se encuentra ligada al encuentro con el deseo del Otro. Desde el punto de vista estructural, esta experiencia puede situarse en el momento en que el niño descubre que no ocupa el lugar de totalidad para el Otro materno.

La operación de la metáfora paterna introduce una transformación decisiva en esta relación. El niño advierte que no completa al Otro, que no es aquello que colma definitivamente su falta. Descubre que ocupa una posición determinada dentro del deseo del Otro, una posición que Lacan conceptualiza a través de la función del falo imaginario. Esta caída desde el lugar de ser "todo" para el Otro inaugura una pregunta fundamental: ¿qué quiere el Otro de mí?

Se trata de una operación estructurante que se desarrolla a nivel inconsciente y que introduce la dimensión de la separación subjetiva. No resulta casual que el "no" aparezca tempranamente en el desarrollo infantil. Antes incluso de afirmar, el niño aprende a negar. El "no" funciona como un operador de separación respecto de la demanda del Otro, permitiendo la emergencia de una posición subjetiva diferenciada.

Sin embargo, esta separación confronta al sujeto con un problema fundamental. Si ya no es todo para el Otro, tampoco existe un significante capaz de responder definitivamente a la pregunta por su ser. El significante puede representar al sujeto, pero nunca agotarlo ni definirlo por completo. Hay siempre un resto que escapa a la representación simbólica.

La reflexión de Borges en El inmortal ilustra con claridad esta dificultad: "Soy ensayista, soy dios, soy diablo, que es una fatigosa manera de decir que no soy". La acumulación de significantes no alcanza para capturar el ser. Cada nueva nominación remite a otra, en un movimiento potencialmente infinito.

Cualquiera puede verificar esta experiencia intentando responder a la pregunta "¿quién sos?". A medida que se agregan identificaciones y atributos, surge la posibilidad de continuar indefinidamente la serie. Sin embargo, en la práctica, los sujetos encuentran modos de detener esta deriva metonímica. En ocasiones, incluso, pueden quedar fijados a un significante particular: "soy TDAH", "soy adicto", "soy depresivo", entre otros ejemplos posibles.

Más habitualmente, el sujeto construye una respuesta fantasmática que le permite otorgarse cierta consistencia. El fantasma opera como una ficción estructurante que limita la proliferación infinita de significantes y proporciona un marco relativamente estable para relacionarse con el mundo, con el deseo y con los otros. No se trata de un ser verdadero ni definitivo; el sujeto continúa estando representado por significantes. Sin embargo, esta construcción resulta necesaria para sostener una posición subjetiva.

El ser que cada sujeto se atribuye se encuentra siempre articulado a una modalidad particular de goce. No obstante, cuando opera la castración simbólica, ese ser pierde cualquier pretensión de completud. La castración introduce un límite al goce y hace posible que el sujeto reconozca que no es aquello que completaría al Otro. Por esta razón, toda identidad subjetiva conserva un carácter relativo, contingente y necesariamente incompleto.

Con frecuencia, la metáfora paterna es enseñada principalmente en su vertiente prohibitiva, como aquella operación que introduce una limitación al goce mediante la prohibición del incesto. Sin embargo, su función no se reduce a la interdicción. La metáfora paterna también hace posible el deseo, en la medida en que permite al sujeto desprenderse de la exigencia de completar al Otro y encontrar una posición singular respecto de su falta.

Desde esta perspectiva, el ser se presenta como un vacío estructural. Los sentidos, las identificaciones y las distintas respuestas subjetivas funcionan como intentos de obturar ese agujero. En gran medida, un análisis transcurre interrogando esos sentidos, poniendo en cuestión las significaciones que el sujeto ha construido para responder a aquello que, en última instancia, permanece imposible de simbolizar por completo.

Es en este contexto donde Lacan afirma que la angustia surge cuando falta la falta. La angustia aparece cuando aquello que debería permanecer como ausencia se presenta de manera excesivamente próxima, o cuando el sujeto queda confrontado con la incertidumbre respecto del deseo del Otro. ¿Qué quiere el Otro de mí? ¿Qué lugar ocupo en su deseo? Son preguntas que comprometen el núcleo mismo de la subjetividad.

Las respuestas frente a esta experiencia pueden adoptar formas diversas. La inhibición, el síntoma, el acting out o el pasaje al acto constituyen distintas modalidades de respuesta ante la angustia. Cada una de ellas implica una manera singular de tratar aquello que irrumpe desde la relación con el deseo del Otro.

Existen sujetos que no han logrado construir una inscripción suficientemente estable de ese deseo del Otro. No han podido cifrarlo ni otorgarle una localización simbólica mínima. En estos casos, la angustia puede presentarse de manera especialmente invasiva. A veces encontramos cuerpos tomados por la inhibición; otras veces, sujetos que pasan de un acting out a otro sin alcanzar una elaboración posible de aquello que los atraviesa.

Esto muestra que la angustia nunca aparece desligada de una historia. Siempre se encuentra enmarcada en una trama singular de experiencias, identificaciones y modos de satisfacción. Por esta razón, la intervención analítica no consiste simplemente en reconstruir acontecimientos biográficos o elaborar una anamnesis detallada. Lo que se busca es la construcción de una historia libidinal, es decir, la articulación de esa otra escena donde se han constituido las coordenadas inconscientes del deseo y del goce.

En la experiencia de la angustia, la única subjetividad que parece subsistir es la propia sensación angustiosa. La razón de ello es que la amenaza señalada por la angustia no es un peligro exterior concreto, sino la posibilidad misma de desaparecer como sujeto para devenir objeto del Otro. La angustia confronta al sujeto con el riesgo de quedar reducido al lugar de aquello que satisface o completa el deseo ajeno.

Tanto el síntoma como el acting out comparten el hecho de remitir a una verdad inconsciente. En ambos casos se trata de formaciones que mantienen una relación estrecha con aquello que el sujeto no sabe de sí mismo. Sin embargo, existe entre ellos una diferencia fundamental.

En el síntoma encontramos una elaboración simbólica de la otra escena. El síntoma pertenece a la lógica del inconsciente reprimido. Allí la verdad se encuentra articulada en una cadena significante, condensada en una formación que admite interpretación y que porta un sentido, aunque éste permanezca inicialmente velado para el sujeto.

La tarea analítica consiste entonces en localizar la letra que sostiene al síntoma. Freud muestra este mecanismo de manera paradigmática en el caso de Elisabeth von R., donde la parálisis de sus piernas aparece ligada a representaciones incompatibles con su ideal moral y con la imagen que tenía de sí misma. El amor hacia quien no debía amar, así como determinados deseos hostiles o ambivalentes, resultaban inadmisibles para la conciencia. Reprimidos, retornaban bajo la forma del síntoma corporal. En este sentido, el inconsciente se presenta como una escritura cuyos efectos pueden leerse en el síntoma.

En el acting out también estamos en el campo del inconsciente, pero ya no se trata de una verdad que retorna bajo la forma de una formación simbólica susceptible de desciframiento. Lo que aparece es una verdad mostrada. En lugar de estar articulada en una cadena significante relativamente estabilizada, se presenta escenificada ante el Otro. El acting out constituye una puesta en escena dirigida al Otro, un mensaje que no logra formularse plenamente mediante la palabra y que, por ello, se muestra en el acto.

Por esta razón, mientras el síntoma solicita interpretación, el acting out interpela al Otro de manera más directa. No es simplemente algo que debe ser leído; es algo que se exhibe. Su estructura implica siempre una dimensión de llamado, de mostración y de apelación al Otro, aun cuando el propio sujeto desconozca aquello que está poniendo en juego mediante su acto.

[Conferencia dada de baja: se completa con IA el desarrollo de la misma]

Para precisar la especificidad del acting out, Lacan propone distinguirlo tanto del síntoma como del pasaje al acto. Los tres fenómenos mantienen una relación con el inconsciente y con la angustia, pero ocupan lugares estructuralmente diferentes.

En el síntoma, la verdad se encuentra cifrada. El síntoma constituye una formación del inconsciente que puede ser leída e interpretada porque está articulada en una trama significante. Aunque el sujeto desconozca su sentido, existe allí una simbolización que hace posible el trabajo analítico.

En el acting out, en cambio, la verdad no aparece cifrada sino mostrada. Lacan lo define como una mostración dirigida al Otro. Se trata de algo que el sujeto pone en escena cuando no logra encontrar otra vía para transmitir aquello que está en juego para él. No es simplemente una conducta impulsiva ni una descarga motriz. Tiene la estructura de un mensaje, aunque sea un mensaje que el propio sujeto desconoce.

Por eso Lacan afirma que el acting out siempre ocurre sobre una escena. Hay espectadores, explícitos o implícitos. Hay un Otro al que el acto está dirigido. Incluso cuando el sujeto sostiene que no buscaba mostrar nada, la estructura misma del fenómeno implica una dimensión de exhibición. Algo se muestra porque no ha podido ser dicho.

En este sentido, el acting out puede pensarse como una apelación al Otro. Allí donde el trabajo simbólico fracasa o resulta insuficiente, el sujeto produce una escena que porta una verdad inconsciente. No se trata todavía de una salida de la escena, sino de una intensificación de la misma. El sujeto permanece dentro de las coordenadas fantasmáticas y busca, mediante el acto, provocar una respuesta del Otro.

Un ejemplo paradigmático es el caso de la joven homosexual comentado por Freud y retomado posteriormente por Lacan. La joven mantenía una relación amorosa con una mujer mayor en abierta confrontación con las expectativas familiares. En determinado momento, al cruzarse con su padre mientras paseaba con su pareja, se arroja hacia las vías del tren. Lacan distingue allí dos momentos. Por un lado, toda la serie de exhibiciones y provocaciones dirigidas al padre, destinadas a mostrarle algo de su posición subjetiva, constituyen acting outs. Son escenas montadas para el Otro. Por otro lado, el momento en que se arroja hacia las vías ya no pertenece a la lógica del acting out, sino a la del pasaje al acto.

Esta diferencia resulta fundamental. En el acting out, el sujeto permanece en la escena y dirige un mensaje al Otro. En el pasaje al acto, en cambio, abandona la escena. Si el acting out supone una apelación al Otro, el pasaje al acto implica una ruptura radical con ese campo.

Lacan ilustra esta diferencia mediante la noción de escena. El fantasma proporciona al sujeto una posición desde la cual mirar el mundo y ubicarse respecto de los otros. En el acting out, esa escena sigue existiendo, aunque se encuentre tensionada por la angustia. El acto intenta restablecer alguna articulación con el Otro. En el pasaje al acto, por el contrario, el sujeto es expulsado de la escena o se precipita fuera de ella.

Por esta razón, el pasaje al acto suele presentarse en momentos de máxima angustia. Allí donde el sujeto ya no encuentra recursos simbólicos para sostener una posición, puede producirse una identificación masiva con el objeto. El sujeto deja de ubicarse como quien mira la escena para ocupar el lugar de aquello que cae de ella.

Lacan formaliza esta operación señalando que el pasaje al acto implica una identificación con el objeto a. Frente a una angustia que se vuelve insoportable, el sujeto encuentra una salida radical abandonando su posición subjetiva. No intenta decir algo ni mostrar algo. Simplemente sale de la escena.

Muchos actos suicidas, ciertas fugas impulsivas, algunos episodios de violencia extrema o determinadas descompensaciones clínicas pueden pensarse desde esta lógica. No se trata necesariamente de comunicar un mensaje, sino de una ruptura de las coordenadas que sostenían la posición subjetiva.

Esta distinción tiene consecuencias clínicas decisivas. Mientras que el acting out conserva una dirección hacia el Otro y, por lo tanto, mantiene abierta una posibilidad de lectura y de intervención, el pasaje al acto señala un punto donde esa mediación simbólica se encuentra gravemente comprometida.

Desde esta perspectiva, el acting out puede ser concebido como una oportunidad clínica. Allí donde el sujeto actúa, todavía está mostrando algo. Todavía hay una escena, un destinatario y una verdad que busca hacerse reconocer. La tarea analítica consiste en ofrecer las condiciones para que aquello que se muestra pueda transformarse progresivamente en algo que pueda decirse.

El objetivo no es eliminar el acto ni moralizarlo, sino propiciar una transformación de su estatuto. Que aquello que hoy aparece como mostración pueda encontrar un lugar en la palabra; que aquello que se repite en el acto pueda devenir recuerdo, elaboración e historia. En otras palabras, que el sujeto pueda construir una relación diferente con el goce que insiste detrás de la repetición.

El acting out y la posición del analista

Una de las contribuciones más originales de Lacan consiste en desplazar la pregunta clínica desde el contenido del acto hacia las coordenadas transferenciales en las que éste se produce. Frente a un acting out, la cuestión no es solamente qué significa el acto o qué verdad expresa, sino también por qué aparece en ese momento del tratamiento y cuál es la posición que ocupa el analista en su producción.

Esto supone una diferencia importante respecto de una lectura puramente descriptiva del fenómeno. El acting out no es concebido como un acontecimiento aislado que pertenece exclusivamente al paciente. Forma parte de una estructura relacional y transferencial. Por ello, cuando un acting out irrumpe en la cura, Lacan propone interrogar las condiciones en las que se produjo.

Si el acting out es una mostración dirigida al Otro, la pregunta inmediata es quién ocupa ese lugar de Otro en la situación analítica. En muchos casos, el destinatario privilegiado de esa mostración es precisamente el analista.

Hay un matiz interesante en Lacan que suele perderse: el acting out no es simplemente un mensaje inconsciente dirigido al analista. Más radicalmente, suele aparecer cuando el sujeto ya habló, pero no fue escuchado en el punto decisivo. Por eso Lacan llega a sugerir que el acting out muchas veces es una respuesta a una falla en la lectura transferencial. El sujeto pasa a mostrar porque, en cierto sentido, aquello que intentó decir no encontró inscripción en el Otro. Esa idea es muy potente clínicamente porque desplaza la pregunta desde "¿qué le pasa al paciente?" hacia "¿qué ocurrió en la relación transferencial para que ahora tenga que actuarlo?".

Esto no significa que el analista sea la causa del acting out en un sentido psicológico o moral. No se trata de atribuir culpas ni responsabilidades personales. La cuestión es estructural: el analista forma parte del dispositivo donde el acting out adquiere su sentido.

Por esta razón, Lacan sostiene que la aparición de un acting out obliga siempre a revisar la dirección de la cura. Cuando el sujeto deja de poder simbolizar algo en la transferencia y comienza a mostrarlo mediante actos, es posible que exista un punto de la experiencia analítica que no está encontrando una vía de elaboración.

En algunos casos, el acting out puede aparecer cuando una interpretación resulta prematura o cuando toca un punto para el cual el sujeto aún no dispone de recursos simbólicos suficientes. En otros, puede producirse cuando algo fundamental de la transferencia no ha sido escuchado o reconocido. También puede constituir una respuesta frente a una posición del analista que el sujeto experimenta como excesivamente opaca, distante o enigmática.

La pregunta clínica no consiste entonces en descifrar inmediatamente el significado oculto del acto, sino en interrogar la función que éste cumple dentro de la transferencia. ¿Qué intenta mostrar el sujeto? ¿A quién se lo muestra? ¿Por qué necesita mostrarlo en lugar de decirlo? ¿Qué condiciones de la escena analítica hacen que esa verdad aparezca bajo la forma de un acto?

Desde esta perspectiva, el acting out conserva un valor clínico privilegiado. A diferencia del pasaje al acto, sigue manteniendo una referencia al Otro. El sujeto no ha abandonado la escena. Continúa dirigiéndose a alguien, aunque lo haga mediante una acción en lugar de hacerlo por la palabra.

Por eso Lacan considera que el acting out posee una dimensión demostrativa. Hay algo que insiste en hacerse ver. El sujeto monta una escena porque necesita que algo sea advertido. No necesariamente comprendido de inmediato, pero sí registrado como existente.

Esto modifica la actitud clínica frente al fenómeno. Una intervención precipitada orientada exclusivamente a prohibir el acto o a moralizar la conducta puede perder aquello que el acting out tiene para enseñar sobre la economía subjetiva del paciente. Del mismo modo, una interpretación demasiado rápida corre el riesgo de reducir la complejidad de la escena a un significado único.

La tarea del analista consiste más bien en crear las condiciones para que aquello que hoy aparece como mostración pueda transformarse en material de elaboración. No se trata de traducir automáticamente el acto a palabras, sino de posibilitar que el sujeto construya progresivamente una relación distinta con aquello que el acto pone en juego.

En este sentido, el acting out puede ser concebido como un momento de trabajo clínico particularmente fecundo. Allí donde el síntoma ya no alcanza para contener cierta verdad inconsciente, ésta irrumpe en la escena bajo la forma de una acción. El acto señala un límite de la simbolización alcanzada hasta ese momento, pero también indica el lugar donde una nueva simbolización podría comenzar.

Por eso Lacan no piensa el acting out únicamente como una resistencia o un obstáculo. En muchos casos, constituye una vía privilegiada de acceso a aquello que el sujeto todavía no puede decir. El analista no debe apresurarse a clausurar esa manifestación, sino intentar leer las coordenadas transferenciales que la hacen necesaria.

La pregunta fundamental deja entonces de ser "¿qué significa este acto?" para transformarse en otra: "¿qué está intentando mostrar el sujeto mediante este acto que todavía no puede ser dicho en la transferencia?". Es a partir de esa pregunta que el acting out puede dejar de ser solamente una repetición y convertirse en una oportunidad para el trabajo analítico.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Ansiedad: ¿Qué la causa? Intervenciones clínicas

Mg. Lucas Vazquez Topssian

En esta ocasión vamos a trabajar una de las posibles causas de la ansiedad y ver qué intervenciones esta concepción habilita. El punto metapsicológico inicial para pensarla son los vasallajes del yo: el yo puede sufrir embates de la realidad, lo mismo que los efectos del drang pulsional, o los castigos del superyó.

 Hoy vamos a exponer algo muy consistente con varias líneas del psicoanálisis, especialmente con Jacques Lacan, aunque también toca algo que ya estaba insinuado en Sigmund Freud

1) La angustia no es ansiedad.

Me parece interesante diferenciar angustia/ansiedad como efecto de una señal sin objeto definido. Ahí tenemos, a mi parecer, algo clínicamente muy fértil.

Primero, una precisión: para Freud la angustia no es exactamente “sin objeto”; él termina diciendo que tiene una relación con el peligro, aunque el objeto pueda estar reprimido, desplazado o no simbolizado. En Lacan la formulación se vuelve más paradójica: “la angustia no es sin objeto”. El problema es que ese objeto no es un objeto representable común, sino algo del orden del objeto a, algo que irrumpe demasiado cerca.

En pocas palabras, diría:

La ansiedad es una expectativa difusa de peligro. La ansiedad suele organizarse como anticipación, hipervigilancia, “algo malo puede pasar”.

La angustia es la irrupción subjetiva de algo real que desborda al sujeto. Aparece más como conmoción, desorganización, cercanía intolerable de algo que no puede simbolizarse. En Jacques Lacan la angustia tiene un estatuto mucho más radical: no engaña, porque aparece cuando falla la mediación simbólica y el sujeto queda demasiado cerca del deseo del Otro o del objeto.

Incluso fenomenológicamente suelen sentirse distinto: la ansiedad es más “¿Y si pasa algo?”, mientras que la angustia es “Algo ya está acá.”

La ansiedad todavía conserva una temporalidad de espera. La angustia, en cambio, tiene algo de presentificación inmediata.

2) La ansiedad sería el eco prolongado de una alarma indeterminada

¿Podemos pensar a la ansiedad en términos de transmisión? Efectivamente, la ansiedad suele sentirse como un estado de alarma previo a la constitución clara de un peligro. Es como si el sujeto recibiera una señal, una tonalidad afectiva, un “hay peligro”, pero sin coordenadas simbólicas suficientes para localizarlo (a diferencia de la angustia).

En varios pacientes que consultaban por ansiedad, observé que en ellos operaba una suerte de frase truncada, lo que recuerda mucho a cómo opera el significante en la infancia. Más allá de la ansiedad, el niño recibe del Otro mensajes incompletos, enigmáticos, sobredeterminados. Y además de significados, recibe también afectos no metabolizados del Otro. Muchas veces los padres deciden no especificarle al niño los muchos peligros que existen en el mundo.

Por ejemplo: “No hagas eso…”, “Ojo con tu papá cuando llega así…”, “Hay cosas de las que no se habla…”, “Tené cuidado…”. Todas estas frases tienen un punto no simbolizado: ¿cuidado con qué? ¿qué pasa si no? ¿qué es exactamente lo amenazante? Entonces el cuerpo queda tomado por una expectativa de peligro difuso. 

Los pacientes suelen ubicar muy bien estas frases en sus análisis, ya que se las han repetido en reiteradas ocasiones. No obstante, suelen necesitar de la intervención del analista para resaltar su vigencia y luego trabajar sobre este punto de opacidad.

¿Pero en qué medida estas frases opacas podrían participar de la ansiedad? Recordamos la frase de Lacan “la pulsión es el eco en el cuerpo de que hay un decir” para justamente indicar que el cuerpo pulsional no es biológico puro, sino que está afectado por el lenguaje. El significante deja marcas corporales. La ansiedad podría pensarse entonces como el eco corporal de un significante de peligro que no terminó de inscribirse simbólicamente.

Esto explicaría, entiendo, por qué muchas ansiedades son anticipatorias, difusas, hipervigilantes, sin localización precisa. El sujeto sabe que “algo” amenaza, pero no qué. En estas coordenadas, la ansiedad aparece cuando el sujeto queda capturado por el deseo enigmático del Otro. No se trata tan sólo “hay peligro”, sino que el Otro de los cuidados quiere algo de él, le dice que algo puede irrumpir, pero a la vez hay una demanda imposible de calcular.

En muchos pacientes ansiosos aparece esta sensación de tener que estar atentos, que algo malo puede pesar y que relajarse no es una opción.

Como si el aparato psíquico hubiera quedado fijado a una alarma sin traducción. ¿Ubicable en dónde, desde la metapsicología? En el superyó.

3) Caso clínico: "Cuidado con la calle"

Una paciente consulta por episodios de ansiedad, que ocurren cuando sale a la ruta a manejar, o de noche cuando está sola en su casa y su novio no llegó. No logra cernir cuál es el peligro, pero sitúa que comenzó a partir del fallecimiento de un familiar. Dice, antes del este episodio: "La muerte para mí no existía, no es algo que se hablara en la familia”"

Desde entonces, la ansiedad aparece especialmente cuando debe separarse de la consistencia del Otro y decidir por sí misma. De esta manera, viajar, mudarse, irse del país, vivir sola, elegir carrera, casarse, tener hijos, que son todos momentos de separación subjetiva. a ella le emerge la pregunta: “¿Y si pasa algo?

Pero ese “algo” permanece indeterminado.

El padre parece ocupar una posición de saber absoluto. “Su palabra era la última” y “me adaptaba a su palabra y a todo lo que me decía”. Acá vemos que el problema no es solamente el contenido de lo dicho, sino el estatuto de la palabra del Otro. La palabra paterna aparece casi sin falta, como si viniera garantizada. Y eso puede volver muy difícil la constitución del deseo propio.

La paciente recuerda; “Mi padre generaba miedos”, aunque no logra cernir cuáles. Ella solo logra referir un clima afectivo de alarma, una transmisión de peligro inespecífico. “Me ha generado miedo, estar alerta al decirme ‘Andá por acá o…’ Ese “o…” es extraordinario. La frase queda suspendida, no se simboliza la consecuencia ni se delimita el peligro, pero el cuerpo de la paciente sí recibe la señal de amenaza: alerta, hipervigilancia, dificultad para decidir.

Es decir: el sujeto queda tomado por un significante de peligro incompleto. En estos casos, el significante queda suspendido antes de cerrar sentido. Y el sujeto queda intentando completar retroactivamente qué era lo peligroso. Eso puede producir una búsqueda infinita de objetos para la angustia: enfermedad, robo, rechazo, catástrofe, locura, fracaso, etc... Por supuesto, ninguno termina de encajar del todo, porque el núcleo no era el objeto concreto sino la señal misma.

Observamos también que la ansiedad muchas veces parece más ligada a la espera que al acontecimiento. Es la temporalidad del “algo va a pasar”. Ahí hay una estructura casi traumática: el sujeto vive en estado de anticipación permanente frente a un real no delimitado.

En cierto momento, la paciente logra preguntarle al padre cuál era su miedo con la calle, pues la inespecífica frase "Cuidado con la calle" era una de sus grandes advertencias. El padre responde que su gran temor son los accidentes viales: temía que alguno de sus seres queridos fueran atropellados por un automovil, lo que se relaciona a una situación traumático de la historia de este hombre. La advertencia delimita un objeto, lo que vuelve a la voz del padre menos enigmática.

4) Conclusión

De esta manera, podemos pensar que la ansiedad surge cuando el sujeto recibe del Otro una transmisión de peligro que no alcanza simbolización suficiente, quedando el cuerpo como soporte de una alarma inespecífica. O incluso, que la ansiedad es el afecto que aparece cuando el significante de peligro queda incompleto y el cuerpo debe sostener aquello que no pudo ser dicho.

También podría articularse con Donald Winnicott cuando habla de angustias primitivas impensables: experiencias tempranas que no pudieron ser simbolizadas y quedan como amenazas corporales difusas. O con Wilfred Bion y los elementos beta: afectos no metabolizados que el aparato psíquico no logra transformar en pensamiento.

viernes, 15 de mayo de 2026

El suicidio entre el pasaje al acto y la lógica del acto

Jacques Lacan se ocupa en distintos momentos de interrogar el problema clínico del suicidio, su estructura y también la lógica que podría estar implicada en dicho acto. Entre esas elaboraciones, pueden destacarse al menos dos vías fundamentales de abordaje.

Por un lado, Lacan sitúa el suicidio en relación con el pasaje al acto. En ese contexto, el pasaje al acto es pensado como una caída fuera de la escena simbólica: la escena “parte” y el sujeto, al perder allí su lugar, cae como un resto. Desde luego, esto no implica afirmar que todo pasaje al acto desemboque necesariamente en un suicidio; sin embargo, el suicidio sí podría pensarse como una de las formas extremas de esa lógica de caída.

A partir de esta articulación emerge una pregunta decisiva respecto de la angustia. ¿Cuál es el estatuto de la angustia en el momento del pasaje al acto? Trasladado al problema del suicidio, el interrogante apunta a esclarecer cómo juega la angustia para el sujeto en ese instante y qué consecuencias produce su irrupción respecto de esa caída de la escena.

Existe además otro momento de la enseñanza de Lacan donde el problema reaparece, esta vez en relación con el estatuto del acto. Allí llega a señalar que el suicidio podría concebirse como un acto logrado. Pero inmediatamente surge una paradoja: si el acto estuviera verdaderamente consumado, no habría ya un sujeto que pudiera dar cuenta de él. Tal vez sea precisamente allí donde radique, para Lacan, su carácter “logrado”.

Por esa vía paradojal, intenta subrayar algo central: el acto, en sentido estricto, es siempre fallido. Incluso podría decirse que el acto sólo existe como acto en la medida en que introduce una hiancia, una fractura, un punto imposible de suturar completamente.

Quedan entonces abiertos algunos interrogantes clínicos y conceptuales. Si el suicidio implica una caída fuera de la escena, donde el sujeto se precipita como resto, ¿podría la aparición de la angustia operar como una condición capaz de detener ese movimiento? ¿La angustia restituiría allí alguna posibilidad de lugar para el sujeto? Y si fuera así, ¿dependería ello de una determinada magnitud o modalidad de la angustia?

Finalmente, la paradoja del acto en el suicidio parece conducir directamente al problema de lo real. ¿Es precisamente allí donde se produce una irrupción de lo real imposible de simbolizar? ¿Y qué lectura permite esto acerca de la función de lo imaginario en la constitución y el derrumbe de la escena subjetiva?

miércoles, 11 de marzo de 2026

¿Qué es la negatividad en filosofía?

 El concepto de negatividad es uno de los más importantes y polisémicos de la filosofía moderna y contemporánea. No todos lo usan en el mismo sentido, pero aparece siempre ligado a la idea de ausencia, falta, límite, contradicción o experiencia de ruptura. En general, la negatividad designa que lo que es sólo puede comprenderse a partir de lo que no es, y que la realidad tiene una dimensión estructural de “no plenitud”.

Hegel es el gran filósofo de la negatividad. Para él, la realidad no es estática: se despliega a través de contradicciones internas. La negatividad es la falta o contradicción que hace avanzar el concepto, lo que quiebra una identidad y la obliga a transformarse. También es el motor del devenir.

Ejemplo hegeliano típico: Una identidad (A) contiene algo que la niega (no-A). Esa negación no la destruye, sino que la supera (Aufhebung) en una nueva forma más compleja.

Negatividad = fuerza interna que rompe y al mismo tiempo impulsa.

Kierkegaard, Nietzsche trabajan la negatividad existencial. Aquí la negatividad no es dialéctica, sino vital o existencial.
  • En Kierkegaard, la negatividad es la experiencia de angustia, paradoja, salto al vacío, la incapacidad del yo de coincidir consigo mismo.

  • Nietzsche, por su parte, critica la negatividad como “nihilismo reactivo”, una moral que niega la vida. Para él, lo importante es afirmar, no negar.

En estos autores, la negatividad es un modo de relación con el vacío o la angustia.

Para la fenomenología y hermenéutica, la negatividad aparece como límite de la presencia. Autores como Husserl, Heidegger, Merleau-Ponty, Sartre trabajan la negatividad como aquello que hace posible la aparición de lo que aparece.

Particularmente, Heidegger establece que la negatividad es el no-ser, la posibilidad de no ser, la muerte, la nada que estructura al Dasein. La famosa conferencia ¿Qué es la metafísica? desarrolla la idea de la nada como aquello que hace patente al ser.

En Sartre, la negatividad es constitutiva de la conciencia: la conciencia es nada, porque siempre es distancia respecto de sí misma. Ej.: “no encuentro a Pierre en el café”: lo ausente organiza lo presente. La libertad surge de esa negatividad: nunca estamos clausurados en lo que somos.

Para Merleau-Ponty, la negatividad está en la incompletud del cuerpo, en las zonas de sombra, las ambigüedades de la percepción.

En todos, la negatividad es condición estructural del aparecer: no se ve lo que no está, pero lo que no está estructura la experiencia.

En psicoanálisis (particularmente Lacan), la negatividad como falta constitutiva. Aunque no es filosofía estricta, su conceptualización influyó en muchos filósofos.

El sujeto surge como efecto de una falta, de una castración simbólica. No hay sujeto sin negatividad: lo que somos está determinado por lo que nos falta, por el vacío alrededor del cual se organiza el deseo. Lacan se apoya en Hegel, Kojève, Heidegger, Sartre. Para Lacan la negatividad está en la estructura de la falta-en-ser del sujeto.

Adorno y la Teoría Crítica: negatividad como resistencia

Adorno retoma a Hegel pero sin reconciliación dialéctica. Para él, el el pensamiento debe mantener la negatividad, no aceptar “totalidades cerradas” y preservar lo que el sistema no integra. Es una negatividad crítica, que denuncia.

Derrida y la deconstrucción: negatividad como diferimiento

La negatividad se vuelve diferenciahuellalo que falta y desplaza todo sentido pleno. Derrida piensa la negatividad como la imposibilidad de un sentido pleno o de una presencia autocontenida.

Bataille, Blanchot y la negatividad radical

Para estos autores, la negatividad aparece como experiencia de límite, exceso, muerte, gasto improductivo (Bataille),ndesobra, imposibilidad de cierre (Blanchot).

Es una negatividad ligada a lo inasimilable.

Deleuze (y lo post-hegeliano): crítica a la negatividad

Deleuze rechaza la negatividad como modelo: La negatividad “no crea”, es sólo reacción. Propone pensar en términos de producción, diferencia positiva, afirmación, multiplicidad. Critica a Hegel por hacer que todo devenir sea dialéctico y dependiente de lo negativo. Deleuze es filosofía sin negatividad.

Síntesis breve

Negatividad puede significar:

  • contradicción productiva (Hegel),

  • vacío existencial (Kierkegaard, Heidegger, Sartre),

  • falta constitutiva del deseo (Lacan),

  • crítica y resistencia al sistema (Adorno),

  • incompletud del sentido (Derrida),

  • lo inasimilable y límite (Bataille, Blanchot),

  • o ser negada en favor de la afirmación (Nietzsche, Deleuze).