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jueves, 3 de septiembre de 2026

La imagen y el lugar de la causa

Está fuera de toda duda la importancia que lo imaginario reviste en el devenir del sujeto. No solamente en lo que concierne a las vestiduras fálicas, esas marcas que permiten al niño engalanarse y sostenerse, de algún modo, como aquello que puede causar el deseo del Otro. También la dimensión imaginaria de la imagen resulta fundamental, en principio, para la consistencia del cuerpo. Para el ser hablante, el cuerpo no constituye un dato de partida: requiere de una operación que permita otorgarle cierta unidad y consistencia, y en ella la imagen desempeña un papel decisivo.

Sin embargo, rápidamente se vuelve evidente que, para Lacan, la imagen por sí sola no alcanza para dar cuenta de aquello que sostiene la consistencia del cuerpo. Esto puede situarse en el matema i(a), tal como aparece en el grafo del deseo. Allí, la imagen no aparece simplemente como una representación del objeto, sino que cumple una función libidinal precisa: se sostiene a partir de la posición del objeto a, indicado por los paréntesis que lo enmarcan. La i vela, recubre y engalana una determinada posición del sujeto respecto del objeto; posición que es, precisamente, la del fantasma, mediante la cual el sujeto responde al enigma del deseo del Otro.

La articulación entre estos dos elementos —la imagen y la posición del objeto— permite interrogar distintas coyunturas clínicas. 

¿Qué ocurre cuando se produce una falla en las vestiduras que recubren esa posición? ¿Qué efectos puede tener sobre el sujeto la caída de aquello que lo engalanaba? 

Pero también cabe formular la pregunta en sentido inverso: ¿qué sucede cuando aquello que encontramos entre los paréntesis está vacío? Es decir, cuando la imagen no logra sostenerse de una posición de objeto. Si la imagen no encuentra allí su punto de anclaje, ¿de dónde obtiene entonces su consistencia?

La dimensión imaginaria de la imagen es solidaria de una cierta idealización. En tanto tiende a velar la falta, puede funcionar como un tapón frente a la vacilación del sujeto. Pero no resulta indiferente aquello que sostiene ese taponamiento. No es lo mismo que la imagen se encuentre sostenida por la posición desde la cual el sujeto puede ofrecerse como causa del deseo del Otro, que cuando ese lugar de la causa queda vacante.

En este último caso, la idealización inherente a la imagen puede adquirir una dimensión particularmente problemática. Al quedar desanudada de la posición del objeto, la imagen corre el riesgo de constituirse como un soporte que pretende bastarse a sí mismo, desligado de aquello que podría introducir una falta y, con ella, una apertura al deseo. Es allí donde puede pensarse su dimensión mortífera: al modo de Narciso, la imagen deja de ser un velo que recubre una falta para convertirse en aquello que captura al sujeto.

Esto permite interrogar una cuestión particularmente actual: ¿en qué medida la contemporaneidad promueve una forma de idealización de la imagen que pretende prescindir del Otro? ¿Qué sucede cuando la imagen ya no parece requerir de un otro que la mire, la confirme o la invista, sino que se presenta como una imagen que busca sostenerse por sí misma?

Podríamos entonces preguntarnos si ciertas formas contemporáneas de relación con la imagen no llevan a un desplazamiento decisivo: de una imagen sostenida por una posición subjetiva respecto del deseo del Otro, hacia una imagen que pretende constituirse como autosuficiente. Y, en ese pasaje, habrá que interrogar qué ocurre con el lugar del objeto a, es decir, con aquello que debería quedar velado pero que, al mismo tiempo, constituye el punto desde el cual la imagen puede adquirir consistencia libidinal.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Los bordes de la transferencia

 ¿Qué se juega en los Bordes del Amor de Transferencia? ¿Cómo orientan los Bordes del Amor Transferencial al analista?

En los bordes del amor transferencial, el vínculo con el analista puede tornarse intensidad, reclamo o idealización. No se trata de momentos patológicos, sino de zonas de alta tensión donde se actualiza la repetición y se pone en juego la fantasía inconsciente.

Es allí donde el deseo de ser todo para el Otro, o la exigencia de completud, puede amenazar con desbordar el dispositivo analítico, si no es alojado y trabajado desde la transferencia.
 
Frente a eso, el analista no responde desde el Ideal ni el juicio moral. Sostiene una posición fundada en la ética del deseo, capaz de leer la estructura sin quedar capturado por la demanda.

Así, lo que parecía un impasse amoroso puede transformarse en saber sobre la posición del sujeto en su lazo al Otro y abrir una vía de trabajo clínico.
 
¿Por qué el Amor puede volverse un obstáculo en el análisis?
Porque el amor de transferencia, aunque es motor del análisis, repite estructuras inconscientes ligadas al goce, la demanda y la fantasía. Cuando se absolutiza como pasión o exigencia de reconocimiento, puede fijar un impasse. El obstáculo no es el amor en sí, sino su uso como defensa frente a la interpretación.

La intervención analítica consiste en maniobrar allí sin rechazar ni gratificar, sino en leer su lógica y función dentro de la transferencia.
 
¿Qué se pone en juego cuando irrumpe la angustia al inicio de un análisis?
Lejos de ser un obstáculo, la angustia es una señal de que el discurso analítico tocó un punto estructural del sujeto.
Como afecto sin palabra, surge cuando el marco de sentido se desarma y algo de la verdad no simbolizada se aproxima.
En muchos casos, esta angustia se enlaza con las primeras manifestaciones del amor transferencial, cuando el amor se vuelve demanda o exceso, y aparece la imposibilidad de ser todo para el Otro.
 
¡¡Clave Clínica!!
La intervención del analista no es calmar ni explicar, sino sostener el borde sin invadirlo.
Un silencio preciso o un corte respetuoso pueden abrir más que una respuesta tranquilizadora, alojando y orientando la angustia hacia el deseo.
 
¿Qué hacer cuando el paciente exige ser amado o reconocido, y convierte el silencio en reproche?
Esa demanda revela una confusión entre amor y deuda, donde el sujeto espera del analista una reparación imposible. Cada silencio se experimenta como abandono, cada gesto como prueba de amor.
La intervención no consiste en responder, sino en leer la insistencia: ¿A quién se dirige esa exigencia? ¿Qué lugar ocupa el sujeto allí?

Solo así es posible desarticular la demanda como mandato y abrirla a una lógica de deseo.
 
¿Qué función tienen los pasajes al acto en la vida amorosa del analizante?
Frecuentemente, son sustracciones frente a lo insoportable de la demanda amorosa o el vacío relacional. Surgen cuando el sujeto no puede sostener la falta y responde con una acción que interrumpe el vínculo: rupturas abruptas, engaños, silencios o incluso síntomas somáticos.

Interpretar estas acciones como respuestas al exceso de goce o sentido permite transformarlas en claves para la Intervención Clínica, en lugar de condenarlas como fallas del yo.
 
¿Qué se juega entre amor, reconocimiento y tormento superyóico? ¿Cómo debe posicionarse el analista?
Cuando el amor se vive como deber —“debo ser suficiente”, “debo amar bien”— el deseo queda sometido a la lógica superyoica de sacrificio, culpa y sufrimiento.
El sujeto queda atrapado en una demanda imposible: busca reconocimiento para sostener su valor, pero termina alienado y mortificado.

El analista no corrige ni enseña a amar, sino que sostiene la transferencia como campo de lectura, permitiendo que la repetición amorosa se despliegue como estructura, no como verdad literal.

Desde la ética del deseo, aloja la pasión sin identificarse, mantiene el enigma y abre la vía para que el sujeto transforme el sacrificio en elaboración subjetiva.
Así, el amor deja de ser mandato para volverse causa.
  
 ¡¡Clave Clínica!!

La clínica de los bordes del amor transferencial exige una ética del deseo y una técnica precisa. El analista interviene sin responder directamente a la demanda, sin ocupar el lugar del Ideal ni del superyó, y sin enseñar a amar. Aloja la pasión, interpreta su estructura y permite que el amor y la angustia tengan un lugar en el discurso.
 
Esa es la operación analítica por excelencia: crear algo nuevo a partir de lo que se repite.

miércoles, 5 de junio de 2024

El amor en la neurosis obsesiva

No hay un desarrollo específico sobre el amor en la neurosis obsesiva en Freud y Lacan, sino que es algo que hay que construir mediante las referencias. Por ejemplo, estas referencias están en: 

  • El mito individual del neurótico 
  • Variantes de la cura tipo.
  • Seminario V.

El amor en los tres registros

El amor no es un concepto simple, sino que admite un despliegue. Lacan lo trabaja en los tres registros en distintos momentos de su enseñanza, que se articulan unas con las otras.

El amor imaginario. Aquí se ponen en juego algunas variables que tienen que ver con la dimensión especular del amor, es decir, la identificación. El amor en su dimensión especular implica el amor al semejante, lo igual y lo afín. Se ama a lo que es igual a uno mismo, lo que sostiene el narcisismo y a lo que sostiene al yo. 

El amor imaginario, a su vez, se contrarresta con la agresividad, en la medida que el semejante presenta un elemento que vaya en contra del narcisismo y fragmente la imagen. Puede ser un cuestionamiento, una interpretación, no seguir con la afinidad. Lo que no es la mismidad, pone en juego a la agresividad porque fragmenta el espejo.

El pasaje de amor a la agresividad es bastante habitual y está presente en los trabajos del narcisismo y las cuestiones de lo imaginario. Si tomamos los aspectos imaginarios, estas conductas pueden ser extremas, tanto un pegoteo narcisista como la agresividad. El pasaje de las pasiones imaginarias del amor al odio pueden ser abruptas. Esta clase de amor implica a la agresión, depende si la imagen está completa (amor) o fragmentada (agresividad). No hay una sin la otra y lo que pacifica esos planos es lo simbólico, presentado como lacan como el pacto simbólico de los significantes. El pacto simbólico de los significantes da lugares, roles y leyes al funcionamiento imaginario.

La otra dimensión imaginaria es el reconocimiento. El semejante que reconoce al sujeto en su imagen completa es al que se ama, o sea que también sostiene al narcisismo.

La idealización. Esta dimensión del amor está entre simbólico e imaginario, porque remite a un elemento de lo simbólico que comanda a este último: el ideal del yo. Se ama a aquello que se idealiza, aquello que se ubica del lado del ideal del yo. En el lenguaje popular aparece como admiración y está en el plano de lo que Freud ubica de la relación del amor con la sugestión en Psicología de las masas. Cuando uno ama, queda hipnotizado por aquel que ama y uno queda sugestionado. Para que eso pase, hay que ubicar al amado en el lugar del ideal del yo.

El amor simbólico: amor como falta. "Dar lo que no se tiene" implica la castración, la falta a nivel de lo simbólico que pone en juego la dimensión del amor en relación al falo y la castración. Se trata del amor ligado a la dimensión del deseo. El deseo es en falta, pero no se trata del deseo que se desplaza por los significantes que el amor que implica al deseo. Se trata de un amor en falta, situado en dar lo que no se tiene. 

Para dar lo que no se tiene, solo puede darse en posición de falta y de castración. Esta dimensión del amor en falta puede o no articularse -incluso ir en contra- del amor imaginario. Mientras en el amor imaginario se sostiene la imagen completa del narcisismo, en el amor de dar lo que no se tiene implicará una falta a nivel del narcisismo, una división subjetiva. Adelantamos que esto, en la neurosis obsesiva, suele ser difícil pues requiere ubicarse en el lugar de falta.

El amor real (registro). Lacan lo trabaja, por un lado, a nivel de la pulsión y el objeto a. esta dimensión del amor no implica al deseo como la simbólica, sino al goce. Implica la relación que el amor tiene con el objeto a y lo que Freud trabaja como punto de fijación. Se ama desde el fantasma, según Lacan. Se hace lazo amoroso con el otro en el punto cumple con una condición fetichista de goce. El ejemplo en Freud es "el brillo de la nariz" (glanz/glance), donde encontramos el rasgo de atracción que le gustaban a ese hombre y que lo enamoraban. Glance en inglés es brillo, mientras que glanz en alemán es mirada, lo que pone en juego, fantasmáticamente, lo que guía la pasión amorosa.

En esta dimensión real, ligada al objeto fetichista y al fantasma, se pone en juego la dimensión de la pasión. Apasiona algo en la dimensión del objeto, no en el deseo sino en el goce. Es un punto en el amor que lo vuelve pasional. El sujeto no puede dominarla, sino que se lo lleva puesto, porque tiene que ver con una dimensión real: la pulsión -o el goce- que se impone. 

Lacan también trabaja el amor real al hablar del amor como contingencia, en el sentido de tyché, el encuentro no previsto ni ubicado según las leyes previas del significante y el fantasma. Del otro lado aparecen signos donde no debería haber relación sexual. Allí donde no hay encuentro posible, aparece del otro lado un signo que provoca un efecto amoroso. Ese elemento es contingente, novedoso en el amor, que se pone en juego como segunda dimensión del amor real.

💚Como vemos, las teorizaciones del amor tienen bastantes puntos de la teoría, desplegándolo como concepto en las distintas dimensiones. 

En cuanto a la neurosis obsesiva, Lacan desde el comienzo pone en juego distintos aspectos que tienen que ver con lo amoroso. Hace referencias particulares al amor de los obsesivos, que tiene que ver con sus variables estructurales. En la clínica aparecen varias presentaciones de esta neurosis, aunque en la teoría aparezcan teorizaciones reducidas y tipificadas.

La pregnancia del amor imaginario

De entrada, en Variantes de la cura tipo, Lacan plantea que el obsesivo imaginariza las cuestiones del amor. El obsesivo, dice Lacan, arrastra hacia la jaula de su narcisismo al objeto de amor. Por ejemplo, el Hombre de las ratas lo hace con su padre idealizado y también a la dama de sus pensamientos. 

El obsesivo se ubica en el amor por la vía del semejante, a nivel de lo imaginario. Ama aquello que lo que sostiene su propio narcisismo, lo que le devuelve una imagen completa. Lo que no sostiene su narcisismo le resulta una amenaza, a la cual responde con agresividad.

Esta posición en lo amoroso, esta tendencia a la imaginarización de lo amoroso, implica pensar en términos de lo igual. Un obsesivo busca a alguien que le sostenga su narcisismo, ya sea de superioridad, su saber, su capacidad de proteger, de poder, etc. También aparece el "amor siempre igual", el amor aburrido y dormido en el obsesivo, rutinario, lo conocido. 

La dimensión que implica este tipo de amor, sostenida por Lacan en toda su obra, es la inflación imaginaria en la que se sostiene el obsesivo. Esto está en El mito individual del neurótico (anterior al seminario 1) hasta el seminario 24, cuando habla de la fábula de la rana que se puede parecer al buey. Esto ya está situado a nivel del sinthome del obsesivo: la dimensión imaginaria y del yo es la que el obsesivo se sostiene y padece. Por lo tanto, cuando el obsesivo se enamora aparece imaginarizado.

La dimensión del deseo en la neurosis obsesiva: el deseo imposible

En la obsesión, el deseo aparece imposible, según leemos en el seminario 5. El deseo aparece como imposible porque encierra una paradoja. El deseo es deseo del Otro (están incluídos ahí el deseo propio y el del Otro) y la paradoja es que desea al Otro sometiéndose a él, o desea para si. Lacan hace unas referencias al amor, que tienen que ver con una báscula en el obsesivo, que es darle todo al Otro y someterse a él, o eliminar al Otro para satisfacer su propio deseo. En ambas puntas el deseo se vuelve imposible y el obsesivo pasa de una punta a la otra. Es dar todo al otro o destruirlo para que todo sea para él. 

En la histeria, el deseo es insatisfecho y la solución es mucho más elegante, según Lacan. En la neurosis siempre hay una estrategia para evitar confrontarse con lo enigmático del deseo del Otro. El histérico sustrae algo que pone en reserva y así captura el deseo del Otro. Por ejemplo, en la Bella Carnicera (falta el caviar), Lacan lo trabaja como opuesto al deseo imposible. El histérico logra, con su deseo satisfecho, reducir la cuestión a un punto. En cambio, el obsesivo pasa de los dos extremos que vimos: todo para el Otro o todo para él.

La estrategia del obsesivo es degradar el deseo del Otro a la demanda, porque según dijimos, ese deseo es enigmático y esta estrategia le permite controlarlo. El obsesivo vacila entre someterse a la demanda del Otro como deseo (en realidad, lo que dice que el Otro desea, la demanda), en una posición oblativa de darle todo ó bien del aislamiento: eliminar al Otro. En esta última dimensión, hay una dimensión destructiva del Otro. Por ejemplo, el obsesivo espera la muerte del amo. No es sadismo, sino un intento de quitarse al Otro de encima. En el amor, estas dos posiciones se ponen en juego.

El obsesivo también demanda que se le demande, para llevar un control del Otro y su deseo enigmático. Puede, de esa forma, someterse a la demanda u oponerse.

La segunda paradoja que se pone en juego que tiene que ver con el dar lo que no se tiene, el amor en falta. El los extremos de darle todo al Otro o dárselo a si mismo no se pone en juego el amor simbólico. Es una especie de simulacro del amor castrado, porque dar todo al Otro se asemeja a dar lo que no se tiene, pero no es eso. En muchos casos, los obsesivos parecen ponerse en falta, pero en realidad es una posición oblativa. Cuando el "dar todo" se acaba, el obsesivo vira hacia el aislamiento. El amor en falta no es una oscilación entre dar todo o nada, sino que tiene que ver con amar desde la división subjetiva. 

La pasión del obsesivo

La dimensión del objeto a nivel de la pasión en la neurosis obsesiva está planteada por la pregnancia de dos objetos en Lacan: el objeto anal y el objeto mirada. Estos objetos se ponen en juego a nivel de la pasión del obsesivo, no en el deseo ni del amor imaginario.

En cuanto a la dimensión anal, aparece la oscilación -en términos pulsionales y del fantasma- entre el regalo excrementicio y la retención. dar lo que el Otro espera como objeto agalmático para el Otro y el retener, sustrayéndose a la demanda del Otro. En este plano anal del objeto, esto se pone en juego a nivel del goce. es darle al Otro lo que espera (que debería amar y agradecer) o bien retener ese regalo bajo el modo de la oposición y la retención. Esto está ligado también a la relación que tiene el obsesivo con la demanda del Otro. 

El obsesivo aquí también puede someterse a esta demanda u oponerse, en un nivel pasional, capturado en esa demanda. En este punto, el obsesivo no elige, sino que no puede evitarlo. Está capturado en la dimensión amorosa de la demanda del Otro. En algunos casos, el obsesivo se somete en extremo a esta demanda ó pasa a oponerse agresivamente, incluso al nivel del capricho.

Los dos tiempos en el amor obsesivo, tal cual lo enseñó Freud, son fundamentales, tanto para el deseo como para el goce. Esto suele confundir a las personas que aman a a los obsesivos, porque no es una forma única de amar, sino que tiene dos tiempos.

La dimensión de la mirada es otra de las formas pasionales de amor en la neurosis obsesiva. Esta se liga con lo que veíamos entre lo imaginario y lo simbólico: la idealización y el ideal del yo. En la neurosis obsesiva no hablamos solo de la idealización simbólica de tomar al otro como ideal, sino una captura del sujeto a nivel de la mirada. El obsesivo, así, queda apasionado por esa idealización. Es una forma de amor que aparece en la literatura de manera idealizada, apasionada, al estilo del amor cortés (la hazaña, la valentía) que se bate contra los dragones para rescatar a la princesa. En estos géneros, el objeto amado está idealizado y la satisfacción pulsional del objeto mirada que captura al obsesivo, que queda apasionado. Muchos amores obsesivos comienzan de esta forma: apasionados, que los arrastra, no se pueden detener y luego dan lugar a otras formas. Se trata de una conjunción entre la idealización simbólica y de la mirada.

La dimensión de la degradación de la vida erótica

Freud lo trabaja en términos de la oposición entre la madre y la puta. Tiene que ver con el amor simbólico del dar lo que no se tiene, pero requiere de cuestiones que no abordarlos aquí. Se trata de una dimensión que puede darse en el obsesivo, pero la disyunción de la vida erótica es también masculina.

En resumen, la posición amorosa en el obsesivo:

- Pone en juego lo imaginario, lo afín.

- El pasaje entre los opuestos de la oblatividad y el aislamiento.

- La pasión de la dimensión de la satisfacción anal de dar el regalo o retenerlo.

- La pasión de la idealización del objeto mirada.

Más allá de situar los puntos sintomáticos en la clínica, interesa ubicar los modos amorosos en la neurosis obsesiva. Los síntomas que le perturban su amor son harto conocidos (ej. la duda, la procrastinación), lo interesante aquí es cómo se enamora un obsesivo y de qué lazo amoroso se trata. Estas formas se ponen en juego por sus variables estructurales, no por sus síntomas.

Tanto el amor contingente (lo real del encuentro) como "dar lo que no se tiene" son puntos de conflicto para el obsesivo. El amor en falta se pone en contra de la dimensión imaginaria del amor, no fácil de soportar para el obsesivo, pues requiere una posición de división y eso rompe con su narcisismo y su imagen completa. Esto ocurre en momentos de mucha angustia, porque aparece la falta.

La dimensión de lo contingente, el punto del encuentro con lo no previsto y lo que no está establecido a nivel del narcisismo ni del fantasma que clasifique los objetos, también inquieta al obsesivo. Estamos hablando algo de lo propiamente femenino, la aparición del algo del "no todo", algo de lo hetero. El obsesivo, ante esto, traduce en términos de demanda, de narcisismo o de oblatividad... El obsesivo no soporta fácilmente lo "hétero" ni la contingencia, ni la falta.

En el seminario 17, Lacan habla de histerizar al obsesivo. Se trata de la puesta en forma de la entrada en análisis, que es el discurso histérico: que el agente quede en lugar de sujeto barrado. Un paciente no pasa a este discurso tan fácil, si el analista aparece en su discurso de analista como objeto, el paciente huye. 

La entrada a un análisis es a partir de la división subjetiva, que se pone a trabajar en análisis. Esta histerización se da para cualquier análisis, sea una histeria o neurosis obsesiva. El obsesivo, producto del análisis, tiene que empezar a soportar su división subjetiva: soportar su falta, flexibilizar sus modos de amar, etc. La división se da en tanto distancia entre el yo y el sujeto, cosa que al obsesivo le cuesta. La histeria, en cambio, lo hace naturalmente desde los 4 años. Un obsesivo, lo logra a los 45 y cuando lo hace es algo que no lo puede creer: salirse un poco del yo y del narcisismo. Desde ahí, puede soportar algo de su división, tratar de dar lo que no se tiene, etc. 

Lacan también formaliza que el análisis feminiza a todo quien entre en el dispositivo analítico, es decir, pone en juego la dimensión del no todo y de lo hétero, de lo otro. La operación de feminización del análisis produce también una flexibilización. Puede ser el Otro goce o lo otro. Nada de esto es fácil para el obsesivo y no es algo que aparezca al inicio de un análisis, porque soportar lo otro va más allá del narcisimo, de la falta, de la idealización... 

Fuente: Notas de la conferencia "El amor en la neurosis obsesiva" dictada por Patricio Álvarez Bayon del 7/7/22 en Causa Clínica.

miércoles, 3 de junio de 2020

¿En qué consisten la posición esquizoparanoide y la posición depresiva de Melanie Klein?

Lo primero que debemos saber es que ella habló de posición y no de etapas. La teoría de Melanie Klein es conocida como la teoría de las relaciones objetales. Describe cómo se posiciona el yo frente al objeto. Hablamos de posición, porque observamos cómo se posiciona el yo frente a ese objeto, cómo se relaciona.

Yo primitivo.

Para Melanie Klein, el niño ya nace con un yo precoz, llamado “yo primitivo” o “yo arcaico”. A la vez, aparece un objeto. No hay yo sin objeto y no hay objeto sin yo. En la realidad psíquica, siempre hay objetos.

Frente al trauma del nacimiento  se produce la angustia de aniquilamiento, que según Melanie Klein es fundante. Esto produce una impresión en el bebé, que es captada por un yo arcaico. Esta marca es tan fuerte, por la pulsión de vida y de muerte, que produce el mecanismo de escisión. Entonces hay 2 aspectos del yo: un yo bueno y otro malo. Esto ocurre porque el yo apenas puede determinar lo que es bueno y lo que es malo.


La sensación de gratificación o sentirse mal tiene relación directa con un objeto. Pero el niño no puede determinar si el bienestar o malestar viene de afuera o de adentro, así que piensa que viene desde afuera. Lo mismo pasa con el objeto, con la diferencia que el objeto se disocia en objeto bueno (aquel que me satisface) y objeto malo (aquel que me mortifica). Esta posición dura toda la vida, podemos amar y odiar a alguien en un determinado tiempo.

Posición esquizoparanoide (0 a 3-4 meses).

Lo esquizoide de esta etapa tiene que ver con la división entre bueno y malo. Lo paranoide tiene que ver con la ansiedad, el miedo al objeto malo. Si el yo se relaciona con un objeto (vivencias o sensaciones gratificantes o displacenteras), lo que se produce entre el yo y el objeto es una tensión. El sistema tensional está cargado de ansiedad. Como el yo es muy primitivo y tiende al mecanismo esquizoide (gratificación – displacer), esto produce ansiedad. Este sistema existe desde el primer momento de vida. 

La posición es muy primitiva, divide entre bueno y malo y está pendiente al sufrimiento de los objetos malos. Por la presencia de otros, el yo se va fortaleciendo.

En esta etapa los objetos son parciales, son objetos buenos o malos, es una visión parcial. Esta no es la única clasificación que podemos hacer del mundo. Las estructuras que quedan más impregnadas por esta posición son las psicóticas.

Este yo posee un nucleo y para que sea lo más normal y sano posible, va a tener que introyectar suficiente cantidad de objetos buenos que lo fortalezcan, le den autoestima y fortaleza yoica.

Aquellos bebés privados de situaciones gratificantes y cuidados, introyectan menos objetos buenos y más objetos malos. El yo queda debilitado.

En la psicosis, el paciente quedó relacionado con los objetos parciales y no con objetos totales, que se producen en la otra posición. Acá la defensa es la escisión y no la represión. Hay objetos buenos y malos y el psicótico va a tener una ansiedad paranoide, se siente perseguido por estar más relacionado con los objetos malos.

Introyección y Proyección.

Según Melanie Klein, la posición esquizoparanoide es un sistema defensivo. Se escinde el yo y simultáneamente se disocia el objeto (en buenos y malos). Idealizar algo es un mecanismo defensivo primitivo. Todos lo hacemos por haber pasado por eso, pero el neurótico puede darse cuenta.

A la disociación se le agrega la introyección, la proyección la idealización y el control omnipotente.

Introyección

El yo no tiene noción de lo interno y externo desde el inicio. Puede en esta etapa hacer esta diferencia entre lo externo y lo interno al yo. El yo quiere para sí las experiencias gratificantes, que son introyectadas para así formar parte del núcleo del yo. El bebé lo hace con ayuda de los padres. A veces, es necesario introyectar algo malo. El yo no siempre introyecta objetos buenos, a veces introyecta objetos malos. Introyectar objetos malos es una forma de conocerlos. El yo tiene un conocimiento que le permite defenderse mejor a posteriori. No solo se queda con el miedo, sino que se queda con el objeto para conocerlo y poder controlarlo. Otra función de hacer esto es que los objetos malos van a ser las representaciones de nuestros propios impulsos agresivos u hostiles. El yo lleno de objetos malos puede traer un sujeto con dificultades de agresión, en el lenguaje, etc.

Proyección

En el sentido más primitivo usado por Melanie Klein, proyectamos hacia afuera lo malo y lo que causa displacer o me irrita. El yo nunca está solo, donde desaparece el malo, aparece el objeto bueno. Cuando necesitamos gratificarnos con algo, es porque nos fue mal todo el día. La proyección es también un mecanismo primitivo. 

Idealización

Es una defensa del yo que protege de los impulsos. Idealizar a los objetos buenos los fortalece en la fantasía. Entonces me siento más protegido, más fuerte contra los objetos malos. Melanie Klein dice que es lógico que aparezca porque si los objetos son buenos y malos, puede aparecer la idealización o la desvaluación. Se puede idealizar lo bueno y lo malo.

Cuando se idealiza, algo se devalúa. Esto crea diferentes representaciones en el aparato psíquico, que produce fantasías que permiten al niño desarrollar su capacidad simbólica. Estas representaciones son fantasías de relaciones de objetos. Melanie Klein habla del mundo interno del niño, además del mundo externo que contenga. 

Control omnipotente.

Es el primo hermano de la idealización. Le hace sentir al niño que tiene controlada la situación. Es como si el niño dijera “Esto va a seguir así”. Defiende contra el miedo a perder el estado de bienestar y poder sobrevivir a los objetos malos (que los siente como si tuviera la intensión de matar al yo). El psicótico piensa que lo van a matar, tiene mucha angustia. La realidad del psicótico no es con el exterior.


Posición depresiva.

Si todo sale bien, el niño va a enfrentarse a un nueva posición relacionada con el polo perceptivo de la consciencia: eso que cambia (que el yo se posicione frente al objeto como venía) lo produce esta percepción nueva y totalmente diferente. Esta percepción implica percatarse que el objeto antes disociado es bueno y malo a la vez. En la percepción, se pasa de clasificar “pecho bueno – pecho malo” a la madre entera. El objeto ya no son 2, aparece un sentimiento novedoso que es la culpa. La culpa es por haber dañado o maltratado a ese objeto  malo, que ahora también es bueno. Esta culpa es muy primaria, es de la etapa oral, entre la posición esquizoparanoide y la posición depresiva.

Melanie Klein piensa que el superyó no surge a partir del Complejo de Edipo, sino que se crea en esta etapa depresiva. Hay un Edipo temprano.

Frente al daño que el niño le produjo al objeto, éste se defiende con la negación maníaca: trata de negar temporalmente los daños causados, minimizarlos para sentir menos culpa.

Para Melanie Klein, el concepto de reparación es nodal. El yo se pasa la vida reparando los propios objetos dañados. Cuanto peor fue la vida de ese yo, más hay para reparar. No se trata de una defensa, sino de una nueva función, un lugar del yo que ahora puede reparar el objeto y a sí mismo. Ej: consolar a alguien. Un yo resiliente tiene mucha capacidad para reparar. Si la reparación maníaca, no es sano, porque el sujeto se agota y cae en la depresión.

Se produce la integración del objeto, ahora el objeto es total. Tolerar esta integración del objeto implica culpa con un mecanismo (negación maníaca) para negar temporalmente la destrucción y que pueda empezar la reparación del objeto. Para reparar, hay que ver si hay en la función materna y paterna de darle al yo las herramientas para eso. La negación maníaca es temporal, porque deben seguirle defensas nuevas. 

Durante la posición depresiva se pasa de la ansiedad paranoide a una ansiedad depresiva. El yo siente culpa y se entristece por haber dañado a sus objetos de amor. Hay que ayudar a que controle sus relaciones hostiles con el objeto, para que sienta que pueda reparar en situaciones futuras. El nivel de disociación, de proyección e introyección, tienen que ir disminuyendo junto a otras defensas. Esto ocurre en la etapa oral y la anal, donde aparecen otras defensas, como la transformación en lo contrario y las demás defensas de Freud.

La melancolía se origina en el pasaje entre la posición paranoide y la depresiva al no poder reparar el objeto dañado. Uno se queda llorando esos objetos por siempre, lo que causa la melancolía psicótica. El yo no abandona nunca la disociación y se queda lleno de objetos destruidos. Los objetos están idealizados en lo destructivo.

Las estructuras perversas y border están en la posición depresiva, pero no han logrado un pasaje exitoso desde la posición esquizoparanoide, por lo que no pueden integrar el objeto. Tanto psicóticos como perversos tienen la defensa prevalente de escisión y los intentos de integración son fallidos.

miércoles, 14 de febrero de 2018

¿Hay diferencia entre el amor y el enamoramiento?

En el enamoramiento se idealiza al objeto, que puede llegar a ser el propio yo en el narcisismo. Si se pone libido en el objeto, el yo se empobrece; si se pone libido en el yo, el objeto queda desvalorizado. 

En cambio, en el amor la libido en el yo y en el objeto no se diferencian. Amar al otro no empobrece al yo. Dijo Freud, en Introducción al Narcisimo: "un amor dichoso real responde al estado primordial en que libido de objeto y libido yoica no eran diferenciables", lo que no significa que yo y objeto no sean diferenciables: él está hablando de libido en el yo y en el objeto.

El amor es una regresión a un estado primitivo...
En el estado primordial, de amor entre la madre y el hijo, la libido en el objeto no va en desmedro de la libido en el yo. El amor dichoso real, para Freud, remeda una vuelta a ese estado, en que el amor al objeto no rebaja al yo. En el enamoramiento se trata de recuperar un ideal perdido. De este modo tocamos el remanido tema de si se diferencia al objeto o no, al comienzo. Distinguimos, entonces, libido y objeto. El enamoramiento es es un destino del narcisismo, un nuevo intento de volver a ser-tener el ideal. Como no lo soy, intentaré tenerlo. Si lo pierdo, descubro ahí que era un otro, pero mientras lo tengo, poseído tiránicamente, creo que forma parte de mí mismo, tengo en lugar de ser ese ideal.

En el estado primordial, de amor entre la madre y el hijo, la libido en el objeto no va en desmedro de la libido en el yo. El amor dichoso real, para Freud, remeda una vuelta a ese estado, en que el amor al objeto no rebaja al yo. En el enamoramiento se trata de recuperar un ideal perdido. De este modo tocamos el remanido tema de si se diferencia al objeto o no, al comienzo. Distinguimos, entonces, libido y objeto. El enamoramiento es es un destino del narcisismo, un nuevo intento de volver a ser-tener el ideal. Como no lo soy, intentaré tenerlo. Si lo pierdo, descubro ahí que era un otro, pero mientras lo tengo, poseído tiránicamente, creo que forma parte de mí mismo, tengo en lugar de ser ese ideal.

Lo característico del amor dichoso real para Freud, es que la libido puesta en el otro no disminuye la libido en el yo. En cambio el enamoramiento es como los vasos comunicantes, cuanto más pasa un líquido a uno de los vasos, el otro se vacía. Por eso en el amor real no hay esa dependencia del objeto ni hace falta esa tiranía.

Se suele confundir evolución de la libido y evolución del yo, y por otra parte destino de la libido y la del objeto. El cuestionado , por Freud mismo, del concepto de narcisismo primario, mas una conclusión teórica que una observación, lo que él , un enorme observador marcaba cuando era una especulación, lo termina definiendose como que el narcisismo es primeramente secundario, secundario a la libido del objeto.

El enamoramiento intenso y frágil, característico del narcisismo, corresponde a los cambios de polo anímico en las psicosis maníacodepresiva: Se es el ideal o se deja de serlo y entonces no vale nada.

El ideal se caracteriza por la ausencia de sexualidad, por eso pensamos en His Majesty the Baby, porque creemos que no tiene sexualidad. Apenas se la descubrimos se transforma de un angelito en un diablito.

Debido a la finísima observación de Freud es que ubica al Ideal del yo en el Superyó, pues siendo caldo de cultivo del instinto de muerte, es lo opuesto al amor. No hay libido en el superyo. Tanto en el Yo como en el Ello hay libido e instinto de muerte, no así en el superó: sólo instinto de muerte: prohibir, castigar, premiar en la renuncia libidinosa.

El enamoramiento no es un paso hacia el amor. Es un destino de la libido impuesto por el superyó que, como un vampiro, se lo traga todo y el yo queda seducido por él. A partir de ese momento, el yo cree que vive gracias a ese superyó. El amor es la relacion del yo con su fuente de placer, no es placer de órgano ( propio de la teoría evolutiva de la libido de acuerdo a zonas erógenas) sino el yo mismo en un reencuentro con un objeto primitivo y olvidado, por eso cuando uno ama a alguien se dice: Acá está lo que buscaba. La fascinación del enamoramiento, como dijo anteriormente, es lo contrario al amor, porque es un amor a sí mismo como un ideal. Ahora bien, ¿cuando uno mismo se constituye en un ideal? Cuando cumple con los imperativos del superyó. Y este, el superyó, se interpone entre el yo y los objetos. Y el yo se ofrece a sus instintos como si fuera el objeto.

En la primera teoría de los instintos la teoría de Freud parece narcisista: se comunica con los objetos a regañadientes, porque no le queda otro remedio, porque los necesita, es la llamada apoyatura. En cambio, a partir de 1920, en Más allá del principio del placer, el psiquismo es buscador de objetos. Y el superyó, caldo de cultivo del instinto de muerte, se interpone en el encuentro del yo con los objetos de los instintos.

En el capítulo VII de Psicología de las masas y análisis del yo, Freud empieza refiriéndose a que en un comienzo la relación con el padre es por identificación y con la madre es objetal sexual directa.

En el artículo citado Freud relaciona claramente la represión con el narcisismo: "En el caso de la libido reprimida, la investidura de amor es sentida como grave reducción del yo, la satisfacción de amor es imposible, y el re-enriquecimiento del yo sólo se vuelve posible por el retiro de la libido de los objetos".

No hay amor sin un poco de desilusión
Vimos que no hay enamoramiento sin ilusión, pero tampoco hay amor sin un poco de desilusión.

Durante la fase del enamoramiento el Yo cree identificar a su ideal en la otra persona. La imagen idealizada que se tiene impide ver los defectos, las contradicciones y las cosas que podrían ser incompatibles con nosotros.De ahí que se diga tan comúnmente eso de que el amor es ciego.

Sin embargo, el paso del tiempo obliga a ver las cosas de una manera más 'realista' , donde la perfección es imposible y las fallas se hacen patentes.

Parece que el amor, entendido como sentimiento complejo que sobreviene después de las primeras fases de una relación, se diferencia del enamoramiento porque es capaz de mantener el vínculo entre dos personas que se muestran en falta, no se completan del todo, y por supuesto que tienen defectos y dificultades.

Enamorarse puede ser fácil y ocurrir rápidamente, el amor es más complicado, lleva más tiempo, y exige renuncias.

Ambos fenómenos han de combatir el desgaste que ocasiona el tiempo.