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viernes, 18 de septiembre de 2026

¿Qué estatuto tiene lo depresivo cuando aparece en una organización esquizofrénica?

En esta ocasión vamos a revisar un texto de Melanie Klein, “Simposium sobre ‘Enfermedad depresiva’; una nota sobre la depresión en el esquizofrénico”, Revista de Psicoanálisis de la APA, vol. XVIII, n.º 1, 1961, pp. 17-20. La pieza aparece como una contribución de Klein de 1960, inmediatamente anterior a su muerte; forma parte del conjunto de trabajos tardíos en los que retoma y articula sus conceptos de posición esquizo-paranoide y posición depresiva. La propia Biblioteca de la Asociación Psicoanalítica Argentina conserva el texto digitalizado.

Nos interesa que Klein está intentando resolver un problema metapsicológico bastante profundo: ¿qué relación existe entre la posición depresiva y la posición esquizo-paranoide? No se trata nada más de un texto sobre “depresión en pacientes esquizofrénicos”, en el sentido descriptivo.

Para Klein, lo esquizoide y lo depresivo no son dos mundos completamente separados. Su hipótesis es que las dos posiciones constituyen momentos fundamentales del desarrollo psíquico y que existe una oscilación permanente entre ellas.

✅La posición esquizo-paranoide está organizada alrededor de la ansiedad persecutoria la fragmentación del objeto; mecanismos de defensa como la escisión, la proyección, la identificación proyectiva, la idealización, la negación y la omnipotencia.

✅Mientras que la posición depresiva aparece cuando el objeto comienza a ser percibido como objeto total: el mismo objeto que se ama es también aquel hacia el cual se dirigió el odio y la agresividad.

La depresión, para Klein,es el efecto de una determinada posición frente al objeto total, donde estarían implicados la culpa, la preocupación por el objeto, el temor a haberlo destruido y el deseo de reparación.

Klein plantea que un paciente esquizofrénico puede haber alcanzado, en algún momento de su desarrollo, la posición depresiva, pero no haber podido elaborarla suficientemente.

Ante la angustia que implica reconocer al objeto total —y, por lo tanto, reconocer simultáneamente el amor y el odio hacia ese mismo objeto— se produce una regresión hacia la posición esquizo-paranoide. De esta manera, la defensa esquizo-paranoide no necesariamente aparece antes de lo depresivo como algo absolutamente independiente; puede funcionar también como defensa frente a la angustia depresiva. Esto modifica bastante la manera de entender determinadas depresiones que aparecen en sujetos psicóticos.

Para Klein, cuanto más integrada está la percepción del objeto, más difícil resulta mantener la escisión.

Supongamos que un paciente dice: "La persona que amo es también aquella a la que odio", entonces aparece la culpa: "Mi odio pudo haber dañado a quien amo."

Pero si esa culpa resultara insoportable, el paciente podría volver a separar, defensivamente,  el objeto bueno / objeto malo. Entonces ya no tendría que experimentar "yo destruí a quien amo", sino "hay un objeto malo que me persigue".

Es una transformación radical de la angustia. La angustia depresiva puede convertirse nuevamente en angustia persecutoria.

Por eso Klein propone una especie de circuito: angustia depresiva → regresión → mecanismos esquizoides → angustia persecutoria.

Y esto también permite comprender por qué determinados fenómenos aparentemente "paranoides" pueden tener en su trasfondo una problemática profundamente depresiva.

Depresión esquizofrénica y melancolía: distinciones

No sería correcto pensar que una depresión en un paciente esquizofrénico es igual a un paciente melancólico.

El mecanismo difiere en que en la posición depresiva hay una mayor integración del objeto. El sujeto puede experimentar amor, odio, culpa, la pérdida, preocupación y necesidad de reparación.

En cambio, cuando predominan los mecanismos esquizo-paranoides, la relación con el objeto está mucho más marcada por la escisión, la fragmentación, la proyección, la persecución y la identificación proyectiva, como vimos. Por eso puede haber afectos depresivos muy intensos sin que el funcionamiento psíquico sea propiamente el de una melancolía.

Dato clínico: debemos separar el fenómeno afectivo "depresión" de la posición metapsicológica depresiva. Ambas están relacionadas, pero no son idénticas.

Relación esquizofrenia–manía–melancolía

En el texto que estamos viendo, Klein llegó a formular una hipótesis bastante audaz para su época: que las perturbaciones esquizofrénicas y las maníaco-depresivas podrían estar más relacionadas evolutivamente de lo que habitualmente se suponía, porque ambas estarían relacionadas con diferentes modos de afrontar la posición depresiva.

La posición depresiva exige tolerar que el objeto amado y el objeto odiado son el mismo. Cuando esto resulta insoportable pueden aparecer diferentes soluciones defensivas.

Una puede ser la regresión esquizo-paranoide: "No es que yo haya destruido al objeto amado; el objeto es malo y me persigue."

Otra puede ser la defensa maníaca: "No necesito al objeto, no lo he perdido, no tengo nada que lamentar."

Es decir, tanto la defensa esquizoide como la maníaca pueden ser entendidas como modos de evitar la angustia depresiva. Con esta perspectiva, la depresión puede constituir una problemática central frente a la cual la organización esquizoparanoide funciona defensivamente.

Otro concepto kleiniano fundamental se refiere a la reparación. Si el sujeto puede reconocer: "el objeto que amo es el mismo que ataqué", aparece la posibilidad de reparación.

La reparación supone que el objeto existe como objeto total, que ha sido dañado en la fantasía, que puede ser perdido y también ser recuperado/reparado.

Por eso la reparación es, paradójicamente, un indicador de mayor integración. Cuando la posición depresiva no puede elaborarse, el sujeto puede defenderse justamente contra esa posibilidad: si no reconozco al objeto total, tampoco tengo que reconocer que lo dañé. Entonces la escisión protege de la culpa, pero al costo de empobrecer la relación objetal.

Aplicación clínica:

Cuando aparece un paciente con depresión, la pregunta más fértil es: ¿Qué posición ocupa frente al objeto cuando aparece lo depresivo?

Si un paciente, por ejemplo, dice "Lo extraño, lo amo, estoy enojado con él, siento que hice cosas que lo dañaron y quisiera reparar." tenemos una problemática propiamente depresiva, con integración objetal.

En cambio, si un paciente dijera "Perdí todo, nadie me quiere, todos me atacan, no hay nada bueno, estoy completamente vacío", ahí vemos el afecto depresivo, pero coexistiendo con escisión, persecución y fragmentación.

Pero podría haber una tercera opción: la depresión como retorno de lo escindido. Y ésta quizá sea la formulación más notable: aquello que había sido evacuado mediante proyección o escisión retorna bajo forma depresiva. Entonces la depresión podría marcar un fracaso momentáneo de las defensas esquizoides.

Esto permite leer de otro modo determinados momentos clínicos: una aparición de tristeza, culpa, duelo o vacío no necesariamente significa un empeoramiento. En determinadas organizaciones puede indicar que algo previamente escindido comienza a integrarse y, por eso mismo, resulta más doloroso.

Me parece que este pequeño texto no debería ser leído como un artículo sobre "depresión en esquizofrenia", sino como una pieza sobre la continuidad estructural entre lo esquizo-paranoide y lo depresivo, lo que sucede en el desarrollo psicopatológico en tanto regresión esquizo-paranoide, la defensa maníaca y la organización depresiva.

martes, 25 de agosto de 2026

¿Qué es la terapia electroconvulsiva y para qué casos se utiliza?

 La terapia electroconvulsiva (TEC) es uno de los tratamientos más eficaces para las depresiones graves, especialmente cuando hay riesgo suicida elevado, síntomas psicóticos, estupor/catatonía o falta de respuesta a tratamientos farmacológicos.

Lo interesante es que su mecanismo no se reduce simplemente a "provocar una convulsión". La convulsión terapéutica desencadena una serie de cambios neurobiológicos.

¿Qué ocurre durante la TEC?

Se coloca al paciente bajo anestesia general breve y se administra una corriente eléctrica controlada mediante electrodos en el cuero cabelludo. Esto produce una crisis convulsiva generalizada, que suele durar menos de un minuto.


La hipótesis actual es que esa crisis produce una reorganización transitoria y luego sostenida de varios sistemas cerebrales:

  • Neurotransmisores: aumenta y se normaliza la actividad de sistemas serotoninérgicos, noradrenérgicos y dopaminérgicos, implicados en regulación del ánimo, motivación y recompensa.
  • Neuroplasticidad: aumenta la expresión de factores neurotróficos, especialmente BDNF, favoreciendo procesos de plasticidad y adaptación neuronal.
  • Circuitos cerebrales: modifica la actividad y conectividad de circuitos relacionados con la regulación emocional, particularmente los circuitos fronto-límbicos.
  • Eje del estrés: puede producir una regulación de sistemas neuroendocrinos relacionados con la respuesta al estrés.
  • Actividad cerebral: la crisis produce una enorme descarga neuronal sincronizada que parece funcionar como una especie de "reinicio" o reorganización funcional de redes cerebrales alteradas.

Por eso, aunque coloquialmente se habla de "electroshock", la idea de que la corriente simplemente "daña" o "quema" el cerebro es incorrecta. La TEC moderna se administra con parámetros cuidadosamente controlados y bajo anestesia.

¿Por qué puede ser tan rápidos sus efectos?

Esto es particularmente importante en la depresión severa.

Los antidepresivos necesitan producir cambios adaptativos progresivos en los sistemas neuronales y pueden tardar varias semanas. La TEC, en cambio, puede producir una mejoría marcada en pocos días o semanas, especialmente en síntomas como:

  • inhibición psicomotriz extrema;
  • desesperanza intensa;
  • ideas suicidas;
  • síntomas psicóticos;
  • rechazo de alimentos;
  • catatonía.

Por eso puede ser particularmente valiosa cuando no hay tiempo para esperar la respuesta de un antidepresivo.

¿Y qué pasa con la memoria?

Es el principal efecto adverso que se tiene en cuenta. Puede aparecer:

  • confusión inmediatamente después de la sesión;
  • dificultad para recordar acontecimientos recientes;
  • pérdida de recuerdos correspondientes al período alrededor del tratamiento.

En algunos pacientes puede persistir cierta amnesia autobiográfica, aunque la magnitud depende de factores como la técnica utilizada, la localización de los electrodos, la frecuencia de las sesiones y la susceptibilidad individual.

Actualmente se utilizan diferentes modalidades de TEC —por ejemplo, unilateral derecha o bilateral— buscando equilibrar eficacia y efectos cognitivos.

¿De cuánta electricidad se trata?

No hay un único voltaje fijo en la TEC. Además, el voltaje no es el parámetro principal que se utiliza para describir la dosis; se controla principalmente la carga eléctrica administrada, expresada en milicoulombs (mC), junto con corriente, duración y frecuencia de los pulsos.

En equipos modernos, la tensión aplicada puede estar en el orden de cientos de voltios, típicamente alrededor de ~200–500 V, dependiendo del aparato y de la configuración. La corriente suele ser del orden de ~0,8–0,9 A, pero se administra en pulsos muy breves.

Esto explica una aparente paradoja: el voltaje puede ser relativamente alto, pero la cantidad total de energía entregada es pequeña y está cuidadosamente dosificada.

Y hay un detalle importante: la resistencia eléctrica del cuerpo hace que el voltaje necesario para conseguir la corriente programada varíe entre personas y según el contacto de los electrodos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

14. Trastornos respiratorios del sueño

Entrada anterior: 13. Parasomnias

Cuando el problema no está en dormir, sino en respirar

Muchas personas creen que un buen descanso depende únicamente de quedarse dormido y permanecer suficientes horas en la cama. Sin embargo, el sueño también requiere que funciones básicas del organismo, como la respiración, se mantengan estables durante toda la noche.

Cuando esto no ocurre, el sueño puede fragmentarse una y otra vez, incluso aunque el paciente no llegue a despertarse por completo.

Como consecuencia, la persona puede dormir ocho horas y, aun así, levantarse con la sensación de no haber descansado.

Los trastornos respiratorios del sueño constituyen una de las causas más frecuentes de somnolencia diurna, deterioro cognitivo y disminución de la calidad de vida. Además, representan un excelente ejemplo de cómo una alteración biológica puede producir importantes repercusiones psicológicas y psiquiátricas.

Para el psicólogo, reconocer estos cuadros resulta fundamental, ya que con frecuencia los pacientes consultan inicialmente por cansancio, dificultades de atención, irritabilidad o síntomas depresivos, sin sospechar que el origen del problema se encuentra en su respiración nocturna.

¿Qué son los trastornos respiratorios del sueño?

Se trata de un grupo de enfermedades en las que la respiración se altera durante el sueño.

Las dos manifestaciones más frecuentes son:
  • los ronquidos;
  • la apnea obstructiva del sueño.
Aunque suelen presentarse juntas, no son equivalentes.

Muchas personas roncan sin padecer apnea. Del mismo modo, algunas personas con apnea apenas roncan.

Por ello, el clínico debe evitar asumir que ambos fenómenos siempre van de la mano.

Los ronquidos

El ronquido se produce cuando el paso del aire genera vibraciones en los tejidos blandos de la vía aérea superior.

Factores como:
  • el exceso de peso;
  • la congestión nasal;
  • el consumo de alcohol;
  • determinadas características anatómicas;
  • dormir boca arriba,
  • favorecen su aparición.
En muchos casos el ronquido constituye únicamente una molestia para quien comparte la habitación.

Sin embargo, cuando es intenso, aparece todas las noches o se acompaña de pausas respiratorias, debe despertar la sospecha de un trastorno más importante.

Por este motivo, durante la entrevista siempre conviene preguntar: 
"¿Alguien le dijo que ronca?"

Con frecuencia es la pareja quien aporta la información decisiva.

La apnea obstructiva del sueño

La apnea obstructiva del sueño es el trastorno respiratorio más frecuente durante el sueño.

Se produce cuando la vía aérea superior se colapsa parcial o completamente mientras la persona duerme.

Durante algunos segundos el aire deja de ingresar a los pulmones.

El nivel de oxígeno desciende.  El cerebro detecta el problema y provoca un breve despertar para reabrir la vía aérea.

Muchas veces el paciente ni siquiera recuerda esos despertares.

Sin embargo, pueden repetirse decenas o incluso cientos de veces durante una misma noche.

El resultado es un sueño profundamente fragmentado.

Aunque el paciente permanezca muchas horas en la cama, nunca alcanza un descanso verdaderamente reparador.

Factores de riesgo

Diversas condiciones aumentan la probabilidad de desarrollar apnea obstructiva.

Entre las más importantes se encuentran:
  • obesidad;
  • aumento del perímetro del cuello;
  • sexo masculino;
  • edad avanzada;
  • antecedentes familiares;
  • consumo de alcohol antes de dormir;
  • uso de sedantes;
  • determinadas alteraciones anatómicas de la vía aérea.
No obstante, la apnea también puede aparecer en personas delgadas, mujeres y niños.

Por ello, ningún factor de riesgo permite confirmar o descartar el diagnóstico por sí solo.

¿Cómo sospecharla?

Existen algunas manifestaciones particularmente sugestivas.

Durante la noche:
  • ronquidos intensos;
  • pausas respiratorias observadas por otra persona;
  • jadeos o sensación de ahogo;
  • sueño inquieto;
  • despertares frecuentes.
Durante el día:
  • somnolencia excesiva;
  • cefaleas matinales;
  • sequedad bucal al despertar;
  • disminución del rendimiento;
  • irritabilidad.
Muchos pacientes consultan únicamente por cansancio.

Si el clínico no explora activamente el sueño, el diagnóstico puede retrasarse durante años.

Las consecuencias cognitivas

Dormir no sólo sirve para descansar.

También permite que el cerebro consolide la memoria, reorganice la información y recupere sus funciones ejecutivas.

Cuando el sueño se fragmenta repetidamente por la apnea, estas funciones comienzan a deteriorarse.

Los pacientes suelen describir:
  • dificultades de concentración;
  • olvidos frecuentes;
  • disminución de la atención sostenida;
  • lentitud para pensar;
  • menor capacidad de planificación;
  • aumento de los errores laborales.
En ocasiones estos síntomas son interpretados como signos de envejecimiento, estrés o depresión.

Sin embargo, la causa principal puede encontrarse en una alteración respiratoria nocturna.

Diversos estudios muestran que el tratamiento adecuado de la apnea mejora significativamente muchas de estas funciones cognitivas.
Las consecuencias psiquiátricas

Las repercusiones emocionales también son importantes.

El sueño fragmentado favorece:
  • irritabilidad;
  • inestabilidad emocional;
  • disminución de la tolerancia al estrés;
  • síntomas ansiosos;
  • síntomas depresivos.
Es importante destacar que la apnea obstructiva no "produce" necesariamente una depresión o un trastorno de ansiedad.

Lo que ocurre es que el déficit crónico de sueño modifica profundamente el funcionamiento emocional y puede agravar trastornos psicológicos preexistentes.

En sentido inverso, un paciente que consulta por ansiedad o depresión puede presentar simultáneamente una apnea no diagnosticada que contribuya al mantenimiento de sus síntomas.

Esto recuerda una idea central de este curso: los fenómenos biológicos y psicológicos rara vez actúan de manera aislada.

Riesgos para la salud

Además de afectar el bienestar subjetivo, la apnea obstructiva posee importantes consecuencias médicas.

Entre ellas se encuentran:
  • hipertensión arterial;
  • enfermedades cardiovasculares;
  • accidentes cerebrovasculares;
  • diabetes tipo 2;
  • alteraciones metabólicas;
  • mayor riesgo de accidentes de tránsito por somnolencia.
Estas complicaciones explican por qué el diagnóstico precoz resulta tan importante.

No se trata únicamente de mejorar el descanso.

También de prevenir enfermedades potencialmente graves.

¿Cómo se diagnostican?

La sospecha comienza con una buena entrevista clínica.

Posteriormente, el paciente puede ser derivado para realizar estudios específicos.

El principal es la polisomnografía, que registra simultáneamente:
  • respiración;
  • flujo de aire;
  • saturación de oxígeno;
  • actividad cerebral;
  • movimientos corporales.
En algunos casos también pueden utilizarse estudios respiratorios domiciliarios cuando la sospecha clínica es elevada.

La interpretación de estos estudios corresponde al especialista en medicina del sueño.

El tratamiento

El tratamiento depende de la gravedad del cuadro y de las características del paciente.

Las medidas más frecuentes incluyen:
  • descenso de peso cuando existe obesidad;
  • evitar alcohol y sedantes antes de dormir;
  • cambios posturales durante el sueño;
  • dispositivos de avance mandibular en algunos casos;
  • tratamiento con presión positiva continua (CPAP) en los cuadros moderados o graves.
El CPAP mantiene abierta la vía aérea mediante una corriente constante de aire administrada a través de una mascarilla.

Aunque algunos pacientes experimentan dificultades para adaptarse inicialmente, constituye uno de los tratamientos más eficaces de toda la medicina del sueño.

Una mirada desde el psicoanálisis

Los trastornos respiratorios del sueño ilustran con claridad los límites de una intervención exclusivamente psicológica, se trate de la corriente que sea.

Un paciente puede consultar por irritabilidad, apatía, dificultades de concentración o síntomas depresivos. Sin una adecuada evaluación del sueño, sería fácil atribuir estos problemas únicamente a conflictos emocionales.

Sin embargo, cuando una apnea fragmenta el sueño cientos de veces cada noche, resulta esperable que aparezcan importantes alteraciones cognitivas y afectivas.

Esto no significa que el trabajo psicológico deje de tener valor.

Por el contrario: siendo los psicólogos parte del sistema de salud, conocer estos fenómenos les permite sospechar y realizar la interconsulta pertinente a otros profesionales intervinientes. La pregunta inicial que cualquier psicólogo debería tener, es: “¿Puede el trastorno deberse a causas fisiológicas?”. La respuesta, brindada por otros profesionales, determina las posteriores intervenciones.

Confirmada una causa fisiológica, muchos pacientes deben adaptarse al uso del CPAP, modificar hábitos profundamente arraigados, afrontar cambios en la imagen corporal o convivir con una enfermedad crónica.

La psicoterapia puede acompañar todos estos procesos sin perder de vista el origen fisiológico del trastorno.

Una mirada clínica

Ante un paciente que consulta por fatiga persistente, bajo rendimiento, problemas de memoria o cambios del estado de ánimo, el psicólogo debería incorporar una pregunta sencilla a su evaluación:

"¿Cómo respira mientras duerme?"

Muchas veces esa pregunta abre una puerta diagnóstica inesperada.

Reconocer los trastornos respiratorios del sueño no implica abandonar la comprensión subjetiva del paciente.

Implica enriquecerla con una mirada clínica capaz de integrar el funcionamiento del cuerpo y la experiencia psicológica.

Esa integración constituye, precisamente, uno de los principales objetivos de este curso.

Ideas principales
  • Los trastornos respiratorios del sueño alteran la calidad del descanso al producir interrupciones repetidas de la respiración durante la noche.
  • Los ronquidos intensos y las pausas respiratorias constituyen importantes señales de alarma para sospechar apnea obstructiva del sueño.
  • La apnea fragmenta el sueño, incluso cuando el paciente no recuerda haberse despertado.
  • Las consecuencias cognitivas incluyen dificultades de atención, memoria, concentración y funciones ejecutivas.
  • El sueño fragmentado puede favorecer irritabilidad, ansiedad y síntomas depresivos, además de agravar trastornos psicológicos preexistentes.
  • La polisomnografía es el principal estudio para confirmar el diagnóstico.
  • El tratamiento combina medidas sobre los factores de riesgo y, cuando está indicado, el uso de dispositivos como el CPAP.
  • El psicólogo cumple un papel fundamental al detectar signos de alarma, favorecer la derivación y acompañar al paciente en la adaptación al tratamiento y en el impacto subjetivo de la enfermedad.

martes, 30 de junio de 2026

¿Qué le pone un límite al dolor de existir?

 Freud descubrió que el sufrimiento humano no se reduce al dolor físico ni a un conflicto psicológico consciente, sino que está ligado a la propia condición de ser hablante. En articulación con la psiquiatría francesa de su época, Lacan se refirió al "dolor de existir" que no es un concepto técnico único y cerrado. 

Para Lacan, el dolor de existir es el sufrimiento inherente a la condición del sujeto del inconsciente: un sujeto dividido por el lenguaje, separado de toda satisfacción plena y confrontado con un goce que nunca logra dominar completamente. No remite sólo a acontecimientos vitales dolorosos, sino a la estructura misma de la existencia humana como ser hablante.

Hay un matiz interesante si se compara esta noción con Sigmund Freud. Mientras Freud sitúa el malestar como consecuencia del conflicto entre las pulsiones y las exigencias de la cultura, Lacan radicaliza la tesis: el sufrimiento no proviene únicamente de la cultura, sino de la propia inscripción del sujeto en el lenguaje. Existir como hablante implica una pérdida estructural y un resto de goce que ninguna solución definitiva puede eliminar. Esa es una de las razones por las que el análisis no busca suprimir el dolor de existir, sino modificar la relación singular que cada sujeto mantiene con su deseo, su síntoma y su modo de gozar.1

1. El dolor de existir como efecto de la entrada en el lenguaje

Para Lacan, el ser humano no nace simplemente como un organismo biológico: nace inmerso en un universo simbólico. Al ingresar al lenguaje, pierde la posibilidad de una satisfacción plena e inmediata. El deseo queda estructuralmente marcado por una falta.

En ese sentido, existir como sujeto implica una pérdida irreversible. Nunca hay un objeto capaz de colmar definitivamente el deseo. Ese resto de insatisfacción no es un accidente: es constitutivo.

El dolor de existir es, entonces, el malestar propio de una existencia atravesada por la falta.

2. El dolor de existir en la depresión y la melancolía

En el Seminario 10 y especialmente en el Seminario 17, Lacan retoma una expresión de la psiquiatría clásica ("la douleur d'exister") para pensar ciertos cuadros donde el sujeto ya no sufre tanto por un conflicto determinado, sino por el mero hecho de existir.

No se trata simplemente "me pasó algo malo", "estoy triste por una pérdida", sino un sufrimiento mucho más radical: el existir mismo pesa.

Muchos pacientes lo describen con frases como cansancio de vivir, que el esfuerzo es enorme, que no encuentran motivo, que la vida les pesa, etc. Lo insoportable es sostener el hecho de existir, no necesariamente desean morir.

3. Relación con el goce

Aquí aparece una de las ideas más originales de Lacan. El sujeto no sólo desea; también goza, incluso de maneras que le producen sufrimiento.

El dolor de existir está ligado al hecho de que el cuerpo queda capturado por un goce que no puede regular completamente. Por eso Lacan puede afirmar que el síntoma no sólo hace sufrir: también sostiene una modalidad singular de goce.

El dolor de existir es una manifestación de ese encuentro del cuerpo con un goce que excede al principio de placer.

4. Comparación con la angustia

No son equivalentes. La angustia aparece cuando el sujeto queda demasiado cerca del objeto que causa su deseo.

El dolor de existir, en cambio, puede presentarse como un fondo permanente de sufrimiento, incluso sin episodios intensos de angustia.

Podría decirse que mientras que la angustia es un afecto localizado; el dolor de existir es un tono fundamental de la experiencia subjetiva.

5. En la psicosis

Lacan observa que en algunas psicosis el dolor de existir aparece de forma especialmente desnuda.

Al faltar ciertos recursos simbólicos que permiten dar sentido a la experiencia, el sujeto puede enfrentarse de manera directa a ese peso de existir.

Esto explica por qué algunos pacientes psicóticos hablan de la vida como algo insoportable sin que necesariamente medie un conflicto identificable.

6. El dolor de existir, ¿Es universal?

En cierto sentido, sí. Todo sujeto hablante conoce algo del dolor de existir porque todos están separados de una satisfacción absoluta, pero no todos lo experimentan con la misma intensidad, que va a depender de la estructura clínica, la posición subjetiva, la economía del goce, los recursos simbólicos disponibles.

En algunos sujetos constituye apenas un trasfondo de la vida; en otros ocupa el centro de la escena clínica.

¿Qué recursos simbólicos contribuyen a "hacer algo" con el dolor de existir?

Los recursos simbólicos no eliminan el dolor de existir; más bien permiten hacer algo con él, darle una forma, inscribirlo en una trama de significaciones y limitar el goce que, de otro modo, podría volverse invasivo.

Algunos de esos recursos son:

La palabra

Es el recurso simbólico por excelencia. Poder poner en palabras el sufrimiento no significa simplemente describirlo, sino producir una elaboración que lo transforme. En un análisis, muchas veces el cambio no proviene de descubrir una verdad oculta, sino de encontrar otra manera de decir y de escuchar la propia historia.

Las identificaciones

Las identificaciones (a un padre, una profesión, una comunidad, una tradición, un ideal) organizan la existencia. Aunque Lacan muestra que ninguna identificación resuelve la división subjetiva, sí pueden ofrecer un marco que sostenga al sujeto y ordene el deseo.

Cuando estas identificaciones se debilitan —por ejemplo, tras una pérdida importante, una jubilación o una ruptura— el dolor de existir puede hacerse más evidente.

Los ideales

Los ideales pueden ser opresivos cuando funcionan como superyó ("deberías ser mejor"), pero también pueden orientar una vida. Tener un proyecto, una causa o un horizonte permite que el deseo encuentre una dirección, aunque nunca una satisfacción completa.

Los lazos con otros

El sujeto no existe aislado. La amistad, el amor, la familia, los grupos de pertenencia y las instituciones son soportes simbólicos. No eliminan el sufrimiento, pero hacen que no tenga que ser llevado en soledad.

Los rituales

Las culturas han inventado innumerables rituales para tratar aquello que resulta imposible de simbolizar completamente: funerales, duelos, celebraciones, aniversarios, ceremonias religiosas.

El trabajo y la creación

Lacan concede un lugar importante a la sublimación. Escribir, investigar, pintar, enseñar, construir, criar hijos o ejercer un oficio son maneras de tramitar el deseo y de producir algo con el resto imposible de colmar.

No "curan" la falta, pero la vuelven productiva.

El síntoma

Esta quizá sea una de las respuestas más originales de Lacan. El síntoma no es sólo un problema; también es una solución singular. Es el modo en que cada sujeto consigue anudar el lenguaje, el cuerpo y el goce.

En su última enseñanza, Lacan llega incluso a pensar que el objetivo del análisis no es eliminar el síntoma, sino aprender a servirse de él. El síntoma puede convertirse en un recurso estabilizador, lo que luego denominará, en ciertos desarrollos, un modo de hacer sinthome.


jueves, 19 de marzo de 2026

Discurso depresivo: intervenciones clínicas

 Raúl Yafar, en reiteradas conferencias y su libro, sitúa las particularidades el discurso depresivo.

Partiendo del texto que está en juego en Sobre la transitoriedad de Sigmund Freud, este psicoanalista observa algo finísimo: el poeta que ve la belleza de las flores (registro perceptivo intacto), pero no puede disfrutarlas porque se van a marchitar. 

Es decir, por una intervención del pensamiento, hay un corte en el goce. No es que no haya objeto, sino que el objeto queda neutralizado por anticipación de su pérdida. 

Yafar comienza a delinear el discurso depresivo como una forma de defensa que, mediante la argumentación, desvaloriza anticipadamente el objeto para evitar la implicación pulsional y la pérdida. No se trata simplemente de “estar triste”, sino de un modo de pensar, justificar y de no entrar en la experiencia.

Se puede escribir casi como una fórmula clínica:

  1. Aparece un objeto valioso (amor, belleza, proyecto)

  2. Se anticipa su pérdida (seguro va a terminar)

  3. Se concluye: “no vale la pena”

  4. Resultado: renuncia al deseo

No estamos ante un duelo… sino más bien de la evitación del duelo antes de que ocurra.

Yafar enseña que el depresivo no solo siente, sino que argumenta. Ejemplos típicos: “Todo termina”, “Nada dura”, “Para qué encariñarse”, “Si no es perfecto, no sirve”. Incluso en un análisis, esto arma una coherencia lógica que protege al sujeto. Incluso aunque muchas veces el paciente tenga razón, esa razón funciona como defensa.

El autor hace una muy pertinente distinción entre la idealización de un objeto (propia del amor) y la idolización, que es propia del narcisismo. El objeto válido sería eterno, sin falta y no perecedero. Indica Yafar que esto lo acerca mucho a una lógica casi platónica, donde el mundo sensible queda degradado. Como consecuencia, si el objeto real es finito, no entra en juego. Entonces, no hay deseo.

La lógica del discurso depresivo

El discurso depresivo es un discurso cerrado, aparentemente sin fisuras. Resulta ser una defensa bastante eficaz, porque protege al sujeto de la angustia de la incertidumbre, de su implicación (Si “es así”, no es algo propio, no hay responsabilidad subjetiva) y también de la pérdida, porque no pierde quien no juega (aunque se perdió de jugar).

Pero detengámonos en el núcleo lógico del asunto, no solo a la descripción clínica, ya que desde allí podría operar el analista.

Podemos decir que el discurso depresivo tiende a ser totalizante, universal y necesario, los cuales no son adjetivos sueltos, sino una manera de ubicar cómo funciona la argumentación del paciente.

Decimos que es TOTALIZANTE porque toma todo el campo. El discurso depresivo no deja zonas afuera: “Todo termina”, “Nada vale la pena”, “Siempre es igual”, “Nunca funciona”. No hay excepciones, el sujeto no dice: “esto salió mal”, sino que "todo es así”.

Es decir, un acontecimiento puntual queda absorbido por una lectura total del mundo. Clínicamente, esto aplasta lo singular. No hay margen para que algo distinto ocurra.

Por otra parte, el discurso depresivo es UNIVERSAL, porque vale para cualquiera. El depresivo no habla solo de su experiencia, habla como si enunciara una ley general, de la que se jacta. Ejemplos: “El amor siempre termina”, “La gente decepciona”, “Nada dura”.

El paciente con este discurso, no dice “a mí me pasó”, sino “así son las cosas”. Esto le da al discurso una apariencia de objetividad y verdad, casi de ciencia o filosofía.  Por eso Yafar lo ubica como una ideología. Clínicamente, si se trata de una verdad universal, entonces no hay nada que analizar del sujeto, porque queda borrado.

Otra de las características del discurso depresivo es su NECESARIEDAD, en cuanto no puede ser de otra manera. No solo es universal, sino que además es presentado como inevitable. “Si te enamorás, vas a sufrir”, “Si algo empieza, va a terminar”. No hay lugar para el azar, la contingencia ni la sorpresa, todo queda bajo una lógica de destino.

¿Qué hace el analista?

Es fundamental no moralizar la depresión y aclarar que el sujeto goza de esa posición. ¿Dónde está el goce de estos pacientes? En tener razón, en sostener una verdad universal (“todo muere”) y en evitar la castración. Es un goce “frío”, conceptual, pero goce al fin.

Lo paradójico es que este discurso usa algo verdadero: sí, todo es transitorio; sí, el amor puede terminar. El paciente hace de esta verdad posible una certeza total y ahí es donde se vuelve patológico.

El analista no puede discutir la verdad del argumento, al estilo “Bueno, pero igual vale la pena amar”, porque efectivamente el paciente tiene razón (todo termina). La dirección no es oponerle otro universal (“pero a veces…”) sino introducir lo que ese discurso excluye estructuralmente.

💙Una maniobra posible, considero, es apuntar al costo subjetivo de este discurso. “Sí, todo termina… pero ¿qué pasa mientras tanto?”, “¿Qué te ahorrás no entrando ahí?”. La idea es desplazarse de la verdad universal hacia al lugar del sujeto.

💙Decíamos que el discurso depresivo es totalizante, universal y necesario. Esto abre a una posibilidad de intervención por el lado de la contingencia. Es decir, ir por el lado de lo singular, lo contingente y lo que puede pasar.

Nuevamente hay que decirlo: no se trata de contradecir (porque el paciente tiene razón en parte), sino de introducir fisuras: ¿Siempre? ¿Todo? ¿Para quién? ¿Acá también está pasando eso? Esas pequeñas grietas reintroducen lo singular (no lo universal), lo contingente y lo no necesario.

Introducir la contingencia no es "pensar en positivo" ni ser optimista, sino romper la lógica de necesidad, mostrando que lo que el paciente presenta como inevitable… no lo es tanto. No busca demostrar lo contrario, sino aflojar el estatuto de certeza.

💙Otra de las "fallas" del discurso depresivo es que al estar tan hiperconceptualizado, el sujeto queda por fuera de la experiencia (defensa exitosa). En estos términos, alguien puede hablar sobre el amor sin entrar en la experiencia del amor. De esta manera, desde su enunciación, queda por fuera. Intervenciones como “¿Y eso cómo lo sentís?”, “¿Qué te pasa cuando decís eso?” fuerza un pasaje desde la idea hacia la experiencia. Y ahí aparece algo que el discurso no controla del todo.

💙Si aceptamos la idea de que este discurso funciona como una defensa, más precisamente como anticipación ante la pérdida, ahí tenemos otro punto. Yafar dijo, en esta conferencia, "El depresivo ya vivió la pérdida… antes de que ocurra". Entonces, una intervención posible: “¿Eso ya pasó o está pasando ahora?” “¿Dónde está eso hoy?”

Lo no perecedero... en realidad es el infierno

Anteriormente puntuamos que Yafar señaló la idolización del objeto eterno en el discurso depresivo. ¿Pero cuán sostenible es esa idolización?

En el documental "Borges para millones" (1978) Jorge Luis Borges dice: «Cuando me siento desdichado pienso en la muerte. Es el consuelo que tengo: saber que no voy a seguir siendo, pensar que voy a dejar de ser. Es decir, yo tengo la certidumbre de que voy a morir enteramente.

Y es un gran consuelo. Es algo que le da mucha fuerza a un hombre, el saber que es efímero.
En cambio la idea de ser duradero, me parece que es una idea horrible realmente. La inmortalidad sería el peor castigo. Cualquier forma de inmortalidad sería el infierno. El cielo si durara mucho sería el infierno también. Cualquier estado perdurable es la desdicha»

Se trata de una torsión interna del mismo problema: lo que en el discurso depresivo se presenta como ideal (lo eterno), en Jorge Luis Borges aparece como lo insoportable.

La idolización del objeto no perecedero es, en el fondo un objeto sin pérdida, sin transformación y sin tiempo. Es decir, un objeto fuera de la vida. Por eso tiene una paradoja: Cuanto más perfecto (eterno), menos vivible.

Se trata de una inversión de la lógica depresiva, porque allí donde el discurso depresivo diría: “Como todo termina, no vale la pena”, Borges dice algo radicalmente distinto: “Como todo termina, eso es lo que lo vuelve soportable”.

Lo que Borges introduce —sin decirlo en términos psicoanalíticos— es que la condición del deseo es la finitud. Lo que no termina no urge, lo que no se pierde no se valora, lo que no cambia no da lugar al acontecimiento. Lo eterno aplana toda diferencia.

El depresivo postula un objeto eterno (ídolo), pero como no existe, ningún objeto real alcanza. Allí puede desvalorizar "las cosas del mundo" y retirarse del deseo. El problema es que ese objeto eterno no es solo idealizado... es invivible.

La idolización del objeto no perecedero se sostiene como discurso, pero no como experiencia. El sujeto vive en el tiempo, en el cuerpo y en la pérdida. Yafar señala una cierta "soberbia" en estos sujetos, donde claramente aparece una tensión: lo eterno desde el discurso vs. lo transitorio de la vida. Esta brecha es la que produce, en estos pacientes, inhibición, vacío o incluso sufrimiento silencioso.

Lo que dice Borges puede funcionar como una especie de intervención: La eternidad no es deseable, es insoportable. Si esto no desarma la idolización, al menos vuelve sospechoso el ideal depresivo.

No se trata de convencer al paciente de que “igual vale la pena”, sino de introducir algo como “¿Y si eso que termina… es justamente lo que lo hace posible?” ó “¿Qué pasaría si no terminara nunca?”, "¿Cómo sería algo que no se pierde nunca?", “¿Te gustaría eso?”

El discurso depresivo se sostiene en un supuesto: que lo eterno sería mejor. Pero esa ficción, llevada al extremo, revela su inconsistencia: lo eterno no solo no es mejor… es inhabitable.

martes, 2 de diciembre de 2025

Depresión: ¿De dónde surgió y desde cuándo comenzó a utilizarse el concepto?

 Los trastornos que hoy entendemos como depresión tienen una historia larga: ya en la antigüedad hubo descripciones de lo que se denominaba “melancolía”. Médicos de la Grecia clásica vinculaban esos estados con desequilibrios de los humores corporales.

A lo largo de los siglos, en distintas culturas, se observaron cuadros de tristeza profunda, pérdida del ánimo, letargia, etc. Fueron muchas veces interpretados como desequilibrios físicos, padecimientos del “espíritu vital”, afecciones morales o de carácter religioso.

¿Y la depresión?

El término moderno “depresión” comienza a perfilarse en el siglo XIX, cuando se abandona en parte la idea de desequilibrios humoral-físicos, y se empieza a ponderar un componente psicológico, afecciones del ánimo, duelo, tristeza patológica, etc. El término depression ya existía en inglés, pero significaba hundimiento, descenso, abatimiento, no una enfermedad psíquica. Karl Kahlbaum y otros comenzaron a usar depression para referirse al “abatimiento del ánimo”.

A propósito, el psiquiatra alemán Emil Kraepelin, a fines del siglo XIX, ya proponía una distinción en los trastornos afectivos —lo que llamó “maníaco-melancólico”—, una de las raíces de lo que hoy se agrupa bajo los trastornos del ánimo. Aunque Kraepelin incluyó en su “psicosis maníaco-depresiva” un polo depresivo, no usó el término como diagnóstico aislado. El siglo XIX es un momento de transición: la palabra existe, pero no como categoría autónoma.

La obra de Freud ocurre entre 1895 y su muerte, 1939. Él tampoco habla de depresión como hoy se la conoce.

Es el siglo XX cuando los manuales la instituyen a la “depresión” como categoría diagnóstica, fijándola  como diagnóstico técnico.

  • DSM-I (1952): habla de "reacción depresiva" y "depresión involutiva".

  • DSM-II (1968): introduce “depresión neurótica” y “endógena/reactiva”.

  • DSM-III (1980): ocurre gran giro biologicista, aparece Major Depressive Disorder (MDD) como entidad formal. Este es el momento en que el término depression queda definitivamente cristalizado.

  • CIE-9 y especialmente CIE-10 (1990): consolidan todo el capítulo con los códigos F32-F33.

De esta manera, con el desarrollo de la psiquiatría moderna y las clasificaciones diagnósticas formales, el concepto de “trastorno depresivo” se consolidó como tal. En la CIE-10, adoptada por la World Health Organization (OMS) en 1990, se incluyen los códigos específicos para episodios y trastornos depresivos.

Así que, aunque lo que hoy llamamos “depresión” tiene raíces muy antiguas (melancolía, desequilibrio de humores, tristeza patológica, etc.), su formulación como categoría clínica moderna es fruto de transformaciones históricas, médicas y psiquiátricas que se consolidaron hacia fines del siglo XIX y se formalizaron en las grandes clasificaciones del siglo XX.

Actualmente, la depresión dejó de ser una noción difusa y se volvió un síndrome con criterios, una categoría nosográfica, una unidad en investigación y un diagnóstico escribible (para estadísticas, tratamientos, sistemas de salud). Los manuales hacen de la depresión una entidad discreta, cuantificable. Por otro lado, aparece despojada del conflicto, del duelo, del sentido, y quedó más alineada con un modelo médico-biológico.

Podemos decir que la depresión que aparece como tal, en su sentido técnico actual, es por los manuales. Es decir, el término no surgió de ellos, porque ya existía en el lenguaje general y en la psiquiatría del XIX como descripción de un estado. La categoría clínica “depresión”, con criterios formales, umbrales, subtipos y codificación, sí aparece en los manuales (primero DSM, luego CIE).

Esto es similar a lo que pasó con “esquizofrenia”, que de su idea previa sufrió cristalización manualística.

Ahora bien, es el mismo CIE-10 el que nos informa sobre esto:

"Las formas más graves del trastorno depresivo recurrente (F33.2 y F33.3) tienen mucho en común con conceptos más primarios, como los de depresión maníaco-depresiva, melancolía, depresión vital y depresión endógena.

(...)

El riesgo de que un paciente con un trastorno depresivo recurrente sufra un episodio de manía no desaparece jamás totalmente, por muchos que hayan sido los episodios depresivos que haya experimentado. Si esto ocurre, debe modificarse el diagnóstico por el de trastorno afectivo bipolar (F31.–)."

viernes, 21 de noviembre de 2025

¿Qué intervenciones son posibles en la depresión?

La depresión en Freud es descriptiva. Lo más parecido al término que hay en psicoanálisis es la melancolía, que es distinta al duelo, como vemos en Duelo y melancolía (1915).

En un duelo, producto de un objeto amado, encontramos una detención de la cadena significante, de las asociaciones. 

Aunque Freud pone de relieve la sugestión del yo a su determinación inconsciente, no todo en el aparato psíquico es inconsciente. En 1923, con "El yo y el ello", aparece toda la reformulación del aparato psíquico, donde yo y ello están, de alguna forma, equiparados.

El aparato psíquico, en la primera tópica del esquema del peine, tiene un polo perceptivo y un poco motor. La energía circula desde el primero al segundo. Ahora, del lado del polo perceptivo hay toda una zona donde no hay marcas, ni significantes, ni representaciones. Se trata del ello. El inconsciente, en cambio, tiene sus huellas mnémicas y allí se inscriben las escenas, las palabras, etc. Podemos agregar el preconsciente y consciente:


El yo tiene partes inconscientes. Si vemos cómo quedó el gráfico, entendemos porqué es "El yo y el ello".

Volviendo al duelo, son momentos donde la energía del aparato psíquico está baja y Freud dice que no se le puede pedir asociaciones ni trabajo psíquico, pues el paciente está en trabajo de duelo. Al analista le queda acompañar y hacer intervenciones a nivel del yo, como cuando hablábamos del trabajo con las fotografías.

En la melancolía, la particularidad es que tiene a nivel de la transferencia es un paciente que rechaza las intervenciones "No, no es así...", ya sean preguntas, sugerencias.  Esto es porque en la melancolía está implicado un objeto que no solamente fue amado, sino al cual cargaba con un intenso enojo. Dice Freud:

Las ocasiones de la melancolía rebasan las más de las veces el claro acontecimiento de la pérdida por causa de muerte y abarcan todas las situaciones de afrenta, de menosprecio y de desengaño en virtud de las cuales puede instalarse en el vínculo una oposición entre amor y odio o reforzarse una ambivalencia preexistente. Este conflicto de ambivalencia, de origen más bien externo unas veces, más bien constitucional otras, no ha de pasarse por alto entre las premisas de la melancolía. Si el amor por el objeto - ese amor que no puede resignarse al par que el objeto mismo es resignado- se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica.

(...)

Sólo este sadismo nos revela el enigma de la inclinación al suicidio por la cual la melancolía se vuelve tan interesante y... peligrosa

(...)

Ahora el análisis de la melancolía nos enseña que el yo sólo puede darse muerte si en virtud del retroceso de la investidura de objeto puede tratarse a sí mismo como un objeto, si le es permitido dirigir contra sí mismo esa hostilidad que recae sobre un objeto y subroga la reacción originaria del yo hacia objetos del mundo exterior.

Entonces, en estas depresiones mayores, como se las conoce en psiquiatría, aparece este rechazo. ¿Pero qué es lo que está ahí? En el duelo, la libido se desprende del objeto amado y perdido gracias al principio de realidad, volviendo al yo. El paciente en este estado sufre, pero no aparecen autorreproches de importancia.

En la melancolía, el yo se identifica al objeto amado y odiado a la vez. ¿Y dónde queda el sujeto del objeto amado? En su superyó. Esos autorreproches que vemos en la clínica tienen que ver con una identificación del paciente a ese objeto de amor perdido y odiado.

Nosotros tenemos que hacer un rastreo de esos autorreproches, del contenido de ese superyó que se dirige sádicamente al yo del paciente. ¿A quién estaban dirigidos y qué cosa se le reclamaba originalmente? De esta manera, en el momento oportuno, cuando el paciente comienza con el autorreproche se puede intervenir "Este del que usted habla no es usted", apuntando a la separación entre el objeto puesto en el yo y ese objeto.

En la melancolía, el sujeto está identificado al objeto a resto, basura... En la línea de la libido anal, que corresponden la destrucción, el odio... Mientras que en lo oral vemos la incorporación de ese objeto. El retorno de la libido produce una regresión a lo anal y lo oral. El tema es que antes de esa fijación oral no hay nada, por eso el melancólico siente que se muere. Es un sujeto al límite.


lunes, 3 de noviembre de 2025

La melancolía en Lacan como rechazo del inconsciente

Hablábamos acá de las melancolizaciones en distintas estructuras clínicas.

En cuanto a la melancolía y a la manía, Lacan (1984) las sitúa claramente en el campo de las psicosis, como dos expresiones distintas de los efectos de la forclusión. Entonces, ¿podemos mantener un estatuto particular a la melancolía y a la manía, o debemos considerarlas como una forma evolutiva de la psicosis? Este tema queda abierto a discusión, sabiendo de antemano que en la variedad de los casos, tomados uno por uno, no implica la existencia autónoma de una entidad nosológica.

Por otro lado, Colette Soler afirma que Lacan: "(...) hizo de la forclusión, en tanto es rechazo del Inconsciente, la causa primera de la psicosis." "Como psicosis, la melancolía no se desencadena tanto por el encuentro de un padre, como por el de una pérdida. Esta pérdida (...) produce estragos: la mortificación del organismo sigue el vector de la muerte." (León, E., 1997)

En términos generales puede decirse que en relación a la melancolía, Lacan sigue un camino diferente al de la psiquiatría clásica, como también del tomado por Freud. En principio no jerarquiza el afecto de la tristeza sino que otorga relevancia a lo que llama "el filo del mortal lenguaje" y a la función del objeto a y el goce.

En el Seminario sobre La angustia (Harari,1993) Lacan se interesa por dar precisión a la relación del narcisismo con el objeto, a lo que forma parte de la estructura del fantasma ($<>a): "Como este objeto está habitualmente enmascarado tras la imagen narcisista, el melancólico necesita pasar a través de su propia imagen para alcanzar dicho objeto (...) cuya caída lo conducirá a la precipitación suicida." Se trata pues de la representación del mito de Narciso.

Con respecto a la manía, Lacan la atribuye a la falta de intervención del objeto a del fantasma ($<>a); el sujeto, sin la mediación del fantasma, queda atrapado en la extrema dispersión de sus pensamientos. Un excelente ejemplo de lo que ocurre en la manía y en la melancolía puede apreciarse en la película australiana "Shine", en la cual el actor Geoffrey Rush representa al notable virtuoso del piano David Helfgott actuando una extraordinaria demostración de una fuga de sus ideas, y consecuentemente, de su discurso, aparen­temente disparatado y vertiginosamente fugaz.

En "Televisión" (2001) Lacan escribe: "En cuanto a la manía es la falta de función del objeto a, es la no extracción de este objeto, lo que provoca, con el rechazo de todo desciframiento del goce por el Inconsciente, el retomo en lo real, de un goce que invade y sacrifica el organismo."

Ahora bien, ¿cómo asociar el pasaje al acto y el rechazo del Inconsciente? Para explicarlo, Miller (León, 1997) ha subrayado el binario lacaniano: "acto del Inconsciente". Por otra parte, ha querido destacar el componente real del síntoma (bedeutung), refiriéndose con ello a aquella parte del síntoma que es imposible de ser representada por el lenguaje y cuya causalidad última es asexuada, en todo caso autoerótica, lo más éxtimo, y en tanto tal, lo más íntimo, el objeto a.

A partir de los años 70, el síntoma se convierte en Sinthome, es decir, en una nueva forma de goce particular de cada sujeto. De acuerdo a la topología lacaniana de los nudos, el sinthome se convierte en el cuarto nudo que sostiene a los otros tres (simbólico, real, imaginario). El sinthome, como expresión de goce, es silencioso, no demanda interpretación puesto que no está dirigido al Otro. No es algo que el sujeto pueda dialectizar.

En la melancolía, precisamente el sinthome está situado en lo real, el sujeto identificado plenamente al desecho, al objeto, "no puede perderse." "Donde hay un agujero por ahí se lanza (...) el melancólico es un sujeto engullido por un objeto que es imposible perder." (Bassols en León, E.: 1997)

En relación al sentimiento de tristeza, Lacan acuñó una frase en "Televisión" (2001) que se ha hecho célebre: "La tristeza se la califica de depresión, pero ella no es un estado del alma, es simplemente una falta moral como lo expresó Dante, al igual que Spinoza: un pecado, es decir, una cobardía moral que sitúa al pensamiento como su resorte último."

Por otro lado, Serge Cottet (León, 1997) señala el carácter anti-lacaniano de los discursos que valorizan "un estado del alma" y esgrime para ello dos razones: un estado del alma es una manifestación tanto psíquica como somática. Con esto se refiere a la unidad del funcionamiento corporal, tal como lo recuerda Lacan en "Televisión" (2001). La segunda razón se refiere a que los estados del alma no son confiables para el abordaje de lo real. De ahí que el afecto (senti-miento) es tramposo en la medida que su causa se confunde con el objeto que nos afecta, en consecuencia, el Inconsciente no parece ser convocado.

Lo que la melancolía revela es el abandono del sujeto por el Otro (A) en una especie de "dejar plantado" como lo describe Schreber, especialmente en el caso de la melancolía delirante. "Nada más atroz que este dolor eterno que acompaña al más extremo desprecio de sí mismo, identificado al desecho..."

Cottet (León, 1997) retoma la melancolía o psicosis melan­cólica en un artículo reciente que forma parte de La Cause Freudienne, dedicada a la depresión. En dicho ensayo, Cottet escribe: "Comencemos por la psicosis que otorga a esta clínica del vacío o del hueco un apoyo real que, justamente, suspende toda traducción en términos de sentimientos." Luego se pregunta si toda tristeza es una cobardía moral y si todo dolor moral es un goce, "sin distinción, seriación, discriminación". Ante el Otro que se ausenta, la experiencia analítica demuestra que su falta determina abandono y cobardía. Al respecto, Cottet agrega: "Por el contrario, el rechazo del Inconsciente en la melancolía induce a una culpabilidad delirante cuya queja misma hace al goce." A la vez nos aporta un dato clínico importante: los duelos patológicos testimonian la imposibilidad de separar la pérdida de un objeto de la falta radical del Otro. Y que no es azarosa en tales casos la muerte real del padre, como sucede en el caso del pintor Cristóbal Haitzmann, desarrollado por Freud (1922) en "Una Neurosis Demoníaca del Siglo XVII".

En 1953, Lacan precisa que la metáfora paterna sustituye al Nombre (el Nombre del Padre) en el lugar primeramente simbolizado por la operación de la ausencia de la madre. Esta frase indica expresamente una encrucijada entre el momento del fort-da, o sea, de la simbolización primordial de la ausencia materna, y la metáfora paterna, que sustituye el Deseo de la Madre por el Nombre del Padre así simbolizado.

Fabien Grasser (2001) se pregunta cómo articular la forclusión del Nombre del Padre con el rechazo de esta simbolización primordial, con el rechazo de esta "primera vibración de esta onda estacionaria de renuncia" (Lacan, 1984, pp. 177) al objeto, con el rechazo de ese sacrificio suicida del yo original. En la psicosis no melancólica, el sujeto realiza el objeto del fantasma materno: él es quien colma el deseo materno conservando el objeto del goce del Otro. Aquí, el Otro no desaparece, el deseo materno está en el lugar y está satisfecho. No obstante, en la melancolía, el sujeto no logra completar al Otro materno; el deseo materno desaparece, el sujeto abandona ese objeto que odia por tener que depender de su goce. Rechaza el objeto de goce del Otro.

En este punto podemos encontrar allí una relación con "la muerte de la Cosa originaria", esa simbolización primera, así como la del sujeto, que desaparece en el instante de su nominación significante, "constituyendo la eternización de su deseo" (Op.cit., p.307). Si se trata del sacrificio de la parte narcisista del sujeto subordinado al sacrificio simbólico mismo, es en todo caso el rechazo de esa muerte, al mismo tiempo que el rechazo de la simbolización del objeto lo que sólo deja por resto esa parte narcisista del hoy. Hay rechazo del objeto pero sin simbolización y, en el lugar del objeto del fantasma que produce lógicamente la operación simbólica, sólo queda una imagen que el sujeto melancólico intentará atravesar en el acto suicida para alcanzar su ser, a. (Harari, R., 1993).

El objeto abandonado por el sujeto en la melancolía, aquél cuya sombra puede caer sobre el yo, viene en lugar del das Ding, la Cosa siempre perdida, aquella que lo alienaba. Ese sujeto se identifica con el odio hacia esa Cosa, mejor dicho, la vertiente narcisista de su yo se identifica con la mismísima Cosa perdida. Sin embargo, Laurent (1988) recuerda que la melancolía implica también una segunda condición, la del destino de "la identificación con el padre muerto en la psicosis", identificación de la cual, según Freud, el superyo es heredero, la forclusión del Nombre del Padre, condición de retomo del goce propio de la Cosa sobre el yo. Entonces, en ausencia del goce fálico que falta, la identidad sexual y la relación entre los sexos, surge este goce devastador.

En la psicosis no melancólica, hemos dicho que el objeto está lejos de ser abandonado. Existe una especie de pacto entre el Otro del goce -la madre primordial- y el sujeto que porta su objeto a, de tal forma que ningún encuentro impone un llamado al Nombre del Padre. Desde entonces, la metáfora delirante paranoica, la identificación esquizofrénica a un significante amo, bastan para construir o reparar una significación que sustituya la significación fálica. Pero es sabido que la elisión de esta significación conlleva el desencadenamiento del goce sobre ese objeto no separado del sujeto.

En la melancolía no hay objeto, es abandonado. Tampoco hay pacto con el Otro. Unicamente la imagen narcisista puede taponar el goce, a condición de que sea ejemplar para el ideal. La menor imperfección que surja en esta situación de carencia del Nombre del Padre y del goce fálico deja pasar un goce que proviene de una parte del yo mismo, del superyó. Este goce se estrella, entonces, sobre lo que se sustituía al objeto abandonado, a das Ding, para disolver esa imagen. Es muy probable que es el momento preciso en que el sujeto melancólico se encuentra en la necesidad de "pasar a través de su propia imagen, de poder alcanzar ese objeto a cuyo pedido se le escapa..." (Lacan, J. en Harari, 1993). "El intenta reunirse con a, ese ser opaco que le vuelve del momento que ya no lo había hecho desaparecer por no ser más que un significante todavía no representado por un segundo, en el momento de la primera operación simbólica, la alienación" (Lacan, 1963, p. 819). En el caso de la psicosis no melancólica, ese objeto no es opaco, puesto que es bien localizado por el Otro.

Así, el sujeto que siente el dolor engendrado por la separación del objeto, para él imposible, intenta develar ese objeto tratando de reunirse con él en el acto suicida.

La ética del bien decir

Tanto en Freud, como con Lacan más tarde, la vivencia depresiva es encarada con una inversión dialéctica: la depresión plantea una cuestión ética.

Ya en su Carta 73 a Fliess, Freud planteaba que la ética consistía en continuar diciendo más allá del impedimento de los "estados de humor" que hacen obstáculo al avance de su análisis. Dichos estados impiden el acceso hacia lo que su intuición lo empuja: hay algo en él en reserva. Así, los elementos depresivos hacen obs­táculo al inconsciente y a una exigencia ética: el buen decir.

El trastorno del humor sigue siendo el símbolo cardinal de la depresión. El humor oscila con una adecuación o inadecuación de la relación del sujeto con su mundo. Oscila del buen humor que nos da la impresión que va más allá de nosotros mismos, al humor triste con el sentimiento de los límites de sí reducidos a la estrechez del cuerpo que se fija, del mismo modo que los "movimientos articulados a la palabra". En el límite de la posibilidad de moverse, Lacan sitúa el dolor, "dolor petrificado" que no deja de evocar la melancolía.

Guy Briole (1996) expresa del humor que es una variación de lo transitorio y de la fijeza que toca el corazón mismo del ser. No marca diferencia. La tinta del humor no deja huella tal como lo que no cesa de no inscribirse, lo real. El humor escapa al decir que de sí mismo no escapa, en ese sentido, empuja a la verborrea o a callarse.

Los dos polos extremos de la oscilación del humor no conciernen sólo a la psicosis (maníaco depresiva). Así para todo sujeto, por ser sujeto del inconsciente, hace de él un conjunto vacío que trata de completarse, ya sea del lado significante, ya sea del lado del objeto. En este sentido, los trastornos del humor dan cuenta de lo que ocurre en esas oscilaciones.

En los dos polos del humor, faltan las palabras para decirlo. Todo lo informulable se sitúa en la falla del buen decir. De este modo, sólo puede decirse la variación del humor.

El humor se diferencia de la angustia por el hecho que no está desplazada como el afecto, sino que se le encuentra siempre en el mismo lugar. La angustia, dice Lacan, es lo que no engaña, es certeza de su lazo al objeto. Las variaciones del humor, así como la inhibición, estarían ligadas, más bien, a las relaciones del sujeto con su falta.

Este punto de vista es el que sostiene Freud en "Lo Perecedero" (1915b). Allí destaca dos actitudes con respecto de lo efímero: por un lado rebelarse y por el otro, el estado doloroso que conduce a la desvalorización y a la desinvestidura previa. Este estado de duelo anticipado es común a los seres humanos cuando toman conciencia de lo fugaz de los objetos que conforman su mundo. La angustia del futuro se articula a la depresión, que se refiere al pasado.

La angustia ante el peligro de la pérdida se acompaña de la depresión de la pérdida realizada. La referencia es entonces a lo que ha sido y ya no es. Puede decirse que en la angustia es "lo que viene" mientras que en la depresión "ha llegado."

Briole (1996) propone que hacer una clínica de la depresión en relación a estos dos signos cardinales que son el humor y la inhibición implica, al menos en el caso del sujeto neurótico, hacer una clínica del deseo.

En conclusión, es en la falta de palabras donde la depresión encuentra su existencia. En la clínica se comprueba que el sujeto encuentra siempre razones para explicar sus variaciones de humor, efecto de un encuentro que es siempre el encuentro con la falta, de donde surge un agudo sentimiento de impotencia. Ante la impotencia, el sujeto no encuentra muchas veces otra salida que la de "hacer algo." La imposibilidad de la palabra se acompaña del imperativo de hacer. La vivencia depresiva es lo que se manifiesta cuando el síntoma ya no se sostiene como arreglo estructural ante el desfallecimiento de la metáfora paterna. La depresión es la manifestación de la cara real del síntoma, es precisamente en la falla del síntoma donde ésta se aloja. Se trata de recubrir el síntoma para que el efecto de separación no se obtenga. El "yo no sé" del sujeto neurótico se recubre en este caso con el "yo no digo" del deprimido.

Comentario Final: Es un hecho que la melancolía ha sido siempre, en mayor o menor grado, adscrita a la depresión. Hoy en día la psicosis melancólica ha perdido la precisión de su diagnóstico clínico al quedar adosada en "la Depresión", ese significante unlversalizado por los intereses del mercado.

Desde Lacan decimos que el rechazo del deseo y el no querer saber nada sobre su inconsciente es la clave de la posición subjetiva del deprimido. La apuesta teórica de la melancolía se funda sobre un rechazo forclusivo definitivo de la falta: "Sin falta y sin deseo, el melancólico pasa de la exultación de estar ilusoriamente colmado a la desesperación de haberlo perdido todo." (Juranville, 1993: p. 41)

Decimos que la depresión es uno de los recursos empleados por el sujeto para no afrontar el riesgo del deseo. El deseo inconsciente, motor de la vida psíquica, imprime su huella en cada uno de nuestros actos y elecciones. Si bien es cierto que todo sujeto se encuentra en cierta medida dividido respecto a su deseo, el ser incapaz de reconocerlo de manera directa o el no poder apropiarse de él tiene un efecto. Ciertamente, la relación del ser hablante con su deseo es siempre conflictiva.

En otras palabras, la depresión es un modo de renuncia frente al deseo y un no querer hacerse cargo del conflicto que implica. Por ello, Lacan supone que se trata de una cierta cobardía moral que se expresa en la falta de entereza del sujeto para enfrentar la vida.

La investigación ha demostrado que dar la espalda al inconsciente tiene su precio. El sentimiento de culpabilidad que afecta con frecuencia al deprimido lo lleva en ocasiones a buscar procurarse un castigo por una falta que desconoce. Esta culpa no siempre se refiere al daño cometido a otros; muchas veces estamos en falta con nosotros mismos, nos traicionamos cuando traicionamos el deseo que nos habita.

Así del mismo modo que decimos que la depresión es un obstáculo al deseo, podemos afirmar que el deseo es el mejor remedio contra la depresión.

Bibliografía

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