Ya habíamos hablado de la importancia clínica de la frustración
El deseo, en la teoría lacaniana, introduce una falta en el Otro, generando una torsión en la estructura de la demanda. En el grafo del deseo, este pasaje se representa como el tránsito de la ilusión de completud del Otro en el nivel inferior al reconocimiento de su falta en el nivel superior. Esta torsión modifica la demanda, que deja de estar anclada en el amor para inscribirse en la lógica de la pulsión.
Desde esta perspectiva, el deseo es entendido como efecto del significante, sin una referencia directa al objeto. La demanda, en tanto articulación significante, opera como vehículo del deseo, aunque este último nunca pueda ser plenamente expresado en palabras. Así, la demanda solo adquiere sentido en la medida en que el Otro la sanciona, es decir, cuando su deseo entra en juego en la respuesta que ofrece.
Sin embargo, la demanda nunca es suficiente para colmar la falta del deseo, lo que introduce una dimensión de frustración. Lacan conceptualiza esta frustración como la forma imaginaria de la falta: el niño experimenta la ausencia de lo que demanda, pero lo que realmente se pone en juego no es solo la respuesta del Otro, sino la pregunta que queda abierta. ¿El Otro no da lo esperado porque no quiere o porque no puede? Esta incertidumbre sostiene la estructura del deseo, cuya potencia radica en lo que queda sin responder, más allá de cualquier ilusión de satisfacción.
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