Mostrando las entradas con la etiqueta vacilación. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta vacilación. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de marzo de 2026

La noción de urgencia en psicoanálisis

María Moliner define el verbo urgir como aquello que apremia al sujeto. No se trata solo de algo que lo condiciona, sino de una exigencia que se impone con fuerza y que, en el plano fenomenológico, suele acompañarse de una cierta precipitación temporal.

Desde la perspectiva del psicoanálisis, la urgencia interroga el funcionamiento de aquello que, en el sujeto, opera como defensa frente a la irrupción pulsional. En este sentido, podría pensarse que la urgencia señala un momento en el que esas defensas —utilizando un término freudiano— dejan de operar con la eficacia habitual, se interrumpen o atraviesan algún tipo de alteración.

Así, en psicoanálisis, una urgencia puede dar cuenta de un estado o de un contexto específico en la vida de una persona en el que el entramado significante que la sostenía vacila. Cuando ese soporte simbólico se debilita, el sujeto puede quedar expuesto, sin recursos, frente a la irrupción de la pulsión.

No obstante, también es posible vincular la urgencia con ciertos momentos decisivos en la constitución subjetiva, particularmente en aquellos tiempos en los que el sujeto se confronta con la asunción de una posición sexuada. Bajo esta perspectiva, la urgencia puede pensarse como el signo de un sujeto que se encuentra urgido por la pulsión.

De este modo, la urgencia no sería necesariamente algo opuesto al equilibrio o a la homeostasis, sino más bien la forma clínica en la que se manifiesta aquello que Freud ya había señalado como imposible de dominar plenamente. Pensada desde esta perspectiva, surge entonces una pregunta: ¿la urgencia debe considerarse como algo necesario en la economía psíquica o como un fenómeno contingente?

martes, 23 de septiembre de 2025

El deseo como límite: entre la certeza y lo indestructible

Hace un tiempo señalábamos el uso que Lacan hace del cálculo infinitesimal. Retomando esa línea, lo encontramos definiendo al deseo como solidario de un límite, en el sentido matemático del término. El límite, en matemática, indica el punto hacia el cual tiende una serie: ¿converge, se aproxima indefinidamente, queda abierta? Lacan se sirve de esta noción para plantear el deseo como aquello que se orienta hacia un punto de no realización plena.

Este recurso no es aislado: ya en La identificación se había embarcado en un trabajo algebraico sobre la serie significante y el cogito cartesiano, buscando precisar el lugar en que una serie encuentra o no su convergencia. Lejos de un mero juego teórico, esta indagación apunta a una cuestión práctica: ¿el análisis tiene un final definido, o se despliega como indefinido?

En este marco, Lacan propone llevar lo castrativo más allá de lo edípico. No se trata de abandonar la referencia edípica, sino de ampliarla: pasar de la trama edípica como relato a la castración como nudo estructural, desplazándola del registro del discurso al del lenguaje.

De allí surge una formulación novedosa: el sujeto de la certeza. Se trata de una posición distinta al sujeto dividido por la vacilación, una manera de pensar al sujeto en su relación con el objeto a. ¿Cómo se articulan entonces el objeto a y este sujeto de la certeza? A través del deseo.

El deseo, estructuralmente antihomeostático, se sitúa más allá del principio del placer: es un efecto no efectuado. Esta definición abre un más allá de Freud, porque si no se efectúa, ¿cómo pensar su realización? Justamente, su indestructibilidad.

Desde La significación del falo se hace necesaria la conexión entre deseo y causa. Lacan lo formula como un efecto no efectuado, solidario del inconsciente en tanto no realizado. Esta torsión conceptual apunta a un problema clínico central: el deseo no se destruye, persiste como aquello que insiste en el límite, marcando la orientación misma de la praxis analítica.

viernes, 28 de marzo de 2025

La discontinuidad del inconsciente: entre el amor y la pulsión

En la reelaboración del inconsciente freudiano y su expansión hacia el modelo lacaniano, Jacques Lacan establece una distancia —más que una oposición— entre el amor y la pulsión. A partir de ello, plantea un inconsciente que trasciende el amor, situándolo en la dimensión del discurso. El inconsciente, entendido como el discurso del Otro, se inscribe en el ámbito de la verdad y su correlato transferencial: el Sujeto supuesto al Saber.

Sin embargo, cuando se aborda el inconsciente más allá del amor, se revela su vínculo con lo real. En este nivel, emerge la necesidad de una demostración, ya que la palabra se muestra insuficiente ante la incidencia de un indecidible. Aquí, el correlato transferencial adopta la forma de la posición del analista como semblante del objeto a.

Independientemente de esta diferencia de perspectivas, el inconsciente se manifiesta como una discontinuidad, ya sea en forma de vacilación o de certeza. Esta discontinuidad contrasta con la idea del Uno como totalidad, ubicándose en el ámbito de lo discreto: un uno contable, resultado del corte, que imposibilita cualquier síntesis. Su fundamento radica en lo diferencial del rasgo unario.

En este contexto, la vacilación remite a la presencia y ausencia, es decir, al dominio de la historia y la diacronía. En cambio, la certeza se relaciona con una escritura de la falta, lo que permite a Lacan inscribir el inconsciente en la sincronía a través del “concepto de la falta”.