viernes, 14 de junio de 2019

El cuerpo y el síntoma en la neurosis obsesiva (1)


Clase del 26/04/2018
La nosografía de Freud y Lacan responden a una lógica particular que el psicoanálisis introduce, nos hace hablar de neurosis, psicosis y perversión y dentro de las neurosis, neurosis obsesiva, histeria y fobia. De la fobia, se discute si es una estructura. Una de las formas en las neurosis están planteadas por Freud en relación con el malestar en la cultura. La neurosis se va a incrementar en la medida que la cultura nos va imponiendo mayores prohibiciones.Las prohibiciones son, en última instancia, al sexo. Con Lacan, que lee esto de otra manera, hay una homologación de la cultura al lenguaje. Entonces, lo que uno puede decir es que todas las neurosis son la respuesta al malestar del sujeto en el campo del lenguaje. Esto implica que hay una discordia entre el sexo y el lenguaje. Esta discordia, Freud la ubica:

1) En la seducción que viene de un adulto. La seducción dejaría una huella en el inconsciente. El recuerdo de esta escena se reprime y como retorno está el síntoma.
2) Freud se da cuenta que la seducción podría ser parte de una fantasía y no necesariamente requerir la intervención de un adulto perverso. De esta manera, la fantasía es producto del empuje pulsional, para tramitar ese exceso. Esto impacta en el inconsciente, en lugar del recuerdo del primer punto tenemos la fantasía y ahí el síntoma.
3) Freud se pregunta de dónde surge la pulsión. La fantasía es la primera respuesta a un exceso que se plantea ante cambios corporales ante la emergencia de algo sexual que se reprime. Y como consecuencia de esto, aparece el síntoma. ¿Pero de dónde surge la pulsión? Por ejemplo, en Sobre la sexualidad femenina del ‘31, Freud dice que la pulsión surge como consecuencia de los cuidados del Otro. Es decir, que el otro, que era contingente el la primer teoría de la sexualidad y el síntoma, es decir, su intervención en cuanto seduce al niño y gestaba el origen de la neurosis, en la última formulación de Freud lo que nos dice es que hay un otro necesario en la génesis de la pulsión. Es decir, que en el sujeto humano y su sexualidad no es sin Otro. Esto, por supuesto, tiene su fundamento en lo que Freud abreva en la clínica de la histeria.

El cuerpo siempre está presente, se trate del síntoma que se trate, porque es el lugar donde se goza. El goce no tiene nada que ver con el placer. El goce, en particular el goce en el síntoma, es el lugar y el modo en que la pulsión se satisface, muchas veces a expensas del placer. Por eso nos autorizamos a decir que hay goce en el síntoma y no placer. El goce es una satisfacción anudada al síntoma. Es por esto que una de las definiciones de síntoma podría ser el lazo que se establece entre una palabra y un goce. Sobre ese lazo va a intervenir el psicoanalista.

Vínculos entre síntoma y estructura. Hay versiones de los post freudianos y post lacanianos que se olvidan que la estructura no está en lo profundo. Ni el inconsciente ni la estructura están en la profundidad. Si uno se desliza por esa vía, puede pensar que el inconsciente está en las profundidades. El inconsciente está articulado a lo que se dice cuando no se dice, pero el síntoma muestra la estructura. Cuando uno piensa en la histeria, la referencia inevitable al síntoma es la conversión, que es lo primer que se dice: en la histeria el síntoma está articulado al cuerpo. Y a partir del síntoma se devela la estructura. Lo que la define la estructura en la histeria es un síntoma que ancla en el cuerpo.

Freud propone 3 mecanismos diferentes frente al apremio pulsional que vienen del Otro. El modo de responder frente a esta emergencia es mediante una fantasía, que se reprime. El afecto va a tener 3 destinos de acuerdo a las 3 grandes neurosis:
  • En la histeria, en el cuerpo.
  • En la fobia, en un objeto exterior.
  • En la neurosis obsesiva, a una idea.

Lo que se reprime en la neurosis obsesiva está en superficie, pero desvinculado del afecto. Esto hace que alguien pueda relatar la muerte de su madre sin que se le mueva un pelo y llorar desconsoladamente por el final de una película.  Esto que se ve implica esta desvinculación de la carga significante. En términos freudianos, la representación y el afecto se divorcian y aunque la representación que provocó ese exceso permanezca en el consciente, al no tener la carga, se puede decir perfectamente -cosa que no sucede en la histeria- y justamente lo más complejo es cómo restituir el vínculo.

En la histeria, por antonomasia, el síntoma es la conversión. Es decir, el cuerpo tomado en la palabra. Por ejemplo, la paciente de Freud que decía “no puedo dar un paso más” y eso se traducía en una parálisis histérica. Lo que no quiere decir que en la obsesión no esté afectado el cuerpo. Un caso clínico de hace muchos años: un paciente llega tras haber pasado toda una noche en vela. Se había peleado con la novia y esperaba a que la novia lo llame. Le asaltaba la duda de si el teléfono le funcionaba. Entonces, levantaba el teléfono para saber si tenía tono, pero con la duda de si en ese momento que lo había levantado justamente ella no había llamado y le dio ocupado. Así se pasó toda la noche y a la mañana siguiente fue a análisis. En este proceso, que parece cómico, se agota el cuerpo. Hay otros modos de satisfacción del síntoma y lo que cuenta generalmente el obsesivo es que viene agotado de pensar, que se pasó noche de insomnios dándole vuelta a una idea. En la clínica del obsesivo, nunca hay que menospreciar la idea. Ese es el síntoma obsesivo.

Les decía que cualquier síntoma es la respuesta a la discordia que tenemos entre el sexo y el lenguaje. En los bordes del cuerpo es donde se gesta la pulsión. En ese sentido, también decíamos que no hay que ir a buscar a lo profundo la estructura, ni el síntoma, porque está en la modalidad de demanda que adquiere. ¿Cómo se plantea la demanda en el estadío anal de la sexualidad? Ahí se ve claramente que la pulsión depende de la intervención de la madre. A una determinada edad, el Otro materno interviene para crear una disciplina higiénica. Es decir, frente a lo que sería el deseo de expulsar excrementos, el Otro interviene aportando una disciplina. Interviene sobre el cuerpo, pero además habla. Un Otro, la madre, interviene sobre el cuerpo de un niño para decirle que eso que podría ser una necesidad, se tiene que disciplinar. En el proceso de esta disciplina higiénica, esto se convierte en don. Aquello que era introducir un hábito, en determinados momentos se convierte en otra cosa. Por ejemplo, las madres dicen muchas veces que el nene dejó un regalito. Lo que en apariencia puede ser una necesidad, por la intervención del Otro retorna a ese orificio corporal convertido en otra cosa, algo que tiene que ver con la ofrenda a ese Otro. Ahora bien, afortunadamente hay veces que los chicos cagan en cualquier lado. No existe la complementariedad absoluta entre lo que es la demanda del Otro y la respuesta del sujeto. Lo que se instala después y se ve en la clínica hunde sus raíces en esta pulsión anal y se expresa en un todo para el Otro. Ese “todo para el Otro” define la clínica del obsesivo, que es lo que tiene que ver con la demanda.

El cuerpo está en juego y evidentemente no es el cuerpo viviente ni el organismo. En psicoanálisis no hay una dualidad cuerpo-mente como lo planteaba Descartes, sino organismo-sujeto. Es decir, el cuerpo que hablamos nosotros no es solamente el organismo ni el viviente, sino el cuerpo intervenido por un Otro que habla. Un Otro que habla y no habla de cualquier cosa, sino de lo que desea. A un niño al que se lo introduce en la disciplina higiénica anal, se le dicen muchas cosas. Hay una discordia entre sexo y lenguaje, hay un Otro que interviene sobre un orificio corporal, que se puede erogenizar más o menos, que lo convierte a través de la palabra en algo que no tiene que ver con lo que originalmente estaba en el origen como necesidad.

Pregunta: ¿Qué es un borde del cuerpo?
Son los orificios del cuerpo, por ejemplo, el orificio anal. Inicialmente, está destinado a la satisfacción de una necesidad, pero por la intrvención de un Otro se subvierte y no solo se erotiza sino que también se divorcia de la función. Lo que inicialmente es expeler, lo que se transforma en valorado es justamente lo contrario: retener. Del retorno de la pulsión, tiene que ver con el paso por el campo del Otro. Y esto es lo que le pasa al obsesivo.

No nos olvidemos de la diferencia que hace Freud entre instinto y pulsión. Un gato no tiene ningún problema con la gata. Los problemas los tenemos nosotros porque hablamos. El instinto se satisface de una única manera, la pulsión no. Por el hecho de hablar, tenemos tanto lío con respecto al sexo, justamente porque la necesidad se pierde.

La complejidad de la demanda anal está en la base de lo que es el síntoma obsesivo. Lo clásico que se dice es la asociación del obsesivo con la retención, a la pulcritud. Si, son aspectos, depende de cómo lo agarran. Inevitablemente, esa dualidad se está jugando siempre. No se queden con la fenomenología de creer que porque alguien es prolijo es un obsesivo. Puede serlo, pero seguramente se evade en otro lado. Esto hay que tenerlo en cuenta porque esa presentación hace a la formación reactiva de justamente cómo lidiar con ese exceso anal.

Una de las cosas que diferencian a la histeria de la obsesión es que el síntoma histérico hace lazo. Nunca es solo, es en relación al Otro. Razón por la cual el síntoma histérico tiene esa cualidad inquietante de suscitar el deseo e incluso producir cierto deseo de saber en el Otro. Por eso surge el psicoanálisis. En la obsesión y de cómo se divorcia cierto afecto de la idea, hace que el síntoma obsesivo se comporte, según Freud, como un asunto privado del enfermo. No es algo que haga lazo, más bien es algo que aísla. Y por supuesto, no suscita el deseo del Otro. Más bien, lo apaga. ¿A qué responde? Hay algo que produce un determinado exceso que llega a lo psíquico que es imposible de tramitar y que se instala como malestar. La presentación que conlleva este exceso se aisla. El exceso queda vehiculizado a otro y por eso se preguntan después por qué esta idea trivial los jode tanto. esa misma dinámica del síntoma de no hacer lazo tiene que ver que hunde sus raíces en este mecanismo, de ir separando este exceso pulsional de su anclaje a la palabra. Por eso es tan complicada la clínica de todos los días del obsesivo al pedirle asociaciones, porque nos van a hacer una teoría. Y lo peor que puede ocurrir en la clínica de la obsesión es darle letra a la teoría. interviniendo por ese lado del sentido discutiendo argumentos. Por la vía del sentido, nunca va a llegar a eso de lo cual realmente no habla. En Inhibición, síntoma y angustia, Freud dice:

Según toda nuestra experiencia, el neurótico obsesivo halla particular dificultad en obedecer a la regla psicoanalítica fundamental. Su yo es más vigilante y son más tajantes los aislamientos que emprende [...] En el curso de su trabajo de pensamiento tiene demasiadas cosas de las cuales defenderse: la injerencia de fantasías inconcientes, la exteriorización de las aspiraciones ambivalentes.

El neurótico obsesivo se la pasa fantaseando con cuestiones inconfesables que le producen tanto displacer contarlas. Por lo cual, esto que irrumpe es lo que aparta, además de la ambivalencia. La ambivalencia muchas veces es tenida en cuenta como algo sumamente lineal (amor-odio), pero lo cierto es que el obsesivo padece de esta ambivalencia, por ejemplo con la culpa inmotivada. Por ejemplo, a alguien se le puede ocurrir el deseo de que se muera Fulano. Esto es humano, pasa con los padres. Esto se hace tan insoportable, que desaparece de la consciencia. Pero por haberlo pensado, lo que queda es la culpa. La culpa, que después no se sabe por qué. Entonces, lo que digo es que esta ambivalencia que por ejemplo uno le puede desear la muerte a la persona que más quiere y que en determinado momento lo ofuscó, son esos los datos que uno tiene que tener en cuenta y que a veces se los saltea por leer rápido a Freud. Esto está todos los días en el consultorio. Hay textos que pareciera que hoy no tuvieran tanta prensa, sobre todo una pasión por lo nuevo que nos habita en esta época. Lacan dice que la clínica psicoanalítica consiste en volver a interrogar todo lo que Freud dijo. Sigo con la cita de Inhibición, síntoma y angustia:

No le está permitido dejarse ir; se encuentra en un permanente apronte de lucha. Luego apoya esta compulsión a concentrarse y a aislar: [...]

A veces el obsesivo quiere hablar de algo y aunque uno le diga que la regla es que él asocie, él dice que no.

[...] lo hace mediante las acciones mágicas de aislamiento que se vuelven tan llamativas como síntomas y que tanta gravitación práctica adquieren; desde luego, en sí mismas son inútiles, y presentan el carácter del ceremonial. Ahora bien, en tanto procura impedir asociaciones, conexiones de pensamientos, ese yo obedece a uno de los más antiguos y fundamentales mandamientos de la neurosis obsesiva, el tabú del contacto. Si uno se pregunta por qué la evitación del contacto, del tacto, del contagio, desempeña un papel tan importante en la neurosis y se convierte en contenido de sistemas tan complicados, halla esta respuesta: el contacto físico es la meta inmediata tanto de la investidura de objeto tierna como de la agresiva.

Les leo esto porque me parece que responde lo que trataba de comentarles de esta dinámica del síntoma de la neurosis obsesiva que ancla en el aislamiento y además esa dimensión que hace que en el síntoma obsesivo por lo menos intente ser sin otro, a diferencia de la histeria. La histeria hace lazo social; el obsesivo complica el lazo social y si bien no es tanto lo que se ve en esta época, uno de los síntomas clásicos de la neurosis obsesiva tiene que ver con el contacto con el otro sexo. Hay cierto empuje del discurso actual que marca que todo es posible. El síntoma del obsesivo es justamente la dificultad del contacto con el otro sexo. El clásico síntoma de quedarse pensando en qué le va a decir al día siguiente y que se agote ahí mismo. Esto es lo que decía Freud, agiornándolo un poco, diríamos que el síntoma obsesivo sí implica al cuerpo, pero no tomado por la palabra ni como metáfora, sino que lo implica en estos procesos laterales y además no es propenso a establecer ese lazo social como en la histeria, en la medida que en la histeria la interrogación se dirige al Otro. Entre el neurótico obsesivo y el Otro, siempre hay cierto velo que lo separa del mundo y le dificulta el contacto.

Pregunta: ¿Cómo hacer para que el obsesivo se dé cuenta que repite estos pensamientos? ¿Cuál es el abordaje?
H.Z.: No solo lo sabe, sino que lo padece. Si hay alguien en análisis harto de la repetición, es el neurótico obsesivo. Es el paciente que se recuesta y dice que está harto de hablar siempre de lo mismo, que no sabe qué va a pensar el analista. Esto es casi un cliché. “Estoy harto de mí, no sé usted” se escucha todos los días.

No hay una cuestión de género en la neurosis obsesiva. Hay mujeres y hombres obsesivos, así como la histeria se puede presentar en hombres y mujeres.

Si nosotros entramos en la racionalidad del argumento obsesivo, no salimos más. En general, ellos tienen esa racionalización armada mucho mejor de lo que nosotros podemos hacerlo o decirles. Entonces, no es por ahí. Vos preguntabas por el abordaje, y diría que es el caso por caso. Damos coordenadas a grandes rasgos que avanzan en la modificación de la estructura, pero siempre es uno por uno. Algo obvio, que puedo decirte hoy, es que el sentido del síntoma no es darle un sentido, sino abrirlo a muchos. De lo que padece el neurótico es de un sentido coagulado. Por eso yo les decía que una definición del síntoma es el lazo que se establece entre la palabra y el goce. Uno apunta, justamente, a desarmar este lazo, pero la única forma de desarmarlo es interviniendo por la palabra, al menos, cuestionando el sentido que trae.

Hay algo que a mi me resulta interesante con ciertos caminos que toman algunas vertientes del psicoanálisis que dice Lacan en el momento de concluir, en el último seminario. Dice que lo que se hizo por la palabra se deshace por la palabra. Por lo tanto ahí aparece lo artesanal de nuestra labor: qué del sonido y el sentido puede hacer jugar el analista cuando interviene, para que eso que aparece coagulado y con un solo sentido, se abra a varios. Estos sentidos el analista no los conoce de antemano. Cuando uno hace sonar una palabra que dijo un paciente, a ese mismo paciente le suena de otra manera. Que le suene de otra manera implica que ese sentido se deja un poco de lado para dar lugar a otros. De lo que se trata es que a esa maraña de sentidos y significaciones uno pueda mandarla a otro lado. Mandarla a otro lado quiere decir que esto “que es así”, por lo menos se abra a la posibilidad de que sea a otra manera, de las cuales el analista no conoce a priori. En la medida en que creemos que tenemos idea a priori de qué sentido tiene eso que dice, entramos en la trampa que nos propone.

No hay recetas para esto, se habla de cortes, del sinsentido, pero estos conceptos hay que ponerlos a trabajar en el día a día y uno por uno. Por ejemplo, con el tiempo de sesión: hay veces que uno percibe que va a volver a decir exactamente lo mismo de otra manera. Hay una cierta reversibilidad del trabajo en la sesión en donde uno tiene que estar atento a donde se termina. Un obsesivo puede quedarse confortable hablando y en algún momento hay que decirle que llegamos hasta acá. Y eso a veces produce un efecto lateral sobre ese sentido coagulado.

Este rasgo de la demanda del obsesivo de “todo para el Otro”, hace que haya que cuidarse qué imagen uno le devuelve, porque en donde él pesque que a nosotro nos gustan los juegos de palabras, va a venir con sueños interpretados, y va a armar otro sistema dentro de ese marco de ofrecimiento al Otro para darle una buena imagen de sí.

Pregunta: (inaudible)

H.Z.: A todos nos ha pasado de reprocharnos, en tiempo prudencial, un error que cometimos. Y después de un rato uno acepta que el pasado no se cambia y sigue adelante. No es ajeno a nadie meter la pata. El problema en el obsesivo no es que parte de esa metida de pata y que la justifica a esa idea que lo mortifica. Esta idea está completamente desvinculada a punto tal que el hombre de las ratas se le arma algo así como “si yo mantengo una relación con la mujer que amo, se va a morir mi padre que ya está muerto”. Entonces, no hay lógica, no hay racionalidad que lo sostenga. Pero la carga que está enlazada y que proviene de otro lugar… O más agiornado, el goce concomitante a esa idea es lo que la hace mortificante.

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