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lunes, 15 de diciembre de 2025

Las paradojas de la palabra y el lugar del sujeto

El reconocimiento es, en su fundamento, un acto de palabra. Es desde esa operación que el deseo de reconocimiento introduce en el niño la posibilidad misma del sujeto del inconsciente. Sin embargo, ya desde Freud, la experiencia analítica muestra que la cura no se limita a la eficacia de la palabra, sino que se orienta también hacia aquellos puntos donde la palabra tropieza, falla o se revela insuficiente.

El psicoanálisis se sostiene, entonces, en una tensión estructural: se apoya en la potencia de la palabra al mismo tiempo que dirige su trabajo hacia los lugares donde dicha potencia encuentra su límite. No es casual que el lugar del sujeto coincida precisamente con ese punto paradojal. En Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, Lacan delimita tres formas privilegiadas de esta paradoja.

La primera se manifiesta en la locura —término que Lacan utiliza deliberadamente, sin reducirlo a la psicosis—. Allí, la aparente libertad de la palabra encubre en realidad la ausencia de un anclaje simbólico. La palabra no se dirige a un Otro, porque el sujeto ha renunciado a hacerse reconocer. Como consecuencia, el sujeto queda objetivado: no hay acto de palabra que lo instituya, sino un decir que se despliega sin destinatario.

La segunda paradoja concierne al síntoma. En este caso, la palabra está expulsada en el sentido de lo amordazado, reprimido, aunque no por ello privada de efectos. El síntoma funciona como índice de aquello que no pudo ser dicho, como una escritura del conflicto en el cuerpo o en el acto. A diferencia de la locura, esta palabra expulsada sigue dirigida al Otro: el síntoma es, en este sentido, una “palabra de ejercicio pleno”, aun cuando no se articule en el discurso consciente.

La tercera paradoja emerge cuando se borra la distinción entre el sujeto dividido y el moi. Esta confusión, lejos de ser excepcional, es frecuente en la práctica clínica. Allí, el sujeto queda objetivado en su propio discurso, identificado con lo que piensa o con lo que supone saber. El trabajo analítico, en estos casos, apunta a introducir una separación, orientando el decir hacia una posición de docta ignorancia, condición para que el sujeto pueda reaparecer como efecto de la palabra y no como su dueño.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Palabra, realización y sujeto: el punto de partida del retorno a Freud

El punto de partida del retorno lacaniano a Freud se sostiene en una distinción interna a la operación de la palabra, concebida como función de sujeto: la diferencia entre palabra vacía y palabra plena. Esta separación, que Lacan despliega con consecuencias decisivas para la práctica analítica, aparece ya anunciada en uno de los apartados de Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, donde la palabra —en sus dos modalidades— se articula con lo que denomina la realización psicoanalítica del sujeto.

La palabra plena señala la fecundidad de lo simbólico; la palabra vacía, en cambio, delata una orientación más próxima al registro imaginario, próxima al sentido antes que al inconsciente en su estructura de discontinuidad. No se trata de dos palabras distintas, sino de dos modos de articulación de la palabra, lo cual enfatiza que la palabra debe pensarse como una función lógica, no como un mero contenido comunicativo.

La realización psicoanalítica del sujeto expresa, en ese momento inaugural, una concepción particular de la cura. Dicha realización supone un deseo abordado bajo la lógica del reconocimiento: es mediante la palabra que el sujeto puede atravesar los espejismos de lo imaginario y encontrar a esos “Otros verdaderos”, es decir, aquello que lo determina.

Sin embargo, esta realización no borra la división constitutiva del sujeto. Lacan concibe al sujeto como abierto, barrado, en falta, aun cuando la formalización con el matema aún no haya sido introducida. Allí donde el sujeto se sostiene de sombras —las del registro especular—, la realización analítica consiste en conducirlo hacia su lazo con el Otro, que en este período es el garante de la verdad.

El Otro es el lugar de la palabra, y la palabra es el medio del psicoanálisis. Toda palabra convoca una respuesta, aunque ésta no llegue; convoca también a un oyente, y es en ese lugar del Otro donde la palabra encuentra su único soporte operativo.

martes, 28 de octubre de 2025

Leemos “Planes para una fuga al Carmelo”

 “Planes para una fuga al Carmelo” es uno de los cuentos más inquietantes y lúcidos de Bioy Casares —una distopía suave, sin estridencias, donde la ironía reemplaza al dramatismo—.

El protagonista es Lucio Bordenave, un hombre joven, de clase media acomodada, que lleva una vida gris y sin rumbo claro. Su existencia transcurre entre amistades banales, pequeños enredos sentimentales y una sensación constante de vacío. Todo cambia cuando conoce a Clara Orlowska, una mujer misteriosa que parece encarnar un ideal de belleza y libertad que él anhela.

Lucio se obsesiona con ella y empieza a fantasear con escapar juntos a un lugar remoto —el “Carmelo”—, que simboliza un refugio espiritual, una fuga del mundo ordinario y sus miserias morales. Sin embargo, a medida que la trama avanza, se revela que ese plan es tan ilusorio como los sueños románticos que lo inspiran.

El protagonista se enreda en una serie de engaños, traiciones y decepciones, donde lo real y lo imaginario se confunden. Su “fuga al Carmelo” termina siendo más bien una huida interior, una tentativa fallida de alcanzar una forma de pureza o trascendencia en un mundo donde todo es apariencia.

La muerte y los eufemismos terapéuticos

Bajo el tono casi doméstico del relato, Bioy articula un universo totalitario que disfraza la muerte con eufemismos terapéuticos.
El profesor Hernández, figura del pensamiento crítico, queda atrapado en un sistema que ha reemplazado a Dios y a la política por la Medicina como nueva religión de control.
La “visita del médico” es metáfora del exterminio higienista: la eliminación de la vejez, de la enfermedad, del límite mismo de la vida.
En ese mundo “joven” y saludable, el amor entre Hernández y Valeria —tan cotidiano, casi trivial— funciona como último resto de humanidad, aquello que aún se resiste a ser racionalizado.
El Carmelo, en la otra orilla, se vuelve entonces el lugar mítico de los que no mueren, pero tampoco rejuvenecen: los “viejos que no acaban de morir”.
La fuga hacia allí no es una salvación sino otra forma del exilio, un pasaje de frontera que recuerda a las fugas de los perseguidos políticos, pero ahora en nombre de la salud.
Como en los mejores textos de Bioy, el cuento parece anticipar algo de nuestro presente: la medicalización de la vida, la obsesión por la juventud, el imperativo de la productividad y el control de los cuerpos.

Temas principales

La imposibilidad del ideal amoroso: el amor aparece como motor de la fuga, pero también como la trampa que atrapa al protagonista en la decepción.

La falsedad y el autoengaño: los personajes actúan como si vivieran en un teatro, movidos por vanidad o deseo de reconocimiento.

El desencanto moderno: Bioy explora la pérdida de sentido en la vida urbana, el tedio, la falta de autenticidad.

La fuga como utopía: el “Carmelo” no es sólo un lugar, sino una metáfora de la salvación imposible; la necesidad de creer que existe un sitio donde se pueda empezar de nuevo.

viernes, 20 de junio de 2025

La función de la palabra como amarra del sujeto

Dado que el Otro carece del significante que pueda nombrar al sujeto, este se aloja en el campo del lenguaje a partir de ciertos puntos de anclaje. Dichos puntos de capitonado, que emergen como efecto del acto de la palabra, funcionan como sostén simbólico de la posición del sujeto.

La noción de “amarra” permite destacar con precisión el carácter anudante en juego: aquello que une no es otra cosa que la función de reconocimiento, en tanto permite inscribir el deseo en lo simbólico. Desde este punto, el deseo queda instituido más allá del objeto particular al que eventualmente se dirija. Este planteo implica reconocer una doble dimensión: por un lado, la vertiente imaginaria del deseo —vinculada al campo del transitivismo infantil— y por otro, la dimensión más radical del deseo inconsciente.

Lacan utiliza el término “integración” para referirse a este proceso. Puede entenderse aquí como una tramitación simbólica, aunque conviene aclarar que el concepto de estructura, tal como lo trabaja en sus primeras formulaciones, podría inducir una lectura totalizadora. Esta tendencia se disipa progresivamente en su enseñanza, particularmente desde el Seminario 3 en adelante, cuando comienza a enfatizar la falta estructural.

Esa ausencia del significante que nombraría al sujeto hace imprescindible la operación de la palabra como acto que funda y amarra. Si hubiera que condensar este planteo en una sola frase, podría citarse la siguiente de Los escritos técnicos de Freud:

“Más precisamente, ¿qué significa la nominación, el reconocimiento del deseo, en el punto que ha alcanzado, en O?”

Con esta pregunta, Lacan aborda la nominación desde la lógica del deseo y su inscripción, lo cual la torna inseparable de la intersubjetividad que caracteriza sus dos primeros seminarios. En este marco, la intersubjetividad no es otra cosa que la inclusión del Otro —aquel que, mediante la palabra, ejecuta el acto de reconocimiento—, y por lo tanto, el que posibilita que algo advenga para el sujeto y pueda inscribirse como verdadero o falso.

miércoles, 21 de mayo de 2025

La psicología del poder

 La psicología del “poderoso” —es decir, de quienes están obsesionados con el poder— es un tema profundo, que atraviesa la clínica, la política, la filosofía y el psicoanálisis. No hay una única causa, pero sí se pueden pensar condiciones estructurales, históricas y pulsionales que empujan a algunos sujetos a hacer del poder no solo un medio, sino su fin principal.

Desde el psicoanálisis, el poder puede funcionar como defensa contra la angustia de impotencia, de pérdida, de falta. El “poderoso” se aferra a una posición donde su palabra vale, decide, domina... porque no tolera la experiencia de límite o vulnerabilidad (Hilflosigkeit). Por eso:

  • Puede ser hipersensible al rechazo, al descontrol, a lo que no puede anticipar.

  • El poder le ofrece una ilusión de autosuficiencia, completud, invulnerabilidad.

Esta defensa suele estar sostenida en estructuras narcisistas, con dificultad para registrar al otro como alteridad. El otro solo aparece como amenaza, rival o subordinado.

Deseo de reconocimiento

Inspirándose en Hegel, Lacan plantea que el sujeto desea ser deseado por el Otro. En ese marco, el poder puede ser el medio privilegiado para obtener ese deseo del Otro: ser mirado, obedecido, admirado, temido. El poderoso no quiere solo poder; quiere ser reconocido en su lugar de poder.
Por eso:

  • Suele haber una teatralización: el trono, la investidura, los símbolos.

  • También puede haber una relación fetichista con el saber o el control: “si sé más, domino”.

Tras la historia infantil de poderoso

En algunos casos, el origen puede rastrearse en una infancia marcada por la humillación, la desvalorización o la exclusión. Allí, el poder aparece luego como una compensación reactiva: “Nadie más me va a pisotear.” “Yo voy a ser quien decida.”

En otros casos, se trata de niños hiperinvestidos por el Otro, sin límites claros, donde el deseo adulto se dirigía de modo ambivalente, creando un sujeto que no tolera la frustración y que necesita ocupar lugares de privilegio para sostener su narcisismo.

¿De qué goza el amo?

La idea de poder también puede investigarse a la luz de "Los cuatro conceptos...". En la lógica lacaniana, el discurso del Amo es aquel en el que el sujeto ocupa el lugar de poder, pero al precio de forcluir su división subjetiva. En los matemas, vemos que el $ queda bajo la barra. El Amo no se interroga, no duda, no se deja atravesar por el saber del Otro. Goza en mandar, en operar, en ejercer. Pero su saber es siempre supuesto, y su caída suele ser estrepitosa cuando la verdad lo alcanza.

En este marco, el poder puede convertirse en un modo de goce en sí mismo: no se busca tanto un fin, sino ejercer el poder como afirmación de existencia.

¿Es meramente psicológico el poder?

Es importante no psicologizar por completo el fenómeno. Hay estructuras sociales, políticas y económicas que incentivan ciertas formas de goce del poder y premian el desinterés por el otro. En ciertos contextos (corporativos, militares, políticos), el perfil del “poderoso” incluso se construye como ideal de éxito. 

El poder en la consulta.

El tema del poder es bastante frecuiente entre los pacientes dedicados a la política, el ámbito empresarial, incluso ámbitos de espectáculos y religiosos. Algunos lo han tenido y perdido; otros, aspiran a tenerlo. Los más interesante son los casos donde la persona constata los límites mismos del poder, aún teniéndolo, pues es imposible gobernarlo todo. Cuando este tema surge, hay preguntas que el analista puede hacer:

¿Qué función cumple el poder para esa persona: ¿proteger, vengar, compensar, gozar?

¿Qué relación tiene con la ley? ¿La encarna, la evade o la produce?

¿Cuál es su relación con la palabra del Otro? ¿Escucha, impone, borra?

¿El poder es medio o fin? ¿Lo quiere para algo o para sí mismo?