La repetición no solo es un concepto fundamental del psicoanálisis, sino también una realidad clínica ineludible. Sin embargo, no se trata de un fenómeno homogéneo, sino que presenta dos dimensiones claramente diferenciadas.
Por un lado, encontramos la repetición ligada a la historia, lo que Lacan denomina retorno significante. En este nivel, la repetición opera como un entramado ficcional que estructura la historia del sujeto, sosteniendo sus creencias y organizando su discurso. Aquí, la repetición está vinculada a la verdad, pues reitera los significantes que han marcado la subjetividad.
Por otro lado, existe una repetición que encuentra su límite en lo real. Esta dimensión involucra el cuerpo y la satisfacción, o más precisamente, aquello que se contenta en el sujeto más allá de lo simbólico. Mientras la primera forma de repetición se inscribe en el discurso, esta segunda se asocia al funcionamiento del fantasma, donde la pulsión se fija. Se trata de una repetición que escapa al orden significante, es decir, no solo de lo imposible de pensar, sino también de lo imposible de escribir.
Desde esta perspectiva, la repetición no es solo una estructura simbólica, sino que implica un punto de dystichia (desencuentro, tropiezo), un tropiezo inevitable en la experiencia subjetiva. Es precisamente aquí donde interviene el deseo del analista, al enfrentarse con un analizante que busca una explicación desde los significantes de su historia.
Esta distinción no solo se aplica a la práctica clínica, sino también a la evolución misma del psicoanálisis. Se parte de un momento inicial marcado por cierto optimismo, con el deseo de la histérica como paradigma y su correlato en la impotencia del Padre. Luego, en un segundo momento, se confronta un tope en lo real que emerge en la repetición. Es en este punto donde Lacan sitúa un margen de libertad, paradójicamente vinculado al malogro que conlleva el desencuentro.