jueves, 3 de abril de 2025

Modos clínicos de la repetición

La repetición no solo es un concepto fundamental del psicoanálisis, sino también una realidad clínica ineludible. Sin embargo, no se trata de un fenómeno homogéneo, sino que presenta dos dimensiones claramente diferenciadas.

Por un lado, encontramos la repetición ligada a la historia, lo que Lacan denomina retorno significante. En este nivel, la repetición opera como un entramado ficcional que estructura la historia del sujeto, sosteniendo sus creencias y organizando su discurso. Aquí, la repetición está vinculada a la verdad, pues reitera los significantes que han marcado la subjetividad.

Por otro lado, existe una repetición que encuentra su límite en lo real. Esta dimensión involucra el cuerpo y la satisfacción, o más precisamente, aquello que se contenta en el sujeto más allá de lo simbólico. Mientras la primera forma de repetición se inscribe en el discurso, esta segunda se asocia al funcionamiento del fantasma, donde la pulsión se fija. Se trata de una repetición que escapa al orden significante, es decir, no solo de lo imposible de pensar, sino también de lo imposible de escribir.

Desde esta perspectiva, la repetición no es solo una estructura simbólica, sino que implica un punto de dystichia (desencuentro, tropiezo), un tropiezo inevitable en la experiencia subjetiva. Es precisamente aquí donde interviene el deseo del analista, al enfrentarse con un analizante que busca una explicación desde los significantes de su historia.

Esta distinción no solo se aplica a la práctica clínica, sino también a la evolución misma del psicoanálisis. Se parte de un momento inicial marcado por cierto optimismo, con el deseo de la histérica como paradigma y su correlato en la impotencia del Padre. Luego, en un segundo momento, se confronta un tope en lo real que emerge en la repetición. Es en este punto donde Lacan sitúa un margen de libertad, paradójicamente vinculado al malogro que conlleva el desencuentro.

El sujeto y la cadena significante: una estructura en movimiento

La praxis analítica se sostiene en la función estructurante del significante, lo que introduce una noción clave: la heteronomía. Este concepto señala que el sujeto no puede separarse de la cadena significante, la cual se articula en el lugar del Otro.

De hecho, cuando algo en esta cadena se desengancha, se produce una conmoción subjetiva que muchas veces motiva una consulta con un psicoanalista. Este desajuste revela la imposibilidad de abordar al sujeto del inconsciente sin considerar su entramado significante, pues su identidad se constituye en relación con el discurso del Otro.

Lacan lleva esta idea aún más lejos, mostrando que el inconsciente no es solo una sucesión lineal de significantes, sino que responde a una lógica discursiva más compleja. Es decir, la articulación significante no solo se inscribe en el lenguaje, sino que también lo desborda, permitiendo la emergencia de algo que no es enteramente verbalizable.

Para explicar esta estructura, Lacan introduce dos dimensiones fundamentales:

  • La sincronía: Un eje de simultaneidad, donde los significantes coexisten en una red de relaciones estructurales.

  • La diacronía: Un eje de sucesión, donde los significantes se despliegan en el tiempo y adquieren sentido por contraste con otros.

Esta articulación puede compararse con un pentagrama musical, donde la estructura no tiene un único centro fijo, sino que depende de la relación entre distintos elementos en diferentes niveles. La diacronía, además, introduce la dimensión de la historia, permitiendo que cada significante se defina por lo que los demás no son, es decir, por su valor diferencial dentro del sistema.

Así, el sujeto del inconsciente no es un ente estático, sino una estructura en movimiento, atrapada en la red significante que le da forma y que, al mismo tiempo, puede trastocarse, provocando efectos tanto de sentido como de goce.

miércoles, 2 de abril de 2025

El Seminario 19 y la reformulación del Uno en Lacan

El Seminario 19 de Lacan se distingue por su alto nivel de formalización y rigor lógico, consolidando un abordaje modal de la castración. Esta construcción teórica se apoya en una lógica cuantificacional que retoma los cuatro modos lógicos aristotélicos, integrándolos al entramado psicoanalítico.

En este contexto, Lacan revisita un problema filosófico clásico: el Uno. En “…ou pire”, su trabajo sobre el concepto del Uno se apoya en la lógica de Frege, particularmente en la idea de una génesis lógica de la serie numérica. Desde esta base, Lacan sitúa la necesidad de una existencia que funcione como condición de posibilidad para delimitar el campo del goce en el proceso de advenimiento del sujeto.

Uno de los aspectos más significativos de esta reformulación es la transformación del rasgo unario, concepto ya explorado en el Seminario 9. En aquel momento, el rasgo unario estaba vinculado con la demanda de amor, sosteniéndose en I(A), la imagen del Otro idealizado. Sin embargo, en “…ou pire”, Lacan da un giro crucial:

  1. Se mantiene la idea del rasgo como letra, pero ahora en un sentido que excede la lógica de la significación.
  2. Se introduce un cambio desde la lógica de clases a la lógica de conjuntos, lo que redefine el rasgo como uno que falta, en lugar de uno que representa.
  3. A partir de la teoría de Bourbaki, la letra adquiere un nuevo estatuto: no es un atributo, sino una designación que funda el conjunto.

Con esta reformulación, Lacan despoja al rasgo unario de su carga idealizante, desplazándolo del registro de la demanda a una lógica de la falta y la estructuración del goce.

martes, 1 de abril de 2025

Del rasgo unario a lo uniano: la evolución del Uno en Lacan

El concepto de rasgo unario ocupa un lugar central en la lectura lacaniana de Freud, apareciendo en diferentes momentos del desarrollo teórico de Lacan. Desde La identificación, el rasgo unario se vincula con la constitución del sujeto y la inscripción de marcas simbólicas.

Sin embargo, en el Seminario 19, este concepto sufre una transformación significativa. Se separa de su función inicial, asociada a la idealización de la demanda, y se reformula en un nuevo término: lo uniano. Este neologismo permite un abordaje distinto del Uno, diferenciándolo de su origen en la identificación freudiana.

Si bien el término se formaliza en el Seminario 19, ya en el Seminario 17 se observan antecedentes de este giro conceptual. Allí, Lacan reelabora la estructura del lenguaje y transforma el lugar del Nombre del Padre, desplazándolo del S₂ al S₁. Este movimiento prepara el camino para la formulación de lo uniano, una noción que rompe con cualquier perspectiva filosófica del Uno como totalidad o unificación.

En esta nueva concepción, el Uno no busca completarse en el Dos. Por el contrario, lo uniano señala lo inverosímil del Uno, en la medida en que funciona como el eslabón que evidencia la imposibilidad de la relación sexual. Con ello, Lacan marca una distancia fundamental entre la lógica tradicional del Uno y su función en el campo del goce y la sexuación.

lunes, 31 de marzo de 2025

Escritura y topología: la configuración de las tres dimensiones en la cadena borromea

Toda escritura requiere de una superficie donde pueda materializarse, lo que la vincula de manera inseparable con las dimensiones del espacio. En este sentido, las tres dimensiones—lo imaginario, lo simbólico y lo real—se entrelazan de manera particular, determinando la naturaleza de su conexión.

Lacan introduce un esbozo de topología cuaternaria en Aún, donde describe la progresión de las dimensiones: un punto, al cortar una línea, define la línea como unidimensional; una línea, al cortar una superficie, otorga dos dimensiones a esta última; y una superficie, al cortar el espacio, lo configura como tridimensional. A partir de aquí, Lacan señala que al llegar a tres dimensiones, inevitablemente se presenta una cuarta, aquella que no se cuenta explícitamente pero que es constitutiva del sistema.

Si bien esta lógica aún requería mayor elaboración para su plena articulación con la cadena borromea, el objetivo inicial de Lacan era precisar la estructura de dicha cadena como el anudamiento de las tres dimensiones mencionadas. Estas, en su conjunto, conforman una escritura que no sigue las reglas del espacio euclidiano.

Sin embargo, desde …ou pire, Lacan advierte la necesidad de “aplanar” esta estructura, permitiendo su inmersión en el espacio y su manipulación. Este proceso de puesta en plano resalta la relevancia que lo imaginario adquiere en este esquema.

Las tres dimensiones se estructuran a partir de la consistencia de la cuerda: cada una es un redondel de cuerda o nudo trivial que, al anudarse, forma una cadena particular. En lugar de cortarse entre sí como en el espacio euclidiano, se enlazan mediante un juego de pasajes por encima o por debajo unas de otras. En este contexto, el toro se vuelve fundamental, ya que su estructura permite el anudamiento: sin el agujero que porta, la conexión entre los elementos no sería posible.

La función fantasmática de la repetición

Allí donde la complementariedad del goce sexual es imposible, el fantasma surge como una satisfacción supletoria. Lacan, en su esfuerzo por formalizar esta imposibilidad, retoma el concepto freudiano de Lustgewinn (ganancia de goce) para explicar cómo el fantasma opera como un plus que compensa dicha carencia.

Esta ganancia de goce está íntimamente ligada al recorte significante y a la repetición, lo que lleva a una cuestión fundamental: ¿cuál es la función del fantasma en la repetición?

Por un lado, esta repetición puede transformarse en un exceso, una carga que sobrepasa al sujeto y que, en algunos casos, lo lleva a consultar a un psicoanalista. Es en este punto donde el psicoanálisis interviene: mediante el equívoco y el malentendido propios del significante, se puede desmontar la fijeza del fantasma y su rol en sostener lo imposible de la relación sexual.

Sin embargo, hay otra dimensión de la repetición que escapa a lo que puede conmoverse por la interpretación. Se trata de la repetición estructural, aquella que responde a lo que el significante “no cesa de no escribir”, es decir, a lo que persiste más allá del principio de contradicción.

Lacan se sumerge en esta problemática entre los Seminarios 14 y 15, trabajando con las tablas lógicas de verdad para encontrar una lógica que pueda abordar lo real. Desde esta perspectiva, el fantasma no es una simple formación del inconsciente, sino una escritura en sentido lógico, una articulación que sostiene dos dimensiones simultáneas:

  • Un valor de verdad, al inscribirse en la estructura del sujeto.

  • Un valor de goce, al operar como soporte de una economía política del goce, distribuyendo y fijando el exceso de satisfacción.

En este sentido, el fantasma no solo organiza el deseo, sino que también captura y obtura el goce, delimitando los modos en que el sujeto se engancha a su repetición.

El objeto del deseo y su lugar en el fantasma

El "Che vuoi?" del grafo lacaniano es la pregunta fundamental que interroga la posición del niño en el deseo del Otro. No se trata simplemente de un "¿qué quiere de mí?" en términos de un anhelo consciente, sino de un cuestionamiento más profundo: ¿bajo qué forma (como objeto a) el sujeto se constituyó como causa del deseo del Otro?

Este tránsito hacia la causa del deseo rompe con la noción de una infinitud del deseo tal como fue planteada en La instancia de la letra en el inconsciente..., donde se afirmaba que el deseo es siempre de otra cosa. Si el deseo nunca se satisface del todo, ¿qué lo detiene?

Aquí entra en juego la función del objeto a en el fantasma, pues proporciona un punto de fijación, un anclaje que permite orientar el deseo y darle consistencia. Es precisamente en esta posición de objeto donde se manifiesta la opacidad del deseo: el sujeto no sabe qué es para el Otro, y en esa incertidumbre se juega su relación con el deseo.

Un aspecto central de esta conceptualización del objeto es que desde el inicio está separado de las cosas del mundo. Esto permite plantear una pregunta crucial: ¿de dónde proviene este objeto?

Desde el comienzo, el objeto a supone un recorte respecto al cuerpo del niño, ya que es con su cuerpo que el niño se convierte en falo para responder al deseo materno. En este sentido, el objeto a es el precio que el sujeto paga en su paso por la castración, el costo que implica devenir un sujeto dividido.

Más adelante, en El Seminario 10: La angustia, Lacan reformula este objeto como el resto de la división subjetiva, un irracional simbólico que testimonia lo que no puede ser capturado completamente por el significante. Se trata de un resto viviente, una parte del cuerpo que sostiene al sujeto en su evanescencia, señalando lo que del ser escapa a la negativización y persiste como una marca irreductible de su existencia.