En la clínica psicoanalítica no es raro recibir pacientes desbordados, enloquecidos por amor. Sujetos angustiados, celosos, consumidos por la sospecha, por la incertidumbre, por el lugar borroso que ocupan en la vida de alguien más. En esos relatos, la figura del partenaire suele estar marcada por un rasgo particular: ambigüedad, contradicción, una constante generación de dudas. Sin embargo, pocas veces se detiene la mirada clínica en el factor enloquecedor que ciertas personas parecen encarnar en sus relaciones.
Hay quienes, en el lazo amoroso, parecen funcionar como verdaderos operadores de discordia. Fomentan sospechas, deslizan mensajes contradictorios, oscilan entre la cercanía y el desdén, no terminan nunca de aclarar qué lugar ofrecen al otro. Y lo hacen, muchas veces, con una sonrisa pulida, como si nada tuvieran que ver con el sufrimiento que se desata a su alrededor.
Actúan como si estuvieran por fuera del conflicto, amparados en una posición de supuesta transparencia moral. En términos hegelianos, se podría decir que encarnan la figura del alma bella, aquella que se mantiene impoluta en apariencia, pero que no asume la responsabilidad por las consecuencias que produce.
En no pocos casos, estas figuras recuerdan a Eris, la diosa griega de la discordia, aquella que siembra el caos con elegancia, dejando a los demás atrapados en luchas insensatas. En las parejas, la presencia de una "Eris" no siempre es evidente, porque el foco suele estar puesto en quien consulta: quien sufre, quien se desborda, quien pierde la razón. Pero parte del trabajo clínico implica justamente despejar el campo de lo evidente para situar lo que queda opacado: las contradicciones del partenaire, su participación activa en la escena.
Ubicar estas zonas opacas, donde el discurso del otro resbala o se desdice, puede ser crucial para que el analizante comience a salir del laberinto del enloquecimiento. Porque cuando el amor enloquece, más allá del sufrimiento, suele haber un enigma estructurado por dos: uno que se desborda... y otro que, quizás sin saberlo, se dedica a agitar las aguas.