Desde muy temprano en su enseñanza, Lacan manifiesta la aspiración de abordar lo que acontece en un análisis en términos de estructura. En esa perspectiva se inscribe su formalización del concepto de discurso, noción que no coincide con lo efectivamente pronunciado por el sujeto.
Si distinguimos —como lo hace Lacan— entre enunciado y enunciación, el discurso no puede reducirse a lo dicho. Lo que el sujeto formula en el nivel del enunciado no agota aquello que se juega en el acto de decir. Surge entonces una pregunta decisiva: ¿qué es lo que escucha un analista?
Podríamos comenzar por señalar aquello a lo que no dirige su atención privilegiada. El analista no se orienta por el sentido manifiesto del discurso. Su escucha no está comandada por la coherencia narrativa ni por la significación consciente que el sujeto atribuye a sus palabras.
Por el contrario, la escucha analítica se dirige hacia los significantes que resultan determinantes en la historia del sujeto. A partir de la atención flotante —esto es, no privilegiando ningún elemento del discurso por su valor de sentido— el analista puede aislar aquellos términos que, más allá de lo que quieren decir, operan como puntos de fijación. Son esos significantes los que permiten ir reconstruyendo la cadena significante inconsciente, entendida como el discurso del Otro.
Ahora bien, ¿cómo se hace posible esta escucha? Los significantes decisivos no aparecen como tales en la continuidad armónica del relato. Se manifiestan, más bien, en momentos de vacilación: allí donde el sentido se quiebra, donde irrumpe una discontinuidad, un tropiezo, una formación que desajusta la gramática o fractura la coherencia del discurso.
En esos puntos —lapsus, equívocos, repeticiones insistentes, formulaciones antigramaticales— se evidencia algo que excede al yo y a su intención comunicativa. Se trata de irrupciones que desorganizan el discurso del moi, revelando que el sujeto no coincide consigo mismo y que el sentido no es soberano.
Así, la escucha analítica no persigue la comprensión sino la estructura. No apunta a completar el sentido, sino a localizar sus fallas. Allí donde el discurso se resquebraja, el inconsciente hace oír su lógica.
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