Mostrando las entradas con la etiqueta límite. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta límite. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de julio de 2026

El valor clínico de la escritura en psicoanálisis

Sostenemos que la escritura posee un valor clínico específico en el psicoanálisis. Con ello nos referimos a que Lacan introduce este concepto como una respuesta, en el terreno de la praxis, a los impasses inherentes a la estructura del significante.

En términos generales, la escritura permite delimitar, en un primer momento, un límite y, posteriormente, un borde. Esto conduce a una serie de interrogantes decisivos: ¿qué es lo que instituye ese límite?, ¿qué determina la inclusión o la exclusión de un elemento respecto de un conjunto? Estas preguntas encierran una ambigüedad fecunda, de la que se desprenden importantes consecuencias tanto lógicas como clínicas.

Se trata, en definitiva, del problema desarrollado por Lacan en Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, entre otros textos, donde se pone en cuestión la posibilidad de concebir un conjunto completo. Ese conjunto no es otro que el Otro del sujeto. Precisamente porque el Otro no puede pensarse como un todo cerrado y consistente, la escritura adquiere un valor clínico fundamental: permite formalizar el punto en el que la estructura encuentra su límite y el modo singular en que cada sujeto se relaciona con él.

viernes, 30 de enero de 2026

La serie significante, el límite y la infinitud del goce

El concepto de serie, pensado como cadena significante, ocupa un lugar central en la enseñanza de Lacan. Dicha cadena no se define simplemente por su articulación sucesiva, sino por una condición precisa de posibilidad: la existencia de un límite, en el sentido matemático del término. Es este límite el que introduce la lógica de la convergencia.

En matemáticas, una serie numérica converge cuando sus términos se aproximan progresivamente a un punto determinado. Ese punto es el límite de la serie, hacia el cual ésta tiende sin necesidad de alcanzarlo efectivamente. De allí que la noción de límite se encuentre estrechamente vinculada al cálculo diferencial y a la idea de un “paso al límite”.

Esta operación resulta solidaria de los desarrollos cantorianos sobre los conjuntos infinitos. La pertinencia de este recurso matemático para Lacan radica en que se trata de una operatoria algebraica que permite pensar la delimitación de lo infinitamente pequeño. En este marco, lo serial es aquello que entra en la cuenta, mientras que la serie designa la articulación que avanza de modo asintótico hacia un límite. Así se introduce una manera precisa de situar la infinitud no como totalidad, sino como efecto propio de la serie misma, lo cual permite pensar la relación entre lo serial y el goce.

Es en este punto donde se vuelve pertinente la paradoja de Zenón: Aquiles puede aproximarse indefinidamente a la tortuga, incluso sobrepasarla, pero sin jamás coincidir con ella en el punto exacto. Este rasgo de infinitud, que caracteriza al goce, da cuenta del efecto de la castración, en tanto señala la imposibilidad de capturarlo, fijarlo o sustancializarlo.

Allí donde el goce se localiza como inalcanzable, la referencia a lo infinitamente pequeño permite precisar la hiancia que éste comporta. En Aún, Lacan formula una afirmación decisiva: “el goce del Otro, del Otro con mayúscula, del cuerpo del otro que lo simboliza, no es signo de amor”. Esta frase, de notable densidad conceptual, introduce una doble disyunción: por un lado, separa el goce del amor; por otro, vincula el llamado goce femenino con el goce del Otro, entendido como aquello que implica una alteridad radical.

Con ello se señala un campo del goce que no queda capturado por la única Bedeutung que el lenguaje ofrece —el falo—, es decir, una porción del goce que permanece fuera de la simbolización fálica y que insiste como límite estructural de la cadena significante.

viernes, 23 de enero de 2026

el rasgo unario, cardinalidad y borde

 El límite, como función matemática, del conjunto del significante comienza a ponerse en forma a partir de la pregunta sobre su cardinalidad. Se trata de un problema inherente a la elaboración cantoriana sobre los números transfinitos que determina que lo que da la extensión del conjunto nunca puede ser un elemento del mismo. O sea que el borde sólo puede deslindarse a partir de la función de la letra en la medida en que puede designarlo, al borde. Este modo de razonar conlleva algo del orden de un salto, concepto de raigambre cantoriana más allá de que puede ser situado también en la obra de Heidegger.

El trabajo de Lacan sobre este punto tiene como marca de inicio el abordaje que sobre el rasgo unario comienza en "La identificación". Este término complejo es extraído del planteo de Freud sobre la identificación, o sea sobre esa operación de lazo entre el sujeto y el Otro. Entendemos que este desarrollo de Lacan fija el punto de partida de un cambio de lógica. Para ello aborda el rasgo a partir de un vaciamiento de toda dimensión cualitativa, con lo cual el problema no es entonces lo predicable sino lo imposible de predicar: ¿cómo pensar al sujeto con independencia de lo cualitativo?

Esto introduce una distancia entre las diferencias cualitativas, las cuales son connotativas; y hay otras de otro orden, ¿cómo las llamaríamos, cuantitativas? ¿del orden de la singularidad?. En cualquier caso son denotativas en el punto en el cual el rasgo aquí viene a indicar el borde que deja en el sujeto la falta de un referente.

O sea que el rasgo unario tomado desde el sesgo de la letra viene a designar ese litoral que hace el borde de aquello que el significante "hurta" al sujeto, según el planteo de "Subversión del sujeto...". O sea viene a señalar las consecuencias de la represión primaria.

jueves, 18 de diciembre de 2025

El borde del significante: rasgo unario, letra y límite

El problema del límite, pensado en términos de una función matemática aplicada al conjunto de los significantes, se articula desde la pregunta por su cardinalidad. Este interrogante remite directamente a la elaboración cantoriana de los números transfinitos, donde se establece que aquello que determina la extensión de un conjunto no puede, a la vez, ser uno de sus elementos. El borde del conjunto no es interior a él, sino que sólo puede ser circunscripto desde una exterioridad lógica. De allí que el límite no se presente como un elemento, sino como una función de designación: el borde sólo puede ser señalado por la letra, en la medida en que ésta lo nombra sin integrarse a lo nombrado.

Este modo de razonamiento implica necesariamente un salto, noción que encuentra su origen en Cantor, aunque también puede localizarse, desde otra vertiente, en la obra de Heidegger. El salto no es un pasaje continuo, sino una ruptura que permite delimitar un borde allí donde no hay sustancia que lo garantice.

En Lacan, el punto de partida de esta elaboración puede situarse en su trabajo sobre el rasgo unario, desarrollado inicialmente en el Seminario La identificación. Lacan retoma aquí un concepto freudiano —la identificación como operación de lazo entre el sujeto y el Otro—, pero lo desplaza hacia una lógica inédita. Este desplazamiento se produce a partir de un vaciamiento radical de toda dimensión cualitativa del rasgo: ya no se trata de lo predicable, de aquello que podría atribuirse como cualidad del sujeto, sino de lo imposible de predicar. La pregunta que se abre es entonces: ¿cómo pensar al sujeto por fuera de toda cualificación?

Esta operación introduce una distancia decisiva entre las diferencias de orden cualitativo, siempre connotativas, y otro tipo de diferencias que no se inscriben en ese registro. ¿Habría que llamarlas cuantitativas? ¿O más bien del orden de la singularidad? En cualquier caso, se trata de diferencias denotativas, en la medida en que el rasgo no califica al sujeto, sino que indica un punto de borde, una marca dejada por la ausencia de un referente último.

Desde esta perspectiva, el rasgo unario, pensado desde el sesgo de la letra, viene a designar un litoral: el borde de aquello que el significante sustrae al sujeto, tal como Lacan lo formula en “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”. El rasgo no representa al sujeto, sino que señala las consecuencias de la represión primaria, es decir, la pérdida estructural que funda al sujeto como tal.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Del dual imaginario a la apertura simbólica: palabra, repetición y temporalidad analítica

Allí donde lo imaginario precipita al sujeto en la relación dual y especular —esa que con frecuencia arrastra su cuota de agresividad—, lo simbólico introduce una terceridad que remite al orden edípico. Esta dimensión simbólica se enlaza con la muerte no como fin biológico, sino como límite, mortificación y vaciamiento: la marca que separa, corta y orienta.

Ese límite se pone en juego en el automatismo de repetición, motivo por el cual Lacan, en sus primeros desarrollos, vincula lo simbólico tanto a la repetición como al “más allá del principio del placer”. De esta lógica deriva también el efecto de la palabra, articulado a la diferencia entre palabra plena y palabra vacía. No son dos tipos de palabra, sino dos modos de funcionamiento:

  • La palabra plena se reconoce a posteriori, por sus efectos, por la apertura que produce, por la interrogación que suscita.

  • La palabra vacía, en cambio, no conmueve ni desplaza nada; queda en el registro de lo que no hace marca.

La cura puede favorecer, eventualmente, el pasaje de una a otra: aquello que en un momento cierra puede, más tarde, abrir. Es un “caer en la cuenta” que el trabajo analítico hace posible.

Es precisamente a través de los tropiezos de la palabra plena que se habilita la anamnesis analítica, entendida como la elaboración simbólica de la historia del sujeto. Allí se inscribe la “intersubjetividad histérica” que Lacan sitúa en esos primeros momentos: un campo sostenido en la división, el no-saber y el deseo.

El espacio que abre la palabra plena es también aquel en el que opera la interpretación, en tanto acto simbólico. Lacan enfatiza esta dimensión para distinguir la interpretación del gesto de otorgar sentido: el analista no esclarece, sino que interviene en un registro donde lo simbólico pueda hacer surgir lo que estaba obturado.

La realización psicoanalítica del sujeto conduce necesariamente a la transferencia, y con ello a una temporalidad imposible de calcular de antemano. Esa temporalidad implica siempre una retroacción, un encuentro con aquello que “hubo sido”: ¿fue, o no fue? Es en esa oscilación, en ese borde entre el haber-sido y el no-haber-sido, donde la palabra plena traza la posibilidad de una transformación.

viernes, 3 de octubre de 2025

El cálculo infinitesimal como respuesta a la dimensión económica en la praxis

 Hacia el final de la clase 13 del seminario 11 Lacan responde a una pregunta de André Green acerca del componente económico en la praxis analítica. Llamativamente la pregunta incluye una referencia a una supuesta ausencia de esta dimensión en la enseñanza de Lacan.

Su respuesta es tan concisa como compleja y contundente, y en gran medida parece que la responde sin tomarla en cuenta directamente. Habla del cálculo infinitesimal.

En un sistema determinado: ¿cómo se escribe el límite? Me refiero por ejemplo a cómo se escribe el punto, límite, de lo que ese sistema es capaz de escribir, permitiendo entonces una formalización.

La referencia al cálculo infinitesimal comienza con la mención a la “notación o acotación escalar”. Dicho campo del cálculo se ocupa del estudio del cambio y la continuidad. Esta última, si bien refiere a una perspectiva lógica, tiene resonancias topológicas.

El cálculo integral implica funciones integrales y series infinitas, y me parece que, en su abordaje, Lacan hace fundamentalmente foco en lo asintótico. Del lado del cálculo diferencial, en cambio, se juega la derivada, la cual mide (¿escribe?) la razón de cambio de una función, lo cual siempre acontece respecto de otra. Esta razón de cambio puede ser escrita en un eje de coordenadas cartesianas.

Con dicho campo puede expresar el vínculo que hay entre una razón y la variabilidad. Un punto importante es destacar que aquí razón no expresa una medida como cardinalidad, sino que permite manifestar eso que está en juego a partir de una ecuación, o sea simbolizarlo.

En última instancia el asunto problemático es lo infinitamente pequeño, lo cual volverá a ser considerado en relación con el campo del goce femenino o no-todo. ¿Y la constante por donde entra? Quizás a partir de la relación entre la hiancia y el borde, lo que permite retomar esa perspectiva topológica antes aludida, porque no es abordable sin el cuerpo.

martes, 23 de septiembre de 2025

El deseo como límite: entre la certeza y lo indestructible

Hace un tiempo señalábamos el uso que Lacan hace del cálculo infinitesimal. Retomando esa línea, lo encontramos definiendo al deseo como solidario de un límite, en el sentido matemático del término. El límite, en matemática, indica el punto hacia el cual tiende una serie: ¿converge, se aproxima indefinidamente, queda abierta? Lacan se sirve de esta noción para plantear el deseo como aquello que se orienta hacia un punto de no realización plena.

Este recurso no es aislado: ya en La identificación se había embarcado en un trabajo algebraico sobre la serie significante y el cogito cartesiano, buscando precisar el lugar en que una serie encuentra o no su convergencia. Lejos de un mero juego teórico, esta indagación apunta a una cuestión práctica: ¿el análisis tiene un final definido, o se despliega como indefinido?

En este marco, Lacan propone llevar lo castrativo más allá de lo edípico. No se trata de abandonar la referencia edípica, sino de ampliarla: pasar de la trama edípica como relato a la castración como nudo estructural, desplazándola del registro del discurso al del lenguaje.

De allí surge una formulación novedosa: el sujeto de la certeza. Se trata de una posición distinta al sujeto dividido por la vacilación, una manera de pensar al sujeto en su relación con el objeto a. ¿Cómo se articulan entonces el objeto a y este sujeto de la certeza? A través del deseo.

El deseo, estructuralmente antihomeostático, se sitúa más allá del principio del placer: es un efecto no efectuado. Esta definición abre un más allá de Freud, porque si no se efectúa, ¿cómo pensar su realización? Justamente, su indestructibilidad.

Desde La significación del falo se hace necesaria la conexión entre deseo y causa. Lacan lo formula como un efecto no efectuado, solidario del inconsciente en tanto no realizado. Esta torsión conceptual apunta a un problema clínico central: el deseo no se destruye, persiste como aquello que insiste en el límite, marcando la orientación misma de la praxis analítica.

viernes, 12 de septiembre de 2025

El menos phi y la función del vacío en "La angustia"

En el Seminario La angustia, Lacan desarrolla un detallado trabajo sobre el lugar y la función de la significación fálica, valiéndose de una serie de esquemas que la sitúan en relación con el agujero, como respuesta a él. Para ello recurre a figuras como jarrones y objetos semejantes, articulados con sus imágenes producidas en juegos de espejos.

A partir de esta operación, Lacan aborda el cuerpo en su doble vertiente: la imagen que lo sostiene y lo excedente respecto de esa imagen. El agujero de la boca del jarrón, lugar donde se inscribe el menos phi (-φ), indica la función estructurante de ese vacío en la posición del sujeto. El menos phi aparece así con un valor instrumental: sin su operación, el sujeto no podría sostenerse en la escena fantasmática.

Este seminario resulta gráfico en cuanto a lo que el menos phi habilita en el devenir subjetivo. El sujeto, definido como evanescente, supuesto y dividido, se constituye a partir de esa barradura, que implica siempre una relación a la muerte como límite. Y este límite, lejos de ser pura negatividad, conlleva una tramitación simbólica.

El concepto de límite —matemático— se enlaza con el de campo, mediante el cual Lacan ubica la estructura de la angustia. El límite es índice de una simbolización: lo imposible de escribir de la muerte, lo indecible, encuentra una vía de formalización mediante una función que litoraliza.

Hablar de vacío supone siempre hablar de lo simbólico, puesto que es el significante el que delimita, en las vacilaciones del sentido, la consistencia de ese vacío. Esta operación se localiza en el cuerpo: la imagen especular. El matema que, en el grafo, escribe esa localización es i(a): el paréntesis señala el corte significante, mientras que la a en su interior designa la delimitación simbólica de un agujero real. Es ese agujero lo que queda habitado por el fantasma, ya en el nivel de una gramática.