El psicoanálisis no surge en cualquier lugar ni en cualquier momento. Nace en la Viena de fines del siglo XIX y comienzos del XX, capital del Imperio austrohúngaro y uno de los grandes centros culturales de Europa. Allí convergían corrientes artísticas, literarias y científicas que interrogaban los fundamentos de la modernidad y abrían un espacio para nuevas formas de pensar la subjetividad.
Sin embargo, el contexto de surgimiento del psicoanálisis excede el marco vienés. El paso de Freud por París para estudiar con Jean-Martin Charcot en la Salpêtrière resulta decisivo. Es en ese escenario donde Freud entra en contacto con la clínica de la histeria y con un modo particular de abordaje del síntoma.
La clínica de Charcot estaba inscripta en el espacio de lo público: las pacientes histéricas eran presentadas ante un auditorio de médicos y estudiantes, y sus síntomas eran observados, descritos y clasificados bajo la primacía de la mirada. El saber se producía en ese dispositivo escénico donde el cuerpo del paciente quedaba expuesto.
El movimiento freudiano introduce una torsión fundamental: traslada la escena clínica al ámbito privado del consultorio. El psicoanálisis no admite la presencia de un tercero encarnado sin que ello produzca un efecto obsceno; el único tercero posible es la palabra misma. En lugar de la mirada que exhibe, la palabra que se dirige al Otro.
Este desplazamiento inaugura un nuevo estatuto de la intimidad. La posibilidad de hablar sin espectadores abre un espacio confesional en el que el sujeto puede implicarse en su propio síntoma. Ya no se trata de un fenómeno a describir desde afuera —sea en clave orgánica o incluso en una etiología psíquica que no compromete al sujeto—, sino de una formación que porta una verdad cifrada.
Con Freud, el síntoma deja de ser mero objeto de observación para convertirse en un mensaje enigmático que concierne al sujeto mismo. En él se halla inscripto, de manera deformada, el deseo sexual reprimido. El síntoma ya no es simplemente algo que el sujeto padece; es algo que lo involucra íntimamente.
Así, el tránsito entre lo público y lo privado marca el pasaje de una práctica sostenida en la función de la mirada a una praxis fundada en la función de la palabra. Ese desplazamiento no es solo técnico, sino epistemológico y ético: inaugura un nuevo modo de concebir la verdad, el síntoma y la responsabilidad subjetiva.
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