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viernes, 29 de mayo de 2026

Unidad 4. La palabra y el acompañamiento analítico en cuidados paliativos

La práctica analítica en el contexto paliativo se redefine en sus coordenadas fundamentales. No se trata de “psicoterapia de apoyo”, pero tampoco de la técnica clásica basada en la asociación libre en un marco estable. El analista opera en el borde: allí donde el cuerpo se deteriora, la vida orgánica se aproxima a su límite y la subjetividad oscila entre el decir y el silencio.

Esta unidad aborda la especificidad clínica de ese acompañamiento.

1. La palabra como sostén: entre Winnicott y la transferencia en situación de límite

Winnicott: la función del sostén (holding)

Para Winnicott, el holding no es contención afectiva ni consuelo, sino el modo en que un sujeto se siente sostenido por un marco que permite existir.

En el final de la vida, el holding se torna menos estructurante y más preservador y aunque el concepto es muy utilizado en los primeros momentos de vida del sujeto, aquí se no apunta a un desarrollo, sino a una continuidad mínima del ser. El holding permite que el paciente siga ocupando un lugar de sujeto, aun cuando el aparato corporal se debilita.

El analista ofrece un ambiente suficientemente bueno donde la palabra pueda surgir sin exigencia, sin demanda, sin interpretación intrusiva. Es un sostén simbólico y corporal a la vez.

2. La escucha en contexto paliativo: alojar la verdad del sujeto

En cuidados paliativos no se trata de curar, sino de alojar. Eso implica modificar la ética de la intervención, porque no se trata de la cura por la palabra, sino la palabra como último soporte subjetivo. Tampoco se busca ordenar el síntoma, sino acompañar la verdad que emerge en el límite.

El tratamiento no persigue la “aceptación” de la muerte (categoría psicológica), sino que el sujeto pueda decir algo propio, incluso si lo que aparece es silencio, miedo, humor negro o resentimiento.

La escucha analítica permite que lo que no encuentra lugar en el discurso médico —fantasías de desintegración, pensamientos prohibidos, deseos conflictivos, duelos anticipatorios— pueda tener un destino diferente que la pura irrupción de lo real.

La escucha se vuelve entonces una ética del no-rechazo.

3. Silencio, presencia y transferencia en el borde de la vida

El final de vida altera las coordenadas habituales del lazo transferencial. No se trata simplemente de una transferencia “más intensa” o “más regresiva”, sino de un cambio cualitativo en su estructura. Allí donde el dispositivo analítico suele sostenerse en la palabra, la asociación libre, la interpretación y la temporalidad del proceso, en cuidados paliativos se produce un pasaje hacia otra forma de vínculo: más desnuda, más directa, menos mediada por los artificios simbólicos que sostienen el yo en su cotidianeidad.

La transferencia clásica está sostenida en una demanda dirigida al saber del Otro: “¿qué me pasa?”, “¿qué querer?”, “¿cómo vivir?”. Sin embargo, cuando la muerte se convierte en un horizonte próximo y no abstracto, la estructura misma de esa demanda se modifica. La pregunta por el saber pierde pertinencia, y con ella se erosionan las formas de suplencia simbólica que organizan el síntoma.

En este contexto, lo que el paciente busca del analista no es una interpretación, ni un esclarecimiento, ni una elaboración profunda, ni un “trabajo” sobre el inconsciente en sentido estricto. Lo que demanda es una presencia,  una presencia en el sentido winnicottiano, es decir, un Otro que no invade ni abandona, que sostiene sin colonizar, que permanece aún cuando la palabra vacila.

Esta presencia no se confunde con empatía, consuelo o apoyo emocional.
Es la presencia que permite que el sujeto—en el punto más frágil de su existencia—no se vea reducido a puro organismo. Es, por así decirlo, el último resto de la función del Otro como garantía mínima de humanidad.

En la clínica paliativa, el analista ya no enfrenta la resistencia neurótica clásica, sino el agotamiento del aparato simbólico del paciente. 

En la neurosis de la clínica cotidiana, las resistencias buscan preservar el goce bajo una cierta forma: se evita la interpretación, se desplaza el sentido, se intelectualiza, se erotiza la transferencia, etc. Pero en el final de vida las resistencias no son defensas, sino fallas del aparato simbólico mismo: el sujeto ya no tiene la energía psíquica para sostener sus defensas habituales, ni para mantener las ficciones estructurantes que lo acompañaron durante la vida. Esto no se debe a un rechazo al análisis, sino de una imposibilidad: lo simbólico se empobrece, el yo se desorganiza, los significantes pierden anclaje y el psiquismo opera de modo más elemental.

Esto coloca al analista en una situación inédita:

  • No puede interpretar para ir “más allá”,

  • no puede esperar elaboraciones del paciente,

  • no puede suponer una resistencia donde hay un agotamiento,

  • y no puede exigir productividad psíquica donde sólo hay resto de vida.

La ética del analista se desplaza entonces hacia un acompañamiento responsable de ese límiteEl silencio, entonces, adquiere valor clínico: no de ausencia, sino bajo una forma de decir.  

En la clínica clásica, el silencio del paciente suele ser un material a descifrar: revelación de la resistencia, indicio de la transferencia, lugar donde se anuda el goce. Pero en el final de vida el silencio tiene otro estatuto.

A veces el silencio aparece porque no hay palabras posibles para lo que el cuerpo está atravesando. Se trata de un silencio real: lo que no puede ser simbolizado no se reprime, sino que simplemente queda afuera del lenguaje. Podríamos decir que se trata del silencio como exceso de realidad.

En otras ocasiones, el silencio es la expresión más honesta de lo que queda de sujeto. Hay pacientes que no quieren hablar, no porque estén rechazando al analista, sino porque esa es su forma de estar en este tramo. El analista, entonces,  no debe llenarlo, obligar al paciente a hablar, interpretarlo ni convertirlo en síntoma. Debe permitirlo.

A veces, el silencio es el último gesto del paciente como sujeto: un “no querer saber más”, un “no quiero hablar de esto”, un “quiero que me acompañes”. Es un acto, y por tanto habla, incluso sin palabras.

Como podemos ver, en esta etapa, el analista queda confrontado a la transferencia en su núcleo más primitivo: no como suposición de saber, sino como referencia mínima a un Otro que no abandona, al lazo mas elemental.

Lacan decía que en ciertos momentos la transferencia se reduce al nivel del “sujeto supuesto soportar”. En paliativos, la transferencia ya no es suposición de saber, sino suposición de sostén: una confianza desnuda, casi sin significantes.

La presencia del analista opera entonces como punto de anclaje del sujeto, defensa contra la caída en lo real del cuerpo, resto de lazo social, lugar donde no se rechaza lo que el paciente trae, aunque sea inarticulado.

Es un acompañamiento no pastoral, no terapéutico, no moral, sino estrictamente ético: el analista está ahí para sostener la condición de sujeto hasta el último instante donde eso sea posible.

El silencio, como vimos, es una forma de tratamiento del goce cuando el cuerpo ya no sostiene la palabra. No debe ser llenado ni interrumpido, pues puede operar como espacio de subjetivación.

La presencia del analista —su modo de ocupar el lugar— se vuelve esencial. No presencia empática, sino presencia no invasiva, que permite que el sujeto no caiga en el puro cuerpo-organismo.

En el límite de la vida, el sinthome aparece como aquello que aún ata al sujeto a su modo singular de gozar. También brinda una consistencia mínima que le permite sostenerse sin desmoronarse y como lo propio irreductible que incluso frente a la muerte se mantiene. El analista no interpreta el sinthome en este contexto: lo respeta. Es lo último que le queda al sujeto como lazo consigo mismo.

4. El decir y la construcción de sentido al final

El final de vida no siempre implica una elaboración consciente, reflexiva o narrativa.
Pero sí puede haber un decir, algo que se desprende del sujeto más allá de lo que quiere comunicar.

El decir, el analista no busca coherencia ni cierre. Ese decir puede consistir en una palabra suelta, un recuerdo, un reclamo, una frase repetida, una pregunta sin respuesta. Es lo que del sujeto aún se transmite.

El analista presta atención a esas pequeñas formaciones: un lapsus, un gesto, un modo de llamar a otro, una insistencia. Allí el sujeto encuentra su último punto de inscripción en el lenguaje.

Pontalis: “Entre el sueño y el dolor”

Pontalis trabaja siempre sobre espacios intermedios: entre el sueño y la vigilia, entre el cuerpo y la palabra, entre el dolor y la representación, entre presencia y ausencia. No busca un concepto cerrado, sino un clima, un borde, una geografía psíquica hecha de transiciones.

En cuidados paliativos, esa geografía aparece con una nitidez particular: los pacientes suelen estar sostenidos en una especie de “estado límite” que no es patológico en sí, sino propio de la proximidad del final.

Pontalis describe un estado en el que el yo ya no organiza del todo la experiencia, porque el dolor, la medicación, el cansancio o el avance de la enfermedad debilitan su función sintética. Aún así, tampoco hay una caída completa en la desrealización o la desubjetivación: siguen apareciendo imágenes, recuerdos aislados, fragmentos discursivos que mantienen cierta continuidad del ser.

Este lugar intermedio es un espacio donde la subjetividad no dirige, pero todavía respira. No es aún noche, pero ya no es día.

Para Pontalis, el dolor no es solo una sensación corporal: es una experiencia que desnuda al sujeto, lo deja sin defensas, sin ficciones, sin pantalla. Pero incluso así, el dolor no anula la capacidad de simbolizar, sino que la vuelve mínima, tenue, como si cada palabra tuviera que atravesar una membrana muy gruesa. Por eso muchos pacientes hablan poco, o hablan en imágenes, o dicen frases sueltas. Ese es exactamente el territorio pontalisiano: el lenguaje reducido a lo esencial, lo mínimo para continuar siendo.

El analista como guardián del umbral. En este espacio intermedio, el analista no interpreta porque la interpretación sería intrusiva, exigiría trabajo yoico que el paciente no puede sostener y podría vivirse como una violencia sobre un territorio frágil.

En cambio, el analista puede acompañar sin dirigir. El acompañamiento no es orientación, es un “estar al costado”, sin empujar, sin organizar la experiencia del otro. El analista sostiene sin exigir trabajo psíquico, es decir, el sujeto no tiene que producir un relato coherente, ni asociar, ni recordar, ni explicar.

La presencia del analista funciona como condición de posibilidad para que aparezcan chispas de palabra, no como demanda de producción subjetiva.

Pontalis advierte que, en los lugares intermedios, el analista puede tener la tentación de rellenar o colonizar los silencios, de dar sentido donde solo hay un borde. El trabajo es exactamente el contrario: no ocupar el espacio del otro.

La ensoñación es el último recurso del sujeto. Muchos pacientes en paliativos hablan en un registro cercano al sueño, refiriendo recuerdos mezclados, una temporalidad confusa, escenas que aparecen como luces cortas y palabras que funcionan más como sonidos o climas que como significantes encadenados. Pontalis lee en esto un trabajo psíquico de borde, no una regresión como patología.

La ensoñación permite sostener una continuidad subjetiva sin necesidad de construir un Yo fuerte ni un relato organizado. Es, de algún modo, la última forma de vida psíquica que puede mantenerse cuando el cuerpo se cae.

La construcción de sentido mínima es uno de los puntos más importantes para la clínica: en el final de la vida, la construcción de sentido no es biográfica ni narrativa, no es un “balance de vida” ni un “cierre del arco vital”. Pontalis nos enseña que el sentido, en ese umbral, es algo mucho más pequeño: una frase que se repite, un recuerdo que vuelve, una imagen que se sostiene, una palabra que el paciente quiere decir y ser escuchada, o una escena mental que el paciente habita como si fuese un refugio. Estas pequeñas inscripciones son suficientes para que el sujeto no quede reducido al organismo. Son restos, pero restos con valor de anudamiento.

El analista actúa como garante de que el sujeto aún está allí. En este punto, Pontalis es extremadamente preciso: el analista no da sentido, ni interpreta, ni organiza, pero ofrece un espacio donde el sentido puede aparecer en su mínima expresión. El trabajo analítico consiste en resguardar ese espacio mínimo, ese hilo fino que aún anuda al sujeto a su experiencia. No se trata de prolongar la vida psíquica artificialmente, sino de evitar que el sujeto quede aplastado por el dolor o por el Otro médico.

Bibliografía sugerida (y comentada)

1. Textos centrales
Winnicott, D. W. (1960). “La teoría del vínculo paterno-infantil”. En El proceso de maduración en el niñoTexto fundamental para comprender el holding y el papel del ambiente en el sostén de la subjetividad. Si bien Winnicott trabaja sobre la infancia, sus conceptos se vuelven centrales en el final de vida: allí también el sujeto requiere un soporte no intrusivo que permita “seguir siendo” más allá del deterioro corporal. Aporta: la noción de presencia sostenedora que inspira la posición del analista en paliativos.

Winnicott, D. W. (1971). “El uso del objeto”. En Realidad y juego. Aquí se formaliza la transición entre el objeto subjetivo y el objeto externo. En el final de vida, muchos pacientes atraviesan un desdibujamiento de esta frontera, y la presencia del analista puede funcionar como un “objeto sobreviviente”. Aporta: un marco para pensar la presencia analítica en situaciones de extrema fragilidad yoica.

Lacan, J. (1975-76). Seminario 23: El sinthome.  En este seminario Lacan formaliza el sinthome como modo singular de existencia, más allá del sentido y más allá del Edipo. En el final de vida, es crucial no intervenir sobre el sinthome, sino respetarlo: es lo último que mantiene al sujeto anudado. Aporta: un fundamento teórico fuerte para comprender por qué en paliativos el analista no interpreta, sino que resguarda el modo singular de goce del paciente.

Pontalis, J.-B. (1988). “Entre el sueño y el dolor”. En Entre el sueño y el dolorUn texto breve y bellísimo donde Pontalis capta ese espacio intermedio entre la ensoñación, el dolor y la palabra. En cuidados paliativos muchos pacientes se ubican en ese lugar fluctuante. Aporta una articulación literaria y clínica del “entre”, del límite entre el cuerpo y el lenguaje.

Freud, S. (1915). “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”. Aunque no es un texto sobre el final de la vida, es clave para pensar cómo la transferencia cambia cuando ya no está sostenida por el deseo de saber. Aporta el marco conceptual para pensar cómo la transferencia se transforma cuando el sujeto ya no pide interpretación, sino simplemente un Otro que no lo abandone.

Textos complementarios

Winnicott, D. W. (1957). “La preocupación maternal primaria”. Ilumina la idea de presencia sensible y de disponibilidad psíquica. Aunque refiere al estado materno, es útil para conceptualizar el tipo de sintonización que se juega en paliativos sin caer en un modelo maternalizante. Aporta: matices para pensar la “presencia” del analista sin caer en empatía fusional.

Lacan, J. (1962-63). Seminario 10: La angustiaEl capítulo sobre la función del silencio y la proximidad del objeto a es particularmente útil. Aporta: un marco para pensar el silencio del paciente como acto y no como vacío.

Pontalis, J.-B. (1977). “El trabajo de morir”. En Lo que queda del díaUn texto menos citado pero extremadamente pertinente. Aporta: una lectura psicoanalítica de la proximidad de la muerte que no patologiza ni idealiza el proceso.

Freud, S. (1912). “Sobre la dinámica de la transferencia”. Aun cuando aquí se piensa la transferencia en la neurosis, es importante como contrapunto para ver qué se pierde y qué permanece en la situación paliativa.

Aportes contemporáneos y clínicos

Pierre Fédida (1992). El sitio del extranjeroEspecialmente los capítulos donde analiza el dolor, la caída del lenguaje y el estatuto del cuerpo sufriente. Aporta: una lectura fenomenológica y psicoanalítica del cuerpo en deterioro que se articula bien con la práctica paliativa.

Marie de Uña (2004). Clínica del final de la vida. Una autora que trabaja desde psicoanálisis la clínica de la muerte y el acompañamiento. Aporta: casos clínicos y reflexiones específicas para paliativos.

Rosine y Robert Lefort (1992). El nacimiento del OtroAunque es una obra sobre psicóticos, ofrece elementos para pensar cómo sostener un lazo cuando el aparato simbólico se empobrece. Aporta: conceptos para pensar al sujeto cuando el lenguaje pierde su función organizadora.

Texto colectivo: Dolor, cuerpo y palabra (Asociación Mundial de Psicoanálisis). Compilación de artículos sobre dolor crónico, cuerpo y límite. Aporta: reflexiones actuales sobre el tratamiento del cuerpo sufriente en la clínica lacaniana.

4. Bibliografía sugerida para profundizar en la práctica paliativa

Cicely Saunders (1978). The Management of Terminal Disease. Aunque no es psicoanalítico, ofrece un marco histórico esencial sobre cuidados paliativos. Aporta: contexto médico y ético para situar la especificidad del psicoanálisis.

Borges, J. L. (1974). “La escritura del Dios”. No es un texto clínico, pero ilumina literariamente la experiencia límite donde el sujeto se sostiene en un fragmento de sentido. Aporta una elaboración poética del tema del sentido mínimo ante la muerte.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Unidad 3: La angustia ante la muerte

1. Introducción

La experiencia de la muerte —propia o ajena— confronta al sujeto con el límite absoluto del sentido. Allí donde el saber, el lenguaje o el amor fracasan, emerge la angustia como afecto fundamental.
Mientras el miedo puede localizarse en un objeto concreto y el horror se produce ante lo insoportable del goce o de lo real, la angustia, en cambio, se sitúa en un punto de no localización: no sabe de qué se angustia. Por eso, frente a la muerte, la angustia no es solo temor al fin del cuerpo, sino a la pérdida de los referentes simbólicos que sostenían al sujeto en su existencia.

2. Freud: de la amenaza de castración al desamparo

En Inhibición, síntoma y angustia (1926), Freud reformula su teoría del afecto, desplazando la angustia del registro pulsional al registro estructural del yo. Ya no se trata de una transformación directa de la libido, sino de una señal del yo ante el peligro: una advertencia frente a la pérdida de un objeto, del amor o de la integridad narcisista.

Freud distingue distintos tipos de peligro:

  • Pérdida del objeto amado, origen del duelo y de la melancolía.

  • Pérdida del amor del Otro, que activa la angustia moral.

  • Pérdida de parte del cuerpo o de su integridad, en la castración.

  • Pérdida del propio yo, que aparece en los cuadros psicóticos o ante la amenaza de la muerte.

En este punto, la angustia ante la muerte no se explica por el instinto de conservación, sino por la posición de desamparo (Hilflosigkeit): la pérdida de un sostén simbólico que asegure el sentido de la vida. Freud mismo reconoce que “la muerte propia no puede ser representada”, lo que deja al yo frente a un agujero en la trama de significaciones.

3. Lacan: la angustia como afecto que no engaña

En el Seminario 10, Lacan profundiza esta noción y da a la angustia un estatuto radicalmente distinto: no es un afecto más entre otros, sino el afecto que no engaña, con un enorme valor clínico.
La angustia no indica la presencia de una amenaza externa, sino la proximidad del objeto a, ese resto de goce que queda fuera del campo del sentido que le proporciona el marco fantasmático. Por eso, no se angustia quien “va a morir”, sino quien percibe que algo de su ser escapa al dominio del significante.

En este sentido:

  • El miedo se refiere a un objeto identificable.

  • La angustia surge cuando ese objeto falta, pero se siente su inminencia.

  • El horror aparece cuando el objeto irrumpe, cuando el velo simbólico se cae y el goce del cuerpo se vuelve presente.

La angustia ante la muerte, entonces, no es miedo a dejar de existir, sino el estremecimiento ante la proximidad de lo real del cuerpo —lo que no puede simbolizarse ni decirse—. Es el punto donde el sujeto queda reducido a su pura existencia pulsional.

En cuanto al horror, este aparece ante la irrupción del objeto objeto, cuando el velo simbólico se cae y el goce del cuerpo se presentifica, que deriva en un tipo de experiencia que excede la angustia y el miedo: es el momento en que el sujeto queda confrontado con la materialidad del cuerpo, con lo real pulsional sin mediación, y esto convoca fantasías muy específicas, muchas de ellas descritas ya por Freud.

Las fantasías de desintegración corporal (desmembramiento) son de las más frecuentes en la clínica del final de vida. El sujeto fantasea que su cuerpo se rompe, se abre o se desmembra, que los órganos se desprenden, que está “desarmándose”, que se derrama o se vacía, que se está descomponiendo en vida.

Estas fantasías son expresiones imaginarias de lo real del cuerpo, y se vuelven particularmente intensas cuando la enfermedad afecta la integridad corporal (metástasis óseas, amputaciones, tumores visibles, deterioro progresivo). En términos lacanianos, es la irrupción del goce del cuerpo por fuera del significante, un retorno de lo imaginario en su forma más cruda.

También pueden aparecer las fantasías siniestras freudianas: lo familiar vuelto extraño. En Lo siniestro (1919), Freud identifica algunos núcleos fantasmáticos típicos que retornan cuando lo reprimido emerge sin velo. Muchos se actualizan clínicamente ante la proximidad de la muerte:

  • La duplicación o desdoblamiento del yo (“no me reconozco”, “hay otro dentro de mí”).

  • La animación de lo inanimado (prótesis, máquinas de soporte vital, respiradores).

  • La inquietante presencia del propio cuerpo como objeto (mirarse y no reconocerse, sentir lo propio como extraño).

  • La fantasía de ser observado por una presencia invisible, ligada a la caída de la consistencia del yo.

  • El retorno de pensamientos mágicos (“si pienso esto, algo malo ocurrirá”).

Estas no son meras alucinaciones: son modos en que el sujeto intenta reintroducir representaciones allí donde irrumpe lo real.

En las fantasías de aniquilación por exceso de goceno se trata del miedo a morir, sino a ser invadido por algo que excede al sujeto. En la clínica, aparecen verbalizaciones como: “No voy a soportar el dolor, me va a devorar.”, “Es demasiado, me va a estallar el cuerpo.”, “Siento que algo me toma desde adentro.”, “Es como si mi cuerpo ya no fuera mío.”

El horror no es la muerte, sino el desbordamiento del límite yoico, la pérdida de la forma del cuerpo imaginario que sostenía la identidad. En términos lacanianos: el sujeto siente la proximidad del objeto a, no como falta, sino como presencia invasiva.

En estados avanzados de enfermedad, es muy común la fantasía del cadáver vivienteNo se trata de una fantasía de muerte, sino algo más inquietante: sentirse muerto en vida.

“Ya estoy muerto pero todavía estoy acá.”
“No soy yo, soy una cáscara.”
“Mi cuerpo sigue, pero yo no.”

Aquí se anuda muy bien la noción de Green de presencia ausente: el sujeto experimenta que la libido se ha retirado del cuerpo, pero la vida biológica continúa.

En pacientes que atraviesan un duelo anticipatorio, también pueden emerger fantasías del orden del retorno de objetos perdidos, como la presencia de personas fallecidas, sensaciones de que alguien lo llama del “otro lado”, impresión de que el propio cuerpo se acerca a reunirse con el objeto perdido.

Clave clínica: Todas estas fantasías que se activan en el horror no son delirios ni meras distorsiones cognitivas. Son defensas imaginarias ante la irrupción de lo real del cuerpo, de la muerte, del goce y de la pérdida de la consistencia yoica.

La tarea del analista en estos casos no es desmentirlas, ni normalizarlas, ni interpretarlas como símbolos, sino acompañar al sujeto en su función, permitiendo que tengan un lugar de palabra para mitigar la intrusión de lo real.

4. El duelo anticipatorio y la confrontación con la finitud

El duelo anticipatorio designa el proceso psíquico mediante el cual el sujeto comienza a elaborar la pérdida antes de que esta se concrete. En el contexto de la enfermedad terminal, el paciente —y a menudo también sus allegados— atraviesa una experiencia de pérdida progresiva: del cuerpo funcional, de las capacidades, de la autonomía, de los lazos imaginarios que sostenían su identidad.

Desde la perspectiva freudiana (Duelo y melancolía, 1917), el trabajo de duelo implica una retirada de las investiduras libidinales del objeto perdido. En el duelo anticipatorio, esa retirada se vuelve parcial, vacilante: el sujeto oscila entre aferrarse al objeto y comenzar a desprenderse. La confrontación con la muerte introduce una temporalidad particular —ni presente ni futura— en la que el sujeto se enfrenta a su propia desaparición simbólica.

Lacan, en el Seminario 10, permite pensar este proceso no solo como una pérdida de objeto, sino como un encuentro con lo real del cuerpo, aquello que resiste a la simbolización. En el límite de la vida, el sujeto se confronta con el goce que no se puede ceder: la angustia señala ese punto de exceso donde el significante no alcanza para sostener la experiencia.

El duelo anticipatorio es, por tanto, una forma de ensayo subjetivo de la finitud. No se trata de aceptar la muerte —como pretende la psicología adaptativa—, sino de dar lugar a una elaboración que permita introducir la muerte en el campo del sentido sin negarla como real.

André Green, en su lectura postfreudiana, introduce la noción de “presencia ausente” para describir la experiencia de la pérdida y la melancolía. La pulsión de muerte, según Green, no remite a una tendencia biológica, sino a un proceso de desligazón psíquica: la energía ya no circula entre representaciones, sino que se congela, se apaga. El sujeto, en ese estado, no está muerto, pero no puede investir la vida.

La “presencia ausente” define esa forma de vida suspendida: el cuerpo está ahí, pero sin significación; el Otro está presente, pero no sostiene. En el contexto de la enfermedad terminal, esta noción es crucial para comprender el modo en que la pulsión de muerte se manifiesta no como destrucción, sino como desconexión del lazo libidinal con el mundo.

Para André Green, este trabajo se juega entre la ligazón y la desligazón pulsional: cuando el sujeto puede investir la pérdida —hablarla, representarla, darle lugar en el lazo—, la energía libidinal sigue circulando; cuando no, se produce la “presencia ausente”, una suerte de vida suspendida, donde el sujeto se apaga antes de morir.

Así, la confrontación con la finitud no equivale a una mera anticipación del fin biológico, sino a una reconfiguración del lazo con el deseo: el sujeto se pregunta qué de sí mismo quiere mantener vivo hasta el último instante, qué resto de palabra, de gesto o de amor puede aún transmitirse.

5. El analista ante la angustia del paciente y la propia

El trabajo clínico ante el morir coloca al analista en una posición delicada: debe acoger la angustia sin precipitarla ni intentar sofocarla. El analista no interpreta la muerte —porque no hay significante para ella—, sino que sostiene la transferencia como punto de anclaje frente a lo real. Su presencia permite que el sujeto no quede solo frente a la ausencia del Otro.

Pero también el analista se confronta con su propia angustia: la del límite de su saber y la del contacto con la finitud. Solo puede sostener su función si acepta no ocupar el lugar del que “sabe” o del que “salva”, sino del que se deja afectar sin identificarse.

La angustia de muerte del paciente suele poner en juego lo más real del dispositivo analítico —aquello sin velo, sin sentido, que se experimenta como un borde del significante. Frente a esa irrupción del real del cuerpo, el analista no está exento de movimientos defensivos. Tal como advertía Lacan, el analista no trabaja desde un lugar “neutral”, sino desde una posición ética que exige hacerse cargo de su propio real.

Cuando la angustia del paciente toca lo real –el riesgo de muerte, un diagnóstico grave, el deterioro corporal, el horror pulsional– el analista puede responder (resistencialmente)de diversas maneras.

Hay resistencias que derivan en una franca apatía del lado del analista, evidente en la tendencia a cortar, desplazar o banalizar toda referencia directa del paciente a la muerte. El analista puede cambiar de tema; llevarlo hacia aspectos más “vivibles”, proponer lecturas simbólicas que alejen de lo concreto, incluso realizar derivaciones innecesarias a médicos cuando no hace falta. Al defenderse el analista de su propio Hilflosigkeit, el paciente puede quedarse solo frente a lo que justamente viene a poner en palabras; reforzando la experiencia de desamparo.

Otra forma más sutil de resistencia es cuando el analista se refugia produciendo demasiado sentido. Se trata de una resistencia por “sobre-interpretación”, interpretar en exceso y/o demasiado rápido; apelar a teorías como defensa (remitir todo a la castración, la pérdida, lo imaginario del cuerpo, etc.); hacer del significante un escudo frente al agujero real. La resistencia del analista, en este caso, está en levantar un velo simbólico para no quedar afectado por la angustia muda del paciente, al riesgo de obturar la experiencia del sujeto, impedir que la angustia se delimite en su singularidad y cerrar prematuramente la posibilidad de trabajo.

El analista también puede reaccionar parapetándose en un estilo técnico rígido, refugiándose en su propia técnica. Confunde abstinencia con indolencia, al decir de Fernando Ulloa. Los silencios demasiado austeros; un uso dogmático de conceptos (“esto es angustia señal”, “esto es duelo no tramitado”, etc.) y las apelaciones a la regla fundamental como si fuera una muralla. Aquí el el analista abandona su lugar de presencia afectiva, haciendo que el dispositivo se vuelve frío y el paciente queda sin sostén simbólico.

También existen riesgos que podemos catalogar de "empatía excesiva" por parte del analista, basado en la identificación con el sufrimiento del paciente, donde se presentifica un miedo compartido a la muerte; la angustia frente a la enfermedad del paciente; resonancias con duelos propios no elaborados e identificación con situaciones de vulnerabilidad corporal.

En este nivel de afectación, el analista puede realizar intervenciones demasiado cuidadosas; evitar tocar el punto crucial, incluso llegar a consensos imaginarios (“te entiendo perfectamente”, “es normal sentirse así”). Nuevamente, el riesgo es perder la posición analítica, porque el analista se vuelve “otro semejante” y no un operador del deseo.

Cuando angustia del paciente confronta al analista con lo que no puede simbolizarse totalmente, con lo que excede su saber, este último puede responde desde una defensa narcisista y colocarse en el lugar del "que sabe", dándole al paciente explicaciones que lo tranquilicen, respondiendo desde un saber supuesto absoluto o ubicarse como “el que guía” frente al caos.

En síntesis, la angustia del paciente puede tocar zonas inconscientes del analista, tales como temores infantiles propios (enfermedad, abandono, muerte de un otro amado); duelos sin elaborar; experiencias traumáticas previas, etc. y responder resistencialmente. El riesgo mayor está obturar la angustia en vez de alojarla.

La función del analista no es “resolver” la angustia ni calmarla como haría un médico o un sacerdote.
La ética del analista (Lacan) implica no retroceder ante la angustia, es decir:

  • permitir que la angustia se nombre;

  • no taponarla con sentido;

  • sostener el vacío simbólico sin caer en el horror;

  • ser presencia sin ser garantía.

El analista puede resistirse a esa posición porque no es cómoda. Tocar el real del sujeto toca también el propio real.

Las resistencias no son un obstáculo “moral” sino un dato de estructura: el analista está atravesado por el inconsciente y, por tanto, por defensas que pueden volverse activas en el dispositivo. Trabajarlas es parte del oficio del analista y no algo accesorio. Los dos pilares para hacerlo son: el análisis personal y la supervisión, tanto individual como colectiva.

El análisis del analista no es un requisito burocrático: es el lugar donde puede confrontarse con lo real que lo afecta.

En relación con la angustia de muerte del paciente, el análisis personal permite:

  • Reconocer las propias zonas de Hilflosigkeit, experiencias de desamparo infantil o actual que puedan activarse frente al sufrimiento del paciente.

  • Diferenciar el propio dolor del del paciente, evitando identificaciones imaginarias que confunden los lugares.

  • Sostener la posición de no-saber sin refugiarse en la omnipotencia narcisista del “yo sé”.

  • Poner a trabajar los duelos no elaborados, que pueden reactivarse ante pérdidas del paciente.

  • Tolerar la angustia sin taponarla, operando como soporte simbólico sin convertirse en un objeto calmante.

Clave clínica: El análisis personal no busca “erradicar” las resistencias, sino hacerlas legibles para que no funcionen a espaldas del analista.

En la supervisión individual, el analista puede examinar con detalle qué fue lo que en la transferencia produjo su movimiento defensivo; cuál fue el momento exacto donde algo se evitó, se sobreinterpretó o se tapó; cómo operó el fantasma del analista en esa sesión; si hubo un exceso de sentido, una retirada o una intrusión; si se desplazó del lugar analítico hacia un rol imaginario (padre, amigo, guía, sacerdote).

La supervisión individual es una herramienta para “desplegar la escena” y ubicar puntos ciegos.
Suele tener una eficacia particular cuando el caso moviliza vivencias personales del analista, cuando se teme intervenir, cuando hay contratransferencia intensa o cuando el analista se siente atrapado en una reiteración (acting-out, inhibición, compasión excesiva, intelectualización).

El ojo clínico de un supervisor puede identificar la maniobra inconsciente del analista más rápidamente que él mismo.

Ahora bien, aunque supervisión grupal no reemplaza a la supervisión individual, aporta un tipo de elaboración específico e imposible por otras vías con múltiples beneficios. Uno de ellos es la multiplicidad de puntos de escucha, en tanto cada participante escucha desde su propia formación, estilo analítico, recorrido y síntomas.

Esto permite:

  • detectar resonancias que el analista que presenta no percibió;

  • nombrar movimientos contratransferenciales inadvertidos;

  • enriquecer la lectura del caso sin caer en un único discurso de autoridad.

El grupo funciona como una red de significantes que amplía el campo de lectura, que además desmonta "los automatismos teóricos". En un grupo, es más difícil refugiarse en un único marco teórico. Esto descoloca y obliga al analista a revisar sus certezas. La supervisión colectiva expone al analista a la variedad de estilos, intervenciones y modos de sostener la angustia del paciente.

El analista muchas veces se avergüenza de mostrar sus vacilaciones, identificaciones y errores, pero si se atreve a asumir su propia humanidad, notará que el grupo ofrece una escena donde se normaliza el hecho de tener resistencias, se despatologizan los movimientos contratransferenciales y el enorme de valor del relato de otros analistas acerca de cómo atravesaron situaciones similares. Esa circulación discursiva permite que el analista deje de estar solo frente a su propio fantasma.

En un grupo, un caso ilumina otro, como si se tratara de un aprendizaje por resonancia.
Los participantes suelen advertir, como si se tratara de un eco, paralelos clínicos, maniobras defensivas similares, repeticiones institucionales, modos de alojar o rechazar la angustia del paciente. Se genera así un “efecto de transferencia cruzada” que amplía la comprensión del campo clínico.

Finalmente, los grupos también sirven como contención para la angustia del analista.  No solamente hablar del caso lo alivia la presión subjetiva, sino que el analista se siente acompañado en lo que carga con el sufrimiento del paciente. Ese sostén es ético: permite no actuar la contratransferencia en la sesión siguiente.

En conclusión, el analista puede trabajar sus resistencias en una triangulación dinámica:

  1. Análisis personal, donde trabaja con el propio inconsciente.

  2. Supervisión individual, que brinda precisión técnica y ética del caso.

  3. Supervisión colectiva, que contribuye al descentramiento, aporta múltiples miradas y permite elaboración comunitaria.

Estos tres espacios, además de la teoría, conforman la formación permanente del analista, indispensable para sostener la transferencia en situaciones donde el paciente toca el punto más crudo de la existencia: la muerte, la pérdida y el desamparo.

Unidad 2: El cuerpo, la pulsión y el límite

 1. El cuerpo como cuerpo pulsional

En la medicina, el cuerpo se entiende como organismo, una estructura biológica gobernada por leyes fisiológicas.
En el psicoanálisis, en cambio, el cuerpo se constituye como cuerpo pulsional, es decir, un cuerpo erotizado por el lenguaje, atravesado por el significante. No es un cuerpo dado, sino un cuerpo hecho por el discurso.

Freud, en Pulsiones y destinos de pulsión (1915), define la pulsión como un concepto fronterizo entre lo somático y lo psíquico. No es un instinto biológico, sino una fuerza constante que tiene una fuente corporal, un objeto, un fin y un empuje.
Lo decisivo es que la pulsión no tiene objeto natural: se satisface rodeando una falta. Por eso, el cuerpo pulsional es un cuerpo faltante, agujereado por el deseo.

De allí la diferencia crucial:

El organismo pertenece al reino de la necesidad; el cuerpo pulsional, al orden del deseo.

2. El cuerpo en el Seminario 10: la angustia como afecto del cuerpo

En el Seminario 10: La angustia (1962-63), Lacan señala que la angustia no proviene del alma sino del cuerpo.
No es sin objeto, como suele decirse, sino que se produce cuando el sujeto queda demasiado próximo al objeto a —ese resto de goce que no puede simbolizarse.
La angustia, entonces, es el afecto que surge cuando el cuerpo y el lenguaje se tocan demasiado: cuando el significante ya no protege del goce.

En el contexto paliativo, esta proximidad se hace patente: el dolor, la degradación orgánica o la pérdida de autonomía exponen al sujeto a un goce del cuerpo que se vuelve insoportable.
El analista no intenta eliminar esa experiencia, sino ofrecer un marco simbólico para que pueda ser tramitada en la palabra.

3. El cuerpo como lugar del goce (Seminario 20)

En el Seminario 20: Aún (1972-73), Lacan redefine el cuerpo como lugar del goce.
El goce es un exceso respecto del placer: una satisfacción que no busca el equilibrio, sino que insiste en el dolor mismo.
De ahí la paradoja freudiana: el sujeto puede gozar de su sufrimiento, de su síntoma, de su cuerpo enfermo.

Lacan introduce la noción de cuerpo que habla (parlêtre): el cuerpo no es algo que tenemos, sino lo que el lenguaje afecta. El sujeto no habita su cuerpo, sino que su cuerpo está habitado por el lenguaje.

Esta idea anticipa lo que Miller conceptualizará como el cuerpo hablante:

Un cuerpo es un organismo afectado por el significante, un organismo que goza.

El cuerpo hablante no es biológico ni anatómico; es el punto donde el lenguaje deja su marca —y donde, al mismo tiempo, el goce hace su retorno.

4. El límite: entre lo simbólico y lo real

El límite aparece allí donde el cuerpo se hace presente como real.
Para Freud, el dolor físico constituye uno de los límites de la represión: el sufrimiento corporal resiste la simbolización.
Para Lacan, ese límite se nombra como real del goce: lo que no puede ser dicho ni representado, pero que se experimenta en el cuerpo.

En los cuidados paliativos, el límite se materializa en la experiencia del cuerpo que se descompone, que ya no responde a la voluntad del yo.
El sujeto se confronta con una pérdida radical: la pérdida de la imagen corporal, del dominio narcisista sobre el cuerpo, del sostén imaginario que lo ligaba al Otro.
Por eso, el trabajo analítico en este punto no busca reconstituir una unidad corporal perdida, sino acompañar el pasaje por ese límite, manteniendo abierta la posibilidad del decir.

5. El cuerpo mortificado y el sostén del Otro

Cuando el cuerpo se mortifica —por el dolor, la enfermedad o la cercanía de la muerte— se produce una caída del soporte simbólico. El sujeto puede sentirse abandonado en un puro cuerpo, reducido a organismo. Esto remite directamente al Hilflosigkeit freudiano —el estado de desamparo originario—, y su relación con la angustia es estructural.

En Freud, el Hilflosigkeit aparece ya en Proyecto de psicología para neurólogos (1895) y se mantiene como uno de los pilares del edificio metapsicológico. Se trata de la condición inicial del infans, quien, frente a las tensiones internas (hambre, incomodidad, excitación), no puede por sí mismo resolverlas. Solo la intervención del Otro —la madre o figura cuidadora— puede aliviarlo. Este primer auxilio funda, a la vez, la dependencia del Otro y la estructura del deseo: el sujeto queda marcado por la falta, sostenido por una alteridad que le da sentido y satisfacción.

En este punto se anuda el cuerpo y la angustia.
La angustia, para Freud, es la huella afectiva del desamparo. No es solo una emoción, sino la señal de que el aparato psíquico vuelve a encontrarse en una situación donde la ayuda del Otro se ausenta o falla. Por eso, en los momentos de enfermedad grave o cercanía de la muerte, el sujeto puede sentirse “reducido a organismo”: ya no amparado por el lenguaje o el lazo simbólico, sino arrojado a un cuerpo que sufre y al que nadie parece poder responder.

Lacan retoma esto en el Seminario 10. Allí, la angustia surge cuando el sujeto queda demasiado cerca del objeto a, es decir, cuando cae el velo del significante que lo separaba del goce del cuerpo. En el límite del dolor o de la desintegración corporal, el sujeto se ve expuesto a esa experiencia de pura presencia —de “ser cuerpo sin mediación”— que reproduce el Hilflosigkeit originario.

Desde esta perspectiva, el trabajo clínico en cuidados paliativos consiste, precisamente, en restaurar algo del lazo con el Otro, reintroducir un sostén simbólico allí donde el sujeto se siente abandonado a su cuerpo. La función del analista o del acompañante no es “dar sentido” al dolor, sino encarnar una presencia que mitigue el desamparo, que permita a la angustia encontrar alguna vía de palabra.

En el ámbito paliativo, la presencia del Otro (familia, médicos, analista) puede funcionar como un sostén simbólico que reinscribe algo del lazo. No se trata de “dar sentido” al sufrimiento, sino de ofrecer un lugar donde el sujeto siga siendo sujeto, incluso en el límite del cuerpo.

Como dice Lacan “El cuerpo no es sin el Otro.”, en la clínica paliativa cobra todo su peso ético: el Otro puede, mediante su palabra o su silencio, sostener o aniquilar al sujeto.

Bibliografía

1. Freud, S. (1917 [1915]). “Duelo y melancolía”. En Obras completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu.
Texto fundante. Freud introduce la idea de que el duelo implica una retirada libidinal progresiva del objeto perdido, en contraste con la melancolía, donde esa libido queda fijada al objeto y vuelta contra el yo. Fundamental para pensar el trabajo psíquico ante la pérdida, tanto del ser amado como del propio cuerpo en la enfermedad terminal.

2. Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. En Obras completas, Tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu.
Freud amplía aquí el campo del sufrimiento humano y su relación con la pérdida, el dolor y la cultura. Permite situar la tensión entre el deseo de felicidad y la inevitabilidad de la pérdida como constitutiva de la vida psíquica.

3. Lacan, J. (1962-1963). Seminario 10: La angustia. Buenos Aires: Paidós.
Desarrolla la noción de objeto a como resto irreductible de la pérdida. Lacan muestra que la angustia no surge por la falta, sino cuando la falta vacila, cuando algo del objeto se presenta demasiado cerca. Es esencial para comprender el duelo no solo como proceso de sustitución, sino como confrontación con lo que no puede ser simbolizado.

4. Lacan, J. (1972-1973). Seminario 20: Aún. Buenos Aires: Paidós.
Introduce la noción de goce y el cuerpo hablante. Este texto amplía la comprensión del duelo desde la economía libidinal del cuerpo, especialmente útil en cuidados paliativos, donde se juega la pérdida del cuerpo gozante.

5. Klein, M. (1940). “Duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos”. En Obras completas, Vol. II. Buenos Aires: Paidós.
Klein ubica el duelo en el eje de la posición depresiva y lo concibe como un trabajo de integración psíquica. Su lectura permite articular el duelo no solo como pérdida externa, sino como reorganización interna de los objetos parciales.

6. Abraham, K. (1912). “Notas sobre el trabajo de duelo”. En Obras completas.
Precursor de la formulación freudiana, Abraham piensa el duelo como regresión a etapas narcisistas y como trabajo de desinvestidura. Aporta una visión metapsicológica precisa sobre las vicisitudes de la libido.

7. Miller, J.-A. (2008). “El cuerpo hablante”. En Curso inédito del 2008-2009.
Concepto clave para articular la pérdida y el goce. El cuerpo hablante es aquel afectado por el significante, marcado por el lenguaje. En el duelo, lo que se pierde es también una forma de goce articulada a un significante.

8. Fuks, S. (2003). Psicoanálisis y fin de vida. Buenos Aires: Paidós.
Texto que articula los conceptos freudianos y lacanianos con la clínica del morir. Propone pensar la escucha en cuidados paliativos no como consuelo, sino como acompañamiento del sujeto en su singular relación con la pérdida.

9. Recalcati, M. (2014). El complejo de Telémaco. Barcelona: Anagrama.
Aborda la cuestión de la herencia simbólica y la transmisión frente a la pérdida del padre. Puede leerse como un modo de pensar el duelo desde la búsqueda de sentido y filiación.

10. Cottet, S. (2002). El duelo imposible. Buenos Aires: Letra Viva.
Trabajo clínico contemporáneo que examina la imposibilidad del duelo en ciertas configuraciones psíquicas. Es especialmente útil para abordar casos en los que el paciente no logra significar la pérdida ni sostener el deseo.

Unidad 1: Introducción a los cuidados paliativos desde el psicoanálisis


1. El campo paliativo y la perspectiva del sujeto

El surgimiento de los cuidados paliativos en el siglo XX responde a una necesidad ética dentro del campo médico: atender al sufrimiento del enfermo cuando ya no hay posibilidad de curación. Cicely Saunders acuña la noción de total pain, señalando que el dolor del paciente no se reduce a lo físico, sino que incluye dimensiones emocionales, sociales y espirituales.

Sin embargo, desde la perspectiva psicoanalítica, el sufrimiento no puede ser comprendido en términos de totalidad. El sujeto del inconsciente no es un individuo completo, sino una división producida por el lenguaje. Por eso, el psicoanálisis se distancia de toda mirada integradora del dolor: no se trata de “aliviar” el sufrimiento como totalidad, sino de escuchar lo singular que se juega en él.

2. El sufrimiento como formación de discurso

Freud introduce tempranamente la idea de que el dolor psíquico está ligado a la pérdida de un objeto investido libidinalmente (Duelo y melancolía, 1917). En este sentido, el sufrimiento implica una dimensión simbólica: es efecto de la ruptura de una relación con el Otro.
En el contexto paliativo, esta ruptura se radicaliza —la enfermedad y la muerte desanudan los lazos simbólicos, dejando al sujeto ante lo real del cuerpo.

En El malestar en la cultura (1930), Freud dedica un pasaje fundamental a las fuentes del sufrimiento humano.  Allí distingue tres fuentes principales de malestarUnbehagen, situando en primer lugar el propio cuerpo, “destinado a la decadencia y la disolución”, que impone el dolor, la enfermedad y la muerte. Aquí se encuentra lo que en cuidados paliativos se experimenta con más crudeza: la imposibilidad de escapar a la vulnerabilidad orgánica.

Otra de las fuentes de malestar es la contingencia de las fuerzas naturales. Curiosamente, Freud ubica que el sufrimiento producto de las relaciones con otros seres humanos, son “la fuente más dolorosa de todas”. Es el punto decisivo: el sufrimiento "mas penoso" proviene de los lazos amorosos, de la dependencia del otro, de la agresión y de la imposibilidad de una convivencia armoniosa.

Para Lacan, el sufrimiento no es una mera “reacción emocional”, sino una modalidad de goce. En el dolor corporal o anímico se expresa la presencia del goce en el cuerpo, ese plus que no se deja reducir al discurso médico. El analista, por tanto, no busca eliminar el dolor, sino alojar el sufrimiento en tanto decible, permitiendo que el sujeto se subjetive frente a lo imposible que atraviesa.

3. El límite de la ciencia y la función del analista

El discurso de la ciencia, que estructura la medicina moderna, se funda en la posibilidad de dominar lo real del cuerpo. En los cuidados paliativos, ese discurso llega a su límite: ya no se trata de curar, sino de acompañar.

El analista, en este contexto, introduce otro discurso: el discurso del analista (Lacan, Seminario 17), donde el saber se produce del lado del sujeto y no del amo. Su función no es responder a la demanda de alivio, sino sostener el lugar del no saber, permitiendo que el sujeto produzca un decir sobre su propio sufrimiento.

4. La muerte como real imposible

Epicuro afirma en su Carta a Meneceo:

Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros; pues todo bien y todo mal reside en la sensación, y la muerte es la privación de la sensación.

Desde esta perspectiva, la muerte no puede ser experimentada: mientras existimos, la muerte no está; cuando la muerte está, nosotros ya no somos. Por tanto, no hay experiencia posible de la muerte, ni motivo racional para temerla. El sabio, para Epicuro, es aquel que logra liberarse del temor a morir comprendiendo que el miedo se basa en una ilusión: la de poder experimentar la propia desaparición.

Esta concepción funda una ética del placer moderado, donde la serenidad (ataraxia) se alcanza al eliminar los miedos infundados, en especial el miedo a la muerte y a los dioses.

En esta línea, en el texto “Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte” (1915), Freud observa que la muerte es, para el inconsciente, una imposibilidad representacional: no puede ser pensada como propia. Esto no se debe a una creencia filosófica, sino a la forma en que funciona el aparato psíquico: el inconsciente no conoce la negación ni la temporalidad; por tanto, la muerte del yo no puede ser pensada ni simbolizadaFreud lo muestra con claridad: en los sueños, en la fantasía, en los deseos inconscientes, podemos representar la muerte de otros, pero nunca la propia. Allí donde el pensamiento se acerca a ella, se produce angustia o desplazamiento.

Lacan retomará esta idea en La ética del psicoanálisis (Seminario 7), al plantear que la muerte, más que un hecho biológico, es un límite de lo simbólico. Allí donde la palabra fracasa, emerge lo real. La muerte propia es un vacío de representación —lo que Lacan llamó “un real imposible”. En el dispositivo paliativo, este límite se hace presente en cada encuentro: la palabra del paciente toca lo indecible de su finitud, y el analista debe sostener ese borde sin retroceder al consuelo ni a la moral.

Implicancias para la clínica:
Epicuro busca la tranquilidad mediante el pensamiento: una operación racional que elimina el miedo.
Freud, en cambio, descubre que ni el saber ni la razón logran apaciguar el retorno pulsional de la muerte: lo reprimido retorna, la pulsión de muerte insiste.
Por eso, para el psicoanálisis, la posición frente a la muerte no es la de eliminar el miedo, sino la de asumir el límite y sostener el deseo allí donde lo real se impone.

5. Ética del deseo frente al fin de la vida

El psicoanálisis no ofrece un sentido trascendente a la muerte; en cambio, se interesa por cómo cada sujeto construye un modo singular de relación con su finitud.

La ética del psicoanálisis, según Lacan, no se funda en el bien, sino en el deseo: en sostener la posición de no ceder ante lo que causa el deseo, incluso frente al sufrimiento. El analista, al acompañar al paciente terminal, no busca “dar sentido” a la muerte, sino mantener abierta la posibilidad de un decir que la bordee.

6. Autores y referencias fundamentales

  • Sigmund Freud

    • “Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte” (1915)

    • “Duelo y melancolía” (1917)

    • Más allá del principio de placer (1920)

  • Jacques Lacan

    • Seminario 7: La ética del psicoanálisis

    • Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis

    • Seminario 17: El reverso del psicoanálisis

  • Jean AllouchErótica del duelo en tiempos de muerte seca

  • André Green – sobre la presencia del vacío y la pulsión de muerte

  • Cicely Saunders – concepto de total pain (para contraste interdisciplinario)