miércoles, 22 de abril de 2026

Rectificación y pérdida: transformaciones de la posición subjetiva en el análisis

Interrogar la diferencia entre la posición del sujeto al inicio y al final de un análisis implica no solo considerar la eficacia clínica del psicoanálisis, sino también retomar la especificidad de su praxis: no se trata de una terapéutica como las demás, sino de una práctica que se distingue tanto por sus medios como por sus fines.

En este marco, cobra especial relevancia el concepto de rectificación, ampliamente trabajado en la enseñanza de Lacan. Se trata de un término que ha dado lugar a múltiples debates: ¿se trata de una rectificación subjetiva, de goce, o de ambas? En cualquier caso, la rectificación no implica la obtención de un estado final acabado ni responde a una dirección previamente establecida. Más bien, indica que algo —no todo— ha cambiado en la posición del sujeto.

Para situar este punto, resulta clave la distinción que introduce Lacan entre falta y falla (Seminario 11). Mientras que la falta remite a una lógica estructural ya articulada al sujeto, la falla es pensada como preontológica, es decir, anterior a la constitución subjetiva. En ese nivel no hay aún sujeto; éste se instituye en un tiempo lógico posterior. La falla tiene así un valor sincrónico, que luego, a partir de las operaciones significantes propias del recorrido edípico (dimensión diacrónica), se articula con la función del deseo.

Es en este punto donde la clínica encuentra una de sus claves: la función del deseo está ligada al desasimiento, es decir, a una pérdida. No hay rectificación sin pérdida. Sin embargo, lo que el sujeto perderá no es anticipable de antemano.

El efecto de rectificación implica, entonces, la asunción de esa pérdida por parte del sujeto. En el horizonte del final de análisis, esta operación concierne fundamentalmente al fantasma y supone un desprendimiento respecto de las coordenadas que organizaban su posición.

De este modo, la diferencia entre el inicio y el final de un análisis no radica en una supuesta resolución total, sino en una transformación en la relación del sujeto con la falta, el goce y el deseo, que se verifica en su capacidad de asumir —sin garantías previas— la pérdida que lo constituye.

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